por Luis Enrique Alcalá | Ene 17, 2006 | Fichas, Política |

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Hasta la fecha no existe quien haya superado a Isaac Asimov en tanto divulgador de ciencia. Sus numerosos libros divulgativos—que no incluyen sus cuentos y novelas de ciencia ficción ni su crítica literaria—son una admirable combinación de rigor expositivo, amenidad y transparencia. Leer a Asimov para aprender de ciencia es como bañarse en un río cristalino de conocimiento amablemente ofrecido y fácilmente comprensible. Isaac Asimov, que para algunos fue el papa de la ciencia-ficción, sin duda lo ha sido de la divulgación científica.
Carl Sagan (1934-1996), tal vez, es quien más se le acerque en cuanto a eficacia divulgativa. Menos prolífico que Asimov, fue sin embargo un expositor que no se limitó al medio escrito, usando la televisión como un histrión magistral. La serie televisiva «Cosmos» es su aporte más conocido. Asimov, por otra parte, abandonó su carrera como bioquímico investigador para dedicarse de lleno a la docencia y la escritura; Sagan nunca dejó de ser un científico destacado y vanguardista. Fue uno de los propulsores de la exobiología, un cosmólogo que intervino decisivamente en la exploración extraplanetaria y en la búsqueda metódica de inteligencia extraterrestre.
En 1989 Guy Sorman, escritor y periodista francés, publicó su libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», en el que recoge entrevistas comentadas a intelectuales tan importantes como Ilya Prigogine, Bruno Bettelheim, Octavio Paz, Karl Popper, Friedrich von Hayek, James Lovelock, Noam Chomsky, Stephen Gould y Claude Tresmontant. El primer entrevistado de la serie es Carl Sagan, y la Ficha Semanal #81 de doctorpolítico reproduce las tres últimas secciones del capítulo con el que Sorman inaugura su libro.
Dice Sorman: «Sagan no es… un intelectual de cámara, sino un sabio institucional al frente de gigantescos medios de investigación, sin precedentes en la historia de la humanidad. Es, en particular, responsable de las grandes expediciones científicas de las naves espaciales Viking y Voyager hacia Marte y Neptuno. El laboratorio que él dirige en la Universidad de Cornell, en el norte del estado de Nueva York, es una autoridad en la reconstrucción in vitro de los orígenes de la vida orgánica».
Y las palabras de Sagan recogidas por Sorman, provenientes de una mente científica, no pueden escapar a la fuerza de gravitación política, lo que es la razón de la ficha de esta fecha.
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Los sabios al poder
Los extraterrestres tienen la palabra
En Pasadena, California, Carl Sagan ha creado una emisora de radio—»privada», precisa él—destinada a eventuales oyentes de nuestra galaxia. Abarca simultáneamente ocho millones de frecuencias. Es, en opinión de Sagan, el medio menos caro y más rápido de comunicar con otras inteligencias… suponiendo que las haya en el universo. En el caso de que recibamos una señal de respuesta, aunque sea incomprensible, sería la prueba de que no estamos solos en el cosmos. Si llegamos a descifrar dicha señal, entraríamos en relación con una forma de inteligencia que probablemente tendrá una concepción del universo diferente de la nuestra. Pero Sagan se guarda mucho de hacer la menor predicción: «Si no obtengo ninguna respuesta—dice—ello demostrará cuán preciosa y rara es la vida. El silencio cósmico nos incitará a preservarla mejor».
Sin ir a buscar tan lejos el posible efecto de estas ondas de radio, ¿qué sabemos hoy de las posibilidades de vida en las cercanías, en nuestro propio sistema solar?
Las probabilidades son casi nulas. Marte ha constituido una decepción particular para los amantes de la ciencia-ficción: ¡los famosos «canales» descubiertos en 1906 por el bostoniano Percival Lovell sólo existían en su imaginación! Desde comienzos de siglo, explica Sagan, todos los astrónomos sabían que Lovell se había equivocado. Lo cual no impidió que el mito de los marcianos se propagara. Desde entonces, se han posado robots en Marte. En los dos lugares explorados por el Viking en 1976, no fue descubierta la menor traza de molécula orgánica.
Sagan no descarta, sin embargo, que se puedan encontrar fósiles de microbios en otras regiones de este planeta. ¿Quizá tenemos aún que aprender que la vida es susceptible de revestir formas inimaginables? En cualquier caso, actualmente es seguro que no existen marcianos. Podría haberlos en el futuro, en caso de que el hombre colonizara Marte: nos convertiríamos entonces en nuestros propios marcianos. Técnicamente, es posible pensar en ello, opina Sagan, pero ¿es deseable desde un punto de vista político?
