por Luis Enrique Alcalá | Oct 28, 2004 | Cartas, Política |

El último día de 1930, Ambrogio Damiano Achille Ratti, natural de Desio, cerca de Milán, Italia, donde nació el 31 de mayo de 1854, residente del Estado-Ciudad Vaticano, actuando en su carácter de papa bajo el nombre de Pío XI, enviaba la encíclica Casti Connubi (Los castos esposos) a todos los Hermanos, Primados, Arzobispos, Obispos y otros Ordinarios Locales que disfrutaban la paz y la comunión con la Sede Apostólica, y a quienes, después de desearles salud y enviarles su bendición apostólica, les propuso lo que en términos católicos de la época era una considerable revolución. Pío XI declaraba en esa carta que «la mutua ayuda de los cónyuges» (lo que incluía el sexo), era uno de los dos fines primarios del matrimonio, siendo el otro la procreación.
A estas fechas eso no suena nada revolucionario. Hoy en día aceptamos lo sexual con mayor naturalidad y con sana alegría y gratitud por disponer del privilegio de tenerlo. Pero para 1930 la equiparación que Pío XI proponía era un gran avance respecto de caracterizaciones precedentes. Antes de Casti Connubi se reconocía un único fin primario del matrimonio: la procreación. Y lo que para Pío XI era la mutua ayuda de los cónyuges se tenía por fin secundario, y no se llamaba así, sino «remedio de la concupiscencia». (Concupiscencia: tendencia a pecar como herencia del pecado original de la primera pareja humana, el código «genético» de la humanidad. El matrimonio sólo ofrecía un alivio al escozor sexual, que sin el sacramento sería pecaminoso. La dignificación de lo sexual osada por Pío XI en 1930, aunque sugerida metafórica o alusivamente, constituyó una verdadera emancipación).
Pío XI no sólo hizo progresar la materia conyugal entre los católicos, sino que fue el verdadero arquitecto de la doctrina social de la iglesia en Quadragesimo Anno. Cuatro meses y medio después de Casti Connubi el papa despachaba esa avanzadísima encíclica social, bastante más atrevida y clara que la predecesora Rerum Novarum (Cosas nuevas), datada por León XIII cuarenta años antes, el 15 de mayo de 1891, y en cuya conmemoración fue escrita. En Quadragesimo Anno Pío XI se mostró como precursor de la «Tercera Vía» de Tony Blair, pues adelantaba proposiciones diferentes de las liberales y las marxistas a las que censuraba y condenaba sin disimulo.
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En materia de pecados políticos es importante saber contra qué pecamos. Tal vez en 2030, en conmemoración del primer centenario de Casti Connubi, algún papa pudiera plantarse para decir: «La Política siempre tendrá por uno de sus fines primarios la mutua ayuda de funcionarios y ciudadanos (lo que incluye la búsqueda del Poder), pero será asimismo fin primordial de la Política la solución a los problemas de carácter público».
Pero ahora precisamos de una formulación más radical y tajante, pre Casti Connubi, por así decirlo: «La Política tiene por fin primario la solución de los problemas de interés público, y el remedio a la concupiscencia del poder es un fin secundario». Porque es que el libertinaje político observable sólo atiende a la satisfacción de esa concupiscencia. Disimulada tras el disfraz de una ideología, con las caretas o coartadas de la libertad, la justicia social o la revolución, esa tendencia a la procura del poder es lo que prevalece. La Realpolitik.
De esa convicción de que la Política consiste en buscar poder mientras se impide al otro conseguirlo—letra pequeña: por todos los medios al alcance—participan todos los políticos convencionales, movidos a veces por la ingenua idea de que su misión es concertar una paz o pacto social para alcanzar valores, cuando éstos no son objeto de logro sino de empleo. Los valores son criterios para escoger políticas pero nunca metas concretables. No pueden serlo porque jamás dejan de ser necesarios, como dejan de serlo las metas alcanzadas. La libertad no se satisface jamás.
De modo que en el mejor de los casos tendremos políticos que persiguen realizaciones imposibles, y en el peor el más descarado pugilato por el poder. Nuestros políticos, cuando están de buenas, quieren suplir nuestras carencias objetivas con valores; cuando de malas, persiguen nuestro voto con tenacidad de mercadólogos o simplemente lo compran, lo extorsionan o lo adulteran. Necesitamos otros políticos, necesitamos otra Política. Necesitamos a quienes busquen las soluciones públicas por encima de la competencia.
