por Luis Enrique Alcalá | Feb 2, 2006 | Cartas, Política |

En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es verdaderamente muy grande. El candidato «incumbente» las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez en 2006—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo.
¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. Letra chiquita: por todos los medios al alcance.
En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.
En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del proverbial camello atravesando por el ojo de una aguja.
Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, golpista, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, ineficaz, verboso, sofista, irresponsable, incompetente, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.
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Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?
Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar a los pobres, en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.
Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?
Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».
Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera «bolivariana» de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.
En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía, al desmembrarse Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.
Del mismo modo Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza, al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. Ser rico es malo; ergo, los pobres son los buenos.
Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, dos décadas antes de su asunción al poder.
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Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).
Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la parroquia 23 de enero.
Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». Así se habría pasado sobre su discurso.
Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.
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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.
La segunda fuente y forma son de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?
La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?
Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?
Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes «transweberianas», más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.
Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.
Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.
Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta años—nunca se equivoca».
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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.
Pero ni siquiera los anteriores rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa. Como decía Santo Tomás de Aquino, la verdad se encuentra en todas partes.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 31, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Hace unos pocos días, Evo Morales se molestó con un periodista que le preguntó si no creía que Fidel Castro era un dictador y terminó abruptamente la entrevista. En oportunidad posterior opinó firmemente que a su juicio el hombre fuerte de Cuba era un «demócrata». Es claro que Morales emplea un sentido sui generis del término democracia, pues en ninguna parte es más evidente que en Cuba el imperio de la autocracia. Si Fidel Castro no muere antes, dentro de tres eneros la revolución castro-comunista cumplirá cincuenta años en el poder, y en ese medio siglo ninguna otra persona que Castro ha tomado las decisiones políticas principales en la isla.
Justamente al inicio de este terrible período, John J. Putnam, un periodista norteamericano, visitó a Cuba para, como lo pone él mismo, «ver una revolución». Cuarenta años más tarde regresó, enviado por la revista National Geographic y acompañado del fotógrafo David Alan Harvey, para elaborar un gran reportaje acerca de la vida cubana tal como se manifestaba en 1999. La Ficha Semanal #83 de doctorpolítico consiste de las primeras secciones de ese trabajo de Putnam, extraídas de la versión española de la revista de junio de ese año.
La lectura completa del largo artículo revela que Putnam no pretende condenar a priori. Por lo contrario, cada vez que puede, su obvio afecto por los cubanos le lleva a presentar los hechos bajo una luz favorable. No hace, pues, otra cosa que registrar los hechos como los encuentra, y los hechos hablan por sí mismos.
No hay justificación alguna para que una voluntad omnímoda se imponga sobre toda una población durante ya cuarenta y siete años para, a cambio de la libertad, establecer una sociedad tan depauperada y privada de dignidad, esquizoide en sus angustiadas y contradictorias respuestas. Reporta Putnam: «Fidel fue el único tema al que los cubanos se mostraron reacios. Le pregunté a un hombre si quizás ya era hora de que el comandante se retirara. Se molestó. ‘Retirarse sería cobarde’. Luego me dijo un antiguo refrán español: ‘No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista’».
LEA
…
Mare felicitas
El sendero de montaña estaba resbaloso, difícil, lleno de piedras, con lluvia y lodo, y me llevó a un mundo fresco, neblinoso y muy diferente a las calurosas planicies ubicadas en sus faldas. El camino llevaba a La Plata, el campamento en la montaña donde en 1958 Fidel Castro planeó los últimos ataques guerrilleros contra el ejército del presidente Fulgencio Batista.
Mi acompañante era Rubén Araujo Torres, de 60 años de edad, un hombre bajo y robusto con un sombrero de yarey (paja) de campesino, que se había unido a la causa de Castro desde entonces, ayudando a recoger medicina y jabón de escondites secretos que luego intercambiaba por comida con los campesinos para llevarla a las guerrillas refugiadas en las cimas. «Era peligroso. El ejército estaba en todas partes». ¿Por qué se unió a Castro? «Los amigos decían ‘Ven, vente con nosotros’. Yo sabía que los otros (el ejército) estaban quemando y matando, así que me les uní». Rubén terminó del lado de los vencedores. Desde estas montañas, en la Sierra Maestra, Castro y sus combatientes vencieron al ejército de Batista.
Pasamos puestos de vigilancia y algunos edificios anexos para llegar a la casa de madera y techo de guano (pencas u hojas de palma) de Castro, ubicada en una pendiente empinada sobre un arroyo alimentado por un manantial entre un mar de vegetación.
La casa tiene dos habitaciones: la cocina, donde hay un refrigerador de queroseno con un agujero de bala, y un pequeño cuarto con ventanas de madera en tres de sus muros, que se mantienen abiertas con palos.
«Fidel hizo el librero y aquellas sillas—dijo Rubén—. Hizo esta silla para él y la otra para Celia». Celia Sánchez era su ayudante de campo. Salí de la casa y me senté en una banca. «Fidel a veces se sentaba ahí a escribir—dijo Rubén—. Es la madera original, fuerte; duradera».
Celia estaba constantemente al lado de Castro tomando nota, atenta a todo y haciendo tareas de apoyo; permaneció a su lado hasta su muerte en1980.
«Celia plantó estas flores—dijo Rubén—, marpacífico». Yo había notado los pétalos de color rojo encendido en el sendero cuando llegamos y ahora me parecían recuerdos de una época cuando todos aquí eran jóvenes y todo el mundo era verde.
