por Luis Enrique Alcalá | Jul 17, 2003 | Cartas, Política |

En otras oportunidades he tenido la posibilidad de desarrollar la idea de que la causa más importante de insuficiencia política es de orden paradigmático. Esto es, las nociones básicas y generales de nuestros políticos acerca de sus propios quehacer y campo. Son ellas las que explican su conducta; por tanto son ellas la causa de sus patentemente equivocadas acciones.
Una noción en particular es persistente en prácticamente todos nuestros políticos: la idea de que el pueblo venezolano es despreciable.
El concepto adopta variadas formas, y se expresa con fuerza variable en distintos discursos. Algunas veces simplemente emerge en la frecuente referencia a «las masas», claramente diferenciadas de una élite muy superior. Así, alguna vez escuché a quien hoy adelanta su candidatura presidencial decir, como explicación de nuestros problemas: «Es que nosotros somos, a lo sumo, el 2% de la población». Hablaba ante unas cuantas decenas de personas que él reconocía como de su misma clase. Allí, en confianza, exponía lo difícil que era que hombres como él, aristócratas, pudieran «gobernar sobre un país» con características similares al nuestro. Así se expresa la noción a través de alguien que pudiéramos llamar «de derechas», para usar la fórmula española. A través de un escuálido oligarca, si empleamos la terminología chavista.
Pero el propio Chávez carece del más mínimo respeto por el valor político de los Electores. Cuando comenzaba 1998 y la campaña electoral de ese año arrancaba definitivamente, el chavismo anunció que forzaría la convocatoria de una asamblea constituyente mediante un referendo originado en la iniciativa popular. Recogiendo firmas, pues. (La Ley Orgánica del Sufragio había sido objeto de una reforma por parte del Congreso de 1997, mediante la que se había introducido todo un nuevo título sobre referendos para consultar al pueblo sobre materias «de especial trascendencia nacional». La convocatoria podía hacerla el Presidente en Consejo de Ministros, el Congreso de la República o 10% de los Electores inscritos).
Más avanzada la campaña, cuando Chávez veía que triunfaría en las elecciones, se olvidó pronta y convenientemente de la recolección de firmas. Ya no necesitaba al pueblo para convocar a referendo sobre la constituyente, dado que como Presidente podría hacerlo directamente. En efecto, fue uno de sus primeros actos de gobierno. Tal vez recordemos que la primera formulación del decreto de convocatoria debió ser retirada y sustituida por otra, puesto que la redacción de la pregunta a los Electores era obviamente totalitaria. Chávez pedía que le dejásemos a él, solamente a él, la responsabilidad de determinar todo lo concerniente a la bendita asamblea constituyente.
Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es pues una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores. La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que «no está preparado para eso».
En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una «caja de conversión», cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: «Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?» Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: «Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar».
En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.
Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales «ghettos» urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.
Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban el rol», como dicen los sociólogos, de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.
Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.
Y es que las élites no pueden tampoco reivindicar que son decisores impecables, que nunca se equivocan. Uno de los más importantes libros de Bárbara Tuchman—dos veces Premio Pulitzer de Historia—es, sin duda, «La marcha de la insensatez». (The March of Folly). Tuchman se refiere a la «insensatez política», que define como aquella situación en la que un agente de decisión pública insiste en meter la pata en presencia de reiterados consejos de que decida otra cosa. (Introducir el caballo de los griegos en Troya, por ejemplo). Luego del examen detallado de cuatro grandes casos históricos de insensatez política concluye, amargamente, que se trata de una regla y no de una excepción. Así, en el epílogo del libro, se pregunta qué podemos hacer para reducir la insensatez política, dado que nos afecta a todos.
Tuchman recuerda que Platón propuso una receta: tómese a unos cuantos niñitos de papá, aísleseles en una academia para educarles y pulirles. De allí saldrán los buenos gobernantes. Pero Tuchman era historiadora, no filósofa política, y lo que hace es regresar a la historia para constatar qué ocurrió cuando el récipe platónico fue llevado a la práctica: el cuerpo de élite de los genízaros en Turquía es uno de los casos que examina. Corrompidos, de generalizada práctica homosexual, sanguinarios, terminaron por asesinar el Sultán y dar al traste con el gobierno que los había creado. Así examina el caso del Civil Service inglés, el caso del Estado prusiano, etcétera. La conclusión de Tuchman es que la receta de Platón no constituye garantía contra la insensatez política.
