FS #22 – Alianza para el Progreso

Fichero

LEA, por favor

Cuando ni siquiera habían transcurrido dos meses desde la «inauguración» de John Fitzgerald Kennedy, de cuya muerte se cumplieron ayer 41 años, el presidente que sería asesinado delineó las ambiciosas proporciones de un programa de cooperación de los Estados Unidos con toda América Latina: la Alianza para el Progreso. Es claro que su fraterna actitud hacia nosotros se expresaba en él como prioridad. En su propio discurso inaugural, el 20 de enero de 1961, anunció que convertiría «en buenas acciones las buenas palabras de Estados Unidos, mediante una nueva Alianza para el Progreso, para ayudar a los hombres y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza».

Es así como un mes y 21 días después, el 13 de marzo de 1961, revela su propuesta estratégica ante los diplomáticos del continente en recepción ofrecida en la Casa Blanca. La Ficha Semanal #22 de doctorpolítico se compone de fragmentos de sus palabras a los representantes de nuestros gobiernos reunidos con esa ocasión.

La claridad y el realismo de Kennedy, su penetración hasta lo realmente importante, y su disposición al trabajo concreto, emergen luminosamente en ese discurso, pero por encima de todo sus horizontales y sencillas palabras evidenciaban el modesto y amistoso respeto que tenía por nosotros. En vez de imponernos un papel hegemónico pedía para la necesidad de aprender de nosotros: «Invitamos a nuestros amigos de América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos… Porque sabemos que tenemos mucho que aprender».

Después de leer ese su discurso, luego de constatar la grandeza y solidaridad de su perspectiva, la prontitud y el optimismo con los que acometió nuestros problemas, nos tienta un travieso y nostálgico juego de cuestionamientos imposibles. ¿Podría George W. Bush haberle ganado unas elecciones presidenciales a este hombre? ¿Habría llegado Chávez al poder en Venezuela si nuestras naciones hubieran vivido aquella vibrante década de los sesenta con el beneficio del aporte ofrecido por John F. Kennedy?

Nunca lo sabremos.

LEA

Alianza para el Progreso

Nuestra tarea es demostrar al mundo entero que la insatisfecha aspiración humana de progreso económico y justicia social pueden cumplirla mejor hombres libres que trabajen dentro de un marco de instituciones democráticas. Si esto logramos dentro de nuestro propio hemisferio, y para nuestra gente, nos será acaso dado cumplir la profecía del gran patriota mexicano Benito Juárez, de que «la democracia es el destino de la humanidad futura».

Por eso he hecho un llamamiento a todos los pueblos del hemisferio para que nos aunemos en una nueva «Alianza para el Progreso», en un vasto esfuerzo de cooperación, sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos, a fin de satisfacer las necesidades fundamentales de los pueblos de las Américas, un plan destinado a transformar la década del 1960 en una década de progreso democrático.

Quiero recalcar que solamente los esfuerzos resueltos de las propias naciones americanas pueden asegurar el éxito de esta empresa. Ellas, y solamente ellas, pueden movilizar recursos, alistar las energías del pueblo y modificar los patrones sociales, de modo que los frutos del crecimiento sean compartidos por todos y no sólo por unos cuantos privilegiados. Si se logra este esfuerzo, la asistencia del exterior dará un impulso vital al progreso; si no se logra, no habrá ayuda capaz de contribuir al bienestar del pueblo.

Si nuestra alianza ha de tener felices resultados, corresponde a cada nación latinoamericana formular planes de largo alcance para su propio desarrollo, planes que establecerían metas y prioridades; asegurarían la estabilidad monetaria; establecerían procedimientos para el cambio social vital; estimularían la industria y la iniciativa privadas, y facilitarían los medios necesarios para realizar un máximo esfuerzo nacional. Estos planes constituirían el fundamento de nuestro esfuerzo para el desarrollo, así como la base para asignar los recursos procedentes del exterior.

