CS #355 – A los pupitres

Cartas

La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de Ciencias Políticas, la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas Ciencias Médicas, la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un “estado del arte” de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma “clínico” o “médico” de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos y su presión y exigencia sobre los actores políticos concretos. Es una apuesta ganada a largo plazo, pero podría adelantarse sus ganancias en situaciones críticas como la nuestra.

De todos modos, ya se ha anunciado el deceso de la Realpolitik con bastante antelación. El texto ya clásico de John A. Vásquez, The power of power politics (1983, con edición ampliada en 1998), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado.) Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

………

Ahora bien, siendo que la política es una profesión, y de las más complejas (Albert Einstein: “La política es más difícil que la física”), se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debiera ser impartida por una escuela universitaria de Política en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las escuelas de Ciencias Políticas. Los “politólogos” egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en policy analysis de la Corporación RAND—puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como tomadores de decisiones ellos mismos.

Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico o el militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral—hasta deformante—sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta, por supuesto, útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como “combatiente» o «luchador”, en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser lo único necesario a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

Lo anterior no equivale a sostener que el know how en técnicas como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. A favor de esto argumentaba la Carta Semanal #51 de doctorpolítico (28 de agosto de 2003)

No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Por otra parte, debe aceptarse que una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos que servían a Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa:

Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto. (…) Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar. (…) [E]s decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario. (El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en el #51 de la Carta Semanal de doctorpolítico).

A escalas tropicales vivimos en Venezuela un proceso análogo. El gabinete tecnocrático del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez no previó la reacción del “caracazo”. Un buen gerente no es lo mismo que un buen estadista.

………

Tal vez sea aún más fundamental aspecto de este tema la ignorancia o, más bien, la desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. (Aquí y en el mundo).

A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Michel Foucault propone la noción de episteme, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época. (…) Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como “historia natural”. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la “teoría de las riquezas”, y entre la lingüística y la “gramática” que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores. (De Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela, estudio del suscrito de diciembre de 1990).

Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la Física clásica, a estas alturas superadas por el más fructífero de los siglos en Física teórica. Así lo revelan expresiones tales como “fuerzas políticas”, “vectores políticos”, “espacios políticos”. (Por ejemplo, en la clásica pregunta: “¿Hay espacio para una nueva fuerza política?”)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, de la autorganización, etcétera. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y, por tanto, de prescribir tratamientos a sus problemas.

El pénsum, en consecuencia, de una Escuela de Política, deberá componerse de un conjunto de materias que correspondan a la complejidad del campo profesional de ese oficio y la responsabilidad implicada en ejercerlo, pues la dimensión ética—deontológica—de la profesión política es de grandísima importancia. Hacer política es nada menos que entrometerse con la historia.

Pero los elementos esenciales de una nueva concepción de la Política pueden ser empacados en forma más compacta y elemental. Cursos de la nueva Política, hasta cursillos, más breves y sinópticos, pueden hacer una enorme diferencia en la inyección de nuevos paradigmas en cabeza de quienes sientan el llamado de lo político. Es esto una de las claves para la superación de la actual coyuntura nacional.

luis enrique ALCALÁ

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FS #265 – La centro-democracia

Fichero

LEA, por favor

El diario El Nacional presentará mañana, con palabras de Miguel Henrique Otero y Luis Ugalde S. J., el primer volumen de una obra escrita por el sociólogo José Antonio Gil Yepes: La Centro Democracia.

El título mismo ya es un acierto de síntesis, pues prácticamente lo dice todo. Intuitivamente, quien escuche el término “centro-democracia” sabrá que alude a una ubicación política que sostiene la democracia y evita los extremos contrapuestos de un liberalismo y un socialismo entendidos como antagónicos.

A quien escribe le cupo en suerte escuchar ayer, de boca del propio Gil Yepes, una presentación esquemática de las tesis del libro, las que están soportadas por el prolongado estudio de la opinión venezolana que ha hecho Datanálisis, la prestigiosa encuestadora que él preside. La Ficha Semanal #265 de doctorpolítico recoge los comentarios que hizo el suscrito al término de la inteligente y provocadora disertación de Gil Yepes.

Anteayer, un artículo de Luis Vicente León en El Universal reproducía palabras de Gil Yepes, las que contienen datos esperanzadores:

La buena noticia es que la cultura política del venezolano no se presta para otra cosa que no incluya las libertades, el pluralismo y la tolerancia. Sobre esto último más bien se observa que la proporción de ciudadanos que proponen que debe privar la cooperación entre los sectores ha aumentado del 54 al 93% a partir de la radicalización del proceso llamado “profundización de la revolución”. Las mayorías, más bien, han rechazado la conflictividad y se manifiestan a favor de “sólo cooperación”. Dentro de esta misma vena, sigue incólume el apoyo a la propiedad privada, a la libertad de expresión, a la necesidad de los partidos políticos, entre otros rasgos de la cultura política heredada de regímenes anteriores. Más importante aún, es que siguen siendo mayoría los ni-ni, los no autodefinidos políticamente y lo que sí los define a ellos es el rechazo a la polarización. Ese 54% de ni-ni que existe hoy día es un excelente mercado potencial para promover democracia, tolerancia, pluralismo, concertación de acuerdos y, en suma, la Centro Democracia. De allí la necesidad de más y mejor democracia. Lo que hoy queremos bautizar como Centro Democracia.

