por Luis Enrique Alcalá | Jun 24, 2004 | Cartas, Política |

Sin pretender en lo más mínimo emular a nuestro académico Alexis Márquez Rodríguez necesitamos manifestar nuestro repudio a la noción de admitir un tal verbo «encriptar», a menos que viniese a significar—ya que no suena feo—meter algo—un cadáver, por ejemplo, una máquina de votación como las de Indra u otra empresa—en una cripta. Quienes pretenden mercadear reales o pretendidas excelencias informáticas con el uso agringado y manipulador de términos como «encriptación», debieran notar que hace tiempo que el castellano dispone del verbo «cifrar» y el adjetivo «cifrado», pues no se inventó en el Valle del Silicio el arte de convertir mensajes cruciales en galimatías inentendibles, es decir, indescifrables. Y si no que lo digan Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, que nos regalaron inolvidables historias criptográficas bastante antes de que naciera IBM, para no convocar como testigos a más antiguos y más fallecidos cultores de ese arte.
Pues la «encriptación» no significa una cosa distinta de lo que «cifrar» denota: «Transcribir en guarismos, letras o símbolos, de acuerdo con una clave, un mensaje cuyo contenido se quiere ocultar». Y esto, nos quieren hacer creer, es necesarísimo que se denote como «encriptar».
Claro que en una globalización que algunos entienden como sumisión lingüística de nuestro idioma, se dice «asumir» cuando se quiere expresar, en realidad, «presumir» o «suponer», y se pronuncia «performance» en lugar de «desempeño» o «rendimiento», y el jefe de un Estado bolivaroide dice «cuatro punto siete»—sintiéndose en dominio técnico—en lugar de «cuatro coma siete».
Expulsado este reconcomio de nuestro espíritu, debemos destacar que es justamente la «encriptación»—nos crispa escribirla—una de las garantías que la firma Smartmatic ofrece para la seguridad de que lo que sume electrónicamente corresponda a la realidad electoral. «La totalidad de los datos del sistema (datos de configuración y los votos registrados) son—sic—almacenados en forma encriptada, de modo que nadie puede modificarlos, alterarlos o borrarlos». «Los datos se transmiten de manera encriptada y segura, desde las máquinas de votación hasta los servidores de totalización, a través de un canal seguro de totalización». «Además, los votos son registrados de manera encriptada en la máquina utilizando un esquema de 128 bits». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004. Llama la atención que el título del documento habla de referendo en singular—es decir, no alude para nada a los referendos de revocación de parlamentarios—y no menciona las elecciones regionales —sí en el interior del documento—cuando se suponía que esta automatización particular había sido contratada específica y exclusivamente para estos últimos comicios).
Resulta que la criptografía opera cuando un remitente cifra o codifica un mensaje en forma sistemática para oscurecer su significado. El mensaje cifrado se transmite y el receptor recupera el mensaje al descifrar o descodificar la transmisión. Originalmente la seguridad de un mensaje cifrado dependía de la confidencialidad de todo el proceso de cifrar y descifrar. Hoy en día se emplea, sin embargo, cifras en las que el algoritmo—el procedimiento de cifrar y descifrar—puede ser revelado sin comprometer la seguridad de un mensaje particular. Con estas cifras un conjunto de parámetros específicos, conocidos como «llave», se emplean junto con el mensaje no cifrado como insumo del algoritmo de cifrado, y junto con el mensaje cifrado como insumo del procedimiento para descifrar. Se puede incluso anunciar públicamente los algoritmos de cifrado y descifrado, pues la seguridad del criptograma depende enteramente del secreto de la llave. Para impedir que ésta sea revelada por accidente o por una búsqueda sistemática, se escoge una llave que corresponda a un número muy grande. (Por ejemplo, escrito en base binaria a 128 bits).
