CS #158- Campaña constituyente

Cartas

Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores.

A poco de comenzar a gobernar, el presidente Chávez puso una etiqueta primordial. La asamblea constituyente que seguramente se elegiría, sería «originaria». La pobre oposición, derrotada y aterrada—los primeros círculos bolivarianos hicieron que congresistas electos menos de un año antes tuvieran que llegar a su trabajo trepando rejas—no atinó a decir sino automáticamente «derivada». Naturalmente, un candidato opositor que hubiera querido defender este conservatismo en zonas empobrecidas del país, las más numerosas, pudiera no haber sido objeto de mucho cariño.

La oposición no atinó a decir algo más profundo y definitivo. Que la asamblea no podría ser originaria porque sólo el Pueblo es originario, sólo él es Poder Constituyente Originario. Que los diputados a la asamblea constituyente serían nuestros apoderados constituyentes, y seríamos nosotros quienes tendríamos que especificar sus poderes, por ejemplo si queríamos que redujeran a un mínimo las funciones del Congreso. Que lo originario sería el referendo aprobatorio final por el que expresaríamos si estábamos de acuerdo con el proyecto de constitución que nuestros apoderados constituyentes aprobarían.

Pero que… ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida

Ahora hablan gente del gobierno, diputados, dirigentes políticos afectos al proyecto revolucionario de Chávez, de reforma constitucional, y la reacción de los restos de aquella misma oposición es de aprensión y de miedo. Ahora consideran éstos que obtendrán votos en las elecciones de diciembre con una campaña centrada en que no haya reforma de una constitución a la que se opusieron, que fue producto de una constituyente a la que se opusieron.

¿Por qué no hacer lo contrario? ¿Por qué no dar la bienvenida a un tiempo de reforma constitucional? A comienzos de 2002 Primero Justicia proponía una enmienda constitucional. (De recorte de período presidencial). A comienzos de 2003 Herman Escarrá proponía una asamblea constituyente. (Como medio de destronar a Chávez). Ambos apuntaban correctamente a la convocatoria del Poder Constituyente Originario, imprescindible a todo trámite constituyente. ¿Por qué no situarnos entre ambos extremos y pretender, por ahora, una reforma constitucional?

Lo verdaderamente hermoso de la cosa es que se puede someter a referendo aprobatorio un proyecto de reforma apoyado por 15% de los Electores y discutido por la Asamblea Nacional. (De paso, bastante menos que el 40 y tantos por ciento que votó a favor de la revocación el 15 de agosto del año pasado).

Claro que la Asamblea Nacional puede modificar el proyecto original, pero siempre tendrá que pasar por la aprobación final de los Electores. Claro que la Asamblea puede tomarse dos años (2008) para aprobar la reforma, pero la oposición repetidamente ineficaz ha dejado siempre para última hora preocuparse por ciertos vencimientos políticos que estaban avisados en la constitución. Desde el 15 de diciembre de 1999 se sabía cuándo vencería el plazo para convocar a referendo revocatorio, por ejemplo, pero esto no se atendió hasta que demostraron ser ineficaces propuestas como las de una enmienda de recorte de período o de un referendo consultivo. («Vinculante no, fulminante sí»). Desde que el gobierno habla de reforma constitucional sería una inconsciencia no prepararse para 2008.

Y tal cosa es prepararse para una reforma constitucional. (Al menos). Es prepararse para algo más fundamental que la elección de Asamblea Nacional, puesto que pudiera modificar las facultades de ésta. Más fundamental que la elección de Presidente de la República, ya que pudiera alterar las atribuciones de éste, aunque ya hubiese sido electo.

doctorpolítico se concentrará en la elaboración de un proyecto de reforma constitucional. Sería extraordinariamente fecundo que se abriera una «licitación constituyente», en la que, a la manera de Puerto Rico en 1998, se celebrara un referéndum de opción múltiple por la que los Electores pudieran escoger entre varios proyectos de reforma. (Los puertorriqueños decidían entre independencia total, comunidad territorial, libre asociación—que era mantener el statu quo—estado número 51 de los Estados Unidos o ninguna de las anteriores. Un abanico de cinco opciones constitucionales).

Es altamente probable que surja de la Asamblea Nacional un proyecto de reforma constitucional que se apruebe perentoriamente, en 2006 incluso. No es obligatorio, sino posible, tomarse hasta 2008 para convocar el referendo aprobatorio (o negador) de un proyecto de reforma constitucional. Pero aun si surgiere un proyecto de reforma constitucional de la Asamblea Nacional electa en diciembre próximo, o del presidente Chávez, siempre podría un 15% de los Electores presentar otro, y en ese sentido sería licitar entre un proyecto de Estado y un proyecto de Electores.

Usaríamos la Constitución como en 1999 se usó la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. En aquella ocasión se prefirió emplear el conducto nuevo del Título VI de esa ley (De los referendos) para preguntar por la instalación de un cuerpo ni siquiera previsto en las disposiciones constitucionales existentes (la asamblea constituyente), en lugar de pautar un procedimiento ad hoc; en el caso que he propuesto se consiente en emplear el último párrafo del artículo 334 de la Constitución: «La iniciativa de la Reforma de la Constitución la ejerce la Asamblea Nacional mediante acuerdo aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes, por el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros o a solicitud de un número no menor del quince por ciento de los electores inscritos y electoras inscritas en el Registro Civil y Electoral que lo soliciten».

Porque aun pudiera adoptarse un curso más directo: un 15% de los Electores pudiera en verdad someter directamente a referendo, sin necesidad de pasar por la discusión de la Asamblea Nacional, un proyecto específico de reforma constitucional.

La Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia no tendría más remedio que admitir tal cosa, pues en caso contrario se desplomaría todo fundamento jurídico del actual régimen. El presidente Chávez resultó electo en 2000 según una constitución que fue aprobada en una asamblea constituyente que fue electa luego de consultar si así lo querían los Electores, en referendo permitido en virtud de decisión de la Corte Suprema de Justicia en 19 de enero de 1999, fundamentada en que las constituciones no limitan al Poder Constituyente Originario, sino al poder constituido.

