por Luis Enrique Alcalá | Sep 22, 2005 | Cartas, Política |

En casa sólo dispongo del Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española, editado para la Real Academia Española por Espasa-Calpe. La versión que me regalaran en Maracaibo corresponde a la cuarta edición revisada, de 1989, y «tiene como base fundamental el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, vigésima edición, Madrid, 1984». Ese volumen me informa que, al menos para esa fecha, podía entenderse por «perdonavidas» al «Baladrón que ostenta guapezas y se jacta de valentías o atrocidades». Quise buscar la definición exacta justamente luego de que terminara de escuchar al presidente Chávez decir—el martes pasado—que «el Estado» pagaría las expropiaciones de terrenos urbanos ociosos según el Estado «pudiera», por ejemplo con un documento que se cobrase a él en 2030, con aires de perdonavidas, pues más tarde sugirió con magnanimidad fingida que a cada quien se le reconocería y se le pagaría en dos o tres cuotas. En mi castellano no académico creía que un perdonavidas era un guapo, un matón que de vez en cuando perdonaba, con lo que reforzaba la imagen de su poder.
Luego, como es natural, quise estar seguro del significado de «baladrón», y allí mismo hallé: «Fanfarrón que, siendo cobarde, blasona de valiente». Y para estar el triple de seguro busqué «fanfarrón»: «Que se precia y hace alarde de lo que no es y en particular de valiente».
Es muy fácil jactarse desde el poder. Es muy fácil ser valiente desde una posición de fuerza. Como Sucre nos enseñara, del triunfo lo que debe desprenderse es suavidad, y hay personas para las que esa conducta es imposible.
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Chávez no dice las cosas por nada. Cuando se le señala que más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas son del Estado entonces contesta que sí, que justamente las tierras son del Estado, porque precisamente el territorio es del Estado, y que si el territorio está exactamente formado por las tierras, entonces cabalmente las tierras son del Estado.
Esto no es un comentario casual. No en quien sostiene que ser rico es malo. En quien rehúsa escuchar quejas laborales y populares y cree superarlas presentándolas como comportamiento capitalista y por consiguiente revolucionariamente indebidas. Ni siquiera las cooperativas deben arrojar ganancias. Para Hugo Chávez todo lo apropiable es, en el fondo, del Estado.
Por eso es que la Constitución ya no le sirve: es una constitución moribunda más. Un papel no puede ser superior a una voluntad, pero para superar un papel constitucional se requiere una voluntad de héroe. El héroe es el Estado, y él fijará su propia constitución. Chávez no se piensa a sí mismo como poder constituido, sino como poder constituyente. Así se presentaba ya una mañana de enero de 1999 en La Viñeta, cuando sostuvo que él tenía poderes constituyentes. Poco después pretendería preguntar a la ciudadanía si le daba poderes totales en cierto tema constituyente—»¿Autoriza usted al Presidente de la República para que mediante un Acto de Gobierno fije, oída la opinión de los sectores políticos, sociales y económicos, las bases del proceso comicial en el cual se elegirán los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente?»—y su difunto corifeo Omar Meza explicaba en Sartenejas que la ley habilitante, que por esos días se discutía, tenía el mismo propósito que la constituyente: darle todos los poderes a Hugo Chávez.
Pero ¿qué ha representado para el país que Chávez sea plenipotenciario, todopoderoso? El Estado venezolano es el dueño de más de la mitad de las tierras agrícolas ociosas del país. ¿Qué ha impedido que en casi siete años de dominio chavista, casi cinco años desde la promulgación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrícola, el Estado constituya fundos zamoranos o maisantinos con el latifundio más grande que es el suyo? Y al no conceder espacio a la ganancia, ni títulos individuales sino cooperativos ¿no está creando siervos de la gleba en un sojuzgamiento que no se veía desde la Edad Media?
No se trata de que sea nuevo el repudio constitucional al latifundio y la institución de la reforma agraria. Así estipulaba el Artículo 105 de la Constitución de 1961, con la que se comenzó una democracia que ahora se echa de menos: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación, y establecerá normas encaminadas a dotar de tierra a los campesinos y trabajadores rurales que carezcan de ella, así como a proveerlos de los medios necesarios para hacerla producir».
Tampoco se trata de desconocer problemas estructurales de lo agrario nacional. Una indudable autoridad en la materia, el profesor de la Universidad Central de Venezuela Olivier Delahaye, reporta: «El monto total del crédito agrícola (público y privado) ha estado fuertemente correlacionado (0,821) con el precio de la tierra agrícola entre 1960 y 1997, mientras no se observa relación significativa con el valor de la producción. Esto nos induce en pensar más en cuál puede ser el resultado más importante de los programas de créditos agrícolas en su forma tradicional: ¿el crecimiento del patrimonio de los propietarios de tierras, o el aumento de la producción?» (La discusión sobre la ley de tierras: Espejismos y realidades, Revista SIC No. 647, 25 de agosto de 2004).
Pero el mismo profesor Delahaye debe admitir que en el mismo lapso se ha manifestado una desconcentración de la tenencia de la tierra. Las propiedades de más de mil hectáreas, que a comienzos del período comprendían 71,7% de la superficie de explotación agrícola nacional, para el cierre del lapso representaban 46,4% de la misma. Por su lado, las explotaciones pequeñas (menores de 50 hectáreas) mostraron un pequeño avance al pasar de 8% a 10,7%. El mayor crecimiento se produjo en el segmento de los fundos medianos (entre 50 y 1.000 hectáreas), que de 20,3% de la Superficie de Explotaciones Agrícolas (SEA) al inicio del período pasó a 42,9% al cierre del mismo.
