por Luis Enrique Alcalá | Oct 26, 2012 | Argumentos, Política |

Diseño para la toma del poder
Tal vez la historia española se escriba antes de que ocurra.
La verdad que ya no podemos eludir
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Era el mes de noviembre del primer año de un cierto período presidencial en Venezuela. Un alto funcionario del incipiente gobierno invitó a su casa a un compacto grupo de conocidos, amigos y subalternos de su cargo, a quienes justificó la convocatoria en estos términos: «Les pedí que vinieran para comunicarles que quiero ser el próximo Presidente de la República».
Una discusión más o menos pertinente siguió a tal solemnidad, y cuando tocó el turno a uno de los presentes, éste dijo: «Veo dos problemas en lo que planteas, y te anticipo que el primero de ellos no me interesa en absoluto: no me importa cuántos mítines, cuántos eslóganes, cuántas pancartas y volantes o cuántos jingles sean necesarios para que alcances la Presidencia. No me preocupa para nada cómo harías para llegar a Miraflores. En cambio, me interesa un segundo asunto: ¿que harías tú como presidente? O, puesto de distinta manera, ¿por qué tendrían los venezolanos que elegirte? ¿Para qué quieres ser presidente?»
El interpelado era persona de mente rápida y repuso con agilidad aduladora: «Aquel presidente que se rodee de personas tan capaces y brillantes como las que hoy están aquí será un gran presidente». Quien lo emplazara le hizo notar de inmediato que su respuesta, si bien ágil, astuta y persuasiva, no era en ningún caso convincente.
Poco después se produjo un alejamiento de estos dos interlocutores, y el pretendiente de la Jefatura del Estado se quejaba a comunes amigos que sus llamadas e invitaciones al otro no eran contestadas. No menos de una media docena de reclamos de esta clase le hizo llegar por interpuestas personas, hasta que el destinatario optó por escribir una carta al quejoso. Allí le puso:
Hace poco supe de una vieja leyenda alemana: en el origen del mundo había sólo dos clases de hombres, los héroes y los sabios. Los primeros salían todas las mañanas a trabajar: a conquistar castillos, rescatar doncellas y matar dragones; lo propio de los héroes. Pero éstos, al final de la jornada, se encaminaban a las cuevas de los sabios y les pedían que les explicaran qué significaba lo que habían hecho durante el día, pues no tenían la menor idea de por qué lo hacían.
He registrado mi parentela: tengo, obviamente, sangre española; tengo sangre francesa, italiana y hasta algo de escocesa, pero el alemán no me sale por ninguna parte. A mí tienes que explicarme el sentido de una hazaña antes de acometerla. Su justificación no puede ser una racionalización posterior.
No hay duda de que eres un poderoso emisor de señales políticas, pero lo que a mí me interesa son los significados. Es eso lo que nos separa.
La carta bastó. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 24, 2012 | Música |

John Martin: Manfredo en el Jungfrau (1837)
Cinco quintas y una quinta vienen acá para certificar que el número cinco es auspicioso en materia de sinfonías. Después del enorme impacto de la Quinta Sinfonía en Do menor de Ludwig van Beethoven (1770-1827), su opus 67 y una de las piezas más conocidas y apreciadas del mundo, cada compositor que hubiera compuesto ya cuatro sinfonías ha debido sentirse en estado reverente, dispuesto a dar lo mejor de su arte en ese quinto puesto de su producción sinfónica.

Los cinco primeros compases de «la» Quinta Sinfonía

El Theater an der Wien en 1815
Claro que prácticamente todo el mundo sabe quién compuso el famoso motivo ta, ta, ta, taaaa, (Sol, Sol, Sol, Mi bemol), que el grandísimo director Wilhelm Furtwängler marcó como ninguno. El público que lo escuchó por primera vez asistía a un concierto de más de cuatro horas en el Teatro sobre el Río Wien en Viena, el 22 de diciembre de 1808, que incluyó además la première de la Sexta Sinfonía (Pastoral) y siete obras más del compositor; el propio Beethoven dirigió la orquesta. No fue un estreno auspicioso; en un momento dado, Beethoven decidió detener la ejecución de la Fantasía Coral y comenzar de nuevo luego de una fea equivocación de la orquesta. El agotamiento de la audiencia le ofreció a la gran obra una fría recepción, pero un poco más tarde ya ocupaba un sitial de honor en el repertorio sinfónico de la época: el influyente crítico E. T. A. Hoffman escribió un definitivo elogio de la pieza en el Allgemeine musikalische Zeitung. Acá está su primer movimiento, Allegro con brio, en interpretación de Herbert von Karajan al frente de su Filarmónica de Berlín.
Beethoven

