CS #108 – Max se despide

Cartas

En su gigantesca e influyente obra maestra—Economía y Sociedad—Max Weber, uno de los nombres más notables en el panteón de la Sociología, describe tres tipos básicos de dominación, según el fundamento de su legitimidad.

Uno de ellos es la dominación o legitimación tradicional: el linaje de la reina Isabel o la línea apostólica de un papa, el fundador del partido, «Yo vi ese paciente primero y soy el médico de cabecera de la familia», «Ahora le toca a Octavio». El poder viene de una larga sucesión a partir de un hecho que mientras más antiguo está más cerca del mito o es mayor y más fundamental hazaña, y busca perpetuarse por herencia. El mérito no necesita acompañar a quien domina, pues ya está en el origen. Hasta cierto punto y a partir de cierto momento, esa fue la legitimación de Rafael Caldera en COPEI, el patriarca que había creado todo menos un heredero aceptable.

El segundo tipo es el de la dominación por legitimación carismática: quien domina es personalidad atrayente, en ocasiones extraordinariamente persuasivo, simpático pero también odioso, fascinante. Un caso clásico es Hitler, y un testimonio impresionante lo ofreció Dennis de Rougemont en sus diarios: cómo se quedó de una pieza cerca de un mitin de Hitler en Berlín, hipnotizado, siendo convencido por un carismático increíble, sin que él entendiera alemán. Aunque no convenciera persuadía. Por aquí tenemos alguien con esas características. No conozco que haya habido antes de Chávez un jefe de Estado venezolano del que prácticamente cada habitante del país lo nombrara o al menos lo pensara casi cada día durante cinco años seguidos.

El último tipo de dominación viene dado por la legitimación burocrática. Se controla la estructura que ejerce el poder o se tiene poder. Legitimación de Eduardo Fernández, por ejemplo, la de Carmelo Lauría o José Vicente Rangel. Controlan el aparato y así dominan. Chávez también emplea a fondo la estructura de poder y, como se sugiere antes, de un modo tan totalitario que ocupa de ese modo la conciencia de sus dominados. Ni siquiera Hitler, tal vez Castro, ha exigido tanta atención de parte de sus conciudadanos como Chávez desde que tomó el poder.

Como puede verse, es posible que una misma persona domine de más de una forma. Si Chávez insistiera en promover a Rosinés como Caldera a Andrés o Salas-Roemer padre al Pollo, estaría completando el catálogo de Weber con dominación tradicional neobonapartista o neogomecista. Además de carismático y burocrático, Fidel Castro es un dominador tradicional cuando anuncia la dinastía sucesora en su hermano Raúl.

Debiéramos ver con facilidad cómo ninguna de las tres dominaciones es garantía de eficacia en la solución de los problemas generales, ni siquiera la totalidad de ellas. Ninguna de ellas tiene relación alguna con lo que interesaría a los ciudadanos y, en el fondo, sería lo único que justificaría la existencia de un Estado, de una institución pública, de un actor político: la identificación, invención, consulta y aplicación de soluciones eficaces a los problemas de carácter público.

La legitimación de los actores políticos en una democracia debe ser, naturalmente, electoral. Pero más allá de eso tendría que ser ya no weberiana sino programática. Debiera estar en función de las políticas que se propone promulgar un candidato de resultar electo. Por tal razón los Electores tendríamos que exigir de los candidatos a cualquier cargo público la explicación de sus intenciones al respecto. Y esto es lo que justamente tiene menos importancia en un proceso electoral como los nuestros. A comienzos de 1998 Argenis Martínez había escrito en El Nacional: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».

Aunque pueda haber algo de exageración en la fórmula de Martínez no puede caber duda de que las cosas son como él las pinta con vigoroso y lapidario trazo: lo programático tiene baja incidencia en la escogencia de nuestros funcionarios electos. La legitimación procede entre nosotros, casi siempre, por rutas weberianas. En el combate por la legitimación electoral se aduce tradicionalidad, se manipula con carisma, se controla burocráticamente con el poder o se aporta el descrédito de terceros. Me justifico porque aquél es malo.

