por Luis Enrique Alcalá | Jul 21, 2005 | LEA, Política |

La polémica presidencial-cardenalicia ha servido para opacar un extraño desarrollo político que ya lleva un cierto tiempo andando. En su mejor estilo, el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela una vez más apela al insulto para intentar la neutralización de una crítica a su gobierno. Al fondo de las afirmaciones de Rosalio Castillo Lara no se refirió en absoluto: por más ruidosa que sea su insolencia ésta no es sino una forma de silencio.
Pero le vino a Chávez muy bien la entrevista al Cardenal, pues encubre un poco el anómalo y recentísimo proceso de su desvinculación ya desesperada de la ineficacia e ineficiencia de su gobierno. Es ahora Chávez quien denuncia que sus ministros no hacen lo debido, o quien se ofrece para hacer el aseo urbano de Caracas.
Debo admitir que equivoqué un pronóstico. Pensaba que Chávez esperaría ganar las elecciones de 2006 para una vez más reconfirmado adelantar la primera gran purga stalinista, la revolución cultural maoísta de su gobierno. Creía que había pensado en ella para reducir marcadamente lo que queda de civil en su régimen, en movimiento estratégico que maximizara la obediencia militarizada de su administración.
Pero no, ahora parece sentir que la requiere como maniobra táctica de campaña electoral. Que no pudiendo ir más allá de lo que ha hecho en materia de su pelea con el norte, y careciendo de enemigo local, necesita ahora al enemigo interno para seguir peleando.
¿De qué otra manera entender que descalifique en estos momentos a prácticamente todo su tren ministerial y administrativo? ¿Creerá realmente que asumiendo funciones de recolector de basura—de «náufrago», tal vez—aumentará la eficiencia de un gobierno que ha empeorado absolutamente todos los índices económicos y sociales del país? ¿No fue él quien nombró, confiado en su idoneidad, a todos los funcionarios a los que ahora fustiga?
¡Cómo habrá sentido su vulnerabilidad electoral, él que es tan astuto hombre de campaña, como para que ahora haga de oposición a su propio gobierno!
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 19, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Un año antes de la caída de Pérez Jiménez, el psicólogo social León Festinger desarrollaba su teoría de la disonancia cognoscitiva. Con esta conjunción de términos se refería a la tensión psicológica incómoda que se deriva de sostener simultáneamente en la conciencia dos nociones conflictivas o mutuamente excluyentes. Como demostrara Festinger experimentalmente, puede emplearse una disonancia de esta clase para producir cambios cognoscitivos o aun actitudinales. Por ejemplo, si alguna persona tiene un prejuicio, digamos, contra los esquimales, y lee una hermosa poesía que ignora ha sido escrita por un esquimal, luego de apreciarla y elogiarla sufrirá una disonancia cognoscitiva cuando se le informe sobre el grupo étnico del autor, lo que pudiera llevarle a desechar su prejuiciada postura.
Con un trabajo de abril de 2003 (El Bolívar de Karl Marx), no un psicólogo social venezolano, sino un abogado de la República, el Dr. Carlos Eduardo Gómez R., desata una mayúscula disonancia cognoscitiva en el campo chavista, empeñado simultáneamente en el culto a Bolívar y la fe en un socialismo del siglo XXI que todavía pretende identificar sus raíces en el pensamiento de Marx.
En efecto, el Dr. Gómez desentierra una obra editada en Barcelona (España) hace cuarenta y cinco años para mostrar cómo es que a Carlos Marx el Libertador le caía particularmente mal. Bastan las citas que hace Gómez del artículo que Marx escribiera sobre Bolívar en una enciclopedia norteamericana de su época, para darse perfectamente cuenta de cómo la personalidad y obra de nuestro Libertador molestaban íntimamente a Marx, tanta es su mezquindad y tan patente su animadversión a la hora de juzgar al héroe.
Agradezco al Dr. Carlos Eduardo Gómez, de reconocido prestigio en las lides del Derecho Civil y Mercantil, y de no pocas agudeza y penetración en la interpretación política, la gentileza de permitirme la reproducción de su elegante y mesurado—y travieso—artículo, que compone íntegro esta Ficha Semanal #55 de doctorpolítico.
LEA
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El Bolívar de Karl Marx
No mucha gente conoce una pequeña publicación de Ediciones Ariel fechada en Barcelona en 1960, bajo el título «Revolución en España». En ese delgado tomo se condensan algunos artículos periodísticos y otros de enciclopedia, escritos por Marx o Engels entre 1854 y 1873.