Luego Delahaye hace una observación muy interesante: «Tal desconcentración no es producto de la reforma agraria; el mercado de la tierra ha sido mucho más activo en este período; un examen del intercambio anual de la tierra entre 1958 y 1997, en 6 distritos representativos de las distintas situaciones agrarias existentes en el país muestra que, en general, se intercambió anualmente más de 4% de la SEA en el mercado. Es decir, que el mercado de la tierra (que sea formal, es decir, en tierras de propiedad privada, o informal, en tierras del Instituto Agrario Nacional) resulta sustancialmente más activo en la reestructuración de la tenencia, que la reforma agraria (la cual no afectó nunca más del 2,5% de la SEA)».
Ojo. Delahaye también pone crudamente de manifiesto las imperfecciones del mercado, al señalar que a pesar de una mayor eficiencia productiva de las unidades medianas y pequeñas, tal cosa no se refleja en la tenencia relativa. Para 1971 las pequeñas unidades de explotación agrícola producían más de la mitad de la producción vegetal venezolana, pero sólo cubrían 7,58% de la superficie de explotación. En teoría, ya no por razones de una manida justicia social, sino en función de la eficiencia productiva, convendría al país que fuera menor el promedio de la superficie de las unidades de explotación agrícola. (El asunto es distinto si se tata de actividad ganadera).
Pero, como han destapado en sucesión cronológica un editorial del diario Tal Cual, un artículo de Manuel Caballero en El Universal y otro de Agustín Blanco Muñoz en el primero de los periódicos, no parecieran ser consideraciones como las de Delahaye las que impulsaron la intervención del hato La Marqueseña, sino un reconcomio ancestral del Presidente de la República, quien confió al último de los nombrados que las tierras poseídas por la familia Azpúrua serían en realidad de sus antepasados. (De los de él, Hugo Chávez Frías). Es preciso ser muy inescrupuloso con el poder para permitir que las tierras que el Presidente de la República reclama estén entre las primeras intervenidas.
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El presidente Chávez se excusó una vez por su altanería. Al regresar de su detención de dos días en abril de 2002, se desdijo del desprecio con el que despidió en público a unos ejecutivos de PDVSA, les reenganchó y retiró al presidente que acababa de nombrar en la empresa y que disgustaba a la mayoría de sus trabajadores. Claro, venía de un susto mayúsculo que logró bajarle la cresta por un tiempo, al menos en público. Por ahora las contrariedades que le esperaban en el estado Bolívar le han causado más ira que miedo, y sigue en su insolencia cuando se refiere a casos como el de La Marqueseña y la extiende a la amenazante baladronada de los terrenos urbanos.
Nada ha desnudado más al presidente Chávez que recibir en su contra tácticas que parecieran de Evo Morales. Su contacto con quienes reclamaban en Puerto Ordaz una variada gama de reivindicaciones preteridas y promesas incumplidas, fue a distancia de helicóptero, y no se atrevió o dignó recibir al pueblo en protesta. Él cree que no aprendemos, y que la arbitrariedad le continuará reportando popularidad, aun cuando la vuelva contra el pueblo mismo. Están doblando sus campanas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 22, 2005 | LEA, Política |

Al menos en mi caso los nombres de Bagdad y Basora pertenecían a Las Mil y Una Noches. Eran las ciudades requeridas para contar las aventuras de Simbad el Marino. Ahora forman parte de nuestra cotidianeidad, pues los antiguos enclaves de Saddam Hussein son noticia dramática desde hace décadas, y hoy son territorio ocupado por los Estados Unidos y sus aliados.
Para uno de ellos la cosa se le ha puesto fea. Funcionarios iraquíes han acusado a las tropas británicas estacionadas en Basora de arrogancia y conducta bárbara, luego de que arremetieran con tanques de guerra contra una estación de policía donde estaban detenidos dos soldados ingleses. Ya no son terroristas partidarios de Hussein o de bin Laden quienes protestan la presencia inglesa. Por unanimidad de sus 41 miembros, el Consejo Provincial de Basora ha aprobado una resolución por la que suspende toda cooperación con los soldados de Su Majestad Británica, hasta que se reciban formales excusas y satisfacciones y compensaciones materiales para los familiares de los muertos y los heridos resultantes. Unos 200 iraquíes—la mayoría policías indignados—protagonizaron una airada marcha de protesta contra Albión, la pérfida. Esto delante de un telón de fondo de continua actividad violenta de los insurgentes.
En Estados Unidos mismos ni la tragedia de Luisiana ha relegado el tema de Irak al olvido. Ya hay analistas que comparan la retórica de Bush sobre la injustificable ocupación con la que empleaba Lyndon Johnson en los días finales de la guerra de Viet Nam. Kathleen Hall Jamieson, Directora del Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pennsylvania explicó: «Cuando una guerra es prolongada y no es demostradamente positiva, las líneas argumentales disponibles a un presidente están seriamente constreñidas. Demócrata o republicano, los sesenta o la primera parte del siglo 21, uno va a oír una retórica común». Por ejemplo, al confrontárseles con la evidencia de crecientes bajas, tanto Johnson como Bush aducen como razón para seguir peleando los muertos que ya ha habido.
Naturalmente, los partidarios del gobierno norteamericano niegan cualquier parecido entre Irak y Viet Nam. Pero lo que se está comparando, no obstante, es la similitud retórica de dos presidencias separadas por cuatro décadas. Johnson y Bush, por ejemplo, emplearon ambos alusiones a la etapa formativa de los Estados Unidos para justificar su bélica presencia en tierras que buscarían su libertad y una forma democrática de gobierno. Tal vez el absurdo es más evidente en Bush, que ha dicho: «Tal como los fundadores de nuestra propia nación hace más de doscientos años, los iraquíes están luchando con problemas difíciles, tales como el papel del gobierno federal. Lo que es importante es que los iraquíes atacan ahora esos problemas mediante el debate y la discusión, no frente a un cañón». (¿?)
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 20, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
No es frecuente que una mente ilustrada llegue a ocupar altos cargos públicos en su sociedad. Por esto resaltan como caso atípico la obra y trayectoria de François Guizot (1787-1874), quien llegara a ejercer la cabeza del gobierno de Francia entre 1840 y 1848, después de que hubiera establecido una sólida reputación académica con cuatro obras históricas. (Historia del Gobierno Representativo, Historia de la Revolución Inglesa, Historia de la Civilización en Europa e Historia de la Civilización en Francia). Ya a sus veinticinco años de edad había sido nombrado profesor de historia moderna en la Universidad de la Sorbona.
