por Luis Enrique Alcalá | Dic 26, 2009 | Argumentos, Política |
Hoy será enterrado Rafael Caldera. Se reproduce acá, con mínimos ajustes, una compacta biografía obtenida en la página web del Centro de Estudios Internacionales de Barcelona (España).
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Biografía
1. Ejemplo de precocidad intelectual y política
2. Introductor de la democracia cristiana en Latinoamérica
3. Primera Presidencia (1969-1974): pragmatismo reformista y diplomático
4. Segunda Presidencia (1994-1999): terapia de choque económica
1. Ejemplo de precocidad intelectual y política
Entre 1932 y 1934 se desempeñó de secretario del Consejo Central de la Asociación de Juventudes Católicas Venezolanas y en mayo de 1936 colaboró en la fundación de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) como una escisión moderada y antimarxista de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV). Caldera dirigió el órgano de difusión de la UNE hasta que abandonó la universidad. En el curso de un viaje a Roma en 1933 para participar en el Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos trabó contacto con intelectuales del pensamiento cristiano social, con todo de imposible articulación como partido en Italia mientras existiera la dictadura fascista de Mussolini.
Su vínculo profesional con el mundo de los libros y el periodismo se remonta a su etapa preuniversitaria, cuando con sólo 15 años trabajó como archivero en la UCV. En 1935, con tan sólo 19 años, ganó el prestigioso premio Andrés Bello instituido por la Academia Venezolana de la Lengua con un ensayo sobre la vida, obra y pensamiento del insigne humanista, y en 1936 realizó unas prácticas en la Biblioteca Nacional de Caracas.
A través de una serie de artículos periodísticos expuso a la opinión pública la necesidad de introducir en Venezuela una legislación laboral moderna, así que el mismo 1936 el presidente militar Eleazar López Contreras le puso al frente de una subdirección en la recién creada Oficina Nacional del Trabajo, puesto que desempeñó hasta 1938 y que le implicó en la redacción de la Ley del Trabajo promulgada en julio de 1936.
Obtenida la licenciatura en Derecho y, en 1939, el doctorado en Ciencias Políticas summa cum laude con una tesis sobre Derecho laboral, en 1943 Caldera inició una actividad docente que prolongaría en el cuarto de siglo siguiente, como profesor de Sociología y, desde 1945, de Derecho del Trabajo, tanto en la UCV como en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.
Tras su etapa en la UNE, Caldera contribuyó a poner en marcha y dirigir agrupaciones propiamente políticas, cuales fueron, sucesivamente, Acción Electoral, Movimiento de Acción Electoral, Movimiento de Acción Nacionalista y, desde 1941, Acción Nacional (AN), partido este último con el que ese mismo año salió elegido diputado al Congreso por el estado de Yaracuy, mandato que prolongó hasta 1944.
2. Introductor de la democracia cristiana en Latinoamérica
En 1945 cesó como secretario general de AN y se adhirió al movimiento revolucionario del 18 de octubre que derrocó el régimen militar de Isaías Medina Angarita. Dispuesto a jugar un papel en el nuevo orden político, el 13 de enero de 1946 fundó el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), más conocido como Partido Social Cristiano.
Caldera concibió el COPEI como una opción moderada pero progresista a los partidos de izquierda, con un programa basado en los principios demócrata cristianos y el reformismo social. Tomando como referencia las experiencias exitosas de Alcide De Gasperi en Italia y Konrad Adenauer en Alemania Occidental, Caldera fue el pionero en la introducción de la ideología democristiana en Sudamérica. Entre 1945 y 1946 desempeñó el importante puesto de procurador general de la nación, hasta que entró en conflicto con el Gobierno Revolucionario de Rómulo Betancourt y presentó la dimisión. A continuación representó al Distrito Federal en la Asamblea Nacional Constituyente.
El 14 de diciembre de 1947, con 31 años, Caldera sometió a las urnas su primera candidatura presidencial y obtuvo el 16,5% de los sufragios, aventajando ampliamente a Gustavo Machado, del Partido Comunista de Venezuela (PCV), pero quedando muy detrás del novelista Rómulo Gallegos, del gubernamental Acción Democrática (AD, socialdemócrata). Durante dos años ostentó el cargo de consejero en orientación política del partido y en 1948, coincidiendo con su elección como diputado, asumió la Secretaría General de COPEI, que retuvo hasta 1969. COPEI siguió funcionando tras el derrocamiento de Gallegos por los militares en noviembre de 1948, aunque desde 1952, al consolidarse la dictadura personal del coronel Marcos Pérez Jiménez, el partido sufrió una etapa de prohibición.
Caldera fue reelegido diputado en las elecciones legislativas del 30 de noviembre de 1952, de las que debía salir una Asamblea Nacional Constituyente y que fueron ganadas limpiamente por la Unión Republicana Democrática (URD) de Jóvito Villalba Gutiérrez. Sin embargo, el líder copeyano no llegó a tomar posesión de su escaño en protesta por el autogolpe del 2 de diciembre de Pérez Jiménez, que anuló la consulta democrática y asumió plenos poderes.
En 1957 Caldera sufrió un breve período de prisión en un ardid del dictador para abortar las perspectivas de una candidatura suya, consensuada por la oposición, que habría de enfrentársele en las elecciones presidenciales previstas para finales de aquel año. Una vez puesto en libertad, optó por exiliarse para excusar nuevos contratiempos.
El 23 de enero de 1958 una revuelta popular derribó la dictadura de Pérez y el 31 de octubre siguiente Caldera firmó en su quinta caraqueña con Betancourt y Villalba el denominado Pacto de Punto Fijo (tomando el nombre de la propiedad residencial del anfitrión del evento), un consenso fundamental de las principales fuerzas políticas venezolanas (el PCV fue excluido) para establecer un mínimo programa común de Gobierno, asentar la normalización democrática, defender la legalidad constitucional y evitar los monopolios políticos en la composición de las instituciones. La primera consecuencia del Pacto fue el Gobierno de coalición tripartito presidido por Edgard Sanabria Arcia desde el 14 de noviembre.
Caldera perdió dos elecciones presidenciales consecutivas: la del 7 de diciembre de 1958, cuando quedó tercero tras Betancourt y Wolfgang Larrazábal Ugueto, candidato de la URD y el PCV, y la del 1º de diciembre de 1963, en que quedó segundo con el 19% de los votos tras el adeco Raúl Leoni Otero. Recuperado el escaño para la legislatura de 1959-1964, hasta 1961 fue presidente de la Cámara de Diputados en una concreción más del Pacto, tomando parte en los trabajos de redacción de la nueva Constitución. Villalba retiró a la URD del Gobierno de coalición en 1960 y Caldera se atuvo al espíritu del puntofijismo hasta la toma de posesión de la administración de Leoni, en marzo de 1964: en lo sucesivo, COPEI y AD no compartirían responsabilidades en un ejecutivo.
De las abundantes participaciones de Caldera estos años en todo tipo de foros merecen destacarse la dirección del Instituto Venezolano de Derecho del Trabajo (1958-1966) y las presidencias de la Asociación Venezolana de Sociología (1958-1967), la Organización Demócrata Cristiana de América Latina (1964-1968) y la Unión Mundial Demócrata Cristiana (1967-1968).
3. Primera Presidencia (1969-1974): pragmatismo reformista y diplomático
En el cuarto intento, el 1 de diciembre de 1968, Caldera consiguió la victoria por 32.000 votos de diferencia y el 29,1% de los sufragios totales sobre el candidato de AD, Gonzalo Barrios, y el 11 de marzo siguiente tomó posesión para un período de cinco años. En este su primer Gobierno, que no integró a ningún ministro que no fuera copeyano o apartidista, Caldera introdujo una política de reformas desarrollistas tendente a superar la exclusiva dependencia del petróleo, ya que el 90% de los ingresos nacionales procedían de su exportación, y a crear industrias complementarias.
A tal fin, el 31 de diciembre de 1971 notificó a Estados Unidos, país al que había viajado en visita oficial el 2 de junio del año anterior, la expiración del Tratado de Reciprocidad vigente desde 1939, por el que a cambio de facilidades aduaneras a las materias primas venezolanas (básicamente petróleo), las mercancías de aquel país entraban en Venezuela prácticamente libres de aranceles, en grave perjuicio de la producción nacional. Igualmente, se procedió a nacionalizar la industria del gas y se aprobaron medidas para explotar los recursos vírgenes de los extensos territorios selváticos del sur, en Bolívar y Amazonas.
