Realpolitik en viñetas

 

Candidatos es lo que sobra

 

Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos.

El pelotón opositor (10 de marzo de 2011)

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Escena en el amplísimo gabinete de campaña de Henrique Capriles Radonski. Se discute el tono de la campaña, de la que ya se ha decidido que no atacará frontalmente al Presidente de la República. Es tiempo, le dice su asesor electoral, de comenzar un recorrido por el país, para sacarlo del encierro regional del estado Miranda.

“Usted sabe, Gobernador, que no es tanto lo que se dice sino cómo se dice. El tono del recorrido debe ser optimista, estimulante, alegre, positivo. Nadie vota por candidatos agoreros, que van pintando un paisaje de desastre. Y también sabe que el arte de la comunicación electoral se expresa en frases cortas, en eslóganes o consignas de fácil recordación y repetición, en lemas. Necesitamos un nombre así para su inminente excursión por el país. Le propongo que la llamemos La Caminata del Progreso”.

“¿Qué piensas tú, Juan Pablo?”, preguntó el candidato. Juan Pablo Guanipa, concejal de Primero Justicia por el municipio Maracaibo, estaba en la reunión porque la cosa empezaría por esa ciudad, para meterse en territorio de Pablo Pérez, un rival que Capriles tendría que considerar seriamente en las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática. “Yo creo, Gobernador, que la denominación que propone su asesor es perfecta; lo dice todo”. Capriles replicó: “Yo creo lo mismo. Por eso es que lo tengo de asesor”. “Por mi parte le recomiendo—añadió Guanipa—que la arranquemos por el Pozón de William en la parroquia Santa Lucía, que toquemos el Pozón de El Saladillo que viene siendo el corazón de Maracaibo, y que la terminemos en la Plaza República para inaugurar la sede de Independientes con Capriles”.

En estos detalles tácticos se consumió el resto de la planeación. Luego declararía Guanipa a la prensa: “Muchos sectores de la sociedad se unen en un solo sentir. Será un conglomerado diverso, plural que no se limitará a los partidos políticos. Muchísima gente de sectores independientes que quieren y están dispuestos a trabajar por la Venezuela que merecen, nos acompañarán. Todos somos necesarios en la construcción de esta esperanza, en la consecución de este sueño que todos anhelamos”.

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Correo con artículo de Axel Capriles (clic amplía)

Escena en el amplio gabinete de campaña de María Corina Machado. “María Corina—le dice su consejera de confianza, una dama profesional que no para de hablar—, no tienes idea de cómo ha pegado el eslogan Viene María. Yo te lo había dicho: Viene María Corina habría sido demasiado largo, y se habría desaprovechado la conexión religiosa. Tú sabes, por la asociación con Cristo viene. No es nada malo que te identifique la gente con la Virgen María, la mamá de Cristo, que de que viene viene. Y tenemos que repartir a nuestra lista de correos el artículo de Axel Capriles; ése donde dice que los Indignados son capitalistas. Se ve que le encanta tu lema de Capitalismo Popular. A él no le importa que exista Alianza Popular, de Álvarez Paz; Voluntad Popular, de Leopoldito; o que COPEI se haya llamado hasta hace poco—ya se dejó de eso—Partido Popular. Hay también una Vanguardia Popular ¿no? Pero eso no importa; nadie ha tenido los ovarios de hablar de Capitalismo Popular, de enfrentar ideología socialista con ideología capitalista. A nadie se le había ocurrido hablar de Capitalismo Popular. ¡Genial! ¡Ah, mira! La canción María, María, que hace la rima con mayoría, ha pegado también. Gusta mucho, porque de verdad somos mayoría. Por eso es que el gafo de Henrique está bien equivocado cuando dice que es mejor no meterse mucho con Chávez. ¡Qué riñones! Si somos mayoría, con él es con quien tenemos que meternos. Y dígame esa gente que dice que pobrecito, que se está muriendo de cáncer. ¡Ojalá se muera hoy, no juegue! Pero óyeme, el viernes fui a una fiesta en Los Chorros y un chamo tenía tu canción en el iPod y la puso y la bailamos todos: ¡María, María! ¡Una nota! Me acordé de West Side Story; ¡que maravilla de película! Tú no habías nacido cuando la estrenaron en el cine Broadway. Y también…” En este punto, la candidata, algo mareada, interrumpió la entusiasta catarata y dijo: “Perdona, pero tengo que ir al baño”.

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Escena en un salón de reuniones del instituto de formación que preside Eduardo Fernández; una rueda de prensa está en progreso. Pregunta el corresponsal de la revista Campaigns & Elections: “Entonces, cree Ud. ser el candidato indicado?” Fernández responde: “Quien sea candidato debe de ser alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela; esto sería ideal”.

Pregunta Clodovaldo Hernández, para Ciudad CCS, una publicación progubernamental: “En 1987, su eslogan era ‘El tiempo ha llegado’. En 2011, ¿no podría decirse que ‘el tiempo ha pasado’?” Fernández responde: “No. Todo lo que propuse está por hacer: propuse más democracia y descentralización y hemos tenido más caudillismo y centralismo. Propuse una economía moderna y hoy dependemos más que nunca del petróleo. Propuse ‘pobreza cero’ porque era un problema escandaloso y sigue siéndolo. Propuse dar prioridad a la educación y, aunque se ha hecho un gran esfuerzo cuantitativo, cada vez tiene menos calidad. Y propuse una transformación ética, porque había mucha corrupción y ahora hay muchísima y no sólo en el sector público, sino en la vida nacional. Muchos dicen que la oportunidad le toca a las nuevas generaciones, pero cuando les pregunto: ‘¿Tú pondrías tu negocio en manos de esas nuevas generaciones?’, me responden: ‘¡No, ni de vaina!’ La Presidencia requiere madurez, tolerancia y amplitud, que solamente vienen con las canas”.

