CS #335 – Fiesta sorpresa

Cartas

¿Es posible que el barril de petróleo se coloque en veinticinco dólares en menos de un mes? ¿Es posible que el precio del petróleo suba a cien dólares por barril antes de que el año concluya? ¿Es posible una guerra entre Venezuela y Colombia? ¿Es posible un golpe de Estado en Venezuela? ¿Es posible una guerra mundial? ¿Es posible un material superconductor económico a temperatura ambiente? ¿Es posible un ataque terrorista al Metro de Caracas o a las líneas de transmisión del Complejo del Guri? ¿Es posible ganarse el Kino? ¿Es posible que el próximo Presidente de Venezuela no sea miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela? En términos generales ¿es posible una sorpresa política en este país?

Hace ya un buen tiempo desde que Yehezkel Dror caracterizara nuestra época como una en la que “la sorpresa se ha hecho endémica”.  Ante esta situación, no obstante, es posible realizar un análisis constructivo, que nos permita manejarnos inteligentemente ante tal grado de incertidumbre.

En primer término, es conveniente caracterizar la incertidumbre que confrontamos. ¿Qué tipo de incertidumbre es?

La incertidumbre puede ser llamada incertidumbre cuantitativa cuando lo que ignoramos no es el tipo de eventos de posible ocurrencia, sino la probabilidad de que cada tipo ocurra. Esta clase de incertidumbre no es la más grave, aunque en algunos casos especiales puede llegar a ser muy molesta. Más profunda es una incertidumbre cualitativa, cuando es la forma misma de los eventos futuros lo que nos es desconocido.

Si se tratara de una incertidumbre del tipo cuantitativo, entonces habría ante ella dos cursos de acción disponibles. El primero consiste en tratar de reducir la incertidumbre, fundamentalmente por la obtención de más y mejor información. (Las encuestas de opinión que sean confiables, la información de primera mano respecto de los entretelones de Miraflores, son información que puede reducir este problema). Así, la labor de “inteligencia”—en el sentido en el que este término se emplea en la expresión “inteligencia militar”—es el primer camino. Es la labor primaria de las llamadas “salas situacionales”, tan de moda ahora entre circuitos opositores, a los que estas notas pudieran ser de alguna utilidad.

Ahora bien, nos encontramos ante una situación en la que aun la mejor inteligencia nos dejará con una incertidumbre residual, irreductible, y por tanto será necesario adoptar un expediente adicional al de los esfuerzos por reducirla. Este segundo camino es el de estructurar la incertidumbre residual, para tener la oportunidad de comprenderla mejor.

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Pero además está presente en la consideración de una sorpresa política en Venezuela la segunda y más insidiosa forma de incertidumbre: la incertidumbre cualitativa. Es decir, es posible afirmar la posibilidad de ocurrencia de eventos políticos que ni siquiera podemos describir en términos cualitativos.

Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) apropiado a nuestras condiciones actuales, al que llamó el “modelo de apuesta difusa” (Policy-gambling: A preliminary exploration, 1985): “Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo”.

El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de la indeterminación, la discontinuidad y los saltos cualitativos. (Por ejemplo, la Ley Orgánica de Procesos Electorales).

Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:

a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad.

b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.

c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas “poquito a poco”), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.

d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.

e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.

Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.

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Ésos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de “apuesta difusa”, que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:

a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo (estimación cuantitativa) y en términos de posibilidades (estimación cualitativa). La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.

b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.

c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.

d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.

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Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. (Verbigracia, la repetición de Chávez en la Presidencia de la República). 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. (Por ejemplo, la instauración de un esquema opositor unitario para las elecciones parlamentarias). 3. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. (Tales como una candidatura presidencial de Raúl Isaías Baduel). 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).

Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior, y para el propósito de este análisis, no se está calificando los impactos en términos de bondad o maldad. Un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo. Puede haber outsiders positivos y negativos; Chávez resultó ser, muy claramente, de este último tipo. (Es opinión de esta publicación, sin embargo, que aún el proceso problemático venezolano no ha llegado a un grado de deterioro tal que un golpe de Estado deje de ser francamente negativo, y que no es probable que un golpe de Estado militar conduzca de inmediato a una mejor forma de gobernar el país o a la solución de sus principales problemas).

Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación tan turbulenta como la venezolana, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future (Pergamon Press, 1980), Bohdan Hawrylyshyn decía lo siguiente: “En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia”.

Es posible que la situación actual de la política venezolana corresponda a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. (Si esto es así, prácticamente ningún líder opositor de los que habitualmente actúan en la escena nacional tendría la potencialidad de ser el catalizador que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos han tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública).

No todas las personas perciben, no obstante, la situación de esa manera, como inminencia de cambio radical. Sobre todo en personas de relativa alta cultura política, y que pertenecen de algún modo a las élites políticas o económicas, es marcada la tendencia a considerar la situación como pasajera y resoluble mediante expedientes más o menos tradicionales (o necios). Esto es una tendencia relativamente común. Alexis de Tocqueville destacaba, en L’Ancien Régime et la Revolution, la paradoja de la presencia evidente de los signos prerrevolucionarios y la ceguera de muchos de los actores sociales de Francia en 1789. “Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar”.

Yehezkel Dror empleó varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en Cómo sorprender a la Historia (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recordaba a Maquiavelo, para “considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu)”.

Dror ha ofrecido la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades va en aumento, lo que proveería “situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente”. (Algunas variables exógenas—no controladas desde dentro de un sistema político en particular—así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas). A su juicio, son tres las situaciones que pueden justificar o motivar intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: “a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo, bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas”.

Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer—él mismo reconoció que en este terreno se movía en terra incognita—ante el problema práctico de cómo planificar una sorpresa a la historia. Dice textualmente:

a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un solo individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son  incapaces de hacer el trabajo.

b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Ciertas tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; una turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.

c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de “compensación de apuestas”. (Hedging). En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente “apuestas difusas”. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.

d. La prudencia (que es un juicio de valor en “loterías”) requiere por tanto de un “análisis del peor caso”, en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por otra parte, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo.