Dirk Bogarde y Björn Andresen en Venecia
Algo menos conocida es la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler (1860-1911), una obra monumental que a veces es reportada como escrita en la tonalidad de Do sostenido menor. El propio compositor, sin embargo, aconsejaba no denominarla así, pues otros movimientos están en clave diferente. (El primero está en esa tonalidad; el último en Re mayor). Fue, de nuevo, el autor quien dirigiera el estreno de su sinfonía, el 18 de octubre de 1904 en Colonia. Al año siguiente se la presentaba en Cincinatti, pero pasarían cuarenta más antes de que los londinenses la escucharan completa, aunque el Adagietto colocado abajo—cuarto movimiento: Sehr Langsam—fue interpretado en 1909 en uno de los conciertos Proms de ese año, anticipando la popularidad que alcanzaría con Muerte en Venecia, la película (1971) de Luchino Visconti sobre la novela (1912) de Thomas Mann. Era la canción de amor de Mahler a Alma Schindler, su esposa. La acompañó de estas líneas: «Cuánto te quiero a ti, tú mi sol, no puedo decirte con palabras. Sólo puedo lamentar ante ti mi añoranza y mi amor». Georg Solti dirige ahora la Orquesta Sinfónica de Chicago.
Mahler

Shostakovich sobre Mravinsky según Russov
Ya en pleno siglo XX, Dmitri Shostakovich (1906-1975) liberaría su propia Quinta, op. 47 en Re menor. El 21 de noviembre de 1937, Yevgeny Mravinsky la dirigió por primera vez en Leningrado, tocada por los músicos de la orquesta filarmónica de la ciudad; más de media hora de aplausos recibió la interpretación, y se dice que Mravinsky celebró el triunfo agitando la partitura sobre su cabeza en alegre reacción al entusiasmo del público. (Habría tenido que ser con ambas manos, por el peso del gran tomo, y Mravinsky era una persona muy delgada. Tuve la inmensa fortuna de escuchar a esa misma orquesta y su director en el Royal Festival Hall del South Bank de Londres en el otoño de 1971, en un concierto que cerró con otra quinta sinfonía, la de Tchaikovsky. Fue una experiencia musical—dentro de una opulenta acústica que no desfallecía en el lejano balcón donde escuchaba—que perdurará en mi memoria mientras viva). Son esos mismos músicos quienes tocan de seguidas el magnífico segundo movimiento de la obra, Allegretto, en grabación de 1973. Es un movimiento jocoso, algo al estilo ácido de Prokofiev, construido como variaciones del motivo que abre la sinfonía. No queda sino decir, a Shostakovich, Mravinsky y los músicos de Leningrado, спасибо большое!
Shostakovich

Del país con sol de medianoche
Para Jan Sibelius (1865-1957) su Quinta Sinfonía en Mi bemol mayor, op. 82, marcaba una ocasión especialísima, puesto que le fue encargada por el gobierno finlandés y estrenada el 8 de diciembre de 1915, el día de su quincuagésimo cumpleaños, que había sido declarado fiesta nacional. Ya Sibelius había compuesto, en 1899, el poema sinfónico Finlandia, su opus 26, que en sí mismo era un grito de emancipación del yugo de los rusos. (La obra llegó a ser ejecutada bajo diversos nombres para escapar a la atención de la policía de ocupación; por ejemplo, Sentimientos de felicidad al despertar de la primavera finesa. Su sección final fue más tarde arreglada como el Himno Finlandia, aunque el himno nacional de este país es oficialmente otra pieza). Era, por tanto, un amado héroe viviente de los finlandeses, que son una gente tan particular que el monto de sus multas de tránsito en carreteras depende del ingreso del infractor. Como en casi todos los casos anteriores, el compositor dirigió para el estreno de su sinfonía aniversaria a la Orquesta Filarmónica de Helsinki. Es el primer movimiento de la tercera versión de la composición, que data de 1919, el que toca aquí la Orquesta Filarmónica de Viena bajo la batuta de Leonard Bernstein.
Sibelius

Jugaba bien al ajedrez
En el caso de Sergei Prokofiev (1891-1953), en cambio, su Quinta Sinfonía en Si bemol mayor era nada menos que exactamente su opus 100. Era el líder de una colonia de compositores en las afueras de Moscú, establecida por el gobierno soviético para alejarlos de peligros de la Segunda Guerra Mundial, cuando compuso la sinfonía en un mes del verano de 1944. El 13 de enero del año siguiente, sería estrenada en el Gran Salón del Conservatorio de Moscú y, sí, era Prokofiev quien dirigía la Orquesta Sinfónica del Estado de la URSS. Poco después, sufriría una caída por problemas de tensión arterial de la que nunca se recuperó por completo. Un músico alineado con la revolución bolchevique, moriría apropiadamente el mismo día cuando se anunciara la muerte de Josef Stalin, el 5 de marzo de 1953. Prokofiev fue probablemente el compositor ruso más popular del siglo XX; también fue un buen jugador de ajedrez: en 1914 llegó a ganar una partida al mismísimo José Raúl Capablanca en un tercer intento de partidas simultáneas de exhibición. La ocasión se presentó en San Petersburgo, donde el genio cubano de 26 años quedó al frente de su torneo internacional de grandes maestros con punto y medio de ventaja sobre Emanuel Lasker, a quien arrebataría el título de campeón mundial siete años más tarde. Prokofiev y Capablanca iniciaron entonces una larga amistad. André Previn conduce a la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, la misma que ahora dirige Gustavo Dudamel, para ofrecernos el segundo movimiento de la obra, Allegro marcato.
Prokofiev