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Ya es tarde para las elecciones regionales y municipales. Sobre el domingo último de este mes de octubre de 2004 está echada la tapa de la competencia nacional, que cierra la emergencia de la necesidad y la solución locales, con muy honrosas excepciones. Un candidato reparte favores al mejor estilo clientelar, aun antes de disponer de presupuesto público; el otro da permiso a una caravana de candidato oficialista, no sin advertir que considera tal actividad una provocación, pues el municipio por atravesar es claramente opositor, como él lo es. (Aunque resulte contradictorio que tengamos largo tiempo añorando que Puente Llaguno o la Plaza Bolívar caraqueña fueran territorio de todo el mundo). Éste busca legitimarse como gobernador porque está con el comandante del proceso; este otro nos anima a no dejar que «ellos» decidan por uno. («Ellos», los que están con el comandante del proceso). De resto, si soy gobernador o alcalde en busca de reelección, encuentro qué calles asfaltar a última hora y de qué postes colgar mi propaganda con mis eslóganes. Pura Realpolitik.
Hay quienes, por supuesto, guardan una cierta urbanidad a este respecto. Del lado no chavista se come Realpolitik con cubiertos. Se busca el poder, pero se procura desmentir que en esa búsqueda se emplea tácticas sucias, se pretende que sólo se juega limpio.
Del lado oficialista, en cambio, no se oculta ni el abuso, ni la ilegalidad ni el ventajismo. Por lo contrario, se anuncia que se jugará sucio. Hace unos cuantos años un periódico de circulación nacional publicaba el facsímile de dos cartas. Una era de un poderoso empresario nacional para un cierto banquero, a quien se le exigía una cierta retractación. La otra era la del banquero, capitulando ante la exigencia. Ambas cartas estaban evidentemente escritas en la misma máquina de escribir, aunque con membretes diferentes, por la misma secretaria. Era obvio que el texto de la capitulación había sido decidido por el vencedor, y que éste no buscaba ocultar ese hecho, sino todo lo contrario. Parecía estar en su interés que se supiera que podía torcer brazos y forzar voluntades. Así se comporta el gobierno nacional en Venezuela. Juega, como el que más, a la Realpolitik, sólo que en su caso se trata de un deporte extremo, sin límites.
Es en estas circunstancias cuando ahora parece darse una pleamar después de una prolongada bajamar abstencionista, provocada por un gobierno interesado en que se le sepa abusador y una dirigencia opositora incompetente, que exhibió la interpretación de fraude el 15 de agosto porque no quiso pagar el precio de su fracaso. Tal vez la nueva marea no sea suficiente para llenar la desecación provocada por las plañideras del fraude y por quienes mantienen cerradas unas cajas y anuncian transparencia desde sus persistentes opacidad y obstruccionismo. Si el domingo la abstención es grande, como vino siendo hasta el mentís del 15 de agosto, ya sabremos a quiénes echarle la culpa.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 26, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El 17 de septiembre de 1998 el diario La Verdad de Maracaibo, para el que escribía para la época con cierta regularidad, me publicó un artículo que llevó por título Tema de Estado. Se trató de una pincelada sobre el tema integracionista, que es una de mis más antiguas preocupaciones.
Por ejemplo, en estudio de 1986 sobre la condición del Estado venezolano y algunas prescripciones para su acomodo, formulé el problema en los siguientes términos: «Venezuela, en tanto Estado independiente, no tiene real viabilidad política o económica a largo plazo. No posee la escala poblacional necesaria como para sustentar una economía sólida y diversificada. No posee la potencialidad política como para ser realmente autónoma. La interacción entre países es dominada por actores de gran tamaño y nivel de desarrollo. En ese teatro político internacional, Venezuela tiene muy poca influencia y es, inversamente, vulnerada con gran facilidad… A esta insuficiencia podemos llamarla insuficiencia política constitucional, puesto que se refiere a una insuficiencia en la definición misma de Venezuela como Estado. La insuficiencia política constitucional es, asimismo, una causa fundamental de insuficiencia política funcional».
Y antes escribía, en 1984, al ex Ministro de Hacienda Arturo Sosa, hoy fallecido: «Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un ‘campo inteligible’ para el estudio histórico».
Y asimismo: «España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercarse más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: «…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…» (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810)».
Y finalmente: «Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar español. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubiesen faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos».