Este programa moderadamente nacionalista, cuyo elemento principal era la Ley de Revisión de los Hidrocarburos promulgada en 1971, contemplaba la plena soberanía del Estado venezolano para decidir los precios del producto y la asunción exclusiva de las exportaciones de petróleo para 1983, perspectiva que inquietaba a Estados Unidos. Por otro lado, Caldera viajó a Lima el 12 de febrero de 1973 para sumar su firma al Pacto Andino, puesto en marcha cuatro años atrás en Colombia. La decisión se interpretó como el abandono definitivo de la doctrina de Betancourt sobre la no aceptación de relaciones de cooperación con países de la zona desprovistos de regímenes democráticos.
Invocando una política de «solidaridad con el pluralismo ideológico» en el subcontinente, la administración de Caldera practicó la distensión con la Cuba de Fidel Castro, si bien sin llegar a restablecer las relaciones diplomáticas rotas en 1959, y otros países comunistas fuera del continente, empezando por la URSS. Cuando en 1970 triunfó en Chile la Unidad Popular del socialista Salvador Allende, Caldera no hizo la lectura alarmista pregonada por otros gobiernos del hemisferio y se avino a establecer unas relaciones amistosas.
Estadista conservador pero sin hacer bandera de la doctrina anticomunista entonces en boga, con su pragmatismo ideológico Caldera propició un clima de entendimiento y pacificación que animó a las diversas guerrillas izquierdistas a abandonar la lucha armada, activa desde 1960; el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) abjuró de la violencia subversiva y obtuvo el estatus de partido legal en 1973, cuatro años después de que los comunistas venezolanos, también lanzados a la agitación revolucionaria, fueran autorizados a portar su sigla de nuevo.
Caldera finó su primer mandato el 12 de mayo de 1974 con la transferencia de la banda presidencial al vencedor en las elecciones del 9 de diciembre de 1973 (caracterizadas por la multiplicidad y pluralidad ideológica de las candidaturas), Carlos Andrés Pérez Rodríguez, de AD. Ese mismo año, en condición de ex Presidente, fue nombrado Senador Vitalicio, atribución que jurídicamente cesó en 2000 con la desaparición de la Cámara alta y la entrada en funcionamiento de la nueva Asamblea Nacional unicameral en sustitución del Congreso bicameral.
En los veinte años de interludio hasta su segunda experiencia de gobierno, Caldera siguió plenamente activo en la vida pública, como presidente de la Conferencia Mundial de Reforma Agraria y Desarrollo Rural (Roma, 1979), la Corte Asesora de la Unión Interparlamentaria (1979-1982), el Comité Especial de Naciones Unidas para la creación de la Universidad de la Paz (1980-1981), la Comisión Bicameral Revisora del Proyecto de Ley Orgánica del Trabajo (1990) y su homóloga para el Proyecto de Reformas Generales de la Constitución (1989-1992), entre otras participaciones.
4. Segunda Presidencia (1994-1999): terapia de choque económica
Una década después de su quinta concurrencia electoral, el 4 de diciembre 1983, en la que con el 33,5% de los votos pagó por el mediocre resultado de la administración saliente de su camarada copeyano Luis Antonio Herrera Campins y fue derrotado por el adeco Jaime Lusinchi, y seis años después de perder la nominación para las presidenciales de diciembre de 1988 ante el entonces secretario general del partido, Eduardo Fernández, Caldera decidió romper con el COPEI, el cual a su vez le declaró «autoexpulsado» de sus filas. El 5 de junio de 1993 Caldera presentó su propia candidatura presidencial por Convergencia, formación sobre la que pronto pivotó una coalición de hasta 17 partidos de amplio espectro, entre ellos Movimiento al Socialismo (MAS), el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y el PCV.
Esta alianza, que pasó a llamarse Convergencia Nacional (CN), tenía como aglutinadores la personalidad patriarcal—y ahora, para muchos, providencial—de Caldera, el objetivo de la lucha contra la corrupción y la oposición a la política de ajuste económico del Gobierno de Pérez, suspendido de sus funciones por corrupción el 21 de mayo de 1993 y definitivamente destituido por el Congreso el 31 de agosto. En las elecciones del 5 de diciembre Caldera se impuso con el 30,5% de los sufragios a una larga lista de aspirantes encabezada por el candidato de su antiguo partido, Oswaldo Álvarez Paz, Claudio Fermín, de AD, y Andrés Velásquez, de Causa Radical.
En el éxito de Caldera confluyeron su proyección de padre de la patria, su imagen de hombre honesto y conciliador y el hastío del electorado frente a AD y COPEI, que habían monopolizado el poder desde 1959, todo ello en un contexto de excepcional crisis económica y social agudizado por la turbulenta administración de Pérez. En las legislativas, empero, la coalición pro Caldera sólo consiguió hacerse con el 24,4% de los votos y 54 de los 205 escaños de la Cámara de Diputados (Convergencia individualmente obtuvo 28), demostrando aquí los partidos tradicionales su arraigo en muchas circunscripciones.
Tras tomar posesión el 2 de febrero 1994 de su mandato quinquenal, sustituyendo al presidente interino Ramón José Velásquez Mújica, y formar un gobierno de coalición con los partidos que le apoyaban, Caldera hubo de manejar una vertiginosa espiral inflacionaria y un paralelo descenso de las reservas de divisas, empleadas generosamente para el sostenimiento del bolívar frente al dólar. El 27 de junio anunció la suspensión con carácter temporal de algunas garantías constitucionales, fundamentalmente las relacionadas con la propiedad privada y la libre actividad económica, que supuso el control estatal sobre el mercado de cambios, el sistema bancario y los precios.
Las entidades financieras en bancarrota por la fuga de capitales y las afectadas por prácticas especulativas iban a ser intervenidas y saneadas por el Estado, y de hecho el Banco Central de Venezuela (BCV) anunció la suspensión inmediata de todas sus operaciones de compra-venta de dólares. Dado lo extraordinario de la situación, las draconianas medidas fueron toleradas por la opinión pública y comprendidas por la comunidad internacional.
La suspensión constitucional fue levantada el 4 de julio de 1995 y, ante el nulo efecto en la alarmante coyuntura económica de la práctica intervencionista (1996 registró una histórica inflación del 103% y la recesión fue del -1,6% del PIB por la desaparición de decenas de entidades privadas de crédito), Caldera optó por aplicar medidas de corte neoliberal de acuerdo con las recomendaciones del FMI, que hasta entonces se había resistido a adoptar en cumplimiento de una promesa electoral, a cambio de un primer préstamo de 7.000 millones de dólares. Así, se devaluó el bolívar en un 70%, el control de cambios fue levantado, los combustibles se encarecieron en un 800% y se liberalizaron los tipos de interés. De los presupuestos del Estado se reservó un tercio para atender el servicio de la deuda exterior, elevada hasta los 36.000 millones de dólares.
En agosto de 1998 las perturbaciones financieras y bursátiles en Sudamérica, espoleadas por la crisis brasileña, más la súbita caída de los precios del petróleo arruinaron la expectativa de una recuperación prenunciada por el 5,1% de crecimiento con que acabó 1997, si bien la inflación pudo ser contenida en torno al 35%. Así, 1998 registró una recesión del -0,4% del PIB y nuevas desvalorizaciones del bolívar.
La mala coyuntura del mercado del petróleo tras dos años de alzas tuvo su efecto sobre las rentas del Estado, que había ingresado lo correspondiente a las privatizaciones que afectaron parcialmente a las industrias turística y siderúrgica, y a la Compañía Nacional de Teléfonos. Aquel comportamiento externo también influyó negativamente en la estrategia del equipo de Caldera de abrir al capital internacional la compañía estatal de petróleos PDVSA, a fin de repartir costes y abrir nuevas explotaciones. Estos vaivenes confirmaron que la economía venezolana seguía atrapada en el ciclo del petróleo, circunstancia de la que Caldera era plenamente consciente y que ya intentó flexibilizar en su primera presidencia en los años setenta.
El veterano dirigente concluyó su segunda ejecutoria, en opinión de los observadores, con un balance de luces y de sombras, figurando entre las primeras el mérito de haber llevado una durísima política de ajuste manteniendo la gobernabilidad, respetando las instituciones democráticas y asegurando una relativa paz social; y entre las segundas el hecho de que, debido a los bajos salarios, la falta de políticas sociales y la desigualdad en la distribución del ingreso, los índices de pobreza sólo hicieron que aumentar en estos cinco años, afectando, según la Oficina Central de Estadística, al 40% de la población la categoría de pobreza extrema y a otro 28% la cobertura solamente de sus necesidades básicas.
Concentrado en los avatares domésticos, Caldera no asistió a todas las cumbres de la Comunidad Andina (CAN). El 12 de octubre de 1997 recibió al presidente estadounidense Bill Clinton y el 8 y 9 de noviembre del mismo año fue el anfitrión en Isla Margarita de la VII Cumbre Iberoamericana. Por otro lado, en Caracas se desarrolló en junio de 1998 la sesión inagural de la XXVIII Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA).
