por Luis Enrique Alcalá | Sep 16, 2004 | Cartas, Política |

Los lectores asiduos de Scientific American habrán seguramente notado en sus páginas el anuncio y oferta de los juegos de la serie WFF’n Proof. Se trata de estupendas herramientas didácticas para la seria enseñanza de disciplinas del conocimiento, de modo ameno aunque no por eso poco riguroso. Todos los juegos WFF’n Proof permiten la práctica constructiva. Allá por 1975 y 1976 los manejé todos con mis amigos y compañeros Eduardo Quintana Benshimol, que en paz descanse, y Juan Forster Bonini.
Queries’n Theories, por ejemplo, uno de los juegos del conjunto, es un magnífico tutorial para la comprensión del método científico o la modelación de la lingüística generativa. Los dos mejores de la colección son, sin duda, Propaganda y el juego que, como cuento cimero de Borges, da su nombre a aquélla: WFF’n Proof. Este último sirve para aprender el más fundamental de los sistemas de la Lógica: el cálculo proposicional, que dejaré para después. Propaganda es de inmediato interés político, porque adiestra en la identificación de las falacias de empleo más común con fullera intención de ganar adeptos o desacreditar oponentes. Para propósitos de este «seminario» informal, con ejemplos que facilitarán su comprensión, seleccionaré sólo tres de las falacias más frecuentes.
La primera, la falacia de asociación. Por estos días se escucha en televisión el siguiente pretendido razonamiento (más o menos en estos términos): «¿Sabe usted que Paul Ehrlich descubrió o hizo tal o cual cosa y que en su época fue ferozmente atacado aunque tenía razón? ¿Sabe usted que la medicina sistémica, como Ehrlich, rompe paradigmas y es por eso atacada, aunque es la mejor medicina en el planeta?» (Ehrlich, nacido en Alemania en 1854, recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908. Fue inmunólogo, uno de los fundadores de la quimioterapia, y antes bacteriólogo de la mano del mismísimo Robert Koch. En efecto, tuvo que librar encarnizadas batallas contra quienes se oponían al tratamiento de la sífilis humana con sus eficaces preparaciones arsenicales).
No tienen nada que ver, ni lógica ni causalmente, los aciertos de Ehrlich con la presunta excelencia de la medicina «sistémica». Sin entrar a la calificación de la supuesta eficacia terapéutica de esta «medicina», basta señalar que en ningún momento tal propaganda ha demostrado que cualquier pretensión que haya sido atacada es, por ese mismo hecho, plenamente verdadera. A pesar de lo cual el razonamiento suena impresionantemente, sobre todo si en el «infomercial» aparecen, para reforzar, unas cuantas batas blancas y testimoniales de señores y señoras que aseguran haberse curado del estreñimiento o los sabañones gracias a la «medicina sistémica».
Se trata de una trampa para cazar incautos, por exclusivo afán de lucro, brujería en pose abusiva de galenos. Espantarían a Hipócrates que, como Jesús, les habría fustigado como hipócritas mercaderes que son. Un verdadero médico mantendría un mínimo pudor, que le impediría asociar irreverentemente la memoria del gran científico de Silesia, cuando hace tiempo que no puede defenderse, con una estafa de ese tipo, no digamos hacerse insolente propaganda.
La segunda falacia a considerar en este seminario aniversario es bastante más común, lamentablemente. La ha empleado acá una abundancia de oradores y escritores, de Acción Democrática, el MVR, COPEI, el PPT, el difunto MAN, el zombi URD, entre muchos otros movimientos. Se la conoce en la Dieta del Japón, se la encontraba en la Duma de los zares, se la ubica en el Senado norteamericano, y fue empleada con destacado éxito en el Reino del Terror de la Revolución Francesa y los discursos de nuestro Juan Vicente González, además de ser raciocinio predilecto de Juan Barreto. Es una falacia tan vieja como la humanidad. Se trata del argumento ad hominem.
Consiste en el procedimiento, muchas veces psicológicamente eficaz y frecuentemente bajo, de refutar a alguien, no por la inconsistencia o invalidez de lo que diga, sino porque, digamos, es un destacado narcotraficante o un sádico consuetudinario.
Pero la veracidad de las aserciones de ese alguien no dependen para nada de la cantidad de veces que le haya pegado a su mujer ni de las toneladas de droga que haya podido remitir de contrabando. Su carácter es una cosa; su verdad o su falsedad una enteramente distinta. Las biografías malvadas no garantizan equivocación en el discurso.
Por ejemplo, no guarda relación ninguna con la posible validez o utilidad de las proposiciones de Alberto Franceschi, el hecho de que ahora milite en Acción Democrática, que antes perteneciera a Proyecto Venezuela, del que se separó alegando personalismos intolerables de Henrique Salas Roemer, tras lo que quiso fundar un partido con Gerardo Blyde antes de que éste recalara en Primero Justicia, que más atrás fuese, por propia admisión, trotskista, y que antaño hubiera estado, en ocasión precursora, cercano al partido blanco al que ahora adhiere. Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento. (Aprovecho el ejemplo para comunicar al Sr. Wills, que inquirió por el Sr. Franceschi, que los correos que al respecto le he enviado rebotan de su dirección electrónica).
Para ponerlo de modo más brutal. El terrible carácter de Hugo Chávez no es prueba de la falsedad de ninguna de sus frecuentemente equivocadas aseveraciones como tampoco, naturalmente, de su veracidad. Ya le he dicho falaz en otros momentos, pero estrictamente en términos de lo que dice.
La tercera falacia es aun más solapada porque, aunque es exactamente la inversa de la anterior, usualmente se suministra con mayor lubricación, y en virtud de su penetración más suave es algo más difícil darnos cuenta de que estamos siendo persuadidos con engaño. Es la falacia de autoridad, por la que se atribuye veracidad a una afirmación porque sea proferida por persona especialmente competente.
Una vez más, no tiene nada que ver la autoridad de una persona, su prestigio, su trayectoria más o menos meritoria, con la veracidad o falsedad de lo que afirme en ocasión específica. Bolívar, por mencionar un caso de panteón, ya dijo en su época muchas pistoladas.
Pero tomemos un caso más próximo y vigente. Se me ha dicho que al Dr. Nelson Socorro le dijo el Sr. Gustavo Cisneros que Hugo Chávez le había dicho, en conversación telefónica a las 8 de la noche—antes se me aseguró que había sido a las 7 y media—del 15 de agosto de 2004, que no reconocería «estos resultados» del referendo revocatorio.
El Sr. Cisneros no necesita presentación en Venezuela, pero quizás algunos lectores no recuerden que el punto alto de la parábola pública del Dr. Socorro coincidió con su titularidad de la Procuraduría General de la República en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, al que abandonó justo a tiempo, poco antes de su débâcle final, luego de que por bastante duración pareciera no haberse dado cuenta de nada indigno en esa presidencia. Esto es, el Dr. Socorro desempeñó altísimo cargo y es tenido por preclaro jurista en algunos círculos. Sin lugar a dudas es una autoridad.
Claro, he dicho a quien me transmitió la conseja que a las 8 de la noche no había todavía ni resultados ni totalizaciones, por lo que difícilmente el Sr. Chávez hubiera podido estar refiriéndose a eso, tal vez a algunas entre las famosas exit polls de las que ahora parece haber como arroz. Lo que no le he preguntado es cómo, si el Sr. Cisneros, o un avisado abogado como el Dr. Socorro, están persuadidos de que el Sr. Chávez hablaba de cifras recibidas en el CNE, no se percataron de que tal cosa sería clarísima evidencia de que ese presidente tenía acceso a esa hora a algo que debía desconocer, lo que ciertamente es hecho más grave que su alegada e innecesaria renuencia a reconocer una realidad política, y por qué entonces no lo han denunciado, con patriótica valentía, por tan obvio abuso premonitor de trampa. Por supuesto, descarto que el Sr. Cisneros o el Dr. Socorro hubieran, independientemente del Sr. Chávez, tenido directo acceso, quizás por celulares, a la misma data prohibida de las máquinas de Smartmatic y hubieran sido ellos quienes le confrontaran con tal información. (Se me asegura, también, que esas vapuleadas máquinas eran vulnerables a la clase de teléfonos que he mencionado).
