por Luis Enrique Alcalá | Ago 7, 2003 | Cartas, Política |

Isabelle Coutant Pierre es abogada de nacionalidad francesa. Es también de estado civil casada. En agosto de 2001 contrajo nupcias en París, proverbialmente la ciudad del amor, con un ciudadano venezolano: Ilich Ramírez Sánchez, El Chacal.
Según Associated Press, la abogada Coutant ha iniciado ahora gestiones ante el gobierno venezolano para la repatriación de Ramírez Sánchez a nuestro país. Coutant no se limita a su muy limitado—por razones obvias—papel de esposa, sino que actúa como defensora del terrorista convicto y condenado a cadena perpetua por tribunales franceses. Al decir de la solícita consorte, el pobre Chacal está ilegalmente detenido en una cárcel de la Ciudad Luz y además es retenido en la compañía de asesinos y gente maluca en general.
No importa que nuestro más famoso terrorista aborigen haya sido encontrado culpable de haber matado a dos agentes secretos franceses y a un informante libanés en 1975. En declaraciones a El Nacional, Mme. Coutant de Ramírez Sánchez, de visita en Caracas, indicó: «El gobierno de Venezuela tiene la obligación, por leyes internacionales y la Convención de Viena, de brindar asistencia y defender los derechos de sus ciudadanos».
Asimismo quiso inscribir el problema dentro de una lucha contra el poder omnímodo de los Estados Unidos los que, al decir de la abogada, ejercen presión sobre Francia para impedir la repatriación del delincuente internacional a Venezuela: «Las presiones estadounidenses son muy firmes, y es el momento de que Venezuela demuestre que no es una república bananera».
¿Por qué cree madame Coutant de Ramírez Sánchez que sus gestiones ante autoridades del gobierno venezolano pudieran rendirle frutos? Pues porque nadie menos que el Presidente de la República tuvo a bien expresar su solidaridad con El Chacal en el mismo arranque de su terrible gobierno.
El 3 de marzo de 1999, a escasos 31 días de haber asumido la jefatura del Estado, un Chávez epistolar había considerado importante escribir, en algún delirio de madrugada, una amistosa misiva a su compatriota Ilich. Era la época del Chávez escribidor de cartas, el alucinado autor de una comunicación a la Corte Suprema de Justicia en la que declaraba sin ambages, pero notablemente farragoso e incoherente, su postura totalitaria: «Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado».
Era la época en la que se esforzaba por ser aceptado y tenido como culto, con constantes alusiones a un Montesquieu cuyo nombre pronunciaba erróneamente, con el empleo de palabras altisonantes que repetía para demostrar su pretendida elegancia castellana. En la carta a Ramírez Sánchez decía, por ejemplo: «El Libertador Simón Bolívar, cuyas teoría y praxis informan la doctrina que fundamenta nuestra revolución, en esfíngica invocación a Dios dejó caer esta frase preludial de su desaparición física: ¡Cómo podré salir yo de este laberinto
!» En cambio decía a la Corte Suprema: «
valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al jusnaturalismo y su progresividad, pero también la interpretación de los deberes actuales y futuros en cuanto al mandato preludial de la actual Constitución». Se ve que el adjetivo «preludial» le parecía elegante, y que su empleo, creía él, le reportaría la admiración de los venezolanos, o al menos el respeto de los Magistrados.
Esto no es vicio exclusivo de Chávez. De cuando en cuando alguna palabra portentosa se hace de uso frecuente en el argot político nacional. Así, por ejemplo, el término «protagónico» ha sido vulgarizado hasta la náusea, como también el cognomento de «atrabiliario». (Hace nada una de las ministras del presente régimen lo usó de un modo totalmente erróneo, pues lo empleó con sentido positivo, siendo que la palabra significa «de mal o violento carácter», dado que etimológicamente se refiere a la condición de «bilis negra»).
«Obsoleto y periclitado», acuñó entre otras muchas frases Rómulo Betancourt, un neologista consumado. (Después de su discurso nuestra humilde arepa se elevó a la categoría de «multisápida»). Y es que hay políticos que se especializan en la grandilocuencia: Herman «Tumultuario» Escarrá es un caso notable, como lo eran David Morales Bello y el propio Jaime Lusinchi, o Manuel Certad por el lado copeyano. (Alguna vez éste increpó al director de debates de una asamblea de la Organización Demócrata Cristiana de América llamándolo «jeque omnímodo, hombre orquesta de esta asamblea»; en otra ocasión regaló unas frutas a una joven dama que pretendía con una nota alusiva a las «cucurbitáceas» que dejaba en amorosa ofrenda).
