el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

LEA #127

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¡Bingo! Eso habrá gritado Jesse Chacón al serle confirmada la noticia de la detención de Carlos Ortega, el más connotado líder del paro de fines de 2002 y comienzos de 2003 contra el gobierno de Hugo Chávez. Ortega, con una apariencia maquillada—pelo y bigotes teñidos de negro—que le asemeja extraordinariamente a Josef Stalin joven, fue apresado a las afueras de una casa de juegos de la urbanización Bello Monte de Caracas.

Versiones encontradas, como es habitual con las detenciones practicadas por el régimen, circulan acerca de los motivos de la presencia de Ortega en los predios del establecimiento de envite y azar. (Ya cierta prensa asegura que, minutos antes de su detención, el nuevo preso de Chávez-Chacón acababa de hacer una apuesta por tres millones de bolívares). Lo que parece cierto es que el líder sindical, a quien se le incautó una cédula de identidad y una licencia de conducir con nombre falso, habitaba desde hacía más o menos un año en una quinta de la misma urbanización.

Es de esperar que sobre Carlos Ortega caiga todo lo que el gobierno pueda encontrar para achacarle, lo que seguramente incluirá aquella conversación grabada no mucho antes del 11 de abril, en la que el ahora detenido solicitaba apoyo e instrucciones a Carlos Andrés Pérez y en la que éste le recomendaba que se pusiera de acuerdo con Pedro Carmona Estanga. Más recientemente, y después del fracaso del paro y el referendo revocatorio, Ortega coincidía con apreciación de Pérez: que a Chávez no puede deponérsele por métodos democráticos y por consiguiente habría que ejercer la violencia contra él. Si Ortega no ha mudado de opinión, es entonces difícil imaginar que tiene un año de incógnito en el país por pura nostalgia del terruño o con el exclusivo propósito de jugar al bingo. Algo andaría preparando.

Vendrán, por supuesto, nuevas detenciones y allanamientos relacionados con el caso. Hasta los momentos ha sido allanada la quinta que ocupaba Ortega, pero aparte de algunos diskettes de computadora, lo encontrado allí, según reporta la policía «científica», es un somero arsenal de maquillaje teatral: peluquines, bigotes postizos, tinte capilar. Algo así como los cachitos de jamón de la finca Daktari.

Pero alguien financiaba la temporada irregular de Ortega en Venezuela. Alguien ha debido saber de su presencia en el país. (Hay fotos que le ubicaban en la autopista Francisco Fajardo en la concentración de cierre de la campaña revocatoria en agosto del año pasado). Aparte de la previsible vindicta en su contra, fariseando justicia que no se administró a los sueltos matarifes de Puente Llaguno; aparte del ensañamiento y la torpeza esperada por parte de una Fiscalía más bien chimba (cuyas chambonadas pasan por alto habitualmente muchos de los tribunales de la República), será interesante averiguar qué es lo que Carlos Ortega estaba haciendo en el país.

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FS #35 – Un mundo atormentado

Fichero

LEA, por favor

A Yehezkel Dror debo, desde 1975, el haber trabado conocimiento del pensamiento de Stafford Beer, el más grande de los cibernetistas ingleses, y a quien el padre de la cibernética—el arte del control y la comunicación en el hombre y la máquina—Norbert Wiener, consideró a su vez el padre de la «cibernética gerencial»: el arte de establecer una organización eficaz.

Viniendo de Wiener, esa caracterización era un elogio harto honroso, puesto que el viejo maestro fue un coloso entre gigantes del novísimo campo conceptual del siglo veinte, fundamento teórico, entre otras cosas, de la ciencia de la computación.

Beer imitó a Wiener en al menos un aspecto: en tanto protector y promotor de jóvenes talentos. Durante largo tiempo fue asesor principalísimo de la industria siderúrgica inglesa. Y luego fundó la primera empresa de consultoría cibernética. Después presidiría por varios años la Sociedad Inglesa de Investigación Operacional. (Operations Research).

Dror me había regalado una muy fresca copia del libro de Beer que se llamó Platform for Change (Wiley, 1975), una colección de sus más sugestivos artículos y conferencias. En alguno de ellos, recuerdo, sostenía que la perenne polémica entre centralización y descentralización era una falsa disyuntiva, puesto que el examen de cualquier organismo biológico viable revela que en él coexisten en perfecta armonía procesos centralizados y procesos descentralizados.

Beer, nacido en Inglaterra en 1926 y fallecido en 2002, llegó a asesorar al gobierno de Salvador Allende sobre sistemas cibernéticos de gobierno, los que por razones obvias nunca llegaron a madurar. Pero también prestó después su consejo técnico, y no poco romántico, a los gobiernos de Colombia y Venezuela.

La Ficha Semanal #35 de doctorpolítico se compone de la primera parte—la menos técnica—de un trabajo de Beer bajo el nombre de Un Mundo Atormentado, escrito en 1992, el año de un fallido golpe de Estado en Venezuela y del Quinto Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón. Dos términos técnicos que ocurren en el texto requieren explicación. Una «variable coenética», en la actividad de modelaje de sistemas, se refiere a una variable que modifica no sólo al sistema como tal, sino también al ambiente en el que éste está inmerso. La Ley de Variedad Requerida (Law of Requisite Variety) fue formulada por Ross Ashby, otro de los tempranos mentores y admiradores de Beer. La ley en cuestión establece: «Mientras mayor sea la variedad de acciones disponibles en un sistema de control, mayor será la variedad de perturbaciones que será capaz de compensar».

