La planta insolente del carcelero

Debiera estar del otro lado

El Presidente de la República y próximo candidato del PSUV a la reelección fue quien tuvo la ocurrencia de nombrar a la diputada María Iris Varela Rangel, abogada de la República, al cargo de Ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario. La funcionaria dejaba atrás una estela de agresividad incluso mayor que la de quien la nombrara, trayectoria que le valiera a Varela el apodo de Fosforito.

Entre las especialidades del Derecho que Varela estudió se encuentran las de Derecho Procesal Penal, Nuevo Proceso Penal en Sistema Acusatorio y Estudios en Criminalística. Académicamente, por tanto, pareciera estar bien preparada para su cargo y, como su militancia izquierdista en principio la acerca a los pobres, como lo son la mayoría de los reclusos en un penal cualquiera de Venezuela, doblemente indicada parecía para el cargo desde el que no ha podido mejorar la situación penitenciaria.

La rebelión del Retén de La Planta (Centro de Reeducación y Trabajo Artesanal) mantiene convulsionada a la ciudad de Caracas, que ya ha puesto un muerto y varios heridos por armas que incomprensiblemente se encuentran en poder de presos que las disparan hacia el exterior del recinto. El tránsito por la principal vía de la ciudad se interrumpe a cada rato, generando un mar de inconvenientes, mientras no son reducidos quienes debieran ser desarmados.

¿Es que la MPPSP se propone hacer esto? ¿O es que ella entiende que el «servicio penitenciario» no es un servicio a la sociedad sino un servicio a los presos, un room service en los penales? Uno puede imaginar que un gobierno que se apresta a dar una batalla electoral no quiere someter por la fuerza que es necesaria a los delincuentes que siguen delinquiendo, porque pudiera creársele un problema de «derechos humanos» en momentos cuando quiere abandonar, precisamente, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Pero tal vez pueda considerar el presidente Chávez, en un receso de su reposo médicamente prescrito, lo que acaba de hacer Angela Merkel con un ministro a quien quiso atribuirle su más reciente fracaso electoral: destituirlo. Pudiera innovar destituyendo a su ineficaz ministra antes de las elecciones; en ella tiene a la chiva expiatoria perfecta en esto del fracaso de La Planta. LEA

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Más allá de una política binaria

También hay indignados en Cataluña

Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…

Julio Cortázar – Rayuela

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El dato más significativo de la reciente encuesta de Datanálisis es su reporte de una anomalía. Lo habitual es que, a medida que un proceso electoral se acerca a la fecha de votación, la proporción de indecisos se adelgace, que sean menos los injustamente vilipendiados Ni-ni, la gente que no está alineada con los términos de una polarización. Pero la afamada encuestadora ha revelado el 10 de mayo que de marzo a abril los entrevistados indecisos pasaron de 25% a 31% de la muestra, un ascenso de seis puntos (porque Hugo Chávez bajó un punto y Henrique Capriles perdió cinco). En los procesos electorales anteriores, esta población no alineada, que en otros momentos ha llegado a superar la mitad del país, descendió cuando comenzaba a decantarse en tibio apoyo a los candidatos polares. Pero aun hoy, cuando ya menos de cinco meses nos separan de las elecciones del 7 de octubre, casi la tercera parte del país no está convencida ni por Chávez ni por Capriles.

Esta anómala situación está de alguna manera justificada: en cierto modo, Capriles y Chávez son ambos ejemplo de la vieja política, la de la lucha por el poder que pretende legitimarse desde una ideología que se blande, explícita o implícitamente, como coartada. Es la política rechazada, sin demasiada conciencia, por los indignados en Europa y los Estados Unidos, en un repudio que también se ha manifestado en los bandazos electorales que van de partidos conservadores a izquierdistas y de éstos a los primeros. (De Gordon Brown a David Cameron, de Sarkozy a Hollande, de Aznar a Rodríguez Zapatero a Rajoy, de Clinton a Bush a Obama).

En el dato de los indecisos recrecidos hay una clave para el tratamiento de la actual situación política venezolana, una cuya adopción requiere salirse de la caja que prescribe para el país una condición binaria, una película en blanco y negro cuyos únicos protagonistas son el gobierno y su oposición.

