por Luis Enrique Alcalá | Oct 16, 2003 | Cartas, Política |

El orador, con fama de experto en asuntos internacionales, estimado por la audiencia, dice que no debe esperarse que el Presidente reconozca la revocación de su mandato. Por tal razón los que le oponen deben tener lista la respuesta a un posible desconocimiento del revocatorio. Y si después de esta respuesta el Presidente se afianza, entonces habrá que continuar primero en la lucha de resistencia y luego en la de liberación.
Se pregunta al orador cuál sería esa respuesta. Éste indica que la respuesta sería una pregunta. Decir al Batallón Ayala y a sus colegas unidades de la Guarnición de Caracas: «Acá están siete millones de votos ¿qué van a hacer ustedes?»
El orador señala un axioma: todo lo que divida a la oposición favorece al Presidente. Indica su preocupación con las lecturas de ciertos analistas que hablan de la división.
Se le dice al orador: el problema no es que la división sea visible o reportada, sino que exista y hasta ahora no haya sido resuelta. La oposición está dividida en sus cúpulas, según inventario que el propio orador exhibió. La oposición está dividida en su masa principal, pues la mitad no está conforme con la dirigencia. Y en esta dirigencia preponderan los partidos. Contesta el orador: los partidos no se hicieron preponderantes hasta después del paro.
Dice el orador: los Estados Unidos no intervendrán en Venezuela porque el Presidente es como un grano en la piel ante problemas verdaderamente serios, como los de Irak o los de Cuba o Colombia, y además sus empresas hacen negocios aquí.
Se le dice al orador: los Estados Unidos pueden perfectamente intervenir, si se toma en cuenta que sus empresas han hecho negocios con Kaddafi o el mismo Hussein; que el impacto potencial del Presidente es muy grande en un continente en el que Argentina tenía ayer en Cuba a su Canciller—para restablecer lazos que habían sido interrumpidos—y en el que una revolución chavista terminará derrocando al libremercadista Sánchez Losada; que precisamente por estar muy ligado el Presidente al régimen cubano y a una facción colombiana, la importancia que los Estados Unidos conceden a Colombia y Cuba se extiende al Presidente; que nunca antes había sido tan numerosa y frecuente la ágil y crítica referencia a Venezuela en los discursos de los más altos jefes de los Estados Unidos; que ya los Estados Unidos había sugerido que Cuba pudiera andar en una de armas biológicas y se sabe que no es necesario encontrarlas para justificar a posteriori una guerra que se emprendió por su existencia. El orador no contestó nada.
Del público alguien dijo: sólo nos desharemos del Presidente mediante acto de fuerza y hacer una pregunta para saber lo que se haría en caso de desconocimiento de la revocación es una tontería y contestarla resultaría incriminatorio. Y también: los judíos que se salvaron de Hitler fueron los que creyeron en él y se fueron de Alemania.
Cerrada la reunión, que en la costumbre del grupo tiene el tiempo limitado. Queda así el cabo suelto de esta última intervención.
Decir que alguien que ya habla—con dudas de que la estrategia del revocatorio tenga éxito, con dudas de que sea reconocido por el gobierno o sostenido por la Guarnición de Caracas—de comités de resistencia o liberación pueda incriminarse porque concrete algo que pretende hacer pasar por solución pero no especifica, no parece sostenerse. La única explicación que tiene tan peregrina observación es que quien la pronuncia conspira o sabe de conspiraciones: esto es, de actividades a espaldas del pueblo y sobre la base de que los conspiradores saben más que los comunes mortales como para tomar por su cuenta decisiones que sólo competen a la mayoría de la comunidad.
Esto dice, por ejemplo, la Declaración de Derechos de Virginia, de la que calcaba tres semanas después la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública».
El sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti, Gruber Odremán, Chacón y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.
Pero hay quienes no confían en el Pueblo, e insisten en conspirar a sus espaldas y en su nombre, sin que nadie les haya autorizado para eso. Se sienten mejores que uno, por supuesto, y sobre esa presunción de excelencia se creen con derecho a usar la violencia, quizás sin percatarse de que de ese modo se convierten al chavismo. Y es que prefieren parecerse a Chávez que confiar en el verdadero soberano.
