por Luis Enrique Alcalá | Sep 10, 2009 | LEA, Política |

Mientras ponemos atención a nuestros problemas políticos domésticos—y su irritante constancia ocupa buena parte de nuestra conciencia disponible—, grandes y preocupantes procesos ocurren en lo que que Adlai Stevenson llamó la nave espacial de la Tierra, quizás sin saber que Henry George ya había usado la metáfora Tierra-nave en su libro Progreso y pobreza de 1879.
En 1965 dijo Stevenson en discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Juntos viajamos, pasajeros de una pequeña nave espacial, dependiente de sus vulnerables reservas de aire y de suelo”. Es esta nave—por ahora única—la que se está recalentando.
El viernes de la semana pasada la revista Science publicó un estudio con el que un consorcio de científicos, dirigido por Darrell Kaufman, de la Universidad del Norte de Arizona, reconstruyó un registro de las temperaturas árticas, década por década, de los últimos dos mil años. El más escueto y brutal de sus hallazgos es el siguiente dato: la década de los años noventa del siglo veinte, ha sido la más caliente desde que naciera Jesús de Nazaret.
Los científicos obtuvieron innumerables muestras de sedimentos en catorce lagos del Ártico, que correlacionaron inequívocamente con otros dos marcadores: anillos en árboles y núcleos de hielo. Hasta el siglo XX, la tendencia de la temperatura del Polo Norte fue la de progresivo enfriamiento, como consecuencia de bamboleo de la Tierra en su órbita alrededor del sol.
Pero, en la última década, las temperaturas de verano en el Ártico han sido de 1,4 grados centígrados por encima de lo esperado según la tendencia referida, y 1,2 grados por encima de las registradas en 1900.
El culpable de esta historia, más probablemente, es la acumulación de gases de invernadero como resultado del empleo de combustibles fósiles, la deforestación y otras actividades humanas. Uno de los coautores del estudio, David Schneider del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de los Estados Unidos, indicó: “Este estudio nos provee un registro de largo plazo, que revela cómo los gases de invernadero de las actividades humanas están abrumando el sistema climático natural del Ártico”. Somos nosotros quienes recalentamos el planeta, y no es tan fácil echar agua a su radiador.
¿Qué hace un país como Venezuela, productor y comercializador de combustibles fósiles, ante un problema de tan grande y peligrosa magnitud? En sistemas tan complejos como el clima, no todos los cambios son graduales. Hay algunos que son repentinos y masivos, como la enorme mutación que, hace unos 5.500 años, súbitamente transformó en lo que hoy es el desierto del Sahara lo que antes eran praderas que alimentaban animales que en ellas pastaban.
Es nuestra obligación examinar nuestra responsabilidad como nación en el problema inmenso del calentamiento planetario.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 10, 2009 | Cartas, Política |

Los logros cumbre del pensamiento, al menos en Occidente, tardan un tiempo antes de llegar, en una suerte de goteo o trickling down a lo Ronald Reagan, al vulgo y, cuando finalmente lo hacen, con décadas de retraso, muy poco de su esencia es entendido por quienes lo reciben. Así, por caso, justo al comienzo de los años sesenta—en tiempos aún pre Beatles y pre hippies—se dio la pasajera moda, en estratos medios y altos de la población, de celebrar “fiestas existencialistas”. Un golpe de vista fugaz sobre cualquiera de estas reuniones habría registrado la fastidiosa escena de jóvenes vestidos preferentemente de negro, si posible con suéteres cuello de tortuga—las damas usaban con frecuencia boinas y pañuelo al cuello—, sentados en el piso de las casas, fumando sin parar—las féminas buscaban distinguirse haciéndolo con largas boquillas—, creyendo que vestían el atuendo de la intelectualidad francesa y esforzándose por mantener conversaciones a partir de frases absurdas. La bebida era habitualmente abundante, la comida parca y no muy gustosa.
Una vaguísima noción de lo que fuera el existencialismo era el conocimiento promedio de los asistentes a tan tediosos festejos. En general, bastaba la información de que “los existencialistas” iban por la vida en actitud desapegada y aburrida, nada jovial; el rostro serio que suponíamos era correspondencia gestual de la postura filosófica era copiado disciplinadamente por los contertulios en nuestras fiestas; no se escuchaba mucho reír en ellas.
Alguno de mediana cultura sabría de la existencia imprecisa de Jean Paul Sartre, y quizás lo habría visto fotografiado en el artículo superficial de una revista de barbería—Bohemia, quizás—y llevara por eso además de la pinta negra o gris oscuro una pipa, para completar el look existencialista. En cualquier caso, todos admitíamos sin entenderlo que el existencialismo y los existencialistas eran, de algún modo para nosotros borroso, la vanguardia de la modernidad.
