Física del siglo XX – (11)

physics

Repaso de las tecnologías de la física. Física del estado sólido. Memoria atómica y nuevos materiales y estados de la materia. Plasma, cuasicristales y microagregados.

El siglo XX y lo que va del XXI alojaron una expansión sin precedentes de las tecnologías de la Física, y ella transformó profundamente a las sociedades modernas. Antes de 1900, por supuesto, ya había unas pocas tecnologías que mejoraron importantemente la condición de vida de las gentes y las posibilidades industriales y militares. Los relojes, la imprenta, la pólvora, la máquina de vapor y el ferrocarril, el telar automático, el telégrafo, la máquina de escribir, el alumbrado eléctrico, los ascensores y escaleras mecánicas, el submarino, el automóvil, la máquina de coser, el cierre de cremallera, el frigorífico, los rayos X, el fonógrafo, la fotografía y el cine son todas tecnologías anteriores a 1900, y sin duda hicieron su impacto, pero nada es comparable a la eclosión tecnológica del siglo XX, y aunque las tecnologías de base química y biológica también transformaron y siguen transformando el mundo en que vivimos, son las tecnologías de la Física las más presentes y variadas en nuestro mundo actual.

El aeroplano, la radio, la televisión, el radar y el sonar, las computadoras electrónicas, los cohetes y los satélites artificiales, la fotografía a colores y la nueva fotografía digital, la Internet, la holografía, la criogenia y la superconductividad, los aceleradores de partículas y la energía atómica, el bolígrafo, las células fotoeléctricas, el café instantáneo, el aire acondicionado, la lámpara de neón, el electrocardiógrafo y el electroencefalógrafo, el limpiaparabrisas, las hojillas de afeitar desechables, el tractor, el Hovercraft, el helicóptero, la lavadora, el horno de microondas, el tanque de guerra, los aerosoles, el radiotelescopio y el telescopio espacial, el vidrio Polaroid, el motor a reacción, los relojes atómicos, el máser y el láser, el transistor, el reloj digital, el disco óptico, los LEDs (Light Emitting Diodes), los cajeros automáticos, las pantallas de cristales líquidos, las calculadoras de bolsillo y los iPods, el microscopio electrónico, la tomografía axial computarizada, la resonancia magnética nuclear y la ecosonografía, el teléfono celular, las videograbadoras, los sistemas GPS (Global Positioning System), el corazón artificial, el domo geodésico, el Velcro, la tostadora automática, el esquí acuático, el estabilizador giroscópico, la aspiradora, la subametralladora Thompson y el silenciador de armas de fuego, la cosechadora de algodón, las curitas, la fibra óptica, el Aqua-Lung, integran todos una lista más numerosa de invenciones que surgieron en los últimos cien años. Y esto sin mencionar las tecnologías químicas—la inmensa variedad de plásticos, por ejemplo—ni las biológicas o bioquímicas, como identificación del ADN o la ingeniería genética.

Es, por tanto, del todo imposible hacer referencia de cada una de ellas. En esta lección nos limitaremos a referir unos cuantos casos antonomásicos o representativos.

Pudiera decirse que la columna vertebral de la revolución tecnológica del siglo XX es la electrónica. A fin de cuentas, la tecnología eléctrica, electromagnética y electromecánica ya habían producido dispositivos de gran utilidad, sobre todo a la invención del motor eléctrico. (Michael Faraday, 1821). La electrónica trajo el control del flujo de electrones primero en “tubos de radio” al vacío (válvulas termiónicas), y luego en materiales semiconductores, con los que se hizo el primer transistor. Con estos materiales la electrónica comenzó a depender de lo que se llama física del estado sólido. Los dispositivos electrónicos se emplean en la transmisión de potencia eléctrica o de información.

Las unidades básicas de la electrónica son el diodo y el triodo. Los principios de ambos componentes se conocían a fines del siglo XIX, pero no es sino hasta 1900 cuando el primer receptor de radio que usara un diodo de cristal fuera inventado, por Greenleaf Whittier Pickard. El efecto del diodo es el de permitir el flujo de corriente en una dirección mientras bloquea el flujo en dirección contraria. Por esta razón, un diodo que recibe una corriente “alterna”—que oscila cíclicamente entre ambas direcciones—la transforma en corriente “directa”. (Que fluye en una sola dirección). De allí que a veces se llama “rectificador” a un diodo.

En un diodo de tubo se hace circular una corriente eléctrica hacia el cátodo, que usualmente es un filamento tratado con una mezcla de óxidos de estroncio y de bario. Al calentarse, el filamento emite electrones hacia el interior del tubo de vacío. Otro electrodo metálico, el ánodo, atrae electrostáticamente los electrones emitidos, al estar cargado positivamente. Aunque la mayoría de los diodos de hoy en día son fabricados con materiales semiconductores, todavía se usan los tubos de vacíos en algunas aplicaciones especiales, como algunos amplificadores de sonido de alta fidelidad y rectificadores en ciertas guitarras. También, naturalmente, fueron empleados en los primeros computadores electrónicos, y su tamaño y su importante descarga de calor hacían que esos computadores ocuparan cuartos enteros y requiriesen enfriamiento especial por aire acondicionado.

En 1906 Lee De Forest inventó un tubo de tres elementos al que llamó audión. Era el primer triodo, un tipo de tubo (no al vacío, sino lleno de gas) que no sólo tenía el filamento (cátodo) y la placa (el ánodo), sino un tercer elemento: la reja (grid) que permitía control sobre el flujo de electrones. Versiones posteriores hicieron del triodo el elemento amplificador por excelencia, un componente que convierte una señal eléctrica de baja potencia en una de alta potencia.

Triodo

Dibujo esquemático de un triodo

Los triodos, por otra parte, pueden funcionar como válvulas lógicas. Es decir, pueden funcionar como si fuesen conectivos lógicos—y, o, si…entonces…, …si y sólo si…—y en ese carácter se combinan en circuitos capaces de computar y decidir. Son, pues, las piezas fundamentales de los computadores electrónicos, aunque ya no son tubos de vacío, sino transistores, inventados en Alemania tan temprano como en 1928. No fue, sin embargo, sino hasta fines de 1947 cuando el primer transistor práctico fue desarrollado en los laboratorios Bell.

Transistores

Transistores

Hay diversos tipos de transistores, pero todos están basados en las propiedades intermedias—entre conductores y no conductores—de algunos materiales como el silicio, el carburo de silicio, el arsenuro de galio y el germanio. (El primer transistor fue hecho de germanio por William Shockley, John Bardeen y Walter Brattain, quienes recibieron el Premio Nóbel de Física en 1956).

Se define como semiconductor a un material sólido cuya conductividad eléctrica puede ser variada y controlada. En más de un caso sus propiedades pueden ser modificadas por la adición intencional de impurezas o contaminantes, y en este caso se habla de doping. Estas impurezas añaden electrones de fácil desprendimiento, y pueden conferir a los semiconductores una conductividad tan grande como la de un metal. Como esta conductividad puede ser variada mediante la aplicación específica de campos eléctricos, los transistores exhiben un comportamiento de gran versatilidad, lo que permite emplearlos en muchas aplicaciones prácticas.

La física de los semiconductores recurre a la cuántica para su completa explicación, y en ese sentido es una tecnología de la física cuántica. En términos más generales, la física del estado sólido es una extensión de la física cuántica. La mayor parte de la física del estado sólido trata de las propiedades de los cristales, pero materiales amorfos y de carácter intermedio también caen bajo su atención. La investigación sobre cristales ha generado diversas tecnologías; una de ellas, la cristalografía por difracción de rayos X, permitió descifrar la estructura del ácido desoxirribonucleico, el componente esencial de los genes y cromosomas, y por tanto de la herencia biológica.[1]

ADN

Una “radiografía” del ADN y una fotografía de Rosalind Franklin, la científica que empleó por primera vez esa técnica para estudiar la compleja molécula. La discriminación anti-femenina en la Universidad de Cambridge la relegó a un papel menor, por lo que no compartió los honores del Nóbel con Maurice Wilkins, su colega, y con sus competidores, James Watson y Francis Crick.

La física del estado sólido estudia también los llamados cuasicristales: materiales que presentan un orden similar al de los cristales pero sin su periodicidad. En ellos la aparición de caras en forma de pentágonos, icosaedros y otras formas bilateralmente asimétricas, determinan su carácter. Fueron descubiertos en 1984, en una aleación de aluminio y manganeso. (De hecho, la mayoría de los cuasicristales se forman con aleaciones de aluminio). Antes de su descubrimiento, el matemático inglés Roger Penrose había logrado “cubrir el plano” en una forma no periódica mediante el empleo de mosaicos de forma diferente: por ejemplo, rombos de ángulos distintos.