Debemos prestar apoyo a toda integración económica que verdaderamente logre ampliar los mercados y mayores oportunidades de competencia económica. La fragmentación de las economías latinoamericanas constituye un serio obstáculo para el desarrollo industrial. Ciertos proyectos, como el de establecer un mercado común centroamericano y zonas de libre comercio de la América Latina facilitarán el desarrollo.

Debemos acelerar inmediatamente nuestro programa de emergencia de «Alimentos para la Paz»; ayudar a establecer reservas de víveres en aquellas regiones de sequías recurrentes; proporcionar almuerzos a los escolares y ofrecer cereales forrajeros que fomenten el desarrollo rural. Porque el hambriento no puede esperar a que se celebren debates económicos o reuniones diplomáticas; su necesidad es urgente y su hambre es grave peso sobre la conciencia humana.

Todos los habitantes del hemisferio deben aprovecharse de las crecientes maravillas de la ciencia moderna; maravillas éstas que han captado la imaginación del hombre, han puesto a prueba su inteligencia, y le han facilitado los medios para un progreso rápido. Invito a los hombres de ciencia latinoamericanos a que colaboren con nosotros en nuevos proyectos en el terreno de la medicina y la agricultura, la física y la astronomía, y la desalinización, y a que ayuden a esbozar programas para los laboratorios regionales de investigación en estos y otros aspectos; y a que intensifiquen la cooperación entre las universidades del hemisferio.

Nos proponemos también ampliar nuestros programas de adiestramiento de profesores de ciencias, incluyendo en ellos a profesores latinoamericanos; ayudar a establecer tales programas en otros países de América y traducir y difundir materiales de enseñanza radicalmente nuevos, relativos a la física, la química, la biología y las matemáticas, en forma tal que la juventud de todas las naciones pueda contribuir con su talento al progreso científico.

Debemos acelerar el entrenamiento de los expertos que se necesitan para dirigir las economías de los países hemisféricos en rápido desarrollo. Esto requiere programas ampliados de adiestramiento técnico, para los cuales el «Cuerpo de la Paz», que actualmente se organiza entre la juventud de este país, estará a la disposición en cualquier sitio que se lo necesite. También requiere ayuda a las universidades latinoamericanas, a los institutos de investigación superior y a los institutos de investigaciones científicas.

Invitamos a nuestros amigos de la América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos. Necesitamos profesores versados en la literatura, historia y tradiciones latinoamericanas; necesitamos acceso a la música, al arte y al pensamiento de los grandes filósofos de América Latina. Porque sabemos que tenemos mucho que aprender.

Nos proponemos realizar la revolución de las Américas y construir un hemisferio en el que todos los hombres abriguen la esperanza de lograr niveles de vida adecuados, y en el que todos puedan vivir su vida en un ambiente de dignidad y libertad.

Esta libertad política debe aunarse a un cambio social. Porque a menos que se emprendan libremente las necesarias reformas sociales, inclusive la reforma tributaria y la reforma agraria; a menos que ampliemos las oportunidades para nuestros pueblos; a menos que las grandes masas del hemisferio participen en una creciente prosperidad, nuestra alianza, nuestra revolución, nuestro ensueño y nuestra libertad habrán fracasado. Pero pedimos un cambio social mediante hombres libres—cambio en el espíritu de Washington y Jefferson, De Bolívar y San Martín y Martí—, no un cambio que pretenda imponer las tiranías que hace siglo y medio derribamos. Nuestro lema es el que siempre ha sido: Progreso, sí; tiranía, no.

John Fitzgerald Keneddy

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CS #113A – País desconocido

Cartas

José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.

Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.

Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.

Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.

Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.

No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».