Una vez establecida la llave, puede ocurrir una comunicación segura enviando criptogramas incluso por un canal público vulnerable a métodos de escucha pasiva, como si se tratase de anuncios en prime time de televisión. Pero para establecer la llave dos usuarios, que pudieran inicialmente no estar en contacto o compartir información secreta, tendrán que discutirla mediante el empleo de algún otro canal seguro y confiable. Ahora bien, la intercepción es un conjunto de mediciones ejecutadas por un escucha sobre un canal, y aunque esto pudiera ser difícil desde un punto de vista tecnológico, cualquiera distribución clásica de una llave puede en principio ser espiada pasivamente, sin que los usuarios legítimos se percaten de que han sido escuchados. De aquí que ahora se busca aplicar tecnologías que se basan en efectos cuánticos, que logran la privacidad ya no por medios convencionales, sino a través del empleo de la incertidumbre fundamental de las partículas subatómicas, sujetas a comportamientos descritos por la física cuántica. «La criptografía cuántica promete revolucionar la seguridad de las comunicaciones proveyendo una seguridad basada en las leyes fundamentales de la física, en lugar del estado actual de los algoritmos matemáticos o la tecnología de computación. Existen los dispositivos para la implementación de ese método, y continuamente mejora el desempeño de sistemas demostrativos. Dentro de pocos años, quizás meses, esos sistemas podrán comenzar a cifrar algunos de los más valiosos secretos del gobierno y la industria». (Salvatore Vittorio. Quantum Cryptography: Privacy Through Uncertainty, Cambridge Scientific Abstacts, octubre 2002).
«Nadie entiende la teoría cuántica». (Richard Feynman, físico norteamericano ganador del Premio Nóbel). No es necesario que nos preocupemos, no obstante, por comprender tan abstrusos y arcanos conceptos, porque la tecnología de Smartmatic dista mucho de ser criptografía cuántica.
………
En un curso para ejecutivos que la compañía Shell organizó a comienzos de 1995 se acometió el análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenían dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra o «dólar MacDonald’s») a los expertos profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza.
Es así como una entidad tan inasible como una sensación generalizada puede tener efectos muy reales sobre una sociedad, sobre una economía. Aquí se trata, por supuesto, de una marcada desconfianza política. No siendo el objeto de este comentario un escrutinio exhaustivo del tema de las máquinas de votación que Jorge Rodríguez, Radio Nacional de Venezuela, Venezolana de Televisión y www.aporrea.org defienden con tanto denuedo, no queremos escudriñar en el dossier de su negociación o la composición accionaria de Bizta —»¿Es cierto que Smartmatic Corp. y Bizta son la misma empresa? No, sin embargo Bizta Software es un aliado de negocios local en Venezuela de Smartmatic Corp. y ambas tienen tres accionistas en común». (FAQ Smartmatic: Automatización Referendo 2004). Y Bizta recibió 200 mil dólares del Fondo de Crédito Industrial, que sienta un representante en la junta directiva de la compañía—ni siquiera discutir si la constancia en papel permitiría una «auditoría en caliente» a la que el trío oficialista del CNE se muestra tan remiso. No; el punto no es que se desconfíe del consorcio Smartmatic: el punto es que dos terceras partes del país desconfían profundamente de su cliente.
En una votación tan crucial y delicada como la del referendo revocatorio tal desconfianza es desaconsejable desde todo punto de vista, verdaderamente intolerable, inaceptable. Así que probablemente sea lo mejor olvidarse radicalmente de las benditas máquinas, al menos para un evento electoral tan crítico como el previsto para el 15 de agosto.
Es por consiguiente nuestra sincera recomendación a los miembros del consorcio del que Smartmatic Corp. es portaestandarte: si no son ustedes capaces de presentarse ante la Coordinadora Democrática—o muchísimo mejor aún, ante Súmate—y superar convincentemente las preocupaciones y objeciones que se expongan ¡encríptense! Metan en una cripta su lucrativo proyecto. A fin de cuentas, fueron ustedes quienes decidieron asumir el riesgo de contratar con cliente tan marrullero como el que tienen.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 17, 2004 | Cartas, Política |

Alea iacta est. La suerte está echada, en gran medida. Esto es, ya para estos momentos la mayoría de los Electores venezolanos tiene opinión formada y decisión hecha respecto de cómo votará en el referendo revocatorio. Las campañas argumentadas no les convencerán de cambiar de posición, especialmente en aquellos que desean revocar el mandato de Hugo Chávez. Ni que el gobierno gaste todo lo que le quede en la olla va a aumentar significativamente el caudal de votos a su favor. En cambio, un exceso de errores de parte del gobierno—como interrumpir el juego España-Grecia con una cadena groseramente sectaria—o uno verdaderamente mayúsculo pueden reforzar el rechazo en su contra.