CN no sobrevivió en el enrarecido ambiente previo a las elecciones legislativas del 8 de noviembre de 1998 y el partido de Caldera quedó reducido a la condición de fuerza testimonial, con el 2,4% de los votos y 3 escaños. En las presidenciales del 6 de diciembre, polarizadas en torno a la figura del ex coronel golpista Hugo Rafael Chávez Frías, responsable del intento de derrocar a Pérez de febrero de 1992 e indultado por Caldera en marzo de 1994, Convergencia no presentó candidato propio.
El 2 de febrero de 1999 Caldera concluyó su mandato con la toma de posesión de Chávez. A pesar de que había permitido su excarcelación en marzo de 1994 al sobreseer su caso a cambio de su baja en el Ejército, el flamante mandatario no excluyó a Caldera de sus críticas en su discurso inaugural. Tras las nuevas parlamentarias del 30 de julio de 2000 CN se quedó con un solo representante en la nueva Asamblea Nacional unicameral.
Hombre de vasta formación intelectual, figuró en su haber una extensa y variada producción ensayística, en la que ocupa un lugar de preferencia el estudio de la obra poética y lexicográfica de Bello. Caldera dominaba cuatro idiomas (español, francés, inglés e italiano) y tenía conocimientos en otros dos (alemán y portugués). Fue doctor honoris causa, presidente honorífico o miembro de más de una veintena de centros académicos y de investigación en los campos del derecho y las ciencias sociales de América y Europa, entre los que se citan la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, el Instituto Internacional de Sociología (IIS), la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela (ACIENPOL) y la Academia Venezolana de la Lengua. Perteneció al Consejo de Presidentes y Primeros Ministros del Centro Carter de Atlanta.
por Luis Enrique Alcalá | Dic 24, 2009 | Argumentos, Política |

Ha partido al descanso definitivo un venezolano verdaderamente excepcional, un gran compatriota, el dos veces Presidente de la República, a quien sus conciudadanos debemos mucho: Rafael Caldera.
La suerte dispuso que cuando yo fuera niño ya pudiera conocerlo, puesto que su familia y la mía eran vecinas de Las Delicias de Sabana Grande. Trabé amistad con sus hijos, especialmente con los tres mayores—Mireya, Rafael Tomás y Juan José—y visité la famosa quinta Punto Fijo un buen número de veces. Junto con doña Alicia, el doctor Caldera era un anfitrión de gran gentileza. También conocí y visité Tinajero, y el despacho del gran hombre en el Escritorio Liscano del edificio Austerlitz. Alguna tarde, esperé en la biblioteca mientras se desocupaba para atenderme y, desde un rincón poco pretencioso, un certificado enmarcado en formato pequeño llamó mi atención. Era la constancia que la Universidad Central de Venezuela había expedido de sus calificaciones definitivas en la Facultad de Derecho. Una sola mácula humanizaba la perfección del desempeño: en Derecho Internacional Privado había sido calificado con sólo diecinueve puntos.
Muchas cosas se dirán ahora sobre este venezolano eminente, constructor de la democracia venezolana (que todavía resiste), luchador contra la dictadura, pacificador del país y principal redactor de la Constitución de 1961. Acá quiero decir únicamente que Rafael Caldera tuvo la virtud de interesarse por las personas y sus vidas concretas. No pocos se sorprendían de cómo guardaba en la memoria nombres y circunstancias de los allegados de sus conocidos, a quienes preguntaba por los primeros con un cálido recuerdo infalible.
Se dirá de él cosas mezquinas; ya han sido dichas antes. Quiero reproducir abajo dos artículos en los que saliera en su defensa: el primero apareció publicado en referéndum a comienzos de su segundo gobierno, con el título Para entender a Caldera – Guía sencilla sobre su pensamiento económico (8 de agosto de 1994); el segundo, Tiempo de desagravio, fue publicado en El Diario de Caracas el 14 de diciembre de 1998, ocho días después del primer triunfo electoral del actual Presidente.
La fórmula acostumbrada diría paz a sus restos, pero ha sido que fue Caldera mismo quien echara el resto en mensaje póstumo. Redactado antes de fallecer, es él allí quien nos aconseja la paz desde sus restos. Dice El Universal:
Caldera expresó su deseo de que Venezuela viva en «libertad, con una democracia verdadera donde se respeten los derechos humanos, donde la justicia social sea camino de progreso. Sobre todo, donde podamos vivir en paz, sin antagonismos que rompan la concordia entre hermanos».
Es decir, nos ha deseado una Feliz Navidad.
LEA
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Para entender a Caldera – Guía sencilla sobre su pensamiento económico
8 de agosto de 1994
El período constitucional de 1969 a 1974, el primer período presidencial de Rafael Caldera, culminó—a fines de 1973—en un enfrentamiento entre éste y el entonces Presidente de Fedecámaras, Alfredo Paúl Delfino. Ya antes de esas postrimerías de su primer gobierno se habían manifestado discrepancias de enfoque entre el Gobierno y algunos líderes del sector empresarial privado. Pero no fue sino hasta el final, con Caldera ya de salida, cuando Paúl Delfino se atrevió a confrontarlo, en un debate de declaraciones y remitidos por la prensa. Caldera no asistió a la asamblea de Fedecámaras de ese año. (Luis Herrera Campíns jamás asistió a las que se celebraron durante su mandato).
En cambio, el actual Presidente de la República hizo muy notable acto de presencia en la asamblea de este año, dándose el lujo de ser ovacionado por los asistentes al fustigar duramente a los banqueros “mafiosos” que habían malversado los dineros de sus depositantes.
Poco después del magno evento del empresariado nacional comenzó a leerse declaraciones de rechazo a ciertas expresiones del Presidente, y a escucharse interpretaciones acerca del ideario calderista que lo presentan como contrario a la empresa privada. Se dijo que Caldera había generalizado irresponsablemente, sin hacer distingos entre distintos banqueros o entre comerciantes correctos y comerciantes inescrupulosos y acaparadores, entre legítimos compradores de dólares y especuladores. En fin, según esas manifestaciones, Caldera sería un “enemigo de la actividad económica privada”.
Esa caracterización de Rafael Caldera dista mucho de la realidad. Su mano derecha, su amigo de muchos años, es el Dr. Julio Sosa Rodríguez, banquero e industrial destacado. Carlos Bernárdez, Presidente del Fondo de Inversiones de Venezuela, fue banquero hasta no hace mucho, como Gustavo Roosen, antes de su ingreso a las filas de la administración pública, fue muy importante ejecutivo del más grande grupo industrial privado venezolano. Esto, para comenzar y mencionar solamente los nombres más connotados de los colaboradores suyos que han llegado al Gobierno desde posiciones privadas.
Pero esto sólo es indicativo, no demostrativo, y a fin de cuentas pudiera argüirse que Caldera prefiere escoger sus ministros y comisionados de entre las filas de ciertos y determinados grupos económicos, por lo que no sería verdaderamente imparcial.
Más pertinente al tema en discusión es el conjunto de pasos iniciales de su gobierno en materia económica. Pareciera necesario un cierto tupé para decir que Caldera está en contra de la empresa privada cuando ahora se le critica por haber entregado gigantescas sumas de bolívares en auxilios financieros a los bancos en problemas, bancos que estaban, por cierto, en manos privadas. Antes de decretarse la intervención de los institutos intervenidos después del caso del Banco Latino, el Gobierno intentó salvarlos, y en esto arriesgó capitales considerabilísimos. Mal puede argumentarse entonces que Caldera ha actuado en contra de la empresa privada y planea seguir haciéndolo.
Pero más allá de estas ejecutorias tempranas, ilustradoras de una disposición en general favorable a la iniciativa privada, resulta lo más iluminador explorar en la ideología sustentada por Caldera. Esto es lo sensato porque en Caldera se tiene a un político que, junto con muy pocos otros, procede políticamente con arreglo a sus principios doctrinarios. Caldera es un demócrata cristiano auténtico, como hay unos cuantos en COPEI y unos cuantos también fuera de sus filas.
Para quienes se tomaron la democracia cristiana en serio, los principios de esta ideología están muy claros. Son fácilmente aprendibles en el trabajo de Enrique Pérez Olivares—Principios de la Democracia Cristiana—o en un pequeño libro del propio Rafael Caldera: Especificidad de la Democracia Cristiana.
El título del libro de Caldera es definitorio: los principios de la democracia cristiana le serían tan específicos que sin ellos no sería democracia cristiana. Uno de esos principios es el principio de la “subsidiaridad del Estado”. Lo que viene a significar, ni más ni menos, que el Estado concebido desde una perspectiva social o demócrata cristiana prefiere que la mayor parte de la actividad social y económica sea desempeñada por actores privados. Es cuando el agente privado no puede o no quiere acometer alguna labor necesaria que el Estado, subsidiariamente, decide entrar en funciones.
