FS #266 – Camarada Carmona

Fichero

LEA, por favor

En una de las primeras salidas al cine del suscrito con quien hoy es su esposa, en la noche del 19 de julio de 1976 y época de incipiente cortejo, el pretendiente propuso tomar un café en Sabana Grande con el avieso fin de estirar la compañía de quien lo ha tenido, desde entonces, integralmente enamorado.

Sentados en una de las mesas del Gran Café, fuimos al poco rato requeridos por un hombre de vestimentas claras y viejas, que ofrecía vendernos un libro que su mano derecha puso ante nuestros ojos. El libro, posiblemente de unas doscientas páginas, llevaba por título La ciencia en la Unión Soviética, lo que no era, hay que decir, un incentivo para adquirirlo.

El encuentro con el vendedor ambulante ha debido durar no más de veinte segundos y, previsiblemente, concluyó con nuestra negativa a comprar lo ofrecido. Sin embargo, el porte serísimo y no poco altivo del oferente, y su obvio estado de necesidad taladraron mi ánimo al punto de que, luego de dejar a la dama en su casa, su gratísimo recuerdo y su perfume residual en mi automóvil entraron en competencia con la insistente imagen, silenciosa y triste, del vendedor.

Necesité de una verdadera catarsis para dejar de pensar en él. A pesar de que una novia previa, ducha en cosas de la literatura, me había asegurado años antes que yo no servía para escribir cuentos, no me fui a dormir hasta que hubiera concluido un relato que hallara razones para la particular conducta de tan severo promotor del comunismo científico. Una vaga culpabilidad por no haberle comprado el libro me asediaba, así como una incierta admiración por lo que supuse eran su dedicación y su compromiso con la causa revolucionaria a la que presuntamente adhería.

Creo haber construido una motivación plausible, si no literariamente meritoria. He conocido fanáticos con la misma mirada alucinada, a la vez peligrosos y conmovedores militantes, imbuidos de imperativo moral, serios y dedicados a su fe. Quise creer que no se trataba de un vendedor casual o descuidado, que hubiera conseguido por azar el libro que vendía—no cargaba sino ése—, desentendido de su servicio, sino de alguien que estaba persuadido, como evangélico mercader de biblias, de la trascendencia de su misión, sostenida su existencia en ese significado. Quise rendir culposo homenaje a su extraña pero bella forma de humanidad.

Quise también, por supuesto, impresionar a la hermosa joven a la que pretendía, al dedicarle la narración. Pero si algún efecto le causó fue para corroborar una conjetura que ya por ese tiempo había formulado: que el autor estaba algo tocado de la cabeza. El cuento ha debido hacer lo suyo para posponer nuestro matrimonio, que tardó casi tres años más en celebrarse.

La Ficha Semanal #266 de doctorpolítico reproduce el cuento de esa noche, para el que había elegido el título de Camarada Carmona. No podía saber que ese apellido llegaría a tener alguna significación política en Venezuela veintiséis años después. Eso es, por tanto, pura coincidencia.

LEA

Camarada Carmona

Ya la lluvia se había hecho enumerable. Pronto vendría el chaparrón de gente a distribuirse aleatoria entre las sillas.

Casi todos pedirían café, casi todos necesitándolo para prolongar una compañía que se deshace cuando ya no se puede encontrar en la ciudad un pretexto digestivo.

La lluvia, casi siempre, respetaba los horarios de los cafés de las aceras, limitando su discurso a la duración de los cines con un control aprendido en su larga práctica de orador urbano. Hoy se había excedido.

Pronto llegarían los clientes de Carmona. Sus clientes naturales, sabedores de su papel, conocedores de su total dedicación a la causa.

Carmona jamás les había dirigido la palabra. Sólo un mesonero o dos conocían su nombre. Pero a pesar de eso él sabía que podía contar con sus clientes. (Más que clientes, sus camaradas). Los que algún día tomarían el poder y habían comenzado por tomar los cafés de su avenida.

Todos los elegidos, seguramente, visitaban esos toldos para plantear los justos combates del día siguiente, o para descansar de las duras escaramuzas de las que regresaban victoriosos. Esos bebedores de café eran el ejército del pueblo, el ejército de Carmona.

Ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo, porque así debe ser antes de la terminación de la guerra, porque el luchador socialista debe ser serio y guardarse de caer en fáciles manifestaciones sentimentales. Así eran sus clientes y camaradas.

