CS #176 – Dramatis personæ

Cartas

Luis Vicente León (león, león), el agudo y pedagógico Director de la encuestadora Datanálisis, ha escrito una serie de artículos para el diario El Universal, en la que examinó una baraja de posibles candidatos presidenciales que pudieran oponerse a la candidatura de Chávez. Primero mencionó a Petkoff, Smith, Salas Römer (como dupla) y Borges; últimamente añadió a Rosales al grupo. En general León hizo el inventario de cualidades—poco habló de inconvenientes o debilidades—de las distintas candidaturas. Llegado a nosotros el año electoral de 2006, esta publicación quiere exponer ante sus lectores su propia opinión acerca de estos nombres y algunas otras posibilidades, intentando ser lo más clínica que se pueda en el examen. Es decir, enumerado ese elenco, intentar una opinión responsable, una recomendación seria acerca del candidato preferible luego de un examen desapasionado.

La onda más reciente, como lo revela el último artículo de León, es la que ve en Manuel Rosales, el Gobernador del estado Zulia, la más conveniente de las candidaturas. Tal impresión se asienta, como es natural, en la exitosa carrera política del mandatario regional, que le ha permitido ser reelecto con holgada ventaja el 31 de octubre de 2004 mientras enfrentaba a un candidato oficialista. Junto con Morel Rodríguez, el Gobernador de Nueva Esparta, es uno de un escuálido par de gobernadores de estado que pudo sobrevivir la marea roja que sobrevino luego del referendo revocatorio del 15 de agosto de aquel año.

Además de tal mérito, la candidatura de Rosales es percibida como la de un operador político avezado, ducho en el arte de la política clásica, a la que se entiende en este caso como una actividad que es primordialmente de negociación y transacción. (Para el demócrata clásico el negocio político es, por encima de cualquier cosa, la búsqueda del poder en competencia con terceros actores para, una vez obtenido, emplearlo en la «conciliación de intereses» contrapuestos en el seno de la sociedad). Así, se supone no sin razón que un presunto sucesor del actual presidente confrontaría un dificilísimo ambiente político—aunque sólo fuera una Asamblea Nacional en la que no contaría con ningún respaldo—que debiera ser manejado por un «político profesional». En suma, las cualidades más destacadas de Rosales se resumen en su imagen de ganador y su experiencia política, a lo que habría que añadir su bondad como administrador o gobernante: a fin de cuentas los zulianos aprobaron su gestión al reelegirle.

En opinión del suscrito la candidatura de Rosales sería, a pesar de tan obvias ventajas, la más fácil de combatir por parte de Chávez. Más allá de la consideración de sus posibilidades como limitadas por un carácter excesivamente regionalista, Manuel Rosales es un rehén político. Nada puede ocultar el hecho de que cohonestó de forma pública y notoria el descomunal error del contrahecho decreto de constitución y programa del inconstitucional y efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. Delante de las cámaras de televisión, Manuel Rosales subió al estrado del Salón Ayacucho en Miraflores para rubricar, «en representación de los gobernadores de estado», la monstruosidad del 12 de abril de 2002.

Esto no es una anécdota sin importancia que puede ser desestimada. No se trata de un pecado venial que pudiera ser olvidado, sobre todo porque no lo ha olvidado el oficialismo. Antes de morir, Danilo Anderson había mostrado el tramojo a Rosales, al declarar poco después de la elección de gobernadores de 2004 que éste podía ser despojado de su investidura de gobernante zuliano justamente por antejuicio de mérito centrado sobre su participación en el carmonazo. De hecho, es la misma conciencia culpable y temerosa de Rosales lo que motivó que, sin perder un minuto, intentara comprar el olvido del incidente con el pago de una oferta conciliatoria. Así valoró el hecho esta publicación (#111, 4 de noviembre de 2004): «Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión… Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de ‘estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses’ y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado… Si éste es el héroe político que Rafael ! Poleo en carama en la portada de su revista ‘Zeta’, si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado tanto—el ‘ñero’ Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos».

Sólo quien sostenga la peregrina idea de que la mayoría del pueblo venezolano estuvo de acuerdo con lo acaecido el 12 de abril de 2002, podría creer que una candidatura de Rosales sobreviviría una campaña en la que Chávez removería inmisericorde la llaga de ese recuerdo. Es más, puede darse por seguro que de ser Rosales candidato, la diligente Fiscalía General de la República chavista iniciaría el proceso judicial contra el zuliano que Danilo Anderson avisó.

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De nuevo desde una plataforma estadal—Carabobo, «dónde empezó Venezuela»—continúa latente la candidatura duplicada de los Salas Römer, padre e hijo. Que se la entienda como dupla se debe al propio Henrique senior. Cuando a fines de abril de 2003 se creía que Chávez pudiera ser destronado por revocación de su mandato en referendo, y se avizoraba su sustitución por un «presidente de transición», Salas Römer se apresuró a posicionarse temprano. El argumento que presentó entonces—parece increíble al recordarlo—es que él era «gallo» y que había que ver si alguien era «más gallo» que él y que, además, en caso de que no fuera él quien debiera asumir el coroto podía ofrecernos otro «gallo» que era «el pollo». (Su hijo).

La imagen de los Salas, sin embargo, no es la de un triunfador como Rosales. «El gallo» fue derrotado por el mismo Chávez en 1998; «el pollo» por una candidatura tan incompetente como la de Acosta Carles. (Todavía hay quien sostiene que al «pollo» se le hizo fraude, pero éste mismo ha dejado de intentar la demostración necesaria). No es concebible que ninguno de los Salas pueda suscitar entusiasmo suficiente, ni que ninguno de ellos pueda ser contendor que pueda medirse con Chávez.

Sobre todo el mayor de los Salas es percibido como actor elitesco, distante del pueblo. A partir de su tendencia a hacer campañas centradas en eslóganes—»vamos a devolverle la sonrisa a Venezuela»—o de su inclinación por ideas más «ingeniosas» que correctas—celebrar el «caracazo» porque sería más democrático que el 4 de febrero—no es posible construir una alternativa sólida al planteamiento integrista de Chávez. Ninguna superficial cabalgata por las heroicas llanuras de Carabobo pudiese sustituir con ventaja psicosocial la apropiación chavista de la figura de Bolívar. Las postizas posturas de Salas, construidas en laboratorios mercadológicos que procesan incesantemente las encuestas—se le atribuye un talento especial para interpretarlas—no penetran en la imaginación popular, que le tiene por godo.