Pero hay una sustanciosa minoría de Electores—alrededor de 40%—que al tiempo que repudia a Chávez igualmente deja de encontrar atractivo en la, hasta ahora, difusa propuesta de la Coordinadora Democrática. Algunos creen que a estos «Ni-Ni» les pasaría lo que al asno de Buridan: un pollino equidistante de dos pacas de pienso absolutamente idénticas, que al no encontrar razón de preferir una a la otra deja de escoger y se muere de hambre.
La conducta más probable en un «Ni-Ni» ante las máquinas de Smartmatic—»Vivomática» sería una traducción aproximada—sería la de pulsar el sí. Es demasiado el destrozo causado por Chávez y sus ayudantes, y demasiada su desvergüenza, como para querer cargar en la conciencia haber contribuido a prolongar su dominación. (Ayer dijo: «Yo no estoy en campaña; yo estoy gobernando el país». Él piensa, en efecto, que se gobierna un país, cuando lo que se gobierna es tan solo la conducta del Poder Ejecutivo Nacional. Su modelo político es uno de dominación. Pero nadie tiene derecho a dominar a un pueblo).
El problema, por tanto, consiste en llevar a ese «Ni-Ni» a votar. Porque la conducta más probable en un «Ni-Ni» es no acercarse a la máquina de votación. Es por tal razón que se ha identificado correctamente como objetivo estratégico la derrota de la abstención.
Y he aquí que pocas cosas pudieran reducir más eficazmente la abstención que la encarnación de la esperanza en una figura sucesora convincente. Por esto debe la Coordinadora Democrática facilitar un buen proceso de selección de una candidatura única ya.
No es verdad que abrir de una vez la discusión de la candidatura sucesoral pone en riesgo el resultado esperado del referendo revocatorio. Alea iacta est. Ni siquiera esa discusión cambiará significativamente las posiciones ya tomadas por los Electores, a menos que el cauce proporcionado por la Coordinadora favorezca la emergencia de un candidato de los que los «Ni-Ni» no quieren. Entonces se reforzaría la propensión a abstenerse. En cambio, si pudiera conseguirse un candidato que entusiasme y convenza la abstención sería mínima, y sabemos que un buen margen a favor de la revocación es harto aconsejable en un trayecto minado de aquí al 15 de agosto. La introducción de las máquinas—en un evento que Jorge Rodríguez aseguraba, según el Miami Herald, no las emplearía porque nunca tendría lugar—ha añadido mucha desconfianza, y resultados de estrecha diferencia pueden detonar el caos.
Tampoco puede creerse que algún candidato dejará de prestar sus fuerzas a la campaña por la revocación y contra la abstención. Cualquier actor político que no entregue el resto por la revocación puede despedirse de sus aspiraciones presidenciales. Nadie puede darse el lujo político de la mezquindad revocatoria.
Estas cosas las perciben algunos entre los aspirantes a la sucesión de Chávez, y se han reunido, como en gremio, para acordarse en algunas cosas—acuerdo que Américo Martín llama «el contrato»—y urgir a la Coordinadora Democrática un cronograma hacia la celebración de elecciones de base para la determinación del candidato único. Enrique Tejera París, uno de los que ofrece sus servicios presidenciales, ha sido vocero de este movimiento. Alfonzo, Armas, Cova, Márquez, Quirós, Sosa, etcétera, entrarían en ese convenio, que incluye los compromisos de no intentar reelección en 2006 y del apoyo al aspirante ganador, además de exigirse a cada aspirante el respaldo de un centenar de miles de Electores.
Parece ser que Tejera París recomendó una segunda vuelta de esta elección, para cimentar aun más el apoyo al candidato. Es lo más probable que se decida que no hay tiempo para, además, hacer una segunda vuelta. Pero hay un modo de simularla. Consiste en el modelo que los norteamericanos llaman run-off election. (Elección por vaciado; «elección de pérdida». Debemos el dato, desde hace varios meses, al Dr. Ramón Adolfo Illarramendi).
En una elección por vaciado uno puede seleccionar más de un candidato en orden de preferencia. Por ejemplo, si el Sindicato Único de Aspirantes a la Sucesión de Hugo Chávez (SUASHCH) terminara admitiendo diez—o veinte—candidatos en la elección «primaria», los Electores podríamos señalar, digamos, tres nombres en orden de preferencia.
Si el que recibe más votos no obtiene la mayoría absoluta, entonces se va pasando sucesivamente un colador que finalmente determinará el aspirante elegido. Quien queda de último en los votos que postulan como primera opción es eliminado. Pero quienes votaron por él no dejan de estar representados, porque su segunda opción será acumulada a los votos de los candidatos correspondientes.
