LEA #181

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Hay miradas que tumban cocos y también, aseguraba el inolvidable Aquiles Nazoa, objetos, acciones y personas pavosas. (De hecho, el recordado humorista llegó a desarrollar una unidad para la medida de la pava, a la que tenía por radiación deletérea de variable intensidad: el pavovatio/hora). El folklore nacional llegó a tener, por ejemplo, el gobierno de Raúl Leoni in toto como entidad pavosa, al asociar la ocurrencia numerosa de incidentes terribles—un choque contra una de las bases del puente Rafael Urdaneta o el trágico fallecimiento de un grupo de maestros en el salto La Llovizna—con la administración del segundo presidente de la democracia venezolana.

La inclusión de una cierta firma—reivindicadora de un autopostulado «principado negro»—en la lista de personalidades que refrendaron un manifiesto que asegura que el 4 de diciembre pasado el pueblo venezolano disparó un conjunto de dieciséis «mandatos», debiera llamar a la preocupación de sus promotores. Igualmente, la recién eliminada divisa beisbolística nacional pudiera haber sido condenada de modo instantáneo con los pavovatios generados por el actual Presidente de la República, quien hizo mención específica del equipo en una de sus más fastidiosas alocuciones la misma noche del descalabro.

Hugo Chávez refería a los asistentes a otro acto más, el martes de esta semana, que había sido llamado por Evo Morales—«Me llamó Evo»—pero también por Fidel Castro, con quien estuvo hablando de béisbol. Según Chávez, Fidel le invitó a ligar para que los equipos que disputasen la final del Campeonato Mundial fueran precisamente Venezuela y Cuba, y que así se redujera el asunto a una disputa amistosa e interior de las novenas del «Eje del Mal». (Pensándolo bien, es harto probable que se tratara en este caso de pava importada desde Cuba. No muchos estarían dispuestos a sostener que el autócrata caribeño es un amuleto de la buena suerte).

Pero es que la referencia hecha por Chávez intentó ser una distracción, luego de una evidentísima laguna en su disertación. Se encontraba hablando—en tono épico, por supuesto—acerca de algo que harían «nuestros descendientes» dentro de doscientos años, cuando el flujo de sus palabras se detuvo repentinamente, perdido el hilo—o maraña—de sus divagaciones, que en vano trató de recobrar con ineficaces miradas a las notas que tenía ante sí sobre el podio. Largos y embarazosos momentos marcaron la grave dislexia presidencial.

Es posible, digo, que por los numerosos y dispersos ríos de su discurso, una incómoda asociación le haya dominado. La conciencia de que, a fin de cuentas, el nuevo caballo de la heráldica patria es en realidad un equino derechista. Después de que la Asamblea Nacional hubiera procedido augustamente a tranquilizar las dudas veterinario-anatómicas de la menor hija del Presidente, y la ley prescribiese un corcel curado de tortícolis mirando hacia la izquierda del observador, alguien ha podido informar, con gran imprudencia de su parte, que el lado hacia donde ahora corre el corcel patrio es, en verdad heráldica, la derecha. Y esta constatación de futilidad, después de tan arduo esfuerzo legislativo, ha podido recordar al mandatario cómo fue que a comienzos de su gobierno nombraba a cada rato un librito llamado El oráculo del guerrero, hasta que Boris Izaguirre le explicase que esa glorificada bobería funcionaba, en realidad, como santo y seña homosexual. Y es que cosas así son capaces de romper la ilación del más articulado de los discursos.

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CS #181 – Silogismo defectuoso

Cartas

La integridad es una necesidad imperiosa de la psiquis humana. Cada conciencia individual busca disponer, en todo instante, de una absolución ética de quien la posee. Es decir, con la excepción de casos psiquiátricos agudos, cada uno de nosotros siente que es una persona buena. De hecho, un desequilibrio marcado y constante a este respecto, una «mala conciencia», es causa patogénica para la psicología. Hasta el más obvio delincuente es capaz de construir una justificación o racionalización de sus actos.