Si en manera alguna, el gobierno, la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo de Justicia, los órganos del Poder Electoral o el Ciudadano, intentasen obstruir esa vía estarían, ipso facto, socavando su propia base y negando su propio origen, bajando la verdaderamente última careta.

El Estado venezolano ha invadido excesivamente, sin duda alguna, el espacio ciudadano, cuya atención es excesivamente exigida por los órganos del poder público. Es tiempo de corregir eso. Es tiempo de atenuar el sobresalto.

LEA

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FS #66 – Escrituras políticas

Fichero

LEA, por favor

Sobre todo la actividad intelectual francesa reciente es un ejercicio esotérico, autocomplaciente, pedante y opaco. Escribe para sí misma, pudiera decirse; escribe en gran medida como sí sólo buscara producir expresiones de admiración o de envidia en los colegas del escritor. Exige del lector una erudición equivalente a la del escritor, a pesar de que Roland Barthes moviese el terreno propio de la literatura desde la propiedad de quien escribe a aquélla en la que el lector hace de cada obra la suya individual.

Este carácter abstruso, estudiadamente elegante y complejo, fue particularmente notorio en la década de los sesenta, cuando el estructuralismo y la semiología o semiótica—el estudio de los signos—hicieron eclosión en un buen número de intelectuales de Francia—Foucault, Lévi-Strauss, Lacan, Sollers, el mismo Barthes—que prácticamente solos fueron los parteros del post modernismo. Es justamente Roland Barthes el historiador desde adentro de esta exigentísima manera de pensar. Para esta Ficha Semanal #66 de doctorpolítico se ha escogido su texto Escrituras políticas, que forma parte del celebrado ensayo El grado cero de la escritura. (1964). Se trata de una manera de escribir opuesta a la tradición analítica y precisa de los anglosajones.

Se necesita, pues, algún trabajo para penetrar esa literatura francesa del ensayo que es a la vez ciencia y filosofía, ambas en envoltura poética que para colmo no es clásica, ni siquiera romántica, pues ha surgido después de que los franceses inventaran el impresionismo y descubrieran el surrealismo. Al suscrito, sin ir muy lejos, le cuesta bastante desentrañar esos textos à la manière française. Hace muchos años debí dedicar algo más de un mes a comprender—creo que cabalmente—lo que Pierre Teilhard de Chardin quería decir en su introducción a El Fenómeno Humano, unas seis páginas. Pero una vez que quebré el código particular del autor, de allí en adelante la lectura se hizo cristalina.

Así que propongo acá el texto de Barthes sin pretender haberlo entendido a plenitud, sugiriendo tan sólo que valdrá la pena fajarse con él hasta descifrarlo. De algún modo aprenderemos de su lectura que los regímenes políticos, especialmente los autoritarios, siempre producen un nuevo lenguaje, encargado de justificar sus abusos. Dice el ensayista en el prólogo a El grado cero de la escritura: «Hébert jamás comenzaba un número del Père Duchêne sin poner algunos «¡mierda!» o algunos «¡carajo!». Esas groserías no significaban nada, pero señalaban. ¿Qué? Una situación revolucionaria. He aquí el ejemplo de una escritura cuya función ya no es sólo comunicar o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la Historia y la posición que se toma frente a ella».

Es ésa la función de la procacidad del actual régimen venezolano.

LEA

……

Escrituras políticas

Todas las escrituras presentan un aspecto de cerco extraño al lenguaje hablado. La escritura no es en modo alguno un instrumento de comunicación, no es la vía abierta por donde sólo pasaría una intención del lenguaje. Es todo un desorden que se desliza a través de la palabra y le da ese ansioso movimiento que lo mantiene en un estado de eterno aplazamiento. Por el contrario, la escritura es un lenguaje endurecido que vive sobre sí mismo y de ningún modo está encargado de confiar a su propia duración una sucesión móvil de aproximaciones, sino que, por el contrario, debe imponer, en la unidad y la sombra de sus signos, la imagen de una palabra construida mucho antes de ser inventada. Lo que opone la escritura a la palabra, es el hecho de que la primera siempre parece simbólica, introvertida, vuelta ostensiblemente hacia una pendiente secreta del lenguaje, mientras que la segunda no es más que una duración de signos vacíos cuyo movimiento es lo único significativo. Toda la palabra está encerrada en ese desgaste de las palabras, en esa espuma siempre arrastrada más lejos, y no hay palabra sino allí donde el lenguaje funciona evidentemente como una voracidad que sólo tomaría la extremidad móvil de las palabras; la escritura, por el contrario, está siempre enraizada en un más allá del lenguaje, se desarrolla como un germen y no como una línea, manifiesta una esencia y amenaza con un secreto, es una contra-comunicación, intimida. Encontraremos entonces, en toda escritura, la ambigüedad de un objeto que es a la vez lenguaje y coerción: existe en el fondo de la escritura como una «circunstancia» extraña al lenguaje, como la mirada de una intención que ya no es la del lenguaje. Esa mirada puede muy bien ser una pasión del lenguaje, como en la escritura literaria; puede ser también la amenaza de un castigo, como en las escrituras políticas: la escritura está entonces encargada de unir con un solo trazo la realidad de los actos y la idealidad de los fines. Por ello el poder o la sombra siempre acaba por in! stituir una escritura axiológica, donde el trayecto que separa habitualmente el hecho del valor, está suprimido en el espacio mismo de la palabra, dado a la vez como descripción y como juicio. La palabra se hace excusa (es decir un «otra parte» y una justificación). Esto, que es verdadero para las escrituras literarias, donde la unidad de los signos está incesantemente fascinada por las zonas de infra o de ultra-lenguaje, lo es más aún para las escrituras políticas, donde la excusa del lenguaje es al mismo tiempo intimidación y glorificación: efectivamente, el poder o el combate son los que producen los tipos más puros de escritura.

