por Luis Enrique Alcalá | Dic 11, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El artículo Es hora de quedarse, escrito el 9 de julio de 1998 y publicado en el diario La Verdad de Maracaibo, se reproduce en esta Ficha Semanal #174 de doctorpolítico. Se trata de un tema recurrente en la preocupación del suscrito: la valoración negativa de nuestro país por nosotros mismos.
En jueves inmediatamente anterior al Domingo de Ramos de 1991, por ejemplo, eché mano de una metáfora médica para calmar los ánimos de una reunión, convocada por Monseñor Mario Moronta en oficinas del IFEDEC (Instituto de Formación Demócrata Cristiana, fundado por Arístides Calvani). El obispo reunió a un compacto grupo para exponer una angustia que lo dominaba: según avisos que le llegaban, era alta la probabilidad de un nuevo “caracazo” por aquellos días de Cuaresma, y sus fuentes militares le advertían que, de producirse un nuevo megadesorden, las Fuerzas Armadas se abstendrían de reprimirlo. El resto de su exposición no era otra cosa que una lectura terriblemente negativa del país.
Para sugerir que precisamente la Iglesia Católica podía servir de calmante que tranquilizara los ánimos, predicando el sosiego y la esperanza, expliqué en qué consistía la decisión médica del triage, típica de situaciones calamitosas. Los médicos clasifican a los pacientes en tres grupos, dos de los cuales no recibirán atención avanzada, en vista de la escasez de recursos: los que sufren alguna lesión leve, curable con aspirina y tal vez algo de agua bendita, y los que están tan graves que morirán de todas todas, a pesar de toda la atención que puedan recibir. El grupo residual, de los que empeorarán sin asistencia y mejorarán con ella, es el que recibirá la atención del cuerpo médico.
Pregunté entonces a la reunión de consultores de Monseñor en qué grupo debíamos colocar a Venezuela: si sus males eran tan leves que sanarían por sí solos o tan graves que había que desahuciarla (como parecía sugerir la presentación episcopal), o si tenía problemas serios pero tratables que requerirían nuestro concurso. El diagnóstico fue unánime: nuestro país estaba en este último grupo del triaje. Propuse, pues, a Mario Moronta que los púlpitos católicos hablaran todos como una sola voz, en procura de la tranquilidad del paciente, requerida para que la atención “médica” pudiera conducirse eficazmente. (La agitación del paciente descosería los puntos de sutura y despegaría las líneas de suero). Además de los templos, los medios de comunicación pudieran multiplicar ese mensaje, habida cuenta del espacio que tradicionalmente conceden a la iglesia en los días santos. Monseñor Moronta dio señales de entusiasmo y solicitó que se le hiciera llegar notas escritas en ese sentido, las que recibió en Los Teques un día antes del Domingo de Ramos.
Pero entonces vino la sorpresa: Moronta llenó su sermón de las Siete Palabras en esa Semana Santa de palabras realmente incendiarias, como si en lugar de calmar el ánimo popular se propusiera exacerbarlo. Tal vez creía inminente una insurrección popular y estaba en su interés que se le contara del lado de los revolucionarios. Durante años opinó políticamente, pero nunca propuso alguna solución que no fuese la abstracta y general—e inútil—de su prédica sobre “la centralidad de la persona humana”.
LEA
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Tiempo de quedarse
A comienzos de 1983, hace ya quince años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza.
El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!
No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.
El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.
De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—recordemos que se estaba a comienzos de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le sorprendió. En esa conversación nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: “Bueno, sí, pero ¡la que nos tiene verdaderamente alarmados es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!”
Con mucha frecuencia ese autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos “estar preparados” para vivir en democracia, se le tiene miedo a una Asamblea Constituyente o, más crudamente, se declara: “Venezuela es una caricatura de país”.
Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y algunos buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en eso, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional.
Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga.
El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política.
Las ganas de salir corriendo tal vez sean comprensibles. Más de un venezolano capaz se siente impedido, maniatado. No se pretende negar, entonces, que el país en general—sus obreros, sus científicos, sus empresarios, sus profesionales, sus trabajadores culturales—esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo.
No es el momento de negarnos. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoleto a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 7, 2007 | Notas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: crece por horas la posibilidad de un desenlace político de falta absoluta del Presidente de la República (que llevaría, según estipula la Constitución en su Artículo 233, a una nueva elección presidencial dentro de los treinta días siguientes). Por una parte, los signos crecientes del desquiciamiento emocional del Presidente, como lo atestigua la fotografía anexa, publicada en El País de Madrid. Fue tomada en el acto en que, a lo Hitler, comenzó a presentar factura de traición al pueblo mirandino y caraqueño: «Miranda tiene una deuda conmigo, anótenla. Los caraqueños tiene una deuda conmigo, aquí la tengo anotada ¡Vamos a ver si me la pagan o no me la pagan!» La mano que sostiene el micrófono muestra las huellas de puñetazos recientemente descargados en rabietas.
Por otra parte, arrecia la crítica clara y dura dentro de sus propios partidarios. El sitio de aporrea.org lleva el artículo que se reproduce abajo. No hay voz opositora que haya levantado una crítica tan demoledora del liderazgo de Chávez.