La Ficha Semanal #18 de doctorpolítico es el texto de «Tema de Estado», el artículo publicado en La Verdad.
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Tema de Estado
El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.
Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»
Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español… Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»
Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.
América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.
Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).
Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.
Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 21, 2004 | Cartas, Política |

Me dice un amigo: la colmena ciudadana, a juzgar por lo que me llega, parece estar inquietándose. Así le contesté:
«En efecto, Ricardo, más de una de las abejas del enjambre—la colmena es un hábitat distinto, más organizado y fabricador—se encuentra en estado africanizado. Pero también hay mucho repliegue, mucha retirada. Ambas cosas son normales, y por ende son previsibles. Y si son previsibles es bastante probable que hayan sido previstas, pues este gobierno hace su trabajo. Es decir, el gobierno ríe mientras fuerzas ultraconservadoras, ultraescuálidas, exiguas, se africanizan y están a punto de intentar guarimbadas o linarronadas, y mientras una parte muy considerable del resto de la oposición ha decidido que no irá a votar. Lo primero le da la oportunidad de aumentar su represión, lo segundo le reportará mayor cuota de poder regional y municipal. Y no hay uno solo de los ‘líderes’ de oposición que haya dejado de estimular ambas cosas».
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Uno de los errores más generalizados en la consideración de lo político es el de proyectar sobre otros, a veces sobre enormes conjuntos sociales, nuestra propia lectura de las cosas, nuestros deseos, y atribuimos a los demás con frecuencia estados de conciencia que son sólo propios de nosotros. A esto no escapan, a veces, los más sofisticados analistas y las más capaces cancillerías. Un caso clásico es el de Israel poco antes de la guerra del Yom Kippur. Los israelitas fueron tomados completamente por sorpresa, por cuanto pensaban, correctamente, que los árabes perderían en el terreno militar, como en efecto ocurrió. ¿Cuál fue entonces la equivocación? Que como los israelíes jamás habrían ido a una guerra que perderían militarmente creyeron que asimismo razonarían y decidirían sus enemigos y por consiguiente no serían atacados. Y la verdad fue que el mind-set cultural de los árabes permitía ir a una guerra para perderla deliberadamente… y así obtener ventaja en el terreno diplomático, que también fue lo que ocurrió.
Una precisa descripción de dinámicas interpretativas falsas de esta naturaleza la ofreció Yehezkel Dror—(Wolfson Professor of Political Science, The Hebrew University of Jerusalem)—en un libro que ya cuenta con la edad de Cristo: Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem. (Estados locos: un problema estratégico contraconvencional, 1971). Es un texto al que he hecho frecuente referencia en esta publicación. En entrevista concedida a fines de 1991 al Jerusalem Post, Dror comentaba sobre la conducta de Saddam Hussein. Así lo recoge Daniella Ashkenazy: «Saddam no es un loco en el sentido clínico, como a algunos les gustaría que creyéramos. Sus movimientos son impredecibles porque tiene un mind-set diferente que meramente parece loco a los occidentales.
Rehusándose a pensar lo impensable, los occidentales suponen que los estilos de confrontación se mantendrán dentro de limitaciones morales aceptadas».
Y en muchos de los juicios que los opositores de Hugo Chávez ofrecen, ese espejismo de atribuirle el mismo marco mental que usualmente empleamos, opera sobre la percepción y la interpretación de sus conductas, de modo equivocado y con consecuencias que frecuentemente trabajan a su favor.
Por ejemplo, a muchos resulta incomprensible que el Consejo Nacional Electoral, a todas luces controlado por el gobierno, se resista al conteo físico de las boletas que las máquinas de votación emiten. No nos entra en la cabeza que si tales máquinas fueron vendidas justamente a partir de su capacidad de imprimir comprobantes, a la hora de la verdad se impida el cotejo de éstos con las actas de votación. «Si supiéramos que somos ganadores»—razonamos—»lo primero que haríamos sería abrir las benditas cajas con las boletas, pues nuestro interés estaría en comprobar que ganamos limpiamente».
El punto es que Chávez no razona de ese modo. Una vez que tenía la certificación y aceptación internacional en sus manos—hasta Colin Powell le ha ofrecido aperturas recientemente desde Brasil—su interés era el contrario: prefería con mucho tener en la calle una oposición vocinglera y quejumbrosa cantando fraude, porque ninguna otra cosa debilitaría más a unas candidaturas regionales y municipales adversas a su proyecto, al entronizar una fortísima y casi irreversible propensión a abstenerse de votar en la clientela opositora.