Pero el punto de lógica no es ése. Evadiendo yo mismo la argumentación ad hominem—que pudiera llevarme a sugerir imprudente e irrelevantemente que el Sr. Cisneros no es un arcángel ni el Dr. Socorro un querubín—y aceptando que lo que me contaron pudiera ser cierto, la cuestión es que los destacados méritos de ambos ciudadanos no aportan ni un ápice a la veracidad del chisme, más tomando en cuenta que, como en el juego del teléfono, es muy probable que la traducción de lo que verdaderamente haya dicho el Sr. Chávez haya podido transformarse a lo largo de una cadena de transmisión de tres eslabones y lo que haya llegado a mi oído—el cuarto—esté distorsionado.
Las falacias son argumentos inválidos, aunque se disfracen con apariencia de validez, y es importante políticamente que los ciudadanos podamos detectarlas al rompe y defendernos de ellas. En interesantísimo libro de Postman & Weingartner—Teaching as a subversive activity—se aducía que una de las funciones cruciales de la educación consiste en proveer a los educandos de un «detector de porquería».
……..
Pido ahora la paciente lealtad del lector cuando me desplazo del campo del juego Propaganda, al de WFF’n Proof, el terreno del cálculo proposicional. Prometo hacerme entender.
Dicho cálculo trata, como su nombre lo indica, de la lógica de las proposiciones que los humanos hacemos. A este fin las trata como entidades compuestas por afirmaciones, capaces de entrelazarse entre sí mediante lo que en gramática llamamos conjunciones o, en lenguaje técnico de la lógica, lo que conocemos por «conectivos». Son cuatro los conectivos que la lógica elemental considera (apartando el «conectivo» de la negación, que se aplica a un solo término y por ende no conecta dos proposiciones, como en «esta casa no es blanca»): 1. el presente en la fórmula «esta casa es blanca y el perro es bravo»; 2. el de «esta casa es blanca o el perro es bravo»; 3. el envuelto en «si esta casa es blanca entonces el perro es bravo» y, finalmente, 4. la fuerte implicación en «esta casa es blanca si y solo si el perro es bravo».
Pues bien, la lógica proposicional evalúa la capacidad significativa de los conectivos, independientemente del contenido específico de las proposiciones conectadas. Esto es, las evalúa así: «a y b»; «a o b»; «si a entonces b»; «a si y solo si b».
¿Cómo lo hace? Examinando las consecuencias, para la proposición general conectada, de considerar verdadera o falsa cada proposición «atómica» por separado. Por ejemplo, la proposición compleja «a y b» es evaluada así: sólo es verdadera cuando simultáneamente «a» y «b» son verdaderas. Para poder afirmar que «esta casa es blanca y el perro es bravo» requiero que sean verdaderas por separado las aseveraciones «esta casa es blanca» y «el perro es bravo». En los restantes tres casos la afirmación combinada es falsa. Al método práctico de tabular las distintas posibilidades se le llama una «tabla de verdad».
Ahora, créanme cuando les digo que la tabla de verdad de la implicación simple («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») indica que tal proposición molecular es verdadera en tres de cuatro casos y falsa sólo en uno de ellos. (Solamente cuando sea verdad que esta casa es blanca pero falso que el perro sea bravo. Quien no me crea puede divertirse jugando con tablas de verdad en sitios de Internet como http://sciris.shu.edu/~borowski/Truth/).
Falta poco. Estamos llegando al llegadero. Pues resulta que al menos desde el 10 de mayo de 1976 se conoce un teorema del cálculo proposicional que observa lo siguiente: que la afirmación («si esta casa es blanca entonces el perro es bravo») es falsa en uno de cuatro casos, como está dicho; pero si añadimos otra implicación y decimos «si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan enrevesada construcción será ahora falsa solamente en uno de ocho casos. Y si agregamos todavía una implicación más, como por ejemplo en «si Socorro cuenta cuentos entonces si Chávez es furibundo entonces si esta casa es blanca entonces el perro es bravo», tan inútil y complicado razonamiento será falso ¡solamente en uno de dieciséis casos posibles! Etcétera. Una implicación más nos llevaría a una falsedad contra 31 verdades y otra más a 63 resultados veraces contra uno solo falso. Und so weiter. Es decir, que nos podemos aproximar a la veracidad total, a una tautología, tanto como queramos mediante el sencillo expediente de ir poniendo implicaciones como pegostes adicionales.
Bueno, este hallazgo de la Lógica tiene uno análogo psicológico y político. Porque cuando decimos que Rendón determinó que hubo topes al «Sí», y añadimos que fotografiaron a soldados vaciando cajas contentivas de vouchers electorales, y que Hausmann encontró un cisne negro, y que Gaviria se vendió a Haliburton, y que mi mamá salió premiada con una papeleta «1. Sí», y que Cisneros arrancó del presidente Chávez la admisión de su culpa, y que Rodríguez no quiere mostrar las cajas, y que hubo transmisiones de Smartmatic en horario proscrito, y que un observador alemán aduce conocer encuestas a boca de urna de los militares que daban perdedor al «No», y que un periódico vasco tuvo las cifras que luego anunciaría el CNE a las 5 de la tarde del 15 de agosto, y que los carapaicas no celebraron, y que era imposible que el «No» ganara en territorio de Rosales, y que hubo el voto especular que Zamora prematuramente denunciara y ya ha olvidado, y que diez mil implicaciones más hasta la náusea están presentes, la impresión que se causa es abrumadora, y un espíritu inocente se convence irremisiblemente de que hubo fraude, cuando se sustituye la presencia de aunque sólo fuera una prueba efectiva e irrefutable, por una numerosa piraña de indicios de dudosa factura y procedencia.
Lo que llevaría a un buen detective a recelar la incongruencia de tan nutrida colección de indicios con el modus operandi conocido y el famoso carácter y antecedentes del principal sospechoso. Esto es, que la probabilidad de que tantas cosas se hayan dado juntas sólo es compatible con la siguiente hipótesis: los del «No» hicieron fraude, pero se habrían dedicado a la juerga y al descuido—por lo que dejaron tal cantidad de huellas que todavía le tomará un mes al enjundioso Tulio para documentarlas todas—durante toda la campaña, iniciada no cuando Jorge Rodríguez anunciara que el referendo había sido convocado, sino en 2002, durante las discusiones de la nunca bien ponderada Mesa de Negociación y Acuerdos, a la que justamente el gobierno llevó el desafío del referendo revocatorio.
Chávez, amigos, está loco, pero no come de aquello. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 14, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Así como con los «Sabios de Grecia», lista que ya en la antigüedad buscaba reconocer a sus más grandes hombres, una lista cualquiera de los más grandes genios de toda la historia no podría estar completa sin el nombre de Alberto Einstein.
No es, por supuesto, mi intención trazar acá la biografía del excelso físico del siglo XX, quien no sólo revolucionó para siempre el modo de pensar al universo. Aparte de esto su personalidad, con más de un defecto, era sin embargo característica de las personas de inteligencia excepcional: era modesta. Así dice de él Otto Frisch (en G. J. Whitrow: «Einstein: el hombre y su logro»): «La cualidad que dominaba su personalidad era una grande y genuina modestia. Cuando alguien le contradecía lo pensaba varias veces, y si encontraba que se había equivocado se deleitaba con eso, pues sentía que había escapado de un error y que ahora sabía más que antes».