Como puede verse, el tema de la civilización era preocupación central de Guizot. Antes había abandonado sus estudios de Derecho para dedicarse a la investigación histórica y la literatura. Su dominio del inglés puede colegirse de su traducción al francés (con notas) de la obra de Gibbon, Decadencia y Caída del Imperio Romano.
En política adoptó un punto de vista conservador, favorable a la monarquía. No era para menos. Su padre había sido llevado al cadalso durante el Reino del Terror en 1794. La postura conservadora de Guizot le valió un puesto en el gobierno de Luis XVIII (1814). No obstante, sus ideas eran demasiado liberales para el gusto del monarca, y al poco tiempo fue despedido. En 1820 regresó a sus clases en la Sorbona.
El sucesor de Luis XVIII, Carlos X, era aun más retrógrado que su antecesor, y llegó a prohibir a Guizot el ejercicio de su cátedra en 1822. Es entonces cuando emprende sus grandes obras de historia. Seis años después un cambio en el gobierno permite su regreso a la universidad, donde fue recibido con aclamación y una entusiasta audiencia para las clases que ofreció durante dos años. La primera de las clases la dedicó al tema de la civilización. Esta Ficha Semanal #64 de doctorpolítico contiene los fragmentos que escribió, con característico estilo decimonónico, sobre la definición del concepto.
En 1830 regresó a la vida política al resultar electo a la Cámara de Diputados, y luego nombrado en varios ministerios, hasta que diez años más tarde fue nombrado Ministro de Asuntos Exteriores, lo que le convirtió en jefe del gobierno. Este gobierno cayó con la revolución de 1848, que rechazaba la rigidez y la corrupción del gobierno. Luis Felipe destituyó a Guizot el 23 de febrero, pero él mismo debió abdicar al día siguiente. La Cámara de Diputados fue invadida por la masa parisina y forzada a desconocer el sucesor designado por el monarca en fuga (su nieto) y a declarar constituida la Segunda República. El poeta Alphonse de Lamartine asumió el cargo que detentaba Guizot. Eran tiempos revolucionarios, y el príncipe Clemens von Metternich, canciller de Austria, fue forzado a renunciar ese mismo año. Fue entonces cuando diría: «Cuando Francia estornuda, Europa se resfría».
LEA
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Idea de civilización
Por un largo período, y en muchos países, la palabra civilización ha estado en uso; las gentes han asignado a la palabra ideas más o menos claras, más o menos comprehensivas; pero allí está en uso, y aquellos que la usan le asignan algún significado u otro. Es el significado general, humano, popular de esta palabra el que debemos estudiar. Casi siempre hay más precisión en la acepción usual de los términos más generales que en las definiciones de la ciencia, aparentemente más estrictas, más precisas. Es el sentido común lo que da a las palabras su significado ordinario, y el sentido común es una característica de la humanidad. El significado ordinario de una palabra se forma por un progreso gradual y en la constante presencia de hechos; así que cuando un hecho se presenta y parece caber dentro del significado de un término conocido, es recibido dentro de él, por decirlo así, naturalmente; el significado del término se extiende, se expande, y gradualmente se incluyen en esa palabra los diversos hechos, las diversas ideas que de la naturaleza de las cosas mismas los hombres deben incluir.
Cuando el significado de una palabra, por otro lado, es determinado por la ciencia, esta determinación, la obra de un individuo o de un pequeño número de individuos, tiene lugar bajo la influencia de algún hecho particular que ha impresionado la mente. Así, las definiciones científicas son, en general, mucho más estrechas y, por tanto, mucho menos exactas, mucho menos verdaderas, en el fondo, que los significados populares de los términos. Al estudiar como un hecho el significado de la palabra civilización, al investigar todas las ideas que comprende de acuerdo con el sentido común de la humanidad, haremos un más grande progreso hacia un conocimiento del hecho mismo que intentando darnos una definición científica, por más clara y precisa que esta última pueda parecer en principio.
Comenzaré esta investigación procurando colocar algunas hipótesis delante de ustedes: describiré algunos estados de la sociedad y preguntaré luego si el instinto general reconocería en ellos la condición de un pueblo que se civiliza; si reconocemos en ellos el significado que la humanidad asigna a la palabra civilización.
Primero, supongamos un pueblo cuya vida externa es fácil, llena de confort físico; paga pocos impuestos, está libre de sufrimiento; la justicia es bien administrada en sus relaciones privadas—en una palabra, la existencia material es totalmente feliz y felizmente regulada. Pero al mismo tiempo, la existencia intelectual y moral de esta gente es mantenida estudiadamente en un estado de letargo e inactividad; no diré de opresión, puesto que no comprende el sentimiento, sino de compresión. No carecemos de ejemplos de esta situación. Ha habido un gran número de pequeñas repúblicas aristocráticas en las que la gente ha sido así tratada como rebaño de ovejas, bien mantenida y materialmente feliz, pero sin actividad moral e intelectual. ¿Es esto civilización? ¿Está este pueblo civilizándose?
Otra hipótesis: aquí tenemos un pueblo cuya existencia material es menos fácil, menos confortable, pero todavía tolerable. Por otro lado, las necesidades morales e intelectuales no han sido descuidadas, se le ha servido una cierta cantidad de pienso mental; sentimientos puros y elevados son objeto de cultivo; sus puntos de vista religiosos y morales han logrado un cierto grado de desarrollo; pero se tiene gran cuidado de ahogar en él el principio de libertad; las necesidades intelectuales y morales, como las necesidades materiales en el caso anterior, son satisfechas; a cada hombre se le ha repartido su porción de verdad; a ninguno se le permite buscarla por sí mismo. La inmovilidad es la característica de la vida moral; es el estado en el que ha caído la mayoría de las poblaciones de Asia, donde las dominaciones teocráticas mantienen bajo control a la humanidad; es el estado de los hindúes, por ejemplo. Y hago aquí la misma pregunta que antes: ¿es éste un pueblo que se civiliza?
