por Luis Enrique Alcalá | Jul 27, 2004 | Fichas, Política |

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En momentos cuando la Coordinadora Democrática ha presentado públicamente el contenido del llamado «consenso-país» y los diez puntos de su «Acuerdo Nacional», resulta interesante desempolvar los ocho puntos de un famoso y ya vetusto programa: el llamado Plan de Barranquilla que sirvió de plataforma ideológica inicial a lo que más tarde sería el partido Acción Democrática.
El Plan de Barranquilla es de 1931; todavía restaba algo más de cuatro años de Juan Vicente Gómez en el poder. En su redacción salta a la vista la orientación marxista de los que serían los líderes de AD. Todavía a las alturas de 1958, cuando Domingo Alberto Rangel era Secretario Nacional de Doctrina del partido, se publicó bajo su égida un folleto con una sinopsis de su doctrina. En el primero de sus asertos se leía la siguiente afirmación doctrinaria: «Acción Democrática es un partido marxista».
Para ese entonces, naturalmente, que fuese marxista debía entenderse—así lo explicaba el folleto—no como un equivalente de comunista, ni siquiera como socialista radical—al estilo del MIR de los años sesenta o el MAS de los setenta—sino como un partido que asumía el marxismo como un «método» para la comprensión de la realidad social.
En todo caso, el trienio de 1945-48 se caracterizó por un comportamiento de Acción Democrática que no deja de parecerse—muy a su pesar—a lo que llevamos de gobierno chavista: la celebración de una asamblea constituyente, el decreto precursor del 1.011 de Chávez (el famoso decreto 321 que encontró feroz resistencia de los colegios católicos de la época), un discurso antiimperialista, un sectarismo acusado y hasta los antecesores de los temidos círculos bolivarianos: las famosas y míticas «bandas armadas» de AD que debían «defender la revolución» y que jamás emergieron a la caída de Gallegos en 1948.
El documento conocido como Plan de Barranquilla, al mejor estilo revolucionario, hace preceder el programa de ocho puntos por tres secciones introductorias, que buscan fungir como diagnóstico—marxista—de la situación de Venezuela en 1931. La Ficha Semanal #5 de doctorpolítico reproduce sus conclusiones y el programa mismo, sin incluir aquellas secciones. En una de ellas se lee: «Entre el capitalismo extranjero y la casta latifundista-caudillista criolla ha habido una alianza tácita en toda época». Y en la sección anterior: » Para caudillos y latifundistas la situación semihambrienta de las masas y su ignorancia son condiciones indispensables para asegurarse impunidad en la explotación de ellas». Retórica francamente muy parecida a la de Chávez, diferenciada por un estilo y una situación histórica obviamente diferentes.
Betancourt y Acción Democrática volvieron al poder diez años después de la caída de Gallegos. Pero ahora eran un líder y un partido atemperados, ya sobrios de la borrachera de poder que les intoxicaba en 1945. Rafael Poleo ha puesto de relieve la similitud del proceso chavista y el adeco del trienio, y hasta insinuado que la relativa juventud de Chávez pudiera permitirle un futuro político para el que regresara con mayor moderación. El símil es sugestivo, pero ni la psicología épica, narcisista y megalómana de Chávez es la de Betancourt, ni el MVR es algo que pueda compararse con Acción Democrática que, a fin de cuentas, contaba con una profundidad intelectual en sus cuadros dirigentes que brilla por su ausencia en las filas del chavismo. Es por eso que Pompeyo Márquez ha podido decir: «Lo mejor de Venezuela está contra Chávez».
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Precursores de Chávez
Precisados en el orden interno y en las relaciones internacionales los factores determinantes de la situación venezolana hemos suscrito un programa mínimo de acción política y social con vistas a esos factores. Presumen espíritus simplistas, viciados de la tradicional indolencia venezolana para ahondar problemas, que «asociaciones cívicas» y otros remedios fáciles de la misma índole bastarían para promover en el país un movimiento de dignificación civil. Nosotros, con criterio más realista y positivo, nutrido de doctrina y de historia, creemos que la elevación del nivel político y social de las masas no puede lograrse sino sobre las bases de independencia económica. Por eso, hemos articulado nuestra plataforma con postulados de acción social y antiimperialista, trascendiendo resuelta y conscientemente las aspiraciones retrasadas de quienes creen que basta moralizar la administración y reformar cuatro o cinco artículos de la Constitución para que Venezuela comience a realizar su destino de pueblo. Hemos dicho programa mínimo, porque el suscrito hoy por nosotros apenas contempla los más urgentes problemas nacionales y porque el contenido del mismo de nuestros postulados de acción es apenas reformista. Consecuentes con un método que repudia la sobreestimación de fuerzas, hemos querido considerar sólo las necesidades y aspiraciones populares más urgentes. La marcha misma del proceso social nos señalará el momento de poner a la orden del día la cuestión de ampliación y revisión del programa.
