por Luis Enrique Alcalá | Sep 2, 2004 | Cartas, Política |

En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una «esclerosis paradigmática» de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis «sucia»), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, eran la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente.
Así, se planteaba en un «documento base» de esta nueva asociación cosas como las siguientes: «Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos». Y más adelante especificaba: «No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos».
Hace casi 20 años, por consiguiente, ya algunas cabezas interesadas en el proceso político nacional veían muy difícil una metamorfosis de los partidos que les permitiera ser portadores de un nuevo paradigma acerca de la Política, distinto del prevaleciente enfoque «realista» o de Realpolitik. Habiendo generado un diseño consecuente con el diagnóstico y el análisis, habiendo tenido éxito en formular un paradigma alterno, experimentaron no obstante todo género de dificultades para constituir la asociación. El experimento era visto como excesivamente romántico.
A las alturas de septiembre de 2004, en cambio, es posible que ya sea más que evidente que la insuficiencia del viejo modo de hacer política, vistos los resultados de un gobierno irresponsable y arrogantemente «revolucionario» y de una oposición insustancial e incompetente, implique la necesidad de construir e impulsar nuevos cauces para la expresión de vocaciones públicas. Lo que sigue corresponde a la redacción de las cláusulas fundamentales de un proyecto de acta constitutiva de la nueva asociación. Puede colegirse fácilmente de su lectura que el tipo de organización allí dibujado es diferentísimo del patrón organizativo de un partido típico, sea este ideologizante, sustentado sobre declaraciones de principios ideológicos, sea la mera expresión de un proyecto unipersonal, de una ambición de poder encarnada en una jefatura individual. La asociación cuyo núcleo es descrito en las cláusulas primera y séptima del proyecto comentado es, antes que una ideología, un método para la praxis responsable del noble arte u oficio de la Política.
Cláusula Primera.- DEL OBJETO
La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo.
Cláusula Séptima.- DE LAS OPERACIONES
A. De las operaciones en general
Las operaciones de la Asociación deberán ser definidas explícitamente como tareas: es decir, con una condición que permita finalizarlas una vez que hayan cumplido con su misión. Incluso las operaciones definidas como estatutarias deberán formular periódicamente sus metas de un modo tal que éstas sean evaluables y se pueda determinar si los objetivos planteados están siendo alcanzados o si el servicio que tales operaciones estatutarias involucran está siendo prestado con el alcance que sea posible.
B. Operaciones Estatutarias
La Asociación llevará a cabo operaciones consideradas básicas o estatutarias. Así, se tendrá por una operación estatutaria el establecimiento y operación de medios y espacios de comunicación de la Asociación, los que deberán cumplir con la misión estatutaria de elevar el conocimiento ciudadano del público en general y servir como canales de consulta periódica de la opinión general sobre tratamientos a problemas públicos que serán propuestos a su consideración por estos medios.
Se tendrá también como operación pautada estatutariamente un programa de educación política abierto a todos los miembros y exigible como de obligatorio cumplimiento para autoridades y funcionarios de la Asociación, en el que se les provea del lenguaje necesario para acometer el análisis de los problemas públicos con arreglo a criterios modernos y en lo posible científicos, según un enfoque de la Política que la entienda como profesión y arte que se justifica o legitima tan sólo en la medida en la que busque por encima de cualquier otro objetivo la identificación, explicación, consulta y aplicación de tratamientos eficaces a problemas de carácter público.
Finalmente, será considerado una operación estatutaria el establecimiento y operación de un centro público de análisis, desarrollo y consulta de tratamientos a problemas de carácter igualmente público.
C. Operaciones Programáticas
La Asociación realizará operaciones que formen parte de programas establecidos explícitamente por ella. A este fin, la Asociación instrumentará el ambiente necesario para dar alojamiento a la invención política y para que las proposiciones que por ella surjan puedan ser adoptadas luego del más estricto análisis y la consulta más amplia posible.
