CS #106 – A manera de desagravio

Cartas

Ha llegado a mis manos un indignado correo de Diego Arria Salicetti, el ex gobernador del Distrito Federal de Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, desde hace muchos años residente en los Estados Unidos. En su comunicación emite graves calificativos contra el ex presidente Carter, a raíz de artículo de éste en The Washington Post.

He aquí lo que dice Arria (he arreglado una que otra obvia incorrección de su escritura y suprimido las ilegítimas comillas que emplea cuando «cita» a Carter, por cuanto así intenta hacer creer que ciertas frases son textuales del ex presidente cuando no es así): «En esta columna del domingo en el Washington Post, Jimmy Carter destaca lo imprescindible de contar con una autoridad electoral no partidista y confiable que conduzca el proceso—antes y después de la votación. Dice que las autoridades de la Florida han demostrado que son por lo contrario gente que sigue línea partidista violando así la condición universal de que la autoridad electoral sea confiable en el manejo de todo el proceso electoral… Esta declaración de Carter es obviamente correcta… pero lo incorrecto e inmoral de su parte es que sabiendo que en Venezuela la situación era bastante peor que en la Florida (donde existe un gobierno democrático) se haya olvidado de esta ‘condición universal’ de confianza que debe merecer un ente electoral… De un cinismo aún mayor—si se puede—es que destaca que en la elección del 2000 en Florida parece que los problemas de entonces van a repetirse… aun cuando en muchas otras naciones se están conduciendo elecciones internacionalmente certificadas como transparentes, honestas y justas… y cita aquí a Venezuela como uno de estos ejemplos… Me parece que todos debemos escribir cartas al Editor del Washington Post. Diego».

O Diego Arria ha olvidado su inglés o su sesgo particular le permite extrapolar interpretaciones absolutamente inexistentes en el texto de Carter. Para empezar, en ninguna parte Carter ha dicho que no supervisa las elecciones de Florida porque en ellas haya ausencia de una comisión electoral no partidista o un funcionario no partidista en quien se confíe («A nonpartisan electoral commission or a trusted and nonpartisan official»). Ha dicho que no atiende Florida porque concede su atención prioritaria a las demandas internacionales—es en este contexto que menciona a Venezuela junto con otros países—y en ningún instante califica al referendo celebrado en nuestro país como una de las elecciones «internacionalmente certificadas como transparentes, honestas y justas», calificación que Arria extrae del aire. Por lo contrario, Carter dice claramente que todas las más de 50 elecciones internacionales que ha observado han sido celebradas bajo condiciones protestadas, perturbadas o peligrosas. («The Carter Center has monitored more than 50 elections, all of them held under contentious, troubled or dangerous conditions»). Carter hace su comentario sobre Florida en respuesta a otra pregunta: «¿Cómo explica usted los serios problemas con las elecciones allí?» («How do you explain the serious problems with elections there?») La interpretación de Arria Salicetti es enteramente inexacta, a pesar de que primero reconoce que Carter tiene razón respecto de Florida y por tanto también es inconsistente.

Más aún, Carter deja constancia de que él, junto con el ex presidente Ford, lideró un grupo bipartidista de expertos que elevó recomendaciones al Presidente y el Congreso de los Estados Unidos, justamente a partir de las dificultades electorales de Florida en 2000, y apunta también que su trabajo motivó la ley «Ayuda a América a Votar» de 2002, muchas de cuyas recomendaciones, lamenta, no han sido llevadas a la práctica por causa de «financiamiento inadecuado o disputas políticas».

La verdad es que el Centro Carter y la misión de la OEA hubiesen excedido sus funciones de observador si se hubiesen retirado de la observación del referendo venezolano—que es lo que Arria parece añorar—cuando la oposición convencional y poderosa les suplicaba que estuvieran hasta el último minuto en un proceso con los inconvenientes que justamente Carter y Gaviria reportaron, por cuanto les tenía por la única garantía. Así declararon sus líderes con la mayor vehemencia que, como no confiaban mucho en el CNE, sólo aceptarían los resultados que esos observadores certificaran. Todos sabemos que semejante declaración no fue cumplida y, por lo contrario, se llena de denuesto a Carter y a la observación de la OEA.

