LEA #160

LEA

El nuevo periplo europeo presidencial ha permitido una vez más la acusación directa de los Estados Unidos por parte de Hugo Chávez. El poderoso país no inspira miedo al mandatario venezolano, quien persiste en zaherir al gigante con sus incesantes puyas. En Salamanca la comunidad iberoamericana, como lo querían Castro y Chávez, aprobó una resolución contra el embargo norteamericano a Cuba, al que llamó «bloqueo» con todas sus letras. En Roma Chávez se sumó a la voz del dictador Mugabe para condenar al gobierno norteamericano. En París se refirió a la recomendación magnicida de Pat Robertson y adujo que la razón de economía revela que los planificadores estadounidenses habrían computado un presupuesto invasor, bastante más costoso que su asesinato.

Nada de esto ha impedido que el premier francés, Dominique de Villepin (que vivió y estudió cuando joven en Venezuela), se presente de lo más alineado con la política exterior de nuestro país. Tras un almuerzo con su huésped venezolano declaró: «Hay entre los dos países (Francia y Venezuela) una misma visión de las relaciones entre el norte y el sur, de la necesidad de cambiar las cosas y de tener nuevas ideas. Es importantísimo cambiar estas relaciones, salir del egoísmo internacional y entrar en una nueva era». Y asimismo se expresó elogiosamente de las iniciativas petroleras venezolanas en el Caribe: «Sabemos lo que hace Venezuela con los países del Caribe, con los que tienen más dificultades en América Latina. Son iniciativas que traducen la voluntad de renunciar al egoísmo para ayudar a los otros. Es un ejemplo de lo que se debe hacer y desarrollar en los años futuros».

Entretanto los Estados Unidos producen débiles declaraciones; una objetando la sustitución terminológica de «embargo» por «bloqueo»; la otra expresando preocupación por el proyecto Petrocaribe, al reclamar que dejaría al margen a las empresas petroleras privadas al pautarse como operación de gobiernos y empresas estatales.

Un cierto éxito, sin embargo, se anotan los Estados Unidos con la aprobación referendaria de la nueva constitución iraquí, pocos días antes de iniciarse el juicio a Sadam Hussein, cuyos abogados mostrarán videos de archivo en los que un Donald Rumsfeld joven habla obsequiosamente al otrora dictador con ocasión de llevarle armas norteamericanas para que fuesen empleadas contra Irán. (¿Quién le dio la hojilla al mono?) Se trata de un curiosísimo texto constitucional, con un preámbulo en el que se deja constancia de sangrientas tragedias político-militares del país, y con provisiones explícitamente antiterroristas y la mención desinfectante del partido Ba’ath, la organización antaño liderada por Hussein. Los sunitas radicales no pudieron impedir la aprobación del importante documento.

Pero ni con esto ha querido comprometerse Condoleezza Rice con el Senado de los Estados Unidos en lo concerniente a una fecha para el regreso de las tropas estadounidenses estacionadas en Irak. Y mientras el huracán Wilma empata y quiebra marcas de frecuencia e intensidad, el apoyo ciudadano a George W. Bush también quiebra las suyas, al situarse en 36% de aprobación, la más baja de sus dos períodos. Pero no pareciera preocuparle mucho el enredado papagayo: Rumsfeld ha emitido serias declaraciones en las que manifiesta que los Estados Unidos encuentran preocupante la opacidad de China en materia de rearme. La reciente aventura espacial de los asiáticos ha reavivado el latente tema del peligro amarillo.

Con tantas sardinas en el fuego—Corea, Irán, Irak, Afganistán, China—no se ve como probable que ni siquiera un congreso que volviera a dirigir Newton Gingrich pudiera aprobar aunque sólo fuese un millón de dólares para una mítica invasión de Venezuela. Esto lo sabe Chávez, y por eso continúa echando tierra a los ojos de los Estados Unidos. Quienes esperan que una «solución» al problema político venezolano provenga del norte van a quedarse con los crespos hechos.

LEA

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FS #68 – De caciques y de úslares

Fichero

LEA, por favor

El año de 1991 fue un año muy difícil para los venezolanos. Después de saludarnos de año nuevo, aún con la resaca de los festejos a cuestas, fuimos despertados a una desagradable realidad con la noticia de corrupción en la adjudicación de unos apartamentos (edificio Florida Cristal), y en cuyos manejos estuvo involucrado el Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, Antonio Ríos. A continuación, unas grabaciones revelaban más corrupción de algún almirante (Larrazábal, pero no Wolfgang) en adquisiciones para la Marina de Guerra. De seguidas nos enteramos de otro brollo en el que el Jefe de Seguridad de Carlos Andrés Pérez, Orlando García, y su pareja, Gardenia Martínez, habían vendido municiones vencidas a los militares. Para coronar el pastel, ocurrió el suicidio-asesinato de Lorena Márquez en Maracay y vimos estupefactos cómo Braulio Jatar Alonso extorsionaba a Camilo Lamaletto en vivo, en nuestros propios televisores. Es posible que ése haya sido también el año en el que el presidente Pérez recibiera en La Orchila al Presidente del Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI), que luego colapsara al descubrirse como el mayor lavador de dólares de dudoso origen en el mundo.

