por Luis Enrique Alcalá | Nov 10, 2009 | Fichas, Política |
LEA, por favor
El año de 1998 fue indudablemente portentoso para los venezolanos, pues fue aquél en el que Hugo Chávez fuera elegido por vez primera como Presidente de los venezolanos. Causas profundas y longevas—la insuficiencia política de los actores convencionales—, así como una incomprensible secuencia de errores más cercanos a la fecha electoral, dieron el triunfo a quien un año antes de la votación no pasaba de 8% de intención de voto a su favor.
Para la época, Hans Neumann, antiguo jefe y amigo desde hacía treinta años, había adquirido el control de El Diario de Caracas, y no me fue difícil colarme en la nómina de articulistas. (Ya antes, bajo las direcciones de Ricardo Ball, Joaquín Marta Sosa y Diego Urbaneja, había enviado allí unos pocos artículos, como siempre sobre tema político).
La Ficha Semanal #267 de doctorpolítico reproduce un artículo del 11 de noviembre de aquel año electoral, el que, como él mismo explica, se sugirió solo a partir de una entrevista radial que me hiciera Marta Colomina desde Unión Radio, casa que también fuera mía entre 1994 y 1996, cuando conducía el programa dominical Argumento.
Las elecciones de ese año ya lejano—en diciembre próximo se cumplirán once años de la elección (el artículo los cumplirá mañana)—fueron nutridas en cuanto a número de candidatos, entre ellos el propio Hugo Chávez, Irene Sáez, Henrique Salas Roemer, Claudio Fermín, Radamés Muñoz León, Miguel Rodríguez, Alfredo Ramos y Luis Alfaro Ucero, que se quedó en el camino una vez que su partido, Acción Democrática, hiciera a última hora lo impensable: defenestrar a quien era la destilación más acabada del modo de ser adeco, para ofrecer apoyo—el beso de la muerte—a Salas Roemer. (Alfaro continuó apoyado por los partidos ORA y URD y obtuvo, finalmente, 30.000 votos).
También estuvieron llenas de insólitas decisiones políticas. Por ejemplo, el Congreso de la República aprobó en diciembre de 1997 una reforma a la ya derogada Ley Orgánica del Sufragio, y en esta ocasión estaba previsto que las elecciones de gobernadores se hicieran junto con las de Presidente de la República. Ya avanzado el año 1998, los partidos hasta entonces dominantes—AD y COPEI—se percataron del peligro electoral de Hugo Chávez y decidieron volver a reformar la ley para separar ambas elecciones, con la esperanza de obtener entrambos una mayoría de gobernadores y así construir un cerco de autoridades regionales al Ejecutivo Nacional. Alfaro Ucero, que con todo lo que pueda criticársele siempre fue un hombre serio, dijo que ese viraje de 180 grados ocurriría “sobre su cadáver”. No pudo detener la burda maniobra, y Acción Democrática lo redujo a la condición figurada de cadáver político. Desapareció del mapa, pero los electores asistieron al teatro y se percataron de la tracalería, aumentando su propensión a votar por Chávez.
Por lo que respecta al oponente de éste en 1998, Henrique Salas Roemer, mantuvo una postura contraria a la realización de una constituyente, en momentos cuando la mayoría del electorado quería una. El candidato conservador declaró que la constituyente era «un engaño y una cobardía». Cerca de dos mil millones de bolívares de 1998—unos tres millones y medio de dólares—, según dato que me ofreciera la Dra. Colomina, fueron gastados (causados) por una tal asociación civil «La Gente es el Cambio», en profusas cuñas televisadas en blanco y negro que aseguraban que la constituyente era una horrible idea. Se trataba de la puesta en práctica de una prescripción adelantada, el 24 de junio de 1998, por un destacado empresario venezolano: «Lo que hay que hacer es una campaña inteligente, profunda y con mucho real para parar a Chávez». El mucho real lo hubo, pero la campaña misma fue un clásico tiro por la culata. En cuanto el habitante más lerdo de las barriadas escuchó la centésima séptima cuña, repetida en prime time por todos los canales de televisión, ha debido darse cuenta de que «La Gente es el Cambio» era la gente con mucho real, y rechazaría su propuesta aniconstituyente. Al año siguiente, una de las personas directivas de «La Gente es el Cambio» intentó postularse a la constituyente que había combatido con tanto denuedo. Proyecto Venezuela, liderado por Salas Roemer, apoyaría también candidatos a la constituyente que tuvo antes por «engaño y cobardía».
LEA
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Ejercicio de Elector
Hace unos días, tuve el privilegio de conversar con la doctora Marta Colomina en el programa que tiene por las mañanas en 1.090 KHz. Una o un oyente tuvo la amabilidad de interesarse en saber con cuál de los candidatos presidenciales estaba yo. Contesté que estaba como el profesor Jesús Sanoja Hernández, quien hace poco escribió en la prensa que lo había sorprendido el mes de octubre sin candidato.
A partir de esa pregunta se me ocurrió hacer un ejercicio. Consistió en considerar una serie de polarizaciones imaginables, y preguntarme por cuál de los dos candidatos de cada polarización considerada votaría. Lo que sigue es el resultado de pensar en las parejas de candidatos que consideré. No pensé en todas, por supuesto. Habría tenido que considerar más de un centenar de combinaciones. Cada pareja considerada tiene sus nombres ordenados alfabéticamente.
1. Chávez Frías – Salas Römer:
Votaría a regañadientes por Salas Römer. Mi principal problema con este último candidato es que no conozco, para empezar, su programa. Salas ha dicho que presentará su programa en noviembre—a última hora—porque considera “una irresponsabilidad” explicarlo en este momento. El otro día asistí a la segunda mitad de una conferencia en la que el expositor argumentaba que Salas sí tenía programa, pero que si lo presentaba perdía las elecciones, porque no sería tan reivindicativo como el de Chávez. El hecho es que no lo ha presentado y en este sentido repite lo que hasta ahora ha sido la regla de la política venezolana más reciente: que la legitimidad se establece sin que los Electores sepamos con alguna claridad qué harían los candidatos desde la Presidencia de la República.
