por Luis Enrique Alcalá | Jul 20, 2006 | Cartas, Política |
Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro «tío tigre» menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.
Carta Semanal # 131 de doctorpolítico – 31 de marzo de 2005
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Después de completar seis «episodios» de su saga fílmica (La Guerra de las Galaxias) George Lucas se dejó de eso. El plan inicial contemplaba la realización de nueve películas, que comenzó extrañamente en 1977 con el cuarto episodio: A New Hope, que en el corazón de los aficionados es el mejor de todos. Fue este maravilloso filme el que creara un culto y una industria periférica de muñecos, calcomanías, armas de juguete y disfraces futuristas, alimentadores de una expectativa sobre los próximos episodios, tal como más recientemente cada libro y cada película de Harry Potter reavivan el hambre de lectores y cinéfilos, aparentemente insaciable.
Es la película inicial la que establece las líneas maestras de toda la intrincada historia. Un imperio maléfico está a punto de coronar su totalitario dominio sobre toda la galaxia, al que escapa, por ahora, un pequeño enclave republicano y democrático del que la princesa Leia es su líder. Es decir, la propia guerra asimétrica. La Estrella de la Muerte es la mortífera nave imperial que se aproxima inexorablemente hasta el planeta rebelde, en el que un último movimiento de resistencia está a punto de perecer. Desde aquí se lanza una oleada de interceptores y bombarderos con la esperanza de atinar en el único punto débil de la masiva y acorazada nave de guerra: un agujero por el que debe penetrar un misil explosivo hasta el corazón del monstruo. La tarea es endemoniadamente difícil: los aviones de ataque democráticos deben ingresar a toda velocidad en una trinchera estrecha de la superficie descomunal de la esfera y, mientras eluden la artillería enemiga y el más preciso y letal contraataque del mismísimo Darth Vader (escoltado por dos cazas), disparar un cohete en el instante exacto para que penetre por el vulnerable hueco. Es de conocimiento común en nuestra galaxia que Luke Skywalker logra la improbabilísima hazaña y desintegra así a la Estrella de la Muerte; claro está, con ayuda de «la Fuerza».
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En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es equivalente a la confrontada por Skywalker al final de Una Nueva Esperanza. El Darth Vader venezolano las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo—en 2006.
¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. (Letra chiquita: por todos los medios al alcance).
En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.
En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del legendario Luke.
Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez, cuál es el agujero por el que pueda entrar un cohete hasta las entrañas del régimen. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, verboso, sofista, irresponsable, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.
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Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?
Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar al pueblo en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.
Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?
Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».
Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera bolivariana de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.
En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía al desmembramiento de Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.
Del mismo modo, Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. «Ser rico es malo»; ergo, los pobres son los buenos.
Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, más de una década antes de su aparición política.
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Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).
Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la Parroquia 23 de Enero.
Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». (Contratesis, nótese la fecha). Así se habría pasado sobre su discurso.
Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.
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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.
La segunda fuente y forma es de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?
La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?
Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?
Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes transweberianas, más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Es feliz la fórmula de Smith-Perera, que antes que oposición quiere ser proposición. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.
Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.
Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.
Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta y cinco años—nunca se equivoca».
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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.
¿Es posible afirmar que en Venezuela existen, o tendrían que existir, ejemplares humanos que calcen los puntos enumerados hasta ahora, que no son todos? Sé que existen. Hay más de un venezolano de cultura actualizada, serena y capazmente comprensivo de la complicada y planetizada época que vivimos, provisto de modernos paradigmas y que a un tiempo es buen líder y eficaz comunicador, en posesión de vocación pública alejada del resentimiento político o social y la mera ambición de poder, inteligente y profesional.
Pero ni siquiera tales rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa.
Ahora bien, supongamos que tan peculiar personaje existiera y pudiera ser descubierto ¿es probable que se organice y obtenga el apoyo requerido para una campaña ineludible? Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa»—ocurrencia de un evento de baja probabilidad—para que sea exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?
La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aun en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a un candidato como el descrito con los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.
Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.
Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciaría por los términos dilemáticos más conservadores o «seguros».
Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa—no puede, no debe ser cara—en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.
Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aun el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad: rojo (Chávez), negro (Borges), par (Smith), impar (Petkoff). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde lo hace poco y si gana, en virtud del efecto multiplicador del pleno, obtendrá mucho más de lo que haya invertido.
Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, solucionable con un paro mágico, la panacea 350 o la estupidez de un golpe, invasión o magnicidio, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y profunda y requiere, por tanto, terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición efectiva fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea, pues el éxito es crucial.
¿Difícil? ¿A quién le gusta lo fácil?
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 18, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
doctorpolítico reincide este martes con la Carta abierta a la juventud de hoy de André Maurois. Y es que entre sus capítulos, que rezuman todos política, hay uno en particular dedicado al tema. (Hasta cuando habla de las damas la política se cuela: «Su mujer ejercerá mayor influencia política sobre usted que usted sobre ella. Si usted no está bien seguro de sus ideas, ella lo atraerá a las suyas. Tienen una tenaz capacidad de corrosión y (por lo menos en su juventud) una eficaz política de almohada». Maurois tiene, es cierto, un enorme respeto por las mujeres. Así dice hermosamente en el capítulo en que habla de ellas, del que está tomada la cita anterior: «La mujer permanece más optimista porque su necesidad toma forma humana. Ella depende de un ser que puede seducir, convencer, enternecer, suplicar. Cree en los milagros porque ella los hace»). Pero así y todo escoge un capítulo especial para aconsejar a su joven interlocutor, y a través de él a todos los jóvenes, en cuanto a la política. Es de allí de donde se toma la sección inicial—que concluye con una tersa y sabia cita de Blas Pascal, su eximio compatriota—y la sección final, perfectamente consistente, para conformar esta Ficha Semanal #102.
Maurois, de nuevo, tenía 80 años cuando escribía su larga y oportuna Carta. Pero no es ella el ensayo de un alma fatigada o cínica, sino la expresión de una pasión serena por el equilibrio y la tolerancia, por mucho realismo que contenga. Ya él mismo había escrito en El arte de vivir: «La vejez es mucho más que cabellos blancos, arrugas, la sensación de que es muy tarde y el juego ha terminado, que el estrado pertenece a la siguiente generación. El verdadero demonio no es el debilitamiento del cuerpo, sino la indiferencia del espíritu».
Tampoco, naturalmente, era una persona resignada a las obras de la maldad de los hombres, con la que no se engañaba. Por esto prescribía: «El horizonte es negro, la tempestad amenaza; trabajemos. Éste es el único remedio para el mal del siglo». Mucho menos era pagado de sí mismo, escritor que se tomara demasiado en serio su propio arte de la escritura. Su peculiar humor así lo delataba: «Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar».
El biógrafo insuperado que fue Maurois nunca fue tentado de hacer su autobiografía. No hace falta. Una vida límpida como la suya se entiende a partir de cualquiera de sus epigramas: «Vivir en la sombra, realizar bien lo que se hace, gustar los placeres y los días, es uno de los caminos de la felicidad».
LEA
…
Une autre fois, Maurois
¿Hará usted política y bajo qué máscara? Rehusarse a hacer política, es una manera de hacerla. Es como decir: «Yo me desintereso de mi ciudad, de mi país, de los negocios del mundo». Es maniobrar muy cerca entrelazando a cada instante la elección o la falta de elección, a los intereses personales o pasajeros. Sacrificar a una tranquilidad frágil sus intereses permanentes, puesto que se trata de sus asuntos. O más aun como el perro muerto que una corriente fuerte arrastra, y un remolino rechaza a las aguas dormidas. Pero usted está bien vivo, usted nada, usted se manda; luego, usted hará política. No necesariamente política activa, militante. Todo lo que le pido es que trate de reunir los elementos necesarios para juzgar, en una palabra, para representar su papel de ciudadano.