Si a esto se añade alguna guarimba fuera de madre, alguna explosión, alguna locura violenta e ineficaz, pues mejor que mejor: Chacón y García Carneiro tendrán un día de fiesta.
De modo que es muy poco lo que puede hacerse por mantener los pocos muros de contención que quedan a escala de estados y municipios. Renuncias emblemáticas, como las de Ezequiel Zamora, William Ojeda, Liliana Hernández o Alfredo Peña; puestas en escena efectistas como la más reciente de Tulio Álvarez, que después de un mes no añadió nada a lo antes dicho y, al decir de algunos comentaristas, pareció estar más interesado en aparecer como el nuevo líder de la oposición una vez derrotado Enrique Mendoza; la imposibilidad casi total de acordar candidaturas unitarias en al menos un buen número de circunscripciones; todas estas cosas auguran un nuevo y resonante triunfo del gobierno el próximo 31 de octubre.
Pero el asunto cambia para mediados de 2005, cuando en principio a partir de julio deberemos tener las elecciones de Asamblea Nacional. Para ese momento es concebible un esfuerzo innovador, fuera de los paradigmas y esquemas de los actores políticos convencionales—sean éstos partidos u ONGs—fuera de los conceptos estratégicos esgrimidos desde fines de 2001 a fines de 2004, que sea capaz de capturar la mayor votación y colocar en la Asamblea una fracción mayoritaria.
Es hora de comenzar a trabajar seriamente, como gente grande, en la cristalización de esa posibilidad. Si bien es cierto que el propio Chávez no podría ser desplazado del poder hasta fines de 2006—su período concluye en enero de 2007—es cierto igualmente que el panorama político nacional cambiaría drásticamente si el gobierno perdiera el control del Poder Legislativo Nacional.
Para que tal cosa sea posible es preciso combinar varias nociones no convencionales, y tal vez la principal de éstas sea la de no buscar la estructuración de un movimiento que sólo atine a entenderse a sí mismo como oposición a Chávez. Cuando concluía el año de 1996, y Caldera gobernaba por segunda vez, el Partido Socialcristiano COPEI decidió que anunciaría al país las líneas maestras de su estrategia. Éstas fueron el trío de a) oponerse al gobierno de Caldera, b) deslindarse de Acción Democrática y c) continuar en política de alianzas con el MAS, la Causa R, etcétera. Como puede verse, las tres líneas estaban definidas en términos de actores externos a COPEI mismo, no acertaban a proponer ninguna referencia sustantiva respecto del propio partido, y de ellas brillaban por su ausencia los principales problemas del país. Si un grupo de candidatos pretende ser electo a la Asamblea Nacional, si pretende llegar a ser su mayoría, tendrá que centrar su oferta en una descripción del trabajo legislativo que haría allí, en un centrarse sobre aporte político real desde la instancia parlamentaria.
Si este grupo, por otra parte, está constituido por candidatos que porten un nuevo paradigma político, superior al discurso político convencional de poder y combate, entendido como misión ineludible de resolver problemas de carácter público, intentada ésta desde un ejercicio profesional responsable, éticamente constreñido, entonces, por añadidura, como subproducto inevitable, se dispondrá una acción que pueda refutar y superar el chavismo. Buscando lo esencial, lo que es primario de lo político, se resolverá lo acuciante.
Finalmente, esos candidatos no podrían venir impuestos por cogollos o transacciones de corte convencional. Cada uno tendría que estar, por su cuenta, soportado por un grupo de electores.
De estas tres condiciones, la central y dominante es la segunda: la presencia de un paradigma político no convencional. Esto es así porque la pertinencia programática exigida en la primera condición no podrá existir si se pretende actuar, una vez más, desde una perspectiva de Realpolitik y mediante un protocolo que sólo sabe transar o consensuar.
Lo que lleva a formular de una vez la tarea inicial: emprender un inmenso casting político en el país, en procura de rectas vocaciones públicas que quisieran expresarse en tarea de asambleístas, vocaciones que no padezcan de esclerosis paradigmática y que estén por tanto abiertas a un adiestramiento, a un trabajo técnico, a una preparación vino tinto bajo la guía del Richard Páez de la operación.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 21, 2004 | LEA, Política |

La semana pasada recibí por correo electrónico varios trabajos sobre temas políticos de cierta relevancia, algunos de bastante actualidad. Los enviaba su autor, quien muy decentemente ofrecía el modo de «desuscribirse» de sus envíos, en caso de que algún destinatario no quisiera recibir sus materiales.