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Igualmente imbuido de ciencia mercadológica se presenta en el ruedo electoral Roberto Smith Perera, que ha iniciado una campaña vistosa, segunda edición de la que fuera originalmente de su antiguo jefe, Carlos Andrés Pérez. («Ese hombre sí camina»). Smith se ha dedicado a realizar enormes caminatas—Pérez jamás se atrevió a tanto—y a remachar unos pocos eslóganes, de los que el último es la publicitaria insistencia sobre el mágico número de diez millones. Dará, ha asegurado, diez millones de pasos en su periplo nacional, obtendrá diez millones de votos (igualito a como Chávez pretende), creará diez millones de empleos y producirá diez millones de barriles de petróleo por día.

Antes, este candidato Johnny Walker ha concebido que un tal «primerismo» es el sustituto ideológico trascendente que, superando al liberalismo y al socialismo (canónico o del siglo XXI), dejaría atrás la oferta principista de Chávez. Por eso habla de una tal «Venezuela de primera», como antes ofreció un estado «Vargas de primera», con «full» empleo—alguna convicción de publicista ha arraigado en su cabeza la noción de que decir «full» es preferible a decir pleno—pues la solución a nuestros problemas sería la construcción de un «país de primera».

La formulación es poco solidaria, por decir lo menos. En momentos cuando la conciencia extranacional se ha exacerbado en América del Sur, proponer que todo el asunto político es convertirse en país del «primer mundo» para codearse con Dinamarca o España, no deja de generar un cierto aroma clasista, insensible.

Pero es que la candidatura Smith es casi tan vulnerable a los ataques gubernamentales como la de Rosales. La retórica de Chávez se deleitaría con la insistente mostración de Smith como ministro de Pérez, como el privatizador de la CANTV—»entreguista a los intereses foráneos, imperialistas y salvajemente capitalistas»—, pero sobre todo como el Coordinador del Octavo Plan de la Nación, del propio «paquete», pues. Por supuesto que Smith puede presentar exactamente lo mismo como timbre meritorio, al destacar sus evidentes cualidades ejecutivas. (Fue el ministro más joven del gabinete y tanto en ese cargo, como luego en la esfera de la empresa privada con la fundación de Digitel, exhibió su excelencia gerencial).

Smith me ha recordado más de una vez a la figura de Diego Arria Salicetti, a quien alguna vez dijese que era «un poderoso emisor de señales políticas, que no de significados políticos». Smith es, sin embargo, tal vez el candidato que más se ha acercado a entender las condiciones estratégicas de una campaña contra Chávez, al proponerse la construcción de un mensaje positivo que no tenga como punto de partida la mera oposición. Si pudiese abrevar de fuentes que le proporcionasen profundidad, tal vez llegara a convertirse en un candidato correcto. Por ahora la vacuna de su vistoso arranque de campaña no parece haber prendido en la piel de la nación.

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Julio Borges fue el primero de los candidatos que se lanzó a la arena de la campaña presidencial, hace poco menos de un año. Por esto, y por su indiscutible tesón al frente de Primero Justicia, ostenta la primera posición—entre los candidatos opositores—en las encuestas que miden intención de voto, aunque siempre a no menos de veinte puntos por debajo de Chávez.

Si Primero Justicia quiere presentarse como una organización política que se diferencia de los partidos tradicionales de escasa democracia interna, tendría que explicar de qué instancia democrática ha salido la candidatura Borges. Ninguna asamblea o congreso del partido la ha decidido. Es el cogollo de Primero Justicia el órgano que ha asentido a las pretensiones de Borges. Cuando Gerardo Blyde quiso explicar alambicadamente por qué se retiraba Primero Justicia de las elecciones del pasado 4 de diciembre—pocos días después de haber anunciado alborozado que el retiro de las máquinas captahuellas era un triunfo de su organización que despejaba el camino hacia unas elecciones limpias—emitió la siguiente declaración: «¿Qué le ofrece Primero Justicia a los Venezolanos? Seguir liderizando a una nueva generación, consolidarnos como la alternativa democrática, construir una nueva mayoría donde tengan cabida todos los venezolanos y por eso con más fuerza y mayor compromiso con Venezuela nuestro candidato presidencial a la cabeza de Primero Justicia será la alternativa del nuevo liderazgo para la elección presidencial del 2006».

Pero esa misma decisión de retirada retiró algunos diques a la disensión interna en Primero Justicia, y permitió la emergencia de un posible competidor: el Alcalde de Chacao, Leopoldo López Mendoza. Cuando Alfredo Keller midió hacia el término del tercer trimestre del año pasado la percepción de liderazgo (no la intención de voto), Julio Borges obtuvo 40% de reconocimiento; Leopoldo López obtuvo 39%, para un virtual empate con su jefe partidista. López ha crecido, indudablemente, con el ejercicio de su cargo, pero no es probable que pretenda alzarse con la candidatura de Primero Justicia, a menos que la de Borges inicie un desplome vertical.

El mismo hecho de haber estado en la calle durante más de medio año sin superar un 15% de intención de voto revela, por otra parte, que la candidatura Borges no carbura. En otras ocasiones se ha razonado aquí que, en circunstancias de un hambre generalizada de liderazgo, el hecho de que Borges no haya superado las cotas alcanzadas por su figura, revela que es muy posible que no sea el inspirador que se requiere. Esto no debiera sorprender respecto de un planteamiento reducido, en esencia, a proponer que se requiere un cambio generacional y que él lo encarna. Por otro lado, aunque en menor medida que Salas, Borges es también percibido como una candidatura goda, representante de intereses de clase alta. A pesar de esto, su fresca trayectoria no permite un tratamiento oficialista que intente caricaturizarlo como candidato de «cuarta república».

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Teodoro Petkoff no ha terminado de decir oficial y públicamente que presentará su candidatura. No es un secreto, sin embargo, que ha puesto equipos a trabajar en esa dirección, estimulado por reacciones positivas a un recorrido nacional emprendido desde julio del año pasado, cuando aprovechara la publicación de su libro «Las dos izquierdas» para reunirse con audiencias diversas en una veintena de ciudades del interior.