Dentro de ellos destaca el texto escrito por Marx para la New American Cyclopedia, como acápite de la voz «Bolívar». Para entonces ya había sido publicado el Manifiesto Comunista (1848) y probablemente trabajaba Marx en el material para El Capital. El interés de la publicación, desde luego, no es el conocer la historia del Padre de la Patria sino, más bien, destacar el pensamiento del autor acerca de algunos aspectos que él incluye dentro de los temas españoles, aspectos que reflejan su punto de vista cuando apenas había transcurrido algo más de veinte años desde la muerte de Bolívar.
La primera impresión que se lleva el lector es que Marx omitió completamente la mención a uno de los perfiles más importantes de la figura del Libertador, cual es su aporte al pensamiento político latinoamericano, limitándose a una narración de los sucesos resaltantes de la campaña libertadora, pero destacando con particular insistencia visiones negativas acerca de la personalidad o la conducta de Simón Bolívar. Para quien admire la figura del Padre de la Patria resulta particularmente chocante la calificación como «Napoleón de las retiradas», que pone Marx en boca de Manuel Piar. Siendo el escritor un ideólogo político, sorprende que se hubiera limitado a una narración de sucesos, sin un análisis del contenido filosófico de la revolución libertadora y, sobre todo, que no se hubiera siquiera referido a conceptos tales como el panamericanismo, que necesariamente tienen que haber destacado en el ideario político de aquel momento; de tal forma que, a menos que lleguemos a la conclusión de que para Marx el ideario de nuestra gesta emancipadora no merecía ni siquiera una mención referencial, no resulta fácil explicar el por qué de esta carencia.
Lo llama «Bolívar y Ponte», confundiendo sus apellidos con los del padre del Libertador, en un texto que desde el comienzo está escrito en un tono despectivo hacia la figura de Bolívar. Así, pretendiendo demostrar el carácter huidizo de éste, Marx refiere la entrega de la plaza de Puerto Cabello, al comienzo de la guerra, como el alzamiento de un grupo de españoles que Miranda había enviado presos a la fortaleza. Bolívar, dice, «pese a disponer de una guarnición numerosa que oponer a los desarmados prisioneros, así como un arsenal bien provisto, embarcó precipitadamente aquella noche». Quien se moleste en comparar esta versión con la de Augusto Mijares, encontrará que Bolívar combatió durante siete días y que fue sólo cuando quedaban cuarenta hombres a su lado que decidió abandonar la plaza.
Para acusarlo de deslealtad, Marx denuncia a Bolívar como uno de aquellos quienes entregaron a Francisco de Miranda, y con gran simplismo lo narra así: «El 30 de julio llegó Miranda a La Guayra, (sic) con la intención de embarcar en un navío inglés. En su visita al comandante de la plaza, coronel Manuel María Casas, se encontró con una numerosa compañía de la que formaban parte don Miguel Peña y Simón Bolívar, los cuales lo convencieron que se quedara en el domicilio de Casas por una noche. A las dos de la madrugada, cuando Miranda dormía profundamente, Casas, Peña y Bolívar entraron en la habitación, se apoderaron cautelosamente de su pistola y de su espada y le despertaron ordenándole violentamente que se levantara y vistiera; lo encadenaron y entregaron a Monteverde». Para Marx, esta felonía le valió a Bolívar la concesión de un pasaporte que le permitió partir para Curazao bajo la recomendación de Monteverde: «la solicitud del coronel Bolívar debe ser satisfecha en atención a sus servicios prestados al Rey de España con la entrega de Miranda». Omite el autor comentar la carta que escribiera Monteverde al Ministro de Guerra español, pieza clave para la interpretación histórica de estos acontecimientos. El contenido de esta misiva, que parcialmente copia Rumazo González, es el siguiente: «No hallándome con tropas suficientes y respetables, no juzgué militarmente y pasé por las armas a Miranda y a los que con él trataron de fugarse con los caudales del Estado; y ésa fue la razón poderosa que tuve para disimular y dar pasaportes a tres o cuatro…»
En muy pocas líneas sitúa Marx a Bolívar de nuevo en Caracas, olvidando mencionar la importancia de la Guerra a Muerte y la asombrosa Campaña Admirable, que preceden a su regreso. Al referirse al título de Libertador lo califica como una autoproclama, que junto con el carácter de dictador se asignó, rodeándose «del fasto de una corte».