Obviamente, el Estado tiene funciones que le son propias, y en éstas su cometido es esencial, no subsidiario, pero en el resto de las cosas la democracia cristiana prefiere y estimula la actividad privada.
Tomándose muy en serio estos principios, ésa es la posición exacta de Rafael Caldera ante la actividad económica privada, y antes lo ha demostrado al presentar lucha frontal contra posturas socializantes, como la que antiguamente definía a Acción Democrática y como la que sostuvo por una época no muy lejana el actual Embajador en Colombia, el fugaz Presidente del Fondo de Inversiones, Abdón Vivas Terán. Cuando Vivas Terán despachaba como Secretario General de la Juventud Revolucionaria Copeyana y predicaba las excelencias de una cierta “propiedad comunitaria”, el mismo Rafael Caldera instrumentó su intempestiva salida y su suplantación por el menos “cabeza caliente” de Oswaldo Álvarez Paz.
Así pues, constituye una interpretación incorrecta la comprensión de Rafael Caldera como contrario a la empresa privada. A lo que Rafael Caldera es contrario, como lo es la ideología social cristiana desde sus inicios—desde aquella encíclica hito de 1891, la Rerum Novarum—es a la postura liberal que pone a la economía por encima de los intereses generales, del Bien Común. No hace mucho (1991) el Sumo Pontífice Wojtyla volvió a insistir sobre la inhumanidad de un capitalismo “salvaje”. No hace mucho, pues, que la ideología social cristiana ha recibido una reinyección de activación de sus líneas conceptuales básicas.
Lo que puede haber llevado a engaño respecto de Caldera no es su propia posición, perfectamente consistente y estable a lo largo de los años, sino la de otros muy notorios dirigentes de un partido que se llama a sí mismo demócrata cristiano y que ha venido desechando toda referencia ideológica para hacerse practicante del más puro estilo de Realpolitik.
La clave para entender a Caldera está en la lectura del muy sencillo código principista de la democracia cristiana original, del que nunca se ha desviado, y ese código incluye una muy decidida defensa de la propiedad privada como derecho natural. Lo que no obsta para que sea igualmente un principio demócrata cristiano la noción de una función social de la propiedad. Principio éste, por lo demás, que está inserto en el texto constitucional que nos rige. (Artículo 99).
A quien quiera hacer oposición o crítica a Rafael Caldera—empresa, por cierto, harto viable—puede aconsejársele con honestidad que busque un flanco distinto al de su supuesto prejuicio contra los empresarios privados. Por ejemplo, exigiéndole una definición de esquema estratégico general, la que continuamos echando en falta.
Es natural, tal vez, que Jorge Redmond, muy notorio orador de aquellas tristes sesiones de apoyo a Carlos Andrés Pérez por aquellos días entregolpistas de 1992, quiera ver en Caldera una especie de anticristo económico. Seguramente existen fundados motivos para sospechar de la excelencia de las decisiones económicas del gobierno de Rafael Caldera. Pero quienes antes no atentaron contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez carecen de toda autoridad moral para atentar ahora contra el gobierno de Rafael Caldera Rodríguez.
Luis Enrique Alcalá
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Tiempo de desagravio
14 de diciembre de 1998
Personalmente, no creo que tengo que agradecer nada del otro mundo a Rafael Caldera. De hecho, en los últimos años ha transcurrido entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante.
Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera. Por eso me llenó de molestia leer un artículo reciente del profesor Aníbal Romero. (Caldera: El tiempo del desprecio, El Universal, 9 de diciembre de 1998).
Claro que el profesor Romero ha sido objeto de algo más que una gélida mirada o una altiva distancia presidencial. En 1994 su morada fue objeto de allanamiento, así como la de Ignacio Quintana y otros más. Era la época en la que se investigaba un plan de derrocamiento contra el presidente Ramón Velázquez, como modo de prevenir la llegada de Rafael Caldera al poder. En esos días alguien comentó, algo preocupado, el incidente allanatorio a Eduardo Fernández en sus predios de Pensamiento y Acción. Fernández explicó el asunto del siguiente modo: “Bueno, lo andaban siguiendo”.
Los motivos personales, por tanto, del profesor Romero, incluyen un resentimiento muy fuerte y particular. A nadie le gusta que le allanen la casa. El rencor del profesor Romero por este agravio público seguramente modifica en mucho lo que, sin aquél, su calidad profesoral tramitaría con mayor objetividad.
El profesor Romero, por ejemplo, celebra como ‘justicia histórica» que Rafael Caldera haya sido el Presidente de la República al momento del deceso del Pacto de Punto Fijo, al que llama «sistema de componendas entre élites mediocres». Hoy en día, cuando algunas de las previsiones de este pacto—como la de elegir a un miembro del partido del Presidente Electo como Presidente del Congreso—parecen repetirse, no es tan claro que Punto Fijo ha muerto, por lo menos no totalmente. Por otra parte, si bien puede hablarse en Venezuela de un deterioro de las élites, en los comienzos de nuestra democracia esas «componendas» se dieron entre los mejores hombres públicos del país, que asentaron bases democráticas tan firmes que han soportado eventos tan poderosos como el Caracazo, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, la deposición constitucional de Carlos Andrés Pérez y la elección de Hugo Chávez Frías. Además, y en todo caso, el mismo profesor Romero no ha dejado de participar en ese sistema de componendas elitistas, cuando ejercía indudable influencia como mano derecha política del antiguo presidente bancario Gustavo Gómez López y simultáneamente se desempeñaba como muy cercano colaborador (¿controlador?) de Eduardo Fernández.
Yo no creo, como expone el profesor Romero, que “el juicio de la historia será muy duro con la ya triste figura de Caldera”. Ni siquiera creo que Caldera exhibe una triste figura; creo que exhibe una figura dignísima. Y creo también que el juicio de la historia le será favorable en general, con una dosis variable de crítica ante algunos de sus procedimientos y algunas de sus decisiones.
Politología simplista
Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.
De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín. El pueblo no estaba tan bravo todavía.
Se ha dicho que la “culpa” de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, hace exactamente un año, no llegaba siquiera a un 10%. La “culpa” de que Chávez Frías sea ahora el Presidente Electo debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.
Son explicaciones puntuales, ocasionales, tácticas, simplistas, que se ciegan ante las verdaderas explicaciones: las que están fundadas sobre la lectura de las más gruesas corrientes de la opinión nacional. Pasan por ser politología ocurrente y aguda, cuando no son otra cosa que superficial interpretación de las cosas, politología simplista.
Tenía razón
Escuché, con frecuencia creciente, una frase que expresaba una esperanza residual de seguridad durante las semanas inmediatamente precedentes a las elecciones presidenciales que acabamos de celebrar: “Gracias a Dios que es Caldera quien está en Miraflores en este momento”. Pensaban, quienes la decían, que lo único que podía impedir estallidos de violencia, fraudes electorales masivos, intentonas de golpe de Estado y otras violentas manifestaciones, era la presencia de Caldera en Miraflores. Aunque el profesor Romero no quiera reconocerlo, sí le debemos a Rafael Caldera una parte considerable de la paz del país. La otra parte se le debe, por supuesto, al país mismo.
Caldera fue quien rehabilitó a los partidos de izquierda proscritos por Betancourt, con lo que se cerró el capítulo guerrillero de la década de los sesenta. Caldera fue quien sobreseyó la causa de los alzados de 1992, reinsertándolos, ya sin uniforme, dentro de la pugna civil. Caldera fue también quien a conciencia pagó el costo de su yerno en la Comandancia General del Ejército, fue asimismo quien pone a Orozco Graterol al frente de la Gobernación del Distrito Federal para tenerle al mando de la Policía Metropolitana, e igualmente fue quien tomó todas las previsiones para impedir la interrupción de la constitucionalidad, como pretendió hacerse, profesor Romero, como usted bien sabe, poco antes de las elecciones de 1993.
Caldera fue quien llevó a uno de sus hijos a la Secretaria de la Presidencia para estar tranquilo mientras subsistían los coletazos de esa pretensión violenta de 1993, escarmentado con aquella mala pasada que jugaron al presidente Velázquez. Pero al mismo tiempo, y con el mayor dolor, es quien no ha tenido trato especial para otro de sus yernos, contado en el éxodo de banqueros prófugos que se produjo en 1994.