La candidatura Petkoff se explica por la sensación de que la sucesión de Chávez no sería jamás un período normal, sino uno muy complicado, cuyo manejo se beneficiaría de un liderazgo de mucha experiencia, no ingenuo, no inexperto, profundamente conocedor de los actores que incidirían sobre tal período y sus intereses. La cantidad de estropicio causado por la administración Chávez es muy considerable, y por tanto requerirá una reparación inteligente. El porte de estadista reconocido en Petkoff pareciera calificarle para la tarea.

Adicionalmente, en una comprensión convencional de campañas electorales, éstas son vistas como combates, y allí se siente que Petkoff sería, en comparación con los enumerados, un candidato con mayor «pegada», un contendor que pudiera fajarse en el inevitable infighting con Chávez.

Más de una vez se ha citado acá el libro La marcha de la insensatez (The March of Folly) de Bárbara Tuchman. Es un libro escrito para soportar un epílogo, y en éste dice: «Aware of the controlling power of ambition, corruption and emotion, it may be that in the search for wiser government we should look for the test of character first. And the test should be moral courage». («En conciencia del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, pudiera ser que en busca de un gobierno más sabio debiéramos buscar primero una prueba del carácter. Y esa prueba debe ser la del carácter moral»). Petkoff exhibe—como es aparente igualmente en Borges—esa valentía moral. Dice lo que piensa con honestidad intelectual, sin reparar en costos de conveniencia. No torea para los tendidos, para complacer a un interlocutor o un auditorio.

Está Petkoff entre los poquísimos que han intentado una comprensión desapasionada del fenómeno Chávez, y no le niega el pan y el agua a partir de una postura prejuiciosa o incorrectamente satanizante. Luego, su izquierdismo no es un activo despreciable en un país que ostenta una patológica distribución de la renta, sin ser alguien que crea todavía en una socialización de los medios de producción como opción preferible a la de un mercado esencialmente libre, aunque adecuadamente vigilado.

Adicionalmente, Petkoff es bondadoso, cualidad que su hosquedad disimula. No traería a su gobierno una vindicta o un reconcomio. No presidiría ni toleraría una cacería de brujas. (Esta conducta, por lo demás, sería igualmente esperable en Smith y en Borges, en cuya sensatez puede confiarse). Si el casting de candidatos estuviera restringido al examinado hasta ahora, y si tuviera el suscrito que emitir una recomendación responsable, por las razones antedichas recomendaría a Petkoff por sobre los otros. Es más probable que él, antes que Rosales, Salas (cualquiera de los dos), Smith o Borges, pudiera sortear con éxito los muy complicados escollos de un eventual postchavismo. Tal vez es por esto que ha escuchado de influyentes personalidades la siguiente evaluación: «Teodoro: tú eres lo que hay».

El problema fundamental de la candidatura Petkoff es su posicionamiento en los estudios de opinión, que le adjudican índices de 1% o 1,5% de intención de voto a su favor, al tiempo que registran muy considerable rechazo a su figura. Puede imaginarse que una campaña correcta pudiera remediar esta difícil situación, pero en muy breve tiempo, después de su lanzamiento definitivo, se sabrá si la cosa camina. Si a las pocas semanas del inicio de su campaña no puede exhibir un crecimiento apreciable de su aceptación, habrá que buscar otro candidato.

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En la misma encuesta de Keller en la que López latía muy cerca de Borges, un registro que reconoce en Marcel Granier la cualidad de liderazgo le daba una posición muy destacada, por encima aún de la concedida a Petkoff o personalidades como la de María Corina Machado. En términos porcentuales y orden descendente de reconocimiento, Keller midió la atribución de esa cualidad así: Hugo Chávez, 61; Diosdado Cabello, 42; Julio Borges, 40; José Vicente Rangel, 39; Leopoldo López, 39; Manuel Rosales, 39; Marcel Granier, 31; Teodoro Petkoff, 25; María Corina Machado, 23; William Ojeda, 13; Roberto Smith, 6. Es decir, Granier aparece superado sólo por los candidatos Chávez, Borges y Rosales, mientras que supera a los candidatos Petkoff, Ojeda y Smith. (Dicho sea de paso, no analizaré acá la candidatura Ojeda por no poder hacerlo responsablemente, al disponer de muy escasa información acerca de su capacidad. En una impresión de bulto no me parece que sería un presidente capaz, al carecer de dimensión de estadista. No basta la valentía).

Pero una candidatura Granier sería una equivocación, la misma que se cometió al suponer que pudiera trocarse directamente a Chávez por el polo opuesto del Presidente de Fedecámaras en abril de 2002. Granier tiene una redondez y multimensionalidad casi equivalente a la de Petkoff, pero sería difícilmente tragable por un electorado que tal vez quisiera salir de Chávez pero no execrarlo con un bandazo pendular de opuesto signo.

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FS #84 – Recolector de yaguas

Fichero

LEA, por favor

Para esta Ficha Semanal #84 de doctorpolítico se ha escogido una sección del libro Reconstruir la Sociedad Civil, en su capítulo La Democracia y la Tradición Política de Cuba, que fue escrito por Dagoberto Valdés Hernández. Valdés vive y lucha en Cuba por «un proyecto de educación cívica, pluralismo y participación». Nacido en Pinar del Río en 1955, se graduó de ingeniero agrónomo en la universidad de esa ciudad en 1980. Durante dieciséis años trabajó en la empresa tabacalera de Pinar del Río, en la que por cinco años presidió su Consejo Científico Asesor.

No es en la esfera técnica, sin embargo, donde destaca la labor de Valdés. Es, sobre todo, como intelectual católico que su trabajo llama la atención. Fue miembro laico de la presidencia del Encuentro Nacional Eclesial Cubano en 1986, participando como redactor del documento final de ese encuentro en su capítulo sobre Fe y Cultura. Al año siguiente fundó y asumió la presidencia de la Comisión Católica para la Cultura de la Diócesis de Pinar del Río y luego ejerció la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Episcopal para la Cultura. En 1993 fundó y dirigió el Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa, así como la revista Vitral a partir del siguiente año. Visitó a Venezuela en 1995, cuando asistió a un encuentro organizado por la Conferencia Episcopal Venezolana y apoyado por la Fundación Konrad Adenauer. Antes había participado en el Congreso Mundial del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (Pax Romana), celebrado en Roma en 1987 y en el Encuentro Latinoamericano del mismo movimiento en Lima. (1991).