Al adentrarse en los sucesos del año 1814, vuelve a describir un Bolívar presuntuoso y cobardón que al enfrentarse con Boves «Tras breve resistencia huyó a Caracas». La Huida a Oriente, en la cual fue necesario guiar y proteger veinte mil civiles, que cruzaron las selvas vírgenes y los pantanos que separan Caracas de Barcelona ante el horror de la invasión de Boves, es referida por Marx como una simple retirada del ejército. Comenta el autor los ocho meses que pasó Bolívar en Jamaica como de una actividad organizativa en procura del apoyo inglés, que termina con la inclusión de Luis Brión en las filas patriotas; pero nada dice acerca de la «Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla», más conocida como la Carta de Jamaica, tal vez el mayor resumen del pensamiento político y de los sueños del exilado, indispensable para cualquier fin histórico-crítico, eliminando así la referencia a documentos sin cuyo análisis poco puede decirse de los aspectos humanistas del Libertador.
El episodio del fusilamiento de Piar da a Marx nuevas razones para mostrar a un Bolívar ganado por la bajeza y, sobre todo, para endilgarle un desmedido afán de poder y un liderazgo fundamentado casi exclusivamente en su buena fortuna: «Bolívar contaba con 9.000 hombres bien armados y equipados y provistos de todo lo necesario para la campaña. Pese a ello, a fines de 1818 Bolívar había perdido una docena de batallas… Se sucedieron entonces las defecciones y todo pareció acercarse a la ruina completa. En ese momento una combinación de afortunadas casualidades volvió a transformar la faz de las cosas».
Las menciones peyorativas son un ritornelo en el texto de Marx; durante el año 1820, desde el punto de vista militar se produce la campaña del Magdalena, desde el punto de vista social se produce el decreto sobre la libertad de los esclavos y desde el punto de vista político el armisticio firmado entre Bolívar y Morillo; sin embargo, para Marx, «Pese a la gran superioridad numérica de sus fuerzas, Bolívar consiguió no conseguir nada durante la campaña de 1820». Según Marx, la campaña de Quito y la batalla de Pichincha se ven así: «La campaña que terminó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, fue nominalmente dirigida por Bolívar y el General Sucre, pero las escasas victorias conseguidas por el ejército fueron totalmente obras de oficiales británicos, como el coronel Sands».
El Congreso de Panamá es visto por Marx como un deseo de Bolívar para «la integración de toda Sudamérica en una república federal con él como dictador». La percepción de que Bolívar sólo perseguía su interés, se resalta en estos párrafos dedicados a narrar el Congreso de Ocaña: «convocado por Bolívar con la intención de modificar la constitución en beneficio de su poder».
Hoy, frente al sincretismo chavista que pretende nexos de unión entre las ideas de Bolívar y la concepción marxista, se me antoja pensar que, entre otras por razones cronológicas, Bolívar no hubiera podido ser marxista, pero que tampoco Marx hubiera sido bolivariano.
Carlos Eduardo Gómez
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 14, 2005 | Cartas, Política |

En el número anterior de esta Carta Semanal de doctorpolítico se daba cuenta de cómo las principales encuestadoras nacionales registraban una fuerte tendencia abstencionista (en el orden de 60%) de cara a las venideras elecciones municipales del 7 de agosto. Consultores 21, por ejemplo, ofrece una medición según la cual sólo 45,3% de los electores consultados en sus más recientes estudios tiene la convicción de que irá a votar. Datanálisis, por su parte, mide 60% que pudiera no ir a votar, y su Director, Luis Vicente León, habla de una «caída estrepitosa» del interés en lo político: ahora sólo 42% de los venezolanos estaría interesado en lo político, cuando hace apenas seis meses esta motivación estaba presente en las dos terceras partes de la población electoral. Estas cifras no son nada demasiado anormal, si se toma en cuenta elecciones realizadas cuando no había tanto descrédito asociado al organismo electoral. (Medido por Consultores 21 con un 45,6% de electores que cree habrá algún tipo de fraude el 7 de agosto y sólo 39,7% que espera elecciones limpias). En las elecciones municipales del 3 de diciembre de 2000 hubo una abstención considerablemente mayor: el 72,6% de los electores no votó.
Pero también confirman las encuestas otro rasgo que hace que las uvas electorales sean vistas como muy verdes por los ojos de la oposición. Mientras la suma de preferencias por Primero Justicia (9%), Acción Democrática (6,7%) y COPEI (1,5%) llega a 17,2%, la aceptación del Movimiento Quinta República se sitúa en 41,7%, para una ventaja de 24,5 puntos porcentuales. (Consultores 21). He allí el verdadero fondo del problema. Si se lleva el asunto a las perspectivas para 2006, la encuestadora mide 53,7% de confianza en Hugo Chávez, contra 22,6% a favor de líderes de oposición. Esto es, una ventaja actual de 31,1%. Es ésa la distancia a recortar para las presidenciales del año que viene.
