CS #94 – Pasen el interruptor

Cartas

La encuesta de junio de 2004 de la firma Greenberg, Quinlan, Rosner Research indica que no es improbable que el gobierno gane el referendo revocatorio y permanezca en el poder al menos hasta el año de 2006, cuando habrá nuevas elecciones. Señala también que la mayoría percibe una mejora en la economía y considera muy o algo convincentes ciertos mensajes gubernamentales. Por último, es claro que el soberano prefiere de aquí en adelante políticas inclusivas o reconciliadoras, promotoras de la paz.

Uno puede tomarse en serio los resultados de esta consulta al soberano o puede desconocerla. Enrique Mendoza ha optado por lo segundo y ha dicho: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes». En verdad, Mendoza sabe perfectamente de los nombres de la firma y de lo hallado por ella en no menos de dos años de actividad, pues siempre recibió noticia de cada informe, y por tanto sabe que no se trata de una aparición cuando tan poco nos separa del referendo revocatorio. Entonces, o ha optado por la política del avestruz o manipula al elector mintiéndole a sabiendas del riesgo «para no desmoralizarlo». En modo paternalista oculta la verdad al más interesado.

Es preciso tomar en serio la consulta, y también tomar en serio al soberano. El cuerpo social es más inteligente políticamente que lo que cualquier político puede serlo, así como el cuerpo humano es más sabio que el mejor médico.

Aun con la elección de Chávez lo fue. Durante dos años previos a la campaña electoral de 1998 la intención de voto dominante estaba con altísimas y nunca vistas cotas—hasta 70% en cierto momento—a favor de Irene Sáez. A un año de la primera elección de Chávez todavía punteaba con gran comodidad por sobre 40%, cuando aquél y Salas Roemer oscilaban entre 6 y 8 o 9%. Esto es, el agregado popular claramente expresaba una preferencia por quien no fuera de la bipartidocracia y fuese suave, positiva y optimista personalidad, y no áspero como Chávez ni candidato oligárquico como Salas. En cuanto nuestra primera Miss Universo abrió la boca, y se maquilló y arregló para emular la figura física de Evita Perón, y se retrató con Luis Herrera—quien había dicho que no nos preocupásemos por la idoneidad de la candidata porque «modernamente el poder es compartido» y había admitido que quería que COPEI ganara las elecciones para «resolver» a un buen número de copartidarios con empleos o contratos—en cuanto la estatua ecuestre de Bolívar se desplomó en Chacao, entonces se hundió Miss Titanic —apadrinada y platónicamente cortejada justamente por Enrique Mendoza—y el elector que quería alguien que no estuviera con AD o COPEI se encontró con sólo dos cauces receptores de su voto: Salas y Chávez.

Si este último hizo una campaña populista, amenazante y de manipulación psicohistórica—Bolívar, Maisanta, Zamora, Rodríguez, etcétera—y se erigió como el campeón de la más aceptada causa constituyente, Salas representó el polo opuesto: elitista, sonriente y anticonstituyente: «La constituyente es un engaño y una cobardía». Y también practicó con insistencia y pretendida astucia la manipulación con símbolos históricos, registrando sus cabalgatas por Carabobo para mostrarlas en cuñas prime time. Él mismo se clavó la puntilla de su alianza con AD en hora nona de la campaña.

El soberano, que no ha determinado nunca las opciones entre las que elegirá, no podía optar por quien siguiera un guión más exclusivista, más conservador, más conforme. Por eso votó por quien un año antes era desestimado por el 92% del electorado. Acostumbrado a cuarenta años de presidencias que dejaron mucho que cumplir en cuanto a sus promesas, ese soberano no creyó nunca que Chávez se comportaría igual o peor que lo que anticipó en su campaña, y prefirió descontarle los atisbos de violencia y autoritarismo, o perdonárselos en vista de los descarados desaguisados de la hegemonía bipartidista que prometía corregir.

………………

Hay que tomar en serio a las encuestadoras de nombre rimbombante.

Las cifras antedichas son evidencia de que las intenciones de voto pueden cambiar marcadamente en tiempos más bien breves. Un mes y una semana nos separan del referendo revocatorio. ¿Hay suficiente tiempo para asegurar que la balanza, que Greenberg y asociados estiman nivelada en 48% por lado, se incline a la revocación del mandato de Chávez?

Sí. Primero porque los espacios comunicacionales pueden alojar mensajes que induzcan fuertes desplazamientos de opinión en breve lapso. Sí porque precisamente se trata de modificar una situación de equilibrio más bien precario, que puede desaguarse por cualquiera de los dos cauces. Lo que puede afirmarse es que el factor crucial no será el final reservado en el guión de «Cosita Rica» para Olegario Luján. Ya ese desenlace es previsible para las seguidoras y seguidores de la telenovela de Venevisión, y por tanto no hará diferencia en la psiquis electoral. ¿Y qué va a decir la Coordinadora Democrática que no haya dicho ya?

Puesto ante el problema, un médico político recomendaría iniciar la emisión de mensajes que fuesen a lo verdaderamente fundamental, y lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla. El asunto está en poder explicar una visión convincente, que ofrezca explicaciones distintas y con sentido a los fenómenos que Chávez señala. (Y esa visión no es la de Francis Fukuyama o Luis Giusti).

Por otra parte, esta tarea comunicacional debe ser hecha desde fuera de la Coordinadora Democrática aunque no, obviamente, en contra de ella. Esta condición es necesaria para no gravar la iniciativa con las cargas que pesan sobre la central opositora y sus deficiencias de credibilidad.

Hecho esto la percepción salta de un estado a otro, se dispara el gestalt switch y el mismo paisaje se ve de otra manera. Todavía hay, por tanto, tiempo, pero ese tiempo se está acabando vertiginosamente.

El peligro no sólo lo señalan los faros de una encuestadora extranjera de nombre rimbombante (Greenberg, Quinlan, Rosner Research): la muy venezolana encuestadora Datos lo mide peor: 35% por el «Sí», 51% por el «No». Claro que también Consultores 21 mide al revés—54,5% en contra del gobierno, 41,3% a favor—pero entonces se constata una suerte de empate colectivo. Si no se va a ganar por knock out, esta distribución de la opinión de los jueces—en lo que hasta ahora llevan anotado en sus tarjetas—debiera bastar para prender todas las alarmas.

LEA

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FS #2 – El rojo y el negro

Fichero

LEA, por favor

Blas Pascal (1623-1662), a quien puede considerarse el padre de la teoría de probabilidades, imaginó una apuesta que no puede ser más trascendente: a favor de la existencia de Dios. Así nos propuso: «Sopesemos la ganancia y la pérdida de apostar que Dios existe, y estimemos sus probabilidades. Si ganamos lo ganamos todo, y si perdemos no perdemos nada. Apostemos, pues, sin vacilación, a que Él existe».

