LEA #183

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En 1992 Francis Fukuyama proponía—The End of History and the Last Man—que la historia había concluido. Se refería a la historia en un sentido hegeliano: como el desarrollo de la conciencia de la humanidad a partir de una lucha, una dialéctica, entre tesis contrapuestas. Habiendo caído el comunismo ya no quedaba otra cosa que la combinación de capitalismo y democracia, y todas las naciones, todo el mundo, llegarían tarde o temprano a ser demócratas y capitalistas. Fueron felices y comieron perdices. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Resulta que ya no está tan seguro del asunto, según expone en su libro más reciente: America at the Crossroads. («América en la encrucijada», en el uso usurpador del nombre de todo un continente por parte de los norteamericanos). Ahora Fukuyama es tenido por «ex neoconservador» o «postneoconservador». Antes de esta metamorfosis, el neoconservador Fukuyama argumentaba con fiereza a favor de la guerra contra Irak y la deposición de Hussein. Ya en 1998, en época de Clinton, urgía al gobierno estadounidense por una línea más dura contra la nación iraquí al suscribir un manifiesto patrocinado por el «Proyecto para el Nuevo Siglo Americano». A raíz de los atentados hiperterroristas del 9 de septiembre de 1991 era signatario de otro manifiesto del mismo grupo en el que se afirmaba que «cualquier estrategia dirigida a la erradicación del terrorismo y sus patrocinantes debe incluir un resuelto esfuerzo para quitarle el poder a Saddam Hussein».

Ahora, en cambio, escribe una feroz crítica del manejo de la guerra en Irak por parte de la administración Bush. Se une así a otros intelectuales conservadores que, como el archiemblemático William F. Buckley Jr., han voceado su desacuerdo con el actual gobierno de los Estados Unidos.

Como ocurre frecuentemente con quienes dan bandazos de un lado a otro, sin embargo, Fukuyama distorsiona la relación de incidentes de forma de salir bien librado de una exigencia de que sea consistente. Así asegura que su epifanía sobre la equivocada conducción de la guerra habría tenido lugar en febrero de 2004, durante la charla que ofreciera Charles Krauthammer a una reunión de The American Enterprise Institute. Según Fukuyama, el orador presentaba los resultados de la guerra hasta esos momentos como un éxito indiscutible, y allí se habría horrorizado el historiador con el caluroso aplauso que el charlista recibía. Krauthammer expone ahora, con justicia, que tal interpretación de Fukuyama no se corresponde con la realidad, y sentencia en artículo publicado por The Washington Post: «(Fukuyama) tiene todo el derecho de cambiar su opinión a su conveniencia. No tiene ninguno para cambiar lo que yo dije». Son peleas de estos días entre antiguos compañeros de ruta.

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CS #183 – Cosa antipolítica

Cartas

Una larga cita antes de entrar en materia:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Los párrafos precedentes son los iniciales de un «borrador» de «documento base», preparado para alimentar un «congreso para la formación de una nueva asociación política» en Venezuela que pretendió tener lugar en 1985. El tal congreso jamás se celebró, aun cuando el documento, redactado en febrero de ese año, llegó a un considerable número de personas, que en general lo encontraron adecuado. Entre ellas estuvieron: Allan Randolph Brewer-Carías, Gustavo Julio Vollmer, Eduardo Fernández, Alberto Quirós Corradi, Rafael Tudela, Aníbal Latuff, Diego Bautista Urbaneja, Carlos Blanco, Luis Matos Azócar, Pedro R. Tinoco hijo, Moisés Naím, Ramón Piñango, Henry Gómez Samper, Alberto Zalamea, Joaquín Marta Sousa, José Rafael Revenga, Frank Alcock Pérez-Matos, Gustavo Antonio Marturet, Alonso Palacios, Andrés Sosa Pietri, Marco Tulio Bruni Celli, Arturo Úslar Pietri, Eduardo Quintero Núñez, Heinz Sonntag, Eloy Anzola Etchevers, Hans Neumann, Marcel Granier, Gustavo Tarre Briceño, Miguel Henrique Otero, Henrique Machado Zuloaga, Corina Parisca de Machado, José Antonio Olavarría, Ricardo Zuloaga, Maxim Ross, Alberto Krygier, Arturo Sosa, Reinaldo Cervini, Philippe Erard, Eduardo Quintana Benshimol, Ariel Toledano, Horacio Vanegas, Edgar Dao, Carlos Zuloaga, Ignacio Andrade Arcaya, Gustavo Roosen, Frank Briceño Fortique, Aníbal Romero, Ignacio Ávalos, Francisco Aguerrevere, Thaís Valero de Aguerrevere, Luis Ugueto Arismendi, Sebastián Alegrett, Andrés Stambouli, Gerardo Cabañas, Elías Santana, Edgar Dao, Arturo Ramos Caldera, Alonso Palacios.

