por Luis Enrique Alcalá | Nov 20, 2003 | LEA, Política |

¡Cómo cambia el mundo! En el fin de semana la plancha chavista ganó, por escasos votos, las elecciones de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela, contando con la ayuda de dos cruciales factores: la desunión y la abstención. A fines de 1994, poco después del sobreseimiento de la causa por rebelión de Chávez y sus secuaces, el MBR 200 inscribía una plancha para los mismos fines. Llegó de última.
El impacto de estos resultados ha puesto a correr a los líderes de la Coordinadora Democrática, ya presionados por una sociedad civil no demasiado conforme con sus ejecutorias. Así, la semana arrancó por las proposiciones de Henry Ramos Allup para la búsqueda de un candidato oposicionista unitario que sea determinado por escogencia popular en mecanismo abierto a la participación de muy diversas figuras.
Hay que saludar esta claridad estratégica en Ramos Allup y Acción Democrática, aunque se manifieste largos meses después de que exactamente las mismas nociones hubieran corrido por la psiquis nacional y hubiesen conformado una creciente matriz de opinión. Así lo registraba, por ejemplo, esta carta en su edición del 11 de septiembre (Nº 53):
«Revocado el mandato de Chávez antes del 19 de agosto de 2004, tendremos que elegir un nuevo presidente en un lapso no mayor de treinta días posteriores a la falta absoluta del Presidente… Esta elección determinará quién, entre los ciudadanos postulados, deberá completar el período que concluye el 19 de agosto de 2006. Se trata, por consiguiente, de un lapso breve y extraordinario, conformado por los hechos con el carácter de un período de transición… Un amplio consenso ciudadano a este respecto se encuentra en construcción: además de los obvios rasgos de un perfil ideal—capacidad, honestidad, etcétera—los venezolanos estamos exigiendo que el presidente de la transición sea una persona sin ataduras partidistas—independiente, outsider—que no pretenda reelegirse en las elecciones de 2006, que sea un candidato único, que venga determinado por las bases y no por un cogollo, ni siquiera impuesto por el ampliado conciliábulo de una atribulada y dividida Coordi! nadora Democrática».
Ahora falta que el más determinante de los actuales factores de poder compre el estado de conciencia que llegó ya a Ramos Allup y, según la prensa, a Enrique Mendoza: los medios de comunicación social. Es a éstos a quienes primordialmente toca abrir las compuertas, sin pretender erigirse en kingmakers.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 20, 2003 | Cartas, Política |

El año de 1991 fue un año pivote para el sistema político venezolano. No habían pasado cuarenta y ocho horas del acostumbrado saludo de año nuevo cuando reventaba el escándalo cetevista del edificio Florida Cristal. A partir de este hecho se extendió una desmoralizante secuencia de hechos, a cual más escandaloso. Grabaciones comprometedoras al almirante Larrazábal, el descubrimiento de los manejos de Gardenia Martínez—amante del jefe de seguridad del presidente Pérez, quien debió ser «despedido» a causa de las revelaciones—en la venta de armamento al ejército, la extorsión televisada al empresario Lamaletto por un socio del dirigente copeyano Douglas Dáger (hasta hacía poco Presidente de la Comisión de Contraloría del Congreso Nacional), el asesinato-suicidio de Lorena Márquez en Maracay…
A mediados de año el segundo gobierno de Pérez ya parecía más putrefacto que el primero, lo que tal vez ofrecía garantías al Presidente del BCCI (Banco de Crédito y Comercio Internacional, colapsado al evidenciarse como el mayor lavador institucional de dólares del mundo), quien visitaba a Pérez en La Orchila en yate privado de algún empresario local. Tanto era el descrédito que en la Asamblea de Fedecámaras de ese año, celebrada en Margarita, el anuncio de la restitución de las garantías económicas—suspendidas desde que la Constitución de 1961 fuese promulgada—no logró arrancar más de cuatro segundos de dispersos y misericordiosos aplausos, a pesar de que tal cosa había sido necesidad sentida del empresariado venezolano por más de treinta años. Acción Democrática, por su parte, hacía tiempo que resistía a la aplicación del «paquete económico» de Pérez. (En esencia, una versión «IESA boys» del «Consenso de Washington», el simplista y rígido catecismo económico del Fondo Monetario Internacional).