Pero lo programático, la única y real legitimación admisible, está ausente, cada vez más, de nuestras elecciones. Rafael Caldera presentó su «Compromiso con Venezuela» en la campaña de 1993 cuando faltaban sólo tres semanas para la elección; algo parecido hizo Hugo Chávez, como también Salas-Roemer padre en 1998. Y la Coordinadora Democrática presentó su «consenso-país» a un país que no lo había hecho un mes antes del referendo revocatorio presidencial. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que sería entonces cuando se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió sin proponérselo que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno—Eduardo Fernández—a través de la retórica, no un origen programático.

En el fondo es una desatención a las necesidades venezolanas, lo que se puede continuar una vez que se está en el gobierno: Chávez no comenzó a improvisar misiones—que ahora burocratizará en sus nuevos y endógenos ministerios—hasta septiembre de 2003, cuando una vez más había decidido enfrentar electoralmente a sus oponentes. En su campaña de 1998 su movimiento ofreció recoger firmas—no existía Súmate que le habría resuelto el problema—para convocar a referendo consultivo sobre la elección de constituyente. Cuando meses antes de la elección ya se sabía ganador se dejó de eso. ¿Para que tenía que molestarse con esa recogedera de firmas si él podría, como Presidente, convocar el referendo en Consejo de Ministros?

Los Electores debemos exigir una legitimación programática primero que todo. Si el candidato que nos convence de sus políticas, de sus programas, es además hombre valiente, pues magnífico; si es llano y poco alzado, mejor que mejor; si es muy buen gerente, habremos llegado al desiderátum. Pero si falta la claridad y la corrección programática, si ésta no es comunicada o comunicable, entonces faltará lo esencial.

No es nueva esta discusión, pero hasta ahora la exigencia programática ha sido vencida con el decreto burocrático de qué se trata de aspiración romántica. «La gente no quiere programas, la gente lo que quiere es un jefe que les llene la barriga». En 1992, un importante precandidato, aun reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces gastaba quincenalmente en propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de la primera eleccón de Clinton, y que allí ganaría éste, que no había presentado programa. «¿Para que necesitamos programa?» preguntó.

¿Cómo puede combatirse esta configuración que impide que la legitimación política tenga carácter predominantemente programático?

Tal vez lo primero sería enterar a los actores políticos de que la legitimación programática no significa creer que la intentarían ángeles, o que por tal cosa desaparecerían la emulación y el combate, que es lo que tanto les gusta. Crear un espacio para el contraste de programas y políticas no requiere la eliminación de la competencia: sólo exige que se la reglamente para que el debate programático sea privilegiado. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contraposición de proposiciones de acción pública.

¿Cuáles serían esas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación –que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente– que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica –en la que la confrontación sigue un método universal– despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—, en su libro La Doble Hélice (1968), es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación metamórfica con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social.

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Pero también hay épocas o momentos cuando la transición es aun más profunda que el cambio de una política por otra. Entonces se trata de un cambio de paradigmas, de interpretaciones generales, de concepciones del mundo, la sociedad y sus historias. En ese caso particular la legitimación llega a ser una metalegitimación, porque se pronuncia en un metalenguaje. Ya no se trata de hablar de política, sino de hablar de la Política, en tanto profesión u oficio. La legitimación requerida en este caso es paradigmática.

En la Venezuela de estos días no será suficiente ni siquiera la legitimación programática, por más necesaria que sea. Al proceso que se justifica precisamente sobre una peculiar visión de las cosas sólo podrá superársele con una visión alterna.

LEA

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FS #16 – Lo espontáneo es mejor

Fichero

LEA, por favor

Ciertamente, Friedrich von Hayek (1899-1992) es el patriarca principal del liberalismo en el siglo XX. Filósofo y economista austriaco, fue el gran rival de John Maynard Keynes, el economista inglés cuyas doctrinas del pleno empleo fundamentaron buena parte del intervencionismo estatal dentro de las democracias occidentales, en especial en los Estados Unidos e Inglaterra.