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El Grupo Jirahara—la versión barquisimetana del Grupo Santa Lucía—se reunió en el fin de semana que condujo al 1º de mayo. El consenso general daba a Capriles Radonski como ganador de las elecciones del 7 de octubre porque seguramente Chávez no podría ser el candidato del socialismo. Pero en la misma reunión ya se escuchó cifras provenientes del Pulso Nacional de Datos: si un mes antes Datanálisis registraba que Capriles ganaría eventuales confrontaciones con Nicolás Maduro, Diosdado Cabello o Elías Jaua, parecía entonces que estos careos ya no le favorecían, sobre todo si se medía con el último de los nombrados. (El Nacional de hoy recoge esta misma impresión, al comentar el marcado descenso de 3,5% en los precios de los bonos venezolanos en los mercados luego de conocerse un informe negativo de Bank of America-Merrill Lynch: «En el informe elaborado por el economista Francisco Rodríguez se asegura que las probabilidades de una victoria electoral de la oposición, incluso contra un candidato que no sea Hugo Chávez, ha descendido significativamente. (…) Señala que si Chávez se retira, las encuestas muestran una competencia muy cerrada entre Henrique Capriles Radonski y cualquier otro aspirante oficialista. El vicepresidente ejecutivo, Elías Jaua, parece ser el candidato más fuerte del Gobierno con un pequeño margen de ventaja en los estudios de opinión»).

Un gentil maestro de la mercadotecnia, de postura libertaria, insospechable de chavismo, tropezado casualmente en uno de los intermedios de Tosca (el Día de la Madre en el Teatro Teresa Carreño), sentenciaba: «Es un asunto de mind share. El tema de Chávez y su enfermedad ocupa prácticamente todo el espacio de conciencia política de los venezolanos; Capriles es inexistente». Al comentar ayer este diagnóstico con uno de los más avezados políticos que tiene el país, éste se refugió así: «Eso es un problema que no puede resolverse con primarias sino como los chilenos hicieron, por decisión consensuada de los políticos que sí saben cómo se bate el cobre».

Atiné a señalarle que no se comprendía bien por qué un político veterano como Ramón Guillermo Aveledo, que sabe perfectamente bien cómo se bate el cobre, había cedido a presiones de gente como Leopoldo López Mendoza, adalid de las primarias que no tuvo empacho en rogar que la Mesa de la Unidad Democrática postulara por consenso a Carlos Vecchio—su candidato—a la Asamblea Nacional, al día siguiente de resultar derrotado en primarias por María Corina Machado. Para mis adentros, pensé que la referencia chilena no era otra cosa que llanto sobre leche derramada: las primarias ocurrieron ya. ¿Sería que el influyente político con el que conversaba está proponiendo a la MUD la reversión de la candidatura de Capriles y su sustitución por alguien de mayor pegada o tracción? Mi último pensamiento, mientras me despedía, consistió en percatarme de que mi interlocutor hablaba encerrado en una caja; para él, el problema sería el de colocar en el campo un candidato «correcto» de oposición.

Días antes, un viejo amigo me escuchaba recapitular los hallazgos de los últimos estudios de opinión que han podido conocerse: la brecha entre Chávez y Capriles se ha ampliado a favor del primero; el candidato opositor está en caída. Desde el interior de la misma caja respondió filosóficamente: «Bueno, eso es lo que hay».

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Una tercera figura

La solución al preocupante dilema electoral de 2012 es salirse de él, darse cuenta de que no tienen por qué ser Hugo Chávez (o cualquiera de sus suplentes) y Henrique Esoesloquehay Capriles las únicas posibilidades. Pero esa solución era el camino correcto desde hace mucho tiempo, incluso antes de la aparición de Chávez-Capriles; en febrero de 1985 podía escribír: «El espacio in­telectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. (…) Por esto no solamente se trata de enten­der la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experien­cias y conocimientos distintos». (Proyecto – La Sociedad Política de Venezuela). Hace mucho tiempo que la política ideológica, radical o moderada, muestra signos de esclerosis en los paradigmas que orientan y determinan su acción.