Su colosal figura intelectual no pudo escapar a los procesos políticos de su tiempo. Primero, porque era alemán y judío, en época cuando el hitleroma hacía su aparición en Europa. Luego, porque su prestigiosa figura fue solicitada para que auxiliara el nacimiento—en 1948—del Estado de Israel. De hecho, le fue ofrecida la presidencia de ese Estado, la que declinó con la misma modestia que ya comentara Frisch. También, finalmente, porque su nombre estuvo ligado inevitablemente al uso militar de la energía atómica, cuya magnitud entrevió con precisión matemática en 1905 y de la que advirtiera más tarde a Franklin Delano Roosevelt en famosísima carta personal.
Así, es frecuente conseguirle opinando en materia política, terreno que él mismo consideraba inconmensurablemente más difícil que la física más abstrusa. En esta Ficha Semanal #12 de doctorpolítico dos fragmentos son recogidos. El primero es de discurso suyo en el Reichstag—que más tarde Hitler mandaría incendia—en ocasión de saludar, en 1922, a una delegación francesa que buscaba mejores relaciones con Alemania. (Luego de que Einstein hubiera visitado poco antes París con el mismo propósito). Einstein hablaba de las implicaciones de la globalización ¡hace 82 años! Dicho sea de paso, el trozo contiene una pregunta que sería la más famosa de las que formulara, treinta y ocho años más tarde, John Fitzgerald Kennedy en su discurso de toma de posesión de la Presidencia de los Estados Unidos. Pero no acusemos de plagiario al difunto presidente que, en todo caso, era orador mucho más eficaz que el genio de Ulm.
El segundo es un trozo de artículo escrito por Einstein y que publicara en 1930 el New York Times. Ambos fragmentos representan pensamientos, a mi modo de ver, mutuamente complementarios.
LEA
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Un político llamado Einstein
I.
Quisiera describir nuestra presente situación… como si tuviera la fortuna de ser testigo de los acontecimientos de este miserable planeta desde el ventajoso punto de la luna.
Primero, pudiéramos preguntarnos en qué sentido los problemas de los asuntos internacionales requieren hoy una aproximación bastante diferente de la del pasado—no sólo el pasado reciente, sino el del último medio siglo. Para mí la respuesta es bastante simple: debido a los desarrollos tecnológicos, las distancias a través del mundo se han encogido a la décima parte de su previo tamaño. La fabricación de productos en el mundo se ha convertido en un mosaico compuesto por piezas de todas partes del globo. Es esencial, y asimismo natural, que la recrecida interdependencia económica de los territorios del mundo, que participan en la producción de la humanidad, sea complementada con una organización política apropiada.
El famoso hombre en la luna no podría comprender por qué la humanidad, aun después de la espantosa experiencia de la guerra, fue todavía tan remisa a la creación de esa nueva organización política. ¿Por qué está el hombre tan poco dispuesto? Creo que la razón es que, por lo que concierne a la historia, la gente está afligida por una memoria muy pobre.
Es una situación extraña. El hombre común, expuesto a los eventos a medida que ocurren, pasa relativamente poco trabajo ajustándose a los grandes cambios, mientras el hombre culto que se ha empapado con mucho conocimiento y lo sirve a otros confronta un problema más difícil. A este respecto el lenguaje juega un papel particularmente desafortunado. Porque ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que se influyen incesantemente los unos a los otros por medio de la palabra escrita y hablada? Puede que los miembros de una comunidad lingüística dada escasamente noten cuando su propio punto de vista peculiar se haga sesgado e inflexible.
Creo que la condición en la que hoy se encuentra el mundo hace que no sólo sea un asunto de idealismo sino de grave necesidad la creación de unidad y cooperación intelectual entre las naciones. Aquellos de nosotros que estamos conscientes de estas necesidades debemos dejar de pensar en términos de ‘lo que debiera hacerse por nuestro país’. Más bien debiéramos preguntar: ‘¿Qué debe hacer nuestra comunidad para establecer las bases de un mayor comunidad mundial?’ Porque sin esa comunidad más grande ningún país puede durar mucho.
……..
II.
Permítanme comenzar por una confesión de fe política: que el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado. Esto es asimismo verdad de la ciencia. Éstas son formulaciones de vieja data, pronunciadas por aquellos para quienes el hombre mismo es el más alto de los valores humanos. Dudaría en repetirlas si no estuvieran siempre en peligro de ser olvidadas, particularmente en estos días de estandarización y estereotipo. Creo que la misión más importante del Estado es la de proteger al individuo y hacerle posible desarrollarse como personalidad creativa.
El Estado debiera ser nuestro siervo; no debiéramos ser esclavos del Estado. El Estado viola este principio cuando nos obliga a prestar servicio militar, particularmente ya que el objeto y el efecto de esa servidumbre es matar gente de otras tierras o infringir su libertad. Debiéramos, en verdad, sólo hacer los sacrificios por el Estado que sirvan para el libre desarrollo de los hombres.
Albert Einstein
por Luis Enrique Alcalá | Sep 9, 2004 | Cartas, Política |

Los cisnes—que son, como se sabe, palmípedas—no cacarean. Más bien graznan. Las aves que cacarean se encuentran propiamente dentro de la familia de las gallináceas. (No todas las gallináceas, es de advertir, cacarean). Sin embargo, una de las más cacareadas de las «pruebas» de fraude sistemático y masivo es un estudio cuyos autores son Ricardo Hausmann y Roberto Rigobon (¿Rigobón?) y que lleva por título «En busca del cisne negro: Análisis de la evidencia estadística sobre fraude electoral en Venezuela».
Los autores justifican la escogencia del título justo en el párrafo final, conclusivo, de su reporte. Así escriben: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero sí es posible rechazarla. Como dijera Karl Popper, el observar 1.000 cisnes blancos no demuestra la veracidad de la tesis de que todos los cisnes son blancos. Sin embargo, observar un cisne negro sí permite rechazarla. Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude. Los resultados que obtenemos constituyen un cisne negro. La hipótesis alternativa de que sí hubo fraude es consistente con nuestros resultados y por tanto no podemos rechazarla». (He acentuado para los autores el adverbio de afirmación «sí» en la cita precedente, dado que a lo largo de su trabajo encuentran a veces dificultad para hacerlo).
Bueno, Popper no dijo exactamente eso. Lo que dijo exactamente—y que admitiré como de igual validez como base para el enunciado general de los autores: «En estadística es imposible confirmar una hipótesis, pero si (sic) es posible rechazarla»—es lo siguiente: «
no importa cuántos casos de cisnes blancos podamos haber observado, esto no justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos». («
…no matter how many instances of white swans are observed, this does not justify the conclusion that all swans are white». Karl Raimund Popper, The Logic of Scientific Discovery, página 27, de la séptima impresión de la segunda edición inglesa, Hutchinson & Co., Londres, 1974).
Claro, es posible que Sir Karl haya empleado el número 1.000 o 1.500 o cualquier otro guarismo sugerente de enormidad en exposiciones informales. Quizás Hausmann y Rigobon conozcan de alguna conferencia o conversación del patriarca de la filosofía de la ciencia en la que esto haya ocurrido.
Pero es que tampoco el famoso ejemplo de los cisnes fue inventado por Popper, como pareciera sugerirse con la frase «Como dijera Karl Popper
». El ejemplo ha sido usado por una buena cantidad de lógicos y matemáticos, algunos de los cuales fueron anteriores a Popper, como en el caso de Gottlob Frege (1848-1925. La miliar obra de Popper—en su original alemán Logik der Forschung—es de 1934).