Nadie—con la posible excepción de José Rafael Revenga que estudió Filosofía en Lovaina—había leído La náusea, y mucho menos tenía idea de que el precursor de Sartre era un teólogo y filósofo danés que en vida respondiera al nombre de Søren Kierkegaard. En la infancia del país del que Pérez Jiménez había desaparecido, el existencialismo no prometía mucha utilidad. Cuando ya no hacíamos fiestas como las descritas, Luchino Visconti nos permitió creer que entreveíamos, en 1967, al menos como se trata un tema con el lente “existencialista”, al llevar al cine El extranjero, de Albert Camus. Pero éste mismo rehusaba esa etiqueta, y habría sido más apropiado considerarlo como el líder del absurdismo, al sostener que es humanamente imposible encontrar sentido o significado al universo. No estábamos, pues, tan perdidos, cuando nos sentábamos en el piso de una casa en penumbras para intercambiar humo y absurdidades, sobre un telón de jazz, antes de que la psicodelia y las patotas motorizadas suplantaran ese tedio con el grito de guerra de Timothy Leary: Turn on, tune in, drop out.
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Estas filtraciones de cultura de un piso a otro de las conciencias sociales puede ocurrir, no obstante, con algo de mayor rigurosidad, no tan irresponsablemente como la indiferencia autorizada en inocuas fiestas juveniles. Hay ocasiones en las que teorías exitosas de cierta disciplina son objeto de transplante a otros campos. Por ejemplo, la poderosa eclosión del evolucionismo de Carlos Darwin no tardó en suscitar un “darwinismo social”, la interpretación de la historia humana como resultado de la competencia y el predominio del más fuerte. (Spencer, Galton, Carnegie y otros. El propio Darwin había atizado este fuego, al exponer en El origen del hombre y de la selección en relación al sexo: “Así, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su tipo. Nadie que haya atendido la cría de animales domésticos pondrá en duda que esto debe ser altamente injurioso a la raza humana. Es sorprendente cuán rápidamente conducen una falta de cuidado o un cuidado en la dirección incorrecta a la degeneración de una raza doméstica; pero, con la excepción del hombre mismo, casi nadie es tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan”). En el bicentenario del nacimiento de Darwin, ya no se toma literalmente su principio de supremacía del más dotado como explicación suficiente de la evolución de las especies (hay que leer a Stuart Kauffman), por una parte; por la otra, el darwinismo social no duró mucho como teoría tomada en serio por las ciencias sociales.
En otros casos el asunto procede de otra manera: en campos muy distintos se nota la emergencia de procesos de estructura muy similar, los que parecen seguir una misma matemática. Los modelos de teoría del caos, por ejemplo, se aplican con idéntica pertinencia a problemas de turbulencia de fluidos, fibrilación ventricular, colapsos bursátiles, dinámica planetaria, meteorología o acústica.
Pero, las más de las veces, dentro de la ciencia más seria la contaminación de una disciplina a partir de otra ocurre inconscientemente. La ciencia precursora, por así llamarla, contribuye a la conformación de un contexto cultural genérico, un telón de fondo, casi un “inconsciente colectivo” en el que es posible que una disciplina tome, sin advertirlo, alguna noción prestada de otra disciplina. Éste es el caso de los esfuerzos profesionales por hacer predicción social seria.
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Es en 1794 cuando el Príncipe de los Matemáticos, Carlos Federico Gauss, describió el método, hoy de uso común y elemental por la ciencia estadística, de los “mínimos cuadrados” que permite representar un número suficiente de mediciones de algún fenómeno o proceso por una línea recta. En verdad, la ecuación que relaciona, digamos, la presión y la temperatura de un gas dentro de un recipiente da origen a una línea recta como representación, aun cuando en la práctica las mediciones reales llevadas a un gráfico nos proporcionan más bien una nube de puntos que más o menos se extiende en una trayectoria borrosamente rectilínea. El método de Gauss, pues—que empleó a sus diecisiete años para predecir el trayecto del planetoide Ceres—permite lo que los estadísticos llaman una “regresión lineal”, la conversión de una serie de datos en una línea recta cuya pendiente sigue aproximadamente la dirección general de los puntos que esos datos determinan en un gráfico. Es la recta que mejor representa a los puntos; ninguna otra lo haría mejor.
Muy pronto comenzó a trasladarse esta técnica al problema de la predicción social; no en balde el nombre de la Estadística viene del término Estado. A pesar de que hay Física Estadística, y que los sistemas de control de calidad en una fábrica de cerveza se fundan en métodos estadísticos, aquella ciencia se considera fundada en 1662, con la obra del demógrafo precursor inglés John Graunt: Observaciones naturales y políticas sobre las partidas de defunción. Los Estados serios debían asentar sus decisiones sobre censos y otras mediciones confiables, y la ciencia que los trataba era la Estadística.
