por Luis Enrique Alcalá | Abr 17, 2008 | Cartas, Política |

En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba La tienda roja. La cinta fantasea sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile (Peter Finch). Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, nos cuenta la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen (Sean Connery) que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán (Hardy Kruger) que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.
La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia (Claudia Cardinale) a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: “Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás”.
La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: “Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en la última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?” El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: “¡Yo pensaba en un plato de sopa y en una bañera calientes y en una cama en que dormir al abrigo del viento!”
Leigh H. Edwards escribió en 2005, para la edición de la cinta en DVD, una reseña que explica: “Como muchas otras películas de desastres antes que ella, La tienda roja inquiere qué impulsa a la gente a explorar parajes peligrosos y desolados. Y ofrece las racionalizaciones usuales: arrogancia, competencia, fama, dinero, ambición, alguna noción extraviada de pureza o belleza. Pero este filme tiene algo más en mente. Emplea la historia de la aventura para plantear filosóficamente unas pocas cuestiones, como ¿en qué consisten el liderazgo o el coraje?”
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Quizás algún día haya una madrugada para una sinceridad ineludible de Hugo Chávez, cuando sea visitado por sus propios fantasmas y éstos le hagan toda clase de preguntas. Cuando nadie le esté viendo y no tenga sentido ya una teatralidad excesiva, cuando no precise guiarse por “la tendencia a hacer de nuestras vidas—define Edwards—grandes narrativas y actuar nuestras identidades”.
Hugo Chávez debe tener miles de razones en su alma, aunque sólo fuera porque es ocurrente y es incapaz de contenerse inventando centenares de decisiones, pero lo que es evidente es que su ocupación principal es hacer de su vida una narración épica, y que su liderazgo y su coraje son una actuación. De los muchos motivos aducibles para justificar el numeroso rosario de decisiones que ha caracterizado su largo gobierno, hay, como con Nobile, alguna razón preponderante, la que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. Ese motivo real, que algún día, si es que llega a viejo como Umberto Nobile, deberá Chávez reconocerse a sí mismo, podemos conocerlo nosotros mucho antes que él. Veamos.
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¿Qué razones ha podido tener Chávez—pudiera preguntar, de actor a actor, Sean Connery—para lanzar la enésima “misión”, ésa que ha bautizado como “Misión 13 de abril”?
Bueno, primero que nada, la razón de la elección de la etiqueta es obvia. La nueva misión del presidente misionero ha sido bautizada con la fecha del día en que Raúl Isaías Baduel repuso a Chávez en el poder. Comoquiera que el previsto currículum “bolivariano” exige que quienes estudien bachillerato reciban casi la mitad de un total de 160 contenidos en Ciencias Sociales sobre el gobierno de Hugo Chávez, allí constará que esta flamante misión, destinada al “combate contra la pobreza y la miseria” rememora uno de los más dramáticos episodios de la heroica gesta chavista.
A continuación cabe preguntarse cuál es, en la práctica, el verdadero sentido del nuevo engendro. La cosa fue presentada en reposición de uno de los papeles más aclamados en toda la carrera actoral del Presidente, el de Chávez autocrítico. Venía hablando, en plan arrepentido, de la “baja eficiencia”—¿a quién atribuirla?—de su propio gobierno “a la hora de atender los problemas más prácticos del pueblo venezolano”. Dicho esto, procedió a confundir los términos y ya no habló de eficiencia, sino de eficacia: “Debemos incrementar la eficacia”. ¿Cómo? Con la “Misión 13 de abril”, que operará “salas de batalla social, para identificar y financiar proyectos de los consejos comunales y movimientos populares para solucionar los problemas más urgentes”. Es decir, explicó, alimentación, salud, seguridad, materiales de construcción y suministro de agua y electricidad. ¿No es esto, precisamente, lo que debe hacer un gobierno normal? ¿Es que ya los mercales y pdvales no bastan para distribuir alimentos, CADAFE y la recién estatizada Electricidad de Caracas para distribuir electricidad y la policía nacional para garantizar la seguridad? ¿Es entonces la nueva misión un gobierno paralelo? (Nótese la terminología castrense: para “combatir” a la pobreza y la miseria serían necesarias “salas de batalla social”).
Pero el sentido no está completo sin reportar el contrabando añadido: la “segunda línea de acción” de la fresca misión es la de “fijar los valores socialistas” mediante la “creación de las comunas”. Te doy tu ladrillo y el cemento que ahora produciré para tu proyecto, pues ahora soy dueño de cementeras, mientras te adoctrino en el pensamiento de Carlos Marx y disuelvo tu identidad individual en una comuna.
¿Cuál es, podemos preguntar, la cama caliente de esta decisión, la que permita a Chávez dormir al abrigo del viento? Puede ser aducido el socialismo del siglo XXI, el interés por las necesidades populares, el celo zamorano, la reivindicación de los excluidos, el combate al imperio y el terrorismo mediático o alguna otra razón endógena y protagónica. Pero la verdad es que Chávez estaba representando un papel en el teatro abierto de la Avenida Urdaneta de Caracas, en fecha señalada—13 de abril—, ante miles de espectadores a los que se había regalado las entradas. Estaba actuando, y en ejercicio de su profesión dramática, del rol escogido para ese día, tenía que anunciar algo nuevo. Es uno de sus principales rasgos histriónicos su facilidad para la improvisación.
Ni siquiera es una razón de peso la próxima confrontación electoral. Chávez no necesitaba canales nuevos para hacer llegar, en soborno de votos, las ingentes cantidades de fondos a su disposición. (Que continúan creciendo ¡como si trabajara a su favor el complaciente genio de Aladino! La Cámara Petrolera de Venezuela reportaba ayer que la cesta de crudos venezolanos había alcanzado la cota de US$ 97,34 por barril, mientras el mercado mundial sigue asistiendo a un imparable encarecimiento del petróleo, que ya rebasa el precio de US$ 115 para el principal contrato de futuros en Nueva York. Y se estima que el nuevo Impuesto sobre Precios Extraordinarios del Mercado Internacional de Hidrocarburos—a la “ganancia súbita” de transnacionales en Venezuela—pudiera reportar hasta US$ 9.000 mil millones adicionales, por encima de ingresos muy mayores que recrecen ya para la mera operación de PDVSA. Quien creyera que Chávez iba a quedarse limpio en 2008 estaba muy equivocado). Los conductos ya establecidos para la masiva distribución de transferencias bastaban. La nueva misión es, básicamente, un gesto teatral.
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Que la motivación última de anuncios como ése sea una vocación de actor, no significa que la misión que alude a la resurrección de Chávez no tenga utilidad política. Por supuesto que habrá un impacto electoral de mucha consideración, a pesar de un nuevo desarreglo que aumenta el estropicio institucional y el caos administrativo, sobre todo si el Presidente es perfectamente capaz de desempeñar o improvisar otros papeles.