Sólo tres entre los nombrados hicieron muy moderados comentarios críticos. Dos de ellos para opinar que la caracterización de los actores políticos convencionales—léase partidos de la época—era excesivamente dura; otro para advertir que todavía había «AD y COPEI para mucho rato». Tan sólo ocho años más tarde AD y COPEI eran derrotados por el «chiripero» de Caldera y a los trece el chavismo hacía su aparición para acabar con la hegemonía bipartidista a la que estábamos acostumbrados.

Pero, en general, el diagnóstico acerca de la incapacidad estructural de los partidos y sus líderes para entender el proceso venezolano y responder eficazmente a él, contó con aceptación entre quienes recibieron y leyeron el documento. Éste postulaba que tal insuficiencia política era de origen paradigmático. No pretendía explicar la ineficacia política a partir de la hipótesis de que el Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática o el Comité Nacional de COPEI se reuniesen semanalmente para despachar, como primer punto del orden del día, la siguiente interrogante: «¿Cómo vamos a fregar a los venezolanos hoy?» En cambio, presumía que la incapacidad de obtener soluciones eficaces a nuestros problemas públicos de parte de los actores políticos convencionales se debía a su «esclerosis paradigmática», a que a partir de su comprensión tradicional de la política, independientemente de sus buenas intenciones, ya no podían salir tratamientos pertinentes o bastantes.

………

Lo anteriormente expuesto vino a mi recuerdo al escuchar un rechazo a la proposición de elecciones primarias para obtener un candidato unitario que oponer a Hugo Chávez. El rechazo, proferido de labios de un político antiguamente destacado—su actual actividad pública no es política—estaba montado sobre dos líneas argumentales. La primera ya ha sido expuesta por distintos comentaristas y políticos y comentada en esta publicación: que unas primarias suscitarían una agresión inconveniente entre opciones candidaturales y agrupaciones políticas de oposición, cuya unidad sería necesaria. En conexión silogística algo dudosa ofreció el ejemplo de la candidatura Álvarez Paz en 1993, surgida de elecciones primarias en el seno del partido COPEI.

Se le observó, por supuesto, que la derrota de Álvarez Paz a manos de Caldera no tenía que ver con el método de su postulación, sino con su idoneidad como candidato en sí. Es decir, perdió las elecciones porque ni su figura ni su campaña fueron suficientes. Pero, como digo, tal cosa está sólo débilmente conectada con la creación de animosidades insalvables y funestas, que condenarían a muerte a una candidatura que emergiera de una elección primaria. Este peligro puede ser conjurado con facilidad: al estilo del Pacto de Punto Fijo, los participantes en unas elecciones primarias pueden acordar el apoyo ulterior al candidato que venza en ellas.

La más llamativa de sus razones para oponerse, sin embargo, fue una de esas frases que se ofrecen sumariamente y en tono lapidario: que la idea de la primaria es «otra de esas cosas de la antipolítica». Punto. No había necesidad de explicar más nada luego de que bajase la definitiva guillotina retórica. Magister dixit.

No se aprende. La teoría que subyace al dictum precedente es algo como esto: la política es una actividad que debe ser hecha por políticos, por los que saben de eso. (Por ejemplo, «Político que no negocia no es político»).

El punto está en que, según su interpretación, la política es meramente una lucha por el poder, el que una vez alcanzado debe emplearse en la conciliación de intereses dispersos en el seno de la sociedad. Esto es, que el arte terapéutico de la política se compone del protocolo polémico, por un lado, y por el otro del protocolo opuesto de la conciliación. Quienquiera insistir que la política debe entenderse como la actividad de resolver problemas de carácter público no será un político, en tal interpretación. Quien ose criticar a los políticos convencionales es un antipolítico que busca subvertir el «orden natural» de las cosas.

En verdad, la antipolítica consiste en negar a la política, pero esta connotación no puede aplicarse en propiedad a quienes consideren la política necesarísima y absolutamente importante, pero creen que puede ser hecha de otra forma, desde otro paradigma.

No basta, naturalmente, criticar a los políticos de paradigmas obsoletos. El documento citado al comienzo incluía luego las siguientes precisiones:

«No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

No debe entenderse por esto, sin embargo, que tal asociación pretenda conocer la más correcta solución a los problemas. Tal cosa no existe y por tanto tampoco existe la persona o personas que puedan conocerla. Ningún actor político que pretenda proponer la solución completa o perfecta es un actor serio.