El domingo 21 de julio El Diario de Caracas publicó un artículo del suscrito, en el que por primera vez recomendaría (luego exigiría) la renuncia de Carlos Andrés Pérez. («El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal»). Pérez no renunció, y seis meses después la cuarta madrugada de febrero de 1992 se estremecía con el estruendo de una sublevación militar.

Más adelante en el año de 1991 mudé mis letras a El Globo—un segundo artículo enviado a El Diario de Caracas no fue publicado, tal vez porque rebatía críticas del Director, Diego Bautista Urbaneja, a la idea de la renuncia—y allí llevé la exigencia en varios textos que culminaron el 3 de febrero, veinticuatro horas antes del alzamiento. La Ficha Semanal #68 de doctorpolítico contiene el primero de los artículos que El Globo me publicara, y fue escrito el 22 de noviembre de aquel año. En esencia se contrajo a oponerse a récipe de Don Arturo Úslar Pietri, que recomendaba que Pérez asumiera el liderazgo de un gabinete de emergencia para capear la enorme crisis, la que, después de las asonadas del año siguiente, culminaría por fin con su defenestración a manos de la Corte Suprema de Justicia.

(Hoy se cumplen sesenta años del golpe adeco-militar de 1945, con el que se inició un período que va desde el protochavismo del trienio de 1945-48, pasando por el interregno de Pérez Jiménez, hasta el desastre del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, que significó el fin del bipartidismo blanquiverde. En aquel entonces fue Úslar Pietri uno de los derrocados).

LEA

……

De caciques y de úslares

«Usted y yo no somos políticos. Los hombres de nuestra clase no somos políticos. Los políticos son unos animales que surgen imprevisiblemente y que Ud. no puede predecir ni calcular». Estas cosas me decía Úslar a comienzos de 1985. Tuve el privilegio de conversar con él, larga pero no suficientemente, a raíz de un trabajo suyo y uno mío sobre el tema iberoamericano, publicados por las empresas de Andrés Sosa Pietri en «Válvula 1» en diciembre de 1984.

No quise contradecirle. Suponía que ése era un modo que tenía de no resollar por la herida. A fin de cuentas, es difícil sostener convincentemente que Úslar Pietri no es un político. Difícil de creer después de haber sido Úslar el pivote del gobierno de Medina Angarita, difícil después de haber sido candidato presidencial en 1963, después de haber fundado una organización política, sido senador del período democrático y participado en el gobierno de Leoni. Difícil de admitir después de que ha sido frecuente y persuasiva voz desde que mi memoria registra recuerdos. Más difícil aún después de que ha hablado tanto y en tantos espacios en los meses más recientes.

Pero aquella vez pensé que algún desengaño determinaba su autolimitación. Algún recuerdo.

El Dr. Úslar Pietri es, sin embargo, político.

Intenté, después de mi entrevista con él, asimilar su aseveración hasta donde pude. Recordé, por enésima vez, una leyenda germánica antigua. Esta enseña que al comienzo del mundo sólo había héroes y sabios. Los primeros luchaban todo el día. Cuando concluían sus aventuras cotidianas buscaban a los sabios en su cueva. Querían que ellos revelaran el significado de lo que habían hecho, que ignoraban.

Más de una vez he escuchado de esta división de los hombres, con su implícita conclusión: los sabios no están hechos para gobernar. «Los hombres de nuestra clase no somos políticos». La imaginación me hizo creer alguna vez que habría cuevas de sabios en Altamira, y los iberos mostrarían a los alemanes el sentido de sus nomadías.

Me rebelo contra esa dicotomía que prohíbe mandar a quienes saben. Para empezar, es una falsa anatomía de la humanidad. Al menos hubo, además de los jefes y los magos, quienes crearan y contaran las leyendas. Pero no deja de exigir una modestia de los sabios, que los grupos de hombres hubieran tendido a organizarse entre esos polos desde tiempos tan remotos. Por algo, en general, los pueblos prefieren que les manden los caciques en lugar de los brujos.

La salvación de mi rebeldía me viene del siguiente pensamiento: eso es así en tiempos normales, pero no estamos en tiempos normales.

Lo que antes debían registrar los juglares más modernamente lo escriben los sociólogos. Pero si quieren pensamos en Vilfredo Pareto como si fuera fabulista. Es el autor de la leyenda de los leones y los zorros—acá, en Venezuela, Tío Tigre y Tío Conejo—o de cómo las élites circulan. Los leones, dueños de la fuerza, usualmente dominan, pero cuando el serrucho se les ha trabado, los zorros les relevan.

Y esto tiene que pasar en Venezuela. O, más honestamente dicho, es lo que quiero que pase en Venezuela. Estudié tres años de medicina antes de interesarme en el objeto de Pareto. Si hubiese continuado esa carrera no habría sido cirujano. Si, como un pediatra a quien venero, creo que todavía puede actuarse médicamente, me opondré con todo denuedo a la intervención quirúrgica. No quiero un golpe de Estado. Pero, administrado como tiene que ser y puede ser médicamente, preservando la Constitución, el tratamiento no lo tienen los caciques.

