FS #7 – Democrático molino

Fichero

LEA, por favor

Leopoldo Mozart, el padre de Wolfgang Amadeus, hizo todo lo que estuvo en sus manos para fabricar un genio con las facultades de su excepcional hijo. Claro, estuvo advertido por las precoces señales de un niño que produjo su primera composición musical a los seis años de edad y compuso su primera ópera a los nueve. Antes había mostrado cómo podía sentarse en el clavecín o el piano de su casa y reproducir, de oído, una pieza que acabara de escuchar por vez primera en el órgano de una iglesia.

Hay, por tanto, padres que fabrican genios de sus hijos. Así lo hizo James Mill con el mayor de los suyos, John Stuart Mill. (1806-1873). El más sobresaliente de los pensadores liberales ingleses del siglo XIX, John Stuart Mill descolló por la penetración y claridad de su pensamiento. Su padre cultivó sus recursos mentales mediante implacable disciplina, al punto de que limitara las relaciones del hijo con jóvenes de su misma edad. Le obligó, por ejemplo, a comenzar su estudio de la lengua griega clásica cuando John apenas tenía tres años de edad. Cuando cumplía ocho años ya había leído todo Heródoto, seis diálogos de Platón y mucho de historia. Antes de los doce dominaba el álgebra y la geometría euclidiana, así como la poesía griega y latina y algo de la inglesa. A los trece años ya sabía lo suficiente como para merecer un título universitario. Después de estudiar en Francia botánica, francés y matemáticas avanzadas, asumió el aprendizaje del derecho.

Entre 1836, cuando falleció su padre, y 1856, Mill trabajó en India House. Era en horas extras cuando podía escapar a la burocrática tarea y desplegar su poderoso intelecto sobre la ética, la lógica, la economía y, por encima de todo, la filosofía política.

Entre sus obras más importantes debe tenerse, sin duda, a sus Consideraciones sobre el gobierno representativo. (1861). Allí escribe lecciones tan diáfanas y veraces como la siguiente: «Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan».

La Ficha Semanal #7 de doctorpolítico reproduce fragmentos de este gran ensayo consagrado a la democracia. El primero y más breve de ellos está tomado del Capítulo Primero (Hasta qué punto las formas de gobierno son asunto de elección); los restantes del Capítulo Tercero (Que la forma ideal de gobierno es el gobierno representativo).

Son oportunas las luminosas palabras de este inglés excepcional, que nació en Londres de padre escocés y terminó sus días en Aviñón, ante la inminente expresión de la voluntad, el próximo domingo 15 de agosto, del Pueblo Soberano de Venezuela.

LEA

Democrático molino

Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.

……..

Por mucho tiempo (tal vez a lo largo de toda la duración de la libertad británica) ha sido conseja común que, si pudiera asegurarse un buen déspota, una monarquía despótica sería la mejor forma de gobierno. Considero esto una falsa concepción, radical y muy perniciosa, acerca de lo que es el buen gobierno; la que, hasta que podamos desembarazarnos de ella, viciará fatalmente todas nuestras especulaciones sobre el gobierno.

La suposición es la de que el poder absoluto, en las manos de un individuo eminente, aseguraría un desempeño virtuoso e inteligente de todos los deberes del gobierno. Se establecerían y mantendrían en vigor buenas leyes, las leyes malas serían reformadas; los mejores hombres serían colocados en todas las situaciones de confianza; la justicia sería tan bien administrada, las cargas públicas serían tan livianas y tan juiciosamente impuestas, toda rama de la administración sería tan pura e inteligentemente conducida, como las circunstancias del país y su grado de cultivo intelectual y moral lo admitiesen. Estoy dispuesto, para fines de esta discusión, a conceder todo esto; pero debo señalar cuán grande la concesión es; cuánto más se necesita para producir incluso una aproximación a estos resultados que lo que es dado a entender por la simple expresión de un buen déspota. Su realización implicaría, de hecho, no meramente un buen monarca, sino uno que pudiera verlo todo. Tendría que estar en todo momento informado correctamente, en considerable detalle, de la conducta y funcionamiento de toda rama de la administración, en todo distrito del país, y tendría que ser capaz, en las veinticuatro horas diarias que es todo lo que se concede tanto a un rey como al más humilde trabajador, de dar una eficaz cuota de atención y superintendencia a todas las partes de este vasto campo; o al menos tendría que ser capaz de discernir y escoger, entre la masa de sus súbditos, no sólo una gran abundancia de hombres honestos y capaces, aptos para conducir cada rama de la administración pública bajo supervisión y control, sino también el pequeño número de hombres de eminente virtud y talento a quienes pudiera confiarse que prescindiesen de tal supervisión sobre ellos, para que la ejerciesen ellos mismos sobre otros. Tan extraordinarias serían las facultades y energías requeridas para desempeñar esta tarea en alguna forma soportable, que difícilmente podemos imaginar que el buen déspota que estamos suponiendo consintiera en emp! renderla , a menos que fuese como refugio de males intolerables y preparación transeúnte para algo que viniera después. Pero el argumento puede prescindir de incluso este ítem de la contabilidad. Supongamos que la dificultad fuese vencida. ¿Qué tendríamos entonces? Un hombre de actividad mental sobrehumana manejando todos los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo. Su pasividad está implícita en la idea misma de poder absoluto. La nación como conjunto, y todo individuo que la compusiera, estaría sin voz potencial alguna sobre su propio destino. No ejercitarían ninguna voluntad respecto de sus intereses colectivos, Todo estaría decidido por ellos por una voluntad que no es la suya, que sería legalmente un crimen que desobedecieran.