Es en ese contexto que el presidente Pérez se quejaba de las críticas a su «paquete» económico y retaba: «Bueno, si no es éste el paquete que sirve ¿entonces cuál es el paquete que debemos aplicar?» COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un «paquete alternativo». La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, en 1992, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación alternativa, presentada por el entonces Secretario General de ese partido, consistió en propugnar una «¡economía con rostro humano!» (Para no ser mezquinos, habrá que reconocer que en la misma presentación—en el hotel Eurobuilding—Eduardo Fernández hizo la proposición de constituir un «consejo consultivo» que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, «En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan»).
Pero es que antes, en la campaña de 1988, Fernández había intentado vendernos el jarabe de la «Democracia Nueva», y aun antes Jaime Lusinchi había logrado ganar unas elecciones al mismísimo Rafael Caldera con su promoción del elíxir del «Pacto Social». (Por ese entonces Marco Tulio Bruni Celli escribió y editó un folleto que llevaba justamente como título «El Pacto Social», por el que intentaba explicarnos en que consistía la nueva panacea. Pero su docena de páginas se extendía en afirmaciones como las siguientes: «No debemos entender por Pacto Social la…» «Es importante no confundir al Pacto Social con…», etc. Es decir, no acertó a proveer una formulación sustantiva de lo que era el bendito pacto).
Innumerables veces se ha creído en esta ilusión desprovista de eficacia. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de las «mesas democráticas» de las que debe salir el ansiado «acuerdo nacional». Así fue diseñado, por ejemplo, el consejo de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), al combinar en él la presencia tradicional de líderes empresariales y líderes sindicales, con representantes de partidos, de la iglesia, de las organizaciones vecinales, etcétera. Así buscó conformarse el «Encuentro Nacional de la Sociedad Civil» organizado por la Universidad Católica Andrés Bello, cuando su rector tomó el reto que pareció recaer, a mediados de 1992, sobre la Iglesia Católica venezolana, en respuesta a un estado de opinión nacional de gran desasosiego, que buscaba en cualquier actor o institución que pudiera hacerlo la formulación de una salida a la aguda y profunda crisis política. Pro Venezuela, las Mesas Democráticas de Matos Azócar, los encuentros que organizó José Antonio Cova, y la constante prédica de los partidos, todos fueron intentos de alcanzar ese ya mítico gran entendimiento nacional. Se cree sinceramente que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. No hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, de que no son, en sí mismos, la solución.
Estas consideraciones vienen al caso en momentos cuando, una vez más, después del evidente fracaso de numerosas iniciativas tan ilusas e ineficaces como bien intencionadas, ahora se pone no poca fe en un tal «consenso-país» auspiciado por la Coordinadora Democrática. (www.consensopais.com).
Los documentos del «consenso-país»—que incurre desde su propio nombre en la usurpación, pues «el país» no lo ha elaborado, como tampoco la Nación elaboró nuestros vetustos y ya olvidados planes «de la Nación»—indican una clase particular de proposiciones en su contenido: la de las «seudoproposiciones». Son afirmaciones tan generales como las de que hay que «reactivar la economía», «combatir la pobreza» o «eliminar el desempleo».
Era práctica ritual de muchos economistas venezolanos reunirse en diciembre de cada año durante el segundo período de Caldera—usualmente en el IESA—para echar predicciones sobre la inflación y la tasa de cambio del año siguiente. Los periodistas hacían su agosto, pues cada economista de alguno de estos «paneles de expertos» estaba muy dispuesto a conceder declaraciones. La declaración estándar era algo más o menos como lo siguiente: «Lo que propongo es un verdadero programa económico integral, armónico, coherente y creíble».