“Más y mejor democracia” era, justamente, el título de un libro del antiguo Grupo Roraima, publicado en 1987 y alimentado principalmente por Gil Yepes y Marcel Granier.

Aquí cabe recordar las líneas finales de la Ficha Semanal #108 (29 de agosto de 2006): “…José Antonio Gil Yepes, egresado en 1967 de la Universidad Central de Venezuela y Ph. D. de Northwestern University en 1971. Esta escueta mención de algunos entre sus logros académicos es injusta presentación de su importancia como pensador del proceso político venezolano”.

LEA

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La centro-democracia

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

No voy a intentar el ejercicio de Balmes con La Centro Democracia, el nuevo libro de José Antonio Gil; principalmente porque no soy tan capaz como Balmes lo fuera, pero también porque mañana podré ponerme en un ejemplar, pues pretendo asistir a su presentación en El Nacional. No voy a pelar ese boche.

Pero si no hice el ejercicio de Balmes no pude menos que recordar cosas dichas por el propio José Antonio desde hace ya un buen rato. Por ejemplo, la Carta Semanal #55 de doctorpolítico, del 25 de septiembre de 2003, hace ya seis años, registraba lo siguiente:

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela. Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: “Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias”. Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: “A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder”. En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: “carecemos de un paradigma basado en el justo medio”.

O, también, en mi Carta Semanal #72, del 5 de febrero de 2004, ponía:

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.

Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una “democracia nueva”, o un “paquete alternativo” que se llamó “una economía con rostro humano”. Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.

Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.

O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.

………

Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.

José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?

Pero también hemos tenido la delación de Luis Vicente León en El Universal del domingo pasado, quien después de asentar que “Siguen siendo mayoría los ni-ni”, adelantó palabras del propio José Antonio para decir:

La Centro Democracia es un enfoque político que busca el equilibrio entre los principios de la derecha y la izquierda.

Contrariamente a las tradicionales descalificaciones entre ellas, la C. D. considera que ambas ideologías aportan principios que son valiosos y necesarios para el funcionamiento adecuado de la sociedad: la Centro Democracia no descalifica a nadie. Lo único que rechaza es no ser pluralista, no ser tolerante de las diferencias, no ser democrático. Rechaza el autoritarismo, el totalitarismo, el pluralismo a medias, y la pseudodemocracia que manipula las leyes en ventaja del poderoso, sea de izquierda, como ocurre en Venezuela, sea de derecha, como ocurrió en el Perú de Fujimori.

El aporte que hace la derecha se puede resumir en el énfasis que pone en la libertad.

El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad.

No es cierto que tales principios sean dilemáticos. Por el contrario, son una díada. Ambos principios son necesarios para lograr la justicia, la paz, el bien común, así como también la prosperidad y la seguridad individual.

Finalmente, el mero título del nuevo libro de José Antonio me hizo recordar un incidente de fines de octubre de 1963, cuando Raúl Leoni, Rafael Caldera y Arturo Úslar Pietri competían por la Presidencia de la República en campaña que culminaría en las elecciones del 1º de diciembre de ese año. En ese entonces, hace la friolera de cuarenta y seis años, José Antonio y yo compartíamos pupitres del primer año de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, y recibíamos clases de Filosofía Social que impartía José Rafael Revenga, aquí presente.

Bueno, nuestra querida compañera, Clementina Lepervanche, observaba a prudente distancia una conversación entre quien les habla y un simpatizante copeyano, a quien hice observaciones críticas de la campaña de Caldera. Clementina, que estaba con la campaña uslarista de la campana, razonó que el enemigo de su enemigo era su amigo, y que si yo criticaba a Caldera entonces era un mango bajito que ella recogería a favor de Úslar. Al concluir mi diálogo con el compañero copeyano, se me vino encima y me propuso que me sumara a la causa uslarista. Entonces hice también observaciones críticas a la campaña de la campana y Clementina quedó totalmente desconcertada, al no poder ubicarme en el universo. Sospechó que yo pudiera estar con Leoni o, peor aún, ser un comunista infiltrado en casa de jesuitas. Así que quiso preguntarme cuál era mi ubicación política. Alguna musa desocupada me inspiró a decir: “Clementina, lo que yo soy es un extremista del centro”. Es ésa la anécdota que predijo la simpatía que guardo hacia el libro de José Antonio antes de haberlo leído.