De este modo, cualquier miembro podrá en cualquier instante elevar proposiciones programáticas a los órganos competentes de la Asociación, a fin de que éstas sean evaluadas y convertidas en programas si se las encuentra importantes y conmensurables con los recursos que pueda la Asociación arbitrar.
Para esto se instrumentará una normativa que permita la comparación crítica de proposiciones alternas o competidoras y que asegure un máximo de objetividad.
Por tanto, no será objeto de sanción de ninguna naturaleza aquel miembro que sustente una opinión diferente o aun opuesta a lo que sean los programas de la Asociación.
Los órganos de dirección de la Asociación tendrán la responsabilidad primaria en la generación de proposiciones de operación
D. Operaciones Electorales
La Asociación en ningún caso postulará a persona alguna para cargos públicos electivos, pero podrá apoyar técnica y financieramente la postulación de miembros suyos a tales cargos siempre y cuando los miembros en cuestión soliciten ese apoyo luego de que hayan obtenido la postulación de un Grupo de Electores. Esta condición deberá expresarse en un número de Electores superior al que determinen las leyes electorales venezolanas como definición de un Grupo de Electores, según reglamentación que la Asociación elaborará al respecto.
Igualmente, los miembros que aspiren al apoyo de la Asociación deberán haber completado un programa de formación análogo al descrito en la cláusula de operaciones estatutarias para autoridades y funcionarios de la Asociación.
Finalmente, quienes aspiren al apoyo de la Asociación en su postulación para cargos públicos, deberán someter sus programas o plataformas a la consideración y evaluación de una comisión técnica provista por la Asociación según reglamentación que ella elaborará al respecto.
En complemento de lo antedicho, la Asociación contará con los mecanismos por los cuales sea posible promover en los Electores el conocimiento de nuevos e idóneos actores públicos.
Ninguna autoridad o funcionario de la Asociación podrá postularse a cargos públicos electivos mientras mantenga su condición de autoridad o funcionario.
Cada miembro de la Asociación retendrá su derecho de apoyar electoralmente a quien desee, aun cuando la persona objeto de su apoyo no sea miembro de la Asociación.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 2, 2004 | LEA, Política |
Por surcar mejor agua alza las velas
ahora la navecilla de mi ingenio,
que un mar tan cruel detrás de sí abandona;
y cantaré de aquel segundo reino
donde el humano espíritu se purga
y de subir al cielo se hace digno.
Los versos que anteceden corresponden a las dos primeras estrofas del Canto Primero del Purgatorio, Segunda Parte de La Divina Comedia, la obra magna de Dante Alighieri. He refrescado su lectura inducido por exacta caracterización de Mauricio Báez Cabrera, Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Pensilvania, profesor del post grado en Ciencias Políticas de la Universidad Simón Bolívar, antes su Director.
El Dr. Báez tiene la propiedad de encapsular en sintéticas frases, a veces en una sola palabra sugestiva de una imagen también única, el significado de una compleja situación. Es como si hubiera dominado el arte de los haiku políticos. Hace pocos días observó: «Aquí estamos: en este purgatorio».
La imagen es perfecta, porque con un solo vocablo –purgatorio– tres ideas encuentran expresión: primera, que allí se sufre penas terribles, pues no son agradables las llamas que abrazan a las ánimas en pena; segunda, que estas penas no son eternas, que tienen término y no durarán por siempre; tercera, que de allí no se sale para bajar, sino para ascender al paraíso. Todo eso pudo sugerirlo el Dr. Báez con el íngrimo sustantivo de purgatorio.
……..
Pero además de la «metáfora Báez», reflejo especular de las tribulaciones políticas venezolanas y su futura dinámica, las circunstancias de una compatriota muy concreta llenan cabalmente la misma designación: Linda Loaiza, que pudo por fortuna librarse del infierno al que su victimario la sometiera con la mayor saña y sin la menor compasión, para ascender a un verdadero purgatorio que en los momentos la obliga a una huelga de hambre como único modo de que el terrible sistema judicial venezolano le ponga algo de atención. Cinco comunicaciones ha dirigido la Srta. Loaiza al omiso y desentendido «Defensor del Pueblo»—sólo diligente cuando de defender la «revolución» se trata—en las que expresa su grave preocupación por la posibilidad cierta de que su agresor, mediante triquiñuelas procedimentales, salga pronto en libertad, impune de un crimen continuado del que los animales más feroces se avergonzarían.
