CS #100 – Bofetada terapéutica

Cartas

Era septiembre u octubre de 2002, hace casi dos años. Un grupo que consideraba la dinámica política nacional, tras los traumáticos acontecimientos de abril, escuchaba a un alto ejecutivo de finanzas, reconocido experto en macroeconomía. El grupo recibió, atónito, la paradójica conclusión del expositor: a pesar del grave desarreglo e irresponsabilidad de las finanzas públicas evidentes en el momento, el equipo de analistas de la empresa para la que trabajaba creía que la estabilidad de las cuentas nacionales sería mayor con la permanencia de Chávez en el poder que con su salida. Reservamos para más adelante en este análisis la identificación de la empresa en cuestión.

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Por supuesto, como dice un amigo, a Joaquín Pardavé lo enterraron vivo; y añadimos: «Sí, y al cuerpo de Walt Disney lo tienen congelado para revivirlo cuando la tecnología médica haya aprendido a resucitar cadáveres preservados de la corrupción».

A cuarenta años del informe de la Comisión Warren sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy todavía surgen «explicaciones» alternas del dramático crimen. Alguien destapa, cada cierto tiempo, una nueva conspiración, ya no «en busca de la excelencia», sino de la truculencia. Cada autor se exhibe como el más astuto, y no pocos intuyen ingresos considerables, a la espera de que sus especulaciones se conviertan en best seller. Ninguno ha podido probar que Hitler estaba vivo en Brasil—donde le habrían clonado—en 1963, cuando seguramente fue el autor intelectual del magnicidio de Dallas, o que Lyndon Johnson ordenara, para literalmente matar dos pájaros de un tiro, disparar sobre el marido de Jacqueline Bouvier y sobre la persona de John Connally, que a fin de cuentas, gobernador del estado de Johnson y competidor político de éste, le estorbaba en sus hegemónicos designios.

Tampoco nadie pudo demostrar jamás que el recordado actor cómico mexicano, el bonachón de Joaquín, había sido sepultado vivo, por más que se encontrara quien jurase que el interior del féretro en el que yaciera Pardavé revelaba la tétrica huella de arañazos claustrofóbicos y desesperados, a pesar de que nunca fuera exhumado el cadáver. ¿Y Disney? El cuerpo difunto del genio de los dibujos animados fue, en verdad, completísima e irreversiblemente cremado al acaecer su muerte, de modo que en cualquier caso lo que pudiera encontrarse hoy a temperaturas criogénicas sería un montoncillo de cenizas.

Pero habrá quienes llevarán hasta la tumba la convicción de que un día Disney resucitará de su defunción, que Pardavé sufrió la más terrible y angustiosa de las muertes, y que Kennedy fue asesinado por cábala de Beria—quien, claro, en realidad no pereció por orden de Stalin y puso a un doble en su lugar—en asociación con la archiprincesa Anastasia Romanov, de incógnito en algún perdido pueblo de Minnesota.

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Una mezcla cambiante de explicables sentimientos, en la que en un instante predomina la rabia, en otro la depresión, en otro la desesperanza, en otro la incredulidad más refractaria, se ha aposentado en el corazón de amplias capas de la población venezolana desde la madrugada del 16 de agosto. Como aquél esposo que se niega a aceptar la muerte de la más adorada esposa, aferrado al cadáver, ido de juicio, y dice entre desconsolados gimoteos, una y otra y otra vez: «No es verdad. Ella no está muerta. No puede estar muerta». Así discurren ahora centenares de miles de venezolanos, impedidos emocionalmente de considerar la realidad del resultado referendario.

Hasta el último minuto los líderes coordinadores decían al pueblo que fuera a votar confiado, porque el sistema era confiable y, además, la observación internacional así lo garantizaría. («Sólo aceptaremos los resultados que la OEA y el Centro Carter certifiquen»). En cuarenta y ocho horas se corea que el sistema impenetrable ha sido contaminado con fraude y la observación internacional se ha dejado engañar mansamente o, en más siniestra hipótesis, nos ha vendido, como Judas Iscariote a Jesús de Nazaret, en aquiescencia a recóndito pacto conspirativo de Bush, Haliburton, la casa real saudita y Gustavo Cisneros, los pretendidos amos del Dr. Gaviria y Jimmy Carter. (Cuando Chávez denunciaba el «consenso-país» como el «consenso-Bush», en realidad nos estaba engañando: ya él estaba, sotto voce, encompinchado con George. Eso era para que creyéramos).

El fraude habría sido consumado, dicen algunos, mientras se produjo una interrupción—un apagón, aseguran—de una hora en la red de transmisión de datos de CANTV, al cabo de la cual la totalización había sido invertida en sus valores previos. O, afirma Tulio Álvarez en exquisito ejercicio nominalista, que la gran estafa tuvo que ocurrir porque hace dos años él escribió un libro en el que explicaba con abundancia de detalles cómo podía hacerse trampa con máquinas de votación.

También se conjetura que un cierto número de máquinas imprimían «1. Sí», cuando debían imprimir «2. Sí». («A mi mujer le pasó». «A mi primo Rogelio le ocurrió lo mismo»). El rector electoral Ezequiel Zamora adelantó la explicación del conteo especular: «Las máquinas contaban por cada voto por el ‘Sí’ otro voto por el ‘No’»). Y luego, por supuesto, han aparecido en ciertos estados papeletas de votación regadas por las aceras, y el Plan República ha tenido tiempo de sustituir la mitad de seis millones de vouchers afirmativos por el equivalente de negativos y colocarlos exactamente en las cajas correspondientes y resellar éstas. («Hemos visto, y hasta filmado, movimientos sospechosos en las guarniciones, y nos impiden el paso para constatar que las cajas estén incólumes»).