Aquí la estrenó Tchaikovsky
Ahora llegamos a la Quinta Sinfonía en Mi menor, op. 64. de Pyotr Illyitch Tchaikovsky (1840-1893), la que oí en Londres en 1971 y en el Teatro Municipal de Caracas el domingo 20 de abril de 1975, en el segundo concierto de la Orquesta de Cleveland conducida por Lorin Maazel. (No impidió mi asistencia, y no lo hubiera hecho otra cosa, una fractura triple de la cabeza del húmero izquierdo que sufrí cuatro días antes. Logré sentarme en un asiento que daba al pasillo central desde el ala derecha, para no molestar con mi brazo erguido e inmovilizado por un chaleco de once kilos de yeso). Acá sonará su glorioso cuarto movimiento (Finale: Andante maestoso — Allegro vivace — Molto vivace — Moderato assai e molto maestoso — Presto) en los instrumentos de la lujosa Orquesta de Filadelfia, bajo la conducción de Eugene Ormandy. La música modula de Mi mayor a Mi menor, para regresar triunfante a Mi mayor con el tema expuesto tranquilamente al comienzo. Esta sección final de recapitulación fue el tema original de Valores humanos, el iluminador programa de televisión de Arturo Úslar Pietri. (En una temporada posterior, el tema cambió al del inicio de Primavera, el concerto grosso que comienza el grupo de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi). El 6 de noviembre de 1888, el propio Tchaikovsky—¡qué raro!—dirigió la première de la sinfonía en el Salón de la Nobleza de San Petersburgo. En el asedio a Leningrado (que es la misma ciudad) por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial, la sinfonía levantó los ánimos de sus pobladores el 20 de agosto de 1941; la Orquesta Sinfónica de la Radio de Leningrado la interpretó impávida hasta el final—fue transmitida por radio a Londres—aunque se escuchara las bombas explotar cercanas desde el inicio del segundo movimiento.
Tchaikovsky

La primera edición de Manfredo
Bueno, una «quinta» de ñapa y con justificación. La Sinfonía Manfredo en Si Menor, op. 58 de Tchaikovsky, es una sinfonía «de programa» compuesta entre la que acabamos de escuchar y su Cuarta Sinfonía en Fa menor, op. 36; fue, por tanto, su verdadera quinta sinfonía o, si se quiere, la 4.5. Sigue musicalmente la línea expositiva del poema dramático de Lord Byron en una estructura cíclica en la que el tema de Manfredo, de gran poder expresivo, se repite bajo diferente guisa en cada movimiento. Es un placer colocar acá el primero de ellos, Lento lugubre, en potente interpretación de Riccardo Muti y la londinense Orquesta Filarmonia, aunque así tengamos a cinco quintas y dos quintas. En cierto sentido adelantado a su época, el movimiento se aleja de la estricta forma sonata para seguir el guión textual. Cincuenta y cuatro años antes, un más decidido innovador de la forma musical, Hector Berlioz, había compuesto Haroldo en Italia, igualmente inspirado en un poema de Byron; tal vez Tchaikovsky no quiso ser menos y produjo esta obra que superaba en concepto y orquestación a la del francés. De hecho, el programa que guió la composición, provisto por Vladimir Stasov, fue remitido primeramente por Mily Balakirev—él mismo se consideró incompetente para la tarea—a Berlioz, quien declinó hacer el trabajo por razones de edad y salud. El gran compositor ruso completó la labor en septiembre de 1885, y el 11 de marzo del año siguiente dirigía Max Erdmannsdörfer con gran éxito el estreno de esta obra colosal que requiere, además de una orquesta sinfónica grande, el concurso de un órgano para cerrarla.
Tchaikovsky 2
He puesto acá esta última pieza en memoria de mi amigo y compadre Eduardo Plaza Aurrecoechea, con quien la oyera muchas veces por la misma orquesta dirigida por Muti en versión del conductor Paul Kletzki para el sello Angel Records. Él me enseñó de música y dirigió mi deficiente voz de barítono en un coro que sonaba bajo su magia. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 21, 2012 | Argumentos, Política |