Cordiales saludos
Luis Enrique Alcalá
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http://www.aporrea.org/actualidad/a46319.html
¿Por qué perdimos?
Por: Mathías Irigoyen
Fecha de publicación: 04/12/07
De todas las lecturas posibles que le podemos dar a esta derrota, sería estéril caer en la tentación de las más complacientes: “Perdimos porque el pueblo todavía no tiene suficiente madurez política”; “porque nos faltó más propaganda”; “porque no hicimos suficientes marchas” o porque “faltaron más franelas”. Estas frases reflejan la caricatura de una actitud: la incapacidad de sacar alguna lección útil de la derrota. Son el residuo despechado de un triunfalismo que subestimó al pueblo y todavía lo mira por debajo del hombro. Implican una arrogancia política imperdonable y, en última instancia, la incapacidad de aceptar la voluntad popular.
El mayor desafío de la revolución en esta hora amarga es realizar, a través de la reflexión autocrítica, la lectura más honesta posible de su primera derrota, haciendo el mayor esfuerzo por comprender los errores que jamás deberían volver a repetirse. Presidente Chávez, el desenlace electoral no es mérito de la oposición. Obedece, sobre todo, a que muchos de tus fieles seguidores no fueron a votar por no votar en tu contra, pero muchos otros, por múltiples razones, votaron por el NO. Estas son diez razones que ayudan a explicar por qué muchos venezolanos –aun queriéndote- votamos contra ti:
1. El líder no es infalible. Vale la pena recordar que ningún humano lo es y que el presidente Chávez es humano. Sin embargo, en los últimos meses algunos chavistas prefirieron renunciar a su intuición y su conciencia, antes de asumir con valentía la temida pregunta: ¿Se estará equivocando el Presidente? Otros revolucionarios seguramente sí lo pensaron pero no se atrevieron a manifestarlo por temor a la sospecha de traición o al desempleo. Son temores legítimos. Y si alguno se atrevió a manifestarlo es posible que ya no esté en su cargo. Se tiene mayor responsabilidad cuanto más cercano se está del Presidente. Cuídate de la arrogancia tanto como de la adulancia de quienes te dicen sí a todo, sin opinión, sin reflexión, sin dudar nunca. Tal vez algún día volvamos a tener ministros y autoridades honestas y valientes que mirándote a los ojos, y aun arriesgando el puesto, en vez de decirte “ordene comandante” sean capaces de decirte: “Se está equivocando Presidente”.
2. No se debe subestimar al pueblo. Los líderes, no deben alejarse de los sentimientos y la identidad de su propio pueblo. Cuando esto sucede, el líder puede llegar a sentirse esclarecido conductor de un rebaño de mansos borregos que seguirán sin chistar el rumbo trazado para ellos. Esa fue la actitud más notoria de esta campaña electoral. Quien esté pensando todavía que el pueblo fue el equivocado y Chávez el que tenía la razón, se está cayendo de una nube y no ha terminado de llegar al suelo. Tendrá que tomarse el tiempo para asimilar lo sucedido y elaborar su duelo. Después, tal vez logre comprender que más allá del nivel educativo, cultural o social, el pueblo intuye, sabe y siente lo que hace. Conviene tener esto muy presente antes de emitir juicios sobre la supuesta “inconciencia” del pueblo que votó NO. Conviene recordar que Simón Bolívar conocía del alcance de la sabiduría popular. Conviene recordar, con Alí Primera, que al pueblo venezolano nadie lo arrea porque ya no es manso sino montaraz. Esto lo supo Chávez alguna vez, pero lo olvidó. Y si todavía alguien lo duda, habrá que recordarle que el 13 de abril de 2002 el pueblo demostró que sabe cuándo y cómo tiene que actuar.
3. El triunfalismo es mal consejero. Cuando se está tan seguro de la victoria, cuando no se considera siquiera como posibilidad la derrota, cuando no se escuchan las voces de alerta o advertencia, entonces se repite la antiquísima fábula de la tortuga y la liebre.
4. No se debe comprometer la soberanía en aras de ninguna ideología. El pueblo tiene conciencia de su soberanía, de su identidad y autoestima nacional. Que vinieran médicos cubanos a llevar atención y salud donde nunca el Estado tuvo presencia y donde muchos médicos venezolanos no estaban dispuestos a llegar, fue un gran acierto; pero invadir todas las misiones, ministerios y hasta la propia Fuerza Armada, de “asesores” cubanos profesándoles una admiración reverencial porque ellos “sí saben hacer y sostener revoluciones”, rayó en la ridiculez y la vulgaridad. Por una parte se criticaba duramente la injerencia imperial de los EE.UU, por la otra les entregamos hoteles, despachos, celulares, vehículos, “estipendios”, millardos y una buena dosis de dignidad a hermanos cubanos que venían a manifestar su solidaridad y terminaron dictándonos lecciones de “hombres nuevos”. Eso Presidente, aunque ninguno de sus allegados se atreviera a decírselo, le cayó muy mal a este pueblo.