Carmona llevaba en la mano lo que había venido a vender. Su ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética, con carátula inesperadamente limpia después de tantos meses de posesión y de oferta. La reverencia del revolucionario preserva sus símbolos sin mancha.

Carmona había sido uno de los quinientos afortunados a quienes se les había regalado el libro en la Exposición Industrial Socialista de octubre del año pasado. Uno de los quinientos que llegaron primero, de los que escucharon el discurso del embajador ruso y se distrajeron adrede cuando sonaba el del vicecanciller venezolano. De esos quinientos solamente él había entendido. Su misión sería vital aun dentro de tantas tareas importantes, porque la suya construía mientras los zapadores del viejo orden demolían.

En ningún momento había abierto el libro. Le bastaba su título para comprender todo. Como comprendía el trabajo de esos que ya comenzaban a sentarse y a mostrar las suelas oscurecidas por el agua.

Durante las primeras semanas había aprendido mucho. Naturalmente, nunca preguntó. Lentamente, fue acumulando pequeñas evidencias. Posturas, gestos, tonos de voz, miradas, ademanes. No terminó el dibujo de la estructura de autoridad del ejército del pueblo, al percatarse de que uno más que penetrase en el secreto era un riesgo más para la causa. Era suficiente con distinguir los que eran de los que no eran.

No siempre había sido capaz de discriminar. Una noche ya lejana se había equivocado cuando le ofreció La ciencia en la Unión Soviética a uno, el único, que había estado dispuesto a comprar. Y él había estado a punto de vender, pues llegó a pronunciar el precio, el que sólo por coincidencia igualaba el precio de una semana en la pensión. Le detuvo la sonrisa del falso cliente cuando sacaba la billetera; sonrisa que hubiera podido ser de burla o de lástima. Así no sonríe un camarada a un camarada.

Tuvo entonces más cuidado. Los enemigos no debieran conocer cómo sería la nueva ciencia en el país socialista. Ese poder creador se reservaría a los auténticos de sonrisa justa.

Carmona vio que esta noche era especial. Hasta la lluvia ayudaría a que nada más vinieran los auténticos de sonrisa exacta, los que venían porque tenían que venir. Hoy vendería el libro.

Cada solitario, o cada pareja o cada grupo que llegaba ahora tenía una de las marcas propias del ejército: ninguno lo miraba. Era preciso disimular que lo conocían. Justamente una de las cosas que hacían los que no eran era mirarle. Pero esta noche nadie lo miraba. Buen síntoma.

Tendría que estar menos atento, porque hoy no vendrían los que hubieran querido comerciar La ciencia en la Unión Soviética para aprovecharse de sus tesoros al tiempo que la rebajaran a la calidad de mercancía. La oferta, la eventual compra hecha por un camarada no eran más que modos de camuflar la transferencia del mensaje que se le había confiado. ¿Cómo podía venderlo a alguien que de verdad pensara que compraba?

Ocho mesas ya estaban colmadas, la acera prometiendo otras tantas. Carmona se esforzaba por no delatar su satisfacción al reconocer, en la aparente casualidad de las ubicaciones, las horas de meticulosa preparación y, en el recuerdo de las últimas noches, los ensayos de la operación que hoy se montaría. Hoy vendería el libro.

Ahora se le aclaraba la renuencia de las largas noches precedentes. La venta tenía que efectuarse sin que los adversarios supieran. Por eso se había elegido una noche lluviosa. Había para él en esto una lección de paciencia revolucionaria.

Pero entonces no era cierto que tendría que estar menos atento. Al contrario, debiera asegurarse doblemente de que ningún infiltrado presenciara el trueque proyectado. Conoció el miedo de los comandos cuando aguzaba todas las habilidades aprendidas en el sabio adiestramiento al que el ejército del pueblo lo había sometido, desde aquella trascendental visita suya a la Exposición Industrial Socialista del año pasado.

Creyó haber hecho la verificación en un tiempo aceptable. Moros ausentes de la costa. Aquel grupo de europeos le era conocido. Los asesores, por supuesto. En la mesa de al lado la pareja de estudiantes, en la otra el diputado y su mujer, en la otra aquél en cuyos ojos hubo furia la noche cuando casi vendió el libro, en la de enfrente el obvio jefe de engañosa ropa cara y mujeres inteligentes.