Hayek obtuvo el Premio Nóbel de Economía (1974) con sus setenta y cinco años de edad, después de que muchos de sus discípulos lo hubiesen ganado. De modesto talante, se refiere a su propia obra con parquedad, a pesar de ser el indiscutido líder de la corriente liberal: «Por lo general las ideas de los economistas se imponen después de su muerte. Pero, en mi caso, he tenido el privilegio de vivir el tiempo suficiente para asistir al éxito de algunas de mis propuestas… Cuando yo era joven el liberalismo era ya viejo. Ahora que soy viejo, es el liberalismo el que ha rejuvenecido» Así admitía a Guy Sorman en 1989.

Sorman es un acucioso periodista francés que publicó en ese año el libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», una colección de entrevistas a intelectuales y pensadores tan notables e influyentes como Octavio Paz, Bruno Bettelheim, Claude Tresmontant, Karl Popper, Stephen Gould, James Lovelock, Ilya Prigoguin o Noam Chomsky.

La Ficha Semanal #16 de doctorpolítico está tomada del capítulo dedicado a Hayek, bajo el título «Los liberales deben ser agitadores». El título, a su vez, ha sido extraído de la advertencia final de Hayek: «Lo que voy a decirle es muy importante. Los intelectuales liberales deben ser agitadores, para invertir las corrientes de opinión hostiles a la economía capitalista. La población mundial es tan numerosa que sólo la economía capitalista conseguirá alimentarla. Si el capitalismo se hunde, el Tercer Mundo se morirá de hambre; eso es lo que pasa ya en Etiopía…»

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Lo espontáneo es mejor

El liberalismo, me dice Hayek, es la única filosofía política verdaderamente moderna, y la única compatible con las ciencias exactas; converge con las teorías físicas, químicas y biológicas más recientes, en particular con la ciencia del caos formalizada por Ilya Prigoguin. En la economía de mercado, así como en la naturaleza, el orden nace del caos: la armonización de millones de decisiones y de informaciones conduce no al desorden sino a un orden superior. Adam Smith fue el primero en presentirlo en La riqueza de las naciones, hace dos siglos.

Nadie puede saber, precisa Hayek, cómo planificar el crecimiento económico, porque no conocemos verdaderamente sus mecanismos; el mercado pone en juego decisiones tan numerosas que ningún ordenador, por potente que sea, puede registrarlas. En consecuencia, creer que el poder político es capaz de sustituir al mercado es un absurdo. En lo que Hayek llama «la gran sociedad»—es decir, la sociedad moderna y compleja—es preciso, pues, recurrir al mercado, a la iniciativa individual. A la inversa, el dirigismo sólo puede funcionar en una sociedad minúscula donde todas las informaciones son directamente controlables. El socialismo, me dice Hayek, es ante todo una nostalgia de la sociedad arcaica, de la solidaridad tribal.

La superioridad del liberalismo sobre el socialismo no es, según Hayek, una cuestión de sensibilidad o de preferencia personales, sino un constante objetivo verificado por toda la historia de la humanidad. Allí donde la iniciativa individual es libre, el progreso económico, social, cultural y político es siempre superior a los resultados obtenidos por las sociedades planificadas y centralizadas. En la sociedad liberal, los individuos son más libres, más iguales, más prósperos que en la sociedad planificada.

Pero ¿no existe quizá una solución intermedia, de tipo socialdemócrata? «Entre la verdad y el error—replica Hayek—no hay vía intermedia». A Hayek jamás se le puede pillar en pecado de indulgencia…

El liberalismo es, por tanto, científicamente superior al socialismo, y sobre todo al marxismo al que Hayek califica de superstición. «Llamo superstición—explica—a todo sistema en el que los individuos se imaginan que saben más de lo que en realidad conocen». Es por este motivo que la mayor parte de los intelectuales son socialistas, o más bien «constructivistas».

Ser constructivista, en el vocabulario de Hayek, es creer que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. Éste es el gran error de los socialistas. O, más bien, el socialismo es un error de los intelectuales. ¡Un error que se remonta a Descartes! Francia tiene, según Hayek, una responsabilidad particular en esta mentalidad geométrica aplicada a la realidad.