………

La tesis de José Antonio Gil tiene ilustres antecesores. Nadie menos que Octavio Paz dijo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.  (Citado por Enrique Krauze en El poder y el delirio).

Más recientemente, Bernard-Henri Lévy, el líder de la Nouvelle Philosophie de los años setenta, escribió Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism (2008), que es el discurso de un izquierdista contra distorsiones como las de Chávez, motivado por su renuencia a apoyar políticamente a su amigo, Nicolás Sarkozy. En una entrevista que le hizo La Nación de Argentina al salir su libro, Lévy diagnosticó: “La izquierda está enferma de derechismo”. En otra posterior al mismo periódico, y criticando el repudio automático del liberalismo por parte de ciertos izquierdistas, dijo: “El verdadero liberalismo nunca defendió la ley de la jungla o el mercado desregulado. Por el contrario, el liberalismo exige reglas, pactos, obligaciones que enmarcan la relación de las fuerzas económicas. El liberalismo no es el mercado, es el contrato”.

Todavía recibió una pregunta que nos atañe más de cerca: “¿Usted no cree que Chávez sea de izquierda?” Lévy contestó así: “Naturalmente que no. ¿Cómo puede ser de izquierda un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas? Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario”.

………

Para el problema escogido por José Antonio promuevo una cierta solución: no intentar la fusión de liberalismo y socialismo, sino dejar a ambos atrás, superándolos desde un plano de discurso político que prescinde de ideologías y resiste a ser entendido con ubicación precisa en el eje izquierda-derecha. Este eje es, junto con la noción de Realpolitik, la política de poder, componente fundamental del paradigma político que ha hecho crisis, la que explica la insuficiencia política notada en Venezuela desde mediados de la década de los ochenta.

La dirección descrita es lo verdaderamente moderno, al menos en comprensión de Tony Blair al describir, precisamente, la política de Nicolás Sarkozy: “[Sarkozy] se yergue en el moderno molde post-ideológico”. Recién electo, Barack Obama dijo que su gobierno no podía estar “impulsado ideológicamente”. Un intérprete de la elección que lo convirtió en Presidente de los Estados Unidos, Roger Simon, escribió el 5 de noviembre de 2008: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Así, pues, no creo que la tarea estipulada por Octavio Paz pueda ser acometida como síntesis ideológica que nos traiga una ideología nueva y promediada. Por ejemplo, regresemos a la siguiente caracterización de José Antonio, tal como es entendida por Luis Vicente León: “El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad”. Pues, por una parte, también el liberalismo procede de raíz igualitaria; si el socialismo marxista propugna la igualdad final de la sociedad sin clases, el liberalismo se conformó con la tesis de la igualdad originaria de los buenos hombres que luego fueron dañados por la vida en sociedad.

Pero, más importante aún, porque la igualdad de los hombres es una utopía. Nunca seremos iguales, y esto es un dato que se obtiene de una desapasionada observación científica (que es lo que debe presidir una política responsable), y no de los deseos ideológicos. A lo mejor que puede aspirarse en materia de distribución de renta, por caso, es a una normalización de ella: a una situación en la que haya, como en toda sociedad independientemente de su régimen político, muy pocos muy ricos, pero también muy pocos muy pobres (que serán inevitables), y en cambio haya una muy mayoritaria clase media, toda en un nivel adecuado y suficiente de renta.

La sustitución del paradigma político ideológico no puede ser una combinación sintética de ideologías. No es una nueva ideología lo que necesitamos, sino dejar atrás toda ideología.

luis enrique ALCALÁ

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Contribución a la Peña de Luis Ugueto Arismendi (5)

El peñero Ugueto

El peñero Ugueto

Dicen que Jaime Balmes era tan intelectualmente capaz, que cuando llegaba a sus manos un nuevo libro se sentaba a la mesa con él y miraba fijamente su portada. Luego, lo apartaba a un lado y cavilaba un rato sobre lo que pudiera decirse bajo el título de la obra. Sólo entonces abría el libro y comenzaba a leer. Si después de un tiempo más bien breve, el texto no transitaba por donde había pensado, entonces lo desechaba por entero.

No voy a intentar el ejercicio de Balmes con La Centro Democracia, el nuevo libro de José Antonio Gil; principalmente porque no soy tan capaz como Balmes lo fuera, pero también porque mañana podré ponerme en un ejemplar, pues pretendo asistir a su presentación en El Nacional. No voy a pelar ese boche.

Pero si no hice el ejercicio de Balmes no pude menos que recordar cosas dichas por el propio José Antonio desde hace ya un buen rato. Por ejemplo, la Carta Semanal #55 de doctorpolítico, del 25 de septiembre de 2003, hace ya seis años, registraba lo siguiente:

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela. Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: “Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias”. Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: “A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder”. En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: “carecemos de un paradigma basado en el justo medio”.