40 años después de la Sierra Maestra, Fidel Castro, el comandante en jefe, aún domina Cuba. Sin embargo, Cuba está cambiando y su futuro es incierto. El fin de la ayuda económica de la antigua Unión Soviética ha llevado a la búsqueda de dinero nuevo, nuevos amigos y nuevas formas de hacer las cosas. Y el comandante está envejeciendo. La gente se pregunta quién lo sustituirá y cuando. Yo quería adentrarme en esas preguntas y también en las interrogantes acerca de cómo es la vida en Cuba ahora y qué piensa la gente sobre su presente, sus problemas, su futuro.
Sabía que tendría que recorrer toda la isla, hablar con la gente de todos los niveles, permitirles que les dieran forma a sus historias. Para mi sorpresa, descubrí que casi todo el mundo quería hablar; al fin, era como si con el control más relajado hubiera miles de conversaciones reprimidas y experiencias que compartir. Sólo hacía falta alguien que quisiera escucharlas.
Decidí empezar en La Habana, esa magnífica y desmoronada ciudad de 2,2 millones de almas, que ahora se dice es dos ciudades: una que representa la antigua forma socialista y otra la nueva.
Dibujé un círculo alrededor d una manzana en un mapa de la Habana Vieja, el corazón histórico de la ciudad, donde empezaría a buscar cómo era la vida actual. De un lado de la manzana estaba Obispo, la calle turística que se extiende desde el antiguo lugar donde Hemingway pasaba su tiempo, El Floridita, hasta la Plaza de Armas, construida en el siglo XVI. Las otras calles de la manzana no eran turísticas, pero sí estrechas, llenas de gente, baches, carretas, voces, música, perros, ropa tendida en los balcones y un colchón que era bajado por medio de una cuerda de un piso superior. Fui a Obrapía no. 508 para encontrarme con el médico de la familia del barrio, un burócrata de un sistema que ofrece servicio médico gratuito a todos los cubanos.
El médico Luis Brito, de 29 años de edad, trabaja en una pequeña habitación caliente y húmeda. Conforme pasan los pacientes de un pasillo oscuro de afuera, él los escucha con atención y les toma la presión arterial. Una mujer sufre de depresión, otra de un dolor en las rodillas y un niño de asma. Un joven padecía blenorragia. Para las 11:30 de la mañana, el doctor Luis Brito había visto 20 pacientes y tomó un descanso.
«En teoría, soy responsable de 120 familias—dijo—, pero más bien son 130. Más de 500 personas en tres manzanas». El consultorio del doctor era austero y poco iluminado a falta de bombillas eléctricas, y contaba con pocas medicinas. Inquirí sobre los informes de que los médicos cubanos están bien instruidos pero que carecen de equipo y medicinas, y que debido a la escasez los hospitales algunos días pueden realizar solamente operaciones de emergencia y que muchos cubanos reciben las medicinas que necesitan de parientes en Estados Unidos.
«Debe entender—dijo Brito—que soy un hijo de la revolución, crecí con la revolución, y que creo que siempre hay una solución aquí». Si le faltaba un medicamento recetaba otro. «Y también está la posibilidad de la medicina alternativa, como la acupuntura y la homeopatía»
Por sus esfuerzos, el doctor obtiene un apartamento amueblado y 400 pesos (20 dólares) al mes, que no son suficientes para el sustento, de forma que ayuda a su esposa, Yumila, haciendo aretes y collares de cerámica para venderlos en el mercado a los turistas.
En la manzana las bodegas—tiendas de productos alimenticios racionados—se localizan en la esquina de Obrapía y Villegas; una para carne (salchichas de contenido incierto) y otra para verduras («Hoy no hay papas—dijo una joven y sonriente mujer—. Tal vez mañana, tal vez pasado mañana»). Todo el mundo tiene una pequeña libreta de racionamiento, que enlista los gramos de lo que cada persona puede comprar, a precios bajos, en las tiendas del gobierno. Vi una: indicaba un pan por persona diario. Al que tenga algunos centavos extra, un hombre le lleva su ración a domicilio en un carrito de mano. «Tienes pollo a lo mejor cuatro veces al año—dijo un hombre—, pero con seguridad dos». Uno puede comprar más comida en los mercados privados, pero a precios mucho más altos.
En Villegas no. 212 se encuentra la casa de Lourdes González, presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de la cuadra y encargada de ver que se lleven a cabo las tareas socialistas: reciclaje, patrullaje nocturno de la calle y campañas de salud, como vacunas contra polio para todos los niños.
Tiene un libro donde se enlista a todos los vecinos de la cuadra. «Nadie puede vivir aquí, ni temporalmente, sin estar bajo control». El cederista (miembro de un CDR) está en busca de antisocialistas, «aquellos que no trabajan ni estudian, que engañan o roban, que no hacen nada por nadie, ni siquiera por sí mismos».
¿Qué pasa si se detecta a un antisocialista? «Debemos avisar a la policía. Ellos se ven con la persona y la ponen bajo advertencia. La vigilan y podría enfrentar penas de hasta cuatro años de prisión».
Las reglas son estrictas en la vida cotidiana. Legalmente, uno no puede comprar ni vender una casa o apartamento; si quieres mudarte, vas y te unes a una multitud en el paseo (camellón o espacio central) del Paseo del Prado para leer los avisos de permuta (intercambio de domicilio) colocados en los árboles.