De nuevo se repite el proceso. Se elimina al último—los eliminados no pueden ya recibir las transferencias—y se adjudican sus segundas opciones. (En algunos casos muy apretados puede llegarse a las terceras opciones antes de arribar a un ganador). Llega un momento en que este proceso produce un ganador con suficiente mayoría. (Es muy fácil programar computadores para que hagan los cálculos con gran rapidez. Bastará iterar un algoritmo, diría un programador).
No es un método perfecto, pero se le señalan dos ventajas. Los candidatos no pueden con facilidad transar apoyos entre sí y reciben menos ventaja de campañas de descrédito de oponentes, puesto que su suerte puede depender del apoyo secundario de quienes opten por sus contendores. Las campañas tenderán a ser más positivas y los aspirantes se respetarán más.
En todo caso convendrá al país una determinación temprana del candidato unitario a Presidente sucesor. Como destaca Tejera París, en los treinta días que a lo sumo (teóricamente) mediarían entre la revocación y la elección sucesoral no es posible dar a conocer los candidatos y sus ideas de gobierno. (Dicho sea de paso, es mucho más sano y democrático remitir el problema de optar por programas a los Electores, en lugar de la determinación cogollista multicupular del «consenso-país» de la Coordinadora Democrática. Es mucho mejor dejar que cada quien presente su imagen de gobierno a los Electores y que éstos incluyan la razón programática en su voto).
Si conviene al país entonces debe convenirle también a la Coordinadora Democrática. Abrir de una vez el proceso es manifestar seguridad de que habrá revocación y habrá elección. Y esto es, indudablemente, una señal de fortaleza.
En cambio, retrasar el momento de esta dilucidación conspira contra la mejor elección, pues sólo tiende a favorecer a los más burocráticos entre los posibles aspirantes: los jefes de partidos o grandes movimientos, entre los que no faltan prominentes actores que son demasiado «cuartorrepublicanos tardíos», que no entusiasmarán al electorado. Eso sí es un riesgo muy grande.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 10, 2004 | Cartas, Política |

Supongamos que por necesidad de nuestras ocupaciones debemos colocar un aviso en la prensa en solicitud de los servicios de un piloto para un Boeing 747 o un Airbus 300. Supongamos que recibimos la entusiasta respuesta de una persona que sostiene que debe ser contratada porque viene de ganar, de modo muy destacado, un crucial juego de fútbol. Es clarísimo que no hay conexión entre una cosa y otra, y que las evidentes cualidades de eficacia deportiva en el sujeto no son las que harían que le confiáramos las vidas de centenares de personas y un equipo aeronáutico costosísimo.
Tampoco la hay entre ser capaz de organizar y ganar el referendo revocatorio presidencial y ser capaz de dirigir ejecutivamente el Estado. Son dos problemas, dos tareas, enteramente distintas, a pesar de lo cual se pretende con frecuencia que están vinculadas.
No tiene nada que ver una cosa con la otra. El jefe de un Estado es el máximo responsable por la identificación y aplicación de soluciones a problemas públicos de ámbito nacional., y los talentos, las técnicas y el liderazgo que son requeridos para desempeñar tal misión no guardan parentesco con los que se muestran útiles a la conducción competente de una campaña electoral. (Salvo en lo que respecta a la capacidad de comunicar).
Claro que en un viejo concepto de lo político como proceso de combate—aun si se está en funciones presidenciales—el adiestramiento en una o varias campañas parecería pertinente. Es decir, si entiendo la función pública como la entiende Chávez—la extrema exacerbación del criterio de la Realpolitik, de la política del poder por encima de cualquier otra cosa—si la entiendo como permanente lucha o combate, entonces puedo proponer que la legitimación del gobernante se estipule en función de los triunfos de un guerrero.
Chávez no inventó, naturalmente, la Realpolitik. El término fue acuñado por la época del gobierno de Bismarck, en la Alemania de fines del siglo XIX, y su más famoso precursor no es otro que Nicolás Maquiavelo. Y no es Chávez el primero que concibe la profesión política como constante liza. Una de las frases de Rafael Caldera más repetidas era aquella en la que decía: «Porque no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política». Si se entrevistaba a Carlos Andrés Pérez, a Jaime Lusinchi, a Luis Herrera Campíns, era fácil extraer de ellos la siguiente caracterización de sí mismos: «Lo que soy es un luchador político». Los militantes del Movimiento Electoral del Pueblo ya no quisieron entenderse entre sí como «compañeros», ni siquiera como «camaradas», y preferían saludarse como «combatientes». Más recientemente Henrique Salas Römer nos propuso una imagen gallinácea, al sugerir que él era un «gallo» y lo que había que dilucidar es si había alguien que fuese «más gallo» que él, en obvia alusión a la más conocida de las peleas intravícolas. La política como ejercicio de gallera.