Hasta ahora sabemos que buscará «la descentralización, la despartidización y la desmarginalización», y que ha declarado no estar muy seguro de cuál es el nuevo modelo político del que Venezuela, a su juicio, estaría muy necesitada. (3 de diciembre de 1997). Sabemos también que monta un caballo llamado Frijolito y que no promete freír adecos y copeyanos pero está orgulloso de haber “acabado con los partidos” en Carabobo.
Pero votaría por él sin dudarlo mucho si sólo quedaran Chávez y él. En estas páginas he expuesto con claridad suficiente por qué creo que Chávez sería nefasto para Venezuela. Muchos otros venezolanos han advertido también acerca de las desastrosas consecuencias de un triunfo de Chávez. Hoy quiero comentar tan sólo que Chávez es sin duda alguna un hombre muy hábil, pero es, en el fondo, una cabeza simple, simplista, sin profundidad. Quiere impresionar con citas memorizadas como si hubiera leído mucho. La verdad es que cita muy selectivamente, como a Bolívar, del que se siente mejor intérprete que la Sociedad Bolivariana o Pedro Grases. Es más, se cree la encarnación de Bolívar. Pero la verdad es que la pretendida erudición es, por una parte, en su pretencioso y pedante despliegue, en gran medida anacrónica, y por la otra, muchas veces sin real pertinencia a lo que se le pregunta o dice.
2. Alfaro Ucero – Chávez Frías:
Mil veces votaría por Alfaro antes que por Chávez. El carácter aluvional, chiriposo, oportunista y militarizado del apoyo a Chávez es mucho menos preferible que la organizada Acción Democrática, por más que ésta sea todavía una organización montada sobre viejos paradigmas políticos. En todo caso, los “paradigmas” de Chávez son aún más ancianos. El chavismo es tal cual como el paludismo, que habíamos dejado atrás como un mal pasado y ahora resurge con el deterioro acumulado. No quiero a Venezuela enferma de paluguismo.
No hay comparación posible entre la ligera y abusiva irresponsabilidad de Chávez y la seria responsabilidad de Alfaro, que dio apoyo a la transición y la seriedad de Caldera. Claro que una cierta cercanía ideológica se lo facilitaba: posiciones parecidas ante inventos tales como la venta de PDVSA y la caja de conversión, posiciones parecidas ante un dogmatismo neoliberal que ahora comienza a ser criticado universalmente. Hasta la revista Newsweek, pues, en su edición del Día de la Raza.
3. Chávez Frías – Sáez Conde:
Bueno. Votaría de nuevo contra Chávez por Sáez Conde. Gracias a Dios que muy probablemente no tendré que hacerlo. Pero hasta por Sáez votaría si la única otra posibilidad fuese Chávez. Probablemente lo haría con la tarjeta de Urbaneja, para no hacerlo por el nepótico “movimiento” IRENE o la verde tarjeta que ahora quiere desconocer Enrique Mendoza. (A mi casa llegaron cartas de este candidato a Gobernador del Estado Miranda en la que no había ni una sola mención de COPEI—ni siquiera cuando solicita en la comunicación el voto de apoyo para la Asamblea Legislativa—y un ribete azul más pálido que el de los impresos de Sáez, no el verde copeyano, bordea y enmarca la carta semipersonalizada). Prefiero la insulsez cariñosa de Sáez a la pendenciera superficialidad de Chávez.
4. Fermín – Chávez Frías:
Acá juro que no sabría. Creo que este caso sería el único en el que votaría nulo. Está claro que Fermín puede exhibir una mejor preparación de estadista que la que ni a duras penas podría pretender Chávez. No sé, sin embargo. Hay algo muy postizo en Fermín, hay nexos próximos muy indeseables, hay, con mayor urbanidad, naturalmente, la misma echonería de Chávez.
5. Chávez Frías – Rodríguez:
De nuevo, contra Chávez por Rodríguez. Ya no quiero decir nada malo adicional sobre Chávez, de modo que sobre Rodríguez diré esto: a pesar de que continúo convencido de que es lo mejor que Pérez desaparezca de una vez por todas de la escena política nacional, creo en la sinceridad de aquél cuando se distingue ideológica y programáticamente de Pérez. Creo en la honestidad intelectual de Rodríguez. Además ha presentado un programa bastante bueno, con el que yo pudiera llegar a estar, tal vez, de acuerdo.
6. Chávez Frías – Muñoz León:
Bueno, fíjense. Aquí sí he llegado a una pareja absurda, y como es absurda votaría absurdamente ¡por Chávez! Entre un golpismo subdesarrollado como el de Chávez, y un golpismo gorilista de Muñoz, el que según un ex Presidente de la República no llegó a expresarse en la práctica no porque no quiso sino porque no pudo, me quedo con el primero. Por lo menos tendríamos un populista folklórico y no un señor que dijo que él quería mandar porque había estudiado “para poner orden”. Digo no al pinochetismo, así pudiera ser menos terrible porque sea de tercera categoría.
7. Chávez Frías – Quintana:
Este otro caso—y tal vez también el de la imposible pareja de Chávez Frías y Peña Esclusa—sería otro espantoso escenario en el que votaría por Chávez. Prefiero el patriotismo pueril y trasnochado de Chávez a la servil adulación proyanqui de Quintana. Éste se complació en hacernos saber, en inexplicada reseña y foto en colores de algún periódico nacional, que él había saludado a William Clinton como el “representante de la república imperial”. (Seguramente lo pensó en mayúsculas). Perdone, Mr. Maisto, pero no cambiaría mis siete menesterosas estrellas por la tentadora estrella cincuenta y uno de la bandera que Ud. tan dignamente sirve.