Los trabajos en cuestión están bastante bien escritos desde el punto de vista del solo castellano, lo que de por sí es una característica refrescante, dado que en el intercambio electrónico normal lo que tiende a apreciarse es justamente todo lo contrario.
Su contenido es otra cosa enteramente distinta. Aunque a ratos ofrece datos interesantes, estadísticas pertinentes y asociaciones llamativas, resulta obvio de la lectura que el autor opera, casi como autómata, dentro de un marco interpretativo totalmente marxista. Puedo jurar que en uno de los trabajos se adelanta, con la mayor seriedad, la conjetura de que detrás de la demolición de la centenaria estatua de Cristóbal Colón el pasado 12 de octubre debe encontrarse la mano peluda de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana que, según el articulista, siempre ha estado interesada en sembrar divisiones étnicas en y entre «nuestros pueblos».
Con el mayor respeto, agradecí al remitente el envío de los trabajos e intenté mostrarle que tan peregrina hipótesis venía traída por los cabellos, y que un factor más inmediato y eficaz al estúpido estropicio del Día de la Raza es la prédica alucinada y seudohistórica del presidente Chávez.
Intenté asimismo sugerirle que el esquema interpretativo marxista era de suyo de un gran simplismo, visto que sus textos contenían explicaciones de complejísimos procesos sociales a partir de factores causales únicos, como si se tratase de una física newtoniana clásica, de una sencilla mesa de billar donde las interacciones entre las bolas que corren por su superficie están enteramente determinadas.
Le aconsejé que no desvalorizara sus exploraciones de sociólogo aficionado mediante el recurso a condenas efectistas. Había escrito, por ejemplo, que estaba indignado porque en una sesión de la OEA la presidenta en funciones había llevado el debate en inglés, en el seno de un organismo mayoritariamente latino. Llamé su atención al hecho de que su queja sonaba contradictoria en la pluma de quien, como él, escribía desde una dirección electrónica con servidor «usa.net».
Nada. De nada sirvió. Con la mayor tranquilidad contestó con más artículos, entre los cuales estaba uno en el que—juro de nuevo—aseguraba ahora que las siniestras maquinaciones de la CIA se asomaban tras la redacción específica que la Constitución de 1999 había dedicado a las tribus indígenas venezolanas. (Según el autor de los febriles textos, el haberse referido a las tribus locales con el cognomento de «pueblos» era un error terrible de los constituyentes del 99, seguramente influido por un lobby de espías estadounidenses, porque la doctrina de las Naciones Unidas entrevé la transformación de pueblos sin Estado en naciones con él. A este fin estaría trabajando la CIA, para afectar el proceso revolucionario con la hostilidad de próximas naciones como Pemonozuela o Waraolandia).
Al sujeto le resbala cualquier argumento. Provisto de una teoría simple pero totalizante, encontrará explicación estándar para cualquier cosa, y ninguna argumentación en contrario le inducirá a abandonar el papel de combatiente revolucionario intelectual que con tan evidentes orgullo y alegría ha asumido. Y el redactor de tales desvaríos explica que su formación viene de experiencias pedagógicas nacionales, mencionando por ejemplo al Instituto Ezequiel Zamora, en el que habría aprendido cosas que le permiten afirmar que la clave de nuestros problemas es que las burocracias de los países dominantes han decidido impedir el desarrollo de nuestras desvalidas naciones. Etcétera.
Desde un dogmatismo tan cerrado es imposible la lectura clínica de nuestra historia y nuestra actual dinámica. Pero ésa es la rigidez de la concepción que el gobierno de Chávez procura convertir en dogma docente nacional. Y después entroniza en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas a un director escogido en una votación en la que los obreros del instituto tienen más peso que los propios investigadores.
Si hay todavía quien crea que lo ideológico no es importante para Chávez, y que no es en ese terreno donde la batalla fundamental debe ser librada, no ha comprendido todavía cuál es el verdadero carácter de esta revolución que consagra una sociología tan uniforme y elemental, tan tapa amarilla.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 19, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
E. F. (Ernst Friedrich) Schumacher (1911-1977) fue considerado uno de los «economistas humanistas», por su constante interés en los aspectos humanos y sociales del desarrollo. Habiendo nacido en Alemania, se encontraba estudiando en Oxford a la ruptura de hostilidades que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra prestó servicios asesores a la Comisión Británica de Control en Alemania, así como también fue consejero del Consejo Nacional del Carbón en Inglaterra.
