CS #112 – Vuelta a la escuela

Cartas

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de «ciencias políticas», la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas «ciencias médicas», la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un «estado del arte» de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma «clínico» o «médico» de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos y su presión y exigencia sobre los actores políticos concretos. Es una apuesta ganada a largo plazo, pero podría adelantarse sus ganancias en situaciones críticas como la nuestra.

Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas (Albert Einstein: «La política es más difícil que la física»), se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los «politólogos» egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en Policy Analysis de la Corporación RAND—puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).

Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi y Allende, médicos; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como «combatiente» o «luchador», en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

No se trata de desconocer que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. («No se trata de eliminar el ‘combate político’, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto.… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los ‘luchadores’ políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social». Carta Semanal de doctorpolítico#51, 28 de agosto de 2003).

Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta Semanal de doctorpolítico, #50, 21 de agosto de 2003).

Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. («A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Michel Foucault propone la noción de episteme, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como ‘historia natural’. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la ‘teoría de las riquezas’, y entre la lingüística y la ‘gramática’ que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores». De «Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela», estudio del suscrito de diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica, a estas alturas superadas por el más fructífero de los siglos en física teórica. Así lo revelan expresiones tales como «fuerzas políticas», «vectores políticos», «espacios políticos». (Por ejemplo, la clásica pregunta: «¿Hay espacio para una nueva fuerza política?»)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, de la autorganización, etcétera. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.

El pensum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo, pues la dimensión ética—deontológica—de la profesión política es de grandísima importancia. Hacer política es nada menos que entrometerse con la historia.

Pero los elementos esenciales de una nueva concepción de la Política pueden ser empacados en forma más compacta y elemental. Cursos de la nueva Política, hasta cursillos, más breves y sinópticos, pueden hacer una enorme diferencia en la inyección de nuevos paradigmas en cabeza de quienes sientan el llamado de lo político. Es esto la clave para la superación de la actual coyuntura nacional. Como adelantaban Louis Pauwels y Jacques Bergier en la ya mítica década de los sesenta, se trata, en el fondo, de un «retorno de los brujos».

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LEA #112

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Continúa el desbrozo del terreno político venezolano, cada vez más yermo, a la espera del abono y la siembra. Organizaciones de corte más radical, que parecían beneficiarse del fracaso de soluciones «democráticas, pacíficas, electorales y constitucionales», como el señero Bloque “Democrático», son puestas en ridículo con algazaras como la escenificada a raíz de la «desaparición forzada» del coronel Silvino Bustillos. Su «aparición voluntaria» no ocurrió suficientemente a tiempo como para impedir una verdadera inundación de indignadas condenas y vestiduras rasgadas que ahora se desinflan sin siquiera la compañía de la vergüenza.

Así evalúa el asunto una habitué de la política de Internet: «De nuevo la sociedad civil es engañada por sus supuestos líderes. El Bloque Democrático nuevamente nos pone en zozobra, creando historias y haciendo que nos las creamos. Yo por mi parte no los sigo más, haré lo que he debido hacer desde un comienzo que no es más que trabajar y dejar de escuchar tantas estupideces y a sus estúpidos». El más puro «ninismo».

Crece y se asienta, pues, el desengaño con liderazgos autoungidos que han producido fracaso tras fracaso. La aguda analista Argelia Ríos lo diagnostica de este modo: «El viejo sistema de partidos, columna vertebral de la llamada IV República, ha quedado demolido, bajo un amasijo de escombros. Los desafíos que la oposición tiene por delante son en extremo exigentes. Demasiado como para despacharlos con artificios benignos… Al conformismo del enorme fragmento-país (casi un 60%) que, por causa de la calamitosa sucesión de fracasos acumulados, no se siente identificado con el chavismo, ni con la oposición. El mercado, pues, está disponible para la política escrita en letras mayúsculas». (El Universal, 7 de noviembre de 2004).

No han desaparecido, por supuesto, los tomadores de atajos. Premunidos de sus «oportunas advertencias», continúan predicando que la solución venezolana radica en la precisión con la que un proyectil 7.62 pueda toparse con una cierta verruga frontal, o en la identificación del «traidor apropiado» que, bajo el influjo de la adulación, pudiera ver sus agallas recrecidas, las que le impelerían a «cogerse el coroto». La estupidez es tenaz.