Para Sagan, lo más urgente no es colonizar el espacio, sino salvar la Tierra…
La destrucción de la Tierra ha comenzado
Dentro de miles de millones de años, la Tierra ya no existirá. Pero, desde ahora hasta la «compresión final», corremos riesgos más inmediatos. Sagan se toma en serio el problema del calentamiento artificial de la atmósfera, los «agujeros» en la capa de ozono y el invierno nuclear.
Desde que el hombre vive sobre la Tierra es cierto, dice, que jamás ha modificado su ecología de manera decisiva. Pero eso se debe a que nuestra especie era poco numerosa, y nuestras técnicas arcaicas. No nos hemos percatado todavía bien de que la explosión demográfica y la industrialización generalizada del siglo XX han modificado radicalmente nuestra manera de habitar el planeta.
Con la combustión de la energía fósil (petróleo-carbón) y la desaparición de los bosques, los rayos del Sol están como encerrados en un invernadero cuyos cristales tienden a hacerse más gruesos. El fenómeno podría conducir a un aumento de la temperatura media en la superficie del globo de cuatro grados en un siglo. ¿Irrisorio, quizá? Dramático, responde Sagan. Cuatro grados de media es algo enorme, si vemos que, entre la era glacial de la prehistoria y nuestra época, la diferencia en la temperatura media es sólo de ocho grados. Esos cuatro grados suplementarios provocarían la desaparición de la agricultura en las zonas actualmente templadas, y harían fundir los hielos polares, lo cual significaría la inundación de todas las regiones costeras: Dinamarca, los Países Bajos y Bangladesh, entre otras, serían borradas del mapa.
De todos los peligros, estima Sagan, el «invierno nuclear» es el más inmediato. El desarme tal como lo estudian los rusos y los americanos no afecta más que al tres por ciento de las armas nucleares disponibles. Sin contar con que la capacidad nuclear de Francia, por ejemplo, bastaría por sí sola para destruir toda vida humana en el planeta.
¿Qué hacer? Estamos en un callejón sin salida. Los pueblos no quieren oír hablar de esos riesgos ecológicos o nucleares cuya amplitud o previsibilidad les superan. Confían ciegamente en sus gobiernos, los cuales se muestran indiferentes a los problemas a largo plazo. Por añadidura, tales problemas no tienen una solución a nivel nacional: las moléculas de anhídrido carbónico, al igual que las radiaciones, ¡no tienen pasaporte!
¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! «La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar».
Prohibido pensar
«Pero no estoy seguro—me dice Sagan—de que la actual edad de oro de los sabios pueda prolongarse mucho tiempo. En apariencia, estamos (comenzando por los cosmólogos) en una edad de oro. Por primera vez, los hombres pueden no sólo observar los suburbios terrestres, sino ir a verlos sobre el terreno. En agosto de 1989, la nave espacial Voyager se aproximará a Neptuno, el planeta más alejado de nuestro sistema solar. Durante tres días recibiremos en directo imágenes de este planeta, del que lo ignoramos todo. Más allá (esto no tiene precedentes en la historia del cosmos), la nave espacial abandonará definitivamente el sistema solar y proseguirá su camino hacia el infinito». Para Sagan, hay que remontarse a las carabelas de los grandes descubrimientos para comprender la naturaleza y el alcance de una aventura que concierne a toda la humanidad. Por desgracia, nada garantiza que este tipo de progreso vaya a proseguirse de manera lineal. La historia de la ciencia nos inclinaría más bien al escepticismo.
Varias veces, en el pasado, la humanidad rozó descubrimientos esenciales, renunciando a proseguirlos. Observemos, propone Sagan, lo que ocurrió hace 2.500 años en las islas griegas. En Jonia, en la encrucijada de las civilizaciones persa, fenicia, griega y egipcia, Hipócrates creó la medicina, Anaximandro levantó el primer mapa de las constelaciones, Empédocles presintió la evolución de las especies, Pitágoras fundó la aritmética y Tales la geometría, y Demócrito tuvo la intuición de la estructura atómica de la materia. Con todo, un siglo más tarde, las fuerzas del oscurantismo ganaron la batalla, y hubo que aguardar dos mil años para volver a encontrar este primer inicio de la ciencia moderna.
Otros ejemplos de retorno al pasado: el incendio de la Biblioteca de Alejandría, el proceso de Galileo. Otros tantos testimonios de conflicto permanente que, en los occidentales, opone el deseo de saber al deseo de no saber.
«Tenemos tanto miedo del cambio como curiosidad por él. Se dice que Occidente es la cuna de la libertad, pero también siente la permanente tentación de la huida de la libertad y del conocimiento». Estamos, considera Carl Sagan, en uno de esos períodos en que la humanidad vacila. Valoramos las aportaciones de la ciencia, pero estamos al mismo tiempo en busca de indicaciones y de mentores que nos descarguen de nuestras responsabilidades.