O, también, en mi Carta Semanal #72, del 5 de febrero de 2004, ponía:

Las últimas décadas del siglo XX, en gran medida por usanza norteamericana, dieron en llamarse post modernismo. No teniendo conciencia clara de lo que eran, tampoco encontraron un nombre propio, un sustantivo que les describiera con propiedad. Por esto lo adjetivo, por esto lo adverbial. Nosotros somos lo que viene después del modernismo, y no tenemos nombre todavía.

Así hubo en Venezuela un lema de campaña que proponía una “democracia nueva”, o un “paquete alternativo” que se llamó “una economía con rostro humano”. Pretendían llegar a la sustantividad con la adición de adjetivos. Casi pudieran haber dicho, en vez de una nueva democracia, una post democracia, para seguir la antedicha moda intelectual norteamericana.

Así hubo una estrategia de un partido en Venezuela expresada en estos términos: oposición al gobierno de Caldera, deslinde de Acción Democrática, continuar la exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otros partidos. Textual. No hay, en esta estrategia alienada, fuera de sí, una sola referencia a la esencia propia. Todo se entiende en oposiciones o alianzas respecto de terceros.

O no hay ya esencia, entonces, o se carece del modo de nombrarla. Tal vez esto sea síntoma de tiempos nuevos, de cosas demasiado incipientes, de cosas que comenzamos a hacer sin saber cómo se llaman. García Márquez habló de mundos que eran tan recientes que las cosas aún no tenían nombre, y para referirse a ellas había que señalarlas con el dedo.

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Laureano Márquez y Elías Santana, por nombrar sólo dos recientes casos, emiten vistosas pero superficiales y fáciles invectivas contra una buena cantidad de ciudadanos, a quienes una igualmente superficial nomenclatura intenta designar con el negativo apelativo de «ni-ni». Lo hacen, además, con autosuficiencia moral. Regañan.

José Antonio Gil, en cambio, anticipa o echa en falta un promedio entre extremos. William Ury viene a hablarnos de un «tercer lado». ¿De quién hablamos? ¿Es que no hay modo de hablar de esa gente de modo sustantivo?


Pero también hemos tenido la delación de Luis Vicente León en El Universal del domingo pasado, quien después de asentar que “Siguen siendo mayoría los ni-ni”, adelantó palabras del propio José Antonio para decir:

La Centro Democracia es un enfoque político que busca el equilibrio entre los principios de la derecha y la izquierda.

Contrariamente a las tradicionales descalificaciones entre ellas, la C. D. considera que ambas ideologías aportan principios que son valiosos y necesarios para el funcionamiento adecuado de la sociedad: la Centro Democracia no descalifica a nadie. Lo único que rechaza es no ser pluralista, no ser tolerante de las diferencias, no ser democrático. Rechaza el autoritarismo, el totalitarismo, el pluralismo a medias, y la pseudodemocracia que manipula las leyes en ventaja del poderoso, sea de izquierda, como ocurre en Venezuela, sea de derecha, como ocurrió en el Perú de Fujimori.

El aporte que hace la derecha se puede resumir en el énfasis que pone en la libertad.

El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad.

No es cierto que tales principios sean dilemáticos. Por el contrario, son una díada. Ambos principios son necesarios para lograr la justicia, la paz, el bien común, así como también la prosperidad y la seguridad individual.

Finalmente, el mero título del nuevo libro de José Antonio me hizo recordar un incidente de fines de octubre de 1963, cuando Raúl Leoni, Rafael Caldera y Arturo Úslar Pietri competían por la Presidencia de la República en campaña que culminaría en las elecciones del 1º de diciembre de ese año. En ese entonces, hace la friolera de cuarenta y seis años, José Antonio y yo compartíamos pupitres del primer año de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, y recibíamos clases de Filosofía Social que impartía José Rafael Revenga, aquí presente.

Bueno, nuestra querida compañera, Clementina Lepervanche, observaba a prudente distancia una conversación entre quien les habla y un simpatizante copeyano, a quien hice observaciones críticas de la campaña de Caldera. Clementina, que estaba con la campaña uslarista de la campana, razonó que el enemigo de su enemigo era su amigo, y que si yo criticaba a Caldera entonces era un mango bajito que ella recogería a favor de Úslar. Al concluir mi diálogo con el compañero copeyano se me vino encima, y me propuso que me sumara a la causa uslarista. Entonces hice también observaciones críticas a la campaña de la campana y Clementina quedó totalmente desconcertada, al no poder ubicarme en el universo. Sospechó que yo pudiera estar con Leoni o, peor aún, ser un comunista infiltrado en casa de jesuitas. Así que quiso preguntarme cuál era mi ubicación política. Alguna musa desocupada me inspiró a decir: “Clementina, lo que yo soy es un extremista del centro”. Es ésa anécdota que predijo la simpatía que guardo hacia el libro de José Antonio antes de haberlo leído.