Caldera fue objeto, al arranque de su gobierno, de los más despiadados y prematuros ataques por su postura en materia económica, resistente a las imposiciones paqueteras que se fundaban—otra vez el simplismo—en el dogmatismo neoliberal imperante. Resulta que ahora, no después que los venezolanos rechazábamos de todas las formas posibles tan simplistas esquemas, sino luego del desplome de las economías asiáticas, incluido el Japón, y de la resistente gravedad económica rusa, los propios economistas norteamericanos están reconociendo que el mundo no es tan sencillo como lo creía Fukuyama y que el Fondo Monetario Internacional ha estado evidentemente equivocado. Ahora resulta que Chávez Frías se perfila como el nuevo consentido de los mercados financieros internacionales. Parece, pues, que al dinosaurio Caldera no le faltaba raz6n.
Seguramente Caldera es criticable en muchos sentidos, y seguramente sus altivos rasgos personales y su estilo de gobernar avivan la crítica, pero estoy seguro de que el juicio de la historia, profesor Romero, le tratará muy favorablemente. Por lo menos porque a quienes se investigó en relación con las conspiraciones de 1993 Caldera no los llevó, desnudos y en un camión de estacas, hasta Fuerte Tiuna, que es lo que algún ensoberbecido militar amenazaba hacer con él a las alturas de noviembre de 1993, si es que Caldera se negaba a reconocer el “triunfo” de Oswaldo Álvarez Paz en las elecciones que ocurrirían al mes siguiente.
Hasta Chávez Frías ha dicho, en las primeras cuarenta y ocho horas después de su elección, que Caldera había evitado que el barco se hundiera y que “últimamente” su gobierno había venido manejando lo económico de forma acertada. Así como ahora con Chávez Frías parecieran estar muchos poseídos del “síndrome de Estocolmo”, ya ha comenzado la reinterpretación positiva del gobierno de Caldera.
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 18, 2009 | Estudios, Política |

Introducción
El presente estudio, ofrecido para esta fecha (17 de diciembre de 2009) a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico el pasado 11 de noviembre de 2009, es probablemente el ejercicio más clínico de los presentados en esa publicación. De este modo, hay más acercamiento a las tres primeras cláusulas del Código de Ética compuesto y jurado públicamente por el suscrito el 24 de septiembre de 1995. Se las reproduce a continuación:
*Recomendaré o aplicaré, según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas o asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.
*Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.
*Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.
En junio de 1986, compuse un primer dictamen de esta clase. En él expuse: “Lo ofrezco como dictamen porque estoy convencido de que la política debe ser concebida como un acto médico. Es decir, en política lo realmente importante es, como en medicina, la salud del paciente. Y en política el paciente es la nación”. Y también:
Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y claramente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave.
Es clarísimo que las circunstancias del país son hoy muchísimo más graves que hace veintitrés años. A comienzos del fatídico año de 2002, quien escribe concibió un procedimiento de abolición del gobierno que comenzaba por los siguientes considerandos:
Nosotros, la mayoría del Pueblo de Venezuela, Soberano, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario, considerando
Que es derecho, deber y poder del Pueblo abolir un gobierno contrario a los fines de la prosperidad y la paz de la Nación cuando este gobierno se ha manifestado renuente a la rectificación de manera contumaz…
Que el gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a tales fines, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto…
Es igualmente claro que la descripción contenida en el segundo considerando persiste en forma agravada.
………
Sumario
A la exploración clínica, el sistema político venezolano revela una evidente y grave patología. Sobre un prolongado cuadro crónico de casi dos décadas previas de insuficiencia política, se ha sobrepuesto un agudo proceso oncológico que ya dura más de un decenio, pernicioso e invasivo, que pone en gravísimo peligro el desempeño democrático del Estado, el que pudiera sufrir malformaciones de difícil reversión y someter a la población entera mediante una dominación y un control completos de sus libertades ciudadanas. Una intervención terapéutica eficaz se hace urgentemente necesaria, luego de la aplicación reiterada de tratamientos que han fracasado.
Diagnóstico
Un cuadro general de insuficiencia política—el sistema político resuelve mal los problemas de carácter público—caracteriza a Venezuela. La etiología de esta condición es de carácter paradigmático: el paradigma desde el que operan los actores políticos convencionales (Realpolitik o política de poder + definición ideológica en el eje izquierda-derecha) les impide la producción de soluciones eficaces a los problemas públicos. Aquellas que implementan usualmente conducen al agravamiento de esos problemas.
La condición descrita fue percibida por los Electores venezolanos ya en la primera mitad de la década de los años ochenta:
Tan temprano como en 1984 la encuestadora Gaither mostró cómo, en el lapso de un año, el porcentaje de encuestados que no lograba identificar un “mejor partido” entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros—es decir, todos—saltó bruscamente de 27% a 43%, o casi la mitad de la opinión pública. Tradicionalmente, la abstención electoral en Venezuela había sido mínima; todavía para las elecciones presidenciales de 1983, la abstención fue de sólo 12%. Seis meses después, la abstención creció a 40,7% en las elecciones municipales de 1984. Dos años más tarde, la empresa Datos registraba que ya 58% de sus entrevistados prefería un candidato presidencial que no viniera de los partidos. (Carta Semanal #350 de doctorpolítico, 25 de septiembre de 2009).
Y acerca de la campaña presidencial de 1983, fue posible escribir:
El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia. De allí el éxito de la vaga promesa del “Pacto Social” por Jaime Lusinchi, pues si abstracta e imprecisa, al menos tenía la virtud de ser formalmente una panacea. (Memorias Prematuras, 1986).
Los actores políticos convencionales no han encontrado el modo de actualizarse paradigmáticamente. Reiteran incesantemente la “necesidad” de posicionarse ideológicamente y emitir declaraciones de principios doctrinarios, mientras operan desde una praxis de política de poder. (“…la actividad de obtener poder e impedir que el contrincante obtenga poder”. Carta Semanal #50 de doctorpolítico, 21 de agosto de 2003).
Sobre ese cuadro general ha emergido el proceso oncológico de la dominación de Hugo Chávez, desde su asunción al poder el 6 de diciembre de 1998. El término oncológico se emplea para destacar que la patología chavista no fue inoculada al país por un agente o vector externo, sino que procede de las propias entrañas de la nación, estaba en su seno. También, por supuesto, para designar su carácter pernicioso e invasivo, que ha ido penetrando extensamente los tejidos social e institucional trastocándolos y destruyéndolos. El mecanismo específico no es otro que el de una exacerbación del paradigma antes descrito: asumiendo una ubicación de izquierda extrema y llevando la praxis de política de poder a sus últimas consecuencias, sin el escrúpulo de la urbanidad política de un actor convencional. Yehezkel Dror ya había descrito esta tipología en Crazy States: A counterconventional strategic problem (1971):
Estos son los rasgos, según Dror, de un «Estado loco»: 1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de «valores superiores»); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas). (Carta Semanal #62 de doctorpolítico, 13 de noviembre de 2003).
Este proceso que, por lo demás, ha venido manifestándose con agresividad creciente, ancla en cinco pedúnculos, que le prestan fuerza muy considerable:
1. El empleo de un “discurso salvaje” transformado en un “discurso de poder”, según apunte de Francisco Toro Ugueto (traducción del suscrito) sobre un libro de Juan Manuel Briceño Guerrero (El laberinto de los tres minotauros, 1977-1982):
…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder.
2. El rechazo a la unipolaridad planetaria. Dentro de la prédica del Presidente de la República, uno de cuyos focos principales es una constante censura a los Estados Unidos, su preferencia por un mundo multipolar resuena con percepciones bastante extendidas en el planeta, y fue facilitada por el áspero desempeño de los sucesivos gobiernos de George W. Bush. A estas alturas, los propios Estados Unidos han comenzado a dejar de verse a sí mismos como hegemón planetario. A fines de noviembre de 2008, ya electo Barack Obama pero con Bush aún en funciones, el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos dio a conocer su estudio Tendencias Globales 2025 – Un mundo transformado. Allí se lee, por ejemplo:
El sistema internacional—tal como fuera construido luego de la Segunda Guerra Mundial—será casi irreconocible para 2025, debido al surgimiento de potencias emergentes, una economía globalizadora, una transferencia histórica de riqueza relativa y poder económico de Occidente a Oriente y la creciente influencia de actores no estatales. Hacia 2025, el sistema internacional será uno global y multipolar, al continuar estrechándose las brechas de poder nacional entre países desarrollados y en desarrollo.