Más allá de lo pintoresco de estos personajes, la comunicación epistolar de Chávez en 1999 era profundamente preocupante. Su carta a El Chacal cierra con la siguiente admonición: «Con profunda fe en la causa y en la misión, ¡por ahora y para siempre! HUGO CHÁVEZ FRÍAS».
En oportunidad en que esa carta fuese objeto de generalizada crítica Chávez se defendió: «Esto no implica una solidaridad política. Es simplemente una solidaridad humana. Todo ser humano merece respeto sea la causa por la que esté pasando». Lo cual no parece condecirse con la alusión a una «causa» y a una «misión» sobre las que ponía su fe, sobre todo teniendo en cuenta que más tarde Ramírez Sánchez se expresaría elogiosamente de Osama bin Laden y de los ataques hiperterroristas del 9 de septiembre de 2001, al mes de haberse casado con madame Coutant Pierre.
Por otra parte, Chávez dista mucho de emplear la solidaridad que predica con la gente del petróleo, con Carlos Fernández, con el general Alfonso Ramírez, con los familiares del «Cura» Calderón.
Su «solidaridad» siempre ha estado muy sesgada: a favor, por supuesto, de tiranos y terroristas. Sus «pulsiones óntico-cósmicas» siempre son a favor de opresores, de violentos, de asesinos; del «señor» Gouveia, de los «héroes» de Puente Llaguno, del «prócer» Acosta Carles.
No en vano madame Ramírez viene a Caracas a concertar un intento gubernamental por liberar a El Chacal, a quien Chávez recomendaba confiar y esperar, pues vendrían los tiempos de «de dar calor a la revolución o de ignorarla; de avanzar dialécticamente uniendo lo que deba unirse entre las clases en pugna o propiciando el enfrentamiento entre las mismas, según la tesis de Iván Ilich Ulianov». Es decir, Lenin, en memoria de quien Ramírez fuera bautizado.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 31, 2003 | LEA, Política |

Lo que parecía insuperable ha sido superado. La reciente disertación del Comandante General del Ejército sobre el posible referendo revocatorio del mandato de Hugo Chávez, rastrera, mediocre, insincera, ya no es la última palabra militar sobre el asunto.
García Carneiro habló, al menos, vestido de civil. Tal vez este atuendo haya agravado la evidente incomodidad que se manifestaba en su lenguaje corporal, clarísima señal de la inseguridad que acompaña al mentiroso aficionado.
Pero Eugenio Gutiérrez, Comandante General de la Guardia Nacional, habló sobre el referendo en uniforme de campaña y flanqueado por los oficiales superiores de su fuerza. Y no es que haya dicho algo mucho más grave que lo expresado por García Carneiro—de hecho, si es que esto es posible, Gutiérrez se revela como bastante menos inteligente que su colega del Ejército—sino que lo dijo con obvia satisfacción. Gutiérrez se divertía.
Que un oficial armado investido con su responsabilidad haya declarado sobre territorio exclusivamente político, y se permitiera despreciativas opiniones acerca de la oposición venezolana, es el más patente signo de la degradación que Hugo Chávez ha logrado introducir en nuestras fuerzas armadas.
La aparente valentía del hombre armado e insolente ante civiles no es otra cosa que cobarde abuso de su ventaja. Es ésa la enseñanza que Chávez deja a los hombres de armas. Que no vale el esfuerzo profesional tanto como un arrastrado acatamiento a su delirio totalitario.
Hoy puede un alemán, aun después de Hitler, sentirse orgulloso de su linaje nacional. Pero antes tuvieron los connacionales de Goethe y de Beethoven que aprender a superar su vergüenza, a construir una nueva república sobre las ruinas del holocausto nazi. Nosotros, ahora, sentimos vergüenza de Chávez; sentimos vergüenza por los García Carneiro y los Gutiérrez, brutos armados que siguen un guión de película barata y vil. Después de ellos la vergüenza nos durará hasta que logremos cambiarla por los logros de una patria en sus cabales.