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La tesis de José Antonio Gil tiene ilustres antecesores. Nadie menos que Octavio Paz dijo: “Debemos buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo. Es el tema de nuestro tiempo”.  (Citado por Enrique Krauze en El poder y el delirio).

Más recientemente, Bernard-Henri Lévy, el líder de la Nouvelle Philosophie de los años setenta, escribió Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism (2008), que es el discurso de un izquierdista contra distorsiones como las de Chávez, motivado por su renuencia a apoyar políticamente a su amigo, Nicolás Sarkozy. En una entrevista que le hizo La Nación de Argentina al salir su libro, Lévy diagnosticó: “La izquierda está enferma de derechismo”. En otra posterior al mismo periódico, y criticando el repudio automático del liberalismo por parte de ciertos izquierdistas, dijo: “El verdadero liberalismo nunca defendió la ley de la jungla o el mercado desregulado. Por el contrario, el liberalismo exige reglas, pactos, obligaciones que enmarcan la relación de las fuerzas económicas. El liberalismo no es el mercado, es el contrato”.

Todavía recibió una pregunta que nos atañe más de cerca: “¿Usted no cree que Chávez sea de izquierda?” Lévy contestó así: “Naturalmente que no. ¿Cómo puede ser de izquierda un hombre que ejerce un poder personal, que sueña con que ese poder sea vitalicio, que amordaza a los medios de comunicación de su país, que está sentado sobre una montaña de oro que su población no aprovecha y que es el aliado de Ahmadinejad en la guerra planetaria que libran los demócratas y los antidemócratas? Hay actualmente una izquierda que piensa que Chávez es de la familia, el niño turbulento de la familia. Yo no. Yo soy de izquierda y creo que Chávez es mi adversario”.

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Para el problema escogido por José Antonio promuevo una cierta solución: no intentar la fusión de liberalismo y socialismo, sino dejar a ambos atrás, superándolos desde un plano de discurso político que prescinde de ideologías y resiste a ser entendido con ubicación precisa en el eje izquierda-derecha. Este eje es, junto con la noción de Realpolitik, la política de poder, componente fundamental del paradigma político que ha hecho crisis, la que explica la insuficiencia política notada en Venezuela desde mediados de la década de los ochenta.

La dirección descrita es lo verdaderamente moderno, al menos en comprensión de Tony Blair al describir, precisamente, la política de Nicolás Sarkozy: “[Sarkozy] se yergue en el moderno molde post-ideológico”. Recién electo, Barack Obama dijo que su gobierno no podía estar “impulsado ideológicamente”. Un intérprete de la elección que lo convirtió en Presidente de los Estados Unidos, Roger Simon, escribió el 5 de noviembre de 2008: “La victoria de Obama no señala un desplazamiento ideológico en este país. Significa que el público americano se ha hartado de las ideologías”.

Así, pues, no creo que la tarea estipulada por Octavio Paz pueda ser acometida como síntesis ideológica que nos traiga una ideología nueva y promediada. Por ejemplo, regresemos a la siguiente caracterización de José Antonio, tal como es entendida por Luis Vicente León: “El aporte que hace la izquierda se puede resumir en el énfasis que pone en la igualdad”. Pues, por una parte, también el liberalismo procede de raíz igualitaria; si el socialismo marxista propugna la igualdad final de la sociedad sin clases, el liberalismo se conformó con la tesis de la igualdad originaria de los buenos hombres que luego fueron dañados por la vida en sociedad.

Pero, más importante aún, porque la igualdad de los hombres es una utopía. Nunca seremos iguales, y esto es un dato que se obtiene de una desapasionada observación científica (que es lo que debe presidir una política responsable), y no de los deseos ideológicos. A lo mejor que puede aspirarse en materia de distribución de renta, por caso, es a una normalización de ella: a una situación en la que haya, como en toda sociedad independientemente de su régimen político, muy pocos muy ricos, pero también muy pocos muy pobres (que serán inevitables), y en cambio haya una muy mayoritaria clase media, toda en un nivel adecuado y suficiente de renta.

La sustitución del paradigma político ideológico no puede ser una combinación sintética de ideologías. No es una nueva ideología lo que necesitamos, sino dejar atrás toda ideología.

Si esta Peña decide que pudiera ser de su interés escuchar los rasgos de un paradigma político que sustituya a la ideológica política de poder, estaré a la orden para describirlos y justificarlos. Ese paradigma tiene nombre.

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LEA #354

LEA

A pesar de una magra receptividad de su más reciente emisión de bonos en dólares—por 3.000 millones con vencimientos en 2014, 2015 y 2016—PDVSA ha anunciado que no rebajará el precio de 138% del valor nominal de los papeles emitidos. Los analistas explican el poco entusiasmo de los compradores en el hecho de que la tasa de cambio resultante—alrededor de 5 Bs. F. por dólar—está demasiado cerca del valor del llamado mercado paralelo, que ayer estuvo exactamente en Bs. F. 5 para la compra y 5,35 para la venta.