PROGRAMA
I. Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista.
II. Garantías para la libre expresión del pensamiento, hablado o escrito, y para los demás derechos individuales (asociación, reunión, libre tránsito, etc.).
III. Confiscación de los bienes de Gómez, sus familiares y servidores; y comienzo inmediato de su explotación por el pueblo y no por jefes revolucionarios triunfantes.
IV. Creación de un Tribunal de Salud Pública que investigue y sanciones los delitos del despotismo.
V. Inmediata expedición de decretos protegiendo a las clases productoras de la tiranía capitalista.
VI. Intensa campaña de desanalfabetización de las masas obreras y campesinas. Enseñanza técnica industrial y agrícola. Autonomía universitaria funcional y económica.
VII. Revisión de los contratos y concesiones celebrados por la nación con el capitalismo nacional y extranjero. Adopción de una política económica contraria a la contratación de empréstitos. Nacionalización de las caídas de agua. Control por el Estado o el Municipio de las industrias que por su carácter constituyen monopolios de servicios públicos.
VIII. Convocatoria dentro de un plazo no mayor de un año de una Asamblea Constituyente, que elija gobierno provisional, reforme la Constitución, revise las leyes que con mayor urgencia lo reclamen y expida las necesarias para resolver los problemas políticos, sociales y económicos que pondrá a la orden del día la revolución.
Los que suscriben este plan se comprometen a luchar por las reivindicaciones en él sustentadas y a ingresar como militantes activos en el partido político que se organizará dentro del país sobre sus bases.
En Barranquilla, a 22 de marzo de 1931.
PEDRO A. JULIAC
RÓMULO BETANCOURT
SIMÓN BETANCOURT
MARIO PLAZA PONTE
CARLOS PEÑA USLAR
RICARDO MONTILLA
P. J. RODRÍGUEZ BERROETA
RAFAEL ANGEL CASTILLO
RAÚL LEONI V.
VALMORE RODRÍGUEZ
CÉSAR CAMEJO
JUAN J. PALACIOS
por Luis Enrique Alcalá | Jul 22, 2004 | Cartas, Política |

Ayer recibimos la siguiente pregunta: «¿Qué recomendaría usted para evitar que el 15 de agosto a las 9 de la noche los dos bandos en pugna referendaria se entren a tiros?»
Naturalmente, tras esta cuestión subyace la presunción de que no es nada improbable un resultado chiquitico, apretado: un escenario en el que el «Sí» o el «No» resultasen triunfantes por mínima diferencia. A fin de cuentas, hay algunas encuestadoras que creen medir un virtual empate entre las opciones, otras que el gobierno pudiera resultar reivindicado y otras, al fin, que pronostican la revocación de Chávez pero que registran un significativo progreso reciente del gobierno en paralelo con un deterioro creciente de la posición opositora. (También ayer nos tropezamos en la calle con un ex ministro socialcristiano a punto de visitar a un ex presidente socialcristiano y recibimos su confidencia: «Si las votaciones ocurrieran hoy Chávez ganaría».) ¿Qué pasaría, se preguntaba en el fondo nuestra inquisidora de ayer, si gana el «Sí» por muy pocos votos, habida cuenta de que Hugo Chávez Frías, Diosdado Cabello y José Vicente Rangel se parecen poquísimo a Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Gonzalo Barrios, que en 1968 entregaron el Poder Ejecutivo Nacional a Rafael Caldera a partir de su minúscula ventaja de 32 mil votos? ¿Qué tendería a hacer una oposición grandemente confiada en el triunfo si el CNE y Smartmatic anuncian, sin que Jennifer McCoy pueda certificar significativas actividades sospechosas de fraude, que ha ganado el «No» por unos cien mil o cincuenta mil sufragios? ¿Cuán probable es un desenlace de este tipo?