De nuevo, salvo los líderes de los partidos opositores con candidatos a las elecciones del mes próximo, no muchas voces formadoras de opinión prescriben la asistencia a las urnas. La mayoría predica la abstención. El periodista Unai Amenábar, por caso, establece una analogía entre el voto y el ahorro, para argumentar que si un banquero le roba sus ahorros no le confiará más su dinero y del mismo modo no irá a votar para evitar el escamoteo de su sufragio, el que procederá a guardar bajo el colchón. (No hay otra banco distinto del Consejo Nacional Electoral).
Alianza Popular, por su parte, de modo muy coherente con su línea estratégica, arguye así: «La originalidad de Chávez ha sido, precisamente, conseguir que en Venezuela el acto de votar pierda este valor esencial de elegir y en esas condiciones no creemos en la elección. La triste experiencia del referéndum revocatorio es una demostración palpable de esta infamia. Violentando groseramente la Constitución y las leyes, se le arrebató al voto de los ciudadanos su sentido y razón de ser. Ahora, a pesar de las numerosas voces de alerta que desde hace tanto tiempo vienen advirtiendo sobre el montaje de esta nueva trampa sin precedentes, a pesar incluso de las 5 razones técnicas explicadas hasta la saciedad por la organización civil SUMATE, miles de candidatos de partidos de la oposición se presentarán a la farsa electoral del próximo 7 de agosto. Una opción que los venezolanos con conocimiento de la realidad política y con verdadero compromiso con los valores éticos de la política, de la democracia y de las elecciones de ningún modo podemos compartir. Los principios constitucionales de la libertad y la participación no se pueden negociar a cambio de unos pocos cargos burocráticos. Ni en los concejos municipales y las juntas parroquiales ahora, ni en la Asamblea Nacional en las elecciones parlamentarias de diciembre, ni nunca en cualquiera otra elección». (Alianza Popular, se recordará, es el movimiento fundado y liderado por Oswaldo Álvarez Paz, a quien la encuestadora CECA-CIFRAS atribuye 17,2% de intención de voto a su favor, muy cerca de Diosdado Cabello con 21,1%. En cambio, Consultores 21 mide 15,8% para el Gobernador de Miranda, no tiene a Álvarez Paz en su pantalla y registra 16,3% para Julio Borges. Cosas de encuestadoras).
Es así como todavía hay quienes creen que hace casi un año hubo más votos revocatorios que conservatorios de Chávez. Es una matriz de opinión que sembró con grandes eficacia e irresponsabilidad la Coordinadora Democrática, en la esperanza de salvarse. Esto último no lo logró, pero sí la castración de la fe política de buena parte de los opositores de Chávez.
Pero hay unas cuantas voces que se atreven a una argumentación diferente. Fausto Masó, por ejemplo, sale al paso de las actitudes que publican la crónica de una trampa anunciada: «El discurso abstencionista y la división de la oposición le garantiza al chavismo una victoria abrumadora. Además, hoy la oposición es minoría, lo cual cambiaría con facilidad con una buena campaña electoral. En las elecciones parlamentarias de diciembre, con observadores internacionales de los cinco continentes, el chavismo ganará sin hacer trampas».
Antonio Pasquali, por su lado, esboza esta tesis: «Hay señales agoreras para las administrativas de agosto próximo. Sin embargo, si la oposición votara masivamente se le desafinaría a la autocracia el epinicio que piensa entonar. Eso daría ánimos a la oposición para diciembre. Si en diciembre ésta ganara más terreno con otra votación masiva, una victoria en diciembre de 2006 comenzaría a perfilarse como algo nada irreal. Al ritmo al que avanza la descomposición del régimen y del país, y con una oposición compactada alrededor del civil más apto para llevarse un 20% del voto chavista, esa victoria sí pertenece al reino de lo posible».
Pero ahora hay un desarrollo más preciso en el campo abstencionista. Hasta ahora pudo criticarse a éste que no pasaba de una formulación meramente negadora, de postular un ayuno, una anomia, un forfeit que entregaría todo al régimen de Chávez. Ya no más. El ingeniero Alejandro Peña Esclusa ha propuesto acciones más específicas, según lo registra el semanario digital «El Informe Cifras». (Asociado a la encuestadora CECA-CIFRAS que fue objeto de análisis en esta publicación la semana pasada).
Peña Esclusa receta la aplicación descentralizada de una desobediencia civil: la formación—son los números que usa a título de ejemplo—de cinco mil focos de desobediencia activa con doscientos ciudadanos cada uno, dispersos por todo el territorio nacional. El pintoresco líder garantiza que, primero, el gobierno no podrá reprimir o reducir una desagregación tal de la desobediencia y que, segundo, tal situación «provoca inevitablemente una factura militar». Es como una carambola imperdible en un universo newtoniano clásico.