Lo que Hayek discute no son, pues, las intenciones o la moralidad de los socialistas, sino sus errores científicos y su «vanidad fatal»…

The Fatal Conceit es el título de la última obra que publicará Hayek en 1989. La superioridad histórica y científica del liberalismo, en una fórmula típicamente «hayekiana», se llama la «superioridad del orden espontáneo sobre el orden decretado». Ejemplos concretos de esa superioridad: las grandes instituciones que marchan bien, explica, no han sido inventadas por nadie. La familia o la economía de mercado son productos del orden espontáneo. Ningún intelectual, insiste, decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado.

Hayek añade que estas grandes instituciones de la sociedad moderna se basan en una moral. Una moral que no es «natural», sino el producto de una evolución, una evolución casi biológica, pero que afecta a las organizaciones sociales más que a los organismos vivos. Esta moral, me dice Hayek, no es natural, porque espontáneamente—por ejemplo—el hombre no tiende a respetar la propiedad privada o los contratos. Es la selección la que, actuando sobre el comportamiento moral, deja claro que, en el curso de los siglos, los pueblos que respetan los contratos y la propiedad se tornan más prósperos. He aquí el motivo por el que, según Hayek, la sociedad occidental se volvió moral, y sin esta moralidad fundamental, el capitalismo no podría existir.

Guy Sorman

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CS #107 – Política “realista”

Cartas

Así define Realpolitik el texto correspondiente de la Enciclopedia Británica: «…postula que los estados buscan el engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo y que la búsqueda de ese poder se basa en la amenaza y el empleo de la fuerza militar y la coerción económica». El término se ha extendido, más allá de la política internacional, para referirse al modelo de acción política general seguido en todos los países del planeta por la más variada colección de políticos profesionales. Algunos ejemplos han sido verdaderamente notables. En uno de los sistemas políticos más desarrollados del mundo, los nombres de Johnson, Nixon, Reagan, Bush, han descollado como fervientes practicantes de la Realpolitik.

Ayer nomás culminó la investigación de la Agencia Central de Inteligencia que George Bush había, en junio pasado, recomendado esperar: «Wait until Charlie gets back with the final report», había dicho. Pues bien, «Charlie» Duelfer, el inspector jefe de la CIA en Irak, acaba de presentar al Congreso norteamericano un informe de mil páginas en el que se establece definitivamente que Sadam Hussein no disponía de armas de destrucción masiva, cuya presunta amenaza fue la excusa para la invasión estadounidense. Aunado al reciente debate Bush-Kerry, en el que el candidato demócrata logró colocar en posición incómoda al presidente en campaña, el informe Duelfer ha significado que el protocolo de poder de la administración Bush ha quedado bastante al descubierto.

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En Venezuela no hemos dejado de tener ejemplos destacados de esta difundida corriente de «política realista». Cuando en nuestro país comenzaba a discutirse sobre la elección directa de gobernadores de estado (1988), entre sus oponentes se contaba a Manuel Peñalver, a la sazón Secretario General del partido Acción Democrática. En una ocasión fue fugazmente entrevistado por una reportera de televisión, quien le preguntó por qué no estaba a favor de esa elección directa. Peñalver miró directamente a la expectante periodista y, antes de darse vuelta y alejarse, le contestó así: «¡Porque no!»

Carlos Andrés Pérez, no hay duda, ha sido uno de los más notorios exponentes de la Realpolitik venezolana. Su caída, junto con la secuela de pérdida súbita del poder de personajes otrora poderosos y prepotentes, constituyó un proceso en principio sano para la sociedad venezolana. Sus excesos han encontrado una sanción social con efectos tan benéficos para Venezuela como los que tuviera el proceso de Watergate para los Estados Unidos.

En Kalki: El futuro de la Civilización, Sri Radhakrishnan postulaba una convergencia, si es que los Caldera me permiten el uso del término, entre la civilización oriental—de la que él era, por supuesto, un representante—y la civilización occidental, predicción que por cierto no habría satisfecho a Mohatmas Gandhi en sus momentos de mayor ironía, pues a éste le preguntó una vez un periodista: «¿Qué opina Ud. de la civilización occidental?» Gandhi replicó mordazmente: «Me parece una buena idea».