Por ejemplo, el anuncio de la nueva misión sigue a los de la estatización de SIDOR y las empresas cementeras, pero sigue también a su nuevo rol de hombre discreto en el teatro de las FARC. Hace cuatro días se permitió sugerir a los guerrilleros que liberaran a todos los rehenes civiles que mantienen cautivos. (Los libretos que Chávez asume tienen notas marginales con citas de estudios de opinión. En dos platos, Chávez lee encuestas y saca las consecuencias políticas. Por esto promete que ahora guardará silencio pero seguirá trabajando por la liberación de los retenidos, y dice que “no tiene sentido” mantener a civiles como prisioneros de guerra. Esto no se le había ocurrido y tampoco se lo habían escrito en el libreto de diciembre y enero, cuando despotricaba contra el Presidente de Colombia y exigía para las FARC el status de beligerantes. Ya tiene nuevos parlamentos que pronunciar, así sean contradictorios de recientes actuaciones).
El motivo de esta última performance es transparente: su desempeño actoral en el drama—más bien la tragedia—de los cautivos de las FARC no recibió buena crítica, ni internacional ni doméstica. Había, por tanto, que corregir posturas y monólogos. Chávez se hace prudente, y el coro griego de las FARC lo ayuda a él (y también a Rafael Correa). Estos irregulares, que a las pocas horas de conocerse la muerte de Raúl Reyes emitieron un comunicado en el que decían que ella no tenía por qué afectar el proceso de intercambio “humanitario”, se contradicen ahora argumentando que Ingrid Betancourt no puede ser liberada porque de su liberación se ocupaba justamente Reyes, y que su presencia en Ecuador se debía a que planeaban entregarla a Correa.
En fin, uno puede perderse en el archipiélago de motivos que explicarían los centenares de decisiones de Hugo Chávez. En el fondo es uno el más poderoso, el que es la verdadera razón de su desempeño: Chávez es el actor de su propia epopeya. Hace de su vida una narrativa grandiosa, actuación de su identidad, y está adiestrando a Danny Glover—a quien la Asamblea Nacional acaba de aumentarle la mesada de US$ 18 millones en 50%—para que la lleve a la pantalla según su modelo.
Un hombre serio no toma centenares de decisiones; toma unas pocas y las cumple. Chávez ha tomado tantas que niega el concepto mismo de decisión. Si todo es prioritario nada es una prioridad. Si cada domingo se anuncia un nuevo megaplán, y si cada nuevo megaplán duplica la función de otros previos, es imposible que la “baja eficiencia”—que Chávez admite que caracteriza su gobierno—dé paso a una corrección que la mejore.
Pero es que Chávez no ejerce la Presidencia: la actúa. Chávez nos hace recordar, en su postiza y recargada actuación, la de un Rod Steiger de humos subidos, de cuya sobreactuada representación de Napoleón Bonaparte dijera la revista Time: “Es Rod Steiger representando a Rod Steiger representando a Napoleón”. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 15, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En esta época de estatizaciones a diestra y siniestra, predicadas sobre la coartada de supuestos “intereses estratégicos” del Estado venezolano, resulta interesante refrescar una experiencia que no debe ser olvidada jamás. Ésta es la del costosísimo experimento del comunismo soviético, que convirtió al antiguo imperio zarista, absolutista y desalmado, en una dominación todavía peor, en la que la miseria y la aquiescencia fueron impuestas con el empleo del terror sistemático, como resultado de los crímenes de un Estado asesino y torturador.
En julio de 1964 el Instituto para el Desarrollo Económico y Social se presentó en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, cuyas ponencias y deliberaciones tomaron cinco días completos y a las que asistieron distinguidísimos conferencistas nacionales y extranjeros. (La pléyade se componía de Eloy Anzola Montauban, Arístides Calvani, Roberto Álamo, Héctor Mujica, Simón Romero Lozano, Louis Lebret, Jorge Ahumada, Kenneth Boulding, Juan Pablo Terra, Jean Yves Calvez, Guy Lemonnier, Ronald Clapham, Ugo Papi, Georges Celestin, Alfred Sauvy, Félix Morlion y Frederick Harbison. Las sesiones tuvieron como escenario el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela). El tercer día fue dedicado al tema La gestión de la función económica: empresa privada y Estado, y fue en su tratamiento donde se examinara, desde diversos ángulos, las prescripciones del marxismo para la economía.
Guy Lemonnier desarrolló el tema El marxismo y el desarrollo económico, desde su perspectiva de político y líder sindical experimentado, que podía reivindicar radicalidades antiguas de cepa anarquista. De su extensa exposición, se recoge un fragmento de dura evaluación del marxismo práctico en esta Ficha Semanal #190 de doctorpolítico.
En una sección previa a la aquí reproducida, Lemonnier delata la admisión de realidades económicas a la que José Stalin se vio forzado. El conferencista citó de un opúsculo del sanguinario dictador georgiano (Los problemas de la economía y del socialismo en la Unión Soviética), publicado en 1952, y en el que Stalin afirmaba: “…los esquemas de la reproducción de Marx no se limitan en absoluto a repetir los rasgos específicos de la reproducción capitalista, que contienen también numerosas tesis fundamentales relacionadas con la reproducción, que siguen siendo válidas para todas las formaciones sociales, incluso, y muy particularmente, para la forma social socialista… ninguna de estas tesis fundamentales de la teoría de Marx de la reproducción es válida solamente para la formación capitalista, y ninguna sociedad socialista puede abstenerse de aplicarlas a la planificación de la economía nacional”. (Destacado de esta publicación). Entre tales tesis Stalin incluía “la división de la producción social en producción de bienes de consumo; la de la prioridad dada a la producción de los bienes de producción, y, por consiguiente, a la producción ampliada; la de la acumulación considerada como fuente única de la reproducción ampliada”.
Es decir, Stalin hubiera podido comenzar en su época la aceptación de la lógica capitalista que ahora asume China, de no haber sido porque su patológica necesidad de poder absoluto y feroz requería el pretexto estatista. Traducido de la jerga stalinista, lo que allí se dice es que lo más natural es que las empresas arrojen ganancia.
LEA
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El peor explotador
Durante los primeros ocho o diez años de su reinado, los dirigentes comunistas en la URSS pensaban que, gracias a la plusvalía, la acumulación se realizaría en el sector nacionalizado de su economía, ya que durante todo un período, aquel llamado de la “Nueva Política Económica” (NEP, de 1921 a 1927), había dos sectores en la economía soviética: un sector privado y un sector nacional. Pero la experiencia demostró que, lejos de liberar una plusvalía, el sector nacionalizado más bien representaba un gasto para el Estado, absorbiendo lo que se deducía, por concepto de impuestos, de los beneficios de las empresas privadas. Era imposible, por lo tanto, lograr por este medio la acumulación de capital.