5. El socialismo no se puede imponer a martillazos. No sólo el socialismo, ninguna ideología –mucho menos si se pretende humanista- se puede inculcar tratando de forzar la voluntad y la libertad individual. Incluso si verdaderamente se tratara de la “panacea” capaz de resolver todos los problemas de una sociedad (que no lo ha sido en ningún lugar, por cierto) no puede imponerse a punta de propagada ni obligando la gente a marchar y repetir consignas fundamentalistas como “Patria, socialismo o muerte”. Las marchas y concentraciones “obligatorias” para los funcionarios públicos, como las de los últimos meses, pudieron servir para aparentar fuerza, pero le aseguro que restaron muchos votos. El gobierno tiene que entenderlo de una buena vez: no existen atajos para la conciencia. Si el gobierno realmente cree en los llamados valores socialistas de solidaridad, igualdad, justicia y amor, que sus más altos funcionarios lo demuestren como lo hizo el Che: con su ejemplo personal, con su honestidad, con su desprendimiento. Mientras siga impune el festín de la corrupción y tus ministros no sean ejemplo vivo de esos valores, el socialismo del siglo XXI seguirá siendo una consigna vacía.
6. El exceso de propaganda genera rechazo a lo que se propaga. Si te vistes de rojo, uniformas a tus seguidores de rojo, pintas las instituciones de rojo, imprimes afiches, vallas, volantes y hasta la constitución de rojo y terminas sintiéndote orgulloso de que una marea rojo rojita te aupe, lograrás hartar por exceso. Eso fue lo que te pasó. Por otra parte, si utilizas los recursos públicos, sin pudor ni disimulo para financiar tu campaña electoral, con el consecuente ventajismo que eso genera, tarde o temprano termina saliéndote el tiro por la culata. Uniformarse de un sólo color envía a tus potenciales seguidores y al mundo un mensaje peligroso: allí no puede sobrevivir la diversidad ni la pluralidad.
7. Los poderes públicos deben mantener su independencia. Esto es un principio republicano universal consagrado en nuestra Constitución y las leyes. Pero más allá de eso, es conveniente respetarlo para que ningún poder, por revolucionario que sea, se imponga sobre los otros. Si haces una revolución es muy deseable que los demás poderes te acompañen y te apoyen para avanzar en la misma dirección. Lo malo es que se subordinen, miren a otro lado y hasta terminen defendiendo tus errores. Si como poder Ejecutivo haces una propuesta para el país, no es ético involucrar en su elaboración al Fiscal General, a la Presidenta del TSJ y a la propia Asamblea Nacional, por una sencilla razón: No se debe ser juez y parte al mismo tiempo. Ojalá no esté lejos el día en que la Asamblea Nacional, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía General de la República, la Contraloría, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral hagan su trabajo sin tener que preguntarse antes: “¿Qué piensa Chávez sobre esto?”.
8. La intolerancia y la agresividad descapitaliza políticamente. El discurso polarizante puede dar muy buenos frutos en coyunturas en las que urge tomar partido por dos opciones. Esto lo sabe y utiliza Bush tanto como lo sabe y utiliza Chávez. Su premisa más básica se resume en el chantaje: “O estas conmigo o estás contra mí”. Aunque puede funcionar en tiempos de guerra, no sirve para nada como modus vivendi de un país harto de la violencia cotidiana que lo que más quiere es vivir en paz.
9. El chantaje y la manipulación no convencen al pueblo. Se puede manipular a un niño. Se puede manipular a un pueblo que te ama con lo más puro de sus sentimientos y ha sido capaz de arriesgar su propia vida por ti. Pero tú pueblo ya no es un niño porque tú mismo lo ayudaste a madurar y crecer políticamente. Nunca más lo puedes tratar de chantajear como lo hace Bush, ni decirles que tus propuestas son lo mismo que tú, ni amenazarlo con que si no las aprueban te vas, ni abusar de su amor evocando atentados ficticios o reales para que se asusten ante la sola idea de no tenerte. Eso ya no te va a funcionar más.
10. La mentira no paga. Tuviste que mentir para vender una idea que desde el principio demostró no ser convincente. Dijiste que estabas invocando al Poder Constituyente pero tuviste temor a convocar una Asamblea Constituyente. Quisiste modificar el espíritu de la Carta Magna, pero no te atreviste a proponer la modificación del Preámbulo ni de los Principios Fundamentales. Quisiste hacer una nueva Constitución, pero dijiste que se trataba apenas de una reforma que no alteraba más del 10% de su articulado. Dijiste que la propuesta era integral e indivisible por temor a que se votara artículo por artículo. Dijiste que se abriría un gran debate nacional y tan sólo hubo monólogo. Probablemente tus asesores te recomendaron todas o muchas de estas “estrategias políticas” que se parecen demasiado a la deshonestidad y a la mentira. Ojalá, querido Presidente, que desde este momento los escuches menos a ellos y escuches más a tu pueblo.
mathiasirigoyen@yahoo.com.ar
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2007 | LEA, Política |

La Navidad promete ser la mejor de la última década. Para Venezuela, ya sabemos por qué. Para el mundo, porque después de todo parece que la batalla de Armagedón no es inminente. El más reciente National Intelligence Estimate (Estimado Nacional de Inteligencia) de los Estados Unidos, que el presidente Bush dice haber conocido tan tarde como la semana pasada, asevera ahora que Irán abandonó su programa de armas nucleares en 2003, hace ya cuatro años. El informe es producto del consenso de dieciséis agencias estadounidenses de inteligencia.
