por Luis Enrique Alcalá | Ene 6, 2005 | Cartas, Política |

En 1969 Paul Shepard, el gran filósofo ecológico norteamericano, editaba en colaboración con Daniel McKinley el libro La Ciencia Subversiva: Ensayos Hacia una Ecología del Hombre. Se trataba de una colección de textos escritos por biólogos, filósofos, historiadores, arqueólogos, demógrafos, arquitectos paisajistas, antropólogos, que tomados en conjunto eran un mapa de la nueva ciencia. Allí decía Shepard en la introducción: «El pensamiento ecológico
requiere una clase de visión a través de límites. La epidermis de la piel es como la superficie de un estanque o el suelo de un bosque, no tanto una concha como una delicada interpenetración. Nos revela ennoblecidos y extendidos como parte del paisaje y el ecosistema antes que amenazados, porque la belleza y la complejidad de la naturaleza son continuas con nosotros mismos». A pesar de tan elevado punto de vista, el libro parecía ofrecer el siguiente mensaje, al decir de Wallace Stegner: «Esta civilización ha seguido durante siglos un curso suicida». Hemos estado haciendo locuras con el ambiente.
El más poderoso de todos los textos en esa colección, sin embargo, no es una memoria científica, sino una parábola, una hermosísima y melancólica fábula de Jacquetta Hawkes a la que llamó «Una mujer tan grande como el mundo». La tierra es una mujer de disposición plácida que de vez en cuando es visitada por el viento. Al cabo de cada visita surgían sobre su piel animálculos que se paseaban incesante sobre ella, y ella sentía su ser agradecido con el cosquilleo de la vida. Ocurrió entonces que el viento dejó de visitarla un largo tiempo. Ella casi le olvidaba cuando una noche regresó con fuerza grandísima y la cubrió y poseyó por completo, de modo que le causó un éxtasis y un temor muy grandes. Al despertar de un largo sopor notó nuevos habitantes de su piel, que se comportaron de modo muy distinto a los anteriores. Poco a poco fueron plantando pedazos de piel y erigiendo sobre ella edificaciones de todas clases. Y la perforaban. Taladraban su piel, pellizcándola y mordiéndola y horadándola en busca de su dermis para quitársela en trozos, incesantemente. Encendían fuego sobre ella y destruían su pelambre. Ensuciaban el aire que la envolvía. Entonces la mujer se enardeció súbitamente y comenzó a agitarse y a golpearse y a rascarse la piel, hasta que ya no hubo más actividad que la molestase. Entonces pudo dormir de nuevo.
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Venezuela sufrió la Tragedia de Vargas hace cinco años. Unas quince mil personas, al menos, perdieron sus vidas en la pavorosa calamidad. Pero lo que acaba de ocurrir al sur de Asia equivale a diez tragedias como la nuestra. Nunca un solo evento había afectado de modo tan despiadado a un número tan grande de distintos países. Se trata de una hipercalamidad, como corresponde a una nueva era de hipereventos, a un milenio que se inauguró con el acto hiperterrorista del 11 de septiembre de 2001, a un año en el que no uno, sino tres hiperhuracanes golpearon uno tras otro las tierras de Florida. Estamos entrando a una hiperedad, en la que no pasará mucho tiempo sin que su hiperescala llegue a manifestarse en lo social y debamos lamentar «hipercaracazos» de extensión transnacional.