Esta observación, debe recordarse, tuvo una posición mucho más clara y valiente que la de la Coordinadora Democrática el tristemente célebre martes de carnaval de este año. Ese día, se recordará, Francisco Carrasquero anunció el proceso de reparo de las llamadas firmas de caligrafía similar, lo que en minutos provocó la explosión de innumerables focos de protesta por todo el país.

Ya antes, en la fecha del fatídico martes de carnaval, la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter habían puesto en bandeja de plata, para uso de la oposición, su diplomática pero clarísima opinión de que lo decidido y anunciado minutos antes por Francisco Carrasquero estaba sustentado sobre criterio no compartido por los observadores internacionales. (Por absurdo).

Recordemos la secuencia. Primero Carrasquero leyó las cifras que reconocían como válidas solamente a un millón ochocientas mil firmas y separaban para posterior «reparo»—o examen de reparación—un poco más de 876 mil firmas por aquello de las planas.

En minutos la protesta espontánea hizo erupción en varios puntos del país, y es en ese clima de indignación ciudadana que Fernando Jaramillo y Jennifer McCoy deciden hacer su rueda de prensa. Ambos fueron claros: el criterio para no tener por válidas las firmas en «planillas planas» no les convencía, y su aplicación podía «afectar los resultados». También reiteraron su proposición de zanjar el asunto con el empleo de un procedimiento muestral.

Pero hubo más. El discurso inicial de Jaramillo mostraba un inequívoco carácter de despedida, pues comenzó a agradecer a los amigos de la Comunidad Europea por el apoyo brindado a la misión de observación y asimismo agradeció a los más de trescientos funcionarios de la OEA y el Centro Carter que habían trabajado en la observación, durante «estos meses». Es decir, Jaramillo emitía la señal de que estaba listo para dar informe definitivo de desaprobación al CNE en caso de que la Coordinadora Democrática optara por resonar con el país y dar, ella, la proverbial patada a la mesa.

Y es entonces, cuando el humo de los neumáticos quemados clamaba al cielo desde cientos de puntos del país, como habla a la Nación, en nombre de la CD, Julio Borges, flanqueado por el nuevo héroe nacional Antonio Ledezma. (Porque—»en aras de la unidad»—recientemente ha sabido capitalizar su «renuncia» a «legítimas» aspiraciones a cargo de alcalde, cuando no hace demasiados meses volantes que adelantaban su postulación como candidato presidencial tapizaban los suelos recorridos por alguna marcha cívica. Es ese cargo sobre el que sus miras están verdaderamente puestas).

Lo primero que dijo Borges fue que la CD «no estaba negociando nada». ¿Por qué creyó necesario la CD—o al menos su vocero de esa noche—arrancar su alocución al país con tal aclaratoria? Lo cierto es que los observadores internacionales no podían ir más allá de lo que declararon, y después debieron admitir el guión negociador de los coordinadores de la oposición.

Es así como la CD, inmersa ahora, además, en el tráfago de las elecciones regionales y municipales, pareciera insistir en líneas que a la larga relegitiman el régimen como gobierno democrático. ¿No están todos yendo a unas elecciones? ¿Cómo se puede argumentar—se preguntará, por ejemplo, un atareado Jacques Chirac—que el gobierno de Chávez es autocrático, si todos los partidos han inscrito candidatos a esas elecciones? (La cita en cursivas es de la Carta Semanal #80 de doctorpolítico, del 1o. de abril de 2004).

Fue la Coordinadora Democrática, la misma que dio la espalda a Martini Urdaneta, la que insistió en la ruta pompeyista de «la rendija» de los reparos, y convirtió a Quirós Corradi, ahora pendiente de las consecuencias de su solidaria firma en el decreto horrible de Carmona, en el negociador estrella de «la oposición».