Nuestro maestro Yehezkel Dror predicaba hace ya más de treinta años que un agente de decisión debe tomar previsiones, debe contar con planes de contingencia, no sólo para el caso de ocurrir los futuros más probables, sino también cuando un futuro improbable, de ocurrir, tuviese un impacto de gran consideración. Sería irresponsable, tanto como jugar a la ruleta rusa—una probabilidad en seis o solamente 16% de probabilidades de morir en el acto contra 84% de probabilidades de ganar una jugosa apuesta—quien no supiera lo que haría en caso de que se materializara un acontecimiento posible que pudiera acabar con todo. Es preciso prepararse, remachaba, para resultados de baja probabilidad pero alto impacto.
Admití a la persona que me hacía la pregunta formulada al comienzo que convenía a los venezolanos hacer todo lo que estuviera a nuestro alcance para bajar las probabilidades de una diferencia pequeña entre el «Sí» y el «No» a cotas cercanas a la imposibilidad. Así ofrecí unas primeras recomendaciones intuitivas, más bien superficiales. Podía exigirse a los respectivos y contrapuestos comandos que instruyesen a sus cuadros y militantes: «Nada de guarimbas, nada de piedras a las puertas de RCTV si perdemos por poco; los jefes manejaremos políticamente el asunto». Pero como la Coordinadora Democrática no controla a todos los guarimberos, y el Comando Maisanta no controla a todos los tupamaros y carapaicas—continuábamos en plan de facultativo con libreta de récipes en mano—convendría aprovechar que el caballero William Ury todavía está disponible para procurar la firma de un pacto de media página al efecto.
De alguna manera sabíamos, sin embargo—un persistente desasosiego nos lo advertía—que probablemente sería más eficaz una solución contraintuitiva. (En más de una ocasión el decisor público, el estadista, se tropieza con una causación social tan compleja que las respuestas intuitivas son ineficaces o aun son peor remedio que la enfermedad. El mismo Dror nos confrontaba con la ineficacia de la política perezjimenista de superbloques, construidos para mejorar la condición de las viviendas marginales en los barrios caraqueños. La superpoblación de los cerros caraqueños con ranchos precarios, humanamente indignos, se producía—apuntaba Dror—a partir de una intensa migración rural hacia la metrópoli; esto es, por gente que prefería vivir en un rancho caraqueño antes que en un extraviado conuco llanero. Por esta razón el superbloque sólo echaba gasolina a la candela, pues hacía la migración aun más atractiva, al ofrecer un hábitat claramente preferible al de los ranchos que sustituía. La solución de Marcos Evangelista aceleraba la migración y por tanto agravaba el problema que pretendía atender).
En este punto surgió en nuestra cavilación la siguiente certeza. Si el presidente Chávez y los que le apoyan componen una parte apreciable, no despreciable, de la población de Venezuela, no puede llamarse consenso-país a una formulación que no cuente con su consenso. Pero si se llegare a una nueva formulación que obtuviese tal aquiescencia tampoco podría entonces emplearse el cognomento consenso-país, a menos que quienes se oponen a la permanencia de Chávez en el poder fueran igualmente tranquilizados. En consecuencia, el mejor, el verdadero consenso-país consistiría en aquel acuerdo sobre políticas a partir del 15 de agosto que no requiriera la oposición furibunda de la Coordinadora Democrática ni del Comando Maisanta. ¿Es este milagroso y teórico pacto pura fantasía? ¿Es posible determinar un mínimo común denominador? Tal vez. Te doy garantía de que no remaremos hacia el «mar de la felicidad» si no insistes en privatizar a PDVSA, por ejemplo.
Pero esas políticas, de existir, tendrían que evidenciarse encarnadas en una persona. No basta el consenso. Por esto el mejor sucesor de Chávez sería también alguien que convenciese por sus bondades a quienes votarán «Sí» el 15 de agosto y que fuese alguien en quien Chávez pudiera poner algunas confianzas elementales. ¿Existe ese insólito perfil realizado en persona venezolana concreta? Bueno, debe haber algún nombre que no haya suscrito el decreto de Carmona al tiempo que reconozca las naturales ventajas y sabidurías gregarias del mercado. Que desestime el protocolo de constante combate épico del chavismo al tiempo que se haya percatado de que el Consenso de Washington es una simpleza.