Radhakrishnan, en un pasaje del libro mencionado, discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en los conflictos bélicos. No le parecía consistente que fuera permitido achicharrar a centenares de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo «no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos». Es decir, opinaba que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía.

Entre los críticos de las más aberrantes conductas políticas de la Realpolitik, es frecuente encontrar personas que incurren en prácticas cualitativamente muy parecidas, si no idénticas, a las de otras personas a quienes censuran con gran energía. Por referirnos a un caso venezolano, un prestigioso líder empresarial de medios de comunicación decía al autor de este artículo en agosto de 1990: «Lo que hay que hacer siempre es seleccionar y colocar a los hombres del Presidente, como lo hemos hecho con los del presidente Pérez». (Estaba refiriéndose a la «tarea» que habría que cumplir a futuro en relación con el presidente del siguiente período constitucional—que lo sería Caldera—pues ya «el mandado estaba hecho» con Carlos Andrés Pérez). O sea, admitía la utilidad de la influencia intervencionista del sector empresarial sobre la política, sólo que tal influencia «debía» ejercerse indirectamente, por interpuesta persona.

En el penoso caso del fenecido Banco Latino, por ejemplo, no hay duda de que una buena parte de su depuesto liderazgo llegó a constituir un ejemplo patológico de Realpolitik. El más deplorable rasgo de esa patología tal vez venga expresado en la instalación de una capacidad de intervención—al decir del entonces diputado Pablo Medina—de mil teléfonos de red y cien teléfonos celulares en uno de los pisos del Centro Financiero Latino.

El principal accionista y presidente de una de las empresas que servía al Latino, en diciembre de 1992, había reunido a todos sus empleados en un hotel capitalino, confrontándoles con una persona a quien presentó como su abogado y con una caja de tamaño considerable llena de cintas de audio y de video. A continuación explicó que las cintas contenían grabaciones de sus empleados y que las mismas eran evidencia de faltas de clases diversas: consumo de drogas, negocios personales conducidos en tiempo debido a la compañía, hurtos y otras conductas reprobables. Luego declaró un receso de varios minutos, no sin antes expresar su esperanza de que las personas incursas en las conductas aludidas no regresasen al salón en el que se efectuaba la grotesca sesión intimidatoria.

El país debe saludar con satisfacción la terrible derrota que puedan sufrir los más conspicuos exponentes de esa política «realista». Debe poner su esperanza en que tan dañino código ético, predominante en la política venezolana, sea suplantado por un código ético saludable. Pero debe estar atento para que esa suplantación no sea efectuada por un código ético fundamentalista, por un código de ayatollahs. No debe permitirse a un grupo de personas erigirse en santones determinantes de quiénes irán al infierno y quiénes al purgatorio, sobre todo cuando entre ellas se encuentran algunas que comen cordero con cubiertos.

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Quien no come con cubiertos es, evidentemente, Hugo Rafael Chávez Frías, la exacerbación cancerosa de la Realpolitik en Venezuela. Si alguien procura el poder por cualquier medio disponible—abuso, ventajismo, extorsión, violencia directa de las leyes y la Constitución—es el actual Presidente de la República, el más fundamental de nuestros fundamentalistas.

El fundamentalismo es una postura realmente simplista y muy peligrosa socialmente. Es la postura de Khomeini, es la que lleva a decretar la muerte de Salman Rushdie, es la que MacCarthy asumía en los Estados Unidos de los años cincuenta, es la que personificó Robespierre durante la época del Terror durante la Revolución Francesa.

Los resultados de la política fundamentalista en esa fase de la Revolución Francesa configuran una lección histórica que no conviene olvidar. Aun cuando, en teoría, la Revolución era un movimiento a favor de las clases más bajas de la sociedad francesa de fines del siglo XVIII, la distribución por clases sociales de las víctimas del Terror arroja un resultado paradójico y terrible: el 7 y el 8% de los guillotinados provenían, respectivamente, del clero y de la nobleza, en tanto que 31% pertenecía a la clase trabajadora, 28% era de la clase de los campesinos y un 11% adicional correspondía a la clase media baja.