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Un mundo atormentado

MUNDO ATORMENTADO: UN TIEMPO AL QUE LE LLEGARÁ SU IDEA

Uno recuerda el comienzo de la humanidad, Nuestros primeros padres fueron muy rápidos para meterse en líos. Fueron expulsados del jardín del Edén. Entiendo que Adán tomó la mano de Eva y le dijo: «Querida, estamos viviendo una época de transición».

Quizás la gente siempre se haya sentido así. Ciertamente nos sentimos así hoy en día. ¿Ha tratado usted alguna vez de enumerar los componentes del cambio contemporáneo? Es bastante fácil citar las maravillas de la ciencia y la tecnología modernas—cómo el computador, y la televisión y la ciencia médica han cambiado nuestras vidas. Si uno empieza con tales asuntos, surge la «profunda intuición» de observar que ha habido un cambio en la rata de cambio. Pero eso era obvio hace ya veinte o treinta años, puesto que yo escribía entonces libros sobre eso.

Componentes del Cambio Contemporáneo

Hoy en día mi lista es diferente. En el primer lugar coloco el espectacular avance de la miseria humana. En mi estimación más seres humanos que nunca antes soportan hoy esa agonía; la cantidad pudiera ser mayor que la suma de sufrientes a lo largo de toda la historia. Me refiero a inanición y epidemias; a la guerra y el terrorismo; a la privación, la explotación y la tortura. Reitero el término agonía; no estoy hablando de «tiempos difíciles».

El segundo lugar de mi lista lo ocupa el colapso de la civilización que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Estamos viendo los escombros que quedan de dos imperios adversarios. El comunismo soviético ha aceptado su fallecimiento; el capitalismo occidental todavía no lo acepta. Pero no estoy haciendo un pronóstico. Estoy examinando los hechos que tenemos ante las narices.

A causa de una tal «corrección política», ya nadie habla de la explotación de la naturaleza o los pueblos indígenas. En lugar de esto hablan de «desarrollo sustentable», pero tal cosa no existe. No sólo es que el desarrollo no puede sostenerse; incluso la trabazón existente ya no puede ser sostenida por más tiempo.

Estas dos espectaculares transiciones, la agonía humana y el colapso societal, están conectadas—no solamente al nivel fenomenológico, sino en su etiología. No es creíble que la gente prefiera vivir bajo estas condiciones gemelas. Se sigue que estamos siendo gobernados por una oligarquía, por los pocos; es una oligarquía de poder, codicia y terror. Estamos cegados ante eso del modo más extraordinario. Para considerar el ejemplo principal: ninguno de los fenómenos que he mencionado tendría su actual forma virulenta si no hubiesen modernos armamentos poderosos.

Siempre se consigue pacifistas por allí, gracias a Dios. Pero muchos amigos me dicen que el pacifismo no puede funcionar en la práctica. Que no me digan esto a mí, que pude escuchar en persona a Gandhi hablando. No es por nada que su vocablo sánscrito ahimsa es traducido tan negativamente como «no violencia»: su complemento, satyagraha, no es en absoluto comprendido en Occidente. Significa «atenerse a la verdad». Ahimsa no implica falta de compromiso o carencia de contacto fuerte. Pero ninguna plataforma política seria ha propuesto que se considere ilegal la manufactura de armamentos. Por lo contrario, esta fabricación es esencial a la conducta de la actual economía del mundo, y es el principal instrumento de una vicaria política exterior de parte de quienes la controlan.

La Aproximación Diagnóstica de la Cibernética Gerencial

¿Qué podemos decir sobre la gerencia que procrea este desastroso desorden? Sin saltar a teorías de conspiración, o citar las actividades ilegales que ahora constituyen la más grande industria del mundo, al menos podemos decir que la humanidad maneja ahora sus propios asuntos con una incompetencia sorprendente. Esto no fue siempre así. Las pequeñas tribus se manejaban en verdad muy bien, sin la destrucción de su hábitat. Algo ha estado ocurriendo, parece al menos en parte, en relación con la escala. ¿Por qué tendría la escala que establecer una diferencia?

Mirémoslo del siguiente modo. La cantidad de relaciones internas al interior de un sistema complejo crece exponencialmente a la par del crecimiento lineal del sistema. Y gracias a la creciente complejidad en las relaciones detectables entre los elementos sistémicos mismos, inducida por las tecnologías superiores, hemos estado asistiendo a una explosión de variedad en la que la función exponencial es ella misma un exponente. Después de siglos de cabalgar a lomo de caballo, hemos logrado velocidades de 44.800 kilómetros por hora: la velocidad de salida. Cada uno de nosotros conoce el dramático cambio en la rata de cambio en computación—del ábaco al chip. Y por encima de todo, la explosión poblacional parece ser hiperbólica, no digamos exponencial.

La variedad, la medida de la complejidad del sistema que debemos manejar es un nuevo universo de galaxias, comparado con el simple sistema solar del comienzo de la revolución industrial. Todo esto ha ocurrido en escasos doscientos años. Y con seguridad esta revolución ha sido, en términos cibernéticos, la variable coenética con la que podemos registrar el cambio sistémico en la tecnología, la economía y también el orden social en ese período.