8. Alfaro Ucero – Salas Römer:
Me sorprendí a mi mismo sintiendo serenamente que votaría por Alfaro y no por Salas. Votaría por éste, creo yo, en cualquiera otra polarización. Es decir, prefiero a Salas antes que a Rodríguez, a Sáez, a Fermín, a Chávez como ya dije. Pero si tengo que escoger entre un proyecto con claros visos nepóticos, convergentoide, como el de Salas, y la posibilidad de un gobierno adeco, escojo esto último. No veo un claro dibujo de organización política en Salas. Veo a Frijolito, veo a su hijo, veo el mismo encierro en el que se convirtió Convergencia, pero no veo claro ese futuro organizativo. En cambio creo que, a pesar de todas las cosas, la historia de Acción Democrática sigue siendo significativa y en balance positiva, como lo es la de COPEI, sólo que AD tiene más probabilidades de someterse a vientos de cambio y modernización, en un ambiente bastante más democrático que el que impera en el Proyecto Venezuela como extensión del Proyecto Carabobo. Prefiero el modo adeco al de römerolandia.
Esto fue lo mejor que pude hacer con el ejercicio. Para ser totalmente honesto, debo añadir que preferiría que fuese presidente un señor equis que ni siquiera es candidato, porque creo que puede haber un mejor presidente que Alfaro Ucero. Para justificar esto tendría que exponer un programa que conviniese más a la Nación en este crucial momento de su historia, y eso llevaría, por lo menos, un artículo más.
No sé si alguna encuestadora propone un ejercicio similar a los Electores que consulta. Pero tal vez este periódico en el que amablemente reciben mis artículos, desee promover una correspondencia que solicite a los Electores su opinión acerca de las polarizaciones mencionadas y también otras que son posibles.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Nov 5, 2009 | LEA, Política |

Quince días de intensa actividad, a partir del próximo 7 de diciembre, aguardan a la comunidad internacional, que se reunirá en Copenhague para decidir un instrumento de compromiso planetario que suceda al Protocolo de Kyoto, cuya vigencia expira en 2012. Se trata del COP 15, la décimo quinta Conferencia de las Partes (Conference Of the Parties) bajo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Esta asamblea es la mayor autoridad creada por esa convención (Kyoto), y consiste en los ministros del ambiente de los países signatarios, que deben reunirse anualmente para el seguimiento y desarrollo del acuerdo.
A ella se llega con aprensión y un buen grado de escepticismo. Estas actitudes acaban de hacer erupción en Barcelona, España, después que 55 países africanos exigieran la suspensión de ulteriores negociaciones bajo el Protocolo de Kyoto hasta que los países ricos evidencien progreso sustancial en la reducción de sus emisiones de gases de invernadero. Todos los demás bloques de países en desarrollo ofrecieron su apoyo a África. Bruno Sekoli, quien preside el grupo LDC (Least Developed Countries), declaró: “En estos instantes, África y los africanos mueren mientras aquellos que son históricamente responsables no actúan”. Los países africanos manifestaron estar preparados para provocar una crisis de gran magnitud en las Naciones Unidas, si los Estados Unidos y otros países ricos no se comprometen a reducciones mayores y urgentes de sus emisiones.
Los Estados Unidos, desplazados al segundo lugar de culpabilidad actual por el nuevo líder contaminante, China, han expresado, por boca de su Presidente y su Secretaria de Estado, que hablan en serio cuando dicen que moderarán significativamente sus emisiones. Habrá que ver hasta donde hay seriedad en el asunto cuando se sienten en la mesa de Copenhague.
El tercer país contaminante del mundo, Rusia, no se ha mostrado, en cambio, muy convencido de la relación entre emisiones y calentamiento global. En junio de este año, Dmitri Medvedev anunció las metas de la emisión rusa a unos niveles que representarían un incremento de 30% sobre los niveles actuales para 2020. En las rondas preliminares de la reunión en Dinamarca, el jefe de la delegación rusa, Mikhail Zelikhanov, dijo muy campante que “círculos científicos en Rusia y otras partes no tienen una opinión unificada acerca de las causas del calentamiento global”. Sergei Mironov, Presidente de la Cámara Baja del Parlamento de Rusia, sostuvo en 2007, en una conferencia en San Petersburgo sobre cambio climático, que más bien había ¡un enfriamiento global! La evidencia que aportó: las pinturas de los maestros holandeses del siglo XVI, que muestran paisajes de colores cálidos, lo que sugiere que las temperaturas eran entonces mayores.
Hace tiempo que Rusia, luego del deceso de la era soviética, no se interesa mucho en el destino de los países africanos o, en general, de los países menos desarrollados. Pero en momentos cuando los Estados Unidos, China, India y Brasil parecen alinearse con una acción más afirmativa en este asunto, Rusia pudiera quedar aislada como el malo de la película. Tendría a todo un continente en contra.
Una llamada de Hugo a su compinche Vladimir pudiera ayudar bastante.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 5, 2009 | Cartas, Política |

Era el año de 1964. Como todos los años, como en todas las universidades, la comunidad estudiantil de la Universidad Católica Andrés Bello se aprestaba para elegir las directivas de sus centros de estudiantes y de su federación de centros. Por aquella época, quien escribe era independiente, aunque de tendencia socialcristiana. Algún trabajo hecho por el suscrito en el seno del Movimiento Universitario Católico de las universidades de Mérida y Central de Venezuela, llevó a Eduardo Fernández, entonces Secretario General de la Juventud Revolucionaria Copeyana, a pedirme que coordinara un comité de cinco personas que manejaría la campaña de los candidatos copeyanos en esas elecciones de la UCAB de hace cuarenta y cinco años.