Venezuela necesita—Úslar tiene razón—un nuevo discurso político. El 20 de octubre le leímos: «Esto significa, entre otras muchas cosas importantes, que de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta».

Era lo que yo había ido a decirle en 1985. Ese discurso no puede provenir de los caciques rebasados por la historia e impedidos de aprender por su esquema comprensivo e inmisericorde rutina. Menos todavía cuando la primera revolución necesaria, antes y más allá de un determinado programa o tratamiento, es precisamente la del esquema comprensivo de la política y un modo de actuar radicalmente diferente de la rutina de los partidócratas. Una revolución paradigmática imposible para los congelados en el paradigma de Maquiavelo y Bismarck.

Úslar, tal vez porque entiende que los alemanes tienen razón y ahora sí quiere comportarse políticamente, en sus términos, se descalifica ese domingo de octubre como el portador del nuevo discurso. Escribió esto: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación…»

No deberemos buscar en su cueva.

Primero lo inmediato

También, obviamente, requerimos tratamientos. Para los verdaderamente importantes todavía hay tiempo. La primera decisión médica que se produce en la situación de emergencia lleva por nombre «triaje». Consiste en apartar en tres grupos a los pacientes que ingresan a la atención médica. El primero es el de los enfermos que pueden curarse por sí mismos. Dada la emergencia, el cuerpo médico no les prestará atención. Tampoco la prestará a los infortunados que morirán irremediablemente. Los médicos se dedicarán solamente al tercer grupo, formado por los enfermos y heridos que sin su ayuda se agravarían y que con ella tienen oportunidad de sanar.

No soy de la opinión, no lo soy desde hace ya muchos años, que el sufrimiento de nuestra sociedad es un «ajuste» momentáneo. Pero tampoco creo que Venezuela merece un desahucio, a pesar de la gravedad de las cosas. Y si afirmo que un triaje político colocaría a Venezuela en el tercer grupo, es porque estoy convencido de que existen los tratamientos que pueden corregir la enfermedad.

Pero ahora es preciso atender lo urgente. A esto Úslar recomienda: «Yo propondría, sin pretender proponer panaceas, dar a la emergencia una respuesta de emergencia. («Para ello el jefe del Estado deberá declarar al país en emergencia»…) …comenzando por reducir el gabinete. Limitarlo a unos doce hombres…definir cinco o seis prioridades, organizar la hacienda pública, poner a funcionar la economía, garantizar la seguridad…la reforma de la Ley Electoral… de la Ley de Partidos Políticos… del Poder Judicial».

Este récipe tiene algunos problemas. Para empezar, Úslar insiste en que es el Presidente de la República quien debe manejar el asunto, aunque las reformas legales que tantos otros han nombrado no son de su incumbencia, sino del Congreso. Luego, por supuesto, nadie propondrá desorganizar la hacienda pública, impedir el funcionamiento de la economía o garantizar la inseguridad. De modo que esas partes de su recomendación no son tratamientos de la enfermedad, que es lo que todos queremos escuchar, sino el estado de salud que todos queremos alcanzar. En lo concreto de su proposición habría que preguntar que hay de mágico, exacto o ineludible en el número de doce ministros.

Pero el problema fundamental de su récipe consiste en creer que Carlos Andrés Pérez debe dirigir los tratamientos, cuando él es, más propiamente, el propio centro del tumor. Como los partidos a quienes vuelve a pedir lo que Úslar perfectamente sabe que nunca concederán.

A pesar de estas cosas, Úslar tiene razón: es mejor un tratamiento constitucional. Propuse el 21 de julio algo más radical que las píldoras del Dr. Úslar. Receté, para la urgencia más inminente de la enfermedad, la renuncia de Carlos Andrés Pérez y que el Congreso elija, según pauta la Constitución, a quien complete su período como Presidente, porque, como Úslar dice, es importante preservar la constitucionalidad.

Nadie me hará creer, ni él mismo, que el Dr. Úslar no es político. Los hombres de su clase sí son políticos.

Luis Enrique Alcalá

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CS #159 – Candidatos de perfil

Cartas

En otra ocasión se ha comentado aquí la política sísmica de Julio Andrés Borges, su teoría de los cinco «terremotos políticos». Los sismógrafos de Borges registraron elevadas mediciones Mercalli en las siguientes fechas: el 18 de febrero de 1983 o «Viernes Negro»; el 27 de febrero de 1989, inicio del «Caracazo»; el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, días de las rebeliones armadas; el 5 de diciembre de 1993, cuando Rafael Caldera es electo por segunda vez Presidente de la República; el 19 de enero de 1999, cuando la Corte Suprema de Justicia decide que sí se podía consultar, con el empleo del Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio, si el Pueblo deseaba que se eligiera una asamblea constituyente.