Charles Sanders Peirce (1839-1914), una de las mentes más asombrosas, prolíficas y rigurosas que produjera el siglo XIX norteamericano, dedicó alguna vez su atención, igualmente, al tema de las probabilidades matemáticas. Nacido en Cambridge, Massachusetts, murió prácticamente desconocido por sus contemporáneos en Milford, Pennsylvania, habiendo publicado en vida un solo libro en fotometría. Sin embargo, seis gruesos volúmenes se requirieron para acopiar póstumamente su extensa obra en lógica, matemática y varios campos de la ciencia, así como en filosofía. Investigó y produjo obra original en álgebra de la lógica, semiótica—campo de estudio que contribuyó a fundar—filología y fonética inglesa, y hasta produjo el primer esbozo conocido de un computador eléctrico. Como físico al servicio del gobierno norteamericano, hizo aportes en astronomía, gravimetría, espectroscopía, metrología, geodesia y la teoría matemática de la proyección cartográfica.

Peirce fue el fundador del Pragmatismo, corriente filosófica a la que se sumaron luego William James y John Dewey. En un uso vulgar del término, usualmente se confiere una connotación negativa al adjetivo pragmático, que tendemos a asociar con insensibilidad y hasta cinismo. Pero Peirce se entendía a sí mismo—las dos últimas décadas de su vida vivió en una granja—como un «lógico bucólico», y su alma era capaz de los más intensos compromisos éticos. Así afirmó: «Hay una cosa aun más vital para la ciencia que métodos inteligentes, y ésa es el sincero deseo de encontrar la verdad, cualquiera que ella pueda ser».

En esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproducimos los párrafos finales de su breve ensayo The Red and the Black que, a diferencia de Stendhal, alude a los colores de una ruleta. Comenzando por elementales definiciones de la noción de probabilidad y su relación con el proceso de inferencia lógica,y una consideración de la teoría estadística de la «ruina de los jugadores», arriba a una conclusión verdaderamente inesperada y sorprendente.

Invitamos cordialmente a nuestros suscritores a rebasar la aparente aridez del inicio para recibir la hermosa y profunda sorpresa de su verdad, la que ciertamente carga pertinencia política.

LEA

……

El rojo y el negro

Es un resultado indudable de la teoría de probabilidades que cualquier jugador, si continúa jugando suficiente tiempo, terminará por arruinarse. Supongamos que pruebe la martingala, que algunos creen infalible y que, me aseguran, no es permitida por las casas de juego. En este modo de jugar apuesta primero, digamos, $1; si pierde apuesta $2; si pierde apuesta $4; si pierde eso apuesta $8; si en ese momento gana entonces ha perdido 1+2+4=7, y ha ganado $1 más; y no importa cuántas apuestas pierda, la primera que gane lo hará $1 más rico que lo que era al comienzo. De esta manera probablemente gane al principio, pero al final llegará un momento cuando la racha de suerte en su contra sea tanta que ya no tendrá dinero suficiente para doblar, y tendrá que dejar de apostar. Esto ocurrirá probablemente antes de que haya ganado tanto como al principio, por lo que esta racha en su contra le dejará más pobre que cuando comenzó; es seguro que ocurrirá esto en algún momento. Es verdad que siempre hay una posibilidad de que pueda ganar cualquier suma que la banca pueda pagar, y así nos encontramos con la famosa paradoja de que, aunque su ruina es segura, el valor de sus expectativas, calculado según las reglas usuales (que omiten esta consideración) es grande. Pero, sea que un jugador juegue de esta forma o de cualquier otra, la misma cosa es cierta, esto es, que si el jugador juega por suficiente tiempo puede estar seguro de que en algún momento confrontará una racha contraria que agotará toda su fortuna. Puede afirmarse lo mismo de una compañía de seguros. Puede que sus directores tomen las mayores precauciones para independizarse de grandes conflagraciones o pestes, pero sus actuarios podrán decirles que, según la doctrina de las probabilidades, llegará un momento cuando sus pérdidas los frenen. Podrán capear una crisis tal por medios extraordinarios, pero entonces comenzarán en condiciones debilitadas, y entonces lo mismo ocurrirá aun más pronto. Un actuario podría estar inclinado a negar tal cosa, puesto que las expectativas de su compañía son grandes, y aun quizás (si no se toma en cuenta el interés del dinero), infinitas. Pero el cálculo de expectativas deja fuera de consideración la circunstancia que ahora consideramos y que revierte todo el asunto. No debe entenderse, sin embargo, que sostengo que los seguros no son negocio razonable en comparación con otros.

La misma cosa es verdad en todas partes: todos los asuntos humanos descansan sobre probabilidades. Si el hombre fuese inmortal podría estar perfectamente seguro de ver el día cuando todo aquello en lo que había confiado traicione su confianza, cuando, en síntesis, termine en algún momento en desesperada miseria. Ese hombre se rompería, al final, como toda gran fortuna, como toda dinastía, como toda civilización lo hace. En lugar de esto tenemos la muerte.

Pero lo que sin la muerte ocurriría a todos los hombres, con la muerte debe suceder a alguno. Al mismo tiempo, la muerte hace que la cantidad de nuestros riesgos, de nuestras inferencias, sea un número finito, lo que hace que su resultado promedio sea incierto. La propia idea de probabilidad y del razonamiento descansa en el supuesto de que esta cantidad es indefinidamente grande. Nos encontramos pues en la misma dificultad que antes, y no alcanzo a ver sino una solución. Me parece que estamos impulsados a ella: esa lógica requiere inexorablemente que nuestros intereses no sean limitados. No deben detenerse en nuestro propio destino, sino que deben abrazar a la comunidad entera. Esta comunidad, una vez más, no debe estar limitada, sino que debe extenderse a todas las razas de seres con los que podamos entrar en relación intelectual inmediata o mediata. Esta comunidad llega, no importa cuán vagamente, más allá de esta época, más allá de todo límite. Aquel que no sacrifique su propia alma para salvar a todo el mundo es, me parece, ilógico en todas sus inferencias, colectivamente. La lógica hinca sus raíces en el principio social.

Para ser lógicos los hombres no debieran ser egoístas; de hecho, no son tan egoístas como se cree. La búsqueda deliberada del propio deseo es algo distinto del egoísmo. El avaro no es egoísta; su dinero no le hace ningún bien, y se preocupa de lo que le pasará después que haya fallecido. Constantemente hablamos de nuestras posesiones en el Pacífico, y de nuestro destino como república, y allí no hay intereses personales involucrados, de forma que esto muestra que tenemos intereses más amplios. Discutimos con ansiedad el agotamiento del carbón en unos cuantos cientos de años y el enfriamiento del sol en algunos cuantos millones, y mostramos en el más popular entre los dogmas religiosos que podemos concebir la posibilidad de que un hombre descienda a los infiernos por la salvación de sus semejantes.