Pero cada vez son, gracias a Dios, menos numerosos y menos eficaces los predicadores de golpes, magnicidios y guarimbas. Lo que viene ahora es trabajo político de gente grande.

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FS #20 – Leyes y elecciones

Fichero

LEA, por favor

Alexis Charles Henri Maurice Clérel de Tocqueville (1805-1859) puede ser tenido como una de las mentes sociológicas de mayor penetración. En la obra que lo hizo famoso—La Democracia en América (1835-1840)—llegó incluso a anticipar la preponderancia de los Estados Unidos y de Rusia en el futuro, bipolaridad que no llegó a darse hasta un siglo después de la publicación.

Nacido en Verneuil, Francia, era de extracción noble, como la profusión de sus nombres atestigua. Habiendo comenzado sus estudios de leyes a los 18 años de edad, sirvió como magistrado en Versalles tres años más tarde bajo el reinado de Carlos X, cuyo gobierno fuera depuesto por la revolución de 1830. Junto con su compañero Gustavo de Beaumont solicitó al nuevo gobierno su traslado a América para un reconocimiento y evaluación de las instituciones penales en el nuevo continente. Tal cosa no era sino un pretexto para observar de cerca el desarrollo del sistema democrático norteamericano. La solicitud fue exitosa, y a Nueva York llegó con Beaumont en mayo de 1831.

Después de recorrer más de 11 mil kilómetros en Norteamérica—desde Canadá hasta Nueva Orleáns—regresó a Francia en febrero de 1832. Despachando rápidamente el informe sobre el sistema carcelario, comenzó a trabajar en su obra más conocida, cuya primera parte publicó en 1835. (La segunda parte fue editada en 1840). Nadie menos que el gran John Stuart Mill consideró que la extensa obra de Tocqueville representaba «el comienzo de una nueva era en la ciencia de la política».

Tanto fue el prestigio alcanzado por Tocqueville con la publicación que sobre él llovieron honores, y fue asediado para que regresara a la vida política. En 1839 fue electo a la Cámara de Diputados de su país, en la que sirvió hasta 1851, cuando se retiró de la vida pública para comenzar la escritura de L’Ancien Régime et la Révolution, cuyo primer volumen vio la luz en 1856. Sería el único tomo de lo que prometía ser su obra maestra.

El filósofo alemán Wilhelm Dilthey consideraba que Alexis de Tocqueville había sido «indudablemente el más ilustre de todos los analistas políticos desde Aristóteles y Maquiavelo». «La Democracia en América» pudiera ser considerada, con propiedad, como antropología política de calidad suprema, tantos son el rigor de su observación y la profundidad de sus conclusiones. No hay un autor norteamericano que haya podido superar el análisis de la sociedad estadounidense que aquel joven de veintiséis años construyese durante un viaje de nueve meses entre 1831 y 1832.

La Ficha Semanal #20 de doctorpolítico corresponde a un breve pasaje de «La Democracia en América», y es una muestra convincente de la penetración analítica de Tocqueville. En el trozo en cuestión—La influencia que la democracia americana ha ejercido en las leyes relativas a elecciones—alude a tres de los padres políticos de los Estados Unidos: Madison, Hamilton y Jefferson, a estos dos últimos para citarlos. El lector decidirá si las observaciones de Tocqueville pudieran ser pertinentes al caso venezolano.

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Leyes y elecciones

LA INFLUENCIA QUE LA DEMOCRACIA AMERICANA HA EJERCIDO EN LAS LEYES RELATIVAS A ELECCIONES

Cuando las elecciones recurren en largos intervalos, el Estado está expuesto a violenta agitación cada vez que tienen lugar. Los partidos hacen el mayor de los esfuerzos por alcanzar un premio que tan rara vez está a su alcance, y como el mal es casi irremediable para los candidatos que fracasan, las consecuencias de su decepcionada ambición pueden llegar a ser desastrosas. Si, por lo contrario, el combate legal puede ser repetido tras un breve lapso, los partidos derrotados se hacen pacientes.