Sus restos no aguardan la resurrección a temperaturas criogénicas
meme an idea, behavior or style that spreads from person to person within a culture.
Merriam-Webster Dictionary
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A meme acts as a unit for carrying cultural ideas, symbols or practices, which can be transmitted from one mind to another through writing, speech, gestures, rituals or other imitable phenomena. Supporters of the concept regard memes as cultural analogues to genes in that they self-replicate, mutate and respond to selective pressures.
Wikipedia
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memez. 1. f. Cualidad de memo. 2. f. Dicho o hecho propio del memo.
memo1, ma. (Voz que imita el tartamudeo). 1. adj. Tonto, simple, mentecato.
Diccionario de la Lengua Española
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El cadáver de Walt Disney fue cremado el 17 de diciembre de 1966 y sus cenizas fueron enterradas en el cementerio Forest Lawn de Glendale, California. A pesar de estos hechos, un gran número de personas está dispuesto a jurar que su cuerpo fue congelado a temperaturas sub cero, a la espera de que las ciencias médicas pudieran revivirlo. De modo semejante, un número equivalente asegura que el cómico mexicano Joaquín Pardavé fue enterrado vivo, a juzgar por los arañazos supuestamente observables en el lado interno de la tapa de su féretro. El cuerpo de Pardavé, fallecido a raíz de un derrame cerebral once años antes que Disney, jamás ha sido exhumado, por lo que habría sido extremadamente difícil a los creyentes en tal leyenda urbana revisar el interior de la urna que aún contiene lo que quede de él. En Venezuela, hay mucha gente que prefiere creer que hubo fraude electoral el 7 de octubre de este año antes que aceptar que su candidato, como lo pone TIME Magazine, fue incapaz de ofrecer una alternativa convincente.
La difusión de memes memos se ha visto potenciada con los medios de la Internet: el correo electrónico y las llamadas redes sociales, en los que se vuelca una avalancha gigantesca de necedad que se amplifica viralmente. Twitter es especialmente competente en acelerar dinámicas rumorosas sin fundamento. Tuits típicos: «Como se explica: q Capriles pierda en Miranda, Zulia, Lara y Carabobo? q haya 81% d participación con la Morrocoy?», «FRAUDE MASIVO los q tengan ojos q vean los resultados del CNE por estados. Capriles solo gana Táchira y Mérida NI Miranda !!», «Exit poll d Carabobo por PREDICTMATICA (48mil muestras) dio ventaja a HCR de 13,7%. Resultados CNE incomprensibles». Naturalmente, ni Gallup asociada con Gaither levanta 48.000 entrevistas en un solo estado venezolano, y por lo que respecta a la encuestadora esgrimida vale la pena considerar la evaluación de Francisco Toro en Caracas Chronicles. Afortunadamente, hay otros más sensatos: «Como carajo vamos a sumar votos rojos si seguimos diciéndoles ignorantes?» Pero no faltan tuits terribles, brevísimos, solemnes y pretenciosos depresores de la autoestima nacional, como esta idiotez: «Somos un país que tiene alergia congénita al esfuerzo y la mejora». (21 de octubre de 2012).
La credulidad es, lamentablemente, un defecto humano harto extendido, para fortuna de los estafadores que la aprovechan. Viktor Lustig, quien birlara alguna vez 5.000 dólares al mismísimo Al Capone, vendió nada menos que la Torre Eiffel a un crédulo André Poisson en 1925. Tal es la memez de los cándidos.
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Los memes que se conocen con el nombre de leyendas urbanas alcanzan en ocasiones el status de teorías explicativas. Hace nada ocurrió en un foro del servicio Open English—el de las cuñas televisivas donde un memo aprende inglés con etiquetas que dicen pollo-chicken y repollo-rechicken—un debate entre un argentino y una venezolana; el primero aseguraba que Cristina Kirchner no era tan mala porque tomaba distancia de los Estados Unidos, el Imperio, sin inmutarse porque él mismo hubiera optado por aprender inglés, el idioma de ese país al que denostaba, seguramente no para hablar con rusos o chinos. Es toda una teoría esta de la dependencia que explica el atraso del desarrollo latinoamericano por la maléfica influencia del país norteño (que ciertamente es muy entrometido). En la década de los sesenta, cuando la democracia venezolana daba sus primeros pasos, corría como meme irónico esta adivinanza: ¿en qué se diferencian un liberal, un socialcristiano y un izquierdista cuando la mujer les pone cuernos? Respuesta: el liberal le mete un tiro al amante y otro a la esposa; el socialcristiano procura el auxilio de su director espiritual; el izquierdista va a protestar ante la embajada americana. Hay mucha verdad en Las venas abiertas de América Latina, pero el propio Eduardo Galeano ha tomado algo de distancia de su libro de 1971.
Un meme análogo es el que explica la pobreza de un pueblo como el nuestro por la corrupción que consume dineros públicos, los que invertidos en asistencia social la eliminarían. A raíz de la aprobación en 1982 de la Ley de Salvaguarda del Patrimonio Público, el profesor Humberto Njaim (Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela), hoy Miembro de la Academia de Ciencias Políticas, aportó un útil estudio de sus costos y beneficios. En él reveló sus estimaciones cuantitativas de la corrupción administrativa venezolana: el perezjimenismo habría sustraído fondos por el equivalente de 1% del Presupuesto Nacional; la democracia habría llevado el asalto hasta 1,5%.
En marzo de 1999, cuando Hugo Chávez llevaba apenas un mes en su cargo actual, informé de esta medición a un conductor de taxi que me llevaba de La Carlota a El Paraíso y quiso comentar los problemas del nuevo presidente, apremiándome con la cuestión de una corrupción que nos tendría sumidos en la pobreza. Al oír los índices del profesor Njaim, preguntó con incredulidad (¡gracias a Dios!): «¿Tan poquito?» Entonces puse la cosa en la escala del momento: «No, no es poquito. El presupuesto que manejará Chávez es de veinte billones [castellanos] de bolívares, y 1,5% de eso es la suma de 300.000.000.000 de bolívares». «Es verdad—repuso el chofer—, ¡eso es un realero!»
La conversación cayó en un cauce nuevo para él; vi su sonrisa y creí escuchar los engranajes de su cerebro moviéndose mientras le daba la buena noticia de que no nos habíamos robado 98,5% del presupuesto nacional, y que si bien la corrupción era de un todo execrable, no podía ser que un tumor de 1,5% de tamaño explicara nuestra dolencia social. Quizás algo fundamentalmente malo, si acaso, había en nuestro manejo de la inmensa mayoría del gasto público.
Bueno, trescientos mil millones de bolívares de los actuales son el presupuesto nacional de 2012. Supongamos que Pérez Jiménez los administrara; entonces irían a manos corrompidas tres mil millones de bolívares, unos setecientos millones de dólares si CADIVI los cambiara. Si los manejasen las administraciones democráticas de 1959 a 1983, entonces la sustracción de fondos nacionales sería unos Bs 4.500.000.000. (Repito, de los de hoy; si, como algunos hablan todavía, se contaran en bolívares «débiles», hablaríamos de 4 billones y medio de bolívares esmirriados). Si las administraciones de Chávez hubieran agravado el problema triplicando la tasa perezjimenista (a 3%, o el doble de la corrupción «democrática»), los «boliburgueses» habrían aprovechado 9.000 millones de bolívares. Finalmente, si quisiéramos suponer que la corrupción actual ha quintuplicado la cosa, llevando el peculado a 5% del presupuesto nacional, los dineros extraviados en cuentas suizas y otras sumarían 15 mil millones de bolívares, quince billones en la escala monetaria hace tiempo obsoleta.
Pues bien, la población venezolana puede ser estimada a la fecha en 29 millones de habitantes. Supongamos ahora que el arcángel Gabriel corta de un tajo con su espada flamígera toda la corrupción y reparte este último realero en cuotas idénticas a cada venezolano; entonces ¡cada ciudadano recibiría al año la cantidad de Bs. 517! ¿Saldríamos de abajo con menos de un bolívar con cincuenta céntimos diarios per cápita?
Alegrémonos porque no se han robado al menos 285 mil millones de bolívares y enterremos, a temperaturas no criogénicas para que nunca resucite, el meme idiota de que nuestra anormal distribución de la riqueza se debe a la corrupción administrativa. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2012 | Argumentos, Política |