En verdad, la nueva emisión había sido predicada, justamente, como un esfuerzo adicional del gobierno para reducir la gran brecha entre el valor del dólar en ese mercado—en el que la propia PDVSA es el principal oferente—y la tasa de CADIVI: Bs. F. 2,15, en el esquema de control de cambios. La debilidad del bolívar fuerte en el mercado paralelo es un factor decisivo en la aceleración de la considerablemente alta inflación que el país ha experimentado en lo que va de año, especialmente en un lapso durante el que CADIVI no ha sido precisamente generoso en el otorgamiento de divisas, asunto que ahora busca el gobierno paliar. (El economista Pedro Palma ha estimado que la tasa de inflación cerrará en diciembre a 40%). Como el gobierno se muestra reacio a la devaluación, el camino posible era el de aumentar el endeudamiento fiscal con sus ofertas de bonos.

Pero hay en la oferta comentada un aspecto que no puede evaluarse sino positivamente: la honestidad exhibida por PDVSA en el prospecto de los bonos. Varias y francas fueron las advertencias pronunciadas.

Que “las operaciones de Pdvsa dependen principalmente de los precios internacionales del petróleo”.

Que “[e]n vista de que Petróleos de Venezuela se encuentra controlada por el Gobierno venezolano, no puede garantizar que éste no impondrá en el futuro compromisos adicionales sustanciales sobre Pdvsa o intervendrá su gestión comercial de una manera que afecte sus operaciones, flujo de caja y resultados financieros”.

Que “la República Bolivariana de Venezuela puede hacer que Pdvsa siga ciertos objetivos sociales y macroeconómicos que pueden tener efectos en los resultados operacionales y condiciones financieras”.

Que la empresa estatal “no puede garantizarle a los tenedores de bonos que en el futuro el Estado no requiera que Pdvsa adquiera otros activos en líneas de negocios que no se encuentran relacionadas con su negocio principal, lo cual puede tener efectos en su condición financiera y resultados operacionales”.

Incluso advirtió que está presente el riesgo de sentencias desfavorables en arbitrajes como los disputados por Exxon-Mobil y Conoco-Phillips.

A este respecto, pues, nadie puede decir que PDVSA miente. Ha descubierto ante los mercados financieros debilidades suyas y riesgosas como gente honrada y seria.

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CS #354 – Dando y dando

Cartas

La oposición al gobierno que pudiera llamarse profesional está dividida—a pesar de la declarada fe en “la unidad”, y según se desprende de recientes manifestaciones de dos núcleos evidentemente separados—en torno a los modos y maneras de obtener candidaturas “unitarias” y el vehículo de su postulación. En esencia, uno de los núcleos, encabezado por Leopoldo López Mendoza, propugna la determinación de las candidaturas mediante elecciones “primarias” y el empleo de una tarjeta única; el otro, constituido por la Mesa de la Unidad Democrática, prefiere que aquéllas sean seleccionadas, según los casos, por elecciones como las mencionadas, por lo que registren las encuestas de opinión o por consenso de los partidos y otras organizaciones, y no ha mostrado mucha inclinación hacia la idea de la tarjeta única. (Se ha anunciado que cuatro de los partidos que conforman la Mesa, a saber, el MAS, La Causa R, Visión Emergente y Vanguardia Popular, estarían de acuerdo con la idea general de elecciones primarias).

Así, por ejemplo, en acto protagonizado por López Mendoza y, en menor medida, por Carlos Vecchio, el concejal Daniel Ceballos, del estado Táchira, argumentó que su exitosa candidatura y la del actual gobernador, César Pérez Vivas, habían surgido de primarias. Del otro lado, Omar Barboza, en nombre de la Mesa, se anticipó por un día al argumento de Ceballos al señalar que, si bien la candidatura de Pérez Vivas fue determinada por primarias, la de Carlos Ocariz fue decidida por encuestas y la de Antonio Ledezma por consenso. (Del que, por cierto, participó López Mendoza luego de haber sido inconstitucionalmente inhabilitado; antes de esto, su propia precandidatura en 2008 nunca fue determinada por primarias, como tampoco lo fueron las que lo llevaron a ser Alcalde de Chacao en 2000 y 2004. Menos aún provino de primarias la candidatura de Emilio Graterón, sucesor y favorito de López Mendoza, en contra de la propuesta por Un Nuevo Tiempo, partido al que éste aún pertenecía. Una “consulta vecinal” promovida por el bando de Graterón, arrojó resultados favorables para él: 4.884 de 6.370 votos válidos, equivalentes a sólo 8% de los electores de Chacao).