Penrose

Un mosaico de Penrose

Los mosaicos de Penrose funcionan, pues, como moldes dentro de los que se forman los cuasicristales al llenarse el patrón con los átomos de un elemento apropiado.

………

Los físicos también estudian un cuarto estado de la materia—ni sólido, ni líquido ni gaseoso—al que se llama plasma. Se trata de un gas ionizado, cuyas propiedades son muy diferentes a los estados normales. El plasma es un conductor eléctrico, y por tanto responde a la aplicación de campos electromagnéticos. A pesar de que no fuera descubierto hasta 1879 (por William Crookes en el tubo que inventara), es en realidad el estado más común de la materia, pues es el estado típico en el espacio interestelar e intergaláctico. También son plasmas los relámpagos y los fuegos fatuos, así como las auroras polares, el arco de la soldadura autógena y las llamas que genera una cápsula espacial en su reentrada a la Tierra.

Plasma

Descarga de una “lámpara de plasma” y descarga de la corona solar

Distintos tipos de plasma encuentran aplicaciones tecnológicas: los televisores más modernos, por ejemplo, o las técnicas de impresión o grabación de capas dieléctricas en la fabricación de circuitos integrados.

Otra sorpresa de la ciencia de los materiales es la de sustancias con memoria. El Nitinol 55, por caso, es una aleación de níquel y titanio con la que puede fabricarse, por ejemplo, alambres de ese material. Un alambre de éstos puede ser moldeado en una cierta forma, digamos para dibujar la rúbrica de una persona. Si ahora se calienta el alambre por encima de una cierta temperatura y se les estira completamente, el alambre retornará a la figura anterior al bajar la temperatura, restituyendo la firma perdida. Una estructura determinada que luego se aplana para transportarla con facilidad recupera su forma al hundirla en el mar.

Los microagregados son también considerados hoy en día otra fase o estado de la materia. Consisten en pequeños paquetes de átomos—desde dos hasta unos pocos cientos—que revelan propiedades muy distintas del mismo material a granel. Así escribían Michael Duncan y Dennis Rouvray en Scientific American en diciembre de 1989: “Divida y subdivida un sólido y los rasgos de su solidez se desvanecen uno a uno, como las cualidades del gato de Cheshire, para ser reemplazados por  características que no son las de los líquidos o los gases. Pertenecen más bien a una nueva fase de la materia, el microagregado”.

Este peculiar estado ha encontrado aplicaciones biomédicas de gran valor, como en la absorción de nutrientes o la estimulación de linfocitos T, las células principales de la inmunología.

………

Las tecnologías de la miniaturización han expandido enormemente el horizonte de las aplicaciones de la Física. Son las responsables, por supuesto, del aparentemente incontenible progreso de la computación, cuyos componentes físicos se han hecho progresivamente más pequeños, lo que permite una mayor densidad de elementos lógicos en espacios cada vez menores. No hemos hablado acá de la robótica—como tampoco de muchas otras tecnologías—pero la miniaturización la alcanza, y ahora se fabrican nanobots o robots microscópicos que prometen realizar operaciones complejas a escalas verdaderamente minúsculas. En la Universidad de Rice acaba de demostrarse un “carro” hecho de una sola molécula, cuyas ruedas están hechas de buckyballs.[2] Una vez más, la medicina espera soluciones cada vez más penetrantes de la miniaturización.

Tecnologías aún más esotéricas que las descritas realizan ahora operaciones hasta hace poco impensables, o existentes sólo en literatura de la ciencia-ficción. La física cuántica se aproxima en estos momentos a aplicaciones en el área de la información. La criptografía cuántica, por ejemplo, anticipa la construcción de sistemas de información cifrada verdaderamente inviolables, al sujetar su código a la fundamental relación de incertidumbre descubierta por Werner Heisenberg. Por otro lado, el “teletransporte cuántico” (quantum teleportation) acaba de ser demostrado en el Instituto Tecnológico de Georgia[3], en un experimento que transfirió información cuántica de dos grupos diferentes de átomos—nubes gaseosas de rubidio—a un solo fotón, que la almacenó codificado en forma de polarización óptica. Sería la primera vez que se comprueba la transferencia de información de una masa material hacia la luz. El experimento augura la construcción de computadores en red muchísimo menores en tamaño que los más miniaturizados entre los que conocemos.

Finalmente, posiblemente sea la noticia del año en Física la demostración de materiales que pueden conferir invisibilidad a cuerpos cubiertos con ellos. Se trata de los llamados “metamateriales”, cuyas propiedades electromagnéticas no dependen de su sustancia, sino de su estructura. Para que tal cosa sea posible, los rasgos estructurales del material deben ser de tamaño inferior a la longitud de onda que incida sobre ellos. Para afectar a la luz un metamaterial debe tener elementos estructurales del orden de una micra, pero para el caso de microondas—de onda mucho más larga—puede bastar un decímetro.

Pues bien, investigadores de la Universidad de Duke acaban de anunciar el bloqueo o desvío de radiación en frecuencia de microondas, al producir una refracción atípica de las mismas. El objeto cubierto con el “manto mágico” bidimensional—ahora trabajarán los inventores en uno tridimensional—se hizo invisible a las microondas. La asociación con el famoso manto de Harry Potter no se hizo esperar, y así lo expresó el profesor David Smith: “No es precisamente Harry Potter. No es exactamente perfecto—podemos mejorarlo—pero demuestra el mecanismo, la forma en que las ondas se curvan alrededor de la región central donde se quiere ocultar cosas”. El manto, con un diámetro de doce pulgadas, pudo ocultar un tubo de cobre de seis pulgadas a las microondas, y está construido con sus elementos dispuestos en anillos concéntricos. Una inmediata aplicación de la tecnología es lograr invisibilidad al radar, lo que naturalmente ofrece un evidente interés para el uso militar. No en vano es DARPA[4] (Defense Advanced Research Projects Agency) la agencia que financia la investigación en Duke.

En verdad, es universalmente el interés militar uno de los más importantes propulsores del desarrollo tecnológico, y en los think tanks que hacen investigación por encargo de las organizaciones de defensa—la Corporación RAND, por ejemplo—se investiga desde la capacidad visual asombrosa de las gallinas—que pueden ser adiestradas para apartar minúsculos rodamientos defectuosos en una línea de producción—hasta la telepatía. (La misma Universidad de Duke ha sido pionera en el estudio de lo que se conoce como percepción extrasensorial). Luego, muchas de las tecnologías originalmente militares pasan al campo de las aplicaciones civiles. El fenómeno es tan extendido que ha dado pie a una serie de programas transmitidos por The History Channel: “De la táctica a la práctica”.

Al menos en eso la guerra, a un costo altísimo, rinde algunos beneficios duraderos. LEA


[1] James Watson, uno de los descubridores de esta estructura, narró en The Double Helix la batalla por el Premio Nóbel que tal hallazgo indudablemente merecería.

[2] Una buckyball es una forma esférica de agregados de átomos de carbono, nombrada así porque su disposición superficial adopta las posiciones de los nodos de un domo geodésico—como el del Poliedro de Caracas—que fuera inventado por el arquitecto norteamericano Buckminster Fuller.

[3] Por el profesor Alex Kuzmich y su alumno de postgrado Dzmitry Matsukevich. Los investigadores usaron luz de 780 nanómetros de longitud de onda, más o menos la mitad del estándar de las fibras ópticas convencionales.

[4] Un ingenuo intento del suscrito y el hoy general retirado José Antonio Olavarría—del staff del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa venezolano—por visitar DARPA (en ese entonces llamada ARPA) en 1977, no pasó del oficial de guardia en la recepción. De nada valió mostrar las credenciales del general. Fuimos devueltos de inmediato; nada de visitas informales y espontáneas.

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FS #104 – Chávez habemus

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal #104 de doctorpolítico reproduce un texto escrito y transmitido por correo electrónico, en horas de la tarde del 2 de diciembre de 1998, por el ingeniero de petróleo venezolano Marco Antonio Suárez, cuatro días antes de que el actual presidente fuera electo.

Conocí a Tony en Maracaibo, donde ya mostraba el carácter quirúrgico de su pluma en artículos que publicó, entre 1989 y 1990, el diario La Columna. Al tiempo de reiniciar actividades El Diario de Caracas en 1998, fui invitado a colaborar con artículos para sus páginas y pocas horas antes de la elección presidencial de ese año opté por servir de anfitrión al ingeniero Suárez, reproduciendo su potente y hermoso texto. Me limité a precederlo de las siguientes notas:

«Cuando he podido sentarme a teclear ya es viernes, 4 de diciembre, por la tarde. No ha votado aún, entonces, el pueblo de Electores. Pero yo creo que todo el mundo sabe ya, y el primero que lo sabe es Henrique Salas Römer, experto interpretador de encuestas, que Hugo Chávez Frías es el nuevo Presidente de la República de Venezuela.