Todo lo hizo con prudencia. Cierto es que los mesoneros no eran enemigos, más bien de aquellos que serían liberados, pero aun así no era cuestión de permitirles darse cuenta de algo que no entenderían del todo, tomando en cuenta lo que a él le había costado entender. Con la misma calma comenzó por fin a acercarse a las mesas. Para la primera esperó, con sabiduría de buen vendedor, que los ocupantes terminaran de hacer su pedido. Levantó la vista uno. Se tomó tiempo para leer el título que Carmona blandía elevado pero muy poco para decir no, gracias. Evidentemente, hablaba por todo el grupo y Carmona, inmutable, giró hacia los camaradas contiguos.

Segundos más largos o más numerosos. Parecía que este camarada estaba al borde del saludo y Carmona tuvo que amonestarlo con una fugaz mirada severa. No, gracias. No podía ser ese joven el comprador comisionado, si era tan inexperto como para lanzarle afecto imprudente. Casi decidió mencionar el incidente a quien le comprara el libro, recordando después sus propias inexactitudes en la época de recluta. Quizás no era lo indicado, pero volvió a mirar al principiante, y esta vez sus ojos querían infundirle ánimo y decirle con la mirada que él había pasado por lo mismo varias veces y que ahora era un veterano como algún día, joven, podrá usted serlo si tiene constancia y coraje. Le dije que no, gracias.

Ya había tardado demasiado en esa mesa, inmadura para recibir la ciencia. La ciencia en la Unión Soviética levantó nuevamente para la pareja del diputado y su mujer, aunque astutamente previó que éste tampoco sería el contacto. Demasiado conocido. No, gracias. ¡Qué amables suenan las gracias en labios de camaradas! Gracias, gracias, el ejército le da las gracias. Este otro, tal vez; no lo había visto antes. ¿No se acuerda que usted ya me lo ofreció la semana pasada? ¡Qué manera tan llena de tacto para decirme que está pendiente de mí! Aquí no son necesarias las gracias.

Como al lado fue innecesario el no y tan sólo le dijeron gracias.

En la siguiente había pasado antes el vendedor de perfumes y ya le habían comprado y él no se acercaría, porque los revolucionarios nunca tienen mucho dinero y si éste había comprado perfume era porque tampoco él era el señalado.

¿Creíste que sería tan rápido, Carmona? La ocasión era solemne. Los camaradas siempre son solemnes con la ciencia. Muy protocolares. Hay que recorrer todo el ritual, aunque los mesoneros, pobres inconscientes, ya comiencen a recoger las primeras mesas y las últimas propinas.

Erguido Carmona, bizarro Carmona, importante Carmona. En su honor desfilaron los camaradas cuando se iban.

Erguido, Carmona caminaba hacia la pensión donde debía el precio de La ciencia en la Unión Soviética, contento Carmona de no haber vendido porque entonces mañana por la noche no habría tenido misión para cumplir ni sueño prolongado.

luis enrique ALCALÁ

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LEA #355

LEA

Todos recordaremos que un retraso de FUNVISIS (de origen onírico), en reportar el acaecimiento de un sismo de cierta consideración, llevó a investigaciones y amenazas contra Globovisión porque este canal sí reportó el hecho. Y aunque no puede hablarse todavía de una crisis sismológica, sí puede decirse que el estado de la seguridad personal en Venezuela, el de su sistema de suministro eléctrico, el de su sistema de suministro de agua, y el del sistema de salud pública—por ahora—están todos en punto crítico. (De esto último se percató el Presidente de la República; por eso declaró en emergencia al sistema nacional de salud).

Al menos FUNVISIS continúa informando, pero el Ministerio del Poder Popular para la Salud no ha cogido todavía la seña presidencial. En esta época de fiebres porcinas y reapariciones de un paludismo antaño desterrado, el ministerio ordenó, desde julio de 2007, la suspensión del Boletín Epidemiológico Semanal que publicaba en su página web,  según explicaciones de PROVEA, la organización que vela por el respeto a los derechos humanos. Dice PROVEA: “Desde entonces el país se encuentra en una situación de silencio epidemiológico”.

Es por esto que, aliada con Espacio Público, otra ONG del campo de derechos humanos, PROVEA introducirá hoy ante el Tribunal Supremo de Justicia un recurso de amparo constitucional, “contra la negativa del Ministerio del Poder Popular para la Salud de otorgar oportuna y adecuada respuesta a la solicitud realizada respecto a los boletines epidemiológicos correspondientes al año 2009”. A este fin, ambas organizaciones convocan a los medios de comunicación a la cobertura de ese acto, previsto para las 10:30 de la mañana.