Pero los partidos agrupados en la Mesa de la Unidad cuidan sus propios y muy minoritarios intereses. Una tarjeta única les desdibujaría aún más en el seno de la opinión pública, y por esto preferirían candidaturas únicas en alianza perfecta; esto es, conservando cada uno su tarjeta. En teoría, sería una alianza que sería respaldada por sólo 10% de los electores, pues ésa es la proporción que alcanza la suma total de los partidos en las encuestas. Por esto se apuntaba acá—Carta Semanal #350 de doctorpolítico, 25 de septiembre de 2009—lo siguiente: “El primer deber de un partido político es el de leer la realidad honestamente y sacar las consecuencias que de ella se derivan; si la suma de los partidos de oposición sólo entusiasma a la décima parte de los electores venezolanos, una aplicación estricta del principio de representación proporcional de las minorías—que unánimemente defienden en su crítica a la LOPE—implicaría que sólo uno de cada diez diputados debiera provenir de su alianza perfecta. El país tendría que encontrar la manera de identificar los restantes nueve fuera de esos partidos”.

Las razones, pues, van de lado y lado de esta oposición profesional, y se aduce algunas de costo, de posibles efectos perniciosos tales como el causado por la infame “Lista de Tascón”, de democracia directa y participativa, de unidad, etcétera. En general, el debate parece atenerse principalmente a las venideras elecciones de Asamblea Nacional, aun cuando López Mendoza ha incluido también, en algunas presentaciones de su tesis, las elecciones de concejales y miembros de juntas parroquiales.

La ventaja en la opinión opositora pareciera estar del lado de López Mendoza (acompañado por Vecchio, David Smolansky, Victorino Márquez y Freddy Guevara) porque la cosa suena más como “de sociedad civil”. Una encuesta en el sitio web de El Nacional (19 de octubre) preguntaba: ¿Qué métodos debe usar la oposición para elegir a los candidatos a la Asamblea Nacional? Sobre un total de 3.187 votos—menos representativa aún, por tanto, que aquella “consulta vecinal” en Chacao—el 46% se pronunció a favor de elecciones primarias, 20% por el consenso entre los líderes de la oposición y 16% por las encuestas. (Un 18% pulsó la última opción ofrecida: “No importa el método que utilicen, Chávez arrasará”).

Y es que en esto los partidos de oposición reman contracorriente. Si hasta hace nada el opositor de a pie sostenía el postulado de que “sin partidos no hay democracia y por tanto no debe atacárseles”, ahora la moda prevaleciente en esa clientela política es justamente la contraria, y el rechazo a la imposición de decisiones cocinadas en los cogollos partidistas se ha generalizado bastante aunque, por supuesto, López Mendoza, Vecchio, Smolansky, Márquez y Guevara forman otro cogollo alterno.

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Si sólo se discutiera de los diputados a la Asamblea Nacional, la nueva Ley Orgánica de Procesos Electorales ha acentuado la preponderancia de curules elegidas nominalmente sobre las escogidas por lista. Bajo la legislación anterior, de un total de 164 diputados debía elegirse 100 por la forma nominal y 64 por lista; ahora se escogería nominalmente a 112 diputados y 52 por lista. (Tampoco se trata de una gran revolución. En presentación de la Secretaría de Organización de Acción Democrática—cuyo autor fue el ingeniero y amigo Félix Arroyo—, poco antes de que la LOPE fuera definitivamente aprobada, se juzgaba que lo que terminó siendo el octavo artículo de esa ley no guardaba lo contemplado en el Artículo 63 de la Constitución. Pero lo que dice el Artículo 8 de la LOPE es: “Para la elección de los integrantes de la Asamblea Nacional, de los consejos legislativos de los estados, de los concejos municipales, y demás cuerpos colegiados de elección popular, se aplicará un sistema electoral paralelo, de personalización del sufragio para los cargos nominales y de representación proporcional para los cargos de la lista. En ningún caso, la elección nominal incidirá en la elección proporcional mediante lista”. Y lo que dice el Artículo 63 de la Constitución es: “El sufragio es un derecho. Se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas. La ley garantizará el principio de la personalización del sufragio y la representación proporcional”. No se establece en el texto constitucional una proporción determinada entre personalización—nominalidad—y representación proporcional, y por ende el Artículo 8 de la LOPE no viola en modo alguno el Artículo 63 de la Constitución).

Habrá más diputados elegidos nominalmente que antes, por supuesto. (Doce más, para ser exactos, o 7,3% de incremento). Por tanto, la verdadera tarea es la de llevar los mejores candidatos a las elecciones, puesto que 112 diputados resultarán de quienes hayan obtenido la primera votación en sus respectivos circuitos. Esto, y no tanto el método de selección de las candidaturas no oficialistas es el verdadero quid de la cuestión. Y uno no ve que la Mesa de la Unidad o los defensores de las primarias hayan previsto, o discutido demasiado, la formación de candidatos idóneos, capaces y convincentes.

Ahora bien, llegado el momento, quienes pueden postular son tres entidades específicas (además de las comunidades u organizaciones indígenas): los propios candidatos nominales “por iniciativa propia”, los grupos de electores y los partidos (que ahora la ley llama “organizaciones con fines políticos”).