Hace bastante tiempo que debimos buscar y encontrar otras avenidas, para atrevernos a un salto paradigmático que, tarde o temprano, se dará en el mundo entero, puesto que la política ideológica, la de izquierdas y derechas que buscan el poder y luego no saben qué hacer con él—¿lo saben Hollande, Cameron o Rajoy?—ha estado largamente en crisis de impotencia.

Pero nuestra coyuntura momentánea es electoral, y necesitamos una solución:

El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. (…)

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. (Retrato hablado).

No hay duda de que admitir una solución de esa clase requiere un salto de la percepción, un aventurarse fuera de las cajas que desde hace más de una década impiden la osadía estratégica que sería eficaz. Lo que hace falta en Venezuela es la ocurrencia de una sorpresa política.

En un estudio de septiembre de 1987 (Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela), se consideraba la llegada de un outsider a la Presidencia de la República como uno de esos eventos sorpresivos. Puede resultar útil ahora refrescar algunas de sus consideraciones:

El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su inefi­cacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.

Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser per­cibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No ne­cesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual ar­ticulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.

(…)

Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del “espacio” polí­tico. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de “izquierda” hasta las posiciones de “derecha”. Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal “problema social” (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para “los pobres” entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por “los ricos”, entonces se es derechista.

No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de “derechas” e “izquierdas”. Pero el candidato que pretenda tener éxito (…) deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.

La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider) que debe ostentar un candidato con posibili­dades de “dar la sorpresa”, es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.

La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la ne­cesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una rea­lidad social y política que ya no puede ser comprendida por los plantea­mientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por “maldad” se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben. (…)

A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:

1. Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposi­bles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capaci­dad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radi­cal selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.

2. Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. “Reactivar la economía” no es la solución, sino el estado final que debe al­canzarse una vez aplicada la solución. Combatir el “centralismo”, combatir el “presidencialismo”, etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamien­tos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la mo­deración temporal de sintomatologías anormales.

3. Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un ra­zonable optimismo.

Por último, el candidato debiera tener la capacidad de “librar por to­dos”. (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no úni­camente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados.) No se trata acá de “capacidad de convocatoria” () El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpresivo, a “tajo” de las elecciones, plantea su campaña con un grado aprecia­ble de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros polí­ticos debemos aún a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fra­caso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positi­vidad. El propio Isaac Newton reconoció: “Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes».

Después de esas consideraciones de fondo, el estudio mencionado entró en las de carácter práctico. Decía entre otras cosas:

El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nueva­mente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.

Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas ra­zones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible.* Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesa­rios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. (…) Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.

Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos. Pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica. Tanto porque no se dispon­drá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un re­chazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos eco­nómicos.

Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancar­tas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contun­dentes.

A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de es­tilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradi­cionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti or­questal.

Tío Conejo sí puede ganarle a Tío Tigre

Finalmente, aquel estudio de hace casi veinticinco años volvía sobre el crucial tema de los recursos, arriba mencionado en relación con una consideración del tiempo estratégico. Su argumentación fue reutilizada en el trabajo Tío Conejo como outsider—un capítulo del libro Chávez es derrotable (Libros Marcados, 2005)—y se pone a continuación:

La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aun en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a un candidato como el descrito con los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.

Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que “los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.

Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciaría por los términos dilemáticos más conservadores o “seguros”.

Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa—no puede, no debe ser cara—en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.**

Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aun el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad: rojo (Chávez), negro (Borges), par (Smith), impar (Petkoff). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde lo hace poco y si gana, en virtud del efecto multiplicador del pleno, obtendrá mucho más de lo que haya invertido.

En El pelotón opositor, nota varias veces citada en este blog, se afirmó en marzo del año pasado: «No es un candidato ‘normal’ quien puede derrotar al Presidente en ejercicio». Seis años antes decía el epígrafe de Tío Conejo como outsider:

Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (…) No es otro “tío tigre” menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.

Tío Conejo existe. LEA

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*En 1990, tres años después de la campaña breve prescrita en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, Alberto Fujimori, un estadista prometedor que se perdió en la corrupción, alcanzó la Presidencia de Perú luego de una campaña de tres meses, a pesar de ser un desconocido para la mayoría del país a su comienzo.