Esto la sabía Salas el mismo 8 de noviembre. De allí su cara de preocupación y su irritabilidad. Habrá que reconocerle a Salas, no obstante, un manejo muy inteligente de sus posibilidades, con un gran sentido del timing y la valerosa constancia de luchar hasta el final, aunque se supiera perdido. Pero hasta Datanálisis, la encuestadora que más le favoreció, le tenía como perdedor por unos quince puntos de diferencia. Con estos resultados es prácticamente imposible que Salas Römer pueda ahora liderar un futuro partido conservador en el que encontraría unos cuantos competidores. La estructura convergentoide del Proyecto Venezuela no es un trozo suficientemente grande como para dominar la próxima reagrupación de la derecha venezolana.

Ha ganado la izquierda nacional. Ha llegado Chávez, y sólo queda esperar que se parezca más a Mitterrand que a Castro. Su margen de maniobra económico es más bien estrecho. Acá no puede inventar demasiado. Y en lo político no es tampoco omnímodo, a menos que quiera intentar la dictadura. No podrá hacerlo.

Los casi dos meses que nos separan de su asunción efectiva al poder son cruciales para establecer, ante su esquema en su versión más cruda y beligerante, un curso más sereno y sensato. Es una enorme responsabilidad gobernar. Es una terrible responsabilidad entrometerse con la historia. Ante lo que está planteado, en todo caso, la actitud de fuga es necia y es cobarde. Ahora es cuando esto se pone bueno. Ahora es cuando hay que fajarse a trabajar.

Vienen nuevos actores al proscenio político. Y no son solamente los del polo ‘patriótico’, que de todas formas muchos de sus actuales miembros continúan siendo portadores de un viejo paradigma de Realpolitik».

LEA

Chávez habemus

Libero a mis amigos y a mi familia de todas las cosas que les he dicho sobre Hugo Chávez. Los dejo al libre albedrío de sus voluntades. Finalmente he comprendido que el 7 de diciembre tendremos que aceptar que el hombre de la verruga en la frente será el presidente electo de Venezuela. Porque he comenzado a entender que la gente de mi país no está eligiendo a Chávez, está expresando un sentimiento que desde más adentro que el impacto de cualquier cuña electoral les dice a los usurpadores de la democracia y del tesoro nacional: basta.

Ha podido ser cualquiera, Chávez sólo cabalga sobre la cresta de la ola. Empezó siendo Irene, hasta que el vampiro COPEI se arrodilló a chuparle la inexperta sangre. Ha podido ser Salas, y realmente creí que pudiera haber sido Salas el estandarte del cambio pacífico, si ya no estuviese condenado al untarse sin querer queriendo de la bazofia adeca de la boca de Ixora y Morales Bello: le cuidaremos los votos.

Pero es Chávez, montado sobre una ola de genuina rabia y asco profundo, quien se ha convertido en el heraldo y en la patada de los que quieren decirle al patético y vergonzoso circo adeco: fuera; al fúnebre y tragicómico draculismo copeyano: fuera; al oportunismo voltiarepas masista: fuera. (Ya deben estar advertidos).

Bienvenido sea, entonces, Chávez presidente, desde lo más profundo de mis miedos y mis oscuras nubes que presagian tormenta. Y no es miedo a Chávez; el tipo se la ha ganado en buena lid en un debate donde la profundidad es escasa.

La nuestra es democracia coja hasta por ahí, nos guste o no. Anoche cuando lo veía en un programa de televisión internacional sus limitaciones se me hicieron escandalosomante evidentes, pero eso no importa ya. El problema de Venezuela es muy superior a Chávez en este fin de siglo tropical y deliafiallesco.

Es el mensaje que le mandamos al mundo de elegir al hombre de las nueve caras, The Economist dixit. Es el temblor de una economía frágil en un entorno universal también frágil. Es una señal caótica que emite un país proveedor de buena parte de la energía que mueve al planeta, commodity que andará de capa caída. Es caos dentro del caos global, que nos arrastra en una bajada de montaña rusa, a pesar de las buenas intenciones del presidente electo del 6D, que de seguro las tiene.

No lo culpo a él, ni a la gente que hoy lo ve como un mesías de las circunstancias de los años cuarenta. Pienso que en ese puntapié al mero coxis de AD y COPEI se nos van a ir también veinte años de reconstrucción nacional. No está mal. Somos un país de jóvenes. Pero tendremos que pagar el learning curve de Hugo Chávez y su equipo. Y nos va a salir costosísimo el adiestramiento.

………

Lo que he dicho arriba no quiere decir que yo me haya sumado a la corriente. No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes.

Y eso es válido. Hace unos cuarenta años, la educación primaria en Venezuela gozaba de estándares muy altos, que la calificaban como una de las mejores del continente. Hoy, en los albores del milenio, las cifras comparativas colocan a la educación venezolana a niveles del sub-Sahara, por encima apenas de países con condiciones paupérrimas del cuerno de África. ¿Qué nos pasó? En nuestro gran esfuerzo de masificar la educación y llevarla a todos los rincones, descuidamos la calidad y la preparación, nos interesó el volumen sin importarnos el producto. Los maestros pasaron de ser dignos representantes comunitarios a lamentables parias malhablados y llenos de carencias.

En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia.

Hay que aceptar la lección y aprender de ella. Somos un campanazo para América Latina, dicen las «imparciales» publicaciones globales. Ya una vez lo fuimos, y a lo mejor ése es nuestro papel en la historia. Nos toca vivir las consecuencias de ese campanazo, nos toca agarrarnos duro de los pasamanos de este vagón que nos lleva cuesta abajo con espeluznante vértigo.

Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado.

Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria.

Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora.

Marco Antonio Suárez

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LEA #196

LEA

El término «sociedad civil» se ha hecho de uso común en los últimos años. A comienzos del gobierno de Hugo Chávez una referencia al mismo por parte de Elías Santana, de larga trayectoria como dirigente civil, provocó el despectivo comentario de Luis Miquilena: «¿Con qué se come eso?» Vale la pena detenerse en su significado, sobre todo cuando ahora se prepara una «hoja de ruta» de «la sociedad civil» y se convoca a reuniones para considerar «el curso de acción política de la Sociedad Civil de cara al 2007». (En la convocatoria de una reunión específica sobre este asunto, se añade: «Tendremos a varios voceros de ONG’s invitados», y en la mención del año próximo hay una suerte de admisión de la inevitabilidad de la reelección de Chávez, puesto que la invitación acoge sólo a opositores al gobierno).

El Banco Mundial entiende por sociedad civil «una amplia gama de organizaciones no gubernamentales y sin fines de lucro que están presentes en la vida pública, expresan los intereses y valores de sus miembros y de otros, según consideraciones éticas, culturales, políticas, científicas, religiosas o filantrópicas. Por lo tanto, el término organizaciones de la sociedad civil abarca una gran variedad de organizaciones: grupos comunitarios, organizaciones no gubernamentales, sindicatos, grupos indígenas, organizaciones de caridad, organizaciones religiosas, asociaciones profesionales y fundaciones».

Pero a veces esta «sociedad civil», entendida como conjunto de organizaciones civiles no partidistas, pretende que se la tenga por coextensiva a lo que gente como Jóvito Villalba y Gonzalo Barrios denominaba «el país nacional», en contraposición a su noción de «país político». (El Estado y los partidos, en particular sus dirigentes). Más específicamente, se quiere hacer creer que «la sociedad civil», entera, está opuesta a Chávez. Resulta, sin embargo, que los Círculos Bolivarianos, por caso, están incluidos en la definición del Banco Mundial. Más transparente y veraz sería admitir que se habla de la parte opositora de «la sociedad civil», pues hay organizaciones no gubernamentales que son neutras o apoyan al gobierno.

A mediados de la década de los ochenta jugué con la idea de postularme uninominalmente al Senado de la República. Por ese tiempo fui invitado a hablar de temas generales de política—incluían, por ejemplo, el problema de la integración latinoamericana—a un grupo de dirigentes vecinales de varias partes del país que asistían a un taller en Caracas y mi pretensión salió a relucir. Recuerdo haber advertido que si finalmente entraba en campaña, y quisiera el apoyo de electores del estado Miranda, donde resido, jamás les pediría ese apoyo en tanto dirigentes vecinales, sino como ciudadanos. Así como las organizaciones vecinales resentían, con razón, el intento partidista de penetrarlas y cooptarlas, tampoco era apropiado que ellas rebasaran su competencia para intervenir en asuntos estrictamente políticos.