Fue entonces cuando se desarrolló dentro del partido comunista soviético una larga y apasionada discusión, mal estudiada, por lo general, en Occidente, y todavía peor estudiada en la Unión Soviética, donde nunca se habla de ella. Vale la pena que la consideremos, puesto que menciona muchos de los problemas que nos preocupan con respecto a los métodos de formación de los primeros capitales necesarios para el desarrollo económico.
Había, pues, necesidad de capitales, y según un episodio—al cual me referiré más adelante—, se pensó que Marx había escrito sobre la acumulación primitiva, lo que les sirvió de inspiración durante mucho tiempo. El teórico de la operación fue Preobrajenski, en una obra escrita en 1926, que lleva por título, si no me equivoco, “La Nueva Economía”. El fue quien inventó, según creo, la fórmula de la acumulación primitiva socialista, la cual horrorizó a los marxistas ortodoxos, ya que consideraban que la acumulación primitiva es anterior al capitalismo; el socialismo sigue al capitalismo y, por tanto, la idea de que pudiera existir una acumulación primitiva socialista les parecía una herejía contra la doctrina marxista.
Preobrajensky se refiere al último capítulo de “El Capital”. Descarta lo que decía Marx acerca del pillaje colonial, por impracticable; pero preconiza—ésta es la expresión que emplea—la explotación de los campesinos a beneficio del socialismo. Expresa esto con el lenguaje abstracto típico de los economistas marxistas. “Cuanto mayor sea el atraso económico de un país que está pasando a la organización socialista de la producción, tanto menor será la herencia que recibirá el proletariado en el momento de la revolución social como fondo de su acumulación socialista. Cuanto más pueda la acumulación socialista basarse proporcionalmente en la apropiación de una parte del producto suplementario de las formaciones económicas presocialistas, tanto menos pesará la acumulación sobre su propia base de producción, o sea, menos se alimentará del producto suplementario de los trabajadores de la industria socialista”.
No se tardó en ver, con la experiencia, todo lo de inhumano que se ocultaba detrás de este lenguaje abstracto. Efectivamente, desde el punto de vista social, desde el punto de vista humano. la industrialización soviética de los primeros planes quinquenales fue una especie de concentrado de todos los horrores y atrocidades que Marx había descrito para el período de acumulación primitiva y del capitalismo inicial.
Se comenzó por la colectivización de las tierras, que Marx había llamado expropiación de la población campesina. Las tierras fueron colectivizadas por medio de las peores violaciones; por una parte, porque el sistema de las haciendas colectivas facilitaba las deducciones masivas sobre la producción agrícola, cuya venta suministraría los capitales indispensables; y, por otra, porque el sector de la población rural, expulsada del campo, proporcionaría a la industria que se estaba desarrollando la mano de obra barata que precisaba. Esto es una transposición exacta del esquema que Marx trazó de la expropiación de los campesinos por los agricultores capitalistas, con la diferencia de que las violencias descritas por Marx nunca alcanzaron la magnitud de las que conoció el campesinado soviético. Por otra parte, la expropiación que los capitalistas habían llevado en su favor, por lo menos llenaba una función económica, asegurando un alto nivel de la producción agrícola, mientras que el sistema de “koljoses” ha hundido a la agricultura soviética en un marasmo continuo.
La lección fue clara, y, sin embargo, todos los comunistas que llegaron al poder en Europa Oriental y en China siguieron el mismo camino. Cuando Mao Tse Tung decreto la colectivización agraria (la segunda revolución agraria bajo el régimen comunista chino), habló en términos bastante parecidos a los de Preobrajenski. En ese decreto (1955), que tiene carácter de informe, decía: “La industrialización socialista no puede realizarse en forma aislada, sin nexos con la cooperación agrícola, es decir, con la colectivización de las tierras. Se necesita gran cantidad de fondos para llevar a cabo la industrialización del país, y la agricultura puede proporcionar una parte considerable de estos fondos”. Así, pues, el desarrollo económico en el modelo soviético se basa en una explotación masiva de los campesinos. Sabemos que esta explotación todavía persiste.
El desarrollo económico se basa también en una explotación intensa de las masas proletarias y, a este respecto. el modelo soviético se parece más a aquel que Marx había sacado del primer capitalismo que al esquema de la acumulación primitiva. Preobrajenski escribe en la obra citada más arriba una frase bastante terrible: “Hay que señalar aquí que la temible miseria de la guerra y de la revolución, la enorme disminución de las necesidades habituales dc la dase obrera, han sido y siguen siendo un factor de la acumulación socialista, por cuanto que después de un pasado tan reciente de miseria, la clase obrera consigue mas fácilmente limitar ella misma sus necesidades durante los años en que las tareas de la acumulación socialista figuran en primer plano”.
Es decir, que durante todo el período de la acumulación primitiva socialista. se especuló con las costumbres de la miseria, cundidas e inculcadas por la guerra y la revolución en las masas trabajadoras de Rusia, para hacer una deducción sobre el producto del trabajo y explotar vergonzosamente a estas masas obreras. Probablemente Preobrajenski, que era un buen hombre, no pensaba que las cosas llegarían al extremo a que llegaron, pero llegaron muy lejos. Ningún proletariado del mundo sufrió tanto durante el período de la industrialización como lo que sufrió el proletariado en Rusia, y éste no sufrió voluntariamente, por amor a la causa. Se hizo necesaria no sólo la coacción económica, sino también la coacción política y social. Hubo que recurrir a la fuerza física y al temor, lo mismo que hubo que recurrir al terror y a la fuerza física para romper la resistencia de los campesinos frente a la colectivización.
En su capítulo sobre los comienzos del capitalismo industrial, Marx escribe que la fuerza es un agente económico. Lo decía censurando los horrores de su aplicación con bastante razón. Pero los dirigentes soviéticos, en vez de tomarlo como tal censura, lo entendieron como un consejo. Se podría demostrar cómo se conseguían los capitales en la economía soviética, utilizando otras formas también inspiradas en el modelo de la acumulación primitiva. Después de la segunda guerra mundial, en las democracias populares y en China, se llevó a cabo el pillaje colonial, que había sido descartado por Preobrajenski por impracticable Las exacciones fiscales, la explotación de la deuda pública por medio de préstamos forzados son, entre otros, los procedimientos aludidos. Por cierto que estos préstamos forzados fueron suprimidos por Khrushchev hace algunos años, pero con la observación de que no serían reembolsados. No entraré en más detalles, pero sí quiero dar mi opinión. Hay asuntos en los que la mejor manera de ser objetivo no consiste en abstenerse de juzgar, sino en explicar cuál es el criterio con el que se juzga.