Ya el mero hecho de que tal afirmación se compusiera de un solo sustantivo y cinco adjetivos debía llamar a la sospecha. Pero, por otra parte, una sencilla prueba podía evidenciar que se trataba, en realidad, de una seudoproposición. La prueba consiste, sencillamente, en construir la proposición contraria, la que en este caso rezaría así: «Propongo un falso programa económico desintegrado, inarmónico, incoherente e increíble». Resulta evidentísimo que nadie en su sano juicio se levantaría en ningún salón a proponer tal desaguisado. Ergo, la proposición original no propone, en realidad, absolutamente nada.
Tomemos algunos casos concretos del documento base del so called «consenso-país». Por ejemplo esta seudoproposición: «Se reiniciarán o se reforzarán programas de becas, de alimentación y de dotación de útiles para los niños». (Página 39). ¿Querrá alguien oponerse proponiendo lo siguiente: «Se clausurarán o debilitarán programas de becas, de alimentación y de dotación de útiles para los niños»?
O esta otra: «Asegurar mecanismos de coordinación entre las diferentes organizaciones con responsabilidad sobre la seguridad ciudadana a nivel nacional» (Página 33). O ésta: «Establecer formas de financiamiento de largo, mediano y corto plazo, con fondos públicos y privados, en las modalidades necesarias para garantizar la eficiencia del crédito y para atender el especial perfil de riesgos de esta actividad». (Página 27).
¿Qué espera la Coordinadora Democrática? ¿Qué Chávez se oponga prometiendo formalmente mecanismos de descoordinación o modalidades innecesarias para garantizar la ineficiencia del crédito a corto, mediano y largo plazo? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 2003 | LEA, Política |

Piedra de escándalo ha sido la viral difusión de un ya famoso video chavista por el mundo: The Revolution will not be televised. (La revolución no será televisada).
No es para menos. Se trata de una ofensiva de propaganda muy bien montada, que deja bastante atrás los esfuerzos convencionales de un estilo convencional de oposición. El «documental» está siendo exhibido profusamente en el exterior. Una de las exhibiciones más recientes, y causa de las más recientes rasgaduras de vestimenta, ha tenido lugar en la universidad femenina de Smith College, Northampton, Massachussets.
La ficha técnica del video informa que fue filmado y dirigido por Kim Bartley y Donnacha O Briain, editado por Ángel Hernández Zoido, y producido en asociación con The Irish Film Board y la colaboración, entre otros, de la BBC y Radio Televisión Española. Créditos adicionales reivindican premios en festivales de cine en Málaga, Marsella, Seattle, Chicago, Irlanda, África del Sur, etcétera.
La presentación del video declara sinópticamente: «El 12 de abril de 2002 el mundo despertó con la noticia de que el presidente venezolano Hugo Chávez había sido removido de su cargo y había sido reemplazado con un nuevo gobierno interinario. Lo que había tenido lugar en realidad era el primer golpe latinoamericano del siglo XXI y el primer golpe de los medios en el mundo».
La distribución es auspiciada por las embajadas de Venezuela por todo el planeta. Y la actitud general de la oposición es la de aquella antonomásica cuña de la televisión venezolana: «¡Mamá, Federico me está molestando!» (Con honrosas y heroicas excepciones individuales).
Por supuesto, se trata de una construcción distorsionada de los hechos, de una muy sesgada presentación de lo que sucedió, de una fabricación de contextos desde los que un juicio favorable al pobre Chávez es ineludible. Pero el video es eficaz. Si no fuera así no habría causado el nivel de alarma que se observa.
¿Basta la alarma? ¿Bastan la indignación y el frenético y escandalizado cruce de correos electrónicos? Desde un cierto punto de vista se trata de procesos positivos, reacciones de la inmunología política venezolana. Pero no son suficientes.
Una vez más digo: no basta acusar; es preciso refutar. ¿Hay alguien capaz, hay un grupo de profesionales del video que esté preparando un documental que contrarreste lo que obviamente es una cuidadosa operación propagandística? ¿O es que, de nuevo, la «dirigencia opositora»—bloques o coordinadoras—pretende jugar pelota escolar en terrenos triple A?