¿Intentará obtener funciones públicas? En eso es usted quien debe elegir. Su carácter y la ocasión le servirán de guía. Hay animales en política. Si ama la lucha, si es naturalmente elocuente, si la experiencia le demuestra que usted logra pronto dominio sobre un auditorio, sobre una multitud, y más todavía, en nuestro tiempo, que tiene «presencia» en la televisión, entonces ¿por qué no? Me gustan en política las carreras no premeditadas. El otro día, un hombre fue elegido intendente de una gran ciudad porque las canillas de su cuarto de baño no dejaban correr el agua. Había investigado la causa, encontrado el remedio y mejorado un servicio municipal importante. Eso lo lanzó.
Herriot, profesor de letras, pensaba en el comienzo de su vida mucho más en Madame Récamier que en la intendencia de Lyon. Las circunstancias, una popularidad local, una hermosa voz lo elevaron. Fue el escalón. Porque demostró ser un buen administrador en una gran ciudad, el gobierno durante la guerra le confió el aprovisionamiento. De un ministerio a la Presidencia del Consejo no es un camino largo. Si el azar (ayudado por el instinto), le pone el pie en el estribo, usted seguirá naturalmente la carrera de los honores.
¿Aspiraría al poder si éste se pone a su alcance? Alain, que tenía elocuencia, ideas, fe y que dominaba en Rouen, por su brillante dialéctica, la Universidad popular, habría podido permitirse todas las ambiciones. Y se lo prohibió. Él deseó ser un hombre libre. El elegido de un partido, el favorito de un amo es también el prisionero. Tiene que agradar. Alain no se preocupaba de ello. Por otro lado, pensaba que hacen falta simples ciudadanos de espíritu agudizado para vigilar a los Importantes. Él quería ser uno de esos ciudadanos. De la misma manera, durante la guerra del 14-18, incorporado voluntariamente, rehusó todos los galones, salvo aquellos de brigadier. Como él, he rehusado también todas las funciones públicas que se me han ofrecido, aunque algunas eran elevadas y tentadoras. Pero esos son casos, no ejemplos; una nación tiene necesidad de dirigentes activos. Usted puede ser uno de ellos.
Si es así, manténgase al tanto de verdaderos trabajos. Lo que importa, para el administrador de una ciudad o de un país son menos las etiquetas que la acción. Una buena inspección de caminos y canales, hospitales modernos, suficientes viviendas, terrenos para deportes, un teatro vivo, he aquí lo que hace un buen intendente. Una defensa militar adecuada, alianzas prudentes, presupuestos equilibrados, impuestos no demasiado pesados, bastantes escuelas, liceos y universidades para la población de edad escolar, una seguridad social eficaz sin ser ruinosa, una justicia igual para todos, la garantía de los derechos del hombre, he aquí lo que hace un buen gobierno. Me puede preguntar: «¿Entonces poco le importa que sea de derecha o de izquierda?» Yo no digo esto. Pero pienso que entre un conservador reformista y un laborista moderado no hay gran diferencia en Inglaterra. En todos los partidos (locos y monstruos excluidos) se encuentran corazones nobles y pillos. Esta clasificación me parece más importante que la que separa, en forma tan arbitraria, socialistas y radicales, republicanos, populares e independientes, M. R. P. y U. N. R. No sea el hombre de un clan. La nación es una, la prosperidad de cada uno está ligada a la prosperidad de todos. Los ultras han arruinado siempre el régimen que defendían.
Sobre todo no sea un partidario de mala fe que rehúsa examinar las tesis adversas. Es más fácil excomulgar a los que no piensan como nosotros que refutarlos. Es natural tener pasiones políticas. Su vida hará de usted un conservador, o un rebelde. Pero sea capaz de distinguir lo que es conocimiento de lo que es prejuicio. Conozco hombres que defienden con frenesí una medida si ella ha sido tomada por su partido, y la condenan despiadadamente, si la misma medida es recomendada por el adversario. ¡Atención! La locura y el odio no hacen una política. «No se muestra grandeza por ser una extremidad, sino tocando los dos extremos a la vez, y llenando el medio». (Pascal).