Por último, vale la pena considerar este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: “Los emprendedores políticos (policy entrepreneurship) son un requisito para darle sorpresas a la historia. Requiere la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar”. Y finalmente advierte: “Esto hace surgir un dilema: una demasiada concentración de poder en políticos singulares, o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones, aumenta el peligro de la acción precipitada y la equivocación. Por otro lado, un sistema demasiado cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Los pequeños núcleos de políticos de alto nivel, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, puede que sean lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda”.

Habrá que ver si tenemos en Venezuela una crisis de esta clase.

luis enrique ALCALÁ

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FS #245 – Gobernantes malucos

Fichero

LEA, por favor

Si corremos con suerte, para cuando se cumpla el quinto centenario de la publicación original (1513) de El príncipe, en Florencia, tendremos en Venezuela un nuevo gobernante. La obra más conocida de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), entre las más de veinte que escribiera como buen renacentista, fue dedicada Al Magnifico Lorenzo Di Piero Di Medici, con el objeto confeso de “alcanzar la gracia y favor” de este príncipe. La dedicatoria, al estilo de la época, concluye sus dos párrafos de este modo: “Si os dignáis leer esta producción y meditarla con cuidado reconoceréis en ella el propósito de veros llegar a aquella elevación que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si después os dignáis, desde la altura majestuosa en que os halláis colocado, bajar vuestros ojos a la humillación en que me encuentro, comprenderéis toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción”. La esperanza de obtener un cargo de Lorenzo de Médicis nunca fue correspondida por el gobernante de Florencia.

A Maquiavelo no se le aguaba el ojo con los más duros procedimientos de los gobernantes; él mismo fue objeto de torturas que le dislocaron los hombros, para que confesara su participación en una conjura que jamás admitió. Es tal vez su más famosa máxima esta recomendación: “Y aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Respondo que convendría ser una y otra cosa juntamente, pero que, dada la dificultad de este juego simultáneo, y la necesidad de carecer de uno o de otro de ambos beneficios, el partido más seguro es ser temido antes que amado”. Chavismo puro.

De hecho, el capítulo octavo de El príncipe—reproducido en esta Ficha Semanal #245 de doctorpolítico—lleva por título “De los que llegaron a príncipes por medio de maldades”, y en él se pregunta por qué fracasaron gobernantes que usaron la maldad mientras otros fueron exitosos. Su respuesta a esta cuestión es: “Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traición y de la crueldad”. Es decir que podría, según Maquiavelo, emplearse bien la traición y buenamente ser cruel.

Tampoco podría tenérsele como precursor del feminismo; en una discusión (capítulo veinticinco) acerca del papel de la suerte (fortuna) en el destino de los gobiernos, explica pedagógicamente: “…pensándolo bien todo, me parece que juzgaré serenamente si declaro que vale más ser violento que ponderado, porque la fortuna es mujer y por ello conviene, para conservarla sumisa, zaherirla y zurrarla. En calidad de tal se deja vencer más de los que la tratan con aspereza que de los que la tratan con blandura. Por otra parte, como hembra, es siempre amiga de los jóvenes porque son menos circunspectos, más irascibles y se le imponen con más audacia”.

Pero, a pesar de estas cosas, Maquiavelo jamás deja de aconsejar prudencia, y en el capítulo acá reproducido sugiere que es preferible hacer pronto y juntas todas las maldades: “Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad”. Entre tantos consejos que el actual gobierno venezolano se complacería en obtener de El príncipe, este último es uno en el que ciertamente pudiera encontrar el modo de no bajar tanto en las encuestas.

LEA

Gobernantes malucos

Supuesto que aquel que de simple particular asciende a príncipe, lo puede hacer todavía de otros dos modos, sin deberlo todo al valor o a la fortuna, no conviene omita yo tratar de uno y de otro de esos dos modos, aun reservándome discurrir con más extensión sobre el segundo, al ocuparme de las repúblicas. El primero es cuando un hombre se eleva al principado por una vía malvada y detestable, el segundo cuando se eleva con el favor de sus conciudadanos. En cuanto al primer modo, la historia presenta dos ejemplos notables: uno antiguo y otro moderno. Me ceñiré a citarlos, sin profundizar demasiado la cuestión, porque soy de parecer que enseñan bastante por sí solos si cualquiera estuviese en el caso de imitarlos.

El primer ejemplo es el del siciliano Agátocles, quien, habiendo nacido en una condición, no sólo común y ordinaria, mas también baja y vil, llegó a empuñar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, había llevado en todas las circunstancias una conducta reprensible. Pero sus perversas acciones iban acompañadas de tanto vigor de cuerpo y de tanta fortaleza de ánimo, que habiéndose dedicado a la profesión de las armas, ascendió, por los diversos grados de la milicia, hasta el de pretor de Siracusa. Luego que se vio elevado a este puesto resolvió hacerse príncipe, y retener con violencia, sin debérselo a nadie, la dignidad que le había concedido el libre consentimiento de sus conciudadanos. Después de haberse entendido sobre el asunto con el general cartaginés Amílcar, que estaba en Sicilia con su ejército, juntó una mañana al Senado y al pueblo en Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos sobre cosas importantes para la república y, dando en aquella asamblea a los soldados la señal convenida, les mandó matar a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos que allí se hallaban. Librado de ambos estorbos de su ambición, ocupó y conservó el principado de Siracusa, sin que se encendiera contra él ninguna guerra civil. Aunque después fue dos veces derrotado, y aun sitiado, por los cartagineses, no solamente pudo defender su ciudad, sino que, además, dejó una parte de sus tropas custodiándola, y marchó a actuar a África con otra. De esta suerte, en poco tiempo libró a la cercada Siracusa, y puso en tal aprieto a los cartagineses, que se vieron forzados a tratarle de potencia a potencia, se contentaron con la posesión de África, y le abandonaron enteramente a Sicilia. Donde se advierte, reflexionando sobre la decisión y las hazañas de Agátocles, que nada o casi nada puede atribuirse a la fortuna. No por el favor ajeno, como indiqué más arriba, sino por medio de los grados militares, adquiridos a costa de muchas fatigas y de muchos riesgos, consiguió la soberanía, y, si se mantuvo en ella merced a multitud de acciones temerarias, pero llenas de resolución, no cabe, ciertamente, aprobar lo que hizo para lograrla. La traición de sus amigos, la matanza de sus conciudadanos, su absoluta falta de religión, son, en verdad, recursos con los que se llega a adquirir el dominio, mas nunca gloria. No obstante, si consideramos el valor de Agátocles en la manera como arrostró los peligros y salió triunfante de ellos, y la sublimidad de su alma en soportar y en vencer los acontecimientos que le eran más adversos, no vemos por qué conceptuarle como inferior al mayor campeón de diferente especie moral a la suya. Por desdicha, su inhumanidad despiadada y su crueldad feroz son maldades evidentes que no permiten alabarle, como si mereciera ocupar un lugar eminente entre los hombres insignes. Pero repito que no puede atribuirse a su valor o a su fortuna lo que adquirió sin el uno y sin la otra.