Ahora cambio de un todo la naturaleza de la hipótesis: aquí tenemos un pueblo en el que hay un gran despliegue de libertades individuales, pero en el que el desorden y la desigualdad son excesivos: es el imperio de la fuerza y del azar; cualquier hombre, si no es fuerte, es oprimido, sufre, perece; la violencia es el rasgo predominante del estado social. Nadie ignora que Europa ha pasado por esta condición. ¿Es esto un estado civilizado? Puede que contenga, sin duda, principios de civilización que se desarrollarán por grados sucesivos, pero el hecho que domina en una sociedad tal es, seguramente, no lo que el sentido común de la humanidad llama civilización.
Tomo una cuarta y última hipótesis: la libertad de cada individuo es muy grande, la desigualdad entre los hombres es rara y, a todo evento, muy transitoria. Cada hombre hace casi lo que desea, y difiere poco en poder de su vecino; pero hay unos muy pocos intereses generales, muy pocas ideas públicas, muy poca sociedad—en una palabra, las facultades y las existencias de los individuos aparecen y se van, totalmente aparte y sin que actúen los unos sobre los otros, sin dejar huella tras de sí; las sucesivas generaciones dejan a la sociedad en el mismo punto en el que la encontraron: éste es el estado de las tribus salvajes; la libertad y la igualdad están allí, pero ciertamente no la civilización.
Es claro que ninguno de los estados que he esbozado corresponde, según el buen sentido natural de la humanidad, a este término. ¿Por qué? Me parece que el primer hecho comprendido en la palabra civilización (y esto resalta de los diferentes ejemplos que les he mostrado rápidamente) es el hecho del progreso, del desarrollo; esto presenta de una vez la idea de un pueblo que marcha hacia delante, no para cambiar su lugar, sino para cambiar su condición; de un pueblo cuya cultura se acondiciona a sí misma y se mejora a sí misma. La idea de progreso, de desarrollo, me parece que es la idea fundamental contenida en la palabra civilización. ¿Qué es este progreso? ¿Qué es este desarrollo? He aquí la más grande de las dificultades.
La etimología de la palabra pareciera contestar en una manera clara y satisfactoria: dice que es el perfeccionamiento de la vida civil, el desarrollo de la sociedad propiamente dicha, de las relaciones de los hombres entre sí.
Tal es, de hecho, la primera idea que se presenta a la comprensión cuando la palabra civilización es pronunciada; de una vez nos imaginamos la extensión, la mayor actividad, la mejor organización de las relaciones sociales: por un lado, una producción creciente de los medios de fortalecer y hacer feliz a la sociedad; por el otro, una distribución más equitativa de la fuerza entre los individuos.
¿Es esto todo? ¿Hemos agotado así todo el significado natural y ordinario de la palabra civilización? ¿Es que de hecho no contiene otra cosa que esto?
Es casi como si preguntáramos: ¿Es la especie humana, después de todo, un puro hormiguero, una sociedad en la que todo lo que se requiere es orden y felicidad física, en la que mientras más grande la cantidad de trabajo, y más equitativa la división de los frutos del trabajo, se logra el objeto con mayor seguridad, se logra el progreso?
Una tan estrecha definición del destino humano repugna a nuestro instinto. A primera vista éste comprende que la palabra civilización abarca algo más extenso, más complejo, algo superior al simple perfeccionamiento de las relaciones sociales, del poder social y la felicidad.
Los hechos, la opinión pública, el significado generalmente recibido del término concuerdan con este instinto.
Tómese a Roma en los florecientes días de la república, después de la Segunda Guerra Púnica, en el momento de sus mayores virtudes, cuando marchaba hacia el imperio del mundo, cuando su estado social estaba evidentemente en progreso. Tómese después a Roma bajo Augusto, en la época cuando comenzaba su declinación, cuando, a todo evento, el movimiento progresivo de la sociedad fue detenido, cuando principios malvados estaban en vísperas de prevalecer: sin embargo, no hay quien no piense y diga que la Roma de Augusto era más civilizada que la Roma de Fabricio o Cincinato.
Transportémonos más allá de los Alpes: tomemos la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho: es evidente que, desde un punto de vista social, considerando la cantidad real y la distribución de la felicidad entre los individuos, la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era inferior a algunos otros países de Europa, a Holanda e Inglaterra, por ejemplo. Creo que en Holanda y en Inglaterra la actividad social era mayor, estaba aumentando más rápidamente, distribuyendo sus frutos más plenamente que en Francia; sin embargo, pregúntese al buen sentido general y dirá que la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era el país más civilizado de Europa. Europa no ha dudado en su respuesta afirmativa a la pregunta: las marcas de esta opinión pública, en cuanto a Francia, se encuentran en todos los monumentos de la literatura europea.
Podemos señalar muchos otros estados en los que la prosperidad es mayor, de más rápido crecimiento, está mejor distribuida entre los individuos que en cualquier parte, y en los que, sin embargo, según el instinto espontáneo, el buen sentido general de los hombres, su civilización es juzgada inferior a la de países no tan bien dotados en un sentido puramente social.
¿Qué significa esto? ¿Qué ventajas tienen estos últimos países? ¿Qué es lo que les da, en el carácter de países civilizados, este privilegio? ¿Qué es lo que tan ampliamente compensa en la opinión de la humanidad aquello de lo que carecen en otros aspectos?