La heroica acción de Valeria Nucete en Northampton—que refutó junto con otras venezolanas la torcida interpretación del video de marras—tal vez haya neutralizado localmente la inflamación, pero la extensión del virus aconseja un tratamiento sistémico.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 2003 | Cartas, Política |

Hace ya 31 años que se publicó un sucinto y nutrido libro de Yehezkel Dror: Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem. Dror emplea el término «contraconvencional» para referirse, naturalmente, a lo que no puede ser entendido de modo convencional, y postula que—para 1971—las cancillerías occidentales—en principio portadoras de la olímpica llama civilizatoria—no se habían mostrado capaces de entender—y por ende de tratar eficazmente—los problemas derivados de la acción de las cabezas de los «Estados locos». (Idi Amin Dada, Moammar Kadaffi y gente así).
Dror es un maestro mundial de la gran política. Capaz de asir los patrones y dinámicas de las sociedades, estuvo entre los poquísimos que fueron capaces de anticipar, por ejemplo, la caída del Shah de Irán. (O como quería que se le llamara: el Shah de Persia, para reclamar tres mil años de legitimidad). Las cancillerías a las que Dror dirigió sus advertencias y consejos estratégicos no vieron esa repentina y estrepitosa caída.
Estos son los rasgos, según Dror, de un «Estado loco»: 1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de «valores superiores»); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas).
Cada uno de esos rasgos se aplica con asombrosa fidelidad al régimen de Hugo Chávez. Si Dror fue capaz de formular un tipo clínico que contiene exactamente a Chávez hace ya 32 años, sería difícil que no fuese aplicable en este caso específico una implicación droriana: no es posible tratar el chavoma con estrategias convencionales. (Que son, usualmente, las que proponen los estrategas convencionales).
Hay que decir que la caracterización de Dror no agota la descripción del régimen chavista. Hay más niveles descriptivos. Por ejemplo, esto dijeron de Napoleón tres historiadores académicos: «
Napoleón Bonaparte enseñó a todos los líderes autoritarios que le sucedieron los instrumentos esenciales de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que forma un Estado dentro del Estado, el uso de dispositivos democráticos como el plebiscito para arrastrar apoyo popular tras el régimen, la burocratización estatal de las instituciones críticas de la educación y la religión para emplearlas como instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras externas para hacer tolerable la represión doméstica». (Blum, Cameron, Barnes: The European World, Boston, 1970).
La enfermedad chavista no es enteramente original, por tanto. Ha sido descrita antes. Pero tampoco es una mera repetición, puesto que incorpora algunas mutaciones sobre modelos anteriores y, por otra parte, el contexto es cualitativa y cuantitativamente distinto. (Cuando Hitler se encaramó no existían CNN ni Internet, y cuando Castro implantó su férula vivía la Unión Soviética y el euro y al Quaeda no habían nacido).
Por eso hay diferencias. ¿Cuántos muertos, desaparecidos, torturados y prisioneros, cuántas expropiaciones y exilios deben atribuirse a Fidel Castro para la fecha de 1963, el año de la muerte de Kennedy? Chávez no se ha acercado en un lapso equivalente a tales récords.
O porque no quiere o porque no puede.
Por ahora puede encadenarnos episódica pero insistentemente en el recinto de la radio y la televisión locales. Pero al cabo de un tiempo la maraña de mentiras es de tal magnitud que la atención ciudadana ya no puede llevar cuenta de instancias específicas o detalles, y se percata de la estructura subyacente: que Chávez cree, como cualquier fanático elevado a supremo inquisidor, que es superior a la sociedad que pretende gobernar. Y ya no quedan muchos colectivos nacionales que admitan la superioridad de un hombre. No en un molino político universal que debilita a Bush, que maniata a Hussein, que erosiona a Uribe, que desapoya a Toledo y a Fox, que cuestiona a Lula, que se comería a Evo Morales. (Y que anulará al inútil y dañado parásito de Carlos de Inglaterra mientras mantiene vivo a Felipe de Borbón, el futuro marido de Leticia. Desde el extremo de esta farándula política, hasta las irresponsabilidades de Chávez o de Bush, le queda poca vida a la hegemonía de la Realpolitik).