Siendo las cosas así, lo que proponga un actor político cualquiera siempre podrá en principio ser mejorado, lo que de todas formas no necesariamente debe desembocar en el inmovilismo, ante la fundamental y eterna ignorancia de la mejor solución. Más todavía, una proposición política aceptable debe permitir ser sustituida por otra que se demuestre mejor: es decir, debe ser formulada de modo tal que la comparación de beneficios y costos entre varias proposiciones sea posible.

De este modo, una proposición deberá considerarse aceptable siempre y cuando resuelva realmente un conjunto de problemas, es decir, cuando tenga éxito en describir una secuencia de acciones concretas que vayan más allá de la mera recomendación de emplear una particular herramienta, de listar un agregado de estados deseables o de hacer explícitos los valores a partir de los cuales se rechaza el actual estado de cosas como indeseable. Pero una proposición aceptable debe ser sustituida si se da alguno de los siguientes dos casos: primero, si la proposición involucra obtener los beneficios que alcanza incurriendo en costos inaceptables o superiores a los beneficios; segundo, si a pesar de producir un beneficio neto existe otra proposición que resuelve más problemas o que resuelve los mismos problemas a un menor costo.

En ausencia de estas condiciones para su sustitución, la política que se proponga puede considerarse correcta, y dependiendo de la urgencia de los problemas y de su importancia (o del tiempo de que se disponga para buscar una mejor solución) será necesario llevarla a la práctica, pues el reino político es reino de acción y no de una interminable y académica búsqueda de lo perfecto.

Pero es importante también establecer que no constituyen razones válidas para rechazar una proposición la novedad de la misma (‘no se ha hecho nunca’) o la presunción de resistencias a la proposición. Por lo que respecta a la primera razón debe apuntarse que una precondición de las políticas aceptables es precisamente la novedad. Respecto a la existencia de resistencias y obstáculos hay que señalar que eso es un rasgo insalvable de toda nueva proposición. El que las resistencias y los obstáculos hagan a una proposición improbable no es una descalificación válida, puesto que, como se ha dicho, ‘El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables’.

Toda proposición política seria, y muy especialmente la que pretenda emerger por el canal de una nueva asociación política deberá estar dispuesta a someterse a un escrutinio y a una crítica comparativa que se conduzcan con arreglo a las normas descritas más arriba. La ‘objetividad’ política sólo se consigue a través de un proceso abierto y explícito de conjetura y refutación, pero jamás dentro de un ámbito en el que lo pautado es el silencio y el acatamiento a ‘líneas’ establecidas por oligarquías, o en el que se confunde la legitimidad política con la mera descalificación del adversario».

¿Es eso acaso una «antipolítica»? ¿No es hora de volver a intentar, en vista de tanta cosa, en vista de tanto fracaso de «los políticos», lo que hace veintiún años resultó imposible?

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LEA #182

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En respuesta a la caracterización que un documento oficial de la Casa Blanca hiciera de él—demagogo que utiliza una gorda chequera para desestabilizar las democracias en América Latina—y tal vez herido en su orgullo protagónico porque no pudo ser—como lo lograra con ocasión de la toma de posesión de Tabaré Vásquez—la vedette durante la toma de posesión de la presidenta Bachelet, ignorado por Condoleezza Rice y recibido fríamente por Ricardo Lagos, Hugo Chávez superó sus cotas de injuria política para arremeter airadísimo, una vez más, contra la figura de George W. Bush.

No es probable que la nueva andanada le haya reportado, en su insolencia, mucha nueva intención de voto a su favor. Todo lo contrario, sobre todo cuando en el mismo espectáculo condenara la participación venezolana en el Campeonato Mundial de Béisbol recién concluido, en el que además los japoneses capitalistas derrotaron a los socialistas cubanos. Pontificando en materia beisbolística, en la que se cree inerrante, y contando con el eco obsecuente de Aristóbulo Istúriz, sentenció que nuestra descalificación se debió a la ausencia de un trabajo en equipo, a pesar de la excelencia individual.

El temerario y apresurado juicio es, por supuesto, una tontería. Venezuela, con la honrosa excepción de Edgardo Alfonso (promedio de 317) no tuvo ofensiva, y la ofensiva en béisbol es la consecuencia de una serie de actos individuales y personalísimos, pues no se batea en equipo. Es una persona muy sola, no un equipo, la que se enfrenta a un lanzador en la caja de bateo.

