por Luis Enrique Alcalá | Sep 25, 2003 | Cartas, Política |

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela.
Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: «Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias». Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: «A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder».
En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: «carecemos de un paradigma basado en el justo medio». (Lunes 22 de septiembre, en el auditorio del IESA). La presentación de Gil Yepes registraba un aumento reciente en el apoyo popular a Chávez (de 31% a 35,6%) que igualmente preocupaba a Giusti: «A estas alturas, y con los resultados de los últimos sondeos, nos encontramos conque en realidad los problemas ahora son dos, el ya existente de un referendo aún sin fecha ni reglas y el de la posibilidad de que Hugo Chávez continúe su ascenso en las encuestas».
Se nos asegura que un llamado «Comando Luisa Cáceres de Arismendi» es en realidad la mampara de quien estaría empatado en el proyecto presidencial de Enrique Mendoza. En cualquier caso, un texto que por estos días ha circulado y ha sido atribuido al tal «comando» se permite una inmisericorde disección de los intestinos de la Coordinadora Democrática. El tal texto procede a armar su contexto: 1. «En la oposición hay tres grupos: el Bloque Democrático (0.1%), Salas Römer (2%) y la Coordinadora Democrática (97.9%). Por su parte, la Coordinadora Democrática está respaldada por un 35% proveniente de los partidos políticos, particularmente AD, Movimiento Trabajo, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Copei, Bandera Roja, MAS, en ese mismo orden, un 5% es de la multitud de ONGs existentes y el 60% restante es una enorme masa de independientes a la espera de liderazgos sólidos».
A continuación procede a descalificar sumariamente a la siguiente lista de nombres (en este orden): Salas Römer, Santana, Urbaneja, Borges, Naime, Torrealba, Parra, Aguiar, Sosa, Zambrano, García Defendini, González González, Peña Esclusa. En una sola andanada. El pontificante «comando» salva a Enrique Mendoza de la salva y «le pide» que encabece de una vez por todas la oposición. Éste cavila sin decidirlo todavía, mientras administra operaciones desde la recién inaugurada «Quinta Unidad»—¿emulación inconsciente de la Quinta República?—situada en la populosa y popular barriada de Campo Alegre.
Así están las cosas en la oposición. No en balde José Antonio Gil y Roberto Giusti se manifiestan tan preocupados, aunque se detienen a escasos centímetros del inevitable corolario de sus análisis: que hace falta un liderazgo totalmente diferente al descrito, pues éste no tiene salvación.
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¿Cuál puede ser la causa profunda de esta ineptitud dirigencial, exacerbada por la multiplicidad de pescueceantes cabezas?
El 20 de octubre de 1991 Arturo Úslar Pietri escribía en El Nacional y diagnosticaba ya que era la Política misma la que estaba ante una crisis conceptual de magnitud descomunal: «Esto significa, entre otras muchas cosas importantes, que de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta.» Echaba en falta un nuevo lenguaje político, una nueva gramática, pero concluía con no poco dolor: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación…» (Subrayado de doctorpolítico).
A un año de las elecciones que pretendía ganar, las nuevas ideas continuaban perdidas para Salas Römer, quien decía: «En Venezuela hace falta un nuevo modelo político, pero yo no sé cuál es». (Auditorio Hermano Lanz, UCAB, 3 de diciembre de 1997).
Hoy se puede señalar unas cuantas buenas ideas, y esto es ahora la oportunidad de exponerlas. Ya basta de repetir, numerosamente, la misma estrategia que, durante décadas, no tiene éxito.
Está escrito:
Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?
Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.
Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.
Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.
Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.
Amén.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 19, 2003 | Educación, Política, Proyectos |

1. La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de “ciencias políticas”, la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas “ciencias médicas”, la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.
Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un “estado del arte” de la Política.
El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma “clínico” o “médico” de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos.
2. Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas, se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.
No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los “politólogos” egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—policy analysis—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en Policy Analysis de la Corporación RAND, puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente, el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).
3. Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi, médico; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.
Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.
Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como “combatiente” o “luchador”, en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.
4. No se trata de postular que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. (“No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice» (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social”. Carta de Política Venezolana, Nº 51, 28 de agosto de 2003).
Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta de Política Venezolana, Nº 50, 21 de agosto de 2003).
Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. (“A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Foucault propone la noción de “episteme”, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como “historia natural”. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la “teoría de las riquezas”, y entre la lingüística y la “gramática” que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores”. De Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela, diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica. Así lo revelan expresiones tales como “fuerzas políticas”, “vectores políticos”, “espacios políticos”. (“¿Hay espacio para una nueva fuerza política?”)
Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.
5. El pénsum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo. Los siguientes pueden ser, entre otros, los bloques que lo compongan.
- Bloque epistémico:
- Teoría de la complejidad y el caos: sistemas dinámicos complejos (no lineales); autoorganización; propiedades emergentes; comportamiento caótico; manejo y control del caos
- Teoría de enjambres
- Episteme general a comienzos del siglo XXI: nociones elementales de cosmología, física de partículas e incertidumbre, teoremas de Gödel, hipótesis de Sapir-Whorf, interpretación de McLuhan, etc.
- Bloque de Política General:
- Elementos de Política General: noción de “sociedad normal” y de “normalización de sociedades”.
- Psicología Social
- Sociología General
- Bloque de Política Especial:
- Política Económica, con énfasis en macroeconomía y finanzas públicas.
- Política Internacional: Derecho Público Internacional, Instituciones Internacionales.
- Política de Defensa: nociones de geopolítica y doctrinas modernas de defensa.
- Bloque de Política Analítica
- Nociones de análisis de políticas.
- Futurología.
- Bloque Instrumental:
- Técnicas de oratoria.
- Negociación y resolución de conflictos.
- Toma de decisiones.
- Campañas electorales.
- Castellano.
- Inglés.
- Otro idioma moderno.
- Manejo práctico de computadores.
- Bloque de Gestión Pública
- Nociones generales de gerencia
- El problema especial de la gerencia y la administración pública
- Tecnologías de manejo de información y gestión pública
- Bloque de Derecho
- Introducción al Derecho y Filosofía del Derecho
- Nociones de Derecho Público
- Nociones de Derecho Privado
- Nociones de Derecho Constitucional
- Nociones de Derecho Administrativo
- Bloque de Procesos Contemporáneos
- Fenómenos de globalización e informatización
- Tendencias hacia instituciones de gobierno mundial
- Bloque de Ética
- Nociones de Ética General.
- Un código deontológico para el ejercicio de la Política.
- Bloque de Historia
- Historia del Siglo XX
- Historia de las ideas y las instituciones políticas.
Una buena dotación de materias electivas—políticas especiales como la educativa, la sanitaria, la comunicacional, etc.—junto con talleres, seminarios y un régimen de pasantías, complementará la redondez necesaria a la carrera.
No pasaría mucho tiempo, por otra parte, sin que debiera responderse a ulteriores necesidades de postgrado.
6. Será preciso el desarrollo de un proyecto más completo y detallado, así como armar la estrategia necesaria a la obtención de las autorizaciones que deberá proveer el Consejo Nacional de Universidades para la creación de esta novísima y fundamental carrera.
Es pronosticable que la demanda de cupo será muy nutrida, en una sociedad que, como la venezolana, se encuentra inmersa en graves problemas de índole política, necesitados de solución.
Por último, la innovación implicada en la fundación de una Escuela de Política, única en su clase en el mundo, conllevará un inusitado interés internacional en torno a su existencia y evolución.
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LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 18, 2003 | Cartas, Política |

Es sorprendente constatar cómo es que en estratos presuntamente ilustrados y avisados de la oposición venezolana se acepta con la mayor ligereza y superficialidad a figuras políticas inconvenientes por el simple hecho de que se opongan a Chávez, incluso cuando se trata de quienes, hasta no hace mucho, estuvieran enchufadísimos en el proyecto chavista.