Yo recomendaría a Diego Arria que revisara su lectura del artículo de Carter, porque las acusaciones de inmoralidad y cinismo que arroja sobre éste son tan graves como infundadas e injustas. El país debe una enormidad al ex presidente Carter y al ex secretario general Gaviria, y es una vergüenza nacional que se les ataque de modo tan irresponsable.

LEA

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apéndice: texto en inglés de artículo de James Carter en The Washington Post

Still Seeking a Fair Florida Vote

By Jimmy Carter

Monday, September 27, 2004; Page A19

After the debacle in Florida four years ago, former president Gerald Ford and I were asked to lead a blue-ribbon commission to recommend changes in the American electoral process. After months of concerted effort by a dedicated and bipartisan group of experts, we presented unanimous recommendations to the president and Congress. The government responded with the Help America Vote Act of October 2002. Unfortunately, however, many of the act’s key provisions have not been implemented because of inadequate funding or political disputes.

The Carter Center has monitored more than 50 elections, all of them held under contentious, troubled or dangerous conditions. When I describe these activities, either in the United States or in foreign forums, the almost inevitable questions are: «Why don’t you observe the election in Florida?» and «How do you explain the serious problems with elections there?»

The answer to the first question is that we can monitor only about five elections each year, and meeting crucial needs in other nations is our top priority. (Our most recent ones were in Venezuela and Indonesia, and the next will be in Mozambique.)

A partial answer to the other question is that some basic international requirements for a fair election are missing in Florida.

The most significant of these requirements are:

—A nonpartisan electoral commission or a trusted and nonpartisan official who will be responsible for organizing and conducting the electoral process before, during and after the actual voting takes place.

Although rarely perfect in their objectivity, such top administrators are at least subject to public scrutiny and responsible for the integrity of their decisions. Florida voting officials have proved to be highly partisan, brazenly violating a basic need for an unbiased and universally trusted authority to manage all elements of the electoral process.

—Uniformity in voting procedures, so that all citizens, regardless of their social or financial status, have equal assurance that their votes are cast in the same way and will be tabulated with equal accuracy.

Modern technology is already in use that makes electronic voting possible, with accurate and almost immediate tabulation and with paper ballot printouts so all voters can have confidence in the integrity of the process. There is no reason these proven techniques, used overseas and in some U.S. states, could not be used in Florida.

It was obvious that in 2000 these basic standards were not met in Florida, and there are disturbing signs that once again, as we prepare for a presidential election, some of the state’s leading officials hold strong political biases that prevent necessary reforms.

Four years ago, the top election official, Florida Secretary of State Catherine Harris, was also the co-chair of the Bush-Cheney state campaign committee. The same strong bias has become evident in her successor, Glenda Hood, who was a highly partisan elector for George W. Bush in 2000. Several thousand ballots of African Americans were thrown out on technicalities in 2000, and a fumbling attempt has been made recently to disqualify 22,000 African Americans (likely Democrats), but only 61 Hispanics (likely Republicans), as alleged felons.

The top election official has also played a leading role in qualifying Ralph Nader as a candidate, knowing that two-thirds of his votes in the previous election came at the expense of Al Gore. She ordered Nader’s name be included on absentee ballots even before the state Supreme Court ruled on the controversial issue.

Florida’s governor, Jeb Bush, naturally a strong supporter of his brother, has taken no steps to correct these departures from principles of fair and equal treatment or to prevent them in the future.

It is unconscionable to perpetuate fraudulent or biased electoral practices in any nation. It is especially objectionable among us Americans, who have prided ourselves on setting a global example for pure democracy. With reforms unlikely at this late stage of the election, perhaps the only recourse will be to focus maximum public scrutiny on the suspicious process in Florida.

Former president Carter is chairman of the Carter Center in Atlanta.