No menos de cinco millones de personas desplazadas, medio millón de heridos y 150 mil muertos ha dejado a su paso el tsunami del Océano Índico. Colin Powell, reporta el Times de India, ha podido sobrevolar áreas alcanzadas por el desastre y percatarse de cómo es que la tierra puede acabar con la vida humana si se lo propusiera. James Lovelock ha adelantado hace treinta años (1974) la «Hipótesis Gaia», la noción de que la tierra debe ser entendida como una sola entidad orgánica, como un ser vivo ella misma que entra en intercambios que procuran resguardar algunos de sus equilibrios básicos. Dice Guy Sorman del concepto de Lovelock: «El conjunto biosfera y atmósfera, viviente y no viviente, forma un todo indisociable, armonioso; es autocontrolado como un organismo animal por una circulación interna
A este Todo, James Lovelock lo llama Gaia, por el nombre de la diosa griega que designa nuestro planeta. En la mitología griega, Gaia prestaba atención a las necesidades de los hombres que respetaban las leyes de la naturaleza, y se mostraba intratable con los que las transgredían». La tierra, Gaia, está molesta, como la mujer tan grande como el mundo que Jacquetta Hawkes retratara en su fábula.
No es únicamente que hay mayor frecuencia de reporte de percances a gran escala; es que la frecuencia y la magnitud de las calamidades van en aumento, sea que se trate del comportamiento de los fenómenos cuasicíclicos de El Niño y La Niña, de la fuerza de los huracanes y tornados, de la tozudez de lluvias torrenciales que causan inundación, o de los incendios forestales suburbanos. El mundo, diría Eduardo Fernández, está bravo.
Lo mínimo que debiera revelarnos la hipercalamidad índica es la necesidad de gobierno mundial. La respuesta de los países de la comunidad internacional ha sido solidaria e importante—con la curiosa excepción de Venezuela, otrora sociedad conmiserada con las desgracias ajenas y que ahora parece haberse desentendido de este asunto tsunámico, sumergida en una postración nihilista (al menos en Caracas) a raíz de sus recientes cataclismos políticos—pero la coordinación del apoyo ante una desgracia de tan ingente magnitud se ha hecho difícil. Y no es lo que el planeta necesita la vistosa pero poco profunda reforma de la Organización de las Naciones Unidas que Kofi Annan ahora preconiza, en medio de incómodas revelaciones de corrupción transnacional en la que familiares suyos aparecen implicados. El mundo necesita un ministerio del ambiente a escala planetaria, una policía antiterrorista a escala planetaria, una organización de defensa civil a escala planetaria. El mundo exige que las armas nucleares dejen de estar en manos de países individuales para confiarlas a una sola autoridad planetaria, que quizás algún día pudiera verse forzada a usarlas en batallas extraterrestres contra seres animados o peligrosos aerolitos.
La escala de la ayuda concitada en torno a la tragedia de la cuenca índica es, como digo, de proporciones nunca vistas. L’Osservatore Romano reportaba ayer un ranking de ofertas que exhibía un cuidadoso orden protocolar: el puesto de honor para una nación asiática, Japón, con 500 millones de dólares ofrecidos. Le seguían en orden los Estados Unidos, con 350 millones, el Banco Mundial con 250, Noruega con 182 millones, Gran Bretaña con 96, Italia con 95, España con 68, Francia y Canadá cada una con 66 millones, China con 60 y Dinamarca con 58. Pero estas ofertas van a ser excedidas. Ayer mismo ya Noruega anunciaba que incrementaría su significativa ayuda, Alemania ha prometido 674 millones de dólares y el Reino Unido indicado que su compromiso inicial de casi 100 millones crecerá a varios centenares de millones en las próximas semanas. Australia ha pasado al primer lugar de los donantes con un aporte de 765 millones a Indonesia, el país más golpeado. En las últimas veinticuatro horas la ayuda financiera total comprometida ha pasado de 2.000 millones a 3.000 millones de dólares. Canadá ha declarado una moratoria unilateral en el cobro de sus acreencias financieras de los países afectados y Japón ha señalado estar dispuesto a lo mismo. En la conferencia que hoy se inaugura en Yakarta probablemente se generalice la idea de condonar la deuda externa de las naciones heridas por el monstruo oceánico.