Este es el caso, por ejemplo, de Alejandro Armas, en quien algunos han querido ver un posible «presidente de transición» en caso de que finalmente se lleve a cabo la revocación del mandato del actual presidente. (Es decir, para completar el período a la hipotética cesantía de Chávez).
En una reciente presentación ante un grupo de ilustres ciudadanos en Caracas, Alejandro Armas tuvo que defenderse de un ataque no muy velado de uno de los circunstantes, quien argumentó más o menos del siguiente modo:
«Don Alejandro, usted ha mencionado el tema del presidente de la transición, y ha señalado algunos rasgos deseables en esa figura. Tal vez convendría también especificar algunos de los rasgos que no debiera tener. Uno de ellos es que haya participado por un tiempo significativo en el proyecto de Chávez y lo haya aupado, por cuanto ese proyecto estuvo perfectamente claro desde 1992, y quedó más claro todavía durante la campaña electoral de 1998, y clarísimo también desde que comenzó a gobernar. Por tanto, quienes hayan incurrido en un error tan grueso como el de equivocarse con Chávez, demostraron cabalmente poseer, al menos, poca claridad y visión poco penetrante, que son seguramente dos defectos que no debiéramos tolerar en el presidente de tan difícil transición. Por poner un caso, Don Luis Miquilena ha reconocido que se equivocó al apoyar a Chávez, que está arrepentido y que ahora procuraría hacer todo lo que estuviera a su alcance para que su mandato terminara cuanto antes. Esa actitud podría reconocérsele y hasta admirársele, pero seguramente Don Luis no debiera ser jamás considerado como posible figura de transición, por la razón apuntada».
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Se cuenta que en una ocasión el Rabino de Londres conversaba con Sigmund Freud—que moriría en esa ciudad en 1939—y decidió confiarle: «Herr Professor Freud, anoche nos preguntábamos en la sinagoga quién era el judío más notable de nuestra época, y me alegra decirle que pronto acordamos que esa persona era usted». A lo que el fundador del psicoanálisis repuso rápidamente: «Pero Rabino, perfectamente ha podido ser usted el elegido». Y el rabino, con mayor rapidez aún, contestó: «¡No, no, no, no, no, no, no, no!» Freud sentenció entonces: «Rabino, un solo no hubiera sido suficiente».
Esta anécdota viene a la mente porque, aunque el discurso del comienzo se refería específicamente a Luis Miquilena y Armas aseguró no estar pensando en sí mismo como presidente de la transición, dijo demasiados noes, y dedicó unos veinte minutos a justificar su posición como «chavista democrático».
Por ejemplo, para ilustrar cómo se había diferenciado del régimen puso el siguiente ejemplo: «En 1999 el presidente Chávez tuvo conmigo la amabilidad de pedirme una lista de nombres que yo creyera debían estar en la Constituyente. Yo le llevé una lista con los nombres de veinte personas. Ninguna de ellas, sin embargo, fue aceptada, porque el criterio que privó fue el de la incondicionalidad ante el régimen».
A pesar de esto, el diputado Armas, hoy del partido Solidaridad, electo en lista del MAS (que apoyó a Chávez), ex miembro de la Dirección Nacional del MVR, estuvo apoyando a Chávez en 1999, en 2000 y en 2001, tres años completos sin contar el año de la campaña electoral de 1998 y los comienzos de 2002, pues no se separó del proyecto chavista hasta que su mentor, Luis Miquilena, fuese destituido de nada menos que el Ministerio de Relaciones Interiores en enero de este último año.
Todavía después de los trágicos acontecimientos de abril del pasado año, Don Alejandro no estaba muy seguro, porque contestaba a Roberto Giusti (El Universal, 12 de mayo de 2002) del siguiente modo:
—¿Quieres decir que Chávez sigue siendo el mismo?
—Las señales son equívocas. Él ha declarado que sigue siendo el mismo.
—Entonces las señales no son nada equívocas.