Ellos han manifestado gloriosamente un desarrollo distinto del de la vida social; el desarrollo de la vida individual, interna, el desarrollo del hombre mismo, de sus facultades, sus sentimientos, sus ideas. Si la sociedad es con ellos menos perfecta que en otras partes, la humanidad se yergue con mayor grandeza y poder. Quedan todavía, sin duda, muchas conquistas sociales por obtener; pero se logra inmensas conquistas intelectuales y morales; los bienes mundanos, los derechos sociales, no llegan a muchos hombres; pero viven muchos hombres que brillan a los ojos del mundo. Las letras, las ciencias, las artes, despliegan todo su esplendor. Doquiera la humanidad contempla estas grandes señales, estas señales glorificadas por la naturaleza humana, doquiera ve creados estos tesoros del disfrute sublime, allí reconoce y menciona a la civilización.
Dos hechos, por ende, quedan abarcados por este gran hecho; la civilización subsiste bajo dos condiciones, y se manifiesta en dos síntomas: el desarrollo de la actividad social y el de la actividad individual; el progreso de la sociedad y el progreso de la humanidad. Doquiera la condición exterior del hombre se extiende, se vivifica, se mejora; doquiera la naturaleza interior del hombre se despliega con lustre, con grandeza; ante estos dos signos, y a menudo a pesar de la profunda imperfección del estado social, la humanidad proclamará la civilización con sonoro aplauso.
François Guizot
por Luis Enrique Alcalá | Sep 15, 2005 | Cartas, Política |

Hace tiempo que conté aquí que Don Pablo Moser Guerra concibió la conveniencia de unos avisos en la prensa en los que se solicitara candidato a la Presidencia de la República, con algunas estipulaciones mínimas. Razonaba que si cualquier empresa anunciaba su interés por un gerente, y especificaba sus requisitos, asimismo tenían los electores que especificar los exigibles a un cargo presidencial.
Y hace ya dos años que el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre con el nombre de los cuatro acentos, concibió un cuestionario pensado para quienes en aquel entonces fueron considerados como posibles presidentes de transición. Esto es, a la sucesión de una hipotética cesantía del presidente Chávez, como consecuencia de un resultado referendario adverso. Es una lista de preguntas que el candidato debía ser capaz de contestar de inmediato, que no dependieran de equipos de programación de gobierno por reunirse o congresos ideológicos por cavilar. Nadie que creyera ser el más indicado para dirigir los negocios de la República podría pretenderlo responsablemente sin saber qué haría a ciertos respectos. Sin haberse él mismo planteado las cuestiones.
El sensato y sereno cuestionario es éste: «Sinopsis razonada de los criterios que fundamentan y justifican la propuesta, enfocada sobre la pregunta: ¿cuáles son los atributos personales y culturales que el candidato considera tener para cumplir las funciones de la Presidencia Provisional en mejor forma que el resto de los aspirantes? Resumen de los conceptos del candidato sobre la conducción de la economía y los principales problemas que deben atenderse, incluyendo PDVSA. El problema social que vive el país. La delincuencia. La pobreza. La fuerza armada. Cómo enfrentar las divisiones percibidas en su seno. Las relaciones exteriores. USA, las guerrillas colombianas, Fidel Castro. Hugo Chávez y su partido trabajando fuertemente en la oposición. Cómo manejar este asunto». (Además González Ágreda pedía un currículum vitæ e inquiría por asuntos financieros de campaña y la reacción de quienes hubieran sabido de la pretensión).
Hoy en día, después de dos años de formuladas las preguntas, siguen siendo cruciales las respuestas, puesto que cualquier candidato que venciera a Chávez y a todos los demás candidatos tendría que vérselas con los problemas enumerados.
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No hay duda de que a pesar de ser esta semana una de inscripciones de candidatos a la Asamblea Nacional, hay activas corrientes candidaturales a la Presidencia. La de Petkoff es una, la de Julio Borges es otra, la de Roberto Smith es otra, la de Hugo Chávez es otra. (La lista no es exhaustiva). Cada uno de estos ciudadanos, creo, estaría obligado a contestar un cuestionario de ese tipo. Es más, no debiera admitirse, por ley, ninguna candidatura que no hubiera contestado algo así. Ni siquiera la del Presidente en ejercicio, si es que pretendiera su reelección legal.
Si nos pusiéramos brutos, si nos dirigiéramos back to basics ¿qué es lo único que justificaría una candidatura presidencial? Que ésta fuera la de una mujer u hombre que creyeran tener tratamientos eficaces y viables a los más importantes problemas públicos nacionales. Ninguna otra cosa. Un médico no se legitima porque mida uno noventa o porque sea su voz estentórea; tampoco porque haya visto al paciente primero; menos porque haya acusado a su colega de corrupción. Lo único que lo legitima como médico es poder exhibir, explicar su terapéutica ante el juicio electoral. Por la misma época de la redacción del cuestionario González Ágreda, un candidato que ignoraba su existencia explicó a una distinguida concurrencia que «…había que reactivar la economía, que había que pedir prestado para no imponer un nuevo ajuste a los golpeados venezolanos, y que había que hacer un gobierno tan inclusivo que aun podría—o debería—tener ministros del chavismo en el gabinete. (Así lo enfatizó con ejemplos históricos, entre los que destacaba el caso de la sucesión de Francisco Franco: Adolfo Suárez había guiado un consejo mixto de ministros, en el que algunos miembros lo habían sido del último gabinete falangista)… Uno de los asistentes le formuló una pregunta que no quiso contestar (ni siquiera referirse a ella ante reiteradas peticiones de que la afrontara): ‘¿Cuáles entre los ministros de Chávez conservaría Ud. en un gabinete de transición?’ Con esta evasiva concluyó la presentación, que había comenzado por una aclaratoria probablemente innecesaria, pero que él consideró de ineludible importancia: no debía pensarse que él gustaba de maquillarse; la uniforme lisura de su tez se debía a que venía de un estudio de televisión, donde habían aplicado ‘pancake’ a su rostro. (Con lo que de paso hacía notar a los oyentes que él era, además, persona profusamente televisada). Eso fue exactamente lo primero que dijo». (Carta Semanal #55, 25 de septiembre de 2003).
Lo que es asombroso es que semejante pretensión de legitimidad programática fuera expuesta del modo más fresco, que hubiera quienes la escucharan y quienes la aplaudieran.