Los procesos sociales guiados por un código fundamentalista tienden a salirse de control con rapidez, y de hecho son iniciados, muchas veces, bajo el manto de imagen de sus moralistas postulados por actores sociales que en realidad emplean técnicas de Realpolitik de modo disimulado. El puño de hierro dentro del guante de seda de Metternich. No es éste, por cierto, el caso de Chávez, que ni come con cubiertos ni usa guantes. Su protocolo, por lo contrario, pareciera regodearse en el descaro.

La sociedad venezolana debe sustituir el malsano código ético de la política «realista» por un código mucho más maduro que el de los santones fundamentalistas. Un código clínico, que libre por todos, que reconcilie a todos, que castigue y expurgue lo que es debido, sin incurrir en los excesos destructivos e hipócritas de una inquisición que sería incapaz de dar de comer a los venezolanos.

Después de agotar gestos dramáticos, un gobierno que se conformase con un despliegue de actos justicieros, pronto se vería en graves problemas. Los Electores necesitamos justicia, no hay duda. Pero la justicia que necesitamos, más que la justicia en contra de algunos muy culpables delincuentes, es la justicia a favor de las necesidades del pueblo. Además de la guillotina, ¿tiene otra cosa que ofrecer al pueblo el más notorio demagogo de la política venezolana?

LEA

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LEA #107

LEA

En su edición de ayer el diario Tal Cual hace referencia a un estudio auspiciado por la Fundación Konrad Adenauer, de la democracia cristiana alemana y de larga presencia en Venezuela. (A lo largo de los años ha sido sostén importante de los esfuerzos copeyanos y, principalmente, de la acción docente del Instituto de Formación Demócrata Cristiana, IFEDEC). El estudio es de ámbito latinoamericano, y se contrae a medir la calidad de la democracia en nuestros países, mediante índice empleado por la sucursal argentina de la fundación, que fue el centro de elaboración del estudio.

El hecho de que el índice más alto (10.242 puntos) fuera adjudicado a Chile y el más bajo (1.552 puntos) a Venezuela, pareciera sugerir que se trata de un estudio «sesgado» a favor de los países en los que las reformas liberales se han asentado mejor, y en contra de aquellos que, como Venezuela, han adoptado un perfil de lucha contra el «neoliberalismo salvaje» y el liderazgo norteamericano. Chile es, por supuesto, el país en el que esas reformas a favor del libre mercado han tenido más éxito. Todos los indicadores de progreso económico y social muestran que la segunda patria de Andrés Bello marcha a la cabeza de sus hermanos de América Latina.

Pero tal impresión acerca de un posible sesgo liberal se desvanece al notar que el antepenúltimo país de la clasificación es Colombia (3.054 puntos), que ha forjado estrechísima alianza militar con los Estados Unidos, al menos desde la época Pastrana-Clinton, y que en general mantiene una política económica de corte liberal. Son otros, por tanto, los factores que determinan la clasificación.

En particular ha recibido gran peso la consideración de la seguridad, al elaborarse un indicador de «condicionamiento de libertades y derechos por inseguridad». Es éste asunto el que llama la atención de la Fundación Adenauer. Así concluye: «la inseguridad se instala en la región como un elemento significativo de la valoración ciudadana del comportamiento de sus instituciones».

De modo más general el estudio observa: «Los países en crisis presentan un peligroso deterioro institucional, la democracia parece perder vitalidad; se la prefiere aunque se desconfía de su capacidad para mejorar las condiciones de vida; los partidos políticos están en el nivel más bajo de la estima pública; el Estado es mirado con expectativa y recelo a la vez y en algunos casos, el ímpetu democrático que caracterizó las últimas décadas del siglo pasado se debilita».

Como se trata de una evaluación genérica pudiéramos concluir que no somos los únicos—mal de muchos…—en exhibir una patología política tan preocupante, aunque no es nada estimulador conocer que si alguna vez fuimos paradigma de democracia en la región, ahora hemos conseguido la dudosa distinción del puesto 18, el último.

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FS #15 – Pensando la Política

Fichero

LEA, por favor

En diciembre de 1990 pude completar un estudio sobre El problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, de donde he tomado el extracto que compone la Ficha Semanal #15 de doctorpolítico.