Dagoberto Valdés Hernández es, asimismo, autor de libros (Félix Varela: Biografía del padre de la Cultura cubana, y La cultura cubana: raíces y proyectos), pero a pesar de tan sobresaliente trayectoria está orgulloso de trabajar, desde 1996, en una brigada de recolección de yaguas. (DRAE: yagua. Tejido fibroso que rodea la parte superior y más tierna del tronco de la palma real, del cual se desprende naturalmente todas las lunaciones, y sirve para varios usos y especialmente para envolver tabaco en rama).

El libro del que ha sido extraída la ficha de hoy fue editado en Caracas en 1997, y hace extensa referencia a la Declaración de Viña del Mar, de la VI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Presidentes de Gobierno, especialmente a su primera parte: Gobernabilidad para una Democracia Eficiente y Participativa. A esta cumbre celebrada en 1996 asistió Fidel Castro Ruz, y el suave y pertinaz razonamiento de Valdés busca comprometerle con lo acordado en Viña del Mar. Es un ejemplo vivo de cómo es posible enfrentar una tiranía con un debate sereno y sin estridencias.

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Recolector de yaguas

Estos cambios que van ocurriendo en el mundo entero y que son característica de todo organismo vivo como es la sociedad, reciben diferentes nombres que, en mi opinión, no es lo más importante, pero que habría que asumir para designar a un fenómeno que, lo deseemos o no, está ocurriendo en la realidad objetiva. Nombrar lo que sucede en la realidad, como decía Martí, es «apearse de la fantasía» y asumir la vida.

El voluntarismo político no decide sobre la realidad como en ocasiones se desea, como tampoco decide el nombre con que le llamemos. Todo en la vida fluye, cambia, evoluciona; ninguna palabra debería ser canonizada, ni satanizada; unos. Como Jian Zeming en la despedida de duelo de Deng Ziaoping, llaman a estos cambios: «transición sosegada»; otros en la antigua Unión Soviética, le llamaron «reestructuración»; los presidentes de Iberoamérica le han llamado en su Declaración «proceso de cambio», «reformas en las instituciones políticas», «transformaciones para actualizar antiguas funciones», «redefinir las fronteras entre lo público y lo privado», «modernización y descentralización del Estado», «mejorar la calidad de la vida política» o «perfeccionamiento de la democracia».

En mi opinión, lo importante no es cómo nombramos los cambios, sino qué contenido tienen en la realidad. El cambio por el cambio no garantiza nada de por sí. Digámoslo claramente, aunque nos desconcierte: un cambio de gobierno o incluso un cambio de todo el sistema político no significaría nada, o casi nada, en sí mismo, si no va acompañado de un cambio más profundo y radical, el cambio del hombre.

En efecto ¿con qué personas se reestructuraría la sociedad si los hombres solemos guardar durante mucho tiempo en nuestro interior los modos y las estructuras de pensamiento que daban vida a las viejas estructuras políticas? ¿Con qué personas se llevará a cabo la transición hacia el perfeccionamiento de la democracia si los hombres y mujeres comunes del pueblo no saben, no están entrenados en la participación y el protagonismo democrático? En fin, si no hay cambio en el plano antropológico ¿con qué ciudadanos se formaría un verdadero pueblo que sustituiría a la masa y se convertiría en el protagonista de unas reformas que no se queden en lo cosmético, sino que vayan a lo esencial, que es el hombre mismo?

Por otro lado, la Doctrina Social de la Iglesia establece el nexo inseparable entre ética y política, entre democracia y eticidad, y al contemplar el permisivismo, la corrupción personal y administrativa, la drogadicción, la delincuencia organizada y otros males que desfiguran algunas de las democracias actuales asegura:

«Las normas morales universales… constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y por tanto, de una verdadera democracia». (Veritas Splendor, No. 96).

El Santo Padre señala también otro tipo de peligro en cuanto a la relación estrecha que debe existir entre democracia y eticidad:

«Existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y por la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad… Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia». (Idem, No. 101).

He leído con admiración la crítica más contundente a la sociedad capitalista y a su sistema democrático, en un pequeño libro del actual Presidente de la República Checa, Sr. Václav Havel, que nos conduce a la esencia de los cambios y no nos deja distraernos con modelos y sistemas de la cultura occidental a la hora en que se descubre con más lucidez que el centro de todo sistema político es el hombre:

«En las sociedades democráticas,… está todavía por hacerse el cambio del principio de la política y algo tendrá allí que empeorar todavía más antes de que la política descubra su necesidad. En nuestro mundo, precisamente gracias a la miseria en que nos encontramos, la política ha hecho ya este cambio: comienza a desaparecer del centro de su atención la visión abstracta de un modelo «positivo» por sí mismo salvífico… y al final queda el hombre que sólo había estado más o menos sometido a esos modelos y esa praxis… Naturalmente, toda sociedad tiene que estar organizada de algún modo. Si su organización ha de estar al servicio del hombre, y no al revés, es necesario ante todo liberar a los hombres y abrirles así su espacio para organizarse plenamente; hasta qué punto es absurdo el procedimiento opuesto en que se organiza a los hombres así o asá (por alguien que sabe siempre a las mil maravillas «lo que el hombre necesita») para que puedan, según se dice, ser libres…» (El poder de los sin poder, págs. 88-89).

Éste es, en fin de cuentas, el gran aporte de aquellos pueblos que hemos experimentado ambas formas de organizar la sociedad y que no queremos volver atrás, sino avanzar hacia esos cambios que tocan la raíz del problema: cambiar al hombre y poner a la sociedad, a la economía y a la política a su servicio, y no al revés.

El aporte de la Iglesia en este esfuerzo por centrar los cambios hacia la democracia en la persona humana está muy claramente explicitado por el Papa Juan Pablo II en la Centesimus Annus: «Una ayuda importante, e incluso decisiva, la ha dado la Iglesia con su compromiso a favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre—sean cuales sean sus convicciones personales—lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto. En esta afirmación se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones políticas más respetuosas para con la dignidad de la persona humana. De este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y sociales… Es ésta una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de aquellos países sino también de los cristianos…» (C.A. 22).

El cambio más profundo hacia una nueva democracia es, pues, el cambio del hombre. La persona humana es el sujeto, el centro y el fin de todo sistema político auténticamente democrático. Entonces, la clave para evaluar si una sociedad es genuinamente democrática, no radica tanto en monitorear las estructuras como en comprobar si ellas están al servicio del hombre y si éste goza de espacios reales en ellas. No tanto en observar las elecciones, sino en comprobar si las personas están capacitadas para ser los protagonistas libres y conscientes de ellas. Sin personas libres y formadas para libertad no hay democracia eficiente y participativa como la postula la VI Cumbre Iberoamericana.

