por Luis Enrique Alcalá | Oct 8, 2009 | Cartas, Política |

El título de este artículo es la transliteración al alfabeto romano del cirílico Что делать, que dice en ruso: ¿qué debe hacerse? o ¿qué debemos hacer? Sirvió primero como título de una novela políticamente radical, escrita en prisión por Nikolai Chernyshevsky. Completada en 1863, increíblemente pasó los filtros de la prisión e, incluso, fue recuperada por la policía zarista una vez que el censor de la revista Sovermennik anunciara en la gaceta policial que había extraviado el manuscrito en un coche de alquiler. La policía del Zar, por supuesto, no leyó el texto que procedió a encontrar, y así sirvió de cómplice involuntario en la publicación de un libro extraordinariamente subversivo.
La obra fue criticada por Dostoievsky y por Tolstói (quien escribió un panfleto argumentativo con el mismo título), pero se convirtió en un clásico entre los socialistas y anarquistas europeos hasta que, finalmente, el mismísimo V. I. Ulianov, o Lenin para los íntimos, escribiera su propio panfleto político y preguntara de nuevo (1902): ¿qué debemos hacer? Éste es el libro del que Hugo Chávez pretende entregar un ejemplar a Barack Obama, después de haberle obsequiado el obsoleto Las venas abiertas de América Latina. (Debe ser para que el Presidente de los Estados Unidos entienda su socialismo del siglo XXI a partir del socialismo soviético del siglo XX, para ver si se empata).
Es ésa—¿qué debe hacerse?—la misma pregunta que se hacen muchos venezolanos, especialmente quienes ejercen o quieren ejercer, eficazmente, oposición al régimen político encabezado por ese mismo Chávez. Algunos, más aún, creen—creemos, para ser sinceros—tener la respuesta a esta cuestión. La semana pasada, se daba cuenta acá de cómo hay quienes creen que ella es la formación de una nueva organización, bajo la premisa de que la oposición formal expresada en los partidos aliados en la Mesa de la Unidad no sería capaz de capitalizar el creciente deterioro del gobierno en materia de apoyo político a su favor (lo que no es, ni con mucho, la única razón válida para proponerla). Una de las corrientes de tal convicción sostiene que la alternativa a esos partidos es un “movimiento social”.
Quien escribe tuvo oportunidad de escuchar directamente este último planteamiento de boca de su vocero más connotado: un joven político profesional, a quien un trabajador de la opinión pública preparó el terreno mediante una hora de interpretación de datos procedentes de encuestas diversas. Y comoquiera que este último, con no poca indignación, preguntó más de una vez “¿por qué no puede discutirse estas cosas públicamente?”, como si alguien se lo impidiera, en lo que sigue se procederá a disecar su análisis y la descripción del “movimiento social” que después hizo el político para el que trabaja. Esta discusión no les identificará, para ceñirse exclusivamente a lo que fueron los componentes de su tesis.
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El encuestólogo y prologuista ofreció como premisa inicial la siguiente declaración: “Apartando el 2 de diciembre de 2007, nunca hemos sido mayoría”. Y ese plural de la primera persona gramatical no necesitaba ser explicado; aquello a lo que ese implícito “nosotros” se refería era a quienes se oponen a Chávez y, más específicamente, a la audiencia que tenía por delante mientras hablaba. Ése es el conglomerado que entiende como determinante, ésa sería la clientela que esperaba sus palabras.
Tal óptica no es nueva; desde que Chávez asumió por vez primera la Presidencia de la República, en los inicios de 1999, el resto de las iniciativas políticas ha optado por entenderse como mera oposición a Chávez. En terminología relativamente reciente, se la nombra como “comunidad opositora”. Un artículo en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales de 2006: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” (Felices perdedores, 12 de diciembre de 2006). Exactamente ese mismo día, un análisis que circuló privadamente se expresaba en términos como los siguientes (se subraya un cierto término repetido insistentemente):
La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…
He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. Ésa es la misma falla de origen de la iniciativa que acá se discute.
Una nueva acción política que quiera ser viable no puede pensarse como oposición a Chávez; es preciso que procure superar el actual estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior de la política. (A fin de cuentas, el régimen de Chávez no es otra cosa que la exacerbación oncológica de una política que no inventó él: la política de poder posicionada en algún punto del eje decimonónico de izquierda y derecha). La refutación de Chávez debe venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación.
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Luego de iniciar su presentación desde esa perspectiva equivocada—que reiteró a lo largo de aquélla—el encuestólogo que hacía la cama a su cliente procedió a instruir a los circunstantes con interpretaciones harto conocidas, presentadas como si nunca hubieran sido pensadas. Por ejemplo, que la aceptación de Chávez había sido alta porque ponía énfasis en la agenda social: salud, alimentación y educación, principalmente; esto es, por las famosas “misiones”. En cambio, la oposición se habría concentrado en la agenda política: la libertad, la crítica a la corrupción y el militarismo, la defensa de los presos políticos y el derecho de protesta, etcétera. Allí estaría la clave de la diferencia en el desempeño del régimen y el de la oposición, entre el oficialismo y “nosotros”.
Pero esto es, obviamente, una necedad. Los partidos de oposición no tienen cómo establecer un Mercal competidor, ni módulos equivalentes a los de Barrio Adentro, por un lado (no son gobierno); por el otro, la oposición formal ha sido muy cuidadosa de no atacar a las “misiones”, y hasta entendió que en la campaña de 2006 debía prometer programas “sociales”. (No otra cosa era la oferta de la “tarjeta Mi Negra” por Manuel Rosales, en evolución de la noción petkoffiana de un “cesta-ticket petrolero”). Y tampoco es que el gobierno no haya tenido una agenda política. ¿Qué fue, entonces, la Asamblea Constituyente de 2009? ¿Qué han sido las innumerables elecciones y campañas? ¿Qué era, entonces, la Batalla de Santa Inés, sino la campaña de Chávez contra su revocación en 2004? ¿Qué ha sido su incesante prédica socialista o los ataques a los medios de comunicación (al menos desde 2001)? ¿Qué fue entonces la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y las restantes cuarenta y ocho leyes decretadas por Chávez en 2001 con el poder de una ley habilitante? ¿Qué es su política exterior si no precisamente eso, política? Decir que Chávez le gana a la oposición formal porque su agenda es social y la de los contrincantes es política resulta ser un simplismo abismal.
Sostener eso, por otra parte, es partir de la impresión, equivocada, de que el insólito y prolongado apoyo popular a Chávez sólo tiene una raíz clientelar, utilitaria, en desconsideración o ignorancia del hecho de los intensos lazos afectivos que ha sabido establecer, de la sensación de presencia y reconocimiento de quienes se han entendido como excluidos o discriminados, de su sintonía con tesis de moda como la multipolaridad planetaria o la democracia participativa, del aprovechamiento de fenómenos como el fracaso del Consenso de Washington y la más reciente crisis financiera.