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Le sucederá dejarse tentar por la demagogia. Es una política que apela a las pasiones populares y promete para triunfar todo lo que el mundo desea, aunque se sabe incapaz de realizar lo que anuncia. Estas mentiras pueden asegurar éxitos temporarios, pero ellos son seguidos de penosos despertares, que acarrean, ya sea una reacción (Termidor, Brumario), ya sea, si el demagogo quiere mantenerse a pesar de su derrota, una dictadura. Que yo le desaconseje toda demagogia, no le sorprenderá. Ella procura éxitos personales a veces; pero son efímeros. «Los molinos de los dioses muelen muy despacio, pero excesivamente fino». Tarde o temprano las promesas mentirosas engendran descontento y contragolpes. En última instancia sólo la franqueza asegura victorias durables.
A menudo hallará en conflicto la eficacia y la pureza. Un marxista de corazón puro desaprueba las concesiones que sus dirigentes deben hacer a la economía de mercado para asegurar la eficacia del régimen. Sin embargo, sin esas concesiones, todo el régimen se derrumbaría. Los puros de la Revolución Francesa se echaron en los brazos de Barras, después en los de Bonaparte. ¿Cómo encontrar el equilibrio entre la eficacia y la pureza? Todo depende, bien seguro, de las circunstancias, pero es importante distinguir la verdadera de la falsa pureza.
Mantener estricta obediencia a una doctrina contra la terquedad de los hechos no es pureza, es terquedad. Marx, hombre de poderosa inteligencia, dedujo de las realidades económicas de su tiempo, un sistema. Él hubiera sido el primero en corregirlo si hubiera conocido los hechos de que hoy somos testigos. A la inversa, la tesis del liberalismo puro no es más aplicable, ni aplicada. La propiedad de los suelos, la propiedad comercial son debatidas y serán enmendadas, aun en los países llamados de «libre empresa». Sostener un sistema contra la experiencia sería menos puro que tonto. Lo mismo debe distinguirse entre verdad y falsa eficacia. Practicar la política de lo peor y asegurarse una mayoría aliándose al más peligroso de sus adversarios, no es mostrarse en verdad eficaz, sino colocarse en una situación de puerta falsa que no permitirá gobernar. La eficacia a corto término debe ser sacrificada a la eficacia a largo plazo.
André Maurois
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 13, 2006 | Cartas, Política |

¡Gol de Italia!
Uno se entera por Internet de que un poco más de tres mil millones de personas—tres millarditos—vio por televisión el cabezazo con el que Zinedine Zidane derribara al defensa italiano Marco Materazzi, casi al término del match final de la Copa del Mundo. (Una genial caricatura de Weil muestra a la bota itálica perforando con un gol al Arco de Triunfo). Ni siquiera aquel repentino pecho descubierto de Janet Jackson, que encontrara como explicación el eufemismo de «disfunción de vestimenta», fue contemplado por tantos ojos. Mientras Zidane promete que hablará, las conjeturas ruedan por el planeta sobre la afrenta detonante de Materazzi: que éste habría llamado «musulmán terrorista» al astro galo, aludiendo a su origen argelino: Meritate tutti ciò, voi gli enculato di musulmani, sporchi terroristici (suena horrible); que se habría metido procazmente—según lectura de labios de una televisora brasileña—con la hermana de Zidane; que lo habría tildado de chavista; etcétera. Lo cierto es que tres millardos de televidentes vimos, atónitos, el frentazo del armador francés que dejara en el suelo a Materazzi. (Quien ahora dice que él es inculto, y que ni siquiera sabe lo que significa terrorista).
Lady Windermere no habría aguantado la tentación de identificar a Teodoro Petkoff con Zinedine Zidane. El viernes de la semana pasada quedó Petkoff fuera de la copa de las primarias, al propinar no uno sino varios cabezazos sobre la humanidad de Súmate, en declaración que muchos han tenido por destempladas. Al igual que con Zidane, tanto críticos como partidarios de Petkoff han apreciado que su declaración—si se la lee escrita no suena tan agresiva—se excedió, que el tono de su rechazo a las exigencias de la ONG fue violento, que su famoso carácter duro—que está en el fondo de mucho del rechazo que suscita entre los electores—emergió fuera de sus casillas, que no ha debido mostrarse tan molesto. Que, como Zidane, habría destruido con topetazos lo que había venido construyendo, no con los pies, sino con su pluma y su voz.