Cuando las elecciones ocurren frecuentemente, su recurrencia mantiene a la sociedad en un perpetuo estado de febril excitación, e imparte una continua inestabilidad a los asuntos públicos.

Así, por un lado el Estado es expuesto a los peligros de una revolución, por el otro a perpetua mutación; el primero de los sistemas amenaza a la propia existencia del gobierno, el segundo es un obstáculo a una política estable y consistente. Los americanos han preferido el segundo de estos males sobre el otro; pero han arribado a esta conclusión más por instinto que por raciocinio; porque un gusto por la variedad es una de las pasiones características de la democracia. Una inestabilidad extraordinaria ha sido, por tales medios, introducida en su legislación.

Muchos de los americanos consideran a la inestabilidad de sus leyes la consecuencia necesaria de un sistema cuyos resultados generales son benéficos. Pero nadie en los Estados Unidos pretende negar el hecho de la inestabilidad, o argumentar que no sea un mal mayor.

Hamilton, después de haber demostrado la utilidad de un poder que pueda prevenir, o al menos dificultar, la promulgación de malas leyes, añade: «Quizás pueda decirse que el poder de impedir malas leyes incluye el de impedir las buenas; y que puede ser usado para un propósito como para el otro. Pero esta objeción pesará poco para quienes puedan estimar adecuadamente los daños de esa inconstancia y cambio en las leyes que constituye el mayor defecto del carácter y genio de nuestros gobiernos». (El Federalista, No. 73).

Y de nuevo en el No. 62 de la misma obra observa: «… La facilidad y exceso en la formación de las leyes parece ser la enfermedad a la que nuestros gobiernos están más expuestos… (Trazar los efectos perniciosos de la) inconstancia que en los concilios públicos surge de una rápida sucesión de nuevos miembros (llenaría un volumen). Cada nueva elección en los Estados cambia la mitad de los representantes. De este cambio de hombres sobreviene un cambio de opiniones (y de) medidas… (lo que) pierde el respeto y la confianza de otras naciones… envenena la bendición de la libertad misma… (y disminuye) el apego y la reverencia… del pueblo hacia un sistema político que revela tantas señales de enfermedad…)»

El mismo Jefferson, el más grande demócrata que la democracia de América ha producido hasta hoy, señaló los mismos males.

«La inestabilidad de nuestras leyes,» dijo en una carta a Madison, «es realmente un serio inconveniente. Creo que debiéramos obviarlo decidiendo que un año entero tenga que pasar entre la consideración de un proyecto de ley y su aprobación final. Después debiera ser discutida y puesta a votación sin posibilidad de efectuar alteraciones; y si las circunstancias del caso requiriesen una decisión más expedita, la cuestión no debiera ser decidida por una mayoría simple, sino por una mayoría de al menos dos tercios de ambas cámaras».

Alexis de Tocqueville

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CS #111 – Presidente ocioso

Cartas

Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión.

Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de «estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses» y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado.

Si éste es el héroe político que Rafael Poleo encarama en la portada de su revista «Zeta», si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que «la oposición» ha esperado tanto—el «ñero» Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos.

No poco de la motivación tras la peculiar arenga de Rosales deriva del puñal que presiona su carótida: la investigación de Danilo Anderson sobre su participación en el happening de Carmona Estanga. (En su caso no se trató de una firma descuidada sobre hojas sueltas que pudiera aducirse eran una lista de asistentes. Los videos le registran subiendo al estrado del absurdo, convocado por la voz enfebrecida de Daniel Romero y «en representación» de los gobernadores de estado, a cohonestar con su pública rúbrica el golpe del 12 de abril de 2002).