La demoscopia como bioanálisis político
El suscrito clausuró el martes 16 de los corrientes un panel convocado por Hinterlaces, integrado además por Manuel Felipe Sierra y Miguel Pérez Pirela, para comentar el resultado electoral del 7 de octubre. Previamente, Oscar Schemel presentó el análisis de la encuestadora. Su página web destaca: «Oscar Schémel insistió en que los marcos de interpretación clásicos resultan cortos, insuficientes y desacertados para re-significar, interpretar y simbolizar las nuevas realidades. (…) El Presidente de Hinterlaces explicó que en Venezuela existe una disputa social y simbólica,—pero no antagónica—por refundar una nueva Democracia y redefinir las relaciones sociales y el desarrollo». Schemel opinó que el gobierno triunfante debe extender su «base social de apoyo» y ampliar los consensos, incorporando a otras clases sociales. A continuación, el contenido de mis planteamientos.
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Pudiera decirse que las encuestadoras son los laboratorios del bioanálisis político. El buen médico no puede prescindir del bioanálisis, pues éste le ofrece las lecturas precisas de azúcar en la sangre o las proporciones exactas de los distintos tipos de glóbulos blancos en ella. Del mismo modo, el buen político debe hacer uso de los estudios de opinión cuyos resultados, por supuesto, pueden variar según el laboratorio que analice las muestras. Una encuestadora que cinco días antes de la elección presidencial daba a Henrique Capriles como triunfador sobre Hugo Chávez por 4,6 puntos de ventaja (un error de más de 15%), explicó su inexactitud el miércoles de la semana pasada, en un foro del diario Últimas Noticias, como consecuencia de «un error muestral». La verdad es que el Vicepresidente Ejecutivo de esa encuestadora dijo el 27 de junio, al comentar la diferencia de sus números con otras encuestadoras: «Eso es imposible, alguien está mintiendo“. La mentira, como sabemos, puede ser recíproca, y es bueno estar en un evento convocado por una encuestadora que no miente.
Pero el buen médico no tiene que esperar que un bioanalista le diga que alguien está enfermo; su ojo clínico le permite adelantarse. Así es también con los buenos políticos, por lo que cabe preguntarse qué es un buen político, quiénes serían aquellos a los que llegáramos a llamar estadistas porque serían gente experta en el arte del Estado. Viene en nuestro auxilio Alexis de Tocqueville, pues ofreció en El Antiguo Régimen y la Revolución una definición del «verdadero arte del Estado», al que identificó con «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro».
Visión. En eso consiste, pues, el «ojo político», y un ojo clínico adiestrado podía en este caso conocer de antemano cuál sería el resultado de la elección del 7 de octubre. Los resultados de esa fecha no le sorprendieron. Hay, afortunadamente, una «historia clínica» de la que tomaré extractos que me permitirán soportar la tesis de cómo puede un ojo clínico adelantarse a la demoscopia.
El 10 de marzo de 2011, año y medio antes de la votación del 7 de octubre pasado, se anticipó en El pelotón opositor, artículo en el que se analizaba las posibilidades de los precandidatos de oposición (Henrique Capriles Radonski incluido), lo siguiente:
Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos.
Casi tres años antes, el 30 de octubre de 2008, se especificó en el artículo Retrato hablado los rasgos necesarios en una candidatura viable y eficaz, capaz de derrotar electoralmente al presidente Chávez:
Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?
El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese.
Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.
Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.
Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.
Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.
Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.
Está clarísimo que los rasgos de ese retrato hablado no se corresponden con los aparentes en Capriles Radonski. Pero mucho antes todavía, el 31 de marzo de 2005, se dijo en la Carta Semanal #131 de doctorpolítico:
Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro “tío tigre” menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.
Lo que tal vez llevó al editor Fausto Masó a invitar al autor de esas palabras a que contribuyera con un capítulo para el libro que publicó como Chávez es derrotable, un año antes de la elección de 2006. Ese capítulo fue entregado a Libros Marcados en octubre de 2005, y se llamó Tío Conejo como outsider. Allí se decía de Chávez, cinco años antes del anuncio de la enfermedad presidencial:
…no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el “poder ciudadano”—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
Las citas que anteceden son muestra suficiente para apuntalar la tesis anunciada; el ojo clínico se anticipa al bioanálisis y, en particular, el ojo del buen político sabía, antes de que la demoscopia seria lo estableciera, que Capriles Radonski no podía ganar las elecciones presidenciales de 2012.
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Debiera poderse abrir un nuevo lapso de la política venezolana luego de los resultados del 7 de octubre. El ojo político-clínico veía el 28 de septiembre de 2012 lo que asentó en Reporte climatológico parcial:
Creo que después del 7 de octubre habrán mejorado las condiciones para una necesaria distensión. Hace rato que ya no oímos “¡Exprópiese!” Apartando la disminución de sus fuerzas físicas, el Presidente de la República ha comenzado a notar que no cuenta con gerentes capaces en número suficiente dentro de su gobierno, que cada estatización—después del millar que ha ordenado—es un nuevo escaparate en un lomo recargado, que hasta Cuba se abre tímidamente a la iniciativa privada, que su socialismo no puede funcionar y sólo le queda definirlo de otra manera menos marxista para preservar la etiqueta en la que tanta propaganda ha invertido.
En cualquier caso, Venezuela no se extingue el 7 de octubre, y los que se han fajado en la aventura capriloradonskista también serán mejores si son humildes:
Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”. ¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. Es imposible completarla con altanería. (Principal virtud. Carta Semanal #320 de doctorpolítico, 19 de febrero de 2009).
Este último artículo llevaba como epígrafe palabras dichas por el Presidente de los Estados Unidos recién electo en 2008, en contestación a la primera pregunta que la revista TIME Magazine le hiciera para presentarlo como Persona del Año: “…creo que ganamos una victoria decisiva. Sin embargo, cuarenta y siete por ciento del pueblo americano votó por John McCain. Por consiguiente, no creo que los americanos quieran arrogancia en su próximo presidente”.
La virtud de la modestia o humildad es una de las principales en un buen político:
…los políticos, en abrumadora mayoría, se conducen por la vida como si fuesen seres inerrantes, y eso que su campo profesional es bastante más complejo que el asumido por las ciencias naturales. Su discurso es usualmente enfático, muchas veces furibundo, como si hubiesen alcanzado una certidumbre que les da derecho a la imposición de sus criterios e ideologías. En particular, son más arrogantes cuando rebasan el discurso meramente político para pontificar como jueces morales, con la condena de amplios conjuntos humanos y pretender que su opinión es moralmente superior. Los electores debiéramos bajarle el copete a los políticos que pretenden tener toda la razón. (El político virtuoso, Carta Semanal #259 de doctorpolítico, 18 de octubre de 2007).
En su campaña, Capriles mostraba arrogancia cuando, en imitación de Hugo Chávez, comenzó a hablar de sí mismo en tercera persona, refiriéndose a él mismo como el «Flaco» y Capriles o Capriles Radonski. Por lo que respecta al Presidente de la República no fue nada modesto autodenominarse fatuamente el «corazón de su Patria»; si eso fuera verdad, Venezuela sufriría una cardiopatía severa, pues ese corazón ha sido medido en 54% de la masa corporal venezolana el pasado 7 de octubre.
Pero si Hugo Chávez y Henrique Capriles no observaran la virtud de la modestia o humildad, los venezolanos forzaremos esa distensión necesaria, esa unión de los venezolanos. La atinadísima encuestadora que es Hinterlaces reportó el 20 de julio de 2011 la rotunda respuesta de sus entrevistados de entonces a la siguiente pregunta: «¿Cree Ud. que ha llegado el momento en que chavistas y opositores se pongan de acuerdo para unir al país?» De los consultados, sólo 3% no contestó o declaró no saber y 7% se mostró contrario a esa noción; 90% de los entrevistados—representativos de 9 de cada 10 venezolanos porque Hinterlaces sí es muy cuidadosa en su diseño muestral—consideró que había llegado el momento de que opositores y chavistas se pusieran de acuerdo para unir al país.
No necesitamos que los líderes nacionales nos empujen a encontrarnos los unos con los otros. El enjambre ciudadano puede decidir ese movimiento por sí mismo. El Pueblo Soberano, la verdadera Corona, puede ordenar el reencuentro.
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Gracias a Hinterlaces, gracias a Oscar Schemel. Les felicito por un trabajo bien hecho.
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Miguel Pérez Pirela empleó reiteradamente durante su intervención, que precedió inmediatamente a la mía, una terminología dicotómica: «bolivarianos» y «opositores». A esto me referí más o menos con las siguientes palabras:
El nombre Bolívar y el adjetivo bolivariano no son marcas o franquicias al estilo de McDonald’s; hay un sentido en el que todo venezolano es asimismo bolivariano, y el adueñarse de esas denominaciones para un exclusivo uso sectario es una apropiación indebida. Puedo entender la manipulación buscada por el gobierno, cuando pretende que Bolívar era socialista. Pero el Libertador dijo a Francisco Iturbe al término de la Campaña Admirable (1813): «No tema Ud. por las castas; las adulo porque las necesito. La democracia en los labios y la aristocracia aquí», poniendo la mano en el corazón. No había entonces ningún socialismo bolivariano.
Más allá de eso, personalmente estoy harto de Bolívar. Nuestro Código Civil dice que a la mayoría de edad la gente se emancipa de sus padres, aunque los siga queriendo; pues bien, hace rato que hemos debido emanciparnos del Emancipador, del Padre de la Patria. Pérez Pirela dijo que la oposición no debía «enfrascarse en marcos mentales de los ochenta o los noventa», y le doy toda la razón. Pero mucho peor es enfrascarse en marcos del siglo XIX. «O inventamos o erramos» es la frase más manida de Simón Rodríguez, figura del panteón chavista, e inventar es dejar atrás al pasado. No se debe entrar en el futuro mirando al espejo retrovisor.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 18, 2012 | Música |