En aquel tiempo, el grado de participación de la “base” en las decisiones de COPEI era bastante menor que la que sería posible después, por lo que la determinación de quién sería el candidato del partido a la Presidencia de la Federación de Centros de Estudiantes estaba prácticamente en manos del Secretario General de la JRC. Cuando faltaban cuarenta y ocho horas para el cierre de la inscripción de planchas, COPEI todavía no había determinado la persona que sería presentada como candidato a esa posición de dirigencia estudiantil y tampoco existía ni una sola línea escrita o pensada respecto del programa que ese candidato inexistente presentaría al electorado como su oferta de trabajo.
Ante esta situación reuní en mi casa paterna, en Las Delicias de Sabana Grande (relativamente vecina a Punto Fijo, la casa de la familia Caldera) a dos de los miembros del comité copeyano de coordinación electoral de la UCAB, los hoy economistas Alejandro Suels y Rafael Peña. (Los restantes dos jamás trabajaron en nada). Allí les planteé que a mi juicio constituía una irresponsabilidad del partido presentar un candidato a última hora e improvisar a toda prisa, en la última madrugada del plazo, un programa de actividades. Eso era, dije, muy poco serio y por tanto contrario a toda ética política o, por lo menos, a la ética política que COPEI, en tanto partido demócrata cristiano, decía sustentar. Mi argumentación resultó persuasiva, por lo que Alejandro y Rafael estuvieron de acuerdo con mi siguiente proposición: que COPEI se abstuviera de presentar candidato a la Presidencia de la Federación de Centros, restringiéndose a presentar candidaturas a los centros de estudiantes de cada facultad, donde sí podía hablarse de un trabajo meritorio y una preocupación real por los problemas estudiantiles.
Al conocerse esta decisión en la jefatura de la JRC, naturalmente, estalló una reacción inusitada. Comenzó a verse por los pasillos de la UCAB la figura de dirigentes copeyanos que no la visitaban desde hacía más de un año: Luis Herrera Campíns (a la sazón coordinador de las fracciones universitarias de COPEI), Edecio La Riva Araujo, y varios otros. Eduardo Fernández ordenó la celebración de una asamblea de militantes copeyanos de la universidad, que presidió Adel Muhammad, como medio de buscar una salida a la crisis planteada.
Muhammad, quien fungiera más tarde como Secretario de la Cámara de Diputados y antes como Presidente de CORPORIENTE durante el gobierno de Herrera Campíns, identificó el origen del problema en que Alex Suels y el suscrito tendríamos una “concepción beatífica de la política”. Pedí la palabra, mientras blandía en una mano el libro de Enrique Pérez Olivares, Principios de la Democracia Cristiana. Expliqué que COPEI me había pedido que yo impartiese cursos sobre este tema principista a nuevos militantes del partido, y que en tales cursos el libro de Pérez Olivares era el libro de texto. Busqué en el capítulo de “principios para la acción” y leí lo correspondiente a “moral política”, moral sin la cual una organización demócrata cristiana no lo sería. Recuerdo también haber preguntado en esa reunión de hace cuarenta y cinco años, retóricamente: “Si no se hace caso a este principio de moral política, ¿qué diferencia entonces a COPEI de Acción Democrática?”
Sorprendentemente, un joven copeyano, que décadas más tarde ocuparía un puesto de Director en el Ministerio de Transporte y Comunicaciones del gobierno, otra vez, de Luis Herrera Campíns, (no lo identificaré en vista de la enormidad de lo que sigue), se levantó para proponer una solución práctica al problema. Su proposición consistía en redactar, reproducir y distribuir al estudiantado ucabista un comunicado en el que debía decirse que el retraso en la presentación de la candidatura copeyana se debía a maniobras obstruccionistas en el seno de la Comisión Electoral de la UCAB (su Consejo Supremo Electoral), la que estaría controlada por los oponentes. (Por aquellos años sólo había en la UCAB dos movimientos de cierta importancia: COPEI o Plancha 4, y la Plancha 2, de tendencia neoliberal y propiciada por Pedro Tinoco y la Electricidad de Caracas de la época, entre cuyos más notables miembros se encontraban los hoy doctores José Antonio Abreu y Marcel Granier. El candidato de la Plancha 2 a la Presidencia de la Federación de Centros era el bachiller Roberto Wallis Olavarría).
Obviamente, lo propuesto por el astuto protofuncionario de Herrera Campíns era una patraña, una vulgar calumnia, pues no otra cosa que la desidia copeyana era la razón del retraso en la postulación. En vista de la proposición pedí de nuevo la palabra para decir que si tal comunicado se redactaba y repartía yo mismo tomaría un megáfono para vocear por toda la universidad la falsedad del documento. Acto seguido, me retiré de la asamblea y pocos días después hice saber de mi apoyo a la candidatura de Roberto Wallis.
Este comunicado, por supuesto, nunca llegó a redactarse. COPEI presentó a su candidato a última hora, quien, como era de esperarse, resultó a la postre derrotado. Lo sintomático, sin embargo, era que un militante de COPEI pudiera con total libertad hablar en una asamblea del partido y proponer una cosa tan contraria a los principios de su doctrina sin que a nadie se le ocurriera pedir su pase inmediato al Tribunal Disciplinario.
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Si el estilo inconfundible de la Realpolitik, de la política del poder por el poder, pudo entronizarse en tal grado en la práctica de la dirigencia copeyana, eso fue posible gracias al anquilosamiento de la función ideológica socialcristiana. En términos sobresimplificados, el esquema de actuación del político copeyano, en especial de su dirigencia, consistía en conocer los principios de la democracia cristiana—contenidos, como está dicho, en el libro de Pérez Olivares y en la obra posterior de Rafael Caldera: Especificidad de la Democracia Cristiana—procurarse un adiestramiento retórico y de oratoria y manejarse dentro de los estatutos y reglamentos del partido, anotándose en alguno de los “ismos” determinados por el liderazgo de alguna figura en particular: calderismo, herrerismo, eduardismo, oswaldismo. El supuesto simplista de este esquema residía en la idea de que los principios funcionarían como axiomas geométricos, a partir de los cuales sería posible deducir la política concreta.