Son tantas las ingeniosas teorías que su mera profusión llama a la sospecha. No sería posible enumerarlas y considerarlas acá una por una, aunque sólo sea porque sin duda no las conocemos todas. El asunto ha rebasado ya los límites del absurdo. Una economista ha tenido la ocurrente iniciativa—ignoramos si ha prosperado—de ofrecer un concurso para premiar a quien tenga éxito en comprobar efectivamente el fraude. Y sugiere el monto del premio y el modo de sufragarlo. Como Súmate habría dicho—jamás lo ha hecho—que hubo seis millones de votos revocatorios, bastaría que cada escuálido aportara una moneda de 100 bolívares para que el ganador obtuviera el jugoso premio de 600 millones de bolívares. («Se busca fraude: vivo o muerto. Recompensa: 600 millones»). Se da por sentado que el fraude existió y el gélido cadáver de Disney descansa en una cripta criogénica.

Probablemente el concursante más aventajado sea todavía J. J. Rendón, quien asegura saber cómo se habría configurado la descomunal estafa y que Smartmatic, para decir lo más prudente que se le ocurrió, habría sido al menos tonto útil al doloso plan del gobierno. (Lo que tal vez haya contribuido a que una turba, similar a un Ku Klux Klan en ánimo de linchamiento en Alabama, parecida a la que sitió con violencia la Embajada de Cuba el 12 de abril de 2002, se haya presentado ante las oficinas de Smartmatic ayer para gritar, democrática, constitucional, electoral y pacíficamente, «Mugica, ladrón» y otras menudencias por el estilo).

Rendón llevó ayer a canales de televisión su hallazgo: en dos centros del estado Bolívar encontró que había siete coincidencias exactas de votos por el «Sí»—en un acta tres veces el número 133, en otra del mismo centro dos veces el número 127, en otra de centro diferente dos veces el número 122. Luego ha afirmado, en sucesión, que tenía un total de 9 actas en la que se observaba este extraño fenómeno; más tarde que eran 15; luego que eran 24 y, antenoche, en el programa Rendón-Rondón, que le habían reportado anomalías similares en otros estados.

Pues bien, lo que sería verdaderamente anómalo es que en un universo total de 19.664 máquinas de votación no aparecieran centenares de actas con resultado idéntico. En sí mismo, cada caso parece extraño y, de hecho, considerados individualmente, los casos reportados resultan repugnantes a la intuición.

Sin embargo, la estadística es ciencia sosegadamente implacable que con frecuencia nos presenta aparentes paradojas o, en todo caso, sorpresas contraintuitivas. Por ejemplo, el famoso caso—entre los estadígrafos, naturalmente—del cumpleaños duplicado. En teoría, cualquier persona tuvo una probabilidad de nacer en un día específico del año calendario equivalente a 1/365—para no considerar años bisiestos—o, en términos porcentuales, 0,27%, o un poco más de un cuarto de uno por ciento. Consigamos entonces un grupo constituido por 23 personas elegidas al azar. ¿Cuál es la probabilidad de que dos personas de ese grupo cumplan años exactamente el mismo día? Nuestros lectores seguramente se sorprenderían si se les dice que esa probabilidad es de 50,7%, o 187 veces la probabilidad de que alguien haya nacido en un día específico del año.

La verdad es, entonces, que lo esperable estadísticamente es que en varios centenares de casos se registre lo que al Sr. Rendón parece «matemáticamente imposible», incluyendo, por supuesto, la aparición de «insólitas» coincidencias en un mismo centro de votación. Cualquier jugador de dominó registra en su memoria más de una vez en la que en un mismo partido tres o cuatro manos seguidas arrojan un resultado de, digamos, 22 puntos. («¡Qué casualidad!») Y más de uno entre nosotros ha observado la improbabilísima distribución de siete blancos en una misma mano, durante amistoso juego en el que a ningún miembro del Comando Maisanta se le ha permitido barajar las piedras.

Pero es que la necesidad emocional exige que nuestra hipótesis favorita—el fraude electoral masivo ante las narices de los observadores internacionales que se chupaban el dedo—encuentre asidero, y nuestra psiquis anda automáticamente—no es un ejercicio consciente y voluntario—a la caza de cualquier hábil pseudoexplicación que la corrobore. Estamos persuadidos de que el Sr. Rendón cree inocente y honestamente en su «explicación». Pero no podemos estar de acuerdo conque de su involuntariamente defectuoso razonamiento extrapole acusaciones gravísimas. A él no le consta en absoluto que en verdad se haya producido la alevosa «programación» de los «topes» que postula.

Ah, pero entonces vuelven los detectives de la megaestafa a la carga. Acabamos de recibir un archivo de hoja electrónica de cálculos con más de 4.500 centros en los que se manifestaría un tal «gradiente del fraude». ¿En qué consiste? Pues en un listado de centros en los que el voto por el «Sí» habría presuntamente sido inferior a las solicitudes interpuestas en los mismos centros para exigir el referendo revocatorio. Es decir, en el «Reafirmazo». Y esto, arguyen, es «claramente imposible».

¿Por qué es imposible? ¿Es que no hubo en el revocatorio muchos más centros habilitados que en el «Reafirmazo» y por tanto la población de solicitantes estuvo distribuida entre más centros, bajando la proporción original promedio en cada uno? ¿Es que no ha podido haber ningún factor que disminuyera la voluntad de los firmantes originales, por ejemplo, el temor que la Coordinadora Democrática decía saber que las «cazahuellas» impartirían a los votantes, y que quiso combatir asegurando que el sistema era inviolable, o el real amedrentamiento del régimen a pobladores que temieron perder sus becas u otras dádivas? ¿De dónde se obtiene el impepinable teorema de que las solicitudes establecían un piso inamovible a los votos?

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Al lado de estos argumentos pretendidamente técnicos se escucha muy razonables preguntas. ¿Cómo es posible que el «No» haya ganado en el Yaracuy o el Zulia? ¿Por qué no ha salido a las calles el 60% del país a celebrar la continuación de la hegemonía del déspota? («Si hubiéramos revocado el mandato de Chávez la gente estaría desbordada en su alborozo y habría inundado las calles del país»). Son, sin duda, argumentos cualitativos muy admisibles.