—La presencia de José Vicente en la Vicepresidencia le ha permitido dar, en los últimos días, algunos pasos importantes hacia la búsqueda, ojalá sincera, del diálogo».
Y un poco más adelante:
«—En caso de llegarse al referendo revocatorio, ¿por cuál opción trabajarías?
—Mi esfuerzo está concentrado en que se dé esa posibilidad. Ahora, si el país vota por el referendo, ya ése sería un pronunciamiento.
—¿Para la salida de Chávez?
—Mi discurso es claro. Proponemos la reducción del período y acercar la posibilidad del referendo revocatorio.
—Es decir, fuera Chávez.
—Es decir, vías constitucionales para resolver los conflictos políticos. No se trata sólo de la salida de Chávez. Con él se pueden hacer los cambios si es capaz de conseguir nuevas maneras de gobernar.
—¿Sigues esperando un cambio de Chávez?
—Estoy obligado a abogar por la esperanza.
Esa esperanza existía en quien no había visto, tal vez, que a las 48 horas de asumir el poder el presidente Chávez exaltaba la dudosa—más bien criminal—gesta del 4 de febrero de 1992 en vistoso desfile militar en Los Próceres. O que en su primera alocución desde el Salón Ayacucho en febrero de 1999 indicase a un empresario de medios que su vida corría peligro al ofrecerle un auto blindado que el gobierno pondría a la venta. O que en la primera versión—revertida por lo groseramente totalitaria—del decreto para un referendo consultivo sobre la posibilidad de elegir una Constituyente, Chávez quisiera preguntar algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo en que yo y sólo yo decida todo lo que hay que decidir en materia de Asamblea Constituyente». Como tampoco, quizás, se percató de la muy precoz preferencia del Sr. Chávez por el tirano de Cuba, las guerrillas colombianas y el pobre preso parisino que apodan El Chacal.
Si Don Alejandro no fue capaz de ver tan evidentes signos—muestra pequeñísima del muy largo prontuario del Presidente—formando parte del íntimo círculo del chavismo ¿qué profundidad de visión, que sabiduría política de su parte pudiera reivindicar y garantizarnos?
Pero no hay necesidad de alarma. El chavista democrático—contradictio in terminis—Alejandro Armas ha asegurado que no le desvela el insomnio de ser presidente transicional, por más que se haya presentado, como en campaña, a la reunión mencionada en compañía de su señora esposa, de su menor hijo y escoltado por dos personas que parecen sumarse a su proyecto, cualquiera que éste sea: Diego Bautista Urbaneja y María del Pilar (Pilarica) Iribarren de Romero, ex copeyana herrerista de dudosas y cuestionadas ejecutorias como ministra.
Así que Don Alejandro sólo quiere ahora salir de Chávez. Ya se le acabó su larga equivocación de unos cuatro años de duración y su esperanza. Quienes andan a la desesperada búsqueda de un líder, ante la evidente ausencia de quien pueda verdaderamente revolcar conceptual y políticamente al tumoral Chávez, que piensen en otro nombre. Don Alejandro no pierde el sueño con semejante pretensión.
Queda esperar, eso sí, que no vuelvan a darse irresponsables y súbitas escogencias. Por ejemplo, que no se argumente que Manuel Cova –poseedor, sin duda, de más de un mérito– sea postulado como el salvador porque—lo hemos oído en círculos parecidos al atendido por Armas—su color de piel lo identificaría con «el populacho».
Cuando el coronel Soto fue infructuosamente perseguido por la Avenida Boyacá, y terminó exaltado como héroe en la Plaza Francia de Altamira, la misma noche de su fugaz exaltación un locutor preguntó por la radio a un entrevistado: «Fulano, ¿crees tú que el coronel Soto es el líder que la sociedad civil está esperando?»