No se adquiere, pues, ningún título especial para la actividad política por el mero hecho de pertenecer a una ONG, y lo que debe surgir de la sociedad venezolana es un nuevo tipo de asociación política de ciudadanos. Ni el neoadequismo de Un Nuevo Tiempo, ni el neocopeyanismo de Primero Justicia, ni el neosocialismo (por inventar) prepotente del MVR son lo que se necesita, pero tampoco lo es una coalición de ONG formuladas como entidades opositoras al gobierno, que no serían otra cosa que una Coordinadora Democrática sin partidos.

LEA

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CS #196 – Este piazo’e pueblo

Cartas

Francisco es venezolano de piel oscura, en un país del que se afirma que no discrimina racialmente. Nació en Cumanacoa, estado Sucre. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Después de participar en la edificación de una casa caraqueña, quedó en ella como vigilante mientras sus dueños la ocupaban y luego como auxiliar del hogar. En esta calidad limpiaba vidrios de ventanas, instalaba lámparas, movía muebles, llevaba a los niños a la escuela o a casa de amigos, cobraba cheques, hacía mercado, jugaba béisbol con el hijo varón y cooperaba muy útilmente con el equipo de su colegio. Esto a cambio de un sueldo que a veces fue irregular y techo y comida. Hacía todo eso en el seno de una familia que lo trató como hijo, pero estaba insatisfecho.

Una cierta holgazanería lo invadía con frecuencia. Pasaba horas seguidas tendido en su cama, viendo televisión. Claro que con ella aprendía y conocía un mundo que no entrevió en Cumanacoa, pero su mirada estaba triste y desesperada. Las únicas cosas que le mejoraban el ánimo eran, en general, manejar el automóvil y en particular todo lo que tuviera que ver con béisbol y la compra en el automercado o la ferretería. En esto último descollaba; comprador insigne, aprovechaba todas las ofertas que podía y retenía precios que su segura memoria actualizaba cada vez que compraba. En una época inflacionaria, resultaba invalorable tener acceso a la infalible base de datos de abasto que era el cerebro de Francisco.

El jefe de familia creyó encontrar una forma de estimular el evidente talento y gusto de Francisco por las compras, pues creía que todo el mundo era capaz de servirse de un computador. Así, dio a Francisco un discurso sobre su progreso profesional y la importancia de la función de compras en una casa o una empresa, y hasta le habló de la nobleza de la profesión de mayordomo, pues el padre de nadie menos que el emperador Carlomagno había sido mayordomo de palacio. Los buenos mayordomos, le dijo, son excelentes administradores, como lo era él al comprar. Luego le convenció de que llevar las cuentas que tenía en la cabeza con ayuda de un computador era asunto que sería de la mayor facilidad para él y pronto lo sentó frente a la pantalla de uno, ante la hoja electrónica de cálculos de Microsoft, con su matriz cuadriculada de celdillas.

«Escribe apio», le dijo a quien jamás había usado un teclado para escribir. Francisco escribió laboriosamente. «Dale a esta tecla, para que bajes a otra celdilla. Escribe queso. Dale a la tecla. Escribe salchichas». A continuación le pidió que escribiera quince, en cifras. Después veinticinco. Luego lo guió para que escribiera igual quince más veinticinco, todo con cifras y signos. «Dale a la tecla». La pantalla mostró cuarenta. Hasta aquí Francisco no pareció impresionado; a fin de cuentas, la cosa le parecía un método algo engorroso de hacer los cálculos que él habría podido hacer mucho más rápidamente, en la calculadora que le habían regalado y era claramente su más preciada posesión.

Ahora, sin saberlo, postularía bajo instrucciones la primera operación algebraica de su vida, haría álgebra por primera vez. «Fíjate que el número quince está en la celdilla B1. ¿Lo ves aquí? Y que el número veinticinco está en la celdilla B2. Bueno, escribe ahí igual B1 más B2. Dale a la tecla». Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»

Francisco hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por vez primera; del árabe que le era desconocido y había inventado el álgebra. Pero esas referencias no habrían bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo; Francisco estaba hablando también de sí mismo. Francisco era ese hombre bien inteligente y los venezolanos podemos estar mejor para contribuir significativamente a la mejor constitución política de la Tierra.

Pero el camino no le era fácil a Francisco en aquel momento. Entre otras cosas su piel era oscura, en un país «donde no hay discriminación racial».

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A fines del muy accidentado año de 2002, un cierto líder político exponía algunas consideraciones ante un nutrido grupo de oyentes. A la hora de las intervenciones del público, una persona afirmó que el grupo político del expositor no era inclusivo, que sólo captaba adeptos «de la clase media hacia arriba». El aludido negó que tal cosa fuera cierta, y adujo a su favor recientes actos de incorporación de militantes que provenían del partido favorito de los pobladores pobres. Entonces intervino una dama «de sociedad» para contradecirlo: «¡Pero chico! Yo estuve ayer en el acto que ustedes hicieron en La Guaira ¡y allí lo que había era un negrero!» Que la señora en cuestión haya dicho tal cosa, de modo tan fresco, supone que se sintiera en un grupo que compartiría su aversión racial, naturalmente, rodeada de personas para quienes ese despectivo tratamiento fuese familiar, aceptable y útil. No ha muerto el mantuanismo en Venezuela. En son de guasa, pero sintomáticamente expresivo, un cierto personaje de la sociedad caraqueña había redactado un proyecto de ley de artículo único: «Restitúyase a sus legítimos dueños la propiedad de los negros». Repetía el chiste de mal gusto para alegría e hilaridad de muchos. Otro prohombre venezolano, ex director de empresa petrolera y promotor de institutos de educación de alto nivel, se complacía en señalar en públicas reuniones políticas: «Mi voto vale más que el de quinientos negros de Barlovento». Decir que no hay discriminación racial en Venezuela es faltar a la verdad; lo saben las personas que la sienten.

Como la mayoría del país no tiene piel blanca, mucho del menosprecio que alguna gente acomodada manifiesta hacia el país tiene su origen en la discriminación racial. Es verdad que no llegamos a establecer un Ku Klux Klan o a sentar a las personas de piel oscura en el rincón de un autobús; es decir, en términos relativos discriminamos de modo menos violento e inhumano que otras naciones, pero hay desprecio social basado en la raza en Venezuela. Tal cosa se cobra políticamente en estos tiempos. Pero no se limitan a la pigmentación cutánea las acusaciones en contra de nuestra nación. La geografía sería cómplice del pecado original de la raza. Así se expone: «…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio». (2)

La teoría del mal «material humano» venezolano, favorecida por algunas cúpulas políticas, sociales y económicas en Venezuela como explicación del nivel de desarrollo nacional, es que la combinación del mestizaje de grupos «inferiores»—indios, españoles dañados,(3) negros—, la geografía paradisíaca de los trópicos, y la insólita riqueza natural del país conspira para que no seamos una sociedad moderna y avanzada, en la que sólo una élite más o menos pura e ilustrada escapa a la deyección y el abismo. No estamos mejor porque con «este piazo’e pueblo» no se podría hacer otra cosa.

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Nuestra baja autoestima nacional—no son sólo unos cuantos «mantuanos» quienes opinan malísimo de los venezolanos—se manifiesta muy frecuentemente en una baja opinión acerca de nuestras capacidades económicas. Cuando el gobierno constitucional de Rómulo Betancourt lanzó un programa de industrialización nacional con apoyo decidido a la formación de empresas privadas—mediante la sustitución de importaciones bajo el lema «Compre venezolano»—no faltó quien hiciera burla de la iniciativa, asegurando que éramos constitucionalmente incapaces de industria. Como siempre, el rechazo se expresaba culturalmente a través del humor. El asistente a un velorio, decía el chiste, confiaba alarmado a un deudo que quien ocupaba el féretro estaba vivo, pues él le veía hacer toda clase de muecas. Rápidamente fue tranquilizado, cuando se le explicó que la urna estaba cerrada con vidrio de fabricación nacional. Y desde que se supiera que Carlos Andrés Pérez, aprovechando una inesperada avalancha de divisas, nacionalizaría la industria petrolera, muchos ejecutivos de las compañías transnacionales de la época salieron a buscar trabajo en empresas privadas, pues consideraban imposible que los venezolanos pudiéramos manejar el petróleo por nuestra cuenta, y no querían ser parte del previsible desastre.

