por Luis Enrique Alcalá | Ago 11, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En mayo de 1984, dos meses después de que Luis Herrera Campíns culminara su período presidencial, inició un proyecto de periodismo político: la revista Voz y Caminos, que circuló mensualmente hasta abril de 1986. En uno de sus primeros números apareció un artículo—Deuda Externa: Responsabilidades y Consecuencias—del ingeniero Aurelio Useche, quien había presidido la Oficina Central de Presupuesto bajo Herrera Campíns. De este extenso artículo se reproduce en esta Ficha Semanal #254 de doctorpolítico su sección final—La política económica para el futuro—precedida de los dos párrafos previos.
En su artículo, Useche hace mención de un importante documento—Programa de Reorganización del Sector Público (agosto de 1980)—que fuera elaborado por Cordiplán, el Ministerio de Hacienda y la Oficina Nacional de Presupuesto con el fin de propiciar un crecimiento económico moderado y racional. (La iniciativa del estudio fue de Ricardo Martínez, Jefe de Cordiplán, y a ella se sumaron con entusiasmo y tesón Luis Ugueto Arismendi, Ministro de Hacienda, y el propio Useche). De este documento se hizo sólo veinte copias numeradas, destinadas a los principales líderes partidistas. Una de ellas fue remitida a Rómulo Betancourt.
Aun cuando el gobierno de Herrera Campíns utilizó el estudio como guía parcial de su política en materia de Administración Pública, la dirigencia copeyana no prestó demasiada atención al documento. Quien sí lo tomó en serio fue Betancourt, y lo esgrimió como base de un discurso en el seno de su partido que fue publicado en la primera semana de marzo de 1981 por la revista Zeta en su número 363.
Esto dijo Betancourt, con su verbo característico, poco antes de su fallecimiento:
Tenemos unos problemas que difícilmente puede afrontar un gobierno unicolor, un gobierno unipartidista. Puede llegar el momento en que nosotros [debamos]… plantearnos la necesidad de un gobierno de concentración nacional, en el cual estén representados los dos partidos de mayor auditorio en la Nación, representantes del sector privado y representantes de la CTV. Sólo un gobierno con esa fuerza puede ser capaz de enfrentar los problemas fundamentales que tiene Venezuela y que están allí, mientras que el país político se dedica al tiroteo verbalista, vacío y hasta me atrevo a decir antipatriótico ante la realidad que vive Venezuela.
Yo no estoy planteando una tesis para despertar mucho entusiasmo; sin jugar a Casandra, sin usar palabras apocalípticas, estoy usando informaciones que me vienen y que he confirmado leyendo de un informe ultraconfidencial hecho por representantes del actual gobierno, fechado en el mes de agosto de 1980, redactado por los representantes de los Ministerios de Hacienda, de Minas e Hidrocarburos, de Cordiplán, de Agricultura.
Yo simplemente lanzo aquí, a la consideración de esta Asamblea y a través de este micrófono a todo el país… este problema a la consideración de los venezolanos. Lo lanzo con humildad, lo lanzo sin creer que estoy convertido en un mago sobrenatural, sino como un venezolano que sigue con su preocupación constante por Venezuela.
LEA
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Profecías y récipes
La actual situación económica es delicada. Es necesario actuar con realismo social y político, pues hasta el presente el proceso de ajuste ha recaído en las mayorías, es decir, en los asalariados y toda política económica debe tener como norte optimizar el bienestar común, habida cuenta de las restricciones.
Decir que Venezuela no tiene posibilidades de salida, es desconocer su potencialidad a mediano y largo plazo. Y es sobre ellas que se debe actuar a fin de que las próximas generaciones encuentren tal posibilidad en riqueza real.
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Cuando se estudia los programas de gobierno presentados por los partidos políticos en épocas de elecciones, aparecen elementos de carácter común. Es decir, generalidades que tienen como horizonte el bienestar colectivo de indiscutible aceptación. Pero el establecimiento de objetivos, políticas, instrumentos, programas coherentes entre sí y con la realidad económica global, no existe. Hay falta de concreción. Resulta entonces indispensable definir la política económica partiendo de un concepto global, que pudiera concebirse como un modelo normativo a largo plazo, donde puedan articularse y conciliarse los objetivos superiores de política, con el comportamiento actual o coyuntural de la economía. Es de tomar en cuenta, en este diseño, la necesidad de romper con el modelo tradicional de crecimiento basado en el excedente petrolero. Surge igualmente como parte de este proceso, una programación macroeconómica, donde el producto, consumo, inversión, empleo, liquidez monetaria, oferta y demanda de divisas, conformen un conjunto y puedan entonces instrumentos programas que marchen en armonía con el orden social a conseguir.
Es indispensable evitar la tendencia, muy arraigada en nuestros gobiernos, de asumir iniciativas específicas que se presentan como grandes salvadoras de la economía, que luego entran en contradicciones con las demás. Los resultados terminan siendo catastróficos y tienen como expresión final una inmensa contribución al déficit financiero del sector público. Caso evidente en la situación actual lo constituye el turismo. Se habla, se comenta y se tiene un convencimiento absoluto acerca del turismo como la actividad que se deba propiciar con mayor impulso desde los sectores públicos y privados. Sin embargo, no debe tomarse ninguna iniciativa práctica en este sentido si no se articula y concilia con el resto de la economía y sus objetivos primarios.
La política económica dentro de los esquemas de orden social convenido debe ser el producto de una discusión sobre los siguientes aspectos:
-La estructura económica posible y deseable a largo plazo.
-Evaluación de las tendencias que se observan y detectar las desviaciones con relación a lo deseable, y derivar de allí las políticas e instrumentos adecuados para modificar los factores que condicionan esas tendencias.
-Jerarquización de los sectores económicos y su participación en la creación de riqueza, atendiendo la visión de conjunto o global a largo plazo.