No va a ser fácil limpiar a nuestras fuerzas armadas de la polución chavista que las ha contaminado. No será tan fácil contar con ellas cuando Chávez impida, como dictador que es, la expresión constitucional de la voluntad popular. Ésta va a tener que expresarse supraconstitucionalmente.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 31, 2003 | Cartas, Política |

OnlineCasinoNews.com se presenta a sí mismo como un portal dedicado al juego por Internet: apuestas de casino, apuestas sobre eventos deportivos, datos de última hora, resultados, etc. El lunes de esta semana abría alborozado con la siguiente noticia:
«Según fuentes de Washington, reporta hoy Associated Press, el Pentágono está estableciendo un sistema en línea para un mercado al estilo de una bolsa de valores, o lo que algunos llamarían un mercado de futuros en línea. Lo interesante es que lo que en él se comercia no son acciones de compañías o productos, sino información de conspiraciones, rumores a los que especuladores anónimos apostarían para predecir ataques terroristas, asesinatos y otros «eventos nostradámicos». Los hipotéticos contratos a futuro en los que los inversionistas pueden comerciar pueden ir desde la probabilidad de que el líder palestino Yasser Arafat sea asesinado, hasta la de que el rey jordano Abdullah II sea depuesto, Corea del Norte emprenda un ataque nuclear u ocurra un ataque biológico sobre Israel».
Lamentablemente para el portal de juegos y los especuladores que ya se disponían a hacer fortunas con este novísimo mercado financiero, la inmediata y prácticamente unánime condena que tan peculiar idea generó en medios políticos norteamericanos forzó a los militares a abandonar el proyecto. El editorial de la edición de ayer del Boston Globe indica: «Algunos viejos búhos republicanos del Senado cancelaron ayer la locura. Pero hasta que John Warner, de Virginia, Presidente del Comité de Servicios Armados, persuadiera a sus contrapartes del Comité de Inteligencia y Asignaciones para que se le unieran en decir al Pentágono que desconectaran el mercado de futuros terroristas financiado por el gobierno, la administración Bush estaba en realidad planeando acicatear a los especuladores para que apostaran sobre la atrocidad de un nuevo 11 de septiembre».
El lunes los senadores demócratas Byron Dorgan (Dakota del Norte) y Ron Wyden (Oregón) destaparon la olla. Dorgan opinó que la idea era moralmente repugnante y grotesca, y preguntó: «¿Pueden ustedes imaginarse que otro país estableciera una casa de apuestas patrocinada por su gobierno a la que la gente pudiera acudir para apostar sobre el asesinato de algún político norteamericano?»
Después de la revelación, el Pentágono intentó infructuosamente que el asunto no pasara a mayores. No pudo, y los detalles comenzaron a filtrarse. El gobierno de los Estados Unidos había asignado 8 millones de dólares a la iniciativa y permitido que la organizase el almirante retirado John Poindexter, antiguo asesor de seguridad de Ronald Reagan. Poindexter se hizo famoso por mentir al Senado estadounidense en torno al escándalo Irán-Contras. De ésa se salvó porque contaba con una «inmunidad especial», parecida a la que ahora busca el gobierno de Bush para que sus funcionarios no puedan ser acusados por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional. (El gobierno de Reagan, se recordará, había inventado un enrevesado esquema de financiamiento de los «Contras» nicaragüenses de Edén Pastora, que hacía pasar los fondos por canales del gobierno iraní de los ayatollahs. El patuque no pudo ser ocultado).
El miércoles había desaparecido de www.policyanalysismarket.org—la página en Internet en la que se listaba los eventos sobre los que el Pentágono quería se apostase—toda la información del programa. Ahora se obtiene una página en blanco. Si Dorgan y Wyden no hubiesen dado la alarma, las apuestas hubieran comenzado el próximo 1º de octubre.
Wyden explicó cómo se pensaba que funcionaría el asunto: «Por ejemplo, uno puede pensar con cierta anticipación que el primer ministro X va a ser asesinado, y así compra los contratos a futuro al precio de cinco centavos por cada participación. Mientras más personas crean que esa persona va a ser asesinada, el costo del contrato puede subir a 50 centavos.
Si se da el asesinato el pago es de un dólar por participación. En ese caso, quienes compraron a 5 centavos ganan 95. Los que compraron a 50 sólo ganan 50 centavos».
Para mañana viernes el Pentágono esperaba haber registrado a los primeros mil especuladores en este Policy Analysis Market que igualmente, al decir de los senadores, hubiera permitido el acceso de los propios terroristas: «Esto parece estimular a los terroristas a participar, bien sea para beneficiarse de sus actividades terroristas o para apostar en su contra con el fin de confundir a las autoridades de la inteligencia de los Estados Unidos».
………
A comienzos de la década de los cincuenta, la Corporación RAND –el más grande y prestigioso think tank del mundo– había desarrollado la llamada técnica de «escenarios» y luego los «paneles Delphi». Ambas cosas eran métodos imaginativos para intentar ejercicios predictivos. El juicio de varios expertos, razonaba RAND, es preferible al juicio del mejor experto aislado. Ahora es la oficina de Conciencia Informativa sobre Terrorismo (Terrorism Information Awareness Office), perteneciente a DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) y dirigida por Poindexter, la que sostiene que los mercados especulativos son mejores predictores que los expertos.