¿Qué clase de seres humanos pudiera formarse bajo un régimen tal? ¿Qué desarrollo pudieran lograr bien fueran su pensamiento o sus facultades activas bajo él? Puede que en asuntos de teoría pura se les permitiera especular, hasta donde sus especulaciones no se acerquen a la política ni tengan la más remota conexión con su práctica. Puede que se tolerase a lo sumo que hicieran sugerencias en asuntos prácticos; y aun bajo el más moderado de los déspotas nadie que no fuese persona de superioridad ya admitida o reputada pudiera esperar que sus sugerencias se conocieran, mucho menos tomadas en cuenta, por aquellos que tuviesen la gestión de los asuntos. Una persona debe tener un gusto muy inusual por el ejercicio intelectual en sí mismo para someterse a la molestia de pensar si no va a tener efecto externo alguno, o de calificar para funciones que no tiene ninguna probabilidad de que le sea permitido ejercerlas.

……..

Ni es solamente su inteligencia lo que sufrirá. Sus capacidades morales estarán igualmente impedidas de crecimiento. Doquiera que la esfera de acción de los seres humanos es artificialmente circunscrita, sus sentimientos se estrechan y empequeñecen en la misma proporción. El alimento del sentimiento es la acción: incluso el afecto doméstico vive de los buenos oficios que sean voluntarios. Que una persona no tenga nada que ver con su país y no se preocupará por él. De antaño se ha dicho que en un despotismo hay a lo sumo un solo patriota, el mismo déspota; y este dicho descansa sobre una justa apreciación de los efectos de la sujeción absoluta, aun a un amo bueno y sabio.

……..

Un buen despotismo significa un gobierno en el que, hasta tanto dependa del déspota, no haya positiva opresión por parte de los funcionarios del Estado, pero en el que todos los intereses colectivos del pueblo son manejados por otros, en el que todo pensamiento que guarde relación con los intereses colectivos sea hecho por otros, y en el que las mentes sean formadas, de modo consentido, por esta abdicación de sus propias energías. El dejar las cosas al gobierno, como dejarlas a la Providencia, es sinónimo de no preocuparse en nada por ellas, y aceptar sus resultados, cuando sean desagradables, como visitaciones de la Naturaleza. Con excepción, por tanto, de unos pocos hombres estudiosos que tengan un interés intelectual en la especulación por sí misma, la inteligencia y los sentimientos del pueblo entero estarán dados a los intereses materiales, y cuando estos hayan sido atendidos, a la diversión y adorno de la vida privada. Pero decir esto es decir, si es que vale para algo todo el testimonio de la historia, que ha llegado la era de la decadencia nacional: esto es, si es que la nación ha logrado alguna vez algo desde lo que pudiera decaer.

John Stuart Mill

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CS #98 – Pesadilla en octubre

Cartas

El 18 de octubre de 2004 Jorge Rodríguez anuncia al país los resultados de las elecciones presidenciales del día anterior: primer lugar, Enrique Mendoza, con 36% de los sufragios; segundo lugar. Alí Rodríguez con 27%; último lugar, Henrique Salas Roemer con 14%. Los votos nulos suman 23%. Según la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia sentenciará que debe procederse a nuevas elecciones. Artículo 228: La elección del Presidente o Presidenta de la República se hará por votación universal, directa y secreta, de conformidad con la ley. Se proclamará electo o electa el candidato o la candidata que hubiere obtenido la mayoría de votos válidos. Esto es, que a diferencia del texto de 1961, que prescribía que se proclamará electo al candidato que obtenga mayoría relativa de votos, la constitución vigente parece exigir mayoría absoluta del ganador, y el Sr. Mendoza sólo obtuvo una mayoría relativa. Ergo, hay que repetir elecciones.