-Cuantificación y evaluación de las posibilidades en la formación de ahorro interno; su composición institucional a objeto de determinar las posibles necesidades de recursos externos con el fin de generar las condiciones para ese desarrollo deseable.
Una vez definido este orden referencial se podrá establecer con mayor claridad las relaciones entre el sector público y privado, aspecto de vital importancia, por cuanto a veces el Gobierno actúa como un Estado Socialista, y en otras oportunidades como si estuviésemos ubicados en el otro extremo. Es necesario definir de una vez esta relación y un equilibrio que permita en el mediano plazo una estructura económica sólida.
El papel de la Administración Pública, dentro del contexto económico, viene siendo cuestionado desde hace ya tiempo. Por no haber un proyecto político y económico concebido en forma global, el desempeño de la Administración Pública no ha sido claro, y equivocadamente se le atribuyen responsabilidades en el fracaso económico.
En los últimos años se ha venido insistiendo en una Reforma del Estado y de la Administración, como materia indispensable y de inaplazable decisión. Pero, surge la pregunta: ¿reforma de qué y para qué? Eso no ha sido expuesto con claridad. Y no podrá serlo hasta no contar con un esquema económico global de largo plazo.
Resulta preocupante la actitud de los que tienen el poder político, por cuanto se ha iniciado de nuevo un proceso de reforma sin que se aprecie esa visión de largo plazo del país. Al contar con ella, sí procederá entonces una adaptación de la estructura administrativa del Estado. De allí que la reforma del Estado no sea un asunto eminentemente jurídico, como ha sido el enfoque hasta el presente.
El país se encuentra en una situación en que se requiere definiciones. Existen dudas generalizadas sobre la capacidad de los dirigentes políticos acerca de la conducción del país. Sin embargo, corresponde a los que tienen ante sí el reto del futuro, tomar los pasos necesarios, para enfrentar la situación generando confianza en los ciudadanos. Así esperamos el futuro posible y deseable.
Aurelio Useche
por Luis Enrique Alcalá | Ago 6, 2009 | Cartas, Política |

Quienquiera ponga sus manos sobre mí para gobernarme es un usurpador y un tirano, y lo declaro mi enemigo.
Pierre-Joseph Proudhon
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La serie la comenzó Proudhon (1809-1865), en 1846, con su Filosofía de la miseria. (Système des contradictions économiques ou Philosophie de la misère).
Era, ciertamente, una persona de ideas radicales. Hijo de un tonelero de Besançon, en gran medida se educó a sí mismo. A sus treinta años de edad, después de trabajar como pastor de ganado, como tipógrafo y como corrector de pruebas de imprenta, puso su interés en la política, a la que añadió la masonería en 1847. Obviamente, logró familiaridad con las incipientes ideas socialistas en su juventud, pero las suyas propias fueron realmente originales. Fue la primera persona que se identificara como anarquista, lo que queda registrado con entera precisión en el epígrafe, de 1849, y que fuera dirigido especialmente contra la noción marxista de una dictadura necesaria. (El Manifiesto Comunista es de 1848).
En 1851 Proudhon completó Las confesiones de un revolucionario, donde dice con característica vehemencia: “En el campo político el gobierno es lo análogo al capital… La idea económica del capitalismo, la política del gobierno o la autoridad y la idea teológica de la Iglesia son tres ideas idénticas, enlazadas de varias maneras. Atacarla a una es atacarla a todas ellas… Lo que el capital hace al trabajo, y el Estado a la libertad, la iglesia lo hace al espíritu. Esta trinidad de absolutismo es tan funesta en la práctica como en su filosofía. El modo más eficaz de oprimir al pueblo sería esclavizar a la vez su cuerpo, su voluntad y su razón”.
Pero es su Filosofía de la miseria la que lo metería en problemas con quien fuera su efímero amigo y admirador, Carlos Marx. Éstas son las últimas palabras de esa obra:
El legislador desconfía del hombre, una condensación de la naturaleza y un sincretismo de todos los seres. No confía en la Providencia, una facultad inadmisible en la mente infinita. Pero, atento a la sucesión de los fenómenos, sumiso a las lecciones del destino, busca en la necesidad la ley de la humanidad, la perpetua profecía de su futuro.
Recuerda también, de cuando en cuando, que si el sentimiento de la Divinidad se hace más débil entre los hombres, si la inspiración celeste se retira gradualmente para dar paso a las deducciones de la experiencia, si hay una separación cada vez más y más flagrante del hombre y de Dios, si este progreso, forma y condición de nuestra vida, escapa a las percepciones de una inteligencia infinita y por eso mismo ahistórica, si, para decirlo todo, la apelación a la Providencia de parte de un gobierno es a la vez una cobarde hipocresía y una amenaza contra la libertad, a pesar de eso el consentimiento universal de los pueblos, manifestado por el establecimiento de tantas religiones diferentes, y la contradicción para siempre insoluble que golpea a la humanidad en sus ideas, sus manifestaciones y tendencias indican una secreta relación de nuestra alma, y a través de ella de la naturaleza entera, con el infinito, una relación cuya determinación expresaría al mismo tiempo el significado del universo y la razón de nuestra existencia.
El agnóstico misticismo final de Proudhon sería demasiado para el ateo que era Marx, y junto con otras cosas que se pasa a mencionar los convertiría en rivales.
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El segundo eslabón de la cadena fue forjado por Carlos Marx. En 1847, al año siguiente de la publicación de la Filosofía de la miseria, sacó a la luz La miseria de la filosofía—Das Elend der Philosophie, para los íntimos—, un libro de 225 páginas con sólo dos capítulos, el primero en tres partes y el segundo en cinco. Cada una de estas ocho secciones no es otra cosa que una golpiza lógica a las tesis expuestas por Proudhon. El libro de Marx es una muestra más de las veces cuando escribió con malas pulgas. (En 1858 las tenía malísimas cuando compuso una nota biográfica sobre Simón Bolívar para The New American Cyclopedia, en la que lo caracteriza mezquina e irresponsablemente como un pequeño Bonaparte).