Su terminología sismológica reapareció, tal vez entonces apropiadamente, el 1º. de junio de este año, en la pluma de Fernando Ochoa Antich, quien escribió para El Universal: «El lanzamiento de la candidatura presidencial de Julio Borges ha provocado un verdadero terremoto político. Nadie lo esperaba. El panorama nacional se observaba dominado exclusivamente por la figura de Hugo Chávez y la presencia arrolladora del oficialismo. La oposición se veía desmoralizada y sin mística para enfrentar los retos de las próximas elecciones. El germen de la abstención había tomado fuerza en amplios sectores de la opinión pública. El emotivo discurso de Julio Borges y las polémicas declaraciones dadas por los jóvenes dirigentes de Primero Justicia reclamando el derecho que tienen, como nueva generación, de aspirar el poder, produjo tal impacto en la opinión pública, que ha modificado totalmente las anteriores circunstancias políticas. La mejor demostración de esta realidad fueron las nerviosas declaraciones dadas por Hugo Chávez que, de inmediato, trató de ridiculizar la figura del nuevo candidato presidencial».

No es cierto que nadie esperara tal cosa. Sin ir muy lejos, publiqué acá el 17 de marzo de este año : «Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como ‘los únicos’, mientras Julio Borges ‘cede’ funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia ‘la única fuerza política que Chávez teme’.» Y tampoco es cierto que se haya notado un temblor de gran magnitud en la opinión pública nacional con motivo del lanzamiento de Borges.

Pero ya Ochoa Antich no se ocupa del seísmo borgiano (con perdón de Jorge Luis), sino de la solidez rocosa de Teodoro Petkoff. El general retirado quiso salir al paso de una apreciación de Cipriano Heredia S., expresada así (El Universal) el 13 de septiembre de 2005:

«……algunos círculos (irónicamente no muy socialistas que se diga) impulsan la candidatura presidencial de Petkoff justamente porque, según ellos, sólo un hombre de izquierda (en este caso de la buena) podría ganarle a Chávez, máximo exponente de la otra izquierda. Esta idea constituye el tercer error. Quienes sostienen esta tesis aprecian la intelectualidad de Teodoro, pero no han visto que los estudios de opinión muestran que la mayoría de los venezolanos se autodefinen ideológicamente de centro, y que el perfil de un potencial nuevo líder es el de un hombre relativamente joven y con capacidad gerencial». (Por ejemplo, Roberto «Full Empleo» Smith, quien preside Venezuela de Primera, organización cuyo Director General es Cipriano Heredia. William Ojeda calificaría por edad, pero no por capacidad gerencial, aunque en su lanzamiento—calculado, como dice un amigo, «para recoger lo suyo» y luego negociar—ofreció no sólo alguna propuesta en tierras—como Borges con su urbanización de Fuerte Tiuna se empata en la agenda chavista—y algunas vaciedades indiferenciadas de lo convencional, sino una estudiada sonrisa al mejor estilo de Claudio Fermín).

Pues bien, a Ochoa Antich le pareció inconveniente la tesis de Heredia, y hasta su fundamentación. Ochoa cree que «No es cierto que murieron las ideologías. Esa tesis es reaccionaria». Heredia había escrito: «Aquí hay de entrada, a nuestro juicio, dos errores: el primero es que se insista en debatir en términos de derecha e izquierda. El mundo ha ido dejando atrás estas distinciones, y a pesar de que algunos definen a muerte su agenda con sello ideológico, lo cierto es que la rigidez de tales diferencias es más teórica que práctica en el mundo de hoy». Pero Heredia tiene razón: vista la inocultable ineficacia de la política ideológica, que pretende guiarse por posturas escleróticas que enmascaran la verdadera intención de una política de poder, sería mucho mejor practicar una política distinta. El primerista Heredia ofrece una política gerencial juvenil; el suscrito cree que debe ser clínica, ocupada de la observación directa y el tratamiento de los problemas públicos antes que de la experimentación artificial o la teoría, extremadamente objetiva y realista. (En adaptación de fórmula en The Random House Dictionary of the English Language).

Olvidado ya del terremoto borgiano que no termina de hamaquear, ahora Ochoa asegura: «Los venezolanos apoyaremos al candidato que tenga una mejor formación intelectual y demuestre una mayor capacidad de lucha. Creo que Teodoro tiene esas condiciones». (En el mismo diario el 22 de septiembre pasado, en artículo que no cierra todavía sus opciones: «Atacar cualquier candidatura de oposición es un error».)

A esta reconvención contestó amablemente Heredia, en post data a nuevo artículo del 27 de septiembre—same place—a guisa de breve carta personal: «Estimado general Ochoa Antich: quisiera reiterarle que mi último artículo no fue un ataque personal a Teodoro, a quien también respeto y cuya ayuda solicito para las nuevas generaciones. Sin embargo, insisto en que la base sobre la cual algunos sustentan su candidatura es rebatible. La tesis según la cual sólo un hombre de izquierda puede derrotar al gobierno es una mera percepción. En cambio, el hecho de que los venezolanos prefieren a un líder alternativo relativamente joven y con perfil gerencial está sustentado en estudios muy serios. El error puede salir caro general. Un abrazo».