Además indica que esta gran operación—cada foco deberá tener «un jefe, encargados de propaganda, encargados de organización, operaciones, grupos de legítima defensa, logística»—tendrá que ser emprendida «preferiblemente este mismo año y antes que el régimen haya materializado su milicia paralela, bien entrenada y equipada».
El esquema es totalmente iluso. Si se tratara sólo de provocar esta guarimbada por franquicias antes de que la milicia de cien mil efectivos esté lista, por más inmadura que ésta sea se encuentra en mayor apresto que cualquier avispero cívico por construir. Por otro lado ¿quién dijo que el gobierno se chupa los dedos en esta materia? ¿Quién dijo que le entraría con ejército regular o aun milicia uniformada y entrenada a un esquema asimétrico? ¿No es justamente el gobierno el gran organizador de la asimetría? ¿No lleva también ventaja en esto de organizar unidades y células a escala de barrios, urbanizaciones y parroquias? ¿No lo acaba de demostrar al oponer a los manifestantes de la Universidad Santa María ante la Asamblea Nacional, no ya efectivos de la Guardia Nacional que tendrían—gracias a Dios y a Jesse Chacón—instrucciones de no dispararles, sino una turba de «simpatizantes» del gobierno que les atacaron con palos, sillas y vasos? (Donde algo se bebía, como es protocolo obligado en cualquier aglomeración de partidarios del régimen).
Todo un libro escribió Peña Esclusa sobre la nueva táctica, a la que califica orgullosamente como «totalmente constitucional». Claro, después olvida esta virtud al describir un «consejo de regencia» que sucedería a Chávez luego de que se creara con la aplicación de su récipe la «crisis político-militar»: «Los candidatos para ese consejo de regencia o junta cívico militar serán los militares valientes que se dignen a hacer cumplir la constitución y en el lado civil, pues aquellos individuos que hayan demostrado su capacidad y una trayectoria impecable en los gremios donde pertenezcan, como educación, derecho, salud. Individuos reconocidos como hombres honestos y que se hayan ganado el aprecio de la población. Que ellos acompañen a los militares que decidan hacer valer la constitución. Después de estabilizar el país los partidos políticos podrán lanzar sus candidatos y participar en elecciones». Como se ve, ya no tan constitucional.
Hay que recordar que Peña Esclusa fue probablemente el más denodado proponente del paro, como la única salida eficaz a la terrible inconveniencia de Chávez. Debe reconocérsele que proponía tal cosa tan temprano como a comienzos de 2002, antes incluso de los acontecimientos de abril. Y en aquella época, como ahora con las franquicias de guarimba, también indicaba una fecha límite para hacerlo, porque después no causaría efecto. Había que pararse antes de que Lula fuese electo Presidente del Brasil; una vez que esto ocurriera ya no podríamos jamás salir de Chávez.
Parece que ya no es así. Parece que sí hay esperanza. Como lo pone «El Informe Cifras» con la pluma del Sr. Orián Jaramillo Mejías: «cada día que pasa su propuesta [la de Peña Esclusa] se ve como la más viable para salir de esta crisis y vacío institucional que atraviesa el país». Estamos hechos. La salida es la esclusa. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 14, 2005 | LEA, Política |

El presidente Chávez ha estado de acuseta ante el Nuncio de Su Santidad, Monseñor Giacinto Berlocco. Según la infidencia pública que hiciera el misionero Chávez—era un acto de la Misión Hábitat y la Misión Vuelvan Caras—aseguró al diplomático de la Santa Sede que él, «como católico cristiano», no encontraba explicación para las posiciones de la jerarquía venezolana en los últimos años.