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De darse la revocación del mandato de Chávez éste no podrá, aunque lo haya anunciado ante los mandatarios de MERCOSUR, ser candidato para sustituirse a sí mismo. Para doctorpolítico esa declaración no fue otra cosa que la preparación de un próximo y previsto gesto «democrático» de Chávez. Es cierto que Iván Rincón, en reciente y explayada entrevista, toreó a su entrevistador por chicuelinas y rechazó pronunciarse sobre el caso específico de la inhabilitación inmediata del actual presidente. («Nosotros nos limitamos a establecer principios generales».) Es cierto que además resaltó que la prohibición constitucional que al respecto pesa sobre eventuales asambleístas revocados no se aplica al caso presidencial. Pero es que en esto hubo acuerdo unánime de los magistrados de uno y otro bando en la Sala Constitucional. Incluso quienes aportaron votos concurrentes—que no salvados—y que en ellos hicieron explícito el absurdo de que un funcionario revocado pretendiera sustituirse a sí mismo, apoyaron la decisión construida sobre ponencia de Delgado Ocando. Pero en el cuerpo mismo de la sentencia vigente se lee, a continuación de la cita textual del Artículo 233 de la Constitución, que «esta Sala observa» que la revocación del mandato del presidente acarrea la falta absoluta y en consecuencia su «separación definitiva» del cargo por el «período correspondiente». La Sala, en consecuencia, «aclarará» que un presidente revocado no puede postularse como candidato a las elecciones inmediatas según lo previsto para el caso de la falta antes de cumplidos los primeros cuatro años del mandato. Y Chávez dirá: «Acato. ¿Se fijan que sí soy un demócrata que respeta la independencia de los poderes?»
Si Chávez es revocado, por consiguiente, su agrupación política deberá poner en circulación un candidato diferente. No podrá ser José Vicente, que estaría encargado de la presidencia. Tal vez Alí Rodríguez, para que si pierde sea el PPT el dueño de la derrota. Y éste perdería, también en el caso de una elección con un candidato que emerja de las tardías «primarias» de la Coordinadora y con un tercer candidato que no tenga nada que ver ni con el chavismo ni con la central opositora. Es más, de aparecer un tercer candidato «correcto», un candidato del «tercer lado» de Ury, lo más probable es que resultase triunfador ante, por ejemplo, los petroleros de polo opuesto: Alí Rodríguez, ex guerrillero y «decente» ex Secretario General de la OPEP, y Alberto Quirós, solidario del «carmonazo» pero eficaz negociador de la central opositora.
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También, como todo médico profesionalmente responsable en situación de difícil terapéutica, doctorpolítico fue a consultar a sus gurúes, a los colegas cuyo criterio respeta. Poseído por la inquietud que le causara aquella indagación sobre la forma de retirar el detonante de la explosiva mezcla de gases políticos que se acumula peligrosamente hacia el 15 de agosto, preguntó a sus maestros sobre el punto.
Por supuesto, le hicieron ver una vez más, el futuro es siempre un delta de varios caños, una arborificación compuesta de varias ramas, y los alarmantes escenarios descritos no son las únicas posibilidades. Un escenario no despreciable es aquél en el que el «Sí» obtiene al menos 500 mil votos de ventaja, pero en el que el «No» logra captar, digamos, 3 millones de votos. Es decir, el «Sí» atraería 3 millones y medio de sufragios y, ganándole al «No», todavía estaría por debajo de los 3 millones 800 mil votos necesarios para la revocación constitucional del mandato. Una interesante situación en la que el gobierno no saldría despedido como el proverbial corcho de limonada, pero quedaría suficientemente debilitado como para que pudiera intentar la fidelización definitiva del país entre el 16 de agosto de este año y las elecciones de 2006, como pretende el resurrecto ideólogo del Comando Maisanta, William Izarra.