Naturalmente, han surgido las preguntas obvias. ¿Cómo es posible que el gobierno norteamericano haya sostenido un discurso tan duro contra Irán, cuando se descubre, con peligroso retraso, que a fin de cuentas el gobierno iraní estuvo todo el tiempo diciendo la verdad sobre este punto? ¿Dónde se va a meter ahora el Presidente de la Universidad de Columbia? ¿Ofrecerá George W. Bush sus excusas a Mahmoud Ahmadinejad?
En Irán se ha recibido el histórico reporte con gran beneplácito. Manouchehr Mottaki, su Ministro de Asuntos Exteriores, ha dado la bienvenida a los “países que corrigen sus apreciaciones con realismo, aunque en el pasado tuvieran preguntas y sostuvieran ambigüedades respecto de las actividades nucleares iraníes”.
Ah, pero los tercos del planeta, como Chávez, no cejan en su dureza. Bush ha aducido no sólo que no conocía la nueva evaluación hasta hace muy pocos días, sino que sugiere que la detención del programa de armas nucleares en Irán se debió, precisamente, al temor inspirado por la postura norteamericana. “Irán era peligroso, Irán es peligroso e Irán será peligroso si tiene el conocimiento necesario para hacer un arma nuclear”, dijo el Presidente de los Estados Unidos. El gobierno de Sarkozy, que emula el amorochamiento que Aznar mantuviera con Bush, mantiene su posición dura de exigir sanciones más pesadas. Una vocera de la cancillería francesa declaró: “Parece que Irán no está respetando sus obligaciones internacionales. Debemos mantener la presión sobre Irán”. Los ingleses, por su parte, dicen (oficina del Primer Ministro): “En términos generales, el gobierno cree que el informe confirma que teníamos razón en estar preocupados acerca del intento por parte de Irán de desarrollar armas nucleares”. Etcétera.
La oposición a Bush en los mismos Estados Unidos no se come el cuento de que él no sabía nada, y recuerda cómo fue que la invasión a Irak fuera predicada sobre evaluaciones completamente erradas acerca de la presencia de armas de destrucción masiva en ese país y su presunta cooperación con al Quaeda. El senador Barack Obama, principal competidor de la senadora Hillary Clinton por la candidatura presidencial de los demócratas, observó con ironía: “El presidente Bush continúa impidiendo que los hechos se atraviesen en el camino de su ideología”. Si éste hubiera leído suficientemente a Isaac Asimov, ripostaría: “No dejes que tu sentido de la moralidad te impida hacer lo que es correcto”. Aun sin ese barniz cultural sigue en sus trece. Y estuvo a punto de ordenar el bombardeo de Irán.
Pero esta vez se ha quedado sin pretexto. Feliz Navidad.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2007 | Cartas, Política |

Antes de entrar en materia, tres cosas previas.
La primera es la de despejar las leyendas urbanas alimentadas desde los recalcitrantes radicales de oposición que a estas alturas, como dice Luis Alberto Machado, en vez de regocijarse con los resultados del domingo, y por mantener tercamente que tenían razón cuando obviamente carecían de ella, andan buscando el modo de amargarse la vida. (Como, por ejemplo, la necedad totalmente falsa que circula en correos anónimos alegremente distribuidos: “Baduel, Chávez, el CNE, el Alto Mando Militar y los factores del NO, negocian unos resultados que no fueran humillantes para Chávez y aparecen esos resultados cerrados”. Esta estúpida especie es de la misma calaña de las que sostenían que Gaviria se vendió en agosto de 2004, que Petkoff fue a reunirse con Fidel Castro de regreso de la toma de posesión de Bachelet en abril de 2006 y que Rosales se reunió en Fuerte Tiuna en diciembre de ese mismo año para negociar su rendición).
No tiene la más mínima utilidad para el país que María Corina Machado declare que según un quick count—dicho en inglés porque suena más profesional—la diferencia real a favor del NO sería de 8,61 puntos y no de 1,41, como ha indicado el Consejo Nacional Electoral (para el bloque A, sobre 87% de los cuadernos recibidos). Suponiéndole a Súmate una honestidad que no hay motivo para cuestionar, de todos modos los números que la organización ofrece se obtienen por un método que no puede competir con el registro real de los votos, que es lo que el CNE posee. Es cierto que Ojo Electoral también obtiene cifras diferentes, pero de nuevo sus números vienen de una muestra, no de la contabilidad efectiva de los votos emitidos. (Este observador midió una diferencia de 3,2 puntos a favor del NO).
Pero Vicente Díaz, incalificable de chavista, ha hecho unas declaraciones de grandes importancia, hidalguía y valor. Desmintiendo con decisión y seriedad los infundios que se lanzan sobre el CNE, ha apuntado no sólo que los cuadernos por recibir no modificarán la angosta brecha que separó el repudio de la aprobación de la “reforma” constitucional propuesta, sino que ha dicho, con todas sus letras, que “se demostró que Chávez no es un dictador y que la oposición no es golpista”. (El Universal. Puede leerse un recuento más nutrido de su lección magistral en el propio portal del CNE). Gracias a Vicente Díaz.