A pesar de esa inmersión en problemas de las economías de países avanzados, Schumacher desarrolló un interés especial por los países del llamado Tercer Mundo, cuyas peculiaridades tomaba en cuenta para sus prescripciones, las que contribuyeron a modificar los paradigmas primarios de la ayuda económica internacional. Conceptos tales como los de «tecnología apropiada», hoy de uso común en discusiones sobre transferencia de tecnología entre países de desarrollo desigual, se deben en gran medida a la prédica de Schumacher y a su labor en el «Grupo de Tecnología Intermedia» que fundó en su país de adopción.
Las principales doctrinas de Schumacher fueron recogidas en un pequeño libro que se convirtió en icono cultural de los años setenta: «Lo pequeño es hermoso» (Small is Beautiful, Harper, 1973). El subtítulo del libro es muy sugestivo: «La Economía como si la gente importara». (Economics as if People Mattered). En él cuestiona que el gigantismo sea un récipe de universal eficacia en materia económica: «¿Cuál es la escala apropiada? Depende de lo que estemos tratando de hacer. La cuestión de la escala es extremadamente crucial hoy en día, tanto en los asuntos políticos, sociales y económicos como en casi cualquier otra cosa. ¿Cuál es, por ejemplo, el tamaño apropiado para una ciudad? Y también pudiera uno preguntar ¿cuál es el tamaño apropiado de un país? Éstas son preguntas serias y difíciles. No es posible programar un computador y obtener la respuesta. Los asuntos realmente serios de la vida no pueden ser calculados».
Esta Ficha Semanal #17 de doctorpolítico se compone con fragmentos tomados del primer capítulo de la tercera parte de aquel libro, dedicado al tema general del desarrollo económico. Pudiera decirse que, en su conjunto, el libro de Schumacher es un discurso a favor de la diversidad cultural—antes de que la expresión fuese acuñada—y a favor de la libertad. En el capítulo que consagra a la discusión sobre el pronóstico del futuro, Schumacher declara: «Llego así a la alegre conclusión de que la vida, incluyendo la vida económica, todavía vale la pena vivirse porque es suficientemente impredecible e interesante».
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Para hacer milagros
Una tendencia malsana y perturbadora en casi todo país en vías de desarrollo es la emergencia, en una forma cada vez más acentuada, de una ‘economía dual’, en la que se dan dos patrones de vida diferentes, tan separados entre sí como si se tratara de dos mundos distintos. No se trata de que alguna gente sea rica y otra sea pobre, aunque unidas por una manera común de vivir: es un asunto de dos formas de vida que coexisten lado a lado de forma tal que incluso el más humilde miembro de un lado dispone de un ingreso diario que es un múltiplo grande del ingreso que obtiene aun el más diligente trabajador del otro grupo. Las tensiones sociales y políticas que surgen de la economía dual son demasiado obvias como para requerir descripción.
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Nuestros científicos nos dicen incesantemente que todo lo que está a nuestro alrededor ha evolucionado por pequeñas mutaciones coladas a través de la selección natural. Ni siquiera al Todopoderoso se le acredita la capacidad de crear algo complejo. Cada complejidad, se nos dice, es el resultado de la evolución. Sin embargo nuestros planificadores del desarrollo parecen pensar que pueden hacerlo mejor que el Todopoderoso, que pueden crear las cosas más complejas de un golpe por un proceso llamado planificación, haciendo que Atenea surja, ya no de la cabeza de Zeus, sino de la nada, completamente armada, resplandeciente y viable.
Por supuesto, es posible lograr ocasionalmente cosas extraordinarias y no convencionales. Uno puede llevar a cabo un proyecto aquí o allá con éxito. Siempre es posible crear pequeñas islas ultramodernas en una sociedad preindustrial. Pero tales islas tendrán que ser entonces defendidas como fortalezas y aprovisionadas, como por helicóptero, desde lejos, so pena de ser anegadas por el mar que las circunda. Independientemente de lo que ocurra con ellas, sea que funcionen bien como que lo hagan mal, producirán la ‘economía dual’ de la que he hablado. No podrán integrarse a la sociedad circundante, y tenderán a destruir la cohesión de esta última.