Pero también hay otro cauce de significativa anchura en ese delta de atractrices: que sea el Pueblo solo, el enjambre ciudadano en miríadas de actos individuales solitarios y secretos, el Soberano de Sieyès en estado puro el que, con independencia de las apuradas gestiones de la Coordinadora Democrática, después de rumiar su decisión en silencio, decida restaurar la normalidad a su trono y revoque inequívocamente y por mayoría suficiente el mandato conferido a Chávez, a conciencia de que no deberá regresar a su palacio tropical para dejar todo en manos del sucesor, sino que tendrá que encargarse asimismo de vigilar y conminar a este último. De lo que tiene ese Soberano que tomar conciencia es de que, simplemente, la historia no se termina el 15 de agosto de 2004 y de que podrá seguir alzando su majestuosa voz cada vez que lo estime necesario. Que podrá ofrecer la cesantía a Chávez sin conferir cheque en blanco a quien ponga en su lugar. Ahora es cuando el Pueblo tiene que trabajar.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 20, 2004 | Fichas, Política |

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El domingo 2 de octubre de 1994 se celebraba en la Sala 6 del Parque Central un evento de gran interés y posibilidades futuras. Unos setenta dirigentes no tradicionales, provenientes de diversos lugares del país, se reunieron a discutir las líneas generales de una opción política diferente a las que hasta ese momento habían sido presentadas a los Electores venezolanos. Los organizadores del evento fueron el movimiento Sociedad Civil Para La Gente, el partido Factor Democrático y la agrupación BREA, aunque asistieron también representantes de otros movimientos, como el Grupo Asesor Comunal de Baruta. Abrió el acto Lenín Aquino, dirigente social aragüeño, quien expuso los objetivos de la reunión y dio la palabra a un panel en el que destacaba Diego Bautista Urbaneja, el principal dirigente de Factor Democrático. Urbaneja presentó el concepto básico de su partido y declaró enfáticamente su convicción de que la reunión llegaría a ser «histórica».
El editor de esta publicación fue invitado a la reunión, y habló para exponer la descripción general del proyecto de la Sociedad Política de Venezuela (1985), en el que Urbaneja había tenido alguna participación antes de abandonarlo.
El tiempo se encargó de desmentir al líder de Factor Democrático. El esfuerzo jamás llegó a nada concreto y la reunión nunca adquirió el pretendido carácter histórico.
La Ficha Semanal No. 4 de doctorpolítico registra extractos de una relación inicialmente publicada, bajo el título Una especie política diferente, en el número 8 (19 de octubre de 1994) de referéndum, publicación que también tenía por editor al suscrito. Contiene unas pocas prescripciones que aún consideramos con vigencia, las que fueron en su momento debidamente desatendidas por los promotores de la reunión de Parque Central. Tal vez la seriedad y responsabilidad que exigían a una nueva organización política representaron un precio excesivamente caro para los que recibieron entonces el planteamiento.
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Otro código genético
Es muy probable que el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela, superando sus carencias y aceptando modificaciones, se integre en este nuevo esfuerzo. Es probable que algunas de las ideas expuestas en esta publicación sobre el tema de la organización política que puede aventajar a los esquemas tradicionales puedan encontrar su inserción cooperadora en la organización que surja a partir de las próximas deliberaciones. Queremos por tanto resumir acá lo que consideramos deben ser los rasgos esenciales de lo que, a nuestro juicio, sería una organización política viable y exitosa.
En primer lugar, toda organización política que quiera ejercer una presencia eficaz deberá integrarse alrededor de tres componentes funcionales distintos, no sin parecerse a la estructura que exhibe la corteza cerebral del sistema nervioso de la especie humana. Un primer componente o sección de tal organización deberá dedicarse al registro veraz y oportuno del estado de la opinión de los Electores. Se contraerá, así, al registro sensorial, a la celebración de referenda, sobre todo de consultas a los Electores acerca de lo que piensan sobre tratamientos concretos a los problemas de carácter público en los distintos niveles de la estructura política nacional. Es la función primaria.
Un segundo componente vendría dado por un centro elaborador de políticas y tratamientos, de soluciones a los problemas que puedan ser presentadas por el componente anteriormente descrito al juicio de los Electores. Probablemente este centro deberá ocuparse igualmente de un programa de educación política de los miembros de la organización y de los Electores en general.
Finalmente, un último componente debe estar dedicado a las operaciones propiamente dichas. Las operaciones electorales, por una parte, atendiendo a la normativa esbozada en el proyecto de la Sociedad Política de Venezuela, en el sentido de postular solamente a aquellas personas que hayan reunido un grupo de Electores que desean esa postulación. Las operaciones políticas no electorales, por la otra, siendo una operación típica la recolección de firmas para introducir proyectos de leyes por iniciativa popular, según lo permite la vigente Constitución.