El revolucionario de librito, por ejemplo, cuenta con la comodidad del código de ética de la revolución, por el que cualquiera otra ética existente o por existir le queda subordinada. Ese código actúa entonces como absorbedor o amortiguador—buffer—perfecto, ante el que se disuelve cualquier inconsistencia lógica o terminológica, que en otra circunstancia reventaría la conciencia de quien pretendiese sostener simultáneamente dos juicios contradictorios. Por ejemplo, si condeno al golpismo al tiempo que glorifico mi propia gesta golpista del 4 de febrero de 1992, me alejo de la incómoda inconsistencia al declarar que en mi caso no puedo ser tildado de golpista, sino tenido por revolucionario.

Pero este caso especial de mantenimiento de la integridad psíquica es mero reflejo de la regla general: todos sostenemos una visión de nosotros mismos por la que reconocemos sólo una cantidad insignificante de propias conductas censurables, y en general nos tenemos por buenos. A un nivel consciente—Freud diría superficial—actuamos normalmente de buena fe.

………

Un silogismo político particular, de renovada popularidad por estos días, es ejemplo de lo antedicho. Quienes lo sostienen, estoy convencido, creen sinceramente en la validez de sus inferencias y la veracidad de sus premisas. Premunidos, además, como todo el mundo, de su propia rectitud ética, consideran con igual sinceridad que es su deber patriótico difundirlo o predicarlo, así como oponerse, con no poca desesperación, a los invidentes que sostienen una tesis contraria. El argumento va como sigue.

Quien ahora desempeña la Presidencia de la República no sería persona que creyese en el principio de la alternabilidad democrática. Teniendo el poder, no lo soltará nunca, y es por consiguiente una ilusión pensar que una participación electoral pudiera tener eficacia. Como, por otra parte, una mayor premisa subyacente, tácita, que no necesita ser demostrada porque sería de universal aceptación, es que la perniciosidad del régimen obliga a buscar su cesación como objetivo absoluto, no hay manera de alcanzar esta meta sino por vías no electorales. Somos, por supuesto, demócratas, y en circunstancias normales buscaríamos soluciones electorales, pero una correcta «caracterización» de ese régimen establece que no se compite con un demócrata, y entonces los principios de la guerra justa nos permiten incluso el uso de la mentira—por deber patriótico de desacreditación—y la procura de soluciones de fuerza.

El razonamiento no es nuevo. Fue el que sostuvo la racionalidad conspirativa del carmonazo y la del paro cívico, así como todas las variantes prescriptivas centradas sobre el empleo del artículo 350 de la Constitución. Ahora ha hecho metamorfosis para presentarse con las vestiduras de una nueva sofisticación.

La prescripción señala ahora que «la solución» es propiciar una «crisis de gobernabilidad», condición que sería indispensable para que actores que sólo esperarían por ella—Rumsfeld, o Baduel, o ambos—intervengan para resolverla.

Adicionalmente, los sostenedores de este récipe han descubierto, luego de la masiva ausencia electoral del 4 de diciembre de 2005 y el evidente impacto sobre el discurso gubernamental, que la abstención en retirada de último minuto es el fusible eficaz que detonará impepinablemente la crisis buscada. Pero claro, se añade, para que la retirada surta efecto debe primero adquirirse fuerza, una masa crítica opositora construida, por ejemplo, mediante la organización de elecciones primarias que «calienten la calle». Naturalmente, no debe explicarse toda la estrategia al elector común, quien no debe saber que lo de las primarias es una carantoña, pues de sospecharlo no se produciría la participación masiva que el plan requiere. (De nuevo, como tenemos la razón, estamos moralmente autorizados a manipular a la población opositora mediante el engaño).

Repito, quienes propugnan este alucinado tratamiento actúan, en su mayoría, de buena fe. Llegan a ver con recelo, impaciencia o desprecio a quienes no comulgan con este razonamiento, y creen su deber fortalecer las bases de su silogismo, aumentar la solidez de sus premisas. Por esto su evangelio enfatiza dos nociones: que el carácter del régimen es totalitario, y que el fraude electoral que perpetrara el 15 de agosto de 2004 comprueba que no respeta la alternabilidad democrática.