Otros críticos, sin embargo, no se quedaron en observaciones relativas a la urbanidad de su declaración, sino que propusieron censuras de fondo, comenzando por Alejandro Plaz, quien sugirió que la línea de Petkoff era la misma de José Vicente Rangel. Claro, así ripostaba lo más incómodo de lo dicho por el Director de Tal Cual. Refiriéndose a las exigencias del ultimátum de Súmate, dijo: «Estas condiciones parecieran surgidas del mismo espíritu que animó el decreto de Carmona del 12 de abril de 2002 y que llevaron a otros costosos errores en este largo lapso. Esos errores contribuyeron significativamente a reforzar el poder de Chávez en lugar de debilitarlo».
Ahora sus antiguos socios de triunvirato, Rosales y Borges, le sacan el cuerpo.
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Esta publicación previó, en la madrugada del pasado jueves, lo que iba a ocurrir. Rosales iba a inscribirse en las primarias y Borges no tendría más remedio que hacerlo. El tránsfuga es el primero de la pareja. Fue él quien se reuniera con María Corina Machado a puertas cerradas, y él quien «rescatara» las primarias cuando Súmate anunció el 27 de junio que no las organizaría. Henry Ramos Allup, que lo conoce bien, había pronosticado en petit comité: «Rosales terminará traicionándolos a todos».
El que Manuel Rosales haya mantenido por tan largo tiempo la indefinición de su candidatura ha detenido, como observara Argelia Ríos en alguna parte, el desarrollo de las demás, pero también la suya. Como se ha advertido acá más de una vez, la candidatura Rosales es la más vulnerable de todas las de oposición ante los ataques gubernamentales. Rosales está incurso en apoyo público y notorio al indescifrable decreto de Carmona Estanga, hecho del que fue testigo de excepción María Corina Machado, por encontrarse en el Salón Ayacucho de Miraflores esa fatídica tarde del 12 de abril de 2002.
El gobierno, que se divierte como gato cazador con ratón desesperado, incitó a Rosales por boca de Isaías Rodríguez, quien prometió detener el proceso por el antejuicio de mérito contra el gobernador del Zulia entretanto se definía si iba a ser candidato, para que no se dijese que la Fiscalía se empleaba como instrumento político. En otras palabras, que si Rosales se lanzaba a competir con Chávez por la Presidencia de la República, el procedimiento en su contra quedaría congelado. (Obviamente, hasta el 3 de diciembre. Al día siguiente un Rosales derrotado podría contar con que sería reabierto de inmediato, y entonces ya no sería gobernador, cargo del que habría tenido que separarse. El Artículo 229 de la Constitución dice a la letra: «No podrá ser elegido Presidente o Presidenta de la República quien esté de ejercicio del cargo de Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Ministro o Ministra, Gobernador o Gobernadora y Alcalde o Alcaldesa, en el día de su postulación o en cualquier momento entre esta fecha y la de la elección»).
De modo que lo más «sensato», «políticamente hablando», sería que Rosales no se lanzara como candidato presidencial, aun si ya se ha retratado con Súmate y llegare a triunfar en las primarias. No le ganaría a Chávez y se quedaría sin el chivo y sin el mecate, a la espera de la caída sobre su cuello de la espada de Damocles—o Danilo, que se la mostró en vida—que ahora blande el fiscal Rodríguez antes de envainarla. Que el procedimiento se suspenda temporalmente no significa que todo el asunto no sería ventilado amplia y ruidosamente por el gobierno durante toda su campaña.