Es indudablemente positivo—y puede reconocerse su valentía—que personas que participaron en elevadas posiciones en el desgobierno de Hugo Chávez Frías hayan finalmente descorrido el velo que les impidió percatarse de la brutal y obvia realidad chavista. El general Rosendo, el general Guaicaipuro, el comandante Arias Cárdenas—que en aberrante impunidad política llegó a ser apoyado como candidato presidencial porque «era cuña del mismo palo»—, Don Luis Miquilena, Don Alejandro Armas, Jorge Olavarría, por mencionar unos cuantos notables. Bienvenidos a la claridad, aunque sea tardía. Lo que no pueden pretender es que se les reconozca como los líderes que puedan conducir el Estado venezolano o el movimiento civil que terminaría dando al traste con el tiranoide criminal y alucinado del 4 de febrero. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 11, 2003 | LEA, Política |

Parece ser que el menor incendio que ocurriera en la sede del Consejo Nacional Electoral puede ser atribuido al azar, por más que poco antes de la combustión electricistas del Centro Simón Bolívar hubieran estado hurgando precisamente los tableros y líneas que detonaron el minisiniestro.
Parece ser que el hecho fue fortuito a pesar de que, justamente en momentos cuando el humo salía en pesadas columnas de las oficinas del Poder Electoral, una turba chavista vociferaba ante las puertas del organismo, y un procaz Gruber Odremán, en evidente procura de resurrección en el favor del líder de la revolución, y megáfono temporalmente en mano—después, aseguró, le daría otro uso—pescueceaba como líder aparente de tan oportuna manifestación.
A juzgar por las recientes decisiones de un nuevo programa de Televén («¿Quién tiene la razón?») que ha dado incomprensible espacio a nadie menos que Lina Ron, posiblemente veamos al ex golpista almirante retirado en pantalla, o al marido de la iracunda chavista, que el martes insultó y escupió a guardias nacionales que resguardan la sede del CNE.
La inconsistencia es privilegio de quienes se dicen revolucionarios. Chávez exige, cuando le conviene, acatamiento a la Constitución y las leyes. Se le olvida, en cambio, que las mismas exigen el respeto a la autonomía de los poderes cuando ejerce las más groseras e indebidas presiones sobre las autoridades electorales, como antes sobre el Tribunal Supremo de Justicia y otras instancias judiciales.
¿Puede extrañar a alguien, entonces, que la quema del CNE hubiera sido un acto intencional? Hay quien ha recordado uno de los primeros actos de Adolfo Hitler, cuando era flamante Canciller de Alemania en 1933: el incendio del Reichstag que iniciaran las camisas pardas de Röhm, su secuaz, y que sirviera de pretexto para ilegalizar a los partidos que pudieran hacerle oposición.
Creo que la comparación, si bien explicable, es injusta con la memoria de Hitler, que era un hombre eficaz y un hombre serio. Si se proponía incendiar el edificio del parlamento alemán lo incendiaba de verdad.
En cambio, una presunta operación intencional para destruir las firmas del 2 de febrero, hubiera sido una operación torpemente ejecutada, como los intentos de detener al coronel Soto en la Cota Mil o al general Rosendo en Los Palos Grandes, como el fallido allanamiento a las instalaciones de Súmate en Boleíta o las ridículas inspecciones judiciales al mismo Consejo Nacional Electoral.
El dibujo que Chávez hace de sí mismo como déspota totalitario e insolente, ha dado paso a un grabado de surcos cada vez más profundos, tanto ha repasado las líneas del retrato. Nadie puede sostener sin cinismo que Hugo Chávez es un demócrata.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 11, 2003 | Cartas, Política |

En 1974 moría el ingeniero civil brasileño Júlio César de Mello e Souza, insigne pedagogo matemático. Bajo ese nombre, sin embargo, era conocido sólo por los círculos de amigos y colegas universitarios. En cambio, por el seudónimo de Malba Tahan que asignaba a un presunto escritor árabe—de Mello se empeñó en construir una detallada biografía del mítico autor—fue conocido por millones de lectores. Como Malba Tahan escribió «A la sombra del arco iris», «Cuentos del desierto» y la inmortal obra «El hombre que calculaba».