Una mujer joven, recién casada, que desea que su nuevo esposo vaya a vivir a la casa que ella comparte con su hermano y padrastro, lo primero que debe hacer es conseguir un permiso temporal de cambio de residencia, válido por tres meses, ya que ése es el tiempo que lleva el papeleo para obtener un permiso permanente. Además, debe acudir con las autoridades de vivienda y un notario y solicitar a la oficina de arquitectura la visita de un inspector que verifique que aun con un habitante más, la casa todavía cumple con las normas: diez metros cuadrados por persona.
«Y hay más—me dijo la joven, permiso en mano—, te tienes que registrar en el CDR, ir a la oficina de carnet de identidad, a la oficina de libretas de racionamiento y de licencias de conducir para obtener documentos nuevos. Si lo hacemos todo en más de tres meses, nos podrían multar conm 1.300 pesos—rió—. Es ridículo».
Jorge, de 28 años, conductor de un taxi-triciclo, estaba tratando de pedalear hacia el porvenir. Su trabajo es duro. «Al final del día estoy muy cansado, y algunas mañanas me levanto con dolor en las piernas y la espalda». Pero con los turistas extranjeros, durante un día bueno, puede ganar 15 dólares, lo que le posibilita seguir haciendo los pagos de su triciclo; aunque tiene una preocupación: que el Estado, que permite este pequeño ejemplo de empresa privada, cambie las reglas. Ya lo ha hecho antes. Mientras tanto, Jorge sigue pedaleando.
Los viajes de Jorge lo llevan tanto por la Cuba vieja como por la nueva, presente en toda La Habana: hoteles flamantes, nuevos taxis fabricados en Corea con radioteléfonos y choferes con camisa y corbata, multitudes de turistas y hombres de negocios extranjeros. El dólar estadounidense está por todas partes y es la moneda utilizada por todos los visitantes; la divisa llega a los cubanos por millones gracias a parientes que viven en Estados Unidos. El dólar está ayudando a crear dos sociedades en Cuba: una con dólares, la otra sin ellos.
Un cubano refunfuñó: «Todas las tiendas nuevas venden sólo en dólares, no en pesos». Los mejores hoteles, con CNN en la televisión y mucha comida, aceptan exclusivamente dólares. Los cubanos, en su mayor parte, son detenidos en la puerta a menos que trabajen allí o sean invitados de extranjeros portadores de dólares. «Es una especie de apartheid, dijo un cubano. Con los dólares de los turistas, las prostitutas y los estafadores han regresado a las calles de La Habana como en los días de Batista, y el gobierno está por tomar medidas enérgicas.
Sin embargo, el turismo contribuyó con más ingresos a la economía cubana en 1998 que el azúcar, antiguamente el principal recurso económico. En 1997, Cuba tuvo 1,2 millones de visitantes; en 1998, 1,4 millones, y se esperan dos millones para el año 2000. El 53 por ciento de los turistas llegan de Europa y el resto prácticamente nada más de Canadá y Latinoamérica. Los nuevos hoteles representan inversiones de socios extranjeros, en su mayoría europeos y canadienses.
Un nuevo muelle en La Habana espera cruceros que traerán más turistas. Cuba da la bienvenida a los estadounidenses; no obstante, el embargo contra Cuba, que prohíbe el comercio con la isla, estipula que los ciudadanos de ese país, salvo exoneraciones, no pueden gastar dinero allí, aunque miles la visitan ilegalmente.
Todos esperan que las normas cambien, pero nadie sabe cuándo; de forma que la inminente llegada de los estadounidenses en gran número, su dinero, sus exigencias, yacen en el horizonte como una gran nube tormentosa sobre el mar, que algún día traerá lluvia sobre la vieja ciudad y la cambiará para bien o para mal.
El Ministerio de Turismo ha empezado a utilizar Internet. Mientras tanto, el cubano común tiene negado su uso. La vida en Cuba hoy día es rica en contradicciones, y al parecer en nada más.
John J. Putnam
por Luis Enrique Alcalá | Ene 26, 2006 | Cartas, Política |

El científico social no trata con individualidades; sus objetos son agregados de individuos, grupos, comunidades, sociedades. En un cierto sentido procede como un médico, a quien es imposible tratar a un enfermo de hepatitis considerando cada célula hepática por separado, y debe tratar al hígado como un sistema, como un aparato o conjunto.
O, como proponía Maximilian (Max) Weber, el científico social debe construir «tipos ideales», conceptos armados a través de la integración lógica de rasgos extraídos de la realidad. Así, el tipo ideal de democracia se construirá a partir de rasgos existentes, preferiblemente comunes a varias instancias concretas de democracia, los que se abstraerán e integrarán para constituir el concepto que según Weber permitiría una discusión científica de lo social, en este caso una discusión científica sobre democracia. Nada en la realidad, por otra parte, es idéntico a un tipo ideal.
Un tipo ideal, además, no se entiende en el uso común del término, como algo positivo, intrínsecamente deseable. Es posible tanto hacer un tipo ideal de centro de culto como un tipo ideal de cámara de tortura. Aquí la palabra ideal sólo dice que se trata de algo que existe únicamente en el plano de las ideas.