De nuevo, hay razón en lo formulado por Heredia, aunque no suficiente. Ya el antichavismo dominante—no por concepción, sino por fuerza—probó la receta de la «cuña del mismo palo». Obviamente, Petkoff juega en una liga muy superior a la que alguna vez pudiera alcanzar Francisco Arias Cárdenas, pero habría que discutir qué es eso de una «mejor formación intelectual». Se puede ser muy culto y formado, hasta erudito, pero si de una cierta formación se desprende que la categoría crucial es el tipo de izquierdismo que se promueva, me temo que esa formación particular ha dejado de ser políticamente pertinente.

No obstante, tampoco son suficiente garantía de pertinencia la calidad juvenil y la competencia ejecutiva. Se puede ser muy joven y estar muy conservadoramente equivocado, como Borges, y no es cierto que el arte del Estado es un asunto primordialmente gerencial. No todo lo que es distinto de un error es un acierto, no todo lo que difiere de Chávez o de los políticos que le precedieron es razonable o adecuado. No basta para tener la razón eludir una equivocación. Se puede evitar una para caer en otra.

Que ahora acoja Heredia la bandera generacional, disputando la actual posesión de la franquicia juvenil a Primero Justicia (antes fue reivindicada en «El Estado omnipotente y la generación de relevo», de Marcel Granier), no resuelve el problema estratégico y político de fondo, que es la capacidad para ofrecer y aplicar los mejores y más eficaces tratamientos públicos.

Y tal capacidad no se demuestra mediante un distinguido currículum de ejecutivo profesional, por más que sea deseable que los estadistas tengan dotes de dirección aplicables a organizaciones complejas, y menos con la promoción de eslóganes—«full» empleo, delincuencia cero, todos para arriba, un país de primera. Ya hemos escuchado antes pleno empleo, la Venezuela posible, el pacto social, una democracia nueva y una nueva generación democrática. Estas fórmulas no pasan de ser etiquetas más o menos astutas desde un punto de vista publicitario, pero no podrán competir con la Weltanschauung completa, aunque equivocada, perniciosa y anacrónica, de Chávez, que postulará hasta una manera «bolivariana» de cepillarse los dientes.

No basta eludir el debate ideológico con lemas que dejen de referirse a grandes temas. Es preciso mostrar en qué pecan por inexactitud las ideologías, pues no basta con declarar su obsolescencia sin justificarlo, como no puede evadirse una discusión acerca del socialismo, o sobre la guerra de Irak y la política exterior norteamericana, o sobre la estrategia económica del Estado. No es suficiente presentar un manojo de proyectos vistosos tal vez viables y rentablemente acertados. Se necesita todo un concepto de Estado y una gramática política epistemológicamente más actualizada y poderosa. Hay mucho más por discutir; hay mucho más en juego.

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LEA #159

LEA

En alguna parte de su libro Plataforma para el Cambio (Platform for Change, Wiley, 1975) Stafford Beer desmonta el falso dilema entre centralización y descentralización, al observar que en todo organismo biológicamente viable coexisten procesos altamente centralizados con procesos altamente descentralizados. Claro, a juzgar por esa observación, debe anotarse que la inmensa mayoría de los procesos biológicos es altamente descentralizada. Pero el punto es válido, de todas maneras. Hay, además de ésa, una que otra dicotomía social con propensión a degenerar en antinomia. Propiedad pública versus propiedad privada, estados versus mercados, por ejemplo.

La Nación debe estar sobre el Estado, ciertamente. El Estado sólo se justifica como servicio a la Nación. Si algo debe rechazarse de la administración Chávez es que haya excedido tanto al Estado, que haya ocupado tan abusivamente el tiempo de la Nación, que haya creído que ésta debe estar bajo el Estado y que el Estado es él, mientras intenta convencer que en realidad busca que toda la Nación sea el Estado. (Junto con él, pero debajo).

La Nación debe estar sobre el mercado, ciertamente, pues el mercado no es toda la Nación. El mercado se justifica como más eficiente distribuidor económico, aunque no todo mercado es eficaz o sano.

Tanto el Estado como el mercado, entonces, son creaciones históricas de la humanidad, cada una con su función y cada una debiendo influir a la otra. Ni siquiera el estado del país más capitalista ha podido dejar de regular el mercado de alguna manera, como pudieran certificar el espectro de John D. Rockefeller en sesión espiritista o Bill Gates en entrevista próxima, pues han sufrido en carne propia la legislación contra monopolios. Pero si los estados son manejados por hombres, sujetos a la falibilidad y concupiscencia características de los humanos, y quienes operan en los mercados arriesgan el trabajo y el capital de sus vidas en actividades legítimas y socialmente beneficiosas, también éstos tienen derecho a influir sobre los primeros y defenderse de su abuso.

El bien público, el bien general, el bien común, no es lo mismo que la propiedad pública. Es mejor que la propiedad privada supere en mucho la dimensión de la propiedad pública en un país determinado, con tal de que aquélla esté bien distribuida. Los especímenes concretos de homo sapiens no somos mejores cuando somos empresarios en lugar de políticos, pero tampoco a la inversa.