Pero al principio la Estadística no se usaba para predecir. Es en el siglo XIX cuando comienza a generarse líneas de regresión para series temporales, las que correlacionaban el progreso de alguna magnitud—tamaño de una población en habitantes, por ejemplo—con el mero paso del tiempo. Al obtener líneas rectas que representaban el crecimiento poblacional, los profesionales de la Estadística sucumbieron a la tentación de simplemente prolongar sus líneas hacia fechas del futuro. Así pronosticaban, y con marcado acierto, el tamaño de una población en tiempos del porvenir.
Pero es en el mismo siglo XIX cuando Carlos Marx pregona su pretensión de que ha dado con un método para tratar científicamente el despliegue histórico de la humanidad: el materialismo histórico. Marx creyó haber descubierto, como si fuera un Newton social, las “leyes de la historia”, las que le permitirían pronosticar el decurso futuro de la humanidad como si se tratara de una trayectoria balística, fácilmente determinable mediante ecuaciones de mecánica racional.
Y, en gran medida, la cultura inmediatamente postmarxista llegó a pensar que, en efecto, el futuro de la humanidad era predecible. En cierto sentido, todos éramos marxistas a comienzos del siglo XX, como éramos todos darwinistas. Allí estaba el telón de fondo cultural que reforzaba la validez de la regresión lineal como método adivinatorio del futuro cuantificable.
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Sin embargo, es justamente en los propios inicios del siglo veinte, entre 1905 y 1916 para ser precisos, cuando Alberto Einstein construye una nueva física de lo más grande: sus teorías especial y general de la relatividad. Uno de sus gráficos más didácticos consiste en una mitad inferior en la que una línea vertical choca hacia arriba, perpendicularmente, contra una línea horizontal que representa el instante presente; la línea vertical representa la trayectoria del pasado hasta este momento. De ese pasado no hay duda; ya ocurrió, ya colapsó, aunque pueda ser ignorado mientras no sea descubierto. A Julio César se le asesinó de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo; no fue el 16 de marzo ni el 8 de enero, y no fueron cinco puñaladas ni cincuenta, sino las referidas.
¿Qué pasa con el futuro? La mitad superior del gráfico consiste en dos líneas oblicuas divergentes que se originan en el punto de encuentro de las líneas vertical y horizontal ya descritas; aquéllas limitan la distancia que puede ser recorrida en cierto tiempo a la velocidad de la luz. Naturalmente, a mayor tiempo es mayor la distancia que puede recorrerse, y por esto las líneas divergen como los bordes de un abanico, para describir un área que es más grande a medida que uno se adentra en el futuro. Lo que cae fuera de estas líneas oblicuas queda definido como futuro imposible: cualquier punto en el exterior del abanico representaría un lugar al que sólo podría alcanzarse viajando a una velocidad mayor que la de la luz, que para la teoría de la relatividad es la velocidad máxima absoluta.
Es seguro que no se razonó así—a partir de un gráfico einsteniano—en la Corporación RAND a comienzos de los años sesenta para replantearse el problema de la predicción social. Mientras unos asistíamos, sin mucho entusiasmo, a fiestas “existencialistas”, los científicos sociales del mayor think tank del mundo inventaban la técnica de predecir mediante la construcción de “escenarios”. Pero puede presumirse que las nociones relativistas fueron permeando, fueron goteando durante décadas para cristalizar en el campo de la futurología social en la idea de que el futuro no era único, como pretendió el materialismo histórico, sino plural. Al mismo tiempo, la constatación evidente de que los más entre los procesos sociales son bastante erráticos, y no pueden ser razonablemente representados por una línea recta, complementó la erosión en la noción de que el futuro era lineal. (En procesos de gran inercia, de cambio lento, como el crecimiento de una población lo suficientemente grande, todavía resulta adecuada la herramienta de la regresión lineal; no así en procesos más volátiles, como por ejemplo en el caso de los valores de acciones o productos en el tiempo).
La definición técnica completa de un escenario incluye la descripción de un estado futuro posible de alguna sociedad o proceso social, junto con la especificación de los pasos por los que la situación actual pudiera alcanzar ese futuro. El empleo de esta técnica, por tanto, es técnicamente exigente cuando se emplea con rigor, aunque en el fondo sea un ejercicio de imaginación.
El reconocimiento de la pluralidad del futuro, en consecuencia, comenzó a ser manejado con la redacción de diversos escenarios considerados como posibles, en el sentido de ser capaces de imaginar la serie de pasos que llevarían del presente a la situación que describen. Un esquema frecuente es el de imaginar un “mejor escenario”, un “peor escenario” y un “escenario intermedio”. Pero no hay nada de mágico u obligatorio en el número de tres escenarios. Puede perfectamente redactarse cinco escenarios, o seis, u ocho…
La técnica de predicción por escenarios se inventó delante del telón de fondo cultural del abanico relativista. A medida que el futuro es más lejano, la incertidumbre es mayor, como lo es el área del abanico a medida que se aleja del vértice que es el momento presente.