¿Qué puede decir el cibernetista, habiendo reconocido la variable coenética, respecto de, digamos, la gerencia de esta explosiva transición, que es más que la suma de los análisis relativamente aislados de la gerencia del cambio tecnológico, económico y societal? Primero que nada, que el cerebro no ha cambiado en este tiempo. Sigue siendo, como descubrió McCulloch, un computador electro-químico de kilo y medio que funciona a base de glucosa a 25 vatios. Aun así, tiene un muy grande número de elementos: 10 mil millones de neuronas, ciertamente. Para la época, es decir, para los años cincuenta, eso sonaba como mucho. ¿Pero ahora? Eso es sólo 10 gigabytes. Los computadores, si no los cerebros, pueden manejar algo así.

Pero he aquí el problema. Para programar un computador se necesita un modelo. Y los modelos son provistos por cerebros. Los modelos son necesariamente atenuadores de una masiva variedad, puesto que seleccionan sólo aquellos aspectos del mundo que son relevantes para el propósito del modelo. Peor aún, los modelos adoptados no son los mejores que podemos proveer: son modelos consensuales puestos en sitio y compactados por las ideologías. Y una ideología es un instrumento de verdaderamente muy baja variedad. Vastos textos de filosofía política, desde Grecia antigua, han sido estudiados en conjunto por los teóricos del comunismo como del capitalismo; pero las ideologías a las que las dos superpotencias convocaban a sus seguidores atenuaban esta variedad de formas diversas. Han tenido en común lo siguiente: ninguna tenía la Variedad Requerida (definida por la ley de Ashby) para la gestión. Ambas son, por tanto, gerencialmente disfuncionales. Y ninguna funciona. Para el analista político los dos sistemas de gestión son muy diferentes, y para el político totalmente opuestos. Ningún lado ha tenido el menor escrúpulo para imputar juicios morales, y sus seguidores han estado encantados con eso. Han emprendido guerras frías y calientes por tal cosa. Para el cibernetista, paradójicamente, es en gran medida el mismo proceso en ambos casos. En pocas palabras, se trata de una disfuncional centralización excesiva.

Stafford Beer

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CS #126- Ni prestan la batea

Cartas

Cuando culminaba la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, que dejó un saldo de 9 millones de muertos tan sólo entre los militares, el campeón de una organización mundial que tuviera por propósito erradicar la peste de la guerra entre las naciones civilizadas fue, sin que quepa duda, el muy interesante y apasionado presidente norteamericano Woodrow Wilson. Los famosos Catorce Puntos de Wilson llevaron algo de racionalidad al manejo de las espantosas secuencias de la conflagración de cuatro años, y su cruzada evangelizadora culminó en la constitución de la precursora de nuestras Naciones Unidas de hoy, la Sociedad de Naciones. Lo irónico del asunto fue que los propios Estados Unidos de Norteamérica, concretamente su Congreso, se negaron a refrendar el tratado de creación de la sociedad, con lo que el atormentado Wilson, que terminara sus días en medio de graves desarreglos mentales, quedó totalmente en ridículo.

A poco menos de un siglo de aquella iniciativa, que no pudo impedir una guerra aun más espantosa—50 millones de muertos en seis años de lucha demencial—una vez más la más grande potencia del mundo, la única superpotencia (hasta que China la alcance y la supere) se niega a suscribir un pacto de crucial importancia para el destino de la humanidad entera: el Protocolo de Kyoto. Diseñado para dar pasos eficaces en la reducción de emisiones contaminantes que puedan reducir la vulnerabilidad del clima planetario, el Protocolo de Kyoto fue formulado en la ciudad japonesa que le dio su nombre en diciembre de 1997.

El documento final (11 de diciembre) se inscribía dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, aprobada en Nueva York el 9 de mayo de 1992. Los países signatarios del acuerdo se comprometen a poner en práctica medidas eficaces «con miras a reducir el total de sus emisiones de esos gases a un nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012». Y también se comprometieron a «poder demostrar para el año 2005 un avance concreto en el cumplimiento de sus compromisos contraídos en virtud del presente Protocolo».

Es ese compromiso el que la nación que genera mayor contaminación en el mundo no quiere asumir. «Ecología no, economía sí» ha sido eslogan más o menos manifiesto de la administración Bush, la que tan recientemente como la semana pasada—al iniciarse el año de rendición de cuentas prevista en el convenio—ha reiterado lo que llama su postura oficial: que la climatología es una ciencia incierta, razón por la cual no puede adherirse a un protocolo cuyas premisas científicas están sujetas a incertidumbre. Así despacha los reclamos mundiales para que asuman su responsabilidad.

Pero hace exactamente seis días que científicos norteamericanos han aseverado con base sólida que no hay tal incertidumbre, por lo menos en lo que respecta al problema del calentamiento mundial. El viernes de la semana pasada un equipo de investigadores del clima en los Estados Unidos ofreció contundente evidencia de que el calentamiento global debe ser atribuido a actividades humanas, antes que a fluctuaciones climáticas naturales o a variaciones en la actividad volcánica o solar.