Claro que el blanco favorito de sus denuestos no las tiene demasiado consigo. En su punto más bajo en las encuestas de opinión, cuando el rechazo a su manejo del conflicto con Irak se eleva a puntaje histórico, Bush ha intentado en los últimos días salir de las arenas movedizas en las que se hunde, con la táctica característica de quienes están equivocados y son poco inteligentes: la terquedad.

Ha reconocido, por fin, el empantanamiento de su guerra, al declarar que no puede esperarse una cesación de la agresión norteamericana antes de 2009, por lo que sería alguno de sus sucesores en la presidencia de los Estados Unidos quien tendría que tomar la decisión de retirar las tropas de ocupación ahora ocupadísimas en Irak. Como si fuera una gran cosa, explicó que lo esperable es que la guerra contra una insurgencia dure ¡unos doce años!

Es decir, mientras él mande los estadounidenses estarán en guerra, a pesar de las rosadas predicciones que antaño hiciera sobre un conflicto rápido. Lo que no deja de quitar el sueño a un Partido Republicano que confrontará elecciones parlamentarias en septiembre de este año. Esta publicación decía en su número 117 (16 de diciembre de 2004) lo siguiente: «Por ahora George W. Bush parece tan firmemente atornillado en el poder como Hugo Chávez, pero ¿quién sabe? Tal vez un país tan especial como los Estados Unidos encuentre a la vuelta de unos meses alguna razón para enjuiciarle (impeachment), quizás con ayuda de la FOIA». (Freedom of Information Act).

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CS #182 – Cupo para dos

Cartas

Hace poco que el Dr. Gustavo Linares Benzo estimara por la prensa nacional (El Universal) que la carrera por la candidatura unitaria de la oposición se había en realidad reducido a tres candidatos de peso: Borges, Petkoff y Rosales. En la estimación del suscrito el último de los nombrados no es un candidato viable, y la fuerza de las cosas está dejando sólo dos caballos en la carrera: Julio Borges y Teodoro Petkoff.

Sobre Manuel Rosales pende un lastre del que no podrá desprenderse a corto plazo. Dicho de otro modo, ese lastre gravitaría inevitablemente sobre una candidatura suya en 2006. Otra cosa es un futuro posterior, pero para las elecciones de diciembre le será imposible correr con liviandad. La referencia, naturalmente, es a la participación pública y notoria de Rosales como cohonestador de las actuaciones autocráticas e inconstitucionales de Pedro Carmona Estanga. A juicio de esta publicación (Carta Semanal #176 de doctorpolítico del 9 de febrero de 2006 y Carta Semanal #111, del 4 de noviembre de 2004) ese punto sería un ineludible issue de la campaña, independientemente de si el Tribunal Supremo de Justicia encuentra méritos para el enjuiciamiento del gobernador del Zulia.

Claro que la actual solicitud de la Fiscalía General ante el TSJ, que justamente busca la declaratoria de méritos para el enjuiciamiento, pudiera generar un efecto paradójico: que Rosales llegara a creer que, como en el caso de López Obrador en México, estaría en mejor condición de defenderse penalmente si lanza su candidatura; que si va a ser procesado de todas formas, entonces más le vale lanzarse para aparecer como víctima por razones políticas, porque «se teme» que pudiera ganarle a Chávez. De hecho, bien pudiera estar el gobierno propiciando esta posibilidad, pues también pudiera entender que el lanzamiento de Rosales asegura la división de la oposición. (Como ha propiciado la abstención: primero dejando correr la especie del fraude del revocatorio, puesto que esa matriz de opinión aumentó la propensión a abstenerse en las elecciones sucesivas; luego saludando que la oposición crea que tiene un miedo cerval a la abstención masiva luego del 4 de diciembre. En este último caso, una estrategia superficial leería: ¿es a esto que Chávez teme? Entonces hay que abstenerse).

De modo que en opinión de doctorpolítico la candidatura Rosales no es viable en ningún caso. (Por razones obvias Acción Democrática empleará todos los argumentos que aconsejen esa candidatura, siendo que Rosales, a pesar de su propio movimiento político, es visto todavía como acciondemocratista, lo que fue oficialmente en el pasado de sus comienzos en el oficio).

Si este análisis de inviabilidad fuese cierto, no es necesario mucho más para descartar de una vez las candidaturas de William Ojeda y Roberto Smith, que no han logrado colocarse en el mapa, después de que fuesen las únicas dos figuras que admitieron hasta ahora su intención candidatural públicamente, luego de que Julio Borges fuese el pionero en mayo del año pasado. Para propósitos prácticos no existen.