Pero al hacerlo así acogió inadvertidamente una premisa no explícita: que el área del abanico es continua, y que en principio sería posible imaginar una infinitud de escenarios. Entre dos escenarios cualesquiera, siempre resultaría posible imaginar un escenario intermedio.
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Así llegamos a una nueva percepción. El nuevo telón de fondo conceptual viene provisto por las teorías de la complejidad y el caos, y con su matemática apropiada: la matemática fractal. Son disciplinas que han emergido en la segunda mitad del siglo XX, y por tanto son de goteo reciente.
Estas teorías tratan con procesos que proceden a paso de bifurcaciones y ramificaciones, como la anatomía de un árbol o la configuración de un delta fluvial. El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad permite, también, describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.
Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a fines de 2009.
La forma seria y responsable de considerar el futuro político es, pues, la de imaginarlo como el delta de un río. Está formado por brazos o caños diversos, los que no llevan todos el mismo caudal. Los más caudalosos son los más probables.
Es así como aun en condiciones de extrema complejidad es posible tanto predecir el futuro como seleccionarlo. Por el lado de la predicción social, el problema es ahora un asunto de identificación de las atractrices (cauces) actuantes en un momento dado. Por el lado de la acción, se trata de evitar ciertas atractrices indeseables y de seleccionar alguna atractriz conveniente o, más allá, de crear una nueva atractriz altamente deseable. Eso es, fundamentalmente, la esencia de una imagen-objetivo. Eso es lo que deben proporcionar los estrategas políticos.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Sep 8, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Algunos suscritores de las publicaciones de doctorpolítico—Carta y Ficha, hasta ahora— manifestaron curiosidad sobre el trabajo—Dictamen, junio de 1986—del que fue extraído el fragmento reproducido en el artículo breve de la carta de la semana pasada, la #347. En otras ocasiones se ha aludido acá a ese trabajo, el primero en el que explícitamente intentara una aproximación médica o clínica a los problemas políticos. El fragmento reproducido en esta Ficha Semanal #258 es parte de la sección “Insuficiencia política funcional”, dentro de un capítulo dedicado al diagnóstico que, en síntesis, encuentra que esa insuficiencia tiene por etiología (origen) la esclerosis del paradigma político.
Es de algún interés notar que muchos de los problemas políticos que sufre hoy nuestra sociedad, grandemente exacerbados, se encontraban ya molestándonos hace veintitrés años. Y es que, en gran medida, los diez últimos años no son otra cosa que, justamente, la exacerbación de patologías preexistentes. Si algo es esclerótico es el paradigma político del presidente Chávez: una lógica de Realpolitik o política de poder llevada a sus penúltimas consecuencias—hay regímenes mucho peores, como los de Castro, Hitler, Pinochet, Stalin—y la entronización simplista de una ideología marxista. Nos instruye el DRAE: esclerosis. (Del gr. σκλá½µρωσις). 1. f. Med. Endurecimiento patológico de un órgano o tejido. 2. f. Embotamiento o rigidez de una facultad anímica.
Es de la introducción a Dictamen una exigencia relativa a los tratamientos políticos que se propongan a los electores, principalmente en campañas electorales:
“No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vociferen, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad… La política se hace entonces exigible como un acto médico”.
Hoy, veintitrés años después de que fuera escrito, diez años después de que un cirujano político llegara a gobernar en Venezuela, es tiempo desde hace tiempo de pasar a una fase postoperatoria más tranquila. Ya basta de anestesiar e inmovilizar al paciente para intervenirlo con acciones traumáticas e invasivas.
LEA
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Insuficiencia política
Es evidente que el sistema político está funcionando inadecuadamente y que contribuye de manera decisiva al comportamiento también inadecuado de otros sistemas, pues no sólo no genera las respuestas para los problemas que muchas veces él mismo diagnostica, sino que impide el normal desenvolvimiento de los restantes componentes societales. Incluso impide el normal desenvolvimiento de sí mismo, al enmascarar procesos que debieran aceptarse como normales y que, al realizarse de todas maneras de forma encubierta, lo hacen ineficientemente, con un costo muy superior al que sería normal. Por ejemplo, a esta modalidad de “victorianismo político” corresponden actividades tales como las del tradicional apoyo encubierto desde las instituciones gubernamentales a los distintos procesos electorales en los que participa el partido de gobierno. En sociedades de mayor desarrollo político se considera natural que, digamos, un Presidente de la República se pronuncie pública y abiertamente en favor de candidatos de su preferencia.
