La política desvestida

Ubicación ideológica normal de los venezolanos. Eugenio Escuela, mayo 2006.

…este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha…

Carlos Fuentes

Viva el socialismo. Pero… (su último artículo)

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Un joven político venezolano, de visita en mi casa hace cuatro semanas, vino ostensiblemente a pedir consejos para encaminar su inmediata trayectoria. Es concejal caraqueño y ha intentado, infructuosamente, llegar a la Asamblea Nacional y convertirse en candidato a una de las alcaldías de Caracas. Es firme creyente, pues, en que tiene que alcanzar posiciones públicas de cada vez mayor ámbito e importancia para ascender la escalera que culmina en su sueño: la Presidencia de la República. Luego de escuchar y considerar someramente los consejos que me había pedido—le hablé de la inutilidad de las ideologías y la necesidad de una política clínica como única legitimación—declaró repentinamente. «Yo estoy conformando un equipo para tomar el poder».

Evidentemente, pensó que eso bastaría para impresionarme y sumirme en actitud entusiasta o reverente. Ni siquiera hizo alusión a su postura ideológica o a algún partido con el que estuviera comprometido; él tenía su propio grupo y tomaría el poder, era cosa decidida. Por ahora, procura aparecer cuanto puede en los medios de comunicación con alguna denuncia llamativa. El número es más importante que la sustancia: hay que ver y dejarse ver.

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A fines del siglo XIX estaban ya definidas las ideologías que se ofrecen como justificación de la lucha por el poder en los tiempos que siguieron, hasta nuestros días. En el siglo XVIII el liberalismo ofreció una ideología apropiada para la Revolución Industrial; la libertad era principalmente libertad de empresa y libertad de contrato: los trabajadores se empleaban «libremente» por salarios que escasamente aseguraban su supervivencia. Para 1848, año del Manifiesto Comunista que Carlos Marx y Federico Engels compusieron, la ideología marxista estaba lista para combatir al liberalismo y constituir la base de la Unión Soviética, la China maoísta, el régimen de Cuba y las mitades norteñas de Corea y Vietnam. En 1891, León XIII puso en juego—encíclica Rerum novarum—la Doctrina Social de la Iglesia, propuesta explícitamente como una tercera vía (bastante antes de Tony Blair) entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista. Cinco años más tarde, Eduard Bernstein inventaría la social-democracia, un socialismo atenuado que defenderían los adecos del mundo. La baraja estaba completa.

Cada una de estas ideologías pretendía ser la respuesta a lo que se llamó el Problema Social Moderno. Había una anatomía nueva en las sociedades más adelantadas: su economía ya no era la agraria y artesanal que caracterizó a la Edad Media; ahora eran las fábricas las unidades características y la aguda división social entre patronos y obreros había suplantado la distinción entre señores y siervos de la gleba. El Problema Social Moderno requería dilucidar cómo debía repartirse la ganancia del producto industrial: mientras más se adjudicaba a los patronos la postura y la ideología era más de derecha y mientras más quería beneficiarse a los obreros más de izquierda.

Hoy hay de nuevo una distinta anatomía de las sociedades que han continuado su evolución: la Organización Internacional del Trabajo enumera desde hace unos años más de un millón de oficios diferentes. ¿Cómo podría ser una descripción adecuada la división de esa inmensidad en sólo las dos clases excluyentes de patronos y obreros? China es hoy en día un país capitalista gobernado por un partido que se dice su antítesis, el comunista, y hasta Cuba sostenida por el apasionado amor de Chávez reconoce por fin que debe permitir una economía privada. ¿Qué sentido tienen hoy el liberalismo, el marxismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana?

Salvo la prédica cada vez menos convencida del «socialismo del siglo XXI», en Venezuela se usa muy poco el tema ideológico; María Corina Machado interesó a muy poca gente con su aproximación ideológica del «capitalismo popular», y a pesar de que Un Nuevo Tiempo encargó a Demetrio Boersner la redacción de su documento de principios ideológicos y Primero Justicia realizó, a la usanza de COPEI, un congreso ideológico, los discursos de los líderes se atienen a formular críticas contra el gobierno o proferir el remedio genérico del clisé y la frase altisonante: «El 7 de octubre es un momento crucial para la Patria, es un evento estratégico no coyuntural, es la base definitiva para la construcción del  socialismo bolivariano y de la independencia» (Blanca Eekhout), o «La Venezuela que viene no va a ser solamente del petróleo; ése es un recurso importante, pero tenemos talento para diversificar nuestra economía y ése es el camino» (Henrique Capriles Radonski).

En verdad, los políticos convencionales se han dado cuenta de que las ideologías, que justificaban la lucha por el poder, ya no sirven ni para eso. Sólo queda la lucha.

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¿A qué partido pertenece?

El próximo pasado 23 de mayo, registró el diario El Universal la siguiente declaración de un conocido político nacional: “Está en juego el próximo 7 de octubre la democracia, la libertad, el futuro de todas las familias de Venezuela, nos estamos jugando a Venezuela». Exactamente el mismo día, el mismo periódico traía esta otra proclamación, no demasiado diferente: “En octubre nos jugamos la soberanía y la independencia de nuestro país. Nos estamos jugando el futuro de la patria». Se trata de la misma imagen de que algo crucial está frente a nosotros, de inminente importancia, de tono épico y pretensión histórica, a punto de ocurrir. Para nuestros políticos (de lado y lado de la polarización), cada semana hay una encrucijada histórica, un hito en la epopeya nacional. Doce días antes de estas manifestaciones gemelas—la primera de Antonio Ledezma, la segunda de Jorge Rodríguez (¿no y que son de toldas distintas?)—titulaba el mismo diario: «Ocariz llama a los venezolanos a unir esfuerzos para rescatar al país». Por supuesto, la implicación velada es que quien se ocupa en llamados tan trascendentes es una persona que merece ser admirada.