Éste sería, según Sagan, el sentido del resurgir actual de los integrismos. Los nuevos oscurantistas, religiosos o totalitarios, estarían dispuestos a unirse bajo una misma divisa: «¡Prohibido pensar!»
Guy Sorman
por Luis Enrique Alcalá | Ene 12, 2006 | LEA, Política |

No hace mucho tiempo desde que Per Bak y su grupo de colaboradores del Centro de Investigaciones Thomas Watson de IBM registrara lo que pasaba en un modelo a escala de avalanchas orográficas. Con un aparato tan sensible que era capaz de hacer caer arena grano por grano sobre una superficie circular, observaban la formación de colinas con una determinada «pendiente crítica», a partir de la cual la caída de un solo grano de arena podía provocar avalanchas. Largos períodos de observación documentaron la regularidad de una distribución con sentido intuitivamente previsible: que una secuencia larga de granos de arena cayendo sobre la colina genera un buen número de pequeños aludes; que en menor medida ocurren aludes de mediano tamaño; que son posibles avalanchas de gran talla, aunque muy poco frecuentes. Y, dicho sea de paso, que no se observa hasta ahora ninguna avalancha que desmorone la colina íntegra.
Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios. Si a un estadio en Ghana se le cierran las puertas mientras se suscita en él un arranque de desorden, y si al enjambre de espectadores se le acomete con gases lacrimógenos y ruido de explosiones, hay que contar conque el resultado no será una trifulca entre una media docena de fanáticos, sino una estampida con saldo de centenares de muertos y heridos. Si al estado Vargas se le cierran sus puertas, luego de seis años de desidia ante su tragedia, no debiera sorprendernos que explotara en expresión de ira desesperada.
Cuando los precios del petróleo subieron hacia el tercer trimestre del año 2000, una protesta de camioneros franceses prendió la mecha de una eclosión que se extendió por España, los Países Bajos, Italia, Nueva Zelanda y pare de contar. (Por cierto, no era una protesta contra la OPEP, sino como esta misma organización advirtiera, contra el nivel impositivo que los gobiernos de países consumidores aplican al gasto de energía). Los enjambres humanos, que a diferencia de las piedras y las arenas cuentan con un creciente grado de intercomunicación, están gradualmente adquiriendo la capacidad de catastrofizar a escala transnacional. No es solamente el comercio lo que se globaliza: también el alcance de la conflictividad social. No está lejos el día de un 27F a escala subcontinental o intercontinental. Mientras llega el día de ese evento nostradámico, cuidado con nuestra propia explosividad.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 12, 2006 | Cartas, Política |

En vano el suscrito ha buscado identificar al autor de una frase poderosa. Perdí su nombre hace ya varios años, y aunque he trasegado el Diccionario Oxford de Citas—sé, al menos, que el autor es inglés—y otras colecciones similares, no logro dar con su identidad. Por eso no puedo darle crédito por haber acuñado lo siguiente: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es una terrible frase y es un pensamiento muy certero. Quien cuenta la historia es quien ha ganado.
La frase es pertinente cuando todavía un núcleo irreductible de radicales recomienda, abierta o veladamente, «medidas drásticas» para este año de 2006—las elecciones no conducirían a nada—y después de siete años de propaganda gubernamental desmedida y abusiva. Por lo que respecta a la dirigida a justificar su rebelión del 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez inauguró esa propaganda en su improvisado discurso el día de su proclamación como Presidente Electo por el Consejo Nacional Electoral. En tal ocasión, de modo por lo demás inoportuno e inelegante, pretendió una vez más justificar lo injustificable y, de paso, en un acto que contó con la presencia del Presidente en ejercicio para esos momentos, expuso la tesis de que de alguna manera la asonada de aquel día había legitimado a Rafael Caldera. Luego, más adentrado en su período, y después de recibir en su contra el golpe de Estado presidido por Pedro Carmona, adelantaría la conveniente tesis de que el alzamiento que le lanzó a la fama no fue protagonizado por golpistas sino por revolucionarios.
El autor de estas líneas había pronosticado, en trabajo concluido en septiembre de 1987—Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela—algún intento de golpe de Estado en fechas cercanas a 1992. Decía en ese trabajo: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Hacia mediados de 1991 era evidente la conformación de una matriz de la opinión pública venezolana sobre un agudo e inconveniente dilema: «o Pérez o golpe». El desasosiego que tal situación causaba me llevó a escribir un artículo que fue publicado por El Diario de Caracas el domingo 21 de julio de ese año, unos seis meses antes del intento de Chávez Frías. Remataba el artículo del modo siguiente: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».