© Copyright 1996-2004 The Washington Post Company

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LEA #106

LEA

El argumento definitivo de quienes piensan que el 15 de agosto hubo más «Síes» que «Noes», su postulado final, una vez que se les expone que era muy posible que el gobierno ganara el referendo, es del tenor siguiente: «Yo estoy convencido de que hubo fraude». Con esto saldan cualquier discusión.

Así declara Pompeyo Márquez la semana pasada, y así lo recoge El Universal: «En la rueda de prensa ofrecida en la Quinta La Unidad, Márquez aseguró que los opositores están convencidos de que el 15 de agosto no hubo derrota electoral, sino un robo electoral

La rueda de prensa es toda una pieza de surrealismo inconsistente, corriente literaria que viene a superar el ya añejo realismo mágico. Dos declaraciones de Márquez, ejecutivo principal de una Coordinadora Democrática que se deshace en jirones, son especialmente sorprendentes.

La primera es la siguiente lamentable admisión: «No pusimos énfasis específico en la previsión y combate del fraude electrónico. No se construyó un repertorio de conductas para enfrentar el fraude desde el punto de vista técnico, jurídico y en la calle. Reconocemos públicamente tales errores, carencias y omisiones». Por esto tituló, aun más escuetamente, El Universal: «Incurrimos en errores que impidieron detectar el fraude». (El Caballero Blanco de Lewis Carroll: «Estaba pensando en un plan de teñirme los bigotes de verde, y usar luego un tan grande abanico, que no pudieran ser vistos»).

Uno debe recordar la profusa colección de advertencias que se hicieron llegar a la Coordinadora Democrática sobre el carácter ventajista y abusivo del gobierno, manifestado especialmente de manera obvia en una larga serie de acciones del CNE en contra de la ciudadanía y que todos sabemos, más o menos, de memoria. Uno puede recordar cómo fue que por ese entonces se despreció el valiente esfuerzo de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, cuando la CD insistió en participar en el proceso, y Pompeyo Márquez fue el vocero más enérgico, el defensor más denodado de la «rendija» de los reparos, el que explicaba en regaño a los ciudadanos que «político que no negocia no es político».

Pero asimismo Márquez dio pie, desde la desunida Quinta La Unidad, para que El Universal reportara que los miembros de la CD «Destacaron también sus logros, tales como el haberle impuesto al Gobierno el referendo revocatorio ‘que acorraló al régimen’ por lo que no tuvo otro camino que acometer ‘el fraude electoral’.» Ya no recuerda que en la difunta Mesa de Negociación y Acuerdos la CD quiso «imponer» más bien una enmienda constitucional para el recorte del período, y que en todo caso habrá sido el gobierno el que se acorraló a sí mismo, que llevó a esa mesa justamente la opción del referendo revocatorio.

Surrealismo político, definitivamente.

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FS #14 – La sociedad normal

Fichero

LEA, por favor

Hace poco oí la expresión «no futuros». Equivale más o menos a una expresión similar del finado Hermann Kahn, en su época el gurú más famoso de la futurología. (Dirigió el Instituto Hudson y fue el autor principal—en colaboración con Daniel Bell, presidente éste de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense—del libro «El Año 2000» a mediados de la década de los sesenta). Kahn gustaba de comentar el año que acabara de pasar en términos de sus «no eventos», cosas que fueron insistentemente predichas pero que no ocurrieron.

No todo lo que se vislumbra como posible llega a realizarse, por lo menos de inmediato. Para febrero de 1985 un grupo de caraqueños consideró posible la emergencia de una nueva clase de asociación política, cuya cláusula primera (Del Objeto) decía: «La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad política del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo».

Como puede verse, de la enumeración precedente no es posible establecer cuál es la ubicación de tal asociación en términos de un eje «derecha-izquierda». Dentro del «borrador» de un «documento base» para un «Congreso para la formación de una nueva asociación política», que escribí en febrero de 1985 se encuentra, sin embargo, otras claves, y puede entonces entenderse que lo que ocurre, en efecto, es que esa asociación es indescriptible en términos de «izquierdas-derechas».