3. El fracaso del Consenso de Washington. A la caída del “socialismo real” con el desplome de la Unión Soviética y su sistema de clientes satelitales, una lectura simplista (Francis Fukuyama, The End of History?, en la revista The National Interest, 1989) entendía que tan portentosos acontecimientos anunciaban una era de generalización de la democracia liberal y los mercados capitalistas en el mundo. La década siguiente mostró cuán equivocada era esa impresión. (Entre nosotros, el “caracazo” de 1989 fue una trágica campanada). Más recientemente, la crisis de los mercados financieros, desatada a fines de 2008, contribuyó a alimentar con hechos las refutaciones conceptuales de la tesis de una generalización inevitable del sistema capitalista:
El impacto es de dimensiones tan enormes que The Guardian Weekly, el semanario inglés, preguntó a Vince Cable (Shadow Minister of the Treasury del partido Liberal-Demócrata) hace sólo nueve días: “¿Es esto el principio del fin del capitalismo como lo conocemos?” (Guardian Podcast #78). Cable rechazó esa interpretación, pero el mero hecho de que la pregunta haya sido concebida revela la extensión de la crisis de confianza, casi universal, que afecta ahora a los muy sofisticados sistemas financieros de los países más desarrollados del mundo. Los productos de una altanera ingeniería financiera se tambalean como un viaducto que estuvo bien hecho, pero fue colocado sobre terreno movedizo. (Carta Semanal #304 de doctorpolítico, 25 de septiembre de 2008).
El presidente Chávez no dejó de aprovechar el proceso para afirmar su “socialismo del siglo XXI:
Los recientes acontecimientos catastróficos en los mercados financieros estadounidenses, y los de países estrechamente conectados con ellos, han sido saludados con arrogancia socialista que proclama el fin del capitalismo. Se trata de una soberbia, de una hibris, equivalentes a los de Francis Fukuyama cuando decretaba “el fin de la historia” a la caída de la Unión Soviética. La hecatombe financiera del mes que acaba de concluir es ciertamente terrible, pero lo es más la catástrofe crónica del pueblo cubano o la que duró setenta años en Rusia bajo la égida comunista. (Carta Semanal #305 de doctorpolítico, 2 de octubre de 2008).
4. La dinámica de la democracia participativa. Ya en 1984, John Naisbitt incluía el tránsito de una democracia meramente representativa a una participativa en su libro Megatendencias:
La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales.
Naisbitt escribía una década antes de la explosión de la Internet. Chávez llevó el asunto no solamente a la Constitución de 1999, sino a la Cumbre Presidencial de las Américas que se celebrara en Québec en 2001. Localmente fue criticado al no prosperar su intento de insertar el concepto de democracia participativa en la declaración final.
Si uno se pone a ver, la frase «constitución moribunda», que tanto nos alarmó por lo inoportuna e irrespetuosa que fue en boca de Chávez en el solemne acto de su primera toma de posesión, es menos radical que la de «muerte de la democracia representativa», que Naisbitt emitiera, con el aplauso de sus muchos admiradores, hace ya diecisiete años. (El Llanero Solitario en Québec, artículo en la revista Zeta reproducido en la Ficha Semanal #36 de doctorpolítico, 8 de marzo de 2005).
5. La ideología marxista residual. Hugo Chávez adoptó desde su juventud una óptica marxista acerca de la vida social, y las proximidades conceptuales con Jorge Giordani, Martha Harnecker y Heinz Dieterich (últimamente muy distanciado)—para no hablar de su relación favorita con Fidel Castro—consolidaron ese punto de vista radical:
María de Lourdes Vásquez ha reportado en el diario El Universal recientes declaraciones (30 de junio) del Presidente de la República, que siguen ya un guión ortodoxamente marxista. Abre así su nota: “El Presidente de la República, Hugo Chávez, indicó durante la noche del martes que en Venezuela existe una ‘guerra social’, según él desatada por las clases poderosas que quieren seguir explotando a los más pobres y en función de ellos manipulan y tienen desatada una ‘guerra psicológica’.” (Carta Semanal #338 de doctorpolítico, 2 de julio de 2009).
La dominación chavista, pues e independientemente de su equivocación, goza de profundo sentido político e histórico, y eso la hace difícil de superar; además de tan fuertes y anchos anclajes pedunculares, ha recibido una abundante irrigación de recursos financieros, la que ha permitido la diseminación de este proceso tumoral en el país y en buena parte del continente.
Tratamiento
De la insuficiencia política
Comoquiera que la etiología del cuadro general y previo de insuficiencia política es de carácter paradigmático, la superación de esa condición patológica requiere un cambio de paradigma (paradigm shift, Thomas Samuel Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, 1962). En el artículo Paradigm shift en Wikipedia (traducción del suscrito) encontramos:
El paradigma, desde el punto de vista de Kuhn, no es simplemente la teoría vigente, sino la visión del mundo completa dentro de la que existe y todas las implicaciones que vienen con ella. Está basado en aspectos del paisaje del conocimiento alrededor de los que los científicos se identifican… Cuando se ha acumulado suficientes anomalías significativas contra un paradigma vigente, la disciplina científica es empujada a un estado de crisis, según Kuhn. Durante esta crisis, nuevas ideas, quizás algunas previamente descartadas, pasan a ser ensayadas. En algún momento se forma un nuevo paradigma, el que gana sus propios nuevos adeptos, y una “batalla” intelectual se establece entre los seguidores del nuevo paradigma y los sostenedores del viejo paradigma… Kuhn dijo, con el empleo de una cita de Max Planck: “…una verdad científica nueva no triunfa por el convencimiento de sus oponentes haciéndoles ver la luz, sino más bien porque sus oponentes mueren tarde o temprano, y surge una nueva generación familiarizada con aquél”.
Con ocasión de aplicar este protocolo kuhniano a la comprensión de nuestra insuficiencia política en febrero de 1985, el suscrito comentó:
…es mi creencia que la revolución que necesitamos es distinta a las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una “catástrofe en las ideas”, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos. (Memorias Prematuras, 1986).
Y, como sugiere Kuhn, un paradigma político no puede cambiar si la visión del mundo—Weltanschauung—de los actores políticos convencionales (Chávez incluido) no es sustituida por una nueva. Nuestros actores políticos convencionales operan dentro de marcos mentales clásicos, newtonianos y deterministas, y no han accedido aún a nuevos núcleos conceptuales, provistos principalmente por las novísimas teorías de la complejidad. (“Existe ahora, pues, un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva, así como, por el lado del «análisis de políticas», un arsenal de instrumentos para una producción racional de políticas específicas”. Los rasgos del próximo paradigma político, referéndum #0, febrero de 1994).
Un claro ejemplo viene dado por la concepción de la economía clásica respecto de los mercados:
Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie Homo œconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente. En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos—el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad—exhiben en su conjunto “propiedades emergentes” a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Complexity (Freeman, 1989): “Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia”. Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales. (Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, enero 2004).
El cambio requerido es de tal naturaleza, que implicará la formación de tipos nuevos de organización política:
Es importante construir lo necesario para que se dé el tránsito de uno a otro paradigma, de uno a otro concepto, de una vieja a una nueva conceptualización. Esto precisa de una nueva asociación política. Los actores políticos tradicionales, legitimados internamente por sostener alguna posición ideológica en algún “espacio” del viejo eje político de derechas e izquierdas, difícilmente pueden aceptar lo que tendrían que aceptar, que es, ni más ni menos, que de aquello que les sostiene no es posible deducir soluciones a los problemas políticos importantes. Las reglas de las organizaciones políticas tradicionales configuran un ambiente asfixiante que impide la ventilación de planteamientos que difieran de las interpretaciones consagradas. Es necesario por esto diseñar y crear una nueva asociación política, con unas normas que faciliten la emergencia y difusión de las nuevas concepciones, así como la actividad de nuevos y más competentes actores políticos individuales. (Memorias Prematuras, 1986).
En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una «esclerosis paradigmática» de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis «sucia»), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, eran la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente. (Carta Semanal #102 de doctorpolítico, 2 de septiembre de 2004).
La superación de la insuficiencia política de Venezuela no será, por tanto, un proceso rápido. Se trata de un tratamiento complejo y más bien lento, a emprender con paciente perspectiva de largo plazo, desprovisto de expectativas inmediatistas. Es una transformación que, por otro lado, comienza a ocurrir en varios otros puntos del planeta:
Tal paradigma puede ser sustituido, como comienza en la práctica a ocurrir aun antes de que las elaboraciones teóricas parezcan existir. (“La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”, escribió Roger Simon para Capitol News el 5 de noviembre de 2008). “Nicolás [Sarkozy] ha adoptado el bipartidismo no sólo con una gracia natural, sino también con un sincero abrazo de corazón. Él se yergue en el moderno molde post-ideológico”, opinó Tony Blair en la edición “Hombre del Año 2008” de TIME Magazine. “Pienso que recibimos un fuerte mandato de cambio… Esto significa un gobierno que no esté impulsado ideológicamente”, dijo Barack Obama en entrevista para la misma edición de la revista. (Carta Semanal #326 de doctorpolítico, 2 de abril de 2009.
Del chavoma
Ahora bien, el cuadro patológico más agudo del sistema político venezolano, así como el más pernicioso y peligroso, es indudablemente la dominación chavista en progreso, y por tanto el tratamiento de esta enfermedad es tanto más importante como más urgente.