Es obvio que el número uno en el ranking nacional en esto de epopeyas cotidianas es el Presidente de la República: todo lo que hace o deja de hacer, desde la última «misión» que se le ocurra (para conjurar algún problema que no ha logrado resolver) hasta su «absceso pélvico», es histórico y lo inscribe en la liga—algo venida a menos—del Panteón Nacional y en los registros meritorios de la historia universal.

¿Cuándo tendrá la palabra, por Dios, la sencilla y tranquila construcción de Venezuela por sus ciudadanos comunes? ¿Cuándo lograrán éstos arrancar el mérito a esos remedos de héroe mitológico que a cada instante opinan en los espacios comunicacionales del país? ¿Hasta cuándo la grandilocuencia ineficaz? LEA

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20 sinfonistas, 20 directores

James Whistler: Sinfonía en blanco (1866)

Si se oyera una tras otra las veinte piezas en esta entrada, se habría consumido dos horas, cincuenta y cinco minutos y dieciséis segundos de tiempo; valdrían la pena aunque, por supuesto, puede escuchárselas con ganancia en dosis menores separadas. Son veinte movimientos de veinte sinfonías distintas de veinte compositores distintos por veinte directores distintos. Quince orquestas diferentes—Berlín, Cleveland, Chicago, Filadelfia y Londres se repiten una vez—acometen el trabajo de deleitarnos.

La sinfonía es, sin duda, la reina de las formas musicales. Corresponde a la versión orquestal de la forma sonata o, más específicamente, la forma Allegro de sonata. Ésta consiste en la organización del material musical en tres secciones sucesivas, a saber, exposición, desarrollo y recapitulación. A estas secciones, unidas entre sí por transiciones, puede añadirse una introducción al inicio y una coda (cauda o cola) al final, con distinto material. Una sinfonía típica consiste de cuatro movimientos, de los que normalmente el primero y el último están compuestos en forma sonata.

Georges de La Tour: Ciego tocando la zanfonía (clic para ampliar)

Pero el término sinfonía fue empleado antes de la época clásica, cuando se establece formalmente, para referirse a piezas de un solo movimiento, pues etimológicamente significa sonar en conjunto. Igualmente se ha aplicado la palabra a instrumentos específicos: el organistrum inventado en Galicia en la Edad Media a fines del siglo X, un instrumento tocado por dos ejecutantes, uno de los cuales hace girar una manivela para golpear dos cuerdas dentro de una caja de resonancia, dio paso a la sinfonía o zanfonía, tocada por uno solo. Éste es el origen de la clase de instrumentos a manivela que se conoce en inglés como hurdy gurdy. En mi infancia se llamaba sinfonía al instrumente cuyo nombre propio es armónica. Era rara la navidad en la que alguna tía o el mismo Niño Jesús no nos trajese, otra vez, una «sinfonía» (Hohner, of course).

No divago más, que la serie es larga. Será construida en orden cronológico de composición, y empieza con el elegante Menuetto en tempo de Allegretto que Wolfgang Amadeus Mozart escogió para el tercer movimiento de su vivaz Sinfonía 40 en Sol menor (1788). Esa obra—llamada Gran Sinfonía en Sol menor para distinguirla de la #25, en la misma tonalidad—estaba, junto con la 39 en Mi bemol mayor, en el cuarto disco de música culta que yo comprara, allá por 1956, con Karl Bohm dirigiendo la Sinfónica de Bamberg. Esta versión es con la Orquesta del Festival de Londres dirigida por Alfred Scholz.

Mozart, 40, III

Ahora sigue Franz Josef Haydn, el Padre de la Sinfonía. Este caballero compuso nada menos que 104 obras de esa clase (si no se añade dos o cuatro más que siguen la forma sonata, una de ellas una sinfonía concertante en la que un grupo de instrumentos se opone a la orquesta en tutti). Es tal vez la más famosa de ese largo centenar la #94 en Sol mayor (1791), apodada «Sorpresa». Su segundo movimiento, Andante, es lo que justifica el apelativo; se dice que Haydn lo compuso maliciosamente para sobresaltar a quienes durmieran en los conciertos con un inesperado golpe de timbal (los alemanes llaman a la obra Sinfonie mit dem Paukenschlag). Aquí lo interpreta la Camerata Romana que dirige Alberto Lizzio.

Haydn, 94, II

La Sinfonía #7 en La mayor (1811), el opus 92 de Ludwig van Beethoven, fue apodada La apoteosis de la danza por Richard Wagner. El Allegretto, su segundo movimiento, puede ser empleado para mostrar del modo más diáfano qué es contrapunto: la textura musical en la que dos o más melodías distintas, pero armónicamente compatibles, suenan al mismo tiempo. Pruebe a cantar las dos evidentes líneas melódicas alternadamente. Anton Nanut conduce la Orquesta Sinfónica de la Radio de Ljubljana.

