Caminaba la loma más bien suave de una colina, fácilmente superable en la neblina. (O quizá la noche, tal vez la madrugada). Iba, con muchos otros, en una dirección generalmente definida. Miraba mucho al sendero, el que aparecía bajo sus pies en cuanto los movía. Caminaba en penumbra hacia la luz.
En el trayecto sus ojos distinguían en el suelo, y querían entender, papeles impresos con letras muy negras que nunca llegaron a significar nada; los abría con sus manos y eran totalmente intrascendentes. Pero no podía evitar recogerlos, aunque nunca había leído algo importante, nada que ameritara concentrarse en su texto, distraerse del camino. Siguió cruzando la loma sin demasiada prisa. Sabía que tenía que hacer algo, cumplir una misión, decir alguna cosa. No podía cejar ante tan grave deber.
Después de un tiempo sin haber alcanzado su destino desconocido, oyó una voz grave y lejana que creyó ubicar en las alturas: “¡Apúrate!” La oyó dos veces, tal vez tres. Siguió caminando lentamente. Al cabo de un rato volvió a escuchar la urgencia: “¡Apúrate!” Aceleró el paso y cuando le pareció que llegaba adonde debía estar, la voz penetró su alma de nuevo y le dijo, tranquila pero decisivamente: “Demasiado tarde”.
Se trataba de un sueño, y despertó para vestirse y desayunar antes de ir a la pequeña plaza a esperar el autobús que lo llevaría al colegio. Hacía frío, por lo que vestía su chaqueta de cuero, y vio el rocío sobre las hojas y alguna telaraña perlada de gotas de agua. Entonces tenía seis años de edad, e ignoraba que soñaría lo mismo tres o cuatro veces más, la última en 1980. ¶
Ayer vinieron unos cuantos miembros de la familia a felicitarme por mi conversión en octogenario. Mi señora y reina preparó una gigantesca y deliciosa torta criolla de queso, una de sus especialidades. Fui agradecidamente feliz.
Otras felicitaciones mayormente familiares vinieron por WhatsApp y por correo electrónico, incluyendo algunas de gente de la que no sabía desde hace años.
Todos me restregaban en la cara las ocho décadas de mi vida.
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Llegué al mundo en la Policlínica Caracas de la parroquia Santa Rosalía, la misma donde me extrajeron las amígdalas cuatro años después. De esta incidencia guardo el recuerdo de unos chicles especiales, llevados a la clínica por mi tía Yolanda, que ayudaron a la pronta cicatrización. No muchas incidencias de salud he vivido desde entonces, principalmente por razones traumatológicas. (Cinco fracturas).
Apunto estas cosas porque soy menor que Joe Biden—¡por 52 días!—, pues él nació el 20 de noviembre de 1942 y ahora considera lanzarse a una segunda presidencia de los Estados Unidos. ¶
Análisis de Philip Bump – Columnista nacional en The Washington Post
10 de enero de 2023 a las 10:04 a. m. EST
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Después de servir como vicepresidente de Barack Obama durante ocho años, Joe Biden hizo lo que suelen hacer los expolíticos de alto perfil: creó un think tank en una universidad destacada.
El de Biden se llamaba Centro Penn Biden para la Diplomacia y el Compromiso Global, con sede en la Universidad de Pensilvania. Pero a diferencia de otros funcionarios electos y otras instituciones similares, el compromiso de Biden con el Penn Biden Center pronto quedó en segundo plano. Para abril de 2019, era candidato a la presidencia.
En noviembre, casi exactamente dos años después de la elección de Biden, los abogados del presidente estaban vaciando una oficina en el centro cuando, según su relato, descubrieron unos 10 documentos con marcas de clasificación. Al día siguiente, los documentos fueron entregados a los Archivos Nacionales. El Departamento de Justicia los está revisando ahora.
En su destilación más concisa, documentos con marcas de clasificación encontrados en la oficina del presidente, el escenario parece una imagen especular de la controversia que rodeó a Donald Trump durante gran parte del año pasado, incluida la búsqueda del FBI de su propiedad en Mar-a-Lago. Como era de esperar, Trump y sus aliados han tratado de hacer esta comparación, incorporando fondos que Penn (en general, no el centro de Biden) ha recibido de China.
“¿Cuándo va a allanar el FBI las muchas casas de Joe Biden, tal vez incluso la Casa Blanca?” Trump dijo enfurecido en la plataforma de redes sociales que posee. “Definitivamente, estos documentos no fueron desclasificados”.