Y entonces Bárbara Tuchman elabora una hermosa conjetura final, una conjetura profundamente democrática: «El problema pudiera no ser tanto uno de educar a los funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y recompense la integridad de carácter y rechace lo artificial».
No puede haber democracia sin demos, sin pueblo. Quienes nos decimos demócratas tendríamos que tener el mayor respeto por el pueblo. Un respeto auténtico, no demagógico y engañoso, como el de Chávez. O esto, o no llamarnos más nunca demócratas.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 10, 2003 | LEA, Política |

La cosa está, como diría el vicepresidente Rangel, excesivamente normal.
Por una parte, los diputados a la Asamblea Nacional, tanto del gobierno como de la oposición, coinciden unánimemente en una cosa: en que sus contrarios son quienes impiden la designación del Consejo Nacional Electoral. Lo cierto es, no obstante, que no lo tenemos.
Aparentemente hay consenso sobre catorce de los quince nombres necesarios. En lo que se ha trancado el juego es en la designación del fiel de la balanza: el quinto miembro principal. Tan difícil está el asunto que ahora el diputado Maduro (de apellido) se refiere al innombrado como «el marciano» o «la marciana».
La postura de los diputados de la oposición no deja de ser razonable a este respecto. El quinto miembro no debe ser una ficha del gobierno, como tampoco se pretende que se elija a un claro opositor. La dificultad reside en encontrar, linterna de Diógenes en mano, a este ser impoluto y sin compromisos, aceptable para ambas partes.
Los diputados del gobierno se han mostrado dispuestos, por su lado, a nombrar «parcialmente» a los catorce nombres acordados, y dejar para más adelante la elección del quinto en discordia. Algo así como abonarle al Tribunal Supremo de Justicia un pago parcial por deuda pendiente, a ver si este órgano renueva el plazo de vencimiento.
Mientras tan diligente cuerpo legislativo se eterniza en la dilucidación de un punto que debió resolver hace dos años, el resto del país sigue su curso normal. No hay dólares de CADIVI. (El fino y bien hablado ministro de Agricultura—tercero en el ranking de elegancia castellana, superado sólo por Chávez y Acosta Carles—convertido ahora en vocero económico más autorizado que el manchado Nóbrega, reconoció desfachatadamente que la represión de las divisas estadounidenses obedece a razones políticas. Según él, si se suelta la bolsa de dólares habrá golpe de Estado. De todos modos ofreció esperanza: en sesenta o noventa días el régimen de cambio será «flexibilizado»).
En materia de salud los médicos cubanos elaboran «métodos»—que no récipes—con los que recetan dosis para adultos a infantes; en lo tocante a libertad de expresión se expide boleta de búsqueda para Ibéyise Pacheco y se arremete contra Patricia Poleo en Barinas; en política petrolera salvajes hordas—en defensa de la Constitución—atacan a ex empleados petroleros en sus casas; otras hordas, esta vez capitalinas, saludan el deceso del Cardenal Velasco, en representación del Presidente de la República ausente de las exequias.
Ante tanta normalidad, la comisión del Parlamento Europeo que hoy concluye su visita nos dejó una recomendación que brilla por su creatividad e indudable utilidad. Que dialoguemos y encontremos una solución pacífica a la crisis. ¿Para qué vinieron?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 10, 2003 | Cartas, Política |

La política debe ser concebida como un acto médico. Es decir, en política lo realmente importante es, como en medicina, la salud del paciente. Y en política el paciente es la Nación.
No debiera prevalecer el poder sobre la autoridad, aunque éste haya sido el enfoque prevaleciente en Maquiavelo—»el fin justifica los medios»—y en la Realpolitik ejemplificada por el arquetipo de Bismarck.
Conozco dirigentes que logran articular un discurso moralista hacia fuera, como fundamento de una búsqueda facilista de la aclamación pública, y que sin embargo, en medio de una campaña y en privado, sostenían el siguiente principio de moral política: «Lo único inmoral es no ganar».
Son ejemplo clásico de la ya ineficaz postura política conocida como Realpolitik: la política «realista». Su argumento límite va así: «A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar.»
El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik.Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la «política realista». También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.