El segundo ejemplo, más inmediato a nuestros tiempos, es el de Oliverot de Fermo. Educado en su niñez por su tío materno, Juan Fogliani, fue colocado por éste más tarde en la tropa del capitán Pablo Viteli, a fin de que allí llegase, bajo semejante maestro, a alguna alta graduación en las armas. Habiendo muerto después Pablo, y sucediéndole en el mando su hermano Viteloro, a sus órdenes peleó Oliverot, y como, amén de robusto y valiente, era inteligentísimo, llegó a ser en breve plazo el primer hombre de su ejército. Juzgando entonces cosa servil su permanencia en él, confundido entre el vulgo de los capitanes, concibió el proyecto de apoderarse de Fermo, con ayuda de Viteloro y de algunos ciudadanos de aquella ciudad que amaban más la esclavitud que la libertad de su país. Para mejor llevar a cabo su plan escribió, ante todo, a su tío Juan Fogliani. En la carta le decía ser muy natural, al cabo de tan prolongada ausencia, que quisiera abrazarle, ver de nuevo su patria, volver a Fermo y reconocer en algún modo su patrimonio. Le añadía que, en efecto, regresaba, pero que, no habiéndose fatigado, durante tan larga separación, más que para adquirir algún honor y deseando mostrar a sus compatriotas que no había perdido el tiempo en tal respecto, creía deber presentarse con cierto atuendo, acompañado de amigos suyos, de varios servidores y de cien soldados de a caballo. Por ende, le rogaba hiciera de modo que los ciudadanos de Fermo le acogiesen con distinción «atendiendo a que semejante recibimiento no sólo le honraría a él mismo, sino que redundaría también en gloria del tío, su segundo padre y su primer preceptor». Juan no dejó de hacer los favores que solicitaba, y a los que le parecía ser acreedor su sobrino. Procuró que los ciudadanos de Fermo le recibiesen con gran honra, y le alojó en su palacio. Oliverot, luego de haberlo dispuesto todo para la maldad que había premeditado, dio en el palacio un espléndido banquete, al que invitó a Juan Fogliani y a las personas de más viso de la población. Al final del convite, y cuando conforme al uso de entonces, se departía sobre cosas de que se habla comúnmente en la mesa, Oliverot hizo recaer diestramente la conversación sobre la grandeza de Alejandro VI y de su hijo César Borgia, como asimismo sobre sus empresas. Mientras él respondía a los discursos de los otros, y los otros contestaban a los suyos, se levantó de repente, manifestando ser aquella una materia de que no debía hablarse más que en apartado sitio, y se retiró a un cuarto particular, al que Fogliani y las demás personas de viso le siguieron. Apenas se hubieron sentado allí cuando, por salidas ignoradas de ellos, entraron diversos soldados, que los degollaron a todos, sin perdonar a Fogliani. Terminada la matanza, Oliverot montó a caballo, recorrió la ciudad, fue a sitiar al primer magistrado en su propio alcázar, y los habitantes de Fermo, poseídos de súbito e inaudito temor, se vieron obligados a obedecerle, y a formar un nuevo Gobierno, del que se constituyó soberano. Desembarazado por tal arte de todos aquellos hombres cuyo descontento podía serle fatal, fortificó su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de suerte que, por espacio del año que conservó su soberanía, no sólo se mantuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que además, se hizo respetar y temer de sus vecinos, y hubiera sido tan perdurable como Agátocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando, en Sinigaglia, sorprendió éste, como indiqué ya, a los Ursinos y a los Vitelios. Aprehendido con éstos el propio Oliverot en aquella ocasión, un año después de su parricidio, le ahorcaron en compañía de Viterolo, que había sido su mentor de audacia y de maldad.

Podría preguntarse por qué Agátocles, Oliverot y algún otro de la misma especie lograron, a pesar de tantas traiciones y de tamañas crueldades, vivir largo tiempo seguros en su patria, y defenderse de los enemigos exteriores, sin seguir siendo traidores y crueles. También podría preguntarse por qué sus conciudadanos no se conjuraron nunca contra ellos, al paso que otros, empleando iguales recursos no consiguieron conservarse jamás en sus Estados, ni en tiempo de paz, ni en tiempo de guerra. Creo que esto dimana del uso bueno o malo que se hace de la traición y de la crueldad. Permítame llamar buen uso de los actos de rigor el que se ejerce con brusquedad, de una vez y únicamente por la necesidad de proveer a la seguridad propia, sin continuarlos luego, y tratando a la vez de encaminarlos cuanto sea posible a la mayor utilidad de los gobernados. Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de atenerse a su primitiva finalidad. Los que se atienen al primer método, pueden, con los auxilios divinos y humanos, remediar, como Agátocles, su situación, en tanto que los demás no es posible que se mantengan. Es menester, pues, que el que adquiera un Estado ponga atención en los actos de rigor que le es preciso ejecutar, a ejercerlos todos de una sola vez e inmediatamente, a fin de no verse obligado a volver a ellos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a sus gobernados, a los que ganará después fácilmente, haciéndoles bien. El que obra de otro modo, por timidez o guiado por malos consejos, se ve forzado de continuo a tener la cuchilla en la mano, y no puede contar nunca con sus súbditos, porque estos mismos, que le saben obligado a proseguir y a reanudar los actos de severidad, tampoco pueden estar jamás seguros con él. Precisamente porque semejantes actos han de ejecutarse todos juntos porque ofenden menos, si es menor el tiempo que se tarda en pensarlos; los beneficios, en cambio, han de hacerse poco a poco, a fin de que haya lugar para saborearlos mejor. Así, un príncipe debe, ante todas las cosas, conducirse con sus súbditos de modo que ninguna contingencia, buena o mala, le haga variar, dado que, si sobrevinieran tiempos difíciles y penosos, no le quedaría ya ocasión para remediar el mal, y el bien que hace entonces no se convierte en provecho suyo, pues lo miran como forzoso, y no se lo agradecen.