Beethoven, 7, II

Otro minué (Menuetto, Allegro vivace, Trio) es el tercer movimiento de la Sinfonía #4 en Do menor (1816), llamada Trágica, de Franz Schubert, el gran melodista de oído absoluto. Acá se lo escucha mientras Carlo Maria Giulini dirige apropiadamente la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Schubert, 4, III

Una de las más famosas sinfonías en la historia de la música es obra del adelantado francés Héctor Berlioz, su Sinfonía Fantástica (1830) opus 14, una sinfonía de programa (que sigue un esquema textual descriptivo o narrativo). Es Un bal, el segundo movimiento de la obra—inspirada por un amor apasionado del compositor hacia la actriz irlandesa Harriet Smithson—, interpretado a continuación por Pierre Boulez al frente de la Orquesta de Cleveland. (Smithson se enteró del amor de Berlioz por ella cinco años después de que éste se enamorara, dos años después del estreno de la obra. Se casó con él en 1833, para un matrimonio neurótico que terminó en divorcio).

Berlioz, Fantastique, II

Félix Mendelssohn Bartholdy, un compositor de fortuna, trabajó la forma sonata tanto en conjuntos de cámara como en orquesta completa. Nos dejó cinco sinfonías, de las que la alegre Cuarta en La mayor (1833) o Italiana es tal vez la más interpretada. Él dirigió su estreno, pero la partitura no se publicó hasta después de su muerte (a los 36 años de edad), pues nunca terminó de pulirla a su entero gusto. Oigamos su primer movimiento, Allegro vivace, por la Orquesta de Cleveland bajo la batuta de su director por muchos años, George Szell.

Mendelssohn, 4, I

También tiene apodo geográfico (Renana) la Tercera Sinfonía en Mi bemol mayor (1850) de Robert Schumann. Herbert von Karajan, al frente de su Orquesta Filarmónica de Berlín, nos da su versión del tercer movimiento—Nicht Schnell (No rápidamente)—de esa famosa sinfonía.

Schumann, 3, III

La magnífica sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín

La Sinfonía en Do mayor (1855) de Georges Bizet, obra de juventud, es seguramente la mejor de sus piezas puramente orquestales. El gran melodista y orquestador, compositor de la inmortal Carmen, la música incidental a La arlesiana y Los pescadores de perlas, hizo dos sinfonías posteriores que merecen el olvido. Pero su sinfonía juvenil fue reconocida de inmediato como una joya musical. Leonard Bernstein dirige a la Orquesta Filarmónica de Nueva York en esta versión de su tercer movimiento, Allegro vivace.

Bizet, 1, III

Alexander Borodin formó, junto con Balakirev, Cui, Moussorgsky y Rimsky-Korsakoff, el grupo Los cinco, también conocido como El puñado poderoso. Seguidores de Mikhail Glinka, se propusieron hacer música específicamente rusa. Poderoso y pegajoso es el tema del primer movimiento (Allegro) de su Segunda Sinfonía en Si menor (1876); ocupa prácticamente el movimiento entero y la reiteración no molesta. Borodin sabía que había encontrado un tema muy bueno. Jean Martinon se encarga de la gran Orquesta Sinfónica de Londres para esta ocasión.

Borodin, 2, I

Al menos catorce años tardó Johannes Brahms en completar su Primera Sinfonía en Do menor (como la anterior, de 1876), tan sobrecogido se hallaba por la obra de Beethoven. El cuarto movimiento de la obra incluye una clara alusión melódica a la gran Sinfonía Coral de su predecesor. He aquí a la Orquesta Sinfónica (no Filarmónica) de Viena, dirigida por el especialista Wolfgang Sawallisch, en el potente cuarto movimiento de la gran sinfonía, noble como su creador.

Brahms, 1, IV

La Tercera Sinfonía en Do menor (1886) de Camille Saint-Säens es conocida como la Sinfonía Órgano. Es más apropiado seguir la especificación francesa: avec orgue, con órgano. Hay bastantes grabaciones de esta popular obra. En este caso, Charles Dutoit, director conocido en Venezuela, dirige a la Orquesta Sinfónica de Montreal en el tercero y último movimiento de la obra; Peter Hurford es el organista responsable.

Saint-Säens, 3, III

El belga César Franck compuso una única Sinfonía en Re menor (1888). Más que suficiente; le quedó estupenda. Su textura evoca la de la música para el órgano, instrumento para el que Franck, él mismo organista—de manos enormes que abarcaban doce notas blancas en un teclado—, compuso abundantemente con calidad. Riccardo Muti dirige a la Orquesta de Filadelfia en el tercer movimiento (Allegro non troppo) de la gran sinfonía.

Franck, única, III

Antonín Dvořák fue un prolífico y fino compositor checo antes de que Checoeslovaquia existiera, pues murió en 1904. Entre 1892 y 1895 dirigió en Nueva York el Conservatorio Nacional de Música y buscó asimilar raíces musicales de los Estados Unidos, como la de los Negro spirituals, recomendando que fueran la base de la composición seria en ese país. Él produjo un ejemplo maravilloso en la Sinfonía #9 (antes #5) en Mi menor (1893), ampliamente conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo. Una lujosa interpretación es la de Georg Solti y la Orquesta Sinfónica de Chicago, por quienes escuchamos ahora el tercer movimiento (Scherzo: Molto Vivace – Poco sostenuto).

Dvořák, 9, III

Partitura original de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Portada.

Pyotr Illich Tchaikovsky compuso bien lo que le dio la gana; pudiera argumentarse el caso de que fuera el compositor más talentoso de la historia de la música occidental, y su propósito no era otro que el de impactar estéticamente a los oyentes de su música. ¿No es, acaso, el fin estético la esencia de lo musical? Bueno, entre otras cosillas Tchaikovsky compuso siete sinfonías, las numeradas 1 a 6 y la Sinfonía Manfredo, como la de Berlioz, una sinfonía de programa. Es el tercer movimiento (Allegro molto vivace) de su Sexta Sinfonía en Si menor (1893)—a sugerencia de su hermano, Modesto, nombrada Patética—lo que escucharemos a continuación, en las voces de la Orquesta Nacional Rusa conducida por Mikhail Pletnev. El gran compositor era de temperamente neurótico; en una carta de 1892 dijo que la obra debía ser apartada y olvidada; al año siguiente opinaba: «Creo que se está convirtiendo en la mejor de mis composiciones». Somos nosotros quienes tenemos la palabra.