La primera tarea es emprendida desde una exposición teórica: a partir de una descripción sistemática de regímenes totalitarios—por ejemplo con ayuda de la caracterización construida por Hannah Arendt—se presenta la conclusión evangélica, indiscutible: estamos en el seno de una dictadura, estamos dentro de un régimen totalitario.

Quien escribe fue probablemente la primera persona que estableció públicamente una similitud entre la figura de Hitler y la de Chávez, en artículo publicado en el diario La Verdad de Maracaibo en agosto de 1998. (El efecto Munich). La analogía es una cosa, porque señala la propensión autoritaria chavista; pero Chávez lleva siete años mandando y Hitler ya había marcado brutalmente la historia en un plazo equivalente. (Bombardeado Guernika, militarizado la Renania, anexado Austria, conquistado Checoslovaquia, Polonia y Francia, sin hablar de la violación de la neutralidad belga y la primera fase del acoso y exterminio de judíos). Si Chávez exhibe, indudablemente, una conducta autoritaria que propende al totalitarismo, es también, sin duda, un caso leve si se le compara con el monstruo austriaco o el dictador cubano a quien tanto admira.

La segunda tarea evangélica es la de asentar que no hay respeto a la regla democrática de la alternabilidad. Para hacer esto es preciso «comprobar» que el 15 de agosto de 2004 se hizo fraude a la voluntad de la mayoría de los electores venezolanos, que en esa fecha se habría pronunciado por la revocación del mandato presidencial. Este clavo pasado se renueva, por tanto, con la exhibición de muy elegantes y metodológicamente impecables ejercicios estadísticos—como el de los profesores Delfino y Salas, obtenible en www.gentederedes.com—y que sin embargo distan mucho de ser una demostración fehaciente del fraude postulado, al conducirse, como el famoso estudio Hausmann-Rigobón, en un terreno simbólico que no conecta con la realidad social. Más de una vez se ha repetido acá que todas las firmas encuestadoras reconocidas en el país, y una norteamericana en particular, esperaban unánimemente que el gobierno saliera airoso del referendo revocatorio.

Igualmente estoy persuadido de la buena intención y la excelencia profesional de físicos y matemáticos que producen estos malabarismos numéricos, pero del mismo modo es preciso decir que cabezas distintas de las de ellos decidieron en su momento implantar intencionalmente la matriz de opinión de un fraude en el referendo mencionado, sobre el soporte de las exigencias tomistas de una supuesta guerra justa.

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Ha sido también reiterada postura de esta publicación atenerse a la regla de la Declaración de Derechos de Virginia (1776), que reconoce como sujeto del derecho de rebelión a una mayoría de la comunidad. El pequeño grupo que se siente autorizado, en superficial lectura de condiciones explicitadas por Santo Tomás de Aquino, a desatar una «crisis de gobernabilidad», no sólo sería totalmente incapaz de controlar un proceso político de esa naturaleza—lo que lo hace irresponsable—sino que abusa en la usurpación de un derecho que no le corresponde, tanto como Hugo Chávez lo hiciera con sus demás secuaces golpistas en 1992.

Tal vez lo peor es que ese guión de la crisis coincide con protocolos formulados en los Estados Unidos. Recordemos al «Informe Waller» (Center for Security Policy, mayo de 2005). En análisis de este think tank cuyo lema es «Paz mediante la fuerza» y bajo el título «¿Qué hacer con Venezuela?», se prescribe: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». Y asimismo, en la nota de presentación del mismo informe se anticipaba: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak». (Subrayado de doctorpolítico).