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La segunda cosa previa a destacar es, justamente, la conducta del Presidente de la República. Cuando Rafael Caldera ganó por primera vez una elección presidencial—1968, contra Gonzalo Barrios—lo hizo por poco más de treinta mil votos, y la proclamación se retrasó por varios días a causa del regateo de tan mínima diferencia. Fue su contendiente, el Dr. Barrios, quien zanjó el asunto—saliendo al paso de quienes le animaban a quedarse con el coroto—al sostener con gran lucidez: “La oposición puede ganar por treinta mil votos. El gobierno no. Nadie lo creería”.
Pues resulta que Hugo Chávez ha aceptado que el proyecto en el que había puesto enorme esfuerzo y esperanza ha sido derrotado, por una ventaja minúscula. El suscrito, redactando de madrugada e intoxicado por la alegría, escribió el lunes: “La diferencia mínima que anunciara la Rectora Presidenta del CNE… pareciera construida para permitir el discurso posterior de Hugo Chávez, que reconoció su derrota calificando el resultado como un ‘final de fotografía’ y la victoria de sus contrarios como pírrica”. Ahora me doy cuenta de que esa insinuación fue irresponsable.
Manuel Rosales le había indicado el camino hace un año, al reconocer tempranamente, y con hombría, su derrota. Ese gesto tiene todavía el inmenso valor de recibir el eco del gesto de Chávez. Por el reconocimiento del triunfo de sus adversarios, me quito el sombrero ante el Presidente de la República. Chapeau, Monsieur le Président. (Dicho en francés porque es de uso común). Gracias a Hugo Chávez.
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La tercera y última anotación al margen va dirigida al refrescante y heroico movimiento estudiantil, que emergió con el caso RCTV—primer repudio de una mayoría pública a Chávez en 2007—y perseveró en batalla valiente, clara y eficaz contra el proyecto de “reforma” constitucional.
Hace casi cincuenta años, los estudiantes universitarios venezolanos, que eran bastante menos que los de ahora, llegaron a persuadirse de que eran ellos quienes habían derrocado a Pérez Jiménez. Sin duda, jugaron un papel determinante, verdaderamente crucial. Las convocatorias de la juventud tienen la fuerza de la frescura y el desinterés. Pero, como hoy, los estudiantes de entonces desempeñaron una misión necesaria, mas no suficiente. En el desenlace del 2 de diciembre muchos otros factores intervinieron; muy importantemente, por ejemplo, partidarios usuales del Presidente, que sintieron que en el caso del derrotado proyecto se había pasado de maraca y, o votaron en contra, o se abstuvieron.
Ahora dice Ricardo Sánchez, recién electo Presidente de la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela: “Llegó el relevo y asumamos los espacios de dirección política tanto universitaria como de la calle en términos de darle nuevas caras y rostros al país”.
Ya va, Ricardo, deja el apuro. Fíjate que hay mas claridad en otra voz juvenil, como la tuya, que dice: “¿Se dan cuenta de la crisis tan grave de liderazgo que vivimos en Venezuela? ¿Cómo es posible que un pelado de veintitrés años esté aquí hablándoles a ustedes? ¿Aquí no debería estar una persona con dos doctorados, que hable siete idiomas y que haya trabajado toda su vida por políticas públicas para poder liderar al país hacia el progreso?” Esa claridad es la que se requiere para despejar humos que puedan habérsele subido a los estudiantes. Gracias a Jon Goikoetxea.
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Ahora al punto, que es éste: ¿qué es lo que hay que hacer ahora? ¿Cuáles son las acciones a emprender y cuál es su orden correcto?
Antes que nada, los siguientes datos fundamentales. Uno, que el 2 de diciembre celebramos nuestro tercer referéndum constituyente; es decir, uno en el que nos expresamos no como meros Electores, sino como integrantes del Poder Constituyente Originario. (Por el primero declaramos que queríamos elegir una asamblea constituyente; por el segundo aprobamos la Constitución). Dos, que el domingo pasado ganó el NO en sólo nueve de las veinticuatro circunscripciones electorales del país. (Distrito Capital, Anzoátegui, Carabobo, Lara, Mérida, Miranda, Nueva Esparta, Táchira y Zulia). En las restantes quince circunscripciones ganó el sí.
Dicho esto, consideremos que la prescripción de moda es una nueva asamblea constituyente, cuando ni siquiera se ha cumplido una década de la última, que produjo la constitución vigente, la que nos propusimos defender hace escasos cuatro días.
Esta receta la prescribe ahora Raúl Isaías Baduel, montado en la ola de popularidad que su eficacísima acción opositora ha creado, aumentada por el incidente que puso en peligro su vida el domingo de las votaciones y su decisiva actuación de ese día, emanando su autoridad—auctoritas no potestas—sobre la Fuerza Armada Nacional e influyendo sobre el CNE. (Gracias a Raúl Baduel).