Es así como pudiera construirse un tipo ideal de opositor. O, más específicamente, un tipo ideal de opositor en Venezuela en este año de gracia de 2006. Todavía más enfocado, un tipo ideal de opositor en grado patológico. Hay un opositor que es patológico porque su conducta (ideal) conspira contra las posibilidades de éxito de la oposición y también porque se daña a sí mismo. ¿No vale la pena preguntar por los rasgos de este tipo de opositor? Si se quisiera aumentar la probabilidad de que la oposición prevaleciera y al mismo tiempo impedir el sufrimiento del opositor patológico ¿no convendría examinar y describir a este sujeto en términos de un tipo ideal?
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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo, una manifestación más de la maldad de su régimen.
Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume les causará mayor irritación. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.
Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.
Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente patriota.
Si, por otra parte, soy gente de clase media o baja, mi participación en un movimiento en el que destacan notables figuras de la más alta clase me confiere movilidad social vertical, sobre todo si logro identificarme con algún atuendo característico de la clase alta, como un sombrero de Panamá. Ahora me codeo con los más ricos y hasta parezco adinerado.
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El tipo weberiano de opositor es, asimismo, un ser inerrante; nunca se ha equivocado. Carmona habría tenido razón al volarse sin remilgos la Asamblea Nacional entera y anular la designación bolivariana de la república; el paro que siguiera al carmonazo habría sido la medida justa, sobre todo cuando entró en él la «gente del petróleo»—a pesar de que por su acción se acelerara grandemente lo que presumían un desenlace inconveniente e inevitable. («Chávez nos iba a fregar—otro verbo más castizo fue el empleado—en dos años; con el paro petrolero hicimos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses». Tuvo razón Carmona; tuvieron razón Ortega y Juan Fernández, tuvieron razón Enrique Mendoza y Pompeyo Márquez. («Político que no negocia no es político», y aquella prescripción sobre la «rendija» por la que había que pasar). Era correcto abstenerse el 30 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005; era lo acertado retirarse de las elecciones del 4 de diciembre del año pasado, aunque de esa manera se entregara todo el frente al enemigo.
Para esta psicología, la retirada y abstención del 4 de diciembre fueron, increíblemente, incomprensiblemente, un triunfo extraordinario, presagio en sí mismo del descalabro del régimen. Un nuevo espejismo triunfalista domina esa psiquis, cuando si algo estuvo claro el 4 de diciembre es que los electores no fueron cautivados por el discurso oficialista, pero mucho menos por el opositor. (Retirar las candidaturas a última hora era realmente un intento burdo por impedir el implacable juicio y el más patente rechazo a la oferta de oposición que pronosticaban, una vez más, todas las encuestas).
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El tipo ideal de opositor existencial, adicto e inerrante es también supersticioso. La Dra. Magaly Villalobos mostró este rasgo en trabajo al que llamó Caimanes de un mismo caño (2004), en el que encontraba más de una similitud entre el opositor radical y el chavista duro. En particular, describía la imaginería supersticiosa de cierta oposición, que a la superchería mariano-lioncista y santera de la afiliación oficialista, opone las estampitas virginales y pretende que la Madre de Dios ha sacado carnet de la Coordinadora Democrática.
Claro, esta concupiscencia supersticiosa ha sido estimulada desde altas esferas, como cuando un cardenal—que no es Rosalio—sugiriera en la Catedral de Caracas que los deslaves e inundaciones que asolaron el estado Vargas en 1999 eran ¡un castigo de Dios a la soberbia presidencial!
¿No había una relación numerológica implacable entre la fecha del referendo revocatorio y el número 2021, o algo así, que hacía ineludible la caída de Chávez? ¿No lo habían determinado los astros de algún modo?
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El tipo ideal de opositor que estamos considerando es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: «Hay que calentar la calle» (de allí la marcha del domingo 22 para conmemorar el 23 de enero); «lo que hay que hacer es constituir un movimiento de movimientos»; «si no hay un CNE confiable no se puede ir a elecciones»; «la unidad es necesaria por encima de cualquier cosa, y debemos tener un solo candidato opositor».
Entonces, para mostrar que hay unidad se señala que los partidos decidieron, «unitariamente», no participar en las elecciones del 4 de diciembre y se entarimaron unitariamente el domingo 22 de diciembre. Y volvimos a ver al mismo liderazgo que produjo error tras error y fracaso tras fracaso; de nuevo Eduardo Fernández y Henry Ramos Allup y Herman Escarrá y la «gente del petróleo» hablaron al centenar de miles de personas que marcharon el domingo pasado. A pesar de que ellos encarnan la política que nos trajo a Chávez, to begin with, a pesar de que no han cambiado en un ápice ni sus métodos ni sus aproximaciones, a pesar de que causaron descalabro tras descalabro, y con ello una desmesurada aceleración de la tumoral autocracia chavista, todavía obtienen tribuna y todavía los opositores adictos, inerrantes, supersticiosos y simplistas permiten tan desfachatada insistencia.
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Por supuesto, el tipo ideal aquí descrito no agota los tipos de opositores—hay varios tipos más constructivos—y, por otra parte, también es posible describir un tipo weberiano de chavista patológico, con sus propios odios y su propia enfermedad. El suscrito debe admitir, sin embargo, que no tiene mucho contacto con ejemplares que se parezcan a este último tipo. Lo que más observa son individualidades cuya conducta se parece al tipo ideal de opositor patológico.