A comienzos del segundo gobierno de Rafael Caldera, se llevó a cabo en Holanda un curso superior de adiestramiento ejecutivo de la compañía Shell, la famosa empresa transnacional del petróleo, una entre aquellas «siete hermanas» que hasta 1973 determinaron el rumbo del mercado petrolero mundial. El curso en cuestión fue ofrecido a unas cuantas decenas de empleados de la Shell provenientes de todo el mundo. Algunas de las sesiones del curso fueron dedicadas al análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento, la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenía dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra) a los profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza. Es importante por tanto preguntarse ¿qué es lo que causa la desconfianza?

Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo. «Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio». ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?

Esta imagen se aproxima bastante a lo que ha sido la comunicación «formadora de opinión» en el proceso venezolano de las últimas décadas. El desempeño de los actores económicos tiene mucho que ver con los climas psicológicos y de opinión. Especialmente en una época cuando la economía es dominada por transacciones virtuales, por la emisión de papeles, por las vicepresidencias de finanzas, por las decisiones de jóvenes ejecutivos de cuentas con celular y computador, la evaluación psicológica de las expectativas se convierte en un factor dominante. Y por esto la cacofónica actuación del liderazgo de opinión en Venezuela tiene mucho que ver con el estado de su economía, con la desconfianza a la que se referían los analistas y profesores de la Shell en el curso ya mencionado. Tal vez la enfermedad más grave de la sociedad venezolana es esa inclinación, aparentemente inevitable, a criticarse y rechazarse a sí misma. Es una exhortación insistente, permanente, a buscar, destacar y amplificar lo negativo. Seguramente el mejor tratamiento posible estará destinado al fracaso si alrededor del paciente se congrega un coro de voces histéricas y agoreras para agobiarlo con una cantilena de pronósticos negativos. Al nivel del ciudadano común reproducimos ese patrón de conducta de muchos entre los líderes venezolanos. Repetimos los rumores más estrambóticos y las opiniones más pesimistas.

Cuando arrancaba el año de 1983 se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza. El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras mismas se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir «cada vez mejor y mejor trabajando cada vez menos y menos». Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: «¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!» No fue poca su sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana en octubre de 1982. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión con los banqueros tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—se estaba, como quedó dicho, a inicios de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le había sorprendido. En esa conversación, nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: «Bueno, ciertamente que sí, pero ¡la que no nos deja dormir es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!»

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Fue el insigne maestro Augusto Mijares quien diagnosticó certeramente el daño que nos hacemos a nosotros mismos a través de la más despiadada autocrítica. En «Lo afirmativo venezolano», uno de sus más importantes ensayos,(4) nos invitaba a fijarnos más bien en logros positivos de nuestros nacionales.

Y en este punto tienen especial capacidad de actuar positivamente los medios de comunicación social. Muy notorios ejemplos tenemos, lamentablemente, de medios de comunicación venezolanos que parecieran complacerse en la publicación de las lecturas más negativas, de las peores evaluaciones de nuestro país. Este es un viejo problema y por cierto no es exclusivo de Venezuela. No fue precisamente en Venezuela donde el término amarillismo, referido a la prensa, fue acuñado, sino en los mismísimos Estados Unidos. Pero aun los periódicos de mayor prestigio pueden resbalarse por la cuesta del tremendismo. Allen Neuharth, el fundador del primer periódico verdaderamente nacional de los Estados Unidos—USA Today—aseguraba que The Washington Post tenía por línea editorial arruinar el desayuno de sus lectores con la peor y más dramática de las noticias que pudiera publicar.(5)

A veces llegamos tan lejos en este malsano deporte de la autodenigración que importamos «expertos» extranjeros para que nos regañen en nuestra propia casa. Así, por ejemplo, se trajo varias veces a Venezuela un profesor norteamericano de economía(6) que venía a restregarnos nuestra mala conducta económica y a denostar del país en general—»este país ha sido destruido en los últimos veinte años»—complaciéndose en presentar indicadores según los cuales Venezuela era poco menos que la escoria del planeta. Todo esto con el ánimo de vendernos su receta económica favorita. (Más tarde se descubrió que no era el desinteresado profesor universitario que venía del norte a salvarnos de nosotros mismos. El profesor en cuestión resultó ser un directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en América Latina, incluyendo un porcentaje apreciable del total de sus activos en bonos Brady de la deuda pública venezolana).

No debemos permitir que se nos presente como lo peor del planeta porque se trataría de una terrible injusticia. Nadie niega, naturalmente, que Venezuela empezó a mostrar una conducta económica poco sana a raíz del boom petrolero de los setenta y comienzos de los ochenta. Pero es importante percatarnos de que en buena medida eso fue el resultado casi inevitable de un evento internacional azaroso que no fue provocado por nosotros: el embargo petrolero árabe de fines de 1973, que desencadenó la escalada en los precios internacionales del petróleo. Ese evento y ese proceso pueden ser analizados desde otra perspectiva menos abrumadora que la que habitualmente se nos endilga. No hay duda de que estamos, con Venezuela, ante un caso agudo de sociedad que se siente culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de una desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático. Pero esto no pasa de ser una exageración desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a la de los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?

El eminente sociólogo francés Émile Durkheim—autor del clásico «Las reglas del método sociológico»—llevó a cabo un estudio acerca de los patrones del suicidio en Europa de fines del siglo XIX. En todo caso, se trataba de un continente que podía suicidarse por moda, como la que detonó al arranque del Romanticismo la mera lectura de Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Durkheim encontró un sorprendente y contraintuitivo tipo de suicidas a los que llamó «anómicos», que se quitaban la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna inesperada. A comienzos de la década de los años sesenta el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria organizaba cursos para adiestrar dirigentes campesinos, en encierros de un mes de duración. La primera de estas experiencias logró alarmar a los directivos de la organización no gubernamental. A los pocos días de haberse iniciado el primer curso para el Distrito Federal y el estado Miranda, casi la totalidad de los campesinos asistentes estaba aquejada de fuerte dolencia estomacal. La angustia cundió entre los organizadores, que temieron ser responsables de una intoxicación general de los alumnos. Un enjundioso examen médico descifró lo que pasaba: los campesinos enfermaron simplemente con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados.

La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme en Venezuela. Tres han sido los momentos de inundación de dólares, y los administradores de este fenómeno verdaderamente telúrico han sido el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, el de Luis Herrera Campíns y el de Hugo Chávez Frías.(7) Ninguno de estos incrementos, que han inflado de modo considerable los ingresos fiscales, se corresponde con un aumento real de la productividad de los venezolanos, lo que sin duda ejerce un efecto distorsionador. Pero bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor con una menor capacidad de absorción del impacto. En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El «Grupo Roraima», en importante trabajo(8) de 1984 sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son normalmente considerados como más desarrollados que nosotros y que también experimentaron desajuste por las mismas razones; Reino Unido y Holanda, por ejemplo. Por cierto, se conoce como «enfermedad holandesa» al desarreglo económico causado por el influjo de ingresos extraordinarios provenientes de recursos naturales como el petróleo. Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados». Si el ingreso del gobierno federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, como ocurrió con Venezuela a partir de 1974, la economía de ese país habría enfrentado importantes problemas. En verdad, es de destacar que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como sus volúmenes de deuda pública y privada. (La revista TIME ya exhibía crudamente, para los momentos de nuestras primeras glotonerías petroleras, la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos—empresas, personas naturales, gobierno—en un famoso e incómodo artículo de 1982). El desequilibrio causado por el repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, y los más recientes a partir de 2000, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de muchos críticos de nuestro país, sin embargo, tan importante factor, del que en esencia no tenemos culpa, brilla usualmente por su ausencia. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes»,(9) en la pretendida inferioridad del español ante el sajón (o del «sudaca» ante el español), en la costumbre de la «flojera» indígena o la tendencia «festiva» del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.

Para esto habrá que dejar atrás un patrón político que se fija patológicamente sobre las reales o supuestas faltas de los contrincantes, nunca sobre las propias. No nos servirá para nada el reconcomio y la guerra habitual de las campañas y las oposiciones. Será preciso abandonar la noción de que la política es, por encima de cualquier cosa, un combate, un intento por legitimarse mediante el descrédito o anulación del competidor. En cuanto asumamos la sencilla noción de que la política es fundamentalmente la profesión de resolver problemas de carácter público, cambiará de modo esencial la acción del Estado. Esta es una revolución que inevitablemente tendrá que darse en el mundo. El crecimiento de la conciencia popular, llevado en la ola de una creciente informatización de la sociedad, se encargará de hacerla inevitable. Simple. Como lo son todas las revoluciones verdaderas. ¿Qué impide que sea Venezuela el primer país del mundo en el que semejante tránsito se efectúe? Es una revolución, sí. Se trata de un cambio muy profundo. Pero la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales, usualmente marcadas por la lucha y la negación. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una «catástrofe en las ideas», lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces.