Veremos más adelante que la escritura clásica manifestaba ceremonialmente la implantación del escritor en una sociedad política particular y que hablar como Vaugelas fue, en un primer momento, ligarse al ejercicio del poder. Si la Revolución no modificó las normas de esta escritura, porque el personal pensante seguía siendo de todos modos el mismo y sólo pasaba del poder intelectual al poder político, las excepcionales condiciones de la lucha produjeron sin embargo en el seno mismo de la gran Forma clásica, una escritura propiamente revolucionaria, no por su estructura, más académica que antes, sino por su cercamiento y su doble: el ejercicio del lenguaje ligándose, como nunca había sucedido todavía en la Historia, con la Sangre vertida. Los revolucionarios no tenían ninguna razón en querer modificar la escritura clásica, no pensaban de ningún modo poner en tela de juicio la naturaleza del hombre y menos aún su lenguaje; un «instrumento» heredado de Voltaire, de Rousseau o de Vauvenargues, no podía parecerles comprometido. La singularidad de las situaciones históricas formó la identidad de la escritura revolucionaria. En algún lugar, Baudelaire habló de la «verdad enfática del gesto en las grandes circunstancias de la vida». La Revolución fue, por excelencia, una de esas grandes circunstancias en que la verdad, por la sangre que cuesta, se hace tan pesada que requiere, para expresarse, las formas mismas de la amplificación teatral. La escritura revolucionaria fue ese gesto enfático que era el único en poder continuar el cadalso cotidiano. Lo que hoy parece exageración era entonces la medida de la realidad. Esta escritura que tiene todos los signos de la inflación fue una escritura exacta: nunca el lenguaje fue menos inverosímil y menos impostor. Ese énfasis no era solamente la forma moldeada sobre el drama; era también su conciencia. Sin ese extravagante drapeado, propio de todos los grandes revolucionarios, que le permitió al girondino Gaudet, detenido en Saint-Emilion, declarar, sin ser ridículo porque iba a morir: «Sí, soy Gaudet. Verdugo haz tu oficio. Lleva mi cabeza a los tiranos de la patria, Los hizo siempre palidecer: cortada, les hará palidecer más aún», la Revolución no hubiera podido ser ese acontecimiento mítico que fecundó la Historia y toda idea futura de la Revolución. La escritura revolucionaria fue como la entelequia de la leyenda revolucionaria: intimidaba e imponía una consagración cívica de la Sangre.

La escritura marxista es otra. Aquí el cerco de la forma no surge de una amplificación retórica ni del énfasis de la elocución, sino de un léxico tan particular, tan funcional como un vocabulario técnico; las metáforas, incluso, están severamente codificadas. La escritura revolucionaria francesa siempre fundaba un derecho sangriento o una justificación moral; en su origen, la escritura marxista está dada como un lenguaje del conocimiento; aquí la escritura es unívoca porque está destinada a mantener la cohesión de una Naturaleza; la identidad lexical de esta escritura le permite imponer una estabilidad de las explicaciones y una permanencia del método; sólo en los extremos de su lenguaje el marxismo alcanza comportamientos puramente políticos. Así como la escritura revolucionaria francesa es enfática, la escritura marxista es litótica, ya que cada palabra es sólo una exigua referencia al conjunto de los principios que la soporta sin confesarlo. Por ejemplo, la palabra «implicar», frecuente en la escritura marxista, no tiene el sentido neutro del diccionario; alude siempre a un proceso histórico preciso, es como un signo algebraico que representaría todo un paréntesis de postulados anteriores.

Ligada a una acción, la escritura marxista se hizo rápidamente, de hecho, un lenguaje de valor. Este carácter, ya visible en Marx, cuya escritura por lo general sigue siendo explicativa, invadió completamente la escritura stalinista triunfante. Ciertas nociones, formalmente idénticas y que el vocabulario neutro no designaría dos veces, están escindidas por el valor, y cada lado se une a una palabra distinta: por ejemplo, «cosmopolitismo» es la palabra negativa de «internacionalismo» (ya en Marx). En el universo staliniano, donde la definición, es decir, la separación del Bien y del Mal, ocupa todo el lenguaje, ya no hay palabras sin valor, y la escritura tiene finalmente por función el hacer la economía de un proceso: no hay ya aplazamiento entre la denominación y el juicio, y el cerco del lenguaje es perfecto puesto que, finalmente, un valor es dado como explicación de otro valor; por ejemplo, se dirá que tal criminal desplegó una actividad perjudicial a los intereses del Estado; lo que equivale a decir que un criminal es quien comete un crimen. Vemos que se trata de una verdadera tautología, procedimiento constante de la escritura staliniana. Ésta, en efecto, no trata de fundar una explicación marxista de los hechos, sino de dar lo real bajo su forma juzgada, imponiendo una lectura inmediata de las condenas: el contenido de la palabra «desviacionista» es de orden penal. Si dos desviaciones se reúnen, se vuelven «fraccionistas», lo que no corresponde a una falta objetivamente diferente, sino a una agravación de la pena. Se puede inventariar una escritura propiamente marxista (la de Marx y Lenin) y una escritura del stalinismo triunfante (la de las democracias populares); hay ciertamente también una escritura trotskista y una escritura táctica que es, por ejemplo, la del comunismo francés (sustitución de «pueblo», usada después de «buena gente» por «clase obrera», voluntaria ambigüedad de los términos «democracia», «libertad», «paz», etcétera).

No hay dudad de que cada régimen posee su escritura, cuya historia está todavía por hacerse. La escritura, siendo la forma espectacularmente comprometida de la palabra, contiene a la vez, por una preciosa ambigüedad, el ser y el parecer del poder, lo que es y lo que quisiera que se crea de él: una historia de las escrituras políticas constituiría por lo tanto la mejor de las fenomenologías sociales. Por ejemplo, la Restauración elaboró una escritura de clase, gracias a la cual la represión se daba inmediatamente como una condena surgida espontáneamente de la «Naturaleza» clásica: los obreros reivindicadores eran siempre «individuos», los rompehuelgas, «obreros tranquilos» y la servilidad de los jueces se transformaba en la «vigilancia paterna de los magistrados» (en nuestros días, por un procedimiento análogo, el «golismo» llama «separatistas» a los comunistas). Vemos aquí que la escritura funciona como una buena conciencia y que tiene por misión el hacer coincidir fraudulentamente el origen del hecho y su avatar más lejano, dando a la justificación del acto, la caución de su realidad. Este hecho de escritura es por otra parte propio de todos los regímenes autoritarios; es lo que se podría llamar la escritura policial: se conoce, por ejemplo, el contenido eternamente represivo de la palabra «Orden».