Pero nunca falta quien haga cálculos de rédito político. Colin Powell expresó anteayer su esperanza de que el apoyo norteamericano haga más simpáticos a los Estados Unidos entre los musulmanes. (Indonesia es no sólo uno de los países más densamente poblados del mundo, sino el que alberga la mayor población de convicción islámica). Y ya se especula sobre las ventajas políticas que el régimen indonesio pudiera obtener como secuelas de la hipercatástrofe. Así lo estima, por ejemplo, la muy encallecida publicación de Stratfor:
«Aunque Indonesia cargó con el mayor peso del tsunami del 26 de diciembre, el país debe ganar con el desastre. Durante los esfuerzos de alivio y recuperación, que tomarán meses—tal vez años—Yakarta se beneficiará con la reconstrucción de una de sus más pobres provincias y podrá reparar vínculos militares con Occidente hoy fracturados. En una cumbre de emergencia en Yakarta prevista para el 6 de enero, el Presidente de Indonesia, Susilo Bambang Yudhoyono tendrá una oportunidad de presentarse a sí mismo como un líder regional mientras coordina los esfuerzos internacionales de recuperación».
Para los desalmados analistas de Stratfor la «pantalla» de un señor que lleva el terrible nombre de Bambang pasa a primer plano, especialmente si se toma en cuenta que la provincia indonesia de Aceh molestaba algo con actividades de insurgencia. Por esto Strafor continúa su evaluación en el siguiente tono: «Desde mayo de 2003 la provincia de Aceh ha estado bastante aislada del resto de Indonesia. Varios estados de emergencia y períodos de ley marcial se han sucedido allí para operar la contrainsurgencia gubernamental en marcha sobre el Movimiento Aceh Libre (GAM). Apartando sus campos de gas natural, Aceh es una provincia pobre de importancia económica desdeñable. Los sitios de producción y exportación de gas natural de Aceh están localizados en el puerto de Arún, en la costa oriental de Sumatra, y no fueron dañados por el tsunami
Camberra y Washington tienen intereses especiales en una Indonesia estable, y la prevención del caos en Aceh es parte de su estrategia. En un país con una gran población musulmana, una presencia militar australiana es un asunto sensitivo, y una presencia militar de Estados Unidos más todavía. Sin embargo, mientras personal militar de Estados Unidos continúe entregando suministros de emergencia con helicópteros, su presencia será tolerada
Débil incluso antes del tsunami, el GAM no disfruta de una gran base de apoyo popular en Aceh, y el influjo de ayuda extranjera, una infraestructura mejorada y el desarrollo económico erosionarán aun más ese apoyo. Entretanto, y a pesar de un cese al fuego bilateral, los militares indonesios no han dado la menor indicación de que suspenderán operaciones contra el GAM mientras conduce operaciones de alivio». No hay mal que por bien no venga, parecieran razonar los inmisericordes think-tanks de Stratfor. Y Bambang no es Chávez, que se dio el lujo de rechazar la ayuda norteamericana a Vargas en 1999.
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Jacquetta Hawkes entendía, con su poético verbo, que el aprovechamiento de la tierra debía ser como «
un paciente y cada vez más hábil enamoramiento que persuada al suelo a que florezca». Es claro que no lo hemos venido entendiendo de ese modo, y que la tierra está revirando.
Pero, como dije al principio, no es sólo la biosfera la que puede recalentarse y revolverse con violencia. La sociosfera se encuentra igualmente en hervor. Cuando el mundo no está ante emergencias como las del 26 de diciembre, cuando se encuentra en estado «normal»—»excesivamente normal», diría el Vicepresidente venezolano—mueren en él cada día casi 30 mil niños por desnutrición y enfermedades evitables. Cada cinco días hay un tsunami índico social. El constante maremoto del hambre y la insalubridad acaba con 150 mil vidas infantiles en menos de una semana. (En una semana laboral, pues). ¿Cuánto tiempo más continuará el mundo en su indiferencia, en la trivialización de su enorme pobreza? ¿Y cuánto tiempo más habrá gobernantes tan soberbios que se creen con derecho a acciones que arriesgan los tsunamis políticos, las revoluciones?