Cada uno de estos componentes debe estar al mismo nivel jerárquico y gozar de importante autonomía funcional, para evitar la subordinación típica de los partidos tradicionales, en los que el conocimiento se supedita al poder. Naturalmente, será necesario disponer de una junta integradora de la acción de los tres componentes esbozados.
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Estas cosas son los problemas que debe acometer una nueva organización política si sus miembros desean trascender verdaderamente, y otra cosa les conduciría a la insignificancia. Es posible conseguir presencia puntual y episódica con acciones vistosas, microscópicamente valientes. Pero si lo que se desea es transformar a Venezuela, normalizar el nivel de vida de sus habitantes, expandir su democracia hasta sus límites tecnológicos, insertarla dignamente en la comunidad planetaria, es preciso acometer el problema con seriedad y responsabilidad.
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Entre los programas prioritarios de la nueva asociación deberá encontrarse el relativo a la educación política de los miembros de la asociación y de los Electores en general. Muchas buenas intenciones en política, mucho altruismo social, llegan a ver corrompido su impulso original porque recaen en el cauce muy atractivo de la política tradicional, de la Realpolitik. Es preciso escapar a ese sino cuasitrágico, y para lograr tal cometido no hay otro camino que el aprendizaje responsable. Nadie tiene la verdad definitiva en política. Nadie tiene nunca toda la razón. Con humildad, con alegría de estudiante, las personas que quieran construir una opción trascendente en la política venezolana deberán dedicar un tiempo apreciable al estudio y al análisis, tanto de los problemas públicos como de los nuevos enfoques que ahora están disponibles para su comprensión y su superación.
Ninguna otra aproximación haría legítimo un intento por obtener el poder político en Venezuela. La política consiste en entrometerse con la historia, en interferir en la vida de un pueblo. No puede tolerarse la irresponsabilidad a este respecto. Si el diseño de una nueva asociación política se parece demasiado al de las organizaciones convencionales, no habría razón para preferirlo a lo que tantas veces criticamos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 15, 2004 | Cartas, Política |

La teoría de catástrofes es una creación relativamente reciente de la ciencia. (René Thom, Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972). No hace mucho tiempo, por otra parte, desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registraran lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observó jamás ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.
Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Por cierto, el último incidente de este tipo en Ghana era el sexto que se registraba en la zona en tiempos recientes. Algo pareciera causar la ocurrencia de los desórdenes en patrones endémicos: pareciera siempre haber conflictos en el Oriente Cercano, en los Balcanes, en Colombia. Como los forúnculos.
Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental.
Estas cosas parecen ignorarlas analistas de éxito e ingresos profesionales considerables. Moisés Naím, por ejemplo, publicó un estudio en inglés con el título The Venezuelan Story: revisiting the conventional wisdom. (El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional, 2001), que se distribuyó por selectos lotes de direcciones electrónicas. Naím volvía a exhibir en ese trabajo una notable capacidad de confusión entre la dimensión de la síntesis y aquella de la simpleza, para rechazar la interpretación de Chávez como «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza».
El propio Naím indicaba que su explicación de las cosas era contraria a esa lectura, a pesar de que «por la mayor parte, la situación de Venezuela es citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización». Naím sostenía que tal cosa no era cierta.
En ninguna parte de su documento de 41 páginas Naím se refería a los múltiples otros signos de molestia planetaria contra, precisamente, ese «Consenso de Washington» cuyo descrédito prefirió ignorar. No mencionó para nada, por poner un caso, que desde hace ya un tiempo a esta parte, cada reunión internacional relacionada con esa manera de entender la globalización, es objeto de significativas manifestaciones de protesta. (Las que se conoce, por cierto, que no son organizadas por el MVR).
La superficialidad de la tesis de fondo naimista se pone en evidencia en simplistas afirmaciones como ésta: «
la desaparición del sistema de partidos que dominó la política venezolana por más de cuatro décadas no fue un súbito colapso al estilo soviético que resultara de una excesiva concentración de poder en manos de una pequeña clique de políticos. Más bien ocurrió como consecuencia de la descentralización del poder político y económico que comenzó a fines de los 80». Es decir, que según Naím habría sido la descentralización lo que trajo a Chávez.
Y no es que Naím carezca de razón en todo lo que dice, o que no sea fácil establecer conexión entre dos hechos simples cualesquiera de la reciente historia venezolana. Por lo contrario, como Naím citaba con profusión un número de hechos incontestables, adquiría por ese procedimiento la falaz apariencia de científico social cuando fabrica sus tendenciosos enlaces fácticos.