En un simplismo maniqueo, dicotómico, se proyecta sobre los votantes del «No» conductas que nos serían propias. Pero no necesariamente cada voto por el «No» fue un voto feliz. Mucha gente, con el corazón atribulado, con las sienes reventando de tensión, ha podido rechazar la revocación, impedida de pulsar en la pantalla una inexistente celdilla marcada «Ni-ni», porque nunca fue convencida de que la restauración «borbónica» que parecía estar implicada en el «Sí» sería mejor que esta folklórica y mediocre revolución que nos sojuzga. (Sospecha que pareció confirmarse cuando, luego del madrugador anuncio de Carrasquero el general derrotado, Enrique Mendoza, cedió el podio protestante a nadie menos que Henry Ramos Allup, representante evidente del más antonomásico partido de la «Cuarta República», para que gritara, a esa prematura hora: ¡Fraude!)

Más de uno barruntaría que la salida de Chávez pudiera representar una inestabilidad mayor que su permanencia. Ese pueblo que muchos desprecian por su presunta ignorancia ¿no estaría juzgando como los inteligentísimos y preparadísimos analistas de los mercados internacionales que juzgaban exactamente eso? ¿No era eso, acaso, lo que los altos ejecutivos financieros del Banco Mercantil, aludidos justo al comienzo de este texto, y en posible gran penetración profesional que muy bien habla de ellos, creían entrever ya a las alturas de fines de 2002?

Yehezkel Dror ha empleado un terrible término para describir aquella situación en la que un decisor se halla ante únicas opciones todas espantosas: «opción trágica». Y nadie celebra una tragedia. Nadie está celebrando, si a ver vamos ni el gobierno mismo, este trágico portento de la reconfirmación de Chávez en el poder.

Y por lo que respecta al Zulia, Carabobo, Yaracuy, asiento de Rosales, Salas-Roemer (ex Feo) y Lapi, ¿quién puede garantizar que los gobernadores más cercanos al «carmonazo» tenían los votos amarrados? ¿Por qué es que en esos territorios era imposible que ocurriese lo que serísimos e intelectualmente honestos encuestadores decían que estaba ocurriendo en general en el país, que el «No» avanzaba y el «Sí» retrocedía?

La verdad es que quienes pensamos, con sobradísimas razones, que Chávez es un mandatario funesto y pernicioso, quisimos esperar el voto oculto que Keller responsablemente asomó, acuciado, como un mero tal vez, pero que la autoridad de Ibsen Martínez convirtió, por aquello de la Chamorro, en certificación de inevitabilidad. Quisimos creer que la Virgen María nos protegería, en tan mariano país, con su manto, y que San Isidro Labrador había dado señales de que los cielos estaban con nosotros porque retuvo la esperada lluvia el día de la enorme concentración en el Distribuidor de Altamira y el mismísimo 15 de agosto. Quisimos creer en exit polls que veían ganador al «Sí», quién sabe en qué centros, cuando sólo había votado a lo sumo un 30% de la población, según admisión de voceros de la propia Coordinadora Democrática.

A estas alturas hasta los Estados Unidos de Norteamérica han reconocido, algo a regañadientes y sin precocidad, el triunfo de Chávez. Adam Ereli, vocero del Departamento de Estado, habló el martes por el gobierno norteño: «Creemos que los resultados—los resultados preliminares—indican que una mayoría de electores votó no sobre la pregunta formulada en el referéndum. Basados en estos resultados preliminares, creemos que el asunto está saldado». Nosotros, todavía, nos negamos a aceptarlo.

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Si tuviéramos, Dios no lo permita, un pariente con tan grave dolencia que ameritara la atención de toda una junta médica; si este cuerpo de facultativos intentase primero una cierta terapéutica y con ella provoca a nuestro familiar un paro cardiaco; si a continuación prescribe un segundo tratamiento que le causa una crisis renal aguda; si, finalmente, aplica aún una tercera prescripción que desencadena en nuestro deudo un accidente cerebro-vascular, con toda seguridad no le querremos más como médicos.

Y ésta es la estructura del problema con la Coordinadora Democrática. La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia.

El Informe Stratfor, publicación electrónica norteamericana, a todas luces conservadora, insospechable de chavismo, dictaminó de ella, lapidariamente, el pasado 6 de agosto: «Afortunadamente para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable».

Nunca hemos sido tan implacables con la dirigencia opositora autoungida en esta publicación, aunque ya antes hemos hecho algunas caracterizaciones por las que la considerábamos constitucional o genéticamente impedida de producir lo que fue necesario y no se hizo, a pesar de reiteradas y longevas advertencias y recomendaciones. En el fondo del problema hay una raíz paradigmática: sus más connotados directivos operan, como Chávez, dentro del paradigma de la Realpolitik, el que propugna que la política es en realidad la procura del poder mientras se impide que el adversario lo asuma. Ellos creen, la mayoría honestamente, que «la política es así», y desechan cualquier otra conceptualización, por ejemplo una según la cual la Política es el arte u oficio de resolver problemas de carácter público.

Justo al conocerse que la valla de los reparos había sido vencida y el referendo revocatorio presidencial quedaba convocado, los factores actuantes en la central opositora arrancaron en pescueceo desesperado por incluirse dentro del grupo de trece miembros del comité coordinador de la campaña revocatoria. Así se consumieron días preciosos. La ironía del asunto es que, una vez dilucidado quién estaba y quién no, sólo asistía un promedio de seis pescueceantes a las reuniones matutinas del comando. La principal responsabilidad ejecutiva sobre el crucial elemento de la publicidad, entendemos, fue confiada a Juan Fernández, totalmente novicio en las difíciles tareas de una propaganda con pegada.

Así, la torpeza estratégica señalada por Stratfor se filtró hasta el nivel táctico, y la campaña de la Coordinadora, obviamente con mucho menos recursos que los disponibles al gobierno, aunque en tándem con la actividad de la mayoría de los medios privados de comunicación, no pudo causar efecto discernible.