Ustedes no se sorprenderán si, en mi carácter de sindicalista, yo hablo, en primer término, de la miseria de los obreros. No estoy seguro, a pesar de lo que se dice a menudo, de que el modelo soviético, que se dice socialista. sea el más eficaz, sea aquel cuya aplicación permite el desarrollo económico más rápido. Diría que estoy seguro de lo contrario. Y, de todos modos, aun cuando fuese el medio más rápido para fabricar una gran cantidad de toneladas de acero, yo no lo aprobaría, porque para mí la dignidad y el bienestar de los hombres, considerados individualmente, son más importantes que montañas de hierro.
A más de un siglo de distancia, nos sentimos todavía afligidos o indignados por los sufrimientos de los obreros europeos de 1815 a 1850. Y todavía está vivo el remordimiento por estos hechos en la conciencia europea y en la conciencia universal. ¿Qué diremos, entonces, de los sufrimientos diez veces peores que ha soportado el proletariado ruso? Hoy en día, aquellos jóvenes de Rusia que tratan de liberarse del yugo intelectual y que por ciertas revelaciones leales por unos dirigentes actuales, comienzan por pensar en estas cosas, empiezan a decir a sus padres: “Ustedes nos han mentido y nos han permitido cometer actos vergonzosos”. Y a medida que se enteran de lo que se les ha ocultado; a medida que se dan cuenta de lo ocurrido en la Unión Soviética durante los treinta años anteriores, aquel mismo remordimiento que a veces nos mortifica cuando pensamos en Europa Occidental, fundando su nuevo poder industrial sobre el niños de ocho años, ese mismo remordimiento—digo—, embargará, a su vez, el ánimo de las jóvenes generaciones soviéticas. Y debemos temer que nos pidan cuentas a nosotros también, porque no dijimos nada, porque dejamos hacer, porque evocando pretextos de paz, muy legítimos sin duda, hemos fraternizado y buscado la conciliación. En ciertos períodos. y en los períodos más atroces del terror entre los años 1936 y 1938, muchos occidentales iban a las embajadas soviéticas a beber el vodka y comer el caviar de la fraternidad, mientras sucedían estos horrores.
Guy Lemonnier
por Luis Enrique Alcalá | Abr 10, 2008 | LEA, Política |

Leído el documento declarativo de “principios” (7 de los corrientes) de la agrupación política Un Nuevo Tiempo, es poco lo que pueda uno rechazar, tan genéricas e inocuas son sus proposiciones. ¿Quién se alzaría para expresar oposición, por caso, a la noción de que “este siglo debe ser de las democracias de avanzada con justicia social”? ¿Cómo puede uno oponerse a la formulación que dice: “Exigimos para todos los pueblos del mundo—sea cual fuere su cultura tradicional—su emancipación de toda forma de despotismo político y su derecho a reconstruir su destino sobre la base de la voluntad ciudadana libremente expresada”? Ni siquiera Hugo Chávez sale a proponer abiertamente las bondades del despotismo político.
La Declaración de Principios Ideológicos y Programáticos de Un Nuevo Tiempo no es, pues, otra cosa que un amasijo de lugares comunes, buenos para cualquier cosa en función de su inanidad y mediocridad. La redacción, por otra parte, no es muy cuidada. Al cierre mismo del documento, por ejemplo, se lee lo siguiente: “Un Nuevo Tiempo nació para que la Democracia Social en Venezuela nos conduzca a un país donde la libertad, la equidad económica y la justicia social, logre para nuestra patria un desarrollo sustentable, para que nuestros ciudadanos satisfagan sus necesidades materiales y se realicen espiritualmente, nacemos mirando hacia el futuro, dispuestos a luchar porque no se repitan los errores del pasado y se supere el desastre del presente”.
La insistencia de los partidos convencionales—Acción Democrática, COPEI y demás residuos atávicos, pero también el Partido Socialista Único de Venezuela, Primero Justicia y ahora Un Nuevo Tiempo—en declarar compromisos ideológicos, les ubica nítidamente en grupo ya periclitado. No es una ideología—una panacea llena de palabrería y a veces de prepotencia—lo que puede servir como solución a los grandes problemas públicos, que es preciso acometer, antes que con ideología, mediante metodología profesional.
Pero es todavía peor cuando estos obsoletos esfuerzos no son sino excusa más o menos vistosa para disfrazar un proyecto personalista. En los primeros dos párrafos de la declaración principista de Un Nuevo Tiempo se menciona por nombre y apellido a Manuel Rosales: “Un Nuevo Tiempo como movimiento político nace en el Estado Zulia, bajo la conducción de su líder y fundador Manuel Rosales… Al convertirse Manuel Rosales en el año 2006, en el candidato presidencial de la unidad opositora al continuismo autocrático, con propuestas y valores, que a pesar de lo corto de la campaña obtuvieron el apoyo de más de cuatro millones de venezolanos, motivó la decisión de miles de ciudadanos en todo el territorio nacional, de organizar este esfuerzo, estas propuestas y valores, en un gran movimiento político nacional, para lo cual se decidió designar y juramentar nuestra Comisión Organizadora Nacional el pasado 3 de Marzo de 2007”.
No puede negarse que Manuel Rosales es un operador político diligente, no exento de valentía—pedradas soportó en la campaña de 2006—pero no hizo en aquel momento otra cosa que usufructuar el mercado cautivo opositor, que igualmente habría votado en la misma magnitud por casi cualquier otro candidato y al que Rosales no añadió ni un solo voto. (Perdió las elecciones presidenciales hasta en el estado Zulia, y de hecho, proporcionalmente, levantó menos votos opositores que los del referendo revocatorio de 2004).
No tiene Rosales talla de estadista, y si pudiera todavía, con el tiempo y mucho estudio, crecer hasta ella, no tiene nada de moderno ni de democrático exaltar su figura justamente al comienzo de una declaración “de principios”. Ya está bueno de sujetar las organizaciones políticas a obligaciones personalistas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Abr 10, 2008 | Cartas, Política |

En 1954 Peter Drucker, gran gurú de la gerencia norteamericana, publicaba La práctica de la gerencia, libro en el que por vez primera predicaba la “gerencia por objetivos”, en contraposición a una “gerencia por crisis”, en la que los ejecutivos se desempeñaban prácticamente sólo como apagafuegos espasmódicos. La gerencia por objetivos introducía racionalidad y serenidad en la gestión empresarial, al proporcionar dirección clara al esfuerzo gerencial.