Nicolás Maquiavelo

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CS #334 – Nacimiento o conversión

Cartas

Observada a distancia clínica, Venezuela presenta la superposición de un proceso oncológico a una condición previa de insuficiencia política. (Médicamente, una insuficiencia cardiaca alude a la enfermedad caracterizada por una deficiencia en el bombeo de la sangre que debe hacer el corazón; una insuficiencia renal a la incapacidad de los riñones de filtrar la sangre como es necesario. Cuando el aparato público de una nación—los poderes públicos a toda escala—no resuelven los problemas públicos, única actividad que justificaría su existencia, puede hablarse con toda propiedad de un caso de insuficiencia política).

La patología política venezolana más preocupante, sin duda, es el chavoma: el proceso canceroso, invasivo y maligno que la amenaza, últimamente de modo acelerado. Es el cuadro clínico más agudo y peligroso. La atención del país se ha concentrado de modo más que natural en este proceso desde que Hugo Chávez llegara al poder en Venezuela. Pero reducido el chavoma, aun por medios clínicos, no quirúrgicos, el cuadro de insuficiencia continuaría manifestándose.

La etiología de esa insuficiencia no debe buscarse en una intencionalidad culpable en el político profesional promedio—que a fin de cuentas es un animal de cuarenta y seis cromosomas y, por eso mismo, de cualidad moral equidistante del santo y el felón—sino en su esclerosis paradigmática. Es la impertinencia de los paradigmas políticos prevalecientes, acompañada de una pertinaz resistencia a abandonarlos, la causa, como en casi todas partes del mundo, de nuestra insuficiencia política.

Los miembros más importantes de la constelación de paradigmas que guían la práctica política convencional son el concepto de Realpolitik (política de poder) y la “necesidad” de ubicarse en un punto del continuo cuyos polos son la extrema derecha y la extrema izquierda.

Esto último es lo que cede cada vez más, de modo inexorable. A pesar de la insistencia de Chávez en el socialismo y de los Vargas Llosa en el liberalismo, lo que es tendencia de mayor masa e inercia es el “moderno molde postideológico” (expresión de Tony Blair). Hoy en día pudiera decirse que ser socialista—a lo Bernard-Henri Lévy—no es ser estatista sobre principios marxistas, sino preocuparse por la “anormal” distribución de la riqueza en la mayoría de las regiones de la tierra. Si el buen socialista de antaño fue estatista es porque creía que la estatización era una terapéutica eficaz; el buen socialista de hoy admite al mercado como sistema fundamentalmente natural y a la libre empresa como sistema superior al manejo centralizado de la economía, aunque ambos deban ser objeto de corrección cada cierto tiempo.

En cambio, la idea básica de la Realpolitik, que en el fondo la política no es otra cosa que una lucha por el poder, es más difícil de erradicar, sobre todo en nosotros, que debemos sufrir las obsesiones de un Presidente de la República que lleva esa noción a extremos enervantes. No obstante, para allá va la cosa.

………

El año en que Chávez era electo Presidente por primera vez, John A. Vasquez publicaba una segunda edición muy ampliada de su clásico de 1983: The Power of Power Politics. Ya hace más de un cuarto de siglo de que sostuviera que el paradigma “realista”—basado en la opinión de que los humanos no somos inherentemente benévolos sino egocéntricos y competitivos—es inadecuado para el científico de lo social y crecientemente ineficaz. En 1998 añadió mucho más material al libro para arribar a un último capítulo de conclusiones, al que llama The continuing inadequacy of the realist paradigm (La continua inadecuación del paradigma realista).

Vasquez es un estudioso del asunto en el terreno de las relaciones internacionales, las relaciones entre estados, pero las observaciones del paradigma realista en este campo son descripción aplicable a la práctica política intranacional. El “realista” internacional sostiene que el interés nacional supremo de cada estado son su seguridad y supervivencia; que para buscar la seguridad nacional los países luchan por acumular recursos; que las relaciones entre los estados vienen determinadas por su nivel comparativo de poder, el que se deriva principalmente de sus capacidades económicas y militares. Es claro que estos mismos rasgos—opiniones y acciones—caracterizan las pujas intranacionales de las “fuerzas” políticas que compiten por el poder. En ambas esferas, el resultado de la política entendida de ese modo es el engrandecimiento de un actor político—nación, partido, candidato—a expensas de sus competidores, y este desenlace no guarda relación con la solución de los problemas de carácter público, sean éstos las guerras entre naciones o la distribución de la riqueza en un país.

Y aunque sólo rarísima vez los ciudadanos, nacionales o planetarios, establecen consciente y explícitamente la conexión entre la ineficacia o la insuficiencia políticas y la conducta combativa de la Realpolitik, tarde o temprano aprenden que esta última, lejos de resolver los problemas más bien los agrava.

Esto está sucediendo, de forma creciente, con el gobierno de Hugo Chávez a escasos tres meses de su triunfo electoral en un referéndum que le ha abierto las puertas a su repetida postulación y su reelección indefinida. Una vez emprendido a raíz de ese éxito, en costosísimo error, un obsceno avasallamiento de quien se le pare enfrente, ahora las dos terceras partes del electorado venezolano prefieren que su mandato no se prolongue después del año 2012. (Según encuesta recentísima del Instituto Venezolano de Análisis de Datos, presidido por Félix Seijas, antiguo Jefe de la Oficina Central de Estadística e Informática de la Presidencia de la República).