El estudio en cuestión abogaba por las ventajas que un esquema similar al del college norteamericano podía aportar a un primer ciclo de educación superior, siempre y cuando pudiera desplazar su atención de lo clásico o canónico al estudio de los pensadores más recientes. Así, argumentaba en la siguiente dirección: «Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad».

Pero la intención del estudio, que prescribía un cierto pénsum para una «licenciatura de estudios generales» en tres años, no se limitaba a la sola formación de una moderna y redonda concepción del mundo. De este modo adelantaba: «No nos es lícito asumir la postura del griego, que contemplaba al mundo, sino la del romano que lo transformó, según la comparación de Hegel, que en algunas clasificaciones ocurre como pensador ‘de derechas’. No nos será suficiente comprender la realidad, si no logramos transformarla, como destacó Marx, alumno de Hegel y a quien algunas clasificaciones ubican a la izquierda. En el fondo ambos se habían topado con lo mismo, con una dualidad tan resistente como la historia. El hombre de pensamiento no puede eximirse de cooperar en la acción, pero tampoco el hombre de acción puede abstenerse de pensar. Sobre todo en una época como la actual, en la que el propio recambio paradigmático y epistémico induce a la incertidumbre conceptual, es criminal que aquél que vea lo que se puede hacer no procure que se haga, como es altamente peligroso que el que puede hacer rechace contemplar y entender lo que hace».

El trozo escogido para la ficha de esta semana corresponde a la parte final de la sección del estudio dedicada a los estudios sociales.

LEA

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Pensando la política

Desde el punto de vista político, esto es, desde la perspectiva de la actividad del hombre en la solución de problemas de carácter público, es importante llamar la atención al hecho crucial de una crisis en los paradigmas políticos operantes.

El texto de John R. Vásquez, The power of power politics (sin traducción castellana), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado.) Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes.)

Yehezkel Dror ha aportado un enfoque diferente. Dejando de lado el enfoque tradicional de la ciencia política, su interés se desplaza al de las ciencias de las políticas (policy sciences en lugar de political sciences). Por este camino ha podido proporcionar un bien estructurado es-quema de los modos concretos de arribar, con una mayor racionalidad, a «mejores soluciones» para problemas de carácter público. Es recomendable, al menos, el estudio de su libro Design for policy sciences.

La crisis del paradigma de la Realpolitik, junto con el despliegue de nuevos métodos para el análisis y configuración de las decisiones públicas debe desembocar en una nueva conceptualización de la actividad política. A nuestro juicio, el crecimiento de la informatización de la sociedad en su conjunto, exigirá un cambio importante en el modo de legitimación de los actores políticos. Un caso ilustrativo es el de la crisis del Partido Demócrata de los Estados Unidos de Norteamérica. William Schneider, en «Para entender el neoliberalismo», describe el cambio de este modo: «…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías.»… «La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija»… «En The New American Politician el politólogo Burdett Loomis emplea el término empresarial para describir la generación del 74.»… «De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva.» … «Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse.»

En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, resulta ser todavía el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos, como en el caso del difundido trabajo del IESA—El Caso Venezuela: una ilusión de armonía—la recomendación implícita es la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la actual crisis el manejo del conflicto.

Tal vez porque la etapa democrática venezolana es de cuño tan reciente, haya una resistencia, por ejemplo, al planteamiento de una «reconstitución política». La Constitución de 1961 es un hecho cronológicamente reciente. Como tal se la percibe como si fuese un dechado de modernidad, cuando en verdad viene a ser la última expresión de un paradigma político agotado.

Es por esto que resulta aconsejable incluir en un programa de estudios superiores no vocacionales una discusión sobre las nuevas direcciones y concepciones del quehacer político. Entre éstas, valdrá la pena, a nuestro juicio, examinar el nacimiento de una concepción «médica» de la actividad política, cuyo antecedente más próximo es la afirmación de Dror: «Policy sciences are in part a clinical profession and craft».

