CS #52 – Lo político es primero

Cartas

John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, así como un editor de criterio bastante izquierdista. (Fue el director del diario comunista The Daily Worker y miembro del Partido Comunista Inglés). Esto no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size.)

Si tal cosa fuese cierta, complementariamente podría sostenerse como corolario que hay escalas requeridas para el sano funcionamiento de un pleno libre mercado. Es decir, que las sociedades pequeñas, especialmente por estar inmersas en un mercado mundial globalizado, encuentran dificultades serias para aplicar a rajatablas un esquema de libre mercado. (Chile es, por ahora, una excepción, mientras que Argentina, México y Venezuela, han experimentado todas graves problemas después de aplicar, en grado variable, las reglas del llamado Consenso de Washington).

La población de Venezuela tal vez no revista la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

El nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, la integración económica, pues estableció el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Artículos de la Confederación, 1776). En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas. Inmediatamente después de echarse tiros durante seis años de guerra mundial, no era fácil que un continente en el que se habla una veintena de idiomas diferentes pudiera ir más allá de la tímida proposición, primero, de la Comunidad del Carbón y del Acero. (1946). Poco a poco fueron los europeos evolucionando, a mercado común, a comunidad económica y, ahora, a una comunidad política.

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta -hasta difícil- aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente de estos hechos, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago (nadie más opuesto a las inclinaciones de Haldane), se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. (La Enciclopedia Británica, venerable publicación de la Universidad de Chicago, trata a América del Sur como continente separado). Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad.

Los planteamientos terapéuticos que han preconizado nuestra integración en Latinoamérica o, más limitadamente, en el bloque andino, han partido de una postura describible en los términos siguientes: la unidad política es el desiderátum final pero no es asequible en estos momentos; por esto es necesario iniciar el proceso por la integración económica y el estímulo a la integración cultural. Es así como se suceden las «misiones culturales de buena voluntad»: enviamos a Yolanda Moreno a danzar por el continente y a la Orquesta Sinfónica Juvenil a dar conciertos; es así como establecemos «supercordiplanes» al estilo del SELA o los órganos del Acuerdo de Cartagena.

Lo equivocado está en suponer que la integración económica es más fácil que la integración política. Esto no es así. La actividad económica tiende a presentar, como rasgo predominante de su proceso, el carácter de lo competitivo. Difícilmente puede entonces conducirnos a la integración efectiva, sobre todo si cada componente de los pactos de integración económica se comprende a sí mismo como portador de una vocación perenne de Estado independiente.

La integración a la que debe procederse lo antes que sea posible es la integración política. La integración económica vendrá entonces por sí sola, con el proceso casi automático de la acomodación de las unidades productivas, lo que es mucho más sano y flexible que las integraciones económicas forzadas a partir de burocracias tecnocráticas, que si han fracasado dentro de los límites nacionales, con mayor certidumbre fracasarán en el intento de manejar entidades de escala superior.

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CS #51 – Licitación política

Cartas

La confusión de la herramienta con el fin explica mucho de los resultados de la política nacional. La discusión pública venezolana ha agotado ya los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. Nuevamente, no hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, que no son, en sí mismos, la solución.

Por otra parte, el método mismo tiende a ser ineficaz. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de las «mesas democráticas» de las que debe salir el ansiado «acuerdo nacional». La oposición de intereses en torno a una mesa de discusión difícilmente, sólo por carambola, conducirá a la formulación de un diseño coherente. Es preciso cambiar de método. Y es preciso cambiar el énfasis sobre la herramienta por el énfasis en el producto.

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo del país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice» (1968) es una descarnada exposición a este respecto.

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Quesenberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una imagen-objetivo requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de centros de política aplicada. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este «gobierno de expertos» alertaba Woodrow Wilson: «¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?» O como lo pone John H. Fund: «Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos».

La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los «brujos» se entiendan a sí mismos como responsables ante la «tribu» y no únicamente ante los «caciques». Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.

La comunicación entre «brujos» y «caciques» es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de «cogollo», como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones por «cogolléricas». Todas han terminado por generar sus propios cogollos.

De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al «demos»: una aristodemocracia.

En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el «jefe» del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.

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LEA #50

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¿Será por necesidad de llamar la atención, como niño malcriado, como enfant terrible, que Chávez no firmó en el Sur el documento que varios presidentes—notablemente entre ellos Luis Inazio Da Silva—refrendaron en apoyo a la política antiguerrillera de Uribe Vélez? ¿O será más bien que se trata de ineptitud pura, de mera y terca incapacidad?