¿Había verdaderamente la posibilidad de esa salida?
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Hipócrates produjo, en tiempos de la Grecia clásica, el primer código de ética profesional que registra la historia. En una de sus estipulaciones, Hipócrates produce una clara distinción entre el arte de los médicos y el de los cirujanos. De hecho, jura no «cortar» a sus pacientes y declara que dejará tal práctica a quienes desempeñen el arte de la intervención quirúrgica. (Todavía en épocas relativamente recientes, los cirujanos, los dentistas o sacamuelas y los barberos formaban un gremio distinto al de los médicos).
El equivalente político de la cirugía es el procedimiento violento del golpe de Estado y de la guerra, así como lo es el asesinato político. El político, como el médico, llegará a recomendar la intervención quirúrgica sólo como último y desesperado recurso. Es decir, el recurso del golpe de Estado o la intervención armada no tiene sentido mientras subsistan medios pacíficos para resolver los problemas que cause un mal gobierno, así como no es dado en derecho a nadie tomar justicia por su propia mano.
A partir de comienzos de 1991 había comenzado a gestarse una creciente presión cívica contra Carlos Andrés Pérez. Varias personalidades distinguidas del país hablaban claramente de la crisis de gobernabilidad del momento. Arturo Úslar Pietri, por ejemplo, entrevistado por Marcel Granier en su programa Primer Plano en diciembre de 1991, exponía su angustia y recomendaba su clásica receta de un «comando de crisis» ante la delicada situación. Por lo que respecta a mi caso, escribí cuatro artículos más sobre la conveniencia de que Pérez renunciara, en una serie que iba escalando la virulencia del planteamiento y culminaba el día 3 de febrero de 1992, un día escaso antes de la rebelión. Es decir, el estado de opinión contra la permanencia de Pérez en el poder se ampliaba con el correr de los días, y no es inconcebible que hubiera terminado en su salida de la Presidencia de la República como consecuencia de la presión cívico-legal, como de hecho ocurrió después en 1993.
Claro que no todo el mundo pensaba de ese modo. Pocos días después de la aparición del primero de mis artículos sobre el tema, Alberto Müller Rojas—el jefe de campaña del «Polo Patriótico», que parecía entonces el más fuerte candidato al cargo de Canciller—argumentaba, en el mismo Diario de Caracas, que era iluso pensar que Pérez se aviniera a renunciar. Diego Bautista Urbaneja opinaba, por su parte, que Carlos Andrés Pérez nos daría una «lección moral» renunciando, pero que los venezolanos no estaríamos en condiciones de asimilarla.
Igualmente, no puede discutirse que las intentonas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 agudizaron el proceso y aceleraron los procedimientos legales contra Pérez. ¿Es que no fue, entonces, legítimo el intento de golpe de Estado de Chávez Frías, como él ha repetido hasta la náusea desde que fuera electo en 1998? Parece mentira que todavía haya necesidad de explicar que su acto rebelde del 4 de febrero de 1992 constituyó un verdadero abuso de poder, dado que estaba armado en su condición de militar activo y comandante de tropas.
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La figura del derecho de rebelión es reconocida en la literatura jurídica, mientras que en la extensa obra de Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, puede encontrarse una escolástica discusión del empleo de métodos violentos en la acción política. (Doctrina de la guerra justa). Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado el derecho de rebelión es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776, tres semanas antes de la Declaración de Independencia norteamericana). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».
En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores nueve años antes, no eran, claramente, una mayoría de la comunidad. Después de la triste fecha escribí: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».
Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, como he explicado, cada vez había más conciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas.
No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante y frontal contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.
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Hugo Chávez Frías es desde 1998 el legítimo Presidente de la República. Lo es no porque se hubiese alzado en 1992, sino porque obtuvo una mayoría de votos en las elecciones presidenciales de 1998 y de julio de 2000. El pueblo que lo eligió no salió a defender su acción durante el 4 de febrero—como tampoco, es cierto, salió a defender a Pérez, que fue lo que Caldera destacó en su famoso discurso de la tarde de ese día. Asimismo, no salió a defender al segundo tomo de la conjura el 27 de noviembre, ni siquiera cuando fue convocado explícitamente para eso por el inolvidable y corpulento señor de la camisa rosada.
El pueblo no le concedió a Chávez Frías mayor apoyo hasta comenzado el año de 1998, pues durante cinco años nunca estuvo en las encuestas por encima de un diez por ciento de la preferencia nacional. Su opción comenzó a ascender sólo después del desplome del primer cauce electoral del descontento venezolano: Irene Sáez, que abrió la boca en demasía y a quien se le cayó, como pudiera pasar a este gobierno con el Viaducto Uno, la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao.