Este hallazgo se suma, con un registro de intenso rechazo al atropello chavista, a mediciones como las de Alfredo Keller y las de Datanálisis. Estas últimas han sido reveladas por el propio Luis Vicente León, Director General de la firma, en su más reciente artículo dominical: el rechazo de las recientes políticas de Chávez es de 75% contra las expropiaciones, de 70% a la obstaculización de gobernadores y alcaldes de oposición, de 78% al irrespeto de la propiedad privada, de 83% al modelo cubano, y sólo 10% aprueba la estatización de ciertas empresas del sector de alimentos. Por lo que toca a Keller, notó el mes pasado que 54% de sus entrevistados cree que la situación del país empeorará, que 61% piensa que sus condiciones económicas mejorarían si se atrajera inversión de los Estados Unidos mientras que 53% estima que empeorarían si se procurara lo mismo de Cuba e Irán, que 74% considera negativa la estatización de las grandes empresas, que 58% considera mala la legislación que permite al presidente Chávez nombrar autoridades por sobre los gobernadores y los alcaldes. Por su parte, el IVAD obtiene que 87% de los encuestados en mayo piensa que el gobierno debe dialogar con la oposición (lo que propuso José Vicente Rangel justo después del referéndum), y que 77% desaprueba el atropello contra los gobernadores y alcaldes que no controla.

………

La utilidad política de atropellar a opositores, sean éstos funcionarios electos, empresarios o comunicadores, va más allá del inmisericorde debilitamiento de sus fuerzas. Como ha enfatizado el doctor Arístides Hospedales, miembro de la dirección política de Un Nuevo Tiempo, Chávez intuye que su salvación electoral reside en la posibilidad de reavivar la candela abstencionista en el seno de quienes se le oponen. Por esto sus acciones desalmadas, que buscan sembrar en los electores que lo repudian la idea de que no vale la pena votar, porque los resultados que le fueren contrarios no serían respetados, ni tampoco las garantías constitucionales o las opiniones disidentes. Las expropiaciones sirven para no pagar acreencias, naturalmente, pero también para que Chávez pueda demostrarse como “socialista”; la suspensión de las elecciones en 2009 ahorra recursos, por supuesto, pero en verdad elude la paliza que se iba a propinar al gobierno en cualquiera de las elecciones sindicales programadas para este año, como ha apuntado Melquíades Pulido, del Grupo La Colina.

Más en general, la división de 54% de los votantes a favor y 46% en contra (con una tercera parte de abstenciones) que disfrutó el oficialismo el 15 de febrero ya no existe. Como destaca el editorial de ayer del diario Tal Cual, Félix Seijas ha puesto especial atención a la dinámica de los actuales “bloques políticos” en Venezuela. IVAD pondera el “bloque chavista” en 45% de sus entrevistados, pero quienes se ubican en el “bloque no chavista” constituyen el 43%. El editorial mencionado relaciona este dato con una tendencia desfavorable al gobierno y favorable a la oposición y dice: “¿A dónde conducen estas tendencias? Ambas líneas de desarrollo están inexorablemente destinadas a cruzarse”.

No hay duda de que la intención del editorial es decididamente sana. Precisamente en momentos cuando Chávez persigue anular la oposición a sus designios metiendo miedo, la convocatoria a perseverar, a no abandonar el instrumento del voto, sobre la sólida base del medible nivel de la opinión nacional, es el mejor antídoto contra el amedrentamiento, contra el terrorismo del Estado.

Ahora bien, es preciso interpretar correctamente el hallazgo de Félix Seijas. Ni puede indentificarse el “bloque” de los no chavistas en su encuesta con la suma de agentes formales de la oposición (los partidos), ni puede creerse que el mandado está hecho, que no hay que trabajar porque la caída del régimen sería ineludible en 2012, independientemente de qué clase de fuerza se le oponga.

Si se entiende por bloque un trozo grande de la opinión nacional las etiquetas del IVAD se mantienen, pero sus “bloques políticos” no obedecen a la definición de la cuarta acepción del DRAE para el término: “Agrupación ocasional de partidos políticos, países o asociaciones con objetivos comunes”. Ni todavía existe tal cosa—varios actores trabajan con denuedo y paciencia en su constitución—ni la federación del archipiélago opositor formal garantiza que Chávez será vencido. A pesar de la medición de Seijas, la gente no alineada sigue estando allí, insatisfecha crecientemente con el gobierno nacional, pero insatisfecha también, y muy especialmente, con el discurso de los partidos de oposición. Cuidado conque una reedición de la Coordinadora Democrática o el MUN de Ledezma se comporten según la definición de bote salvavidas propuesta por Enrique Jardiel Poncela: “Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado”.

Y es que ni siquiera es el “bloque no chavista” de Seijas algo que responda a la quinta acepción del diccionario: “bloque. 5. Conjunto coherente de personas o cosas con alguna característica común”. Obviamente, hay un gentío que tiene la característica común de repudiar a Chávez, incluyendo gente que hasta recientemente había aprobado su gestión. (Y que echa en falta una “nueva opción, porque con esta oposición tampoco se puede”). La división descrita por Seijas, cuidado, es la de la polarización Chávez-antiChávez, y no equivale a la distinción entre el PSUV y el resto de los partidos. Ese “bloque” con la característica común de rechazo al régimen en su estilo pendenciero, por lo demás, no es lo que la definición exige, un conjunto coherente. Para que sea eficaz es necesario trabajar en el logro, justamente, de la coherencia.

Tal cosa es imposible de lograr en el promedio de las posiciones de oposición, en la combinación negociada de sus respectivas ideologías. Una cosa así sólo puede provenir de un discurso esencialmente diferente, de una nueva especie de organización política.

Pero esto último puede ser alcanzado de dos maneras. La más radical es la construcción de esa nueva opción desde cero, la inauguración de una asociación política fresca. La otra es la metamorfosis de organizaciones existentes, y en principio ésta sería la ruta más económica. Hasta una entidad tan rayada como la sucursal venezolana de Stanford Bank es apetecible por un banquero de lujo, José María Nogueroles, y seguramente le sacará provecho a su adquisición.