Pero, además, la simplista explicación del éxito de Chávez no duró consistentemente en la exposición del asesor retained por el político que hablaría después. Expuso una caracterización del fracaso opositor en el intento revocatorio de 2004 como un “salto al vacío”. En él se habría fracasado porque la oposición no acertó a poner en escena a una “contrafigura de Chávez”—explicación parcial posiblemente correcta—y, sobre todo (fue en lo que más insistió), porque el documento del llamado “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática no fue suficientemente promovido o publicitado, porque no se imprimió y repartió una cantidad suficiente de ejemplares entre la población, porque no se hizo con él una campaña publicitaria con pegada. Es decir, desapareció de esta teoría la previa explicación de la agenda social del gobierno, las “misiones”, que precisamente arrancaron en 2003 cuando el gobierno se vio enfrentado al referéndum revocatorio, y que recibieron no menos de 5.000 millones de dólares durante su primer año.
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Otras cosas dijo el encuestólogo asesor que querían causar un efecto preparatorio pero eran, por decir lo menos, inexactas. Por ejemplo, afirmó que los electores no alineados (los vilipendiados Ni-ni) habrían venido a la existencia a partir del “carmonazo”. Bueno, los electores que llegaron a conformar hasta 70% de intención de voto por Irene Sáez, ya en 1996, no querían nada con partidos, ni de izquierda ni de derecha (Ni-ni), y la encuestadora Gaither registraba en agosto de 1984 que 43% de sus consultados no identificaba un mejor partido entre las opciones AD, COPEI, MAS y Otros (Ni-ni-ni-ni). Para esos momentos, Gonzalo Barrios alertaba sobre la posibilidad de un outsider como candidato presidencial exitoso (en portada de la revista Auténtico), y la encuestadora Datos medía la preferencia de casi sesenta por ciento de sus entrevistados por un candidato que no viniera de los partidos en 1986.
Sin embargo, y a pesar de una crítica insatisfactoriamente explicada a los partidos—“la población los rechaza por sus errores”—parecía ser su preocupación más apasionada la opinión, presuntamente entorpecedora, de Teodoro Petkoff. La discordia se centraba sobre dos temas: la tarjeta única opositora para las elecciones de Asamblea Nacional y la celebración de elecciones primarias de la oposición como método de arribar a las candidaturas que todos debieran apoyar. El expositor acusaba a Petkoff de querer silenciar la discusión pública de estas cuestiones. (“¿Por qué no se puede discutir públicamente estas cosas?”, insistía en preguntar en tono indignado).
Desde esta publicación se lee con atención (sin aprobarlos enteramente), entre muchas otras fuentes, los editoriales de Petkoff en Tal Cual (que precisamente son su participación en la discusión pública de estas cosas; mal puede endilgársele que impide esa discusión pública cuando él mismo discute de la manera más pública posible). Lo que esta carta ha entendido que Petkoff señala respecto de la discusión de la tarjeta única es que se requiere una operación previa: la determinación de los candidatos únicos; es decir, que no se ponga la carreta delante de los caballos.
Luego, en cuanto a las elecciones primarias, Petkoff las acoge como un posible método que pudiera ser empleado según los casos concretos, junto con el método consensual y el de la guía de las encuestas.
Y esto debe tener como base—es suposición no autorizada que esta publicación hace sobre el razonamiento de Petkoff—la constatación de que estado por estado y circuito por circuito las cosas cambian. Por ejemplo, puede prácticamente asegurarse que Un Nuevo Tiempo es capaz, por sí solo, de llevar más diputados zulianos que el PSUV a la Asamblea Nacional, y probablemente Primero Justicia puede hacer algo análogo en el estado Miranda. No puede decirse lo mismo de todo otro estado, y entonces es muy aconsejable analizar las cosas caso por caso.
La tesis final del asesor-encuestólogo anclaba en la premisa de la agenda social como ganadora: después de señalar, con veracidad, que la identificación electoral con los partidos opositores arroja un total que no supera el 10%, concluyó que la alternativa a estas organizaciones políticas era una organización social. Así sacó el toro de los picadores y lo dejó servido a su cliente en medio del redondel.
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El matador habló veinte minutos menos que su prologuista, y entró de lleno a explicar en qué consistía la organización, el “movimiento social” que estaría construyendo desde febrero de este año. (“Contactando estudiantes, sindicalistas, políticos, académicos…”) Este movimiento se constituiría sobre cinco líneas de acción.
Primera. Consiste en una acción social a partir de “redes” y voluntariado.
Segunda. La línea de la formación a través de cursos de autoestima, dinámica de grupos, autogestión de proyectos, etcétera.
Tercera. La organización de la protesta ciudadana.
Cuarta. La defensa de la voluntad popular. (¡Incluyendo elecciones sindicales!)
Quinta. La discusión de una propuesta de país para la generación de esperanza. (Propuesta no explicada. Tendría que venir expresada en propuestas “sencillas”, “claras”, “viables”, “creíbles” y unos cuantos adjetivos más por el estilo).
Explicó que “nosotros nos propusimos”—él en plural mayestático—desde 2005 penetrar las redes populares existentes en Venezuela.
Declaró que “la única manera de organizar a los venezolanos es ésa”, refirió estar “absolutamente convencido de que el mecanismo para lograr candidaturas unitarias es el de las elecciones primarias” y volvió a la distinción entre el oficialismo y “nosotros”.
¿Qué puede decirse de un esquema tan escueto e inexplicado?
Bueno, puede apuntarse que el esquema de redes significa en este caso el contacto (penetración) de redes “sociales” existentes. Una red deportiva en La Bombilla, a la que tendría que enredarse con una red cultural en La Dolorita. Puede apuntarse que este tipo de politización de organizaciones civiles creadas con otros fines fue camino recorrido por los viejos partidos, que postulaban planchas para elecciones de centros de estudiantes o la Junta Directiva del Club Puerto Azul. Puede apuntarse que se trataría, otra vez, de una organización de organizaciones, y no de una organización de ciudadanos, que es lo que hace falta. Puede apuntarse que la alternativa política a organizaciones políticas no puede ser una “organización social”, sino otra organización política, que naturalmente puede llevar un código genético distinto—otras reglas de operación—del de las organizaciones clásicas o convencionales. Puede apuntarse que el uso de la expresión “redes”, sin mayor explicación, lleva la intención mercadológica de sonar a nuevo o moderno.
Puede señalarse que el adiestramiento sugerido es sobre puras herramientas, y que no se mencionó la formación en conceptos políticos, paradigmas políticos, teoría o filosofía o ética política.
Puede comentarse que hay mucha gente en Venezuela que ya procura organizar la protesta social y la defensa de la voluntad popular, y que no se explicó qué traería de nuevo o esencialmente distinto la iniciativa expuesta a estos fines.
Puede indicarse que la “propuesta de país”—suponiendo que sea necesaria—no parece estar desarrollada y que, por consiguiente, siendo que tal cosa parece constituir la justificación última de la iniciativa, tendría que ser completada antes de convocar a su apoyo. La cantidad de adjetivos adosados al término “propuestas” es de suyo sospechoso. El 20 de noviembre de 2003 se exponía en la Carta Semanal #63 de doctorpolítico (Consenso bobo, en comentario sobre el “Consenso-País” de la Coordinadora Democrática, abuela fallecida de la Mesa de la Unidad):
Era práctica ritual de muchos economistas venezolanos reunirse en diciembre de cada año durante el segundo período de Caldera—usualmente en el IESA—para echar predicciones sobre la inflación y la tasa de cambio del año siguiente. Los periodistas hacían su agosto, pues cada economista de alguno de estos “paneles de expertos” estaba muy dispuesto a conceder declaraciones. La declaración estándar era algo más o menos como lo siguiente: “Lo que propongo es un verdadero programa económico integral, armónico, coherente y creíble”.