Pero quienes esperan que la «crisis de gobernabilidad» que propiciarían—en simplista consideración de los sistemas políticos como si fuesen entidades de mecánica newtoniana—sería resuelta por Donald Rumsfeld, pudieran quedarse con los crespos hechos. No es muy probable que un gobierno norteamericano enredadísimo en Irak, contradictorio ante Irán, complicado con su situación en las encuestas, detenido en recientes pretensiones por el propio Partido Republicano, pueda llevar a la práctica un esquema directamente intervencionista en Venezuela. Claro, siempre puede un arcángel, aparecido a Bush en madrugada de la Casa Blanca, entregarle la flamígera espada fundamentalista del Armagedón, para que resuelva con cirugía nuclear el tremendo enredo en el que está metido. Bastarían unas pocas cabezas nucleares para detener el enriquecimiento de uranio iraní, y todavía sobrarían muchísimas más para dejar caer una o dos en Sabaneta o en Caracas. Dios nos proteja de la paranoia en un mundo tan peligroso.

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FS #89 – Tema de Estado

Fichero

LEA, por favor

El diario La Verdad de Maracaibo fue fundado bajo el liderazgo del fallecido Don Jorge Abudei, importante empresario del comercio maracaibero. La salida a la calle del nuevo medio impreso tuvo lugar durante el año electoral de 1998, y durante buena parte del mismo escribí artículos para el periódico, por gentil y generosa invitación de Don Jorge.

La Ficha Semanal #89 de doctorpolítico contiene íntegramente uno de esos breves artículos, escrito el 17 de septiembre de 1998. Llevó por título «Tema de Estado», y era una apretada síntesis de mi postura en materia de integración suramericana. Era un cambio respecto de mi posición en 1984, cuando escribí primeramente sobre el tema mientras sostenía la opinión de que el conjunto a integrar era el hispanoamericano. En el artículo para La Verdad ya opinaba que el criterio cultural debía dar paso al geopolítico.

Pero en lo que no hubo cambio fue en mi convicción de que respecto de la integración hemos seguido un camino incorrecto, en imitación del tránsito integracionista de los europeos. Estos fundaron tímidamente en 1946 la Comunidad del Carbón y del Acero, la que daría paso al Mercado Común Europeo, a la Comunidad Económica Europea y, finalmente, a la Comunidad Europea, que con todos sus tumbos apunta a una integración de carácter político.

Tal cosa era natural para los europeos; a fin de cuentas, no sólo no tienen unidad lingüística, como nosotros, sino que el Viejo Continente aloja al menos cuatro potencias con tradicionales suspicacias mutuas, dado que cada una—España, Francia, Inglaterra, Alemania—había sido a su vez primera potencia con voluntad hegemónica. Por añadidura, los europeos venían de echarse tiros los unos a los otros durante seis años y matarse cincuenta millones de habitantes. Quien hubiera planteado la unión política del conjunto europeo en 1946 hubiera sido lapidado.

Pero nosotros, los sudamericanos, no tenemos ninguno de esos impedimentos, razón por la que hubiéramos podido pensar que el modelo norteamericano—la unión política desde el comienzo—nos era posible, sobre todo en un siglo XX en el que el desarrollo extraordinario de la tecnología de las comunicaciones abría las posibilidades políticas.

Hugo Chávez, cuya retórica es aparentemente integracionista, ha escogido reforzar el modelo de la previa integración económica, por una ruta que no tiene sentido geopolíticamente—el MERCOSUR—echando por la borda el paciente trabajo que acumulaba la Comunidad Andina de Naciones a su llegada al poder en Venezuela. Está equivocado en este punto, como en tantos otros.

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Tema de Estado

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»

Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español»… «Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»

Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).

Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.

Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.

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CS #180A – Diestra y siniestra

Cartas

¡Izquierda! ¡Izquierda! ¡Izquierda, derecha, izquierda! En las «semanas de la Patria» de Pérez Jiménez—derechista—los estudiantes de la época, algunos en calidad de componentes de las bandas de guerra colegiales, aprendíamos a llevar el paso en los desfiles al ritmo de aquellos gritos a diestra y siniestra. Cuatro izquierdas gritadas contra una sola derecha. (El primer paso desde la posición «firmes» debía darse con la pierna zurda, y las cinco exclamaciones correspondían exactamente al tiempo de los golpes de bombo o tamborón: ¡pom! ¡Pom! ¡Pom, pom, pom!)