Ahora bien, no es necesario para una postura lógica que un hombre tenga que considerarse a sí mismo capaz del heroísmo del propio sacrificio. Es suficiente que pueda reconocer la posibilidad de tal cosa, de que sólo son lógicas las inferencias del hombre que sí sea capaz de ese heroísmo, y en consecuencia deberá entender que las suyas son válidas hasta el punto que el héroe las acepte. En la medida que refiera sus propias inferencias a ese estándar, podrá identificarse con una mente tal.

Esto hace a la lógica bastante alcanzable. Algunas veces podemos lograr el heroísmo personal. El soldado que corre a trepar un muro sabe que probablemente será herido, pero eso no es todo lo que le importa. Sabe también que si todo el regimiento, con el que se identifica en sentimiento, avanza a la vez, el fuerte caerá.

……..

Pero todo esto requiere concebir la identificación de los intereses de uno con los de una comunidad ilimitada. Ahora bien, no existen razones, y una discusión ulterior mostraría que no puede haberlas, para creer que la raza humana existirá por siempre. Por otra parte, tampoco puede haberlas en contrario y, afortunadamente, como el único requisito es que tengamos ciertos sentimientos, no hay nada en los hechos que nos prohíba sostener una esperanza, o un sereno y alegre deseo de que la comunidad pueda durar más allá de cualquier fecha predeterminada.

Puede parecer extraño que yo proponga estos tres sentimientos, es decir, el interés por una comunidad indefinida, el reconocimiento de la posibilidad de que tal interés sea hecho supremo, y la esperanza en la continuación ilimitada de la actividad intelectual, como requisitos indispensables de la lógica. Sin embargo, cuando tomamos en cuenta que la lógica depende de una mera lucha por escapar a la duda, la que, dado que termina en acción debe comenzar en emoción, y que, aun más, el único motivo para plantarnos sobre la razón es que los otros métodos para escapar de la duda fracasan en lo tocante al impulso social ¿por qué debiéramos maravillarnos de encontrar el sentimiento social prefigurado en el raciocinio? Por lo que toca a los otros dos sentimientos que estimo necesarios, sólo lo son como apoyos y accesorios de lo anterior. Llama mi atención percatarme de que estos tres sentimientos parecen ser lo mismo que ese famoso trío de la caridad, la fe y la esperanza que, en la estimación de San Pablo, son los más finos y grandes entre los dones espirituales. Ni el Viejo ni el Nuevo Testamento son textos de lógica de la ciencia, pero el segundo es ciertamente la autoridad más alta que existe sobre las disposiciones de corazón que un hombre debiera tener.

Charles Sanders Peirce

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CS #93 – Dinámica Ensartmatic

Cartas

Rondón, ron, rondón ron,

Manuitt va a prisión

El Fiscal la pone presa

Con pesquisa de Rincón

(Cantado en Sebucán a la música de Jingle Bells)

………

El primer general en jefe vivo (retirado) de Venezuela ha logrado poner al descubierto, tras laboriosas y dilatadas pesquisas técnicas, ordenadas últimamente por su ministerio, que aquí hay una actividad de invasión de la propiedad privada, aunque «no detenemos por detener». La cual aceptó. Y el fiscal sexagésimo segundo hizo imputación a la gerente de «Maisanta Invasions Outsourcing», Jazmín o Yasmín Manuitt, por cinco delitos, uno de los cuales está relacionado con armas de guerra. La cual aceptó. Es natural que el ministerio actúe de esa manera. Para garantizar los derechos constitucionales de quienes pisotean derechos constitucionales el ministerio hizo preceder sus recientes y firmes actuaciones por más de cinco años de seguimiento al problema de las invasiones de Venezuela, donde el ministro cree recordar que hace como un año un general desestimó del Mínimo Tribunal Supremo una orden para que no siguiera protegiendo invasores tan cerca de Sabaneta. Cinco años tomó ubicar a la ciudadana Manuitt. La cual aceptó.

Ahora la carlosortega de los invasores, la Presidenta de la Federación de Sindicatos de Invasores de Bienes Raíces No Gubernamentales, está a la orden de un tribunal submínimo. Pero ¿no estuvo Lina Ron presa por imputación de un fiscal? ¿La misma Lina Ron que, en imitación de Luis Piñerúa Ordaz—Q. E. P. D.—insinúa ahora una lista de gente indigna del proceso? ¿Y no está ahora afuera y caricaturizada benévolamente en «Cosita Rica» de Venevisión? ¿Cuánto tardará Yasmín en salir en libertad y ser emulada por actriz madura de RCTV?

Rondón no ha peleado. Es feo lo que ha destapado y últimamente busca desacreditar, como aparente segunda prioridad, el tema paramilitar. Pero no sé por qué—Dios me perdone—suena comprado. Rondón no ha peleado. Rondón, ron, como Rincón, ha tardado años en tropezarse con una indiscreción ministerial, una ratería, y en hacernos saber que él pudiera ahorrarnos la angustia y la espera, y un gran gasto electoral, máquinas de votación y máquinas de digitalización de digitales huellas y máquinas de aplanación y máquinas de reparación de referendos planos que el clamor del Pueblo reclama, todas incluidas, porque si él hablara caería el gobierno. ¿Por qué no sale la Coordinadora Democrática a ofrecerle ya la recompensa que se ha ofrecido por la cabeza de Osama bin Laden, para que nos alivie de una vez por todas el desasosiego?

Ron. Se ha burocratizado. Y ya tiene demasiada competencia, y años viendo crecer su lista de indignos y traidores, que suponemos crece, tal vez lenta pero inexorablemente. Se nos asegura que ahora procura comprender con cierta prisa el folleto de «Un sueño para Venezuela», sobre todo después de que la Manuitt hubiera expresado interés por alinearse con el «consenso-país» logrado por Urbaneja.

Y el Jefe del Estado, que jamás acusa a nadie en público, porque él es muy respetuoso de los procedimientos penales y escrupuloso acerca de honras ajenas, recibe sin explicaciones ostensibles a Cisneros, ese señor de quien le consta que financia golpes y magnicidios en su contra. ¿Cómo habrá explicado esta visita a Diosdado o a Baduel, el pretendido émulo de Karl Doenitz, efímero heredero de Hitler, que se ha expuesto heroicamente por la causa y ha insinuado—sin tomar en cuenta lo que le pudiera pasar el 5 de julio que está enfrente, fecha de castrense movida de mata—que el imperio contraataca, que ahora que el U. S. General Sánchez está sin ocupación fija Rumsfeld le considera para dirigir desembarcos norteamericanos en Machurucuto—para enseñarle a Fidel cómo se hacen las cosas—y controlar nuestro excremento del Diablo?