Las cuentas son así: los votos válidos correspondieron al 77% de los votos emitidos, siendo que los votos nulos ascendieron a 23%. El Sr. Mendoza, por tanto, ha recibido el 47% de los votos válidos, lo que es insuficiente, dado que esa cantidad no es la «mayoría de votos válidos». (Rodríguez 35%, Salas 18%. En materia de representatividad, ya que a diferencia del referendo revocatorio—abstención de 35%—a las elecciones del 17 de octubre de 2004 dejó de asistir el 44% de los electores, el Sr. Mendoza recibió el beneplácito de 24% de ellos, Rodríguez 18% y Salas Roemer 9%).

Entonces ocurre que esta vez ocurren nada más que Mendoza y Rodríguez (no Eugenio Antonio) a las nuevas elecciones. Y esta vez llega Alí Rodríguez de primero, con 50,5% de los votos válidos frente a, obviamente, 49,5% para el segundo: el Sr. Mendoza. Y es que ahora las cuentas revelan que los votos nulos crecieron a 39%, mientras que Rodríguez ganó 4 puntos respecto de la votación anterior a su favor para 31%, y el Sr. Mendoza perdió 6 puntos para 30% de los votos emitidos. Pero es que también aumentó la abstención considerablemente, casi en diez puntos, para 53% de electores que se quedaron en casa. Rodríguez fue apoyado por el 15% de los electores; el 14% soportó al Sr. Mendoza. ¿Qué fuerza tendría un presidente Rodríguez con sólo 15% de apoyo?

Argentina pasó por una turbulencia de media docena de presidentes desde la caída de De La Rúa. ¿Nos espera una turbulencia similar?

Pero es que puede ocurrir una cosa totalmente dispar. Más bien, la ficción política puede concebir un escenario más diabólico aún. Que cuando el Sr. Mendoza llegue de primero en las primeras elecciones el prototribunal supremo del CNE se niegue a proclamarlo presidente electo y, mientras continúa en la presidencia Rangel (o un Diosdado designado Vicepresidente el viernes 13 de agosto), la panteónica Sala Constitucional diga que como la Constitución no prevé nada al respecto, y ya ha pasado, en 27 de enero de 2005, bastante más que el 19 de agosto de 2004, fecha corte de criterios respecto de la sucesión, el espíritu constituyente del 99 era que de no haberse dilucidado el punto de un sucesor del presidente faltante cuando restaran menos de dos años para el término del período, el Vicepresidente en funciones debe completarlo.

La ficción política puede, ciertamente, imaginar trayectorias de ese tipo. No hemos traído esas pesadillas a colación para afirmar que sean probables, sino para saber que son posibles y pensarlas. Son, en este sentido, de utilidad heurística, propias para el descubrimiento o la invención.

Porque es que la interpretación perfectamente posible del 228 constitucional es la que hemos expuesto, según nos hiciera notar Ramón Adolfo Illarramendi, ex Embajador ante Jamaica en el primer gobierno de Caldera, director de una oficina de análisis para la Presidencia de la República en su segundo turno, abogado de largo conocimiento de los predios institucionales de Washington. Es también quien me hiciera notar el mecanismo de run-off elections, referido en el número 91 de esta publicación. Ramón Adolfo tuvo la amabilidad de enviarnos copia de comunicación que remitiera al Presidente y demás Miembros del Consejo Nacional Electoral y nos autorizó a citarle.

Esta es su carta a Francisco Carrasquero y sus co-rectores:

Ramón Adolfo Illarramendi

Abogado y Doctor en Derecho

Inscrito en Impreabogado con el N° 143

29 de julio de 2004

Ciudadano Doctor

Francisco Carrasquero, Presidente, y demás

Rectores miembros del Directorio del

Consejo Nacional Electoral (CNE)

Su Despacho

Caracas, Venezuela

Estimados Señores:

Esta comunicación tiene el propósito de llamar su atención y de exigirles la aplicación inmediata y plena a los eventuales procesos electorales venideros, de la norma contenida en el artículo 228 de la Constitución Nacional.

«Artículo 228. La elección del Presidente o Presidenta de la República se hará por votación universal, directa y secreta, de conformidad con la ley. Se proclamará electo o electa el candidato o la candidata que hubiere obtenido la mayoría de votos válidos»

Siendo la norma transcrita de rango constitucional, por supuesto que no admite contradicción por cualquiera otra normativa de rango inferior, en tal virtud debe aplicarse sin recurso alguno. El CNE es el órgano idóneo para hacerlo y está obligado a ello.