Algo personal tenía Marx contra Proudhon, a quien hasta dos años antes de su filípica contra el francés elogiaba sin medida. (Un crítico literario como Edmund Wilson, en su juventud típicamente interesado en el marxismo, postuló en To the Finland Station que la carga de Marx contra Proudhon se debía a que el primero detestaba a Karl Grün—traductor al alemán de obras de Proudhon—y éste lo defendía. Por otra parte, en un pasaje de La miseria de la filosofía, Marx, étnicamente judío en una familia renegada a favor del luteranismo para colocarse mejor en la clase media alemana de la época, deja entrever su irritación por el hecho de que Proudhon, como lo hizo con el latín, hubiera aprendido el hebreo por su sola cuenta).
Lo cierto es que Marx opinó con entusiasmo (pasajero): “No sólo escribe Proudhon en el interés de los proletarios; él mismo es un proletario, un ouvrier. Su trabajo es un manifiesto científico del proletariado francés”. (La Sagrada Familia, 1845). Poco después, Marx acuñaría el concepto de socialismo utópico—es decir, ingenuo, no científico—precisamente para referirse al pensamiento social de Pierre-Joseph Proudhon, Charles Fourier, Louis Blanc, Robert Owen y Saint-Simon.
Y es que Marx pretendía que su propia variedad de socialismo poseía la titularidad de la marca “socialismo científico”. Concebía a éste como un análisis científico de la sociedad y su historia. Su “materialismo histórico” habría descubierto las leyes de la historia (historicismo), y a partir de ellas, como si tal cosa fuera buena ciencia empírica, sería capaz de hacer predicciones, tanto como Isaac Newton las había hecho en física mecánica. En un coctel de economía clásica (Adam Smith y David Ricardo), los precursores del socialismo mencionados y el método dialéctico tomado de G. W. F. Hegel, postulaba que la “lucha de clases” era el motor de la historia, que ineludiblemente llevaría a una sociedad sin clases (comunista) después de que presidiera sobre una previa fase socialista la “dictadura del proletariado”. (Todavía hay gente que cree esa necedad: “…la base para la construcción del Socialismo del Siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels…”, Raúl Isaías Baduel, 18 de julio de 2007).
No fueron ésas, por cierto, las únicas fuentes de Marx, pensador muy poco original. El concepto de “alienación”—enajenación de uno mismo a su propia creación—lo sacó de Ludwig Feuerbach (La esencia del cristianismo, 1841). Y así como la emprendió inmisericordemente contra Proudhon, a quien decía admirar, y contra Hegel (y toda la filosofía previa), y contra Bolívar, de quien no tenía información veraz, la enfiló igualmente contra Feuerbach en sus once Tesis sobre Feuerbach (1845). Es allí donde escribe la potente sentencia: “Hasta ahora los filósofos sólo han interpretado el mundo en varios modos; el punto está en cambiarlo”. (El suscrito tiene un compadre—quien recibirá este texto—empeñado en que estudie alemán. La famosa frase de Marx fue escrita, natural y horriblemente, en ese endemoniado idioma: “Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kommt aber darauf an, sie zu verändern”. ¡Ugh!)
En todo caso Marx, en la Miseria de la filosofía, se ensañó, como ha quedado dicho, con Proudhon. Así habla de él y su trabajo en la sección que llama El método:
Regresemos a M. Proudhon.
Toda relación económica tiene un lado bueno y uno malo; es el único punto en el que M. Proudhon no se engaña. Él ve el lado bueno expuesto por los economistas; ve denunciado el lado malo por los Socialistas. Toma prestada de los economistas la necesidad de relaciones eternas; toma prestada de los Socialistas la ilusión de ver en la pobreza nada más que pobreza. Está de acuerdo con ambos en querer descansar sobre la autoridad de la ciencia. Para él, la ciencia se reduce a sí misma a las esbeltas proporciones de una fórmula científica; es un hombre en busca de fórmulas. Es así que M. Proudhon se adula a sí mismo por haber criticado a la vez a la economía política y al comunismo: está por debajo de ambos. Debajo de los economistas desde que, como un filósofo que tiene a la mano una fórmula mágica, creyó que podía eludir adentrarse en detalles puramente económicos; debajo de los socialistas porque no tiene ni coraje ni percepción suficiente para elevarse, así fuera especulativamente, por sobre el horizonte burgués.
Él quiere ser la síntesis… y es un error compuesto.
Él quiere volar como hombre de ciencia sobre los burgueses y los proletarios; es meramente un pequeño burgués, continuamente batido atrás y adelante entre el capital y el trabajo, la economía política y el comunismo.
¿Le habrán enseñado alguna vez a Marx que el argumento ad hominem es una de las falacias más primitivas?
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Ochenta y nueve años pasarían—George Lucas lo habría hecho más rápidamente—antes de que Karl Raimund Popper aportara el tercer miembro de la irónica serie con La miseria del historicismo (1936), una crítica a la pretensión del marxismo de ser una ciencia.
Previamente había expuesto, en La lógica de la investigación científica (1934), su “criterio de demarcación”, un rasgo cuya presencia o ausencia separaban un discurso científico de otro que no lo fuese. En palabras de Popper:
“…ciertamente admitiré un sistema como científico o empírico solamente si es capaz de ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones sugieren que no es la verificabilidad sino la refutabilidad de un sistema lo que debe ser tomado como un criterio de demarcación. En otras palabras: no requeriré que un sistema científico sea capaz de ser distinguido, de una vez por todas, en un sentido positivo; pero requeriré que su forma lógica sea tal que pueda ser distinguido, por medio de pruebas empíricas, en un sentido negativo: debe ser posible a un sistema científico empírico el ser refutado por la experiencia”.