Ya el mero hecho de que tal afirmación se compusiera de un solo sustantivo y cinco adjetivos debía llamar a la sospecha. Pero, por otra parte, una sencilla prueba podía evidenciar que se trataba, en realidad, de una seudoproposición. La prueba consiste, sencillamente, en construir la proposición contraria, la que en este caso rezaría así: “Propongo un falso programa económico desintegrado, inarmónico, incoherente e increíble”. Resulta evidentísimo que nadie en su sano juicio se levantaría en ningún salón a proponer tal desaguisado. Ergo, la proposición original no propone, en realidad, absolutamente nada.
Repetición: la semana pasada se recordó una exigencia formulada en febrero de 1985. Es la siguiente. “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones”.
La presentación del “movimiento social de las redes” no cumple con esa especificación. De hecho, después de argumentar retóricamente sobre la necesidad impostergable de elecciones primarias, el torero fue inquirido sobre la inscripción de su novísima organización en el Consejo Nacional Electoral, único modo de hacer postulaciones válidas. Explicó entonces que no podía hacerlo, por tratarse de un “movimiento social”.
Si este tal movimiento, inmedido en sus proporciones, seguramente no mayores que las de un partido cualquiera, no puede postular, entonces la exigencia de elecciones primarias es insincera. Estaría jugando al fracaso electoral opositor, para salir luego a decir que eso ocurrió porque los partidos resistieron su proposición, la “única forma” de conseguir candidaturas plenamente unitarias.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 6, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1990 concluyó el suscrito un trabajo titulado “Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela”. En él abogaba por la introducción de “estudios generales” en las universidades venezolanas, sobre argumentos como éstos:
…es importante destacar que nuestro sistema educativo, en general, enseña con una orientación atrasada. Nuestro sistema educativo ofrece una sola oportunidad a los educandos para formarse una concepción general del mundo. Esa oportunidad se da a la altura de la educación secundaria, cuando todavía el joven puede examinar al mismo tiempo cuestiones de los más diversos campos: de la historia tanto como de la física, del lenguaje como de la biología, de la matemática y de la psicología, del arte y de la geografía. Si no existe, dentro del bachillerato venezolano, la previsión programática de intentar la integración de algunas de sus partes o disciplinas, al menos permite que “se vea” un panorama diverso. Luego, nuestro sistema encajona al alumno por el estrecho ducto de especialización que le exige nuestra universidad. Ya no puede pensar fuera de la disciplina o profesión que se le ha obligado a escoger, cuando, en la adolescencia, todavía no ha consolidado su entendimiento ni su visión de las cosas y mal puede tener convicción sólida acerca de lo que quiere hacer en el mundo.
El sistema educativo tiene entonces una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, post-doctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado.
Una universidad típica norteamericana, en cambio, exige la decisión de profesionalización después de un college de cuatro años en el que se obtiene, con un pequeño grado de pre-especialización, los títulos gruesos de Bachellor in Science o Bachellor in Arts. (“El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan sólo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad”).
La Ficha Semanal #262 de doctorpolítico recoge parte de la discusión del punto en el trabajo mencionado, en la que se señala cómo, incluso en los Estados Unidos, una excesiva preocupación por los autores clásicos conduce a la ignorancia de lo más recientemente pensado.
Entre nosotros, el bachiller típico sabe bastante de Carlomagno y nada de Churchill, tiene una buena idea de Newton y ninguna acerca de Mandelbrot. Una “persona 21”, aquella que es capaz de entender y navegar el siglo en el que vive, no puede pasar sin familiarizarse con el pensamiento del presente o el pasado recentísimo.
LEA
…
Presente mata pasado
Hace unos pocos años se suscitó una interesante polémica en los Estados Unidos. La discusión involucró a universitarios y funcionarios gubernamentales, principalmente a las autoridades de la Universidad de Stanford y el Secretario de Educación del gobierno federal norteamericano. No se debatía sobre la guerra de Vietnam o sobre presupuestos de educación. El centro de la contienda lo constituía la decisión de la Universidad de Stanford de modificar su curso básico sobre civilización occidental.
Tradicionalmente, la educación superior norteamericana ha considerado básica la instrucción sobre la civilización occidental y ha fijado su estrategia en el conocimiento de los más destacados pensadores de esta civilización. Mortimer J. Adler ha sido, sin duda, el más eficaz argumentador de la importancia de los textos “canónicos” de dicha civilización. How to read a book, que incluye una lista de los “cien libros principales” de Occidente, es el asiento de las principales tesis de Adler. En la misma onda, la Universidad de Harvard editó, por allá por 1908, los “Clásicos Harvard”, una colección conocida como “el estante de metro y medio” y que constituía una selección de literatura que aspiraba a ser irrefutablemente superior.
Una expresión más conocida de la misma postura es la de los Great Books de la Universidad de Chicago, publicadora de la Enciclopedia Británica. Es una colección a la que esa universidad llama “la Gran Conversación” y también “la substancia de una educación liberal”. (Adler es editor asociado de la colección). Varias declaraciones de los editores de los Great Books son ilustrativas de toda una filosofía educativa, traducida en política y estrategias educativas, que subyace al concepto de educación superior norteamericana. (Aunque posturas similares son observables en la educación venezolana, por una parte, y aunque muchos autores se quejen de que en los propios Estados Unidos la lectura de los “clásicos” se haya reducido demasiado).
En primer lugar, los dos primeros párrafos del tomo introductorio de la colección:
Hasta hace poco el Occidente ha considerado evidente que el camino de la educación transcurre por los grandes libros. Nadie podía considerarse educado a menos que estuviese familiarizado con las obras maestras de su tradición. Nunca hubo mucha duda en la mente de nadie acerca de cuáles eran esas obras maestras. Ellas eran los libros que habían perdurado y que la voz común de la humanidad llamaba las mejores creaciones escritas de la mente occidental.
En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir. Es la tarea de cada generación la de reevaluar la tradición en la que vive, descartar la que no pueda usar y traer al contexto del pasado distante e intermedio las contribuciones más recientes a la Gran Conversación. Este conjunto de libros es el resultado de un intento por revalorar y reincorporar la tradición de Occidente para nuestra generación.
La colección se detiene en Sigmund Freud. El autor inmediatamente anterior es William James. El antepenúltimo, Dostoievsky. A pesar de lo cual se aclara:
Los Editores no pensamos que la Gran Conversación llegó a su término antes de que el siglo veinte comenzara. Por lo contrario, saben que la Gran Conversación ha continuado durante la primera mitad de este siglo, y esperan que continúe durante el resto de este siglo y los siglos por venir. Confían en que han sido escritos grandes libros desde 1900 y que el siglo veinte contribuirá muchas nuevas voces a la Gran Conversación… La razón, entonces, de la omisión de autores y obras posteriores a 1900 es simplemente que los Editores no sintieron que ellos o ninguna otra persona pudiera juzgar con precisión los méritos de textos contemporáneos. Durante las deliberaciones editoriales acerca del contenido de la colección, mayor dificultad fue confrontada en el caso de autores y títulos del siglo diecinueve que con aquellos de cualquier siglo precedente. La causa de estas dificultades—la proximidad de estos autores y obras de nuestros propios días y nuestra consecuente falta de perspectiva en relación con ellos—haría todavía más difícil hacer una selección de autores del siglo veinte.