Ahora bien, siendo «la mayoría» una expresión gramatical unívoca, equivalente a decir «la mitad más uno» de los votos válidos, debe preverse y regularse la manera como se alcanzará esa «mayoría» a favor de uno o una de los candidatos o candidatas que concurran a eventuales elecciones previstas por nuestra legislación, en caso de que sean más de dos y que no obtenga el más favorecido de entre ellos o ellas más del 50% de los sufragios.

En muchos países del mundo, particularmente en la América Latina, se ha popularizado el sistema de balotaje o doble elección comúnmente conocido como «la doble vuelta». Muchas constituciones y leyes electorales lo consagran. Entre otros ejemplos pueden citarse a Brasil, Argentina, Perú, Ecuador y Colombia además de Francia. En otros países e instituciones se usa con éxito y con creciente popularidad una variante que produce los mismos efectos sin intervalos entre ambas fases o «vueltas» del proceso pues se elimina la segunda votación. Este sistema es el del balotaje instantáneo, o doble vuelta instantánea (instant Run-off), que es usado en Australia, en Irlanda, en California (la ciudad de San Francisco) y en primarias partidistas en el Estado de Utah de los Estados Unidos.

En Venezuela es insoslayable atender de inmediato esta exigencia constitucional.

Así lo solicito de Ustedes con todo respeto, en mi carácter de ciudadano venezolano por nacimiento, casado, de mayor edad, con domicilio en la ciudad de Caracas (Municipio Chacao del Estado Miranda), titular de la Cédula de Identidad Personal N° 1.856.902, y en mi carácter además, de Elector hábil para elegir y para ser electo, debidamente inscrito en el Registro Electoral Permanente (REP) que lleva ese máximo organismo electoral.

Ruego que me sea acusado el recibo de esta comunicación y, en tiempo oportuno, los resultados de la pronta decisión que Ustedes se sirvan tomar sobre las exigencias que la misma contiene. Dicha decisión sin dilaciones interesa gravemente tanto al Orden Público como al ejercicio de mis derechos personales y ciudadanos.

Es Justicia. Juro la Urgencia.

Ramón Adolfo Illarramendi

Naturalmente, una cosa de tal monta requerirá, impepinablemente, la decisión de la ínclita Sala Constitucional sobre recurso de interpretación que se interponga ante ella. Especialmente si en el caso de las únicas elecciones posteriores a la promulgación de la constitución vigente—julio de 2000—no hubo necesidad de preguntar por la aplicabilidad del artículo 228, dado que el Sr. Chávez Frías obtuvo el 59,76% de los votos válidos.

La composición de las autoridades del Tribunal Supremo de Justicia debió rehacerse en diciembre de 2002. Se suponía la existencia de un pacto entre Iván Rincón y Franklin Arriechi para que este último sucediera al primero. En agosto de 2004 Rincón sigue al frente del tribunal y Arriechi ha sido defenestrado.

Desde comienzos de 2000—cuando terminó sus funciones la instancia constituyente—hasta fines de 2003, no se puso remedio a la provisionalidad del Consejo Nacional Electoral que terminaría presidiendo, heroica pero ineficazmente, nuestro invalorable amigo Alfredo Avella Guevara.

El gobierno ha sabido valerse de la arbitraria e interesada interpretación de cuanto artículo u ordinal esté escrito en constituciones, leyes, reglamentos e instructivos para impedir a la oposición. En esto se comporta como la piraña, que muerde en todo resquicio. ¿Puede uno creer que respecto de la aparente regla de la mayoría absoluta del 228 la dirección política del chavismo ha estado totalmente distraída? ¿O más bien tenemos que pensar que tan inocente redacción está puesta allí adrede?

LEA

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LEA #98

LEA

El pasado 31 de julio la Coordinadora Democrática invitaba a un acto en defensa de los «presos políticos del régimen de Chávez». Sitio de la concentración: frente al raigalmente popular edificio de Parque Cristal, en la populosa y popular barriada de Los Palos Grandes.

Claro, la sede del cuartel general opositor—la quinta Unidad—está ubicada en la populosa y popular barriada de Campo Alegre. Es una ubicación conveniente, si se toma en cuenta que de allí puede pasarse en segundos a la populosa y popular barriada del Caracas Country Club y puede irse a pie, con idéntica comodidad, a la raigalmente popular casa de fiestas La Esmeralda, en la que con alguna frecuencia la Gente del Petróleo escenificara reuniones y donde no mucho antes del 11 de abril de 2002 el pacto precursor del «consenso-país» y esas cosas fuera presentado a la Nación desde la bicefalia de Pedro Carmona Estanga y Carlos Ortega, cuyas manos fueran alzadas como las de boxeadores en tablas por «testigo» eclesial: Luis Ugalde S.J.