Pregunta Andrew Mulligan, de U. S. News and World Report: “En su momento, Ud. se quejaba de que Rafael Caldera no dejaba campo a los políticos jóvenes, porque quería ser candidato una y otra vez. Ud. fue candidato en 1988, hace 23 años, y quiso serlo de nuevo en 1993, cuando fue derrotado por Álvarez Paz. Ahora vuelve a las andadas. ¿No está haciendo lo mismo que criticaba a Caldera?” Fernández responde: “Quien sea candidato debe de ser alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela; esto sería ideal”. Insiste Mulligan: “No se le ha escuchado decir que participará en las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática”. Fernández responde: “Bueno, eso depende de las circunstancias. Kennedy participó en primarias, pero Mandela no”.

Pregunta Auristela Matute, de El Correo del Caroní: “¿De dónde proceden los fondos para su campaña? Se ha escuchado que lo financia el gobierno para enredar a la oposición”. Fernández no responde. Acto seguido, el moderador del acto declara: “Ha concluido la rueda de prensa. Muchas gracias”.

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Escena en el despacho del Gobernador del estado Zulia. “¡Qué molleja!—exclama Yonfitzyeral Semprún, veterano de lides políticas en Acción Democrática, hoy miembro del comando de campaña de Pablo Pérez—¡Qué riñones los de ese patiquincito de Capriles! ¡Mirá y que venir al Zulia a comenzar su campaña nacional!” Y dice Pérez: “No te preocupéis, Yon, que ya estamos planeando devolverle el golpe. Ya vais a ver cómo le queda el ojo cuando me aparezca en Los Teques. Pero ahora me preocupa otra cosa, porque el patiquincito está resquebrajando el Frente Progresista, que se iba a cuadrar con nuestra democracia social, que es lo mismo que la socialdemocracia de AD. Ya logró que la Causa R y Podemos lo apoyen. Es urgentísimo que precisemos a Ramos Allup, porque si no lo único que nos va a quedar es la alianza con Henri Falcón y el PPT; o sea, un micropartido con dos diputados por Amazonas. Ni en Lara sacaron un solo diputado. Esa vaina no es la recomposición del pueblo adeco”.

“Y ¿qué estáis esperando para mandarle su caja de 18 años? ¿Que sea Navidad? Invitalo como huésped de honor a la Feria de la Chinita?”, repuso Yonfitzyeral. “Ésa no se me había ocurrido. Vos si que sois arrecho, Yon. Mandale otra invitación de tu parte a Antonio Ledezma, para que yo no aparezca. Adeco es adeco hasta que se muera, y algo de militancia adeca lo sigue. Cada voto cuenta”. “Arrecho sois vos, candidato. Pa’ patiquín patacón”, remató Semprún.

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Escena telefónica. Conversan animadamente Jesús Petit Da Costa y Cecilia Sosa. “El estadista que requiere el país—dice Petit—es un hombre bien arrecho, Cecilia, como yo. A mí no se me enfría el guarapo”. Responde Sosa: “Una persona bien arrecha, mi querido doctor, no necesariamente un hombre. ¿O es que usted me va a decir que yo no las tengo bien puestas?”

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La política de la arrechera

Escena telefónica. Otro Sosa, Juan Carlos, ha llamado a Leopoldo López. “Oye, Leo: Chávez hará que todos los militantes del PSUV voten en las primarias de la MUD según sus instrucciones. Ergo: el candidato presidencial de la ‘oposición’ lo escogerá Chávez. Yo sé que no tengo el más mínimo chance, pero tú pudieras alzarte con la cosa si eres capaz de jugar a la alta política y obtener un pacto con Chávez, lo que es, por supuesto, absolutamente insospechable. Date cuenta tú mismo: si te pones de acuerdo con Chávez,  él te dará los votos y te quitará definitivamente el dolor de cabeza ése de la inhabilitación”.

López contestó muy airado: “Pero, ¿qué acuerdo sería posible?” Entonces Sosa Azpúrua mostró su hilado fino: “Que tú seas su Vicepresidente Ejecutivo con un compromiso de dos años en el cargo. Así, cuando el señor se muera de cáncer, tú serás el Presidente. Yo, siendo tú, lo trabajaría con lo de tu parentesco con Bolívar. Hazle ver que sería un lujo para él tenerte en la Vicepresidencia. Imagínate: el retátara-sobrino-nieto del Libertador”. La grabación del intercambio telefónico se interrumpe a partir de esta última descripción.

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Escena en el Hospital Militar. Un hombre de cuero cabelludo desierto y rostro abotagado vocifera: “¡Me agarran a ese Navarrete donde esté! Si está en España, que me consigan al etarra que lo pueda atrapar”. A lo que un joven ya maduro responde: “Pero Duce, la ETA acaba de decir que abandona de un todo la lucha armada. No va a ser fácil”.

“¡Ah carajo, Nicolás! ¡Zapatero a sus zapatos! Si tengo que ofrecerle a ese bolsa que la réplica de la Santa María regresa al Parque Miranda o la estatua de Colón a Maripérez estoy dispuesto a pagar el precio, como contribución bolivariana a la crisis financiera española. Hasta podemos devolver la Agroisleña, pero a ese medicucho lo voy a joder”.

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Escena en el barrio La Dolorita. Un grupo que inicialmente fue de cuatro amigos que conversaban sobre las dificultades de la vida en Venezuela, ya sobrepasa el número de treinta personas. Una de ellas habla por su teléfono celular y luego reporta: “En El Valle hay mucha indignación”. Otra confirma: “Y también en el 23 de enero, y en La Silsa”. Una más reconfirma: “Cuando venía para acá vi aglomeraciones en Los Palos Grandes y en La California; la cosa como que es en todos lados”.

Hasta que alguien dice: “Bueno, somos el 99%. ¿Por qué no nos indignamos?”

LEA

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Archivo de audio de entrevista para el espacio Análisis, de RCR 750AM, conducido por Javier Perera Díaz. (Grabada el 26/10/2011; transmitida el 27 a las 6:20 a. m.)