A nuestro juicio, esta dificultad es salvable y, con ello, rescatable para el pensamiento del estudiante de hoy el tesoro al que las estrategias de la Universidad de Chicago y de Mortimer Adler han renunciado: la riqueza y pertinencia de las grandes obras de pensamiento del siglo XX. En efecto, la intención de la colección Great Books es una intención canónica: esto es, el intento de canonizar el pensamiento del pasado bajo la hipótesis de su pertinencia al mundo actual. De hecho, en el pensamiento de los editores de la colección no deja de traslucirse un dejo spengleriano sobre la “decadencia de Occidente” y, tal vez, una disimulada añoranza de “siglos de oro”, cuando las cosas habrían sido mejor. “Estamos tan preocupados como cualquiera otro con el abismo en el que la civilización Occidental parece haberse zambullido de cabeza. Creemos que las voces que pueden restaurar la cordura a Occidente son las de aquellas que han tomado parte en la Gran Conversación”.
Sin dejar de considerar importante un estado de información adecuado, razonable, acerca de las nociones que autores del pasado tenían acerca del universo y de la sociedad, de la mente y de los objetos, consideramos que la estrategia de los Great Books de la Universidad de Chicago, la estrategia de los clásicos o libros canónicos, está equivocada e impone un énfasis incorrecto a la educación superior y aún a la educación media.
En primer término, la canonización no puede aspirar a la permanencia. No se trata de que los grandes libros del pasado, agrupados con algún criterio selector, incorporen verdades definitivas o soluciones finales a ciertos problemas. La misma colección a la que nos hemos venido refiriendo es un ejemplo de las contradicciones entre los distintos autores respecto de los diversos temas que discuten. En la mejor de las situaciones, pues, esas “voces de la Gran Conversación” que los editores de los Great Books quieren oír de nuevo, porque piensan que “pueden ayudarnos a aprender a vivir mejor ahora”, ilustrarán puntos de vista divergentes sobre cuestiones que, si bien en algunos casos pueden ser identificadas como viejos problemas, hoy en día están dotadas de contenidos diferentes y son interpretadas a través de imágenes e ideas que necesariamente tienen que manifestarse de modo muy distinto a las maneras intelectuales del pasado. No es lo mismo, por ejemplo, intentar el pensamiento sobre el tema del universo, desde la perspectiva de un pastor israelita de hace 3.500 años, que desde la percepción y construcción mental de un ingeniero de computación de 1990. O considérese, igualmente, la dificultad de hallar una solución al problema de la integración europea en la lectura de la historia griega.
Por otra parte, la acumulación del conocimiento humano es justamente la base más fundamental de sus posibilidades futuras, por lo que no es de despreciar la tradición intelectual de Occidente ni tampoco la de otras culturas.
El aparente dilema puede salvarse, a nuestro modo de ver, mediante dos cambios de perspectiva. Primero, teniendo a los “grandes libros” como herramientas de utilidad heurística. Esto es, como instrumentos estimulantes de la creación y la invención. Así, se trata de dar la bienvenida a los viejos estados mentales de la humanidad, expresado en sus obras anteriores, sean éstas escritas, plásticas, ejecutables, científicas o artísticas, en tanto acicate de una nueva producción, y no como depositarias de soluciones prêt-à-porter a los problemas contemporáneos, las que nos permitirían la holgazanería intelectual de una erudición sin sabiduría.
Luego, debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso. La serie televisiva “Cosmos”, diseñada y conducida por el astrofísico norteamericano Carl Sagan, dio origen a un libro que llevó el mismo nombre, en el que se incluye una poderosa analogía. Se trata de su ya famoso calendario cósmico, en el que reduce a la escala de un año toda la evolución cósmica, desde el postulado Big Bang de los orígenes, hasta nuestros días. Al transportar, como en una suerte de geometría descriptiva, la temporalidad de la evolución del universo descubierta hasta ahora sobre el tiempo de un año, de inmediato se evidencia cómo en los primeros meses la densidad de eventos significativos es muy baja. Después, al final del año cósmico comienzan a aglomerarse los acontecimientos, al punto de que la aparición de la especie humana se produce el “31 de diciembre” y los desarrollos históricos más recientes en los últimos segundos y milésimas de segundo anteriores a la medianoche de ese día.
Análogamente, si se proyectara sobre la división de un año un “calendario de la civilización”, desde la aparición de la especie humana hasta el último día de 1990, se mostraría, con diferente pendiente, un fenómeno similar de mayor intensidad creativa a medida que transcurren las épocas y los siglos. Si alguna dificultad confrontaron los editores de la Universidad de Chicago, fue la de la profusión de obras importantes del siglo XX que habrían debido considerar. Es, por tanto, un desperdicio, que se excluya de la formación intelectual del estudiante actual la rica producción de ideas del siglo en el que vive, a favor de un estudio de los clásicos.
La excusa de la imposibilidad de juzgar la importancia por la excesiva proximidad no es válida. La consecuencia que se ha querido evitar es la de una selección efímera, el que una obra considerada importante en un momento sea desvalorizada luego y excluida de la lista canónica. Pero los propios editores de Chicago han declarado que tales listas son cambiantes—“En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir”. Así ocurrió también con los Classic Books de Harvard de 1908, cuyas selectas obras “incluyen varias novelas norteamericanas que en la actualidad parecen arcaicas y no eternas”. (James Atlas, La Batalla de los Libros).
Además, no es necesariamente cierto que juzgar adecuadamente a las obras de la actualidad sea intrínsecamente más difícil que la valoración de textos más alejados en el tiempo. Hay algo de erróneo en ese postulado muy usado en el quehacer histórico, el de que sólo es posible el juicio correcto después del paso del tiempo. Hay algo de ilusión óptica en esa creencia. El paso del tiempo no sólo era requerido para la amortiguación de “las pasiones”, que por otra parte son perfectamente pasibles a causa de eventos del pasado. (Considérese, si no, la fuerza emocional con la que se debaten temas como el origen del mundo, o la animadversión casi personal que Karl Popper exhibe hacia Platón en The Open Society and its enemies). El tiempo se consume también en el mismo proceso de búsqueda de información remota. Pero, por un lado, hoy en día nos hallamos en presencia de una abundancia documental e informativa, situación inversa a la escasez de fuentes documentales sobre los hechos a medida que son más remotos. Por el otro, la información se borra; la entropía informativa, reconocida en la ecuación fundamental de la teoría de la información, existe realmente. La información se pierde, se desorganiza, se extravía, con el correr de los días. Sólo a una mente cósmica, a un cerebro divino, le será posible preservar todo el universo de datos que se yuxtapone al universo “natural” y cada vez se integra más con él.
Lo anterior significa que es muy necesario hacer historia instantánea, aunque la pasión sea más fuerte con lo inmediato. Entre otras cosas, porque lo desapasionado es, como lo apasionado, una distorsión.
Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad, como hemos venido argumentando, como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo “global”, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Oct 1, 2009 | LEA, Política |

Por acá hemos tenido nuestros sustos. Desde el temblor que sirvió para acosar a Globovisión y el pronóstico de Jesse Chacón sobre un ciclo sísmico milenario, nuevos sismos, como el de Tucacas, han puesto nerviosa a la población venezolana. Nada, sin embargo, como lo que está ocurriendo por los lados de Indonesia.
Luego de un tsunami cernido sobre la isla de Samoa, ya en el Pacífico abierto, un terremoto feroz de 7,6 grados en la escala de Richter, y otro no tan intenso al día siguiente, han azotado a Sumatra, una de las más grandes islas indonesias. Solamente en Padang, la ciudad del oeste de Sumatra bajo la que se desató la energía del terremoto, la cuenta de fallecidos va por quinientas personas y se tiene la seguridad de que esa cifra ascenderá significativamente. La mortal secuela ha afectado muy considerablemente a la isla que es el centro de las industrias petrolífera y gasífera de Indonesia, país miembro de la OPEP. En la Universidad Tecnológica de Nanyang en Singapur, el sismólogo Kerry Sieh cree que falta ver todavía un terremoto mucho peor.
Y es que la zona ha presentado una recrecida actividad sísmica desde el año 2000. Los expertos han registrado una historia de varias décadas de actividad sísmica intercaladas con épocas de tranquilidad: desde comienzos del siglo XIV van tres de estas fases de peligro, y todas terminan con un terremoto masivo. El último ocurrió en 1833.
La tierra, pues, parece estar revirando. Un recuento de terremotos, tsunamis y huracanes reflejará cómo es que nuestra época es particularmente nutrida en desastres naturales.
Jacquetta Hawkes escribió en 1953 una fábula ominosa: Una mujer tan grande como el mundo. (Fue recogida en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man, libro editado por Daniel McKinley y Paul Shepard en 1969). Una mujer del tamaño de un planeta, «habitualmente de plácida disposición», es visitada de cuando en cuando por el viento, que tiene con ella tórridas sesiones de amor, luego de las cuales seres nuevos pululan por la piel de la hembra planetaria. Después de la sesión más apasionada de todas, nuevos seres bípedos surgen y la maltratan con perforaciones, cortes y polución.
La fábula concluye así:
Pronto, también, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente. Sus querellas con el viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron al fin demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa. Cuando se calmó y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción.
No hagamos caso. Sigamos molestándola.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 1, 2009 | Cartas, Política |

Lo sé bien porque en aquel entonces yo mismo formaba parte importante del coro: fue en tiempos de “Pérez, segunda parte” cuando escribí una telenovela que alcanzó gran audiencia nacional, algunos de cuyos personajes más recordados no hacían sino llevar agua al molino de la antipolítica. En aquella telenovela todos los políticos eran cínicos, todos los empresarios estaban por el “Estado pequeño”, y por ello mantenían funcionarios corruptos en su nómina, y todas las transgresiones de la ley por parte de la “lumpenpobrecía” marginada estaban justificadas.
Ibsen Martínez
Una conversación con Moisés Naím
Noviembre de 2007
………
Crece la magnitud de un repudio bifronte. Una de sus caras gesticula en rechazo a Hugo Chávez Frías y su gobierno, por supuesto; la otra hace muecas cada vez más críticas a los partidos de oposición, las que significan también, por extensión, una crítica a la Mesa de la Unidad. Hasta un defensor tan tenaz y leal de la oposición formal y sus aprendizajes como Teodoro Petkoff emitió una señal de alarma; el miércoles 23 de septiembre, desde su seudónimo Simón Boccanegra, escribía “¡Auxilio! ¿Adónde va la oposición?”, que iniciaba diciendo: “La verdad sea dicha: este minicronista está a punto de tirar la toalla con la oposición. El espectáculo no puede ser más deplorable. Un lío de órdago en Copei; un proceso interno en AD que termina con la expulsión del ex presidente de ese partido; un plan en marcha de algunos sectores de oposición contra otros”. Tan sólo cinco días antes (18 de septiembre) había alertado contra “El deporte de tirarle piedras a la oposición”. Ahora reportaba dolida incredulidad porque la cosa llegara hasta sostener que la recién nacida hija de Leopoldo López sería “bisbisnieta de Bolívar”, una filiación imposible por cuanto el Libertador no dejó descendencia, que se sepa. Algún asesor de López adujo que políticamente se estaba en una “batalla por los símbolos” e inventó un “astuto” correo electrónico apócrifo en el que se felicitaba a la tierna descendiente del héroe y su orgulloso padre. Boccanegra puso punto final: “Por este camino, Chávez forever”.
En su mismo periódico, Tal Cual, su articulista estrella cogió el cambio de seña; Ibsen Martínez decía desde sus páginas, luego de que otros cinco días hubieran transcurrido (28 de septiembre):
Ciertamente, políticos hemos tenido en el pasado que hicieron todo lo posible por ganarse el descrédito y el hartazgo generales con que ayudaron, como suele decirse, a tenderle la cama a Hugo Chávez. Pero, trascurridos más de diez años de la hecatombe que heló la sonrisa socarrona con que Herrera Campins miraba de soslayo a Irene Sáez como quien miraba a la gran esperanza blanca, el mismo tiempo transcurrido desde que un empequeñecido Alfaro Ucero fue dejado en el hombrillo y sin gato, sin mayor ceremonia, por los líderes de su partido para apoyar a un cacique carabobeño, cabría esperar que los herederos de aquellas carcasas hubiesen aprendido algo de su difícil y noble oficio. No ha sido así. Basta ver los indescifrables tejemanejes internos de “Un Nuevo Tiempo”, la presencia casi exclusivamente declarativa que hoy tiene “Primero Justicia”, la maquinal melancolía con que se desenvuelve la querella copeyana y el fachendoso histrionismo con que Ramos Allup cree velar lo que ocurre a bordo de esa nave de inactuales zombies todavía llamada “Acción Democrática”, para quitarse el sombrero ante la noble consecuencia de la masa opositora.
El título del artículo de Martínez no dejaba lugar a dudas: “¿Chávez forever?”, haciendo eco de la campanada de Petkoff. La cosa es grave. Tan sólo la semana pasada se aludía aquí, antes de ese más reciente artículo de Martínez, a la admisión reproducida en el epígrafe: “La verdad es que los partidos venezolanos, especialmente Acción Democrática y COPEI, que alternaron en el poder suministrando seis personalidades para ejercer ocho presidencias entre 1959 y 1999, no necesitaron ayuda para deteriorarse ante la opinión pública, no necesitaban que Ibsen Martínez expusiera sus defectos en una telenovela que fue posible porque copió de la realidad política, a pesar de que recientemente él haya llegado a pensar que se le fue la mano y se sienta, sin motivo, culpable de la venida de Hugo Chávez por haber atizado la antipolítica”. (Carta Semanal #350 de doctorpolítico, 25 de septiembre, tres días antes de “Chávez forever”).