De paso podemos observar que tendencias similares ocurren aun en algunos de los países más ricos, donde se manifiestan como una tendencia hacia una urbanización excesiva, hacia las ‘megalópolis’, dejando, en medio de la prosperidad, grandes espacios de gente golpeada por la pobreza, ‘desertores’, desempleados e inempleables.
Hasta hace poco, los expertos del desarrollo rara vez se referían a la economía dual y a sus males gemelos del desempleo masivo y la migración masiva hacia las ciudades. Cuando lo hacían, meramente los deploraban y los trataban como algo transicional. Entretanto, se ha hecho ampliamente reconocido que el mero paso del tiempo no será el sanador. Por lo contrario, la economía dual, a menos que sea contrarrestada conscientemente, produce lo que he llamado un ‘proceso de envenenamiento recíproco’, por el que el desarrollo industrial exitoso de las ciudades destruye la estructura económica del hinterland, y éste toma su venganza con la migración masiva hacia las ciudades, envenenándolas y haciéndolas completamente inmanejables.
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¿Es que hay alternativa? Que los países en desarrollo no pueden prescindir de un sector moderno, particularmente cuando están en contacto directo con los países ricos, es algo que no se pone en duda. Lo que debe ser cuestionado es el supuesto implícito de que el sector moderno puede expandirse para absorber virtualmente a toda la población y que esto puede hacerse más bien rápidamente. La filosofía del desarrollo predominante de los últimos veinte años ha sido la siguiente: «Lo que es bueno para los ricos debe ser bueno para los pobres». Esta creencia ha sido llevada a extremos sorprendentes, como puede verse de la inspección de la lista de países en desarrollo en los que los norteamericanos y sus aliados, y en algunos casos también los rusos, han creído necesario e inteligente establecer reactores nucleares ‘pacíficos’ –Taiwán, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam, Tailandia, Indonesia, Irán, Turquía, Portugal, Venezuela– países todos ellos cuyos más abrumadores problemas son la agricultura y el rejuvenecimiento de la vida rural, ya que la mayoría de sus gentes empobrecidas viven en áreas rurales.
El punto de partida de todas nuestras consideraciones es la pobreza o, más bien, un grado de pobreza que significa miseria y degrada y lleva a la estulticia a la persona humana; y nuestra primera tarea es reconocer y comprender las limitaciones que este grado de pobreza impone. Una vez más, nuestra filosofía crudamente materialista nos induce a ver sólo las ‘oportunidades materiales’… y a ignorar los factores inmateriales. Entre las causas de la pobreza, estoy seguro, los factores materiales son enteramente secundarios –cosas tales como la falta de riquezas naturales, o la falta de capital, o una infraestructura insuficiente. Las causas primarias de la pobreza extrema son inmateriales, y tienen que ver con ciertas deficiencias en educación, organización y disciplina.
El desarrollo no comienza con bienes económicos; comienza con la gente y con su educación, su organización y su disciplina. Sin estos tres factores, todo recurso permanecerá latente, inexplotado, potencial. Hay sociedades prósperas que ni siquiera tienen las más exiguas bases de riqueza natural, y hemos tenido mucha oportunidad de observar la primacía de los factores invisibles después de la guerra. Todo país, sin importar cuán devastado estuviera, que tuviese un alto nivel de educación, organización y disciplina, produjo un ‘milagro económico’. De hecho, éstos fueron milagros para aquellos cuya atención estuvo puesta en la punta del iceberg. La punta había sido pulverizada de un golpe, pero la base, que es la educación, la organización y la disciplina, siempre estuvo allí.
Allí yace, entonces, el problema central del desarrollo. Si las causas primarias de la pobreza son deficiencias en estos tres rubros, entonces el alivio de la pobreza depende primariamente de la remoción de esas deficiencias. Aquí yace la razón por la cual el desarrollo no puede ser un acto de creación, por qué no puede ser ordenado, comprado, planificado de modo comprehensivo: por qué es que requiere un proceso de evolución. La educación no ‘salta’; es un proceso gradual de gran sutileza. La organización no ‘salta’; debe evolucionar gradualmente para adaptarse a circunstancias cambiantes. Lo mismo puede decirse de la disciplina. Todas las tres deben evolucionar paso por paso, y la tarea principal de la política de desarrollo debe ser la de acelerar esta evolución. Todas las tres deben ser propiedad, no meramente de una diminuta minoría, sino de la sociedad entera.
Ernst Friedrich Schumacher
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