La expansión de los hechos políticos y sociales en el campo de la conciencia de las Letras produjo un tipo nuevo de escribiente, situado a mitad de camino entre el militante y el escritor, extrayendo del primero una imagen ideal del hombre comprometido, y del segundo la idea de que la obra escrita es un acto. Al mismo tiempo en que el intelectual sustituye al escritor, nace en las revistas y en los ensayos una escritura militante enteramente liberada del estilo, y que es como un lenguaje profesional de la «presencia». En esa escritura abundan las sutilezas. Nadie negará que existe, por ejemplo, una escritura «Esprit» o una escritura «Temps Modernes». El carácter común de esas escrituras intelectuales, es que aquí el lenguaje, de lugar privilegiado, tiende a devenir el signo autosuficiente del compromiso. Alcanzar una palabra cerrada por el empuje de todos aquellos que no la hablan, es afirmar el movimiento de una elección, sostener esa elección: la escritura se transforma aquí en la firma que se pone debajo de una proclama colectiva (que por lo demás uno no redactó). Adoptar así una escritura—se podría decir mejor asumir una escritura—, es economizar todas las premisas de la elección, manifestar como adquiridas todas las razones de esa elección. Toda escritura intelectual es por lo tanto el primero de los «saltos del intelecto». En vez de un lenguaje idealmente libre que no podría señalar mi persona y dejaría ignorar totalmente mi historia y mi libertad, la escritura a la que me confío es ya institución; descubre mi pasado y mi elección, me da una historia, muestra mi situación, me compromete sin que tenga que decirlo. La forma se hace así más que nunca un objeto autónomo, destinado a significar una propiedad colectiva prohibida, y ese objeto tiene valor de ahorro, funciona como una señal económica gracias a la cual el escribiente impone sin cesar su conversión sin trazar nunca la historia de ella.

Esta duplicidad de las escrituras intelectuales de hoy, está acentuada por el hecho de que, a pesar de los esfuerzos de la época, la Literatura nunca pudo ser enteramente liquidada: forma un horizonte verbal siempre prestigioso. El intelectual no es más que un escritor mal transformado y, a menos de sumergirse y de hacerse para siempre un militante que ya no escribe (algunos lo hicieron, por definición olvidados), no puede sino volver a la fascinación de escrituras anteriores, transmitidas a partir de la Literatura como un instrumento intacto y pasado de moda. Por lo tanto, estas escrituras intelectuales son inestables, siguen siendo literarias en la medida en que son impotentes y sólo son políticas por su obsesión de compromiso. En suma, se trata todavía de escrituras éticas, donde la conciencia del escribiente (no nos atrevemos a decir, del escritor), encuentra la imagen apaciguante de la salvación colectiva.

Pero, del mismo modo en que, en el estado presente de la Historia, toda escritura política sólo puede confirmar un universo policial, toda escritura intelectual puede únicamente instituir una para-literatura, que no se atreve a decir su nombre. Están en un callejón sin salida, sólo pueden remitir a una complicidad o a una impotencia, es decir, de todos modos, a una alienación.

Roland Barthes

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CS #157 – Candideces candidaturales

Cartas

Casi todo el mundo intuye que hace falta un líder. Si uno hace caso, como yo lo hago, de los hallazgos de los encuestadores serios del país, hasta una proporción importante de chavistas preferiría que otra persona sucediera a Chávez al comienzo de 2007. Alfredo Keller obtiene—en focus groups—el siguiente retrato hablado del líder ideal: «…preferiblemente hombre de imagen fresca, casado, con hijos, proveniente de estratos sociales bajos, con sensibilidad social, economista de profesión o vinculado con la política, con capacidad para trabajar en equipo y relacionarse con ‘cualquier persona’, luchador social, demócrata, innovador, con demostrada capacidad para gerenciar y delegar funciones, motivador, agradable, respetuoso, que sea capaz de cumplir lo que dice y capaz de transmitir confianza y seguridad. Además, los venezolanos concluyen que su líder debe evitar parecer maleducado, grosero, distante del pueblo, egoísta, orgulloso, violento y excluyente social». (Eugenio Martínez, El Universal, 25 de septiembre de 2005). Entre los precandidatos opositores más significativos ¿hay quien se acerque suficientemente a ese desiderátum?

Teodoro Petkoff es probablemente la figura que se ve más fuerte en el trasfondo, y se da por seguro que importantes actores de la vida nacional le apoyarían, como algunos dueños de medios y algunos entre los prestigiosos dirigentes de aquel Grupo Roraima que emergiera al inicio del gobierno de Jaime Lusinchi. (En aquella oportunidad destacaban en él Luis Augusto Vegas Benedetti—cuyas oficinas del edificio Roraima dieron su nombre al grupo—Marcel Granier, Gustavo Roosen, Eduardo Quintero Núñez—estos dos últimos, a la sazón, los principales ejecutivos del Grupo Polar—Philippe Erard—que comandaba las empresas de Corimón—Carlos Bernárdez y otros).

En el mismo trabajo de Eugenio Martínez otras dimensiones distintas del arquetipo kelleriano entran en juego. Por ejemplo, se menciona lo hallado por Hinterlaces, la encuestadora dirigida por Oscar Schemel: «¿Teodoro Petkoff? Hinterlaces no cuantificó alternativas de liderazgo ni intención de voto. Sin embargo, los focus groups revelan que Teodoro Petkoff y Álvarez Paz sólo son percibidos como candidatos presidenciales en las clases A y B. Las clases C, D y E los asocian con gobiernos pasados y consideran que no son consecuentes en sus planteamientos».

Petkoff ha dicho que está pensando sobre su candidatura. Julio Borges ha dicho que es candidato. Francisco Monaldi, del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, cree que la oposición se va a polarizar en apoyo a un candidato que puede ser Borges o Petkoff, a pesar de que falta una definición a este respecto, pero que en todo caso esa figura perdería con 40% de votos ante un 60% que a su juicio obtendría el presidente «incumbente». (Monaldi destaca el rango actual de la candidatura Borges: entre 12% y 25% en distintas encuestas). Como es el único candidato explícito, Borges es el único formalmente obligado a hacer ofertas al electorado. Mientras se completa una «definición ideológica» anunciada para Primero Justicia, Borges ha ofrecido su juventud y algunas ocurrencias esporádicas. Por ejemplo, terciando en el brollo marqueseño, ha sugerido ayer que se entregue a campesinos sin tierra parte de los terrenos de Fuerte Tiuna. Supongo que considera a esta ocurrencia ingeniosa y de gran pegada política, como aquella de Henrique Salas Roemer de exaltar el «caracazo» de 1989 hasta la misma liga de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos de la plaza de Tiananmén, pues lo consideraba más democrático que la efemérides chavista del 4 de febrero.