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La situación es tal que emblemáticos ex líderes de aquellos emblemáticos componentes del bipartidismo difunto—y hasta un ex chavista también emblemático—se ponen de acuerdo en un discurso: estamos en una situación muy delicada: Chávez se viene abajo y del otro lado no hay quien capitalice el desplome; los partidos de la Mesa de Unidad no son capaces; es preciso establecer una organización política nueva. Uno de ellos sostiene que se trata de consolidar un gran partido anti Chávez, que arrancaría con los cinco millones de votos del 15 de febrero en el bolsillo, y algunos parecen entender que Leopoldo López tendría la clave de esa nueva organización. A fin de cuentas, López cuenta con la experiencia acumulada de cuatro organizaciones: Primero Justicia Asociación Civil—la que recibió en su oportunidad reales de la PDVSA de Giusti gestionados por la madre de López, antaño Gerente de Asuntos Públicos de la División de Servicios de la empresa, mientras su hijo se desempeñaba como Analista de Entorno Nacional en la misma compañía—, Primero Justicia partido, Primero Justicia “popular” (al romper con Julio Borges) y Un Nuevo Tiempo (paciente partido con el que también rompe, después de auspiciar un candidato distinto, su propio de a caballo, al de UNT para la Alcaldía de Chacao). Para consolidar esta opción lopecista ante pretensiones de reciclaje candidatural de uno de los viejos, es que se ventila filiaciones bolivarianas. (En realidad, pone Wikipedia: “López’ mother, Antonieta Mendoza, is the daughter of Eduardo Mendoza Goiticoa, who is the great-grandson of the country’s first president Cristobal Mendoza and descended from the same family of Bolivar himself. More specifically, Leopoldo López is the great-great-great-great-nephew of Simón Bolívar”). Retátarasobrinonieto, pues, para estar claros.
En otro eje menos mantuano, una segunda protocandidatura presidencial intenta organizar la oposición a Chávez en su favor. Unidos por la Democracia es la marca que distingue profusos correos electrónicos en promoción de la figura de Antonio Ledezma. A comienzos de la huelga de hambre estudiantil que anoche concluyera abruptamente, las transmisiones electrónicas saludaban que se siguiera “el ejemplo de Antonio Ledezma”, el inventor y titular de la franquicia de las huelgas de hambre en predios de la representación en Caracas de la Organización de Estados Americanos. Ahora escribe (Terminó la huelga sin pena ni gloria) Miguel Ángel Nieto en nombre de Unidos por la Democracia: “…con un profundo dolor y decepción escribo esta noche, y la primera reflexión que me hago es, ‘SERA QUE NOS MERECEMOS A CHAVEZ’, pues en este plan, el país nacional se va decepcionando cada día mas, es así como hace pocos momentos vimos terminar sin pena ni gloria un esfuerzo loable que mantuvo arrinconado al régimen quien estaba pagando un costo altísimo y el mundo entero veía como los heroicos estudiantes dejaban desnudo ante el mundo al régimen, pero al final sucedió como dice el viejo refrán: MATARON AL TIGRE Y LE TUVIERON MIEDO AL CUERO…”
Más adelante pone (se corrige un poco el atropellado texto):
Desde que la huelga empezó se dijo que no era sólo por Julio Rivas, es más en el día de ayer al salir en libertad y declararse en huelga de hambre así lo manifestó, era por algo más importante que un solo preso político que hoy con justicia logró la libertad, pero hasta aquí todo muy bien, pero y dónde queda RICHARD BLANCO, DONDE QUEDAN LOS 11 EMPLEADOS DE LA ALCALDIA METROPOLITANA, DONDE QUEDA MARACAO, no amigos me disculpan si hiero susceptibilidades o les aguo la fiesta a alguien, pero esto no puede ser, pero es que hay algo peor, donde quedó la solicitud de que el régimen permitiese la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a Venezuela, ah?, la cambiaron por una visita de ellos a la OEA en Washington, y me pregunto, carajo será que los Derechos Humanos nos los violan allá?
Etcétera.
Por supuesto, Antonio Ledezma también hizo publicitado turismo opositor de visita a la OEA en Washington, y suspendió su propia huelga de hambre sin que el caso de Richard Blanco o el de los once empleados de la Alcaldía Metropolitana, por los que ahora se fustiga a los estudiantes, estuvieran resueltos. A pesar de sus lamentaciones, Nieto concluye (esta vez sin correcciones): “Pero animo Venezuela, la lucha continua, los Julio, al igual que los valientes de otras anteriores huelgas jamás se dan por vencidos, y ahora es cuando la lucha continua, pero eso si y esto jamás lo olviden: LAS GRANDES HUELGAS DE HAMBRE COMO LAS DE GHANDI, Y OTRAS JAMAS TUVIERON ESTE TRISTE FINAL”.
Se dice que los residuos atávicos de Acción Democrática ven ahora en Antonio Ledezma a su propio candidato presidencial en 2012. Es sabido que, antes de fundar Alianza Bravo Pueblo y destacarse en la prédica abstencionista del “Comando Nacional de la Resistencia”, Ledezma era militante adeco.
¿Será que nos merecemos a Chávez? ¿Chávez forever?
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Desde una óptica distinta, sin embargo, estas cosas que parecen horribles pueden ser entendidas como manifestaciones diversas de una sola preocupación: la lucha contra la dominación de Hugo Chávez. Si pueden estar esas y otras iniciativas equivocadas, de todos modos revelan una actitud generalizada que procura expresarse en acción, no quedarse con los brazos cruzados.
Las iniciativas, por otra parte, no son exclusivas de los espacios partidistas. En una miríada de puntos del país una angustiada creatividad busca salidas y soluciones. Por ejemplo, los hermanos Vladimir y Rodrigo León han descubierto una ingeniosa fórmula para arribar a postulaciones con apoyo mayoritario a la Asamblea Nacional: que cada partido u organización de la “sociedad civil” confeccione planchas con candidatos a presentar en unas elecciones primarias, cuyos votantes pueden componer la suya propia combinando nombres de una y de otra. Si el estado X tuviera para elegir a doce diputados, cada organización postulante—una treintena, tal vez—presentaría una plancha con doce nombres, y los participantes en las primarias opositoras del estado en cuestión compondrían por su lado sus listas personales. Un programa de computación desenredaría la madeja con ayuda del método D’Hondt y restituiría la representación proporcional que la Ley Orgánica de Procesos Electorales ha debilitado gravemente, al menos para la selección de los candidatos opositores.
Así como la Fórmula León, hay muchas ideas que carecen de espacio para ser analizadas y debatidas, un espacio capaz de crear foco y orden a partir de la cacofonía de la oposición. La Mesa de la Unidad no es, obviamente, ese espacio, pero pudiera ella propiciar el establecimiento de una “Asamblea Democrática”—siglas: A. D.—a la que pudiera llevarse ideas como la descrita u otra cualquiera de mayor gravedad aún. Por ejemplo, la proposición de construir una nueva organización política, en vista del agotamiento práctico, o aun extinción, de los canales partidistas tradicionales.