La Ficha Semanal #14 de doctorpolítico es un extracto de ese «borrador», y se refiere específicamente a esa primitiva noción política de «derechas» e «izquierdas» y la supera con otro punto de vista. Pero en 1985 la sociedad política de Venezuela, un tipo de asociación política descrito en el «borrador» y de código genético distinto al de un partido convencional, no pudo constituirse, como tampoco lo ha hecho hasta la fecha. Esto es, hace más de 19 años tal cosa era un «no evento», un «no futuro». Es posible que haya llegado el momento de manifestarse como «sí presente».

LEA

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La sociedad normal

A John Phelps Tovar

Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea el mito de la igualdad. Hay diferencia entre las versiones, pero en general ese mito es compartido por las cuatro principales ideologías del espectro político de la época industrial: el marxismo ortodoxo, la socialdemocracia, el social-cristianismo y el liberalismo. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías de los distintos actores políticos tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será. Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que la absolutización del poder del Estado como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. (Entre estos polos procedimentales extremos se desenvuelven corrientes de postura intermedia, como la socialdemocracia y el socialcristianismo.) Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como organizada dicotómicamente. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.

La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre «honestos» y «corruptos» que parece tan crucial a la actual problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la «honestidad» –o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima– es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente «las cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.

Si no se entiende las cosas de ese modo la política pública se diseña entonces para un objeto social inexistente. Y esto es lo usual, pues nuestra legislación típica incluye un sesgo hacia una descripción angélica de los grupos humanos—la famosa «comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad» de nuestra legislación universitaria, por ejemplo—o bien hacia el polo contrario de una legislación que supone la generalizada existencia de una propensión a delinquir, como es el caso de la legislación electoral o del instrumento orgánico de «salvaguarda del patrimonio público».

Es necesario entonces que esa óptica dicotómica e igualitarista sea suplantada por un punto de vista que reconoce lo que es una distribución normal de los grupos humanos.

Por ejemplo, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc. —los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.

Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación a discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia «arriba» o hacia «abajo».

No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. Pero la tarea es la de obtener la normalización, no la de establecer primitivas políticas de «Robin Hood» o de «Hood Robin», como se las ha llamado.

Otra conclusión, finalmente, que se desprende del concepto de sociedad normal, es que el progreso posible de una sociedad es el progreso que desplaza a la curva normal como conjunto en una dirección positiva, y no el de intentar el igualamiento de la distribución por modificación en la forma de la curva. Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes y, por tanto, en una sociedad económicamente justa no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.

LEA

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CS #105 – El zángano y la abeja

Cartas

Un mito generalmente difundido en Venezuela interpreta que la sociedad está mal, en gran medida, en razón de desmesurados procesos de corrupción, a consecuencia de los cuales un grupo poco numeroso de gente sin escrúpulos sustrae indebidamente una renta social que, distribuida como debiese, daría por resultado un país feliz.

A mediados de la década de los ochenta el ilustre Dr. Humberto Njaim, a la sazón profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, publicó un miliar estudio sobre el tema de la corrupción en Venezuela. (Costos y Beneficios Políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público, Revista de la Facultad de Derecho, UCV). Njaim aventuró una gruesa estimación del peculado en Venezuela y concluyó que la dictadura de Pérez Jiménez había sustraído el equivalente de 1% del presupuesto nacional de cada año, mientras que la democracia había alojado un peculado mayor, de 1,5%.

A primera vista las cifras suenan pequeñas, dada nuestra convicción estándar de que Venezuela sería un país particularmente corrupto. Aplicada, sin embargo, la tasa de «corrupción democrática» estimada por Njaim al presupuesto de 2004 (50 billones de bolívares), se estaría hablando de 750.000 millones de bolívares sustraídos por corrupción en el año. (Si es que las tasas actuales no son mayores que el índice Njaim, lo que pareciera ser el caso).