No sólo estamos en todo el derecho de exigir una legitimación programática. Debemos exigir igualmente seriedad en el asunto. Decir que hay que reactivar la economía no es la solución, sino mencionar el estado (economía reactivada) que debiera obtenerse luego de la aplicación de una solución verdadera. Es una falsa solución. Equivale a que un paciente visite al médico para decirle que se siente mal y desea ser curado, sólo para escuchar del médico que está enfermo y debe curarse.
En esto pudieran ayudarnos los comunicadores sociales, en concretar respuestas candidaturales a un cuestionario como el de González Ágreda, en no admitir evasivas o respuestas vagas o impertinentes, en no cejar hasta que el candidato concrete o admita que no sabe. Por ejemplo, desde la semana entrante los candidatos de todos los signos a la Asamblea Nacional debieran comenzar a explicar cuáles son sus respectivas agendas legislativas.
Y repito que nadie más obligado que el candidato Chávez. Esta vez no se trata de una revocación de mandato, sino de la elección a un nuevo período. Hugo Chávez está obligado a explicar con toda claridad cuál es el arsenal terapéutico que pretendería aplicar desde la Presidencia de la República a partir de 2007.
Ya una o dos veces le he caracterizado como cirujano político, no como médico político. En artículo aparecido en El Diario de Caracas en febrero de 1999, cuando el actual presidente no había cumplido un mes en el cargo, escribí: «No cabe duda de que el presidente Chávez es un cirujano político. No sólo es que pretendió operarnos en 1992 con toda la potencia de sus herramientas traumatizantes, sino que ahora su impaciencia, su locuacidad, su militarización del Poder Ejecutivo, su fijación sobre lo corrupto, indican a las claras que su protocolo de actuación es quirúrgico. Estamos en manos de un cirujano. Y el cirujano, a diferencia del médico, toma control total sobre el paciente, al punto que lo amarra o lo duerme. Eso es exactamente lo que está haciendo el presidente Chávez».
Y antes: «Esa caracterización corresponde a la técnica invasiva y traumática de su modo de proceder. Las herramientas del cirujano son las tenazas, la sierra, el martillo, la legra, el bisturí».
Y también: «…las intervenciones quirúrgicas deben ser lo más breves que sea posible. El cirujano somete al paciente a un trauma que debe acortarse en el tiempo. La más compleja y arriesgada intervención quirúrgica durará, tal vez, catorce horas, con un corazón abierto, con una trepanación, con un transplante. Pero no una semana. No se puede tener anestesiado a un paciente, ni someterle a una invasión de su estructura corporal, durante cuatro o cinco días. El tiempo político es más largo, por supuesto. Un año, por ejemplo. Si se cumple el cronograma constituyente más o menos anunciado, en el lapso aproximado de un año el país contaría con una nueva constitución política para su Estado, y estaría enfrentando, por ese mismo hecho, una necesidad de relegitimación de sus poderes constituidos. Uno de esos poderes constituidos es, justamente, el del Presidente de la República. Es el mismo presidente Chávez quien ha argumentado en este sentido. Según sus propias palabras, dentro de un año volveríamos a tener elecciones para la Presidencia de la República y para los cuerpos deliberantes diseñados en el proceso constituyente. Para ese momento reconoceré el derecho del presidente Chávez a postularse de nuevo para la Primera Magistratura. Pero para ese momento, en tanto Elector, requeriré que Hugo Chávez me muestre un protocolo médico, no uno quirúrgico, pues a esas alturas deberemos estar entrando en el lapso postoperatorio. Tendrá que legitimarse, entonces, como médico, no como cirujano».
Ya llevamos casi siete años de operación. No creo que nos convenga o queramos continuar abiertos como res, inmovilizados sobre la superficie de una mesa de disección. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 13, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
William James Durant estaba muy viejo y enfermo a sus 96 años de edad. Por tal razón su hija (Ethel) y sus nietos trataron de ocultarle la noticia del deceso de su esposa, compañera, alumna, colega y socia desde hacía setenta años. (Ida Kaufmann, a quien todo el mundo conocería por el sobrenombre de Ariel que Will le pusiera, estaba hospitalizada y murió el 25 de octubre de 1981. Will Durant supo de su muerte por televisión, y decidió acompañarla, luego de un íntimo duelo de menos de dos semanas, el 7 de noviembre).
Los esposos Durant dedicaron su vida a enseñar el legado de la civilización occidental. Para esto emprendieron la escritura de una ambiciosa colección de tomos sobre la historia de la civilización. (The Story of Civilization). Previamente Will había escrito The Story of Philosophy, (1926) un best seller que puso a Simon & Schuster en el mapa editorial y dio a los esposos la libertad financiera para emprender su obra magna. El décimo tomo (Rousseau and Revolution, 1967) de la serie de once libros más una sinopsis analítica, les valió el Premio Pulitzer de Literatura.
Entre ambos esfuerzos Will Durant escribió The Mansions of Philosophy (1929), obra que revisaría y volvería a publicar en 1953 bajo el nombre de Los placeres de la filosofía. La Ficha Semanal #63 de doctorpolítico se compone de la tercera sección (Los mecanismos de la democracia) del Capítulo XVIII (¿Es la democracia un fracaso?) de esta obra. Durant, que había comenzado su vida como socialista, dibuja en esa sección una descripción decepcionada, realmente incrédula y terrible de las instituciones democráticas, cuyas carencias expone descarnadamente. Para la edición de 1953 Durant escribió una docena de líneas a manera de Confesión, en las que dice: «Ciertas páginas son pesadamente sentimentales, pero todavía me expresan con fidelidad. Otras son cínicas o indebidamente pesimistas, especialmente en el Capítulo XVIII; habiendo descubierto mi propia falibilidad, debiera ser más indulgente ahora con mis semejantes y con los gobiernos».
Él mismo, por otra parte, había escrito: «Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas».