¿Recula el gobierno? ¿Son todas esas cosas signos de gran debilidad, de desconcierto, de preparación de salida?

Claro, explicará Rangel, ese aguacerito de noticias inconvenientes no es sino táctica para atraer al enemigo hasta donde lo quiere el Oberkommando Maisanten en la creencia de que el gobierno está débil. Así lo garantizará la ortodoxia estratégica de Guillermo García Ponce, y lo declarará Jazmín, o Yasmín, o Jasmín Manuitt, quien seguirá dirigiendo tras los muros de su prisión el crucial aporte táctico de sus 55 escuadrones de invasores, que tendrán puesto de honor en la retención física de los 58 mil miembros de mesa que ahora le parecen ses-ga-dos a Carrasquero.

¿Por qué es que éste es el gobierno que ha tenido que dar más explicaciones en la historia política de Venezuela? ¿Por qué es que todo es tan retorcido en sus manos? ¿Todo tan complicado? ¿Por qué dejaría de atender la invitación de Súmate a visitar sus instalaciones?

Por otro lado ¿por qué no aprovecha la Coordinadora Democrática esta situación para exigir, del Consejo Nacional Electoral, una autorización a Smartmatic para que, en representación del Consorcio SBC, intente satisfacer las angustias técnicas que pudiesen formular los más feroces peritos de la oposición? (Antonio Mugica—Smartmatic—dijo a César Miguel Rondón que él no creía que el Pueblo tenía que entender tantos términos y detalles técnicos de sus máquinas, de las que se siente, con no poca razón, orgulloso. Eso es una equivocación. Eso no es ni endógeno ni democrático ni protagónico ni ninguna otra esdrújula cara al régimen. La empresa estaría en el deber de proveer satisfacción completa al último componente del Pueblo Soberano).

Rondón, Ron, Rincón. Y más de uno quiere ser Ricky Ricón. Rincón sigue en su lentitud morrocoyuna el patrón del jefe, pues el mismo Chávez se tardó más de cuatro años para descubrir que había que llevar salud a los cerros y alfabetización a los analfabetas. Todavía no ha redescubierto los niños y jóvenes que hacen de juglares o limpiavidrios o simplemente mendigan en las calles, pues alguna vez juró renunciar si no les sacaba de allí, de esa situación. ¿Cuán dura puede ser una cara que tantas veces lo ha sido?

Hace años, dicho sea con perdón de Valera, el aeropuerto de esta ciudad, descuidado por la democracia, era un desastre. Era incontable el número de agujeros en la pista. Alguien sugirió que sería más barato que rellenarlos hacer siete huecos más, después de lo cual la superficie sería uniforme. Son tantas las mentiras del régimen, que con sólo decir una media docena más parecerá veraz; claro, si escoge los puntos correctos para la fabulación. Quizás quisiera el gobierno, aprovechando la gentil invitación de Súmate, proponerle un contrato que sufrague un matching fund de FONCREI y el National Endowment for Democracy, para que, a partir de un exhaustivo inventario de falsedades, enumere cuáles son los embustes que faltan.

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FS #1 – Hitler en la derrota

Fichero

Fragmentos del capítulo «Hitler en la derrota», del libro «Los últimos Días de Hitler», por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en la Universidad de Oxford.

Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales el era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.

No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.

………

Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».

Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aun, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.

Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?

Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».

Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton

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De mitos y caimanes

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El pasado martes 22 de los corrientes tuve la suerte de asistir a una deliciosa velada que contó con la participación de la Dra. Magaly Villalobos, quien tuviera la gentileza de ofrecer a los circunstantes una presentación que, bajo el título de Caimanes del mismo caño, había ya expuesto en recientes jornadas profesionales de psicoanálisis.

Tal como entendí la exposición, su objeto fundamental era el de resaltar cómo es que los mitos son categorías operantes en el actual proceso político venezolano, y mostrar cómo es que no sólo un lado de la contienda emplea mitos como base o elementos de su discurso. De allí el juicio resumido en el nombre de la presentación: en ese aspecto serían los oponentes caimanes de un mismo caño.

Ya es conocido por los asistentes que la presentación suscitó significativas reacciones, algunas no exentas de emoción. Posteriormente, Rafael Arráiz Lucca nos ha regalado, por conducto del anfitrión original, un inteligente e informativo artículo, que echa en falta el que la transacción se hubiese conducido sin explícitas definiciones del término “mito”, y sugiere, con no poco tino, que de haberlo hecho nos hubiéramos comprendido todos mejor. Concurro con esa apreciación. Cada uno de nosotros recibió la presentación de Magaly desde su propia comprensión, desde su propia arquitectura conceptual, desde su particular Weltanschauung o concepción del mundo. Mientras estas estructuras receptoras no son mostradas, el acuerdo se hace muy difícil de obtener. Es esto lo que solicita atinadamente el elegante artículo de Rafael. Y comoquiera que intentaré contribuir a la discusión del planteamiento de Magaly, me veo en el deber, siguiendo su prescripción, de declarar cuál es mi propio punto de partida.

Me considero de formación occidental; por ende, racionalista. Esto es, creo firmemente que es la actividad científica la única que puede proveer garantía suficiente de certidumbre al conocimiento. Más aún, soy popperiano, en el sentido de comulgar con el criterio de demarcación de Karl Raimund Popper (Logik der Forschung, La Lógica del Descubrimiento Científico, 1934), su estipulación para deslindar los campos entre lo que es una afirmación científica y lo que no lo es. El mismo Popper se cuida de advertir que su criterio es tan sólo una proposición: “And my doubts increase when I remember that what is to be called a ‘science’ and who is to be called a ‘scientist ’must always remain a matter of convention or decision”. Y todavía más: “My criterion of demarcation will accordingly have to be regarded as a proposal for an agreement or convention. As to the suitability of any such convention opinions may differ; and a reasonable discussion of these questions is only possible between parties having some purpose in common. The choice of that purpose must, of course, be ultimately a matter of decision, going beyond rational argument”.

He aquí el criterio de demarcación de Popper en sus propias palabras o, más bien, en traducción de la versión inglesa al español: “Pero ciertamente admitiré un sistema como empírico o científico sólo si es capaz de ser probado por la experiencia. Estas consideraciones sugieren que no es la verificabilidad sino la refutabilidad de un sistema lo que debe tomarse como criterio de demarcación. En otras palabras: no requeriré de un sistema científico que sea capaz de ser señalado, de una vez por todas, en un sentido positivo; pero requeriré que su forma lógica sea tal que pueda ser señalado, por medio de pruebas empíricas, en un sentido negativo: debe ser posible para un sistema científico empírico ser refutado por la experiencia”.