Pero ni siquiera el venerable Frege, precursor de Popper, Russell y Whitehead, entre otros, fue el originador del ejemplo del cisne negro. Los cuatro autores, en cambio, como correspondía a gente educada a fines del siglo XIX y principios del XX, habían sido adiestrados en las lenguas griega y latina, y debieron leer por imposición escolar textos enteros de literatura grecorromana. Seguramente Juvenal, el gran escritor satírico romano—nacido probablemente entre los años 55 y 60 después de Cristo y fallecido con posterioridad al 127—, les resultaba familiar. En la línea 165 de su Sátira VI, intentando mostrar que la castidad y la fidelidad—como la de Penélope—eran virtudes desusadas entre las damas romanas de su época, Juvenal dice: «rara avis in terris, nigroque simillima cygno». (En transliteración ligeramente diferente: «rara auis in terris nigroque simillima cycno»). Es decir, Décimo Junio Juvenal, acuñador de frases felices como «pan y circo» («panem et circenses») y de la terrible pregunta «¿quién vigila a los vigilantes?» («Quis custodiet ipsos custodes?») ya había dicho hace algún tiempo «pájaro raro en la tierra, como un cisne negro».
Pero eso es peccata minuta en el informe Hausmann-Rigobon, de significación estadística escasa, como lo es su inexacta denotación de paráfrasis para el empleo que hacen de Popper: «Parafraseando a Popper, nuestro cisne blanco es que no hubo fraude».
«Parafraseando» es, naturalmente, el gerundio del verbo parafrasear: «Hacer la paráfrasis de un texto o escrito», donde paráfrasis es «Explicación o interpretación amplificativa de un texto para ilustrarlo o hacerlo más claro e inteligible» o también «Traducción en verso en la cual se imita el original, sin verterlo con escrupulosa exactitud». Aunque la segunda acepción pareciese más cercana a lo que hicieron los autores, dado que no es muy exactamente escrupulosa la alusión a Popper, no podemos encontrar paráfrasis en este caso, puesto que la traducción no ha sido ofrecida en rima, ni siquiera asonante. Por lo que respecta al primer significado los mil cisnes de Hausmann y Rigobon no son explicación ni interpretación amplificativa de Sir Karl, tal vez ilustración que en nada hace más claro o inteligible al filósofo vienés. En consecuencia, lo que Hausmann & Rigobon entienden por paráfrasis es otra cosa: tomar palabras de terceros para argüir tesis propias.
Una vez más, pecado venial, como lo es asimismo el ocasional fárrago en su explicación. Por ejemplo, los autores inauguran su exposición, en busca de elegancia metodológica supuestamente letal, declarando así: «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». En la argumentación detallada, más adelante, construyen de este modo: «Nuestra hipótesis inicial era que si hubiese un fraude no perfectamente proporcional, este (sic) generaría un patrón de errores que causaría una correlación positiva entre ambas variables». Justo a continuación deconstruyen: «Encontramos dicha correlación positiva, lo que nos permite rechazar la hipótesis de que no hubo fraude». Unas veces la hipótesis parece ser que no hubo fraude; otras que sí.
Si uno se pone a pensar la cosa debe excusar este pecado menor de construcción confusa—en verdad, puesta al comienzo y al final del documento, la interpretación correcta es que su hipótesis inicial «es» que no hubo fraude—como debe uno tener por infracción mayormente inconsecuente que el Prof. Rigobon no sepa escribir bien el nombre de su instituto y proponga «Massachussets» en lugar del correcto «Massachusetts».
Etcétera. Estos son resbalones explicables ante la dificultad constructiva de un argumento tan elaborado como el de Hausmann & Rigobon. Otros deslizamientos semánticos del trabajo, como veremos, no son tan inocuos, tal vez inadvertidos, quizás intencionales.
……..
Gratia arguendi. Doy por buenos, por perfectos, todos los cómputos de los profesores Hausmann & Rigobon. Doy por sentado que los coeficientes obtenidos, los modelos empleados, los teoremas aducidos son absolutamente correctos. Es decir, admito—aunque no me conste del informe general, digamos «ejecutivo», que se ha dado a conocer (hay un «informe técnico» distinto, a menos que deba entenderse que los apéndices en inglés, seguramente por eso más técnicos y profesionales que en castellano, son ese «informe técnico»)—que los buscadores del cisne negro efectivamente hallaron ciertas cifras estadísticamente significativas que precisan explicación. Veamos ahora que es lo que a partir de ellas habría quedado comprobado.
Son dos los asertos fundamentales de H & R. Primero, que a partir del hallazgo de una cierta correlación estadísticamente significativa entre dos resultados «independientes» se ha demostrado que hay una probabilidad de 99,9% de que hubo fraude por alteración de los resultados del 15 de agosto. Luego, que la muestra supuestamente aleatoria de cajas auditadas en presencia de la observación internacional no lo sería en realidad, lo que naturalmente reforzaría las sospechas de fraude.
Vamos por partes, porque no se puede descartar alegremente el alegato de H & R como lo propone ayer Samuel Moncada en nombre del Comando Maisanta (según eluniversal.com): que creer en la explicación de aquéllos es «un acto de fe» porque «nadie (la) entiende». No es admisible una holgazanería intelectual como la de Moncada. Es su deber, como los lectores saben que John Erskine sostendría, ser inteligente.
Examinemos, entonces, la primera aseveración. ¿Por qué pretenden H & R haber comprobado la existencia de un fraude sistemático y selectivo, ejercido sobre sólo una fracción grande de centros de votación? Porque de haber existido un fraude como el que postulan se habría causado el resultado estadístico que han detectado. Pero H & R no han establecido en ninguna parte que solamente a través de ese hipotético fraude es como es posible que se obtenga tal resultado. Dicho de otro modo, no han demostrado que la única manera de obtenerlo es mediante el fraude postulado. No han descartado que otro factor o, más bien, una combinación de distintos factores pudiera generar lo que se observa. Entre su hallazgo que, como digo, for the sake of argument doy por cierto, y la conclusión de que hubo fraude en los términos descritos en su trabajo hay todo un hueco causal que los autores distan muchísimo de haber llenado. Se trata de dos cosas que lógica y materialmente son enteramente diferentes.
Con un poco más de detalle, son los propios autores quienes construyen dos medidas que comparan para encontrarlas congruentes entre sí hasta un punto tal que sería muy cuesta arriba explicar la congruencia en términos de puro azar. Estas dos medidas son la comparación, centro a centro, del número de firmas que solicitaron el referendo revocatorio y la votación según cifras del Consejo Nacional Electoral, por un lado; por el otro, la comparación, centro por centro, de los números provenientes de encuestas «a boca de urna» (exit polls) efectuadas el 15 de agosto y la misma votación de acuerdo con el CNE.
En la introducción de estas construcciones H & R proponen que, independientemente, las firmas consideradas y las exit polls pueden tenerse como estimadores útiles de la «intención de voto»: «Tomemos dos variables que están correlacionadas con la intención del elector: las firmas del reafirmazo realizado en Noviembre-Diciembre del 2003 y los exit polls».
Pero los autores se abstienen de mencionar que pudiera ser que estuviera relacionada la intención del elector con la votación. No vale argumentar en este punto que la intención de voto no guarda correlación con la votación cantada por el CNE porque hubo fraude, pues los autores han dicho «Partimos de la hipótesis de que no hubo fraude e intentamos buscar evidencia que nos permita rechazar dicha hipótesis». No es lógicamente admisible sostener, al inicio mismo del raciocinio, dos premisas mutuamente contradictorias, y tampoco es lógicamente admisible tener como postulado lo que se pretende como conclusión.
Aun si hubiera habido fraude, los resultados del CNE guardarían una relación con la intención de voto, imperfectamente, tal como esta intención guarda relación imperfecta con las medidas predilectas: las firmas y las exit polls: «Cada una de estas variables es una medida imperfecta de lo que pudo haber sido la intención del elector el 15 de agosto del 2003. Alguna gente que firmó pudo haber cambiado de opinión. Otros decidieron no firmar pues se trataba de un acto público, pero si (sic) estaban dispuestos a votar Sí en agosto pues el voto es secreto. Otros no estaban inscritos en el Registro Electoral Permanente (REP) para noviembre, pero si (sic) lo estuvieron para agosto. Las colas en la elección de agosto fueron particularmente largas y lentas y eso pudo haber limitado la capacidad de algunas personas de expresarse electoralmente, etc. Igualmente, los exit polls son una medida imperfecta de la intención de voto. Los encuestadores pudieron haber consciente o inconscientemente escogido una muestra sesgada. La gente pudo haber tenido más o menos intención de cooperar con la entrevista, etc. Lo importante es que ambas medidas deben estar correlacionadas con la intención del votante más no así con el fraude».