Pero, así como la cuestión fundamental con los documentos de Trump no es si fueron clasificados, las situaciones de los dos presidentes no son obviamente comparables en la forma que sugiere Trump.
En este punto, no sabemos mucho sobre los documentos de Biden más allá de lo que su equipo ha hecho público, lo que sin duda es una advertencia importante. Según la declaración del equipo de Biden, los documentos fueron encontrados en un armario cerrado y rápidamente entregados al gobierno. Lo que contienen no está claro, al igual que su nivel o estado de clasificación actual. (Por supuesto, hay numerosos documentos existentes que no están ya clasificados pero que, sin embargo, aún pueden llevar marcas de clasificación). Una persona, presumiblemente con la lengua en la mejilla, le dijo a CBS News que los documentos no contenían secretos nucleares.
Sabemos un poco más sobre los documentos de Trump. Sabemos que la búsqueda del FBI en Mar-a-Lago arrojó docenas de documentos con marcas de clasificación en múltiples ubicaciones alrededor de la instalación. Sabemos que tan solo una caja en la oficina de Trump en las instalaciones del evento, una sala donde regularmente recibía invitados, contenía más de una docena de documentos.
También sabemos que la incautación de esos documentos se produjo sólo después de un largo esfuerzo por asegurar los documentos (tanto clasificados como no clasificados) que se produjeron durante su presidencia y, por lo tanto, eran propiedad del gobierno. La investigación sobre los documentos de Trump se inició en mayo de 2021 cuando los Archivos Nacionales se comunicaron con el equipo de Trump sobre documentos que sabía que existían pero que no estaban en su poder. (El archivista del país, al ver a Trump salir de la Casa Blanca en enero anterior, mencionó más tarde que se preguntaba qué había en las cajas que el personal de Trump estaba cargando en el Marine One). Durante los siguientes meses, los Archivos y el equipo de Trump iban y venían para tomar posesión del material.
A mediados de enero de 2022, el equipo de Trump entregó finalmente una gran cantidad de material: cajas de documentos que The Washington Post informó que habían sido empacadas bajo la supervisión del propio Trump. A principios de febrero, Trump impulsó una declaración pública declarando que había entregado todos los documentos pertinentes. Su personal se opuso. Mientras tanto, los Archivos descubrieron que el material devuelto se entremezcló con material clasificado y de otro tipo. Se hizo una remisión al Departamento de Justicia para investigar un posible mal manejo de documentos clasificados.
Como parte de esa investigación, el Departamento de Justicia entrevistó a empleados de Trump, quienes revelaron que otros documentos clasificados probablemente todavía estaban en posesión de Trump. Un gran jurado emitió una citación para cualquier documento en posesión de Trump con marcas de clasificación, independientemente de si todavía están clasificados. A principios de junio, funcionarios del Departamento de Justicia viajaron a Mar-a-Lago, donde les entregaron un paquete de material, incluido material clasificado. La abogada de Trump, Christina Bobb, firmó una declaración jurada afirmando, entre otras cosas, que “todos y cada uno de los documentos correspondientes acompañan a esta certificación”. En otras palabras, todos los documentos con marcas de clasificación habían sido entregados.
Se encontró material con marcas de clasificación en al menos doce cajas en dos habitaciones. También se encontró miles de páginas de otros documentos, muchos de los cuales probablemente pertenecen a la categoría de registros presidenciales que son propiedad del gobierno de los Estados Unidos. A pesar de toda la atención comprensible sobre el material clasificado, es importante reconocer que los Archivos también buscaron y obtuvieron, con retraso, muchos otros registros que se suponía que Trump no debía tener sin el consentimiento del gobierno.
Es de esperar que pueda verse cómo la divulgación del documento de Biden difiere tanto en escala como en importancia. Nuevamente, no conocemos todos los detalles de la producción del documento de Biden, por lo que esta evaluación puede cambiar. Pero en este momento no hay indicios de que la escala de información del gobierno retenida sea tan grande o, lo que es más importante, de que Biden o su equipo intentaron ocultar los documentos al Departamento de Justicia. No hubo una declaración jurada firmada por los abogados de Biden que afirmara que el armario del Penn Biden Center ya no contenía ningún documento clasificado antes de que se descubrieran dichos documentos. Biden no hizo ningún esfuerzo por argumentar públicamente que le había dado al gobierno todo lo que quería a pesar de que no lo había hecho; en verdad, para empezar no hay indicios de que el gobierno estuviera buscando estos documentos.