Los mercadólogos venezolanos saben desde hace tiempo que el Zulia, y especialmente Maracaibo, puede muy bien comprar una pasta dentífrica de marca diferente a la que el resto del país tendrá por favorita. Tan sólo este dato bastaría para explicar la íngrima figura de Rosales como gobernador de oposición. (De nuevo, Morel Rodríguez no cuenta. ¿Podemos imaginar una Asociación de Gobernadores de Oposición exclusivamente formada por Manuel y Morel?). Como de paso también el Zulia le dio su merecido al comandante Arias Cárdenas. Ya no pudo éste convencer a más de uno por ciento de los zulianos, y así recibió el castigo político reservado a los sinuosos, a las veletas, a las guabinas. Bravo, pues, por el bravo pueblo zuliano.

Pero Morel y Manuel son periferia marítima o lacustre. En el centro lo que queda ahora de territorio opositor es una suerte de estados pontificios que tendrán que firmar cesiones lateranas con ningunos otros que Chávez, Cabello y Barreto, ley de policía nacional mediante. Es decir, no puede esperarse eficaz liderazgo de oposición a Chávez desde el Vaticano de Chacao-Baruta y el Castel Gandolfo de El Hatillo, lo que en todo caso no sería la función propia de un alcalde submetropolitano.

De los juveniles de Primero Justicia tal vez quien haya alcanzado más proyección política es, paradójicamente, el perdedor Carlos Ocariz. A menos de cuarenta y ocho horas de las votaciones concedió la victoria a su adversario, no sin destacar que había perdido por sólo 1.500 votos. De los «tres justicieros» postulados a alcaldías caraqueñas—luego de que la mosquetera Hernández se retirara del centro de Caracas—fue el único que se midió en municipio de población mayormente proletaria, y estuvo a punto de ganar. Se ve claramente que hizo un buen trabajo.

Las notables bajas opositoras son, en orden creciente de relativa importancia, Eduardo Lapi en Yaracuy—quien estuvo a tirito de hacer lo que hicieron Liliana Hernández y Alfredo Peña: renunciar «a tiempo»—Enrique Mendoza—que pierde su única posesión política: el estado Miranda con el que estuvo tan larga e íntimamente identificado—y probablemente Henrique Salas-Roemer (Feo)—con cuya cesantía quedarían truncas las posibilidades políticas de la dinastía gallinácea de Carabobo.

Para propósitos prácticos, AD, COPEI y el MAS van desapareciendo progresivamente de todo menos de la Asamblea Nacional, a la que habrá que ver si pueden regresar a mediados de 2005. En realidad AD alcanzó a elegir a unos 50 alcaldes, COPEI a una veintena, Proyecto Venezuela a cinco y Primero Justicia a cuatro. Esto significa que la oposición en su conjunto, si se incluye una docena de otras alcaldías desperdigadas en varias opciones más pequeñas, bajó de 220 alcaldías a unas 90, para reducirse a 40% de su previo poder local.

La percepción de que sólo PV y PJ sobreviven es, pues, bastante inexacta. Desde el punto de vista de lo nacionalmente significativo, Proyecto Venezuela pudiera quedar reducido a Proyecto El Hatillo y sólo Primero Justicia podría exhibir algún otro logro vistoso, aunque muy constreñido geográficamente. Cuando Ocariz reconocía gallardamente su derrota, lanzado al futuro sobre la cifra de diputados regionales alcanzada por su partido, expuso con orgullo no poco conmovedor: «Nos convertimos en la segunda fuerza, por mucho además, en este gran estado Miranda». Segunda fuerza en uno de veintitrés estados: ése es todo el capital «justiciero».

Hay quien quiere establecer analogía entre Primero Justicia de hoy y COPEI de 1946, augurándole así futuro de poder. En el trienio adeco de 1945-48 la preponderancia de Acción Democrática era casi tan avasallante como la omnímoda dominación chavista. (Nunca llegó a los extremos de hoy. En aquel entonces las fuerzas armadas jamás llegaron a ser controladas como ahora, cuando se han convertido en partido militar: el teniente Cabello gobernador de Miranda, el general Acosta Carles gobernador de Carabobo (?), el capitán Blanco La Cruz gobernador de Táchira, etcétera. Y no existía PDVSA). Aun así COPEI pudo establecer una significativa base de operaciones en Mérida, Táchira y Trujillo, pues los andinos desplazados del poder central a la caída de Medina Angarita, especialmente los lopecistas, expresaron su repudio al adequismo que les había vencido votando verde.