Las personas que deseen postularse por propia iniciativa tienen todo el derecho del mundo a procurar la expresión de su vocación pública, y no debe objetárseles que hayan decidido hacerlo fuera de canales partidistas o esfuerzos “unitarios”. Estas personas serían, por lo contrario, los candidatos más puros en términos de representación uninominal o personalización del voto y, por definición, no tendrían ningún interés en presentarse en elecciones primarias.

Luego están los partidos políticos y los grupos de electores, que para los fines de postulación de candidatos son equivalentes. (Con la diferencia de que estos últimos se constituyen en principio para cada elección, mientras que los partidos políticos son “agrupaciones de carácter permanente”, según definición del Artículo 2 de la Ley de Partidos Políticos, Reuniones Públicas y Manifestaciones, aún vigente). Si quienes resultaren electos como candidatos en primarias no fueren postulados por partidos, con o sin alianza, ¿cuáles serían los grupos de electores que los postularían? El “movimiento de las redes populares”? López Mendoza ha indicado que se trata de un movimiento “social” y por ende no puede inscribirlo en el Consejo Nacional Electoral. ¿Quién les postularía, entonces?

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Buena parte de la discusión sobre los métodos competidores se ha centrado sobre la economía del asunto. Al reportar sobre el lanzamiento del programa “Todos Unidos”, El Universal dijo:

…David Smolansky, Carlos Vecchio, Leopoldo López, Victorino Márquez y Freddy Guevara se sucedieron en el uso de la palabra para explicar el por qué, cómo y cuándo ejecutar el plan, que tendría su culminación con la elección de todos los candidatos—principales y suplentes—para los 5.600 cargos para la Asamblea Nacional, concejos municipales y juntas parroquiales a finales de marzo, para impulsar la sanción de una agenda legislativa mínima de diez aspectos clave. (…) Aseguró López que “organizativa, logística, económica y políticamente”, las primarias son el método más democrático, y rechazó las críticas de quienes alegan que son muy costosas. Resaltó que son “diez veces más baratas que las encuestas”. El líder de las Redes Populares dijo que con 2.400 millones de bolívares fuertes se puede organizar unas elecciones para que participen los 18 millones de inscritos en el padrón electoral, mientras que [para] hacer, como mínimo, dos encuestas por cada municipio del país—a 30 millones cada una—se requerirían 19 mil 600 millones de BsF.

Como puede verse, la proposición de este grupo no se limita a las postulaciones para la Asamblea Nacional, que tendrían que proveer 164 cargos para los que debe preverse suplentes. Más de 5.000 postulaciones, entonces, son para cargos de concejal o miembro de una junta parroquial. Esta aspiración pudiera señalar una salida a la actual división de la oposición profesional venezolana. La Mesa de la Unidad pudiera aceptar que López Mendoza y su grupo—al que ciertamente se uniría la experiencia de Súmate—se encargara de la realización de primarias para la selección de las candidaturas municipales y parroquiales, apoyándole a este fin sin regateos y postulando candidatos para esas elecciones. Del resultado de este experimento se extraería conclusiones para la escogencia de candidatos a la Asamblea Nacional, cuya elección vendría después de los comicios municipales y parroquiales. Ambos lados de la presente desunión pudieran entonces dar una demostración de que están realmente interesados en la unidad que cada uno cacarea.

Un inconveniente, no obstante, pudiera levantarse a esta solución: que el Consejo Nacional Electoral opte por invertir el orden de las elecciones, y convoque primero a elegir diputados a la Asamblea Nacional y luego, en elección posterior, las elecciones municipales y parroquiales. (O que las combinara en una “megaelección”). Un insistente rumor dice que ése sería el orden preferido por Jorge Rodríguez, jefe ostensible del aparato electoral del PSUV. Hasta ahora el análisis político indicaba que sería más fácil al gobierno ganar las elecciones municipales y parroquiales que las de Asamblea Nacional, y por consiguiente le convendría que éstas fueran las segundas, para aprovechar la desmoralización opositora que se produciría con las primeras. El juego agónico de las facciones del oficialismo, una de las cuales dirige Rodríguez, determinará la presión final que se ejerza sobre el CNE.

Pero si terminare siendo el orden que ha sido previsto, un acuerdo como el descrito pudiera lograr la paz entre las dos facciones opositoras ahora enfrentadas.

Ha habido, sin duda, una buena cantidad de aprendizaje en el campo opositor. Hasta el Movimiento 2D, habitualmente crítico de los partidos, proclamaba el pasado domingo: “Consideramos que son los partidos políticos a los que corresponde tomar la iniciativa de generar un poderoso, invencible movimiento de unidad…”

¿No valdría la pena un almuerzo de Leopoldo López Mendoza y Ramón Guillermo Aveledo? Pudieran sufragar la factura a medias.

luis enrique ALCALÁ

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