Si lo acontecido con Globovisión en materia sísmica es un indicador, PROVEA y Espacio Público deben anticipar ataques oficialistas en razón de esa iniciativa. Al menos hay en www.aporrea.org un agresivo artículo de José Sant Roz contra la segunda de las ONG, a la que intenta descalificar diciendo que está financiada por el gobierno de los Estados Unidos. El artículo lleva fecha del 3 de mayo de 2007, y reaccionaba con virulencia porque a Espacio Público se le había ocurrido criticar la agresividad oficial contra periodistas y medios de comunicación, así como contabilizar sus incidentes.

No faltará, pues, algún articulista que sostenga que el ministerio que debiera ocuparse de la salud de los venezolanos ha decidido no informar, en materia de epidemiología, porque el gobierno presidido por Barack Obama reclama los datos, interviniendo la soberanía nacional, a través de los oficios de Espacio Público y PROVEA.

LEA

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CS #355 – A los pupitres

Cartas

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de Ciencias Políticas, la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas Ciencias Médicas, la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un “estado del arte” de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma “clínico” o “médico” de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos y su presión y exigencia sobre los actores políticos concretos. Es una apuesta ganada a largo plazo, pero podría adelantarse sus ganancias en situaciones críticas como la nuestra.

De todos modos, ya se ha anunciado el deceso de la Realpolitik con bastante antelación. El texto ya clásico de John A. Vásquez, The power of power politics (1983, con edición ampliada en 1998), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado.) Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

………

Ahora bien, siendo que la política es una profesión, y de las más complejas (Albert Einstein: “La política es más difícil que la física”), se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debiera ser impartida por una escuela universitaria de Política en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las escuelas de Ciencias Políticas. Los “politólogos” egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en policy analysis de la Corporación RAND—puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como tomadores de decisiones ellos mismos.

Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico o el militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral—hasta deformante—sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta, por supuesto, útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como “combatiente» o «luchador”, en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser lo único necesario a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

Lo anterior no equivale a sostener que el know how en técnicas como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. A favor de esto argumentaba la Carta Semanal #51 de doctorpolítico (28 de agosto de 2003)

No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Por otra parte, debe aceptarse que una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos que servían a Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa:

Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto. (…) Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar. (…) [E]s decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario. (El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en el #51 de la Carta Semanal de doctorpolítico).

A escalas tropicales vivimos en Venezuela un proceso análogo. El gabinete tecnocrático del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez no previó la reacción del “caracazo”. Un buen gerente no es lo mismo que un buen estadista.

………

Tal vez sea aún más fundamental aspecto de este tema la ignorancia o, más bien, la desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. (Aquí y en el mundo).

A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Michel Foucault propone la noción de episteme, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época. (…) Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como “historia natural”. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la “teoría de las riquezas”, y entre la lingüística y la “gramática” que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores. (De Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela, estudio del suscrito de diciembre de 1990).

Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la Física clásica, a estas alturas superadas por el más fructífero de los siglos en Física teórica. Así lo revelan expresiones tales como “fuerzas políticas”, “vectores políticos”, “espacios políticos”. (Por ejemplo, en la clásica pregunta: “¿Hay espacio para una nueva fuerza política?”)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, de la autorganización, etcétera. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y, por tanto, de prescribir tratamientos a sus problemas.

El pénsum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo, pues la dimensión ética—deontológica—de la profesión política es de grandísima importancia. Hacer política es nada menos que entrometerse con la historia.

Pero los elementos esenciales de una nueva concepción de la Política pueden ser empacados en forma más compacta y elemental. Cursos de la nueva Política, hasta cursillos, más breves y sinópticos, pueden hacer una enorme diferencia en la inyección de nuevos paradigmas en cabeza de quienes sientan el llamado de lo político. Es esto una de las claves para la superación de la actual coyuntura nacional.

luis enrique ALCALÁ

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FS #265 – La centro-democracia

Fichero

LEA, por favor

El diario El Nacional presentará mañana, con palabras de Miguel Henrique Otero y Luis Ugalde S. J., el primer volumen de una obra escrita por el sociólogo José Antonio Gil Yepes: La Centro Democracia.