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Requeriremos, pues, actores nuevos.

Serán, precisamente, nuevos actores. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como dijera Stafford Beer, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».(10) Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.

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Con mucha frecuencia el autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos «estar preparados» para vivir en democracia o, más crudamente, se declara: «Venezuela es una caricatura de país». Incluso se da el caso de personas que sustentan tan dañina posición y han pretendido sin embargo ejercer una acción política, en aprovechamiento de esa democracia que ellos creen no merecemos, con la justificación de que los «políticos corruptos» deben ser sustituidos en el poder por «la gente decente». La prueba que es aducida con mayor frecuencia es percibida al llegar, preferentemente de Miami, a la ciudad de Caracas para comparar el aseo urbano de esta ciudad con el de la norteamericana. («Allá no ves ni un papelito en el suelo»).

También, por supuesto, argumentamos que no respetamos las señales de circulación en el tránsito, o conducimos, en general, de modo abusivo. Pero esto pareciera ser una conducta universal, a juzgar por el famoso corto animado de Walt Disney, en el que un Tribilín (Goofy) de disposición habitualmente plácida y amable se convierte en un agresivo monstruo del volante, en parodia automotor del doctor Jekyll y el señor Hyde.(11) Y, naturalmente, nuestra percepción es selectiva. Con frecuencia, obviamente, sufrimos los abusos de conductores muy desconsiderados, pero por cada uno que atraviesa la calle con la luz roja, doscientos no lo hacen. Nuestra mente, sin embargo, privilegia el registro del conductor agresivo, y generaliza a partir de eventos de baja frecuencia. Es precisamente esta peculiaridad fisiológica y perceptiva—nuestros sistemas biológicos y psicológicos de alarma predominan—lo que ofrece base a los medios de comunicación que encuentran más productivo resaltar las conductas o hechos más negativos, con lo que se refuerza nuestra impresión de que somos un horror. La picada de un zancudo en mínimo punto de nuestra piel niega y se sobrepone a la normalidad de todo el resto.

Somos una sociedad «de clase media», en el sentido de mostrar un nivel «de desarrollo» que nos coloca por encima de las más pobres y atrasadas del planeta, pero por debajo de las más avanzadas y ricas. (Como nuestro Sol es una «estrella de clase media», gracias a Dios, ni de las más grandes ni de las más pequeñas). Es evidentemente esperable que los comportamientos promedio más civilizados se observen en naciones de mayor desarrollo, pero tal realidad no debe ser interpretada como prueba de la existencia en nosotros de genes y memes(12) que garanticen nuestro indefinido atraso o subdesarrollo, ni autoriza un discurso denigratorio de nosotros contra nosotros. Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en ellos, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional. Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga. No es ésa la actitud que el país necesita de sus habitantes. Ahora más que nunca necesita el compromiso de quedarse a trabajar, con imaginación y con denuedo, en nuevas actividades de todo tipo: educativas, económicas, culturales, políticas.

El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política. No se pretende negar, entonces, que el país en general esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Quienes piensan resolver sus problemas en tierra ajena y distante no encontrarán, salvo casos muy específicos y particulares, la vida fácil en ningún país. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoletos a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.

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Y es que, por otra parte, no resulta problemático encontrar instancias de conductas venezolanas totalmente contrarias a las negativas que usualmente son las destacadas, o figuras ilustres entre nosotros que, naturalmente, como en cualquier otra sociedad, son pocas. El antonomásico Simón Bolívar, por supuesto. La Enciclopedia Británica se siente obligada a admitir al comienzo de su artículo sobre el héroe: «…es considerado por muchos como el más grande genio que el mundo hispanoamericano ha producido». Y añade esa enciclopedia de Chicago que se llama Británica: «Hay pocas figuras de la historia europea y ninguna en la historia de los Estados Unidos que desplieguen la rara combinación de fortaleza y debilidad, carácter y temperamento, visión profética y potencia poética que distinguieron a Simón Bolívar».(13) Los estadounidenses reconocen así, a pesar de habitar tierra de hombres excepcionales, que en toda su existencia no han parido un par de nuestro Libertador. Es difícil conseguir de nadie mejor homenaje.

Pero también tuvimos a Andrés Bello, el filósofo y gramático, el educador y el poeta incomparable, que dotara a Chile de su Código Civil y fuera el rector de su universidad. Y a Jesús Soto, líder mundial del Op Art o arte cinético; a Francisco Eugenio Bustamante, conductor de entrañables y hermosas causas políticas al tiempo que cirujano pionero y educador universitario; a Felipe Larrazábal, también político pero esta vez finísimo músico romántico y biógrafo, y a la excelsa concertista que fuera Teresa Carreño; a Marcel Roche, científico señero del continente y pacifista tenaz; a Ricardo Zuloaga, visionario y justo señor de empresa; a Mario Briceño Iragorry, maestro de sociedades; a una lista casi interminable de modelos humanos.

¿Es que no somos admirados en el planeta por el soberbio y emocionante espectáculo de nuestras orquestas juveniles, creación del alma y cerebro privilegiados de José Antonio Abreu para asombro del mundo? ¿Es que no vimos a indiecitos pemones aprendiendo a tocar violín dentro de algún programa de inteligencia de Luis Alberto Machado? ¿O no estamos a punto de celebrar un cuarto de siglo del Metro de Caracas en cuyo subterráneo nos comportamos con el mayor civismo? ¿Es que no fuimos capaces de manejar una compleja industria petrolera cuando muchos creyeron que no lo seríamos? ¿Es que nuestras grandes obras públicas—la represa del Guri, por caso—no son dignas de encomio? ¿Es que los becarios del Plan Gran Mariscal de Ayacucho no se destacaron consistentemente por su talento y aplicación en las mejores universidades conocidas? ¿O que el museo contemporáneo que creara Sofía Imber, o el que hiciera Lya Bermúdez en Maracaibo, o el que armara Alba Fernández para los niños no valen la pena? ¿Por qué no oponemos a los contraejemplos, que todo país aloja, las contradictorias «anomalías» de nuestros buenos hombres y mujeres?

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Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional a las campañas programáticas—lo que reduce los discursos a una oferta de eslóganes más o menos vistosos—es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los electores. Lamentablemente, la inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. En cualquier caso, muchos entre quienes esto piensan defienden como sagrada la racionalidad utilitaria de los negocios privados, aunque rechacen que los menos favorecidos apliquen, en su circunstancia y su escala, lo que en el fondo es esa misma racionalidad. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que «no está preparado para eso». En un programa de radio dedicado al análisis político el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una «caja de conversión»,(14) cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: «Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debiera hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque lo otro no lo entiende el pueblo-pueblo?» Mientras el conductor del programa empezaba a contrargumentar para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: «Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar».

Las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se haya visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico relanzado en Maracaibo.(15) Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. Lo trataría, además, como ciudadano del mundo, ya no como un habitante sometido al régimen de un poder central y lejano radicado en Caracas, del que tendría que quejarse en alguna gaita lastimera, sino, conectado informativamente con el resto de la Tierra, como habitante con derecho en el mundo y con influencia y responsabilidad por su estado, como ciudadano del planeta. El habitante de Maracaibo se dio cuenta de que verdaderamente era una parte del cerebro del mundo. En cuanto pudo entrever esa verdad, en cuanto pudo tener esa imagen de sí mismo, dio su decidido apoyo a quien también le entendía de ese modo. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en la ciudad en el lapso de cinco meses desde su reaparición, superando localmente al inveterado dueño del patio, que jamás había sido excedido a pesar de una previa emulación verdaderamente reiterada y formidable. Cuatro meses después el periódico que creyó en los lectores se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso. La idea que se había impuesto del lector nunca fue explicada al público, pero la misma había permeado a toda la redacción, y de algún modo ese implícito respeto fue percibido por los lectores, que premiaron con generosa lealtad al medio que se molestaba en explicarles los temas más complejos, porque apostaba a que serían entendidos.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos heredaba las botas de un gigante muerto de modo prematuro. Procurando llenarlas declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program,(16) destinado a proveer instrucción preescolar a niños de los principales ghettos urbanos de su país, era el programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente. La sorpresa, la frustración y algo de pánico cundieron entre los ejecutivos del gobierno norteamericano, que con tanta esperanza habían creído iniciar una nueva era. Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. A toda prisa se formó una comisión de pedagogos, sociólogos, psicólogos y demás expertos que pudiera desentrañar una explicación. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban» el rol de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles. LEA

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NOTAS

(1) Unos veinte años antes de la asunción de Hugo Chávez al poder, José Manuel Briceño Guerrero escribía proféticamente El discurso salvaje, que incluyó después en El laberinto de los tres minotauros (Monte Ávila, 1997). Comentaría luego Francisco Toro Ugueto: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder». (http://caracaschronicles.blogspot.com/)

(2) Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3.