Es posible que técnicamente DARPA tenga razón. A fin de cuentas, los mercados han comprobado ser predictores precisos para una buena gama de acontecimientos. Por otra parte, los analistas de políticas de think tanks como RAND tienden a adoptar una postura clínica que a veces raya en la total insensibilidad. (Por poner un solo caso: uno de sus más famosos miembros, el difunto futurólogo Hermann Kahn, acuñó el término «megamuertes»—como si se tratase de megahercios o megabytes—para escribir con facilidad la escala de tablas en su libro On Thermonuclear War. 1 megamuerte = 1 millón de muertes).
El invento de Poindexter, sin embargo, sobrepasa la imaginación de los peores horrores que Stephen King haya escrito. Ese delincuente internacional que, para obtener los fondos para financiar los contraguerrilleros nicaragüenses, vendió misiles a Irán—el mismo Irán al que se quiso combatir con el apoyo inicial norteamericano a Hussein, el mismo Hussein que ahora se persigue—resucitó después del 11 de septiembre de 2001 con una idea que, felizmente para los norteamericanos, fue derrotada por sus tintes totalitarios. Poindexter había propuesto el programa Total Information Awareness, diseñado para la identificación de terroristas potenciales mediante la compilación de dossiers electrónicos detallados sobre millones de ciudadanos.
En esta ocasión realmente sobrepasó los límites. El engendro del mercado de futuros atroces no se diferencia moralmente de esos degradados casinos que en Viet Nam admitían apuestas sobre el resultado de sesiones de ruleta rusa. La diferencia es sólo tecnológica y cuantitativa: el mejor conocimiento de Internet combinado con una población de especuladores que para enero de 2004 el Pentágono esperaba llegase a unos 10.000 apostadores.
La ironía alcanza ahora a Poindexter, pues ya se casan apuestas sobre el tiempo que le queda como funcionario del muy extraño y sórdido gobierno de George Bush hijo.
Algo está muy mal con la actividad política de estos días. La aberración de Chávez es correspondida con la corrupción de Berlusconi, el terrorismo colombiano y el de bin Laden, las truculencias de Bush y la desfachatez de Tony Blair, quien reconoce que tiene un «problema de imagen» sobre el que tiene que trabajar porque no ha «perdido en nada el apetito de poder».
No se trata de meras crisis políticas. Lo que está en crisis es la política misma. Aquí y en todas partes.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 24, 2003 | LEA, Política |

Las 2:08 p.m. de ayer miércoles. Muchos disparos. Cae muerto un concejal, asesinado dentro del ayuntamiento por un oponente político. El asesino muere, a su vez, a manos de un policía.
El viernes 18 de julio, meses de tensión política acumulada hicieron erupción, luego de que los parlamentarios discutieran agriamente por un punto de procedimiento: la oposición acusaba a la fracción gobiernista de intentar usar su mayoritaria aplanadora para aprobar legislación que no habían tenido tiempo de estudiar. La oposición rompió el quórum y el presidente de la comisión los mandó a traer con las fuerzas de seguridad del parlamento.
El gobernador de un estado grande, militante contrario al partido de gobierno, enfrenta ahora un referendo revocatorio de su mandato, a pesar de sus últimos intentos dilatorios del procedimiento a través de maniobras legales. La fecha para el referendo ha sido confirmada: el 7 de octubre de este mismo año.
……..
Pareciera que estas cosas pudieran ser de aquí, pero el lector avisado sabe que esto no es el caso. Ayer no mataron a nadie en ningún ayuntamiento venezolano, no tenemos noticia de que el mandato de ninguno de nuestros gobernadores vaya a ser revocado en octubre y tampoco de que Ameliach haya solicitado los servicios de la policía de Bernal o de la Guardia Nacional para meter en cintura a los díscolos diputados de oposición.
Las tres noticias provienen de los Estados Unidos. El gobernador de California, Gray Davis, es quien enfrenta la posibilidad creciente de la revocación de su mandato. El episodio con los congresistas ocurrió en Washington: el Presidente del Comité de Procedimientos, el republicano William Thomas, fue quien requirió el uso de la policía del Capitolio para sacar a los demócratas de ese comité de una reunión que sostenían en la biblioteca. Y ayer fue en los predios del City Hall neoyorquino donde el concejal James Davis cayó abatido por los siete disparos de una pistola .40 esgrimida por su oponente político, Othniel Askew. Davis, irónicamente, tenía una larga hoja de servicios, primero como policía y luego como legislador municipal, distinguida por sus esfuerzos para controlar la violencia en Nueva York.