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Hipoteca en 2do. grado

Un mal refrán mata un buen decreto

Circula por estos días una invitación electrónica a la presentación de un nuevo libro de Ramón Guillermo Aveledo, su biografía del fallecido ex presidente Luis Herrera Campíns. Antes nos había dado, dentro de una obra numerosa, un libro utilísimo: La 4ta. República – Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder. (Ver Privilegio exigente, del 4 de diciembre de 2007: “Su serena exposición está organizada, muy útilmente, al modo temático. De ella emerge una convincente y justa imagen: los gobiernos civiles en Venezuela, con todas sus criticables equivocaciones, trajeron más progreso al país que todos los gobiernos militares juntos, que fueron muchos más”).

Aveledo es biógrafo particularmente indicado para contar la vida y la política de Herrera Campíns; como éste, egresó del Colegio La Salle de Barquisimeto y ha sido importante dirigente de COPEI y, por si fuera poco, fue su Secretario Privado durante su presidencia. Conoce como pocos, pues, la verdad de la trayectoria de Herrera Campíns. Quien escribe no puede presumir, siendo caraqueño y lasallista de La Colina, tener un mejor conocimiento del ex presidente, pero creo tener autoridad para sostener hoy evaluaciones que hice de su período constitucional hace un cuarto de siglo, y para complementarlas con un juicio posterior que redondea mi opinión personal sobre su significación política.

Durante su gobierno, casi que éramos únicamente Ricardo Zuloaga y quien escribe los que sosteníamos una visión más bien positiva de Luis Herrera en el círculo del Grupo Santa Lucía, en el que la mayoría era francamente crítica. Esta postura trasluce en un fragmento de mis Memorias prematuras (1986), que registra una petición que me hiciera, en nombre de COPEI, Oswaldo Álvarez Paz durante el año electoral de 1983, el último del gobierno de Herrera, poco después de las medidas monetarias anunciadas el viernes de su febrero que fuera bautizado como Negro:

Álvarez Paz me recibió una tarde en el cuartel general de la urbanización El Bosque. Acusaba el impacto de los traumáticos anuncios del 18 de febrero, más brumario que aquel 18 francés. Su saludo consistió en las siguientes palabras: “Luís Enrique, dime cómo vamos a ganar esta campaña, porque así como anda vamos a perder con toda seguridad”. Repetí las escuetas líneas de mi análisis: estamos a las puertas de una profunda crisis que debe ser asumida por Rafael Caldera; Rafael Caldera confrontará un problema principal de campaña en su relación con el gobierno del presidente Herrera; habrá que decidir un curso radical ante este asunto: o defensa decidida o deslinde completamente claro. Quedamos en que desarrollaría por escrito esos conceptos, así como también describiría un nivel más operativo compatible con la lectura estratégica, en la que no diferíamos grandemente, salvo en el punto de la viabilidad de la defensa del gobierno. En su opinión, una mejoría en la imagen del gobierno no favorecía en nada a la candidatura de Caldera, aunque un deterioro de la imagen gubernamental sí le afectaría negativamente. Le recordé que una reciente encuesta en el Área Metropolitana de Caracas todavía mostraba una muy considerable proporción de entrevistados que eran renuentes a calificar la actuación del Presidente como mala o muy mala. (La encuesta en cuestión, de marzo de 1983, arrojó los siguientes resultados: opinó que el gobierno era “muy bueno” el 4% de los encuestados, “bueno” el 14%, “malo” el 17%, “muy malo” el 14% y “regular” casi el 50%. Claramente, sólo un 31% había cruzado la raya hacia el juicio definitivamente negativo). Allí había un punto de partida para una enérgica acción de viraje en el planteamiento de campaña, hasta entonces centrada en el prestigio de Caldera, el que hacia 1981 había alcanzado niveles cercanos a un 80% de venezolanos creyentes en él como el mejor presidente de la etapa democrática. Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luís Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”.

Ser perdedor es malo

En el mismo libro memorioso expongo con mayor amplitud una valoración del gobierno de Herrera. En ella emerge como factor clave la relación de Herrera con su partido, dirigido desde la Secretaría General por Eduardo Fernández (cito):

Al comienzo de su período el presidente Herrera contó con posibilidades apreciables. Fue elegido con una mayoría moderada pero más convincente que la que obtuvo Caldera en 1968 y recibió poco después la señal de un mayor apoyo de las elecciones municipales de 1979. Por recursos no pudo quejarse, pues contó para la mayor parte de su período con fuertes aumentos de ingreso por los sucesivos aumentos en los precios petroleros. Hubo de contar, es cierto, con el peso de la ya muy considerable deuda pública, aún quitándole la treintena de miles de millones que se empeñó en rebuscar y añadir a la famosa “estimación Bolinaga” para aquella antológica alocución televisada en la que anunció que la hipoteca era por 110.000 millones de bolívares. Y hubo de contar también con la distancia y la frialdad del polo calderista. Varios fenómenos gravitaron fuertemente sobre el gobierno de Luís Herrera Campíns. El primero fue aquella “solidaridad inteligente” que COPEI declaró por boca del flamante secretario general, Eduardo Fernández. El segundo, el frustrante episodio del Sierra Nevada. El tercero, naturalmente, la serie de malas noticias económicas a partir de los inicios de 1982. El cuarto, la incesante oposición adeca, que, reunida en medio de su desesperación post-perecista por la voz aleccionadora de Jaime Lusinchi, no dejó de pronosticar la recesión económica.

Solidaridad pretendidamente astuta

Por lo que respecta al indeciso apoyo de un partido controlado por personajes más afectos al calderismo, el gobierno de Luís Herrera encontró apropiado constituirse con los herreristas de mayor confianza en los puestos claves. Todos recordamos la profusión de barquisimetano-lasallistas en puestos gubernamentales, así como la resistencia del Presidente Herrera a destituir funcionarios de su régimen que estuviesen marcados por la sospecha de corrupción. El gobierno de Herrera se condujo desde un principio en un estilo pre-paranoico, pues a la natural oposición adeca se añadía el efecto de un comando partidista propio que no le apoyaba completamente. Esta circunstancia, independientemente de los orígenes de la escisión copeyana, fue constante del período.