Existen políticos que en efecto hacen prevalecer el poder sobre la autoridad. Un caso muy ilustrativo e ingenuo es el de un político que reunió a varios de sus amigos en su casa para manifestar, con cierta antelación, que deseaba ser presidente de su país en el siguiente período de gobierno. Se le ocurrió a alguien preguntarle por lo que haría en la presidencia y decirle que la respuesta contestaría de una vez por qué debería elegirlo el pueblo. La respuesta del autocandidato fue la siguiente persuasiva pero nada convincente declaración: «Aquel presidente que se rodee de gentes tan capaces como ustedes será un gran presidente.»
Años más tarde, ya inminente candidato, volvió a buscar el consejo de quien así le había hablado, a pesar de que éste le había recordado el problema y lo había calificado de «poderoso emisor de señales políticas, que no de significados políticos.»
Después de varias horas de conversación, el futuro candidato escuchó de su interlocutor la siguiente frase: «Yo creo que si la improvisación fuese admisible yo sería mejor presidente que tú.» El aludido pensó un segundo y contestó, en sorprendente buen humor y en demostración de su rapidez de recuperación: «Estoy de acuerdo, pero tú tienes que reconocer que yo tengo muchas más posibilidades que tú.»
Ese político consideraba que el poder conque contaba debía prevalecer sobre la idoneidad y la autoridad del otro. Pero es claro que en la medida en que una situación sea grave, la necesidad del predominio de la idoneidad sobre el poder se hace ineludible.
Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y claramente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave.
Así, se vuelve asunto de la primera importancia establecer las reglas que determinarán la escogencia del tratamiento a aplicar. Fuera de consideración deben quedar aquellas reglas propuestas por algunos pretendidos médicos, que quieren hacer prevalecer sus tratamientos porque son los que más gritan, o los que hayan tenido éxito en descalificar a algún colega, o los que sostengan que a ese paciente «lo vieron primero». La situación no permite tolerar tal irresponsabilidad. No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vociferen, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad.
Esta prescripción, este modo de seleccionar la terapéutica, con la que seguramente estaríamos de acuerdo si un familiar nuestro estuviese gravemente enfermo, debiera ser la misma que aplicásemos a los problemas de nuestra sociedad.
Venezuela es el paciente. Es obvio que sus males no son pequeños. Ya casi se ha borrado de la memoria aquella época en la que nuestros medios de comunicación difundían una mayoría de buenas noticias, cuando en la psiquis nacional predominaba el optimismo y la sensación de progreso. La política se hace entonces exigible como un acto médico. En las condiciones actuales, en las que el sufrimiento es intenso y creciente, ya no basta que los tratamientos políticos sean lo que han venido siendo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 3, 2003 | LEA, Política |

Ha tenido alguna repercusión—circula profusamente una trascripción por los correos electrónicos—una entrevista hecha en Madrid en mayo pasado a Héctor J. Riquezes, quien fuera muy alto ejecutivo de PDVSA y varias de sus filiales hasta su jubilación en 1994.
Riquezes hace un negro pronóstico acerca del futuro de la otrora pujante empresa, censurando la vengativa conducta del gobierno chavista a raíz del paro iniciado en diciembre de 2002. Igualmente destaca cómo la meritocracia petrolera se vio asediada por el gobierno venezolano desde bastante antes de la llegada de Chávez al poder: «Como parte de este proceso gradual de destrucción del sistema de recursos humanos, el puntillazo se produce cuando un cambio de partido de Gobierno propugna un cambio total del Directorio de PDVSA. Era reconocido internamente que el cambio de los miembros del Directorio era lógico y oportuno, pero lamentablemente los nuevos directores que fueron designados por el nuevo partido de gobierno no figuraban en la lista de candidatos que PDVSA, respetando las pautas, tradición y procesos del sistema meritocrático, presentó a la consideración del Presidente de la República, único autorizado y responsable para hacer esas designaciones».
Pero también reconoce lo siguiente: «La nueva directiva de PDVSA, al confrontarse con una larga paralización nacional de actividades que prácticamente inmovilizó la industria petrolera y que respondía más a motivos políticos que laborales, reaccionó irreflexivamente y decidió terminar los servicios de cerca del 40% de su fuerza laboral de la industria petrolera, a sabiendas de que tal decisión incapacitaría a la industria para continuar operando con un aceptable nivel de eficiencia. Parecía un acto de sadismo, que antes de intentar una sanción que propiciara la rectificación de los parados se fue directo a la sanción máxima». Esto es, Riquezes comprende la estupidez revolucionaria, la vengatividad cruel de Chávez, Rodríguez Araque y Ramírez, pero también reconoce el carácter político del paro de la «gente del petróleo”.