La legitimidad indudable de Chávez Frías, entonces, le vino de los votos y del enorme esfuerzo político de su campaña, justo es reconocérselo. De las varias vueltas que dio por el país, argumentando, discutiendo, convenciendo, aun a partir de su resentida violencia. Si Sáez no hubiera sido Sáez, si Salas no hubiera sido Salas o Alfaro no hubiera sido Alfaro; si hubiese sido posible la emergencia de un competidor verdaderamente sustancial y pertinente, Chávez Frías no habría sido nunca elegido Presidente. Ahora lo es, y del mismo modo que ahora escribo esto, condenaría cualquier intento parecido al suyo en su contra.
Porque es que la crítica esbozada arriba también tendría que aplicarse, por ejemplo, a un tal «Comando Nacional de Resistencia», que se ha autoungido para «coordinar acciones» distintas de la electoral. El puñado de personas que lo integra no tiene el más mínimo derecho de conspirar, de pretender que representa a los venezolanos, pues no cumplen con la regla de Virginia: no son la mayoría, ni tampoco han recibido delegación de poderes de una mayoría.
En estos tiempos de emergencia de candidaturas presidenciales, debiéramos destacar la incongruencia de candidatos que pretendan participar electoralmente luego de haber predicado constantemente que Venezuela no tiene salida electoral.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 10, 2006 | Fichas, Política |

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El ilustre dermatólogo y ex embajador Francisco Kerdel Vegas, infatigable constructor de venezolanidad, fue quien me alertara sobre el concepto que Rudolf Virchow (1821-1902), el gran patólogo alemán que sirvió igualmente como parlamentario de su país, tenía de la política. La entendía como actividad de carácter médico. El contexto del inestimable dato fue una conversación en la que explicaba al Dr. Kerdel que ése era precisamente mi enfoque explícito a partir de 1984.
El nombre de Virchow es mencionado de entrada en un inusual artículo de diciembre de 2005 en la revista Scientific American, cuyo autor es Robert Sapolsky. De éste indica la revista que es profesor de biología y neurología de la Universidad de Stanford e investigador asociado de los Museos Nacionales de Kenya. La Ficha Semanal #80 de doctorpolítico consiste en la traducción de las tres primeras secciones de ese revelador artículo. (Sick of poverty).
No es un enfoque convencional de la relación entre pobreza y mala salud, que usualmente damos por sentada sin dedicarle más examen. Los terribles datos que Sapolsky ofrece tersa e implacablemente llaman a la vergüenza de que tantos congéneres de nuestra especie sufran el asedio crónico y abigarrado de la pobreza.
En uno de sus puntos el artículo presenta gráficamente, para los Estados Unidos, el llamado «índice de Robin Hood», que es una medida de la desigualdad en la distribución del ingreso. Es el porcentaje del ingreso total de la comunidad que debe tomarse de los ricos (aquellos con ingreso superior al promedio) y dado a los pobres (de ingreso inferior al promedio) para lograr una distribución igualitaria. Los estados que tienen un más alto índice de Robin Hood tienden asimismo a tener tasas mayores de mortalidad. (El peor, por cierto, es el estado de Luisiana).
En otra ocasión se registró acá (Ficha Semanal #51, 21 de julio de 2005) cómo Jeffrey Sachs, el experto internacional en economía de la pobreza propuso el año pasado una «economía clínica», a la que dedicó todo el capítulo cuarto de su libro The End of Poverty. (Penguin, 2005). Si es que no hubiera otras razones que no fueran las meramente metafóricas o metodológicas para aproximar la política y la medicina, el artículo de Sapolsky encuentra una conexión indisoluble entre ambas: la enfermedad de la pobreza. Es malo ser pobre.
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Enfermo de pobreza
Rudolf Virchow, el neurocientífico alemán del siglo 19, médico y activista político, maduró con dos eventos dramáticos: una epidemia tifoidea en 1847 y las fracasadas revoluciones de 1848. De estas experiencias extrajo dos aprendizajes: primero, que la diseminación de la enfermedad tuvo mucho que ver con espantosas condiciones de vida y, segundo, que los que están en el poder tienen enormes medios para subyugar a aquellos que no lo tienen. Como sintetizó Virchow en su famoso epigrama, «Los médicos son los abogados naturales de los pobres».
Los médicos (y los científicos biomédicos) son los abogados de los desprivilegiados porque la pobreza y una salud pobre tienden a ir de la mano. La pobreza significa comida mala o insuficiente, condiciones de vida insalubres e innumerables factores adicionales que conducen a la enfermedad. Sin embargo, no se trata simplemente de que la gente pobre tiende a no ser saludable cuando los demás están bien. Cuando examinamos el status socioeconómico (SES), una medida compuesta que incluye ingreso, ocupación, educación y condiciones de la vivienda, es claro que, comenzando por el estrato más rico de la población, cada paso hacia abajo en el SES está correlacionado con una salud más pobre.