La lucha por invalidar políticamente a Carlos Andrés Pérez sirvió posteriormente como caldo de cultivo a un cínico espíritu de rebatiña que pareció apoderarse de algunos notorios funcionarios públicos. El episodio del Sierra Nevada contribuyó grandemente a una suerte de autorización realista de la corrupción. En efecto, razonarían los convencidos de la culpabilidad de Pérez, si éste había salido indemne del proceso de juicio público que le fue montado en el Congreso de la República, entonces podría resultar una necedad, y hasta un suicidio político, adoptar una conducta honesta que sólo les dejaría enemistados con ese poderoso personaje nacional y para colmo sin recursos. Hubo consejeros que propusieron a Herrera Campíns comenzar el asedio por la figura más vulnerable de Diego Arria. Se dice que Herrera optó por irse de una vez de frente contra Carlos Andrés Pérez porque una cacería de Arria hubiese dado mucho más tiempo al ex presidente para preparar su defensa.

En todo caso, la notoria corrupción del período de Herrera Campíns fue un golpe a la opinión pública, pues Luís Herrera había accedido al poder sobre el supuesto de una cruzada moral. Desde el discurso en el acto de su proclamación por el Consejo Supremo Electoral, pasando por el de la toma de posesión, incluyendo la alocución de los 110.000 millones y las acusaciones que promovía por la vía preferente del gran inquisidor Leopoldo Díaz Bruzual, Luís Herrera Campíns había fundamentado una buena parte de su razón de gobierno en la denuncia y el ataque a Pérez y a muchos de sus funcionarios. En 1982 el país presenciaba, atónito, un endeudamiento fuertemente agravado y la epidemia de escándalos administrativos protagonizados por importantes funcionarios del gobierno.

Las malas noticias económicas de comienzos de 1982 completaron el telón de fondo de la época. No hubiera sido imposible presentir que un empeoramiento de la posición financiera del sector público se avecinaba. A fin de cuentas, ya mucho antes voces como la de Juan Pablo Pérez Alfonzo habían “profetizado el desastre”. Pero tampoco era ésta una percepción común. Tan tarde como a fines de 1981 el primer vicepresidente de Petróleos de Venezuela, Dr. Julio César Arreaza, en su discurso ante la asamblea de ARPEL de ese año, se atrevía a predecir un brillante futuro de expansión para los países petroleros. Es así como las primeras señales negativas constituyeron en la práctica una sorpresa. La decisión de la OPEP de establecer un programa de producción a sus países miembros, como una forma de adaptarse a la “debilidad momentánea” del mercado, era de por sí bastante ominosa. Mucho más lo fue el endurecimiento de los banqueros japoneses con el Ministro Ugueto. Como apunté, es probable que este endurecimiento haya tenido más que ver con los problemas de repago de la deuda externa mexicana y la de Polonia que con la situación del mercado petrolero o con el juicio que Venezuela hubiera merecido considerada aisladamente. Pero la analogía con México resultaba natural. A fin de cuentas, el gobierno de López Portillo parecía una copia al carbón del de Carlos Andrés Pérez, impulsado por el boom de los nuevos yacimientos mexicanos. México fue por esos años el paraíso del prestamista internacional. Sus problemas con la deuda externa fueron, por tanto, un golpe psicológico de primera magnitud.

La oposición de Acción Democrática también era natural. Si durante un tiempo, por la época del caso Sierra Nevada, ese partido estuvo deprimido y acomplejado, no tardó en reponerse bajo el liderazgo de Jaime Lusinchi, quien inmediatamente después de la derrota electoral animó a sus copartidarios a reagruparse para continuar en la lucha. Los resultados fueron, obviamente, correspondientes con esa valerosa postura de rechazo a la rendición. Pero la oposición de Acción Democrática contribuyó en mucho a la conformación de un clima de desconfianza en las políticas económicas del gobierno de Herrera Campíns. Una prédica incesante desacreditaba la bondad de las decisiones, y la participación adeca en el Congreso de la República no le hacía en nada fácil la vida a Luís Herrera.

Ésos fueron los cuatro principales factores que operaron negativamente sobre la administración de Herrera Campíns. Otros valen la pena de ser mencionados. El primero es el propio estilo de gobierno del ex presidente. Por un lado, desde muy temprano abrió frentes de lucha múltiples y simultáneos. Intentó arreglar el problema de los indocumentados y el del diferendo con Colombia, atacó los intereses de las televisoras comerciales con la prohibición a la propaganda de licores y cigarrillos y a la participación infantil en programas y cuñas de televisión, mostró frialdad o resentimiento ante FEDECÁMARAS al negarse a asistir a sus asambleas, estableció la pelea frontal contra el ex presidente Pérez y, en general, impuso un estilo sombrío desde aquella primera declaración: “Recibo una Venezuela hipotecada”. No era como para animar a la confianza del inversionista privado. Muy pronto, además, impuso el “enfriamiento” a una economía “recalentada”. No mucho tiempo después el Ministro Ugueto confiaba a algunos amigos lo fácil que era congelar la economía y lo difícil que era reactivarla.