(3) Según Francisco Herrera Luque en La huella perenne.

(4) Editorial Monte Ávila, Obras Completas, Tomo IV, con prólogo de Pedro Grases. Ver también La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, en la misma colección (Tomo II) con prólogo de Luis Castro Leiva.

(5) En sus memorias de 1989, Confessions of an S.O.B., Currency.

(6) Steve Hanke, propugnador de la receta antinflacionaria de una «caja de conversión».

(7) A comienzos del gobierno de Chávez el barril de petróleo se negociaba algo por debajo de los veinte dólares. Un año después el ascenso sostenido—el crudo Brent, por ejemplo, se acercaba a 35 dólares—llevaba a la OPEP a «tranquilizar» el mercado, pues prometía hacia septiembre del año 2000 que si el precio promedio de su cesta de productos superaba por veinte días consecutivos el nivel de 28 dólares, procedería a lanzar al mercado 500 mil barriles adicionales como modo de presionar los precios a la baja. También indicaba que cortaría 500 mil barriles al suministro si el barril promedio de la OPEP descendía por debajo de 22 dólares por diez días consecutivos. Seis años más tarde la cesta de la OPEP se cotiza al doble de aquel límite superior de la «banda de precios».

(8) Grupo Roraima, Proposición al País, (Caracas: n.p., 1984).

(9) Francisco Herrera Luque, La huella perenne (1969), Editorial Monte Ávila (1981). Esta obra recibió, increíblemente, el Premio Nacional de Medicina, oficializándose así la tesis de que somos tarados por origen hispánico de dudosa «calidad humana».

(10) Platform for Change, Wiley, 1975.

(11) Motor Mania, 1950.

(12) Richard Dawkins, el brillante etólogo británico nacido en Nairobi, Kenya, introdujo el concepto de «meme», en analogía genética, en su libro The Selfish Gene (El gen egoísta, 1976), y lo define como una «unidad de información cultural», que una mente transmite a otra verbalmente o por otra demostración.

(13) De la edición de 1974.

(14) La forma más rígida del «anclaje» de una moneda en otra.

(15) Diario La Columna, en su desempeño entre 1989 y 1990.

(16) «Programa Ventaja». Era la época de los influyentes criterios del senador demócrata Walter Mondale, quien abogaba no por la igualdad de oportunidades, sino por la «plenitud» de ellas. (Full Opportunity and Social Indicators Act).

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FS #103 – De muros y Paredes

Fichero

LEA, por favor

Intentar unas palabras justas para referirse al Dr. Ramón J. Velásquez es una empresa prácticamente imposible. Baste decir que es el político más avezado del pasado y el presente venezolano, y un historiador a quien debemos agradecer la iluminación de los grandes ríos de nuestro proceso republicano, pero también de las gotas más detalladas de nuestra microhistoria.

Abogado, profesor universitario, periodista y director de periódicos y revistas, diputado, senador, ministro y presidente de la República, todo lo ha hecho en la función pública y académica. Nacido en 1916, cualquiera pudiese pensar que su discurso fuera en estos días clásico y añorante. Nada más lejos de la realidad: el Dr. Velásquez urge ahora a quien le oye que estamos en época informática, y que la política ya no es la misma de antes por esa causa. Esto es, su actualidad es admirable y plenamente consciente de los tiempos.

Mi señora esposa quiso agradecer una visita suya haciendo llegar a su casa una torta de queso criolla para el día del padre. Más vale que no; a los dos días su chofer trajo a la casa la bandeja de regreso y un ejemplar dedicado de «La caída del liberalismo amarillo: Tiempo y drama de Antonio Paredes», su opus magnum. Es ahora tesoro preciado en nuestra casa, que nos turnamos para leer y estudiar. De esta obra clara y extraordinaria se extrae dos fragmentos para construir la Ficha Semanal #103 de doctorpolítico.

El primero de ellos corresponde a una sección del ensayo—Notas sobre el Liberalismo Hispanoamericano—que precede a la historia propiamente dicha. Esa sección—Las sociedades coloniales sin riqueza minera: Venezuela—es una síntesis de la historia de nuestra independencia, asombrosa por su economía y veracidad. El segundo fragmento es asimismo material introductorio, pues forma parte del introito que llama «Explicación» y comienza así: «El propósito que me animó al escribir estas páginas fue muy simple: lograr que el hombre de la calle, el venezolano que no llegó a la universidad, el compatriota que no tiene oportunidad para sumergirse en eruditos volúmenes pudiera mirarse en el espejo de la historia. Quería conversar con la gente más sencilla, en días de forzado silencio, recordar escenas, redibujar las figuras de algunos de los actores en el drama de la lucha venezolana por la libertad».

Como queda dicho, el primer trozo hace referencia a la época independentista. En referencia a una aguda observación de don Martín Tovar y Ponte, está allí presente ya la conciencia «escuálida» de la época. En cambio, el segundo salta un siglo para evaluar la dominación de Juan Vicente Gómez, y hoy nos enseña que ya antes tuvimos miedo y silencio ante los tiranos.

El eximio historiador y ensayista que fue don Augusto Mijares reseñó «La caída del liberalismo amarillo» para el diario El Nacional en diciembre de 1972. De este libro dijo: «Bien puede llamarse a esta obra de Ramón J. Velásquez un libro épico. No sólo por el héroe en quien se centra la acción; no sólo por el oscuro destino que parece mover los acontecimientos en forma casi sobrenatural para arruinar implacablemente las esperanzas de Venezuela. También porque el autor logra elevar hasta aquella categoría aun a los miserables personajes que, con ser tan pequeños, decidieron sin embargo la suerte del país».

LEA

De muros y Paredes

En otras regiones del imperio colonial español, como en la Capitanía General de Venezuela, los conquistadores no encontraron oro ni plata y la atención de la Corona fue escasa, casi de olvido y tampoco los grandes de España mostraron el menor interés por esta región. El grupo de españoles peninsulares y de isleños canarios que durante el siglo XVI constituyeron la primera población europea de estas tierras venció inmensas dificultades y empezó a cultivarlas en las zonas cercanas al Mar Caribe que se extienden desde Coro hasta el río Unare, y la producción de cacao, añil, algodón y caña de azúcar fueron la base de la riqueza que los convirtió en la clase privilegiada de los criollos blancos, ricos y cultos que con el auxilio de la masa trabajadora de los blancos pobres o de orilla los africanos esclavos, los zambos, los mulatos y los indígenas, fueron creando la sociedad y la economía de un nuevo país.

A diferencia de México, el Perú o de Nueva Granada, cuyas dimensiones geográficas desde el siglo XVI fueron casi las mismas, Venezuela, es decir, la Capitanía General de Venezuela, sólo adquirió las dimensiones que desde 1830 mostró al proclamarse República de Venezuela como su definitiva extensión cuando en 1777, treinta años antes de comenzar el proceso de la independencia, el Rey de España Carlos III unió a la pequeña Capitanía de Venezuela, tierras del occidente, del oriente y del sur, las Provincias de Mérida-Maracaibo, Nueva Andalucía y Guayana, que hasta esa fecha pertenecían en lo militar, político y administrativo al Virreinato de Nueva Granada y en lo judicial y religioso a Santo Domingo.

La composición racial de esas nuevas provincias era más o menos la misma, los usos y costumbres semejantes, razones que hicieron esa unificación un hecho normal, pero continuaron separadas por la falta de caminos, por los grandes obstáculos naturales como páramos, selvas y grandes ríos que las aislaban y la falta de razones que crearan interés económico o social que las acercara. Antes de la llegada de la Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII, los cultivadores de estas tierras, fundadores de la sociedad y la economía venezolana, compensaban las grandes restricciones a que los tenía sometidos España con el activo comercio de contrabando con Curazao desde que la cercana isla se convirtió en posesión de los holandeses.

Los hijos de estos fundadores y luego sucesivas generaciones viajaban a España con el propósito de recibir una educación que les permitiera saber lo que pasaba en la civilizada Europa y conocer los avances logrados que pudieran aplicar en sus posesiones y aumentar su poder social y político.

A medida que ese nuevo poder criollo se consolidaba, los dirigentes alentaban en sus conversaciones la idea de la autonomía en el gobierno de la provincia, pues se consideraban capaces de gobernar la Capitanía y en la medida en que los acontecimientos europeos y la situación entre el Rey de España y Napoleón se convertía en una grave crisis, ese anhelo de autonomía se transformó en una empresa conspiradora para lograr la independencia, disfrazada en sus comienzos, con la explicación y bandera de defender los derechos del Rey de España, monarca cautivo de Napoleón.

