por Luis Enrique Alcalá | Ago 21, 2015 | Argumentos, Política |

insuficiencia. 1. f. Falta de suficiencia. 2. f. Cortedad o escasez de algo. 3. f. Incapacidad total o parcial de un órgano para realizar adecuadamente sus funciones. Insuficiencia hepática.
esclerosis. 1. f. Med. Endurecimiento patológico de un órgano o tejido. 2. f. Embotamiento o rigidez de una facultad anímica.
Diccionario de la Lengua Española
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La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos “malévolos”, que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos. La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional.
Dictamen, junio de 1986
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Llamo la «hipótesis de las tías» a la siguiente admonición, escuchada con alguna frecuencia: «No, mijito; no se meta en política. Mire que la política es muy cochina». Siempre tendrá uno alguna tía que ofrezca ese consejo al sobrino que manifieste precozmente una vocación política.
De alguna forma, la misma lectura reside en las explicaciones comunes del deficiente desempeño de los actores políticos tradicionales; sería su maldad—interés exclusivo en el poder, persecución implacable de adversarios, propensión a corromperse—la causa de los males sociales, y cuando se adquiere irreflexivamente una opinión cínica de la política se condena injustamente a todo aquél que haya nacido para ocuparse de los asuntos públicos.
Pero este desempeño insuficiente no obedece a mala voluntad, a malicia intencionada, a una especial maldad que sería intrínseca a la política. “La política es muy sucia”, hemos escuchado muchas veces, pero la verdad es que los políticos concretos somos seres humanos normales, con cuarenta y seis cromosomas, idénticos a quienes se dedican al deporte, a la ciencia, a la empresa, a la religión o las artes. No hay una mayor proporción de gente mala entre los militares que la que se encuentra entre los economistas o los mineros, los abogados o los carteros. La condition humaine es gaussiana; sigue una distribución normal que se expresa en todo oficio o profesión. Si medimos en una población lo suficientemente grande las estaturas de sus miembros, encontraremos que unos pocos, tal vez 5%, miden más de un metro con ochenta centímetros y que un porcentaje similar alcanzará menos de un metro sesenta. La gran mayoría tiene una altura intermedia entre esas dos marcas. Lo mismo observamos en la distribución de facultades tales como la inteligencia: la mayoría obtiene un cociente de inteligencia que está entre noventa y ciento diez unidades de Stanford-Binet; muy pocos rebasan los ciento cuarenta puntos del genio y, por fortuna, también muy pocos quedan por debajo del nivel limítrofe de la idiocia. Un moralímetro que desarrollaran Hewlett-Packard o LG registraría también una distribución de Gauss en la medición de cualidades morales. En una población cualquiera, la proporción de héroes o santos es exigua—hay una Teresa de Calcuta por planeta—y, gracias a Dios, también es muy pequeña la de malandrines a tiempo completo. La muy mayor parte de los grupos humanos está compuesta por individuos de producto moral promedio, que son capaces de un acto heroico cada doce años y cuatro meses y de sostenerlo por seis días seguidos, así como de echar una buena broma a sus compadres cada nueve años y siete meses. De resto, sus acciones se colocan, cotidianamente, tan lejos de la heroicidad como de la felonía. (En Interpretación y profecía, epílogo de Las élites culposas).
Es observable en prácticamente toda nación del mundo—EEUU, Brasil, España, Ecuador, Grecia, Venezuela—la inconveniente condición de insuficiencia política: las instituciones políticas resuelven insuficientemente los problemas públicos o, peor aún, los agravan. Ahora bien, dado que no es correcta la atribución de ella a una mítica maldad propia de los políticos ¿cuál es su causa? Creo desde hace más de treinta años que la etiología de la insuficiencia es de orden paradigmático: el endurecimiento de los marcos mentales, esencialmente ideológicos, desde los que los políticos ordinarios entienden su profesión.

La primera campanada
Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender el negocio político. Son puntos de vista que subyacen, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales son políticas destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe. (Sociedad Política de Venezuela – Documento Base, febrero de 1985).