**En 2008, veintiún años después del mismo estudio, la campaña de Barack Obama obtuvo la gran mayoría de sus fondos—un total de 745 millones de dólares—en donaciones pequeñas del público en general que contribuía por Internet.

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Los hombres del barro

Johnny Vaughan y Steve Brooker (Pdte. de la Sociedad Mudlark)

A Mudlark is someone who scavenges in river mud for items of value, especially in London during the late 18th and 19th centuries. Mudlarks would search in the muddy shores of the River Thames during low tide, scavenging for anything that could be resold and sometimes, when occasion offered, pilfering from river traffic.

Wikipedia

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scavenger. a. carroñero. b. persona que busca comida, etc. hurgando en los desperdicios.

www.wordreference.com

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Uno tiene que ir a escarbar en barro extranjero, a veces, para conseguir información importante. La agencia Reuters publicó hoy (10 de mayo) en su web un artículo demoledor—Chavez rival struggles to close gap in Venezuela raceque obligará a los hombres de la MUD a decir que se ha vendido enteramente al gobierno. Varias perlas son dignas de notar en la pieza firmada por Andrew Cathorne.

La más dramática asegura que Datanálisis reveló hoy jueves que la ventaja que Chávez lleva a Capriles Radonski se ha ampliado: de 13,3% que reportó el mes anterior, esa distancia ha aumentado a 17% (43% para Chávez a 26% para Capriles). Es interesante notar que tal diferencia se produce aun cuando la candidatura de Chávez perdiera un punto; el problema es que Capriles perdió cinco. (Los indecisos crecieron entre ambas mediciones: de 25% a 31%). ¿Es Datanálisis, como Reuters, como este blog, chavista? ¿Lo será la gente de Wall Street? La nota dice: «El consenso general en Wall Street y los analistas políticos es que es improbable que Capriles derrote a Chávez bajo circunstancias normales debido a la conexión emocional del Presidente con los pobres, la duradera popularidad de sus políticas asistenciales y un repunte en la economía». Claro, después dice que las condiciones no son normales por la enfermedad de Chávez que, antes, ha señalado que lo favorece electoralmente. (Iván Gutiérrez ha hablado del «candidato pudiera»: «Es decir, aquel que si su adversario muere o no se presenta, ‘pudiera aumentar su chance’ según afirma un grupo de analistas tan sesudos que se los llevaron a Francia para que asesoraran a Sarkozy»).

Pero son muy sintomáticas las defensas de Capriles y su comando ante esta situación. Reuters indica: «Capriles y sus asistentes se mofan de las encuestadoras, señalando que no predijeron la naturaleza de deslave de su triunfo en las primarias de febrero, con 62 por ciento, o la inesperadamente grande asistencia de 3 millones de votantes». Bueno, la única encuestadora que ha pretendido la existencia de un «empate técnico» entre Capriles y Chávez, Consultores 21, midió (5 al 15 de diciembre de 2011) una intención de voto de 51% para Capriles en las primarias y 11,2% para Leopoldo López, que terminó apoyándolo; sumadas ambas cifras se obtiene 62,2%. Luego, en la misma oportunidad la misma encuestadora midió una intención de ir a votar equivalente a 28% de los entrevistados; si se hubiera presentado a las primarias 28% del registro electoral, se habría contabilizado una asistencia de 5.134.895 votantes, lo que es bastante más que 3 millones. (Ver en este blog Dos instantáneas, apunte del 24 de enero de este año). La encuestadora favorita del comando de Capriles se equivocó, por supuesto, pero no porque anticipara menos afluencia a las primarias, sino una mucho mayor (66% más que la efectiva el 12 de febrero).

Dicho sea de paso, creo muy posible que los 3 millones de votantes del 12 de febrero fueran una muy grande proporción de la población que se define como opositora, tomando en cuenta el carácter plebiscitario señalado por Oscar Schemel: «Más allá del objetivo de elegir al candidato único de la oposición, las Primarias se convirtieron finalmente en un Plebiscito, donde la motivación fundamental fue expresar el descontento y el malestar por la gestión del Presidente Chávez y de su gobierno». (Estratigrafía de la opinión, en este blog). Es decir, la población que puede tenerse por «mercado cautivo» de cualquier candidatura definida como de oposición debe andar algo por encima, no mucho, de esos tres millones de votantes.