Todo esta bien, nos dice Moisés Naím. Chávez no es sino un incidente anómalo aislado. No viene ningún terremoto, no vendrá ninguna avalancha, sino tal vez solamente en Venezuela, donde ahora impera la barbarie. No hay relación entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No hay descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional. Política homeopática: para curar a los pobres es preciso hundirlos más en la pobreza, siempre pedirles más sufrimiento, más «ajustes». Y política de avestruz: no está pasando nada.
La única manera de explicar cómo un gobernante tan obviamente dañino e incompetente como Chávez ha prevalecido últimamente, es precisamente reconocer que su irracionalidad y su iracundia se asientan sobre muy reales substratos.
La globalización es un proceso que, gracias a Dios y a su ingeniería de la complejidad del mundo, es bastante más rico que la casi estrictamente económica globalización de Naím y gente que piensa como él. El mundo construye, ciertamente, una economía que incluye—no es el único—un nivel planetario. Pero también construye un cerebro y una cultura del mundo, una polis del mundo. Mientras esa polis no adquiera las inéditas instituciones que pudieran satisfacerla mejor, la potencia de la protesta planetaria jugará un papel cada vez mayor. No, profesor Naím, no vienen todavía los tiempos tranquilos.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 13, 2004 | Fichas, Política |

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No puede caber duda de que Napoleón Bonaparte fue una importante fuerza civilizatoria. Muchas de sus instituciones—la codificación del derecho, por ejemplo—perduran hasta nuestros días. Pero como político fue implacable cultor de una aproximación de Realpolitik. George Bernard Shaw retrató su cinismo fundamental en una escueta pieza teatral: «El hombre de destino». En un momento de su diálogo con una fascinante dama Napoleón le instruye:
«Hay tres clases de gente en el mundo: los de abajo, los del medio, y la gente elevada. La gente baja y la gente elevada se parecen en una cosa: no poseen escrúpulos, no poseen moralidad. Los de abajo están debajo de la moral; los elevados por encima. No temo a ninguno de los dos; pues los de abajo son inescrupulosos sin conocimiento, y así hacen de mí un ídolo, mientras que los elevados son inescrupulosos sin propósito, y así caen bajo mi voluntad. Mira bien: caeré sobre las masas y las cortes de Europa como el arado cae sobre un campo. Es la gente del medio la que es peligrosa: ella tiene tanto conocimiento como propósito. Pero esta gente también tiene su punto débil. Está llena de escrúpulos, encadenada de manos y pies por su moralidad y su respetabilidad».
El texto escogido para esta Ficha Semanal de doctorpolítico está tomado de la extraordinaria historia general de Europa por el trío de Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes: The European World: A History, y corresponde al fragmento final (El Legado Napoleónico) del capítulo La Era Napoleónica.
El juicio sumario de los autores registra cómo incluso los más ilustrados y capaces déspotas concluyen en fracaso y anulación. Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord, quien en sí mismo fuese tal vez el más extraordinario caso de supervivencia política de toda la historia—sirvió a la república de la Revolución Francesa, a Napoleón, a la restauración borbónica que le sucedió a su caída y a Louis-Philippe—adelantó en sus Mémoires una causa principal de su ocaso: «Napoleón es el primero y el único entre los hombres que hubiera podido dar a Europa el equilibrio que en vano había buscado por muchos siglos, y que hoy en día está más lejano que nunca… Con este equilibrio real Napoleón hubiera podido dar a los pueblos de Europa una organización conforme a la verdadera ley moral… Napoleón pudo haber hecho estas cosas, pero no las hizo. Si las hubiese hecho la gratitud le hubiera erigido estatuas en todas partes… En lugar de esto la posteridad dirá de él: ese hombre fue dotado con una muy grande fuerza intelectual, pero no llegó a entender la verdadera gloria. Su fuerza moral era demasiado pequeña o enteramente inexistente. No pudo soportar la prosperidad con moderación ni el infortunio con dignidad; y es porque careció de fuerza moral que trajo consigo la ruina de Europa y de sí mismo».