Es decir, si ante un cierto discurso somos incapaces de formular un experimento cuyo resultado pudiera refutarlo, ese discurso no es científico, en criterio de Popper. Habiéndome sumado al partido popperiano, ése es igualmente mi criterio.

Acá es pertinente destacar que Popper consideraba que el psicoanálisis –así como el marxismo y la astrología– no es una ciencia. Me ahorro la escritura al reproducir de Internet las siguientes constataciones:

“Psychoanalysis is probably the psychological theory best known by the public. For example, laypersons are familiar with the term «anal retentive.» However, psychoanalysis is very controversial among psychologists. Some psychologists claim that psychoanalysis is good science, others that it is bad science, and still others that it is not science. Those who believe psychoanalysis is good science are perhaps the rarest group, and surprisingly not all psychoanalysts fall into this group. Rather, a fair number of psychoanalysts are willing to concede that psychoanalysis is not science, and that it was never meant to be science, but that it is rather more like a worldview that helps people see connections that they otherwise would miss.

Among those who believe that psychoanalysis is not science is the philosopher Karl Popper. Popper holds that the demarcation criterion that separates science from logic, myth, religion, metaphysics, etc. is that all scientific theories can be falsified by empirical tests–that is, a scientific theory rules out some class of events, and if one of those events occurs, then the theory is declared false. According to Popper, psychoanalysis does not meet the falsification criterion because it does not rule out any class of events. Because it explains everything, it explains nothing.

Adolf Grünbaum disagrees with Popper. Grünbaum believes that Freud meant his theory to be scientific, that he made falsifiable predictions, and that those predictions proved false. For example, Freud’s Master Proposition, also known as the Necessary Condition Thesis (NCT), is that ONLY psychoanalysis can produce a durable cure of a psychoneurosis (a mental illness caused by childhood trauma). This is a strong statement that could be falsified if, for example, another form of therapy such as behavior therapy cured someone of a neurosis, or even if spontaneous remission occurred. We now know that neurosis yields to both of these alternatives. Therefore, Grünbaum concludes that psychoanalysis, being false, is bad science”.

En alguna ocasión eché mano, para explicar el criterio popperiano, de un diálogo imaginario y algo procaz o, por lo menos, excesivamente gráfico. Si no como enfant entonces como vieux terrible reproduzco la gruesa parábola.

Una señora va a consulta con un psicoanalista, grandemente preocupada porque su hijo varón de ocho años es un inveterado comedor de moco. El analista escucha el planteamiento y responde con la mayor seguridad: “Señora, está claro que su hijo es presa del Complejo de Edipo, y comer moco es la forma de agredir a la figura paterna”. A lo que la señora replica: “¡Pero doctor! ¡Es que también el papá come moco como un desaforado!” Sin arredrarse, el psicoanalista sentencia con la misma seguridad de antes: “Señora, es clarísimo que su hijo intenta emular al padre, y por eso es que come moco”.

Es decir, no hay evidencia que pueda esgrimirse de manera de hallar en falta a un psicoanalista, como no la había ante un marxista. Cualquier cosa, cualquier contrargumento que uno adelantara era refutado desde una posición de superioridad que aseguraba que nuestras afirmaciones eran proferidas a partir de una “superestructura” burguesa y estábamos fritos. O el chingo o el sin nariz nos atrapaban sin remedio.

Para racionalistas como Rafael Clemente y yo una afirmación sólo puede adquirir mérito si es proferida de manera tal que pueda ser cotejada con la realidad, verificada o refutada por la experiencia directa. Y más de un caso se ha dado en la propia y más exigente ciencia, de postulaciones que son imposibles de someter a la experiencia. Es lo que se conoce en filosofía de la ciencia como un “inobservable”. Un caso clásico es el de la famosa “contracción de Lorentz-FitzGerald” en la física de fines del siglo XIX. El cuento es tan bonito que no resisto la tentación de relatarlo.

Una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del “éter”, hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un “viento del éter” al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz. Según lo implicado por la Philosophia Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.

Pues resulta que Albert Michelson (físico germano-americano) y Edward Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).

Los pacientes Michelson y Morley repitieron el experimento una y otra vez. Lo hicieron en invierno y lo hicieron en verano, para medir el efecto desde posiciones dispares de la Tierra en el espacio. Una y otra vez.

Nada. Jamás pudieron detectar la más mínima discrepancia, en lo que se convirtió en el más famoso experimento de resultado nulo en la historia de la ciencia. No había viento del éter. La crisis se presentó en dimensiones dramáticas, pues el resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano, situación que, se comprenderá, produjo gran desasosiego en los físicos de la época.

Al rescate del genio inglés vino dos años más tarde el físico irlandés George FitzGerald y luego, independientemente, el físico holandés Hendrik Lorentz. Ambos postularon que no se había detectado el viento del éter porque los cuerpos tendrían la propiedad de contraer su dimensión en la dirección de su movimiento. La luz sí llegaría con más velocidad en la dirección del movimiento de la Tierra, pero como ésta acortaba su diámetro en esa dirección la luz tardaría más en alcanzar su superficie. Lorentz y FitzGerald ajustaron sus ecuaciones justamente para que pudiera explicarse de ese modo el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley.

Ajá. La ciencia empírica exige que sus postulados sean verificables por la experiencia. Justamente eso era lo que habían hecho en 1887 Michelson y Morley, mientras que lo pretendido por FitzGerald y Lorentz no pasaba de ser una fórmula matemática en papel, muy elegante en su forma y muy eficaz para la salvación de la física de Newton, pero ¿cómo podía comprobarse que la postulada contracción existía en verdad?

Muy fácil. Al menos podía concebirse en principio un modo de verificar la cosa empíricamente. Bastaría construir una regla del tamaño del diámetro terrestre y medir con ella el acortamiento. Poco se tardó en concluir que tal procedimiento sería inútil, puesto que para realizar tal operación la regla tendría que acompañar a la Tierra en su tránsito por los cielos, y siendo un cuerpo físico tanto como ella, también sufriría la contracción de Lorentz-Fitzgerald exactamente en la misma proporción y por consiguiente jamás registraría una diferencia. La única solución entrevista no conducía a nada. Tendría que venir Einstein a poner las cosas en su sitio, pero eso es un cuento distinto. (Baste apuntar que el trabajo de Lorentz y FitzGerald no fue todo en vano. Un término específico de su ecuación fue empleado por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad especial que, agarrando el toro por los cachos, empleó como axioma la idea de que la velocidad de la luz es una constante, independientemente del grado de movimiento de las fuentes luminosas).

En The ABC of Relativity Bertrand Russell pone de relieve el absurdo científico de la solución de FitzGerald y Lorentz con ayuda de una estrofa de la canción del Caballero Blanco (en A través del Espejo por Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas):

But I was thinking of a plan

To dye one’s whiskers green

And always use so large a fan

That they could not be seen.