Tchaikovsky, 6, III

Gustav Mahler es compositor popularizado en los años sesenta, primero por la incansable labor de directores como Leonard Bernstein o Georg Solti, y antes por John Barbirolli y Dimitri Mitropoulus; en los años setenta tal vez fue más decisiva la película Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, que emplea a lo largo del film el Adagietto de la Quinta Sinfonía del compositor y director bohemio. La Segunda Sinfonía en Do menor (1894), conocida como Resurrección, es una mutación del lenguaje musical tras la más convencional Primera Sinfonía (Titán). El tercer movimiento—In ruhig fliessender Bewegung (En silencio, el movimiento que fluye)—de la Sinfonía Resurrección ostenta el carácter de danza macabra, interrumpida por estallidos triunfales, que Mahler empleará en otras composiciones, como la Tercera y la Séptima Sinfonías. Rafael Kubelik se pone al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera en la ejecución que sigue.

Mahler, 2, III

La batuta prodigiosa de Rafael Kubelik

El compositor finlandés Jan Sibelius es el autor de siete sinfonías. Para el gusto del suscrito es uno de los temas más hermosos y emocionantes de ese tesoro sinfónico el principal del Finale (Allegro moderato) de su Segunda Sinfonía en Re mayor (1902). Acá suena por la Orquesta Sinfónica de Londres con la dirección de Charles Mackerras. El comienzo del audio parece inexacto, pero es que en la obra no hay interrupción entre el tercero y el cuarto movimiento, que es el que aquí oímos.

Sibelius, 2, IV

Conocemos más de Sergei Rachmaninoff por sus conciertos para piano y orquesta y las numerosas piezas que compuso para el instrumento del que fue reputado concertista. Compuso, sin embargo, cuatro sinfonías muy aceptables, de las que es la Segunda Sinfonía en Mi menor (1907) la mejor lograda. Rachmaninoff era, por encima de todo, un consumado fabricante de melodías. La que domina el Adagio, tercer movimiento de esa sinfonía, es memorable. Nada mejor que las cuerdas opulentas de la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy, para ofrecernos ese hermoso y apasionado movimiento.

Rachmaninoff, 2, III

Los tres últimos compositores en esta selecciónAram Khachaturian, Sergei Prokofiev y Dmitri Shostakovich—fueron considerados por el público y los críticos rusos como el trío de los mejores músicos de su país en el siglo XX. (De los que permanecieron en Rusia; Igor Stravinsky logró escapar al cepo comunista que en 1948 obligó a estos compositores a abandonar sus estilos musicales, calificados de «formalistas», y a ofrecer excusas públicas y emprender la escritura de «música proletaria», según el Decreto Zhdanov). Escuchemos primeramente al armenio Aram Khachaturian al frente de la justamente reputada Orquesta Filarmónica de Viena, en el segundo movimiento (Allegro risoluto) de su Segunda Sinfonía en Mi menor (1944), o Sinfonía de la Campana (así conocida por el extenso uso de campanas tubulares en el tema que emplea en los primeros compases del primer movimiento y los últimos de su movimiento final). Los característicos ritmos de Khachaturian, y sus exóticas armonías al borde de la disonancia, florecen en esta ejecución de una de las mejores agrupaciones orquestales del mundo, que respondió lealmente al mando del compositor.

La Filarmónica de Viena en el Palacio Schönbrunn

Khachaturian, 2, II

Sergei Prokofiev, que lideró una colonia de músicos soviéticos, protegida por su lejanía del frente de batalla en la Segunda Guerra Mundial, compuso abundante música: de cámara, óperas, ballets, bandas sonoras para películas (como el Alexander Nevsky de Sergei Eisenstein), conciertos, instrumentos como el piano y, por supuesto, sinfonías, en número de siete. Una de las que son más frecuentemente interpretadas es su Quinta Sinfonía en Si bemol mayor (1944). André Previn dirige a la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles en una ejecución perfecta de su Allegro marcato, el segundo movimiento de la obra, y preserva la frescura de la ácida y juguetona elegancia típica de Prokofiev.

Prokofiev, 5, II

La Sinfonía #10 en Mi menor (1953) de Dmitri Shostakovich hace uso profuso, en su tercer movimiento (Allegretto), de la textura contrapuntística. De estructura ternaria A-B-A, comienza con un tema jocoso que da paso a una sección media de hermoso tema en la que destaca un lírico solo de flauta, antes de recuperar el tema inicial en una explosión de alegría, que ocurre en esta versión de la Filarmónica de Berlín y su jefe, Herbert von Karajan, a los 7 minutos y 27 segundos del comienzo, antes de morir pianissimo entre reminiscencias de la segunda sección.

Shostakovich, 10, III

Ahora reposan todas las batutas. Feliz domingo. LEA
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Primero Impudicia

Comienzo a escribir esto a las 5:22 a. m. de hoy. A mis 69 años despierto temprano, pero habrá sido mi Ángel de la Guarda la causa de que abriera repentinamente los ojos a las 3 menos diez minutos de la madrugada. Algo hizo que me sentara ante el computador y abriera mi aplicación de correo electrónico. Un mensaje que entró en mi buzón a las 2:43 a. m. tenía este título: Pillaron a Oscar Schemel» de Hintelaces. Tan patriótica y mal escrita advertencia llevaba un escueto texto; primero: La prueba de que Hinterlaces de Oscar Shemel , Pasa a ser asalariado del PSUV !Ruedalo! Después de una imagen que pretendía ser facsimilar de un documento del Ministerio de Comunicación e Información, esto: Hinterlaces, una empresa del grupo «Comunismo Corporation manipulation services». Finalmente, el remate: “Las botas solo aplastan a quienes se arrastran y nada pueden contra las conciencias elevadas” Padre Ugalde.