La imitación de un aparato de Rube Goldberg tocaría Primavera Apalache de Aaron Copland
Los instrumentos más eficaces tienen una cualidad vocal.
Robert Wyatt
Soft Machine – Canterbury Scene
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Marshall McLuhan vería a un instrumento como extensión de la voz. (Understanding Media: The Extensions of Man, 1964). Después de los pájaros y las ballenas, fueron los hombres y las mujeres quienes hicieron música con sus gargantas y labios, más allá de la percusión meramente rítmica y ruidosa que habrán producido antiguos homínidos. Si, como dice Herbert Read, la imagen precedió a la idea a juzgar por las pinturas de Altamira y Lascaux que antecedieron a la escritura, el canto ha debido anteceder a la palabra. Sería después cuando alguien perdido en la prehistoria descubriría que soplando un caracol podía producir notas definidas; más tarde aún, aparecerían los primeros instrumentos fabricados por los humanos, los espejos de la voz. La flauta simple más antigua data de hace 67.000 años, pero las madres del género Homo ya existían hace dos millones y medio de años; seguramente calmaban el sueño de sus crías con ancestrales canciones de cuna en las planicies africanas. La voz que canta es anterior al instrumento que es su espejo.
Así como la rueda era la extensión del pie y las lentes y los espejos del ojo, evolucionados en tecnológica expansión hasta el carro de Fórmula 1 y el telescopio Hubble, los instrumentos de una orquesta sinfónica son un refinamiento que ha sobrepasado las capacidades sonoras de las cuerdas vocales y, si en ella suena comúnmente una veintena larga de instrumentos distintos, son centenares los instrumentos musicales de hoy día, sin que la invención de muchos nuevos, en la actualidad acicateada por la disponibilidad de la electrónica, se haya detenido. Por mencionar un caso, tan sólo en la categoría de flautas de concierto es posible distinguir ocho tipos diferentes.
Aun así, sigue clasificándoseles por el rango de la voz humana, desde el registro de soprano hasta el de bajo; un sistema (Hornbostel-Sachs) establecido en 1914, los ordena en cambio por el modo de producción del sonido—columna de aire, vibración de una membrana, vibración de una cuerda, vibración del cuerpo mismo del instrumento—y es inclusivo de los instrumentos de toda cultura. Más de dos mil años antes, el tratado Natya Shastra, una exhaustiva obra india sobre las artes de ejecución—música, teatro, danza—, usaba categorías muy parecidas.
Pero incluso la música producida por los instrumentos de percusión puede ser entendida como extendida desde las capacidades de los humanos; todo cultor del flamenco sabe que las palmas son más esenciales que las castañuelas, y Stephen (Steve) Michael Reich (1936) ha producido música con los aplausos de un grupo coordinado:
Clapping music