Este «gradiente SES» ha sido documentado en sociedades occidentalizadas para problemas que incluyen enfermedades respiratorias y cardiovasculares, úlceras, desórdenes reumatoides, enfermedades psiquiátricas y varios tipos de cáncer. No es un sutil fenómeno estadístico. Cuando se compara los escalones más altos del SES con los más bajos, el riesgo de algunas enfermedades varía por un factor de 10. Algunos países exhiben una diferencia de 5 a 10 años en la esperanza de vida a lo largo del espectro del SES. Entre las naciones occidentales, los Estados Unidos tienen el gradiente más pronunciado; por ejemplo, un estudio mostró que los hombres blancos más pobres en EEUU mueren alrededor de una década antes que los más ricos.
Entonces, ¿qué origina esta correlación entre SES y salud? Un SES más bajo puede dar origen a una salud más pobre, pero recíprocamente una salud más pobre puede también dar origen a un SES inferior. Después de todo, la enfermedad crónica puede comprometer la educación y la productividad en el trabajo, además de generar gastos enormes.
Sin embargo, el grueso de los hechos sugiere que la flecha va del estatus socioeconómico a la salud—que el SES en cierto punto de la vida predice posteriores mediciones de la salud. Entre las muchas demostraciones de este punto se encuentra un notable estudio de monjas norteamericanas de edad avanzada. Todas habían hecho sus votos como jóvenes adultas y después habían pasado muchos años compartiendo dieta, cuidado de la salud y vivienda, por lo que quedaban controlados estos factores del estilo de vida. Sin embargo, en su edad anciana, los patrones de enfermedad, la incidencia de demencia y su longevidad, todavía eran significativamente predichos por su SES de cuando se hicieron monjas, por lo menos con medio siglo de anticipación.
Explicaciones inadecuadas
Entonces, para usar una maravillosa frase común en este campo ¿cómo se mete «bajo la piel» el SES para influir sobre la salud? Resulta que las respuestas que parecen más obvias no se sostienen por mucho. Una de esas explicaciones, por ejemplo, postula que el cuidado de la salud es menos fácilmente accesible para los pobres y de menor calidad. Esta posibilidad parece creíble cuando uno considera que para el pobre en los Estados Unidos no existe el médico familiar, y el cuidado médico consiste únicamente de viajes a las salas de emergencias.
Pero esa explicación se cae por razones muy claramente expuestas en los afamados estudios Whitehall de Michael G. Marmot, del Colegio Universitario de Londres, durante las últimas tres décadas. Marmot y sus colegas han documentado un conjunto de dramáticos gradientes de SES en una población estratificada convenientemente, esto es, los miembros del servicio civil británico (que incluye desde obreros hasta ejecutivos de considerable poder). Los mensajeros y los porteros, por ejemplo, tienen tasas de mortalidad por enfermedad cardiaca crónica que son mucho mayores que las de los administradores y profesionales. La falta de acceso a la atención médica no puede explicar el fenómeno, por cuanto el Reino Unido, a diferencia de los Estados Unidos, tiene cuidado de salud universal. Gradientes de SES similares ocurren también en el paraíso sanitario escandinavo, y las diferencias siguen siendo significativas aun cuando los investigadores compensen la medida en la que los sujetos usan los servicios médicos en realidad.
Otro hallazgo decidor es que los gradientes de SES se evidencian en enfermedades para las que el acceso a los servicios de salud es irrelevante. Ningún número de chequeos médicos, exámenes de sangre o tomografías va a cambiar la probabilidad de que una persona desarrolle diabetes del tipo 1 (de emergencia juvenil) o artritis reumatoide, y sin embargo ambas condiciones son más comunes entre los pobres.
La siguiente explicación «obvia» se centra sobre estilos de vida malsanos. A medida que se desciende en la escala SES en sociedades occidentalizadas, es más probable que la gente fume, beba excesivamente, sea obesa y viva en un vecindario violento, contaminado o densamente poblado. La gente pobre también tendrá menor probabilidad de acceso al agua limpia, comida sana y clubes de salud, sin mencionar la calefacción adecuada en el invierno y aire acondicionado en el verano. Así, parece evidente que un menor SES se mete bajo la piel al aumentar los riesgos y disminuir los factores de protección. Robert G. Evans, de la Universidad de Columbia Británica lo ha expuesto con mordacidad: «No es probablemente sabio beber aguas negras, ni siquiera para Bill Gates».