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 6, 2005 | LEA, Política |

Al finalizar el año 2004 (31 de diciembre), The New York Times publicaba un artículo firmado por Joseph Kahn en Yanzhou, China, el 24 de diciembre. La pieza en cuestión contiene un análisis de las circunstancias, precedentes y consecuencias de desórdenes ocurridos en esa pequeña población portuaria del Yangtsé el 18 de octubre del año pasado.
Los desórdenes se suscitaron a partir de un incidente completamente aleatorio. Un hombre que llevaba una bolsa cargada pasó al lado de otro hombre y su mujer en una acera. La bolsa del hombre rozó el pantalón de la mujer, sobre el que dejó una mancha de fango. Al cruce de palabras sucedió la riña, profusa en golpes. ¿Por qué tendría que surgir la agitación social de un episodio tan pedestre?
Pues resulta que uno de los hombres, Yu Jikui, era un simple e inferior portero, mientras que el otro, Hu Quanzong, se jactaba de ser un alto funcionario gubernamental. El señor Hu golpeó al señor Yu con el palo que este mismo portaba para su trabajo complementario de cargador y luego amenazó con mandarlo a matar. Incluso mencionó la cantidad que tendría que desembolsar—20 mil kuai (US$ 2.500)—para asegurarse el resultado. Fue el desprecio social con el que se expresó del señor Yu, y su seguridad respecto de que los funcionarios de su clase pueden disponer de la vida de un «patán»—así llamó al señor Yu—lo que inflamó los ánimos de los habitantes de Yanzhou. Al anochecer decenas de miles de habitantes abarrotaban la plaza central del pueblo, destrozaron vehículos gubernamentales, atacaron a los policías y prendieron fuego al ayuntamiento.
Según Kahn, una docena de incidentes similares han ocurrido en China recientemente, y las estadísticas policiales dan cuenta de cerca de 60 mil protestas públicas en 2003. Son tantas porque son pequeñas y locales, pues un movimiento con fuerza nacional sería impensable en China, donde sería implacablemente reprimido. Muchas de las protestas fueron detonadas por la prepotencia clasista y gubernamental, por » la corrupción, el abuso policial, la inequidad de las riquezas adjudicadas a los poderosos y bien conectados», dice Kahn. Apunta también: «Aunque está experimentando una de las expansiones económicas más espectaculares de la historia, China está pasando más trabajo para mantener el orden que en cualquier otro momento posterior al movimiento pro democrático de la Plaza Tiananmén en 1989».
Y es con un país así con el que el Estado venezolano pretende establecer relaciones preferentes. Ésa es la clase de democracia con la que el gobierno chavista nos quiere emparentar, una vez que se ha casado con la satrapía cubana. Ése es el modelo de respeto a los derechos humanos de los pobres que nos quiere vender a raíz de sus más recientes aventuras extranjeras.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 4, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Ficha Semanal #28 de doctorpolítico, que comienza este año de 2005, se atiene a reproducir un artículo del suscrito en El Diario de Caracas, publicado el 28 de diciembre de 1998, poco después de que Hugo Chávez fuese proclamado Presidente Electo en acto al efecto del Consejo Supremo Electoral.
Su tema es el de la inconveniente y perniciosa glorificación que Hugo Chávez insistía en hacer de la desgraciada fecha del 4 de febrero de 1992, cuando se levantó en armas contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, execrado por la mayoría de la población pero legítimamente constituido. De hecho, Chávez quiso que su toma de posesión coincidiera con el séptimo aniversario de su inconstitucional intento. Al no verse complacido en esta pretensión cuidó de que uno de sus primeros actos de gobierno fuese una celebración de su asonada el 4 de febrero de 1999 con desfile militar en el paseo Los Próceres.