Luis Herrera Campíns, que no sólo sabe de los proverbiales—y míticos—»Torontos», hace tiempo que ha aconsejado al estado mayor de la más caracterizada central opositora «salir un poco del este de Caracas». El lunes de esta semana, en conversación con importantísimo líder nacional, recibimos la misma lectura. La presencia del «Sí» se restringe, al menos en la capital, al este de la ciudad. Aprovechando que iba en carro con vidrios muy oscuros, hizo un completo recorrido caraqueño. Se atrevió a penetrar hasta el territorio tupamaro-carapaica en la Parroquia 23 de Enero. Resultado de su veeduría: el «No» está presente en todo el este; el «Sí» brilla por su ausencia en el oeste.

Una vez más, por consiguiente, la dinámica del 15 de agosto estará determinada por la magnitud, la fuerza y la dirección de la mayor parte del enjambre ciudadano, no por lo que haga la Coordinadora Democrática. Mi interlocutor del lunes observó agudamente: «Mientras Chávez hace ofertas con pegada—misiones y esas cosas—la Coordinadora ofrece el académico expediente de un pacto de gobernabilidad».

A diez días del referendo revocatorio presidencial sólo queda esperar que el repliegue aparente del «Sí» corresponda al repliegue hidráulico de las más grandes marejadas, que se retiran de la línea de la costa y la dejan vacía justo antes de invadirla, recrecidas enormemente.

El Soberano está en manos de sí mismo.

LEA

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FS #6 – Una sorda molestia

Fichero

LEA, por favor

Hace ya 33 años que Bob Woodward forma parte del cuerpo editorial del muy influyente periódico Washington Post. Su salto a la fama estuvo acompañado por Carl Bernstein, entonces su colega en el periódico, con quien escribió All the President’s Men (1974), sobre el escándalo de Watergate. Antes, en 1972, ambos habían reventado el asunto en agosto, revelando las conexiones entre la penetración de las oficinas del partido Demócrata en el edificio Watergate y el mismísimo presidente Nixon, quien a la postre debió dimitir. Woodward y Bernstein se hicieron acreedores a innumerables premios, entre ellos el famoso y codiciado Premio Pulitzer.

Robert Upshur Woodward ha sido autor o coautor de al menos nueve bestsellers en los Estados Unidos. El más reciente de ellos es Plan of Attack, un recuento de la preparación de la actual administración Bush para invadir a Irak y deponer por la fuerza el gobierno de Saddam Hussein. El libro está basado en entrevistas con 75 participantes clave en ese ingente esfuerzo de 16 meses de planeación, incluyendo tres horas y media de entrevistas exclusivas con el presidente Bush. Probablemente sólo el prestigio de Woodward hubiera podido lograr este acceso.

La Ficha Semanal #5 de doctorpolítico corresponde al inicio del primer capítulo de Plan of Attack, el que revela cómo una fijación con Irak estuvo presente en la mente de Bush y sus principales ayudantes incluso desde antes de que tomara posesión del gobierno a la salida de Clinton, aunque antes de los ataques del 11 de septiembre todavía no pudiera considerarse a ese país la absoluta prioridad de su gobierno. En realidad, el arranque del gobierno del segundo de los Bush estuvo enfocado sobre una agenda doméstica que tenía como centro el alivio de la carga impositiva a las grandes empresas norteamericanas. Woodward escribe: «De hecho, la política exterior de la administración era en gran medida un lío antes del 11 de septiembre. El presidente estaba enfocado sobre asuntos domésticos e impositivos y no había una dirección clara». (Capítulo 7, página 79).

Woodward deja claro testimonio del importante aporte de Mark Malseed en la confección del libro. Malseed le había asistido en un libro previo, Bush at War, (2002), referido a la reacción contra Afganistán a raíz de los ataques hiperterroristas en Nueva York y Washington. Para Plan of Attack la participación del asistente creció hasta el punto que Woodward asentara: «La última vez fue un colaborador. En esta ocasión fue un socio».

La temática abordada por Plan of Attack es de indudable gravitación sobre la actual campaña electoral en los Estados Unidos, en la que Bush pretende ser reelecto frente a la competencia algo gris de John Kerry.

LEA

……

Una sorda molestia

Comenzando enero de 2001, antes de que George W. Bush tomase posesión, el vicepresidente electo Dick Cheney envió un mensaje al secretario de defensa saliente, William S. Cohen, un republicano moderado que prestó sus servicios en la administración demócrata de Clinton.