Y es que resulta que se encontraba molesto con lo dicho en la Exhortación de la octagésima cuarta asamblea de la Conferencia Episcopal Venezolana. Este documento, contenido en cinco páginas fechadas el 12 de este mes, cubre un amplio panorama y emite juicios y advertencias respecto de lo alcanzado por la mirada pastoral. Así, luego de referirse a los «cambios significativos» ocurridos en el país en los últimos años, los valora de este modo:
«El resultado ha sido una polarización y un malestar interior persistentes que condicionan las percepciones y juicios sobre toda la realidad social, y que dificultan el diálogo, el consenso y la colaboración para el bien común. Numerosos asuntos están siendo tratados en un contexto de confrontación, cuando podrían haber sido estudiados en forma articulada para encontrar soluciones viables. La permanente contradicción en que nos hemos situado hace muy difícil la armonización de intereses. Se está haciendo prácticamente imposible intercambiar argumentos y críticas con los que no piensan igual, y tal actitud acrecienta la polarización y los rechazos mutuos. Hay quien pretende que el criterio de solución de las divergencias sea la imposición de la fuerza, bien sea la de las mayorías, o la del manejo arbitrario del poder, o la de las armas. Nuestra sociedad necesita un clima diferente, porque el camino antes descrito es destructor, nos está llevando al desconocimiento del ‘otro’, al que consideramos ‘el enemigo’, y niega la incorporación de las bondades, posibilidades y conocimientos que se encuentran en el ‘campo contrario’. Nos estamos empobreciendo social y moralmente. Se hace indispensable la urgencia de ‘buscar juntos la verdad concreta’ de cada día, en las muchas situaciones apremiantes que debemos enfrentar como personas y como país. Pero esto exige que nadie se considere el ‘dueño absoluto de la verdad’. El único absoluto es Dios».
Al Presidente, pues, no le gusta que nadie sugiera que él no es absoluto, o que se registre el progreso del odio. Pero es que los obispos saben lo que sus confesores reportan: que el odio ha pasado a ser, con gran ventaja, el pecado más frecuentemente confesado por los venezolamos.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 12, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
A mi gusto, el autor de Venezuela: identidad y ruptura, Don Ángel Bernardo Viso, es uno de los más finos y profundos intelectuales venezolanos del siglo XX. Abogado de profesión, docente universitario, hombre público, escritor de poesía, novela y ensayo, es autor de prosa penetrante y sincera, culta y universal.
Tomé contacto mediato con él gracias a una ocurrencia de Andrés Sosa Pietri: a fines de 1984 me pidió que le «sacara» una revista de sus empresas para imprimir y repartir en Navidad. La premura de las fechas impuso una estrategia: trabajar con textos existentes, pues exigirlos frescos haría imposible el cumplimiento de la meta decembrina. Fue así como Andrés solicitó a su ilustre primo, Don Arturo Úslar Pietri, alguna cosa que tuviese escrita sobre el tema de la unidad de los pueblos hispánicos. Don Arturo tenía por fortuna a la mano el texto inédito de una conferencia suya en la Casa de Venezuela de Santa Cruz de Tenerife. Por mi lado aporté la costura de una extensa carta al Dr. Arturo Sosa, hijo, y una conferencia presentada en Filadelfia ante el Instituto Internacional de la Predicción.
Las posturas expresadas en ambos documentos eran grandemente coincidentes, pero decidimos someter tres preguntas sobre la posibilidad y deseabilidad de una unión política de los pueblos ibéricos, a un panel de cuatro personas: los ingenieros Hermann Roo Gómez y Ángel Padilla Villate, y los abogados Diego Bautista Urbaneja y Ángel Bernardo Viso. Todos, menos Viso, se atuvieron al cuestionario para remitir sus contribuciones. El Dr. Viso, en cambio, produjo un texto de gran concisión y admirablemente escrito. Él no creía en la factibilidad de la unión que el Dr. Úslar y el suscrito defendíamos.
Pero la honestidad y la hermosura de las palabras de Ángel Bernardo Viso, aun siendo contrarias a mi prescripción, no hicieron otra cosa que aumentar mi admiración por su espíritu y su pluma. En unas «memorias prematuras» que finalicé el lunes de carnaval de 1986, registré así la experiencia: «Para mí resultó sorpresivo pero explicable el texto de Ángel Bernardo Viso. Viso considera la unión política hispánica algo imposible. «La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados». Imprimimos su hermoso texto separado del resto de textos críticos que solicitamos. Yo había leído unos años antes su importante libro, «Venezuela, identidad y ruptura», y había supuesto que por las intuiciones que dicho libro dejaba traslucir reaccionaría entusiastamente a las proposiciones de Úslar y a las mías. Me pareció que lo que escribió para ‘Válvula’, en su terrible eficacia argumental, era indicador del dolor que padecía un sensitivo hombre que desearía la unión y la considera infactible».
La primera parte, pues, de esta Ficha Semanal #54 de doctorpolítico es ese admirable texto del Dr. Viso. En mi fuero interno intenté salvarme de su eficaz y poderosa retórica diciéndome que yo no proponía la resurrección de un imperio muerto, sino un negocio a futuro. De hecho, la revista mencionada incluyó también una refutación mía—al estilo de las réplicas en Scientific American que se ofrece a los articulistas que han sido objeto de crítica—al aporte del Dr. Urbaneja, el otro abogado del panel, que había escogido específicamente meterse conmigo. (Hace ya bastantes años que escuché del Presidente de Reichold Chemical International la siguiente queja: «Preferiría contar para cada problema con veinte soluciones, pero en mi empresa tengo muchos abogados que para cada solución son capaces de encontrar veinte problemas». Por supuesto, también el Dr. Úslar era abogado). En esa refutación a Urbaneja escribí: «No se trata de ‘reconstituir’ un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada».