Si Primero Justicia encarnase exactamente esa voluntad socialcristiana de poder, tendría que esperar no menos de los 23 años que transcurrieron entre la fundación de COPEI en la lavandería Ugarte y la primera llegada a Miraflores de Rafael Caldera Rodríguez. (Y habría que ver, por otra parte, si Julio Borges calza los puntos del patriarca fundador de COPEI).

………………

Es así como ya Chávez no tiene más trabajo en Venezuela. Algunas almas ilusas apuestan ahora a que Diosdado Cabello haga tan buen gobierno mirandino que pueda latirle en la cueva al Supremo. (Razonamiento parecido al que cifró sus esperanzas en «la cuña del mismo palo» que Arias Cárdenas representaba en 2000, al que vio en Luis Miquilena una suerte de Chapulín Colorado salvador y en el difunto Alejandro Armas un posible presidente transicional). De aquí a 2006 al menos, no hay absolutamente nadie que pueda disputarle a Chávez la próxima candidatura presidencial de los rojos.

¿Qué va a hacer Chávez, gladiador sin oponentes? Supremamente aburrido con Venezuela, cuyo manejo político confiará a algún lugarteniente de confianza—ya tiene el encargo el teniente Jesse Chacón desde el Ministerio del Interior y Justicia—volverá la mirada al exterior y tratará, con los bolsillos llenos, de extender la revolución «bolivariana» por el mundo. Pero primero lo intentará en Iberoamérica, la que a pesar suyo fue civilizada por España y Portugal. (Francia jamás civilizó nada en América «Latina», ni siquiera cuando Luis Napoleón intentó instalar en México a Maximiliano y Carlota de Austria).

Y he aquí que la reciente ola izquierdizante en América del Sur—además del mismo Chávez que inaugura la serie, Lula, Kirchner, Gutiérrez y ahora Vásquez—puede generar una dinámica paradójica. Pues, con la posible pero improbable excepción de Gutiérrez, ninguno de estos mandatarios se parece tanto a Salvador Allende como a François Mitterrand. Se trata de izquierdistas sensatos, más bien moderados. Es decir, paradójicamente, a la vocación transnacional de Chávez le iría mejor en la medida en que hubiese más presidentes derechistas en Suramérica, pues su protocolo de combate prospera cuando tiene enemigos. A Chávez no le resulta fácil concertarse con amigos. Vásquez, Gutiérrez, Kirchner y Lula no se dejarán naricear por Chávez, a quien tendrán por cabeza caliente.

Entretanto el país es un lienzo casi virgen políticamente, aunque no lo parezca. Un mes antes de las elecciones del pasado 31 de octubre Oscar Schemel preguntaba cosas a través de su encuestadora, Hinterlaces. Por ejemplo, preguntó por la confianza que los venezolanos tendríamos en los partidos políticos. (MVR incluido). Un 6% de los encuestados no quiso o no supo contestar, un 15% manifestó tener algo de confianza; y un 78% expresó que no confiaba en esas organizaciones. (Cuando se trata de asociaciones de partidos la cosa se pone peor. Un 85% dijo desconfiar de la Coordinadora Democrática, frente a sólo 9% que todavía para el 26 de septiembre confiaba en ella y 5% del que no se obtuvo respuesta).

Y Schemel también preguntó a los entrevistados cómo se definían (en pregunta abierta) en cuanto a posición política. La muestra arrojó estos resultados: chavistas, 36%; opositores, 11%; ni una cosa ni la otra (sino todo lo contrario) ¡52%!

Allí reside un enorme mercado de arranque para una nueva proposición política, la que en principio debe ser armada y ofrecida a todo el país, puesto que no deberá definirse como oposición ni como gobiernera. La salida no va a estar en cantidades, en repeticiones incesantes de acusación—llevamos tres años de constataciones al efecto—sino en sustancia, en factor cualitativo de refutación y superación. La solución no estará en correr—en el abandono de Ezequiel Zamora, Liliana Hernández y Alfredo Peña o el abstencionismo de Tulio Álvarez, ni siquiera en el muy sintomático adiós del guarimbero mayor: Robert Alonso—ni tampoco en encaramarse, como parece creer Manuel Rosales, sobre quien pende no la espada de Damocles sino la de Danilo.