Médicamente hablando (en oposición a lo “quirúrgico” o inconstitucional), la remoción del “chavoma” debe ser obtenida por medios inobjetablemente democráticos. Para comienzos del año 2002, una clara mayoría de los ciudadanos de Venezuela—en medición unánime de las firmas encuestadoras—estaba inconforme con el gobierno presidido por Hugo Chávez, y esa condición imprescindible comienza a aflorar de nuevo en estos tiempos. Crecientemente, ciudadanos que durante largo tiempo han apoyado al gobierno, han llegado ya a la conclusión de que la continuación de Chávez en el poder es inconveniente a la República. (Una medición ilustrativa es la de la encuesta nacional de IVAD—trabajo de campo entre el 25 de octubre y el cuatro de noviembre de 2009—, que reporta: Acerca del comportamiento del Presidente ante la problemática que vive el país: aprueba 40,7%; desaprueba 54,0%. Opciones con las que está más de acuerdo, en cuanto al mandato del presidente Chávez: que el presidente Chávez culmine su mandato en el 2010, tras un referéndum revocatorio, 29,8%; que culmine su mandato en su período constitucional en el año 2012 y dé paso a otros liderazgos, 35,6%; que permanezca hasta el 2021, 6,6%; que permanezca más allá del 2021, 19,5%. Esto es, 65,4% de los encuestados prefieren que el presidente Chávez cese en sus funciones a más tardar en 2012).
El asunto está, entonces, en conseguir vías terapéuticas que procedan democráticamente, dentro del marco constitucional venezolano. Por un lado, es posible esperar hasta el año en el que, en principio, habría las elecciones presidenciales de fin de período: 2012; en este caso, el trabajo consistirá en promover una candidatura eficaz, capaz de vencer electoralmente al presidente Chávez, quien seguramente intentará reelegirse una vez más, según la facilidad que obtuviera a raíz del referéndum sobre enmienda constitucional del 15 de febrero de este año. (Los rasgos necesarios de una candidatura eficaz han sido enumerados y descritos en la Carta Semanal #309 de doctorpolítico, del 30 de octubre de 2008).
Por otro lado, la peligrosa perniciosidad creciente del gobierno de Chávez, aconseja encontrar modos democráticos y constitucionales anticipados de su remoción. Dos condiciones son imprescindibles en esta terapéutica: 1. la producción de un hecho político contundente, en el que se exprese inequívocamente la voluntad electoral (más bien, constituyente) en contra del gobierno; 2. la presencia de una contrafigura que concite la aprobación de los electores. (Esta última condición estuvo ausente en la oportunidad del referéndum revocatorio del 15 de agosto de 2004, y un buen número de electores que hubieran votado afirmativamente la revocación de haber contemplado un sucesor aceptable, votó en contra. “Cuando ya una mayoría nacional rechazaba a Carlos Andrés Pérez en 1991, se detectaba igualmente la negativa a su sustitución porque se ignoraba quién podía sucederlo”, Carta Semanal #309 de doctorpolítico, del 30 de octubre de 2008. En ambos casos, el comportamiento aparentemente paradójico de la opinión encuentra explicación en la imposibilidad de percibir un sucesor aceptable).
Producción de un hecho político eficaz
El hecho político contundente que cristalice la opinión crecientemente contraria a Chávez antes de la oportunidad electoral ordinaria, pasa por la apelación al Poder Constituyente Originario; es decir, a alguna clase de referéndum en el que se exprese ese poder supremo. Tres tipos principales son fácilmente concebibles:
1. El referéndum revocatorio contemplado en la Constitución. Ésta dice: “Artículo 72. Todos los cargos y magistraturas de elección popular son revocables. Transcurrida la mitad del período para el cual fue elegido el funcionario o funcionaria, un número no menor del veinte por ciento de los electores o electoras inscritos en la correspondiente circunscripción podrá solicitar la convocatoria de un referendo para revocar su mandato”.
El Presidente inició su período de seis años en enero de 2007 y, por consiguiente, en enero de 2010, el año que viene, puede ya recogerse las firmas para forzar un referéndum de esa clase. Si tuviere lugar antes de enero de 2011 y su poder le fuere revocado, se configura una falta absoluta que fuerza a nuevas elecciones presidenciales en el término de un mes. Si eso ocurre después del 10 de enero de 2011 (luego de cumplidos los primeros cuatro años del período), la falta absoluta es cubierta por el Vicepresidente (que él designa) hasta concluir el período y no hay elecciones.
La convocatoria de un referéndum tal exige la firma de 20% de los electores, unas 3.400.000 sobre un registro electoral de 17 millones de ciudadanos.
2. Un referéndum consultivo sobre una pregunta como: “¿Considera Ud., Sr. Elector, conveniente para la salud de la Nación que el ciudadano Hugo Chávez Frías continúe en el cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela?” Al ser meramente consultivo, esta clase de referéndum no surte efectos vinculantes, y el Presidente pudiera negarse a renunciar, pero la presión introducida para esa renuncia es indudable, y el referéndum que dio origen al proceso constituyente en 1999 fue igualmente consultivo; técnicamente, no tenía carácter vinculante.
Una renuncia provocada por un resultado adverso de tal magnitud configuraría una falta absoluta del Presidente de la República, y los plazos indicados en el aparte anterior aplican igualmente.
Un referéndum de esta clase, convocado por iniciativa popular, requiere la firma de 10% de los electores, o 1.700.000 ciudadanos habilitados para votar.
3. Un referéndum consultivo sobre la siguiente pregunta: “¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?”
Este concreto referéndum fue propuesto en la Carta Semanal #341 de doctorpolítico, del 23 de julio de 2009, y predicado sobre el rechazo evidente de la mayoría ciudadana a la orientación expresamente socialista (estatista) del gobierno:
Todas las encuestas que ha podido conocer quien escribe han dado recientes datos bastante similares. Por ser representativo del conjunto, limitemos los números a un solo estudio: el informe final del Monitor Socio-Político de Hinterlaces del 1º de junio de este año. Este estudio “cuantitativo y cualitativo” registra lo mismo que otros investigadores reportan: que una mayoría de los consultados rechaza las políticas más recientes del Ejecutivo Nacional y sus demás poderes sumisos.
En particular, por ejemplo, Hinterlaces (Oscar Schemel) mide 68% de desacuerdo con la nacionalización de empresas y haciendas ordenada desde la Presidencia de la República. (Quienes están de acuerdo con esa medida alcanzan sólo al 28%. Cuatro por ciento no quiso o no supo responder). Por ejemplo, según el estudio referido, 63% estima que esa medida pudiera afectar a la propiedad privada de todos los venezolanos. (Treinta y tres por ciento no cree tal cosa). Por ejemplo, 68% está de acuerdo con la propiedad privada que apoyan los empresarios y no con la propiedad colectiva propuesta por el presidente Chávez. (Veintisiete por ciento dice preferir la propiedad colectiva sobre la privada).
Y 57% no aprueba el establecimiento del “socialismo del siglo XXI” en el país, frente a 35% que lo aprueba. Y si ese socialismo fuera como el cubano, la desaprobación asciende a 87% y la aprobación desciende a 9%.Y 83% expresa desacuerdo con la idea de que es malo ser rico. (Once por ciento expresa acuerdo). Y 86% no piensa que ser pobre es bueno. (Diez por ciento sí lo cree). Y 80%—contra 16%—no concurre con la idea de que todos debemos ser iguales para que no haya ricos ni pobres, como sostiene que ocurriría el Presidente de la República.
En suma, la mayoría de los venezolanos rechaza la pretensión de implantar en el país un sistema político-económico socialista…
¿Qué hace uno con una mayoría tan fuerte? Pues procura que se exprese políticamente de modo válido. Pide que el asunto sea votado, pues está seguro de ganar una consulta que lo considera. Es ésa una regla política elemental. Quien tiene la mayoría quiere que se la mida y certifique, porque quien tiene la mayoría puede mandar.
Las mismas exigencias de 10% de los electores convocantes y los mismos plazos referidos a la falta absoluta del Presidente se aplican a este caso.
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Finalmente, es concebible asimismo la aplicación directa de un procedimiento de abolición del gobierno, no contemplado en la Constitución pero perfectamente jurídico en virtud de la doctrina constitucional venezolana establecida en sentencia del 19 de enero de 1999 de la Corte Suprema de Justicia, fundamento del proceso constituyente que culminó en la promulgación de la constitución vigente. (Que el Poder Constituyente Originario posee carácter supraconstitucional; que no todo lo constitucional está contenido en alguna constitución concreta). La astringencia de las condiciones políticas requeridas para la activación de un procedimiento de esta naturaleza—por ejemplo, rechazo confiablemente medido de no menos de 65% y apoyo no mayor de 25%, para una diferencia de cuarenta puntos—aconseja prescindir de tratar aquí esta posibilidad terapéutica. (Fue posible en 2002 y expuesta en ese año, pero despreciada por los principales actores de la oposición en esos momentos, tal vez porque les restaba protagonismo y control al poner el problema en manos de los electores o, también, porque era non invented here).