De Chávez no es necesario explicar mucho. Prácticamente no hay discurso en el que escape a la tentación de emplear metáforas castrenses: batallas, guerras, espadas; amenazas con tanques y cañones, fusiles y proyectiles. Como no sabe gobernar, pelea. Los resultados están a la vista. Chávez es, exageradamente, más de lo mismo, en el sentido de ser una desmedida continuación de la escuela de la política de poder. El inmenso favor que Chávez hace a Venezuela es hacerle entender que una agresiva política de poder—pretendidamente la medicina política correcta—es verdaderamente una terapia ineficaz, tanto como someter a un paciente mental a uno o dos electrochoques por semana.
La selección de un próximo presidente, de quien suceda a Chávez en la Presidencia de la República, por tanto, no es lo mismo que convertir en candidato al gerente de la campaña por la revocación. Los criterios para la provisión de un nuevo y suficiente presidente son otros que los aplicables a la escogencia de un jefe de campaña.
Hay quienes procuran que ese proceso de selección sea lo más responsable y racional que sea posible. Para la campaña presidencial de 1993 Don Pablo Moser Guerra proponía enfocar el asunto como si fuésemos los dueños de una compañía que buscara gerente. Visualizaba un aviso de prensa que proclamara: «Se busca candidato para la Presidencia». Y quería que los que pretendieran ejercer la magistratura se sometiesen a un escrutinio con arreglo a un perfil o conjunto de cualidades. (Rafael Poleo recomienda, más bien, escudriñar los defectos de los candidatos).
Más recientemente ha escrito sobre la cuestión Carlos Alberto Montaner, quien parte de un punto de vista algo distinto. En lugar de plantearse el problema como propietario, lo acomete como head hunter, como cazador profesional de talentos. Propuso considerar algo como una veintena, o un poco menos, de parámetros.
Y, por supuesto, la consideración de un gobernante ideal no es preocupación post modernista. No es que fuese inaugurada en el siglo XX. Platón se planteaba con urgencia el problema del gobernante ideal. (El filósofo rey). Y Thomas Carlyle (1795-1881) consideró el héroe como rey en su ensayo Sobre los héroes, la adoración de los héroes y lo heroico en la historia. En una introducción a sus interpretaciones se observa cómo Carlyle creía que «las fuerzas decisivas y constructivas de la historia son sus grandes hombres y héroes. Toda era y toda crisis histórica tiene sus hombres superlativos, los que son capaces de asir el timón y convertir el caos y la destrucción en algo significativo y meritorio. Pero debe dárseles oportunidad, y deben ser reconocidos por lo que son. Donde la duda, la desconfianza y la envidia sofoquen la natural inclinación a reverenciar y obedecer a verdaderos líderes, allí sobrevendrán el estancamiento y la degeneración».
Como puede verse, no es la primera vez que una sociedad se encuentra frente a una elección como la venezolana. Tal vez valga la pena plantearse la cuestión no como la búsqueda del candidato ideal. Bastaría con que identificáramos lo mejor de lo preferible. Con cortes de una navaja de Poleo, puede prescribirse, además de cualidades suficientes, ciertos rasgos que no deberá poseer. Por ejemplo, que si va a ser la cesación de Chávez no puede ser la restauración de lo que permitió su emergencia. Aun cuando Carmona no hubiera sido lo políticamente incompetente y equivocado que demostró ser, la mera noción de sustituir el líder de la «revolución bolivariana» (bolivaroide) por el líder de la central patronal era una equivocación crasa.
Pero lo que sí puede exigirse es un criterio de suficiencia política. Porque es que nuestra presente crisis de salud republicana—el chavoma—está superpuesto a dolencia previa y persistente: la condición de insuficiencia política que lo precedió y que aún sufrimos. El aparato político de un país tiene por función, por única justificación y legitimidad, el alivio de los problemas de carácter público. Si este sistema no los resuelve y, peor, los agrava en más de un caso, estamos ante una insuficiencia política, del mismo modo que hablamos de insuficiencia cardiaca cuando un corazón no trabaja como debe ser.