Pero la numerosa insensatez (folly) política a lo largo de los siglos le valió a Bárbara Tuchman (dos veces Premio Pulitzer de Historia) para escribir medio millar de páginas acerca del fenómeno, que ella define como la prosecución de políticas contrarias al propio interés, a pesar de la existencia de políticas alternas viables y de la presencia de reiterados consejos contra la metida de pata. (Bárbara Tuchman, The March of Folly: From Troy to Vietnam. Murió antes de añadir lo que habría sido un seguro apéndice: el recuento de la actual ocupación de Irak). Esto es, la estupidez política, es su conclusión, es la regla y no la excepción. (Eco de Friedrich Schiller: «Contra la estupidez hasta los propios dioses luchan en vano»). No debiera descartarse, pues, que Manuel Rosales se empeñe en ser candidato contra Chávez, embobado con el espejismo de que le vencería.
Sería humanamente peor, de todos modos, que él siempre hubiese pensado en no postularse, que siempre hubiera tenido clara la estructura de su problema, y que hubiese dejado correr el expectante suspenso y así servir al desleal propósito de una tarjeta roja para Petkoff, con quien había suscrito un pacto, junto con Borges, del que ahora se desentienden.
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El guión de la película todavía está por completarse, y el domingo pasado fue revelado por Carlos Blanco, muy pero muy cercano a Súmate, en su acostumbrado artículo de prensa en El Universal. El título recuerda a Pompeyo Márquez: Se abre una rendija. Escribe Blanco:
Para que las primarias sean exitosas deben (sic) despejarse algunas circunstancias que todavía no están del todo claras. Una, es la de combatir los justificados temores de la población ante la persecución gubernamental; otra es la de asegurarse que las primarias no sean un trampolín de algunos precandidatos para desentenderse de las condiciones irrenunciables para la participación electoral».
Los psicólogos de la comunicación sostienen que, en la mayoría de los casos, quienes exponen una enumeración de puntos están realmente interesados en el último. Son las condiciones del sistema electoral lo que realmente importa a Carlos Blanco. Esta evidente cosa se reconfirma por la reiteración del tema a lo largo del artículo:
También es esencial que Súmate haya planteado lo de las condiciones electorales… El problema de fondo es que las primarias y la lucha por las condiciones electorales forman parte de un mismo y único proceso. Si el propósito de alguno de los candidatos es usar las primarias para encumbrarse y, luego, desentenderse de las condiciones electorales que se han planteado como irrenunciables, estaría mintiendo miserablemente al electorado. Sería una engañifa de patas muy cortas porque un candidato resultado de unas primarias, que luego pretendiera alzarse con el santo y con la limosna, desentendido del mandato del electorado de las primarias [destacado nuestro, para mostrar que continúa habiendo intérpretes de «mandatos»], para concurrir como fuese a las elecciones del 3 de diciembre, podría ser repudiado masivamente… Además, las condiciones que colocó [Súmate] en su emplazamiento son parte orgánica de la realización de las primarias; la idea de que éstas van por un lado y la lucha por las condiciones electorales por otro, es equivocada e inaceptable para la disidencia democrática… este camino tiene que ser mostrado como una vía en la cual se va a luchar en forma unitaria por unas elecciones limpias y libres. Si se advirtiera que no es éste el propósito, sino el de participar a como dé lugar, entonces el esfuerzo por las primarias se devolvería como un tsunami abstencionista». Esto es, no se va a las primarias para obtener un candidato, no se obtiene un candidato para conquistar la Presidencia de la República; todo se hace para «luchar en forma unitaria por unas elecciones limpias y libres».
Como buen guionista, Blanco deja para el final la insinuación de la verdadera finalidad: «Es la construcción de una poderosa herramienta, aun si después se hace necesario llamar a la abstención o a otros objetivos, en caso de no darse las demandadas condiciones«.