«Realmente necesitamos informar al presidente electo sobre algunas cosas», dijo Cheney, añadiendo que quería una «discusión seria acerca de Irak y las diferentes opciones». El presidente electo no debiera recibir el rutinario y enlatado paseo por el mundo que normalmente se ofrece a los presidentes entrantes. El Tema A debía ser Irak. Cheney había sido secretario de defensa durante la presidencia de George H. W. Bush, la que incluyó la Guerra del Golfo de 1991, y escondía profundamente una sensación de asunto inacabado acerca de Irak. Además, Irak era el único país que los Estados Unidos bombardeaban regularmente, aunque con intermitencia, por aquellos días.

Los militares norteamericanos habían entrado en una frustrante guerra no declarada de baja intensidad a partir de la Guerra del Golfo, desde que el padre de Bush y una coalición apoyada por las Naciones Unidas habían expulsado a Saddam Hussein y su ejército de Kuwait después que hubiesen invadido a ese país. Los Estados Unidos establecieron dos zonas de vuelos prohibidos en las que los iraquíes no podían volar ni aviones ni helicópteros, lo que comprendía alrededor de 60 por ciento del país. Cheney quería asegurarse de que Bush entendiera los problemas militares y de otra índole de este potencial avispero.

Otro elemento era la política prevaleciente que se heredaba de la administración Clinton. Aunque no se lo entendía lo bastante, la política básica era claramente el «cambio de régimen». Una ley que el Congreso aprobó en 1998 y el presidente Bill Clinton había firmado autorizaba hasta 97 millones de dólares de asistencia militar a las fuerzas de oposición en Irak «para remover el régimen encabezado por Saddam Hussein» y «promover la emergencia de un gobierno democrático».

En la mañana del miércoles 10 de enero, diez días antes de la toma de posesión, Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice y el secretario de Estado designado Colin L. Powell fueron al Pentágono a reunirse con Cohen. Entonces Bush y su equipo bajaron hasta el Tanque, el dominio seguro del cuarto de reuniones de los Jefes de Estado Mayor.

Bush entró como Luke Manos Tranquilas, agitando levemente sus brazos, presuntuoso pero aparentemente incómodo.

Dos generales les informaron de la puesta en vigor de la zona de vuelos prohibidos. La Operación Vigilancia Norte hacía cumplir la prohibición de vuelos en el 10 por ciento más norteño de Irak para proteger a la minoría kurda. Alrededor de 50 aviones norteamericanos e ingleses habían patrullado el restringido espacio aéreo durante 164 días del año anterior. En casi cada misión habían recibido fuego enemigo o sido amenazados por la defensa antiaérea iraquí, incluyendo proyectiles tierra-aire. (SAM’s). Los aviones norteamericanos habían contestado el fuego o dejado caer cientos de proyectiles y bombas sobre los iraquíes, en su mayor parte contra artillería antiaérea.

En la Operación Vigilancia Sur, la mayor de las dos, los Estados Unidos patrullaban toda la mitad sur de Irak hasta las afueras de los suburbios de Bagdad. Increíblemente, los pilotos que sobrevolaban la región habían entrado al espacio aéreo iraquí 150.000 veces en la última década, casi 10.000 veces el año anterior. En cientos de ataques ni un solo piloto norteamericano se había perdido.

El Pentágono tenía cinco opciones graduadas de respuesta cuando los iraquíes disparaban contra un avión norteamericano. Los contraataques aéreos eran automáticos; los más serios, que implicaban ataques múltiples en contra de blancos o sitios fuera de las zonas de prohibición de vuelos, requerían notificación o aprobación directa del presidente. La puesta en vigor de las zonas de vuelo prohibido era peligrosa y costosa. Jets de varios millones de dólares eran puestos en riesgo al bombardear cañones antiaéreos de 57 milímetros. Saddam tenía almacenes enteros de éstos. ¿Seguiría siendo una política de la administración Bush el continuar puyando en el pecho a Saddam? ¿Había una estrategia nacional detrás de esto o era sólo un estático quid pro quo?

Si un piloto norteamericano era derribado se ponía en práctica la operación Molestia del Desierto. Estaba diseñada para quebrantar la capacidad iraquí de capturar al piloto atacando el comando y control de Saddam en el centro de Bagdad. Incluía la escalada del ataque si el piloto era capturado. Otra operación llamada Trueno del Desierto era la respuesta si los iraquíes atacaban a los kurdos en el norte.

Un buen número de siglas y nombres de programas fueron expuestos –la mayoría conocidos de Cheney, Rumsfeld y Powell, quien había pasado 35 años en el ejército y había presidido la Junta de Jefes de Estado Mayor de 1989 a 1993.