Un mes antes de la escritura de ese texto tuve el privilegio de ser invitado a conversar por Don Arturo Úslar Pietri, en la biblioteca de su casa en La Florida; allí le planteé esa noción de la obsolescencia de los marcos mentales del político convencional, tesis que entonces no quiso admitir. Casi siete años le tomaría postular en un artículo en El Nacional (30 de octubre de 1991): «…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta. Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación…”
Algo más tarde, la misma idea emergía en otras latitudes. En 1996, Amos Davidowitz escribió The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Study, donde asentaba:
A second-wave party provided THE ANSWER: socialism, capitalism, Marxism, fascism, assuming that if everyone followed its dictates all the world’s problems would be solved. Needless to say, all of the above agendas didn’t bring about the utopian era they heralded. (…) If in the past, the social movements offered a comprehensive total world view that promised an end to poverty, war, and social injustice, parties representing these ideas could muster peoples’ support around the world. People were willing to go to Spain and join the International Brigade or participate in the massive social revolutions of the first half of the century. Now parties in all the industrialized nations are witness to a decline in party membership and a deep mistrust by the body politic of the political system and its politicians.
Persistentemente, el mismo problema era entendido por una mente literaria, la de Carlos Fuentes: Madrid y Ciudad de México publicaron el mismo día de su muerte (15 de mayo de 2012) su último artículo. (Viva el socialismo. Pero…) En él preguntaba: «¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?»
Y, por supuesto, Daniel Bell había publicado en 1960 The End of Ideology, una colección de ensayos en la que argumentaba que las ideologías se han vuelto «irrelevantes para la gente sensata», y que la polis del futuro sería manejada por ajustes tecnológicos parciales del sistema existente. A pesar de estas cosas, Henri Falcón y Henrique Capriles Radonski proponen que la salida es una «nueva» ideología: el progresismo.
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Esta patología de la insuficiencia política requiere, como se manifestara en la segunda entrega de esta serie, una terapéutica menos simple y rápida que la que exige el tratamiento del chavoma; precisa, por un lado, la educación política en nuevos paradigmas más pertinentes: teorías de la complejidad y el caos, de los enjambres, de las avalanchas…
Los humanos pensamos dentro de marcos mentales (Daniel Kahneman & Amos Tversky) o paradigmas (Thomas Kuhn) que vienen proporcionados por las ciencias y crecen con elementos perceptuales simples o memes (Richard Dawkins) que se diseminan al modo genético. El marco mental más englobante es lo que los alemanes llaman Weltanschauung (concepción del mundo), y en él se insertan los más específicos. (La noción es más o menos equivalente a la noción de episteme de Michel Foucault—Les mots et les choses—: lo que puede ser pensado en una época particular). Muchos de los marcos mentales empleados en política son préstamos de la física newtoniana (espacios políticos, fuerzas políticas, etc.) o de concepciones estáticas, tales como la de “sectores”. P. ej. “…un Acuerdo Nacional para la Transición en el que esté representada la Unidad de todos los ciudadanos de Venezuela, a través de las visiones de los trabajadores, los jóvenes, los empresarios, los académicos, los políticos, los miembros de las iglesias y de la Fuerza Armada, en fin, de todos los sectores nacionales«. A partir de 1959 emerge en el campo de las ciencias un conjunto de disciplinas que pudieran llamarse ciencias de la complejidad: teoría del caos, teoría de los sistemas complejos, teoría de avalanchas, teoría de enjambres. Estas nuevas nociones—por caso, la idea de propiedades emergentes en un sistema complejo, o su sensibilidad a las condiciones iniciales—son más poderosas y pertinentes al discurso político que las ideas clásicas. Es de la mayor importancia que el político del siglo XXI comprenda esos conceptos. (Prospecto de un Taller de Política Clínica, mayo 2015).

El vehículo del proyecto (clic amplía)
Se trata de nociones entendibles suficientemente al nivel del ciudadano en general y, con algo de mayor profundidad, en el caso de políticos profesionales. Ya en 1985 se postulaba como primer objetivo de una nueva organización política—que portara un código genético distinto del de un partido convencional—la atención a ambos niveles: «La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública…» Eso es posible; Isaac Asimov podía explicar con transparencia de agua clara nociones de relatividad o cuántica al común de los mortales.