¿Por qué nos vendrá a la memoria el Informe Waller? («¿Qué hacer con Venezuela?», Center for Security Policy, Peace through Strength). Pues porque el guión es el mismo: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura… Aumentar significativamente la cooperación con socios hemisféricos y reunir inteligencia acerca de la asociación existente entre el régimen venezolano y estados patrocinantes del terrorismo, y exponer las conexiones bolivariano/terroristas. Una vez completado esto, es probable que otras opciones de acción reciban apoyo multinacional». (Destacado nuestro). Son conceptos y prescripciones del Informe Waller—publicado días antes de la visita de María Corina Machado a la Casa Blanca—que el Centro de Política de Seguridad presenta con palabras que incluyen las siguientes: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak». (Destacado de doctorpolítico). ¿Serán las «otras opciones de acción» de J. Michael Waller los «otros objetivos» de Carlos Blanco? ¿Será esto el «método Plaz»? Entonces ¿no se «estaría mintiendo miserablemente al electorado»?
Es notable en el escrito de Blanco que ataca no sólo a Petkoff, sino sobre todo a Manuel Rosales. A Borges lo menciona muy de paso sin criticarlo. A fin de cuentas, Julio Borges siempre—casi—abogó a favor de las primarias, y en años anteriores Primero Justicia y Súmate cooperaron. (Por ejemplo, con ocasión de las «encuestas de salida» del referendo revocatorio). Borges es, además, bastante más «de derecha» que Rosales o Petkoff. Parecería natural que fuera el favorito de los intereses más cercanos a Súmate. Si se tratara de postularse para retirarse con la idea de detonar una «crisis de gobernabilidad», sin embargo, sería más fácil contar con Rosales—involucrado en el «Carmonazo», no se le agua el ojo—que con Borges, quien ha dicho que llegaría hasta al final independientemente de las condiciones electorales que finalmente se impongan, y que ya ha declarado contundentemente: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». (El Nacional, 29 de mayo de 2005).
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Aunque usted no lo crea, todavía existen partidarios de la restauración de una monarquía en Francia. Una de sus más recientes actividades ha consistido en intentar una reivindicación de María Antonieta, la imprudente y decapitada consorte de Luis XVI. Pero la reacción ante tal absurdo no se ha hecho esperar para poner las cosas en su sitio, y ciertos hechos han saltado a la luz. Por ejemplo, que María Antonieta prefirió rechazar la ayuda del «medio pelo» del Marqués de Lafayette, e instruyó a sus pocos partidarios en la Convención Nacional para que apoyasen a sus más radicales enemigos, pues según su juicio las peores amenazas en su contra suscitarían la intervención de las potencias extranjeras que vendrían en su auxilio. Esperaba sobre todo el salvamento de manos del prusiano duque de Brunswick; a fin de cuentas ella era princesa de Austria. Brunswick, en efecto, invadió Francia y profirió terribles amenazas contra los parisinos, que cumpliría en caso de violencia contra la familia real. La proclama fue hecha pública, y este hecho aceleró la decapitación del ciudadano Hugo Capeto y la de su esposa, María Antonieta de Austria, Reina de Francia, a sus 38 años de edad. Además, Brunswick fue derrotado poco después en la Batalla de Valmy (10 de septiembre de 1792), en la que se distinguiría heroicamente el mariscal de campo Francisco de Miranda, cuya conducta fuera premiada con su nombramiento como Comandante en Jefe de los Ejércitos de la República Francesa, y más tarde exaltada al inscribir su nombre en el friso del Arco de Triunfo. Diez días después de Valmy las fuerzas austro-prusianas iniciaban su retirada de suelo francés. La reina que había dicho que dieran tortas a los franceses que pedían pan, puso ella misma una torta mayúscula. Otro caso para la crónica de la estupidez.
Ahora se prepara una con ingredientes largamente macerados: las elecciones primarias que Súmate horneará. Como la Coordinadora Democrática, estas elecciones se asemejan a una lancha salvavidas que Enrique Jardiel Poncela definiera en Para leer mientras sube el ascensor: «Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado».
José Vicente Carrasquero decía el viernes, ante asedio de Leopoldo Castillo, que tal vez Petkoff calculaba el fracaso primario para presentarse en ese momento a recoger los vidrios rotos. ¿Quién sabe? Zinedine Zidane, a pesar del agresivo cabezazo, fue distinguido como el mejor jugador del Mundial de Fútbol 2006 y claro, en cerradísima votación, con el Balón de Oro. LEA
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