Cuando se ha aceptado la lógica extrema de la Realpolitik: que debe combatirse por cualquier medio al enemigo, se le da la razón a Chávez.
Si el revocatorio no funciona, entonces lo que queda es que el soberano decrete la abolición del régimen. Una declaración expresa de la mayoría de los electores venezolanos es el procedimiento democráticamente perfecto para la abolición del régimen político más pernicioso que haya conocido Venezuela.
Es así como lo que procede es redactar y refrendar el Decreto de Abolición del gobierno de Chávez. Un documento más bien breve, con unos pocos considerandos que justifiquen la decisión. Directo, al grano. Eso es lo que debemos firmar. Usted, Sr. Chávez, ha quedado cesante por obra y gracia de nosotros, sus antiguos mandantes.
¿Cómo puede sobreponerse un decreto de tal naturaleza sobre la Constitución de 1999? Pues en virtud de la misma sentencia que diera origen a la convocatoria de la Constituyente de 1999, que no estaba prevista en la Constitución de 1961. Se trata de la decisión del 19 de enero de 1999 de la Corte Suprema de Justicia, en la que se declara doctrina constitucional venezolana que nosotros, el Poder Constituyente, somos un poder supraconstitucional. Que la Constitución limita al poder constituido pero no al poder constituyente originario. Que no todo lo que es constitucional está contenido en una constitución cualquiera.
Y ese decreto no tiene que pasar por el Consejo Nacional Electoral porque no proviene de un acto electoral, ni siquiera de un referendo, sino de una manifestación de voluntad simple, directa y expresa del Pueblo de Venezuela.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 9, 2003 | LEA, Política |

Desde el punto de vista de la Medicina Política resulta muy importante tener una noción clara de qué es una sociedad normal. Los estudiantes de Medicina, antes de estudiar la enfermedad, deben aprender primero cómo está organizado y cómo funciona un organismo sano. A eso dedican dos años de estudio.
¿Qué es una sociedad normal para la Medicina Política? En materia de renta, de riqueza o de pobreza, una sociedad normal ostentará una distribución estadística normal: unos cuantos serán muy ricos, un poco más serán ricos, muchos más serán una clase media muy amplia, bastante menos serán pobres y muy pocos serán muy pobres. En los extremos, la mucha riqueza y la mucha pobreza son tan resistentes como escasos componentes de la realidad de una sociedad normal.
La existencia de una exigua clase muy rica no depende, por ejemplo, del sistema político. Fidel fuma Cohíbas, no cualquier tabaco, y Chávez Frías no almuerza precisamente pasta con sardinas. No ha habido revolución que no genere una clase privilegiada, como nos enseñó Milovan Djilas respecto de la soviética. Aquí en Venezuela lo que intenta Chávez es sustituir una hegemonía por otra, una clase social afluente por su propia oligarquía, militar y socialista.
Y esto no resolverá el problema de la obviamente enferma distribución de las rentas en nuestro país, que se compone de los inevitables y escasos ricos, una delgada clase media en vía de depauperación, una grande y creciente masa de pobres.
La curva normal o de Gauss –la de forma de campana, la que describe la distribución de la renta en una sociedad sana– y la curva que resulta de la distribución de la riqueza en Venezuela son ambas casos especiales de una función matemática: la función Lambda. Esto significa que una es transformable en la otra y viceversa.
Lo que queremos no es que los Gruber Odremán sustituyan a los Vollmer Herrera, sino que cada segmento de la curva mejore y crezca. Hay sólo una forma de hacer esto: el porcentaje del crecimiento de la renta de los que tienen menos debe ser mayor que el porcentaje de crecimiento de la renta de los que tienen más. Los Estados Unidos se dan con una piedra en los dientes cuando superan un crecimiento anual de 2%, y las tasas de interés en ese país normalmente no llegan a 5%. Claro, el 5% de un trillón es cantidad bastante más importante que el 10% de un billón.