Pero es igualmente necesario el establecimiento de un nuevo espacio político, de esa organización política postulada hace treinta años. Tal proyecto ha sido actualizado para que tenga existencia primaria en Internet. Cuando fuera concebido, faltaba toda una década para que la red de redes alcanzara a Venezuela, pero ahora tiene el país 15 millones de internautas, de los que 70% corresponde a venezolanos que los sociólogos clasificarían en los «estratos» D y E.
Es tarea por hacer: tarde pero seguro. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 19, 2015 | Argumentos, Política |

El cáncer crece alimentado con dólares petroleros
La dolencia más aguda del soma político venezolano es el chavoma. Un signo precoz de esta patología se hizo patente el 4 de febrero de 1992, a tiempo para echar a perder nuestra celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento. Luego se derribaría la estatua de Colón en Los Caobos y entraría en vigor el nuevo nombre para el Cerro Ávila: el ridículo Waraira Repano, como si los teques y caracas que vivían a sus faldas y lo llamaban así tuvieran alfabeto y escritura, no digamos la letra W. (DRAE. w. Vigésima sexta letra del abecedario español, y vigésima tercera del orden latino internacional, usada en voces de procedencia extranjera). Un socialista «bolivariano»* que se respetara ha debido insurgir en defensa de la grafía Guaraira para no emparentar la cosa con Washington o, al menos, exigir consistencia y escribir Río Waire, Puerto de La Wuaira, Warenas o Waracarumbo. (Esto es, para consagrar la wachafita revolucionaria).
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El término oncológico es apropiado para referirse a la dominación política instaurada en Venezuela a partir del 2 de febrero de 1999, puesto que no se trata de enfermedad inoculada por algún vector externo—un anófeles o chipo—sino de un proceso que residía en las entrañas del pueblo venezolano desde mucho tiempo antes de que hiciera eclosión.

La profecía de un filósofo apureño
Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta “…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje”. El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez. Es Toro quien establece—como otros lectores del apureño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: “…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder”. (Discurso salvaje).
Es por tal razón que son insatisfactorias las caracterizaciones del chavismo (del chavoma) como la mera llegada al poder de una nueva y delincuente oligarquía. Seguramente ha habido y hay entre jerarcas mayores y menores del régimen chavista-madurista gente corrupta y malhechora, verdaderamente forajida; tal vez en proporción mayor que la que hubiera en regímenes anteriores a 1999, acá y en toda otra nación del planeta. A fin de cuentas, los más radicales izquierdistas venezolanos nunca superaron electoralmente el «seis por ciento histórico» hasta el año del advenimiento de Chávez como Presidente de la República, y como en ellos había hambre longeva de poder y de prebendas, la corrupción actual supera la de quienes los precedieron.** Pero es un juicio más ajustado a la realidad explicar el chavismo como el producto de la acusada decadencia de la política que lo anticipara, y su sustitución por una nueva hegemonía fundada en la creencia de que Marx tenía razón. La mayoría de los socialistas venezolanos cree seriamente que la explicación de todo mal social debe encontrarse en el afán de lucro de «la burguesía»; es decir, está profunda pero honestamente equivocada.
Luego, el sistema chavista es claramente pernicioso, puesto que invade terreno propio de la sociedad y sus ciudadanos, como un cáncer que se extiende ocupando y destruyendo tejido de órganos imprescindibles del cuerpo que aqueja. La conjunción de su origen y su naturaleza autoriza que lo entendamos como proceso canceroso.