En la caracterización de esta insuficiencia política funcional es importante anotar que se trata de un proceso autocatalítico, o, lo que es lo mismo, un proceso cuyos productos contribuyen a acelerar el proceso: se produce una retroalimentación. El desempeño incorrecto del sistema político se va agravando en virtud de su propia ineficacia. Asimismo, otro rasgo digno de notar es que el sistema político se comporta en estas condiciones con una exacerbación de sus respuestas alérgicas. Las críticas al sistema sólo se aceptan si provienen del mismo sistema político. (Aún esto mismo es estrictamente controlado, como lo comprueban las represalias contra hipercríticos intrapartidistas como Luis Matos Azócar).
Una de las modalidades de descalificación de la crítica externa consiste en calificar a los críticos de “conspiradores”. En este juego se incurre con frecuencia en contradicción. Por ejemplo, en las últimas semanas, a raíz de debates sobre una presunta vulneración de la libertad de prensa y de opinión, el Partido Social Cristiano COPEI ha censurado el uso de la palabra “conspiración” por parte del Gobierno, en aparente olvido de que fue el propio Dr. Rafael Caldera quien introdujo el tema de la “conspiración satánica” durante 1985, reforzado por artículo de prensa del Secretario General, Eduardo Fernández, justamente bajo el mismo título.
Así, pues, la insuficiencia política funcional se manifiesta en Venezuela como enfermedad grave y, lo que es peor, con tendencia a un progresivo agravamiento. Es importante notar que la insuficiencia del sistema político es reconocida por los miembros más conspicuos del mismo. Por citar el caso más notorio, vale la pena recordar una cruda frase del Primer Magistrado Nacional, Dr. Jaime Lusinchi, en ocasión de contestar a las Comisiones del Congreso de la República que fueron a participarle la instalación del período legislativo de 1985. En esa oportunidad el Presidente de la República confesó: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”. Una situación análoga a la ejemplificada por la preocupante frase del Presidente Lusinchi es la que protagonizaría el piloto de un gran avión de pasajeros que saliese de su cabina para anunciar a los pasajeros de primera clase (los senadores y diputados) que el aeroplano no responde a los mandos.
Pudiera ser que una mayor tendencia a la candidez es característica de los Presidentes de Acción Democrática. En 1975, el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez confesaba a los periodistas que no había sido posible dar a luz el documento contentivo del “V Plan de la Nación”, por cuanto, a pesar de que él había convocado por tres veces a su discusión ¡los ministros no habían leído el documento!
No es, pues, una situación desconocida para los habituales protagonistas de la escena política nacional esta insuficiencia política funcional aguda. ¿Cuáles son sus causas?
Una primera causa evidente es la del hipercrecimiento del tejido político, que infiltra e invade a otros tejidos del soma nacional. Es posible referirse a una neoplasia del sistema político, que, como todo crecimiento maligno, va destruyendo otros tejidos hasta el punto de destruir la vida y por este proceso destruirse al final a sí mismo. La infiltración más notable es detectada, como vimos antes, en la invasión del sistema judicial (controlado partidistamente, como ha podido verse recientemente en el caso de las nuevas autoridades de la Corte Suprema de Justicia), en la invasión del sistema económico a través del excesivo control permisológico que impide la circulación normal y de una hiperplanificación, y en la invasión y mediatización del sistema de representación popular. Esta hiperplasia política hace que el propio sistema político se encuentre en situación de sobrecarga decisional, puesto que, a las complicadas circunstancias ambientales derivadas de procesos tales como la reestructuración de la deuda externa, el deterioro de los precios petroleros y la situación de inseguridad de áreas vecinas (Centroamérica), ha añadido la complicación de su propio exceso.
En circunstancias tan complicadas como las actuales, resulta incomprensible que el propio Ejecutivo Nacional se complique y se recargue con una miríada de responsabilidades que bien pudiese delegar o desempeñar de otra forma. Por ejemplo, entre los decretos que dictó el Presidente Lusinchi con base en la llamada Ley Habilitante, se encontraban aquellos por los que el Presidente debía autorizar cada tarjeta de crédito que fuese a ser adjudicada a funcionarios públicos, así como también se reservaba el Presidente la autorización de todo nuevo cargo de la Administración Central. En tales condiciones, no queda tiempo material ni psicológico para la invención eficaz de políticas. Las presiones cotidianas consumen todo el tiempo disponible y, de este modo, la planificación de estrategias resulta poco menos que imposible. El Gobierno actúa para “apagar incendios”, pues no puede dedicar suficiente atención a los verdaderos negocios de Estado, sobre todo cuando también debe dedicar atención a los ataques de la oposición y a los acontecimientos políticos de su propio partido.