Más allá de lo criminoso hay estupidez de lo más reconcentrada. Ya Bush la había cogido con Irak antes del 11 de septiembre. La monstruosidad del primer acto hiperterrorista de la historia galvanizó su ánimo, y ha llevado a las muchas muertes que sabemos. ¿Qué podrá estar pasando ahora por el afiebrado cerebro de Hugo Chávez, cuyo carácter es de por sí agresivo y propenso a la violencia? ¿Es que los «estrategas» de esta aberración terrorista quieren justamente desatar su ira? ¿Es que visualizan una política de etarras, eternizada en asesinatos que no sólo son criminales sino enteramente ineficaces políticamente hablando? ¿Qué es lo que se quiere? ¿Darle pretexto a un gobierno abusivo para que su represión sea más dura, para que la mordaza de la ley de contenidos sea apretada más, para que el seguimiento de los casos llevados por Anderson redoble su saña?

Claro que la neurosis de etiología política que nos domina desde que Chávez llegó al poder no dejará de sospechar que el crimen fue justamente un montaje gubernamental, la fabricación de una coartada para acelerar la tendencia totalitaria, para enfebrecer a la revolución. Claro que el peligro ha subido grandemente—el «riesgo país» debiera recrecer de inmediato—pues algún grupo armado paragubernamental, de esos que no cogen línea ni obedecen instrucciones—aunque sí a veces consignas—pudiera escoger un blanco representativo como represalia, y tratar el espantoso incidente como un Sarajevo del año 14, como un insulto que debe ser contestado con otro asesinato, con guerra.

Cilia Flores apuntaba a los reporteros desde Los Chaguaramos, con toda la razón pero sin ningún derecho, que una cosa tan consternante no está en el carácter venezolano, dado naturalmente a la paz. Porque tal declaración, si no totalmente cínica, es verdaderamente insólita. No ha habido en toda la historia de esta pobre ex provincia española un gobierno tan dado a la siembra del odio y la violencia como el que ella defiende. La semiótica fundamental del gobierno chavista es esencialmente agresiva e intolerante.

Si el 11 de septiembre de 2001, si las decapitaciones vídeoregistradas y difundidas por Al Jazeera, si las mutilaciones de rehenes, si todo esto es tan dantesco y de una proporción que casi acaba con el respeto que por nosotros mismos tenemos como especie, uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que hacen los Estados Unidos para que un odio tan visceral y tan diabólico pueda habitar el corazón de bin Laden, los de sus kamikaze de líneas comerciales, los de radicales en Jihad que disparan a la cabeza de una mujer que dedicó su vida a trabajar por los iraquíes pobres.

Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.

Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?

LEA

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CS #113 – Epifanía verde

Cartas

El 3 de noviembre el Presidente del Partido Socialcristiano COPEI, Eduardo Fernández, dirigía muy importantes y pertinentes palabras a la dirección nacional de esa organización. Se trataba de un sincero y valiente mea culpa, no exento de claridad. Así dijo:

«Hace seis años la oposición se propuso como objetivo sacar a Chávez del poder. Seis años más tarde, Chávez está más atornillado que nunca en el poder, y la oposición más debilitada que nunca. Seis años son un lapso suficiente como para sacar conclusiones. Adoptamos una línea política hace seis años y hemos obtenido fracasos y fracasos, hasta el último, el 31 de octubre. Tenemos que analizar seis años de una política opositora equivocada: porque si el objetivo de la política de la oposición era sacar a Chávez y fortalecer a la oposición, hemos logrado exactamente lo contrario: Chávez está muchísimo más fuerte, dentro y fuera del país, y la oposición está mucho más débil, dentro y fuera del país. Pero, además, tenemos doce años de fracasos en COPEI. Vamos a abrir un debate sobre estas circunstancias».

Más adelante en su exposición opinó así:

«Hay dos ‘guarimbas’, que quisiera analizar. Una es el fraude: ‘no lo estamos haciendo mal, lo que pasa es que nos roban las elecciones’… Si eso fuera verdad, en nuestro análisis tendríamos que ver cómo hacemos para no ser tan bobos, que ganamos todas las elecciones y nos las roban… Aquí, ciertamente, hay mucho más ventajismo del que nunca antes habíamos tenido en la historia democrática de Venezuela y se ha presentado una cantidad grosera de irregularidades en materia de registro electoral y otros aspectos que son evidentes y están a la vista de todos. Pero la prueba de que sí se podía ganar, no obstante las terribles irregularidades, es que Morel ganó en Nueva Esparta y Rosales ganó en el Zulia; y que los alcaldes que tenían que ganar, ganaron… Aquí de lo que se trata es de tener votos suficientes para superar cualquier maniobra y donde no hay votos no hay para donde coger. El compañero que gana, lo hace con registro electoral o sin registro electoral… Hay que investigar a fondo las graves fallas presentadas por el Registro Electoral Permanente y el ventajismo del gobierno, que fue una cosa atropellante, grosera y sin precedentes. Pero, entiéndanme, como se demostró con Morel y con Rosales: cuando hay votos no hay manera de que nos roben las elecciones».

Y, lapidariamente, afirmó:

«……comenté con algunos amigos que lo indicado el 15 de agosto pasado era que el líder más caracterizado de la Coordinadora Democrática, el compañero Enrique Mendoza, asumiera la derrota, derrota que se venía venir, derrota que él conocía tan bien como yo, o mejor que yo, porque él veía las encuestas antes que yo, y asumiera la derrota, anunciando que la Coordinadora Democrática ponía sus cargos a la orden, para que otros se dedicaran a administrar el capital político impresionante que teníamos y que fue reconocido por el CNE—capital político que se debe en buena medida y sin ninguna duda al trabajo del propio Enrique… Nada menos y nada más que cuatro millones de votos, 40% del electorado que votó por el SI.… Yo nunca he visto un suicidio político más insólito que el que se produjo como consecuencia de aferrarnos, de la manera como lo hizo la oposición, a la tesis del fraude».

Estas últimas palabras no fueron proferidas con intención de convertir a Enrique Mendoza en cabeza de turco o chivo expiatorio, sino como preparación para su personal oferta de poner su cargo partidista a la orden, así como invitó a toda la dirección nacional de COPEI a hacer lo mismo, y a abrir una profunda, descarnada y constructiva reflexión para sacar consecuencias de los doce últimos años de barranco para el partido. De hecho dijo: «Y la responsabilidad principal es mía. Repito, aquí no estamos en un debate para buscar chivos expiatorios, pero si ustedes tienen ganas de encontrar uno, aquí estoy a la orden».

Pero también reivindicó haber hecho recomendaciones estratégicas que fueron desatendidas, y que coinciden milimétricamente con lecturas de esta publicación. Por ejemplo, dijo Fernández: «¿Cuál fue la segunda recomendación que hicimos como recomendación estratégica para la campaña del 31 de Octubre? Desnacionalizar el debate. Si manteníamos la lucha frente al 31 de octubre como una continuación del referéndum estábamos derrotados otra vez… como en efecto (ocurrió)… Hicimos de la campaña electoral una continuación del debate del referéndum revocatorio, y lo volvimos a perder». (En el número 101 de la Carta Semanal de doctorpolítico del 26 de agosto se decía: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado…»)

Muchas más cosas importantes, atinadas y claras dijo Eduardo Fernández el 3 de noviembre. Ahora bien, a pesar de su lucidez y su valentía, es difícil que el partido pueda recuperarse en tanto franquicia política. (Expresión que Fernández empleó). La marca COPEI puede estar irreversiblemente dañada desde el punto de vista mercadológico, y su definición como organización demócrata-cristiana puede contribuir a mantenerla anclada en una comprensión de lo político que ya ha sido rebasada por los fenómenos de lo que Alvin Toffler llamara la Tercera Ola. COPEI, como Acción Democrática, es partido de la Segunda Ola, de una conceptualización del «problema social moderno» en términos de la Revolución Industrial. Lo que ahora se requiere son organizaciones cualitativamente diferentes, y es prácticamente imposible, a estas alturas, recomponer a algo como COPEI para forzarle a una metamorfosis que le convirtiese en lo requerido. Tal como observara Marshall Mac Luhan, un sillón Luis XV puede encontrar acomodo dentro de un apartamento de decoración modernísima, pero un Macintosh G5 en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles lo reventaría. El ambiente nuevo puede contener lo viejo; el ambiente viejo no puede contener lo nuevo.