Lo cierto es que jamás se puso Chávez en peor evidencia: nunca un alejamiento suyo había sido tan marcado, tan solitario e inoportuno, tan revelador. Pero Uribe, que ya ha mostrado en sus visitas a este país, en sus entrevistas con nuestro mandatario que sabe—como muy pocos—picarle adelante a Chávez, ha vuelto a comprometerlo.

Esto declaró Uribe a su llegada a Bogotá desde el Paraguay: «La semana pasada le decía a Chávez, le dije: Presidente, deja de preocuparte tanto por la política de seguridad en Colombia, hazles saber a las FARC que si están muy aburridos con ella, que conmigo negocian en cinco minutos».

Realmente se necesita presencia de ánimo para decir algo así a quien había negado mezquinamente su apoyo al presidente colombiano en su lucha contra el terrorismo en su país. Se necesita un carácter muy fuerte y al mismo tiempo muy apacible para decirle a Chávez que es amiguito de la guerrilla en Colombia.

¿Se quedará Chávez con esa? Probablemente coja seña esta vez de su Vicepresidente, el cínico mayor del régimen, que comentó: «‘Si ese hecho es cierto, si la información se corresponde con un planteamiento del presidente Uribe al presidente Chávez—y advierto que quien debe pronunciarse al respecto es el Presidente de la República cuando llegue al país desde Argentina—en todo caso tiene que haber alguna motivación para que el presidente Uribe le confiriera un papel importante al presidente Chávez en función de facilitador de la paz en Colombia, y eso no es raro porque el presidente Chávez, ya durante la gestión del presidente Pastrana, facilitó muchos encuentros entre las FARC y el gobierno de Colombia, en territorio colombiano o venezolano».

Rangel eleva la bajísima condición reconocida por Uribe en Chávez—la de correveidile de unos terroristas—a la dignidad de «facilitador». Una verdadera alquimia política.

La banderilla, sin embargo, Rangel, está colocada en el morrillo del toro de Sabaneta. Tal vez pique e irrite demasiado y por eso, como muchas otras veces, quizás el zaherido presidente le contradiga y desautorice con algún altanero comentario. Esperemos «Aló Presidente» del próximo domingo.

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CS #50 – Se busca estadista con moto propia

Cartas

Hace dos días que un foro interactivo en Internet sobre Venezuela—en Latin American Advisor—preguntaba a personas como Diego Arria o Michael Skol sobre el destino del sistema político en Venezuela, en ocasión de cumplirse la mitad del actual período constitucional. Uno de los participantes fue Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP. Su aporte fue tan certero como escueto: «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie». (You can’t beat somebody with nobody). «Hasta que no haya un candidato con suficiente perfil para ser viable, Venezuela probablemente lo pasará mejor pateando la lata del referéndum por el camino. De otra forma Chávez muy bien pudiera resultar electo para sucederse a sí mismo. Desde esta perspectiva parece que la astucia de Chávez ha superado la de sus enemigos. Ni los Estados Unidos ni la OEA parecen poder—¿o querer?—forzar el punto. ¡Pobre Venezuela!»

Hace un poco más de dos días, exactamente el 3 de abril de este año, que esta Carta recordaba una recomendación de Alfredo Keller a mediados de 1998, en plena campaña electoral: «Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato». Preguntábamos entonces en esa edición (Nº 30): «¿Qué quería decir Alfredo Keller? Pues que Salas Römer no era gallo para Chávez, pero como no había tiempo para descubrir y postular a esas alturas a un candidato distinto, había que descubrir y promover a quien pudiera hacer por Salas el trabajo que él no podía y no pudo hacer».

Las intuiciones de Keller y Helander apuntan en la misma dirección. Lo que se ha necesitado, y nunca se ha tenido, desde que Chávez se hizo candidato de temer ha sido un contendor que pueda superarlo. Todavía hoy es lo que se necesita.

A fin de cuentas, ya está «resuelto» el problema de cómo salir de Chávez; ya toda organización opositora conviene ahora que el camino a intentar es el del referendo revocatorio: el camino que siempre Chávez señaló; el que estuvo allí desde el 15 de diciembre de 1999, desde que una Constitución que produjo una Constituyente que Chávez convocó y compuso entrara en vigencia. Es ahora cuando la dirigencia opositora ostensible logra ver el referendo revocatorio como la solución, a cuatro años casi de la posibilidad, y luego del inmenso desastre de abril de 2002 y el demencial paro de fines de ese mismo año. No pareciera que esa dirigencia tuviera una mirada penetrante.