El estilo administrativo del gobierno de Chávez pareciera ser, más bien, el de una «gerencia por sobresaltos». Ya no es que responde a crisis que emerjan autónomamente en su contexto, sino que las crea él mismo. Casi cada semana de las 478 transcurridas desde que Chávez llegara a la Presidencia de la República, ha habido uno o dos incidentes sorprendentes, acompañados de la consiguiente tensión. No ha habido paz en la república en los últimos nueve años.
La condición descrita, que perturba de insidioso modo la psiquis de la nación—evidentemente neurotizada, como se manifiesta en una conducta social cada vez más agresiva—puede ser asimilada a la condición médica que se conoce como hemorragia por capas, característica de ciertas dolencias agudas del tracto digestivo. Ante ella, los médicos están seguros de que ocurrirán sucesivos episodios hemorrágicos, pero ignoran dónde se producirán.
Es así con este gobierno: un día la atención está puesta sobre los peligrosos roces con Colombia; al día siguiente, la implantación de una reforma curricular ideologizante conmueve a la nación; entonces se anuncia la estatización del sector cementero, luego de reventar las denuncias sobre el latifundismo de los Chávez en Barinas; al otro día las denuncias se reorientan para poner al ex Fiscal General en la mira, en espectáculo de un mitómano reconocido (Giovanny Vásquez); entonces unas decenas de encapuchados toman y paralizan a la parroquia 23 de enero (Chávez, que prefiere se tenga a las FARC por “beligerantes”, se refirió a esos revoltosos como “terroristas”); a esto se superpone la estatización de SIDOR, etcétera, etcétera, etcétera.
Este proceso sin fin no ocurre sin contradicciones, las que a veces se suceden con ritmo interdiario. Poco después de que Chávez emitiese el ucase inapelable de la estatización del cemento, llega a leerse que la orden sólo se refiere a las empresas cementeras que antes eran de la nación y fueron privatizadas. (“Nosotros sólo vamos a nacionalizar lo que fue privatizado, las grandes cementeras que se llevaron casi regaladas, las plantas que fueron propiedad del Estado”, dijo Chávez a la gente de Cementos Catatumbo en Maracaibo, donde Estaban Pineda Belloso, el jeque omnímodo del diario Panorama, aliado del gobierno, tiene un interés importante. El reporte no proviene del “terrorismo mediático” de Globovisión, sino de la propia Agencia Bolivariana de Noticias). Pero es que prácticamente toda la industria nacional del cemento estuvo siempre en manos privadas. (Tan sólo Cementos Caribe estaba en manos de FOGADE cuando fue adquirida por Holcim, la cementera suiza, y originalmente era una empresa privada).
O dice Chávez con no poco orgullo el pasado domingo, cuando invita a la “burguesía nacional” al diálogo, que la Cámara de la Construcción está muy satisfecha con las perspectivas de su sector en el breve plazo, y entonces uno no entiende cómo es que se estatizará el cemento, y ahora la producción de acero, porque presuntamente no hay ni cemento ni acero en cantidades suficientes al mercado interno, pues los empresarios del acero y el cemento preferirían vender sus productos en el exterior. (Si esto fuera así, ¿cómo pueden los empresarios de la construcción anunciar alegres perspectivas?) O el gobernador del estado Bolívar, en celebración de la medida contra la argentina Ternium, accionista mayoritaria en SIDOR declara que “en Venezuela no hay peligro de que la inversión privada se vea afectada”. Bueno, Ternium ha sido afectada de inmediato; no sólo venía perdiendo diariamente 3 millones de dólares con la huelga que paralizó a SIDOR, sino que sus acciones experimentaron una marcada pérdida de valor con el mero anuncio del takeover gubernamental. (SIDOR es, al menos, la cuarta parte del negocio total de Ternium).
O cuando Ramón Cañizales, Vicepresidente Ejecutivo de la República, pretexta el arrebatón a Ternium porque esta empresa mantendría ante sus trabajadores “una actitud colonizadora, radical, inflexible, arrogante, irrespetuosa, antiética, inhumana”, y les somete a una semiesclavitud, acto seguido indica, sin el menor empacho por su propia contradicción, que pudiera ejecutarse “un esquema en el que no se descarta mantener a Ternium con un paquete minoritario de acciones”. Es decir, que el gobierno revolucionario de los pobres, adalid de los trabajadores, vería con buenos ojos que Ternium, presuntamente responsable de tan horribles cosas, continúe siendo su socia. (O cómplice, dado que habría delito de lesa humanidad hacia los obreros).
Debe reconocerse, al menos, que las indemnizaciones acordadas por el gobierno a los antiguos dueños de las empresas estatizadas—La Electricidad de Caracas, CANTV, las petroleras de la Faja del Orinoco (con la notoria excepción de Exxon-Mobil)—hasta ahora han parecido ser satisfactorias para los despojados. Es de esperar, pues, que Ternium reciba una compensación más o menos adecuada, si es que la estatización de SIDOR sigue adelante. (La empresa confía en que el gobierno argentino logre revertir la decisión, pero esto no sería fácil, sobre todo cuando los trabajadores la han recibido con beneplácito y Ramón Machuca, Presidente de SUTISS y pretendiente a la gobernación de Bolívar, tendría tanto que perder en una marcha atrás). Y no todos los analistas internacionales se asustan; Gianfranco Bertozzi, de Lehman Brothers, escribe hace poco en un informe: “Las adquisiciones gubernamentales de las industrias cementeras y del acero serán empleadas para insuflar nuevo aliento a la construcción en Venezuela”.
¿Será por esto que la Cámara de la Construcción, según Chávez, está tan optimista?
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Lo cierto es que ya los ejecutivos de publicidad de Venevisión—al admitir que sólo PDVSA ha colocado recientemente 40 millones de bolívares fuertes de inversión publicitaria en esa televisora—pueden predecir los picos de la publicidad gubernamental a corto plazo, anotando simplemente las boutades presidenciales y sus contradictorios efectos, pues cada vez debe hacerse un trabajo posterior de explicación y corrección de la opinión pública, labor a la que antaño debieron aplicarse con denuedo Luis Miquilena y José Vicente Rangel. (Por el lío con Exxon-Mobil, un día íbamos a suspender los envíos de petróleo a los Estados Unidos, y al día siguiente se explicó que no había planes de hacer tal cosa. Nueve batallones con apoyo blindado se despachó a la frontera con Colombia, para que a la reunión del Grupo de Río en República Dominicana el presidente Chávez llegara en actitud de pacífico cordero. Estatizaremos las cementeras, y veinticuatro horas más tarde se explica que la medida sólo pesaría sobre las empresas “privatizadas”).
¿Tiene el gobierno cómo administrar eficientemente las responsabilidades que adquiere crecientemente, luego de que agita laboralmente para crear la coartada de las estatizaciones? Uno puede intervenir quirúrgicamente un cuerpo atlético, pero si al tiempo que se le trepana el cráneo se le reduce una fractura de consideración, y se le reseca un pulmón y también el bazo, y se le extirpa medio intestino delgado y todo el páncreas y se le hace un extenso injerto de piel, en cuanto se procure extirparle una espinilla en la espalda es muy probable que el paciente muera por shock. Es demasiado trauma para tan breve tiempo.