La política no es una ciencia: es una profesión. Es un arte, un oficio. Como tal, puede aprenderse. Del mismo modo que la medicina es una profesión y no una ciencia, aunque de hecho se apoya en las llamadas «ciencias médicas», que no son otra cosa que las ciencias naturales enfocadas al tema de la salud y la enfermedad de la especie humana. Es así como la política debe ser entendida como profesión, aunque existan ciencias «políticas», como la sociología, exactamente en el mismo sentido en que el derecho es una ciencia y la abogacía es lo que resulta ser la profesión, el ejercicio práctico.

La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente aumento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios importantes en los estilos de operación política. El Glasnost, más que una intención, es una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener discretamente oculta la mayoría de las decisiones políticas. Como hemos visto recientemente, hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto, son objeto de descubrimiento, casi instantáneo, por los medios de comunicación social.

Son condiciones muy diferentes aquellas que definen el contexto actual del actor político. El tiempo que separa la acción política de la evaluación política que de ella hacen los gobernados se ha acortado considerablemente, por señalar sólo uno de los cambios más determinantes. Es así como esta actividad humana atraviesa por un intenso período de reacomodo conceptual.

Si el paradigma médico puede servir para una reformulación de la actividad política, el concepto de qué es lo que puede ser descrito como una «sociedad normal» resulta ser noción central de todo el tema. Se trata de limpiar de carga ideológica y de pasión el acto evaluativo sobre el estado general de una sociedad determinada.

Por ejemplo, una definición de sociedad normal se verá expuesta a cambios de significado con el correr del tiempo, así como la definición de «hombre sano» ha variado en el curso de la historia. No puede ser la misma concepción de salud la prevaleciente en una sociedad en la que la esperanza de vida alcanzaba apenas a los treinta años, que la que es exigible en una que extiende la longevidad con las nuevas tecnologías médicas.

Del mismo modo, una cosa era la «sociedad normal» alcanzable a fines del siglo XVIII y otra muy distinta la asequible a las tecnologías políticas de hoy en día. Por ejemplo, es innegable el hecho de que la mayoría de las naciones del planeta exhiben una distribución del ingreso que dista bastante de lo que una «curva de distribución normal» describiría. Igualmente, la intensidad democrática promedio, aún en naciones desarrolladas, está bastante por debajo del grado de participación que las tecnologías de comunicación actuales permitirían.

Convendrá discutir, en el seno de este programa, sobre el tema de los límites psicológicos, tecnológicos y económicos de la democracia.

Psicológicos, porque no es dable pensar en una reedición literal de la asamblea griega clásica, en la que la agenda total de las decisiones públicas atenienses era manejada por la «totalidad» de los ciudadanos. Hay límites a la idoneidad del procedimiento democrático y hay decisiones, la mayoría de ellas técnicas, que son indudablemente mejor manejadas por los especialistas.

Tecnológicos, porque es la tecnología la que dibuja el borde de lo que es posible en principio. El avance de las redes de comunicación permite prever una mayor frecuencia de procedimientos de referéndum para una mayor gama de decisiones públicas. Y al entreverse la posibilidad la presión pública por acceder a ese grado de participación no se hará esperar.

Económicos, porque obviamente las instituciones políticas tienen un costo de inserción y un costo de operación. No es posible hacer todo.

Pero en cualquier caso, el cambio de paradigma político está en proceso. Retornamos a Schneider: «Los que solucionan problemas viven en una cultura política altamente intelectualizada que respeta la pericia y la competencia. Esto no significa que practiquen una política libre de valores. Varios miembros de la generación del 74 a los que entrevisté se sentían ofendidos cuando se les calificaba de tecnócratas, y prácticamente cada uno de ellos hacía demasiado hincapié en su compromiso con los valores liberales. Sin embargo, no los distinguen sus valores sino su manera de enfocar la política. Los que solucionan problemas practican una política de ideas. Los demócratas más tradicionales se consideran defensores; la suya es una política de intereses.»

Creemos que sería inconveniente enseñar, a los alumnos de un programa que aspira a ser distinguido por su contemporaneidad, una política que sólo se concibe como conciliación de intereses, cuando justamente esa política está dando paso a una política de ideas y soluciones.

LEA

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