Ministro de Embestidas

Por otro lado, este estilo se complementaba con el aura misteriosa y zamarra del presidente Herrera. Había que ser un experto cultor del folklore venezolano para desentrañar su refranero, con el que pretendía conducir la psiquis del venezolano, o sus extrañas comparaciones, como aquella de la Constitución de 1961 con Sofía Loren. Nadie, se decía, ni sus más íntimos colaboradores conocían lo que pensaba en realidad el presidente. E intencionalmente mantenía dentro de su gobierno personalidades discrepantes, lo que impedía coherencia política. La más notoria de las disensiones se establecía entre Leopoldo Díaz Bruzual y el resto de los ministros de la economía. Díaz Bruzual fue empleado primero como el encargado de desacreditar los megaplanes de la época de Pérez, principalmente en lo que se refería al famoso Plan IV de la Siderúrgica del Orinoco, la que, como casi todas las empresas de la Corporación Venezolana de Guayana, había pasado a ser propiedad del Fondo de Inversiones de Venezuela, del que Díaz Bruzual fue su ministro presidente. Fue Díaz Bruzual quien se atrevió a poner en duda, a fines de 1981 y durante 1982, la productividad de Petróleos de Venezuela, cosa que convenía a su plan de llevar los importantes depósitos de divisas de PDVSA hacia las arcas del Banco Central. Y fue Díaz Bruzual, por supuesto, quien enfiló contra Carlos Andrés Pérez al destapar el turbio negocio del buque Sierra Nevada. Ya en pleno año electoral detonó la bomba del Banco de los Trabajadores de Venezuela, que había sucedido al escándalo del Banco Nacional de Descuento. Díaz Bruzual fue, pues, el gran agitador del período de Luís Herrera, su Robespierre. Ante las obvias discrepancias, Ugueto explicaba la presencia de Díaz Bruzual: “El presidente quiere una segunda voz en el gabinete económico”. Luego sería Arturo Sosa quien sufriría las atrabiliarias declaraciones del “Búfalo”. Más de una vez el impacto que éstas producían descosió los intentos de refinanciamiento de la deuda externa que Sosa pacientemente elaboraba. Venía un telegrama esperanzador del comité de bancos con acreencias sobre la República, lo seguía algún ácido desplante del presidente del Banco Central de Venezuela y desaparecía como por arte de magia toda simpatía de esos acreedores.

El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor.

Esta era la versión que del gobierno de Luís Herrera Campíns sostenía yo. Pensaba que las inocultables fallas del gobierno no se debían únicamente a su voluntad y que factores que no controlaba le habían encaminado, trágicamente, por el despeñadero. También lo juzgué mal políticamente, pues llegué a creerlo mejor hombre de Estado que lo que resultó ser. Me dejé dominar por el mito de su zamarrería y estuve esperando su famoso y anunciado “volapié” hasta el último momento. Éste nunca llegó, tal vez afortunadamente, pues signos hubo de que el volapié bien pudiera haber sido alguna sorprendente y traumática revelación relativa al caso de secuestro de William Niehous, el que había ocurrido durante el gobierno de Pérez y que había sido “resuelto” en tiempo récord a las pocas semanas del gobierno de Herrera. Digo afortunadamente porque en la tradicional política nacional sus protagonistas parecieran acertar a legitimarse sólo con el descrédito del contrario, mediante la acusación escandalosa y violenta. Una revelación agresiva de algún posible secreto sobre Niehous, aparentemente guardado por Luís Herrera con avaricia, hubiese chocado fuertemente a la psiquis venezolana, ya abrumada por la secuencia de escándalos del año de 1983, espantada ante los casos del Nacional de Descuento y del Banco de los Trabajadores, y conmovida todavía más por el asesinato del penalista Raymond Aguiar a escasas horas del acto de votación electoral. Lo cierto del caso es que el volapié no se produjo y Luís Herrera entregó a Jaime Lusinchi una Venezuela hipotecada en segundo grado.

Como puede verse, el suscrito no tenía un prejuicio acerca del gobierno de Luis Herrera; más bien tenía una predisposición a juzgarlo favorablemente. Ejercí, por otra parte, una función pública durante su período—de enero de 1980 a febrero de 1982—: la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Entre las frustraciones que experimenté en ese lapso estuvo la renuencia de Herrera a prescindir de su Ministro de Estado para la Ciencia y la Tecnología, Raimundo Villegas, que se caracterizó por prácticas de nepotismo—que oportunamente denuncié al Secretario General de COPEI, sin resultado alguno—y que en mi presencia informó a un funcionario de la Casa Blanca de la celebración de reuniones secretas del presidente Herrera con mandatarios de Centroamérica durante el conflicto de esta zona; de esto di noticia a un importante ministro de Herrera y tampoco hubo consecuencias prácticas.

Ni siquiera estas últimas cosas amellaron demasiado mi simpatía general por Luis Herrera; creo que hubiera hecho un mejor gobierno si su propio partido no hubiera tenido la grosera ocurrencia de ofrecerle una “solidaridad inteligente”, esto es, condicionada. No le ha sido fácil a COPEI llevarse bien con los presidentes que han salido de su seno.

Pero al final de su influencia política Herrera incurrió en graves distorsiones, y las peores entre ellas se suscitaron alrededor de la candidatura presidencial de Irene Sáez. Era Luis Herrera el Presidente de COPEI, sobre la funesta Secretaría General de Donald Ramírez; ellos aceptaron la promoción de quien entonces era la Srta. Sáez, ex Miss Universo, por parte de Enrique Mendoza, a la sazón Gobernador del Estado Miranda. COPEI no estaba bien, financieramente hablando, y el presupuesto mirandino sostenía entonces muchas de sus operaciones. (Como sesiones de trabajo con dirigentes regionales en las que se les vendía las bondades de la candidatura favorita del gobernador Mendoza).

Barbie Sáez, candidata de COPEI

Cuando ya eran obvios los preparativos del partido comandado por la dupla Herrera-Ramírez para lanzar a la Srta. Sáez, el diario El Nacional invitó, a mediados de 1997, al ex presidente Herrera a una entrevista con desayuno. Uno de los periodistas presentes levantó el punto de la impreparación de Irene Sáez para el cargo presidencial, de la carencia en ella de la madera de un estadista. Impertérrito, Luis Herrera contestó: “No se preocupen, que modernamente el poder es compartido”. Es decir, admitía las carencias de la candidata y sugería que él sería el verdadero poder detrás del trono.