En este libro, vendido por millones en el mundo entero, se relata la vida de un calculista árabe que respondía al nombre de Beremís Samir, cuya fama fue creciendo a medida que resolvía magistralmente problemas que la gente le planteaba. Su prestigio llegó, finalmente, a los oídos del Califa, quien le invitó a su palacio para someterlo a las pruebas que formularon los más grandes sabios del reino. La última de éstas fue la más difícil.
Se presentó a Beremís un grupo de cinco esclavas con el rostro cubierto por un velo y se le dijo que algunas tenían los ojos negros y otras los tenían azules, y que las de ojos negros siempre decían la verdad, mientras las de los ojos azules siempre mentían. Beremís Samir debía decir exactamente cuál era el color de los invisibles ojos de cada una de las esclavas, pudiendo hacer sólo tres preguntas a las veladas mujeres.
El calculista se aproximó a la primera de las esclavas y preguntó: «¿De qué color son tus ojos?» Una exclamación de horror cundió por la atestada sala del palacio donde se celebraba la prueba, pues la esclava contestó en chino. Todos pensaron que Beremís estaba destinado a fracasar en esta última y más importante de las pruebas, pues habría desperdiciado ya una de las escasas y valiosísimas preguntas.
La narración indica que el protagonista, por lo contrario, aprovechó la «equivocación» y la usó para dilucidar el difícil acertijo. (Por un lado, Malba Tahan asegura que Beremís conocía el chino; por el otro, y aparentando estar desconcertado por la respuesta, el astuto calculista preguntó a la segunda de las esclavas, como en busca de aclaratoria: «¿Qué fue lo que dijo tu compañera?» En realidad, sólo podía haber sido una respuesta: «Tengo los ojos negros», pues si en verdad los tenía de ese color diría la verdad y si, en cambio, tenía los ojos azules, mentiría y entonces también diría que los tenía negros).
Es así como el ilustre calculista aprovechó un aparente error para reponerse y salir, finalmente, airoso de una prueba diseñada para derrotarlo.
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El Consejo Nacional Electoral se apresta para rechazar por inválida la solicitud de referendo revocatorio del mandato presidencial que fuera refrendada por un poco menos de tres millones de electores el pasado 2 de febrero. En justificación de su decisión estipulará las reglas para una solicitud válida.
Como le aconteciera a Beremís, esta respuesta en chino del CNE será, sin duda, lo mejor que puede pasarle a la oposición venezolana, pues un segundo firmazo sabrá atenerse estrictamente a las estipulaciones emanadas de las autoridades electorales, y esta vez no habrá forma de invalidar la solicitud. Con sus exigencias procedimentales para el referendo revocatorio, Chávez Frías continúa dando vueltas a la soga que él mismo se ha puesto al cuello; complaceremos esas exigencias en exceso.
Las investigaciones de Greenberg, Quinlan, Rosner Research arrojan los siguientes resultados: 91% de quienes dijeron haber firmado por el revocatorio asegura que volvería a hacerlo en todo caso pero, además, un 46% de quienes no firmaron en esa ocasión indica que lo haría ahora en una segunda oportunidad. En consecuencia, un segundo firmazo debe concitar un número abrumador de firmas y sería de hecho un referendo anticipado: el verdadero referendo vendría siendo casi un mero trámite formal.
Es bueno que la oposición enmiende sus errores. El firmazo del 2 de febrero, se recordará, fue un increíble ejercicio ciudadano y un estupendo esfuerzo de la Asociación Civil Súmate, pero su foco no estuvo claro, ni concentrado en el único objetivo del revocatorio presidencial. Convocado a raíz de que el referendo consultivo—previsto para el mismo 2 de febrero—fuese detenido por decisión administrativa del Tribunal Supremo de Justicia, contó con no más de tres semanas de preparación—lo que habla muy bien de la eficiencia de Súmate—y se trató en realidad de un «combo» de muy variadas opciones, no de una convocatoria única a revocar el mandato de Hugo Chávez.