Claro está, esta segunda posibilidad sólo es viable—esto sí una “política realista”—a partir de la disposición de los actuales partidos democráticos a transformarse en especímenes políticos inéditos, y entonces tendrían que autorizar que en ellos se practicara lobotomía frontal e implante de nuevos circuitos conceptuales, en los que venga impreso un paradigma clínico de la política.

Sería necesaria mucha valentía y una elevación grande, en nuestros políticos convencionales, para lograr lo que se necesita a partir de una metamorfosis de lo existente. Pero ¿quién sabe? A lo mejor el aprendizaje de diez años de sobresaltos y desafueros, de ineficacia y de fracaso, ha puesto las conciencias políticas a punto de caramelo.

luis enrique ALCALÁ

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LEA #334

LEA

Hoy se cumplen veinte años de la masacre de la plaza de Tiananmén. Es del tipo de violaciones masivas de derechos que Hugo Chávez, tan dado a criticar a los Estados Unidos, pasa por alto olímpicamente. Como pasa por alto, al condenar las intervenciones de esa nación en los asuntos de otros países, las emprendidas por Cuba en nuestro continente y el africano. Una de ellas, conducida por Ernesto Guevara, concluyó con su muerte y la derrota del foquismo guerrillero en Bolivia; la otra no pasó de ser un frustrado intento de entrar armas para la guerrilla venezolana de los años sesenta por las playas de Machurucuto.

La Cuba castrista, pues, más allá de la anacrónica causal de su alineación con el bloque soviético, hace tiempo inexistente, se había colocado ella solita, con su irrespeto a la autodeterminación de otras naciones y su violación más que reiterada—aún vigente—de los derechos humanos de pobladores suyos, fuera del Sistema Interamericano, que ha venido comprometiéndose cada vez más con las formas democráticas de gobierno, como ha sido asentado en la Carta Democrática Interamericana. (Firmada el mismo día de los ataques hiperterroristas en Washington y Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, compromete especialmente a Venezuela, sobre todo cuando fue invocada en defensa de la presidencia de Hugo Chávez poco menos de un año después).

Ahora la Organización de Estados Americanos, en decisión unánime, ha levantado la sanción que pesaba sobre Cuba desde hacía cuarenta y siete años y la excluía del supremo organismo del continente. Mientras Hugo Chávez saluda el acuerdo como el comienzo de una nueva era y busca reivindicar la decisión para los países del grupo ALBA, Manuel Zelaya, anfitrión Presidente de Honduras, declara que la Guerra Fría ha terminado en su suelo.

De Cuba misma vienen señales contradictorias. Horas antes del anuncio nadie menos que Fidel Castro calificó a la OEA de cómplice de crímenes contra Cuba y, ya conocida la noticia, la televisión estatal cubana se ha apresurado a aclarar que ni Cuba solicitó la decisión ni tiene interés en reingresar a la comunidad política americana. No obstante, el comentarista Randy Alonso indicó que Cuba reconocía la valentía implícita en la resolución de la OEA.

¿Luna de miel con Cuba? Difícilmente; la decisión sujeta el reingreso efectivo de la isla en la OEA a un proceso que asegure su conformidad “con las prácticas, propósitos y principios de la Organización de Estados Americanos”. De modo más específico, el preámbulo de la resolución hace referencia inequívoca a la Carta Democrática Interamericana, y este documento no deja resquicios a quien viole derechos humanos o niegue la convivencia democrática.

En síntesis, Cuba no puede batear todavía en ese estadio; en cambio, Barack Obama ha anclado en la primera base. Con su sorpresivo toque de bola, literalmente le ha dejado a Chávez la pelota en la mano.

LEA

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FS #244 – Médula democrática

Fichero

LEA, por favor

Gracias a oportuno y amable aviso del ingeniero David Morán, doctorpolítico tuvo conocimiento de un artículo claro, a la vez sintético y completo, poderoso y necesario de Vicente Díaz, Rector del Consejo Nacional Electoral. Su título es: Estado de la Democracia – La voluntad popular y sus desafíos. La Ficha Semanal #244 lo reproduce in toto por considerarlo de inestimable valor. La versión reproducida acá (con minúsculos ajustes de puntuación) puede ser igualmente leída en Noticiero Digital: (http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=534922)

Díaz hace una exposición sencilla y directa de los ataques gubernamentales a lo que considera la médula de un sistema democrático: la equidad electoral. No deja de mencionar y valorar cada elemento importante del problema, cuya gravedad crece por horas con el abuso de poder de la Asamblea Nacional, coral obsecuente dirigida desde Miraflores, la que legisla para facilitar el paso de la aplanadora electoral oficialista.

No hay ni una pizca de falsedad en la relación del rector Díaz; por supuesto, varios coristas del obsceno régimen de la dominación chavista intentarán desmentirlo y atacarlo, y el director del coro dirá, como otras veces, que debe renunciar a su cargo. El pueblo venezolano sabe, sin embargo, aun los propios partidarios del gobierno, que el valiente rector dice solamente la verdad. En la Carta Semanal #313 de doctorpolítico (27 de noviembre del año pasado) se decía: “No hay duda de que durante el período de campaña la mayoría de sus rectores actúa en plan de alcahuete del Presidente de la República. A pesar de los dignos y valientes esfuerzos de Vicente Díaz—un miembro del Grupo La Colina cuya autoridad moral se deriva de su recta sensatez y su rechazo al obstruccionismo—el Consejo Nacional Electoral cohonestó los descarados abusos de Hugo Chávez, con la excusa de que este ciudadano no sólo es el jefe del Ejecutivo Nacional, sino mandamás de un cierto partido político”.

Pero la voz de Díaz será escuchada. El pasado domingo decía Luis Vicente León, Director General de Datanálisis: “… la gente rechazaba (y sigue rechazando) todos los actos radicales que Chávez comete: expropiaciones (más de 75% en contra), bloqueo al trabajo de gobernadores y alcaldes (más de 70% en contra), violaciones a la propiedad privada (más de 78% en contra), intentos de control propietario de algunas empresas de alimentos (sólo 10% de la población a favor), tomar ejemplos del modelo cubano (83% en contra)…” Otras encuestas (Datos, IVAD, Keller) registran mediciones muy similares. León advirtió: “Si [Chávez] continúa actuando como si la mayoría aceptara su modelo radical, la probabilidad de que se le voltee la tortilla se eleva y podría ser peligroso para él…”

Una vez más, gracias a Vicente Díaz.