El título mismo ya es un acierto de síntesis, pues prácticamente lo dice todo. Intuitivamente, quien escuche el término “centro-democracia” sabrá que alude a una ubicación política que sostiene la democracia y evita los extremos contrapuestos de un liberalismo y un socialismo entendidos como antagónicos.

A quien escribe le cupo en suerte escuchar ayer, de boca del propio Gil Yepes, una presentación esquemática de las tesis del libro, las que están soportadas por el prolongado estudio de la opinión venezolana que ha hecho Datanálisis, la prestigiosa encuestadora que él preside. La Ficha Semanal #265 de doctorpolítico recoge los comentarios que hizo el suscrito al término de la inteligente y provocadora disertación de Gil Yepes.

Anteayer, un artículo de Luis Vicente León en El Universal reproducía palabras de Gil Yepes, las que contienen datos esperanzadores:

La buena noticia es que la cultura política del venezolano no se presta para otra cosa que no incluya las libertades, el pluralismo y la tolerancia. Sobre esto último más bien se observa que la proporción de ciudadanos que proponen que debe privar la cooperación entre los sectores ha aumentado del 54 al 93% a partir de la radicalización del proceso llamado “profundización de la revolución”. Las mayorías, más bien, han rechazado la conflictividad y se manifiestan a favor de “sólo cooperación”. Dentro de esta misma vena, sigue incólume el apoyo a la propiedad privada, a la libertad de expresión, a la necesidad de los partidos políticos, entre otros rasgos de la cultura política heredada de regímenes anteriores. Más importante aún, es que siguen siendo mayoría los ni-ni, los no autodefinidos políticamente y lo que sí los define a ellos es el rechazo a la polarización. Ese 54% de ni-ni que existe hoy día es un excelente mercado potencial para promover democracia, tolerancia, pluralismo, concertación de acuerdos y, en suma, la Centro Democracia. De allí la necesidad de más y mejor democracia. Lo que hoy queremos bautizar como Centro Democracia.

“Más y mejor democracia” era, justamente, el título de un libro del antiguo Grupo Roraima, publicado en 1987 y alimentado principalmente por Gil Yepes y Marcel Granier.

Aquí cabe recordar las líneas finales de la Ficha Semanal #108 (29 de agosto de 2006): “…José Antonio Gil Yepes, egresado en 1967 de la Universidad Central de Venezuela y Ph. D. de Northwestern University en 1971. Esta escueta mención de algunos entre sus logros académicos es injusta presentación de su importancia como pensador del proceso político venezolano”.

LEA

………

La centro-democracia

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

No voy a intentar el ejercicio de Balmes con La Centro Democracia, el nuevo libro de José Antonio Gil; principalmente porque no soy tan capaz como Balmes lo fuera, pero también porque mañana podré ponerme en un ejemplar, pues pretendo asistir a su presentación en El Nacional. No voy a pelar ese boche.

Pero si no hice el ejercicio de Balmes no pude menos que recordar cosas dichas por el propio José Antonio desde hace ya un buen rato. Por ejemplo, la Carta Semanal #55 de doctorpolítico, del 25 de septiembre de 2003, hace ya seis años, registraba lo siguiente:

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela. Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: “Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias”. Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: “A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder”. En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: “carecemos de un paradigma basado en el justo medio”.

O, también, en mi Carta Semanal #72, del 5 de febrero de 2004, ponía:

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.

Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una “democracia nueva”, o un “paquete alternativo” que se llamó “una economía con rostro humano”. Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.

Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.

O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.

………

Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.

José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?

Pero también hemos tenido la delación de Luis Vicente León en El Universal del domingo pasado, quien después de asentar que “Siguen siendo mayoría los ni-ni”, adelantó palabras del propio José Antonio para decir:

La Centro Democracia es un enfoque político que busca el equilibrio entre los principios de la derecha y la izquierda.

Contrariamente a las tradicionales descalificaciones entre ellas, la C. D. considera que ambas ideologías aportan principios que son valiosos y necesarios para el funcionamiento adecuado de la sociedad: la Centro Democracia no descalifica a nadie. Lo único que rechaza es no ser pluralista, no ser tolerante de las diferencias, no ser democrático. Rechaza el autoritarismo, el totalitarismo, el pluralismo a medias, y la pseudodemocracia que manipula las leyes en ventaja del poderoso, sea de izquierda, como ocurre en Venezuela, sea de derecha, como ocurrió en el Perú de Fujimori.