En cambio promete hacer ofertas—y dice que éste no es el momento para hablar de su candidatura—Roberto Smith en la presentación de su movimiento «Venezuela de Primera»: «Vamos a presentar soluciones a todos los problemas y nos proponemos resolverlos con eficacia y honestidad, a partir de la creación de ‘movimientos regionales de primera’ en cada estado venezolano». Una de sus promesas viene formulada en spanglish: «full empleo», al tiempo que indica que pretende llevar a Venezuela a la categoría de país del «primer mundo». Algunos de sus colaboradores creen que un tal «primerismo» vendría a ser una formulación ideológica de superior potencialidad comparada con el liberalismo y el socialismo. A pesar de que en algún momento pareció despegar el ensayo de una tendencia a entenderse como un tal «movimiento de movimientos»—idea no totalmente pasada de moda en ciertos círculos opositores y hasta cierto punto lograda en la extinta Coordinadora Democrática (un movimiento de movimientos u organizaciones, en lugar de un movimiento de ciudadanos, que tal vez es lo que se necesitaría)—ahora reincide al presentar la iniciativa como «una unión de organizaciones nacionales y regionales que comparten inquietudes políticas sociales y culturales, pero que mantienen su identidad y autonomía». (Vivian Castillo, El Universal, 28 de septiembre de 2005).

«Venezuela de Primera» ha postulado candidaturas propias a la Asamblea Nacional en Aragua, Barinas, Carabobo, Cojedes, Lara, Miranda, Táchira y Distrito Capital. En cambio, en Amazonas, Monagas, Nueva Esparta, Portuguesa y Vargas ha consentido en apoyar candidaturas de otras organizaciones. (Esencialmente las de la alianza partidista de AD, COPEI, Primero Justicia, MAS, Proyecto Venezuela, etcétera). Es interesante notar que se haya decidido tal cosa para el estado Vargas, por cuanto fue allí donde se iniciara Smith en actividad política con su candidatura a la gobernación en las elecciones del 30 de octubre de 2004, y Cipriano Heredia, Director General de «Venezuela de Primera», ha explicado que las candidaturas no unitarias de la organización se justificarían porque en el primer grupo de circunscripciones «la dirigencia regional del partido ha trabajado intensamente en esas entidades, entrando en contacto directo con el elector». Ergo, tal cosa no habría ocurrido en Vargas, lo que tal vez explica por qué «Vargas de Primera» no obtuvo allí ni un solo concejal en las elecciones municipales de este año.

Hace no mucho se aseguraba en chisme político publicado que Smith intentaría convencer a Petkoff de que declinara su candidatura.

Hasta los momentos, por tanto, parece haber tres candidatos al abanderamiento de la oposición, del nuevo «polo democrático» que se opondría al nuevo «polo patriótico» (en el que tal vez ya no estén los Tupamaros, Lina Ron y Walter Martínez): Petkoff, que ha sido dos veces candidato presidencial, y Borges y Smith, que se estrenan en estas lides. No se vislumbra un mecanismo de elecciones primarias para dirimir este liderazgo opositor, que tantos analistas nacionales e internacionales echaron en falta para la ocasión del referendo revocatorio. Hoy como entonces parece haber una prioridad: fajarse con las elecciones parlamentarias de diciembre; hoy como entonces pudiera ser que tuviera razón lo que advirtiera Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP, en un foro en Internet sobre Venezuela (19 de agosto de 2003): «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie» (You can’t beat somebody with nobody). A pesar de que la batalla por la Asamblea Nacional—ya la oposición no habla de conquistar la mayoría, y estaría muy conforme con evitar que el gobierno controlara dos terceras partes de la misma, lo que le permitiría aprobar un proyecto de reforma constitucional—parece ser algo muy distinto de una candidatura presidencial, lo cierto es que la clientela opositora requiere para todo una cabeza, un líder principal, una contrafigura de Chávez.

Pero las guerras no son una única batalla, sino una serie de varias, y un error estratégico gravísimo es confundir alguna batalla, por más importante que sea, con la última o definitiva. Por más crucialidad que pueda tener el tema de la reforma constitucional en la Asamblea Nacional—que se teme declare de una vez el socialismo del siglo XXI y la RBSS (República Bolivariana Socialista Soviética)—convendría al liderazgo opositor pasearse por el siguiente hecho: ni una mera enmienda, ni tampoco una reforma constitucional, tendrían vigencia hasta que no lo estableciera así un referendo aprobatorio. (Artículos 341 y 344 de la Constitución). La instancia verdaderamente final y definitiva sería ese referendo, independientemente de la calificación mayoritaria que pudiera alcanzar el gobierno. La batalla crucial se daría, no en el Capitolio, sino en el terreno de los Electores. (De hecho, la actual mayoría gobiernista pudiera aprobar hoy por mayoría simple las enmiendas que le vinieran en gana. ¿Por qué una mayoría tan abusadora como la dirigida por Nicolás Maduro no se ha atrevido a intentar el camino asequible de las enmiendas?)

………
Las precandidaturas mencionadas no están ni con mucho consolidadas. Pudiera imaginarse acuerdos posibles entre ellas. Por ejemplo, Borges y Smith pudieran proporcionar a Petkoff, el más sólido de la trinidad, el de mayor pegada y experiencia, maquinarias de alcance nacional de las que éste aparentemente carece, difiriendo sus aspiraciones, en virtud de su relativa juventud, para un más lejano 2012. Pero ninguna de las posibilidades parece haber excitado en demasía la imaginación de la tropa de oposición, al punto de que hace tan sólo una semana una hambrienta «sociedad civil» comenzaba a creer que Carlos Azpúrua, el líder de La Marqueseña, podría transmutar en «el líder de la oposición que hace falta». (Como en su momento, y en otro espasmo de impaciente esperanza, aquel coronel Soto de frustrada detención en la avenida Boyacá de Caracas, fue tenido por mesías durante unas cuantas horas).