Ayer decía un editorial en The New York Times: «Es hora de que los opositores del presidente Hugo Chávez dejen de pretender que hablan por la mayoría de los venezolanos. No lo hacen, como el fracaso de un referendo revocatorio, promovido por la oposición, demostrara decisivamente el domingo. La razón por la que el Sr. Chávez sobreviviera al reto a pesar de sus impulsos autoritarios no es difícil de entender. A diferencia de muchos de sus predecesores, ha hecho de programas dirigidos a los problemas cotidianos de los pobres –analfabetismo, hambre de tierra y cuidado sanitario inferior– el tema central de su administración, y ha sido capaz de emplear ingresos petroleros mayores que los esperados para promover el bienestar social. Algunos de sus programas han sido pobremente diseñados y desvergonzadamente usados para edificar y movilizar apoyo político. En todo caso, son comprensiblemente apreciados por los millones de venezolanos que se sienten como hijastros diferidos del boom petrolero del país». El periódico neoyorquino se apresura a aclarar: «La clase de democracia del Sr. Chávez no es una que esta página apruebe. Está afectada por acaparamiento de tribunales, intimidación judicial de oponentes políticos y discursos demagógicos y fraccionalistas, incluyendo la frecuente e inflamada demonización de los Estados Unidos, el mayor cliente petrolero de Venezuela». Y al final regresa sobre la oposición: «La oposición, entretanto, necesita dejar de cantar foul. Condujo una campaña referendaria generalmente inepta, fallando en unirse en torno a un único y creíble retador del Sr. Chávez y fallando en distanciarse adecuadamente de las políticas oligárquicas del desacreditado pasado. Una sana democracia venezolana requiere no solamente un Sr. Chávez menos divisionista. También requiere una oposición más realista y eficaz».

Hay que decir estas cosas, no para encontrar cabezas de turco, chivos expiatorios o dueños de la derrota, sino para destacar que tan desastrosos traspiés no son atribuibles a la ciudadanía que, como han dicho con razón muchos analistas, ha trascendido a sus líderes ostensibles y asistido heroicamente a cuanta batalla le propusieran quienes se suponía más duchos que el ciudadano común en asunto político.

Ahora insiste esa dirigencia en cantar foul. Esto es una gravísima y criminal irresponsabilidad, porque entendiendo que su propia y egoísta conveniencia política, su única oportunidad de supervivencia es tener éxito en difundir la especie del fraude, en vocear por cuanto medio les abre sus espacios la tesis de la estafa con la esperanza de convertirla, como parecen lograr, en generalizada matriz de opinión, no hacen otra cosa que exacerbar la golpeada psiquis nacional, presa de una neurosis negadora que amenaza con convertirse en histeria destructiva, de proporciones tan grandes como las que alcanzara, en trágicamente famosa ocasión, el pánico generado por inconsciente radiodifusión de Orson Welles.

El ex presidente Carter dijo con todas sus letras el martes: «No tenemos motivo para dudar de la integridad del sistema electoral o la exactitud de los resultados del referéndum. No existe evidencia de fraude, y cualquier alegato de tal cosa es completamente injustificable». Y añadió luego, refiriéndose al «liderazgo» opositor: «Es naturalmente humano que estén profundamente perturbados y se nieguen a abandonar la débil esperanza de que pudieran ser exitosos».

¿Cómo era aquello que decía a Boabdil su madre, cuando el hijo sollozaba al entregar las llaves de su perdida Granada a los Reyes Católicos? «No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre».

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De modo que ahora el país necesita nuevos líderes y una nueva especie, con código genético diferente, de organizaciones políticas. No porque Chávez haya sobrevivido al referendo su proyecto ha dejado de ser societalmente maligno, en el sentido oncológico del término. Su gobierno se ha mostrado en contumacia contrario a los fines de la paz y la prosperidad de la nación, «al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto». El pueblo de Venezuela necesita articular una oposición eficaz a tal ejecutoria.

En la Ficha Semanal #4 de doctorpolítico (20 de julio de este año) rescatábamos un grueso diseño para un tipo diferente de asociación política, en el que se postula que tal entidad debiera estar conformada por un componente sensorial (registra y canaliza la opinión ciudadana sobre asuntos públicos y posibles soluciones), un componente elaborador (inventa tratamientos y educa políticamente al público y a quienes tengan manifiesta vocación pública), y un componente operativo (lleva a cabo programas y operaciones decididos por la asociación). Todo esto en el entendido de que una organización que aspire a expresar el noble oficio de la Política, no tiene autoridad para tal pretensión a menos que entienda a ese arte como actividad que resuelva los problemas que atañen a todos, y que no bastará entenderse a sí misma como un aparato para la mera búsqueda del poder.

Pues bien, tal construcción puede imaginarse partiendo de cero, si es que hemos desahuciado la organización hasta ahora predominante. Pero quizás pueda procederse como han aprendido a hacerlo la robótica y la inteligencia artificial, antes empeñadas en construir de una vez un autómata que simulara el comportamiento del complejísimo organismo humano. Ahora su estrategia es otra: toman algún mecanismo simplísimo—uno que por ejemplo ejecuta eficazmente, inerrante, la función de la pata articulada de un insectoide—y lo combinan con otros módulos igualmente exitosos para arribar a la composición de un organismo cada vez más complejo.

Es evidentísimo que Súmate es uno de esos módulos altamente exitosos (el componente sensorial, y también módulo operativo). Alguna vez dijimos que su excelencia merecía mejores estrategas que los que le impuso por clientes la Coordinadora Democrática. Dicho sea de paso, en nueva demostración de madurez y tino político, ha sido la más serena y sosegada de las voces políticas del momento, al formular sus observaciones sin estridencia y con la valiente honestidad de admitir que sus propios «conteos rápidos» arrojaban las mismas cifras que las obtenidas por la misión de la OEA y el Centro Carter, que a su vez eran las mismas cantadas por el Consejo Nacional Electoral.

Pero incluso sería salvable al menos parte del aparato operativo que comandó con tanto denuedo y constancia, con tanto sacrificio y faena el mismo Enrique Mendoza, pues a fin de cuentas lo que ya sabemos es que no es Eisenhower, el estratega, aunque sí Patton, el experimentado táctico de campo.