Al comienzo, admite Popper, el historicismo marxista pudo ser tenido por científico, puesto que se atrevió a producir predicciones. Sin embargo, cuando esas predicciones dejaron de materializarse, el marxismo procuró salvarse mediante la incorporación de hipótesis ad hoc que lo ajustaran a los hechos. (También niega Popper que el psicoanálisis y la astrología constituyan discursos de la ciencia empírica o experimental. Si uno reclama a un astrólogo que se ha equivocado al anunciarle a uno que el pasado mes de marzo debió serle extraordinariamente bueno, puesto que fue desastroso, se salvará rápidamente contestando que no le hemos ofrecido la hora exacta, verdadera, de nuestro nacimiento, y que por esto nuestra carta astral contiene un error; no es él, ni la astrología, quien se equivoca).
El análisis de Popper en La miseria del historicismo es implacable y muy completo. Uno de sus argumentos más conocidos es éste: es lógicamente imposible conocer el curso futuro de la historia porque éste depende en parte del crecimiento futuro del conocimiento científico, el que no puede en principio ser conocido. Tampoco puede la historia ser objeto de experimentos repetibles, puesto que las condiciones iniciales son inevitablemente distintas cada vez. (En su hilarante Pierre Menard, autor del Quijote, destaca Jorge Luis Borges la dificultad de la tarea de escribir El Quijote desde la experiencia de Menard, no la de Cervantes, puesto que, entre otras cosas, ya el Quijote ha sido escrito).
Pero también dice Popper que los experimentos sociales a gran escala no pueden aumentar nuestro conocimiento de los procesos sociales porque, a medida que se centraliza el poder para permitir que las teorías sean puestas en práctica, debe reprimirse la disensión, y entonces es más difícil averiguar qué es lo que la gente piensa realmente, y más difícil saber si el experimento utópico—el marxismo es el más utópico de los socialismos—está funcionando adecuadamente. Y esto requeriría un dictador benevolente que no se corrompiera con la acumulación de poder, lo que definitivamente es muy dudoso.
Claro, de cuando en vez sale algún pretencioso a anunciar su “definitiva” refutación de Popper en este punto. Por ejemplo, escribe Hristos Verikukis—Popper’s Double Standard of Scientificity in Criticizing Marxism, 2007—estas palabras:
Este artículo es una consideración de la crítica de Popper al marxismo en términos del criterio de refutabilidad. Intenta mostrar que la crítica de Popper, en conjunto con su proposición alternativa para una ciencia social, envuelve una inconsistencia. Esta inconsistencia consiste en lo siguiente: cuando Popper critica al marxismo, emplea la refutabilidad como un criterio de lo que es científico; sin embargo, cuando aboga por su propia versión de ciencia social y reivindica su carácter científico, emplea un criterio diferente que no es tan estricto; así, termina con un doble estándar: uno para el marxismo y uno para su propia teoría. Si éste es el caso, como intentaré mostrar, entonces la crítica de Popper del marxismo en términos de refutabilidad falla el blanco y debiera ser descartada.
Muy descaminado el Sr. Verikukis. Un conocimiento elemental de lógica permite percatarse de que la presunta falsedad de la “ciencia social” de Popper no convierte en absoluto al materialismo histórico en verdad científica. Una cosa no guarda relación con la otra. Por otra parte, Popper no pretende hacer ciencia social; lo que él postula no es una ciencia sino una profesión, un oficio, un métier: una política puntual, una ingeniería social de alcance limitado que introduce cambios pequeños y reversibles que permitan aprender de los resultados.
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Y llegamos ahora a la esperanza: que algún autor escriba pronto La miseria del chavismo, La miseria del “socialismo del siglo XXI”.
Este socialismo, cuyo profeta más tenaz es Hugo Chávez Frías, es claramente comunista, es un socialismo marxista. Es aun menos original que lo que Marx fuera, y todavía hinca sus raíces, seguramente en ignorancia y sin proponérselo, en Proudhon. Dicho por Chávez: “Ser rico es malo” y, con arrogancia mayestática, “En Venezuela no hay tierras privadas. Así lo digo”. Dijo Proudhon: “La propiedad es un robo” (¿Qué es la propiedad?, 1840).
El problema es que allí también dijo Proudhon cosas inconvenientes a los oídos del “Comandante en Jefe de la Revolución Bolivariana” (nuevo título real proclamado anteayer en La Bombilla): “El comunismo es desigualdad, pero no como la propiedad. La propiedad es la explotación del débil por el fuerte. El comunismo es la explotación del fuerte por el débil. En el comunismo, surge la desigualdad de colocar la mediocridad a la par de la excelencia”.
Y también: “En cualquier sociedad dada, la autoridad del hombre sobre el hombre se mueve en proporción inversa del desarrollo intelectual de esa sociedad”.
No es probable que los textos de Pierre-Joseph Proudhon ingresen al currículum “bolivariano”.
luis enrique ALCALÁ
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 6, 2009 | LEA, Política |

El imperio, a pesar de su gran tamaño, se mueve como un peso pluma.
Para desactivar la potencialmente explosiva situación entre Henry Louis Gates Jr., profesor de Harvard, y su captor, el sargento Joseph Crowley, convocó una libación de cerveza entre estos litigantes y el Presidente y el Vicepresidente de los Estados Unidos. (Cada uno bebió una marca distinta).
Para sorprender a la preocupante dinámica de emponzoñamiento de relaciones con Corea del Norte, despachó a Pyongyang a nadie menos que el esposo de la Secretaria de Estado, el ex presidente William Clinton, quien regresó de Asia con dos periodistas liberadas por el régimen comunista, alegrando de paso a quien fuera su vicepresidente, Al Gore, pues las profesionales trabajaban para la organización del segundo. (Aunque el gobierno estadounidense se distanció de la misión de este Búfalo Bill, concedió un permiso federal al vuelo que sin él hubiera sido ilegal).