Los científicos en cuestión pertenecen a la Institución Scripps de Oceanografía de California, que han trabajado durante años con colegas del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en el análisis de los efectos del calentamiento global sobre los océanos, según nota publicada el 18 de febrero en el Financial Times de Londres. Los investigadores combinaron la simulación en modelos computarizados con millones de lecturas de temperatura y salinidad en todo el mundo y a diferentes profundidades a lo largo de cinco décadas. No se trata, pues, de una improvisación de última hora.

Las conclusiones del largo estudio fueron adelantadas ante la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia reunida en Washington, y fueron esencialmente muy incómodas noticias: el calentamiento de los océanos, sostuvieron los investigadores, sólo ha podido producirse por la acumulación de dióxido de carbono producido por el hombre en la atmósfera. Los factores no humanos hubieran producido resultados marcadamente diferentes.

El líder del proyecto en Scripps, Timothy Barnett, destacó que los anteriores intentos de demostrar que el calentamiento global reciente se debe a la actividad humana fijaron su atención sobre cambios evidenciables en la atmósfera, lo que no resulta tan buena idea si se toma en cuenta que el noventa por ciento de la energía implicada en el calentamiento ha sido absorbida por los océanos, no por la atmósfera. Es en los mares donde la evidencia debía ser buscada.

Barnett dijo con el mayor aplomo que ninguna persona racional podía seguir negando la verdad del calentamiento, y en advertencia de mayor militancia emplazó al gobierno norteamericano a revertir su rechazo a suscribir el protocolo de Kyoto que por esos días entraba en vigencia.

¿Qué efectos previsibles puede tener el calentamiento que ya no puede seguir ocultándose? Bueno, el calentamiento planetario ejercería un impacto negativo sobre los suministros de agua en diversas regiones, los que se verían severamente disminuidos durante el verano en lugares que dependan de ríos alimentados por la fusión de nieve invernal y de glaciares como los de China occidental o los de los Andes. (Aquí mismo, pues).

O, por ejemplo, tómese el caso de las reacciones observadas al norte del Atlántico. Ruth Curry, del Instituto Oceanográfico Woods Hole en Massachussets reportó en la misma conferencia cómo más de 20.000 kilómetros cúbicos de agua fresca se han añadido en los últimos cuarenta años al Atlántico norte como consecuencia del derretimiento de las capas de hielo en el Ártico y en Groenlandia. Este inconveniente fenómeno altera drásticamente la salinidad de esta agua y amenaza con anular la correa transportadora oceánica que transfiere calor desde los trópicos mediante corrientes como la del Golfo de México. De continuar el deletéreo proceso, las temperaturas invernales al norte de Europa pueden experimentar un descenso considerable, haciendo sus fines de año aun más inclementes.

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¿Puede Venezuela considerarse inmune a estos cataclismos en cámara lenta? ¿No es la evidente alteración de nuestro clima una constatación de que estamos en el mismo barco? Ya no puede hablarse con propiedad de una estación seca que comenzaba a mediados de octubre y concluía en abril. Nuestras locales nociones de «invierno» y «verano» ya no tienen mucho sentido, sobre todo si nuestros diciembres y eneros tienden ahora a ser calamitosos a causa de una pluviosidad que desencadena inundaciones extensas y letales deslaves, con astronómico costo.

Ciertamente, nosotros mismos hemos contribuido con nuestros problemas. Las deforestaciones masivas en pro de una urbanización descontrolada y precaria han alterado nuestros microclimas. No es tan viejo el suscrito como para olvidar que mientras esperaba el autobús escolar que le llevaría a clases de educación primaria observaba neblina y rocío hoy desaparecidos de la Plaza de Las Delicias de Sabana Grande. Ciertamente, el gobierno actual ha sido negligente en la previsión de acontecimientos tan graves y desastrosos como los de 1999 y 2005. Pero la gran culpa del peligrosísimo cambio climático debe anotarse al efecto acumulado de la actividad industrial y transportadora, de la deforestación indiscriminada, de la urbanización desbocada, en las que los grandes países industrializados tienen la mayor cuota de responsabilidad. No en vano un Chávez impuntual e inmaduro disparó un dardo en esa dirección. La verdad, como dijo Santo Tomás de Aquino, se encuentra en todas partes, aun en boca de un gobernante tan alucinado como el nuestro.

Rusia se ha adherido al Protocolo de Kyoto; el gobierno de Lula ha asomado en estos días un nuevo esquema «privatizador» de la Amazonia con el que espera proteger mejor el ecosistema crucial que produce la mitad del oxígeno del planeta. ¿Qué están esperando los Estados Unidos, cuyos propios científicos le han despojado de su coartada? ¿Qué estamos esperando nosotros aquí en Venezuela?

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LEA #126

LEA

Varias iniciativas recientes, conmovedoras algunas, ineficaces todas, buscan establecer nuevas organizaciones políticas con la intención de ofrecer competencia significativa a la hegemonía totalitaria del chavismo. Mientras el gobierno continúa desenfrenado, damnificando a los habitantes de Villa Hermosa para, supuestamente, resolver la tragedia de los damnificados por las recientes lluvias—habría que ver si Juan Barreto vive en algún sitio rodeado de los «pobres» que dice defender—mientras reglamentos ilegales e inconstitucionales pretenden descoser las atribuciones del Consejo Nacional de Universidades, mientras la podrida Fiscalía General procura transferir su culpa extorsionadora a acuciosos pero incómodos periodistas, más de un venezolano con vocación pública se ha ocupado con la fundación de nuevas formaciones partidistas.