El aporte que hace la derecha se puede resumir en el énfasis que pone en la libertad.

El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad.

No es cierto que tales principios sean dilemáticos. Por el contrario, son una díada. Ambos principios son necesarios para lograr la justicia, la paz, el bien común, así como también la prosperidad y la seguridad individual.

Finalmente, el mero título del nuevo libro de José Antonio me hizo recordar un incidente de fines de octubre de 1963, cuando Raúl Leoni, Rafael Caldera y Arturo Úslar Pietri competían por la Presidencia de la República en campaña que culminaría en las elecciones del 1º de diciembre de ese año. En ese entonces, hace la friolera de cuarenta y seis años, José Antonio y yo compartíamos pupitres del primer año de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, y recibíamos clases de Filosofía Social que impartía José Rafael Revenga, aquí presente.

Bueno, nuestra querida compañera, Clementina Lepervanche, observaba a prudente distancia una conversación entre quien les habla y un simpatizante copeyano, a quien hice observaciones críticas de la campaña de Caldera. Clementina, que estaba con la campaña uslarista de la campana, razonó que el enemigo de su enemigo era su amigo, y que si yo criticaba a Caldera entonces era un mango bajito que ella recogería a favor de Úslar. Al concluir mi diálogo con el compañero copeyano, se me vino encima y me propuso que me sumara a la causa uslarista. Entonces hice también observaciones críticas a la campaña de la campana y Clementina quedó totalmente desconcertada, al no poder ubicarme en el universo. Sospechó que yo pudiera estar con Leoni o, peor aún, ser un comunista infiltrado en casa de jesuitas. Así que quiso preguntarme cuál era mi ubicación política. Alguna musa desocupada me inspiró a decir: “Clementina, lo que yo soy es un extremista del centro”. Es ésa la anécdota que predijo la simpatía que guardo hacia el libro de José Antonio antes de haberlo leído.

………

La tesis de José Antonio Gil tiene ilustres antecesores. Nadie menos que Octavio Paz dijo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.  (Citado por Enrique Krauze en El poder y el delirio).

Más recientemente, Bernard-Henri Lévy, el líder de la Nouvelle Philosophie de los años setenta, escribió Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism (2008), que es el discurso de un izquierdista contra distorsiones como las de Chávez, motivado por su renuencia a apoyar políticamente a su amigo, Nicolás Sarkozy. En una entrevista que le hizo La Nación de Argentina al salir su libro, Lévy diagnosticó: “La izquierda está enferma de derechismo”. En otra posterior al mismo periódico, y criticando el repudio automático del liberalismo por parte de ciertos izquierdistas, dijo: “El verdadero liberalismo nunca defendió la ley de la jungla o el mercado desregulado. Por el contrario, el liberalismo exige reglas, pactos, obligaciones que enmarcan la relación de las fuerzas económicas. El liberalismo no es el mercado, es el contrato”.

Todavía recibió una pregunta que nos atañe más de cerca: “¿Usted no cree que Chávez sea de izquierda?” Lévy contestó así: “Naturalmente que no. ¿Cómo puede ser de izquierda un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas? Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario”.

………

Para el problema escogido por José Antonio promuevo una cierta solución: no intentar la fusión de liberalismo y socialismo, sino dejar a ambos atrás, superándolos desde un plano de discurso político que prescinde de ideologías y resiste a ser entendido con ubicación precisa en el eje izquierda-derecha. Este eje es, junto con la noción de Realpolitik, la política de poder, componente fundamental del paradigma político que ha hecho crisis, la que explica la insuficiencia política notada en Venezuela desde mediados de la década de los ochenta.

La dirección descrita es lo verdaderamente moderno, al menos en comprensión de Tony Blair al describir, precisamente, la política de Nicolás Sarkozy: “[Sarkozy] se yergue en el moderno molde post-ideológico”. Recién electo, Barack Obama dijo que su gobierno no podía estar “impulsado ideológicamente”. Un intérprete de la elección que lo convirtió en Presidente de los Estados Unidos, Roger Simon, escribió el 5 de noviembre de 2008: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Así, pues, no creo que la tarea estipulada por Octavio Paz pueda ser acometida como síntesis ideológica que nos traiga una ideología nueva y promediada. Por ejemplo, regresemos a la siguiente caracterización de José Antonio, tal como es entendida por Luis Vicente León: “El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad”. Pues, por una parte, también el liberalismo procede de raíz igualitaria; si el socialismo marxista propugna la igualdad final de la sociedad sin clases, el liberalismo se conformó con la tesis de la igualdad originaria de los buenos hombres que luego fueron dañados por la vida en sociedad.