En efecto, como reconocen los autores con evidente honestidad intelectual, una buena cantidad de factores determinaría, no ya solamente la intención de voto, sino el voto real. De la lista parcial de factores que han mencionado, tan sólo la intención de voto puede explicar una amplia serie de variaciones significativas. Según el CNE, un record histórico de 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas debieron escoger en opción dicotómica que mucho distó de describir los complejísimos estados mentales de tal cantidad de almas. (Como saben quienes han leído algo de teoría de la complejidad, en un sistema de suyo complejo como un cerebro humano, acosado por una enorme variedad de datos sociales y personales pertinentes a una decisión tan portentosa como la del 15 de agosto, puede bastar un factor relativamente pequeño para que se produjera una inversión aparentemente incomprensible de la intención de voto. Pero no es necesario postular, a pesar de la neurosis social avasallante que presidió el 15 de agosto, episodios caóticos individuales de última hora—personas que queriendo desde largo tiempo votar «Sí» votaron «No» y personas que siempre quisieron votar «No» y votaron «Sí»—para darse cuenta de que el entubamiento de una opinión colectiva por una bifurcación es gruesa sobresimplificación de la variedad de razones para formar la intención y la decisión individuales).
Las posibles combinaciones factoriales que compondrían 9 millones 815 mil 631 conciencias ciudadanas son de enrevesado cálculo. Y es que no sólo los autores carecen, por propia admisión, de medidas perfectamente correlacionadas con la intención de voto, no digamos con el voto real, sino que tampoco disponen de un modelo completo de esa «intención de voto». (Vuelvo por un momento al uso entre comillas para destacar de una vez que he venido hablando de intención de voto como si fuera un objeto físico mensurable, cuando en realidad se trata de una etiqueta verbal para referirse a un complejo estado psicológico—actitudinal—sólo íntegramente asequible a quien lo aloja individualmente).
También admitirán los autores, por ejemplo, que no forma parte de su modelo que las encuestas de opinión pública son medidas imperfectas de la intención de voto, exactamente en el mismo sentido que las firmas del reafirmazo y las encuestas a boca de urna. Si ellos hubieran escogido comparar encuestas de salida y firmas de convocatoria con las encuestas previas habrían tenido que declarar estadísticamente significativa la marcada diferencia observable. Si uno siguiera en este caso el modo de razonar de los autores, tendría que sostener una de dos cosas: o que las cifras de los estudios de opinión eran fraudulentas, o que lo eran los números de firmas y los provenientes de las encuestas de salida. Tal vez con un 99,9% de confianza.
Pero es que además el estudio que comento está lleno de «supongamos» y «definimos». Por ejemplo, al comienzo mismo, con el rango de postulado definitorio, los autores dictan: «Definimos fraude como una diferencia entre la intención del elector y el registro oficial de los votos». La definición es de nivel bastante inferior a la que admitiría un juez, que exigiría considerar fraude a una diferencia entre los votos efectivamente emitidos y el registro oficial de los votos.
En cuanto a los «supongamos» hay un caso particular que llama la atención. Ocurre en el capítulo «La auditoría», y dice: «Para ejemplificar, supongamos que de los 4580 centros automatizados en nuestra base de datos, se alteraron los resultados en 3000 centros y no en los demás. Supongamos además que los 1580 centros no alterados fueron escogidos aleatoriamente». Pues bien, unas cuantas frases más allá, antes de haber probado nada, la suposición se ha transformado en hecho: «Es crítico que la elección se hiciese entre los 1580 centros sin modificaciones y no entre los 3000 centros alterados». A lo mejor es psicológicamente explicable tal resbalón o desplazamiento semántico por la prisa o anticipación que pudieran apresar, con satisfacción, a quienes creen haber encontrado un argumento imbatible en disputa política tan importante como la de lo que exactamente ocurrió el 15 de agosto.
Aquí hay que reconocer que la segunda gran afirmación de los autores—que la muestra que se empleara para la segunda auditoría no fue realmente aleatoria—parece estar mejor sustentada, aunque dependa también de nuestra conocida medida de «intención de voto»—las firmas—y otros factores con los que se enriqueció—o complicó—el modelo. («Para implementar esta estrategia utilizamos nuevamente nuestro modelo que relaciona firmas, tasa de participación electoral y nuevos votantes con el número de votos»).
Aunque la medida sea extrínseca a la composición de los centros es aplicada por igual a los centros que fueron auditados y los que no, y es la diferencia obtenida, mediante aplicación del mismo cuchillo romo en ambos casos, algo que el señor Samuel Moncada no puede simplemente desestimar. Si no quisiera irse a la prueba final y definitiva de la apertura y conteo de papeleta por papeleta, lo menos que el Comando Maisanta debiera admitir es que se haga una tercera auditoría en condiciones de aleatoriedad aceptables para todas las partes (incluida la muy vapuleada observación internacional).
Esta preocupante anomalía de la aleatoriedad sospechosa tampoco es demostración de fraude—los autores se cuidan de afirmar tal cosa—pero ciertamente llama a la sospecha y no puede ser políticamente desaparecida con la ligereza y felicidad que el señor Moncada exhibe. Tan grave asunto exige una explicación.
El cacareado informe «En busca del cisne negro» no es, en todo caso, la inexpugnable fortaleza lógico-metodológica que se ha querido hacer ver. En apariencia impecable, está plagado de defectos de fondo supra-estadísticos, de los que he señalado algunos en este somero comentario.
Hay otros que no he comentado y uno que no he señalado y a mi criterio resulta central. Los autores escogieron un método análogo al del recurso lógico de reducción al absurdo. Entre otras razones con la intención manifiesta de aparentar imparcialidad, también prodigaron gratia arguendi y asumieron como punto de partida la hipótesis de que no había fraude. Pero la teoría de la gravitación no es que no hay gravitación, sino lo contrario. La hipótesis del éter no es que el éter es inexistente, sino que existe, y que podría en consecuencia medirse su «viento». Sobre esta teoría se construyó el experimento de resultado nulo más famoso de la historia de la ciencia: el análisis con interferómetro de la velocidad de la luz por Michelson y Morley en 1887. (A la usanza de H & R, incluyo al final de este ya largo texto un apéndice sobre tan ilustrativo caso).
Del mismo modo la teoría del fraude es que hubo fraude, no que no lo hubo, a pesar de la hipótesis negativa inicial de Hausmann y Rigobon. Más honesto intelectualmente sería admitir que su verdadera tesis, lo que creyeron probar, es que hubo fraude electoral sistemático por manipulación de las cifras reales de votación el 15 de agosto, porque esto es lo que manifiesta y reiteradamente desean demostrar los autores. Adoptar la pose contraria es procedimiento sibilino, para no decir insincero. En otras palabras, el real cisne blanco de Hausmann y Rigobon es que hubo fraude—así, supongo, se los habría corregido Popper—y la negra rara avis que no lo hubo. Blanco con bata blanca es médico, negro con bata blanca es chichero.
Dicho sea de paso, Hausmann y Rigobon dicen—ni siquiera me tomé la molestia de estudiar en detalle la parte correspondiente del estudio—que la «hipótesis Rendón» de los «topes al Sí» debía desecharse, así como otras hipótesis alternas. Como con sus cálculos, doy por bueno su análisis a este respecto.