Pero visto el asunto desde otro ángulo, habría que decir que la democracia en Venezuela permitió el respeto a 98,5% de los recursos públicos que no fue sustraído, una buena noticia, sin duda. No puede ser, por consiguiente, que nuestros problemas como nación se deban a un tumor—indudablemente pernicioso y execrable—de 1,5% de tamaño. Algo equivocado debe haber en el manejo de una inmensa mayoría de los recursos públicos que no son objeto de corrupción.

En todo caso, llevados al equivalente en divisa norteamericana al precio actual del mercado libre los recursos del peculado montan a la cifra de 290 millones de dólares. Esta cantidad no era sino el 2,5% del faltante en los balances de la empresa Parmalat cuando se descubrió su gigantesca estafa.

Y desde el punto de vista del impacto directo sobre la ciudadanía, el cuociente que resulta de dividir el monto teórico de la corrupción entre la población venezolana arroja la cantidad de 30 mil bolívares al año. Este es el perjuicio ciudadano individual causable por corrupción en 2004. No es el caso que si se repartiese directamente esa cantidad a cada habitante la pobreza desaparecería del país.

Por tanto es importante conocer las proporciones reales de la corrupción en Venezuela y, sin cejar en el esfuerzo por moderarla, desmitificarla como presunta causa de atraso y subdesarrollo.

De algún modo el electorado está preparado para esta reinterpretación, pues la corrupción ha disminuido sensiblemente como problema percibido por la población. En 1992 era considerado como el segundo problema más importante del país (23% de la opinión pública lo mencionaba tras 25% que señalaba el estado de la economía como problema principal). Para diciembre de 2003 su mención se había reducido a sólo 1%, muy por debajo del desempleo (33%), la situación política (24%), la delincuencia (17%) y la situación económica (16%). (Estudio Perfil 21 Nº 57, Consultores 21).

(Para 1992 los principales problemas del país se ordenaban así: mala situación económica 25%, corrupción 23%, delincuencia 11%, desempleo 7%, situación política 5%. Obviamente ha habido desplazamientos muy significativos en la percepción nacional de los problemas más importantes).

……..

En 1959 Edward Lorenz, meteorólogo, manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo.

El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.

Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.

Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.

Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales.

La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California.

Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal. La corrupción, independientemente de su tamaño, es algo social y personalmente malo, y nada debe excusarla.

La más moderna interpretación científica de la complejidad provee fundamento fuerte a un principio consustancial a la libertad económica: el respeto por el individuo, por la trascendencia de sus actos libres. En el enjambre de un país, de una economía, no es posible despreciar la acción individual. Una abeja puede hacer la diferencia. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad.

LEA

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FS #13 – La vida te da sorpresas

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal número 13 de doctorpolítico es algo extensa, pero vale la pena. En realidad es una cita de citas, por cuanto es un fragmento de la introducción de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, un año antes de la campaña que enfrentaría a Carlos Andrés Pérez, en pos de su segunda presidencia, con Eduardo Fernández, el candidato que desde cierto punto de vista no debía perder. El trabajo en cuestión llevó por nombre Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela.

El fragmento escogido corresponde a un intento por comprender conceptos útiles a la consideración anticipada de «sorpresas», y cita a Alexis de Tocqueville, a Bohdan Hawrylyshyn y, sobre todo, a mi amigo, maestro y mentor, el profesor Yehezkel Dror. Es gracias a estas citas, a pensamiento ajeno, que la ficha de hoy puede ser valiosa.

El estudio en sí consideró dos tipos de sorpresa en la Venezuela, siendo una de ellas el golpe militar. En las conclusiones se apunta: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».

Un mes y cuatro días después de que se agotara la vigencia de esa predicción de 1987, Hugo Chávez Frías y sus compañeros de asonada cometían el abuso del 4 de febrero.

LEA

……

La vida te da sorpresas

Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el «modelo de apuesta difusa». «Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo».

El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminación, discontinuidad y saltos. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:

a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad

b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.

c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas «poquito a poco»), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.

d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.

e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.

f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.

Estos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de «apuesta difusa» que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:

a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.

b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.

c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.

d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.

Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. (Verbigracia, Carlos Andrés Pérez en la Presidencia de la República). 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. (Por ejemplo, Eduardo Fernández en la Presidencia de Venezuela.) 3.. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. (Tales como los casos de Rafael Caldera y Octavio Lepage como presidentes). 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).

(Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior no estamos calificando los impactos en términos de bondad o maldad. Un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo. Sobre todo en materia de los ejemplos expuestos, no es objeto de este trabajo discutir si la titularidad de Eduardo Fernández, Octavio Lepage, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez en Miraflores es positiva o negativa en cada caso. Tan sólo hemos afirmado que, a nuestro criterio, de esas cuatro posibilidades únicamente la última introduciría cambios más marcados respecto del estilo y orientación general de la actual administración del Presidente Lusinchi. Puede haber outsiders positivos y negativos. Lo que sí sostenemos es que aún el proceso problemático venezolano no ha llegado a un grado de deterioro tal que un golpe de Estado deje de ser francamente negativo, y que no creemos que un golpe de Estado militar condujera de inmediato a una mejor forma de gobernar el país o a la solución de sus principales problemas.)

Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future, Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».

Yehezkel Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en «Cómo sorprender a la Historia» (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para «considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu)».

Nuestra percepción popular incluye la expresión «en río revuelto ganancia de pescadores». No otra cosa es la percibida por líderes emergentes, distintos a los que militan en los partidos tradicionalmente poderosos de Venezuela. Es lo «revuelto» de la actual situación lo que ha estimulado la emergencia, en proporción jamás vista en Venezuela, de nuevos pretendientes al trono de la esquina de Miraflores. Apartando los consabidos candidatos de A.D. y C.O.P.E.I. y los que surgirían de los partidos menores—en gran medida también tradicionales (U.R.D. y el M.A.S., principalmente)—han asomado con mayor o menor fuerza, entre otros, los nombres de Jorge Olavarría y su Nueva República; Godofredo Marín y el partido de los evangélicos; Marcel Granier, que busca servirse de un eje comunicacional (RCTV y Diario de Caracas) al que añade el Grupo Roraima y ahora el M.I.N. de Gonzalo Pérez Hernández; el Rector Edmundo Chirinos, que había anunciado ya al comienzo de su rectorado que lo que perseguía era «un proyecto político»; el ex rector Ernesto Mayz Vallenilla con su Movimiento Moral, Reinaldo Cervini ofrecido como candidato de consenso para «las izquierdas», al igual que Alberto Quirós Corradi desde su plataforma de El Nacional; el Rector Pedro Rincón Gutiérrez como otra solución similar a los dos últimos nombrados; Leopoldo Díaz Bruzual que ya ha adornado algunos puntos urbanos con un afiche de su efigie en fondo morado; Vladimir Gessen, igualmente en afiches y pancartas de su Nueva Generación Democrática.

(Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el «catalizador» que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos ha tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública.)

No todas las personas perciben, no obstante, la situación de esa manera, como inminencia de cambio radical. Sobre todo en personas de relativa alta cultura política, y que pertenecen de algún modo a las élites políticas o económicas, es marcada la tendencia a considerar la situación como pasajera y resoluble mediante expedientes más o menos tradicionales. Esto es una tendencia relativamente común. Alexis de Tocqueville destaca, en L’Ancien Régime et la Revolution, la paradoja de la presencia evidente de los signos prerrevolucionarios y la ceguera de muchos de los actores sociales de Francia en 1789. «Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario».

Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee «situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente». Variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: «a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, ‘feedback’ positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)»

Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita ) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:

«a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son incapaces de hacer el trabajo.

b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.

c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).

En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.

d. La prudencia (que es un juicio de valor en «loterías») requiere por tanto de un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo».

Por último, incluiremos este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: «Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar». Y advierte: «Esto hace surgir un dilema: una demasiada concentración de poder en políticos singulares, o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones, aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Por otro lado, un sistema demasiado cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de altura, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden que sean lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda».

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