Así, por ejemplo, el general Alfonso Martínez ha creído que basta su condición de víctima famosa para liderar un movimiento que generosamente ha puesto a la orden, como plataforma para quienes quieran pelear contra candidaturas chavistas en las inminentes elecciones de este año

Así, por ejemplo, otra víctima prestigiosa, Tulio Álvarez, encabeza una fundación para «la «resistencia» y ofrece a «quienes querían calle» una enésima marcha de protesta dentro de la escuálida zona que va desde el Centro Lido hasta la Plaza Brión de Chacaíto—territorio nada popular pero convenientemente situado dentro del municipio de Leopoldo López—a ver si logra emerger como el líder que pueda candidatearse contra Chávez en 2006.

Así, por ejemplo, un gastado Luis Manuel Esculpi aparece como la cabeza de una Izquierda Democrática que no dice nada nuevo, que no aporta la «diferencia específica» que los mercadólogos exigen en un producto que pueda posicionarse con ventaja ante una competencia que carecería de ella.

Son líderes gastados, protagonistas de luchas infructuosas, estratégicamente equivocadas y que no levantarán apoyo suficiente porque no tienen lo que se necesita. Esculpi, por caso, estuvo con el MAS que decidió apoyar a Chávez en 1998, ante reiteradas y clarísimas advertencias en contrario de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez. Luego fundó el partido Unión aceptando la jefatura de Francisco Arias Cárdenas, para darse cuenta, sólo después del inútil referendo revocatorio, que ese otro comandante golpista como que se estaba acercando demasiado al gobierno. ¿Son cabezas como ésa las que pueden proporcionar claridad estratégica y consistencia política a la amplia población que desea una cosa distinta de la dominación totalitaria que todos los días inventa alguna ocurrencia de populismo socialista?

Por fortuna, hay otros focos en hervor, y en algunos pareciera haber elementos que distinguirían su enfoque del prevaleciente en los casos mencionados. Sólo una verdadera voluntad de hacer algo distinto pudiera ahorrarles el destino insignificante de tan pobres iniciativas.

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FS #34 – Uno, pocos o todos

Fichero

LEA, por favor

El tratado Sobre la República, de Marco Tulio Cicerón, puede ser tenido por el compendio de la sabiduría política del mundo clásico, aunque sin el alcance filosófico de las obras de Platón y Aristóteles en la materia. Cicerón mismo lo tenía por el trabajo del que estaba más orgulloso, y más de un crítico lo considera su obra maestra. No todo su texto se ha preservado, sin embargo. Hasta principios del siglo XIX sólo se conocía de su contenido lo que otros escritores citaban, incluyendo el propio Cicerón, pues todas las copias de la obra habían desaparecido. Se debe al hallazgo del cardenal jesuita Angelo Mai (1782-1854), en la Biblioteca Vaticana, de un códice con escritura superpuesta que reveló el texto de la obra de Cicerón con tratamiento químico especial, que prácticamente podamos leerla, aunque se presume que sólo se alcanzó a salvar la mitad del tratado. Con algunos fragmentos de su Libro Primero, dedicado a la consideración de las formas de gobierno, se compone esta Ficha Semanal #34 de doctorpolítico. (Los puntos suspensivos señalan trozos perdidos).

La técnica de la redacción es análoga a la empleada por Platón en sus diálogos. En el caso de Cicerón, éste construyó un amplio coloquio de Escipión Emiliano con distinguidos personajes romanos—Tuberón, Filón, Rutilio, Lelio, Mummio, Fannio, Escévola y Manilio—en la casa de campo del primero durante tres días de las ferias latinas del año 129 antes de Cristo.

Marco Tulio Cicerón nació en el año 106 antes de Cristo en Arpinium, y murió asesinado por motivos políticos en diciembre del año 43. Con seguridad el mejor orador de su época (Catilinarias, Filípicas), Cicerón fue además abogado eficacísimo y político de gran capacidad, que llegó a ejercer el consulado después de su experiencia como edil. Fue, igualmente, un prolífico escritor, principalmente didáctico. Su obra filosófica no es tan importante. Es su elocuencia como tribuno lo que le distingue de sus contemporáneos, involucrada en los muchos acontecimientos de una época política particularmente agitada para Roma. De incesante prédica contra la tiranía, creyó que a la muerte de Julio César en el año 44 podría retomar su influencia sobre la vida pública de Roma. Sus Filípicas—catorce en total—estaban dirigidas a impedir la entronización de Marco Antonio, por entonces aspirante a dictador. Pero éste logró una alianza suficiente con Octavio, y pronto elaboró una lista de sus enemigos, en la que Cicerón no podía faltar. Un año y nueve meses después del apuñalamiento de Julio César, y luego de un infructuoso intento de fuga, es finalmente apresado por los soldados de Marco Antonio cerca de su villa de Formia y asesinado a los sesenta y cuatro años de edad.