Linda Loaiza es símbolo de nosotros mismos y requiere nuestro apoyo. Es posible saludarla y solidarizarse con ella por conducto de correos electrónicos y es posible auxiliarle económicamente depositando nuestras contribuciones en la cuenta corriente abierta en Fondo Común, a nombre de la Fundación Amigos de Linda Loaiza.
Si a nosotros puede tomarnos todavía unos dos años salir del purgatorio político en el que nos encontramos—y del que no saldremos hasta que verdaderamente purguemos nuestras reiteradas equivocaciones sociales—es urgente librar a la Srta. Loaiza del suyo inmerecido, y exigir con toda nuestra fuerza ciudadana que se le haga justicia.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 31, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Habiendo solicitado la autorización del autor, esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproduce in toto el excelentísimo artículo de Ignacio Ávalos Gutiérrez, que fuera publicado el miércoles 25 de agosto en el diario El Nacional. El suscrito admite de buena gana la envidia que le causa no haberlo escrito él mismo.
Nacho Ávalos, sociólogo, ex Presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, futbolista y fanático de los Tiburones de La Guaira, tuvo el acierto de condensar con el mayor tino y el fino humor que le es habitual, una muy completa lista de verdades políticas venezolanas en «Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática».
Nos conocimos en 1980, cuando yo ejercía la Secretaría Ejecutiva del organismo y nuestro común colega y amigo Marcel Antonorsi Blanco había sido arrancado por mí de los predios del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas para que viniera a ejercer al CONICIT el cargo de Director de Política Científica. Marcel trajo a Nacho como su asesor. Ambos fueron coautores, poco después, de un importante libro que llevó por título «La Planificación Ilusoria», en el que disecaban el proceso del I Plan Nacional de Ciencia y Tecnología, inscrito en el marco más amplio del V Plan de la Nación. (Primer gobierno de Carlos Andrés Pérez). En ese agudo estudio Antonorsi y Ávalos desnudaron el ambicioso plan para la ciencia venezolana que, habiendo declarado absolutamente todo como prioritario, era negador él mismo de la más elemental noción de prioridad. Ambos, además, en conjunto con un grupo de distinguidos compatriotas, integraban ya para la época el Consejo Superior del CHAPATEC (Comité de Habladores de Paja Tecnológica).
Es con un inmenso placer que tomo prestado de la pluma de Ignacio Ávalos para ofrecer a nuestros suscritores una lectura esclarecedora, digna de la más sosegada reflexión, y agradezco al doctor Bernardo Paúl haber llamado mi atención sobre tan importante documento.
LEA
…….
Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática
I
Vistos los resultados anunciados el domingo, me buscaría una almohada para consultarla, visto que a nuestros politólogos se les extraviaron las claves para entender las cosas.
II
Terminaría por aceptar, de verdad, no sólo de los dientes para afuera, que Chávez no es una simple anécdota en la reciente historia nacional, misterio inexplicable de un país que venía bien como venía.
Aceptaría, pues, que el chavismo es la manifestación de una antigua crisis y que, en muchos sentidos, el chavismo (con o sin Chávez) llegó para quedarse un buen rato entre nosotros.
III
Reconocería que la polarización fue incubada en la campaña electoral de 1998, iniciativa de una alianza urgida por derrotar al candidato Hugo Chávez, hecha a la carrera y sin guardar los buenos modales políticos. ¿Verdad Irene? ¿Verdad Alfaro?
Reconocería que la división del país no tiene el copyright chavista, ¿o es que acaso puede presumir de unido y armonioso un país que en los últimos años excluyó a casi dos tercios de su población de la posibilidad de tener una vida decente?