Pero la belleza y el peso del texto de Viso siguen estando allí, como también sus claras razones. A la larga, puede que tenga, simplemente, la razón. Después de esa aventura editorial tuve la oportunidad de conocerle personalmente, gracias al enlace provisto por nuestro difunto amigo, el Dr. Adolfo Aristeguieta Gramcko. Antes, otro gran amigo prematuramente fallecido, el impar Ignacio Andrade Arcaya, me había obsequiado un pequeño libro del Dr. Viso: sus Memorias Marginales. (1991). Las «Memorias marginales de Pedro Mirabal» están construidas como una serie epistolar de veintitrés cartas escritas en Madrid, destinadas «a un amigo perdido de vista desde la juventud, y cuya respuesta no me alcanzará».
Como los veinticuatro preludios de Chopin, o los de El Clave Bien Temperado de Bach, cada una de las veintitrés cartas es una joya ensayística con peso propio. La elegancia de la escritura de Ángel Bernardo Viso se pone de manifiesto una vez más en todas ellas. Se seleccionó para la segunda parte de esta ficha dual los párrafos finales de la segunda de las epístolas de la colección, fechada en Madrid el 2 de abril de 1990, por una doble razón: primera, porque sigo peleando con él y creí encontrar en ella una contradicción a su escepticismo anterior, pues esta vez escribe: «Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser». Esto es, ahora abría la puerta a la decisión intencional de nuestro futuro. La segunda de las razones es más simple: las últimas siete palabras de este segundo texto de Viso son un epigrama de altísima factura y profundidad asombrosa. Ellas solas revelan, del modo más escueto y potente, la triple cualidad de filósofo, historiador y poeta que es patente en el honrado discurrir de Ángel Bernardo Viso.
Se trata, como él mismo dice, de una «apología del coraje», rasgo que estima, apoyado en observadores externos, consustancial al carácter español. Yo le añadiría, como he discutido con Alfredo Fernández Porras, el rasgo de una innata elegancia, evidente en las letras y en la música y en la danza españolas, y hasta en el noble comportamiento de un caballero español jugador de bridge, como testimonia Víctor Mollo de Rafael Muñoz en The Bridge Inmortals. Como mana, sin que él pueda evitarlo, del verbo de Ángel Bernardo Viso. LEA
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Un elegante coraje
SOBRE LA UNIDAD HISPÁNICA
Los países hispanoamericanos, y aún la propia España, son los restos de un naufragio ocurrido hace casi ya dos siglos: la desaparición violenta del imperio español, debido a la incapacidad de la monarquía borbónica de dar una respuesta positiva ante el embate de Napoleón, de las ideas revolucionarias francesas, y de las tendencias centrífugas nacidas en nuestros países. Preguntarse si es posible resucitar nuestra unidad política tiene tanto sentido como inquirir si se puede reanimar un sistema solar extinto desde un planeta que ya dejó de recibir la luz y el calor de una estrella ya muerta.
Desde luego, el mundo de la historia es más complicado que el de la astronomía: algo del calor común subsiste y es por eso que tenemos la inevitable tendencia a tratar de dar vida al viejo modelo, a resucitar el imperio perdido. Es el mismo impulso que llevó a Carlomagno a hacer el esfuerzo de reconstruir el imperio romano, y a muchos hombres del Renacimiento a creerse en los tiempos de la antigüedad clásica. Son inagotables los ejemplos de «renacimientos», pero todos están condenados de antemano al fracaso, porque ni a los hombres ni a los pueblos está dado reencontrar el tiempo perdido: como Adán y Eva, tenemos prohibido regresar al Paraíso.
Eso no significa que condene la idea de cultivar los rasgos comunes de nuestra herencia: el lenguaje, la religión, las costumbres. Pero debemos hacerlo a la manera de los nietos dispersos que se encuentran en el cumpleaños de la anciana abuela, o como los griegos se reunían en las fiestas de Olimpia, poniendo de relieve cuanto tenían de semejante y de diverso.