Pero otra cosa muy distinta son los hombres y mujeres de COPEI. En tanto estén vivos seguirán siendo, como cualquier persona, esperanzas de humanidad, especialmente si asumen la disposición a aprender de los errores que traslucen las gallardas palabras de Fernández. Es así como sus vocaciones políticas no están en absoluto muertas. Están allí para la mutación conceptual, para darse cuenta de que ahora hay que hacer cosas distintas de lo que vinieron haciendo, vistos los resultados de una práctica y unos paradigmas demostradamente obsoletos. Reagrupados junto con otras voluntades políticas que pueblan el país, dentro de un nuevo espacio y un nuevo concepto, podrían estar llamados a tareas importantes, tanto a escala nacional como local.

El caso particular de Eduardo Fernández es especialmente rescatable. No hay duda de que el país invirtió en él ingentes esperanzas y recursos, que la Nación no puede darse el lujo de desechar considerándole en desahucio. No hay duda de que empleó buena parte de esas esperanzas y esos recursos para formarse como un activo nacional de calidad considerable. Esa inversión sigue siendo susceptible de capitalización. Fernández está vivo porque aprende, está vivo porque toma conciencia y nota de sus aciertos tanto como de sus errores, así esto haya tomado, como él mismo apunta, no menos de una docena de años. Nunca es tarde para las epifanías.

LEA

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LEA #113

LEA

Reporta Max Blumenthal en AlterNet: «Sólo unos pocos días después del 11 de septiembre, un golpeado George W. Bush invitó a un pequeño grupo de líderes evangélicos a la Casa Blanca para que le ofrecieran consejo espiritual. Allí discutieron tranquilamente las Escrituras y las implicaciones del 11 de septiembre por unos momentos. Luego el antiguo presidente de la Convención Baptista Sureña, James Merritt, se dirigió al presidente con unas pocas palabras de estímulo. ‘Sr. Presidente, usted y yo somos compañeros creyentes en Jesucristo’, dijo Merritt. Bush movió su cabeza afirmativamente. ‘Ambos creemos que hay un Dios soberano en control de este universo’. Bush asintió de nuevo. ‘Ya que Dios sabía que esos aviones golpearían esas torres antes de que usted y yo naciéramos, ya que Dios sabía que usted estaría sentado en esa silla aun antes de que el mundo fuera creado, sólo puedo extraer la conclusión de que usted es el hombre de Dios para esta hora’, sentenció Merritt. Fue entonces cuando Bush bajó su cabeza y lloró».

En Caracas tenemos un presidente santero (a lo cubano), y que se siente encarnación de Bolívar, miembro del panteón de María Lionza; ni que hablar del fundamentalismo de raíz islámica, con sus conceptos de Jihad, o de la sociedad israelita que entiende tener un contrato específico firmado por una divinidad que le confiara que es su pueblo predilecto y elegido; ahora en la sociedad más racional y secularizada del planeta también el fundamentalismo con asiento religioso contribuye a la formación de su política.

Se habla ya de una fusión cristiano-sionista contra el Islam, más o menos en los términos siguientes: esas dos religiones tienen, naturalmente, un origen común—comparten todo el Antiguo Testamento—aunque difieren en cuanto a la identificación de Jesús de Nazareth como Mesías. Pero más importante que la raíz, y más determinante para la conformación de un espíritu de cruzados es su coincidencia a futuro: es decir, los judíos esperan una venida del Mesías; los cristianos también esperan lo mismo, aunque en su caso la llamen una segunda venida. Y en ambos casos la expectativa es apocalíptica. Falta la conclusión final: la idea de que la batalla de Armagedón es ya, ahora, y que el enemigo es el Islam. He allí el peligro de este neofundamentalismo occidental. Samuel Huntington (The Clash of Civilizations) transmutado en profeta religioso de escatologías belicistas.