Los MUD men, que escarban para encontrar algo que sea de valor, en general prefieren que hallazgos como el de Datanálisis, revelado por Reuters, no sean difundidos. LEA

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Estratigrafía de la opinión

Recién salido del horno (un clic sobre cualquier imagen la amplía)

Empieza a sedimentar un segundo estrato de encuestas de opinión, realizadas con posterioridad a las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática; por tanto, decidoras del impacto sobre la intención de voto de los venezolanos que ha tenido la candidatura que emergiera de aquellas votaciones: la de Henrique Capriles Radonski. Si la primera capa de mediciones indicó que Hugo Chávez aventajaba a Capriles por unos veinte puntos en promedio, lo que se sabe ya de la segunda no modifica sustancialmente la lectura desesperanzadora para el abanderado de la MUD, a pesar de que el Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD) traiga noticias relativamente buenas para Capriles; si en marzo IVAD midió una brecha a favor de Chávez de 29,9%, ahora esta diferencia es de sólo 24,6%.

Este movimiento no se produce porque la intención de voto a favor de Chávez haya disminuido en los últimos treinta días; por lo contrario, ha aumentado: en marzo era de 56,5% y en abril es de 58,6%. Es decir, la candidatura de Chávez ha aumentado 2,1 puntos en el último mes. Pero Capriles ha crecido más en ese lapso (según IVAD); de 26,6% en marzo, la intención de voto a su favor se sitúa ahora en 34%, o 7,4 puntos de incremento en treinta días. En apariencia, un resultado muy alentador para la oposición; de crecer a este ritmo sin parar, la candidatura de Capriles sumaría en cinco meses un incremento de 37 puntos porcentuales, y entonces ganaría la elección ¡con 71%! ¡Sólo 29% de los electores votaría en octubre por Hugo Chávez! ¡La tortilla se habría volteado por completo!

Ahora bien, si la intención de voto por Chávez no está descendiendo ¿de dónde sale el aumento de la de Capriles? En marzo, los indecisos—más o menos equivalentes a la suma de los entrevistados que dicen no saber o no responden—representaban 26,9% de la muestra; ahora, ese segmento se ha reducido a 7,4%. Dicho de otro modo, el cambio pudiera interpretarse como una mayor captación de indecisos por parte de Capriles, lo que no es en sí una sorpresa; se puede decir que Chávez debe estar muy cerca de su techo. Éste habría captado sólo 12,4% de los indecisos en marzo, mientras que Capriles habría convencido a casi 44% de ellos. Tal cosa significa que la reserva de indecisos se ha adelgazado; ya sólo quedaría 7,4% de indecisos—lo que llama la atención por su exiguo tamaño a cinco meses de las votaciones; usualmente este porcentaje es mayor—, y ese porcentaje es exactamente el crecimiento experimentado por Capriles en el último mes. Si Capriles repitiera tal desempeño y Chávez no captara un indeciso más, entonces ya no habría más indecisos para convencer y Capriles sumaría 7,4 puntos a sus actuales 34, para alcanzar un techo teórico de 41,4, o 17,2 puntos por debajo de Chávez. (Claro, esto no toma en cuenta el caso de un crecimiento de Capriles dentro de un juego de suma cero contra Chávez, en el que lo que uno ganara el otro lo perdería).

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No dispongo de otras cifras provenientes de IVAD; en cambio, he podido ponerme en las treinta láminas que componen el Resumen Ejecutivo del Monitor País (Reporte Electoral) de la firma Hinterlaces, del 21 de abril de 2012. (Abajo, un enlace permite descargarlas en .pdf). Este estudio corresponde a lo medido en 1.529 entrevistas directas en hogares, en una cobertura geográfica de toda la población urbana y rural del país según una muestra estratificada, semi-probabilística, polietápica y aleatoria que rinde un nivel de confianza de 95% y un error muestral máximo admisible de ±2,7%. Fueron sus variables de control la edad, el sexo y los niveles socio-económicos y educativos, y los datos fueron levantados entre el 10 y el 18 de este mes.