Es así como, tan tarde como en 1985, Eduardo Fernández y Gustavo Tarre Briceño entendían las labores del Congreso Ideológico Nacional de COPEI como partiendo de un “nivel filosófico-principista” e incluyendo un “nivel de la política concreta”. Ambos niveles, pensaban, requerían un “puente sociológico” que les comunicase, lo que revelaba la dificultad con la que se habían topado: la incomunicabilidad entre principios y práctica política.
El problema era éste: no bastaba reflexionar intensamente sobre, digamos, el principio de la dignidad de la persona humana para extraer deductivamente una solución al problema de la deuda externa que fuese una solución demócrata cristiana.
Esa creencia en una relación deductiva entre principios y política es un rasgo bastante común del paradigma político clásico, y se manifestaba con particular intensidad en el pensamiento de los líderes de la democracia cristiana venezolana. Un destacado ejemplo lo constituyó el debate sobre el “agotamiento del modelo de desarrollo venezolano”, tema de moda por los comienzos de la década de los ochenta y en el que terció el Dr. Rafael Caldera con una tesis bastante típica de las formulaciones clásicas. Caldera argumentó, desde un discurso pronunciado en tierras mexicanas, que no era cierto que el modelo de desarrollo venezolano hubiese caducado; más bien, por lo contrario, el asunto era que no había sido llevado a la práctica, y que debía buscarse la descripción del susodicho modelo en el Preámbulo de la Constitución Nacional de 1961.
Una postura idéntica podía encontrarse en muchos otros discursos como, por ejemplo, en la estereotipada conferencia sobre “objetivos nacionales” del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional: “Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están enumerados en el Preámbulo de la Constitución Nacional”.
Vale la pena transcribir acá el texto pertinente del Preámbulo de aquella constitución:
…con el propósito de mantener la independencia y la integridad territorial de la Nación, fortalecer su unidad, asegurar la libertad, la paz y la estabilidad de las instituciones; proteger y enaltecer el trabajo, amparar la dignidad humana, promover el bienestar general y la seguridad social; lograr la participación equitativa de todos en el disfrute de la riqueza, según los principios de la justicia social, y fomentar el desarrollo de la economía al servicio del hombre; mantener la igualdad social y jurídica, sin discriminaciones derivadas de raza, sexo, credo o condición social; cooperar con las demás naciones y, de modo especial, con las repúblicas hermanas del continente, en los fines de la comunidad internacional, sobre la base del recíproco respeto de las soberanías, la autodeterminación de los pueblos, la garantía universal de los derechos individuales y sociales de la persona humana, y el repudio de la guerra, de la conquista y del predominio económico como instrumentos de política internacional; sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la Tierra; y conservar y acrecer el patrimonio moral e histórico de la Nación…
Obviamente, el texto que antecede es un recuento de valores y criterios más que de objetivos, por lo que difícilmente puede llamarse al Preámbulo de la Constitución de 1961 un “modelo de desarrollo”.
Ante tales dificultades, llegó a hacerse doctrina del Instituto de Formación Demócrata Cristiana, IFEDEC, fundado por Arístides Calvani, la existencia de unos “planos de mediación”: pisos sucesivos de concreción mediante los cuales sería posible “descender” del techo de los principios hasta la planta baja de las políticas específicas. El invento era una elaboración de tesis formuladas en Chile, hacia la época de los años sesenta, por el padre jesuita Roger Vekemans, de gran influencia ideológica en la democracia cristiana continental.
Tales elaboraciones no hacían otra cosa, por supuesto, que complicar el problema, introduciendo una serie de pasos conceptuales que equivalía a correr la arruga una y otra vez. Una formulación alternativa, que les fue ofrecida, no contó con mucha acogida. (En 1985 ya les había sugerido que los valores no debían ser vistos como “objetivos”, sino como criterios de selección de tratamientos políticos. La idea subyacente, en este caso, es que la política no se deduce sino que se inventa. Frente a un determinado problema surge—dependiendo del “estado del arte” de las disciplinas analíticas—un grupo de soluciones diferentes, ante las que los valores son útiles para escoger aquella solución “más democrática” o “más justa” o que mejor parada deje a la “dignidad de la persona humana”).
Pero esta bizantina salida de postular la existencia—inobservable—de unos supuestos “planos de mediación” no obstaba para que en IFEDEC se admitiera que en política era inevitable “derramar sangre”, por lo que además del discurso principista y ético se manejaba una soterrada autorización a la práctica de la Realpolitik.
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Hoy COPEI no pasa de ser un fantasma del otrora poderoso partido; encuestas como la más reciente Ómnibus de Datanálisis (octubre de 2009) lo agrupan en la categoría “otros” para la pregunta “¿de qué movimiento o partido se considera?”, pues no alcanza la simpatía de siquiera 1% de los entrevistados.
¿Debe entonces emitirse la partida de defunción de COPEI?
A mediados de la década de los ochenta varias voces copeyanas expresaron la idea de que COPEI debía “volver a sus orígenes”. Oswaldo Álvarez Paz fue posiblemente el más elocuente expositor de esa noción. Vista en términos generales, se trata de una posición conservadora y tradicional. Las organizaciones humanas, en especial las políticas, deben mirar más al futuro que hacia el pasado. Los líderes que pedían un regreso a la “época dorada” de los comienzos se mostraban, en consecuencia, incapaces de formular una metamorfosis futurista del partido COPEI.