Esta proporción de cuatro a uno lleva carga metafórica, en el sentido de una trillada observación según la cual los partidos políticos «modernos» en Venezuela—los emergentes a partir de 1928—siempre han halado hacia la izquierda. En el siglo XX venezolano no han sido muchos los movimientos políticos que hayan admitido abiertamente sus preferencias por las posturas de derecha.

Acción Democrática tuvo obvias raíces izquierdistas—a las alturas de 1958 todavía se declaraba como «partido marxista» en documentos de su Secretaría de Doctrina, dirigida por Domingo Alberto Rangel—al encarnar una suerte de MVR modelo 1945 y alojar mucho dirigente importante, empezando por Betancourt, Leoni y Barrios, que hubiera militado en el Partido Comunista. Fundado en 1941, accede al poder mediante golpe de Estado contra el presidente Medina Angarita, para dar inicio a un «trienio adeco» caracterizado por el sectarismo, una constituyente, un equivalente al decreto 1.011 (el tristemente célebre 321 enfilado contra los colegios católicos), y hasta la amenaza de las «bandas armadas» de AD. Después del escarmiento de 1948 y la década perezjimenista, el partido se morigeró, aunque nunca se ha postulado «de derechas» y no ha dejado de trasladarse por la órbita socialdemócrata.

En 1946 nace COPEI—en su origen el Comité de Organización Política Electoral Independiente, luego Partido Social Cristiano COPEI—para hacer oposición a AD, lo que le valió el temprano apoyo de los tres estados andinos, cuyos gobernantes habían sido desplazados del poder por los adecos. Si en sus orígenes—la Unión Nacional de Estudiantes de 1936—podía identificarse en Rafael Caldera, su líder histórico, una precoz simpatía por el falangismo franquista, él mismo se encargó de definir a COPEI como partido de «centro-izquierda», en el mitin de cierre de su campaña presidencial de 1963, desde tarima erigida en la Plaza Venezuela de Caracas. La rama juvenil de COPEI, por otra parte, dio en llamarse Juventud Revolucionaria Copeyana. (No demasiado, como se comprobó con la defenestración de Abdón Vivas Terán—líder entonces de los siniestros «astronautas», y mucho más tarde ministro del segundo gobierno de Caldera—en la crisis de1966, cuando se trajo del bullpen al derechista Álvarez Paz para controlar los brotes de radicalidad juvenil).

Es en la misma campaña de 1963, por cierto, cuando Arturo Úslar Pietri arremetió contra Rafael Caldera en el primer debate televisado de nuestra historia política, acusándole del pecado mortal de haber apoyado, como leal soporte del Pacto de Punto Fijo, al demonio comunista de Rómulo Betancourt. El Frente Nacional Democrático (FND) que postulara al «candidato de la campana» atrajo ciertamente a los electores de gusto más conservador (de derechas). Pero es que Úslar había sido fundador del Partido Democrático Venezolano (PDV) en tiempos de Medina, y dirigente muy principal del mismo. Tal vez más principal que él, sin embargo, fue el preclaro Mario Briceño-Iragorry. Resulta ilustrativo en este tema de las izquierdas y derechas venezolanas, leer de su pluma algunos conceptos sostenidos por tan destacado medinista. Briceño-Iragorry escribió el prólogo de un libro que recogió las conferencias de un ciclo celebrado entre el 5 y el 22 de septiembre de 1944, organizado por el PDV, entre las que se encontraba una dictada por Úslar. Y ahí dice Briceño-Iragorry cosas como éstas:

«En las bases programáticas del Partido se propuso estimular la intervención del Estado como medio eficaz para el abaratamiento de las subsistencias y de los costos de producción. Nuestro Movimiento, en esa forma, declaró el firme propósito de separarse de los viejos conceptos del liberalismo económico que, partiendo de una abultada valorización de los derechos del individuo, dejó a éste la plena libertad de dirigir los procesos de la producción y del consumo y el goce irrestricto de los instrumentos que a ellos conducen». «La controversia se ha planteado en forma clara entre quienes suponen que el Estado sea un instrumento al servicio de las clases que detentan el poder político y el dominio económico, y aquéllos que, guiados por una visión más amplia y humana, valdría decir cristiana, de la justicia, consideran que el Estado tiene por fin primordial e indeclinable mirar al desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad». «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano». «El Estado ha de procurar que las franquicias que derivan del grado de la civilización, no se acumulen en las viejas clases que detentan los instrumentos de producción; sino de lo contrario, ha de afanarse, en un recto sentido humano, porque la mayoría social, es decir, las clases llamadas desheredadas, gocen de las posibilidades máximas para desarrollar su personalidad entitiva».

Etcétera. La última de las oraciones citadas pareciera ser la misma idea de una «participación protagónica» del pueblo vertida en lenguaje un tanto barroco. ¿Por qué no denunció Úslar el prólogo mencionado con la misma vehemencia con la que reconvendría a Caldera casi veinte años después? ¿Era Briceño-Iragorry un comunista de closet?

Por supuesto que no; en el mismo texto prologal precisa: «Para intentar el equilibrio de los intereses comunes sin recurrir a las formas del Socialismo de Estado, los Gobiernos han acudido a los sistemas intervencionistas, como expresión de la propia función que les compete en el orden de la justicia, fin último del Estado». Comunista no, pero sin duda «a la izquierda» de los liberales de hoy.

Los que antaño se llamaban liberales, los del Partido Amarillo guzmancista, eran cosa distinta, pues en su caso estaban «a la izquierda» de los conservadores de Páez. Lo que nos lleva a concluir que no es que en Venezuela no haya habido derechistas, gente conservadora, más pendiente del interés empresarial que el popular—en un viejo concepto, pues lo empresarial y lo popular no tienen por qué ser opuestos—aunque formaciones de derecha, como el Partido Popular de Aznar o la Alianza Popular de Álvarez Paz adopten el término en su denominación. Lo que han sido, tal vez, estos movimientos de derecha locales es menos tenaces. El FND uslarista no sobrevivió, en la práctica, al gobierno de Leoni. El Partido Liberal de Jorge Olavarría también fue un caso de mortalidad infantil. Más recientemente volvería a formarse una asociación con exactamente el mismo nombre, dirigida al inicio por Andrés Sosa Pietri, arrebatada de sus manos por la antigua sindicalista Haydeé Deutsch, a quien luego se la quitara Marco Polesel, sin mayor trascendencia.

Otras presencias han sido igualmente fugaces o escuetas, como en el caso del Partido de Acción Nacional de Ángel Borregales, y las iniciativas de Integración Republicana y Acción Venezolana Independiente, con importante identificación empresarial. Pero lo cierto es que siempre ha existido «la derecha» venezolana, así como gobiernos de derecha a montones. Uno cercano, sin ir muy lejos, fue el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien de socialdemócrata y amigo de Felipe González y Fidel Castro, fue quien levantara en nuestro país las banderas del Consenso de Washington, nuestro propio y autóctono Carlos Saúl Menem. Más cerca aún, un gobierno de derecha en Venezuela ostenta el récord de fugacidad: el de Pedro Carmona Estanga.

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CS #180 – Petkoff-Machado: unidad para ganar

Cartas

Hay al menos dos sentidos en los que deben ser entendidos los términos izquierda y derecha en el ámbito político. Más allá de su etimología por la ubicación de las facciones de la asamblea revolucionaria francesa de fines del siglo XVIII, una primera distinción se establece entre quienes buscan preservar el statu quo—los de derecha—y quienes buscan modificarlo o reemplazarlo. Claro, hay momentos cuando los usufructuarios del statu quo son “de izquierda” y quienes los reemplazan son “de derecha” o conservadores—Julián Castro sucediendo a José Tadeo Monagas, por caso, o Miguel Gorbachov dando paso a un repudio de lo soviético—pero la mayoría de las veces, cuando un gobierno de derecha sucede a un statu quo izquierdista, busca una restitución de condiciones previas a la entronización del gobierno “de izquierdas” que es revocado. Es decir, en general los derechistas o conservadores, de ahí su nombre, procuran preservar un pasado, sobre todo en lo tocante a dominios y privilegios, puesto que en una dimensión tecnológica esta gente puede ser muy avanzada y progresista.