No todo el mundo ha descartado aún, por otra parte, la candidatura de Salas gallo o Salas pollo, pero ambos vienen de perder sus últimas confrontaciones con el chavismo, y no se encuentra ninguno de los dos en la situación de Salas Römer en 1998, cuando éste fuera percibido, luego del desplome de la candidatura Sáez y la defenestración de Alfaro Ucero a manos de sus propios compañeros, como el único que tenía alguna oportunidad de competir con Chávez. Es, pues, opinión del suscrito que ninguna de estas candidaturas valencianas podrá arrancar.

Quedaría por determinar si hay planes de presentar una candidatura nítidamente definida como de derecha. Marcel Granier o María Corina Machado. Por lo que respecta a esta última, ha sido muy enfática en asegurar que no será candidata presidencial en 2006. (Ver entrevista concedida a Pedro Pablo Peñaloza en el libro editado y publicado este mismo mes por Fausto Masó: Chávez es derrotable, Editorial Libros Marcados. «Hasta cuándo me van a preguntar si aspiro a una candidatura presidencial? ¿Cómo quieren que les diga que no seré candidata presidencial?»)

El caso de Granier no es tan claro. No es un secreto para nadie que ha venido aumentando su exposure en tiempos recientes de modo muy marcado, pero en general ha asegurado que no está pensando en candidaturas. En su más reciente exposición ha asegurado ayer en el programa de Leopoldo Castillo que el grupo de personas que comenzó a ser designado como el «movimiento 4 de diciembre» no tiene intenciones políticas, pero también, ante acicate del periodista sobre su posible lanzamiento, ha contestado: «Yo nunca he sido candidato…» Tal cosa no parece ser un compromiso irreversible a futuro, pero igualmente, para propósitos prácticos, su nombre no está en juego, al menos todavía. Se ha mostrado públicamente, eso sí, partidario de la participación en las elecciones de diciembre—sin cejar en la lucha por condiciones electorales aceptables—y de una candidatura única para enfrentar a Chávez.

Esta carta, por otro lado, ha estimado así la viabilidad de la candidatura Granier (#176, 9 de febrero de 2006): «Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo».

Todo lo cual nos regresa al comienzo. La verdadera carrera es entre Borges y Petkoff.

………

¿Cómo dirimir esta disyuntiva? La propia María Corina Machado ha sostenido que el mecanismo ideal es el de unas elecciones primarias. Tanto porque se da así participación a la «sociedad civil» en la determinación del candidato (más democracia participativa), como porque la celebración de aquéllas generaría un movimiento de masas que está haciendo falta a una oposición desmovilizada, gracias a la terca prédica sobre el hipotético fraude del 15 de agosto de 2004. Machado razona que no es un motivo para no celebrarlas la anticipación de una guerra interna entre candidatos, que pudiera dejar algo ajado y maltrecho al candidato que emergiese victorioso. Desde su punto de vista, ese peligro no desaparecería si no hubiese primarias.

En este punto creo que Machado tiene razón. Más aún, Petkoff y Borges son dos caballeros que pudieran dar una lección de decencia política al país, protagonizando una competencia seria y respetuosa, que no necesita descender a los sótanos de la agresión y la procacidad a las que Chávez nos tiene acostumbrados. Borges y Petkoff son perfectamente capaces de una discusión a la inglesa, o al elegante estilo de los feroces pero urbanos debates de las legislaturas españolas.

Hasta donde se sabe, Petkoff ha sido renuente a la idea de primarias: «Teodoro Petkoff tampoco es partidario de primarias. Recuerda las del MAS, que afectaron grandemente la unidad del partido del que fue fundador. Ofrece, en cambio, un ejemplo que no deja de ser persuasivo para basar su recomendación de que los distintos candidatos y fuerzas se ‘inteligencien’ para zanjar el asunto. Al término del régimen de Pinochet, como consecuencia del referendo en el que se le derrotara, los principales partidos de Chile encontraron en su interlocución que no podría sucederse un régimen de derecha por uno del extremo contrario—error que aquí se cometió, por cierto, con Carmona Estanga—y por tanto convendría buscarse una solución al centro derecha. De allí la candidatura de Aylwin, democristiano. Sólo después de su presidencia y la de Frei pudo llegar un socialista, Ricardo Lagos, a la Casa Rosada». (Carta Semanal #171, 5 de enero de 2006).

En cambio, Borges se había mostrado como entusiasta partidario de elecciones primarias. Vivian Castillo reportaba en El Universal el 30 de diciembre de 2005: «La celebración de unas elecciones primarias para escoger un candidato único legitimaría la alternativa opositora, según afirmó Julio Andrés Borges, candidato presidencial y coordinador nacional del partido político Primero Justicia (PJ)». «Reiteró que unas primarias serían una extraordinaria manera de lograr la expresión de la gente, ‘que el ciudadano diga—entre la constelación de grupos que hay—: nosotros queremos que el capitán sea éste, que el equipo sea este grupo o esta coalición’, dijo».