Y en el caso de Honduras ha dejado al gobierno venezolano en descampado. Mel Zelaya, que en su turismo de víctima—Jean-Bertrand Aristide no hizo viajes tan extensos—lleva su ridículo sombrero a Nicaragua, Costa Rica, Washington, Ciudad de México y Brasilia, no lo trae a Venezuela, y pide todo a los Estados Unidos. (El Departamento de Estado, por cierto, en carta de Richard Verma, Secretario Asistente para Asuntos Legislativos, a Richard Lugar, el senador republicano de mayor rango en el Comité de Relaciones Exteriores, ha dejado entrever su insatisfacción con Zelaya, señalándolo como provocador de su remoción, declarando que no endurecería sus sanciones contra el gobierno de facto más allá de lo ya hecho y exponiendo: “Nuestra política y nuestra estrategia para el compromiso no están basadas en el apoyo a ningún político o individuo en particular. Más bien, están basadas en encontrar una resolución que mejor sirva al pueblo de Honduras y sus aspiraciones democráticas”).
Son unos Estados Unidos bastante diferentes, y no puede negarse que tras el cambio está el impulso de Barack Obama, cuya popularidad doméstica, no obstante, ha descendido de modo muy marcado en las últimas semanas, principalmente por razón de la lentitud en la recuperación del empleo. (Ayer fue hasta Indiana, en una zona con desempleo de casi 17%, a mostrar su resolución: “Aun en los peores tiempos, contra las probabilidades más duras, nunca nos hemos rendido… No claudicamos. No rendimos nuestros destinos al azar. Siempre hemos soportado”).
La opinión pública es más favorable a Obama fuera de su país. El Pew Research Center concluyó recientemente encuestas en 24 países, y encontró que la confianza en que Obama lo hará bien en asuntos mundiales es el doble de la conferida a Bush en China, el triple en Japón y México y el cuádruple en Jordania y Egipto. Por primera vez en ese estudio, se registró más confianza en el Presidente de los Estados Unidos que en Osama bin Laden en países predominantemente islámicos como Egipto, Indonesia, Jordania, Nigeria y Turquía.
Lleva sólo seis meses de gobierno.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ago 4, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La presente Ficha Semanal (#253 de doctorpolítico) reproduce extractos separados del capítulo 2—¿Liderar o engañar?—del libro Liderazgo sin respuestas fáciles, escrito por Ronald A. Heifetz. Además del título mencionado hay un subtítulo que marca todo un programa para la Venezuela de hoy: Propuestas para un nuevo diálogo social en tiempos difíciles.
Heifetz es un experto en liderazgo, tema al que ha dedicado más de dos décadas de investigación y enseñanza. (Es cofundador del Center for Public Leadership de la Escuela Kennedy de Gobierno en la Universidad de Harvard). Su primera capa de formación académica es en medicina y psiquiatría; luego se graduaría en la Escuela Kennedy. (También es un violoncelista razonable, beneficiado por instrucción recibida del gran Gregor Piatigorsky). El libro del que se construye esta ficha fue el primero de una serie dedicada al problema del liderazgo.
La prédica de Heifetz conlleva la finalidad de una sensatez que se deriva de la experiencia. Tal vez por esto algunas entre sus prescripciones suenan a lugar común: “Si queremos aprender un liderazgo mejor, nuestros propios errores son una fuente poderosa de aprendizaje. En ocasiones, lo más difícil del aprendizaje a partir del fracaso es percatarnos de que hemos fallado”. Otras no son tan obvias: “El liderazgo requiere una estrategia de aprendizaje. Un líder tiene que involucrar a las personas en el enfrentamiento del reto, el ajuste de sus valores, el cambio de perspectivas y el desarrollo de nuevos hábitos de conducta… Las demandas adaptativas de nuestras sociedades requieren un liderazgo que asuma responsabilidad sin esperar por una revelación o una exigencia. Quizás puede uno liderar con no más que una pregunta entre las manos”.
En los trozos extraídos para esta ficha hay lecciones sobre las que vale la pena meditar en nuestra actual circunstancia nacional. Por ejemplo, sobre cómo las organizaciones e incluso culturas completas se hacen refractarias al cambio, aun cuando estén sujetas a presiones francamente negativas. Entre nosotros, por ejemplo, los partidos políticos son organizaciones claramente renuentes a cambiar.
Heifetz aconseja con mucha claridad: “Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina”.
Si en los partidos venezolanos hay verdaderos líderes, es claro lo que deben procurar: que sus organizaciones muten, que hagan metamorfosis, que se conviertan en algo distinto de lo que son. Naturalmente, es una tarea que requiere conciencia diáfana y no poca valentía.
LEA
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Cambiar para cambiar
Los sistemas vivos buscan el equilibrio. Responden a la tensión tratando de recuperarlo. Si el cuerpo humano es infectado por bacterias, el sistema responde para expulsar la infección y restaurar la salud. Cuando caminamos al aire libre en un cálido día de verano, sudamos y nos movemos lentamente para mantener una temperatura interna constante de treinta y seis grados. Cuando un incendio quema un bosque, las semillas que habitualmente llegan desde cierta distancia echan raíces en las cenizas. Apartados de su equilibrio, los sistemas vivos apelan a un conjunto de respuestas restauradoras.
Estas respuestas al desequilibrio son el producto de adaptaciones evolutivas que han transformado en rutinas los problemas que alguna vez fueron amenazas casi abrumadoras. En una mirada retrospectiva, nos maravilla el éxito de estas innumerables adaptaciones y la amplitud de las oportunidades explotadas. Pero tendemos a advertir los éxitos y las innovaciones más que los fracasos. Por definición, los éxitos sobreviven, mientras que los fracasos desaparecen. Los caminos de la evolución están sembrados con los huesos de criaturas que no pudieron prosperar en el mundo que sobrevino. En la selección natural, junto a los éxitos abundan los fracasos. La evolución trabaja mediante ensayo y error.