Faltaría entonces el módulo elaborador, el think tank, en gringa terminología. Pero esto no es la comisión del «consenso-país»—al que llamáramos en noviembre de 2003 «consenso bobo»—porque una vez más creyó que el método para arribar a un conjunto de políticas correctas es la transacción consensual. Y tampoco intentos compuestos por perogrulladas bien impresas, como es el caso de «Un sueño para Venezuela». Esto es asunto de verdadera organización profesional de creadores de políticas.

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Al menos desde 1999 creíamos saber que la oposición a Chávez no podía reducirse a su sola negación. Uno no niega, decíamos, a un fenómeno telúrico que tiene por delante. Ante él cabía, primero, una oposición por contención. La represa del Guri que impide que el Caroní se desborde. Esta oposición era posible desde el mismo inicio del gobierno chavista. Al asumir el poder Chávez intentó una primera redacción de la pregunta con la que se consultaría a los Electores sobre la conveniencia de convocar una constituyente. Hemos perdido de los archivos la construcción exacta, pero se trataba de algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo conque yo, Hugo Chávez Frías, decida todo lo concerniente a este asunto de la constituyente?» La redacción era tan obviamente autocrática que el país entero entró en helado mutismo, y seguramente Rangel y Miquilena le habrán aconsejado al ensoberbecido comandante: «Caray, Hugo, eso no puede ser, preguntemos el asunto de otro modo». Y el mandamás, sin que ningún opositor se lo reclamara firmemente, se vio obligado a modificar el decreto-pregunta.

Ahora más que nunca es esta estrategia necesaria. Algún amigo apostaba a que luego de su triunfo Chávez ofrecería—al menos hasta la nueva confrontación de las elecciones regionales, a las que tendrá que acudir una Coordinadora Democrática ya definitivamente en desbandada, atomizada, imposibilitada de convencer al mecenas más generoso—paz y amor, promesas de diálogo e inclusión. Ya voceros del Comando Maisanta se han pronunciado en este sentido.

Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de «gobernar».

Pero también decíamos en 1999 que esa contención no sería suficiente, y que más que una oposición habría que ejecutar una superposición, una elaboración discursiva desde un nivel superior de lenguaje político, que flotara sobre sus agendas, sobre su nomenclatura, sobre sus concepciones, sobre los terrenos que siempre escogió astutamente para la batalla y a los que llevó, casi sin esfuerzo, a un generalato opositor incompetente, y que pudiera, esa interpretación alterna, ese discurso fresco, ser convincente para el pueblo. Este discurso es perfectamente posible. Ese discurso existe, y entre él y unos Electores hambrientos de liderazgo eficaz, sólo hay que interponer los medios que hasta ahora sólo han estado disponibles para actores ineficaces.

Por esto viene ahora una nueva etapa, preñada de posibilidades, más aprendida. Venezuela, herida, desconcertada, desilusionada y nihilista, tiene que recuperarse de la desazón y el fracaso. Y al cabo de un tiempo más bien corto, encontrará el camino correcto y verá sus tribulaciones de ahora como el principio de su metamorfosis creadora. No nos avergonzamos de nuestras tribulaciones, decía San Pablo, porque a la postre transmutan en esperanza, y no nos avergonzamos de nuestra esperanza.

LEA

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LEA #100

LEAEl contenido del artículo principal de esta entrega #100 de la Carta Semanal de doctorpolítico posiblemente requiera establecer un perímetro de defensa, ante el terrible estado psicológico que ha cundido entre quienes adversamos el régimen presidido por Hugo Chávez Frías. Por esto quiero dejar constancia de los siguientes hechos.

Pocos días después del 4 de febrero de 1992, el diario El Globo me publicaba artículo en el que asentaba contundentemente mi opinión de que la asonada de aquel día era un evidente abuso de parte de Hugo Chávez y sus secuaces de conjura. (El día 3 de febrero me había publicado asimismo, la víspera del golpe cuya preparación ignoraba, un artículo en el que por enésima vez exigía la renuncia de Carlos Andrés Pérez).

En 1994 escribí, a raíz del sobreseimiento de la causa de los prisioneros de Yare, que han debido cumplir, contra lo concedido por Rafael Caldera, la pena exacta que las leyes venezolanas preveían en materia de rebelión.

En desayuno al que fui invitado en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dije al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quise hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tendría ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra.

El 19 de agosto de ese mismo año escribía, para el diario La Verdad de Maracaibo, un artículo en el que se estableciera, por primera vez de modo público, una comparación entre la figura de Chávez Frías y la de Adolfo Hitler.

En enero de 1999, ya electo Chávez, me permití decir en voz tan alta que llegó a todo el auditorio, y en su presencia a distancia de dos metros, que estaba completamente equivocado en su concepto constituyente, en acto convocado en La Viñeta.

Durante todo el transcurso de su desgobierno, por escrito, por radio, por televisión, he hecho explícita mi consistente oposición a sus ideas y sus métodos. El 25 de febrero de 2002, por citar un solo caso, propuse un procedimiento para abolir su régimen en conocido programa matutino televisado.

En síntesis, no me gusta el animal político que es Chávez, como tampoco simpatizo con su simple personalidad, porque rechazo el abuso y la idea de que alguien se crea con derecho a imponer su inconsulta voluntad a todo un pueblo.

Es constancia que expido, en el número centenario de esta comunicación política semanal, a petición de nadie. LEA

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FS #8 – Imagen de Venezuela

Fichero

LEA, por favor

Los fragmentos que componen la Ficha Semanal #8 de doctorpolítico están entresacados del trabajo que llevó por nombre Visión de Venezuela, y fuera publicado en abril de 1994 en referéndum, publicación editada por el suscrito entre ese año y 1998. Forman parte de la sección inicial—Venezuela, municipio del planeta—y la final—Venezuela, nación de los venezolanos—de ese trabajo.