Pero debe existir una causa más profunda de insuficiencia del sistema político, pues, como hemos anotado, estos procesos patológicos han sido más de una vez diagnosticados. Es así como algo más fundamental es la causa última de la insuficiencia. En nuestra opinión esta causa es la esclerosis paradigmática evidente en los actores políticos tradicionales.
Todo actor político lleva a cabo su actividad desde un marco general de percepciones e interpretaciones de los acontecimientos y nociones políticas. Este marco conceptual es el paradigma político, y del paradigma que se sustente depende la capacidad de imaginar y generar las soluciones a los problemas públicos.
Es ése el sustrato del problema. La insuficiencia política funcional en Venezuela no debe explicarse a partir de una supuesta maldad de los políticos tradicionales. Con seguridad habrá en el país políticos “malévolos”, que con sistematicidad se conducen en forma maligna. Pero esto no es explicación suficiente, puesto que en la misma proporción podría hallarse políticos bien intencionados, y la gran mayoría de los políticos tradicionales se encuentra a mitad de camino entre el altruismo y el egoísmo políticos.
La explicación última de nuestra insuficiencia política funcional reside, pues, en la esclerosis paradigmática del actor político tradicional.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Sep 3, 2009 | LEA, Política |

Es de junio de 1986 el siguiente fragmento del suscrito:
No debiera prevalecer el poder sobre la autoridad, aunque éste haya sido el enfoque prevaleciente en Maquiavelo —“el fin justifica los medios”—y en la Realpolitik ejemplificada por el arquetipo de Bismarck.
Se conoce a dirigentes que logran articular un discurso moralista hacia fuera, como fundamento de una búsqueda facilista de la aclamación pública y que sin embargo, en medio de una campaña y en privado, sostienen el siguiente principio de moral política: “Lo único inmoral es no ganar”.
Son ejemplo clásico de la ya ineficaz postura política conocida como Realpolitik, la política “realista”. Su argumento límite va así: “A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me esté subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar.”
El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la “política realista”. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.
Es esto lo que se anda consiguiendo Hugo Chávez, aunque lo antedicho fuera escrito seis años antes de su emergencia golpista y fuera advertido a actores políticos distintos. Su intentona de 1992, por otra parte, no fue una acción de pueblo, sino el abuso de media docena de comandantes militares.
Pero ahora vuelve el enjambre ciudadano a estar a punto de convertirse en abejas africanizadas. Hace una semana, en la carretera de Tucacas, un vehículo con placas privadas, ocupado por guardias nacionales, terminó fuera del camino porque quiso adelantar a una gandola, que se movió inoportuna e inadvertidamente a su derecha. Del carro bajaron los guardias, amenazantes con las armas en la mano contra el conductor del camión. Se formó una poblada entre habitantes del lugar del incidente, los que procedieron a golpes contra los guardias. Éstos debieron huir con el rabo entre las piernas.
No son incidentes éstos ordenados por mesas opositoras. Es el pueblo que reacciona por su cuenta. Si el presidente Chávez piensa que sus recientes y múltiples atropellos provocarían una acción golpista en su contra, es bueno que piense más bien que está alborotando a todo el avispero ciudadano.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 3, 2009 | Cartas, Política |

Everybody’s got a laughing place
Ray Gilbert
Song of the South
Walt Disney, 1946
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El hijo mayor de quien escribe fue llevado por su padre al viejo cine Lido para ver la película Dumbo, de Walt Disney. Tenía en ese entonces unos cuatro años de edad. A la salida de la función de vermut, su padre notó en el niño un rostro desacostumbrado. Era tan preocupante la mirada de su hijo, que se puso en cuclillas para que sus rostros estuvieran más o menos a la misma altura y le preguntó qué le pasaba. El niño se echó llorando intensamente en sus brazos y atinó a decir entre sollozos y mocos: “¡Es que a la mamá de Dumbo la metieron presa!”
El poder sobre las emociones que ejerce una película de Disney no es despreciable, y menos cuando se trata de las emociones infantiles. También el suscrito tuvo alguna vez cuatro años. Recién cumplidos, asistió con su madre al cine Río en Sabana Grande a ver Canción del Sur—los cuentos del Tío Remus (de origen en el folklore yoruba) acerca de la versión gringa de nuestro Tío Conejo—, que fue la película que más lo ha hecho llorar en toda su vida, esta vez porque el niño protagonista fue corneado por un toro y su vida, que afortunadamente se salvó, corrió grave peligro.