En 1987, en trabajo titulado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, registraba que Bohdan Hawrylyshyn decía en Road maps to the future lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».

Y entonces hacía la siguiente afirmación: «Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el ‘catalizador’ que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos han tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública».

La estructura del problema sigue siendo la misma de hace dieciocho años. En orden decreciente, Petkoff, Borges y Smith han recibido mucha exposición. Sólo el último de este trío pudiera pretender en algo la condición de «outsider». («Preferiblemente hombre de imagen fresca», según la formulación que Alfredo Keller tamizara de sus focus groups). Habrá que ver si es capaz de convertirse en un verdadero candidato de primera.

Pero otro futuro posible es que ninguno quisiera posponer sus aspiraciones, y entonces el gobierno se divertiría mucho: «Divide y vencerás». Chávez y Rangel deben haber conversado bastante sobre la conveniencia de aupar—y hasta financiar—al menos una de estas candidaturas contra otra.

LEA

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LEA #157

LEA

Las capitulaciones parecieran estar en el ambiente. Hace nada se pensaba que el affaire del fundo La Marqueseña proveería un mártir instantáneo, un líder prêt-à-porter en la persona de Carlos Azpúrua, pues éste habría asegurado que primero saldría muerto de la propiedad de su familia. Pero ahora Azpúrua nos habla de la amabilidad y generosidad del Presidente de la República, y ha rechazado las manifestaciones de apoyo de colegas ganaderos y estuvo dispuesto a las negociaciones que habría dirigido de su lado el ex Ministro de Hacienda de Jaime Lusinchi, Manuel Azpúrua. La esposa de Carlos Azpúrua, la señora Fifí Pantin, estuvo entre las pioneras de la lucha de calle contra el régimen, cuando sólo unas mujeres aguerridas se atrevieron a marchar para decir: «Con mis hijos no te metas», bastante antes de las megamarchas de 2002 a 2004. ¿Estará el gobierno cobrando eso?

Por los momentos no pareciera ser éste el caso de Lorenzo Mendoza, el Presidente de Empresas Polar, pues ha indicado que peleará la expropiación de sus silos barineses en terrenos tribunalicios. (Con el cinismo que le es tan propio, José Vicente Rangel ha declarado que si Mendoza no se dispone a negociar eso sería su problema, como si no se estuviera «ofreciendo» la negociación con una pistola sobre la cabeza del interlocutor). Pero un Chávez desconocido, ahora más conciliador que su Vicepresidente, le dice a Mendoza que le llamará para conversar y que no se debe romper «los puentes». En esa conversación anunciada ¿cobrará Chávez que a Mendoza lo tienen anotado como asistente a Miraflores el 12 de abril de 2002?

No es Chávez quien cobraría de la CANTV más de trescientos millones de dólares, sino sus jubilados, en cumplimiento de sentencia firme del Tribunal Supremo de Justicia. Pero ¿habrá autorizado Gustavo Roosen a su señora esposa, la indudable especialista en asuntos colombianos Beatriz de Majo, a publicar artículo en El Nacional en el que parece congraciarse con la política exterior del gobierno? Allí dice de Majo: «La hora venezolana en el proceso de paz colombiano está llegando. La posibilidad de convertirse en una pieza clave en la pacificación colombiana y de constituirse en el más importante elemento de la política de los últimos tiempos ha tocado a la puerta del gobierno revolucionario, y Hugo Chávez se ha agachado para recoger el guante. En efecto, el ofrecimiento del gobierno revolucionario de convertirse en acompañante y facilitador de las negociaciones de paz entre el ELN y el Gobierno colombiano es una de las más importantes y sagaces decisiones que este gobierno haya tomado en el plano internacional desde que Hugo Chávez se inauguró en el poder».

El artículo—Jugársela hasta la muerte—es verdaderamente agudo, revelador del profundo conocimiento que la autora posee acerca de Colombia, digno de leerse por lo inteligente y sensato. Pero ¿no hay un cuadre con el gobierno en el planteamiento? Por ejemplo, de Majo escribe de las bondades de la mediación de Chávez: «A la vez, Venezuela limpiaría su imagen de las acusaciones de connivencia con el terrorismo guerrillero, se evidenciaría como el mejor amigo del pueblo de Colombia y daría un portazo en la nariz de los Estados Unidos, esgrimiendo la argumentación de que a pesar de haber invertido 3.500 millones de dólares en colaborar con el Gobierno colombiano, los americanos no han conseguido sino distanciar a las partes del conflicto». A mitad del artículo, por otra parte, la autora menciona a Francisco Galán, el líder del ELN recientemente liberado, para citar sus palabras: «se jugaría hasta la vida por la paz colombiana». Preparación retórica para cerrar el artículo así: «Nadie está más consciente que Uribe que el revolucionario venezolano es de los que saben, al igual que Galán, jugársela hasta la muerte».

Lo que me llevó a recordar un pasaje en thriller de Agatha Christie (Destination Unknown, 1954), y que no debiera ser traducido para preservar el inglés tan inglés de la reina de la novela policíaca:

«When all this comes to an end?» Hilary repeated. «But why should it come to an end?»

«One must have the common sense,» said Dr. Barron, «nothing is permanent, nothing endures. I have come to the conclusion that this place is run by a madman. A madman, let me tell you, can be very logical. If you are rich and logical and also mad, you can succeed for a very long time in living out your illusion. But in the end»—he shrugged—“in the end this will break up. Because, you see, it is not reasonable, what happens here! That which is not reasonable must always pay the reckoning in the end. In the meantime»—again he shrugged his shoulders—»it suits me admirably».

LEA

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FS #65 – Un mal negocio

Fichero

LEA, por favor

Después de la Revolución Francesa, las fuerzas de la Revolución Industrial continuaron cambiando la estructura y la dinámica de las sociedades. La emergencia de las grandes masas proletarias en las naciones industrializadas auspició la formación de una conciencia de clase y una variada panoplia de proposiciones socialistas. Carlos Marx las consideraba «socialismos utópicos», y se complacía en presentar su propia receta como la única que sería «científica».