LEA

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Uno, pocos o todos

XXXI.—ESCIPIÓN.—Cada forma de gobierno recibe su verdadero valor de la naturaleza o de la voluntad del poder que la dirige. La libertad, por ejemplo, no puede verdaderamente existir sino allí donde el pueblo ejerce la soberanía; no puede existir esa libertad, bien entre todos el más dulce, que deja de serlo cuando no es igual para todos. ¿Cómo revestirá este carácter augusto no ya en una monarquía en que la esclavitud no es equívoca ni dudosa, sino en los mismos estados que los ciudadanos llaman libres, porque tienen el derecho de sufragio, delegan el mandato y se ven solicitados para la obtención de las magistraturas? Lo que se les da habría de dárseles siempre. ¿Cómo obtener para sí mismos estas disposiciones de que disponen? Porque están excluidos del mando, del consejo público, de las preeminencias de los jueces y tribunales que acaparan las familias antiguas o poderosas. Pero en los pueblos verdaderamente libres, como en Rodas o Atenas, no hay ningún ciudadano que no pueda aspirar………………………………

XXXII.—….Dicen algunos filósofos que, cuando en una ciudad uno o varios ambiciosos pueden elevarse mediante la riqueza o el poderío, los privilegios nacen de su orgullo despótico y su arrogante yugo se impone a la multitud cobarde y débil. Pero cuando, por el contrario, el pueblo sabe mantener sus prerrogativas no es posible encontrar más gloria, prosperidad y libertad, porque entonces permanece árbitro de las leyes, de los juicios, de la paz, de la guerra, de los tratados, de la vida y de las fortunas de todos y de cada uno; entonces, sólo entonces, la cosa pública es cosa del pueblo. Dicen asimismo que con frecuencia se ha visto suceder a la monarquía, a la aristocracia, el gobierno popular, mientras que jamás una nación libre ha pedido reyes ni patronatos de aristócratas. Y niegan que convenga repudiar totalmente la libertad del pueblo ante el espectáculo de aquellos mismos que llevan al exceso sus indisciplinas. Cuando reina la concordia nada hay más fuerte ni duradero que el régimen democrático en que cada uno se sacrifica por el bien general y la libertad común. Ahora bien: la concordia es fácil y posible cuando todos los ciudadanos persiguen un fin único: las disensiones nacen de la diferencia y de la rivalidad de intereses; así, el gobierno aristocrático jamás tendrá nada estable, y menos aún la monarquía, que ha hecho exclamar a Ennio:

«No hay sociedad sancionada ni fe para un reinado»

Siendo la ley el lazo de toda sociedad civil, y proclamando su principio la igualdad común, ¿sobre qué base descansa una sociedad de ciudadanos cuyos derechos no son los mismos para todos? Sin no se admite la igualdad de la fortuna, si la igualdad de la inteligencia es un mito, la igualdad de los derechos parece al menos obligatorio entre los miembros de una misma República. Pues ¿qué es el Estado, sino una sociedad de derecho?……………………………

XXXIII.—En cuanto a las demás formas de gobierno, estos filósofos no conservan las denominaciones que ellas mismas pretenden atribuirse. ¿Por qué saludar, dicen, con el título de rey reservado a Júpiter Óptimo, a un hombre ávido de poder, dominador, egoísta, de poder tanto más grande cuanto mayor es la humillación y envilecimiento de su pueblo? Más que rey, este hombre es tirano; porque la clemencia no es tan fácil a un tirano como la crueldad a un rey. Toda la cuestión se resume para el pueblo en servir a un señor humano o implacable, pero, para él, lo seguro es la esclavitud. ¿Cómo Lacedemonia, aun en la época en que su reconstitución política pasa por más esplendorosa, podía esperar príncipes clementes y justos, cuando aceptaba por rey a cualquiera de regia estirpe? La aristocracia, por otra parte, no es más tolerable, añaden, porque esta clasificación de aristócratas, que ciertas familias ricas se arrogan, se hace sin el consentimiento del pueblo. ¿Quién les ha dado sus prerrogativas? No será la superioridad de sus talentos, de su saber, ni de sus virtudes. Escucho cuando……………