Pero hay un sentido en el que pudiera darse la razón a la proposición de Álvarez Paz, hay un sentido en el que lo indicado pudiera ser una vuelta al comienzo. A la fundación de COPEI, estas siglas designaban a un “Comité de Organización Política Electoral Independiente”. La designación de partido “socialcristiano” o “demócrata cristiano” fue una consideración posterior aunque, naturalmente, respondió a la ideología predominante entre los miembros fundadores, provenientes de institutos de educación católica. COPEI podría volver a pensarse a sí mismo como un comité de operaciones políticas y electorales, dejando a la dimensión personal de sus militantes el problema ideológico y ético de guiarse en la acción política por un código de criterios de inspiración cristiana o, más concretamente, de inspiración en la doctrina social de la Iglesia Católica.
Así, la dimensión ideológica, el compromiso con un código de valores, quedan en la esfera de la persona individual. Rafael Caldera o Eduardo Fernández no podían, como no podrían Luigi Sturzo o Konrad Adenauer redivivos, garantizar que un contingente humano heterogéneo, como era la militancia copeyana, fuera a comportarse “socialcristianamente”. Ellos podían garantizar esa conducta únicamente de sí mismos.
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La raíz primigenia de COPEI es conservadora, y por eso no le ha costado demasiado resbalarse del centro-izquierda (definición de Caldera, diciembre de 1963) hasta el centro-derecha de un “Partido Popular” en imitación y cortejo del partido de José María Aznar. Cuando surgía, en enero de 1946, hacía menos de un año que la revolución del 18 de octubre hubiera desplazado del poder a las generaciones andinas—Castro, Gómez, López Contreras, Medina—que habían gobernado a Venezuela en la primera mitad del siglo. Al emerger COPEI como oposición a Acción Democrática, muchos de los desplazados pusieron la mirada en las banderas verdes. Esto explica por qué los primeros bastiones electorales de COPEI se asentaron, nítidamente, en los estados andinos. Todavía en 1958, COPEI no había logrado prevalecer en algún otro estado fuera de Táchira, Mérida y Trujillo. Algo del gomecismo, pues, penetró en COPEI.
La historia nos muestra, con implacable reiteración, la verdad de la falibilidad humana. No existe en el mundo en ninguna de sus épocas un movimiento político, un régimen o concepto gubernamental exitoso que no fuese luego presa de la entropía, de la tendencia al envejecimiento y el deterioro. No hace mucho, por ejemplo, Acción Democrática exhibía un discurso muy similar al de la Causa R y era vista como un partido revolucionario, pues sus raíces fueron, como se reconocía aún en documentos oficiales de 1958, de cepa marxista. Ahora se le percibe como el partido de la restauración borbónica por antonomasia. “La herejía de hoy es la ortodoxia del mañana”.
Pero también es posible al quehacer humano la metamorfosis de sus organizaciones. Para que esto sea posible en COPEI es necesario hacer algo más de lo que traslucen las intenciones y discursos manifiestos de sus actuales autoridades. Se necesita algo más que apósitos puntuales a unos estatutos superados. Sería preciso efectuar todo un proceso de rediseño, de reingeniería. Los tiempos del futuro próximo determinarán si COPEI es capaz de aprovechar una última oportunidad de transformación, o si desaparecerá definitivamente como factor de alguna significación en la actividad política en Venezuela.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Nov 3, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En una de las primeras salidas al cine del suscrito con quien hoy es su esposa, en la noche del 19 de julio de 1976 y época de incipiente cortejo, el pretendiente propuso tomar un café en Sabana Grande con el avieso fin de estirar la compañía de quien lo ha tenido, desde entonces, integralmente enamorado.
Sentados en una de las mesas del Gran Café, fuimos al poco rato requeridos por un hombre de vestimentas claras y viejas, que ofrecía vendernos un libro que su mano derecha puso ante nuestros ojos. El libro, posiblemente de unas doscientas páginas, llevaba por título La ciencia en la Unión Soviética, lo que no era, hay que decir, un incentivo para adquirirlo.
El encuentro con el vendedor ambulante ha debido durar no más de veinte segundos y, previsiblemente, concluyó con nuestra negativa a comprar lo ofrecido. Sin embargo, el porte serísimo y no poco altivo del oferente, y su obvio estado de necesidad taladraron mi ánimo al punto de que, luego de dejar a la dama en su casa, su gratísimo recuerdo y su perfume residual en mi automóvil entraron en competencia con la insistente imagen, silenciosa y triste, del vendedor.
Necesité de una verdadera catarsis para dejar de pensar en él. A pesar de que una novia previa, ducha en cosas de la literatura, me había asegurado años antes que yo no servía para escribir cuentos, no me fui a dormir hasta que hubiera concluido un relato que hallara razones para la particular conducta de tan severo promotor del comunismo científico. Una vaga culpabilidad por no haberle comprado el libro me asediaba, así como una incierta admiración por lo que supuse eran su dedicación y su compromiso con la causa revolucionaria a la que presuntamente adhería.
Creo haber construido una motivación plausible, si no literariamente meritoria. He conocido fanáticos con la misma mirada alucinada, a la vez peligrosos y conmovedores militantes, imbuidos de imperativo moral, serios y dedicados a su fe. Quise creer que no se trataba de un vendedor casual o descuidado, que hubiera conseguido por azar el libro que vendía—no cargaba sino ése—, desentendido de su servicio, sino de alguien que estaba persuadido, como evangélico mercader de biblias, de la trascendencia de su misión, sostenida su existencia en ese significado. Quise rendir culposo homenaje a su extraña pero bella forma de humanidad.
Quise también, por supuesto, impresionar a la hermosa joven a la que pretendía, al dedicarle la narración. Pero si algún efecto le causó fue para corroborar una conjetura que ya por ese tiempo había formulado: que el autor estaba algo tocado de la cabeza. El cuento ha debido hacer lo suyo para posponer nuestro matrimonio, que tardó casi tres años más en celebrarse.