De una vez, traigamos el dato significativo global, comparable a lo que conocemos de IVAD. Para Hinterlaces, Chávez adelanta en 19 puntos de intención de voto a Capriles:

Intención de voto medida en abril de 2012

Ese registro es 1% superior al obtenido por la misma firma el mes anterior, cuando medía 52% a favor de Chávez y el mismo 34% para Capriles. (Una semana después de las primarias de oposición, Capriles recababa 37% de intención de voto y Chávez 49%; esta mayor cercanía—sólo 12 puntos de diferencia—se diluyó en poquísimos días, luego del anuncio de la recidiva del cáncer en la humanidad presidencial).

José Rafael Revenga describe la peculiaridad de Oscar Schemel, el capitán de Hinterlaces, con el siguiente cognomento: «el mejor conceptualizador de los encuestadores venezolanos». Es una opinión con la que concurro; Schemel no se limita a ofrecer el dato bruto, sino que explica su razón de ser, el proceso de psicología social que está detrás de los resultados, y lo que dice tiene sentido, cuadra con lo que un buen ojo clínico descubriría. Seguramente es la doble metodología de Hinterlaces lo que permite a Schemel la formulación de explicaciones convincentes; además de las encuestas convencionales, la firma reúne focus groups que le permiten profundizar en las razones de los ciudadanos representativos de posturas típicas para sostenerlas, sean éstos de simpatía oficialista, opositores o gente no alineada con ninguno de estos polos.

Tres quintas partes aprueban la gestión de Chávez

Las cifras de intención de voto encontradas por Hinterlaces tienen una base explicable en la evaluación de la gestión del Presidente. Para explicar el gráfico de la derecha que resume esa evaluación, la lámina 11 del Resumen Ejecutivo señala:

EVALUACIÓN DE LA GESTIÓN PRESIDENCIAL

La enfermedad del presidente Chávez borró definitivamente de la psiquis colectiva y de la agenda pública la exitosa movilización de las Primarias de la Oposición, anulando además el debate electoral.

Se impuso nuevamente una hiper-personalización del debate político-electoral en la figura del presidente.

El juicio crítico respecto a la gestión del Presidente Chávez fue desplazado por un juicio emocional y moral que se tradujo en respaldo incondicional.

La evaporación de las primarias de la MUD

Estructuralmente, pues, la posición del candidato de oposición no ha mejorado según Hinterlaces; ha tenido incluso un leve retroceso de 1% en el último mes en términos de su distancia respecto de la intención de voto a favor de Chávez. Vista la cosa dinámicamente en un lapso mayor—noviembre 2011 a la fecha—se percibe más fácilmente el problema (el gráfico se lee a lo árabe, de derecha a izquierda: lo más reciente es lo registrado en la primera columna de la izquierda). El significativo efecto de las primarias consistió en el acortamiento de la ventaja de Chávez, que pasó de 16% a 12% una semana después del evento electoral opositor; mas, en pocos días, Chávez superaba la cota anterior y se adelantaba con 18 puntos de ventaja.

Percepción de la gestión en los últimos cuatro años

Del mismo modo, demos profundidad temporal a la evaluación de la gestión presidencial. Para esto, Hinterlaces suministra una lámina que cubre desde el año 2008 hasta estos últimos días; es digna de ser tomada en cuenta la nota que pone abajo con algunas interrogantes. (Hacer clic sobre la lámina para ampliarla). Si alguno de los efectos que enumera se diese, el efecto negativo sobre la valoración de Chávez no se daría por mérito de Capriles sino por demérito propio, y podría sugerir a gente propensa al sabotaje la introducción de acciones que agravaran las situaciones en ella descritas o, simplemente, el estímulo a la percepción de que se agravan.