Un dios nórdico callejero
Reich es, sin duda, un compositor minimalista; antes que él, Louis Thomas Harding (1916-1999), un músico ciego norteamericano que adoptó el nombre artístico de Moondog—decidió vivir en las calles de Nueva York, inventaba instrumentos y se disfrazaba de Odín—tomó inspiración de los ruidos de la calle o sonidos elementales como el de la trompa de niebla de los barcos y remolcadores. En el segundo ábum con su nombre (1969) incluyó una pieza con varios significados y obvia tensión entre el hombre y la máquina: Stamping ground. (Stamping o stomping ground designa a un sitio donde uno pasa considerable tiempo, un terreno que se patea, que en su caso eran las calles de Manhattan. To stomp es marchar pateando el suelo y ruidosamente; zapatear, pues). La pieza permite escuchar al inicio ruidos callejeros, que incluyen los pasos de uno que otro peatón. Moondog dice entonces crípticamente: «Machines remised on men’s reliance, once upon a time, but now that is the opposite: it’s twice upon a time». (Había una vez máquinas que atacaron de nuevo la confianza del hombre, pero ahora es lo opuesto: había dos veces. Remise es en esgrima un segundo ataque luego de que falle uno primero). Ground, por otra parte, es el término inglés para passacaglia (pasacalle), que alude (DRAE) a una marcha popular de compás muy vivo y origen español, pero es una forma musical del Barroco en el que se repite una y otra vez un mismo bajo sobre el que suenan variaciones del motivo repetitivo. (La más famosa es, por supuesto, la Passacaglia y Fuga en Do menor para órgano de Juan Sebastián Bach. Ver en este blog Las músicas azules). Es justamente una passacaglia la forma adoptada por Moondog para la penetrante marcha que escuchamos a continuación:
Stamping ground