Dagoberto Valdés Hernández

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Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (1)

El peñero Ugueto

El peñero Ugueto

La importancia de los temas fijados por Luis Ugueto Arismendi para esta sesión, así como la importancia propia del actual momento político nacional, me han inducido, por primera vez desde que asisto a esta peña, a preparar de antemano mi contribución de hoy. La traigo acá en el ánimo de una regla admirable de Paul Ricoeur, el extraordinario y profundo filósofo fallecido el año pasado. Dijo Ricoeur: “Para ser uno mismo, dialogar con los otros; para dialogar con los otros, ser uno mismo”.

Lo primero que quiero asentar acá es que no creo que haya esta tarde en este sitio alguna persona que haya expresado, de manera más drástica, directa y longeva que yo, el rechazo a la figura del actual Presidente de la República y la política que nos ha traído. Desde un artículo de prensa en el mismo mes de febrero de 1992, en el que expresé mi opinión, que permanece invariable, de que la asonada del 4 de febrero de ese año era un abuso inexcusable, por cuanto el derecho de rebelión no reside en un grupo o minoría cualquiera, no reside en Fedecámaras, no reside en la CTV, ni en la Iglesia Católica, ni en el Bloque de Prensa, ni en ninguna organización por más meritoria y elogiable que haya podido ser su trayectoria, y ciertamente no residía ese derecho en una logia de militares que juraran prepotencias solemnes ante los restos de un decrépito samán. El sujeto del derecho de rebelión no es otro que una mayoría de la comunidad, y cualquier grupo que se lo arrogue sin autorización de esa mayoría es claramente un usurpador.

Como he sentido la malignidad cancerosa del proceso Chávez desde su primera emergencia con toda claridad, no he dejado de rechazarlo y combatirlo con los recursos de los que dispongo desde ese momento. La enumeración de las instancias en las que he hecho esto sería un uso indebido del tiempo que tengo ahora, pero señalaré que en esa larga secuencia fui la primera persona que comparó públicamente a Chávez con Hitler, en octubre de 1998, durante la recta final de la campaña presidencial de ese año. Poco antes, por otra parte, había dicho personalmente al propio Chávez sobre su abuso de 1992 y que no debía seguir glorificando esa fecha que celebró otra vez el sábado pasado. Ya electo, en un acto público, y separado de su persona por unos dos metros, interrumpí su discurso para decir en voz tan alta como para que los circunstantes escucharan perfectamente que él estaba completamente equivocado en su concepto constituyente.

Hago esta salvedad porque es experiencia repetida que quienes difieren de ciertas interpretaciones estándar, que quienes se atreven a criticar a la conducción ostensible del proceso opositor, son tenidos por poco menos que traidores, y en el mejor de los casos por ingenuos comeflores que no han entendido la dimensión del monstruo que nos domina desde Miraflores.

Pero no, no estamos engañados, ni le hacemos el juego al régimen con nuestra divergencia. Precisamente porque nos parece de la mayor importancia política salir de Chávez, es por lo que nos desespera ver la reiteración suicida de una ceguera estratégica que no tiene precedentes en nuestro país. Es una postura que se asienta sobre espejismos, que proyecta en la mayoría de la nación, injustificadamente, sus propias y equivocadas lecturas acerca de la realidad. La preponderancia de esa manera de ver las cosas, precisamente, imposibilita el diseño y ejecución de una estrategia correcta, y por esto hemos asistido, una y otra vez, a una sucesión de derrotas lamentables. Es porque no queremos ser derrotados una vez más por lo que nos angustiamos y hablamos.

En el mundo ha habido totalitarismos terribles, como los descritos por Luis Enrique Oberto o Hannah Arendt. Stalin, Mao, Hitler, Castro, son las formas más virulentas de la historia reciente. Pero por más que Chávez se enfila en la dirección del totalitarismo, y confirma ese rumbo con su incesante desafío oral, sería un grandísimo error, un error de bulto, afirmar que Venezuela está ahora en las condiciones de Rusia en 1925, o Alemania de 1939, o China de 1964, o Cuba de ese mismo año. En siete años de gobierno ya Fidel Castro había despachado con el fusilamiento a centenares de contrarrevolucionarios, y no había dejado empresa privada viva en Cuba, ni permitía aunque fuese un solo medio de comunicación independiente.

Las más de las veces, sin embargo, las lecturas defectuosas, distorsionadas, inexactas, tienen que ver con la equivocada noción de que los opositores a Chávez somos mayoría, y que sólo basta coordinarla y dirigirla bien para crear una condición que desencadene la caída del gobierno. Por poner un ejemplo, nuestro apreciado coexpositor Luis Penzini Fleury, escribió la semana pasada en El Universal un artículo en el que proponía un referendo organizado por Súmate para que digamos si queremos ir a elecciones en las condiciones actuales, y vislumbra que millones de venezolanos diríamos no y causaríamos un efecto “demoledor”, para usar su adjetivo. En mi criterio ese panorama no es sino una ilusión. En el momento de mayor efervescencia opositora, cuando la fe fue puesta sobre un referendo revocatorio convocado por iniciativa popular, Súmate nos dijo que la recolección de firmas había alcanzado la cifra de 3 millones 700 mil. Realmente veo muy cuesta arriba que con los recientes desempeños opositores, con la abstención que refleja una desilusión y una falta de fe, pueda siquiera alcanzarse ese número, y entonces lo que Luis quiere obtener no se lograría, sino todo lo contrario. Se haría un esfuerzo para demostrar fehacientemente que somos minoría.

Pero creo que es un ejemplo aún más emblemático y sintomático de la ceguera estratégica reiterada, de una renuencia a aceptar que la dirigencia opositora se ha equivocado sistemáticamente, un manifiesto que circula ahora por la red, y que obtuve por gentileza de Juan Antonio Müller. Me refiero a un manifiesto a cuyo pie se han colocado las firmas de una veintena de nombres muy destacados e ilustres, a quienes no nombraré para tratar de ser lo más clínico posible y también porque en esa lista están los nombres de algunos muy queridos amigos y los de otros que sin serlo son objeto de mi admiración.

El manifiesto lleva por título: El 4 de diciembre, un mandato del pueblo a la nación. Dicho sea de paso el título es algo autista y redundante. El DRAE define nación como el conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. Es decir, el pueblo estaría, en opinión del redactor, dándose órdenes a sí mismo.