La Ficha Semanal #266 de doctorpolítico reproduce el cuento de esa noche, para el que había elegido el título de Camarada Carmona. No podía saber que ese apellido llegaría a tener alguna significación política en Venezuela veintiséis años después. Eso es, por tanto, pura coincidencia.
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…
Camarada Carmona
Ya la lluvia se había hecho enumerable. Pronto vendría el chaparrón de gente a distribuirse aleatoria entre las sillas.
Casi todos pedirían café, casi todos necesitándolo para prolongar una compañía que se deshace cuando ya no se puede encontrar en la ciudad un pretexto digestivo.
La lluvia, casi siempre, respetaba los horarios de los cafés de las aceras, limitando su discurso a la duración de los cines con un control aprendido en su larga práctica de orador urbano. Hoy se había excedido.
Pronto llegarían los clientes de Carmona. Sus clientes naturales, sabedores de su papel, conocedores de su total dedicación a la causa.
Carmona jamás les había dirigido la palabra. Sólo un mesonero o dos conocían su nombre. Pero a pesar de eso él sabía que podía contar con sus clientes. (Más que clientes, sus camaradas). Los que algún día tomarían el poder y habían comenzado por tomar los cafés de su avenida.
Todos los elegidos, seguramente, visitaban esos toldos para plantear los justos combates del día siguiente, o para descansar de las duras escaramuzas de las que regresaban victoriosos. Esos bebedores de café eran el ejército del pueblo, el ejército de Carmona.
Ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo, porque así debe ser antes de la terminación de la guerra, porque el luchador socialista debe ser serio y guardarse de caer en fáciles manifestaciones sentimentales. Así eran sus clientes y camaradas.
Carmona llevaba en la mano lo que había venido a vender. Su ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética, con carátula inesperadamente limpia después de tantos meses de posesión y de oferta. La reverencia del revolucionario preserva sus símbolos sin mancha.
Carmona había sido uno de los quinientos afortunados a quienes se les había regalado el libro en la Exposición Industrial Socialista de octubre del año pasado. Uno de los quinientos que llegaron primero, de los que escucharon el discurso del embajador ruso y se distrajeron adrede cuando sonaba el del vicecanciller venezolano. De esos quinientos solamente él había entendido. Su misión sería vital aun dentro de tantas tareas importantes, porque la suya construía mientras los zapadores del viejo orden demolían.
En ningún momento había abierto el libro. Le bastaba su título para comprender todo. Como comprendía el trabajo de esos que ya comenzaban a sentarse y a mostrar las suelas oscurecidas por el agua.
Durante las primeras semanas había aprendido mucho. Naturalmente, nunca preguntó. Lentamente, fue acumulando pequeñas evidencias. Posturas, gestos, tonos de voz, miradas, ademanes. No terminó el dibujo de la estructura de autoridad del ejército del pueblo, al percatarse de que uno más que penetrase en el secreto era un riesgo más para la causa. Era suficiente con distinguir los que eran de los que no eran.
No siempre había sido capaz de discriminar. Una noche ya lejana se había equivocado cuando le ofreció La ciencia en la Unión Soviética a uno, el único, que había estado dispuesto a comprar. Y él había estado a punto de vender, pues llegó a pronunciar el precio, el que sólo por coincidencia igualaba el precio de una semana en la pensión. Le detuvo la sonrisa del falso cliente cuando sacaba la billetera; sonrisa que hubiera podido ser de burla o de lástima. Así no sonríe un camarada a un camarada.
Tuvo entonces más cuidado. Los enemigos no debieran conocer cómo sería la nueva ciencia en el país socialista. Ese poder creador se reservaría a los auténticos de sonrisa justa.
Carmona vio que esta noche era especial. Hasta la lluvia ayudaría a que nada más vinieran los auténticos de sonrisa exacta, los que venían porque tenían que venir. Hoy vendería el libro.
Cada solitario, o cada pareja o cada grupo que llegaba ahora tenía una de las marcas propias del ejército: ninguno lo miraba. Era preciso disimular que lo conocían. Justamente una de las cosas que hacían los que no eran era mirarle. Pero esta noche nadie lo miraba. Buen síntoma.
Tendría que estar menos atento, porque hoy no vendrían los que hubieran querido comerciar La ciencia en la Unión Soviética para aprovecharse de sus tesoros al tiempo que la rebajaran a la calidad de mercancía. La oferta, la eventual compra hecha por un camarada no eran más que modos de camuflar la transferencia del mensaje que se le había confiado. ¿Cómo podía venderlo a alguien que de verdad pensara que compraba?
Ocho mesas ya estaban colmadas, la acera prometiendo otras tantas. Carmona se esforzaba por no delatar su satisfacción al reconocer, en la aparente casualidad de las ubicaciones, las horas de meticulosa preparación y, en el recuerdo de las últimas noches, los ensayos de la operación que hoy se montaría. Hoy vendería el libro.
Ahora se le aclaraba la renuencia de las largas noches precedentes. La venta tenía que efectuarse sin que los adversarios supieran. Por eso se había elegido una noche lluviosa. Había para él en esto una lección de paciencia revolucionaria.
Pero entonces no era cierto que tendría que estar menos atento. Al contrario, debiera asegurarse doblemente de que ningún infiltrado presenciara el trueque proyectado. Conoció el miedo de los comandos cuando aguzaba todas las habilidades aprendidas en el sabio adiestramiento al que el ejército del pueblo lo había sometido, desde aquella trascendental visita suya a la Exposición Industrial Socialista del año pasado.