La trimba, invento de Moondog
Los instrumentos musicales son máquinas (artificios «para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza»), y hay máquinas creadas para otros propósitos que pueden ser empleadas como instrumentos que hagan música. Leroy Anderson (1908-1975) tiene dos piezas con máquinas puestas en papel musical: The Syncopated Clock (1945)—síncopa: Enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en el tiempo o parte débil del compás, y el segundo en el fuerte—y The Typewriter (1950). Oigámoslas una tras otra. (Ver también De la música como retrato, para la estricta imitación de una locomotora Pacific 231 por Arthur Honneger).
El reloj sincopado
La máquina de escribir

Renée Fleming, «The Beautiful Voice»
Puede ocurrir que se prefiera la voz humana al instrumento; lo contrario puede también pasar: hay momentos cuando aun una pieza compuesta para el canto quiera escucharse en versión instrumental. Tal cosa es perfectamente posible, más fácilmente si las melodías son muy hermosas; todo depende del mood. Traigamos ahora cuatro parejas de canto acompañado y sólo instrumentos: Vocalise, de Sergei Rachmaninoff (1873-1943); el Dueto de la flor (Viens Malike), aria de Lakmé, la ópera de Léo Delibes (1836-1891); Canción de la India, de la ópera Sadko de Nikolai Andreievitch Rimsky-Korsakoff (1844-1908); Canciones que me enseñó mi madre, la hermosísima pieza de Antonín Leopold Dvořák (1841-1904) con la que cierra esta nueva entrada musical del blog. Primero sonarán en versión puramente instrumental y luego con voz de féminas cantoras: Rachmaninoff por el Ensemble de Violines del Teatro Bolshoi y Renée Fleming en una canción sin palabras; Delibes por el Cuarteto de Cuerdas de Dublín (todas mujeres) y el dúo extraordinario de Katherine Jenkins y Kiri Te Kanawa (Dame de la Orden del Imperio Británico); Rimsky-Korsakoff en versión de orquesta bajo la batuta de Tommy Dorsey y en la voz de Lily Pons; finalmente, Dvořák por Yo-Yo Ma al violonchelo y de nuevo por Renée Fleming, mi cantante operática favorita en la actualidad. (¿O es Angela Gheorghiu, o Elīna Garanča, o Anna Netrebko, o…?)
Vocalise – Violines del Bolshoi
Vocalise – Fleming
Dueto de la flor – Cuarteto de Dublín
Dueto de la flor – Jenkins/Te Kanawa
Canción de la India – Dorsey
Canción de la India – Pons
Canciones que me enseñó mi madre – Yo-Yo Ma
Canciones que me enseñó mi madre – Fleming
Pero lo mejor es, como acabamos de oír, la voz acompañada, el hombre y el instrumento; más bien, hoy la voz de la mujer enmarcada por la orquesta. LEA
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