Llegado el momento de la proclamación oficial de la candidatura Sáez en la convención de COPEI en Caraballeda—Hotel Macuto Sheraton—, Luis Herrera llevó el asunto a límites de desvergüenza. En esa convención habló dos veces, poniendo de manifiesto su reconcomio anticalderista y antieduardista, y en el segundo y último de sus discursos admitió:

…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…

Debo admitir que conocer tan descarada declaración me produjo una muy desagradable sensación, aunque ya había escuchado que esa racionalización herrerista estaba siendo ofrecida a más de un copeyano: ganemos para que puedan tener cómo vivir. Resuélvanse, asegúrense de estar “cubridos”—como habría dicho la inefable Blanca Ibáñez—con un triunfo electoral. No imaginé nunca, sin embargo, que el presidente de COPEI se atreviera a presentar un argumento tan alejado de la ética socialcristiana en el seno de una convención nacional, ante las cámaras—de una Globovisión incipiente—que transmitieron al país todo el discurso. Al día siguiente, una versión escrita de las palabras de Herrera Campíns fue distribuida a los asistentes a la convención. Herrera no estaba avergonzado sino orgulloso de la enormidad que entonces dijo.

Conductas como ésa son las que permitieron que un oficial golpista de mediano rango ganara las elecciones presidenciales de 1998. Lamentablemente, Luis Herrera Campíns se transformó en abierto cultor de la Realpolitik: la procura del poder a toda costa. LEA

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Una mejor Venezuela

En su única campaña por la Presidencia de la República, en 1963, Arturo Úslar Pietri presentó como guía central de su oferta lo que llamó “la Venezuela posible”. Nunca cesó en esta prédica, que salía de la privilegiada conciencia de un ser renacentista. Seguramente sin saberlo, Asdrúbal Batista hizo, el pasado 25 de mayo, eco— “…el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón”, en referencia a Ramón J. Velásquez (Testigo excepcional)—de conclusión expuesta por mí el 17 de mayo de 1996, cuando Úslar cumpliera noventa años de edad enteramente lúcida: “Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país”.

Úslar entendía la Venezuela posible como el resultado de un esfuerzo colectivo en el que, naturalmente, la acción de los diversos liderazgos del país estaría exigida de responsabilidad.

Ahora suenan otros ecos del desafío uslariano. Leopoldo López primero y, pocos días después, Eduardo Fernández en el lanzamiento de su precandidatura presidencial ofrecieron “una Venezuela mejor”. (López no ha descartado su participación en las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática; con mucha razón, destacó que las normas aprobadas por la MUD sólo exigen para participar en ellas las condiciones requeridas constitucionalmente al Presidente de la República: venezolano por nacimiento, sin otra nacionalidad, mayor de 30 años, de estado seglar, no sometido a condena por sentencia definitivamente firme. Aunque pesa sobre él una inhabilitación, López no ha sido condenado judicialmente. Pero él estuvo en el acto de proclamación de Fernández, en la presentación de su “propuesta”. Desde el año 2009 se reúnen ambos en casa de Lewis Pérez, otrora Secretario General de Acción Democrática, con Luis Miquilena—quien estuvo también en el lanzamiento de Fernández—para conformar una “nueva” organización política. En este intercambio han debido coincidir en la frase “una Venezuela mejor”, whatever that means).

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El pasado sábado 28 de mayo, en un acto en el estado Lara, Leopoldo López—puede recordarse que en noviembre de 2010 fue allá a firmar un pacto bilateral con Henri Falcón “en defensa de la Constitución”, whatever that means—presentó el plan “La mejor Venezuela”, diciendo: “Estamos aquí para presentarle a Venezuela la posibilidad de un país distinto, sembrando un movimiento de mujeres y hombres que hoy se comienza a consolidar”. Al revelar a los asistentes que “existe otro rostro de Nación”, anunció con la mayor seriedad: “La decisión que hemos tomado es construir esa Venezuela”. (Entre los aspectos fundamentales del “plan”, dice El Universal, “mencionó la necesidad de reducir el número de fallecidos por la inseguridad y reformar las policías del país. ‘Se necesita una posición firme para depurar los cuerpos policiales… y llenar las calles de más policías’. Dijo asimismo que es imperioso hacer reformas profundas que necesitan el sistema de justicia y el carcelario del país. El sistema de salud y la educación en el país también forman parte de este plan. ‘No se debe asumir sólo la masificación de los servicios sino también de la calidad… ésta es una deuda histórica que tenemos con el país’… Encomendándose a la Divina Pastora culminó su discurso pidiendo ‘fuerza y fe’ para Venezuela”).

López en el acto de Fernández (clic para ampliar)

Por lo que atañe al viejo “tigre”— “el tigre come por lo ligero”, le aconsejaba Luis Alberto Machado en 1988—, se limitó a reconocer a los jóvenes del país: “Quiero decirles que ustedes tienen derecho a vivir en una Venezuela mejor”. En verdad, su propuesta programática fue bautizada así: “Venezuela 2013 – La explosión del crecimiento”.

Ya esta denominación retrotrae a los años cincuenta, cuando la comunidad planetaria de los economistas prescribía el crecimiento económico antes de que se acuñara y popularizara la más inclusiva idea de desarrollo. (Por ejemplo, Walt Whitman Rostow: El proceso de crecimiento económico, de 1952, y Las etapas del crecimiento económico, de 1959).

Una explicación oficial de la propuesta de Fernández—Teatro del Colegio Santa Rosa de Lima, sábado 4 de junio—vino en nota de prensa de IFEDEC, la institución que preside, del 26 de mayo, a raíz de reciente visita suya al estado Bolívar:

…enumeró los cinco puntos especiales que enmarca el proyecto de país “Venezuela 2013”, a saber, en primer lugar el fortalecimiento de la democracia, profundizando la descentralización e independencia y economía del poder público. Reactivación de  la economía, generando inversiones del sector público y privado. Superación de la pobreza, promoviendo educación de calidad. Cambios culturales, erradicando la dependencia exagerada del estado e impulsando la producción y la productividad.

Y por último, pero no menos importante, el cambio ético.“Ha habido un problema muy serio desde el punto de vista de los valores y el culto a la muerte. En este sentido, esperamos que el próximo Gobierno haga un esfuerzo por fortalecer los valores de la vida, de la rectitud, de la solidaridad social y el amor, ya que en el país hay una crisis de desamor”.