El estado mental, la situación emocional de este tipo de opositor no puede hacer otra cosa que agravarse, pues siendo que su conducta fortalece al objeto de su odio obtiene, en su empecinamiento, lo mismo que le angustia. Es difícil tratarle: cuando se busca explicarle algún aspecto de la realidad cuya conciencia pudiera hacerle aterrizar, una cierta clase de paranoia le hace ver traidores en quienes procuran que entienda. Esto por lo que toca al nivel individual, a la tragedia psicológica que corroe la salud mental.
En lo tocante a la dimensión política, es imposible lograr aciertos con la aplicación reiterada de recetas que se ha demostrado son ineficaces una y otra vez. No es posible obtener resultados novedosos y eficaces con la repetición de métodos viejos e ineficaces. El peor de todos, se ha comprobado, es el de permitir el predominio del opositor adicto, ritual, obsesivo, supersticioso, inmediatista, estratégicamente superficial.
Y es que más allá del método es toda una concepción estratégica la que falla. ¿No está claro que hasta ahora la «oposición» a Chávez ha fracasado estrepitosa y reiteradamente? ¿No será hora de trasponer («poner detrás») a Chávez, en lugar de oponérsele? ¿No será que para superarlo hay que atravesarlo? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 24, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En octubre de 1992, recordaremos, se celebraba el quinto centenario del Descubrimiento de América. Una década antes Arturo Úslar Pietri advertía en Santa Cruz de Tenerife: «Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas?» En lugar de eso Úslar invitaba a celebrarlo «quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden».
Tal cosa no fue posible para los venezolanos. Ése fue el mismo año escogido por los conjurados de febrero y de noviembre para intentar un violento y abusivo golpe para tomar el poder. Nos aguaron la fiesta, pues.
Y es en ese mismo octubre de 1992 que Gerard Piel (1915-2004), antiguo Presidente de la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia (AAAS) y por entonces Editor Emérito de Scientific American, escribió para esta revista un breve ensayo sobre lo que se llamó la Agenda 21: una enumeración de tareas a ejecutar por las naciones miembros de la ONU, a fin de asegurar un desarrollo sustentable para el mundo en el nuevo siglo que se avecinaba.
La Ficha Semanal #82 de doctorpolítico presenta una traducción del texto de Piel, que preservando la urbanidad y la elegancia que tendrían que caracterizar a las personas civilizadas, es no obstante una implacable denuncia y una clara exigencia, dirigida sobre todo esta última a los países desarrollados. Es un ejemplo clarísimo de cómo la más exigente postura política no tiene por qué estar acompañada de la procacidad o la patanería.
El mismo Piel, en un coloquio organizado por la AAAS sobre el tema «Sociedad y Ciencia» entre 1997 y 1998—el año que vería la llegada de un antiguo golpista al poder en Venezuela—enumeraba así los «principales problemas confrontados por la sociedad»:
1. Una disparidad creciente en la distribución de la riqueza y el ingreso, exacerbada en este país por razones raciales, invita al desorden social y amenaza las instituciones de autogobierno en las economías principales de Occidente; 2. Una autoridad debilitada de los gobiernos de esas economías—por ejemplo, su total pérdida de control sobre el valor de sus monedas—reduce las posibilidades de detener o corregir el proceso expuesto en el punto precedente; 3. La ignorancia de la ciencia en las poblaciones de esos países incapacita a los ciudadanos para el ejercicio de su soberanía. No teniendo independencia económica—85 por ciento o más viven de empleos; contrástese con lo dicho por Tawney: «…no hay orden social más justo que aquél en el que el ciudadano pueda decir: ‘Es un alivio en la mente de un hombre vivir de sí mismo, poseer las herramientas con las que trabaja y conocer con certidumbre su heredero’.»—están asimismo desposeídos de autonomía intelectual y moral».
LEA
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Promesas incumplidas
Ahora que los jefes de 178 misiones han dejado sus discursos de apertura en las minutas, la 47ma. Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada a su cuartel general en la ciudad de Nueva York, se ha abocado al verdadero asunto pendiente. Este asunto es la Agenda 21, el producto del trabajo de la Conferencia sobre el Ambiente y el Desarrollo de las Naciones Unidas, celebrada en Río de Janeiro en las primeras dos semanas de junio. Hay buenas probabilidades—esto es, si son buenas las probabilidades para el futuro de la humanidad—de que la Agenda 21 suministre la agenda para muchas asambleas generales por venir.
En 40 capítulos, la Agenda 21 desglosa las tareas necesarias para asegurar un «desarrollo sostenible». Es un programa para economizar los recursos del planeta que se pierden. Junto con el elenco de problemas familiares a los ambientalistas—la capa de ozono, el calentamiento global, la deforestación, la desertificación, la erosión del suelo, la biodiversidad—la Agenda 21 prescribe acciones a tomar contra la pobreza, la mortalidad infantil, la desnutrición, las enfermedades epidémicas, el analfabetismo y otras aflicciones que desperdician ese otro recurso del planeta: su población humana.
Con la acción prescrita en la Agenda 21 concertada por las Naciones Unidas, se puede lograr que la tierra soporte el inevitable aumento de la población humana a no menos de 10 mil millones hacia fines del siglo próximo—y sostener esa población de allí en adelante, estabilizada alrededor del número que habrá alcanzado para entonces. Capítulo a capítulo, la Agenda 21 cuantifica los requerimientos de capital para cada una de las tareas por hacer. A cada grupo de naciones—las desarrolladas y las desarrollantes—adjudica su cuota del capital necesario para lograr cada tarea. Las adjudicaciones a ambos grupos varían de capítulo a capítulo, dependiendo de la naturaleza del insumo de tecnología requerido.