Ahora, sin embargo, parece recular. En entrevista concedida a Alba Gil (www.americaeconomica.com), publicada el viernes 24 de febrero de 2006, recibe la siguiente pregunta: «Usted propuso celebrar unas elecciones primarias el próximo 19 de abril. ¿Cree que esa fecha y este método se puede mantener?» Ésta es su contestación: «Ya no hay tiempo para eso. Lo cual no quiere decir que este proyecto no se pueda llevar a cabo. Las fuerzas políticas de la oposición podemos y debemos alcanzar un acuerdo y participar en las elecciones de diciembre. No es necesario realizar un proceso electoral para elegir a un candidato. Con el diálogo podemos llegar a un consenso».

Este viraje, no poco característico de su discurso, puede muy bien obedecer a su innegable posición de ventaja en los estudios de opinión. (Una vez que conociera el Estudio Perfil 21 #65, de Consultores 21, correspondiente a febrero de 2006, con cierre de la recolección de datos el 7 de ese mes, o 17 días antes de la entrevista mencionada). Es claro que en una «inteligenciación», para usar la terminología de Petkoff, o con el «diálogo (con el que) podemos llegar a un consenso», si se emplea la descripción de Borges, éste pondría sobre la mesa la carta alta de su posición de vanguardia en los sondeos, aunque el primero pudiera aducir respecto de su caso: «Rondón no ha peleado». Es así como probablemente Petkoff tuviera más que ganar en unas primarias que Borges.

Pero lo importante, desde el punto de vista estratégico, es que la oposición ganaría cosas de valor inestimable (más allá de lo anticipado por María Corina Machado) con el proceso de primarias. La primera es que el año electoral de 2006 quedaría partido en dos tramos: el que va desde ahora (completado con la definición de la candidatura Petkoff) hasta la definición de la candidatura de unidad mediante primarias; el que sigue, desde esta definición y la inscripción del candidato unitario hasta las elecciones del 3 de diciembre.

Por este medio, entonces, se lograría de modo automático una condición estratégica varias veces recomendada en esta publicación y entrevista ya en 1987 para condiciones similares. Que la campaña del contendor de Chávez se inicie lo más tarde que sea posible:

«Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga ‘guerra de trincheras’ contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea». (De la Ficha Semanal #57 de doctorpolítico, del 2 de agosto de 2005, en reproducción de una sección del estudio Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, de septiembre de 1987. La misma recomendación se encuentra en trabajo inserto en el libro Chávez es derrotable, ya mencionado, en su capítulo Tío Conejo como outsider).

La interpolación de las primarias produce el mismo efecto, al diferir la definición del candidato unitario. Y si el dicho de la política norteamericana es válido—you can’t fight somebody with nobody—su recíproco también funciona: you cant’t fight nobody with somebody. Esto es, Chávez no podría sino continuar peleando con George W. Bush, que no es candidato en Venezuela, mientras la oposición no defina quién terminará oponiéndosele.

Lo que dicho sea de paso alteraría a favor de la oposición el modo habitual de los tiempos recientes: la reactividad de la oposición a terminologías y agendas fijadas por Chávez. No hay incertidumbre respecto de la candidatura oficialista; no hay duda, es la candidatura de Chávez. Así, mientras la candidatura opositora no esté definida, la atención política estará sobre esa definición; la curiosidad política se fijará sobre lo que termine haciendo la oposición.

Por último, lo más importante: una mayoría de electores venezolanos cree en las bondades del método de primarias para dilucidar la candidatura de oposición. (Según el Perfil 21 #65, un 68,8%. Incluso dentro de los encuestados que dicen confiar en Chávez, un 54,5% prefiere el asunto. La proporción sube entre quienes declaran no confiar en él hasta 86,5%, y alcanza a 96% entre quienes dicen confiar en la oposición). ¿Puede arriesgar la oposición ir a contracorriente de esta opinión?