De resto, el texto se compone de un conjunto de aseveraciones tajantes, que aseguran alegremente que el 4 de diciembre quienes nos abstuvimos de votar emitimos una serie de mandatos explícitos y específicos. Por ejemplo, dice el texto que

“El 4-D el pueblo venezolano manifestó su voluntad de progresar y prosperar de manera sustentable, con igualdad de oportunidades para todos; así como superarse y ser dueño de su destino.

El 4-D el pueblo venezolano formuló su deseo de contar con una Fuerza Armada que garantice la independencia, la soberanía y la integridad del territorio nacional.

El 4-D el pueblo venezolano exigió el rescate de la Industria Petrolera para que se sitúe, nuevamente, entre las más poderosas, eficientes y productivas empresas del mundo.

El 4-D el pueblo venezolano invocó el cumplimiento de la cláusula federal y redimir las reformas políticas dirigidas a la descentralización y la paulatina desconcentración del poder político, como fórmulas de control social y garantía de libertad”.

Etcétera. No pienso referir acá cada uno de los dieciséis mandatos concretos que los firmantes del manifiesto  aseguran se expresaron inequívocamente el pasado 4 de diciembre. Al ver algunos de los nombres uno puede pensar que unos pocos creen realmente que la cosa es así: se han convencido de que 75% de los electores venezolanos ha alcanzado esa especificidad y esa unanimidad. Otros, y al menos sabemos de un caso directamente, prestaron sus nombres sin saber cuál sería la redacción final, honrados de acompañar tanto nombre notable. Pero otros saben perfectamente que la retórica que mostré en unos pocos ejemplos es falsa y manipuladora. Nadie puede afirmar responsablemente las cosas que contiene ese manifiesto.

Entonces preocupa grandemente que nuevamente se proponga a la opinión pública, a esa entelequia a nombre de la que muchos pretenden hablar y llaman “la sociedad civil”, una interpretación de la realidad completamente falseada que impedirá la formulación y puesta en práctica de una estrategia verdaderamente eficaz. El manifiesto al que aludo es ya una nauseante repetición de lo que no ha funcionado hasta ahora. Es de nuevo la letanía acusadora de Chávez, en una práctica que se limita a eso, a la acusación, sin alcanzar jamás el nivel urgentemente requerido de la refutación de Chávez.

Preocupan estas cosas porque los nombres firmantes son los de personas de poder e influencia, que pueden determinar la postura de los imprescindibles asignadores de recursos financieros y de espacios de comunicación en este año que quiérase o no, será un año electoral. La ceguera continúa. Uno de los firmantes me decía en 1998: “A mí no me importa si Salas Römer tiene o no la razón; si está equivocado o no; a mí lo que me interesa es que es el único que puede derrotar a Chávez, y por esto lo voy a apoyar, diga lo que diga”. Salas Römer había dicho que la constituyente era “un engaño y una cobardía”, y así se alineó en contra de la mayoría nacional que quería una constituyente y, por supuesto, perdió. La estupidez es una cizaña de difícil extirpación.

Así que ahora, como se van conformando las cosas, de no producirse una toma de conciencia, una iluminación repentina, ocurrirá otra vez que prevalecerá la insensatez política y Chávez será reelecto en diciembre de 2006, mientras los que hayan predicado abstenerse, retirarse, abandonar el campo al enemigo, pretenderán que son triunfadores, que Chávez habrá sido deslegitimado, como la Asamblea Nacional, y que hemos emitido un nuevo mandato del pueblo a la nación.

Encontrar una estrategia verdaderamente eficaz requiere un valor poco común entre los hombres: el necesario para abandonar tercas percepciones equivocadas, el reconocer que se ha errado. Es verdad que el 4 de diciembre se pudo ver una debilidad en el régimen, y por esto es posible intentar una aventura electoral con alguna esperanza razonable de triunfo. Pero, por un lado, la oposición institucionalizada en los partidos, que se retiraron porque sabían que no podían ganar ni que Teresa de Calcuta presidiera el CNE, mostró aún más debilidad que la aparente en el gobierno; por otra parte, no es en las direcciones que ahora parecen cundir en buena parte de la conciencia opositora por donde se encontrará la salida. La mentira no se combate con otra mentira de mole equivalente; la mentira sólo se vence con la verdad.

Gracias.

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LEA #175

LEA

La desafiante conducta de Irán en relación con su programa de desarrollo nuclear ha permitido que Europa y los Estados Unidos convenzan a Rusia y China de sumar hoy su voto, en la Agencia Internacional de Energía, a favor de remitir el asunto a la consideración del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tras este acuerdo está la promesa europeo-norteamericana de esperar al menos un mes antes de decidir cualquier tipo de sanción contra los iraníes.

Esta última concesión se justifica porque Irán ha concedido por su parte, luego de resistirla, que la proposición de Rusia de asumir el trabajo grueso de transformación de uranio para Irán puede ser una solución, y que ulteriores conversaciones pudieran perfeccionar esa salida. Esto es, que Irán admitiría procesar el uranio «comercial» a gran escala, para fines energéticos, fuera de su territorio, en Rusia. El mes de espera debiera ser suficiente para el «perfeccionamiento» del acuerdo ruso-iraní.

Pero con esto no desaparece la totalidad de las suspicacias. Irán continuaría operando programas de «investigación»—de escala no comercial—que todavía pudieran permitirle refinar uranio para uso militar. De allí que algunos expertos no se satisfagan con la proposición de los rusos y exijan para Irán el mismo tratamiento que se dio a Libia en 2003. Este país aceptó que todos los equipos que pudieran emplearse para el enriquecimiento de uranio fueran extraídos de su territorio, y facilitó información acerca de sus suplidores, suficiente para impedir los manejos de una red paquistaní de contrabando de aquellos equipos.

Sin embargo, mientras subsista la asimetría entre los países que disponen de armamento nuclear y los que pudieran tenerlo, quieren tenerlo y no se les permita, subsistirá asimismo la tensión y la inconsistencia lógica. La mejor manera de impedir que alguna nación «peligrosa» use armas nucleares es proscribirlas totalmente en la esfera de las naciones-Estado. El arsenal nuclear existente debiera ser puesto íntegramente bajo el control de las Naciones Unidas. (Porque se considerase «prudente» no destruirlo de un todo para contar con él ante una eventual invasión de origen extraterrestre, o para emplearlo en el bombardeo de aerolitos ominosos, escenarios ambos que la ciencia moderna no está dispuesta a declarar imposibles).