En conjunto, los requerimientos se elevan a $600 mil millones por año, a ser mantenidos hasta que el desarrollo se haga autosostenido. Para las naciones en desarrollo, las adjudicaciones acumulativas suman más de tres cuartas partes de la inversión anual, principalmente en forma de trabajo y recursos. Para los países desarrollados, esto deja un remanente de $125 mil millones, a ser suplidos principalmente en forma de tecnologías esenciales.
La adopción de la Agenda 21 por la conferencia de Río no compromete a nación alguna para nada. Contiene incluso un menor compromiso que las dos convenciones ambientales firmadas por 110 jefes de Estado y gobierno en la Cumbre de la Tierra que coronó los trabajos de Río. La convención sobre el calentamiento global fue reducida, por objeciones de los Estados Unidos, a poco más que una declaración de intención. El presidente de los Estados Unidos no prestó su crucial firma a la convención sobre biodiversidad. Sin embargo, la Agenda 21 tendrá más peso que emprendimientos solemnes de la comunidad de naciones o también se quedará en nada.
La Agenda 21 concierne a nada menos que la acomodación de la especie humana a los recursos de la tierra. Logísticamente, al menos, muestra que esta meta es factible y finita.
En los países desarrollados, la revolución industrial ha aumentado de tal manera el bienestar material de los individuos hasta un punto en que el crecimiento poblacional se ha detenido. Asegurados de la supervivencia de su primera prole, la gente toma la decisión de no tener más. La celebrada explosión poblacional de los países en desarrollo evidencia los comienzos de la revolución industrial en ellos. Las tecnologías más portátiles—la educación popular, la salubridad, la medicina preventiva y la revolución verde—han traído un alargamiento de la esperanza de vida en todas partes.
La tasa de incremento de la población mundial ha estado en declinación desde que alcanzó un pico de alrededor de 2 por ciento en 1970. En algunos países, más notablemente en la India y la China, las tasas de natalidad han estado declinando mientras las tasas de mortalidad de los menores de 5 años han decrecido.
La Agenda 21 tiene a su favor una historia de 50 años en el centro de la política internacional. Al término de la II Guerra Mundial y a la fundación de las Naciones Unidas, seguridad quería decir desarrollo económico. En el Punto 4 de su discurso de toma de posesión en 1948, Harry S. Truman reunió a sus compatriotas para llevar el Plan Marshall, que había comenzado la reconstrucción de Europa, hasta los países subdesarrollados. Un grupo de expertos determinó para la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1951, que la inversión anual en términos de concesión de 1 por ciento del producto nacional bruto (PNB) de los países desarrollados, sostenida hasta el término del siglo, permitiría la revolución industrial en los países subdesarrollados.
En 1961, incluso después de que la guerra fría hubiera convertido al control de armas en sinónimo de seguridad, John F. Kennedy logró que la Asamblea General de las Naciones Unidas declarara a los años sesenta la Década del Desarrollo y comprometió 1 por ciento del PNB de su país con esta visión. Cuando un examen retrospectivo pudo ver a los años sesenta como la Década del Desengaño, las naciones industriales prometieron la «más realista» cifra de 0,7 por ciento de su PNB combinado para el desarrollo económico de los países subdesarrollados. Nada, sin embargo, surgió de estas promesas unilaterales desde arriba.
En los años setenta los países subdesarrollados se envalentonaron con los shocks petroleros de la OPEP como para exigir un Nuevo Orden Económico Internacional. Las naciones desarrolladas no sólo tendrían que cumplir sus promesas de asistencia económica, sino que también deberían revisar los términos de comercio con los que los subvaluados recursos de países preindustriales, comenzando por el petróleo, subsidiaban la prolongada expansión de las economías industriales. Nada surgió tampoco de ese reto unilateral desde abajo.
Al componer la Agenda 21, las naciones fueron finalmente obligadas a asumir la tarea largamente requerida por temores, crecientes en todo el mundo, acerca del ambiente. Los viejos hábitos son duros de matar, sin embargo; la Agenda 21 es el producto de un arduo regateo. El borrador de 500 páginas fue a Río con todos los pasajes referidos a «implementación» (financiamiento) entre paréntesis para su negociación allí. De Río la Agenda 21 salió inflada a 1.000 páginas con los borrosos compromisos que eliminaron los paréntesis.
Cualesquiera sean esos compromisos, las naciones ricas y pobres se han acordado por primera vez sobre lo que será requerido para que la especie humana ajuste sus números y sus apetitos a las dimensiones de un mero planeta. Así han descrito la tarea que debe ser hecha.
El poder desempleado de la gente y los recursos subutilizados de las naciones pobres esperan por la tecnología que los ponga a trabajar. Los $125 mil millones para tecnología están justamente por debajo del largamente prometido 0,7 por ciento del PNB de los países industriales.
Gerard Piel
por Luis Enrique Alcalá | Ene 19, 2006 | Cartas, Política |

Si una mirada clínica se posara sobre Venezuela para tratarlo como paciente ¿qué anotaría luego en su historia médica? (Por clínico se entiende acá una perspectiva desapasionada desde la que los nombres de los protagonistas concretos son sistemáticamente evitados, para adoptar un punto de vista general y sistémico).