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El médico es el Soberano
Paradójicamente, es más fácil curar el chavoma que la insuficiencia política crónica*** que permitió su entronización en las instituciones públicas venezolanas. El tratamiento eficaz no es otro que remitir el asunto al Poder Constituyente Originario, la apelación al Soberano para que se pronuncie, en referendo consultivo, sobre la conveniencia de implantar en Venezuela un régimen político-económico socialista, pretensión que el chavismo-madurismo no oculta. (Todo decreto del Ejecutivo que publica la Gaceta Oficial lleva ahora este inequívoco encabezado: “Con el supremo compromiso y voluntad de lograr la mayor eficacia política y calidad revolucionaria en la construcción del socialismo…”)
Una consulta de esa naturaleza puede ser causada por decreto del Presidente de la República en Consejo de Ministros y por decisión de la Asamblea Nacional en simple mayoría, y es evidente que jamás harán una cosa así. El oficialismo no ignora este dato de noviembre del año pasado (Datanálisis): 80,1% de los entrevistados estuvo de acuerdo con esta afirmación: «El socialismo del siglo XXI es un modelo equivocado que debe ser cambiado».
El chavismo no se pondrá la soga al cuello; sabe que un referendo tal rendiría un resultado adverso, a tal punto que provocaría la renuncia del presidente Maduro, pues no podría en ninguna forma creíble repudiar el socialismo a estas alturas. Pero tampoco la dirigencia opositora ha querido oír de esta iniciativa (propuesta por vez primera a mediados de 2009; ver Parada de trote). El 28 de junio, el semanario La Razón publicó una entrevista en la que dije:
…el fondo del asunto es esta consideración: ante una crisis de la dimensión que padecemos, es insólito que no se procure el pronunciamiento del Pueblo, el Poder Constituyente Originario, en una democracia supuestamente participativa. Ni el oficialismo ni la oposición formal están interesados en consultarle; sólo quieren que elija mandatarios o representantes, es decir, que sólo haga democracia representativa. Así conservan ellos el protagonismo mientras dan discursos sobre la democracia participativa protagónica, histórica, endógena, biométrica y demás esdrújulas.
Tendrán que ser actores distintos quienes promuevan la consulta desde la iniciativa popular, y eso es perfectamente posible: Datanálisis midió hace un mes en 57% la proporción de venezolanos que se definen como independientes; es decir, quienes no están afiliados al PSUV (18%) o a la MUD (17%). LEA
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*Nunca hubo el menor atisbo de socialismo en Simón Bolívar; al término de la Campaña Admirable (1813), confió a Francisco Iturbe: “No tema Ud. por las castas; las adulo porque las necesito. La democracia en los labios y la aristocracia aquí”, poniendo la mano en el corazón. No había entonces ningún socialismo bolivariano.
**En Costos y beneficios políticos de la Ley Orgánica de Salvaguarda del Patrimonio Público (1983), Humberto Njaim estimó que el perezjimenismo incurrió en peculado equivalente a 1% del Presupuesto Nacional, mientras que los gobiernos democráticos que lo sucedieron habrían superado ese nivel al llevarlo a 1,5%. (Este porcentaje parece muy pequeño, pero el presupuesto que Caldera dejó a Chávez era de 20 billones de bolívares de la época, de modo que 1,5% de eso hubiera sido la considerable cantidad de 300.000 millones de bolívares perdidos por corrupción de haberse mantenido el índice Njaim). El suscrito intentó obtener de cuatro destacados economistas una estimación de lo que sería el peculado actual de los socialistas; ninguno tenía una cifra confiable, aunque alguno lo conjeturó en 10% a partir de la magnitud conocida de dólares administrados en la burocracia del control de cambios.
*** «…el chavoma es sólo el aspecto más agudo de la enfermedad política venezolana, una manifestación superpuesta y derivada del crónico cuadro de insuficiencia política—la incapacidad de las instituciones políticas para resolver los problemas públicos de importancia—que tiene su origen en la obsolescencia, por esclerosis, de los marcos mentales de los actores convencionales». (¿Qué se debe hacer? (I))
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 13, 2015 | Fichas, Política, Terceros |
Entre el 10 y el 23 de julio levantó Datanálisis los cuestionarios de su más reciente Encuesta Nacional Ómnibus. (Descargar: Omnibus julio). En sus 129 páginas hay mucha información seria y útil, pero acá se fijará la atención sobre cuatro láminas específicas. (Un clic sobre ellas las amplía). He aquí la primera:

¿A quiénes convencen los partidos de la polarización?