Todas las naciones (salvo Alemania) que quieren llevar el caso de Irán ante el Consejo de Seguridad son ellas mismas potencias nucleares. Desde el punto de vista iraní esa postura es un insulto, pues equivale a decir: no les permitiremos tener esto que nosotros ya tenemos porque ustedes están locos. Tal cosa es, justamente, lo que sostienen las alarmadas cancillerías occidentales, sobre todo después que el presidente Ahmadinejad declarase que Israel debía ser borrado del mapa. Pero a nadie le gusta que lo llamen loco.

LEA

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FS #87 – Valores nacionales

Fichero

LEA, por favor

En el año de 1995 publicaba Conciencia XXI los resultados de su Encuesta Nacional de Valores, sobre una extensa recolección de entrevistas realizadas a fines del año anterior. (Conciencia XXI fue la organización antecesora de la encuestadora Consultores 21, ambas fundadas y dirigidas por Alfredo Keller, hoy consultor independiente de aquéllas). Por la época el suscrito redactaba y publicaba «referéndum«, y en el número doble correspondiente a los números 2 y 3 de su Volumen II, de agosto-septiembre de 1995, se insertó la reseña que hoy compone la Ficha Semanal #87 de doctorpolítico.

La lectura de ese comentario pone de manifiesto cómo ha habido cambio de algunas percepciones registradas por la encuesta hace once años. (La política «…está fuera de los temas de conversación familiar…») Pero al propio tiempo es una base para la explicación de la elección de Chávez en 1998: la gente entrevistada tenía por entonces a la política y los políticos en muy baja confianza, y quería cambios radicales, aunque en democracia y gradualmente. Sólo este dato comprueba que el curso revolucionario emprendido por el actual gobierno ha sido asumido en contra de las preferencias del pueblo.

Tampoco apoyaban los venezolanos (salvo una minoría) la noción de que «ser rico es malo», ni entendían que su pobreza se debiera a una injusticia. Un 66% creía que en el país «…uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie», contra 32% que creía que «Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras».

Hasta la Encuesta Nacional de Valores no se había hecho en el país un estudio tan amplio y profundo de estos temas, aunque debe recordarse los estudios Venelite y Conflicto y consenso, emprendidos a comienzos de la década de los sesenta por el CENDES, de la Universidad Central de Venezuela, bajo la dirección inicial de Jorge Ahumada, que los inspiró con su compacto y estupendo trabajo Hipótesis para el cambio social en Venezuela. Resultaría ser, seguramente, muy provechoso que a más de una década del estudio liderado por Keller se acometiera una exploración análoga. Así pudiera medirse el impacto que sobre los valores y actitudes de los venezolanos ha significado la incesante prédica chavista, que hasta la fecha no ha sido refutada integralmente.

LEA

Valores nacionales

Nada tiene que ver con la Comisión Nacional de Valores ni con la Bolsa de Valores de Caracas. No se trata de acciones o bonos Brady. El estudio acometido en 1994 por Conciencia XXI—organismo de la periferia copeyana—y aún en su proceso digestivo, centra su atención sobre la expresión manifiesta de las bases culturales del desarrollo venezolano.

El estudio en cuestión recogió en una «encuesta representativa nacional urbana», las respuestas de dos mil personas a más de doscientas preguntas que sondeaban, posturas, actitudes y valores de los venezolanos. Tal cúmulo de información sobre sus problemas y valores, sus satisfacciones e insatisfacciones, sus esperanzas y sus temores, ha generado una ingente cantidad de datos primarios y de elaboraciones ulteriores en cotejos y cruces estadísticos de diverso tipo.

Conciencia XXI se apoyó en el Grupo Europeo de Estudio sobre los Sistemas de Valores, fundación que desde 1979 ha venido reuniendo a bastantes universidades e institutos especializados en el tema. Esta organización ha realizado dos grandes encuestas sobre esta materia: la primera, en 1981, fue llevada a cabo en nueve países de Europa Occidental; la segunda, aplicada en 1990 en quince países europeos y también en los Estados Unidos y el Canadá, equivale a un sondeo representativo de algo más de 700 millones de personas.

El levantamiento de la información primaria de esta Encuesta Nacional de Valores tuvo lugar en los últimos dos meses de 1994, que en su fase de diseño preliminar contó con la participación de Ramón Piñango, Ramón Guillermo Aveledo, Maxim Ross y Gustavo Martín.

Las áreas exploradas cubrieron las bases psicosociales de la sociedad venezolana, los objetivos sociales y vitales, la familia, la ética y la moral, la religión, el trabajo y la actividad económica, la política. Muchos son los hallazgos interesantes en esta investigación dirigida por Alfredo Keller y que Conciencia XXI pone «al servicio del gobierno, instituciones, educadores, dirigentes políticos y empresariales, de responsables eclesiales, de otros líderes de la sociedad y del público en general», con la esperanza de que «se convierta en servicio público». Acá comentaremos algunos de esos hallazgos que nos parecieron de especial importancia y oportunidad.

Un primer resultado esperable tiene que ver con la lectura de la situación general del país y la situación personal de los entrevistados, que se expresa en una suerte de expectativa sobria y cautelosa. El estudio reconoce un 86% de encuestados prudentes ante los cambios personales, desconfiados de la gente y sus intenciones en un 82%, con un entorno social amenazante para el que piden autoridad y disciplina (92%), liderazgo fuerte (76%), cambios radicales (86%) pero no traumáticos sino graduales (84%). Lo que podría llamarse el criterio de la radicalidad gradual.

Para quienes pudieran pensar que tales respuestas implican un soterrado apoyo a eventuales aventuras dictatoriales, es bueno advertirles que, a pesar de la situación económica general y el reciente proceso de empobrecimiento en Venezuela—con un mayor distanciamiento social—los venezolanos, confrontados con el dilema libertad-igualdad, se pronuncian en mayoría (54%) por la libertad (que cada quien pueda vivir y desarrollarse sin obstáculos) antes que por la igualdad (que nadie se vea desfavorecido, que las diferencias no sean tan grandes: 33%).