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Son cosas como éstas las que encuentra la estratigrafía de la opinión más reciente. El papagayo tricolor no levanta vuelo más allá de cierto techo, y ésta es una situación harto conocida para los estudiosos de las campañas electorales en los países que las celebran. En 1983, Rafael Caldera, quien tenía una estatura y una sustancia muy superiores a las de Capriles Radonski (independientemente de las simpatías que suscitara), se dirigía irremisiblemente a su derrota a manos de Jaime Lusinchi, un candidato que objetivamente no le llegaba a los talones. En medio de la campaña, un pequeño respiro registrado por los estudios de opinión insufló un iluso triunfalismo en muchos miembros de su comando electoral. Referí este estado de ánimo y su equivocada interpretación en mis Memorias prematuras de 1986:

La campaña de Caldera, mostraban las encuestas, había logrado repuntar un poco. (Esto era lo que había despejado las aprensiones del comando de campaña). Sin embargo, dije, todo piloto sabe que se hace ascender un avión aumentando el flujo de combustible. Si el avión venía volando en un cierto “techo”, comienza a ascender. Pero sólo para colocarse en un nuevo techo; superior, por cierto, pero techo al fin. Y el problema era, no sólo que el nuevo techo conseguido no era suficiente, sino que el avión de Caldera ya no podía aumentar más el combustible porque ya no tenía otra cosa que ofrecer. (…) ¿Dónde estaba la gasolina necesaria para volver a subir de techo? No podría provenir del próximo anuncio del programa de gobierno, por lo que conocía de su mediocridad.

El avión opositor tiene su motor embanderado

Ésta parece ser, agravada, la misma situación que aflige a la candidatura de Capriles, que necesita mucho más que un tal «autobús del progreso» que no produce entusiasmo y se dirige inercialmente a un barranco. Si la apuesta de la oposición venezolana fuera la de cambiar oportunamente el autobús por un avión, su único motor, el candidato único que eligió el 12 de febrero, parece no generar empuje suficiente. (Hinterlaces e IVAD coinciden en atribuirle 34% de la intención de voto). Por cierto, ni Capriles ni su comando han hecho alusión alguna a lo que fuera cacareado hace apenas tres meses, el 23 de enero: el programa de gobierno de la «Unidad Democrática»; como en el caso de Caldera, no será de lo programático de donde vendrá el empuje extra para superar el actual techo de intención de voto. Lisa y llanamente, Capriles no calza los puntos de una contrafigura eficaz, no es gallo para Chávez, «no da», como decía Edmond Saade de Manuel Rosales un mes antes de las elecciones presidenciales de 2006.

Y es que tras esa candidatura insuficiente hay una limitación de origen: el hecho de que es la candidatura de la oposición. Es razonable suponer que la abstención de masa opositora el 12 de febrero de este año fue más bien baja, que fue a votar en las primarias una buena parte de la población que se define como de oposición. El movimiento favorable para Capriles, registrado por IVAD en el último mes, sería el crecimiento esperable de alguien que sacó 1.800.000 votos en dirección a los 3.000.000 de votos en la totalización. Hasta cierto punto es esto lo que explica Hinterlaces en una de sus conceptualizaciones características (láminas 28 y 29):

¿PRIMARIAS o PLEBISCITO? Más allá del objetivo de elegir al candidato único de la oposición, las Primarias se convirtieron finalmente en un Plebiscito, donde la motivación fundamental fue expresar el descontento y el malestar por la gestión del Presidente Chávez y de su gobierno. Los medios de comunicación destacaban la amplia participación de más de 3 millones de venezolanos, mucho más que el triunfo del candidato. De hecho, la comunicación de la oposición puso en segundo plano la elección del candidato único. Lo importante era protestar contra el presidente Chávez a través de la participación en estas Primarias. «Hay que ir a votar en las Primarias». Quienes participaron en este evento insistían más en manifestar su rechazo al Presidente Chávez que en su apoyo por cualquiera de los pre-candidatos. Hay que destacar que, con la elección del pre-candidato «menos confrontacional», el país opositor ha venido entendiendo o aceptando que no se puede vencer al Presidente Chávez desde una posición radical y extrema, opositora y anti-chavista. Visto como un Plebiscito, la participación ciudadana en este evento resulta limitada y explica el débil impacto que tuvo posteriormente sobre el respaldo electoral del candidato único de la oposición.