En otras ocasiones hemos destacado en esta Carta que el derecho de rebelión—»un derecho indudable, inalienable e inanulable de alterar, reformar o abolir» un gobierno (Declaración de Derechos de Virginia, 12 de junio de 1776)—sólo pertenece a una mayoría de la comunidad. Por esto siempre hemos condenado como abusiva la intentona de Chávez y sus conjurados compañeros del 4 de febrero de 1992. Ahora bien ¿eran o son una mayoría de la comunidad los dirigentes de la Asociación Civil «Gente del Petróleo»?
De forma muy parecida al abuso de militares que empleen las armas de la república para rebelarse, los ejecutivos petroleros que ahora nos proponen una «red de energía positiva»—sin abandonar la mariana y virginal protección—tomaron decisiones sobre equipos e instalaciones que les había confiado la República para procurar un laudable objetivo político… abusivamente, puesto que la mayoría de la comunidad no les solicitó nunca tal cosa.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 3, 2003 | Cartas, Política |

Mientras Venezuela, en medio del canceroso episodio del chavismo y su cuadro general de insuficiencia política, vive su propia crisis, el planeta es testigo del grosero despliegue de un hiperpoder con vocación hegemónica: el de los Estados Unidos de Norteamérica. No contentos con intervenir brutalmente en Afganistán e Irak, con imponer reglas en el conflicto palestino-israelí, con enseñar los dientes a Irán y Corea del Norte, ahora se disponen a enviar tropas—un «equipo rápido» (fast team)—a Liberia.
La más antigua de las repúblicas de África, cuyo nombre alude a libertad, ha sido un constante campo de batallas civiles desde 1989, el año de nuestro «caracazo». Establecida en 1822 con población negra proveniente de los Estados Unidos y liberada de la esclavitud, siempre fue profundamente influida por la potencia norteamericana, al punto que el dólar estadounidense era su moneda y su propia capital—Monrovia—tomó su nombre del presidente James Monroe. Liberia alcanzó el status de república en 1847.
La influencia de los américo-liberianos se mantuvo incólume hasta 1980, cuando un sangriento golpe de Estado liderado por el sargento Samuel Doe se hizo con el poder. Nueve años más tarde la guerra civil hizo explosión. Siete años de combates dejaron 150.000 muertos, 700.000 emigrantes y más de un millón de desplazados. En 1997 Charles Doyle, uno de los líderes rebeldes de ese conflicto, fue elegido presidente de Liberia. Su elección no pudo reducir la violencia política, que ha recrudecido recientemente. Ahora George Bush considera que Doyle debe irse de su país para dar una oportunidad a la paz.
Hay que anotar que sobre los Estados Unidos se ha ejercido presión para que envíe tropas a Liberia como parte de una «fuerza de paz» . De hecho, Kofi Annan ha solicitado esto a Bush con insistencia, para que la fuerza de paz—unos 3.000 hombres de varios países africanos—»tenga mayor peso».
En este caso, entonces, al menos no se trata de una intervención unilateral norteamericana. (Liberia no tiene petróleo). No se trataría, sin embargo, de mucha tropa: unos 2.000 marines únicamente; muy poco si se piensa que todavía hay unos 10.000 soldados norteamericanos en Afganistán y 150.000 en Irak.
Pero en lo que sí se comportan los Estados Unidos como descarados hegemones es en su decisión de suspender su ayuda militar—incluyendo el adiestramiento—a 35 países que apoyan a la Corte Penal Internacional pero no han «exceptuado» a los Estados Unidos de eventuales causas en su contra por genocidio y crímenes de guerra. Según la agencia Fox News, los Estados Unidos, que son signatarios del pacto que creó la corte el año pasado, «temen que (el tribunal) pueda procesar causas políticamente motivadas en contra de sus líderes militares y civiles». La administración de Bush está muy dispuesta, naturalmente, a levantar las sanciones—que incluyen a Colombia y a seis países de Europa oriental—cuando los países en cuestión consientan en conceder bilateralmente inmunidad para los funcionarios estadounidenses. Ahora veremos si Uribe Vélez tiene pantalones y se resiste a esta torcida de brazo.