Desbocado en su afán de controlar prácticamente toda esfera de la vida nacional, especialmente en la economía, el gobierno no puede deglutir, no digamos digerir, todo lo que come. Su tren ejecutivo no es muy amplio, a juzgar por los frecuentes enroques de las mismas caras. Por otra parte, la capacidad profesional de sus colaboradores, con honrosas excepciones, pareciera definirse por su conocimiento de la jerga que Andrés Oppenheimer bautizara como “marxista-narcisista”. No hay en el gobierno capacidad gerencial para administrar su recrecido volumen, verdaderamente tumoral.
En lo que llevamos de gobierno chavista el Estado venezolano ha recibido ingresos que se acercan a la cifra de 700 mil millones de dólares (incluyendo en ella el endeudamiento), y la infraestructura nacional permanece prácticamente idéntica a la de 1999. Escribe Gregorio Sampsa: “Relación de las principales ‘grandes’ obras entregadas por el Gobierno: el Hospital Cardiológico Infantil, 80 millones de dólares; el ramal ferroviario Cúa-Caracas, 600 millones de dólares; el Puente sobre el río Orinoco, 360 millones de dólares; la Línea 4 del Metro de Caracas, 340 millones de dólares; el Metro de Valencia, 320 millones de dólares; el Metro de Maracaibo, 300 millones de dólares; la ampliación del Aeropuerto Simón Bolívar, 40 millones de dólares; el nuevo viaducto Caracas-La Guaira, 60 millones de dólares”. Comenta Sampsa: “El total de lo invertido en las ‘grandes’ y emblemáticas obras de este gobierno suma alrededor de 2.100 millones de dólares”, y compara esa magnitud con las de grandes proyectos de ingeniería internacionales, para informarnos que lo invertido en los nueve años de Chávez ni siquiera habría cubierto el gasto por movimiento de tierra del nuevo aeropuerto de Hong Kong. ¿En qué se han ido 698 mil millones de dólares no empleados en infraestructura? ¿Por qué es que PDVSA tiene que endeudarse para acometer el aumento de su potencial de producción?
En verdad, el gobierno—Chávez—fabrica ideas fantasiosas por minutos, y en su torpe y corrupta ejecución va dejando atrás una estela de gallineros verticales, núcleos endógenos y ejes Orinoco-Apure inconclusos. (De los proyectos reseñados por Sampsa, además, todos fueron concebidos y planificados por gobiernos anteriores, con las salvedades del Cardiológico Infantil y el viaducto de la Autopista Caracas-La Guaira, requerido este último porque el antiguo se derrumbó).
Ahora, pues, a la producción y venta de petróleo y gas, a su creciente papel agrícola-ganadero (32 fincas amanecieron hoy militarizadas en el Valle del Río Turbio), a la función docente, a la policía nacional, a su liderazgo antimperialista de alcance planetario, a la función pulpera de los mercales y pdvales, a la distribución de electricidad, al servicio de telefonía, y a todo el resto de la enorme carga que pesa sobre los hombros de un gobierno con veintitrés ministerios, quiere añadir también la producción de cemento y la de acero.
El desempeño gubernamental, aquejado de elefantiasis, ha sido terrible. No hay indicador casi que pueda exhibirse en progreso respecto de gobiernos anteriores, mientras la delincuencia prospera, así como la inflación y la devaluación de la moneda. Sobre todo, la corrupción ha alcanzado cotas hasta ahora desconocidas.
Si Hugo Chávez, que a juzgar por otras señales—no ha vuelto a insultar a Uribe Vélez, por ejemplo, o dice que seguirá procurando la liberación de rehenes en poder de las FARC pero en silencio, discretamente (¡a buena hora!), o indica que el gobierno no lleva prisa con lo del currículum “bolivariano”—pareciese encontrarse en fase reflexiva (ha leído encuestas y enfrenta próximas elecciones), incluyera en sus cavilaciones una evaluación de su propio gobierno, pudiera percatarse de que, por menos de la mitad de los desaguisados que ha protagonizado o permitido, él mismo se alzó contra Carlos Andrés Pérez en 1992.
En medio de su delirio, de su verborrea incesante, pudiera darse él mismo un respiro y entender lo difícil que es gobernar con buenos resultados. La soberbia lo llevó a pretender erigirse en juez de la democracia, en paladín justiciero que arreglaría lo que el gobierno de Pérez y los de sus predecesores habrían descompuesto, e intentó un golpe de Estado que por fortuna fracasó.
Si él fuese en estos días un teniente coronel activo, con mando sobre tropas y la misma ideología confusa y arrogante que había logrado absorber para 1992, con su misma disposición abusiva, ¿no tendría que alzarse hoy para deponerse a sí mismo?
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 8, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En conmemoración anticipada del cumpleaños de Mme. C. G.
Seguramente es el 11 de abril de 2002, del que se cumplen seis años el viernes de esta semana, una de las fechas políticas más significativas para Venezuela en tiempos recientes. Constituyó, sin duda, el clímax de un creciente proceso de repudio a la gestión presidencial de Hugo Chávez entre esa fecha y su asunción al poder, el 2 de febrero de 1999. El anticlímax que le siguió, con las acciones anticonstitucionales de Pedro Carmona Estanga al día siguiente, repuso en rápida bajamar al presidente destituido, quien por primera vez vistió sus ropas de cordero. El escarmiento, sin duda, no le duró mucho.
A pesar de adolecer él mismo de una falla de origen—su intentona del 4 de febrero de 1992—las soterradas acciones conspirativas que subyacían a las manifestaciones de calle de una dócil e ingenua masa opositora, le han servido desde entonces para etiquetar a la oposición como golpista. Ésta nunca ha sabido repudiar con claridad al “carmonazo”. Por la época, sólo Primero Justicia atinó a dar de baja de sus filas a Leopoldo Martínez, por haber aceptado un cargo de ministro de Carmona sin haber enterado a su partido. Casi que la única voz opositora que alertara a la población del desaguisado protagonizado por Carmona fue la de Teodoro Petkoff, quien en la noche misma del 12 de abril repudió el exabrupto anticonstitucional que hacía pocas horas se había escenificado en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores. El lunes siguiente, Allan Randolph Brewer Carías, acusado de haber redactado el monstruoso decreto de Carmona—rubricado allí por el cardenal Velasco, Manuel Rosales, José Curiel Rodríguez y Rocío Guijarro, entre otros, pero ignorado por la CTV—desmintió la especie. Según él, se le había presentado el documento y lo había declarado incorrecto, por lo que sólo habría podido introducir en él “correcciones de estilo”.