XXXIV.—…El Estado que escoge al azar sus guías es como el barco cuyo timón se entrega a aquel de los pasajeros que designa la suerte, cuya pérdida no se hace esperar. Todo pueblo libre escoge sus magistrados, y si se preocupa de su suerte futura, los elige entre sus mejores conciudadanos; porque de la sabiduría de los jefes depende la salvación de los pueblos, hasta tal punto, que no parece sino que la naturaleza misma ha dado a la virtud y al genio imperio absoluto sobre la debilidad y la ignorancia de la plebe que sólo desea obedecer sumisa. Se asegura, sin embargo, que esta feliz organización ha sido vencida por los errores del vulgo, inconsciente de esta sabiduría, cuyos modelos son tan raros como los acertados juicios; vulgo que imagina que los mejores de entre los hombres son los más poderosos, los más ricos, los de nacimiento más ilustre y no los que sobresalen por su virtud sin tacha. Cuando a merced de este error del vulgo el poderío ha usurpado en el Estado las preeminencias de la virtud, esta falsa aristocracia procura sostenerse en el poder, tanto más cuanto que es menos digna de él; porque las riquezas, la autoridad, el nombre ilustre, sin la sabiduría y conducta prudente para mandar a los demás, ofrecen sólo la imagen de un insolente y vergonzoso despotismo; nada hay más repugnante que el aspecto de una ciudad gobernada por aquellos que, por ser opulentos, se juzgan los mejores. Por el contrario, ¿qué puede haber más hermoso y preclaro que la virtud gobernando la República? ¿Qué hay más admirable que este gobierno cuando el que manda no es esclavo de ninguna pasión, cuando da ejemplo de todo lo que enseña y preconiza, no imponiendo al vulgo leyes que es él mismo el primero en no respetar, sino ofreciendo como una ley viva la propia existencia a sus conciudadanos? Si fuese un hombre solo bastante para todo, sería innecesario el concurso de los demás; así como si todo un pueblo pudiese verle y escucharle, dispuesto a la obediencia, no pensaría en escoger gobernantes. Las dificultades de un! a sabia determinación hacen pasar el poder de manos del rey a las de la aristocracia, así como la ignorancia y la ceguera de los pueblos transmiten la preponderancia de la muchedumbre a la de un corto número. De este modo, entre la impotencia de uno solo y el desenfreno de la plebe, la aristocracia ha ocupado una situación intermedia que, conciliando todos los intereses, asegura el bienestar del pueblo; mientras ella vigila el Estado, los pueblos gozan necesariamente de la tranquilidad, arrojándose en brazos de hombres que no se expondrán a escuchar la acusación de descuidar un mandato de tal naturaleza. En cuanto a la igualdad de derecho o de la democracia, es una quimera imposible, y los pueblos más enemigos de toda dominación y todo yugo han conferido los poderes más amplios a algunos de sus elegidos, fijándose con cuidado en la importancia de los rangos y en el mérito de los hombres. Llegar en nombre de la igualdad a la desigualdad más injusta, colocar a igual altura al genio y a la multitud que componen un pueblo, es suma iniquidad a que no llegará nunca ninguno donde gobiernen los mejores, esto es, una aristocracia. Esta es, poco más o menos, Lelio, la argumentación de los partidarios de tal forma política.

XXXV.—LELIO.—Pero tú, Escipión, de estas tres formas de gobierno, ¿cuál juzgas preferible?

ESCIPIÓN.—Con razón me preguntas cuál de las tres es preferible, porque aisladamente no apruebo ninguna de ellas y prefiero un gobierno que participe de todas. Si tuviese que elegir pura y simplemente, mis primeros elogios serían para la monarquía, con tal de que el título de padre fuese inseparable del de rey, para expresar que el príncipe vela por sus conciudadanos como por sus hijos, más preocupado de su felicidad que de la propia dominación, dispensando una protección a los pequeños y los débiles, gracias al celo de ese hombre esclarecido, bueno y poderoso. Vienen luego los partidarios de la oligarquía, pretendiendo hacer lo mismo y hacerlo mejor; dicen que hay más clarividencia en muchos que en uno solo, y prometen además la misma buena fe y la misma equidad; he aquí el pueblo, por último, que en voz alta declara que no quiere obedecer ni a uno ni a muchos, que hasta los mismos animales aman la libertad como el más dulce de los bienes y que se carece de ella, tanto sirviendo a un rey como a los nobles. En resumen: la monarquía nos llama por la afección, la aristocracia por la sabiduría, el gobierno popular por la libertad; elegir entre estos tres sistemas de gobierno es muy difícil.

Marco Tulio Cicerón

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CS #125 – Cosa de niños

Cartas

Bertrand Russell observó una vez que ciertas calificaciones pueden exhibir un carácter resbaladizo según se las conjugue en las distintas personas gramaticales. El ejemplo que adelantó para explicar el punto fue el siguiente: «Yo soy tenaz; tú eres un poco terco; él es un cabeza dura». Es decir, la misma calificación se hace progresivamente más dura a medida que nos alejamos de la primera persona gramatical.

La reciente visita conciliatoria de Álvaro Uribe Vélez trajo una dinámica de progresión inversa, pues se procuraba bajar el tono de una polémica (el caso Granda) que en algún momento amenazó con irse a mayores, como si se tratara de una mini «crisis de los misiles» como la que hubo entre Estados Unidos y la Unión Soviética en 1962. Como previeron prácticamente todos los analistas del caso, los presidentes de Venezuela y Colombia pudieron quitarle el fusible al artefacto explosivo y retratarse hermanados con la mayor felicidad. Las promesas recíprocas estipulan que Venezuela evitará facilitar la presencia de irregulares y terroristas en su territorio, mientras Colombia se compromete a no resolver futuros casos como el de Granda fuera del debido respeto a la soberanía de nuestro país. Para contribuir a la reconciliación, en una suerte de efecto Russell inverso, Enrique Vargas Ramírez, Embajador de Colombia en nuestro país, declaró que la lista de nombres de asiduos visitantes guerrilleros que su gobierno entregó al nuestro, no debía ser vista como una «acusación» sino como una pieza de «información». El lenguaje diplomático arregla todo.

Pero esta «vuelta de página», que señala la reanudación de las interrumpidas relaciones comerciales (incluida muy especialmente la reactivación del proyectado gasoducto transgoajiro) y la normalización del tránsito fronterizo, no cambia nada respecto del fondo del asunto. Rodrigo Granda continúa preso en Colombia, Venezuela no ha explicado satisfactoriamente su presencia en nuestro territorio y su nacionalización y registro electoral posterior, y por tanto sigue vigente la impresión de que el gobierno presidido por Chávez, en el mejor de los casos, se hace la vista gorda ante el turismo guerrillero procedente del vecino país. En otras palabras, a Uribe nadie le quita lo bailado.