Una clave nos la ofrece la física de comienzos del siglo XX. En 1905 Albert Einstein publicaba cuatro artículos miliares, entre ellos una interpretación cuántica del efecto fotoeléctrico. (Que fue por lo que la Academia Sueca se atrevió a concederle el Premio Nóbel en Física de 1921). Einstein tomó la noción cuántica de Max Planck y la aplicó al efecto fotoeléctrico: la emisión de electrones—corriente eléctrica—a partir de un material apropiado que reciba el impacto de fotones (luz).

Pues bien, Einstein mostró cómo es que el efecto en cuestión no depende de la cantidad de fotones que bombardeen un blanco de, digamos, selenio, sino de la frecuencia específica de los fotones incidentes, de su energía unitaria. Esto es, si un determinado material exhibe comportamiento fotoeléctrico a partir de un haz de luz verde, podremos alimentar con toda la potencia del sistema del Guri un haz de luz roja, que el fenómeno no se producirá.

O vienen actores políticos que sepan vibrar con la frecuencia adecuada y sepan transmitirla a los Electores, o no podrá superarse la semibarbarie chavista que ahora nos domina por todos lados. Es apuesta y fe personal de quien suscribe que esa excitación política de mayor calidad es perfectamente posible, y que podría evidenciarse por vez primera, si se hace el trabajo que es preciso, en los laboratorios de física electoral de la Asamblea Nacional, cuya renovación está prevista para mediados del año que viene.

Un evento político de esa clase doblaría campanas para 2006, y Chávez tendría que regresar de sus ilusiones continentales para asistir al deceso político de su propio experimento, si es que con igual tino pudiéramos escoger a un nuevo y correcto vehículo candidatural para postularlo a la Presidencia de la República. A juicio del suscrito, es posible reducir el chavismo a una minoría en la Asamblea Nacional, aunque no a partir de los fotones insuficientes de los partidos convencionales, Primero Justicia incluido, a menos que éstos supieran cambiar su frecuencia. Pero esto último es tan difícil—prácticamente imposible—que más valdrá formular una asociación política enteramente nueva. A esto comprometo mi esfuerzo.

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FS #19 – Capitalismo y democracia

Fichero

LEA, por favor

La revista Facetas, del Servicio Informativo y Cultural de los Estados Unidos, fue una extraordinaria publicación trimestral que dejó de existir a mediados de los años 90. De temática política y cultural, constituyó un estupendo muestrario de ideas y tendencias artísticas e intelectuales, en el que las grandes plumas contemporáneas norteamericanas encontraron cabida. Seymour Martin Lipset, Daniel Bell, Francis Fukuyama, Joseph Nye, Daniel Yergin, Arthur Schlesinger Jr., Samuel Huntington, Peter Drucker, entre muchos otros, poblaron las páginas de una revista—cuyo deceso es de lamentar—con agudas y actuales percepciones.

El contenido de esta Ficha Semanal #19 de doctorpolítico está tomado de un artículo publicado en el número 90 de Facetas, correspondiente al cuarto trimestre de 1990. Su autor es Michael Novak, filósofo de la religión y escritor, que a la sazón era Director de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad de Notre Dame. El artículo había sido publicado anteriormente en Commentary, muy importante revista de opinión editada por el American Jewish Committee.

Novak fue galardonado con el Premio Templeton para el Progreso de la Religión en 1994, y el 10 de febrero de 2003 disertó en la Ciudad del Vaticano—por invitación del embajador norteamericano ante la Santa Sede—sobre el tema «Guerra Asimétrica y Guerra Justa», referido específicamente a la «justicia» de una guerra contra Irak. En esa ocasión Novak argumentó a favor de la noción de que la guerra contra ese país debía considerarse justa, dado que, según su apreciación para el momento, Saddam Hussein tenía «los medios para desatar una devastadora destrucción sobre París, Londres, Chicago o cualquier ciudad de su elección en cuanto sea capaz de encontrar soldados de a pie clandestinos e indetectables para que lleven pequeñas cantidades de gas Sarín, toxina botulínica, ántrax y otros elementos letales hasta blancos predeterminados». Como sabemos todos a estas alturas, la premisa mayor de Novak resultó ser falsa, según se desprende del reciente informe de Charles Duelfer, el Inspector Jefe en Irak de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, en el que se establece que Hussein no disponía de las armas de destrucción masiva sobre cuya existencia se predicó la cruzada de Bush Jr.