En todas partes se cuece habas, pues. Y si no leamos lo que nos reporta Zenit, agencia católica de noticias desde Roma, en cable de hoy 24 de julio: «Diversos sectores sociales y políticos han comenzado a movilizarse en España para frenar el impacto de la telebasura que invade las cotas de programación tanto de la televisión privada como de la pública… Una de las medidas para lograrlo, secundada por varias entidades sociales y educativas, consiste en la petición de un Consejo Audiovisual que a nivel nacional actúe como un órgano verificador de la calidad de los contenidos, especialmente los dirigidos a niños y jóvenes».
Un agudo amigo recomienda que ventilemos este último tema, añadiendo que no conviene dejarlo solamente en manos de los medios de comunicación.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 24, 2003 | Cartas, Política |

Los recientes quebrantos que aquejan la salud de Rafael Caldera Rodríguez me han llevado a repensarlo en tanto figura política. Personalmente no creo que tenga que agradecer nada del otro mundo a Caldera. De hecho, en los últimos años transcurrió entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante. Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera
Se ha celebrado como «justicia histórica» que Rafael Caldera haya sido el Presidente de la República al momento del deceso del Pacto de Punto Fijo. Hoy en día, cuando algunas de las previsiones de este pacto—como la de elegir a un miembro del partido del Presidente Electo como Presidente del Congreso—se han repetido, no es tan claro que Punto Fijo haya muerto, por lo menos no totalmente. Si bien puede hablarse en Venezuela de un deterioro de las élites como causa última del fenómeno chavista, en los comienzos de nuestra democracia sus «componendas» se dieron entre los mejores hombres públicos del país, que asentaron bases democráticas tan firmes que han soportado eventos tan poderosos como el Caracazo, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, la deposición constitucional de Carlos Andrés Pérez y la elección de Hugo Chávez Frías. Yo no creo, como se ha dicho, que «el juicio de la historia será muy duro con la ya triste figura de Caldera». Ni siquiera creo que Caldera exhibe una triste figura; creo que exhibe una figura dignísima. Y creo también que el juicio de la historia le será favorable en general, con una dosis variable de crítica ante algunos de sus procedimientos y algunas de sus decisiones.
Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido por segunda vez Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.
De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín. El pueblo no estaba tan bravo todavía.
Se ha dicho que la culpa de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, a exactamente un año antes de las elecciones de 1998, no llegaba siquiera a un 10%. La «culpa» de que Chávez Frías sea ahora el Presidente debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.
Caldera fue quien rehabilitó a los partidos de izquierda proscritos por Betancourt, con lo que se cerró el capítulo guerrillero de la década de los sesenta. Caldera fue quien sobreseyó la causa de los alzados de 1992, reinsertándolos, ya sin uniforme, dentro de la pugna civil. Caldera fue también quien tomó todas las previsiones para impedir la interrupción de la constitucionalidad, como pretendió hacerse poco antes de las elecciones de 1993.
Caldera fue objeto, al arranque de su gobierno, de los más despiadados y prematuros ataques por su postura en materia económica, resistente a las imposiciones paqueteras que se fundaban—otra vez el simplismo—en el dogmatismo neoliberal imperante. Resulta que ahora, no después que los venezolanos rechazábamos de todas las formas posibles tan simplistas esquemas, sino luego del desplome de las economías asiáticas, incluido el Japón, de la resistente gravedad económica rusa, del terrible proceso argentino, los propios economistas norteamericanos reconocen que el mundo no es tan sencillo como lo creía Fukuyama y que el Fondo Monetario Internacional ha estado evidentemente equivocado.
Seguramente Caldera es criticable en muchos sentidos, y seguramente sus altivos rasgos personales y su estilo de gobernar avivan la crítica, pero estoy seguro de que el juicio de la historia le tratará muy favorablemente. Por lo menos porque a quienes se investigó en relación con las conspiraciones de 1993 Caldera no los llevó, desnudos y en un camión de estacas, hasta Fuerte Tiuna, que es lo que algún ensoberbecido militar amenazaba hacer con él a las alturas de noviembre de 1993, si es que Caldera se negaba a reconocer el «triunfo» de Oswaldo Álvarez Paz en las elecciones que ocurrirían al mes siguiente.
Hasta Chávez Frías llegó a decir, en las primeras cuarenta y ocho horas después de su elección, que Caldera había evitado que el barco se hundiera y que «últimamente» su gobierno había venirlo manejando lo económico de forma acertada. Desde una mezquindad tan marcada como la de Chávez, ese reconocimiento a regañadientes tiene mucha elocuencia. Aunque Caldera seguramente preferiría que no fuese Chávez quien le defendiera.
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