El presidente Chávez y el suscrito hemos tenido un solo intercambio personal. Durante el año de la campaña electoral de 1998 el Presidente de J. Walter Thompson de Venezuela, Roberto Coimbra, convocó a varios desayunos con los candidatos de la época, y a mí me tocó invitación para un desayuno con Hugo Chávez, quien se hizo acompañar de William Izarra. Así relaté el encuentro en el #100 (19 de agosto de 2004) de la Carta Semanal de doctorpolítico: «En desayuno al que fuéramos invitados en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dijimos al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quisimos hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tendría ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra».
La lógica del revolucionario puede vivir muy cómodamente con la inconsistencia. Puede condenar y acusar a sus adversarios por «golpistas» mientras sostiene con el mayor desenfado que sus propias ejecutorias a este respecto son heroicas y dignas. Pero no podemos rendirnos ante esa «lógica»; por esto es preciso recordar siempre el abuso de poder que constituyó el primer acto político de la carrera de Hugo Chávez.
LEA
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El abuso del 4 de febrero
En vano he buscado identificar al autor de una estupenda frase. Perdí su nombre hace ya varios años, y aunque he trasegado el Diccionario Oxford de Citas—sé, al menos, que el autor es inglés—y otras colecciones similares, no logro dar con su identidad. Por eso no puedo darle crédito. La frase es la siguiente: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es una terrible frase y es un pensamiento muy certero. Quien cuenta la historia es quien ha ganado.
La frase ha venido de nuevo a mi memoria a raíz de la insistencia del Presidente Electo, incluso en su improvisado discurso el día de su proclamación por el Consejo Nacional Electoral, en justificar su rebelión del 4 de febrero de 1992. En tal ocasión, de modo por lo demás inoportuno e inelegante, pretendió una vez más justificar lo injustificable y, de paso, en un acto que contó con la presencia del Presidente en ejercicio, expuso la tesis de que de alguna manera la asonada de aquel día había legitimado a Rafael Caldera.
El autor de estas líneas había pronosticado, en trabajo concluido en septiembre de 1987—Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela—algún intento de golpe de Estado en fechas cercanas a 1992. Decía en ese trabajo: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Hacia mediados de 1991 era evidente la conformación de una matriz de la opinión pública venezolana sobre un agudo e inconveniente dilema: o Pérez o golpe. El desasosiego que tal situación causaba me llevó a escribir un artículo que fue publicado en este diario el domingo 21 de julio de ese año, unos seis meses antes del intento de Chávez Frías. Remataba el artículo del modo siguiente: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».
¿Había verdaderamente la posibilidad de esa salida?
El método médico
Hipócrates produjo, en tiempos de la Grecia clásica, el primer código de ética profesional que registra la historia. En una de sus estipulaciones, Hipócrates produce una clara distinción entre el arte de los médicos y el de los cirujanos. De hecho, jura no «cortar a sus pacientes que sufren bajo la piedra» y declara que dejará tal práctica a quienes desempeñen el arte de la intervención quirúrgica. (Todavía en épocas relativamente recientes, los cirujanos, los dentistas o sacamuelas y los barberos formaban un gremio distinto al de los médicos).
El equivalente político de la cirugía es el procedimiento violento del golpe de Estado y de la guerra. El político, como el médico, llegará a recomendar la intervención quirúrgica sólo como último y desesperado recurso. Es decir, el recurso del golpe de Estado o la intervención armada no tiene sentido mientras subsistan medios pacíficos para resolver los problemas que cause un mal gobierno, así como no es dado en derecho a nadie tomar justicia por su propia mano.