LEA

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FS #67 – En sesión conjunta

Fichero

LEA, por favor

A las mentes simples y no poco irresponsables a las que horroriza profundizar en las causas de las cosas, les es preferible una explicación también simple del mundo y de la vida. El simplismo es entonces piso para la pontificación indignada, la condena injusta, la abominación irracional, la identificación de cabezas de turco o chivos expiatorios. En la política es esto pan de cada día. La pobreza se atribuye exclusivamente al «neoliberalismo salvaje», la delincuencia a la droga, el terrorismo al fanatismo religioso, la corrupción a la ausencia de un código de ética y la asunción de Chávez al poder no se habría producido, se sostiene, si no hubiera podido decir «por ahora» ante unas cámaras de televisión. Tan convenientes como pobres teorías van, lo que es peor, usualmente acompañadas de grandes dosis emotivas, y en la historia vemos por eso innumerables casos en los que muy graves injusticias se cometen ante esta abdicación del raciocinio responsable.

En la consideración de nuestra historia política reciente, la figura de Rafael Caldera Rodríguez ha sido tomada como cabeza de turco favorita por algunos explicadores soberbios o interesados. En otra ocasión se ha revisado en esta publicación la peregrina tesis de que Hugo Chávez no estaría mandando en Venezuela si aquél no hubiera decretado el sobreseimiento de la causa a los sublevados del 4 de febrero de 1992. (Carta Semanal #46 de doctorpolítico, del 24 de julio de 2003). Ahora es tiempo razonable para reconsiderar su intervención en el Congreso de la República el mismo día de la asonada, de la que se dijo insistentemente que le valió su segundo triunfo electoral en diciembre de 1993 y que había sido una justificación de la intentona. En el número mencionado decía: «Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido por segunda vez Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha».

El texto de ese discurso se encuentra editado, junto con el que pronunciara el 1º de marzo de 1989 por la crisis del «caracazo», en folleto prologado por el añorado Luis Castro Leiva y contentivo de un artículo que El Nacional publicara el 8 de febrero de 1992, cuyo autor es Manuel Alfredo Rodríguez. De allí tomo el discurso íntegro para formar esta Ficha Semanal #67 de doctorpolítico. Su lectura sosegada, a más de trece años de distancia, es acto de justicia suficiente contra las aberraciones, en el sentido óptico, que le citaron fragmentariamente y fuera de contexto.

Escribió el brillantísimo Luis Castro Leiva de estos discursos de Caldera: «Se puede disentir de sus razones en estas dos piezas oratorias, que a continuación se reproducen; se pueden dar otras interpretaciones a lo expuesto en sus intervenciones. Pero una cosa está clara: entre todos los hombres públicos que han pedido la palabra o que han hecho uso de ella, sólo esa voz se ha tenido a sí misma como propia. Sólo ésa se pertenece a sí misma, sólo ella se apoderó de la conciencia de la República democrática y de la verdad de sus dificultades».

A su vez certificó Manuel Alfredo Rodríguez: «Nunca había alabado públicamente a Rafael Caldera, aunque siempre he tenido a honra el haber sido su discípulo en nuestra materna Universidad Central. Nunca he sido lisonjero o adulador y hasta hoy sólo había loado a políticos muertos que no producen ganancias burocráticas ni de ninguna otra naturaleza. Pero me sentiría miserablemente mezquino, si ahora no escribiera lo que escribo, y si no le diera gracias al Maestro por haber reforzado mi fe en la inmanencia de Venezuela».

Por mi parte escribí, en diciembre de 1998, de un modo más malcriado: «Personalmente no creo que tenga que agradecer nada del otro mundo a Caldera. De hecho, en los últimos años transcurrió entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante. Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera».

LEA

……

En sesión conjunta

Señor Presidente del Congreso

Señor Vicepresidente, Presidente de la Cámara de Diputados

Ciudadanos Senadores

Ciudadanos Diputados

He pedido la palabra, no con el objeto de referirme al Decreto de Suspensión de Garantías, aun cuando quiero hacer en torno a él tres breves consideraciones.

La primera, la de que el propio Decreto revela la gravedad de la situación que estamos viviendo, y aun cuando encuentro un defecto de redacción porque los Considerandos se refieren a hechos ocurridos y no a la situación actual y a los peligros que con la Suspensión de Garantías se tratan de enfrentar, se supone que es precisamente porque la situación del país es delicada; porque el sistema democrático, la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar, es necesaria la medida tan extraordinaria de suspender a la población general el uso y ejercicio de las Garantías Constitucionales.