Ya estamos lo suficientemente adentrados en la era Trump de la política nacional como para estar familiarizados con sus intentos de refutar las críticas al afirmar que sus oponentes están haciendo cosas igualmente malas o peores. Éste es el enfoque que está adoptando y en esto, como siempre, sus aliados se hacen eco y lo elevan.
No es una buena comparación. ¶
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Traducción de reportajede hoy en The Washington Post.
Los esposos G. K. Chesterton y Frances Blogg con su cachorro
A Maya, mi nieta, quien hoy cumple veintidós años
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El párrafo más acojonante de la historia de la literatura política
Al final de su libro Lo que está mal en el mundo, G. K. Chesterton alude a una ley promulgada en aquel período en el Reino Unido según la cual, para evitar las epidemias de piojos en los barrios pobres, los niños de la clase obrera deberían llevar las cabezas rapadas. Los pobres, escribe Chesterton, se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En consecuencia, los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece habérseles ocurrido suprimir los piojos. Y es quesería largo y laborioso cortar las cabezas de los tiranos; es más fácil cortar el pelo de los esclavos. En el razonamiento que hila la conclusión de este libro formidable, Chesterton sostiene que la lección de los piojos de los suburbios es que lo que está mal son los suburbios, no el pelo. Y dice una cosa verdaderamente sorprendente: sólo por medio de instituciones eternas como el pelo podemos someter a prueba instituciones pasajeras como los imperios.
Chesterton lleva todo el libro pensando un punto de partida sobre el que construir todo un orden social, un mínimo más allá del cual no tiene sentido defender nada. Y comienza así el último párrafo del libro, el más bello que yo haya leído en mi vida sobre el tema de la revolución: Hay que empezar por algún sitio yyo empiezo por el pelo de una niña. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras que son inexorables y que son la piedra de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en su contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio. Porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una distribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla del pelo rojo, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser mutilados y destrozados para servirle a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos caerán, pero no habrá de dañarse un pelo de su cabeza.
G. K. Chesterton, Lo que está mal en el mundo. Ed. El Acantilado. (Traducción de Mónica Rubio Fernández).
Del lat. tardío apocry̆phus, y este del gr. ἀπόκρυφος apókryphos ‘oculto’.
adj. Falso o fingido. Un conde apócrifo. 2. adj. Dicho de una obra, especialmente literaria: De dudosa autenticidad en cuanto al contenido o a la atribución.
Diccionario de la Lengua Española
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La II Guerra Mundial se inicia con la invasión de Polonia, el 1º de septiembre de 1939, por el ejército de Adolfo Hitler.
En uno de los primeros encuentros, un soldado alemán apuntaba a uno polaco que tenía a poca distancia. En eso escucha una voz del cielo, que le dice: «No lo mates; él va a ser Papa». El alemán pregunta: «¿Y yo?» Desde arriba dice la voz celestial: «Tú serás su sucesor».
Supuestamente serían el soldado polaco Karol Wojtyla (Juan Pablo II) y el soldado alemán Joseph Ratzinger (Benedicto XVI). La anécdota es imposible, porque si bien Wojtyla nació en 1920 y habría tenido entones 19 años, Ratzinger nació en 1927. Ni el monstruo de Hitler empleó soldados de doce años de edad en 1939.* Aun así, «Se non è vero, è ben trovato».
Lo anterior fue el último cuento que contó mi suegro, el insigne pediatra Armando Sucre Eduardo, a quien recordamos especialmente por estas fechas, pues se nos fue el 30 de diciembre de 2008. En su honor, pongo acá una pieza de un compositor polaco, la Polonesa Heroica (en La bemol mayor, op. 53) de Federico Chopin, interpretada por Walter Gieseking, un pianista alemán:
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* En 1943, a sus dieciséis años, Ratzinger se encontraba ya en el seminario cuando fue forzosamente reclutado para las Juventudes Hitlerianas y adiestrado en servicios de infantería. «…tomó parte en el Reichsarbeitsdienst que era un una organización para el apoyo del ejército alemán, donde él, junto con otros compañeros, construyeron barreras antitanque. Ratzinger desertó en los últimos días de la guerra, pero fue hecho prisionero por soldados aliados en un campo cerca de Ulm en 1945″. (Wikipedia en Español).
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