Bastante ha tardado en emerger el todavía incipiente consenso acerca de la conveniencia de una organización política “de código genético distinto” del que determina la conducta de los partidos conocidos. En innumerables ocasiones se ha tocado el tema en esta publicación. He aquí una típica (Carta Semanal #69 de doctorpolítico, 15 de enero de 2004):
En febrero de 1985, luego de largos meses de trabajo y análisis, fue posible arribar en Venezuela al diseño general de un tipo de asociación política caracterizado por un código genético diferente al de un partido convencional. Subyacía al análisis un diagnóstico de insuficiencia política de los actores políticos tradicionales, y se ubicaba la etiología de esa condición en una “esclerosis paradigmática” de esos actores. Esto es, que no ya la negatividad de tales actores (la idea de que serían intencionalmente nocivos o de que la actividad política es de suyo una praxis “sucia”), sino la insuficiencia de su positividad en razón de que operaban dentro de marcos conceptuales obsoletos, era la causa del deplorable desempeño de nuestro Estado, de nuestras instituciones y de los actores políticos predominantes. Creía tenerse claro para entonces que se requería toda una sustitución de paradigmas y la emergencia de un vehículo asociativo nuevo, que dejara atrás los vicios de constitución que fuerzan a los partidos convencionales, independientemente de la buena voluntad de sus integrantes y dirigentes, a un desempeño insuficiente.
Así, se planteaba en un “documento base” de esta nueva asociación cosas como las siguientes: “Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte? Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos”. Y más adelante especificaba: “No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos”.
Hace casi 20 años, por consiguiente, ya algunas cabezas interesadas en el proceso político nacional veían muy difícil una metamorfosis de los partidos que les permitiera ser portadores de un nuevo paradigma acerca de la Política, distinto del prevaleciente enfoque “realista” o de Realpolitik. Habiendo generado un diseño consecuente con el diagnóstico y el análisis, habiendo tenido éxito en formular un paradigma alterno, experimentaron no obstante todo género de dificultades para constituir la asociación. El experimento era visto como excesivamente romántico.
A las alturas de septiembre de 2004, en cambio, es posible que ya sea más que evidente que la insuficiencia del viejo modo de hacer política, vistos los resultados de un gobierno irresponsable y arrogantemente “revolucionario” y de una oposición insustancial e incompetente, implique la necesidad de construir e impulsar nuevos cauces para la expresión de vocaciones públicas.
La cosa, pues, no es nueva. Es asunto largamente pensado.
Ahora bien, comoquiera que la necesidad de la nueva organización ha aflorado en más de una cabeza venezolana, y dado que algunos—Leopoldo López, por caso—tienen un concepto más o menos aterrizado de lo que pudiera ser, convendría contar con un espacio en el que todas las versiones imaginadas sean cotejadas en licitación política. Conviene hacer su contraste como proposiciones de conjunto, una contra la otra. Acá se sugirió el 28 de agosto de 2003 (Carta Semanal #51):
Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.
En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.
Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.
¿Cuáles pudieran ser, en este caso, los criterios de diseño que guiaran a los licitantes? A juicio de esta publicación debieran ser los siguientes: 1. la organización no debe ser un partido político convencional definido por una ideología, ni nacer para oponerse o desplazar a los partidos; debe regirse, en cambio, por una metodología y deberán poder pertenecer a ella miembros de partidos; 2. la organización no debe serlo de organizaciones, sino de ciudadanos; 3. la organización no debe definirse como instrumento de la “comunidad opositora”, y su apelación universal debe ayudar a subsanar el problema de un país dividido.
Así que los arquitectos que propugnan una nueva organización política—Leopoldo López, por ejemplo—que participen en la licitación política abierta y pública aquí propuesta, en vez de promover su proyecto en arreglo de cogollos o mandarinatos. Esto es, si es que esa cosa de la unidad tiene algún valor. De lo contrario, que cada quien siga su rumbo.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 29, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El 15 de diciembre de 2002, en pleno desarrollo del paro de la “Gente del Petróleo”, remitió el suscrito un “memorándum electrónico” a un conocido abogado venezolano, en respuesta a oblicuas y despectivas alusiones de éste en un documento titulado “¿Por qué el gobierno se resiste al referendo?” El abogado en cuestión, cuyo nombre ha sido sustituido en el texto de esta Ficha Semanal #261 de doctorpolítico por el nombre Fulano, escribía con aparente molestia.
Parecía ser que molestaba al susodicho profesional del Derecho que quien escribe hubiera adelantado opiniones jurídicas sobre temas constitucionales sin ser abogado, y creyó refutarlas apuntando meramente a ese hecho. Pero la verdad era que aquellas opiniones refutaban una vistosa teoría suya, que sostenía la invalidez de la Constitución de 1999 por provenir de un referéndum convocado por una asamblea constituyente, y porque ésta no era figura contemplada por la Constitución de 1961 en su articulado.
La tesis había sido presentada públicamente en la Asamblea Anual de Fedecámaras celebrada en Maturín en julio de 2001, cuando en ella resultara electo Pedro Carmona Estanga como Presidente del organismo. Diez meses después creería ser el Presidente de otra cosa.
En el decreto constitutivo que promulgara el 12 de abril de 2002, Carmona pretendió suspender de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional (Artículo 3), y también destituir de sus cargos al Presidente y demás Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, “así como al Fiscal General de la República, al Contralor General de la República, al Defensor del Pueblo y a los miembros del Consejo Nacional Electoral” (Artículo 8).
¿Sobre cuál fundamento podía basarse la validez jurídica de tan graves decisiones? La teoría del abogado molesto venía como anillo al dedo, pues si la Constitución de 1999 era nula, los cargos creados por ella eran inexistentes. De hecho, el Artículo 8 del decreto de Carmona sostuvo que las personas afectadas por la destitución detentaban “cargos ilegítimamente ocupados”.
Como la usurpación de Carmona no pasó de treinta y seis horas, nunca hubo oportunidad de ofrecer la explicación antecedente. Pero el abogado molesto iba a ser premiado. En la mañana del día 12 de abril, antes del acto de constitución de su efímero gobierno de facto, Carmona ofreció una rueda de prensa en el Salón de los Espejos del Palacio de Miraflores. A la gran mesa estuvieron sentados unos cuarenta personajes, entre ellos el abogado de la conveniente teoría. Carmona adelantó la noticia de la constitución de un consejo consultivo, y dijo que la mayoría de quienes estaban allí serían miembros de ese consejo, luego promulgado, ilícitamente, en el Artículo 4 de su aberrante decreto vespertino.
La ficha de hoy reproduce las primeras dos páginas del memorándum de refutación que el suscrito remitiera al abogado de marras.
LEA
…
Abogado molesto
Mi propósito era tan sólo el de reducir la frondosa masa de contradicciones y abusos que acaban por convertir el derecho y los procedimientos en un matorral donde las gentes honestas no se animan a aventurarse, mientras los bandidos prosperan a su abrigo.
Margueritte Yourcenar
Memorias de Adriano
A fines de 1993, Fulano, José Vicente Rangel entrevistaba a Don Arturo Úslar Pietri en el programa que por ese entonces el hoy Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela conducía en Televén. Comoquiera que el tema de una constituyente venía siendo planteado con insistencia desde 1989 (desde el “Frente Patriótico” liderado por Juan Liscano), Rangel inquirió sobre el punto a Úslar Pietri. (En realidad, sobre el tema de una reforma constitucional). Úslar comentó: “Ése es un asunto que debe ser manejado por expertos en derecho constitucional e historiadores”.
Traigo a colación la anécdota porque Úslar Pietri, de estar vivo, habría concurrido contigo en la opinión de que el tema constitucional es asunto técnico y profundo, no propio a la exploración de “algún diletante de la ciencia jurídica”. Asimismo, porque como es práctica común de los pronunciamientos tribunalicios, en particular de aquellos que provienen del Máximo Tribunal, antes de entrar en materia es necesario dilucidar el problema de la competencia. De mi competencia para discutir el tema constitucional.