De modo que una tasa de crecimiento alto para el conjunto es traducible en una mezcla de crecimientos que serán mayores para los que tienen poco y más lentos para los que ya tienen mucho. Estas cuentas dan.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 9, 2003 | Cartas, Política |

Carlos Andrés Pérez vuelve a ser noticia por obra y gracia de Hugo Chávez Frías, que con una denuncia sin pruebas implica al ex presidente en planes de magnicidio contra su persona y procede a cortar el suministro petrolero a la República Dominicana que, según el acuerdo de San José, es beneficiaria de condiciones comerciales especiales.
Es por tal razón que Fausto Malavé, el conductor del programa ¿Quién tiene la razón?, viajó a Nueva York para entrevistar a Pérez sobre ésa y otras acusaciones. Malavé tiene por misión producir un programa que genere rating para Televén, así sea que para tal cosa deba dar espacio privilegiado a la insolente Lina Ron o al desacreditado Carlos Andrés Pérez.
Durante la entrevista Pérez no dejó lugar para la duda: sus posturas ante el referendo y ante el problema más general de salir de Chávez coinciden milímetro a milímetro con la de una federación paralela a la que se reúne como Coordinadora Democrática: el Bloque Democrático que lideran los más radicales entre los activistas de la oposición al gobierno.
Pérez no cree en el referendo revocatorio, no cree en otra salida que no sea la del manido Artículo 350 de la Constitución. Este artículo dice a la letra: «El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos».
Eso es lo que desea invocar el Bloque Democrático, que además postula » que las soluciones modernas, aplicables a las crisis como la que vive Venezuela, no son solamente de carácter electoral, sino más bien de desobediencia civil generalizada, que es definitivamente apoyada por las Fuerzas Armadas, las cuales obligan al Dictador a someterse a la voluntad de las mayorías».
En la fórmula del Bloque Democrático está implícito que las fuerzas armadas deben hacer un ejercicio de interpretación final. Serían ellas las que «definitivamente» se pronuncian. Para que lo hagan sólo tenemos que declararnos en desobediencia civil generalizada. Tenemos que dar a los exégetas militares el indicio, el pretexto, la señal que esperan.
¿Pero no fue precisamente eso lo que ocurrió el 11 de abril, cuando un texto instantáneo y masivo de desobediencia civil, de diecinueve párrafos puntuado por diecinueve muertes, proporcionó la coartada que unos cuantos militares esperaban para actuar?
Un connotado miembro y directivo del Bloque Democrático, por otra parte, era quien más insistentemente propalaba la idea de que un paro terminaría con el régimen chaveco. En eso andaba desde comienzos de 2002, hay que reconocerlo, bastante antes del 11 de abril. Decía, además, que si no parábamos al país antes de que Lula resultase electo, más nunca íbamos a salir de Chávez.
Bueno, tuvimos paro. Un paro de dos meses sobre la navidad y el año nuevo. Un paro suicida, demencial, agotador, como pudo verse. Con, por ejemplo, casi 20 mil personas despedidas de PDVSA, que perdieron sueldos, casas, escuelas.
Bueno, tuvimos paro. No es necesario demostrar que quienes lo propusieron no tenían razón. ¿Por qué la tendrían ahora? ¿Por qué debiera confiar uno en médico alguno que hubiera aplicado en sucesión dos tratamientos desastrosos a un mismo paciente e insistiera en que ahora sí acertará?
No puede dejarse a la interpretación de los militares en qué momento estamos en presencia de una desobediencia civil generalizada. A los militares se les ordena, y sólo hay un jefe superior al actual Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Venezolana: el Pueblo. Por esto, sólo es el Pueblo quien puede dictar un decreto como el siguiente:
Nosotros, la mayoría del Pueblo de Venezuela, Soberano, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario, considerando
Que es derecho, deber y poder del Pueblo abolir un gobierno contrario a los fines de la prosperidad y la paz de la Nación cuando este gobierno se ha manifestado renuente a la rectificación de manera contumaz,
Que el gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a tales fines, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto,
Por este decreto declaramos plenamente abolido el gobierno presidido por el susodicho ciudadano y ordenamos a la Fuerza Armada Nacional que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República.