Pero no admito que han comprobado la existencia de fraude. Habiendo «fracasado» en su ostensible intento por demostrar que no hubo fraude—cuando en verdad lo que querían probar era justamente lo contrario—no han podido rechazar la hipótesis de fraude—»Esto nos impide rechazar la hipótesis de fraude»—que habían dicho que no era su hipótesis. En ningún caso han probado ni el fraude ni ninguna otra concebible constelación de factores que pudiera haber causado los resultados de sus alambicados y peculiares cómputos. Para haberlo hecho hubieran tenido que demostrar que no existe ninguna otra configuración factorial, distinta del azar y de una intención fraudulenta en acción, capaz de generarlos. Y siendo ellos quienes cantan fraude, sobre ellos pesa la carga de esa prueba.
Pero nunca fue verdad que partieran «de la hipótesis de que no hubo fraude», sino en realidad de la hipótesis de que no debiera haber discrepancias entre sus firmas y sus exit polls y los datos finales del CNE, discrepancias que fueron justamente lo que suscitó el estudio, lo que fue su origen. Fue su conclusión predeterminada, ya no un voto oculto, ya no una oculta intención de voto, lo que buscaron probar y no pudieron, ni siquiera porque ocultamente la tuvieron, inválidamente, como premisa.
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En cambio es de tenor diferente el camino emprendido por la Coordinadora Democrática, lo que pareciera fácil de explicar si se toma en cuenta que desde hace un tiempo, y posiblemente cada vez más en el futuro, puede notarse una independencia de criterios de Súmate respecto de la mayor central opositora. (Que en el caso del estudio encargado a Hausmann y Rigobon aparece además Súmate ligada a Primero Justicia—porque sus encuestas de salida se consideraron con las encargadas, otra vez por Súmate, a Penn, Schoen & Berland—partido al que la CD ya le torpedeara con el gran paro su ruta paralela—segunda, después de su difunta enmienda de recorte de período—del fenecido referendo consultivo).
Precedido de un bombardeo estratégico de ablandamiento dirigido por el propio general Mendoza—en video difundido y redifundido anteayer por distintos canales de televisión—el abogado Tulio Álvarez ha recuperado papel de protagonista con sus alegatos de ayer cerca del mediodía. Álvarez, por otra parte, entregó el primer informe de sus hallazgos al general Mendoza, quien en su intervención del martes había reconocido al famoso abogado como el líder de un equipo «escogido por la sociedad civil». (Idéntica caracterización de Álvarez—escogido por la sociedad civil—emplearon reporteros de televisión, en seguimiento de guión preestablecido. De mi lado tenía entendido pertenecer a la sociedad civil, pero no recuerdo que haya nadie solicitado a mi persona, o a la sociedad civil en su conjunto, opinión alguna acerca del liderazgo y composición de tal equipo).
En todo caso, las pretensiones de Álvarez son, como en el caso de H & R, dos tesis diferentes. La de menor pegada aduce que, según datos que habrían sido obtenidos de CANTV, estaría detectado un tráfico bidireccional entre las máquinas de Smartmatic y ciertos centros bajo control del gobierno y el CNE, durante todo el día 15 de agosto, cuando se suponía que la comunicación debió ser unidireccional y sólo después de que cada máquina hubiese completado su registro. Álvarez no insinuó siquiera que conociera el contenido concreto de las presuntas transmisiones, y señaló tan sólo que la evidencia estaba contenida en gráficos que exhibió de lejos, a la que se limitaba porque «la topología de la red es un asunto verdaderamente complicado». Tiene la palabra el fiscal acusador para interrogar al testigo Gustavo Roosen.
Pero el más fuerte argumento de Álvarez estuvo centrado en otra cosa: en las manipulaciones del Registro Electoral Permanente que habrían ocurrido antes del 15 de agosto, en expresas y evidentes violaciones de la legislación electoral que habrían acarreado la nulidad del acto del 15 de agosto y por ende configuran condiciones que aconsejan la impugnación del referendo.
Se trata, obviamente, de un tratamiento jurídico, que tendría que ser ventilado ante el Tribunal Supremo de Justicia, de conocida trayectoria contraria a cuanto se le haya ocurrido a la oposición manifiesta solicitarle.
El caso, a mi juicio, está bastante bien fundamentado por Tulio Álvarez, y bien pudiera adquirir, como los huracanes, proporciones de verdadero impacto político. Debe recordarse, sin embargo, que la oposición ya dispuso de un recurso jurídico de gran pegada—la decisión de la mayoría de la Sala Electoral Accidental sobre el caso de las firmas en planillas de caligrafía similar—y decidió dar la espalda a Alberto Martini Urdaneta y forzar su paso por la «rendija» de los reparos. No pareciera que éste fuera el caso ahora; a fin de cuentas la iniciativa legal parte de la CD, que en esta ocasión ha decidido transitar la avenida jurídica que antes rechazara.
Si hay éxito jurídico—más bien, jurisprudencial—puede haber un verdadero éxito político, que ofrecería aire urgentemente requerido por la central de oposición: habría que repetir el referendo, y con toda razón podría argumentarse que una nueva consulta, dado que el acto nulo pudo haber causado nuevas elecciones, debiera sucederse por elecciones presidenciales de producirse un triunfo del «Sí», aunque tal cosa ocurra después del 19 de agosto de 2004.
Pero ni el mismo Álvarez espera que tal cosa prospere en plazo perentorio: él mismo avisó que su informe definitivo será entregado dentro de un mes.
La tesis de Álvarez es poderosa y suficiente. No obstante, hay una cierta debilidad política en el planteamiento. Álvarez se refirió a las incorporaciones masivas de nuevos votantes, a las cedulaciones en masa, a las desapariciones de centenares de miles de venezolanos del REP, etcétera. Y la verdad es que tales abusos, verdaderos delitos electorales, fueron hechos abiertamente, a la vista de CNN tanto como de Globovisión. La Coordinadora Democrática no viene a enterarse de estos desaguisados ayer; los conocía perfectamente antes del 15 de agosto pues, como digo, el gobierno usó de toda triquiñuela, desfachatadamente, a la luz pública. A pesar de eso la CD fue a una consulta—»la cual aceptó»—a la que ahora impugnará a posteriori por razones que conocía de antemano. Es como Alfredo Peña descubriendo, en enero de 2002, que Chávez era golpista por lo del 92, después de que le había apoyado seis años más tarde, había sido su Ministro de Secretaría, y había llegado a la Constituyente y luego a la Alcaldía Mayor con votos de Chávez.
El esfuerzo de Álvarez, más que el casi incomunicable estudio de Hausmann & Rigobon, genera, por supuesto, un importante efecto psicológico: de algún modo muchos votantes del «Sí» sentirán una especie de alivio, en la creencia de que se ha probado que eran mayoría. Cuidado con este nuevo movimiento de fe, con tratar este dificilísimo proceso político como si se tratara de cuestión de fe, en un camino que precisará contar con la aquiescencia del Tribunal Supremo de Justicia. Ya la «sociedad civil» puso su fe en el 11 de abril de 2002, en el referendo consultivo, en el paro, en la primera convocatoria de revocación, en el reafirmazo, en la sentencia de la Sala Electoral, en el referendo revocatorio del 15 de agosto. No puede seguirse vendiendo desilusiones a esos ciudadanos.
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apéndice 1: el experimento de Michelson-Morley
Una de las consecuencias de la noción de movimiento absoluto en la física de Newton era la noción del «éter», hipotética sustancia que permitiría una referencia fija para medir contra ella los movimientos aparentes de los astros, todos—incluido el de la misma Tierra—obviamente relativos. Este planeta, como cualquier otro cuerpo celeste, debía sentir los efectos de un «viento del éter» al trasladarse en el seno de tal sustancia, del mismo modo que en un paraje sin ninguna brisa uno siente viento en la cara si se desplaza en un automóvil y saca el rostro afuera por la ventanilla. En el caso del éter, dado que se le postulaba igualmente como el medio en el que la luz era transmitida, el viento del éter se manifestaría en variaciones de la velocidad de la luz. Según lo implicado por la Philosophia Naturalis de Newton, uno debía medir una velocidad superior si la Tierra se acercaba a la fuente luminosa y una menor si se alejaba de ella.