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Todos los días soldados norteamericanos acantonados en Irak, jóvenes que podrían hacer otra cosa, son atacados, heridos o muertos por focos de resistencia de comportamiento guerrillero, irregular. El país dista mucho de estar en calma, y Paul Bremer, el «administrador» de Irak nombrado por Bush ha solicitado más tropas, según reportan Reuters y The Philadelphia Inquirer (con desmentido del Pentágono que en todo caso admitió que el asunto es objeto de estudio).
Hace dos meses ya que George Bush II declaró concluidas (1º de mayo) las operaciones militares mayores en Irak. Hasta ahora no hay el menor rastro de armas nucleares, químicas o bacteriológicas, cuya presunta existencia fue, como todos sabemos, el pretexto para la invasión.
«No se debe permitir al dictador iraquí que amenace a América y el mundo con venenos, enfermedades y gases horribles y con armas nucleares». (George W. Bush, Cincinnatti, 7 de octubre de 2002). Hasta ahora nadie ha podido mostrar absolutamente nada que se parezca a lo descrito por Bush. En chiste que ha circulado por Internet, la Casa Blanca habría decidido suspender la tradicional búsqueda de huevos de Pascua en sus jardines, porque después de bin Laden, Hussein y las armas iraquíes de destrucción masiva, no necesita otra cosa que no pueda encontrar.
«Hemos sabido que Irak ha adiestrado a miembros de al-Quaeda en la fabricación de bombas, venenos y gases mortíferos». (Bush en el mismo discurso en Cincinnatti). Sobre esta denuncia Colin Powell dijo a las Naciones Unidas que tal adiestramiento había tenido lugar en un campo al norte de Irak. Como se evidenció más tarde para azoro de Powell, el área señalada resultó ser un sector patrullado por aviones de guerra de la coalición invasora y fuera del control del gobierno iraquí.
«Sí, encontramos un laboratorio biológico en Irak que las Naciones Unidas prohibían». (George W. Bush, comentarios en Polonia, 1º de junio de 2003). Expertos norteamericanos y británicos han desmentido esta afirmación en informe publicado la semana pasada. Según los ingleses, lo encontrado corresponde a lo que los iraquíes siempre dijeron que era: equipos para inflar globos meteorológicos que los propios ingleses habían vendido a Irak.
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Es lamentable que una gran república como los Estados Unidos, seguramente la presencia civilizatoria más admirable del planeta desde la época del Imperio Romano, que alojan el sistema judicial más desarrollado y democrático del mundo, se comporten ahora como un autócrata planetario que miente sistemáticamente y además pretende, a punta de chantaje, ser inmune a posibles procesos del Tribunal Penal Internacional de La Haya. Si se tratara de que un país debe ser invadido porque sea gobernado por una dictadura violadora de los derechos humanos y armada hasta los dientes con armas de destrucción masiva ¿por qué los Estados Unidos no invaden a China?
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El siglo XXI verá cómo el sueño de Dante Alighieri—un gobierno del mundo—llegará a realizarse. Lo ecológico, lo económico, la globalización de las comunicaciones, la pobreza planetaria, el crimen transnacionalizado, forzarán el establecimiento de un verdadero gobierno mundial, más allá de la ineficaz y costosa asociación de la Organización de las Naciones Unidas, diseñada para un mundo muy diferente al actual.
El gobierno mundial no puede ser impuesto por los Estados Unidos. Es posible y admisible que, como se daba con frecuencia en la Alta Edad Media, se reconozca que los Estados Unidos, entre los barones del planeta, ostente la distinción de primus inter pares. Lo que no puede aceptarse es su impunidad. Un esquema justo de polis planetaria requerirá, sin embargo, la cesación del gobierno del segundo Bush. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington fueron sin duda brutales, salvajes, psicopáticos. No pueden ser asimilados, sin embargo, a una dinámica bélica. Se trató, a escala hiperterrorista, de actos delictivos que debieron ser castigados como tales, mediante la acción policial—de una policía mundial que no tenemos todavía—y una corte penal—que ahora sí tenemos. Jamás con la brutalidad de un gigante militar y tecnológico que descarga su abrumadora ventaja sobre pueblos y naciones incapaces de defenderse.
La reelección de Bush no está garantizada, si se juzga a partir de un incipiente despertar crítico que pone al Partido Demócrata en posición ventajosa para la próxima campaña electoral. Es triste que aquí en Venezuela haya quienes creen que deben escribirle cartas a Bush, implorando su ayuda en nuestro problema con Chávez. Este problema es nuestro. No metamos en él a quien claramente abusa del mayor poder que ha conocido la historia.
LEA
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