Reconocería que nuestro alto grado de conflictividad social tiene expresiones de vieja data, el «Caracazo» la más emblemática de ellas, comienzo del fin para el Pacto de Punto Fijo y evidencia, junto a otras muchas, de que por primera vez los intereses de los sectores acomodados y los de los más pobres se comenzaron a percibir como distintos, es decir, se politizaron las diferencias sociales.
Reconocería, pues, que desde hace dos décadas el país se nos estaba volviendo un avispero y que Chávez no es causa sino resultado y, a la vez, fermento.
IV
Examinaría con detenimiento las claves del mensaje político del chavismo, su capacidad para interpretar la sociedad desde sus eslabones más débiles, de «empoderar» políticamente a los sectores excluidos y restablecer simbólicamente su vinculación con el poder.
Me preocuparía ver cómo algunos sectores de la oposición desvalorizan ese mensaje y menosprecian a sus seguidores, considerándolos ignorantes, susceptibles de ser comprados, gente, pues, que no aguanta dos pedidas cuando de populismo y clientelismo se trata.
V
Me preguntaría cuál es el alcance de un mensaje enviado desde la plaza Francia de Altamira y si desde allí se logra ver la inmensa complejidad y diversidad del país, así como los afanes de la mayoría de la gente.
Admitiría que ese mensaje está formulado y sentido desde la perspectiva de nuestras clases sociales más acomodadas, lo cual no lo hace inválido, desde luego, pero sí incompleto.
Averiguaría cuál es la profundidad de un mensaje casi reducido a proponer lo contrario de lo que el otro propone, algo así como si para ser del Caracas bastara con la motivación de no querer ser magallanero.
Me alarmaría al observar, en nuestras filas, ideas y gestos que rememoran en la población un cierto pasado al cual no se quiere volver y ver cómo algunas de las nuevas caras se parecen tanto a las que pretenden reemplazar.
En fin, me preguntaría, así como quien no quiere la cosa, por qué después de tanto tiempo, tanta brega, tanta admirable tenacidad, tanta marcha, tanta concentración y tanto medio de comunicación, la oposición sigue representando el mismo 40% (según los resultados del CNE, avalados por el Centro Carter y la OEA) que apoyó a Salas Römer en el año 1998, a pesar de que éste no ha sido precisamente un gobierno eficaz, como lo prueban las estadísticas que lo fotografían.
VI
Reflexionaría sobre el papel político de los medios de comunicación y analizaría por qué al final no pudieron tanto como se supuso que podrían. Asimismo, sobre su enorme peso sobre la Coordinadora Democrática.
Sobre el perjuicio que le causó a la oposición el radicalismo de una decena de periodistas de radio y televisión, respecto de los cuales nunca pareció posible un deslinde. Y sobre la urgencia de que los partidos sean lo que deben ser y los medios vuelvan a lo suyo.
VII
Estaría consciente de la necesidad de repensar nuestra forma de abordar la situación política venezolana, planteándome como duda importante, aunque parezca envuelta en paradoja, si la oposición debe continuar siendo antichavista de la manera como lo ha sido.
Consciente, también, de lo importante que resulta para el país contar con una poderosa oposición, un efectivo y constructivo contrapeso al actual gobierno.
De los riesgos que corre la sociedad venezolana si no dispone de ese contrapeso y el presidente Chávez queda como el «administrador» de la democracia, decidiendo cuáles son las dosis compatibles con la buena marcha del «proceso», conforme el país vaya viniendo y el mismo vaya viendo.
Ignacio Ávalos
por Luis Enrique Alcalá | Ago 26, 2004 | Cartas, Política |

Últimamente se escucha mucho entre nosotros el discurrir a partir de imposibilidades. «Esto no es posible. Aquello es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible tal cosa?» Quiero contribuir con una «imposibilidad» más a la discusión interminable sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto.