La segunda observación que quiero hacer, es la de que no estoy convencido de que el golpe felizmente frustrado hubiera tenido como propósito asesinar al Presidente de la República. Yo creo que una afirmación de esa naturaleza no podría hacerse sino con plena prueba del propósito de los sublevados. Bien porque hayan confesado y exista una confesión concordante de algunos de los comprometidos o algunos de los actores del tremendo y condenable incidente, o bien porque exista otra especie de plenas pruebas que difícilmente creo se puedan haber acumulado ya en el sumario que supuestamente debe haberse abierto por la Justicia Militar. Afirmar que el propósito de la sublevación fue asesinar al Presidente de la República es muy grave; por lo demás, se me hace difícil entender que para realizar un asesinato, bien sea de un Jefe de Estado rodeado de todas las protecciones que su alta condición le da, haya necesidad de ocupar aeropuertos, de tomar bases militares, de sublevar divisiones; desde luego que hoy está demostrado que por más protección que tenga cualquier ciudadano, con el armamento existente en la actualidad y con los sistemas de comunicación, un asesinato es relativa y desgraciadamente fácil de cometer. El caso del Dictador Anastasio Somoza en el Paraguay, férreamente gobernado por el General Stroessner, con todas las protecciones que la condición de este depuesto gobernante suponía, indica que ninguna persona, por más protegida que esté, puede salvarse de un asesinato cuando se cuenta con los medios y con la decisión de perpetrarlo.

Por eso, pues, yo me siento obligado en conciencia a expresar mi duda acerca de esta afirmación, y considero grave que el Ejecutivo en su Decreto de Suspensión de Garantías y el Congreso en el Acuerdo aprobatorio, hayan hecho tal afirmación, que además de ser conocida en el país está dispuesta a difundirse en todos los países del exterior.

La tercera observación respecto de la Suspensión de Garantías se refiere al deseo que quiero expresar, en nombre del país, de que esas facultades se ejerzan con ponderación, con gran sentido de responsabilidad. Admitimos que el Gobierno necesita en momentos de dificultad de poderes extraordinarios, que no pueden someterse a las restricciones y términos que la Constitución establece; pero sabemos también por experiencia secular en Venezuela que estas facultades pueden convertirse en fuente de abusos, de excesos, de violaciones absolutamente injustificadas, no sólo en lo relativo a la garantía de seguridad personal, al derecho de ser detenido sin fórmula de juicio, al allanamiento de los hogares, sino también a la muy delicada garantía de libertad de expresión del pensamiento, respecto a la cual abrigo la esperanza, y la quiero formular aquí y creo en eso representar el sentimiento público, de que se ejerza con toda la ponderación, con todo el sentido de respeto que una garantía tan fundamental tiene para el funcionamiento de la democracia.

Yo pedí la palabra para hablar hoy antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación.

Cuando aquí en el país y fuera de él he sido muchas veces preguntado, como seguramente lo habrán sido los Senadores y Diputados aquí presentes, acerca de las causas de la estabilidad democrática en Venezuela, en momentos en que el sistema naufragaba en naciones de mejor tradición institucional que la nuestra, generalmente me referí a cuatro factores que para mí representaban una gran importancia.

Por una parte, a la inteligencia que existió en la dirigencia política de sepultar antagonismos y diferencias en aras al interés común de fortalecer el sistema democrático.

En segundo lugar, a la disposición lograda, a través de un proceso que no fue fácil, de las Fuerzas Armadas para incorporarse plenamente al sistema y para ejercer una función netamente profesional.

Tercero, a la apertura que el movimiento empresarial demostró, cuando se inauguró el sistema democrático, para el progreso social, comprensión que tuvo para el reconocimiento de los legítimos derechos de la clase trabajadora.

Pero, en último término, el factor más importante fue la decisión del pueblo venezolano de jugárselo todo por la defensa de la libertad, por el sostenimiento de un sistema de garantías de derechos humanos, el ejercicio de las libertades públicas que tanto costó lograr a través de nuestra accidentada historia política.

Debo decir con honda preocupación que la situación que vivimos hace más de treinta años no es la misma de hoy. Por una parte, la inteligencia de la dirigencia política ha olvidado en muchas ocasiones esa preocupación fundamental de servir antes que todo al fortalecimiento de las instituciones. Por otra parte, el empresariado no ha dado las mismas manifestaciones de amplitud, de apertura, que caracterizaron su conducta en los años formativos de la democracia venezolana. En tercer lugar, porque las Fuerzas Armadas, que han sido ejemplares en su conducta profesional en las garantías de las instituciones, están comenzando a dar muestras de que se deteriora en muchos de sus integrantes la convicción de que por encima de todo, tienen que mantener una posición no deliberante, una posición obediente a las instituciones y a las autoridades legítimamente elegidas. Y cuarto, y esto es lo que más me preocupa y me duele, que no encuentro en el sentimiento popular la misma reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia que caracterizó la conducta del pueblo en todos los dolorosos incidentes que hubo de atravesar después del 23 de enero de 1958.

Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional. Y esto nos obliga a profundizar en la situación y en sus causas.

En estos momentos debemos darle una respuesta al pueblo y tengo la convicción de que no es la repetición de los mismos discursos que hace treinta años se pronunciaban cada vez que ocurría algún levantamiento y que vemos desfilar por las cámaras de la televisión, lo que responde a la inquietud, el sentimiento, a la preocupación popular. El país está esperando otro mensaje. Yo quisiera decirle en esta tribuna con toda responsabilidad al Señor Presidente de la República que de él principalmente, aunque de todos también, depende la responsabilidad de afrontar de inmediato las rectificaciones profundas que el país está reclamando. Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar. El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en lo que se estaban metiendo. Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones.