El presidente electo Bush hizo algunas preguntas prácticas acerca de cómo funcionaban las cosas, pero ni expuso ni insinuó cuáles eran sus deseos.

El salón de la Junta de Jefes de Estado Mayor tenía un caramelo de menta en cada puesto. Bush desempacó el suyo y se lo metió a la boca. Luego le puso el ojo al de Cohen y escenificó una pantomima: «¿Quieres eso?» Cohen señaló que no, así que Bush se estiró y lo tomó. Cerca del término de la hora y cuarto de información el presidente de la Junta de Jefes, el general del ejército Henry «Hugh» Shelton, notó que Bush miraba a su caramelo, así que se lo pasó.

Cheney escuchaba pero estaba cansado y cerraba los ojos, cabeceando conspicuamente varias veces. Rumsfeld, que estaba sentado a un extremo de la mesa, ponía mucha atención, aunque a cada rato pedía a los informantes que hablaran en voz alta o más alta.

«Hemos tenido un gran comienzo», comentó en privado uno de los jefes a un colega luego de la sesión. «El vicepresidente se durmió y el secretario de defensa no puede oír».

Cohen, quien dejaría el departamento de Defensa en 10 días, creía que la nueva administración pronto vería la realidad respecto de Irak. No encontraría mucho, si acaso algún apoyo en otros países de la región o del mundo para una acción fuerte en contra de Saddam, lo que significaba que tendrían que ir solos en cualquier ataque a gran escala.

¿Qué podrían lograr con ataques aéreos? No mucho, pensaba. Irak era traicionero. Cuando se sopesase todo, predecía Cohen, el nuevo equipo pronto echaría hacia atrás y encontraría una «reconciliación» con Saddam, quien él creía que estaba efectivamente contenido y aislado.

En entrevistas sostenidas casi tres años después, Bush dijo de la situación antes del 11 de septiembre: «No estaba contento con nuestra política». No estaba teniendo mucho impacto para cambiar la conducta de Saddam o para derrocarlo. «Antes del 11 de septiembre, sin embargo, un presidente podía ver una amenaza y contenerla o tratarla de varias maneras sin temor de que esa amenaza se materializara en nuestro propio suelo». Saddam no era todavía la primera prioridad.

Robert Upshur Woodward

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CS #97 – Periodismo infeliz

Cartas

Era el mes de septiembre de 1996. Después de sufrir larga reclusión domiciliaria por sentencia de un tribunal a causa de algunos de sus delitos contra la cosa pública, el único presidente venezolano que ha debido dejar el poder por delincuente, Carlos Andrés Pérez, había salido a la calle en libertad. Y de esa salida a la libertad los medios habían hecho un despliegue desproporcionado y en gran medida construido.

Entre sus primeros actos, luego de la liberación, estuvo su «reinscripción» en Acción Democrática, el partido que lo expulsó por corrupto, en una perdida seccional cercana a Rubio, su pueblo natal. En esa zona, bien controlada por los manejos de su lugarteniente de entonces, Héctor Alonso López, había decidido recomenzar su «aporte» a la política venezolana, en ese territorio en el que una solícita Cecilia Matos le había construido un museo y algún escultor complaciente había perpetrado el sacrilegio de modelar a Bolívar sobre su rostro. (Hasta en este delirio Chávez tuvo quien se le adelantase).

Luego escenificó una rueda de prensa en sus oficinas de la Torre Las Delicias. No más de cincuenta personas corearon su nombre a las afueras del edificio. En cambio, la valentía de María Isabel Párraga le hizo retroceder y contradecirse cuando le puso ante los ojos, delante de todos los reporteros, una copia fotostática de alguno de sus mancomunados enredos. El fotógrafo de El Nacional registró para la posteridad el gesto vade retro de Pérez, mientras negaba una fecha o una cantidad ante la mirada conminatoria de la periodista. De nada le valió la pretendida resurrección y la búsqueda de un protagonismo que ya no tenía, y que sólo sus más íntimos aduladores y oportunistas como Henrique Salas Roemer—que había explícitamente procurado el apoyo político del vergonzante ex presidente a raíz de su salida en libertad—estaban dispuestos a reconocerle.

Para esa época escribíamos: «Los profesionales de la comunicación social, los dueños de los medios de esta comunicación, tienen un deber insoslayable ante el país: el de reducir a Carlos Andrés Pérez a su verdadera dimensión de agitador en decadencia. No es un ejercicio serio del periodismo la reciente amplificación y destacada cobertura de sus pendencieras apariciones, no es para nada útil concederle la primera plana, en fácil y amarillista solución de sus problemas de redacción interesante. Que no se convierta en ritual periodístico la entrevista cotidiana o semanal al agitador de Rubio, el principal responsable del espantoso estado de la República, como si se tratase, en cambio, de alguien que pudiera decirnos algo útil e importante para la vida de la Nación».