Hay quienes recomiendan no censurar estas acciones, ni la posterior toma de la Plaza Francia en Altamira por militares, ni el paro petrolero. Pero la verdad es que al no haberse distanciado nítidamente de tales torpezas, en buena parte del electorado la dirigencia opositora es asociada con una prédica hipócrita, que dice oponerse a Chávez porque es demócrata y en las obras se expresa con preferencia por dictaduras y golpes de Estado.
Monseñor Baltazar Porras, notorio protagonista en aquel momento—porque el propio Chávez quiso cobijarse bajo su sotana—, ha escrito unas interesantes memorias, uno de cuyos capítulos está dedicado a los primeros meses de 2002. La Ficha Semanal #189 de doctorpolítico recoge tres secciones de ese capítulo casi por entero; son las que relatan sus experiencias del 11 de abril y la madrugada siguiente. Llaman la atención en su relato algunas visitas que hiciera en esas fechas: a la casa de Gustavo Cisneros para un almuerzo en honor del Embajador de los Estados Unidos (donde se encontró con Alfredo Peña y Luis Miquilena, y también con “los directivos de los principales canales de televisión caraqueños”); a Venevisión (donde una vez más estaba Luis Miquilena, así como Rafael Poleo y Enrique Mendoza); a Televén, adonde el general Néstor González González le indicara dirigirse pues, al decir de Porras, ahí operaba “el comando que negociaba con Miraflores”.
Los fragmentos reproducidos narran las dramáticas conversaciones telefónicas del obispo con Chávez y el ministro Rodríguez Chacín. Seguramente monseñor Porras no estaba, como se dice vulgarmente, en el ajo, pero tuvo oportunidad de estar muy cerca del elenco del procesito que era el “carmonazo”.
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Memoria episcopal
El día jueves 11, tuvo lugar la multitudinaria marcha que se dirigió desde distintas zonas de la ciudad hacia una zona céntrica de Caracas. El Cardenal Velasco me llamó en la mañana de ese día para solicitarme que lo representara en el encuentro-almuerzo organizado con el fin de darle la bienvenida al nuevo embajador estadounidense. La reunión estaba convocada para las once de la mañana en una quinta del Country Club, propiedad del señor Gustavo Cisneros. Me dirigí a la cita. Dejé mi celular con las secretarias porque tenía previsto regresar inmediatamente para la rueda de prensa. Fue una ingenuidad de mi parte, pues quedé incomunicado. En el encuentro, estaban representantes religiosos Judíos y Evangélicos, y mi persona. También, los directivos de los principales canales de televisión caraqueños. Entre los políticos, se encontraban el alcalde señor Alfredo Peña y el Dr. Luis Miquilena. El Embajador Charles Shapiro, quien apenas tenía en el país menos de un mes, llegó con dos o tres asistentes.
En la sala principal de la casa, había una pantalla de televisión que era el centro de atención de todos los presentes, dada la magnitud de la manifestación popular en desarrollo. La preocupación comenzó cuando la marcha se dirigió hacia el centro de la ciudad. Se adelantó entonces, el sentamos a la mesa. El anfitrión dirigió unas palabras y luego fuimos invitados a participar. Prácticamente todos hablamos de lo mismo, desde la perspectiva particular de cada quien: bienvenida, situación convulsa del país, necesidad de trabajar por la paz y armonía de los venezolanos.
La comida fue servida con rapidez. Apenas la probé. Había tensión y se recomendó que cada uno regresara cuanto antes a su domicilio porque se tenía información de que se estaba activando el Plan Ávila. Los que no teníamos idea de qué se trataba, fuimos ilustrados de que estaba en acción el primer paso, la llamada operación laberinto: dar órdenes disímiles a cada organismo de seguridad o protección al ciudadano para impedir que la gente se trasladara de un lugar a otro, incluidas las entradas o salidas de la ciudad.
Mientras, en la Conferencia Episcopal, se hicieron presentes los Medios de Comunicación para la rueda de prensa pautada. Al no encontrarme en la Sede, el Secretario General, Mons. José Luis Azuaje Ayala presidió la reunión, que como nota extraordinaria, se realizó en la Capilla central del primer piso, para pedir al Señor por la paz. Los periodistas no pudieron abandonar la sede de !a Conferencia hasta entrada la tarde, debido a la situación que se estaba viviendo en el centro de la ciudad.
Como la salida del almuerzo fue antes de la hora prevista, nadie había llegado a buscarme. Me tocó pedir que me llevaran a Montalbán. Me pusieron carro y chofer a disposición. De una vez, se me dijo que desde el Country Club hacia el Oeste de la Capital era imposible transitar, debido a la marcha y por la activación del Plan Ávila.
Optamos buscar salir por Baruta, Universidad Simón Bolívar y Hoyo de la Puerta, para luego entrar por la autopista hacia el oeste de Caracas. Tardamos más de dos horas en este trayecto.
Al chofer se Ie agotó la tarjeta de su celular. Seguíamos como podíamos la transmisión de la marcha por la radio. Todas las emisoras que sintonizábamos se oían muy mal porque había interferencias. Comenzó la cadena presidencial. En la bajada de Tazón se nos informó que no dejaban salir a nadie por el peaje ni acceder a la ciudad por la autopista.
Fuimos interceptados por la Guardia Nacional que estaba atravesada en la vía. Comenzaron disparos de fusiles Fal al aire y se armó la desbandada, retrocediendo todos, como se podía, en medio de los numerosos vehículos que copaban la vía.
Opté por pedirle al conductor que intentáramos llegar hasta la Casa Parroquial de la Santísima Trinidad de Prados del Este. Así lo hicimos. Llegamos a duras penas, pasadas las cinco de la tarde. Hasta allí me acompañó el chofer. Los Padres Eduardo Dubriske y William Rodríguez me recibieron. En sus rostros se notaba la preocupación por lo que estaba pasando. Fue entonces cuando me enteré de que había habido tiros, muertos y heridos entre los manifestantes que llegaban al Centro de Caracas; y supe de los manifiestos públicos de varios componentes de las Fuerzas Armadas. Me ofrecieron un refresco y galletas. Al fin, pude comunicarme con la Conferencia Episcopal y con el Cardenal Velasco. Estaban preocupados, porque no sabían de mi paradero. Les conté la aventura vivida durante cinco horas. El Cardenal Velasco me pidió que me dirigiera a alguno de los canales de televisión para hacer un llamado a la calma y pedir que cesaran las muertes.