Igualmente es importante y sugestivo el hallazgo del estudio respecto de la relación entre posiciones igualitarias y el esfuerzo individual. Este último predomina en las respuestas frente a las posturas igualitaristas, lo que sugiere una revisión de la versión despectiva estándar acerca de nuestros pobladores: que seríamos un conjunto humano poco proclive al logro y al esfuerzo individual. La encuesta midió esta oposición entre igualitarismo y esfuerzo individual a través de la comparación entre parejas de definiciones como las siguientes, que registramos con sus porcentajes de acuerdo: 1. Todos deberíamos ganar más o menos lo mismo (27%) — Se debe estimular el esfuerzo individual (73%); 2. La competencia es mala y hace que la gente se ponga egoísta y mezquina (32%) — La competencia es buena y hace que la gente trabaje duro y busque nuevas ideas (68%); 3. Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras (32%) — En Venezuela uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie (66%).

El que los términos relacionados con una motivación al logro superen claramente a las posiciones igualitaristas—tal vez podría decirse «populistas»—es un claro mentís a las frecuentes interpretaciones deprecatorias del «ADN cultural» de los venezolanos, y permite asentar confianza en que contamos con una orientación de valores proclives al desarrollo de nuestra Nación.

En una jerarquización de aquellos aspectos que son «muy importantes» para los encuestados, se confirma la impresión precedente. Así, en orden decreciente, la familia es muy importante para el 72% de los entrevistados, el trabajo para el 62%, la religión para el 51%, los amigos para el 40%, el tiempo libre para el 38% y la política ¡el 13%!

La política es el aspecto considerado menos importante por la gente en su mayoría. Según la encuesta de Conciencia XXI, la política no tiene importancia para el 73%, absolutamente ninguna para el 41% y poca para el 32%.

Dice Alfredo Keller: «Baja es la importancia de la política en la vida de la gente, y bajo en consecuencia es su interés por ella. (Apenas el 20% manifiesta algún tipo de interés). Y ello a pesar de que casi la mitad de la población (43%) está informada sobre la situación política del país. Información que no pasa de constituir unas implicación cognitiva, con escasísima implicación emocional. Se sabe de ella, pero está fuera de los temas de conversación familiar (17%) o de las conversaciones de los más allegados».

Por otra parte, el estudio confirma que los políticos y los partidos políticos actuales son las instituciones en las que menos confía la gente, lo que llama a Keller a una preocupada reflexión: la confianza en las instituciones es un factor esencial para el funcionamiento social, por lo que resulta alarmante la desconfianza registrable respecto de todas las ramas del Poder Público y los actores políticos en general.

A pesar de lo cual los entrevistados se pronunciaron muy mayoritariamente a favor de la democracia: «La democracia es el mejor sistema político para Venezuela» (78%); «Hay que defender la democracia a como dé lugar» (76%); «La democracia puede solucionar los problemas que tenemos» (68%); «Una dictadura no arreglaría los problemas que tiene el país» (69%).

La conjunción lógica de una firme fe en valores democráticos, junto con la implacable desconfianza respecto de todo lo político se expresa consistentemente en el deseo de cambio. Un 86% expresó apoyo a la idea de que «Venezuela necesita cambios radicales en lo político y lo social», aunque, radicalidad tomada en cuenta, un 84% opinó a favor de la noción de que «Nuestra sociedad debe mejorarse poco a poco, con reformas».

No todo es buena noticia, sin embargo. Junto con esa prudencia y sobriedad, junto con esta mayor valoración del esfuerzo individual, aparecen algunas fisuras. Una observación de gran interés es la que registra el estudio en materia de «seguridad moral». Keller presenta el punto de este modo: «Si la política, la acción política y la vida democrática no son sino procedimientos para tomar decisiones justas sobre lo que debe ser hecho o evitado en el seno de una sociedad, no es banal preguntar y saber si la sociedad, los venezolanos creen que ‘existen normas claras sobre lo que está bien o está mal y que esas normas se aplican siempre, a todas las personas y en cualquier circunstancia’ o si, por el contrario, creen que ‘nunca podrá haber normas totalmente claras sobre lo que está bien y lo que está mal, porque lo bueno y lo malo dependen completamente de las circunstancias del momento’.»

La encuesta encontró ante esta disyuntiva una distribución simétrica: quienes postulan la existencia de normas y valores absolutos (46%) igualan en número a quienes creen que las circunstancias son dominantes. Esto implica que sólo la mitad de los venezolanos tendría principios seguros para distinguir siempre entre el bien y el mal. La retórica reflexiva de Keller le impulsa a preguntar: ¿significará esto una disolución de las actitudes y la conciencia morales, o más bien se trataría de un «refinamiento del discernimiento ético»? La distribución hallada en las respuestas de acuerdo con las opciones presentadas se asemeja más, según datos de 1990 (Estados Unidos) y 1994 (Europa) a la presente entre los europeos que a la dominante entre los norteamericanos. (85% de certeza moral).

Son muchos los datos y los posibles cruces y correlaciones de la información levantada en esta oportuna y útil Encuesta Nacional de Valores emprendida por Conciencia XXI. La seriedad del equipo de proyecto permite apostar a la confiabilidad de los datos; la interpretación de los mismos está abierta al juicio de los analistas.

Vale la pena recobrar algunas reflexiones de una presentación de Alfredo Keller de los resultados de la investigación: «Antes de extrapolar hacia el futuro, fijando el destino a partir de nuestros deseos y temores, conviene basarse en nuestros conocimientos, relativamente seguros, sobre el presente y el pasado reciente. Este estudio puede ser un insumo… Se lee muy frecuentemente, y el estudio arroja algunos elementos de apoyo a esos escritos, que vivimos en un mundo descreído, en una ‘sociedad que produce perplejidad’, ‘necesitada de esperanza’. Faltan valores que relacionen y agreguen las voluntades humanas, que nos aglutinen en torno a ideales. Se acabaron las religiones que daban sentido o respuesta a las cuestiones inaplazables. Se acabaron también las ideologías políticas que alimentaban la esperanza en mundos mejores… Es verdad. Todos tenemos miedo: por nuestra seguridad, por el futuro, por el país, por el mundo. Tal es la naturaleza de la imaginación humana. Y, empero, todo hombre, toda civilización han seguido adelante al sentir que tienen la obligación de hacer lo que es preciso hacer. El compromiso personal de cada uno con su destreza, el compromiso intelectual y el compromiso emocional, amalgamados en uno solo, podrán realizar el ascenso que todos deseamos».

Es ésta una admonición, una invitación de Keller que no vacilamos en suscribir.

LEA

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