La sección intermedia del mismo—Venezuela, Estado de la Confederación Suramericana—abogaba por un modelo de integración política sudamericana, en una época en la que los grandes bloques—Estados Unidos, China, Rusia, la Comunidad Europea—son los actores determinantes del concierto planetario. Allí se exponía, por ejemplo:

«Resulta obvio que el modelo descrito corresponde a la estructura adoptada por los Estados Unidos de Norteamérica a partir de 1787, y lo que se propone entender es que, aun dentro de la interpretación más pesimista de la sociología latinoamericana, debemos ser capaces de hacer hoy lo que los norteamericanos pudieron efectuar hace más de doscientos años, sobre todo cuando tenemos por delante el precedente de esa unión norteña, a todas luces exitosa. Los norteamericanos, en cambio, no contaban con precedente alguno. Nosotros tenemos la ventaja de haber presenciado un experimento político que ya se ha prolongado por sobre los dos siglos de existencia… Es legítimo preguntarse por qué la integración política fue posible a los norteamericanos y no a nosotros, ni siquiera en la primera mitad del siglo XIX, cuando ya el experimento de los Estados Unidos llevaba varias décadas funcionando. La respuesta reside en que durante ese período la tecnología de las comunicaciones permaneció prácticamente inalterada, imponiendo una suerte de perímetro máximo a lo integrable. Los Estados Unidos que nacieron en 1776 no ocupaban el área que hoy poseen. En 1776 se reunieron trece colonias norteamericanas cuya superficie conjunta era de 888.000 kilómetros cuadrados. Es decir, una superficie inferior a la de Venezuela. Por esta razón era muy difícil mantener integrada la Gran Colombia, cuatro veces mayor que los Estados Unidos originarios, no digamos la América del Sur entera. Cuando Bolívar escribía una carta a Sucre, ordenándole que persiguiera y presentara batalla a determinado jefe realista, el «término de la distancia» se contaba muy frecuentemente en meses. Hubo casos cuando Bolívar impartió una orden de esa naturaleza en carta fechada cinco días después del fallecimiento del eventual contendiente de Sucre, circunstancia que Bolívar ignoraba en virtud de esa misma lentitud de las comunicaciones. Hoy en día las circunstancias han variado radicalmente, lo que permite que, por ejemplo, el estado de Hawai esté perfectamente integrado a los procesos políticos de sus 49 colegas continentales».

LEA

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Imagen de Venezuela

El periódico La Columna resurgió en Maracaibo en septiembre de 1989. Seis meses después era el diario que más circulaba en esa ciudad. Muchos factores tuvieron que ver con ese resultado, pero seguramente fue esencial para tan calurosa acogida que los que hicieron el periódico hubieran adoptado una imagen de sus lectores: que los lectores de Maracaibo eran personas inteligentes; que sus lectores eran ciudadanos del mundo. Ya no los habitantes sometidos al régimen de un poder central y lejano sino, conectados informativamente con el resto de la Tierra, habitantes con derecho en el mundo y con influencia y responsabilidad por su estado. El habitante de Maracaibo se dio cuenta de que verdaderamente era una parte del cerebro del mundo. En cuanto pudo entrever esa verdad, en cuanto pudo tener esa imagen de sí mismo, dio su decidido apoyo a quien también le entendía de ese modo.

El que cosas como ésa ocurran, y que ocurran acá en Venezuela, es muy importante para nosotros, pues el primero de los sentidos de la visión-objetivo que proponemos lleva a considerar a Venezuela como municipio del planeta.

Somos un municipio del planeta. El mundo está por constituirse políticamente. El substrato de esa nueva polis existe: la hipótesis de James Lovelock llega a pensar la Tierra como un ente viviente, como una sola célula. Una gigantesca célula cuyos organelos interdependen ecológicamente, cuyas regiones se comunican por satélites inventados por el hom-bre. Un organismo vivo que construye, intento por intento, lo que Yehezkel Dror llama la «mente central del mundo»: su gobierno.

Un gobierno planetario que como el sistema nervioso central de los animales superiores, el hombre incluido, regulará muy pocas de las actividades del conjunto. El desarrollo de la Tierra, en su mayor parte, no provendrá de las acciones de ese gobierno mundial, sino de las unidades locales. Y entre las unidades locales, las naciones del tamaño de la venezolana serán los municipios de la estructura política del planeta Tierra.

Un planeta que construye también una nueva versión, más comprensiva, de su conciencia. Que elabora con penoso esfuerzo los componentes de una nueva teoría del mundo, de una forma más desarrollada de funcionamiento político, hasta de una nueva percepción religiosa.

Se construye, poco a poco pero incesantemente, el cerebro del mundo. Las redes celulares y de computadores y telefacsímiles, CNN, Telemundo, los satélites, los servicios de medios múltiples, las fibras ópticas, van tendiendo los ganglios y los nervios, los núcleos cerebrales de esa mente central planetaria. Se construye un cerebro de la Tierra.

Una región del planeta puede ser maqueta para el conjunto. Como veremos más adelante, aun dentro de sí misma Venezuela puede potenciar las instancias asociativas en su aparato político. La imagen-objetivo de Venezuela como lúcido y anticipador municipio del planeta, en tanto campo de demostración de las ventajas del conocimiento como determinante político es perfectamente sostenible.

Francisco Nadales nació en Cumanacoa, Estado Sucre, Venezuela. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Una vez fue puesto, sin otra preparación previa, delante de un moderno computador personal. La pantalla mostraba una hoja de cálculo electrónica, en la que en breves segundos postuló, bajo instrucciones, una operación algebraica. Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»

Francisco Nadales hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por primera vez. Pero esa referencia no habría bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo. Francisco Nadales estaba también hablando de sí mismo. Francisco Nadales era ese hombre bien inteligente y Venezuela puede contribuir significativamente a la constitución política de la Tierra.

……..

Cada cierto tiempo, una moda doctrinaria irrumpe en el ámbito de la gestión de organizaciones. Cada una deja su huella, como los estratos de una formación geológica puesta al descubierto. La organización científica del trabajo, los «T groups» del «sensitivity training» y el tema más general de la dinámica de grupos, la organización matricial, «the managerial grid», el desarrollo organizacional, la «teoría Z», la búsqueda de la «excelencia», la «calidad total». Cada tema domina la atención como panacea efímera por un breve lapso, durante el cual ingresan sumas considerables a los escritores de libros y manuales, a los conferencistas, a los asesores y a las empresas que se dedican al adiestramiento de personal ejecutivo. Más de una moda gerencial termina por la creación de departamentos completos dentro de las empresas y otras organizaciones.