No es que Condoleezza Rice deba ser entendida como una ayatollah cristiana, pero no deja de preocupar que el más moderado Colin Powell haya sido sustituido por ella para servir a la política de un presidente que, con menos sofisticada cabeza, sí es propenso a arrebatos místico-políticos. (La propia Rice había observado el año pasado que la Secretaría de Estado no convenía a su carácter algo belicoso. Hubiera preferido robarle el cargo de Defensa a Donald Rumsfeld, con quien ha mantenido una constante competencia, llena de alguno que otro desencuentro de mutua agresividad).

Entretanto, al inicio de la toma de Fallujah, un enviado de la Deutsche Welle, situado a escasos dos kilómetros de la línea de choque, reportaba el impresionante rugido que erizaba su piel. No eran los cañones, sino un extenso estruendo de voces: el unánime grito de «Alá es grande».

El mundo se nos está poniendo marcadamente peligroso.

LEA

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FS #21 – De amigos y enemigos

Fichero

LEA, por favor

El Dr. Aníbal Romero, Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar, es autor de una importante colección de estudios sobre el campo de su pasión académica y existencial. De prosa incisiva y clara, sus trabajos resultan iluminadores y no pocas veces anticipatorios. Por ejemplo, en febrero de 1999, al momento de la asunción de Hugo Chávez al poder en Venezuela, escribía: «Lo interesante del caso de Chávez consiste en el hecho de que su concepción de sí mismo es la del portador de un ‘cambio’, mas en realidad representa una regresión. Por un lado, el personalismo político conducirá a deteriorar aun más el ya muy lesionado esquema de la institucionalidad democrática; por otro lado, su nacionalismo y anti-imperialismo, así como su visión populista de la sociedad y la economía, nos arrastrarán por el ya trillado y fracasado sendero del estatismo y la demagogia. La relación caudillo-masa sustituirá, paulatina o rápidamente, los correajes institucionales, y las prácticas populistas en lo económico acelerarán el ya pronunciado empobrecimiento de una sociedad confundida, violenta, y negada a admitir las verdaderas causas de su penosa situación». (El Paroxismo del populismo, ponencia en el seminario ¿Sigue vigente el populismo en América Latina?, de la Fundación Pensamiento y Acción, recogida en Aníbal Romero: Decadencia y Crisis de la Democracia, Editorial Panapo, Caracas, 1989. Antes, en el mismo texto, había enumerado los rasgos fundamentales del «nasserismo militar» de Hugo Chávez: nacionalismo, anti-imperialismo, populismo y personalismo).

En el libro Estudios de Filosofía Política (Panapo, 1998), el Dr. Romero nos introduce al pensamiento de importantes pensadores de lo político. A mi gusto, uno es particularmente pertinente al momento venezolano actual: el pensamiento de Carl Schmitt, a quien el profesor Romero dedica el capítulo Teoría política e historia. Reflexiones sobre Carl Schmitt.

Schmitt (1888-1985) es un curiosísimo caso de la filosofía política reciente, por cuanto sus postulados principales llaman la atención de cuarteles disímiles y contrapuestos, incluso cuando se trata de corrientes implacablemente atacadas por su amargo discurrir. De preferencias marcadamente conservadoras—católico alemán—parecía llevar una trayectoria de «tercera vía» a la manera socialcristiana, dado que refuta por igual al liberalismo y al marxismo, lo que ciertamente es lo que hacen Rerum Novarum de León XIII y Quadragesimo Anno de Pío XI. Pero Schmitt es, por sobre todo, la expresión más lúcida de Realpolitik, pues a fin de cuentas reduce lo político a la determinación del eje existencial «amigo-enemigo». De hecho, su feroz crítica al liberalismo se afinca en el diagnóstico de que los liberales querrían ignorar de un todo esa distinción. Por este camino Schmitt terminó afiliándose nada menos que al partido nazi. Luego de la conclusión de la guerra emergió relativamente incólume, y dedicó buena parte de su tiempo a recuperar su prestigio dañado.