En todo caso, la opinión de Novak en el artículo de Facetas—Tedio, Virtud y Capitalismo Democrático—suscitado en gran medida por el certificado de defunción de la historia que Francis Fukuyama expidiera, resulta ser tanto interesante como pertinente. Novak no se muestra demasiado de acuerdo con Fukuyama: «De este modo, incluso con el supuesto hegeliano tan dudoso de que la historia puede llegar a término, es de fijo un tanto prematuro anunciar que eso ha ocurrido ya. Las instituciones que realicen la triple liberación de la política, la economía y la cultura están aún por ser construidas en la mayor parte de la faz de la Tierra». Los cubanos, los venezolanos, y ahora los uruguayos, ya sabemos de cierto que las ideologías izquierdistas no han muerto todavía.

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Capitalismo y democracia

Es cierto que la comunidad en el sentido del sociólogo, la Gemeinschaft—aquella larga y estrecha vinculación con la vida pueblerina a lo largo de muchas generaciones entre personas de la misma fe e intereses familiares—es menos posible en las sociedades dinámicas y móviles. A pesar de ello, la antigua sentencia de que los seres humanos son animales sociales es válida claramente en las sociedades capitalistas. Se afirma que existe mucha soledad en tales sociedades, pero si se acepta que cierta soledad es inherente a la libertad personal, la mayor parte de las actividades económicas bajo el capitalismo contemporáneo—con sus comités, sus reuniones y sus consultas—no tienen otro carácter sino el asociativo.

Por último está la competitividad, reconocida universalmente como la cualidad suscitada por las sociedades capitalistas, pero casi siempre considerada un vicio. Empero es a la vez un centinela de la imparcialidad en la economía y una defensa contra la colusión monopolística no sólo en la esfera económica, sino también en los ámbitos de la ética y la religión, por no mencionar la política. Un famoso pasaje de El Federalista—las cartas de los Fundadores a los periódicos explicando la Constitución y apremiando a su ratificación—lo plantea así:

«La gran seguridad contra una concentración gradual de los distintos poderes en un mismo departamento consiste en otorgar a quienes administran éste los medios constitucionales y los motivos personales necesarios a fin de resistir las intervenciones de los demás. La defensa prevista en este caso, al igual que en todos, debe ser conmensurada con el peligro de ataque. Debe hacerse que la ambición contrarreste la ambición. El interés del hombre debe conectarse con los derechos constitucionales del lugar. Acaso refleje la naturaleza humana el hecho de que deban ser necesarias semejantes disposiciones para controlar los abusos del gobierno. Pero ¿qué es el gobierno sino el mayor de los reflejos de la naturaleza humana? Si los hombres fuesen ángeles, no sería preciso ningún gobierno. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres, no harían falta controles externos ni internos al gobierno». (Las cursivas son nuestras).

Desde el principio se pretendía que las sociedades democrático-capitalistas estuviesen construidas según la pauta del «sistema de la libertad natural». Quería implicarse que tal sistema pertenecería a todos los humanos, quienquiera que fuesen. Sería adaptable a las costumbres locales, las historias, las tradiciones y las culturas con sólo que éstas abriesen los caminos institucionales a las capacidades humanas universales de reflexión y elección: en la política, la economía y en el ámbito de la conciencia y la cultura. El sistema no estaba proyectado para judíos o cristianos nada más, ni para anglosajones o franceses; estaba proyectado para todos los seres humanos.