Como sabemos todos, después de que durante muy largo tiempo, hasta el 15 de agosto y desde la formación de la Mesa de Negociación y Acuerdos como modo de encontrar, una vez ocurridos nuestros propios idus de abril, una salida a la polarización nacional—de manidos rasgos: pacífica, democrática, electoral y constitucional—el liderazgo opositor mayoritario, institucionalizado en Coordinadora Democrática, creyó en la observación de la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter como garantía fundamental del proceso. Así vendió, así exigió, así rogó, así nos tranquilizó con esa presencia. Cuando el presidente Chávez punzaba a los líderes de la coordinación revocatoria para que convinieran en que respetarían los resultados electorales, fue respuesta coordinada oficial de último minuto que serían respetados sólo si Carter y Gaviria, Francisco Diez y Jennifer McCoy los avalaban.
También sabemos todos que desde que la OEA y el Centro Carter indicaran por vez primera que no pudieron encontrar rastros fraudulentos y que sus propios cotejos eran compatibles con los anuncios del Consejo Nacional Electoral, ha proliferado un ramillete de informales informes de inteligencia, según los que, o Carter, Gaviria, Diez y McCoy han sido ingenuos, o los han comprado con reales de PDVSA y de la partida secreta de la Casa Blanca o el fondo de contingencia política de Chevron-Texaco.
Es interesante constatar, por consiguiente, que existe un texto del 9 de julio de este mismo año (Venezuela’s Referendum: The Truth About Jimmy Carter), a escaso mes y seis días del concluido referendo, en el que se afirmaba, después de detallado expediente denigrante y presuntamente verdadero cosas del siguiente tenor:
Enfocado en forzar la aquiescencia del gobierno a procedimientos electorales, e ignorando el contexto altamente prejuiciado de la elección, Carter está cumpliendo su papel de hombre erigido para una victoria electoral de la oposición o en el evento de una derrota para un pretexto post electoral de un golpe violento.
Y prosigue:
¡Carter no es un demócrata! Es un partidario de toda la vida del imperio de los Estados Unidos. Y es especialmente peligroso a medida que se acerca el referendo. Los Estados Unidos están proveyendo ilegalmente millones de dólares a la oposición anti-Chávez por vía del National Endowment for Democracy y otras ‘fundaciones’. Y el Instituto Carter estará allí para legitimar el fraude y el engaño: para cuestionar la pregunta del referendo y la elección si Chávez gana. Es especialmente probable que Carter se aproveche de algunos políticos oportunistas que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar la «legitimidad democrática» con la presencia de este enviado del Imperio. Carter se amolda a la más amplia estrategia de golpes y paros apoyados por los Estados Unidos, de violencia paramilitar y apoyo de la amenaza militar de Colombia.
Y concluye:
Nadie del régimen de Chávez interesado en un referendo honesto puede permitir que este piadoso hipócrita juegue algún papel en Venezuela.
El texto del que he entresacado los fragmentos anteriores lleva la firma de un tal James Petras, aparentemente antiguo profesor de Sociología en Binghamton University, Nueva York y, a juzgar por su despiadada prosa y su declarada trayectoria de 50 años de «afiliación a la lucha de clases», cojo evidentísimo de la pata izquierda.
¿Cómo es eso posible? «¡Eso es absolutamente imposible!» Tal vez hasta matemáticamente imposible.
……..
Sólo un ciego podría negar que la observación de la OEA y el Centro Carter actuó durante estos dos últimos años como freno y moderador de las preferencias gubernamentales en materia de salidas pacíficas, electorales, etcétera. A punto estuvieron de ser impedidos de regresar al país cuando se atrevieron a cuestionar una decisión del CNE, por la que se puso en remojo centenares de miles de firmas ciudadanas y que luego irían a reparo. En aquella ocasión, podemos recordar, llegaron incluso a proponer un procedimiento de cotejo—auditoría, diríamos ahora— sobre una muestra más bien pequeña pero estadísticamente representativa, que en aquel entonces rechazó Jorge Rodríguez pero mereció la aprobación de la central opositora que hoy considera inadecuado un procedimiento similar. Estas sugerencias lograron desencadenar—está en los videos grabados—la ira siempre a flor de piel de Carrasquero, y en discursos parecidos al del profesor Petras, aunque jamás tan virulentos, se estuvo a un tris de prohibir la entrada de los ex presidentes cachaco y manisero, y hasta se quiso tramitar la deportación de Francisco Diez.