Canción del Sur—no lo podía saber entonces—parecía ser una película racista, o por lo menos así fue calificada por algunos críticos. La Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) reconoció los méritos artísticos del filme al tiempo que condenó la “impresión que da de una relación idílica amo-esclavo”, y la folklorista Patricia A. Turner—hoy en día Profesora de Estudios Afro Americanos y Africanos en la Universidad de California en Davis—escribió:
La recreación de la historia de Harris por Disney en el siglo XX es mucho más odiosa que el original. Los días en la plantación localizada en los “Estados Unidos de Georgia” comienzan y terminan con negros no supervisados cantando canciones sobre su maravilloso hogar, mientras marchan hacia los campos y desde ellos. Disney y compañía no hicieron ningún intento de presentar la música al estilo de los spirituals y canciones de trabajo que habrían sido cantadas en la época. No proveyeron indicación alguna del estatus de los negros en la plantación. Joel Chandler Harris colocó sus historias en la era posterior a la esclavitud, pero la versión de Disney parece ocurrir durante un tiempo surrealista en el que los negros vivían en alojamientos de esclavos en una plantación, trabajaban diligentemente sin recompensa aparente y consideraban a Atlanta un sitio viable para el retiro de un negro viejo. El amable viejo Tío Remus atiende las necesidades del tierno niño blanco cuyo padre lo ha dejado inexplicablemente con su madre en la plantación. Un niño negro de la misma edad, obviamente mal mantenido, es asignado a cuidar de Johnny, el niño blanco. Aunque Toby hace referencia a su “ma”, sus padres no se ven por ningún lado. Los afroamericanos adultos del filme sólo le ponen atención cuando descuida sus responsabilidades como cuidador y compañero de juegos de Johnny. Se levanta de mañana antes que Johnny para llevar a su carga blanca agua con qué lavarse y para mantenerla entretenida. […] curiosamente, Toby está ausente de las escenas de fiesta. Toby es suficientemente bueno para cazar ranas con él, pero no lo suficientemente bueno para comer torta con él.
Etcétera. La figura del Tío Remus remitía a la del Tío Tom, símbolo de la esclavitud sumisamente aceptada, y Harris, el recopilador de los cuentos, era él mismo racista y defensor de la esclavitud, de lo que dejó expresamente constancia en el prólogo de uno de sus libros. Pero Walt Disney no era Joel Harris, y se cuidó de un posible sesgo sureño blanco que introdujera el guionista Dalton Reymond. Disney no quería que el guión fuese “tiotomoso” (Uncle Tomish), y para evitar la distorsión buscó complementar a Reymond con la adición de Maurice Rapf. Neal Gabler refiere en Walt Disney: The Triumph of the American Imagination (2006): “Rapf era miembro de una minoría, judío y franco izquierdista, y él mismo creía que la película sería inevitablemente Uncle Tomish. “Eso es exactamente por lo que quiero que trabajes en ella”, le dijo Walt, “porque sé que no piensas que debo hacer la película. Tú estás contra el Tío Tomismo, y eres un radical”.
Las apariencias engañan. Walt Disney no era el racista que Patricia Turner pintó con poca justicia.
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Otra canción del sur pareció cantarse a coro, aunque muy desafinada, en la reciente cumbre de UNASUR desde Bariloche, Argentina. En general, el tema de la canción era el de la desconfianza suscitada por el acuerdo colombo-estadounidense de ampliar el acceso de fuerzas militares norteñas, en especial aéreas, a las bases militares de Colombia. Pero los miembros del coro, la mayoría de los presidentes nacionales de América del Sur, parecían cada uno vocalizar una letra distinta, y mientras unos cantaban con preocupada tranquilidad, otros lo hacían con jocosa agresividad. Everybody’s got a laughing place.
Ninguno aplaudió o celebró en modo alguno la ocurrencia de Álvaro Uribe Vélez, a cuyo tercer período presidencial van abriéndose las puertas una tras otra. Pero su posición es comprensible: Colombia no ha dejado de estar asediada por la guerrilla y el narcotráfico, socios criminales de una rebeldía que hace mucho dejó de tener el más mínimo sentido. Y si algún cambio positivo para los colombianos ha traído alguno de sus gobiernos en esta lucha contra la violencia, la negación de la política, es el presidido por Uribe. Colombia es otra desde que él es presidente.
Uribe recibió la Presidencia de Colombia de las manos de Andrés Pastrana, quien había accedido al cargo el 7 de agosto de 1998, cuatro años antes. Pastrana probó primero una distensión de la guerra contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional, a los que llegó a conceder un santuario enorme en el interior del país, con un área equivalente a la de Suiza. Su esperanza era que a ese gesto sobrevinieran negociaciones definitivas, que acabaran con la lucha armada en su país. Salió del experimento con las tablas en la cabeza. Las FARC y el ELN jamás cesaron su cruel actividad terrorista.