En un sentido, desarrollar una adaptación vigorosa a un nuevo desafío es un proceso de aprendizaje de la especie. A través de la supervivencia fortuita de algunos individuos más viables que otros, la especie se abre camino hacia nuevas capacidades adaptativas. A medida que los supervivientes transmiten a su prole las características que les han procurado una leve ventaja en la competencia por los recursos, estas aptitudes mejor adaptadas van quedando “incorporadas” a los programas genéticos de la especie; cambia el conjunto de genes que determinan los rasgos anatómicos y las especificidades de la generación siguiente. Por ejemplo, los seres humanos han desarrollado la capacidad de hablar e inventar lenguajes complejos. Estos desarrollos se produjeron como consecuencia de recombinaciones genéticas y mutaciones azarosas que fortalecían la capacidad reproductiva y de supervivencia de nuestros antepasados. Estos rasgos se han convertido ahora en parte de nuestra herencia.
No obstante, la naturaleza no es previsora. De hecho, no prevé en absoluto. La adaptación biológica no es el resultado de una planificación o designio de la especie, sino un desenlace que se produce cuando sucede que algún individuo nace con un rasgo que lo equipa para sobrevivir y reproducirse en un ambiente modificado. Esta variación suele ser el resultado de un “accidente” genético (una mutación) y a menudo resulta perjudicial para el individuo. Pero cuando el ambiente cambia, la variación que quizás habría sido un obstáculo en el medio anterior puede de pronto representar una clara ventaja.
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No sólo aprendemos, sino que también podemos dirigir nuestro aprendizaje. Creamos ricas culturas que transmiten lo que sabemos, y también enseñan a adquirir nuevos conocimientos. Podemos dar a los otros lecciones de todo tipo que no están en nuestros genes. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de reflexionar sobre nuestros problemas y cambiar nuestras respuestas a ellos. Moisés tardó sólo dos generaciones en transformar a un pueblo abyecto en una sociedad con autogobierno capaz de forjar leyes que trascendían al gobierno de los reyes. A la humanidad le costó sólo diez mil años pasar de la vida de cazadores y recolectores en áreas determinadas, a desarrollar una economía global e inventar las instituciones y tecnologías que la hacen posible. Tenemos nuevas aspiraciones que generan nuevos conjuntos de oportunidades y problemas. No sólo tenemos visión, sino también capacidad para analizar lo que vemos. Podemos incluso moderar nuestras visiones.
Pero en la historia humana son muchas las sociedades que han muerto en lugar de adaptarse. No es fácil clarificar las aspiraciones, enfrentar los problemas y elaborar un conjunto de respuestas socialmente adaptativas. Así como los individuos se resisten al dolor y la dislocación que acompañan al cambio de sus actitudes y hábitos, las sociedades también se resisten a aprender. Para que un sistema social aprenda, tienen que estar amenazadas las pautas de relación: los equilibrios de poder, los procedimientos acostumbrados, la distribución de la riqueza. Las antiguas aptitudes pueden volverse inútiles. Las creencias, la identidad y los valores orientadores (imágenes de justicia, comunidad y responsabilidad) pueden ser cuestionados. Los seres humanos son capaces de aprender, y las culturas de cambiar, pero ¿cuándo y con cuánta rapidez?
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La adaptación a los desafíos humanos exige que vayamos más allá de los requerimientos de la simple supervivencia. En las sociedades humanas, el trabajo adaptativo consiste en esfuerzos por cerrar la brecha entre la realidad y una multitud de valores que van más allá de la mera supervivencia. Percibimos problemas siempre que las circunstancias no concuerdan con nuestra idea de cómo deben ser las cosas. De modo que el trabajo adaptativo no sólo involucra la evaluación de la realidad, sino también la clarificación de los valores.
Estas tareas están conectadas inextricablemente. La evaluación de las circunstancias se vuelve compleja porque no siempre podemos definir objetivamente los problemas. Los métodos de la ciencia realizan una aportación básica al examen realista, objetivo, pero no pueden definir con fiabilidad absoluta nuestros problemas, porque el método científico tiene una capacidad limitada para formular predicciones, y también porque nuestros problemas sólo pueden diagnosticarse a la luz de nuestros valores. Con valores diferentes, tamizamos la realidad en busca de otra información y reunimos los hechos en un cuadro distinto. Si una sociedad valora la libertad individual, tenderá a realzar los aspectos de la realidad que ponen en peligro esa libertad. Como corolario, también se inclinará a desatender los elementos de la realidad en los que se centraría una sociedad con otro valor central, por ejemplo la responsabilidad compartida. El aspecto de la verdad que cada uno ve depende significativamente de lo que a uno le importa.
Lo típico es que un sistema social respete alguna combinación de valores y la competencia interna que se produce con esa combinación suele explicar por qué el trabajo adaptativo supone la aparición de conflictos. Las personas con valores conflictivos se comprometen y vinculan entre sí al enfrentar una situación compartida desde sus propios puntos de vista distintos. En el otro extremo, y en ausencia de mejores métodos de cambio social, el conflicto acerca de los valores puede ser violento. La guerra civil norteamericana cambió el significado de la unión y de la libertad individual.
Algunas realidades amenazan la existencia misma de una sociedad si no se las descubre y se las encara urgentemente por medio de las funciones sociales de la clarificación de los valores y el examen realista. A juicio de muchos ambientalistas, nuestro interés en la producción de riqueza, y no en la coexistencia con la naturaleza, nos ha llevado a descuidar los factores frágiles de nuestro ecosistema. Estos factores podrían volverse importantes para nosotros cuando finalmente comiencen a desafiar nuestros valores centrales de la salud y la supervivencia, pero para entonces quizás hayamos pagado ya un alto precio en términos del daño causado, y los costos del ajuste adaptativo podrían haber crecido enormemente.