Pero, más importante aún, porque la igualdad de los hombres es una utopía. Nunca seremos iguales, y esto es un dato que se obtiene de una desapasionada observación científica (que es lo que debe presidir una política responsable), y no de los deseos ideológicos. A lo mejor que puede aspirarse en materia de distribución de renta, por caso, es a una normalización de ella: a una situación en la que haya, como en toda sociedad independientemente de su régimen político, muy pocos muy ricos, pero también muy pocos muy pobres (que serán inevitables), y en cambio haya una muy mayoritaria clase media, toda en un nivel adecuado y suficiente de renta.

La sustitución del paradigma político ideológico no puede ser una combinación sintética de ideologías. No es una nueva ideología lo que necesitamos, sino dejar atrás toda ideología.

luis enrique ALCALÁ

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Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (5)

El peñero Ugueto

El peñero Ugueto

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

No voy a intentar el ejercicio de Balmes con La Centro Democracia, el nuevo libro de José Antonio Gil; principalmente porque no soy tan capaz como Balmes lo fuera, pero también porque mañana podré ponerme en un ejemplar, pues pretendo asistir a su presentación en El Nacional. No voy a pelar ese boche.

Pero si no hice el ejercicio de Balmes no pude menos que recordar cosas dichas por el propio José Antonio desde hace ya un buen rato. Por ejemplo, la Carta Semanal #55 de doctorpolítico, del 25 de septiembre de 2003, hace ya seis años, registraba lo siguiente:

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela. Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: “Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias”. Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: “A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder”. En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: “carecemos de un paradigma basado en el justo medio”.

O, también, en mi Carta Semanal #72, del 5 de febrero de 2004, ponía:

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.

Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una “democracia nueva”, o un “paquete alternativo” que se llamó “una economía con rostro humano”. Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.

Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.

O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.

………

Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.

José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?


Pero también hemos tenido la delación de Luis Vicente León en El Universal del domingo pasado, quien después de asentar que “Siguen siendo mayoría los ni-ni”, adelantó palabras del propio José Antonio para decir:

La Centro Democracia es un enfoque político que busca el equilibrio entre los principios de la derecha y la izquierda.

Contrariamente a las tradicionales descalificaciones entre ellas, la C. D. considera que ambas ideologías aportan principios que son valiosos y necesarios para el funcionamiento adecuado de la sociedad: la Centro Democracia no descalifica a nadie. Lo único que rechaza es no ser pluralista, no ser tolerante de las diferencias, no ser democrático. Rechaza el autoritarismo, el totalitarismo, el pluralismo a medias, y la pseudodemocracia que manipula las leyes en ventaja del poderoso, sea de izquierda, como ocurre en Venezuela, sea de derecha, como ocurrió en el Perú de Fujimori.

El aporte que hace la derecha se puede resumir en el énfasis que pone en la libertad.

El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad.

No es cierto que tales principios sean dilemáticos. Por el contrario, son una díada. Ambos principios son necesarios para lograr la justicia, la paz, el bien común, así como también la prosperidad y la seguridad individual.

Finalmente, el mero título del nuevo libro de José Antonio me hizo recordar un incidente de fines de octubre de 1963, cuando Raúl Leoni, Rafael Caldera y Arturo Úslar Pietri competían por la Presidencia de la República en campaña que culminaría en las elecciones del 1º de diciembre de ese año. En ese entonces, hace la friolera de cuarenta y seis años, José Antonio y yo compartíamos pupitres del primer año de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, y recibíamos clases de Filosofía Social que impartía José Rafael Revenga, aquí presente.