Recordamos estas cosas cuando el pasado domingo 25 de los corrientes el diario El Nacional estimó que sus lectores debíamos calarnos una página de entrevista al pernicioso personaje, y teníamos que soportar su grosera advertencia: que el gobierno de Chávez sólo cesaría mediante la aplicación de violencia en su contra y que él, Carlos Andrés Pérez, estaba personalmente involucrado en una conspiración que la ejercería.

En el fondo no importa dilucidar si fue el periódico quien fue tras el declarante o éste quien hizo valer algunas relaciones de indudable influencia sobre el rotativo. Lo cierto es que la entrevista no obedeció a una decisión editorial que considerase importante tomar la opinión de ex presidentes en torno a la posible cesantía del actual ocupante de Miraflores. El Nacional no ha anunciado una serie de entrevistas a Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns, Jaime Lusinchi y Ramón Velásquez, nuestros restantes ex presidentes vivos. La entrevista fue un proyecto único, una sola intención del rotativo.

¿Qué busca El Nacional? ¿Qué busca o qué sabe Miguel Henrique Otero? ¿Qué buscan o qué saben las personas más influyentes en el diario de Puerto Escondido? ¿Qué es lo que tienen escondido?

Hemos escuchado que el asunto estuvo concebido como divertimento con la intención de irritar a Hugo Chávez, de preocuparlo o asustarlo. Si esto fuera así se trataría de enorme irresponsabilidad—dado que nadie puede garantizar cómo reaccionaría ante semejante acicate la psicopática personalidad del actual presidente—tanta irresponsabilidad como la de molestar a un gorila rodeado de gente por pura diversión.

Claro que desde cierto punto de vista Pérez y Chávez están indisolublemente unidos. A fin de cuentas, el segundo se levantó en armas contra el primero. Después de que Rafael Caldera pusiera en libertad a los conspiradores de 1992, Hugo Chávez declaró a la revista Newsweek que el artículo 250 de la Constitución de 1961 le obligaba a rebelarse. Lo que aquel artículo 250 estipulaba era que en caso de inobservancia de la Constitución por acto de fuerza, o de su derogación por medios distintos de los que supuestamente ella misma disponía—nunca dispuso ninguno—todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendría el deber de procurar su restablecimiento.

Pero con todo lo que podíamos censurar a Pérez en 1992, y aun cuando la mayoría de los venezolanos estaba convencida de que lo más sano para el país era su salida de Miraflores y La Casona, ni Pérez había dejado de observar la Constitución en acto de fuerza ni la había derogado por medio alguno. Todas las cosas que le eran censurables a Pérez tenían rango subconstitucional.

Ni siquiera era un posible fundamento de Visconti, Arias Cárdenas, Chávez, etcétera, aquella disposición sobre el derecho a la rebelión recogida en la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776): «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como deseable. Era por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes preveían en materia de rebelión.

Siendo esto verdad, y encontrando explicable que Carlos Andrés Pérez aún pudiera estar ardido por los vaporones que Chávez le hizo pasar, lo que no encuentra explicación es la entrevista de El Nacional del pasado domingo, rayana en el delito de incitación a delinquir.

Y es que además la entrevista es políticamente estúpida, pues lo que hace es darle la razón al adversario: dar pie a Chávez, a un fácilmente desgañitado José Vicente Rangel, a un obsecuente García Carneiro, para que pretendan vulnerar el ejercicio democrático del 15 de agosto bajo el pretexto de que «la oposición» procura un nuevo golpe o un «efecto Madrid», según la docta expresión del Vicepresidente. Por fortuna, la mayoría de los dirigentes conspicuos de la oposición pusieron rápidamente distancia entre su opinión y la de Pérez.

Hace ya mucho tiempo que Carlos Andrés Pérez no hace un favor al país. Lo último que ha hecho, sobre alfombra roja tendida inexplicablemente por El Nacional, es lo más inoportuno y pernicioso que ha salido de su hocicada boca.

La infeliz iniciativa de El Nacional debiera servir para que comprenda que lo que tiene que hacer es justamente lo contrario de lo que hizo. Que es preciso demostrarle a Pérez que su incontrolada lengua no tiene ya vigencia en Venezuela. Que su figura pertenece a un pasado que preferimos olvidar. Que un mínimo de decencia le exigiría que callara la boca y desapareciera en las norteñas latitudes que habita, a fin de que pueda ocuparse, en el ocaso de su vida, de sus mancomunados intereses.

LEA

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