Esta pretensión no la descarta el hecho histórico de que las visiones y prácticas que en principio condujeron al desenvolvimiento de las instituciones necesarias surgieran por primera vez en tierras hondamente conformadas por las enseñanzas del judaísmo y el cristianismo. Por supuesto, no fue un accidente que el capitalismo democrático se realizara inicialmente en forma embrionaria en dichas tierras. Judaísmo y cristianismo son, en un importante sentido, religiones de la historia y, en consecuencia, de la libertad.

De acuerdo con esta visión filosófico-teológica, cada ser humano tiene dignidad, es sagrado en un sentido en virtud de su capacidad de reflexión y elección; una alianza en la cual se ingrese libremente es el modelo supremo al cual pueden aspirar las comunidades humanas. Se concibe la civilización como una ciudad ideal donde los hombres se tratan no mediante la fuerza o la coerción, sino con la conversación de la razón.

De estas creencias proceden, en última instancia, las palabras de Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia:

«Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los dotó de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que tan pronto como cualquier forma de gobierno se vuelve destructora de estos fines el pueblo tiene el derecho de alterarlo o abolirlo y de instituir un gobierno nuevo, estableciendo su fundamento en principios tales, y organizando sus poderes en forma tal, que en su concepto considere el más apto para proporcionar seguridad y felicidad».

No obstante, afirmar que de las convicciones de judíos y cristianos acerca de la naturaleza y el destino humano parece derivarse directamente un «sistema de libertad natural», no significa que las sociedades libres se restrinjan a quienes sustentan tales creencias, ni que los detalles de estas sociedades fueran elaborados, o sólo pudieran haberlo sido, por creyentes judíos y cristianos. La verdad es que muchos de los discernimientos y experimentos institucionales prácticos indispensables para el desarrollo posterior de las sociedades democrático-capitalistas los preconizaron primeramente las culturas paganas de Grecia y Roma y, más tarde, algunos que se oponían al judaísmo y al cristianismo. Por lo demás, en las décadas recientes, el éxito de Japón y otras sociedades ajenas a la órbita judeocristiana al emular el modelo democrático-capitalista de desarrollo ha proporcionado una demostración concluyente de lo que los Fundadores norteamericanos sostenían a propósito de la libertad natural; es decir, una libertad no sólo disponible para judíos y cristianos sino para todos.

¿Qué decir entonces del futuro? En 1948 sólo 48 países firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en tanto que hoy la lista de países ha crecido hasta 166. Se han realizado muchos experimentos de ideología y construcción de sistemas y se han observado sus deplorables resultados. En particular, la muerte del ideal socialista –cuando menos dentro de las sociedades socialistas, aunque no entre numerosos intelectuales y clérigos del mundo capitalista– parece haber despejado el camino para nuevas valoraciones y para el establecimiento de varias proposiciones.

1. Incluso bajo el poder de estados, policías secretas y torturadores, la conciencia individual ejerce su vigor e infunde al alma un sentimiento de derechos inalienables.

2. Alguna forma de gobierno democrático-republicano representa la protección más adecuada de estos derechos, el mejor recurso institucional para «asegurarlos».

3. Una economía libre es condición necesaria, aunque no suficiente, para la práctica feliz de la democracia.

4. Una vida moral y cultural libre—libertad de conciencia, de información y de ideas—es indispensable tanto para la democracia como para el desenvolvimiento económico.

5. Una economía libre, que conceda un lugar adecuado a la iniciativa económica personal y a las capacidades humanas para la creatividad, es el mejor medio sistémico para conseguir escapar pronto de la pobreza.

6. La causa de la riqueza de las naciones es, más que nada, la mente creadora—la invención, el descubrimiento, la iniciativa personal y en grupo—así como las instituciones libres que la sostienen.

Que todo esto avance hacia el reconocimiento y la aceptación universales es algo que resulta maravillosamente animador, pero tampoco hay que extremar el optimismo todavía. Los seres humanos siempre dicen que quieren libertad, pero—como decía Dostoievski—lo primero que hacen al obtenerla es devolverla. Por añadidura, mucho de lo que parece prometedor nunca llega a fructificar y en ocasiones surgen horribles males del que a primera vista parece ser un pueblo próspero y altamente civilizado.

Michael Novak

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