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FS #90 – Inteligencia colectiva

Fichero

LEA, por favor

Kevin Kelly es el fundador de la revista Wired, una publicación de avanzada que mantiene una estrecha vigilancia sobre los progresos tecnológicos más importantes del momento. También fundó el sitio en Internet de la misma revista: www.wired.com

En 1994 Kelly publicó un muy sugestivo e importante libro: Fuera de control (Out of Control: The New Biology of Machines, Social Systems and the Economic World). Es una lectura apasionante que ninguna persona interesada en el futuro, especialmente ningún político, debiera darse el lujo de perderse. La robótica y la inteligencia artificial, la nueva biología y las más recientes tendencias en el campo de las organizaciones, son la materia prima con la que elabora un discurso revelador. Puede leerse en línea completamente gratis en la siguiente dirección en Internet: http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php

Ya en fichas anteriores de doctorpolítico se había aludido al trozo que se ha traducido para esta Ficha Semanal #90, que corresponde al capítulo inicial: Hive Mind. (Mente de colmena). Trata del comportamiento de los enjambres, uno de los fenómenos de mayor interés para los estudiosos de los sistemas complejos. La sección escogida ilustra cómo es posible que emerja una «mente colectiva» en grupos humanos de considerable tamaño.

En otro punto del capítulo Kelly recuerda: «Wheeler, el pionero en el estudio de las hormigas, comenzó a llamar a la animada cooperación de una colonia de insectos un ‘superorganismo’, para distinguirlo claramente del uso metafórico de ‘organismo’. Estaba influido por una cepa filosófica del cambio de siglo que veía patrones holísticos superpuestos al comportamiento individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia fue en sus inicios una zambullida en los minuciosos detalles de la física, la biología y todas las ciencias naturales. Este intento al detal de reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para comprender las totalidades, continuaría durante el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas eran una parte esencial de esta perspectiva reduccionista, como lo atestiguan unas cincuenta de sus monografías sobre específicas conductas esotéricas de las hormigas. Pero al mismo tiempo Wheeler vio ‘propiedades emergentes’ dentro del superorganismo reemplazar las propiedades residentes en las hormigas del colectivo. Wheeler dijo que el superorganismo de la colmena ‘emerge’ de la masa de los organismos de insectos ordinarios».

Es éste uno de los temas centrales del estudio de la complejidad, y parte esencial de nuevos paradigmas de la ciencia moderna. «Político que no negocia no es político», dijo una vez Pompeyo Márquez. Aquí diríamos, político que ignore estas nuevas perspectivas es un político irremediablemente obsoleto.

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Inteligencia colectiva

En una oscurecida sala de conferencias en Las Vegas una audiencia que vitorea agita cartones en el aire. Cada cartón es rojo por un lado, verde por el otro. Detrás del inmenso auditorio, una cámara registra a los frenéticos asistentes. La cámara de televisión enlaza los puntos de color de los cartones a un grupo de computadores dispuestos por el mago gráfico de Loren Carpenter. El programa hecho por Carpenter localiza a cada cartón rojo o verde en el auditorio. Esta noche hay casi 5.000 personas con cartones. Los computadores despliegan la localización precisa de cada cartón sobre un enorme y detallado mapa de video del auditorio que cuelga en el proscenio, y que todos pueden ver. Más importantemente aún, los computadores cuentan el total de cartones rojos o verdes y usa esos valores para controlar un programa. Cuando la audiencia agita los cartones, la pantalla muestra un mar de luces que danzan alocadamente en la oscuridad, como un desfile de velas desordenado. Los asistentes se ven a sí mismos en el mapa; son un píxel rojo o verde. Al invertir sus cartones pueden cambiar instantáneamente el color de sus píxeles.

Loren Carpenter carga el antiguo juego de video Pong en la inmensa pantalla. Pong fue el primer juego comercial de video que alcanzase la conciencia pop. Es una disposición minimalista: un punto blanco rebota dentro de un cuadrado; dos rectángulos movibles a cada lado actúan como paletas virtuales. En breve, ping-pong electrónico. En esta versión, mostrar el lado rojo del cartón mueve la paleta hacia arriba. Verde la mueve hacia abajo. Más precisamente, la paleta de Pong se mueve según el promedio de cartones rojos en el auditorio aumente o disminuya. Un cartón es sólo un voto.

Carpenter no necesita explicar mucho. Cada asistente a esta conferencia de expertos en gráficos de video celebrada en 1991 fue probablemente un adicto a Pong. Su voz amplificada resuena en el salón: «Bueno, amigos. Los que están a la izquierda del auditorio controlan la paleta izquierda. Los que están a la derecha controlan la paleta derecha. Si usted cree que está a la izquierda entonces lo está realmente. ¿De acuerdo? ¡Vamos!»

La audiencia ruge con deleite. Sin un momento de duda, 5.000 personas están jugando un juego de Pong razonablemente bueno. Cada movimiento de la paleta es el promedio de varios miles de intenciones de los jugadores. La sensación es enervante. La paleta usualmente hace lo que uno quiere, pero no siempre. Cuando no lo hace uno trata de anticipar tanto la paleta como la pelota incidente. Y uno está definitivamente consciente de otra inteligencia en línea: es esta ruidosa muchedumbre.