El «documento» supuestamente incriminador

La anatomía preliminar y somera del «documento» revela un burdo trabajo de falsificación: no hay, por supuesto, firma de nadie en lo que pretende ser un punto de cuenta de Dora Rojas, Directora General de Responsabilidad Social y Producción Nacional Independiente, para Andrés Izarra, Ministro del Poder Popular para la Comunicación y la Información. El texto habla de sendos foros en Argentina y España (no especifica ciudades ni títulos) cuyo propósito sería «proyectar en la prensa internacional los resultados de las encuestas electorales, así como propiciar encuentros con actores claves y periodistas». Ya esto último es risible; recientemente las agencias Reuters y EFE han publicado «resultados de las encuestas electorales» que molestan a la campaña de Capriles Radonski sin necesidad de viajes de nadie. (Hasta Business Week, del Grupo Bloomberg, admite hace diez horas en un artículo en general sesgado a su favor: «Capriles ha emergido de una relativa oscuridad para alcanzar un empate estadístico en una encuesta de marzo conducida por Consultores 21 en Caracas, mientras otras encuestas conceden al titular una ventaja de dos dígitos»).

Al «foro» en Argentina, que contaría «con el apoyo de la Universidad de la (sic) Plata» y se llevaría a cabo el 31 de los corrientes, asistirían «los encuestadores venezolanos Germán Campos y Juan Scorza», mientras que «por Argentina participarán especialista (sic) e intelectuales para abordar temas como el control informativo, entre otros». En cambio, el 8 de junio se celebraría un segundo foro «en España conjuntamente con la Universidad Complutense»,* y en él tomarían parte Germán Campos y, of course, Oscar Schemel.

Alejandro Fonseca de Cabudare

Las dos líneas finales de la falsificación dicen: «En este sentido se solicita la autorización para tramitar todo lo concerniente a boletos aéreos, hospedaje, viáticos y bolso de gastos imprevisto, de los invitados…» Allí concluye el patrañoso texto, supuestamente emitido el 21 de mayo, el mismo día de las declaraciones de Tomás Guanipa aduciendo la existencia del  “Punto de Cuenta que será entregado al ministro de Comunicación e Información, por parte de la directora de Responsabilidad Social y Producción Nacional, en el que se solicita el financiamiento de viajes a Argentina y España, de los encuestadores Germán Campos de Consultores 3011 y Oscar Schemel de Hinterlaces, para que vayan a hablar de los datos falseados en las que dan como ganador indiscutible del 7-O al actual presidente de la República”. La fecha en la imagen distribuida por correo y desde la dirección de Twitter de Alejandro Fonseca, dirigente estudiantil de la Universidad Fermín Toro en Cabudare, estado Lara, está escrita con un tipo de letra distinto del tipo sans serif empleado en el resto de la falsedad.

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Naturalmente, las aviesas mentes que cocinaron esta mentira** esperan que Oscar Schemel pierda la calma y desespere por obtener desmentidos de las universidades Complutense y de La Plata, muy prestigiosas, por cierto. Pero es Guanipa, el acusador, sobre quien recae la carga de la prueba; eso puede enseñarle Julio Borges, abogado que saltó a la fama simulando ser un juez sabio e imparcial en un viejo programa de televisión, su jefe. Es a ellos dos a quienes corresponde demostrar su insinuación calumniosa e insidiosa. Son ellos, y quienes repitan su difamación, quienes tendrían que comprobar fehacientemente, sin espacio para la duda, que Schemel, como insinúan cobardemente, construye datos falsos para ayudar al candidato del PSUV.

Recibí el correo mencionado al comienzo de un querido amigo al que llamaré para reconvenirle y reclamarle; con frecuencia me habla con solemnidad acerca de la importancia y necesidad de lo que él llama «los valores», que según él «se han perdido». Le exigiré que los encuentre para que nunca más me envíe cochinadas de esa calaña.

Quisiera tener acceso al MINCI para sustraer copias de la forma que allí emplean para presentar puntos de cuenta, aunque no es esto tan necesario, en la época de Photoshop, para una travesura que me divierte realizar. Por este medio convoco a concurso a diseñadores gráficos que me suministren imágenes construidas, y por supuesto falsas, de tres puntos de cuenta que deberán solicitar fondos para, primero, un viaje a Miami de la Sra. Rosa Junyent de Borges y su esposo, el Dr. Julio Borges Iturriza, padres del mandamenos de Primero Justicia; segundo, para el agasajo que Tomás Guanipa prepara el próximo 31 de mayo en honor del Sr. Embajador de Irán en Venezuela; tercero y último, para sufragar el palangre de «especialista y autoridades» de la Universidad Fermín Toro en Cabudare que escriban los peores insultos a Henrique Capriles Radonski, la familia Capriles y el Circuito Radonski. (Se dice que a Julio Borges y a Leopoldo López les interesa que Capriles pierda para eliminarlo como competidor; de allí que no corrijan lo que a todas luces es una campaña incompetente. No creo que el primero de ellos se preste para esa retorcida traición).