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Mecánica democrática
En una nación en la que los pocos que realmente gobiernan deben alcanzar alguna demostración de consenso popular, surge una clase especial cuya función no es gobernar, sino asegurar la aprobación del pueblo para cualquier política que haya sido decidida por esa inevitable oligarquía que se esconde en el corazón de todo estado democrático. Llamamos políticos a los hombres de esta clase. Hablemos ahora de ellos.
Los políticos se dividen en partidos, y alínean al pueblo en campos hostiles. El espíritu partidista natural de la humanidad hace fáciles a esas organizaciones, que son la supervivencia de las lealtades tribales para la guerra. Los salvajes australianos viajan a través de su vasto continente para tomar, en una pelea, el lado de aquellos que usan el mismo tótem. Todavía el tótem ayuda a organizar; los partidos que usan un elefante o un asno como sus emblemas sagrados parecen pasarla mejor que aquellos que ingenuamente escogen la antorcha.
Ahora bien, la organización de los partidos es costosa y requiere ángeles—idealistas realistas que pagan los costos de salones de billar, salones de clubes, excursiones y campañas, y que se satisfacen con la recompensa de seleccionar los candidatos, asegurar ciertos contratos y nombramientos, obtener protección contra leyes absurdas y molestas, y jugar un papel tranquilo en las arduas tareas de la legislación. «Aquél que nomina gobierna». El pueblo no puede nominar a nadie, ni siquiera en las primarias. Porque el pueblo está desorganizado y desinformado; puede confiarse en que asignará sus favores con aproximada igualdad, y una minoría pequeña pero bien organizada, que otorgue sus votos enteramente hacia un lado, puede usualmente decidir una convención, una primaria o una elección. La «maquinaria» triunfa porque es una minoría unida que actúa contra una mayoría desunida. Quizás era esto lo que Carlyle quería significar cuando dijo: «La democracia es por su propia naturaleza un asunto de anularse a sí misma, y rinde en el largo plazo un resultado neto de cero». «Una verdadera democracia», dijo ese apasionado demócrata Jean Jacques, «nunca ha existido y nunca existirá, porque es contra el orden natural de las cosas que la mayoría gobierne a la minoría». Toda la política es la rivalidad de minorías organizadas; los votantes son atletas de grada que vitorean a los victoriosos y abuchean a los derrotados, pero de ningún otro modo contribuyen con el resultado.
Bajo tales circunstancias el voto es superfluo, y es llevado a cabo en gran medida para engrasar los surcos del control social estableciendo en la mente del pueblo la noción de que las leyes son hechas por él. En las democracias, dijo Montesquieu, los impuestos pueden ser mayores que en cualquier otro lado sin levantar resistencia, porque todo ciudadano los ve como un tributo que se paga a sí mismo. L’état c’est lui—él es el estado, y el presidente es el jefe de sus sirvientes. Haz cosquillas al orgullo de un hombre y podrás hacer cualquier cosa con él. Los romanos gobernaban al pueblo mediante panem et circenses; nuestros dueños sólo necesitan darnos un circo cuatrienal—nosotros proveeremos nuestro propio pan y sufragaremos el circo.
Casi la única ventaja que una elección tiene con estas premisas es la oportunidad educativa que ofrece la atención despertada en la gente. Pero en la mayoría de los casos esto se anula con un astuto escamoteo de los verdaderos temas en juego; un político no es nada si no es capaz de inventar algunos temas llamativos y poco importantes para desviar los ojos del populacho lejos de los problemas realmente implicados. Así, en la elección canadiense de 1917 el tema real de conscripción vs. alistamiento fue sutilmente tapado al señalar que la derrota de la propuesta de conscripción significaría la dominación de Canadá por el elemento francés de la población. Los habitantes ingleses se levantaron en masse y votaron a favor de la dominación inglesa y la conscripción. Una buena vitrina venderá cualquier clase de pacotilla política. Las elecciones se vuelven un concurso de fraude y ruido, y como los argumentos serios hacen el menor ruido, la verdad se pierde en la confusión. Añádase a esto la manipulación de los distritos urbanos para preservar el poder en las comunidades rurales conservadoras, la vasta población flotante desarraigada por su movilidad, un grado de deshonestidad y violencia en las votaciones, y usted obtiene democracia. Bajo tales condiciones «un voto se hace tan valioso como un billete de tren cuando la línea está permanentemente bloqueada». ¿Debe sorprendernos que la proporción de votantes reales sobre votantes legales haya disminuido de 80% en 1855 a 50% en 1924? ¿O que hombres inteligentes rehúsen pararse en una cola una hora para el privilegio de registrarse y luego de nuevo una hora por el privilegio de votar, es decir, el privilegio de escoger entre A y B que pertenecen ambos a X?
No obstante, supongamos que hemos votado. La elección ha pasado, las acciones subieron, y los senadores y representantes electos van a Washington (unos meses más tarde) para formar nuestro Congreso, nuestro Parlamento o Tienda de Parla, nuestra Discusión Nacional. Nada puede ser más desconcertante que las sorpresas que encuentran estas damas y caballeros electos. No es únicamente que a los hombres que se reúnen en asambleas las orejas les crecen instantáneamente. Ellos han sido escogidos por su habilidad política en el sentido americano—esto es, la habilidad para ser nominados, anunciados, aplaudidos y elegidos; poseen esa clase de habilidad en una forma altamente desarrollada y especializada. Normalmente son gente subordinada, dispuesta a la disciplina, elástica de conciencia, y libre de una peligrosa originalidad o genio; nada los descalificaría tanto para el oficio (o para las aproximaciones tortuosas al oficio) como el genio de cualquier clase—sobre todo el genio de estadistas. Ya debiera ser aparente a estas alturas que un hombre tiene una mejor oportunidad de alcanzar un alto cargo si logra una reputación de mediocridad.