Alguna base hubo para esa pretensión. En fin de cuentas, propuestas como las de Robert Owen o Charles Fourier contenían poco más que una emoción romántica y la expresión reivindicadora de una inconformidad con la situación de la clase obrera. Marx se había tomado al menos el trabajo de construir en El Capital un análisis profesional—de economista—acerca del fenómeno de la explotación capitalista. También creía haber enmendado la plana a Jorge Guillermo Federico Hegel en la comprensión de la historia, al sostener que la dialéctica hegeliana debía ser sustituida por sus «científicos» materialismo dialéctico y materialismo histórico.

En ciencia, sin embargo, la bondad de las teorías es implacablemente juzgada por los hechos. La teoría marxista—Lenin—del imperialismo moderno de fines del siglo XIX y principios del XX adjudica a la dominación colonial un sentido estrictamente económico. (Marx postuló que sólo las relaciones económicas dentro de una sociedad bastaban para explicar el movimiento de la historia). Resulta ilustrativo, por tanto, examinar la realidad histórica para decidir si el marxismo es en verdad un discurso científico. (Sobre razones estrictamente lógicas Karl Popper ha asentado su opinión de que el materialismo histórico no lo es, tanto en su discusión general La lógica del descubrimiento científico como en su trabajo especial La pobreza del historicismo).

En The European World, una sobresaliente historia sinóptica de la civilización europea escrita por Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes, se examina la justificación económica del imperialismo. Esta Ficha Semanal #65 de doctorpolítico reproduce ese análisis, contenido en dos secciones del capítulo El renacimiento del imperialismo occidental, de esa obra. Los autores en absoluto absuelven a ese imperialismo; por lo contrario, denuncian «el sufrimiento y la dislocación» que ese proceso impuso a los países sojuzgados por Occidente. Pero desnudan, auxiliados por los hechos, la poca sustancia de la explicación marxista del fenómeno y, por ende, ponen de manifiesto lo poco de científico que tiene esa ideología.

LEA

……

Un mal negocio

Una de las más populares explicaciones del capitalismo moderno concierne a la necesidad económica. De hecho, el imperialismo moderno es a menudo referido como «imperialismo económico», como si formas previas del imperialismo no tuviesen contenido económico. Hay apenas suficiente evidencia empírica a favor de estas explicaciones para hacerlas plausibles.

Una tal explicación va como sigue: (1) la competencia en el mundo capitalista se hace más intensa, resultando en la formación de empresas de gran escala y la eliminación de las pequeñas; (2) el capital se acumula en las grandes empresas más y más rápidamente, y ya que el poder adquisitivo de las masas es insuficiente para adquirir todos los productos de la industria de gran escala, la tasa de ganancia declina; (3) a medida que el capital se acumula y la producción de las industrias capitalistas deja de venderse, los capitalistas recurren al imperialismo con el fin de obtener control político sobre áreas en las que pueden invertir su capital excedentario y vender sus productos excedentarios. Tal es la esencia de la teoría marxista del imperialismo o, más bien, la teoría leninista, por cuanto Marx no previó el rápido desarrollo del imperialismo aunque vivió hasta 1883. Sobre los fundamentos de la teoría marxista, y en algunos casos modificándola, Lenin publicó su teoría en 1915 en el ampliamente leído panfleto Imperialismo, la etapa más avanzada del capitalismo.

Lenin no era ni con mucho la primera persona en adelantar una explicación económica del imperialismo. Había tomado mucho prestado de John A. Hobson, el crítico liberal británico del imperialismo, quien a su vez había adoptado en forma revisada muchos de los argumentos de los partidarios del imperialismo en los países capitalistas. Uno de estos era el capitán A. T. Mahan, un oficial naval norteamericano que influyera fuertemente sobre Theodore Roosevelt, el exponente principal del imperialismo en América. El dictum de Mahan era «El comercio sigue a la bandera». Otro capitalista defensor del imperialismo era Jules Ferry, un periodista y político francés que fue dos veces primer ministro y principal responsable por las más grandes adquisiciones coloniales de Francia. Es interesante que en ambas ocasiones su política de anexión colonial le costó el primer ministerio; pero los franceses, como los británicos, encontraron difícil retirarse una vez que se habían comprometido con una conquista o anexión particulares. Es igualmente interesante que Ferry no utilizó argumentos económicos para defender sus acciones ante la asamblea francesa; en su lugar enfatizó el prestigio de Francia y la necesidad militar. Sólo después de que se hubiera retirado permanentemente de los cargos públicos escribió libros que justificaban sus acciones en los que por primera vez destacaba las ganancias económicas que Francia supuestamente obtendría de su imperio colonial.

En muchos casos los abogados del imperialismo eran meros oportunistas. Periodistas que buscaban vender sus libros y artículos; políticos que buscaban su elección a cargos públicos; oficiales militares y navales que buscaban mayores asignaciones de dinero para sus ejércitos y escuadras. Trataron de lograr sus fines mediante la persuasión del público general, así como de los hombres de Estado y burócratas, de que el imperialismo sería bueno para la nación. El surgimiento de las nuevas naciones industriales y las importaciones masivas de productos del Hemisferio Occidental y de Australia habían hecho crecer las presiones competitivas tanto en la industria como en la agricultura. Una severa depresión que comenzó en 1873 inició una larga declinación en los precios que duró hasta 1896. Estos eventos precipitaron el retorno a los aranceles proteccionistas. Aun cuando los aranceles continuaron creciendo en las dos últimas décadas del siglo, no produjeron los resultados deseados. Las ventas y las ganancias aumentaron para algunos industriales y agricultores, pero disminuyeron para otros empeñados en las industrias de exportación. Las masas—los obreros, los profesionales asalariados, incluso los propios agricultores—pagaron el costo de esta protección, que generó agitación social y descontento y estimuló el crecimiento de los sindicatos y los partidos socialistas.