La mente grupal juega Pong tan bien que Carpenter decide aumentar la apuesta. Sin advertencia la pelota rebota más rápidamente. Los participantes chillan al unísono. En un segundo o dos la multitud se ajusta al más rápido ritmo y está jugando mejor que antes. Carpenter acelera el juego una vez más; la multitud aprende instantáneamente.

«Probemos otra cosa», sugiere Carpenter. Un mapa de asientos en el auditorio aparece en la pantalla. Él dibuja un amplio círculo blanco alrededor del centro y pregunta a la audiencia: «¿Pueden dibujar ustedes un 5 verde en el círculo?» La audiencia contempla a las filas de píxeles rojos. El juego es similar al de sostener un cartón en un estadio para hacer una figura, pero ahora no hay órdenes preestablecidas, sólo un espejo virtual. Casi inmediatamente píxeles verdes aparecen serpenteando y crecen desordenadamente según los que crean estar en el camino del cinco volteen sus cartones al verde. Una vaga figura se va materializando. La audiencia comienza a discernir un cinco en el ruido. Una vez discernido, el 5 precipita rápidamente hacia la total nitidez. Quienes agitan los cartones en el borde borroso de la figura deciden en qué lado deben estar y el 5 emergente se define. El número se ensambla a sí mismo.

La voz retumba: «¡Ahora hagan un cuatro!» En momentos un 4 emerge. «¡Tres!» Y en un pestañeo aparece un 3. Luego, en rápida sucesión, «Dos… Uno… Cero». La cosa emergente está rodando.

Loren Carpenter monta un simulador de vuelo en la pantalla. Sus instrucciones son tersas: «Ustedes los de la izquierda controlan la dirección; ustedes a la derecha la altitud. Si apuntan el avión a algo interesante dispararé un cohete hacia eso». El avión está en vuelo. El piloto es… 5.000 novicios. Por una vez el auditorio está en completo silencio. Cada quien estudia los instrumentos de navegación a medida que la escena fuera del parabrisas desciende. El avión se dirige a un aterrizaje en un valle rosado entre colinas rosadas. La pista parece minúscula.

Hay algo a la vez delicioso y absurdo en la noción de que los pasajeros de un avión lo vuelen colectivamente. El sentido democrático bruto de la cosa es muy atrayente. Como pasajero uno vota por todo; no sólo por hacia dónde se dirige el grupo, sino por cuándo recortar los flaps.

Pero la mente grupal parece ser un inconveniente en los momentos decisivos del aterrizaje, cuando no hay espacio para promedios. A medida que los 5.000 participantes en la conferencia comienzan el descenso de su avión para aterrizar, el silencio en el salón termina abruptamente con gritos y órdenes urgentes. El auditorio se transforma en una gigantesca cabina en crisis. «¡Verde, verde, verde!», grita una facción. «¡Más rojo!», un momento después desde la masa. «Rojo, rojo» ¡ROOOOOJO!» El avión se voltea a la izquierda de un modo nauseante. Es obvio que eludirá la pista de aterrizaje y llegará con el ala al piso. A diferencia de Pong, el simulador reacciona con lentitud entre la palanca y el efecto, desde el momento que uno mueve al alerón hasta que se inclina. Las señales latentes confunden a la mente grupal, que queda atrapada en oscilaciones de sobrecompensación. El aeroplano se sacude salvajemente. Sin embargo, la multitud logra abortar el aterrizaje de algún modo y eleva el avión sensatamente. Da la vuelta para tratar de nuevo.

¿Cómo dieron la vuelta? Nadie decidió si debía girarse a la izquierda o la derecha, ni siquiera que debía girarse en cualquier caso. Nadie estaba al mando. Pero como si fuera una sola mente, el avión se inclina y gira con amplitud. Trata de aterrizar de nuevo. Una vez más se aproxima torcido. La masa decide al unísono, sin comunicación lateral, como una bandada de pájaros que despega, elevarse otra vez. En su camino de ascenso el avión se voltea un poco. Y luego se voltea más. En algún instante mágico, el mismo fuerte pensamiento infecta a cinco mil mentes: «Me pregunto si podemos hacer un 360…»

Sin hablar una sola palabra, el colectivo continúa volteando el avión. No hay corrección. Mientras el horizonte gira vertiginosamente, 5.000 pilotos aficionados voltean un jet en su primer vuelo solo. En verdad lo lograron con bastante gracia. Y se dedican a sí mismos una ovación de pie.

Kevin Kelly

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