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Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina. Para progresar, no sólo es necesario que la invención y la acción cambien las circunstancias a fin de armonizar la realidad con los valores, sino que quizá los valores mismos tendrán que cambiar. El liderazgo no consiste en respuestas o visiones seguras, sino en actuar para clarificar los valores. Plantea preguntas como las siguientes: ¿Qué nos falta aquí? ¿Hay valores en conflicto que suprimimos, en lugar de aplicarlos a nuestra comprensión del problema que tenemos entre manos? ¿Hay valores compartidos que permitirán el intercambio entre opiniones enfrentadas? Una capacidad adaptativa permeable requiere una mezcla de valores rica y en evolución que dé forma al proceso social de examen de la realidad. Requiere un liderazgo que encienda y contenga las fuerzas de la invención y el cambio, y que impulse el paso siguiente.
Ronald A. Heifetz
por Luis Enrique Alcalá | Jul 30, 2009 | Cartas, Política |

En la década de los años ochenta se suscitó una interesante polémica en los Estados Unidos. La discusión involucró a universitarios y funcionarios gubernamentales, principalmente a las autoridades de la Universidad de Stanford y el Secretario de Educación del gobierno federal norteamericano. El centro de la contienda lo constituía la decisión de la Universidad de Stanford de modificar su curso básico sobre civilización occidental.
Tradicionalmente, la educación superior norteamericana ha considerado básica la instrucción sobre la civilización occidental y ha fijado su estrategia en el conocimiento de los más destacados pensadores de esta civilización. Mortimer J. Adler ha sido, sin duda, el más eficaz argumentador de la importancia de los textos “canónicos” de dicha civilización. How to read a book, que incluye una lista de los cien libros “principales” de Occidente, es el asiento de las tesis de Adler. En la misma onda, la Universidad de Harvard editó, por allá por 1908, los “Clásicos Harvard”, una colección conocida como “el estante de metro y medio” y que constituía una selección de literatura que aspiraba a ser irrefutablemente superior.
Una expresión más conocida y reciente de la misma postura es la de los Great Books de la Universidad de Chicago, publicadora de la Enciclopedia Británica. Es una colección a la que esa universidad llama “la Gran Conversación” y también “la substancia de una educación liberal”. (Adler fue editor asociado de la colección). Varias declaraciones de los editores de los Great Books son ilustrativas de toda una filosofía educativa, traducida en política y estrategias educativas, que subyace al concepto de educación superior norteamericana.
En primer lugar, véanse los dos primeros párrafos del tomo introductorio de la colección:
Hasta hace poco el Occidente ha considerado evidente que el camino de la educación transcurre por los grandes libros. Nadie podía considerarse educado a menos que estuviese familiarizado con las obras maestras de su tradición. Nunca hubo mucha duda en la mente de nadie acerca de cuáles eran esas obras maestras. Ellas eran los libros que habían perdurado y que la voz común de la humanidad llamaba las mejores creaciones escritas de la mente occidental.
En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir. Es la tarea de cada generación la de reevaluar la tradición en la que vive, descartar la que no pueda usar y traer al contexto del pasado distante e intermedio las contribuciones más recientes a la Gran Conversación. Este conjunto de libros es el resultado de un intento por revalorar y reincorporar la tradición de Occidente para nuestra generación.
La colección se detiene en Sigmund Freud. El autor inmediatamente anterior es William James. El antepenúltimo, Dostoievsky. A pesar de lo cual los editores aclaraban:
Los Editores no pensamos que la Gran Conversación llegó a su término antes de que el siglo veinte comenzara. Por lo contrario, saben que la Gran Conversación ha continuado durante la primera mitad de este siglo, y esperan que continúe durante el resto de este siglo y los siglos por venir. Confían en que han sido escritos grandes libros desde 1900 y que el siglo veinte contribuirá muchas nuevas voces a la Gran Conversación… La razón, entonces, de la omisión de autores y obras posteriores a 1900 es simplemente que los Editores no sintieron que ellos o ninguna otra persona pudiera juzgar con precisión los méritos de textos contemporáneos. Durante las deliberaciones editoriales acerca del contenido de la colección, mayor dificultad fue confrontada en el caso de autores y títulos del siglo diecinueve que con aquellos de cualquier siglo precedente. La causa de estas dificultades—la proximidad de estos autores y obras de nuestros propios días y nuestra consecuente falta de perspectiva en relación con ellos—haría todavía más difícil hacer una selección de autores del siglo veinte.
Puede sostenerse que esta dificultad es salvable y, con ello, rescatable para el pensamiento del estudiante de hoy el tesoro al que las estrategias de la Universidad de Chicago y de Mortimer Adler habían renunciado: la riqueza y pertinencia de las grandes obras de pensamiento del siglo XX. En efecto, la intención de la colección Great Books es una intención canónica: esto es, el intento de canonizar el pensamiento del pasado bajo la hipótesis de su pertinencia al mundo actual. De hecho, en el pensamiento de los editores de la colección no deja de traslucirse un dejo spengleriano sobre la “decadencia de Occidente” y, tal vez, una disimulada añoranza de “siglos de oro”, cuando las cosas habrían sido mejor: “Estamos tan preocupados como cualquiera otro con el abismo en el que la civilización Occidental parece haberse zambullido de cabeza. Creemos que las voces que pueden restaurar la cordura a Occidente son las de aquellas que han tomado parte en la Gran Conversación”.
Sin dejar de considerar importante un estado de información adecuado, razonable, acerca de las nociones que autores del pasado tenían acerca del universo y de la sociedad, de la mente y de los objetos, la estrategia de los Great Books de la Universidad de Chicago, la estrategia de los clásicos o libros canónicos, está equivocada e impone un énfasis incorrecto a la educación superior y aún a la educación media.