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En opinión del suscrito, el referéndum preferible es la consulta sobre la conveniencia de un sistema político-económico socialista. El referéndum revocatorio requiere el doble de las firmas que uno consultivo, además de tener mala recordación por haber sido un fracaso el intentado en 2004. El referéndum consultivo sobre la posibilidad de permanencia en el cargo del presidente Chávez focaliza el asunto sobre su figura, lo que puede generar resistencia en una buena parte de la población con la que todavía mantiene lazos afectivos.
En cambio, el referéndum sobre el socialismo, además de inobjetable, necesarísimo y largamente debido, sería, de resultar adverso al proyecto socialista, un golpe letal. En palabras del mismo Chávez: paralizaría todos los “motores de la revolución”. Un desenlace de este tipo tendría tanta fuerza que muy probablemente haría inevitable la renuncia de Hugo Chávez a su actual cargo; si a la convicción creciente acerca de la ineficacia e inconveniencia de su gobierno, se suma la anulación de su coartada general—el «socialismo del siglo XXI»—, la viabilidad política del régimen decrecería muy marcadamente, pues habría sido radicalmente desautorizado por el Poder Constituyente Originario, la verdadera Corona.
El sucesor
Como se dijo antes, aun un nivel muy considerable de rechazo puede no convertirse en una votación positiva del referéndum sugerido si los electores no pueden visualizar quién pudiera asumir la Presidencia de la República a la cesación del mandato de Hugo Chávez, y si las figuras asomadas como posibilidad no logran—como ninguna hasta ahora—resultar atractivas a una mayoría de los ciudadanos.
Sobre todo si la remoción de Hugo Chávez de su actual cargo ocurre antes de enero de 2011, circunstancia que implicaría elecciones dentro de los treinta días siguientes a la configuración de la falta absoluta—teóricamente; es difícil imaginar que el Consejo Nacional Electoral pueda llevar a cabo esa proeza—, sería de la mayor conveniencia la aparición de una figura convincente, para la delicada labor de una presidencia de transición que complete los dos últimos años del período. (La cesación de Chávez antes del tiempo normalmente previsto abriría un lapso muy delicado en la vida de la Nación, con enormes riesgos y una acusada propensión a la inestabilidad gubernamental. Entre otras cosas, si el sucesor no sale de filas favorables al gobierno, deberá eludir la tentación de emprender una cacería de brujas, dado el grado de irritación e indignación que el presidente Chávez y sus más cercanos seguidores han causado a una gran parte de la población. “Ahora que nos encontramos en el umbral del post-chavismo es importante entenderlo así. Si rechazamos de él su ira y su miedo, si su sentido del deber es retorcido y extraviado, no neguemos que también actúa por amor. La venganza no debe ser su sucesor”. Carta Semanal #345 de doctorpolítico, del 20 de agosto de 2009).
La tarea a acometer al término del gobierno de Chávez es ciclópea: involucra una terapia reconstructiva, tanto en lo institucional y estrictamente político como en lo concerniente a la psiquis de la Nación.
Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez, pues por más larga que fuese sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación. ¿Cómo puede disminuir la delincuencia en un país cuyo presidente la modela, exacerbando el azote que lacera por igual a sus partidarios y sus opositores? ¿Qué asaltante no se sentirá “dignificado” por la conducta presidencial, cuya agresividad y cuyo desprecio por la propiedad puede tomar por modelos?
Este rasgo terrible y definitivo del modo de gobernar de Hugo Chávez se complementa con una “desconexión moral”—moral disengagement, otro concepto de Bandura—que le impele a fabricar excusas para su mala conducta, eludir la responsabilidad de sus consecuencias y culpar a sus víctimas. Las razones de Chávez son, mayormente, coartadas.
Y esta espantosa modelación, más gravemente, es amplificada en el más obsceno culto a la personalidad que haya conocido Venezuela. No hay agencia oficial que no le adule, no hay programa que no se atribuya a sus méritos, no hay pieza publicitaria del gobierno que no infle su ego megalómano y tóxico.
Preparémonos para una inmensa tarea de psiquiatría política al cese de su mando. (Carta Semanal #244 de doctorpolítico, 5 de julio de 2007).
Y esto debiera hacerse en tiempo más bien breve, bajo el liderazgo ejecutivo de una persona extraordinariamente capaz y adornado con virtudes balsámicas. Es todo un “Solón de Caracas” lo que convendría.
En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.
En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.
Según puede predecirse como desenlace más probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una cesación del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (Desde el momento de la toma de posesión hasta el 9 de enero de 2007, según lo establecido por sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional. ¡Qué bueno sería que pudiéramos contar con Solón! (Carta Semanal #89 de doctorpolítico, 3 de junio de 2004).
La fortuna ha querido que los venezolanos tengan a la mano una persona de ese calibre: José Antonio Abreu.
El maestro Abreu es una figura que es ampliamente querida, hasta venerada, por una inmensa mayoría de los venezolanos. Su profesión, además de la de músico, es la de economista; esto es, fue adiestrado en una disciplina social diferente de la jurídica, más propiamente científica. El maestro Abreu ha sido bendito por una grandísima inteligencia, y además hace gala de una envidiable “mano izquierda”, que le ha permitido crear y desarrollar, para admiración planetaria, el ejemplar, benéfico y único Sistema de Orquestas Juveniles. El maestro Abreu tuvo una temprana vocación política, que sacrificó a la música pero le ha servido para adquirir dotes de negociación y convicción que facilitaron sus logros increíbles. De hecho, tiene conocimiento directo de la administración pública, al haber sido el segundo hombre en Cordiplán (1974) y Ministro para la Cultura (1984). El maestro Abreu, además de su Doctorado en Economía en la Universidad Católica Andrés Bello, realizó estudios de postgrado en Economía Petrolera en la Universidad de Michigan. El maestro Abreu es hombre probo, de hábitos frugales, como corresponde a quien se concentra en la búsqueda de valores espirituales permanentes. El maestro Abreu, por encima de todo, ha sido el inventor y animador principal de un movimiento que ha beneficiado directamente a cientos de miles de niños y jóvenes venezolanos, en manifestación poderosísima de una vocación social sin parangón.
El 31 de agosto de este año, José Antonio Abreu recibió de manos del rey Carl XVI Gustaf de Suecia el Premio Polar de Música, conferido por la Academia Real Sueca de Música. Esta academia dijo de él:
El Premio Polar de Música 2009 se concede al director, compositor y economista José Antonio Abreu. Impulsado por una visión de que el mundo de la música clásica puede ayudar a mejorar las vidas de los niños venezolanos, ha creado la red musical El Sistema, que ha ofrecido a cientos de miles las herramientas para superar la pobreza. La exitosa creación de José Antonio Abreu ha promovido valores tradicionales, como el respeto, la solidaridad y la humanidad. Su logro nos muestra lo que es posible cuando se hace de la música un terreno común y por eso mismo parte de la vida cotidiana de la gente. Simultáneamente, se ha dado a niños y padres, así como a los políticos, una nueva esperanza para el futuro. La visión de José Antonio Abreu sirve de modelo para todos nosotros.
En suma, José Antonio Abreu está mandado a hacer para la dificilísima tarea de asumir la jefatura del Poder Ejecutivo Nacional a la cesantía de Hugo Chávez, con una capacidad incomparable y una disposición real de unir a los venezolanos.
Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”.
¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. (Carta Semanal #320 de doctorpolítico, 19 de febrero de 2009).
Venezuela tiene, pues, la inmensa suerte de que uno de sus hijos, nacido en Valera, sea José Antonio Abreu. Es la esperanza del facultativo que prescribe estos tratamientos que, llegado el momento crítico, trascendental, el maestro Abreu sepa aceptar el reclamo que muchos venezolanos le haríamos. Nadie como él tiene la oportunidad de reparar los graves daños inflingidos al país durante las últimas décadas, primero por una clase política incompetente y luego por la dominación chavista; nadie como él restituiría ante el mundo de manera tan instantánea el buen nombre del país.
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Advertencia: quien escribe certifica que no conversa con José Antonio Abreu desde un mediodía de septiembre de 1974, cuando fuera invitado por él a almorzar en el restaurante Anatole, de San Bernardino. La consideración de su posible candidatura, concebida hace un poco más de un mes, ha sido conversada solamente con cinco personas cercanas al suscrito. Ninguna de ellas ha llevado la delicada idea al maestro Abreu.
luis enrique ALCALÁ
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