Es evidente que el sistema político venezolano funciona inadecuadamente y que contribuye de manera decisiva al comportamiento también inadecuado de otros sistemas, pues no sólo no genera las respuestas para los problemas que muchas veces él mismo diagnostica, sino que impide el normal desenvolvimiento de los restantes componentes societales. En la caracterización de esta insuficiencia política funcional es importante anotar que se trata de un proceso autocatalítico, o, lo que es lo mismo, un proceso cuyos productos contribuyen a acelerar el proceso: esto es, se produce una retroalimentación. El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político o, mejor, del mismo gobierno. Y, por supuesto, una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de «conspiradores».
Así, pues, la insuficiencia política funcional se manifiesta en Venezuela desde hace tiempo (bastante antes de 1998) como enfermedad grave y, lo que es peor, con tendencia a un progresivo agravamiento. No es, pues, una situación desconocida para los habituales protagonistas de la escena política nacional esta insuficiencia política funcional aguda. ¿Cuáles son sus causas?
Una primera causa evidente es la del hipercrecimiento del tejido político, que infiltra e invade a otros tejidos del soma nacional. Es posible referirse a una neoplasia del sistema político que, como todo crecimiento maligno, va destruyendo otros tejidos hasta el punto de destruir la vida y por este proceso destruirse al final a sí mismo. La infiltración más notable es detectada en la invasión del sistema judicial (controlado desde el Ejecutivo), en la invasión del sistema económico a través del excesivo control permisológico que impide la circulación normal y de una hiperplanificación, y en la invasión y mediatización del sistema de representación popular. Pero también en la penetración de la misma vida cotidiana, a través de la incesante propaganda gubernamental, exacerbada más allá de límites normales. Esta hiperplasia política hace que el propio sistema político se encuentre en situación de sobrecarga decisional, puesto que, a las complicadas circunstancias ambientales derivadas de los problemas habituales que no se resuelven, ha añadido la complicación de su propio exceso.
En circunstancias tan complicadas como las actuales, resulta incomprensible que el propio Ejecutivo Nacional se complique y se recargue con una miríada de responsabilidades que bien pudiese delegar o desempeñar de otra forma. En tales condiciones, no queda tiempo material ni psicológico para la invención eficaz de políticas. Las presiones cotidianas consumen todo el tiempo disponible y, de este modo, la planificación de estrategias resulta poco menos que imposible. El Gobierno actúa para «apagar incendios», pues no puede dedicar suficiente atención a los verdaderos negocios de Estado, sobre todo cuando también debe dedicar atención a los ataques de la oposición y a los acontecimientos políticos de su propio patio.
Pero debe existir una causa más profunda de insuficiencia del sistema político pues, como se ha anotado, estos procesos patológicos han sido más de una vez diagnosticados. Es así como algo más fundamental es la causa última de la insuficiencia. En nuestra opinión esta causa es la esclerosis paradigmática evidente en los actores políticos tradicionales.
Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente depende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos.
Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos «malévolos», que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos.
La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional. De modo sucinto enumeraremos algunos componentes del paradigma esclerosado:
1. Existe un «país político» distinguible del «país nacional»:
Esta formulación comprende un conjunto de postulados acerca de la naturaleza política de la sociedad venezolana. Para los actores políticos tradicionales ellos conforman el llamado país político. Son ellos los únicos autorizados para el manejo de los problemas públicos. El resto del país, el «país nacional» (o «sociedad civil»), no tiene otra función política que la de establecer, con cada elección, un orden de poder entre los componentes del «país político», el pecking order (orden de picoteo en un gallinero) que distribuye el poder disponible entre los candidatos.
Esta visión es, por supuesto, errada. El país nacional es el país político. Por definición, el Estado es la sociedad política, y se define al Estado como un conjunto de personas que ocupan un territorio definido y se organizan bajo un gobierno soberano. No es el Estado el conjunto de los ciudadanos con activismo político, como no lo es ni siquiera el gobierno de una nación. El Estado, la sociedad política, comprende a todos los nacionales de un país. Esta elemental noción se confunde, se olvida o se escamotea con frecuencia. Se olvida, por ejemplo, que a los poderes públicos tradicionalmente considerados (ejecutivo, legislativo, judicial) los precede el poder fundamental que llamamos poder constituyente originario, cuya residencia es el pueblo. Otra cosa es la delegación de poder que se establece a través del acto electoral, pero no puede seguirse sosteniendo, por esclerótica, esa noción de la separación de un país político y un país nacional, de los políticos, por un lado, y de la «sociedad civil» por el otro.
2. El país nacional queda representado por las cúpulas sindical y patronal:
La representación sindical y la representación patronal o empresarial no agotan la diversidad de tipos o funciones ciudadanas. Por ejemplo, no entran en esas representaciones los profesionales independientes, las amas de casa, los artistas, los educadores, los deportistas, los científicos, etcétera. Cada vez, a medida que el concepto de sociedad industrial va dejando de ser moderno, esa división va siendo menos aplicable. Sin embargo, es esa dicotomía obrero-patronal la única que parecen poder manejar los actores políticos tradicionales. Con la adición del gobierno (sumo representante del «país político») se completan las habituales «comisiones tripartitas» que se supone están en capacidad de tramitar y resolver todos los asuntos públicos.