Lo que es sorprendente, sin embargo, es cuán poco del gradiente de SES explican estos factores de riesgo y protección. En los estudios Whitehall, el control de factores como el cigarrillo y el nivel de ejercicio indicaba que éstos sólo podían explicar alrededor de una tercera parte del gradiente. Este mismo punto fue establecido por estudios que comparaban riqueza y salud entre naciones, en vez de dentro de ellas. Es razonable suponer que mientras más rico es un país, más recursos financieros tienen sus ciudadanos para comprar protección y evitar riesgos. Si esto es así, la salud debiera mejorar incrementalmente a medida que nos movemos hacia arriba en el gradiente de riqueza entre las naciones, así como entre los ciudadanos dentro de naciones individuales. Pero éste no es el caso. En vez de esto, en el cuarto superior de las naciones más ricas, no hay relación entre la riqueza del país y la salud de su gente.
Así, el acceso a servicios de salud, la utilización de ellos y la exposición al riesgo o factores protectores no explican el gradiente SES/salud tan bien como pudiéramos suponer. Uno debe por tanto considerar si la mayor parte del gradiente surge de un conjunto distinto de consideraciones: las consecuencias psicosociales del SES.
Estrés psicosocial
Idealmente el cuerpo está en equilibrio homeostático, un estado en el que las medidas vitales de la función humana—pulso, tensión arterial, niveles sanguíneos de azúcar, etcétera—están dentro de sus rangos óptimos. Un «estresor» es cualquier cosa que amenaza con quebrar la homeostasis. Para la mayoría de los organismos un estresor es un reto físico agudo—por ejemplo, la necesidad de una gacela herida de saltar para salvar su vida o la de un depredador hambriento de cazar su alimento. El cuerpo está admirablemente adaptado para tratar con retos físicos instantáneos a la homeostasis. Se liberan entonces depósitos de energía, incluyendo la glucosa, y el tono cardiovascular aumenta para facilitar la distribución del combustible requerido por el ejercicio del músculo en el cuerpo. La digestión, el crecimiento, la reparación de tejidos, la reproducción y otros procesos fisiológicos no necesarios para sobrevivir son suprimidos. El sistema inmunitario se activa para impedir patógenos oportunistas. La memoria y los sentidos se aguzan momentáneamente.
Pero las especies cognitiva y socialmente sofisticadas, como los primates, habitan rutinariamente un reino de estrés diferente. Para nosotros, la mayoría de los estresores tiene que ver con interacciones dentro de nuestra misma especie, y pocos alteran físicamente la homeostasis. En vez de esto, tales estresores psicosociales involucran la anticipación (precisa o no) de un reto inminente. Y la característica resaltante de un estrés psicológico y social de esa clase es su cronicidad. Para la mayoría de los mamíferos, un estresor dura sólo unos pocos minutos. En contraste, nosotros los humanos podemos preocuparnos crónicamente por una hipoteca de 30 años.
Desafortunadamente, nuestra respuesta corporal, adaptativa para un estresor físico agudo, es patogénica para un estrés psicosocial prolongado. Un aumento crónico del tono cardiovascular trae consigo una hipertensión inducida por el estrés. La constante movilización de energía aumenta el riesgo de severidad de enfermedades como diabetes tipo 2 (de emergencia adulta). La inhibición prolongada de la digestión, el crecimiento, la reparación de tejidos y la reproducción, aumenta el riesgo de varios desórdenes gastrointestinales, impedimentos del crecimiento en niños, fracaso de la ovulación en mujeres y disfunción eréctil en varones. Una respuesta inmune al estrés demasiado prolongada en último término suprime la inmunidad e impide las defensas contra la enfermedad. Y la activación crónica de la respuesta al estrés altera la cognición, así como la salud, el funcionamiento e incluso la supervivencia de algunos tipos de neuronas.
Una extensa literatura biomédica ha establecido que los individuos tienen más probabilidad de activar una respuesta al estrés y están en mayor riesgo de enfermedades sensitivas al estrés si (a) sienten que tienen mínimo control sobre los estresores, (b) sienten que no tienen información predictiva acerca de la duración e intensidad del estresor, (c) tienen pocos desahogos para la frustración causada por el estresor, (d) interpretan el estresor como una evidencia del empeoramiento de las circunstancias y (e) carecen de apoyo social para la opresión causada por los estresores.