En resumen, quienes sostenemos una postura racionalista no aceptamos como conocimiento válido lo que venga formulado de manera tal que no pueda en principio ser verificado o refutado por la experiencia, así venga en elegante empaque de impecable matemática. De quien postule grandilocuentemente una tesis con pretensiones de verdad, exigiremos una comprobación empírica. Si no se nos la ofrece, tenderemos a despreciar la tesis en cuestión, aunque ésta sea proferida por la mayor y más prestigiosa de las autoridades. Relegaremos tal pretensión a la categoría de pseudociencia o, en algunos casos, la entenderemos como un caso de pensamiento mágico mientras sólo nos convencerá aquello que llamamos pensamiento lógico o científico.

……..

Lo anterior no equivale a desconocer que existen los mitos, y que tal existencia pueda ser estudiada por la ciencia. Es un hecho empíricamente observable que los mitos existen, que alguna vez fueron inventados, que son comunicados con el paso de las generaciones.

Mircea Eliade (1907-1986), por señalar un caso notable, fue un incansable estudioso de lo mítico. (El mito del eterno retorno). Adiestrado como filósofo, y por tanto amigo del rigor en el pensamiento, el rumano hizo historia y antropología de los mitos. El análisis de la religión que hace Eliade toma como campo aquello que es objeto de adoración dentro de las más variadas civilizaciones. Lo “sagrado” es entonces una fuente de poder y significación que se manifiesta en los mitos, los símbolos y los rituales. Sea que creamos en ellos o no, existen y funcionan.

Como nos indicó Magaly, la principal función de los mitos es proveer una explicación para las inmemoriales interrogantes fundamentales de la existencia humana; qué sentido tiene esa existencia, para qué y por qué existimos. Por esto muchos de los mitos son cosmogónicos. Cómo se formaron el universo, los astros, la Tierra. Por qué los cuerpos celestes se desplazan, por qué brillan, por qué cae agua del cielo.

Y el método básico de los mitificadores es analógico, el descubrimiento de semejanzas, proximidades o analogías. (Cf. Michel Foucault, Las palabras y las cosas). Impedidos de un conocimiento físico moderno, los fabricantes de mitos creían entrever similitudes sobre las que basaban toda una cosmogonía. Así, por ejemplo, las estrellas que arbitrariamente llamamos la constelación de Orión las entendemos como puntos del juego infantil sobre el que un lápiz traza un contorno y obtiene una figura, el de un cazador adornado por tres brillantes gemas en su cinturón, que tiempla un arco cuya flecha apunta a la cabeza de un toro, Tauro, en la constelación del mismo nombre. Orión es un cazador, de cuyo asedio ningún animal puede escapar, salvo el diminuto y modesto alacrán, el único que puede vencerle. Por esto, cuando Escorpio emerge del horizonte de Oriente, Orión se oculta temeroso por Occidente. ¿Necesitamos más comprobación?

Que construcciones tales hayan sido ampliamente sostenidas por los hombres antiguos, en particular si están revestidas de un poderoso lenguaje poético, es harto explicable. Daban sentido a las cosas, y el alma acosada por las incertidumbres fundamentales podía descansar en la certeza. Pero que a estas alturas del desarrollo mental humano se ofrezcan explicaciones de tal naturaleza es algo que repugna a la psiquis occidental, percatada como está de su falsedad.

En mi caso particular no entendí de la presentación de Magaly que ella nos estuviese vendiendo ningún mito en particular, aunque tal vez sí la idea de que algún mito es necesario. Aquí la llamada de atención de Rafael Clemente viene muy al caso. Si queremos llamar “mito” a la cosmología relativista, porque hace la misma función que el Popol Vuh cumpliera para los mayas, entonces Magaly tiene razón en cuanto a la necesidad. Pero otros entendemos tal cosa como ciencia, porque su método—a pesar de que Einstein y Dirac admitieran poseer una brújula estética a la hora de preferir una ecuación sobre otra—no es poético, no es metafórico, a menos que, estirando los conceptos, decidamos declarar que la matemática no es otra cosa que una enorme y compleja metáfora.

No; los racionalistas nos negamos a eso, y para nosotros la inconsistencia, profusamente presente en los mitos, es absolutamente intolerable.

De nuevo, esto no hay que entenderlo como imposibilidad de discutir sensata y racionalmente cuestiones que están habitualmente fuera del ámbito de la ciencia y, más todavía, que no sea posible fincar en la ciencia—la de verdad, no la de la “cientología” o la de la lucrativa superstición de Deepak Chopra—y a partir de sus datos una reflexión disciplinada, rigurosa e implacable sobre temas trascendentes. En diciembre de 1990, y en el contexto de una discusión sobre la educación superior no vocacional preferible, aproximaba el tema de la forma siguiente:

El metauniverso

Un paseo por los temas precedentes, independientemente de la profun­didad conque se emprenda, habrá dejado de lado las acuciantes preguntas fi­nales que habitualmente son el pre­dio de la filosofía y la teología. Conside­raríamos fundamentalmente incompleto un programa de educación superior que las eludiese intencionalmente.

Sería sorprendente que la turbulencia detectada, a fines del siglo XX, en prácticamente toda parcela del conocimiento de la humanidad, estuviera ausente de cuestiones tales como el sentido del mundo y el significado úl­timo de la existencia humana. Es cada vez más frecuente encontrar, por otra parte, en los diagnósticos que intentan establecer las causas de la erosión ins­ti­tucional y la patología de la conducta societal, una referencia a una crisis de los valores. Sería igualmente sorprendente que la solución a esta mentada cri­sis de los valores, a diferencia de la orientación futurista que hemos empren­dido en relación con los tópicos previos, fuese a encon­trarse en una vuelta a imágenes que fueron funcionales en un pasado.

Pero no se trataría en un programa como el que esbozamos de vender una filosofía, una teología o una religión particulares. Se trataría, en cambio, de afrontar decididamente la temá­tica, de explorarla en conjunto, de discu­tirla. Por fortuna, también en este territorio es posible echar mano de textos útiles para una deliberación informada sobre el tema.

En primer lugar, es nuestra decidida recomendación la lectura de “El Fenómeno Hu­mano”, del jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin. Como él mismo se cuida de dejar cla­ramente asentado en su introducción a esa obra, su punto de partida no es místico o teológico. Su perspectiva es feno­menológica, basada sobre su experiencia directa como paleontólogo. Y a pe­sar de que ese importante texto se encuentre desactualizado en más de un dato desde el punto de vista de la empírica paleontológica, su esquema de con­junto continúa siendo un sugestivo y estimulante discurso sobre el sentido del universo.