En primer término, la canonización no puede aspirar a la permanencia. No se trata de que los grandes libros del pasado, agrupados con algún criterio selector, incorporen verdades definitivas o soluciones finales a ciertos problemas. La misma colección a la que se ha venido refiriendo es un ejemplo de las contradicciones entre los distintos autores respecto de los diversos temas que discuten. En la mejor de las situaciones, pues, esas “voces de la Gran Conversación” que los editores de los Great Books quieren oír de nuevo, porque piensan que “pueden ayudarnos a aprender a vivir mejor ahora”, ilustrarán puntos de vista divergentes sobre cuestiones que, si bien en algunos casos pueden ser identificadas como viejos problemas, hoy en día están dotadas de contenidos diferentes y son interpretadas a través de imágenes e ideas que necesariamente tienen que manifestarse de modo muy distinto a las maneras intelectuales del pasado. No es lo mismo, por ejemplo, intentar el pensamiento sobre el tema del universo desde la perspectiva de un pastor israelita de hace 3.500 años, que desde la percepción y construcción mental de un ingeniero de computación de 2009.
Por otra parte, la acumulación del conocimiento humano es justamente la base más fundamental de sus posibilidades futuras, por lo que no es de despreciar la tradición intelectual de Occidente ni tampoco la de otras culturas.
El aparente dilema puede salvarse mediante dos cambios de perspectiva. Primero, teniendo a los “grandes libros” como herramientas de utilidad heurística. Esto es, como instrumentos estimuladores de la creación y la invención. Así, se trata de dar la bienvenida a los viejos estados mentales de la humanidad expresados en sus obras anteriores, sean éstas escritas, plásticas, ejecutables, científicas o artísticas, en tanto acicate de una nueva producción, y no como depositarias de soluciones prêt-à-porter a los problemas contemporáneos, las que nos permitirían la holgazanería intelectual de una erudición sin sabiduría.
Luego, debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso. La serie televisiva Cosmos, que fuera diseñada y conducida por el astrofísico norteamericano Carl Sagan, dio origen a un libro que llevó el mismo nombre, en el que se incluye una poderosa analogía. Se trata de su ya famoso calendario cósmico, en el que reduce a la escala de un año toda la evolución universal, desde el postulado Big Bang de los orígenes hasta nuestros días. Al transportar, como en una suerte de geometría descriptiva, la temporalidad de la evolución del universo descubierta hasta ahora sobre el tiempo de un año, de inmediato se evidencia cómo en los primeros meses la densidad de eventos significativos es muy baja. Después, al final del año cósmico comienzan a aglomerarse los acontecimientos, al punto de que la aparición de la especie humana se produce el “31 de diciembre” y los desarrollos históricos más recientes en los últimos segundos y milésimas de segundo anteriores a la medianoche de ese día.
Análogamente, si se proyectara sobre la división de un año un “calendario de la civilización”, desde la aparición de la especie humana hasta el último día de 2009, se mostraría, con diferente pendiente, un fenómeno similar de mayor intensidad creativa a medida que transcurren las épocas y los siglos. Si alguna dificultad confrontaron los editores de la Universidad de Chicago, fue la de la profusión de obras importantes del siglo XX que habrían debido considerar. Es, por tanto, un desperdicio que se excluya de la formación intelectual del estudiante actual la rica producción de ideas del tiempo en el que vive para privilegiar el solo estudio de los clásicos.
La excusa de la imposibilidad de juzgar la importancia de las ideas por su excesiva proximidad no es válida. La consecuencia que se quiso evitar era la de una selección efímera, el que una obra considerada importante en un momento fuera desvalorizada luego y excluida de la lista canónica. Pero los propios editores de Chicago han declarado que tales listas son cambiantes: “En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir”. Así ocurrió también con los Classic Books de Harvard de 1908, cuyas selectas obras “incluyen varias novelas norteamericanas que en la actualidad parecen arcaicas y no eternas.” (James Atlas, La Batalla de los Libros).
Además, no es necesariamente cierto que juzgar adecuadamente a las obras de la actualidad sea intrínsecamente más difícil que la valoración de textos más alejados en el tiempo. Hay algo de erróneo en ese postulado muy usado en el quehacer histórico, el de que sólo es posible el juicio correcto después del paso del tiempo. El paso del tiempo se cree, claro, requerido para la amortiguación de las pasiones, que por otra parte son perfectamente pasibles a causa de eventos del pasado. (Considérese, si no, la fuerza emocional con la que se debaten temas como el origen del mundo, o la animadversión casi personal que Karl Popper exhibiera hacia Platón en La sociedad abierta y sus enemigos). El tiempo se consume también en el mismo proceso de búsqueda de información remota. Pero, por un lado, hoy en día nos hallamos en presencia de una superabundancia documental e informativa, situación inversa a la escasez de fuentes documentales sobre los hechos a medida que son más remotos. Por el otro, la información se borra; la entropía informativa, reconocida en la ecuación fundamental de la teoría de la información, existe realmente. La información se pierde, se desorganiza, se extravía, con el correr de los días. Por esto es muy necesario hacer historia instantánea, aunque la pasión sea más fuerte con lo inmediato. En todo caso, lo desapasionado es, tanto como lo apasionado, una distorsión.
………
Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo “global”, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros.
El siglo XX representó para la humanidad una fase de insólito aumento de la complejidad. Usualmente nos referimos a ella en sus manifestaciones tecnológicas o económicas. Con frecuencia aproximadamente igual tratamos de interpretar los cambios políticos de ese siglo y los destacamos como expresión del profundo grado de transformación de esa época. Menos frecuente es el examen de los cambios al nivel gnoseológico e ideológico que, desde un punto de vista no marxista del cambio social, son en gran medida responsables de este último, el cambio observable en sistemas más tangibles. Las revoluciones en el pensamiento, en la comprensión del universo, de la sociedad, de las relaciones del hombre y de su entorno, ocurridas en el siglo XX y en progreso hoy en día, han sido profundas.
El estado actual de nuestra educación superior exige importantes reestructuraciones y cambios de rumbo. Sin una preparación adecuada de nuestra población, el gasto público, hoy más inmenso que nunca, continuará siendo, en gran medida, ineficaz. John Stuart Mill nos ha legado la siguiente verdad: “El punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo”.
luis enrique ALCALÁ
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