3. El problema político fundamental consiste en dilucidar la porción de la renta nacional que debe ir a los empresarios y la que debe ir a los obreros:
A partir de los planteamientos socialistas del siglo XIX comenzó a llamarse a esta formulación el «problema social moderno», sobre todo desde las primeras encíclicas «sociales» de los papas: León XIII en Rerum Novarum de 1891 y Pío XI en Quadragesimo Anno de 1931. Las diferencias entre las distintas ideologías políticas no desdicen de esta definición, sino que se establecen en razón de la preferencia concedida a alguno de los dos «componentes» de la sociedad industrial o «moderna». Pero ha ocurrido con las descripciones societales lo mismo que con las descripciones del átomo: se comenzó por una apacible y convenientemente sencilla descripción a base de protones, electrones y neutrones. Hoy en día son más de doscientas las partículas subatómicas conocidas. Del mismo modo sucede con las descripciones de la sociedad actual, como se anotaba en el punto anterior.
4. El estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales:
Tanto en el liberalismo (igualdad original de los hombres) como en la utopía igualitarista del marxismo clásico (igualdad final), encuentra expresión esta mitológica consideración. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, recoge así el principio involucrado: «We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal…» («Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales.») Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de «desigualdad en la distribución de las riquezas», implicándose por esto que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad «sana», sin embargo, es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica. En un sistema político sano, es normal que exista un pequeño número de personas que reciban una remuneración muy alta, siempre y cuando la proporción de personas que reciban una remuneración baja sea asimismo muy pequeña.
5. El acto de legitimación política consiste en tener éxito en descalificar la legitimidad del oponente:
El político tradicional se comporta con arreglo a esa norma. De allí que su acción se vea prácticamente reducida a una oposición a priori respecto del contendor político. Obviamente, la descalificación de un contrario no es la calificación automática de su contendor. La calificación de un político debe establecerse sobre la base de la eficacia de los tratamientos políticos que sea capaz de concebir y aplicar, independientemente de la negatividad del contrario. Es así como, más que descalificar por la negatividad del oponente, lo correcto es descalificar por la insuficiencia de lo que tiene de positivo.
6. El actor político debe presentarse siempre como si durante toda su trayectoria no se hubiera equivocado nunca:
El político tradicional parte de la errada noción de que si exhibe sus errores los electores le perderán el respeto y ya nunca será elegido. A medida que los medios de comunicación han ido desmitificando las otrora inaccesibles y sacralizadas figuras políticas, esta postura es menos sostenible. El pueblo sabe intuitivamente que es imposible, aún para el político más admirable, la inerrancia política.
7. Los valores expresados en las ideologías políticas son intrínsecamente metas u objetivos:
Se cree que nociones tales como «el Bien Común», «la justicia social internacional», «la dignidad de la persona humana», etcétera, son conceptos susceptibles de ser considerados como objetivos. Se llega a decir, por ejemplo, que el Preámbulo de la Constitución es un «modelo de desarrollo», o la Constitución misma un «proyecto de país». En verdad, lo que es factible hacer es inventar políticas, y luego emplear los valores como criterios de selección para escoger la política que deba aplicarse.
Estos son algunos de los rasgos característicos del paradigma político que ha sufrido un proceso de esclerosamiento. Otros rasgos incluyen, por ejemplo, una descripción «weberiana» de la legitimidad política. (Max Weber enumeró tres fuentes de legitimación del poder o la dominación, a saber: la legitimación tradicional (la que esgrimen frecuentemente los fundadores de partido); la legitimación carismática (entendido carisma como la capacidad de generar adhesión irracional en los seguidores del líder); la legitimación burocrática (establecida por el dominio de un complicado aparato de control político). Ante esta clase de legitimidad se hace necesaria una legitimación paradigmática (posesión de un punto de vista o marco general de interpretación de mayor correspondencia con la realidad política) y, sobre todo, una legitimación programática. (Otra vez, la capacidad de generar y aplicar tratamientos eficaces). También ha esclerosado la ya antigua distinción entre derechas e izquierdas, por la inadecuación de la descripción dicotómica de la sociedad actual.
Algunos entre los actores políticos tradicionales han supuesto que el paradigma en crisis esclerótica continúa vigente y que, por lo contrario, lo que habría que hacer es «volver a los orígenes», a una supuesta edad dorada en la que lo ideológico habría sido factor predominante sobre lo pragmático. Así, se convoca a «congresos ideológicos» y se rechaza ostensiblemente el pragmatismo «al que se ha llegado». Se exalta así «las raíces» de un partido, el que habría sido, durante su época edénica, un movimiento puro que correspondía a ideales, y que, lamentablemente, habría sido corrompido por la preocupación pragmática. Pero volver hoy a «las raíces» de ideologías ya esclerosadas equivaldría a que los físicos de hoy echaran por la borda todo lo descubierto sobre el átomo y regresaran al modelo de J. J. Thomson, que lo concebía, cuando ni siquiera la existencia del neutrón hubiese sido postulada y mucho menos verificada, como una especie de budín en el que los electrones se incrustaban como uvas pasas. (Nuevamente, puede constatarse que muchos de los abanderados de un «rescate ideológico» de los partidos son los más acendrados practicantes del pragmatismo político de la Realpolitik).
Es a la causa fundamental de la insuficiencia política funcional venezolana, la esclerosis paradigmática de los actores políticos tradicionales, a la que hay que dirigir el tratamiento de base. Si éstos se muestran incapaces de acceder a un nuevo paradigma, habrá que sustituirlos por otros que lo encarnen.
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