La Corporación RAND, el mayor think tank del planeta, buscaba la manera de eliminar distorsionantes dinámicas de grupo cuando quería consultar sobre alguna materia a un nutrido panel de expertos. Estaba consciente de que pudiera ocurrir que un experto de voz estentórea, personalidad dominante y físico imponente dominase el discurrir de un grupo sin que necesariamente estuviera más en lo cierto que sus colegas.
Hay factores que determinan las escogencias candidaturales, y la mayoría de las veces enmascaran o impiden la expresión de talentos no convencionales. Stafford Beer decía: «Los hombres aceptables ya no son competentes, y los hombres competentes no son aceptables todavía». La determinación de estas escogencias ha sido inveteradamente prerrogativa cupular, y rara vez las cúpulas consienten en elegir a alguien que no forme parte de ellas. Es a las cúpulas, sobre todo, a las que va dirigida la admonición de Carlyle: «debe dárseles oportunidad». Hay que darle vestido a Cenicienta. LEA
_________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Jun 4, 2004 | Cartas, Política |

La alocución presidencial por cadena nacional de radio y televisión del 3 de junio de 2004 no fue improvisada. No fue preparada ayer. No estuvo lista hace una semana. Tan estudiadas fueron su trama, su coreografía, su escenografía y utilería, su juego de cámaras; tan inteligente su trabazón y tan eficaces sus metáforas, que puso de manifiesto que hace ya un buen tiempo que Chávez había decidido enfrentar a la oposición en el referendo revocatorio. Esta vez echó mano de todos los símbolos y las asociaciones: Jesús de Nazaret, Bolívar, Sucre, Zamora, Florentino. Y tomó el desafío para pelear y vencer, en un referendo previo al 19 de agosto. El truco de rebasar la fecha y dejar un testaferro por el resto del período no será empleado. Sería fácilmente interpretado como signo de debilidad.
El gran nomenclador de la comarca, el inventor de las etiquetas quinta república, constitución moribunda, constituyente originaria, bicha, millardito, planillas planas y otras más; el titular de las franquicias de Bolívar, Sucre, Zamora, Robinson, Ribas y otras, ya le puso nombre a la contienda: la Batalla de Santa Inés.
Pasó facturas. Presentó al cobro la inclusión del referendo revocatorio en la Constitución, por supuesto. Pero no sólo eso. Por la aceptación de la suficiencia de las firmas y la convocatoria al referendo cobra el acatamiento al árbitro, el respeto al Tribunal Supremo de Justicia, la Asamblea, la Fiscalía, etcétera. «¿Se fijan que no soy ningún tirano? ¿Se fijan que sí hay que confiar en las instituciones?»
Eso sí. Se trajo a la oposición boqueando a los reparos, asediada, atacada. Se le reconoció un poquito por encima de lo estrictamente necesario, para fundamentar una lapidaria afirmación: que la oposición habría, en realidad, demostrado ser una minoría. Que después de largos meses de contar con la inmensa mayoría de los medios a favor del revocatorio, apenas había logrado convocarlo con un millón trescientos mil firmas menos que los votos que le eligieron en 2000.
Esta vez no se trató de un discurso interminable, farragoso, vagabundo. Estuvo perfectamente medido para que culminara a tiempo de liberar los receptores para las telenovelas. La alocución fue preparada hace mucho tiempo. La oposición tendrá que presentar la batalla que Chávez, una vez más, quiso. El meticuloso guión así lo delata.
Entretanto, salpicamos con algo de sal y pimienta. Ataques con tiros a la alcaldía de Peña; amenazas a El Nacional, Primicia, RCTV; vehículos de Coca-Cola y Polar destrozados; Rafael Marín fuertemente lesionado. Todo ante los ojos tolerantes de piquetes de la Guardia Nacional. Es que, claro, el pueblo también se indigna. Es explicable. Dígame con estos difuntos que aparecieron firmando, en un nuevo intento de fraude. Imagínense lo que se le ocurriría indignarse si se pretendiera revocarle fraudulentamente el mandato al Presidente.