LEA

Médula democrática

Un inicio cualquiera

En las elecciones parlamentarias de 2005 la mayor parte de la dirigencia opositora tomó la decisión de retirarse de la contienda electoral. Tal vez terminó atrapada en una corriente de opinión que se inició con la no fundamentada declaración de fraude de agosto de 2004, en ocasión del Referendo Revocatorio; y potenciada por diferentes sectores que consideraban que la participación electoral terminaba legitimando al gobierno.

Resultado de esa decisión la participación electoral cayó al máximo histórico de 25% y surgió una Asamblea Nacional enteramente representante de las políticas e intereses del gobierno nacional. Legal pero poco representativa dado que fue electa por menos de tres de cada diez venezolanos.

Esa realidad parlamentaria marcó y continúa marcando el cuadro institucional del país, el comportamiento de buena parte de los poderes públicos y la naturaleza del entramado legislativo.

En ese contexto, en el 2006, se tomaron dos importantes decisiones, una por el lado del oficialismo y otra del lado de la oposición.

Los primeros decidieron que era pertinente una renovación a fondo del Consejo Nacional Electoral. Nuevas figuras, nuevos estilos, nuevas decisiones. Era urgente fortalecer la institución que posibilita la máxima expresión de la soberanía popular.

En la oposición varios partidos, principalmente yendo en contra de la opinión predominante en sus predios, decidieron lanzar una candidatura presidencial.

Estas decisiones, divergentes en sus orígenes y motivaciones, convergieron en la búsqueda de dirimir los conflictos de poder por la vía pacífica y electoral.

El avance

Ese año, una estrategia por parte de la autoridad electoral de ofrecer significativas mejoras en las garantías electorales en el marco de una política de diálogo y comunicación con el país, conjuntamente con un significativo esfuerzo de los dirigentes y militantes de las toldas políticas, permitió revertir completamente la tendencia de abstención. Casi ocho de cada diez venezolanos con derecho al voto salieron de su casa el 3 de diciembre y manifestaron su compromiso con la democracia.

Se había desmontado ladrillo a ladrillo la pared de angustias y temores que contenía el caudal democrático del país. Se había dejado atrás los mitos de que las máquinas alteran los votos, que el voto no era secreto, que los hackers alteraban los resultados, que los muertos votaban…

El último paso para despejar los nubarrones abstencionistas le tocó darlo a Manuel Rosales, candidato opositor. Pese a la presión de muchos, rápida y oportunamente reconoció unos resultados que le eran desfavorables. Esa decisión contribuyó al sosiego de la nación y a la recomposición de las filas de los sectores no oficialistas. Potenciando un eventual y futuro reequilibrio de poder inherente al devenir democrático.

La carga

Pese a los avances, desde entonces estuvo presente una carga que lejos de aliviarse se incrementa. El Gobierno con su peso, con su enorme músculo logístico y comunicacional se hace parte de una contienda político-electoral que le está prohibida por mandato de la Constitución y de las Leyes.

En esas condiciones el camino para quien le adverse es absolutamente cuesta arriba.

El gobierno durante las campañas electorales refuerza la publicidad institucional y la promoción de la obra de gobierno, cosa que en otros países está prohibida de plano. El presidente utiliza los medios de comunicación oficial para promoverse, promover sus candidatos y descalificar a quienes disientan, inclusive utiliza programas y recursos del Estado como Aló Presidente y las cadenas de radio y televisión para promover su partido político. De hecho todas las instituciones públicas se avocan a auspiciar las candidaturas del partido de gobierno.

Pero, derivado de la composición política de la Asamblea Nacional, otros poderes públicos, llamados en un Estado republicano a ser contrapeso democrático, han dificultado el normal y sano desenvolvimiento de quienes piensan distinto.

Hoy por hoy, dirigentes de primera línea de partidos adversos a la línea del gobierno están imposibilitados de ejercer el derecho político y humano de ser candidatos. Sin juicio previo y sin sentencia penal alguna, como manda la constitución y el ordenamiento jurídico internacional, Enrique Mendoza, Leopoldo López, Eduardo Lapi, Barreto Sira, William Méndez, entre otros, están impedidos de ejercer su derecho al sufragio pasivo.

A esto se le suma, por ejemplo, la realidad de una actividad política mediatizada por el constante espionaje telefónico prohibido expresamente por las garantías y derechos de nuestra magna carta. No lejos está el recuerdo de las grabaciones de dirigentes políticos hablando de sus estrategias electorales y luego difundidas por el Estado venezolano, que por mandato de la Constitución debe garantizar la inviolabilidad de las comunicaciones, a través de una de sus instituciones, Venezolana de Televisión. Por mucho menos que eso tuvo que dejar Richard Nixon la presidencia de Estados Unidos, y hay un escándalo en la vecina Colombia. Eso no es normal. A eso no nos podemos acostumbrar.

Estas realidades se entreveran con un creciente temor en los medios de comunicación y en los comunicadores sobre las consecuencias de ejercer de viva voz una línea de información y opinión que resalte los eventuales abusos e ineficiencias de quienes tienen autoridad. En todo el mundo la prensa debe resaltar las manchas del poder. Esa es la caja de resonancia de las perversiones de la autoridad. No es posible la democracia sin libertad de expresar el pensamiento o la opinión. No hay democracia sin medios libres de la presión de los gobiernos; la libertad también comprende su ejercicio libre de temores.

La salida del aire de RCTV, responsabilidad directa del gobierno nacional, comenzó a crear un clima adverso al pluralismo comunicacional. Ahora, como punto culminante, el potencial cierre de Globovisión. Esto, entre otras cosas, nos dejaría para la campaña electoral de las parlamentarias con todos los canales del Estado promocionando los candidatos del gobierno y los pocos medios nacionales de señal abierta poniendo sus bardas en remojo en medio de la aprehensión y autocensura.