Es por esto que resulta curioso constatar que su análisis, que viene como anillo al dedo a proyectos como el chavista, puede ser aplicado por igual a buena parte de la oposición al chavismo, así como es sorprendente que campos enfrentados, como el neoconservatismo de George W. Bush y lo islámico, se dejen fascinar por las cínicas ideas de Schmitt.

Por ejemplo, Alan Wolfe (Profesor de Ciencias Políticas en Boston College) ha escrito recientemente (Un filósofo fascista nos ayuda a comprender la política contemporánea, The Chronicle of Higher Education, abril de 2004): «Dados el estridente antisemitismo de Schmitt y sus nada ambiguos compromisos con los nazis, la continua fascinación de la izquierda con él es difícil de comprender». Pero asimismo Wolfe declara: «Para entender qué es hoy peculiar del Partido Republicano uno necesita primero conocer acerca de un oscuro y muy conservador filósofo político. Su nombre, no obstante, no es Leo Strauss, quien ha sido ampliamente citado como el gurú intelectual de la administración Bush. Pertenece, en cambio, a un pensador menos conocido pero en muchas formas más importante llamado Carl Schmitt». Luego de registrar que Schmitt destaca que «los liberales se sienten incómodos con el poder y por esto critican más la política que involucrarse en ella» y de pronosticar que «los conservadores ganarán prácticamente todas sus batallas políticas porque son la única fuerza en América que es verdaderamente política», Wolfe concluye: «No en vano la elección de 2004 ha suscitado tanto interés. Estaremos decidiendo, si Schmitt es alguna guía, no sólo quién gana, sino si trataremos al pluralismo como bueno, el desacuerdo como virtuoso, la política como constreñida por reglas, la equidad como posible, la oposición como necesaria, y el gobierno como limitado».

Pero al mismo tiempo un activísimo y profundo intelectual del Islam, S. Parvez Manzoor, se siente atraído ineludiblemente por Schmitt. (La Soberanía de lo Político: Carl Schmitt y la Némesis del Liberalismo). Así dice: «Para los musulmanes, que se hayan en el extremo desfavorecido de la polémica civilizatoria, la lección de Carl Schmitt es precisamente la naturaleza política del orden mundial, la duplicidad de sus instituciones y la mojigatería de sus cruzados morales. El universalismo es la máscara que esconde el semblante de la hegemonía y el poder es el derecho del elegido».

¿Qué hay de particular en este pensador nacional-socialista que convenga por igual a islamistas e izquierdistas, a conservadores y nasseristas? La glosa analítica del Dr. Romero nos presenta la médula del pensamiento de Schmitt. La Ficha Semanal #21 de doctorpolítico corresponde a buena parte de la sección cuarta del capítulo dedicado a Schmitt en Estudios de Filosofía , una lectura decididamente recomendable. Los trozos en cursiva son escritura de Schmitt en su obra fundamental: El Concepto de lo Político.

LEA

De amigos y enemigos

Lo político es aquello que tiene que ver con lo decisivo de la existencia, y lo decisivo es, precisamente, la afirmación existencial frente al «otro»: «La oposición o el antagonismo constituye la más intensa y extrema de todas las oposiciones, y cualquier antagonismo concreto se aproximará tanto más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo». Lo político tiene una esencia pero no una sustancia propia, ya que todos los ámbitos de la realidad, el religioso, el económico, el moral, etc., devienen en ámbitos políticos si esa «oposición decisiva», esa «agrupación combativa» entre amigos y enemigos tiene lugar. Una vez que esa intensificación de la conflictividad se produce, alcanzamos el plano de la decisión existencial, es decir, de lo político:

«…cualquier antagonismo concreto se aproximará más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo… Por sí mismo lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de hombres… La cuestión no es entonces otra que la de si se da o no tal agrupación de amigos y enemigos como posibilidad real o como realidad, con independencia de los motivos humanos que han bastado a producirla… En cualquier caso es política siempre toda agrupación que se orienta por referencia al «caso decisivo». Por eso es siempre la agrupación humana que marca la pauta, y de ahí que, siempre que existe una unidad política, ella sea la decisiva, y sea «soberana» en el sentido de que siempre, por necesidad conceptual, posea la competencia para decidir en el caso decisivo, aunque se trate de un caso excepcional».