Y es justamente ése el requisito que Alexis de Tocqueville exigía en los «hombres de Estado». Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Hay que decir lo que nos cuesta poner en palabras: la dirigencia reunida en la Coordinadora Democrática, a pesar de sus méritos, no está ofreciendo lo que se necesita. Entre lo que se necesita está el problema fundamental de encontrar a quien encarne, con la visión que Tocqueville exige, un pensamiento político fresco, que trascienda la limitación del discurso de Acción Democrática, COPEI, Primero Justicia, la Gente del Petróleo, Queremos Elegir, la unipersonal Asamblea de Ciudadanos de Maxim Ross, etcétera, etcétera.

Interesantes estudios de la firma Greenberg-Quinlan-Rosner Research Inc.—encargados por Empresas 1BC—han mostrado cómo la mayoría de los venezolanos parecemos querer un proceso político bastante diferente de aquellos que los «dirigentes» del mundo de la Coordinadora han terminado por aceptar, a veces a regañadientes, como los cauces preferibles. Sería útil hacer un diagrama de posicionamiento de los «líderes» visibles respecto de los temas consultados por la encuestadora norteamericana. Al menos mediríamos así el grado real de sintonía de ese «liderazgo» con la psiquis colectiva venezolana.

Fue precisamente la crisis de la política venezolana—en realidad una crisis de la Política misma en tanto profesión—la que trajo la anticrisis de Chávez. Es muy difícil que la solución a esta última provenga de los mismos estilos, las mismas prácticas y técnicas que originaron lo que ahora vivimos.

Y es que la causa profunda de las carencias no es la mala voluntad de ninguno de los que criticamos. Nadie puede poner en duda que han dedicado esfuerzos y mucho trabajo en la tarea de combatir la «Quinta República». Pero no se trata de eso. No basta, como parece proponer Enrique Mendoza «trabajo, trabajo y más trabajo». Es preciso «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro». Y esto sólo es posible desde un paradigma político diferente.

No hay nada misterioso en ello. Se trata tan sólo de ya no pensar la Política como la actividad de obtener poder e impedir que el contrincante obtenga poder—en lo que Chávez ha demostrado ser un experto—sino como, sencillamente, el arte, la profesión o el oficio—el métier—de resolver problemas de carácter público, de satisfacer necesidades de las poblaciones humanas.

Claro, no es probable que algún actor inmerso en política—»la política es así»—pueda abandonar sus protocolos habituales, su costumbre operativa, para acceder a un punto de vista diferente: clínico.

Es perentorio, por consiguiente, buscar por otros lados. Si la población permite la continuidad de la política de poder y no es capaz de forzar la admisión de los actores necesarios será muy difícil salir de Chávez, no digamos conducir una transición eficaz al hipotético término de su mandato.

Los febreros venezolanos pueden llegar a ser políticamente muy significativos. En febrero de 1985 alguien escribía: «Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos».

El cibernetista británico Stafford Beer, refiriéndose a Inglaterra, apuntó en Platform for Change (1975): «Nuestro problema se debe a que los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».

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CS #49 – Solón y Cafreca

Cartas

En la primera mitad de la década de los años setenta nació, vivió y murió una de las empresas más exitosas de toda la historia económica de Venezuela. La empresa en cuestión duraría, a lo sumo, unos tres o cuatro años en operación. Luego, desapareció sin dejar rastro. La aparente contradicción entre éxito y desaparición se resuelve al comprender que la disolución de la empresa estaba prevista desde sus comienzos, pues había sido diseñada para ejecutar una única misión y disolverse al término de la misma. Esta empresa se llamó Cafreca (Cambio de Frecuencia, C.A.). El caso Cafreca guarda dos lecciones importantísimas para cualquier intento de conversión o reforma institucional. La primera de ellas es la de la cesación planificada de actividades del agente de cambio una vez que éste se ha completado. La segunda lección es que el cambio es mejor administrado por un ente que se especialice precisamente en cambiar, no por los actores que cotidianamente deben administrar el sistema que deba ser modificado.