No es la idea originalmente suya, por supuesto. El 25 de agosto de este año proponía Manuel Rosales: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. Bastante antes, hacia febrero de 2003—por la época del “reafirmazo” organizado por Súmate para considerar un “combo” de opciones para salir de Chávez—la propuso nadie menos que Herman Escarrá, a sólo tres años y dos meses de que hubiera participado en la de 1999. (Su fama de “primer constitucionalista nacional”, una vez fugado de la escena Allan Randolph Brewer Carías, le permitiría fácilmente prevalecer).
Comiendo, pues, como el tigre por lo ligero, Baduel se propone capitalizar su bien ganado prestigio—los que antes lo condenaban por haber repuesto al diablo ahora lo vitorean—y continuar su ascendente trayectoria como líder de un movimiento pro constituyente, que para materializarse tendría que recoger casi dos millones y medio de firmas, lo que es cuesta arriba pero no imposible en vista del resultado del domingo.
La idea no es buena. Para empezar, la Constitución dice (Artículo 347) que una asamblea constituyente debe convocarse y elegirse para “transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”. Pero Baduel ha dicho desde que se lanzó al ruedo que la constitución actual es estupenda, magnífica, espectacular. No es porque él tenga ahora un proyecto completo de reordenación jurídica, una prevista transformación del Estado, o una redactada constitución enteramente nueva, que aboga por una constituyente. Lo que busca Baduel es un antojo que ya se ha apoderado de gente apresurada, que ahora persigue, impacientemente, recomponer la Asamblea Nacional. (Y/o, en procura más ambiciosa, colocar sobre la cabeza presidencial un poder más poderoso que el de él).
Es una mala idea. En septiembre de 1998 escribía el suscrito (“Primer referendo nacional”): “Un cambio de esta naturaleza es claramente algo que no puede ser llamado una reforma, y menos aún una enmienda, que es aquello para lo que el ‘poder constituyente ordinario o ‘derivado’—el Congreso de la República—tiene facultades expresas. Esta es la verdadera razón para la convocatoria de una Constituyente. Los argumentos que visualizan un órgano de este tipo como medio de recambiar el elenco de actores políticos nacionales son un desacierto: para esto es que se ha creado el procedimiento electoral”.
Pero es que además de promover un método equivocado para tal fin, debe tomarse en cuenta que no es lo mismo un referéndum como el de hace cuatro días que una elección para conformar un cuerpo deliberante. Los diputados a una constituyente serían elegidos por circunscripciones electorales, y quince de las veinticuatro apoyaron el domingo la pretensión de Hugo Chávez, en algunas con diferencias mayores que las obtenidas por el NO. (Los estados en los que el NO obtuvo una mayor ventaja fueron Táchira con 14,63 puntos, Zulia con 13,89 y Miranda con 12,83. Contrástese esto con la ventaja del sí en Amazonas, 31,53, en Portuguesa, 26,16 o Trujillo, 24,33. El promedio de la ventaja del sí en los estados que ganó fue de 14,74; el del NO fue 9,32). De no mediar drásticas y masivas conversiones ciudadanas, el chavismo tendría mayoría en la constituyente.
Baduel, como dice el Brujo de Los Palos Grandes, se ha puesto a correr delante de sí mismo. Mal timing, prematuramente atropellado.
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Hay, en cambio, un evento electoral inexorablemente pautado para 2008: las elecciones de nuevos gobernadores y alcaldes. Sólo un poco más de diez meses nos separan de esos comicios. (Los actuales gobernadores y alcaldes fueron elegidos el 31 de octubre de 2004). La preparación de candidaturas para esa circunstancia ineludible debe comenzar ya.
Una meta mínima pudiera ser la de obtener la gobernación en cada uno de los estados donde el NO resultó triunfador. Apartando Nueva Esparta y Zulia, que tienen ya gobernadores no chavistas, se trataría de añadir seis más para un total de ocho gobernadores arrancados al “proceso”. (La novena circunscripción, el Distrito Capital, elegirá alcaldes). Eso sería un serísimo revés para Chávez.
Tal cosa no es tarea fácil. Pudiera ganarse con relativa comodidad si confluyen dos condiciones: la primera, que el apoyo al chavismo prosiga su declive; la segunda, que los innumerables aspirantes de oposición logren acordarse en candidatos únicos para cada circunscripción. De lo contrario, una oferta dividida sería derrotada. (Ahora sí pudiera considerarse elecciones primarias para alcanzar esa segunda condición).
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Supongamos que la oposición logre la meta delineada o incluso la supere con creces. En este caso puede entonces voltearse la mirada a la Asamblea Nacional, que también se compone por circunscripciones electorales. (Y base poblacional, por supuesto, aunque no únicamente. Artículo 186 de la Constitución, parágrafos 1º al 3º: “La Asamblea Nacional estará integrada por diputados y diputadas elegidos o elegidas en cada entidad federal por votación universal, directa, personalizada y secreta con representación proporcional, según una base poblacional del uno coma uno por ciento de la población total del país. Cada entidad federal elegirá, además, tres diputados o diputadas. Los pueblos indígenas de la República Bolivariana de Venezuela elegirán tres diputados o diputadas de acuerdo con lo establecido en la ley electoral, respetando sus tradiciones y costumbres”).