Ahora tendremos, por tanto, la posibilidad de volver a hacer la tarea o, si se quiere, de ir a examen de reparación. Tenemos que sacar una nota de 20 en esta ocasión. Todo está dispuesto para que éste sea el resultado, y por fortuna contamos con la muy seria y valiente organización de Súmate para un nuevo firmazo. A la tercera va la vencida: luego de la frustración del consultivo frenado y de la inminente declaración de invalidez sobre el firmazo del 2 de febrero, el tercer intento tendrá éxito y de paso servirá para recalentar la presencia de una mayoritaria oposición en la calle.
Pero como tendremos éxito en solicitar el revocatorio, como éste se celebrará, y como el resultado ineludible será la revocación del mandato, un nuevo y acuciante problema deberá ser resuelto y, de nuevo, Súmate será la pieza clave de la solución. Revocado el mandato de Chávez antes del 19 de agosto de 2004, tendremos que elegir un nuevo presidente en un lapso no mayor de treinta días posteriores a la falta absoluta del Presidente.
Esta elección determinará quién, entre los ciudadanos postulados, deberá completar el período que concluye el 19 de agosto de 2006. Se trata, por consiguiente, de un lapso breve y extraordinario, conformado por los hechos con el carácter de un período de transición.
Un amplio consenso ciudadano a este respecto se encuentra en construcción: además de los obvios rasgos de un perfil ideal—capacidad, honestidad, etcétera—los venezolanos estamos exigiendo que el presidente de la transición sea una persona sin ataduras partidistas—independiente, outsider—que no pretenda reelegirse en las elecciones de 2006, que sea un candidato único, que venga determinado por las bases y no por un cogollo, ni siquiera impuesto por el ampliado conciliábulo de una atribulada y dividida Coordinadora Democrática.
Que sea independiente y que no pretenda reelegirse son condiciones harto razonables que se exigen a quien requerirá el mayor apoyo posible durante el difícil lapso de la transición. Que sea único conviene en unas elecciones a las que tal vez podría presentarse el mismo Chávez, que aun disminuido pudiera ganar en un escenario de múltiples candidatos de oposición. (Iván Rincón Urdaneta, luego del extraño caso de la supuesta alteración de una sentencia que invalidaría la candidatura de un Chávez revocado, ha observado que la Constitución invalida explícitamente a los diputados a quienes se les revocara su condición, no así en el caso del Presidente o los ejecutivos estadales y municipales. Dicho sea de paso, este adelantamiento de opinión sobre cosa en teoría no juzgada, debiera conllevar la inhibición de Rincón Urdaneta en el punto, o su recusación por el mismo hecho).
Que el candidato sea seleccionado por los ciudadanos, y no por una cúpula negociadora, es una condición que aseguraría el triunfo y la sintonía de los electores con esa candidatura. Sería un contrasentido que en una época en la que la participación ciudadana se ha exacerbado, en la que grandes sacrificios le han sido exigidos a la ciudadanía, viniera a determinarse un candidato único en forma cerrada, en transacciones indecibles y a espaldas del pueblo.
Este problema tiene una sola solución: la celebración de elecciones primarias para la determinación del candidato. Es este objetivo uno en el que la ciudadanía debe centrar sus reclamos y exigencias sobre una dirigencia opositora que, por razones discutibles o legítimas, está constitucionalmente impedida de producir una solución conveniente.
Y esas primarias deberán ser lo suficientemente abiertas a la participación de actores sin aparato partidista. Que se presente a los electores una gama amplia para la escogencia; que se permita la emergencia de actores no convencionales.
A la cesación de Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato la constitución de entonces estipulaba que el Congreso tendría que escoger al sucesor. La elección de segundo grado era el procedimiento pautado, y así los congresistas de entonces eligieron a Ramón J. Velásquez. Hoy las condiciones son distintas: la Constitución ordena que sea el pueblo, en elección directa, universal y secreta, quien determine al sucesor. En consonancia con esta disposición, nada asegurará mejor las probabilidades de una transición exitosa que unas elecciones primarias para determinar el candidato de consenso.
Y allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo.
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