Dado que en un grado significativo el manejo del gobierno requiere la aplicación de criterios y técnicas gerenciales, muchas de estas teorías de moda logran pasar al ámbito de la administración pública, Otras son formulaciones más ambiciosas, generadas dentro del campo más amplio de la economía.

Un caso de este último tipo lo constituyen las tesis de Michael E. Porter en «La ventaja competitiva de las naciones», la más reciente versión de la ya vieja teoría del darwinismo social y una modificación de la clásica explicación del desarrollo en términos de ventajas comparativas.

El énfasis de Porter en la competitividad—previamente a su obra más conocida Porter escribió Competitive Strategy en 1980 y Competitive Advantage en 1985—se ha difundido hasta el punto de convertirse en un credo de aceptación prácticamente universal, aunque en el fondo poco hay de nuevo en sus planteamientos generales.

Al mismo tiempo, no obstante, el mundo progresa en dirección de una planetización o «globalización» de las economías. En una decisión histórica, ciento diecisiete países han acordado ya aprobar el Acuerdo General de Tarifas y Comercio, mejor conocido como GATT, luego de siete años de discusiones de la llamada «Ronda Uruguay». El impacto de este hecho debe ser, en términos generales, enorme, y es previsible un efecto benéfico debido al aumento global del comercio mundial.

¿Está realmente preparada Venezuela para este nuevo período de la economía planetaria, en el que bajo los criterios de Porter todo país intentará competir con base en ventajas propias?

La noción de las ventajas comparativas ha sido empleada en Venezuela desde hace ya bastante tiempo para determinar la orientación de la política económica, principalmente en lo concerniente a la actividad del Estado como inversionista. No otra cosa es la actividad petrolera del Estado, o su impulso a la explotación y el procesamiento del hierro y el aluminio, basados en la disponibilidad de yacimientos y energía relativamente barata. En la teoría predominante en los estratos dirigentes de nuestra industria petrolera, ha sido dogma de fe la ventaja comparativa (y competitiva) que nos proporcionaría la cercanía a nuestros principales mercados de exportación.

Pero este dogma se ha visto duramente cuestionado por factores de tipo geopolítico, derivados en buena parte de la alianza saudita-kuwaití-norteamericana, sobre todo a partir de la guerra con Irak. Ya Venezuela no es más el país que más coloca petróleo en los Estados Unidos, pues el primer suplidor es ahora Arabia Saudita, a pesar de las distancias. Y el mismo día en que se anuncia una era de liberalización planetaria de barreras aduanales, se anuncia también la puesta en vigencia de restricciones a la importación de gasolina de procedencia venezolana a los Estados Unidos, por razones de tipo ambiental.

Un desplazamiento del foco sobre lo económico a un foco sobre lo político conduce, no obstante, a otro tipo de lectura. La planetización no es sólo económica; es también, y tal vez sobre todo, comunicacional y cultural y, por ende, política. Y he aquí que entonces resulta procedente reflexionar con detenimiento sobre lo que pueden ser nuestras ventajas para la cooperación: nuestras ventajas cooperativas.

El planeta va hacia la construcción de un nivel político de escala planetaria, a partir de las estructuras revisables de la Organización de las Naciones Unidas, impulsado por la consideración de realidades que trascienden fronteras nacionales y aun continentales, como son, por ejemplo, las de naturaleza ecológica. El mismo acuerdo del GATT ha creado una nueva organización global: la Organización Mundial del Comercio.

Venezuela tiene un cierto carácter nacional. Un carácter o personalidad que la marcan como actora constructiva en la próxima fase de planetización: la política. La construcción política del planeta requerirá de un grado muy considerable de cooperación y de un excedente neto de la cooperación sobre la competencia. Y he aquí que Venezuela, protagonista de una historia de desprendimiento político, generosa, a veces ingenua, más allá de cualquier ventaja competitiva que llame la atención de Michael Porter, es titular de muy señaladas ventajas cooperativas. Venezuela, que desdeñó establecer la dominación de buena parte de América del Sur, que ha cedido territorio en lugar de conquistarlo, que ha compartido riqueza y ha manifestado solidaridad sostenida con los pueblos de la Tierra, es un municipio del planeta que puede facilitar en mucho la feliz constitución de la polis del mundo.

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CS #99 – Asunto de Pueblo

Cartas

Es sólo muy recientemente que la «teoría de la complejidad», que incluye la llamada «teoría del caos», ha podido proporcionar un paradigma adecuado para la consideración del futuro social. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la «regresión lineal», mientras el «determinismo histórico» de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.

El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de «escenarios» (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de «abanico» de porvenir, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.

El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o «atractrices» por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de «fractal»: en términos generales, una línea que exhibe «autosimilaridad», que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sea ésta el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, el pánico económico, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban).

Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que, por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza. Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que «sincronizan» procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Science and Business, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).

Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del más reciente crash del mercado de valores de Nueva York (octubre de 1987), ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.

En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. Recordemos el episodio: era un día viernes, día de pago, y poco después de mediodía la energía eléctrica desapareció del país desde el Guri hasta San Cristóbal. Los bancos no tenían línea, los telecajeros no funcionaban, el Metro de Caracas estaba paralizado. Quienes vivían en Petare y trabajaban en Catia marcharon a pie hacia el este de la ciudad; quienes trabajaban en Petare y vivían en Catia atravesaron la ciudad como resignados peatones en sentido contrario para regresar, sin dinero, hasta sus casas… ¡y ni una sola piedra voló a romper una vitrina! La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares que depondrían al presidente Velásquez. (El Ministro de la Defensa de la época, el vicealmirante Radamés Muñoz León, llevaba semanas declarando agresivamente a los medios y sugiriendo desfachatadamente que muchas voces se le acercaban «urgiéndole» que interviniera). La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en años de sufrimiento social evadió la pretendida trampa.