En el fondo, esta visita de Uribe, enfocada sobre un solo tema, pareciera tener menor significación que los eventos de la víspera, con la firma de un amplio conjunto de acuerdos entre Venezuela y Brasil, que tanto Hugo Chávez como Luis Inazio Lula Da Silva han calificado de «alianza estratégica». Ambos mandatarios declararon preferir, con mucho, el trabajo hacia una comunidad suramericana de naciones al tratado del ALCA con los Estados Unidos.

Esta ola hacia «la izquierda» ocurre, esencialmente, del lado atlántico de América del Sur, con Chávez en Venezuela como el «cabeza caliente» del grupo, pero está claro que el curso más distanciado de los norteamericanos es preferido en Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina. En cambio, los países del lado del Pacífico, comenzando por la estrecha alianza colombo-norteamericana, buscan su incorporación al ALCA con tratados de libre comercio (TLC). Después de que Chile se alineara con los Estados Unidos desde hace ya un buen tiempo, de la presidencia «neoliberal» de Toledo, y de la señalada alianza entre Colombia y los norteamericanos, Lucio Gutiérrez, alguna vez presumido como «un segundo Chávez» por sus antecedentes golpistas, ha decidido abogar activamente en Ecuador por la firma acelerada de un TLC y Carlos Mesa procura en Bolivia la misma cosa.

Claro que tanto Mesa como Gutiérrez han generado oposición a este paso. En Ecuador grupos sindicales e indígenas se oponen al asunto, pero Gutiérrez está decidido y ha dicho el Día de Reyes que el TLC es una «oportunidad comercial que marcará la vida del Ecuador, en las próximas décadas… Si se firma el TLC, con una buena negociación y los ecuatorianos aportamos ideas, el país saldrá beneficiado porque al exportar se requerirá más mano de obra e, inclusive, vendrán capitales para invertir en el Ecuador… Por esa razón, invito a los ecuatorianos a que no se opongan y expongan sus dudas en el Ministerio de Comercio Exterior o que conversen con los negociadores; también estamos dispuestos a dar charlas para conocer y entender la verdadera trascendencia de este Tratado».

Por lo que respecta a Bolivia, el gobierno de Carlos Mesa también se decidió a favor de una aceleración en la firma de un TLC, pero ha generado mayor resistencia política interna, sobre todo a raíz de que el vicecanciller Maidana anunciara oficialmente la disposición del gobierno en septiembre del año pasado.

¿Son estas alineaciones las que explican el «vuelvan caras» de Chávez hacia el Atlántico y su alianza con Brasil? ¿Es esto lo que explica los recientes torpedos dirigidos por Chávez a la comunidad andina de naciones?

En su afán por marcar distancia de los Estados Unidos, sin embargo, la política exterior de Chávez pareciera reducirse a la sustitución de unos gigantes por otros. En la raíz del análisis que propugna una integración sudamericana está la razonable idea de que sería mejor conformar un poderoso bloque sureño que negocie en más ventajosas condiciones con el Norte, que completar el rosario de pactos bilaterales, uno a uno, con los Estados Unidos.

Pero entonces ¿a qué viene la negociación bilateral con el gigante brasileño, en pactos comerciales que seguramente favorecerán al desmesurado país de habla portuguesa? ¿A qué viene la pretensión de aliarse, como si se tratara de iguales, con la portentosa China? ¿Es que hay en Brasil o en China algún elemento que les haría comportarse, a diferencia de los Estados Unidos, como corderitos altruistas? ¿Es que la Realpolitik es desconocida en Itamaraty y en Beijing?

Por ejemplo, cualquier acuerdo petrolero entre China y Venezuela empalidece ahora con el reciente acercamiento entre Rusia y China, que incluye un marcado aumento del aporte energético ruso, acuerdos sobre oleoductos estratégicos, construcción de vías de comunicación entre ambos países y electrificación a lo largo de las carreteras, en conformación de una alianza sino-rusa que preocupa grandemente a los Estados Unidos.

Tampoco puede vanagloriarse el gobierno venezolano de la compra de 100 mil fusiles tecnológicamente superados y 10 helicópteros de transporte a Rusia, cuando sus pretensiones habían sido por 300 mil fusiles, 50 helicópteros artillados y decenas de cazas Mig-29. Según reporta Everett Bauman, ya Bush y Putin comentaron el tema y llegaron, otra vez, a un acuerdo entre gente grande que limita las aspiraciones de un muchachito presuntuoso como Chávez.

¿Cree Chávez que en estas grandes ligas de la política internacional Venezuela puede considerarse par de los chinos y los brasileños? Sólo para la alianza con Brasil tendría sentido el fortalecimiento de una comunidad andina de naciones, visto el desbalance derivado de la escala brasileña en América del Sur. Pero el mismo Chávez ha hecho la integración venezolana a un lógico esquema de ese tipo poco menos que imposible, al alienar a Chile, aupar a Evo Morales, proteger a Vladimiro Montesinos, burlarse de Lucio Gutiérrez y pelearse con Uribe. La superficial reconciliación con este último no bastará.

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