¿Cómo forzar la recomposición de la Asamblea Nacional antes de tiempo? Se copia ahora del #263 de la Carta Semanal de doctorpolítico (15 de noviembre de 2007), haciendo una sustitución pertinente en la última oración, en la pregunta: “Si un mero referéndum consultivo sirvió para dilucidar si queríamos, mediante asamblea constituyente no contemplada en la constitución, sustituir la que nos regía por otra enteramente nueva, ¿qué pudiera oponerse a la noción de que otro referéndum consultivo nos preguntara si queremos elegir una nueva Asamblea Nacional, aunque formalmente no se haya cumplido el período especificado para quienes ahora la componen?”
La sola convocatoria de un referéndum tal requiere nada más que diez por ciento de los Electores apoyándola con su firma: un poco más de un millón seiscientos mil, u ochocientos mil menos que los exigidos para obtener una constituyente.
Llegada la actual dinámica a una maduración conveniente, pudiéramos intentar el recambio de la Asamblea Nacional por esta vía, con la seguridad de que se superaría significativamente la representación opositora que la integró en 2000. Entretanto, a prepararse para la ardua carrera de las gobernaciones y alcaldías. Y desechar, por impertinente, innecesaria, inconveniente y extemporánea, la idea de forzar ahora una asamblea constituyente.
Claro, de presentarse una súbita y marcada pérdida de gobernabilidad, debiera estudiarse el recorrido de otras avenidas. Pero Chávez no dio muestras, en la madrugada del lunes, de haber perdido el control. Todo lo contrario, de modo que no contemos con eso. ¿No y que habíamos abandonado el inmediatismo?
Después de eso, por supuesto, un torpedo ha estallado en las entrañas del gobierno. Heinz Dieterich ha reincidido en sus críticas con un artículo que puede leerse en http://www.aporrea.org/tiburon/a46125.html, y atribuye directa y crudamente la causa de la derrota al estilo unipersonal de gobierno en Hugo Chávez, además de calificar de absurdas ciertas disposiciones del proyecto derrotado. Éste, por su parte, ha vuelto a llamar a Venezolana de Televisión—ahora gobierna así—para anticipar que pronto viene la «Sexta» República, ¡con la convocatoria de una constituyente!
Pero la idea de la constituyente, convocada por Chávez, sería entonces una mala idea para él. Si se propusiera sacar de ese órgano inelecto todavía, la misma propuesta que antes llamó «reforma»—no una constitución enteramente nueva, como manda el Artículo 347 constitucional—tal cosa sería entendida como maniobra politiquera y como desacato flagrante al Poder Constituyente Originario, que acaba de negar sus pretensiones.
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 4, 2007 | Fichas, Política |

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La editorial Libros Marcados, presidida por el penetrante periodista Fausto Masó, ha publicado un libro que hacía mucha falta. Se trata de La 4ta. República (Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder), cuyo autor es Ramón Guillermo Aveledo. Su título emplea deliberadamente la etiqueta de procedencia chavista, que inexactamente se refiere con ella a los gobiernos democráticos venezolanos entre la caída de Pérez Jiménez y la asunción de Chávez al poder.
Fernando Luis Egaña ha explicado lo que nos tragamos como marco lingüístico cada vez que admitimos la denominación “cuarta república”. Como las primeras tres ocurren entre 1811 y 1830, y la quinta habría empezado propiamente el 15 de diciembre de 1999, entonces la “cuarta” comprende “los 168 años que incluyen el paecismo, la Federación, el dominio andino y el surgimiento de la democracia”. Para la nueva enciclopedia del régimen “son un mismo magma tenebroso que separa la gesta libertadora de la ‘revolución bolivariana’. Semejante mamarracho historiológico no resiste el menor soplido y, sin embargo, es la ‘versión oficial’ que el actual régimen difunde a diestra y siniestra, con el conformismo escandaloso de buena parte de la opinión pública y publicada”. En sentido amplio, pues, “cuarta república” es un cognomento despectivo que denota, para Chávez, “lo malo” de nuestra historia republicana. Es decir, desde la muerte de Bolívar hasta su propia encaramada. En sentido estricto, que es el que usa más comúnmente, la expresión designa sólo a los gobiernos democráticos que le precedieron.
Y son estos gobiernos, precisamente, los que Aveledo presenta al balance, sobriamente, sin que una cifra en su recuento sea inexacta o una referencia manipulada. Su serena exposición está organizada, muy útilmente, al modo temático. De ella emerge una convincente y justa imagen: los gobiernos civiles en Venezuela, con todas sus criticables equivocaciones, trajeron más progreso al país que todos los gobiernos militares juntos, que fueron muchos más. De hecho, es su construcción de la democracia en la conciencia nacional lo que todavía resiste al intento militarista de más reciente cuño: el proyecto desmesurado de Hugo Chávez. Éste será superado precisamente porque antes de él se sembró la democracia con raíces muy profundas, aunque habrá que asegurarse que su término no dé paso a la mera restauración de un ancien régime que se había hecho insuficiente.