En una vena diferente están las ideas de Edward Fredkin, profesor de ciencias de la com­putación en el Instituto Tecnológico de Massachussetts. Fredkin no ha escrito libros, pero sus ideas sobre el universo, expuestas en va­rios cursos que dicta en el instituto mencionado, han sido recogidas en otras obras, entre otras, en Three Scientists and Their Gods: Looking for Meaning in an Age of Information, escrita por Robert Wright.

Fredkin postula que el universo es semejante a una computadora colosal en la que corre un programa diseñado para responder a una pregunta de Dios. Reporta Wright: “Pero entre más charlamos, Fredkin se acerca más a las impli­caciones religiosas que está tratando de evitar. «Me pa­rece que lo que estoy di­ciendo es que no tengo ninguna creencia religiosa. No sé qué hay o qué podría ser. Pero sí puedo afirmar que, en mi opinión, es probable que este universo en parti­cular sea una consecuencia de algo que yo llamaría inteligencia.» ¿Significa esto que hay algo por ahí que quisiera obtener la respuesta a una pregunta? «Sí» ¿Algo que inició el universo para ver que pasaría? «En cierta forma, sí.»”

La visión de Fredkin es una nueva versión de las ya frecuentes identifi­caciones o corres­pondencias entre lo físico y lo informático. Todavía es al menos una curiosidad insólita, si no un misterio más profundo, que la forma matemática de la ecuación de la entropía térmica sea exactamente la misma de la ecuación fundamental de la teoría de la información, formulada por Claude Shannon en los años cuarenta de este siglo. La computadora cósmica de Fredkin tendría que operar, entre otras cosas, dentro de algoritmos fracta­les que generarían con el tiempo el “caos” del universo observable.

Dios sería entonces, y entre otras cosas, una memoria infinita, un “RAM” inagotable que preservaría, en estado de información completa, el origen y el acontecer del cosmos.

Parece ser una experiencia reiterada de la ciencia el toparse, en el lí­mite de sus especula­ciones más abstractas, con el problema de Dios. Puede que sea un importantísimo subproducto de la actividad científica moderna el de proporcionar imágenes para la meditación sobre un Dios al que ya resulta difícil imaginar bajo la forma de un ojo en una nube o una zarza ar­diendo. Un Dios informático para una Era de la Información.

Otras intuiciones pertinentes nos vienen, como de contrabando, junto con el tema de “los otros”, la presencia de otros seres inteligentes en el uni­verso. Los astrofísicos consideran muy se­riamente la posibilidad de vida in­teligente extraterrena. En realidad, dado el gigantesco nú­mero de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos so­los en el cosmos resulta ser, decididamente, una conjetura presuntuosa.

Hasta ahora no hay resultado positivo de los incipientes intentos por es­tablecer comunica­ción con seres extraterrestres, a pesar de la seriedad cientí­fica de tales intentos. (Por ejemplo, el proyecto OZMA, que incluyó la transmisión hacia el espacio exterior de información desde el gran radiote­lescopio de Arecibo, en Puerto Rico, en códigos que se supone fácilmente desci­frables por una inteligencia “normal”.)

¿Qué consecuencias podría esto tener para, digamos, el paradigma cris­tiano, hasta cierto punto asentado sobre una noción de unicidad del género humano en el universo? Aun antes de cualquier contacto del “tercer tipo”, la mera posibilidad del encuentro ejerce presión sobre los postulados actuales de al menos algunas –las más “personalizadas”– entre las religiones terres­tres.

En otra dirección, ¿qué alteraciones impensadas podrían producirse en el sentimiento trascendental y religioso del hombre si efectivamente se lle­gara a construir “inteligencias arti­ficiales” operacionalmente indistinguibles de la de un ser humano? ¿Qué nuevas nociones éticas, qué nuevas figuras de de­recho requeriría un hecho tal? ¿Tal vez una bula pontificia que declare –como en Short circuit II, la película reciente– la “humanidad” de estos seres sintéticos? ¿Sería admisible su esclavización? ¿Es la especie humana la última fase de la evolución biológica, o será una nueva especie una combinación de metales y cerámicas que hayamos programado con inteligencia y con capacidad de au­torreproducción?

O, una reflexión ulterior y mucho más radical, sugerida por la hasta hace nada impensa­ble capacidad de alteración artificial del material gené­tico. Nuestra idea firmemente acen­drada es la de que habitamos un ambiente cósmico que obedece a unas leyes inmutables. ¿No habrá allá, en un remoto futuro de la humanidad, así como hoy alteramos a voluntad “las leyes de la vida”, la posibilidad de que modifiquemos incluso las leyes de la física, de que variemos la magnitud de una constante universal, y con ello alteremos el propio tejido del universo o demos origen, más aún, a un universo completa­mente nuevo?

Son cuestiones todas éstas que estimamos saludablemente planteables a inteligencias en procura de una educación superior.

No creo que nada de lo que antecede haya sido contradicho por los planteamientos de Magaly, y quiero suponer que su educada cabeza daría la bienvenida a una construcción racional de una imagen moderna de lo divino, una suerte de “subteología”. (Término que propongo para no entrar en pelea con jesuitas o dominicos pugnaces).

Pero sí creo que podemos reclamar a los psicoanalistas en general, y a los jungianos en particular, una tendencia a procurarse explicaciones que hacen caso omiso de las reglas de Popper, una preferencia por lo “oculto”, lo iniciático, lo cabalístico o arcano.

Ante sus construcciones es usualmente imposible discutir con rigor. Si Jung dice que existe un “inconsciente colectivo”, a pesar de que nadie haya sabido precisar su ubicación, no es posible construir una refutación popperiana, puesto que ningún experimento corroborador o refutador es concebible.

Claro que uno puede considerar que la noción de “inconsciente colectivo” es una suerte de etiqueta terminológica conveniente, shorthand práctico al mismo nivel de ideas como las de Abraham Kardiner, que en una cierta psicología social sostiene que hay una “personalidad básica de las culturas”. (Algo así como explicar por qué los argentinos “son como son”). Si se entiende el asunto de este modo entonces no hay mucho motivo para la discrepancia. Es obvio que la esvástica no fue inventada por los nazis, y que ese símbolo es mucho más antiguo y que se le encuentra también entre los vascos, a quienes no se emparienta con los indios o los armenios neolíticos. Es perfectamente posible una paleontología y una filogenia de los símbolos. Esto es una cosa y otra es construir una summa de numerosos tomos fundada sobre inasibles e inverificables nociones y pretender que tal cosa sea tenida por ciencia.

Por otra parte, al mero nivel estilístico uno distingue en el discurso de muchos psicoanalistas, principalmente los jungianos, el uso de una jerga incomprensible por el común de los mortales. La ignorancia del léxico induce en más de un alma ingenua la reverencia por una oscuridad que se postula idéntica a una profundidad del conocimiento. En los casos más graves los no iniciados somos tratados con condescendencia y a veces hasta con desprecio.