Pues resulta que Albert Michelson (físico germano-americano) y Edward Morley (químico estadounidense) se propusieron realizar un cuidadoso experimento con la idea de detectar el famoso viento del éter y lo llevaron a cabo en 1887. Para esto se valieron de un interferómetro, un instrumento capaz de detectar la más mínima diferencia de velocidad entre haces de luz tendidos sobre direcciones diferentes. (En esencia un conjunto de espejos y semiespejos separaba un mismo haz en dos diferentes que recorrían exactamente la misma distancia pero en trayectorias que en un segmento eran perpendiculares entre sí).
Los pacientes Michelson y Morley repitieron el experimento una y otra vez. Lo hicieron en invierno y lo hicieron en verano, para medir el efecto desde posiciones dispares de la Tierra en el espacio. Una y otra vez.
Nada. Jamás pudieron detectar la más mínima discrepancia, en lo que se convirtió en el más famoso experimento de resultado nulo en la historia de la ciencia. No había viento del éter. La crisis se presentó en dimensiones dramáticas, pues el resultado nulo amenazaba con socavar irremisiblemente las bases fundamentales del edificio newtoniano, situación que, se comprenderá, produjo gran desasosiego en los físicos de la época.
Al rescate del genio inglés vino dos años más tarde el físico irlandés George FitzGerald y luego, independientemente, el físico holandés Hendrik Lorentz. Ambos postularon que no se había detectado el viento del éter porque los cuerpos tendrían la propiedad de contraer su dimensión en la dirección de su movimiento. La luz sí llegaría con más velocidad en la dirección del movimiento de la Tierra, pero como ésta acortaba su diámetro en esa dirección la luz tardaría más en alcanzar su superficie. Lorentz y FitzGerald ajustaron sus ecuaciones justamente para que pudiera explicarse de ese modo el resultado nulo del experimento de Michelson-Morley.
Ajá. La ciencia empírica exige que sus postulados sean verificables por la experiencia. Justamente eso era lo que habían hecho en 1887 Michelson y Morley, mientras que lo pretendido por FitzGerald y Lorentz no pasaba de ser una fórmula matemática en papel, muy elegante en su forma y muy eficaz para la salvación de la física de Newton, pero ¿cómo podía comprobarse que la postulada contracción existía en verdad?
Muy fácil. Al menos podía concebirse en principio un modo de verificar la cosa empíricamente. Bastaría construir una regla del tamaño del diámetro terrestre y medir con ella el acortamiento. Poco se tardó en concluir que tal procedimiento sería inútil, puesto que para realizar tal operación la regla tendría que acompañar a la Tierra en su tránsito por los cielos, y siendo un cuerpo físico tanto como ella, también sufriría la contracción de Lorentz-Fitzgerald exactamente en la misma proporción y por consiguiente jamás registraría una diferencia. La única solución entrevista no conducía a nada. Tendría que venir Einstein a poner las cosas en su sitio, pero eso es un cuento distinto. (Baste apuntar que el trabajo de Lorentz y FitzGerald no fue todo en vano. Un término específico de su ecuación fue empleado por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad especial que, agarrando el toro por los cachos, empleó como axioma la idea de que la velocidad de la luz es una constante, independientemente del grado de movimiento de las fuentes luminosas).
En The ABC of Relativity Bertrand Russell pone de relieve el absurdo científico de la solución de FitzGerald y Lorentz con ayuda de una estrofa de la canción del Caballero Blanco (en «A través del Espejo» por Lewis Carroll, el autor de «Alicia en el País de las Maravillas»):
But I was thinking of a plan
To dye one’s whiskers green
And always use so large a fan
That they could not be seen.
En resumen, quienes sostenemos una postura racionalista no aceptamos como conocimiento válido lo que venga formulado de manera tal que no pueda en principio ser verificado o refutado por la experiencia, así venga en elegante empaque de impecable matemática. De quien postule grandilocuentemente una tesis con pretensiones de verdad, exigiremos una comprobación empírica. Si no se nos la ofrece, tenderemos a despreciar la tesis en cuestión, aunque ésta sea proferida por la mayor y más prestigiosa de las autoridades.
No toda explicación que esté construida con perfecta consistencia interna, pues, es una explicación satisfactoria. La explicación de Einstein fue preferible a la de Lorentz y FitzGerald porque no sólo era internamente consistente, no sólo no requería la indemostrable existencia de presuntos cambios inobservables, sino porque tomaba por postulado una comprobación obtenida experimentalmente. (La constancia de la velocidad de la luz).
Tan sólo la perfección lógica no es garantía suficiente, como saben los sabios más exigentes. Así escribió Bertrand Russell, en prólogo a la más famosa obra de su incómodo e implacable discípulo, Ludwig Wittgenstein: «Como alguien que posee una larga experiencia de las dificultades de la lógica y de lo engañoso de teorías que parecen irrefutables, me declaro incapaz de estar seguro de la corrección de una teoría sobre el único basamento de que no pueda conseguir algún punto en el que esté equivocada».
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apéndice 2: el encuentro de Wittgenstein y Russell
Lo que sigue es anécdota que mi entrañable amigo Eduardo Quintana Benshimol, fallecido hace unos años, me contó en 1974, hace treinta. Tiene que ver con cómo fue que Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein se conocieron. Russell estaba en Cambridge dando una clase, escribiendo teorema tras teorema en un pizarrón. Volteado hacia el salón notó la presencia de un joven con chaqueta, de pie, hacia el fondo—era Wittgenstein—y se percató de que éste movía negativamente la cabeza. Regresó por un momento a escribir sobre la pizarra y volteó de nuevo. Wittgenstein continuaba negando con la cabeza. Ya molesto, Russell le increpó, preguntándole cuál era el problema. A lo que el genio (Russell no lo era) dijo simplemente: «Profesor Russell, ¿podría usted por favor demostrarme que en este salón no hay un elefante?» (Hipótesis nula como la de que no hubo fraude el 15 de agosto, dicho sea de paso). Russell acogió confiadamente el reto y se lanzó a borrar el pizarrón y a escribir nuevos y larguísimos teoremas. Pero Wittgenstein permaneció impertérrito: «Perdone, Profesor Russell, pero eso no es una comprobación de que aquí no hay un elefante». Al borde del desespero Russell devolvió el desafío: «Bien, joven, ¿quiere usted demostrarnos a todos que en este salón no hay un elefante?» Dijo Wittgenstein entonces: «Con su permiso, Profesor Russell», y se movió en el salón hacia adelante, examinando calmadamente bajo los pupitres, tras unas cortinas y unos cuadros, hasta llegar al escritorio profesoral cuyas gavetas abrió y cerró para sentenciar: «Profesor Russell, en este salón no se encuentra un elefante».
Se non é vero é ben trovato. Eduardo Quintana me decía que Russell entendió inmediatamente que estaba ante un coloso, como después comprobaría. Tras la cita reproducida en el apéndice precedente, tomada de su introducción al Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, no tuvo más remedio que admitir, con parco estilo británico de elogio: «But to have constructed a theory of logic which is not at any point obviously wrong is to have achieved a work of extraordinary difficulty and importance. This merit, in my opinion, belongs to Mr. Wittgenstein’s book, and makes it one which no serious philosopher can afford to neglect».