Cuando las empresas de generación y distribución eléctrica en Venezuela llegaron a la conclusión de que la coexistencia de frecuencias eléctricas diferentes—50 Hz y 60 Hz—hasta en distintas zonas de una misma ciudad, imponía costos e ineficiencias engorrosísimas, tomaron la sabia decisión de no intentar cada una por separado—CADAFE, La Electricidad de Caracas, Luz Eléctrica de Venezuela, Enelvén, Enelbar, etc.—la conversión y estandarización requerida. Decidieron que un solo agente de cambio se ocupara del asunto.

Ahora el país, en su gran mayoría, percibe que el referendo revocatorio del mandato de Hugo Chávez Frías es la salida «pacífica, democrática y constitucional» para la actual crisis política. Pero resulta que cada fuerza política o civil pareciera que debe acometer por separado el asunto de la convocatoria del referendo y la motivación de la población a votar. En el mar de minúsculos actores que es la oposición formal venezolana, cada quien hala para su lado, cada quien quiere recoger nuevas firmas, cada uno quiere capitalizar para sus fines lo que intuyen como rédito político: ser identificado como el San Jorge que finalmente mató al dragón de Chávez. Acción Democrática, por ejemplo, ha anunciado la operación «ARDE» (Acción Revocatoria Democrática Electoral), denominación que naturalmente incluye los términos «acción» y «democrática», como para que no quede duda de su protagonismo. Por su parte, la «gente del petróleo» pretende lavar el estruendoso fracaso de su paro suicida con una «Red de Energía Positiva»—bendita, se asegura, por la mismísima Virgen María—que se dedica a la recolección de firmas y al establecimiento de una red de varios niveles para coordinar la participación de la población. La asociación civil Súmate, por su parte, insiste en que deben ser entregadas al Consejo Nacional Electoral aún por nacer, las firmas recogidas el pasado 2 de febrero, aunque pesen dudas sobre la redacción del instrumento en el que fueron estampadas y consistentemente las más recientes encuestas indiquen que ahora una mayor proporción de la población firmaría nuevamente.

Cada uno de estos actores puede tener la mejor de las intenciones, y seguramente sus desperdigados esfuerzos pueden fundarse sobre razones legítimas. El punto es que con tal dispersión se corre el riesgo, una vez más, de morir en el intento.

Lo inteligente y lo responsable, por tanto, es crear una Cafreca del revocatorio: una única autoridad ejecutiva para gerenciar el asunto, la que deberá desaparecer una vez culminado con éxito el trabajo. Que sea esta entidad la única que declare sobre el punto, la que conduzca una estrategia única, la que no pueda capitalizar el éxito porque por diseño esté prevista a desaparecer.

……………

Posiblemente sea el más venerable modelo político de la historia el caso de Solón de Atenas, de quien pudiera decirse que presidió una operación de cambio de frecuencia en la política de su ciudad-Estado. Sin duda hay rasgos admirables en lo hecho por Napoleón, por Churchill, por Bolívar, por Julio César, por Pericles. Pero Solón les supera en un rasgo insólito.

Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años—fueron escritas en tabletas giratorias de madera y arcilla y colgadas por toda la ciudad—y entonces ¡abandonó el poder!

Solón, habiendo terminado su tarea, como Cafreca, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta. Desprovisto de apetencias por un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

……………

Suponiendo que efectivamente el referendo revocatorio se produzca, que éste ocurra antes del 19 de agosto de 2004, y se genere por tanto la falta absoluta del Presidente de la República antes de cumplidos los cuatro primeros años del período, deberá elegirse un nuevo presidente para completar el lapso constitucional. (De producirse la revocación con posterioridad a la fecha mencionada no habría elecciones, y entonces el poder recaería en el Vicepresidente por lo que reste de período).

Tienen razón quienes opinan que el inmediato e hipotético sucesor de Chávez debe comprometerse a no participar como candidato en las elecciones de 2006, cuando haya concluido el presente período constitucional.

No otra cosa, entonces, que un Jefe de Estado al que se le confíe como misión la tarea solónica de cambiar la frecuencia de nuestro Estado, y que se apoye en un Jefe de Gobierno (Vicepresidente) que se ocupe de lo táctico y lo cotidiano, sería garantía de que la necesaria reingeniería tenga lugar. Y, como a Solón, debiera buscársele entre quienes tengan, no sólo las calificaciones técnicas, profesionales y biográficas precisas, sino la vocación solónica de querer ser, más que presidente, un ex presidente. Esto es, que una vez cumplida en breve plazo—un par de años—la misión Cafreca, abandone el cargo para que se reingrese a la administración normal dentro de un nuevo Estado construido en el lapso de una administración extraordinaria.

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