Anota el historiador Caracciolo Parra Pérez al referirse a episodios ocurridos en Caracas en días anteriores al 5 de julio de 1811, que uno de los máximos dirigentes de la sociedad caraqueña y del movimiento de independencia, don Martín Tovar y Ponte, les recordó a los otros conspiradores de la revolución caraqueña que ellos, la clase de los criollos blancos, ricos y cultos, propietarios de la riqueza rural eran numéricamente muy pocos frente a la otra población, la que trabajaba en el comercio, en los pueblos y aldeas y principalmente en sus haciendas, es decir los blancos pobres o de orilla, los mestizos, los zambos, los mulatos, los negros esclavos, los indígenas, y que esos sectores tenían otros valores para apreciar los hechos y además les advirtió que ahora iban a asumir el papel de gobernantes, para el cual tenían escasa experiencia. La breve advertencia de don Martín Tovar y Ponte era una visión profética de la crisis racial y social en que se convertirían los primeros años en la larga lucha por la independencia venezolana.

Es repetida la pregunta: ¿en dónde se formó la primera generación de la independencia, los letrados, los juristas, los dirigentes políticos que tanto en el Congreso como en la Sociedad Patriótica demuestran un cabal conocimiento de los procesos políticos tanto de la antigüedad como de los acontecimientos revolucionarios que a fines del siglo XVIII conmovían a Europa y Norteamérica? ¿De dónde venían esos juristas, esos prudentes filósofos, esos dirigentes juveniles que, con su oratoria de iluminados tribunos, aceleraban el proceso y le daban las justas dimensiones continentales?

La República de 1811 fue un ensayo que buscaba dar consistencia de realidades a cuanto habían leído, estudiado o visto en Europa. Es la república de los letrados, de los viajeros, de los ricos y cultos, es la república de Caracas. Los años 1811 y 1812 fueron de polémicas sobre la teoría política. Simón Bolívar, en su implacable crítica en el Manifiesto de Cartagena sobre la actuación de ese primer ensayo republicano, afirma que escogieron a los filósofos como gobernantes y los señala como desconocedores de la realidad sobre la cual querían gobernar.

Los muy viejos conflictos de los representantes del patriciado caraqueño con el Generalísimo Francisco de Miranda, las intrigas que florecieron como en una corte monárquica europea y la ausencia de respaldo militar por parte de las otras seis provincias que se habían sumado al proyecto republicano, le abrieron el paso a Monteverde y a su ejército de campesinos corianos que lo acompañaron hasta los valles de Aragua.

La capitulación de Miranda y la entrada de Monteverde a Caracas representan no solamente el final de la primera república, sino el comienzo de la dispersión del grupo que con representación de todas las provincias estaba empeñado en construir una república de instituciones, en donde el mandato de la ley sustituyera la autoridad sin límites de los Capitanes Generales de la Colonia. Ese primer proyecto de república va a quedar destruido, sus dirigentes presos, fugitivos, asesinados, y las familias en trágica dispersión. La autoridad real en manos ahora de un aventurero que desconocía la autoridad del Capitán General y sometía a una sociedad, que desconocía, a los peores excesos.

Del desastre de 1812, en el escaso número de dirigentes de la revolución que lograron y pudieron salvarse y abandonar a Venezuela, estaba una de las más grandes figuras juveniles de la revolución, Simón Bolívar, representante de la clase de criollos ricos y cultos que marcha a Cartagena en solicitud de recursos para volver a la lucha. Logra Bolívar el apoyo militar neogranadino y emprende una expedición que tiene como meta la recuperación de Venezuela para la revolución de la independencia. Avanza desde San Antonio del Táchira y su ejército crece en soldados a medida que atraviesa Mérida, Trujillo, Guanare, Cojedes, rumbo a Caracas y va creando con los campesinos y los jóvenes de los pueblos el primer ejército venezolano, cuyos contingentes están formados por personas de las provincias que, en 1777, el Rey Carlos III había unido a la Capitanía General de Venezuela y que a partir del 5 de julio de 1811 formaban el proyecto de una república.

Entre los años 13 y 16 aparecerá en la región oriental, en los llanos de Apure y del Guárico, en la sierra de Carabobo y de Aragua la primera generación de guerrilleros partidarios de la independencia, y Mariño, Páez, Bermúdez, Piar, los Monagas, Rondón, Arismendi, para el resto de la histórica jornada trasladan el escenario que deja de ser la ciudad de Caracas para convertirse en hecho multitudinario, guerrero, campesino bajo las órdenes de Simón Bolívar.

Pero en esa historia de las batallas, Venezuela atraviesa en 1813 por un acontecimiento que se ha calificado como guerra social, cuando José Tomás Boves, un asturiano convertido por los años de vivir en tierras venezolanas, en un llanero guariqueño a la cabeza de miles de jinetes llaneros que no conocían las ciudades, y bajo la consigna de devoción por el Rey, avanza sobre Valencia y Caracas para ejecutar el más feroz plan de exterminio de la gente blanca, y destrucción de los escasos bienes que vaquella sociedad había salvado de la acción de Monteverde.

Cuando en agosto de 1813, llega Bolívar a Caracas y frente a la situación que vive Venezuela, consulta y pide consejos a Miguel José Sanz sobre el régimen político que debe adoptar, el jurista le responde por escrito con una palabra: dictadura, y ese régimen perdurará hasta 1819, cuando se proclama la República de Colombia.

Esta liquidación de la clase poderosa del tiempo colonial venezolano, y la transformación del hombre del campo y de los pueblos en soldados durante más de una década (1812-1824), que marchan bajo el comando supremo de Simón Bolívar hasta Ayacucho, en el Alto Perú, marcan el destino venezolano durante todo el tiempo que vendrá y trazan las características de su vida política con carácter un tanto distinto al de otras naciones, que al igual que Venezuela lucharon por la gran empresa libertadora.

………

Durante veintisiete años de la dominación del general Juan Vicente Gómez (1908-1935) desaparece en Venezuela la palabra «partido» y las últimas esperanzas de liberales amarillos y de nacionalistas para que Gómez se definiera por unos o por otros, se entierran al comienzo de su gobierno cuando en respuesta a los discursos partidistas pronunciados en el ofrecimiento del banquete de «La Providencia», («el banquete de las definiciones») eleva su copa y brinda por la unión, por la paz, por el trabajo.

A partir de 1913 y después de la fábula de la invasión de Castro y de la escaramuza de la candidatura presidencial del doctor Félix Montes, el país entra en su más larga etapa de miedo y silencio. Nadie se atreve a abordar desde la tribuna o la prensa, los grandes temas de la preocupación nacional y menos aún plantear el debate político. Los nombres de los viejos partidos políticos se van borrando, la leyenda de sus jefes forma parte de un pasado remoto; las nuevas generaciones que se levantan en ese clima de temor ignoran la historia política del país y en las escuelas de derecho, la sociología y el derecho constitucional son materias peligrosas que dictan los profesores entre sonrisas y la angustia de que sean mal interpretadas sus palabras. Señala el general Emilio Arévalo Cedeño en sus memorias (El libro de mis luchas) que en sus siete invasiones no logró encontrar en los pueblos que ocupaba quien lo siguiera, quien se decidiera a acompañarlo en la aventura, no obstante las protestas de antigomecismo que le hacían los vecinos. Para el año 1935, las generaciones jóvenes dudaban si en Venezuela había existido en alguna etapa de su historia, lucha de partidos y a ningún joven decían nada las palabras «liberal», «amarillo», «nacionalista» o «mochero» y las historias del Mocho o el cuento de las hazañas de Rolando o del Caribe Vidal eran tema de conversación para los mayores de cincuenta años.

La política como doctrina, como lucha, como organización era el camino más seguro para ir a la cárcel o al destierro y a la mayoría de las llamadas clases dirigentes del país—a quienes el régimen defendía con eficacia sus intereses económicos—se aterraba ante cualquier invitación a pensar que Venezuela era un país al que tarde o temprano llegaría la hora de las grandes reformas. Por otra parte estaban cerradas todas las fuentes de información sobre los grandes procesos políticos y sociales que se cumplían en Europa y en América. (Gómez le decía al gobernador Velasco en 1931: «del comunismo ni una palabra, ni en bien ni en mal. De los enemigos como de los muertos no se habla»). El régimen fundado por Cipriano Castro en 1899 y consolidado por Juan Vicente Gómez en sus 27 años de mandato de poder absoluto había talado los grandes árboles centenarios de los partidos históricos y de aquel paisaje político no quedaba ni el recuerdo. Venezuela era tierra arada en espera de la siembra.

Ramón J. Velásquez

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