Schmitt insiste que la guerra como tal no es el fin u objetivo de la política, sino su presupuesto, es decir, la opción que siempre está presente como posibilidad real, y que «determina de una manera peculiar la acción y el pensamiento humanos y origina así una conducta específicamente política». No obstante, es claro que su moral (pagana) subyace a su visión de lo político y le empuja inevitablemente a una concepción bélica de la política, una concepción para la cual lo que en última instancia está en juego es la posibilidad de la muerte física de seres humanos, muerte que, sostiene Schmitt, no puede justificarse por motivaciones de tipo normativo sino estrictamente existenciales:

«La guerra, la disposición de los hombres que combaten a matar y ser muertos, la muerte física inflingida a otros seres humanos que están del lado enemigo, todo esto no tiene un sentido normativo sino existencial, y lo tiene justamente en la realidad de una situación de guerra real contra un enemigo real, no en ideales, programas, o estructuras normativas cualesquiera. No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos. La destrucción física de la vida humana no tiene justificación posible, a no ser que se produzca, en el estricto plano del ser, como afirmación de la propia forma de existencia…»

Lo paradójico de estas aseveraciones de Schmitt es que las mismas parecieran expresar una preocupación humanitaria, cuando en realidad son una manifestación particularmente importante de la lucha de Schmitt contra el liberalismo y la moral tradicional, más específicamente contra la tendencia—que Schmitt, como hemos visto, atribuye al liberalismo—a escapar de lo político y su exigencia existencial. Semejante pretensión, sostiene Schmitt, es fútil y contradictoria, ya que cuando la misma se concreta se convierte en una pretensión política, como ocurriría, por ejemplo, si la oposición pacifista contra la guerra llegase a ser tan fuerte que le llevase a una guerra contra los no-pacifistas; a una «guerra contra la guerra», lo cual no haría otra cosa que demostrar «la fuerza política de esa oposición», al agrupar a estos campos en el rango de amigos y enemigos. La importancia que para Schmitt reviste la afirmación de lo político como afirmación existencial—que a su vez requiere la permanente opción de distinguir entre amigos y enemigos—, le conduce a cuestionar la «guerra contra la guerra» y la absolutización del enemigo que tal meta implica. Este tipo de guerras presuntamente idealistas, impulsadas por motivos «nobles» y «puros», son a la hora de la verdad las más crueles, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales. Los liberales, que normalmente pierden de vista la realidad de lo político y el imperativo de decidir, reaccionan de manera extrema cuando se topan con un desafío radical que les obliga a hacerlo, y convierten la guerra en cruzada moral, a través de la cual el enemigo real es transformado en enemigo absoluto al que se trata de aniquilar. Frente a esta concepción no-política de la distinción amigo-enemigo, Schmitt reivindica la del «partisano», el guerrillero pre-marxista al que califica de «telúrico», que limita la hostilidad y no absolutiza a su enemigo. Paradójicamente, explica Schmitt, Lenin se une al liberalismo al transformar a su enemigo en enemigo absoluto, al que se combate en una guerra civil a escala mundial de la que eventualmente emergerá como vencedor el comunismo, cuyo propósito final es crear una sociedad perfecta sin amigos ni enemigos. Schmitt defiende al partisano que protege su pedazo de tierra al que le une un lazo autóctono, pero condena a todos los que, como Lenin y los liberales, sueñan con eliminar la razón de ser de lo político y neutralizar la diferencia existencial. En síntesis, Schmitt condena tanto al liberalismo, por su presunta tendencia a emprender guerras que absolutizan al enemigo y pretenden su destrucción, así como a los marxistas como Lenin, que quieren construir una sociedad perfecta, objetivo que lleva al mismo resultado de la cruzada liberal: a la desaparición del enemigo y en consecuencia de la posibilidad de la diferencia.

Aníbal Romero

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