A partir de comienzos de 1991 había comenzado a gestarse una creciente presión cívica contra Carlos Andrés Pérez. Varias personalidades distinguidas del país hablaban claramente de la crisis de gobernabilidad del momento. Arturo Úslar Pietri, por ejemplo, entrevistado por Marcel Granier en su programa Primer Plano. en diciembre de 1991, exponía su angustia y recomendaba su clásica receta de un comando de crisis ante la delicada situación. Por lo que respecta a mi caso, escribí cuatro artículos más sobre la conveniencia de que Pérez renunciara, en una serie que iba escalando la virulencia del planteamiento y culminaba el día 3 de febrero de 1992, un día escaso antes de la rebelión. Es decir, el estado de opinión contra la permanencia de Pérez en el poder se ampliaba con el correr de los días, y no es inconcebible que hubiera terminado en su salida de la Presidencia de la República como consecuencia de la presión cívico-legal, como de hecho ocurrió después en 1993.
Claro que no todo el mundo pensaba de ese modo. Pocos días después de la aparición del primero de mis artículos sobre el tema, Alberto Müller Rojas—el jefe de campaña del polo «patriótico» que parece el más fuerte candidato al cargo de Canciller—argumentaba, en este mismo diario, que era iluso pensar que Pérez se aviniera a renunciar.
Igualmente, no puede discutirse que las intentonas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 agudizaron el proceso y aceleraron los procedimientos legales contra Pérez. ¿Es que no fue, entonces, legítimo el intento de golpe de Estado de Chávez Frías, como ahora insiste en declarar convertido ya en Presidente Electo?
Una vez más trataré de explicar a quien sucederá a Rafael Caldera el próximo 2 de febrero por qué su acto rebelde del 4 de febrero de 1992 constituyó un verdadero abuso de poder, dado que estaba armado en su condición de militar activo y comandante de tropas.
El derecho de rebelión
La figura del derecho de rebelión es reconocida en la literatura jurídica. Algún atrabiliario columnista ha intentado tomar este camino para celebrar la reciente justificación del discurso de Chávez Frías el día de su proclamación. En la extensa obra de Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, se encuentra una escolástica discusión del empleo de métodos violentos en la acción política.
Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado el derecho de rebelión es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».
En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores desde hace dieciséis años, no son, claramente, una mayoría de la comunidad. Después de la triste fecha escribí: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».
Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, como he explicado, cada vez había más consciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas.
No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.
La única legitimación
Hugo Chávez Frías es ahora el legítimo Presidente Electo. Lo es no porque se hubiese alzado en 1992, sino porque obtuvo una mayoría de votos en las recientes elecciones presidenciales. El pueblo que lo eligió no salió a defender su acción durante el 4 de febrero –como tampoco, es cierto, salió a defender a Pérez, que fue lo que Caldera destacó en su famoso discurso de la tarde de ese día. No salió a defender al segundo tomo de la conjura el 27 de noviembre, ni siquiera cuando fue convocado explícitamente para eso por el inolvidable y corpulento señor de la camisa rosada.
El pueblo no le concedió a Chávez Frías mayor apoyo hasta comenzado este año de 1998, pues durante cinco años nunca estuvo en las encuestas por encima de un diez por ciento de la preferencia nacional. Su opción comienza a ascender sólo después del desplome del primer cauce electoral del descontento venezolano: Irene Sáez, que abrió la boca en demasía y a quien se le cayó la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao.
La legitimidad indudable de Chávez Frías, entonces, le viene de los votos y del enorme esfuerzo político de su campaña, justo es reconocérselo. De las varias vueltas que dio por el país, argumentando, discutiendo, convenciendo. Si Sáez no hubiera sido Sáez, si Salas no hubiera sido Salas o Alfaro no hubiera sido Alfaro; si hubiese sido posible la emergencia de un competidor verdaderamente sustancial y pertinente, Chávez Frías no habría sido nunca elegido Presidente. Ahora lo es, y del mismo modo que ahora escribo esto, condenaría cualquier intento parecido al suyo en su contra.
Mi recomendación sincera y firme al Presidente Electo es, por tanto, la siguiente: deje Ud. de intentar la justificación de su abusivo acto del 4 de febrero; base Ud. su ejecutoria en lo que ha tenido de actuación democrática; gobierne admitiendo con humildad el error de la conjura. O, simplemente, calle al respecto.
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