Ojalá encuentren los diseñadores atractivo lo único que puedo ofrecer como primero y único premio de este concurso maluco: un ejemplar de mi libro Las élites culposas (¡de venta en librerías!) En el caso de Primero Justicia, se trata de una élite culpable. LEA

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*Agenda Complutense – junio 2012 (Otro ejemplar de mi libro a quien logre encontrar agendado el «foro» español al que Schemel asistiría).

**No había querido mencionar una posibilidad porque no me consta y no debo incurrir en conductas que critico, pero Guanipa ha señalado que obtuvo el presunto punto de cuenta de funcionarios del gobierno preocupados por las acciones de éste. Varios corresponsales me han preguntado si no pienso que la cizaña ha sido sembrada por el oficialismo y los ingenuos primojusticieros se han comido el cuento. No puedo decir que eso sea imposible. Si tal cosa hubiera ocurrido, no podría condenar a Guanipa y compañía por falsarios aunque sí echarles en cara que se chupan el dedo.

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La calumnia: refugio del incompetente

We can do it! We can slander!

Es un hombre débil, inseguro y deshonesto aquel que busca parecer realizado no por su propio esfuerzo sino difamando a otros.

Irene Roche

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No he tenido demasiados roces con eso que llaman guerra sucia. He sabido solamente de tres trucos o golpes bajos particulares, todos dentro de la familia socialcristiana que, según los Principios de la Democracia Cristiana de Enrique Pérez Olivares, debiera distinguirse por una moral política.

Durante la campaña electoral de 1993, subía por el comienzo de la Tercera Avenida de Los Palos Grandes, muy cerca de la Francisco de Miranda, cuando me tropecé con un simpático y voluminoso conocido— el Gordo M—que salía de Parque Cristal, donde quedaba la lujosa oficina de campaña de Oswaldo Álvarez Paz. (Antes había sido ocupada—era en realidad del banquero Gustavo Gómez López—por Eduardo Fernández, quien debió desalojarla abruptamente al perder en las elecciones primarias de febrero de ese año la candidatura presidencial copeyana a manos de su marabino compadre).

Al decirme que salía de la sede del comando, le señalé como coincidencia divertida que las oficinas de campaña de Rafael Caldera, ante quien Álvarez Paz terminaría perdiendo varios meses más tarde, quedaban en la acera de enfrente, en el más modesto y pequeño edificio Tecoteca. «Claro—respondió—, ¡y las tenemos cundidas de micrófonos para grabarles todo lo que dicen!»

Quisiera poder transmitir el alegre y complejo tono con el que me comunicó tal bajeza; una de las armónicas de su entusiasta voz era señal de que esperaba mis felicitaciones por la hazaña, lo juro. El Gordo M, claro, era hombre que disfrutaba lo soterrado y también lo violento: hacía años que me había mostrado, una noche en su casa, su colección de armas de guerra, entre las que destacaba un fusil automático Kalashnikov. Como diría Jimmy Hatlo, nunca falta alguien así.

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Álvarez Paz despojó a Fernández de su oficina porque jugó a decir, primero, que Rafael Caldera era el candidato ideal a la Presidencia de la República, con lo que disminuía al previo inquilino de Parque Cristal. La única condición que exigía al fundador de COPEI era que se lanzara dentro de su partido, y fue el hecho de que Caldera lo hiciera desde una alianza de partidos menores que rodeó a Convergencia, el pretexto para competir con su compadre por la candidatura copeyana. Pero en 1986, cuando ya eran evidentes las tensiones entre Caldera y Fernández por la candidatura verde en 1988 y se temía por la división de COPEI, Álvarez Paz declaró: «Prefiero una división a una hemiplejia». Luego añadió: «Caldera debe ponerse al frente de un movimiento nacional que trascienda los partidos». Es decir, el récipe para Convergencia, que censuraría en 1993 a modo de excusa para postularse.

Los esfuerzos de Álvarez Paz contra Fernández no dieron fruto entonces; éste derrotó a Caldera en 1987 en el Congreso Presidencial de su partido, celebrado en obra del gobierno de Caldera, el Poliedro de Caracas. Fernández fue el candidato de COPEI para las elecciones de 1988, y una de las primeras cosas que dispuso fue la constitución de un laboratorio de guerra sucia.

Sé por admisión y relato satisfecho de uno de sus miembros—en tono parecido al del Gordo M en lo de pescar elogios—algunos nombres de quienes lo componían y dos entre las varias tareas que se propusieron: prontamente se ocuparon en elaborar una lista de homosexuales de Acción Democrática; también en confeccionar una carta a este partido, simulando que era la que venía prometiendo enviar Luis Piñerúa Ordaz en denuncia de casos de corrupción, para darla a la circulación como si fuera de él. Aunque Piñerúa desmintiera su autoría, algo quedaría en creencias ciudadanas residuales.

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Mi primer tropezón concreto con alguna técnica de guerra sucia sucedió mucho antes. Por lo típico, creo que es útil reproducir a continuación la cuenta que di del suceso en Estudio copeyano, un artículo sobre la tragedia de COPEI que publiqué en octubre de 1994 en mi revista mensual referéndum, treinta años después de los incidentes narrados. He aquí los fragmentos pertinentes:

Era el año de 1964. Como todos los años, como en todas las universidades, la comunidad estudiantil de la Universidad Católica Andrés Bello se aprestaba para elegir las directivas de sus centros de estudiantes y de su federación de centros. Por aquella época el editor de esta publicación era independiente, aunque de tendencia socialcristiana. Algún trabajo hecho por mí en el seno del Movimiento Universitario Católico de las universidades de Mérida y Central de Venezuela, llevó a Eduardo Fernández, entonces Secretario General de la Juventud Revolucionaria Copeyana, a pedirme que coordinara un comité de cinco personas que manejaría la campaña de los candidatos copeyanos en esas elecciones de la UCAB de hace treinta años.