……..

La teorización precedente viene muy al caso del próximo domingo 15 de agosto, puesto que ese día se producirá una descomunal acumulación de actos personalísimos del enjambre ciudadano de nuestra nación. Cerca de diez millones de personas, se estima, irán a definir el futuro de la república y, por ende, de sus propias vidas y las de sus seres más queridos. Nuestra impresión, y nuestra apuesta, es que a pesar de lo que las encuestas de opinión han registrado—la posibilidad de que Hugo Chávez permanezca en el poder—y a pesar de errores de la conducción opositora, la inteligencia colectiva de ese enorme enjambre operará como lo hizo en 1993 y procederá a restaurar la tranquilidad del país, que ha sido asediada cada día desde el 2 de febrero de 1999.

Los registros están allí. Alfredo Keller ha debido producir la explicación del «voto oculto»—que le hizo equivocarse en Nicaragua ante el inesperado triunfo de Violeta Chamorro sobre la dinastía Ortega—y Luis Vicente León (Datanálisis) ha cifrado su íntima esperanza en la capacidad de movilización de la alianza de oposición. Las encuestas no han servido para tranquilizar sino a los enchufados en el gobierno.

La intranquilidad alcanza al exterior de Venezuela. El Financial Times (Andy Webb-Vidal) especulaba el 6 de agosto que los Estados Unidos estarían «ablandando» su postura hacia Venezuela en la creencia de que Chávez saldría bien librado del referendo revocatorio. El Informe Stratfor del mismo día evaluaba terriblemente a la Coordinadora Democrática: «Por suerte para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable». Y añadía: «Independientemente de cómo resulte el referéndum, esperamos que Chávez mantenga el poder…»

De nuevo, estas apreciaciones se basan en los estudios de opinión, pero además tal vez Stratfor tenga preferencias por «estrategias» perecistas u orteguianas. Poco antes de los acontecimientos de abril de 2002 Stratfor anticipaba una acción golpista.

Pero nadie puede negar el registro de las encuestadoras. ¿Pueden equivocarse las encuestas, aun las mejor y más profesionalmente hechas? No, no se equivocan si se les tiene como registro fiel de opiniones emitidas, pero están sujetas a error, a veces de los más gruesos, si se pretende con ellas hacer predicciones.

En 1948, la victoria de Harry S. Truman sobre la candidatura de Thomas Dewey en los Estados Unidos fue motivo de vergüenza para encuestadores como Gallup y Roper. Las encuestas «pronosticaban» un triunfo de Dewey por un margen que oscilaba entre 5 y 15 puntos porcentuales, y al final Truman ganó con una ventaja de 4,4 puntos. El archivo digital del Instituto Político Eagleton (Universidad del Estado de Nueva Jersey en Rutgers) expone: «Irónicamente, las mismas encuestas pueden haber ayudado con un impulso tardío de Truman para vencer a Dewey, cuando los reportes de prensa que señalaban la delantera de Dewey estimularon a los demócratas a montar unos últimos esfuerzos para aumentar la afluencia de votantes, e hicieron que los republicanos se excedieran en confianza respecto de su necesidad de llevar a sus propios votantes a las urnas».

No podemos, por tanto, ofrecer certidumbre. Lo que podemos certificar es nuestra fe en el pueblo venezolano, que el domingo que viene nos impartirá una de sus más grandes lecciones.

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LEA #99

LEA

Esta publicación no se ha caracterizado, precisamente, por su benevolencia hacia la central opositora de la Coordinadora Democrática. En múltiples ocasiones hemos hecho explícita nuestra crítica; en otras nuestra más sincera recomendación.

Hemos señalado que para ciertas evoluciones necesarias la organización pudiera estar genética o constitucionalmente impedida—porque es una organización de organizaciones en lugar de una organización de ciudadanos, porque aloja actores políticos convencionales que no han sido capaces de hacer metamorfosis y se conducen con arreglo a patrones que antaño produjeron grave deterioro político y permitieron la emergencia del chavoma, porque cometió graves y costosos errores estratégicos.

Pero no puede negarse verdades de bulto. Primero, como una vez apuntara Julio Borges, si la Coordinadora Democrática no existiese habría que inventarla, con lo que quería decir que esa central había aportado el inestimable servicio de asegurar una mínima coherencia en la conducción de la resistencia al chavismo. De no haber sido por ella esa oposición, extensamente fragmentada, se habría revelado enteramente ineficaz.

En segundo término, la Coordinadora ha permitido un inmenso esfuerzo logístico, sin el que los esfuerzos que superaron la tortuosa y criminal ruta marcada por el oficialismo del Consejo Nacional Electoral no hubieran sido posibles.

Para esta última tarea, por supuesto, el país ha sido bendecido con la madura, valiente y brillante presencia de Súmate, la que nos ha complacido notar y apoyar en más de una ocasión. La juventud y capacidad de su gente directiva es la mejor profecía de un futuro venezolano positivo.

Y ya que hablamos de juventud, sería mezquino desconocer el sereno y destacado aporte de los jóvenes ingenieros de Smartmatic que, superando la muy comprensible suspicacia de los venezolanos, han merecido el martes el reconocimiento de Francisco Diez en nombre del Centro Carter. Es un orgullo nacional que se hayan atrevido a vender y rendir su sobresaliente trabajo tecnológico—de clase mundial—en circunstancias tan difíciles.

Pero este hito democrático del 15 de agosto tiene detrás otros héroes incansables: nuestros profesionales de la comunicación y los medios donde trabajan, dos rectores específicos del CNE, la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, innumerables voluntarios de organizaciones no gubernamentales, los más capaces intelectuales del país, sus más agudos caricaturistas y humoristas, sus mejores artistas, sus empresarios y sindicalistas, sus dirigentes religiosos, los ciudadanos y ciudadanas de a pie… en fin, todo un país erguido ante el despotismo narcisista.

Independientemente del resultado del domingo, Venezuela tendrá motivo para sentirse orgullosa de sí misma.

LEA

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