Creyó haber hecho la verificación en un tiempo aceptable. Moros ausentes de la costa. Aquel grupo de europeos le era conocido. Los asesores, por supuesto. En la mesa de al lado la pareja de estudiantes, en la otra el diputado y su mujer, en la otra aquél en cuyos ojos hubo furia la noche cuando casi vendió el libro, en la de enfrente el obvio jefe de engañosa ropa cara y mujeres inteligentes.
Todo lo hizo con prudencia. Cierto es que los mesoneros no eran enemigos, más bien de aquellos que serían liberados, pero aun así no era cuestión de permitirles darse cuenta de algo que no entenderían del todo, tomando en cuenta lo que a él le había costado entender. Con la misma calma comenzó por fin a acercarse a las mesas. Para la primera esperó, con sabiduría de buen vendedor, que los ocupantes terminaran de hacer su pedido. Levantó la vista uno. Se tomó tiempo para leer el título que Carmona blandía elevado pero muy poco para decir no, gracias. Evidentemente, hablaba por todo el grupo y Carmona, inmutable, giró hacia los camaradas contiguos.
Segundos más largos o más numerosos. Parecía que este camarada estaba al borde del saludo y Carmona tuvo que amonestarlo con una fugaz mirada severa. No, gracias. No podía ser ese joven el comprador comisionado, si era tan inexperto como para lanzarle afecto imprudente. Casi decidió mencionar el incidente a quien le comprara el libro, recordando después sus propias inexactitudes en la época de recluta. Quizás no era lo indicado, pero volvió a mirar al principiante, y esta vez sus ojos querían infundirle ánimo y decirle con la mirada que él había pasado por lo mismo varias veces y que ahora era un veterano como algún día, joven, podrá usted serlo si tiene constancia y coraje. Le dije que no, gracias.
Ya había tardado demasiado en esa mesa, inmadura para recibir la ciencia. La ciencia en la Unión Soviética levantó nuevamente para la pareja del diputado y su mujer, aunque astutamente previó que éste tampoco sería el contacto. Demasiado conocido. No, gracias. ¡Qué amables suenan las gracias en labios de camaradas! Gracias, gracias, el ejército le da las gracias. Este otro, tal vez; no lo había visto antes. ¿No se acuerda que usted ya me lo ofreció la semana pasada? ¡Qué manera tan llena de tacto para decirme que está pendiente de mí! Aquí no son necesarias las gracias.
Como al lado fue innecesario el no y tan sólo le dijeron gracias.
En la siguiente había pasado antes el vendedor de perfumes y ya le habían comprado y él no se acercaría, porque los revolucionarios nunca tienen mucho dinero y si éste había comprado perfume era porque tampoco él era el señalado.
¿Creíste que sería tan rápido, Carmona? La ocasión era solemne. Los camaradas siempre son solemnes con la ciencia. Muy protocolares. Hay que recorrer todo el ritual, aunque los mesoneros, pobres inconscientes, ya comiencen a recoger las primeras mesas y las últimas propinas.
Erguido Carmona, bizarro Carmona, importante Carmona. En su honor desfilaron los camaradas cuando se iban.
Erguido, Carmona caminaba hacia la pensión donde debía el precio de La ciencia en la Unión Soviética, contento Carmona de no haber vendido porque entonces mañana por la noche no habría tenido misión para cumplir ni sueño prolongado.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 29, 2009 | LEA, Política |

Todos recordaremos que un retraso de FUNVISIS (de origen onírico), en reportar el acaecimiento de un sismo de cierta consideración, llevó a investigaciones y amenazas contra Globovisión porque este canal sí reportó el hecho. Y aunque no puede hablarse todavía de una crisis sismológica, sí puede decirse que el estado de la seguridad personal en Venezuela, el de su sistema de suministro eléctrico, el de su sistema de suministro de agua, y el del sistema de salud pública—por ahora—están todos en punto crítico. (De esto último se percató el Presidente de la República; por eso declaró en emergencia al sistema nacional de salud).
Al menos FUNVISIS continúa informando, pero el Ministerio del Poder Popular para la Salud no ha cogido todavía la seña presidencial. En esta época de fiebres porcinas y reapariciones de un paludismo antaño desterrado, el ministerio ordenó, desde julio de 2007, la suspensión del Boletín Epidemiológico Semanal que publicaba en su página web, según explicaciones de PROVEA, la organización que vela por el respeto a los derechos humanos. Dice PROVEA: “Desde entonces el país se encuentra en una situación de silencio epidemiológico”.
Es por esto que, aliada con Espacio Público, otra ONG del campo de derechos humanos, PROVEA introducirá hoy ante el Tribunal Supremo de Justicia un recurso de amparo constitucional, “contra la negativa del Ministerio del Poder Popular para la Salud de otorgar oportuna y adecuada respuesta a la solicitud realizada respecto a los boletines epidemiológicos correspondientes al año 2009”. A este fin, ambas organizaciones convocan a los medios de comunicación a la cobertura de ese acto, previsto para las 10:30 de la mañana.
Si lo acontecido con Globovisión en materia sísmica es un indicador, PROVEA y Espacio Público deben anticipar ataques oficialistas en razón de esa iniciativa. Al menos hay en www.aporrea.org un agresivo artículo de José Sant Roz contra la segunda de las ONG, a la que intenta descalificar diciendo que está financiada por el gobierno de los Estados Unidos. El artículo lleva fecha del 3 de mayo de 2007, y reaccionaba con virulencia porque a Espacio Público se le había ocurrido criticar la agresividad oficial contra periodistas y medios de comunicación, así como contabilizar sus incidentes.
No faltará, pues, algún articulista que sostenga que el ministerio que debiera ocuparse de la salud de los venezolanos ha decidido no informar, en materia de epidemiología, porque el gobierno presidido por Barack Obama reclama los datos, interviniendo la soberanía nacional, a través de los oficios de Espacio Público y PROVEA.
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