El amoroso tigre se ofrece a resolverla. Uno de los más notorios asistentes al acto de lanzamiento de la candidatura Fernández fue Enrique Mendoza, quien lo enfrentara en 1997 cuando entonces promovía la funesta candidatura de Irene Sáez. Noticias 24 reportó su opinión acerca del acto del sábado pasado: “Enrique Mendoza expresó su satisfacción por el contenido carismático del discurso”. Se trata de una evaluación muy apreciada por Fernández, quien sugirió sibilinamente a la revista Campaigns & Elections (marzo de 2011): “…quien sea candidato debe de ser alguien que pueda llenar esos valores y, si consideramos a alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela, sería ideal”.

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Un candidato a la Presidencia de la República no puede prometer una Venezuela mejor. A lo sumo, puede prometer un mejor gobierno. Es un error fundamental y extenso—no sólo lo admiten prácticamente todos los políticos, sin también muchísimos ciudadanos—creer que un presidente es el jefe del país. Hugo Chávez se entiende así, por supuesto, pero no es el único. Durante la campaña de 1998, fue frecuente la aparición de Henrique Salas Römer en Primer Plano, el programa que conducía Marcel Granier. En una de sus comparecencias, mientras argumentaba que la elección de 1998 sería crucial—tenía razón—, soltó esta frase para aludirse a sí mismo: “…porque aquel que pretenda gobernar sobre un país…” Esta idea de que se gobierna sobre un país es pretensión muy equivocada. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.

Los argentinos tienen un uso peor que el de Presidente de la República; allá dicen Presidente de la Nación. Pero quien ejerce la primera de las magistraturas no preside la nación, ni siquiera la república; preside el gobierno nacional, la rama ejecutiva del poder público nacional. No puede, por tanto, ofrecer algo que sólo la república entera, la Nación misma es la llamada a producir. No es el gobierno, ni siquiera el Estado completo, quien puede lograr una Venezuela mejor.

Por lo demás, prometer una Venezuela mejor es una perogrullada, una seudoproposición. ¿Cómo podría uno oponerse a esa noción? Habría que ponerse en pie y pedir la palabra para vender la idea de una Venezuela peor. ¿Quién de los competidores de Fernández querrá proponer el debilitamiento de la democracia, la desactivación de la economía, la desinversión, una educación sin calidad y la capitulación ante la pobreza? ¿Quien de los que quieren competir con López propondrá “aumentar el número de fallecidos por la inseguridad”?

Si no somos capaces de desenmascarar y repudiar discursos tan perogrullescos, lo que vamos a tener es una Venezuela bastante peor. LEA

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¡Por el amor de Dios, Eduardo Fernández!

Publiqué en El Nacional el jueves 2 de octubre de 1986, un remitido redactado tres días antes que criticaba, entre otras cosas, el adelantamiento de campaña electoral por parte de Eduardo Fernández, entonces Secretario General de COPEI, y su elección del apodo “El Tigre” para designarlo como marca política. En el texto, reproducido abajo, una alusión a solicitudes de sillas de ruedas se refiere a la precampaña perecista, desatada por la Sra. Cecilia Matos, la misma que más tarde propondría erigir una estatua ecuestre de Carlos Andrés Pérez, su pareja, en su ciudad natal de Rubio.

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Ayer, 29 de setiembre, publica la prensa la gran noticia: Eduardo Fernández propone que su partido defina de una vez quien será su candidato presidencial porque los adversarios ya están en campaña. Eso lo dice al clausurar una reunión de profesionales copeyanos, el domingo 28 de setiembre. Ni siquiera da tiempo, sin embargo, a que sus copartidarios reaccionen, pues el mismo lunes 29 las ciudades amanecen ornadas con los vistosos afiches del “tigre” (en su nueva edición) y la televisión y la radio trasmiten cuñas que nos indican que tal o cual señora y tal o cual señor “están con el tigre”. Luego hay la rueda de prensa de ayer, publicada hoy 30 de setiembre y en la que anuncia su decisión firme de convertirse en el candidato verde y en la que vuelve a ofrecernos la solución que tiene pensada para los males venezolanos: “una democracia nueva para una Venezuela nueva”.

Por un lado, Doctor Fernández, Ud. no termina de explicarnos los ingredientes de ese jarabe que Ud. anuncia y quiere vender bajo el nombre de “una democracia nueva”. Pero, más atinente al caso que nos ocupa, Doctor Fernández, es precisamente la “democracia vieja” la que adelanta campañas electorales, pues es la “democracia vieja” la que no respeta al electorado y pretende atosigarlo de modo constante con el tema electoral. Más de una vez Ud. sugirió que se acortasen las campañas electorales, pero ahora sabemos que no creía en eso cuando lo decía. Y ahora adelanta su campaña cuando faltan casi dos años y medio para la fecha de las votaciones y la mayoría de los venezolanos quisiera ocuparse de otras cosas.