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El legado napoleónico
El 5 de mayo de 1821 era el trigésimo segundo aniversario de la convención de los Estados Generales en Versalles. El hombre que murió ese día en Santa Helena había sido un subalterno en servicio de guardia en la vieja fortaleza del pueblo de Auxonne, en Francia oriental, treinta y dos años antes, cuando comenzara la Revolución Francesa. Él había acabado con la Revolución, pero en dos puntos importantes ella también le había dado alcance para acabar con él.
Los ingleses, que habían tenido su revolución un siglo y medio antes, veían en la Revolución Francesa la reencarnación del demonio. Su implacable enemistad con Napoleón Bonaparte tuvo una amargura particular porque parecía representar esa Revolución en marcha. Más que cualquiera otra causa, fue la incesante persecución de los ingleses contra Napoleón lo que lo venció.
El otro factor con el que la Revolución Francesa acabó con Napoleón fue el nacionalismo que desató por toda Europa continental. El fervor patriótico fue el artículo más exportable del credo revolucionario. El jacobinismo, el republicanismo, aun la libertad y la igualdad, tuvieron importancia variable para las condiciones y aspiraciones de alemanes, italianos, rusos, polacos, holandeses, belgas, españoles y portugueses. Pero el nacionalismo patriótico tenía un atractivo universal. Los alemanes de estados que habían sido archirivales durante siglos combatieron codo a codo en la Batalla de las Naciones como alemanes. Los enemigos de Napoleón, los déspotas tanto como los demócratas, reunieron a sus compatriotas para oponérsele y vencerlo apelando al espíritu nacional.
Aun cuando resulta imposible separar el impacto de la Revolución Francesa de Napoleón—a fin de cuentas él había empleado los eslóganes de la Revolución y a veces sus doctrinas como armas de guerra y herramientas para la construcción de su imperio—su propia contribución fue evidente en cuatro campos. En primer término, el Gran Imperio había erigido en Alemania e Italia, aunque fuese sólo por unos pocos años, entidades unificadas a partir de los trescientos y pico de principados de Alemania y la docena de estados en Italia. A estos pueblos históricamente divididos se les ofreció una visión de unidad que en el futuro se convertiría en realidad para ambos.
En segundo lugar, los ejércitos de Napoleón, antes que los revolucionarios locales, depusieron el privilegio dentro de los confines del Gran Imperio. A pesar de su poca profundidad en la práctica, el espectáculo de un conquistador que estableciera el gobierno representativo, la igualdad ante la ley, la libertad individual y la libertad religiosa, le dio a pueblos que no estaban acostumbrados a tales cosas una experiencia fugaz de un orden nuevo y mejor. Napoleón plantó las semillas de las aspiraciones de gobierno representativo y constituciones liberales, y dio a las clases medias de Europa un momento de invalorable liberación de la arrogante represión del privilegio.
En tercer término, la era napoleónica imprimió sobre Francia una leyenda de gloria y grandeza que desde entonces ha afectado a la vida política francesa. Aunque mucho de la leyenda se estableció con el exilio de Napoleón, sus rasgos esenciales eran otro asunto; por más que fuera efímero, el Gran Imperio no era una quimera. A pocos años de su caída los franceses habían olvidado el pesado drenaje de hombres y riquezas que fueron el precio de sus victorias y sólo recordaban la grandeza de sus conquistas.
Finalmente, Napoleón Bonaparte enseñó a todo líder autoritario la esencia de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que formaba un Estado dentro del Estado, el empleo de dispositivos democráticos tales como el plebiscito para reunir apoyo popular del régimen, la burocratización estatal de instituciones críticas como la educación y la religión a fin de convertirlas en instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras foráneas para hacer tolerable la represión doméstica. Napoleón no originó ninguna de estas herramientas del autoritarismo; su contribución fue la de entretejerlas en instrumento del moderno Estado autoritario y demostrar cuán eficaz podía ser ese instrumento en su interior.
La última palabra la tiene Napoleón Bonaparte. En 1813 resumía para Metternich sus comienzos y el final que quería para sí en tanto soberano. Perfectamente consciente de cuán incierto era su futuro, y de cuán delgado era su asimiento en la lealtad de su pueblo, le dijo a Metternich: «Sabré cómo morir, pero nunca ceder una pulgada de territorio. Vuestros soberanos, que nacieron en el trono, pueden ser veinte veces vencidos y todavía regresar a sus capitales. Yo no puedo. Porque yo llegué al poder a través del campamento».
Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes
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