Ahora, de repente, nuestro representante se halla asediado por problemas distintísimos de los que ha resuelto en la ruta hacia el poder. Aquellos eran problemas de política: de paciente lealtad hacia los líderes de barrio, de distrito y de condado; de influencias subterráneas y entendimientos secretos; de discursos y acusaciones y desmentidos y publicidad manipulada; de contribuciones solicitadas de modo inconspicuo y gastadas con un ojo sobre la ley; de favores hechos a los poderosos y promesas hechas al resto. Pero estos problemas que caen sobre él en Washington, y le abruman con mil proyectos de ley, son problemas de economía: tienen que ver con propiedad de la tierra, materias primas, minas de carbón, pozos de petróleo, energía hidráulica, producción, competencia, transporte, navegación, aviación, arbitraje, distribución, mercadeo y finanzas; implican detalles esotéricos sólo inteligibles para un especialista, y dolorosos más allá de lo soportable para un hombre cuya especialidad es la intriga. Nuestro representante busca refugio en su periódico y vota como se le dice.
A medida que el gobierno se hace más complejo, los funcionarios electos se hacen menos y menos importantes; los expertos contratados más y más importantes. El poder ejecutivo «invade al legislativo» porque está armado y apoyado por comités expertos—Consejos de la Reserva Federal, Comisiones Federales de Comercio, Consejos del Trabajo, Comisiones de Comercio Interestatal, comisiones de la deuda… Durante la administración del presidente Harding los miembros del Congreso recibieron un shock al encontrarse sentados, en un desfile, detrás de los miembros de algunas de las comisiones mencionadas. El Senado protestó con diez Considerandos y dos En Consecuencias, y el Sr. Harding contestó con esa amable suavidad que le había bastado para hacerlo Presidente. Pero la paja había mostrado el viento. El «gobierno representativo» había sido quebrado; la democracia no había encontrado forma de elegir cerebros a los cargos; y los cerebros habían sido puestos en el poder mientras la democracia hacía discursos o leía periódicos.
¿Será ésta la razón por la que tan insistentemente recomendamos la democracia a nuestros enemigos? Nietzsche habla de la «disposición que soporta la forma democrática de gobierno en un estado vecino—le désordre organisé, como dice Mérimée—por el solo hecho de que asume esta forma de gobierno, hace a esta nación más débil, más distraída, menos apta para la guerra». Tal vez esta entronización democrática de la mediocridad y la incompetencia, la sofistería y la corrupción, tenga algo que ver con la transición platónica de un gobierno parlamentario a la «tiranía» o la dictadura en Italia y España y Grecia y Rusia y Polonia y Portugal, y a la amenaza de desarrollos similares en Francia. En cuanto a nosotros, veamos lo que ha ocurrido: las fuerzas de la reforma política han sido derrotadas la mayor parte del tiempo, y cuando han logrado una extraviada victoria ha sido mediante la adopción de los métodos empleados por la «maquinaria»—de forma que el triunfo de la «reforma» en ciertos estados ha tenido algo del carácter de la conversión del mundo a la cristiandad, en la que no estuvo nada claro cuál de las dos partes se convirtió a la otra. «La política está ahora tan completamente dominada por las maquinarias como durante los 80… Los políticos profesionales son más que nunca nuestros dueños. Después de cincuenta años de lucha han finalmente derrotado a su enemigo, el reformador». Ha triunfado la mediocracia. En todas partes la inteligencia ha huido de las plataformas de la democracia como de una corriente envolvente. Los necios están en la silla y cabalgan a la humanidad.
Sí, esto es una visión parcial, un memorial de agravios antes que un análisis completo. Las virtudes semiredentoras de la democracia han sido loadas por suficiente tiempo como para necesitar aquí ninguna letanía. Es verdad que la opresión de las minorías por las mayorías es (numéricamente) preferible a la opresión de mayorías por minorías; que la privación democrática del hombre educado no es peor que la sujeción aristocrática del nuevo talento por la prosapia antigua; que la democracia ha levantado el espíritu y el orgullo del hombre común tanto como ha roto el espíritu y esterilizado el genio del individuo excepcional; que el votante omnipotente tiene ahora una sensación de personalidad liberada que en algún grado sustituye al coraje y el carácter; que ya no hay siervos (conscientes) entre nosotros, y que cada hombre puede saber que es un presidente potencial. Pudiera ser, como el paciente Bryce concluyese laboriosamente, que hay algunas formas de gobierno peores que la democracia.
Pero mientras más la examinamos más alterados nos vemos por su incompetencia y su insinceridad. Puesto que no es real el poder político a menos que represente el dominio militar o económico, el sufragio universal es un espectáculo costoso. La dictadura sólo puede reivindicar una superioridad—es más honesta; «el poder absoluto», dijo Napoleón, «no tiene necesidad de mentir; actúa sin decir nada». La democracia sin educación significa hipocresía sin límites; significa la degradación del arte del estado en política; significa el costoso mantenimiento, además de la real clase gobernante, de una gran clase parasitaria de políticos cuya función es servir a los gobernantes y engañar a los gobernados.
La última etapa del asunto es el gobierno del gángster. Los criminales florecen felizmente en nuestras grandes ciudades, puesto que se les garantiza plena protección y cooperación de la ley. Si pertenecen a la organización, o tienen amigos en ella, tienen todas las seguridades de que si cometen un crimen no serán arrestados, que si son arrestados no serán convictos, que si son convictos no serán enviados a la cárcel, que si son enviados a la cárcel serán perdonados, que si no son perdonados se les permitirá escapar. Si tuvieran que ser muertos en la práctica de su profesión, serán enterrados con la grandeza y ceremonia debidas a un miembro de la clase gobernante, y lápidas memoriales serán erigidas en su honor. Es éste el dénouement de la democracia municipal.
Seremos cobardes de rango si ya no pestañeáramos ante este despertar del mal en nuestros sueños ilusos. Si no podemos encontrar algún remedio a la democracia que la limpie de su villanía y la desembarace de su ignorancia, mejor haríamos en regalar nuestra Constitución a alguna nación imberbe e importar un rey.
Will Durant
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