La afiliación a todos los partidos de oposición sumados, que incluye a la Mesa de la Unidad Democrática como si fuera un partido más—con un porcentaje, 5%, que es cincuenta veces el que recaba COPEI: 0,1% (la proverbial botella vacía por la que pelean los borrachos o, tal vez, un mero error estadístico)—, no alcanza la que es medida para el PSUV: 17,7% contra 18,4%. Es el segmento de los no afiliados (independientes) el mayor en la muestra, con 57,2%, significativamente más de la mitad de los entrevistados. En términos mercadológicos, la distribución pide a gritos una oferta nueva y convincente, pertinente; no bastaría presentarse como ni PSUV-ni MUD, como explicó Luis Vicente León el 11 de julio—faltaban 12 días para el cierre de la encuesta—en el programa #152 de Dr. Político en Radio Caracas Radio. (Los pequeños símbolos escogidos por la encuestadora treintañera para representar a los electores independientes, chavistas o de oposición introducen un cierto sesgo, al sugerir que sólo quienes se identifican con los partidos de oposición portan la Bandera Nacional. El símbolo escogido para quienes se tienen como independientes sugiere más bien gente indecisa. El de los chavistas es el más fiel de los tres: una figura con boina y brazalete rojos).
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¿Otra marcha más?
La población está harta de concentraciones y marchas, pero este dato no llegó a la MUD con suficiente antelación a su convocatoria para manifestar el 8 de este mes. El diario El Universal reportó la asistencia de «decenas» de opositores; más generosamente, el Latin American Herald Tribune habló de docenas (Venezuelan Opposition Admits Scant Attendance at Caracas Demonstration) y registró las insólitas explicaciones de Jesús Torrealba y Freddy Guevara: que no había gente porque el pueblo estaba haciendo colas en los supermercados, lo que sólo habría permitido la presencia de activistas o militantes—en cualquier caso, poquísimos—o que el fenómeno se explicaba ¡por la disputa entre la MUD y COPEI! Por cierto, Sr. Guevara (dirigente de Voluntad Popular que ofreció esta última teoría), la proporción de gente que no estaría dispuesta a «guarimbear» es aun mayor: la lámina 98 de la encuesta la mide en 86,5%.
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Una Asamblea con oficialismo en minoría
La suma de intención de voto por candidatos de oposición (50,7%) y candidatos independientes (8,4%) supera en 31,1% la que se pronuncia a favor de los candidatos del oficialismo (59,1% a 28,0% de los consultados que votarían con seguridad). La mesa parece estar sirviéndose para la pérdida del control oficialista del Poder Legislativo Nacional, lo que sin lugar a dudas introduciría un cambio cualitativo importantísimo en la escena política del país.
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No lo queremos
En octubre del año pasado, un máximo de 71,1% de los ciudadanos prefería que Nicolás Maduro no concluyera su período constitucional, fuera por revocación de su mandato en 2016, cuando tal cosa se hace posible, o aun antes, presumiblemente por renuncia forzada o voluntaria. Para abril de este año se había recuperado, cuando sólo un poco menos de 60% quería ese desenlace. Sin embargo, ya ha hecho méritos adicionales: 68,3% quiere ahora que se vaya cuanto antes. No es esto algo que pueda conseguir la oposición desde sus nuevas curules en la Asamblea Nacional; se necesitará un procedimiento distinto que indefectiblemente tendrá que apelar al Soberano. El parlamento no puede convocar un referendo revocatorio; sólo 20% de los electores puede hacerlo. Es de suponer que un referendo consultivo más barato (10%) pudiera forzar su renuncia.
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Al estupendo bioanálisis del que he comentado sólo cuatro resultados, es aconsejable superponer el ojo clínico. He aquí menos de dos minutos de anticipaciones en fragmento de audio de un programa especial de Y así nos va, transmitido por Radio Caracas Radio el 30 de diciembre del año pasado y grabado el 18 de noviembre. (De todos modos, en la conversación con Nehomar Hernández reconocí estar al tanto de mediciones de Datanálisis).
LEA
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