Tan sencillo y tan directo como eso. Aquí el problema es el de dirimir quién manda en Venezuela: Chávez o el Pueblo.
Carlos Andrés Pérez, que metió su mano el 11 de abril, que acompañó el paro, que comulga con el Bloque Democrático, no tiene la razón, por ejemplo, cuando dice a Malavé que el Artículo 350 ordena a los venezolanos que desconozcamos el régimen de Hugo Chávez. El Sr. Pérez no entiende de derecho constitucional, porque si lo hiciera sabría que las constituciones no ordenan nada al Pueblo, sino que es éste quien ordena la constitución. Como decía el Sr. Nuncio Apostólico en Venezuela, Monseñor Dupuy, así como Jesús de Nazaret expuso que el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, es el caso que la Constitución está hecha para el Pueblo y no el Pueblo para la Constitución.
Ahora ofreció Pérez, en el espacio de Malavé, venir muy pronto a Venezuela. Comoquiera que en el mismo programa se presentó a sí mismo como «el único» que había podido derrotar a Chávez, pudiera suponerse que vendrá a ofrecerse como nuestro salvador, una vez más.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 2, 2003 | Cartas, Política |

Los Estados Unidos de América no pudieron, al principio, diseñar un poder ejecutivo presidencial. En 1776 se aprueban los Artículos de la Confederación—la Constitución es de 1787—en los que se prescribe un gobierno colegiado para el descargo de las labores ejecutivas. Pero para el asunto de la guerra contra Jorge III se nombra un general en jefe: George Washington.
El símil sirve para pensar el asunto de la Coordinadora Democrática, pues es obvio que falta en ella unidad de mando. Una cosa es unir a los factores de la Coordinadora, y para esto basta, como se ha demostrado a la hora de suministro de tropas, una estructura federativa y colegiada, y otra bastante diferente ganarle la guerra a Chávez, para lo que se requiere capacidad estratégica y operativa.
Enrique Mendoza parece ser un buen general de campo, un líder que puede manejar operaciones complejas y llevarlas a buen término dentro de márgenes de seguridad bastante buenos. Es posible, por esta característica, que se asemeje mucho a la figura del general Patton, brillante militar táctico de la Segunda Guerra Mundial. Es muy posible que Eisenhower no hubiera podido ganar las batallas que Patton ganó.
A pesar de lo cual Eisenhower era el jefe. Él era, por así decirlo, quien escogía las batallas que Patton debía librar.
La visión estratégica es lo que puede echarse en falta en la Coordinadora. No es necesario enumerar una vez más la serie de aventuras fallidas en las que muchos ciudadanos nos hemos enrolado, ni las graves y debilitantes consecuencias que esos errores han acarreado. Lo cierto es que si en la dirigencia de esas aventuras hubiera habido más penetración de la situación, visión más profunda, más imaginación estratégica, una mejor comprensión de la Política, otras aventuras hubieran sido emprendidas.
………
En 1999 fue posible recomendar que no se entendiera la oposición a Chávez como su negación. Era imposible negarle. Era un fenómeno telúrico, como el Caroní.
Lo primero que puede intentarse ante un fenómeno así es la contención. Se contiene el río con diques para que no se desborde asolándolo todo. La oposición pudo hacer bastante más contención de la que hizo. ¿Era posible hacer más? Recordaremos que uno de los primeros decretos de Chávez era la pregunta que se propondría a los Electores para consultarle sobre la convocatoria a elecciones de representantes a la Constituyente, y esta pregunta afirmativamente contestada equivalía a convertir a Chávez en el determinante omnímodo en materia constituyente. La intención totalitaria había sido expresada de modo muy burdo, brutalmente. A pesar de esto, a pesar del miedo con el que Chávez paralizaba al país entero al comienzo de su gestión, el hielo que se generó a su alrededor, un vacío tan grande como el que causó la lectura del decreto de Carmona, le forzó a rehacerlo.