El Padre William Rodríguez me llevó en su carro. No sabíamos a donde dirigirnos. Tomamos camino hacia Globovisión o Venevisión. Llegamos a este último canal anocheciendo, Pudimos entrar y fui llevado de una vez a los estudios, Había muchísima gente de todos los estratos políticos, empresariales y comunicacionales. Entré directamente al aire. En ese momento, dirigía el Periodista Napoleón Bravo. Quedé sobrecogido por las escenas que veía en la pantalla, Ofrecí unas palabras condenando la violencia, llamando a la calma y a la búsqueda de soluciones pacificas. El congestionamiento de vehículos en los alrededores del canal hizo que el P. William tuviera que irse. Quedé de nuevo solo, sin celular y sin vehículo. La confusión reinante en los pasillos del canal era grande. Cada quien opinaba o decía lo que sabía o Ie habían dicho. Solicité me trasladaran a Montalbán. En aquel caos, era difícil encontrar a alguien que decidiera o pudiera hacer algo por mí.
Me invitaron a subir al piso de la presidencia del canal. Allí también había mucha gente. En ese momento, en los estudios estaban entrevistando al Dr. Luis Miquilena. Los presentes lo seguían a través de una gran pantalla. Los celulares no paraban de sonar ni las personas de hablar. Parecía un mercado donde cada quien vociferaba lo suyo. No lograba comunicarme con la Conferencia Episcopal a través de !os teléfonos allí instalados. Saludé al Periodista Rafael Poleo, quien estaba a mi lado, Luego apareció el Gobernador del Estado Miranda, Sr. Enrique Mendoza, quien como yo, buscaba algo para comer y saciar la sed. Fue poco lo que encontramos. Hacia las 10 p.m. logré que me llevaran hasta Montalbán, sede de la Conferencia Episcopal. El tráfico era escaso, por lo que llegamos en pocos minutos.
En el quinto piso del edificio de la Conferencia Episcopal, se ubica la sala de estar con la pantalla de televisión. Allí se encontraban Mons. Ovidio Pérez Morales, Mons. José Luis Azuaje, Mons. Jorge Villasmil, y los Padres Aldo Fonti y José Gregorio Quintero. Compartimos experiencias y angustias viendo los acontecimientos del día, que eran trasmitidos por los medios de comunicación. Por fin recuperé mi celular. Obispos, sacerdotes, familiares y amigos llamaban en busca de noticias. Poco era lo que podíamos aportar.
Hacia las 12.30 de la madrugada, ya del viernes 12 de abril, recibí una llamada inesperada. El Ministro del Interior y Justicia, Sr. Ramón Rodríguez Chacín, preguntó sí era yo el que contestaba, y sin más, me dijo que el Presidente Chávez quería hablar conmigo y me lo pasó. Con voz grave me saludó, pidió la bendición y me dijo: perdóneme todas las barbaridades que he dicho de usted. Lo llamo para preguntarle si está dispuesto a resguardar mi vida y la de los que están conmigo en Miraflores. En vista de los acontecimientos suscitados hoy, he conversado con mis colaboradores y he decidido abandonar el poder. Unos están de acuerdo y otros no. Pero es mi decisión. No quiero que haya más derramamiento de sangre, aunque aquí en el Palacio estamos suficientemente armados para defendernos de cualquier ataque, pero no quiero llegar a eso.
Le respondí que como sacerdote estaba dispuesto a hacer lo posible por la vida de cualquier persona, Máxime, si me lo estaba pidiendo. Agregó; lo que yo quiero es salir del país, si se garantiza Ia vida de los que están conmigo. Le pido a Vd. que me acompañe hasta la escalerilla del avión o inclusive que me acompañe si es el caso.
¿Qué debo hacer?, le contesté. Me respondió: véngase al Palacio de Miraflores y aquí hablamos. Le paso al Ministro para más detalles. Le pedí un numero telefónico del que Mons. Azuaje tomó nota. Me indicó, además, que cuando estuviéramos cerca lo llamara para abrirnos la puerta del Palacio.
Mi rostro delataba que algo fuera de lo común había sido objeto de aquella conversación. Cuando conté a los que me rodeaban con quién acababa de hablar y el tenor de lo intercambiado, todos se pusieron de pie y oyeron mi relato. De inmediato, Mons. Ovidio Pérez Morales pidió que nos juntáramos, entrecruzamos los brazos y musitó una oración. Así son los caminos de Dios, inescrutables, sentenció.
Luego dialogamos sobre qué debíamos hacer. Todos descartaron la idea de salir directamente para Miraflores. EI único vehículo que teníamos a disposición era el pequeño carrito del Padre Aldo Fonti. Cualquier bala perdida atravesaría sin problemas la débil carrocería. Durante unos minutos, discernimos las opciones a seguir. Volvimos a llamar al Ministro para preguntarle si tenía algún vehículo a disposición que viniera a buscarme. Negó esa posibilidad. Indicó que me acercara y ellos estarían pendientes.
Pasado un lapso de tiempo llamó el Secretario de la Nunciatura, Mons. Kuriakose Bharanikulangara, pues el Sr. Nuncio estaba ausente del país. El día 9 de abril, en efecto, había salido para Francia a ver a su papá que estaba bastante delicado de salud. El Secretario tenía dificultad en el manejo del castellano y estaba preocupado por lo que sucedía. Había sido llamado, tanto de Miraflores como de varias Embajadas. Le expliqué lo de la llamada del Presidente y quedó más tranquilo, Entre otras cosas, nos enteramos que, vía la embajada de España, hubo un pedimento del propio Fidel Castro al Jefe del Gobierno Español, Don José María Aznar, para que se le recibiera en la Península, pues el mandatario cubano manifestaba no querer recibirlo en la isla caribeña.
Seguidamente, llamé a Mons. José Hernán Sánchez Porras, Obispo Castrense, para consultarle con quién podía hablar sobre la petición de Miraflores. Nos indicó que lo mejor era dirigirse al General Efraín Vázquez Velasco y me dio su numero telefónico, pero fue imposible la comunicación. Mons. Sánchez Porras logró comunicarse con él y le trasmitió el mensaje.
Al rato, llamó el General Néstor González González de parte del Comandante General. Le hablé sobre la petición del Presidente y le ratifiqué que yo estaba dispuesto a ir a Miraflores. Indicó de inmediato que eso era improcedente por razones de seguridad personal y por el peligro de que me tomaran como rehén. En dado caso, en Miraflores tenían toda la logística para movilizarse si estaban dispuestos a buscarme, pues él era el Presidente en ejercicio. Me indicó que me trasladara a Televén donde estaba el comando que negociaba con Miraflores. En conversación posterior con el Ministro Rodríguez Chacín, le hice esa notificación. Estuvo de acuerdo, puesto que en primera instancia el Presidente se iba a dirigir a ese canal televisivo. Allí comenzaría la labor sacerdotal solicitada.
Baltazar Enrique Porras Cardozo
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