El otro sentido es posterior y más específico. A fines del siglo XIX comenzó a llamarse—sobre todo a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII—“la cuestión social” o “el problema social moderno” a la siguiente disyuntiva: a cuál lado de la división clasista entre patronos y obreros debía favorecerse a la hora de distribuir la renta general de una sociedad. Si se optaba por los empresarios, por ejemplo propugnando un Estado gendarme que se limitara a preservar el orden y la garantía de libertades económicas, entonces se había adoptado una posición de derechas. Si, por lo contrario, se privilegiaba una legislación que protegiese a los proletarios, a los trabajadores, se adoptaba una de izquierdas.

Lo anterior es el sentido más frecuente de los términos derecha e izquierda. Pero cada uno puede cubrir una gradación más o menos amplia de posturas, y llegar a incluir los polos radicales de una extrema derecha—Pinochet, Mc Carthy—o una extrema izquierda—Castro, Mao Tse Tung. “La propiedad es un robo” de Proudhon—La propriété, c’est le vol!—o la idea de que los pobres alcanzan su estado por indolencia o escasez moral.

¿Debe sorprender que en nuestro país la mayoría de los partidos prefiera decirse de izquierda? La muy patológica y sesgada curva de distribución de nuestras riquezas ofrecería una explicación suficiente: en efecto, si por definición la izquierda es una oferta de favorecer al desposeído, una sociedad que mayoritariamente esté conformada por gente pobre tenderá a preferir una política izquierdista. Lo contrario sería irracional.

Pero hete aquí que más de un estudio de opinión señala que en Venezuela hay apoyo mayoritario a favor de posturas que pudieran ser tenidas como de derecha; por ejemplo: preferir la sociedad norteamericana a la cubana, preferir un empleo privado que uno público, preferir la propiedad privada a una colectiva.

Es esa constatación la que ahora parece alentar un nuevo movimiento de derechas, el que busca aglutinarse en torno a un documento que asegura que el 4 de diciembre los venezolanos emitimos un mandato—o dieciséis mandatos—y que agrupa notoriamente personalidades de derechas. Acá se ha comentado antes la pretensión interpretativa refrendada por Oswaldo Álvarez Paz, Oscar García Mendoza, Marcel Granier, María Corina Machado, Ricardo Zuloaga, entre otros notables. (Dicho sea de paso, hace nada que Álvarez Paz ha tomado la calle del medio para asegurar que no participará en el evento electoral del próximo mes de diciembre. Si el “movimiento 4 de diciembre” lleva intención política ¿es su posición electoral idéntica a la del líder de Alianza Popular?) La lectura parece ser: si Chávez encarna la más zurda de las izquierdas, y si nuestros compatriotas tienen mayoritariamente preferencias inclinadas en sentido contrario, “lo que hay que hacer” es crear de una vez por todas una opción enfrentada de derechas.

Debe reconocerse que ese silogismo tiene sentido, y tal cosa constituye una de las dos posiciones políticas principales del momento. (Apartando la oficialista). La segunda posición sigue sosteniendo, por lo contrario, que debe seguirse siendo de izquierda en Venezuela (y en el mundo), sólo que hay dos izquierdas: una buena y una mala. (La del gobierno). En esta interpretación síguese sospechando de programas parecidos al emprendido por Pérez a partir de 1989 pues, además de su convicción doctrinaria, no ha dejado de tomar nota de los peligrosos resultados de la aplicación de récipes tan simplistas e insensibles como el Consenso de Washington.