Si esa observación y mediación internacionales, a las que los venezolanos debemos tanto, pudieron librarse de la expulsión fue, entre otras cosas, porque la OEA condenó la interrupción del hilo constitucional en Venezuela en abril de 2002 y podía exigir a partir de eso una presunción de objetividad. Del mismo modo, que hayan hecho gala de imparcialidad certificando la ausencia de fraude, ofreciendo redondo mentís a los atrabiliarios de Petras y Battaglini, establece aun con más firmeza su condición de observadores confiables para eventos electorales del futuro incluso, tal vez, las inminentes elecciones estadales y municipales.
Porque muy bien pudiera ser, como la penetrante inteligencia de un amigo entrevé como posible, que el enjambre ciudadano pudiera compensar ahora el recrecido poder central que confiriese a Chávez, con una votación favorable a un buen número de candidatos de oposición a gobernaciones y alcaldías. Pero para tal resultado sería necesario introducir algunas decisiones que cambien la estructura de las actuales percepciones.
……..
En 1989 estaba mudado a Maracaibo, donde tuve el honor y la suerte de conducir la reaparición del diario La Columna. Desde marzo a septiembre de ese año transcurrió la fase de proyecto, cuando un equipo totalmente local preparaba afanosamente el concepto y la estrategia del periódico. Estaríamos a mitad de los preparativos cuando un cierto periodista del equipo (el único que no fuera escogido por mí y que a la postre se manifestaría como retorcido espía de ciertos actores) adelantó la siguiente recomendación: «Mira, Luis Enrique: estoy convencido de que fulano de tal te está grabando las conversaciones telefónicas, de modo que te sugiero que tú se las grabes a él».
No sé que musa inspiradora me permitió contestarle de este modo: «Oye, Josué—no es su nombre—durante los últimos meses que pasé en Caracas hice caso a mi mujer y procuré mejorar mi salud subiendo con ella un poco de cerro varias veces a la semana. Hay en el Ávila un puesto de guardaparques de nombre Sabas Nieves, de ascenso muy popular, y era allá donde íbamos. Bueno, los primeros días descendía con no poca vergüenza, porque a la hora que escogimos para el ejercicio nos encontrábamos casi siempre con un ágil caballero que obviamente tenía más de setenta años. En el tiempo en que yo llegaba boqueando y casi cianótico a Sabas Nieves, el señor en cuestión subía, bajaba, volvía a subir y bajaba otra vez. Hasta que un día pensé que mi problema no era con el increíble anciano, sino con la montaña. En cuanto me percaté de este asunto y me concentré en el cerro, y aprendí su ritmo y simpaticé con él, mi tiempo comenzó a mejorar sensiblemente, y llegué a hacer un ejercicio, si no campeonil, al menos bastante razonable. Así que no me voy a preocupar porque fulano de tal grabe o no lo que diga por teléfono; nuestro problema es con la montaña, y nuestra montaña son los lectores de Maracaibo. Es sobre ellos que debemos poner toda nuestra atención. Gracias por el consejo, pero no grabaré las conversaciones de fulano de tal».
Muchos factores más allá de tal doctrina se unieron para producir un insólito éxito de La Columna: en una ciudad en la que hasta entonces no habían podido con el dominio casi feudal de Panorama el Diario de Occidente, El Zuliano, Crítica, El Nacional de Occidente y la misma Columna de antaño, un tabloide que resurgió a la calle el 8 de septiembre de 1989 alcanzó en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, el primer lugar de circulación metropolitana, superando al dueño del patio; dos meses después, en abril, había llegado a punto de equilibrio entre sus costos operativos y su ingreso publicitario; dos meses más, a los nueve de su salida, ganó el Premio Nacional de Periodismo de ese año, en competencia contra El Nacional y nada menos que el «decano» de la prensa nacional, La Religión, que cumplía cien años de existencia. Repito, el equipo del periódico logró combinar muchos aciertos, pero ciertamente la concentración de toda su atención en el respetuoso servicio a los lectores marabinos fue factor decisivo en el éxito.