Por aquella época el grado de participación de la “base” en las decisiones de COPEI era bastante menor que la que es posible hoy, por lo que la determinación de quién sería el candidato del partido a la Presidencia de la Federación de Centros de Estudiantes estaba prácticamente en manos del Secretario General de la JRC. Cuando faltaban cuarenta y ocho horas para el cierre de la inscripción de planchas, COPEI todavía no había determinado la persona que sería presentada como candidato a esa posición de dirigencia estudiantil y tampoco existía ni una sola línea escrita o pensada respecto del programa que ese candidato inexistente presentaría al electorado como su oferta de trabajo.

Ante esta situación reuní en mi casa paterna, en Las Delicias de Sabana Grande (relativamente vecina a Punto Fijo, la casa de la familia Caldera) a dos de los miembros del comité copeyano de coordinación electoral de la UCAB, los hoy economistas Alejandro Suels y Rafael Peña. (Los restantes dos jamás trabajaron en nada). Allí les planteé que a mi juicio constituía una irresponsabilidad del partido presentar un candidato a última hora e improvisar a toda prisa, en la última madrugada del plazo, un programa de actividades. Eso era, dije, muy poco serio y por tanto contrario a toda ética política o, por lo menos, a la ética política que COPEI, en tanto partido demócrata cristiano, decía sustentar. Mi argumentación resultó persuasiva, por lo que Alejandro y Rafael estuvieron de acuerdo con mi siguiente proposición: que COPEI se abstuviera de presentar candidato a la Presidencia de la Federación de Centros, restringiéndose a presentar candidaturas a los centros de estudiantes de cada facultad, donde sí podía hablarse de un trabajo meritorio y una preocupación real por los problemas estudiantiles.

Al conocerse esta decisión en la jefatura de la JRC, naturalmente estalló una reacción inusitada. Comenzó a verse por los pasillos de la UCAB la figura de dirigentes copeyanos que no la visitaban desde hacía más de un año: Luis Herrera Campíns (a la sazón coordinador de las fracciones universitarias de COPEI), Edecio La Riva Araujo, y varios otros. Quien definitivamente no apareció por allá fue el Secretario General de la JRC, Eduardo Fernández. En cambio, ordenó la celebración de una asamblea de militantes copeyanos de la universidad, que presidió Adel Muhammad, como medio de buscar una salida a la crisis planteada.

Muhammad, quien hoy funge como Secretario de la Cámara de Diputados y antes como Presidente de CORPORIENTE durante el gobierno de Herrera Campíns, identificó el origen del problema en que Alejandro Suels y yo tendríamos una “concepción beatífica de la política”. Pedí la palabra, mientras blandía en una mano el libro de Enrique Pérez Olivares, Principios de la Democracia Cristiana. Expliqué que COPEI me había pedido que yo impartiese cursos sobre este tema principista a nuevos militantes del partido, y que en tales cursos el libro de Pérez Olivares era el libro de texto. Busqué en el capítulo de “principios para la acción” y leí lo correspondiente a “moral política”, moral sin la cual una organización demócrata cristiana no lo sería. Recuerdo también haber preguntado en esa reunión de hace treinta años, retóricamente: “Si no se hace caso a este principio de moral política, ¿qué diferencia entonces a COPEI de Acción Democrática?”

Sorprendentemente, un joven copeyano, que décadas más tarde ocuparía un puesto de Director en el Ministerio de Transporte y Comunicaciones del gobierno, otra vez, de Luis Herrera Campíns, (no lo identificaré en vista de la enormidad de lo que sigue), se levantó para proponer una solución práctica al problema. Su proposición consistía en redactar, reproducir y distribuir al estudiantado ucabista un comunicado en el que debía decirse que el retraso en la presentación de la candidatura copeyana se debía a maniobras obstruccionistas en el seno de la Comisión Electoral de la UCAB (su Consejo Supremo Electoral), la que estaría controlada por los oponentes. (Por aquellos años sólo había en la UCAB dos movimientos de cierta importancia: COPEI o Plancha 4, y la Plancha 2, de tendencia neoliberal y propiciada por Pedro Tinoco y la Electricidad de Caracas de la época, entre cuyos más notables miembros se encontraban los hoy doctores José Antonio Abreu y Marcel Granier. El candidato de la Plancha 2 a la Presidencia de la Federación de Centros era el bachiller Roberto Wallis Olavarría).

Obviamente, lo propuesto por el astuto protofuncionario de Herrera Campíns era una patraña, una vulgar calumnia, pues no otra cosa que la desidia copeyana era la razón del retraso en la postulación. En vista de la proposición pedí de nuevo la palabra para decir que si tal comunicado se redactaba y repartía yo mismo tomaría un megáfono para vocear por toda la universidad la falsedad del documento. Acto seguido, me retiré de la asamblea y pocos días después hice saber de mi apoyo a la candidatura de Roberto Wallis.

Este comunicado, por supuesto, nunca llegó a redactarse. COPEI presentó a su candidato a última hora, quien, como era de esperarse, resultó a la postre derrotado. Lo sintomático, sin embargo, era que un militante de COPEI pudiera con total libertad hablar en una asamblea del partido y proponer una cosa tan contraria a los principios de su doctrina sin que a nadie se le ocurriera pedir su pase inmediato al Tribunal Disciplinario.

La guerra sucia es vieja arma de algunos socialcristianos. Lamentablemente, de los que más de una vez han prevalecido como sus autoridades y candidatos.