Porque es que en más de una ocasión, de modo velado y oblicuo, nunca directo y frontal, haces alusiones a mí, más que a mis argumentos, con la expresión “diletante”, que en tu caso lleva intención descalificadora y despreciativa. El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, por cierto, registra, como última acepción del término, ese sentido peyorativo. Pero también define: “Aficionado a las artes, especialmente a la música. Conocedor de ellas. Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional”.
Prefiero entenderme dentro de las acepciones positivas de la palabra, y por tanto reivindico con orgullo que puedo ser entendido, en efecto, como diletante en materia constitucional. El diccionario igualmente anuncia que el vocablo tiene origen italiano. No escapa a tu culta persona que diletante significa, en esa lengua, lo mismo que amante. Un diletante del derecho es, en ese sentido, un amante del derecho. Y he aquí la clave para diferenciar nuestras respectivas situaciones: tú ejerces profesionalmente el derecho; yo tan sólo lo amo.
Tampoco ignoras, por supuesto, que el argumento ad hominem, por más que se exprese con tu florentino estilo de aludir sin nombrar, es una de las falacias más elementales, menos refinadas, más primitivas. Desde el punto de vista lógico esa clase de argumentación es completamente inválida. De modo que si se tratara de una mera referencia de retórica defectuosa dejaría pasar la atribución de diletantismo, dado que no tiene la menor importancia argumental.
Pero como digo, en tu caso, dada la reiteración, parece revelar una posición tomada, según la cual estaría vedado a los ciudadanos comunes el pensamiento jurídico o, como decía Úslar, el asunto constitucional sería territorio estrictamente reservado a especialistas. No estuve de acuerdo con Úslar en esa ocasión. Indudablemente que los expertos en derecho constitucional son imprescindibles en las tareas constituyentes. También pueden aportar conocimiento relevante los historiadores, sin duda. Pero ése no era el sentido del dictum uslariano, y entonces debo tomar distancia de sus implicaciones. Si la única disciplina pertinente a la deliberación constitucional, aparte del derecho, fuese la historia, de algún modo la prescripción de Úslar equivaldría a recomendar que se acometa la labor constituyente con la vista en el pasado. En cambio, creo que serían de invalorable utilidad los aportes de disciplinas diferentes, sobre todo en lo que tiene que ver con el diseño orgánico del Estado. Expertos en organización y sistemas, sociólogos, futurólogos, tendrían mucho que contribuir al diseño de una constitución, especialmente en esta época de rupturas paradigmáticas y de cambios planetarios.
Es por esta clase de razones, Oswaldo, sobre las que podría abundar a placer, que rechazo que me descalifiques. Estoy perfectamente autorizado, en tanto profesional, en tanto intelectual y, sobre todo, en tanto ciudadano, para opinar, con responsabilidad, en el tema que ha ocupado nuestra reciente correspondencia la que, de nuevo, en mi caso es frontal y directa, y en el tuyo oblicua e insidiosa. A tu correo anterior te respondí directamente. Tú escoges la distancia olímpica de la alusión innominada.
………..
Saldado ese punto definitivamente secundario, paso a comentar el nuevo ropaje de tu argumentación jurídico-constitucional, aunque lo haré en mi orden y no en el tuyo, que se me hace farragoso. Será inevitable que repita conceptos y razonamientos, porque tergiversas significado y secuencia lógica de puntos ya dilucidados.
Y voy a comenzar por aclarar un asunto cronológico. Tres años antes de tu conferencia de julio de 2001 en la asamblea de Fedecámaras de ese año, cuatro meses antes de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de enero de 1999, ya había escrito (septiembre de 1998), en un brevísimo artículo cuya intención era refutar ciertas argumentaciones contrarias a la convocatoria de una constituyente: “Es preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse una constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el ‘hilo’ constitucional. Incorrecto. El artículo 250 de la constitución vigente, en el que fincan su argumento quienes sostienen que habría que reformarla antes, habla de algo que no existe: ‘Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone’. El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Además, el Poder Constituyente, nosotros los Electores, estamos por encima de cualquier constitución. Si aprobamos la convocatoria a una constituyente eso es suficiente”. Anexo a esta comunicación el texto completo de ese sucinto análisis, a fin de que puedas entender el trozo encajado en su contexto. Igualmente adjunto otro texto más antiguo, “Comentario constitucional”, de octubre de 1995.
Esto es, Fulano, mi argumentación sobre la vaciedad del artículo 250 de la constitución de 1961 no tiene que ver con lo que tú llegarías a sostener varios años más tarde, y que he calificado de peregrino argumento. Sostuviste que la Constituyente de 1999 y su producto, la Constitución vigente, y a pesar de que hubiese sido ésta refrendada en referéndum del pueblo venezolano, son nulas, inexistentes, porque la Constituyente del 99 era “un medio distinto” de los dispuestos por el texto del 61 para su derogación.
En realidad, Fulano, se trata de un asunto más bien sencillo: la constitución del 61 no disponía absolutamente de ningún medio para su derogación. A pesar de esto escribes: “Algún diletante de la ciencia jurídica ha aventurado razonamientos justificativos del proceso en la circunstancia de que la Constitución de 1961 no contemplaba su derogatoria, sino la enmienda y la reforma, como si la derogatoria fuera un mecanismo o procedimiento distinto de la reforma y no el resultado de la entrada en vigencia del texto reformado”.
Este diletante de la ciencia jurídica te muestra a ti, Fulano, que en efecto la constitución del 61 dice a la letra: “o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone”. No dice “fuere reformada”, ni tampoco “fuere enmendada”. Y tú sabes perfectamente las diferencias de significado. Mi más bien minúscula contribución sólo consistió en descubrir que la redacción del 250 del 61 era, en el mejor de los casos, defectuosa, si es que, como ha sido dicho tantas veces, el famoso 250 fuese intencionalmente un cerrojo definitivo que confería a esa constitución la condición de eternidad invulnerable.
La derogatoria sí puede ser muy distinta de una reforma. Precisamente, la constitución de 1961 no fue jamás entendida como una reforma de la de 1953, que estuvo en vigencia hasta el 23 de enero de 1961, sino como un texto constitucional enteramente nuevo. Por eso dispuso explícitamente: “Queda derogado el ordenamiento constitucional que ha estado en vigencia hasta la promulgación de esta Constitución”. (Artículo 252).
O por ejemplo, nota, por favor, la siguiente redacción: “Mientras no sea modificado o derogado por los órganos competentes del Poder Público, o no quede derogado expresa o implícitamente por la Constitución, se mantiene en vigencia el ordenamiento jurídico existente”. Creo que ya te habrás percatado de que tal estipulación es, justamente, la Disposición Transitoria Vigésima Tercera (última), de la constitución de 1961 que, como ella misma dice, forma parte integral de la misma constitución. Esa disposición te ilustra, entonces, que algo puede ser derogado sin que sea reformado o enmendado.
Eso por lo que respecta a tu precario teorema que pretende que la constitución vigente en Venezuela es la de 1961, montado sobre la premisa de una frase semánticamente vacía del artículo 250 de esa constitución.
luis enrique ALCALÁ
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