Las cadenas de radio y televisión son cada vez más evidentemente tenidas por lo que son: un abuso de poder. Pero como cualquier mal político, como cualquier mal ejecutivo, Chávez reitera incesantemente su uso, en parte porque le fueron eficaces en un principio, en parte por su neurótica necesidad de escucharse a sí mismo como el venezolano más digno, más valiente, más justo, más significativo. En gran medida, pues, una soberbia desbocada que, como saben los psicólogos desde hace tiempo, sirve para disimular la inseguridad, para calmar la fantasmagórica angustia de la inferioridad.
Nadie tiene derecho a creerse superior a su grupo nacional. Ya no porque la base marxista de su coartada específica para el autoritarismo esté francamente errada, sino por el hecho más fundamental aun de que, hoy más que nunca, los pueblos son más sabios que sus gobernantes.
El folklore judeocristiano sabe desde hace mucho que la soberbia es la más poderosa fuente de maldad, y al nivel mitológico de lo demoníaco la duración paradójica de la maldad es conmensurable con la de la historia de la humanidad entera. Pero en la realidad toda tiranía expira, y muchas veces con la muerte o el exilio del tirano. Puede ser aislado y preso en medio del Atlántico, si se ha sido tan importante como Bonaparte; puede ser asesinado como Pol Pot, cuando el dictador busca refugio en una selva guerrillera; a veces linchado como Mussolini o Ceasescu; en algunos casos se da el suicidio, como el de Hitler.
Es posible que la de Chávez sea una personalidad suicida que no se basta con una nota al juez de media página; que prolonga y multiplica sus ególatras cadenas porque está justificando su deceso a la escala épica que cree merecer.
Esta dinámica no tiene nada que ver con firmazos, reafirmazos o futuros requetereafirmazos. Entretanto, las cancillerías estadounidense, española, colombiana, brasileña, que busquen y lean el libro de Dror, que todavía se consiguen ejemplares. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 6, 2003 | LEA, Política |

En el paleolítico año de 1978 un alto funcionario público de vistosa carrera pretendería la Presidencia de la República a partir de una estructura ajena a los partidos tradicionales. Para esto invitó a cierta persona que creía capaz de creación política y le explicó: «Traté de hacerlo por los cauces convencionales y me lo impidieron. Por eso tengo que intentarlo desde tienda aparte. Te he llamado porque quiero que tú seas el ideólogo de mi organización de campaña».
Tres buenas botellas de vino blanco aderezaron el almuerzo y la conversación, al cabo de las cuales el invitado se atrevió a decir, enológicamente alentado: «¿Sabes una cosa? Yo creo que si la improvisación fuese admisible yo sería mejor presidente que tú».
Pero el anfitrión también estaba algo alebrestado por el vino, y respondió con sus características agilidad y simpatía: «Estoy de acuerdo, pero tienes que concederme que yo tengo más chance que tú».
No importa saber si la pretendida colaboración se dio (no se dio); no importa siquiera si la conversación ocurrió de verdad (se non é vero é ben trovato); lo importante es que el diálogo diseca y pone al desnudo una tensión polar entre idoneidad y oportunidad que con alguna frecuencia se hace presente en las discusiones sobre el poder. Usualmente esta tensión se resuelve a favor de la oportunidad.
En la búsqueda de un deseable candidato unitario para la llamada presidencia de transición esta tensión está presente, pues seguramente hay quienes serían una magnífica escogencia pero no disponen de los canales para emerger. Dentro del territorio del «tercer lado», entonces, pudiera valer el ejercicio de yuxtaponer, a la lista de los que «tienen chance», una compuesta por nombres de los que sabrían qué hacer con el coroto. Pudiera ser que la oportunidad fuese más fácil de construir a breve plazo que la capacidad.
Comoquiera que el asunto es serio, no conviene forzarlo, como se ha propuesto, para la misma fecha del reafirmazo. Ya el confuso combo del firmazo del 2 de febrero fue un atropellamiento que a la postre resultó inútil, por el simple hecho de que había una fecha «propicia» por delante.
Lo que sí debe hacerse ya es abrir todos los canales a la participación y exposición de actores no convencionales, dado que éstos, hasta ahora, no terminan de convencer.
LEA
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