Por eso he pedido la palabra para ejercerla en este elevado recinto. Transmitirle desde aquí al Señor Presidente de la República y a los dirigentes de la vida pública nacional, mi reclamo, mi petición, mi exigencia, mi ruego, en nombre del pueblo venezolano, de que se enfrente de inmediato el proceso de rectificaciones que todos los días se está reclamando y que está tomando carne todos los días en el corazón y en el sentimiento del pueblo.

Este es el motivo de la presente intervención y creo que era imposible que por un simple acuerdo de la Comisión de Mesa de que no se hablare para discutir el Decreto de Suspensión de Garantías, el Congreso se reuniera y le dijera al país que no ha hecho otra cosa sino darle paso al Decreto: un Acuerdo que se votó creo que tres o cuatro veces, y que se indicó votado por unanimidad. Yo aclaro que yo no lo voté, no porque no estuviera de acuerdo en el fondo con que se suspendieran las garantías, sino por las reservas que expresé y, sobre todo, porque no considero justo el que se afirme de una manera tan absoluta, que el propósito de los culpables de la sublevación haya sido el asesinar al Presidente de la República.

Por otra parte, quiero decir que esto que estamos enfrentando responde a una grave situación que está atravesando Venezuela. Yo quisiera que los señores Jefes de Estado de los países ricos que llamaron al Presidente Carlos Andrés Pérez para expresarle su solidaridad en defensa de la democracia entendieran que la democracia no puede existir si los pueblos no comen, si como lo dijo el papa Juan Pablo II, «no se puede obligar a pagar las deudas a costa del hambre de los pueblos». De que esos señores entiendan que estas democracias de América Latina requieren una revisión de la conducta que tienen frente al peso de la Deuda Externa, alocadamente contraída y en muchos casos no administrada propiamente, que nos está colocando en situaciones cuyo costo ha llegado a asustar a los propios dirigentes del Fondo Monetario Internacional y de los otros organismos financieros internacionales.

Yo quisiera, pues, desde aquí también, que pudiera llegar mi pedimento al Presidente Bush, al Presidente Mitterrand, al Presidente Felipe González, a los Jefes de los países del mundo desarrollado y ricos, para que se den cuenta de que lo que pasó en Venezuela puede pasar en cualquiera de nuestros países porque tiene un fondo grave, un ambiente sin el cual los peores aventureros no se atreverían ni siquiera a intentar la ruptura del orden constitucional.

Esa situación tenemos nosotros que plantearla con toda decisión. Cuando ocurrieron los hechos del 27 y 28 de febrero de 1989, desde esta Tribuna yo observé que lo que iba a ocurrir podría ser muy grave. No pretendí hacer afirmaciones proféticas, pero estaba visto que las consecuencias de aquel paquete de medidas que produjo el primer estallido de aquellos terribles acontecimientos, no se iban a quedar allí, sino que iban a seguir horadando profundamente en la conciencia y en el porvenir de nuestro pueblo. Dije entonces en algún artículo que Venezuela era algo como la vitrina de exhibición de la democracia latinoamericana. Esa vitrina la rompieron en febrero de 1989 los habitantes de los cerros de Caracas que bajaron enardecidos. Ahora, la han roto la culata de los fusiles y los instrumentos de agresión que manejaron los militares sublevados. Esto es necesario que se diga, que se afirme y que se haga un verdadero examen de conciencia. Estamos hablando mucho de reflexión, estamos haciendo muchos análisis, pero la verdad verdadera es que hemos progresado muy poco en enfrentar la situación y que no podemos nosotros afirmar en conciencia que la corrupción se ha detenido, sino que más bien íntimamente tenemos el sentir de que se está extendiendo progresivamente, que vemos con alarma que el costo de la vida se hace cada vez más difícil de satisfacer para grandes sectores de nuestra población, que los servicios públicos no funcionan y que se busca como una solución que muchos hemos señalado para criticarla, el de privatizarlos entregándolos sobre todo a manos extranjeras, porque nos consideramos incapaces de atenderlos. Que el orden público y la seguridad personal, a pesar de los esfuerzos que se anuncian, tampoco encuentran un remedio efectivo. Aquí, en este mismo recinto, se sientan honorables representantes del pueblo que han sido objeto no solamente de despojo, sino de vejámenes, por atracadores en sus propios hogares sin que se haya logrado la sanción de los atropellos de que han sido objeto.

Esto lo está viviendo el país. Y no es que yo diga que los militares que se alzaron hoy o que intentaron la sublevación que ya felizmente ha sido aplastada (por lo menos en sus aspectos fundamentales) se hayan levantado por eso, pero eso les ha servido de base, de motivo, de fundamento, o por lo menos de pretexto para realizar sus acciones.

Por eso termino mis palabras, rogándole al Presidente de la República que enfrente de lleno, en verdad y decididamente esta situación que, como dije antes, sirve de motivo, o por lo menos de pretexto, para todos aquellos que quieran destrozar, romper, desarticular el sistema democrático institucional del que nos sentimos ufanos.

Muchas gracias, ciudadanos Senadores, ciudadanos Diputados.

Rafael Caldera

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