Es opinión del suscrito que ambas posturas se construyen con raíces obsoletas. A fin de cuentas, el mundo no es ya el que juzgaba León XIII o retrataba Charles Dickens; las gradaciones de roles sociales se han hecho más numerosas, y una política dicotómica, de izquierda y derecha, de blanco y negro, de Bush y Chávez, no puede aspirar a comprender ese mundo nuevo. Las ideologías que resolvían la política a fines del siglo XIX ya no son otra cosa, a estas alturas del juego civilizatorio, que una excusa para no pensar.

Amos Davidowitz explica en The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study (http://www.isoc.org/inet96/proceedings/e1/e1 1.htm) la distinción entre partidos “de segunda ola” y los de “tercera ola”. (Siguiendo la nomenclatura de Alvin Toffler). Hablando de su propio partido—el MAPAM, el ala “izquierda” del laborismo israelí—como institución anquilosada por una perspectiva anterior a la conciencia postindustrial, reportaba: “Me parece que si un partido de segunda ola centraba sus actividades alrededor de la producción, el trabajo y los recursos en una estructura jerárquica centralizada, un partido moderno debiera ocuparse de información, comunicación, medios y servicios en un sistema más abierto, interactivo y distributivo, un sistema que necesita los medios de procesar y distribuir información”.

Es desde percepciones como la de Dawidowitz como pudiéramos imaginar soluciones políticas de mayor profundidad temporal. En otras ocasiones se ha sostenido acá que se requiere un recambio paradigmático a fondo en la actividad política. Reitero ahora esa convicción, pero tal vez lo práctico pueda darse ya a otro nivel más inmediato y simple: por ejemplo, en un ticket electoral conformado por Teodoro Petkoff para la presidencia y María Corina Machado para la vicepresidencia.

Hace dos años (12 de febrero de 2004) lo había sugerido esta carta en su número 73, cuando se presumía la revocación del mandato del presidente actual: “…María Corina Machado y Parisca. Su nombre pudiera entonces asomarse como magnífica opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República. Vistas las atribuciones constitucionales de este cargo, podríamos estar muy tranquilos si en un futuro próximo la Vicepresidencia pasara a manos de la ingeniera Machado, joven, moderna, independiente, seria, eficiente, responsable, tenaz y serena. Cualquier Presidente de la República contaría en ella con una Vicepresidenta de lujo… La figura de María Corina Machado refrescaría de inmediato el tráfico político nacional. Una mujer joven, carismática, profesional, que ha dirigido la organización ancla de la sociedad civil con gran tino, eficacia y equilibrio, con imparcialidad que quisiera para sí el CNE, sería una contrafigura ideal a la perniciosa gestión de José Vicente Rangel, y probablemente crearía entusiasmo y un foco positivo hacia el futuro, cosa que nuestros nobles ‘Ni-ni’ esperan con angustia… La Presidencia es otra cosa. En nuestro criterio, dentro de la lista informal de candidatos que se manejan para la presidencia de transición, Teodoro Petkoff sería probablemente la opción preferible. Con suficiente experiencia política, hoy independiente, con carácter y energía suficientes, Petkoff es un presidente con quien todos podríamos vivir, incluso los chavistas… Estatura de estadista tiene, ciertamente, y experiencia concreta de gobierno, a la que aportó además de su trayectoria política su formación de economista… aquí se trata no sólo de gerenciar, sino de proveer una visión de Estado. Acoplado este capital a los evidentes talentos de la directora de Súmate, Petkoff y Machado pueden convertirse en dupla invencible”.

Seguramente esa fórmula tendría que combinarse sobre las diferencias ideológicas, los despojos de la suspicacia y las exigencias de pretensiones centrípetas, pero estoy seguro de que no hay muchas disponibles que, como ella, por efecto de un encuentro de potencia histórica, compondrían el antimicótico de amplio espectro que necesitamos para superar la actual micosis política. Izquierda y derecha reunidas, fórmula ambidextra para que esas distinciones periclitadas desaparezcan al final en síntesis que salte a la modernidad.

LEA

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