Para reunir de nuevo nuestras casas, construidas sobre las mismas bases, pero con estilos disímiles, tendríamos que tener una fuerza centrípeta capaz de superar a la otra, a la dispersadora, obra irreversible de la vida. Y esa fuerza tendría que nacer como nacen las cosas en la historia, de las invasiones, conquistas o anexiones. En cambio, pretendemos que la unidad nazca de unos cuantos espíritus románticos…
No. Nunca los ideales basados en nobles sentimientos han servido para construir países, federaciones o imperios. La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados. Al menos, enviémonos cartas o postales de tiempo en tiempo.
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Madrid, 2 de abril de 1990.
Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser. En vísperas de la Independencia, los habitantes de Buenos Aires, argentinos avant la lettre, dos veces derrotaron de manera decisiva a los ingleses, una de ellas conducidos por un francés hispanófilo: Liniers. Hace pocos años los generales argentinos tuvieron la osadía de intentar una aventura guerrera contra Inglaterra, sin darse cuenta de la mengua de sus fuerzas, y recibieron la peor de las humillaciones en las Malvinas. Vale la pena comparar esas dos guerras, separadas por alrededor de ciento setenta años, no sólo para medir el abismo tecnológico que nos separa de los pueblos civilizados, sino la patente declinación del coraje.
Los caudillos del siglo pasado, no obstante su personalismo desmedido y su frecuente logomaquia, tenían todavía una grandeza de alma y una virilidad dignas de mejores causas, mientras sus sucesores del siglo XX, los llamados caudillos civiles, no menos inmersos en combates puramente retóricos, ni menos movidos por razones personales, tienen la desventaja de haber perdido todo tipo de ilusiones desde el punto de vista ético, y de aceptar un pragmatismo que, cuando no lleva consigo una actitud corruptora activa, al menos implica la más completa resignación a un estado de cosas deplorable. En el clima creado por ellos no florece el coraje civil, como tampoco en el terror propio de las dictaduras; éstas han sido alabadas por haber puesto término a las guerras civiles, al sistema de los caudillos, sin darse cuenta de su carácter empobrecedor del intelecto y del orgullo viril; el servilismo de nuestros hombres públicos se origina en esas dictaduras, y el desarrollo de su exagerada capacidad de adulación.
Después de la Independencia, el escenario político hispanoamericano ha sido parecido al de un teatro de títeres; unos personajes minúsculos y pintorescos, casi siempre declamadores y grandilocuentes, dando saltitos a derecha e izquierda, como movidos por una fuerza que les es ajena, suelen representar una serie interminable de pantomimas, cuya trama es en esencia la misma, a pesar de la diversidad de títulos; pero mientras los títeres decimonónicos practicaban una retórica belicosa y reforzaban públicamente sus proclamas con frecuentes tiros de fusil, sus herederos de este siglo juegan más bien a la parodia de las democracias; y, cuando necesitan matar a alguien, prefieren contratar mercenarios o en todo caso ponerle silenciador a las pistolas.
Te preguntarás, a esta altura de mi escrito, el significado de mi apología del coraje, pero en verdad apenas pretendo indagar las razones de su mengua y sacar las conclusiones necesarias; en el momento de nuestra formación como pueblo, y en la historia de nuestros antecedentes antiguos, el denuedo era un hecho natural y su excepción era rara, igual que en todos los grupos señoriales. Cada una de las naciones surgidas del caos creado por el hundimiento del Imperio Romano quiso restablecerlo en su provecho y también construir dominios más allá de los mares; para ellas, el valor cívico y militar era solidario de su afán de dominación y de la raigambre de sus convicciones de toda índole, especialmente religiosas. Europa tiene miles de mártires de las más diversas causas y millones de héroes de las más injustas guerras.
Cuando Maquiavelo trató de forjar la unidad italiana, exaltó por igual la astucia y el denuedo guerrero, encarnados en sus dos grandes modelos, ambos ejemplares del tipo ibérico: César Borgia, el despiadado hijo de Alejandro VI—quien llegó a concebir el proyecto de repoblar Roma con colonos españoles—y el habilísimo Fernando de Aragón; el defensor del realismo político sostenía que era necesario un gran temple de carácter para la construcción y la defensa de la patria; pero esa antigua virtud («Virtù contro a furore//prenderà l’arme…»), defendida por el escritor florentino, no se extingue únicamente por obra de la volteriana ironía, sino a veces por la disgregación de las grandes unidades nacionales o imperiales, convertidas en jirones de castas o de grupos regionales sin entidad histórica propia, como ocurrió en América. «En la casa de mi padre todos los pasos tenían un sentido», dice el jefe árabe de Citadelle; si ese sentido se pierde, antes se ha podrido el imperio en el alma de los súbditos, no más dispuestos al sacrificio de la vida ni de los bienes propios para mantener la unidad que se desmorona; el coraje, en último término, es amor.
Ángel Bernardo Viso
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