Hacía tiempo que un balance como el escrito por Aveledo se requería con urgencia, para refutar las distorsiones interesadas del discurso chavista. Se trata, pues, de un libro inteligente, como lo es su autor. Doctor en Ciencias Políticas, Ramón Guillermo Aveledo ha tenido una destacada carrera pública, cuyo punto más elevado se alcanzara—por ahora—con su doble Presidencia de la Cámara de Diputados. Este señor tan importante presidió también, entre 2001 y 2007, la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, y aunque siempre ejerció la imparcialidad, uno sospecha que su corazón estaba con los Cardenales de Lara, su tierra natal, a la que representó con brillantez como Diputado en tres períodos constitucionales.
La Ficha Semanal #173 de doctorpolítico reproduce la apostilla final del libro de Aveledo: Conclusión – Créditos, débitos y el privilegio exigente de vivir en libertad.
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Privilegio exigente
El único presidente de Venezuela que se ha equivocado es José Antonio Páez, al menos fue el único en admitirlo. El dos veces Jefe de Estado concluye así su Autobiografía: “Termino, pues, la historia de mi vida donde debió haber acabado mi carrera pública…”, esto es, en 1850. Reconoce así que se equivocó al seguir en el protagonismo político y volver al poder, y todavía más:
“Es seguro que en tantos años de carrera pública habré cometido yerros de más o menos consecuencia; pero bien merece perdón quien sólo pecó por ignorancia, o por concepto equivocado. Mi propio naufragio habrá señalado a mis conciudadanos los escollos que deben evitar”.
Los demás presidentes no se equivocaron jamás. Tal es su convicción, o su declaración. En cambio, los venezolanos pensamos mayoritariamente que los únicos en equivocarse fueron, precisamente, los presidentes, y que nosotros nunca hemos errado, ni siquiera al elegirlos. Que este país sería una maravilla si no hubiéramos tenido presidentes, gobiernos y políticos así.
En la investigación realizada para escribir estas páginas no encontré evidencias que sustentaran la infalibilidad popular o la sabia pureza popular. Los venezolanos, y nuestros gobernantes, juntos o por separado, nos hemos equivocado. Pero también, como hemos podido darnos cuenta, hemos sabido acertar.
Siempre se nos dijo que el poder en Venezuela es para los hombres de armas. “El mundo es de los valientes” en la frase carujana. Que esta tierra brava, rebelde, parejera, este “cuero seco” no podía ser gobernado “por las buenas”. Los civiles podían redactar proclamas”, escribir constituciones y leyes para no cumplirlas, pero no mandar. Los cuarenta años más estables y de más progresos en la vida de este país demuestra exactamente lo contrario.
Se ha diagnosticado que esas cuatro décadas cerraron su ciclo a causa de la corrupción, un fenómeno que antecedió a la democracia y que la ha sobrevivido con una salud y una fortaleza que impactan al menos impresionable de los observadores. Creo que la verdad es que su ocaso está más relacionado con el colapso del modelo rentista que no supo superar y con el alejamiento entre los partidos políticos y la sociedad toda, desde los sectores organizados con intereses grandes, medianos y pequeños, hasta el pueblo llano y sus mismas bases.
En el tiempo de los civiles en el poder, el único estable como tal en la Historia de Venezuela, la contabilidad política tiene sus créditos y sus débitos.
En cuanto a convivencia, el haber fue lograrla y mantenerla. Y el debe no valorarla.
En cuanto a instituciones, el haber fue organizar poderes equilibrados y ensayar la primera, y hasta ahora única, experiencia sostenida de poder distribuido, limitado, despersonalizado de nuestra existencia republicana. Y el debe, no desarrollar conciencia institucional.
En lo social, el haber fue la transformación radical de Venezuela y la educación de la abrumadora mayoría de los venezolanos. Y el debe, no haber logrado en la medida deseable la integración de esa sociedad nueva y compleja.
En lo económico, el haber es la modernización y diversificación de un aparato productivo que no es ni la sombra de lo que había. Y el debe, no haber superado el rentismo para poder generar prosperidad sustentable para todos.
En lo petrolero, el haber es la madurez para buscar y lograr el progresivo dominio de nuestro principal negocio. Y el debe, no haber sacado todo el provecho posible en desarrollos aguas abajo y con la inversión de los ciudadanos.
En la infraestructura y el medio ambiente, el haber es una descomunal transformación dl escenario nacional, y el debe nuestro inveterado descuido con el mantenimiento.
En lo internacional, el haber es una diplomacia vinculada a valores e intereses nacionales que nos ganó prestigio y respetabilidad en el mundo. El debes es una inmodesta sobrestimación de nuestras posibilidades que nos llevó, y nos sigue llevando, a empresas que nos exceden y no necesariamente nos convienen.
¿Es mayor la columna azul del crédito que la roja del débito?
Me parece que sí. Pero, en todo caso, he procurado poner honradamente en manos del lector los elementos de juicio que le permitan tomar su posición.
El logro más grande de los cuarenta años es haber demostrado que podíamos vivir en libertad y en paz, y el fracaso más triste no haber aprendido a defenderla y a mejorarla.
Si miramos la historia de este país, de Latinoamérica y del mundo, veremos que vivir en libertad es un privilegio, pero también una labor muy exigente. En la opresión sólo hay que obedecer. En la democracia hay que decidir. Porque la libertad se trata de atreverse cada uno a asumir su responsabilidad.
Ramón Guillermo Aveledo
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