Una de las claves del desarrollo científico ha sido justamente la comunicabilidad de la ciencia. El que el descubrimiento fuera comunicado pública y libremente para que los experimentos que le dieron origen fuesen reproducibles. De manera que revestir una pretendida ciencia de léxico esotérico es costumbre negadora de lo que precisamente es condición para el progreso del conocimiento humano. Toda buena ciencia es ciencia diáfana.

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Dicho todo esto, hay que apuntar otra posible fuente de disensión. Esta surge de entender lo formulado por Magaly como si tratara de una descripción exhaustiva, totalizante, como caricatura de una realidad mítico-política sólo compuesta por los caimanes que describe. No me siento representado por ninguno de los tipos polares de caimán que Magaly identifica, tal vez porque nunca hice caso de la asquerosa manipulación de Juan Fernández con estampitas de la virgen católica, que alguna vez blandió en gesto parecido a los de Chávez cuando pela por el infaltable ejemplar de bolsillo, azul, de la “bicha”.

Pero esto me lleva a reconocer un gran valor en el trabajo de Magaly: que dijo dos grandes verdades. Primera, que nuestro actual conflicto político no puede ser entendido solamente en términos de una lucha de poder, ni siquiera como expresión de una egoísta satisfacción de intereses, ni como mera manifestación de una lucha de clases, puesto que tiene una dimensión mítica y simbólica que incide de modo efectivo sobre la psicología de los venezolanos. Bolívar, que ya estaba mitificado, ha sido exacerbado hasta la náusea.

Pero también la virgen ha entrado en liza, y el difunto—QEPD—cardenal Velasco sugirió un domingo en la Catedral de Caracas que los letales deslaves de diciembre de 1999 habían sido un castigo divino a la soberbia presidencial. En su oportunidad le supliqué en artículo de prensa que nos propusiese un dios menos estúpido.

Hubo quien hiciera genealogía coromotana para asegurar que un indio crucial en la aparición de la patrona respondía al nombre de Juan Fernández, homónimo del propagandista de la “red de energía positiva”, y ahora circula por los emilios que el 15 de agosto es la mejor fecha para el referendo revocatorio, ya que es asimismo el día de la Asunción de Nuestra Señora.

De modo que Magaly tiene razón también con esa segunda verdad de la simetría en lo mítico, y hay gente que cree que Chávez no es Florentino sino el Diablo y confiere estatura mítica al muy natural y explicable y conveniente fenómeno social del mercado.

Sería demasiado sencillo explicar la agresividad chavista como producto exclusivo de la envidia y el resentimiento social. De “este lado”, en “ese caño”, hay igualmente una percepción recíproca y despreciativa. En una prestigiosa peña capitalina—Caracas Country Club—Julio Andrés Borges aseguraba, ante incómoda pregunta por el crecimiento de su partido, que la organización captaba incesantemente adeptos, incluso de las filas del chavismo, y aludió a recientes actos de juramentación de nuevos militantes de Primero Justicia que antes lo fueron del Movimiento Quinta República. Una habitué de la peña observó: “Sí, yo sé a qué te refieres. Yo estuve en el de La Guaira ¡pero ahí lo que había era un negrero!” De modo que en parte el asunto no es avaricia desposeída, sino reacción al estímulo del desprecio social, el mismo que cuando Caldera fue electo por primera vez declaró: “Por fin llegó la gente decente al poder y vamos a poder salir de ese negraje adeco”.

El fenómeno no es inédito. Hace no mucho pude escribir: “Marx  es hijo de Hegel, pues éste fue quien enseñó al primero la dinámica del conflicto. Y fue Hegel quien observara que en el más enconado conflicto, que en la lucha por la existencia, los enemigos terminaban siendo muy parecidos. Hugo Chávez presidió ayer un acto en el que su hermano Adán decía cosas que fueron recibidas con el grito ¡mentiras! El alcalde Bernal contenía a duras penas su azoramiento y consagraba el procedimiento digital, el uso del dedo en la designación de unos dirigentes del MVR, que era precisamente lo protestado. Procedimiento éste que se censuraba de la ‘cuarta república’. ¡Qué parecidas son la cuarta y la quinta!”

Así que logro ver lo certero de las observaciones de Magaly al respecto. Lo que rechazo es el simplismo que pareciera desprenderse de su esquema, pues en su taxonomía no cabrían los “Ni-Ni” y todos seríamos o Alligator chavensis o Alligator escualidus.

No, amiga, no me cuente usted como habitante de ese caño. Habito otro distinto, al que habrá que ponerle nombre, porque “Ni-Ni” es designación despectiva y alienada, referida no a nuestra propia sustantividad sino a algo que está fuera de nosotros. Es un problema por resolver: ponerle nombre a lo que somos, a lo que buscamos.

Algunos—William Ury—lo llaman el tercer lado. Otros—José Antonio Gil—creen que se trata de un “a mitad de camino”, un promedio entre extremos.

En realidad es una cosa situada en otro plano, y el verdadero modo de lograr la superación de Chávez es más una superposición que una oposición. Pero esto, una vez más, es problema para otra discusión.

Mas, dirá Magaly, “sólo pretendí mostrar realidades, y sacar punta a los extremos para causar impacto y estimular una toma de conciencia”. Así estaría aplicando método maoísta, pues fue el Gran Timonel quien, en ulterior desarrollo práctico de la dialéctica marxista, recomendaba la “agudización de las contradicciones” en el seno de la sociedad como forma de reventar en lucha y lograr el triunfo definitivo del proletariado. Es en este sentido que también Magaly nos ha propuesto su propio mito: el mito de los caimanes del mismo caño.

A fin de cuentas, agradezco el acicate de Magaly y tolero la concepción jungiana que jamás podré compartir. Los hitos miliares del pensamiento del siglo XX fueron los que nos enrostraron nuestros límites. Wittgenstein, que en su Tractatus Logico-Philosophicus quiso determinar los límites del pensamiento; Heisenberg, que halló la incertidumbre en el fondo de la física; Gödel, que desenterró lo incompleto y lo inconsistente del corazón mismo de la matemática; Feigenbaum, y tantos otros que dieron función sorprendente al caos impredecible a partir de sistemas deterministas. Es una historia de sobriedad, una lección de humildad. Es por esto que el más racionalista de los científicos no debe negarse al diálogo con lo mítico o a la lectura de Jung. En su complejidad—si no una ciencia al menos una poética científica—una admirable obra intelectual se despliega y construye haces, más bien threads, de relaciones sugerentes. Y es que Jung ha formulado una visión del mundo que nos ayuda a ver conexiones que de otro modo se nos escaparían, a worldview that helps people see connections that they otherwise would miss. Es decir, el psicoanálisis jungiano como herramienta heurística, propia para el descubrimiento o la invención. LEA

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