Bueno, nuestra querida compañera, Clementina Lepervanche, observaba a prudente distancia una conversación entre quien les habla y un simpatizante copeyano, a quien hice observaciones críticas de la campaña de Caldera. Clementina, que estaba con la campaña uslarista de la campana, razonó que el enemigo de su enemigo era su amigo, y que si yo criticaba a Caldera entonces era un mango bajito que ella recogería a favor de Úslar. Al concluir mi diálogo con el compañero copeyano se me vino encima, y me propuso que me sumara a la causa uslarista. Entonces hice también observaciones críticas a la campaña de la campana y Clementina quedó totalmente desconcertada, al no poder ubicarme en el universo. Sospechó que yo pudiera estar con Leoni o, peor aún, ser un comunista infiltrado en casa de jesuitas. Así que quiso preguntarme cuál era mi ubicación política. Alguna musa desocupada me inspiró a decir: “Clementina, lo que yo soy es un extremista del centro”. Es ésa anécdota que predijo la simpatía que guardo hacia el libro de José Antonio antes de haberlo leído.

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La tesis de José Antonio Gil tiene ilustres antecesores. Nadie menos que Octavio Paz dijo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.  (Citado por Enrique Krauze en El poder y el delirio).

Más recientemente, Bernard-Henri Lévy, el líder de la Nouvelle Philosophie de los años setenta, escribió Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism (2008), que es el discurso de un izquierdista contra distorsiones como las de Chávez, motivado por su renuencia a apoyar políticamente a su amigo, Nicolás Sarkozy. En una entrevista que le hizo La Nación de Argentina al salir su libro, Lévy diagnosticó: “La izquierda está enferma de derechismo”. En otra posterior al mismo periódico, y criticando el repudio automático del liberalismo por parte de ciertos izquierdistas, dijo: “El verdadero liberalismo nunca defendió la ley de la jungla o el mercado desregulado. Por el contrario, el liberalismo exige reglas, pactos, obligaciones que enmarcan la relación de las fuerzas económicas. El liberalismo no es el mercado, es el contrato”.

Todavía recibió una pregunta que nos atañe más de cerca: “¿Usted no cree que Chávez sea de izquierda?” Lévy contestó así: “Naturalmente que no. ¿Cómo puede ser de izquierda un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas? Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario”.

………

Para el problema escogido por José Antonio promuevo una cierta solución: no intentar la fusión de liberalismo y socialismo, sino dejar a ambos atrás, superándolos desde un plano de discurso político que prescinde de ideologías y resiste a ser entendido con ubicación precisa en el eje izquierda-derecha. Este eje es, junto con la noción de Realpolitik, la política de poder, componente fundamental del paradigma político que ha hecho crisis, la que explica la insuficiencia política notada en Venezuela desde mediados de la década de los ochenta.

La dirección descrita es lo verdaderamente moderno, al menos en comprensión de Tony Blair al describir, precisamente, la política de Nicolás Sarkozy: “[Sarkozy] se yergue en el moderno molde post-ideológico”. Recién electo, Barack Obama dijo que su gobierno no podía estar “impulsado ideológicamente”. Un intérprete de la elección que lo convirtió en Presidente de los Estados Unidos, Roger Simon, escribió el 5 de noviembre de 2008: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Así, pues, no creo que la tarea estipulada por Octavio Paz pueda ser acometida como síntesis ideológica que nos traiga una ideología nueva y promediada. Por ejemplo, regresemos a la siguiente caracterización de José Antonio, tal como es entendida por Luis Vicente León: “El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad”. Pues, por una parte, también el liberalismo procede de raíz igualitaria; si el socialismo marxista propugna la igualdad final de la sociedad sin clases, el liberalismo se conformó con la tesis de la igualdad originaria de los buenos hombres que luego fueron dañados por la vida en sociedad.

Pero, más importante aún, porque la igualdad de los hombres es una utopía. Nunca seremos iguales, y esto es un dato que se obtiene de una desapasionada observación científica (que es lo que debe presidir una política responsable), y no de los deseos ideológicos. A lo mejor que puede aspirarse en materia de distribución de renta, por caso, es a una normalización de ella: a una situación en la que haya, como en toda sociedad independientemente de su régimen político, muy pocos muy ricos, pero también muy pocos muy pobres (que serán inevitables), y en cambio haya una muy mayoritaria clase media, toda en un nivel adecuado y suficiente de renta.

La sustitución del paradigma político ideológico no puede ser una combinación sintética de ideologías. No es una nueva ideología lo que necesitamos, sino dejar atrás toda ideología.

Si esta Peña decide que pudiera ser de su interés escuchar los rasgos de un paradigma político que sustituya a la ideológica política de poder, estaré a la orden para describirlos y justificarlos. Ese paradigma tiene nombre.

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