Usted ofrece la excusa de que en el campo adeco la campaña ha comenzado ya. Pero ¿en qué quedamos? Hace no muchos días Ud. hablaba de “rescatar la diferencia”. Usted, Doctor Fernández, y otros dirigentes de su partido hablaron mucho de esa “diferencia”, de esa distinción que colocaría a COPEI en un sitio diferente al que ocupa Acción Democrática. Se mostraba Ud. molesto ante las insinuaciones de algunos venezolanos. entre los que me encuentro, en el sentido de que, para propósitos prácticos, no existen ya diferencias de fondo entre AD y COPEI. Permítame recordárselo, porque parece que su memoria, Doctor Fernández, no alcanza a conservar lo que pasó hace menos de diez días. El 20 de setiembre Ud. debía clausurar un “congreso ideológico regional” de COPEI en el Distrito Federal. ¿Cuál, preguntará Ud., Doctor Fernández, al no recordarlo, era el lema y el trabajo central de ese evento? Según el reportaje que nos da la prensa, Doctor Fernández, el lema era justamente “rescatar la diferencia”, y según los documentos allí presentados y las declaraciones de los dirigentes, “rescatar la diferencia” significa precisamente “desadequizar a COPEI”. Y explicaban el presidente y el secretario general de COPEI en Caracas: “Digámoslo crudamente: nos hemos adequizado. Los adecos nos han arrastrado poco a poco hacia su pragmatismo, hacia su oportunismo y hacia su estilo político que subordina la ética a la idea de alcanzar, a cómo dé lugar los objetivos”. Y continuaban: “Los adecos han convencido a muchos de nosotros de que debemos imitar su pretendida viveza. De que debemos usar las mismas armas que ellos para poder derrotarlos. Paradójicamente, ser como los adecos para poder ganarles”. Eso ocurrió, Doctor Fernández, hace escasamente diez días, y Ud. viene a argumentar el 28 de setiembre, una semana después, que COPEI debe determinar su candidato y adelantar la campaña ¡porque los adecos lo están haciendo! ¿Dónde ha quedado, Doctor Fernández, la diferencia?

Por lo demás, Doctor Fernández, Ud. insiste, sólo que ahora con más denuedo, en sus desaciertos, lo que destaqué en artículo de prensa a raíz del primer afiche tigresco. Ud. insiste, Doctor Fernández, en momentos cuando la escasez, la dificultad económica, el desempleo, las deudas públicas y privadas nos oprimen, en gastar enormes cantidades de dinero para pagar afiches, cuñas de televisión y de radio, agasajos, próximas fiestas de cumpleaños, a dos años y más de las elecciones presidenciales. La obscenidad del gasto es inocultable.

Luego insiste, pero Ud. y sus asesores sabrán, en ofrecernos como la parte más sustanciosa de su discurso de presentación al país que Ud. quiere parecerse a un tigre. Esto es no sólo lastimoso sino que, por encima de todo, es un insulto a la inteligencia del elector venezolano.

Ud. y sus asesores suponen que al ciudadano de este país le interesará más el nombre bestial que Ud. ha elegido para sí que la disminución de la pena y la angustia del pueblo. ¡Por Dios, Doctor Fernández! Alguna vez supusimos que Ud. fuese menos superficial y más auténticamente respetuoso de nuestra condición de electores, de nuestra esencia de poder constituyente.

Y también insiste, como dijimos, en presentar su jarabe de la “democracia nueva”. Pero ¿qué es esa “democracia nueva” para Ud.? Hace casi un año Ud. ocurrió ante la COPRE para presentar sus ideas, ideas que Ud. llamó “soluciones para la nueva democracia”. Allí habló críticamente de la “partidocracia”, diciendo entre otras cosas que una “característica de la Partidocracia es que la sociedad civil se hace, valga la redundancia, ‘socialmente’ presente en las organizaciones intermedias, como gremios, sindicatos y asociaciones en general a través de los partidos políticos, desvirtuándose muchas veces sus fines y razón de ser y colocando estos organismos intermedios al servicio de los objetivos político-partidistas”. De eso hace casi un año, pues Ud. lo dijo el 30 de octubre de 1985. Pero también se le olvidó, pues este domingo pasado, 28 de setiembre, hizo cinco “solicitudes” a los profesionales y técnicos de COPEI, de las que nada menos que la primerísima era la de una “presencia gremial vigorosa”. Explica la prensa: “Exhortó a los profesionales y técnicos de COPEI a desarrollar una vida gremial activa, constante, para de esta forma vigorizar su movimiento. Y garantizar la voz de los socialcristianos en todas las esferas del quehacer científico, económico, social y cultural del país”. Lo primero que hace, entonces, es excitarles a esa penetración de lo que Ud. llama “organizaciones intermedias” y que Ud. mismo. cuando le pareció elegante, criticó con palabras que ahora también sabemos insinceras.

¿Es que no veo nada bueno en lo que Ud. hace? ¿Es que la he cogido con Ud. y no critico con igual fuerza las demostraciones de otros precandidatos? No es así. Debo felicitarle por su exquisitez táctica. Debo felicitarle por la rapidez que le permitió estrenar la proposición de que su partido defina prontamente su candidatura y en menos de veinticuatro horas tupirnos con afiches y cuñas. (Lo que demuestra. obviamente. que cuando Ud. proponía ese adelantamiento lo hizo bastantes días después de haber ordenado el arranque de su bestial campaña).

Lo felicito, además, porque la nueva fotografía suya es mucho mejor que la del primer afiche. Es un logro encomiable. Lo felicito, por último, adelantadamente, por su próximo cumpleaños. Ya sé que todavía falta y que es el 18 de octubre, pero a Ud. le gusta adelantar las cosas. Eso sí, espero que para la celebración sepa atemperar su necesidad de gasto y no sea ésa una oportunidad más de evidenciar cuán poco tiene en cuenta lo menesteroso del venezolano de estos días. Por lo demás, allá Ud. con su condición de tigre. Pobre campaña la suya. Por eso no lo felicito.

Y por supuesto que estoy en contra del adelantamiento de cualquier campaña, sea ésta de quien sea, incluyendo las que se manifiestan, por carambola, en campañas que lo que parecen es solicitar sillas de ruedas para inválidos. No le niego a Ud., sin embargo, el derecho que le asiste de haber declarado, si lo hubiera querido al día siguiente de haber sido elegido el actual Presidente en ejercicio, que Ud. quería ser candidato a la Presidencia. Ese derecho le asiste, como le asiste a cualquier venezolano en cualquier momento de cualquier año. Lo que le desconozco es el derecho de despilfarrar dinero y esfuerzos en la dispendiosa demostración táctica de sus afiches y sus cuñas. Pero por encima de todo, Doctor Fernández, le desconozco la autoridad moral para hablar de “democracias nuevas” y de “rescatar diferencias”.

Luis Enrique Alcalá

C.I. 2.139.408

30 de septiembre de 1986

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