Pero cuando Pastrana apenas comenzaba su gobierno, hizo su primera visita de Estado a Venezuela para reunirse con Rafael Caldera, a cuya presidencia le quedaba menos de seis meses de vida. En aquella ocasión la corresponsal de Univisión quiso conocer la opinión de quien escribe sobre la intención ya sabida de Pastrana, sobre su oferta de distensión. La contestación fue más o menos así: “Me parece una señal de respeto que el primer viaje al exterior del presidente Pastrana sea una visita al presidente Caldera, en busca de su criterio y su consejo tal vez porque pudo desactivar nuestras propias guerrillas durante su primer gobierno. Y creo que debe ofrecerse la bienvenida a su intento de desarmar a Colombia por las buenas. Pero si su iniciativa fracasa, la próxima visita debería procurar un acuerdo militar de Colombia y Venezuela, hacia donde más de una vez se ha desbordado la guerrilla, como en Cararabo, para que el ejército colombiano y el ejército venezolano atenacen en maniobra de pinzas a los insurgentes terroristas y narcotraficantes para cercarlos y acabar definitivamente con ellos”. Era, por supuesto, una recomendación radical y también ilusa. El presidente que hubiera tenido que recibir la segunda visita era Hugo Chávez, quien preferiría más bien unas tenazas de las FARC y el ejército de Venezuela contra las “cúpulas podridas” de Bogotá.
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Obviamente, una mayor presencia militar estadounidense en Colombia, además de su objetivo explícito contra las FARC y el ELN, es un poderoso disuasivo de aventuras bélicas venezolanas contra Colombia, que es un escenario que el vecino país debe haber considerado desde hace ya mucho rato. No en balde son groseramente patentes las actitudes del gobierno presidido por Chávez—a favor de las FARC y en contra de Uribe—y especialmente el desmesurado armamentismo venezolano de los últimos años. Si Chávez tuviera de vecino un país cuyo gobierno se armara hasta los dientes sin motivo aparente, se aliara con sus enemigos internos y lo insultara semanalmente, hace mucho tiempo que se habría rasgado las vestiduras, chaleco antibalas incluido, y en cada interminable discurso se hubiera presentado, con más denuedo del que habitualmente aplica, como víctima de siniestros designios. Si Uribe no tuviera planes contra una posible, hasta probable, agresión abierta de Venezuela, sería muy mal Presidente de Colombia y, como no se chupa el dedo, tiene que estar plenamente consciente de que un incremento de la ayuda militar de los Estados Unidos es la mejor vacuna contra tan desagradable infección.
De modo que el exceso en la reacción de Chávez—a comparar con la mesura de otro vecino de Uribe, como Lula—lleva a pensar que, antes de ser una amenaza activa contra Venezuela, el polémico acuerdo de Colombia y los Estados Unidos puede ser el entorpecimiento de la suya propia, de sus propios planes anticolombianos.
Claro que es posible una retórica de preocupación, aun de grande preocupación sudamericana, pues es verdad que la historia del intervencionismo estadounidense, en el mundo y en este continente del sur en especial, es larga y densa. Pero la retórica de Chávez sonó hueca en más de una ocasión. Dijo, por ejemplo, que la Guerra de Irak mostraba que los Estados Unidos abusaban de su poder sin miramientos, y que “ni siquiera si el imperio fuera a jurar al Vaticano” él les creería. Pero el mundo sabe que no todos los estadounidenses aprobaron esa guerra, que muy particularmente no lo hizo Barack Obama, cuya política es diametralmente opuesta a la de su antecesor, quien la inició. El mismo día que Chávez expresaba esa incredulidad, John Kerry hacía un elocuente elogio de Ted Kennedy en las muy atípicas exequias—celebratorias de la productiva vida del finado—que se le hacían en Boston. Allí dijo que el voto de Ted Kennedy contra la guerra en Irak había sido su voto más orgulloso. (“His proudest vote”).
De modo que Chávez pretendió hacer creer a sus colegas de UNASUR que Walt Disney era Joel Harris y Barack Obama es George W. Bush, y ninguna de estas cosas es cierta.
Por lo demás, Chávez tiene un serio problema de carencia de autoridad moral. Si alguien tiene baja credibilidad—ni que fuera a jurar hasta la Meca—es él; si alguien fue golpista antes que los militares hondureños fue él mismo; si alguien ha seguido una política exterior procazmente intervencionista es él. De aquí la advertencia de Uribe: “No podemos caer en la trampa de que hay intervencionismos malos e intervencionismos buenos”.
Uribe Vélez no es nuestro presidente, y el Vicepresidente de Ecuador, Lenin Moreno, no es el nuestro. Pero en este caso una abrumadora mayoría de los venezolanos hace suyas recientes palabras de Moreno: “Si es que el propósito del presidente Chávez fuera el de involucrarnos en un conflicto militar, no lo vamos a aceptar”.
Va a tener que ir a pelear solo.
luis enrique ALCALÁ
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