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La «familia socialcristiana» en Venezuela no ha podido cumplir el sueño de reconstitución que muchos de sus miembros han compartido largamente. Además de COPEI y Convergencia, se cuentan en esa parentela Proyecto Venezuela, de Henrique Salas Römer (antaño persona muy cercana a Caldera), y Primero Justicia, el partido poseído por Julio Andrés Borges Junyent. Esta agrupación prometió y se tomó su tiempo para celebrar un congreso ideológico—en imitación del copeyano de 1986—que aprobara los principios doctrinarios del partido. Éstos no son otros que los de la democracia cristiana, idénticos a los que satisfarían a un copeyano o a un exigente miembro de Proyecto Venezuela o Convergencia.

Primero Julio

Dentro de Primero Justicia mismo no han faltado acusaciones de prácticas indecorosas, algunas de ellas lanzadas contra el propio Borges por quienes fueron destacados miembros de su partido. Cuando el actual jefe del comando de campaña del primojusticiero Capriles Radonski, el ex alcalde Leopoldo López Mendoza, amenazaba con formar Primero Justicia Popular (cosa que nunca hizo) denunció manejos indebidos y ventajistas de Borges. Ramón José Medina, factotum de la Mesa de la Unidad Democrática, acompañó a López en su herejía y solía decir (en presencia de Liliana Hernández, otra que abandonó al partido) que ahora PJ no significaba Primero Justicia, sino Primero Julio.

Bueno, es el Secretario General de esa atribulada tolda política, Tomás Guanipa, quien ha salido a decir que Oscar Schemel, de la encuestadora Hinterlaces, sería financiado por el Ministerio de Comunicación e Información para viajar a España y llevar los números que mostrarían a Capriles Radonski en su papel de candidato perdedor. Hinterlaces ha reaccionado de inmediato, con justa indignación, mediante un sencillo y contundente comunicado que puede ser descargado en el enlace puesto a continuación.

HINTERLACES RECHAZA CAMPAÑA SUCIA DE LA OPOSICION (21 Mayo 2012)

Fue Primero Justicia quien nació, no Hinterlaces, financiada por el sector público nacional. Es ampliamente sabido que cuando era el embrión de lo que es hoy, una mera ONG, recibió fondos de la PDVSA de Luis Giusti—quien entonces buscaba la candidatura a la Presidencia de la República—gestionados por la señora madre de Leopoldo López, ejecutiva de la empresa estatal en la que su propio hijo era asimismo empleado. No recuerdo que el Sr. Guanipa haya repudiado airadamente alguna vez esa falla de origen; tampoco que lo haya hecho Julio Borges.

Éste ha optado, además, por no acogerse al deseo de la población opositora—que mayoritariamente quiere una tarjeta única—para capitalizar, con tarjeta separada y alianza con Podemos, el hecho de que Capriles es militante del partido que conduce de modo tan personalista como Henry Ramos Allup el suyo. De este modo poco unitario busca que Primero Justicia emerja como el partido más grande de la oposición. Primero Primero Justicia.

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Parece ser decisión del comando de campaña de Capriles emprender la guerra sucia contra las encuestadoras que miden su largo retraso, sin importar que en el proceso dañen reputaciones logradas a pulso de trabajo serio y responsable.

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El problema no son las encuestas, sino el candidato; es él quien recaba los números que miden aquéllas. Hasta hace nada se había quedado pegado en lo de «no se puede gobernar por Twitter». Bueno, ayer reaccionó a un Corto y profundo de Rafael Poleo—No camina—en ráfagas de su cuenta—@hcapriles—por ese medio, para ofrecer clisés que usaba hace un tiempo Hugo Chávez, imitándolo una vez más: «Si los perros ladran es señal de que estamos cabalgando».

También intentó refugiarse en una tesis original de Primero Justicia (que este partido sería «la nueva política»). Así tuiteó: «Mientras más nos ataque la vieja política más claro que vamos muy pero muy bien», y también «La vieja política y el actual Gobierno son la misma miasma…», de nuevo imitando la propensión procaz del Presidente de la República. Pero Primero Justicia es vieja política, como lo es el candidato de la MUD; ambos practican una política entendida como lucha por el poder con la justificación de una ideología. Son política tan obsoleta como la de Hugo Chávez.

Ayer emitió Actualidad de Unión Radio una entrevista a Oscar Schemel hecha por Vladimir Villegas, el compañero de Kico Bautista en la transmisión en la que este señor se expresó insultantemente de Schemel y su firma sin ninguna base. Le salía a Schemel el derecho a réplica y la planta concedió responsablemente el espacio para que lo ejerciera. (Bautista no participó; tal vez creyó que arriesgaba la bofetada de un caballero tan corpulento como el encuestador).

Schemel habló por sí mismo y por su empresa, por sus empleados, por la reputación de todos ellos, pero también habló por todo profesional de la política que se guíe consistentemente por principios éticos, diciendo la verdad por la que muchas veces es atacado. Yo me siento agradecido del profesionalismo, la contundencia y la altura de sus palabras. Acá se oyen bajo este párrafo. Bien harían los miembros del alto mando de la Mesa de la Unidad Democrática en escucharlas y meditarlas unos minutos. Creo que les caería la locha, percatándose de que habla muchísimo mejor que Capriles. Y si pensaran en la definición de Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución—consiste el verdadero arte del Estado en «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro»—sabrían que Schemel es, muchísimo más que Capriles, un estadista. Entonces se persuadirían: «¡Coño! ¡Schemel Presidente!» LEA

Entrevista a Oscar Schemel – 21/05/12

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