En la misma línea, Noticias 24 recogió el 22 de abril la primicia de José Vicente Rangel sobre la medición de IVAD ya reseñada, y citó algunas de sus palabras que a su vez citaban a Luis Vicente León:

El periodista acotó que el director de la encuestadora Datanálisis, Luis Vicente León, señaló durante la reciente presentación de los resultados de los sondeos de la empresa que “se esperaba que la intención de votos por Capriles fuera superior a la suma de los precandidatos previo a las primarias, sin embargo, esto no pasó y aunque tres millones de votos fue buen resultado no dice nada porque para ganar el 7 de octubre se debe tener al menos 7 millones, resultado que se le hace cuesta arriba a Capriles”.

Hace un mes, la mayor parte de la dirigencia y la comunidad opositora prefirió ignorar, al menos ostensiblemente, la lectura de la mayoría de las encuestadoras, a pesar de que entre todas depositaron una capa de sedimento homogéneo que separa el estrato de los votos a favor de Chávez de los que Capriles recogería. La segunda capa está acumulándose y no parece haberse adelgazado. Ya van dos vaciados: IVAD e Hinterlaces; en los próximos días sabremos de otros. LEA

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Descargue el Resumen Ejecutivo del Reporte Electoral: MONITOR PAIS – ABRIL 2012

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Un cisne negro

 

Aitor Muñoz: contraportada, lomo y portada de Las élites culposas (clic amplía)

(Extracto del noveno capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías).

Luego de extraños y prolongados silencios, Hugo Chávez viajó a Cuba en enésima ocasión y pronto se supo que allí estaba por razones médicas. Allí, por propia admisión, fue intervenido quirúrgicamente para extirparle un tumor canceroso. Al cabo de angustiosos días de desinformación y rumores de toda índole, Chávez habló en cadena de televisión y radio desde La Habana el 30 de junio de 2011, para dar algún detalle de su enfermedad y su tratamiento. Desde entonces, ha ido y venido para acomodar sesiones de quimioterapia entre menos exigentes jornadas de trabajo. Durante los días que ha pasado en Venezuela, ha regresado a su pose conciliatoria: ha comentado que ya no debe decirse “Patria, Socialismo o Muerte”; ha recomendado un uso menos frecuente de las camisas rojas que identifican a sus seguidores y a él mismo; ha ordenado el cortejo de la clase media venezolana. Ha asegurado que vencerá la enfermedad que ahora lo vence. Dice que ya no se siente enfermo, sino como convaleciente de la enfermedad que “tuvo”.

Pero ahora que le ha llegado su némesis, su castigo olímpico en forma de cáncer pélvico, cirugía, quimioterapia y caída de pelo, pareció, inicialmente, arrepentirse a toda prisa de haber insistido tanto en lo que llama socialismo del siglo XXI, en el uso ad nauseam del color rojo y el lema Patria, Socialismo o Muerte—ya este último término no le causa gracia—a ver si se apiada de él un panteón irritado por su arrogancia. Cerró el año 2011 reconociendo, en repetida confesión televisada, sus grandes errores, pero ya ha vuelto por sus fueros.

Mucho antes del proceso canceroso de su organismo, partidarios que han sido suyos ya lo desahuciaban políticamente, tan evidente es su agresivo engreimiento. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, sin saber que emplean el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo semanal que fuera Gonzalo Barrios.

Pero un outsider, alguien que viene de fuera, no puede surgir de las filas chavistas, ni siquiera en el improbable caso de que Hugo Chávez, fajado con su enfermedad, se vea impedido de la candidatura. Tampoco, por supuesto, de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática. Los partidos que componen la abigarrada mezcla de MUD no han experimentado la metamorfosis que sería necesaria para convertirse en actores relevantes y pertinentes. Se trata de un impedimento congénito o, aun más profundamente, genético, constitucional. El valor que se requiere para sobreponerse a eso es el necesario para sufrir una lobotomía ideológica; no es coraje frecuente. Quizás, si nos indignamos como en El Cairo, Madrid, Londres y Nueva York, algún día estén dispuestos a someterse a esa operación.

luis enrique ALCALÁ

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