Pero no basta, naturalmente, la mera contención. Para ganarle a Chávez hay que rebasarlo con un discurso de orden superior. La única oposición viable a Chávez es por superposición.
Y aquí la cosa es más grave, pues nunca ha habido un discurso opositor que haya sacado la alfombra argumental del piso de Chávez, cosa que fue posible durante la campaña de 1998 y no se hizo, cosa que fue posible desde su primer año de gobierno y no se hizo. Nadie ha sido capaz, no ya de acusar a Chávez, sino de refutarlo. (Por lo menos entre quienes han tenido las oportunidades comunicacionales para hacerlo).
Por ejemplo, en 1999 Chávez sostenía que la Constituyente debía ser considerada originaria, y la oposición tenía que ir a proponer a Catia que debía tenérsela por derivada. La desventaja es obvia, y si no hay heridos de esa época, es porque los operadores de entonces no iban a dar mítines a Casalta para defender el carácter derivado de la Constituyente, donde hubieran corrido el riesgo de ser lapidados. A nadie se le ocurrió decirle a Chávez que verdaderamente quien era originario era el Pueblo mismo, el conjunto de Electores, y que ese carácter sólo se expresaría en el referendo aprobatorio final, y que mientras tanto la Constituyente era poder constituido, tan constituido como lo era el Congreso de la República que todavía por esa época, mutilado y desahuciado, existía.
Por ejemplo, puede predicarse al enjambre ciudadano que es el verdadero jefe, el Soberano, y que en ese carácter está por encima de la Constitución y mucho más todavía por encima del Presidente de la República, no digamos del Consejo Nacional Electoral.
Pero existe el miedo al enjambre democrático, por no entenderlo, y sin confianza en él no será posible vencer a Chávez. Es necesario hacer el trabajo de reinterpretación del país para este enjambre, es necesario quien sea capaz de neutralizar, por superioridad, el catecismo que Chávez vende cada vez que abre la boca.
Pudiera ser que haya que tomar al pie de la letra la recomendación, que varias veces hemos citado, de Alfredo Keller: «Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato». Esto es, identificar a quien pueda hacer el trabajo refutador, interpretativo y comunicacional de superar el discurso chavista. Una mera acusación (de la que hay tantas), repetimos, no es una refutación.
Pudiera ser que la Coordinadora encontrara su Eisenhower, que puede ser alguien distinto del anterior. O que al Patton que tiene se encontrara la forma de suministrarle sustancia estratégica. (Por la vía de una unidad de análisis de políticas, un estado mayor o algo así). Lo cierto es que en la configuración actual, y con la muy activa resistencia del luchador sucio que es el gobierno, dada la equívoca trayectoria del alto mando opositor, el riesgo de un nuevo y aplastante fracaso es significativamente grande.
La clave puede estar en la grandeza de Enrique Mendoza. Se requiere ser verdaderamente grande para aceptar las propias limitaciones. De Enrique Mendoza se dice que preferiría no presidir la transición, para optar legítimamente a un período constitucional completo. ¿Por qué no comienza por aceptar sobre su comando operativo una autoridad estratégica de orden superior, o tal vez a su lado?
La Coordinadora Democrática puede estar en omisión legislativa desde hace tiempo ya. Hace ya tiempo que la Coordinadora ha debido normar unas primarias abiertas para la selección y postulación de un candidato unitario, si es que está tan segura de que sacará a Chávez por revocatorio antes del 19 de agosto de 2004 y de que, por consiguiente, habrá elecciones para elegir a quien sea el Presidente por el resto del período. ¿Por qué sus estrategas no lo han hecho? Sería interesante ver si, después de acusar al gobierno de intentar bloquear la participación popular en el referendo revocatorio del Presidente, la Coordinadora sería capaz de tramitar la candidatura por vía de cogollos o por unas primarias más bien cerradas, de difícil penetración por parte de candidatos no convencionales.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 25, 2003 | Cartas, Política |

Continúa el desfile de «presidenciables» por las sesiones de una prestigiosa y ya venerable reunión de ilustres caraqueños. De hecho, puede aventurarse la predicción de que quien aspire a convertirse en el «Presidente de la Transición» no podrá serlo a menos que se someta al escrutinio de los habitués de esas tenidas. Paso infaltable para estar in.