Es en este punto cuando los defensores del imperialismo dieron un paso al frente con sus argumentos a favor de la expansión. Argumentaban que además de ofrecer nuevos mercados y desahogo para el capital excedentario, las colonias proveerían nuevas fuentes de materia prima y servirían como desahogo para las poblaciones rápidamente crecientes de las naciones industriales. Muchos hombres de negocios creyeron en los argumentos, y unos pocos se enriquecieron aprovechando posiciones privilegiadas en las colonias. Otros aprobaban las aventuras imperialistas como un medio de prevenir la agitación y una posible revolución al agitar el sentimiento patriótico y nacionalista y distraer la atención de otros asuntos políticos, económicos y sociales. Es por tanto razonablemente claro que la creencia en la necesidad de expansión económica en las áreas coloniales fue importante para la motivación de las políticas imperiales. Que esa creencia haya estado justificada o no es una cuestión diferente.

El argumento de que las colonias servirían como desahogo para la población excesiva es fácilmente visible como falaz. La mayoría de las colonias estaba localizada en climas que los europeos encontraban opresivos. La mayoría de los emigrantes prefirió ir a países independientes, como los Estados Unidos y Argentina, o a los territorios autónomos del Imperio Británico. Es verdad que las colonias proveyeron en algunos casos nuevas fuentes de materia prima, pero el acceso a las materias primas o a cualquier producto comprable no requería el control político. De hecho, América del Norte y del Sur, junto con los dominios autónomos de Australasia fueron los más grandes proveedores de materia prima para la industria europea.

También era falaz la justificación de las colonias como mercado para las manufacturas excedentarias. Las colonias ni eran necesarias para este propósito ni fueron empleadas para eso una vez que fueron adquiridas. Antes de 1914 poco más de un 10 por ciento de las exportaciones de Francia iba a las colonias francesas. Las colonias estaban demasiado poco pobladas y eran demasiado pobres para servir como mercados de importancia. Más aún, como en el caso de las materias primas, el control político no era requerido. India, «la joya más brillante de la corona británica», era ciertamente un gran mercado, puesto que a pesar de su pobreza compraba grandes cantidades de mercancía europea—pero no sólo de Inglaterra. Los alemanes vendían más en India que en todas sus propias colonias reunidas. Francia vendía más a India que a Argelia. Más aún, tan importante como era India para los manufactureros británicos, éstos vendían mucho más a Australia, que sólo tenía una fracción de la población de India. A pesar de aranceles proteccionistas, las naciones industriales imperialistas de Europa continuaron comerciando predominantemente entre ellas mismas. El más grande mercado exterior para la industria alemana era Inglaterra, y uno de los más grandes mercados para la industria británica era Alemania. Francia era un gran suplidor y a la vez un gran cliente de Inglaterra y Alemania. Los Estados Unidos fueron también un gran cliente y suplidor de los países europeos.

Quizás el argumento más importante del imperialismo como fenómeno económico era el concerniente a la inversión de capital excedentario, por lo menos en la teoría marxista. De nuevo aquí los hechos no substancian la lógica. Inglaterra tenía el imperio más grande y las mayores inversiones extranjeras; pero más de la mitad de las inversiones extranjeras británicas fue a países independientes, especialmente los Estados Unidos, y a los territorios autónomos. Los hechos respecto de Francia son aun más sorprendentes: menos del 10 por ciento de las inversiones extranjeras francesas antes de 1914 fue a las colonias francesas. Los franceses invirtieron fuertemente en otros países europeos y en América Latina. Rusia sola, ella misma una nación imperialista, absorbió más de una cuarta parte del capital francés exportado; y los franceses invirtieron en Alemania y Austria-Hungría, con los que más tarde estarían en guerra. Las inversiones alemanas en sus colonias fueron insignificantes. Algunas de las naciones imperialistas eran en verdad deudores netos; éstas incluían a Rusia, Italia, España, Portugal y los Estados Unidos.

Así, la idea de que el imperialismo era una necesidad económica para las naciones industriales altamente desarrolladas es esencialmente falaz, aunque contenga algunos elementos de verdad y plausibilidad. La más crucial prueba de validez del argumento económico es la siguiente: ¿resultó rentable el imperialismo? Y en ese caso ¿para quién?

Esta cuestión tiene muchos aspectos, y una contestación completa sería muy compleja. En términos gruesos, el imperialismo no fue rentable en un sentido estrictamente pecuniario. Con pocas excepciones, de las que India fue la más importante, los impuestos recolectados en las colonias rara vez bastaron para cubrir los costos de la administración rutinaria, mucho menos los de la conquista. Se adujo, sin embargo, que los beneficios indirectos del incremento comercial hicieron que la aventura valiera la pena. Aquí las estadísticas son difíciles de desentrañar e interpretar. El comercio colonial, ciertamente, no significó gran cosa en el comercio internacional; y en algunos casos, notablemente en Francia y Alemania, el valor total del comercio con las colonias no alcanzaba el gasto incurrido en obtenerlo y mantenerlo.

Es indudable que algunos individuos hicieron enormes fortunas en aventuras coloniales—siendo Cecil Rhodes el ejemplo sobresaliente—y que muchos otros pudieron obtener modestos medios de vida; pero los beneficios no fueron en ningún caso equitativamente compartidos. Hubo de recaudarse impuestos en las naciones imperiales para pagar las expediciones militares y navales y las guarniciones y los funcionarios que administraban las colonias, así como las obras públicas cualesquiera que éstos construyeran. La mano de obra debió ser distraída de otros usos para nutrir los ejércitos, las flotas y los servicios coloniales. Bajo el sistema de imposición prevaleciente en Europa, la mayor parte del dinero de los impuestos procedía de los trabajadores ordinarios y los agricultores, que no tenían interés pecuniario, directo o indirecto, en las colonias. En efecto, el ingreso y la riqueza fueron redistribuidos por el proceso de imposición y el gasto; las masas pagaron los costos, los beneficios fueron cosechados por unos pocos. Los costos finales, sin embargo, deben ser calculados por el sufrimiento y la dislocación de los pueblos sujetos al imperialismo occidental, así como por las rivalidades y frustraciones generadas en la carrera por la supremacía colonial—rivalidades que condicionaron psicológicamente a Europa para la guerra y fueron en sí mismas factores que condujeron a la guerra. Estos costos están siendo pagados todavía.

Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes

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