¿Qué va a hacer la oposición? El New York Times ha recordado ayer: «Una de las principales encuestadoras del país, Alfredo Keller & Asociados, reportó en abril que Chávez pudiera ganar por poco margen el revocatorio. Con votantes desencantados y una oposición fracturada, la encuestadora dijo que el Sr. Chávez recogería el apoyo de 35% de los votantes registrados, mientras que 31% votaría en su contra y el resto se abstendría».
La oposición tiene que cumplir con dos requisitos: uno del pasado, uno de futuro a corto plazo. Tiene que obtener más de tres millones setecientos cincuenta mil votos que aproximadamente Chávez obtuvo en 2000, pero tiene que obtener, además, mayor votación que los que voten a favor de Chávez. El escenario de Keller sería el siguiente: 34% de abstención, o unos 4 millones de Electores; 31% a favor de revocar el mandato, prácticamente suficiente para superar escasamente la votación de Chávez en 2000; 35% en contra de revocar el mandato, o unos 4 millones doscientos mil Electores. Es decir, que tal vez se alcanzaría la cota mínima pero Chávez sería ratificado, relegitimado, atornillado.
¿Será el general Mendoza quien pueda derrotar al general Hugo Florentino Chávez Zamora? Keller sabía en junio de 1998 que Salas Römer no sería capaz de batir a Chávez. ¿Qué sabrá hoy Keller, a exactamente seis años de ese acierto olfatorio? ¿Tendrá a su disposición Mendoza las huestes disciplinadas en medio de unas elecciones regionales y municipales, coincidentes con la eclosión de las apetencias presidenciales y la práctica imposibilidad de obtener un candidato que no sea producto de arreglos cupulares antes del referendo? ¿Creerá una mayoría determinante que su vida será mejor con Mendoza que con Chávez?
¿Saldrá de los laboratorios estratégicos de la Coordinadora Democrática y sus distintos aliados una estrategia ganadora? Por de pronto tendrá que ser una estrategia que no caiga en la tentación de emplear, una vez más, la terminología de Hugo Chávez. No puede hacer ni siquiera alusión a Santa Inés. No puede dejar enmarcarse, como hasta ahora lo ha hecho, por Hugo Chávez Frías.
En su alocución del 3 de junio Chávez se exhibió, más que nunca antes, como estratega destacadamente talentoso. Pudiera decirse que se graduó de estadista, cuando se dio el lujo de felicitar a la oposición porque al comprometerse con el revocatorio, inventado por él, graciosamente incluido por él en la Constitución, había así derrotado «las bajas pasiones», había derrotado al golpismo.
La mera aceptación del referendo revocatorio es una legitimación democrática para Chávez. Debemos contar conque nos lo repetirá hasta la náusea. Y conque nos exigirá, hacia al árbitro que con tan obvia imparcialidad ha convocado el referendo, el acatamiento a su palabra y a sus máquinas, en las que, como se sabe, el gobierno ha invertido unos cuantos dólares.
Muchos más dólares tendrá Chávez a disposición para la campaña que él quiere entender como una nueva Batalla de Santa Inés—última referencia que hago a la tendenciosa etiqueta—a cuya cabeza se ha colocado pública y abiertamente, con un Consejo Nacional Electoral suyo pero relegitimado, una Asamblea en la que no hay riesgo de perder por revocación un solo diputado oficialista pero sí que la oposición disminuya, y un Tribunal Supremo de Justicia reforzado por tal vez trece nuevos magistrados de la causa.
Quienes estén en capacidad de asignar recursos financieros y comunicacionales a tal enfrentamiento y quieran salir de Chávez, harán bien en exigir, muy pero muy pronto, la presentación de las líneas principales de una estrategia convincentemente viable. O por la Coordinadora, o por quien sea capaz de concebirla. Un componente en esa estrategia será ineludible: la comunicación de una interpretación de la realidad, de la sociedad, del país, de su historia, que sepulte la de Chávez, que en su magistral alocución del 3 de junio expuso de modo tan coherente, tan consistente con toda su trayectoria y su incesante prédica. No será suficiente la mera negación de Chávez. Será preciso superarlo. Operativa y conceptualmente.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 3, 2004 | Cartas, Política |

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del Hall de la Fama de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.
Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.
Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.
Leemos: “El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.
Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.
Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.
Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud por deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.
En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.
En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.
……..
Según puede predecirse como desenlace más probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una cesación del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (Desde el momento de la toma de posesión hasta el 9 de enero de 2007, según lo establecido por sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional. ¡Qué bueno sería que pudiéramos contar con Solón!
LEA
intercambios