Pues bien, el elefante de Hausmann & Rigobon era el fraude, y su estudio un «pizarrón de Russell», inconexo con existencias concretas. A lo más que hubieran podido aspirar era a sostener que las anomalías encontradas justificaban un examen ulterior, porque ellas hubieran podido ser causadas por un fraude perpetrado según imaginaron. Jamás han debido afirmar, con la soberbia e irresponsabilidad con que lo hicieron, que habían probado que había habido fraude porque no habían podido rechazar la hipótesis alternativa de que lo hubo. En la época que a Eduardo tocó vivir, a eso se le hubiera tenido por grave pecado, no metodológico, sino moral.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 7, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
«Escribo estas líneas al fin de mis días», advierte Octavio Paz en su prólogo a la publicación de sus primeros escritos por el Fondo de Cultura Económica de México (1997). Luego de explicar que esa publicación de «las tentativas de un escritor primerizo» se debe al apremio de su editor, reconoce también que obedece al deseo de contradecir a ciertos críticos que le reprochaban, en anteriores libros, suprimir textos juveniles por «razones de orden ideológico: con ellas intentaba borrar las huellas de ideas y sentimientos que me movieron y conmovieron en mi juventud». Pero se defiende el Premio Nóbel de Literatura: «Corregí y suprimí no por sórdidos motivos de ideología política sino por sed de perfección».
Octavio Paz, a pesar de todo, fue un escritor con densa carga ideológica que no vacilaba en opinar de modo contundente y elegante sobre muchos temas de importancia política. Lo que no obsta para que revele en el mismo prólogo: «A pesar de la avidez con que leía y discutía con mis amigos temas de filosofía, estética y política, mi verdadera vocación fue, desde mi niñez, la poesía».
La poesía es una forma de conocimiento. No tendrá el rigor de la ciencia o la exactitud requerida por la ingeniería, pero integra ideas y experiencias, expresa el anclaje total de una emoción de un modo holístico que normalmente está vedado a un científico o un tecnólogo.
El texto escogido para esta Ficha Semanal #11 de doctorpolítico es, en principio, un artículo-ensayo (publicado en la revista «Novedades» el 27 de octubre de 1943) y, como tal, es primordialmente literatura. Lo que dice está bellamente dicho; la poesía se viste allí de prosa, en busca de profundas verdades. El título tiene timbre paradójico: «Los beneficios de la muerte».
La búsqueda estética no debiera estar ausente de la actividad profesional del político, así como lo bello es guía muy estimable para el científico. Albert Einstein y Paul Adrien Maurice Dirac, entre varios, notaron esta propiedad de brújula, de criterio selector, que tiene la belleza. Enfrentados a varias posibles ecuaciones optaban sin dudarlo un instante por la más sencilla y hermosa.
Esta cavilación de Octavio Paz va dirigida hacia la comprensión del cambio de las sociedades, y ofrece una respuesta algo incómoda pero heurística: tal vez no nos convence, pero nos hace pensar.
LEA
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Los beneficios de la muerte
Lo que distingue a las sociedades animales de las humanas es el cambio—o como se decía hasta hace poco: el «progreso». Las hormigas, los castores, las abejas—especies que han logrado constituir sociedades mucho más sólidas y estables que el Imperio chino o el Imperio romano—no progresan: desde que las conocemos permanecen estacionarias. Nada las modifica, nada las cambia: ninguna revolución ha trastornado sus sistemas de vida, ningún descubrimiento técnico ha transformado el proceso de producción y de consumo, ninguna religión, ninguna moral han alterado su sensibilidad y su conducta. Un hormiguero repite a otro hormiguero. Las sociedades animales no conocen la historia. Por el contrario, la variedad y lo imprevisto reinan en las sociedades humanas; en ellas nada se repite y todo cambia: un moverse continuo, una constante insatisfacción, un gusto por lo nuevo, un desdén por lo conseguido, nos llevan siempre, a través del tiempo, hacia metas cada vez más lejanas e intangibles. ¿Por qué cambiamos? Desde que nació la historia el hombre se hace esta pregunta. Hay infinidad de explicaciones pero ninguna nos satisface por completo.
Algunos piensan que la historia—esto es, el cambio—posee un sentido secreto, que sólo se manifiesta en contadas ocasiones; otros, que el azar o ciegas fuerzas materiales nos rigen y que nada vale nuestra pobre voluntad frente al capricho del Destino, de la sangre o de la economía. Y otros, los menos, piensan que la historia y sus cambios son una ilusión: nada cambia y todo permanece igual. Sería inútil enumerar todas las hipótesis, desde aquellas que hacen consistir el movimiento de las sociedades humanas en una especie de evolución providencial, regido por la Divinidad, hasta las más modernas que intentan conciliar la libertad con la fatalidad y que convienen en admitir que el hombre es capaz de transformar en cierta medida el curso de los acontecimientos aunque éstos, de una manera general, estén ya predeterminados. El medio físico y el medio social, la economía, la cultura, las grandes individualidades, el choque con las culturas y las ideas extrañas, la pobreza y la riqueza, la religión, la política, todo engendra el cambio, la lucha y eso que llamamos progreso.
Pero en este vasto cuadro falta un elemento: la Muerte. Ella, que todo lo destruye, es la madre del cambio. Gracias a la muerte de Alejandro fue posible la desintegración de su Imperio; más tarde, la muerte del helenismo hizo posible a Roma. Mueren los imperios, mueren las sociedades y morimos cada uno de nosotros. Este continuo desaparecer hace que los ideales se renueven, que los crímenes se repitan con ciertas exquisitas o sorprendentes variaciones, que las sectas se multipliquen, que un problema sea pensado siempre de manera distinta y en diversas circunstancias y, en suma, que la monotonía de la historia se disfrace con los ropajes de la sorpresa, de la novedad y del cambio. Recuerdo una frase, punzante y melancólica, de Leopardi: «La moda es la máscara de la muerte». Y pienso que no sólo la moda es la imagen de la muerte; la Historia, con toda su vivacidad, con toda su animación gesticulante, henchida de acciones, de gestos, de tragedias, repleta de vida, no es sino la máscara de la muerte. Calavera que ríe y llora, que pretende seducirnos con mil ropajes y con mil locuras, calavera que nos desengaña de todos nuestros afanes y nos enseña adónde irán a parar todas nuestras angustias, todos nuestros problemas y todas nuestras ambiciones: eso es la historia.
Gracias a la muerte, los jóvenes ocupan el sitio de los desaparecidos. Una vez en el poder lo primero que hacen, como una especie de venganza, es destruir la obra de sus antepasados y substituir los viejos ideales por otros. Es muy posible que no sea solamente la necesidad de vivir mejor, ni el espíritu de invención, quienes nos impulsan al cambio y a la destrucción de los viejos sistemas de vida. Quizá la muerte también intervenga en este apetito de creación y destrucción. Desechamos la obra de los muertos no sólo por inútil e inservible sino porque con ella pretenden inmortalizarse y sobrevivir; su obra es una especie de invisible presencia que no nos deja sitio y que, obscuramente, nos impone una conducta, una moral y una política. Y nosotros queremos crear, inventar, ser dueños de nuestra vida y, si podemos, de nuestra esperanza. El miedo a la muerte nos lleva a odiar la obra de los muertos; ese mismo terror nos impulsa a escapar, de cualquier manera, de la muerte.
Para escapar de la muerte el político deshace la obra de sus muertos antecesores y quiere perpetuarse en ese vivo monumento que es la sociedad, hecha a su imagen y semejanza; la misma ambición mueve al poeta cuando escribe, al maestro cuando modela el alma de sus discípulos, al padre y a la madre cuando engendran, al actor cuando, escondido tras una máscara no siempre ilustre, vive una vida y una muerte provisionales, que al día siguiente volverá a encarnar en el escenario.
Unos fundan naciones, estirpes, familias; otros depositan su esperanza de inmortalidad en cosas menos variables y vivas: un libro, un pensamiento, un instrumento, un cuadro; todos, adheridos a su nombre y a su ser, intentan sobrevivirse, vencer al polvo y permanecer. A nada le tenemos tanto miedo como a la muerte, que es el cambio por excelencia, puesto que cuando ella llega, dejamos de ser. Y este miedo al cambio, este miedo al no ser, es uno de los más poderosos estímulos creadores de la historia. Gracias a la muerte y al miedo que nos inspira, la Vida se modifica siempre con una constancia y una energía terribles, exasperadamente vivas, tanto más vivas cuanto más convencidos estamos de que sólo la muerte nos espera.
Octavio Paz
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