En esta ocasión le tocó el turno a Américo Martín, quien el lunes de esta semana hizo una brillante demostración de su dominio de la oratoria y planteó su candidatura sin decirlo, de modo elegantemente oblicuo.
Martín fue presentado, justamente, como una de las personas que ha sonado con más insistencia como posible presidente de cierre de período. A pesar de esto, jamás dijo que él quería serlo. Por lo menos no directamente.
Con gran habilidad habló durante una hora y cuarto acerca de las vicisitudes de la extinta Mesa de Negociación y Acuerdos, en la que él, naturalmente, participó. Con gran elocuencia fue tejiendo un tapiz interpretativo en el que el dibujo mostraba a la tal mesa como la verdadera protagonista del esfuerzo opositor por salir de Chávez. Ocasionalmente hacía referencias anecdóticas, que lo mostraban como interlocutor de Gaviria u otros importantes personajes de la actual escena internacional, como si se tratase de la figura de Guillermo el Conquistador sobre el Tapiz de Bayeux. La tesis a demostrar ni siquiera fue dicha, dejando a los circunstantes la tarea de atar cabos y producir la conclusión: premisa mayor, la política es algo verdaderamente muy complejo que requiere un conocimiento de primera mano de los actores principales del elenco; premisa menor, evidentemente Martín tiene este conocimiento, puesto que se permite tomar por el brazo y decirle «vale» o «chico» a, por e! jemplo, Roger Noriega («Entonces yo le dije…»); conclusión, Martín debe ser el candidato único de la oposición.
Después de este nutrido periplo, dedicó diez minutos al tema de la transición, diciendo entre otras cosas que había que reactivar la economía, que había que pedir prestado para no imponer un nuevo ajuste a los golpeados venezolanos, y que había que hacer un gobierno tan inclusivo que aun podría—o debería—tener ministros del chavismo en el gabinete. (Así lo enfatizó con ejemplos históricos, entre los que destacaba el caso de la sucesión de Francisco Franco: Adolfo Suárez había guiado un consejo mixto de ministros, en el que algunos miembros lo habían sido del último gabinete falangista).
Uno de los asistentes le formuló una pregunta que no quiso contestar (ni siquiera referirse a ella ante reiteradas peticiones de que la afrontara): «¿Cuáles entre los ministros de Chávez conservaría Ud. en un gabinete de transición?» Con esta evasiva concluyó la presentación, que había comenzado por una aclaratoria probablemente innecesaria, pero que él consideró de ineludible importancia: no debía pensarse que él gustaba de maquillarse; la uniforme lisura de su tez se debía a que venía de un estudio de televisión, donde habían aplicado pancake a su rostro. (Con lo que de paso hacía notar a los oyentes que él era, además, persona profusamente televisada). Eso fue exactamente lo primero que dijo.
Es digno de notar que Martín se mostró decididamente de acuerdo con elecciones primarias para determinar un candidato unitario de la oposición a Chávez. Buena cosa. Martín tiene seguramente títulos para medirse en ellas.
En suma, una muy hábil peroración de un hábil y educado político convencional, que demostró un detallado manejo de la anécdota y la alusión histórica, en la que convenientemente dejó de incluir una referencia tal vez importante: que en 1961 fue uno de los principales líderes del MIR (el fenecido Movimiento de Izquierda Revolucionaria). El MIR se escindió en protesta de Acción Democrática en ese año, cuando el gobierno de Betancourt decidió buscar sanciones de la OEA contra Fidel Castro porque el tirano caribeño estaba financiando movimientos guerrilleros en Venezuela—hasta el desembarco de armas en las playas de Machurucuto—actividad violenta y asesina que luego el partido de Martín decidió apoyar.
LEA
intercambios