Los estresores psicosociales no están distribuidos equitativamente en la sociedad. Así como los pobres tienen una participación desproporcionada de estresores físicos (hambre, trabajo manual, deprivación crónica de sueño por un segundo trabajo, el colchón dañado que no puede ser reemplazado), también tienen una cuota desproporcionada de estresores psicosociales. El entumecedor trabajo en una cadena de producción y toda una vida ocupacional recibiendo órdenes erosionan el sentido de control de los trabajadores. Autos en los que no se puede confiar pues pudieran no arrancar por la mañana y cheques de salario que pueden no durar el mes infligen impredecibilidad. La pobreza rara vez permite actividades liberadoras de estrés tales como pertenencia a clubes de salud, hobbies relajantes pero costosos o sabáticos para repensar prioridades. Y a pesar del cálido estereotipo de la «comunidad pobre pero amorosa», el trabajador pobre tiene típicamente menor apoyo social que las clases medias y superiores, gracias a los trabajos extra, largos viajes en transporte público y otras cargas.
Marmot ha mostrado que independientemente del SES, mientras menos autonomía tenga uno en el trabajo peor será su salud cardiovascular. Más aún, un bajo control en el sitio de trabajo es responsable por aproximadamente la mitad del gradiente SES de enfermedades cardiovasculares en sus poblaciones de Whitehall.
Robert Sapolsky
por Luis Enrique Alcalá | Ene 5, 2006 | LEA, Política |

Hace nada que Evo Morales, nuestro reciente visitante, era recibido con grandes honores en Cuba, país al que este gobierno ha enviado como embajador a un hermano del presidente Chávez, Adán. Es así como Fidel Castro se encontraba entre Adán y Evo.
En el Paraíso Terrenal sólo dos inteligencias podían colarse entre Adán y Eva: la del Creador y la de la satánica serpiente. El Creador ha dado el origen a la primera pareja del Génesis, la serpiente la ha unido en pecaminoso pacto. ¿Qué manzana habrá aceptado Adán de Evo en la isla del Mar de la Felicidad?
Morales ha venido a Caracas, de donde se lleva una buena conversación con el Presidente de Venezuela y un convenio de asistencia petrolera por producto agrícola. Se ha retratado con Chávez y con el general retirado Ollanta Humala, candidato presidencial peruano, la más reciente incorporación a la ola izquierdista en América del Sur. ¿Puede esperarse de Evo Morales una conducta idéntica a la de Chávez?
No parece creer tal cosa Álvaro García Linera, quien es tenido por la eminencia gris del equipo de Morales. Con suave claridad ha declarado a la BBC: «Evo Morales, esta candidatura, este partido, ve con simpatía lo que pasa en América Latina en términos de gobiernos progresistas. Pero más allá de eso, no hay la búsqueda de imitar a nadie. Evo Morales no es chavista ni lulista, es evista. Aquí está surgiendo un proyecto distinto con fuerte contenido indígena. Estamos ante el surgimiento del ‘evismo’ como un fenómeno político continental, que así como recibe enseñanzas de otras partes de América Latina, seguramente va a enseñar, de manera humilde».
Igualmente, no parece ser un denunciador a ultranza del capitalismo salvaje, pues enumera así la oferta a las inversiones extranjeras de parte del nuevo gobierno boliviano: «Tres cosas: reglas duraderas, necesitan certidumbre y me parece correcto. Les garantizamos recuperación de sus inversiones. Pero inversiones certificadas, no inventadas. Y les garantizamos un ganancia promedio para sus accionistas».
Claro, no deja de observar: «Cuando Bolivia explotaba solita—sin inversión extranjera—sus propios recursos, en el año 95, le entregaba al Estado US$ 390 millones. Luego vinieron once empresas petroleras, dicen que invirtieron US$ 3.000 millones—veremos si lo han invertido—descubrieron 37 trillones de pies cúbicos, exportaron gas al Brasil, a la Argentina, y hasta enero de este año entregaban US$ 20 millones más que lo que entregaba el gobierno boliviano hace diez años. Que no nos vengan tampoco con cuentos».
Y corona—al descartar un culto a la personalidad de Evo Morales—con una observación sorprendente que refutaría la habitual caricatura de Bolivia: «No, los cultos a la personalidad surgen en sociedades con un tejido social relativamente débil, y si ustedes conocen un poco de Bolivia, ven a la sociedad más organizada de América Latina. Todo es organizado aquí, todos tienen gremio, sindicato, federación. Eso es muy bueno porque habla de un tejido social muy activo, muy autónomo. Esta pluralidad de la sociedad civil limita la formación de caudillismos excesivamente centralistas. Si bien hay el ‘evismo’ en términos de un liderazgo continental fuerte, nadie lo está imaginando como un caudillo en torno al cual hay que hacer un culto a la personalidad. Quizás aquí, con el tiempo, surgirán otros líderes indígenas con la capacidad de continuar la posta de lo que vaya a hacer Evo Morales».
Si García Linera tiene razón y no habla falazmente, quizás Morales termine ofreciendo una lección o dos a Hugo Chávez.
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