Esta parábola puede servir para entender una de las principales razones, si no la más principal, del ostensible fracaso de la Coordinadora Democrática: que en lugar de concentrarse en la montaña, en vez de poner su atención en los Electores y sus necesidades, en vez de llevarles una oferta política idónea y creíble, ha estado constantemente pendiente de su adversario. Ha hecho de la incesante acusación de Chávez Frías su única industria, ha adoptado la nomenclatura que él inaugura, ha seguido todas sus agendas, y ha asistido a todos los terrenos donde aquél quiso llevarle para caer en todas sus emboscadas. Y ha fracasado estrepitosamente. Tres veces.
Pues bien, ahora viene una nueva oportunidad política con las elecciones estadales y municipales que tenemos en las narices. Andrés Velásquez ha sugerido hace pocos días «discutir la vigencia de la Coordinadora Democrática y hablar de la construcción de un nuevo movimiento unitario con factores más allá de la coalición que hasta ahora ha guiado las acciones de la oposición». Así reporta el sitio web de Globovisión: «Velásquez dijo como vocero de su partido que en las actuales condiciones ‘que nos llevaron al matadero’ no se puede acudir a las elecciones regionales. Su tolda política, por esta razón, invitó a los distintos factores a buscar una posición conjunta de los grupos que se oponen al gobierno».
La Coordinadora Democrática insistió mucho en que sus consensos incluían un decidido apoyo a la descentralización. ¿Cómo es que entonces se propugna un esquema centralista como ése para considerar las inminentes elecciones regionales? Si fuese consistente debiera dejar que los problemas políticos de las numerosas campañas locales sean dilucidados al nivel local. Y los candidatos no chavistas—que bien harían, según los casos, en esforzarse por unificarse en torno a candidatos unitarios, tal vez en sesiones similares a las de un cónclave de cardenales en el que cada uno es un papa potencial, según sugerencia de Marcel Carvallo Ganteaume—deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la «conjetura Paúl», bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora «ganar» un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco.
Y es que hay que facilitarle las cosas a los veintitrés soberanos estadales y a los cientos de soberanos municipales. Es preciso no encajonar al Elector monarca de cada localidad. Cualquier candidato de oposición que quiera presentarse bajo un paraguas coordinador va a ir a la contienda con plomo en el ala, porque la Coordinadora Democrática es, desde el punto de vista mercadológico, una marca o franquicia de reputación seriamente dañada, tal vez irreversiblemente estropeada, como me ha hecho entender el mayor de mis hijos.
Es como si ahora los restos dispersos de Arthur Andersen se propusieran entrar, digamos, al mercado de máquinas electorales, luego de que la firma antaño prestigiosa fuese expuesta como corrupta y tramposa, al ocultar a conciencia los dolosos y procaces manejos de la fenecida Enron a la que servía de auditora. Quizás Andersen pueda salvar su nombre fabricando pañales para la incontinencia senil, pero ya más nunca para nada que exija la intangible confianza del público en su palabra. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 24, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Dos concisos párrafos de William Clifford—The Ethics of Belief—y que citáramos en trabajo de diciembre de 1990 sobre tema de educación superior, bastan a esta Ficha Semanal #9 de doctorpolítico.
Vienen muy al caso de la consideración del terrible momento que vive la Coordinadora Democrática, considerado no ya desde el punto de vista estratégico o de resultados, sino dentro del paisaje de la ética.
Más allá de este caso específico, no obstante, la lección de Clifford es ciertamente grave enseñanza que cada persona reflexiva y escrupulosa encontrará verdadera.
Acá se reproduce la cita del trabajo mencionado—Un tratamiento al problema de la educación superior no vocacional en Venezuela—, incluida breve coletilla del autor.
LEA
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No en ese barco
Digresión, facilitada por los primeros párrafos de William Clifford en «La ética de la creencia»:
Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas, y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le hacían infeliz; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.
¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.»
Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes.)
LEA
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