Si algunos medios de comunicación contribuyeron por acción u omisión con el golpe de estado de abril de 2002, hay maneras de determinar las responsabilidades. Pero eso no puede justificar una estrategia sistemática de sembrar temor a los medios y sus anunciantes. Y menos donde los medios de comunicación de Estado son órganos de difusión del partido de gobierno. Eso es una espada de Damocles sobre la equidad electoral, quintaesencia de la democracia.

A esta carga que impacta profundamente el acontecer democrático se le incorpora un evento nuevo y perturbador. Pareciera que no basta ganar las elecciones para que lo que decidió la mayoría se respete y materialice. Diversos ropajes parecen vestir una estrategia de escamotear resultados adversos.

De ahí que vale la pena preguntarse:

¿Para que sirve el pueblo?

En el 2007, el Presidente y la Asamblea Nacional, le presentaron al país un proyecto de reforma de la constitución para legalizar la transformación de la República en un Estado socialista. Quien suscribe alertó oportunamente al país que asumir constitucionalmente que un país es socialista es un exabrupto similar a querer asumirlo como capitalista, socialcristiano o socialdemócrata. Significa de hecho acabar con el pluralismo político, con el derecho a pensar políticamente como a cada quien le venga en gana.

Ese proyecto fue derrotado electoralmente. El pueblo se pronunció en contra de sus 69 artículos. Algunos de ellos probablemente, por separado, hubiesen tenido suficiente acogida. Pero el hecho es que la reforma no prosperó. Sin embargo buena parte de esos artículos se han venido formalizando a través de un abanico de leyes aprobadas o por aprobarse en la AN. Muchas de ellas aludiendo a un socialismo no materializado en la Ley madre y más bien en abierto desdén para con el pluralismo que ella consagra.

El pueblo decidió una cosa. El gobierno, Asamblea mediante, realiza otra.

Un capítulo aparte reclama la Alcaldía Metropolitana. El pueblo de Caracas votó para que una persona de su confianza asumiera una responsabilidad y de pronto se encuentra que aquello por lo cual votó no se puede realizar porque el gobierno le cambió las reglas.

Si era verdad que había que modificar la naturaleza y alcance de la Alcaldía Metropolitana, ese cambio tenía que hacerse antes, para que la gente supiera a qué atenerse para que el acto democrático de elegir a sus propias autoridades no fuera desvirtuado. Eso equivale, salvando las distancias, a comprar una casa y luego de pagarla que a uno le digan que el precio no incluía techo, piso, ni tuberías, puras paredes. En el terreno inmobiliario eso es una estafa. En el terreno constitucional tiene otro nombre…

El pueblo de Maracaibo también ha visto frustradas sus ilusiones. En el medio de la campaña electoral de las elecciones regionales de noviembre de 2008, en un acto de campaña, el presidente de la República, quien por cierto no tiene esa competencia, prometió que iba a meter preso a Manuel Rosales, quien fuera su contrincante en la campaña presidencial del 2006; y que ahora enfrentaba al candidato del partido de gobierno. A los pocos días la Asamblea Nacional, controlada absolutamente por el partido del presidente, le abría una investigación administrativa. Hoy Manuel Rosales es un asilado político en Perú.

Las dos principales ciudades de Venezuela, que votaron en contra del Gobierno central, hoy se ven con sus autoridades acorraladas y anuladas.

El pueblo es, en democracia, la fuente única de todo poder. Como sujeto, ese poder se expresa, entre otras formas, eligiendo a los gobernantes e incidiendo en sus políticas; como objeto, disfrutando o padeciendo de esas políticas.

Al pueblo no se le pueden cambiar las reglas en el medio del juego.

Desafíos

Se han dejado atrás varios de los principales mitos electorales. El pueblo sabe que a veces ganan unos y a veces, a pesar de lo empinado de la cuesta, otros.

Sin embargo, lo medular de la democracia está en juego.

El Consejo Nacional Electoral aprobó por mayoría un proyecto de Ley que debería apuntar a corregir vicios y enderezar entuertos del sistema electoral. Quien suscribe no acompañó esa decisión por considerar que ese proyecto no recoge importantes avances institucionales como la fiscalización electoral, las mesas de diálogo, la observación electoral.

Tampoco resolvería ninguno de los principales problemas. Que todos los votos valgan lo mismo, la permanencia de las “morochas” supone que hay votos que eligen más. Que las campañas sean entre iguales. Que se respete la Constitución para que los funcionarios e instituciones no operen a favor de sus preferidos. Que las elecciones sean un acto absolutamente civil. Que quienes aspiren a reelegirse tengan que separarse de sus cargos antes de postularse. Que haya equilibrio en los medios de comunicación. Que la cedulación se considere acto electoral y por ende sea objeto de observación.

La pelota pasó a la cancha de la Asamblea Nacional. Ojalá que trascendiendo la coyuntura estuviesen legislando pensando en cómo les hubiesen gustado las reglas cuando eran parte de las minorías. Sin embargo, la naturaleza y alcance del proyecto aprobado en primera discusión de la Ley Orgánica de Procesos Electorales parece apuntar en una dirección contraria. No sólo no corrige ninguno de los entuertos arriba señalados sino que más bien los profundiza y agrega otros de su propia cosecha.

La Constitución Nacional expresamente consagra y enfatiza en sus artículos 63, 186 y 293 el principio de la Representación Proporcional en la elección de los cuerpos deliberantes. Buscando con esto que las minorías tengan voz y voto. El calibre y talante de una democracia se mide por la forma como trata a sus ciudadanos más débiles en lo social y a sus minorías en lo político. El proyecto aprobado, divorciándose de este axioma, empeora la realidad vigente y minimiza la posibilidad de expresión institucional de las minorías políticas al proponer un sistema paralelo donde los cargos nominales no se restan de las listas legalizando así la viveza de las “morochas”. En el pasado republicano, sólo apelando al recurso de la representación proporcional se pudo abrir una válvula de escape institucional a la presión política de minorías con aspiraciones de poder que habían asumido la lucha armada como camino de expresión política. El PCV y el MIR cambiaron pistolas y fusiles por votos y curules para desde esa nueva trinchera mantener su combate político e ideológico. El cierre de esa válvula de escape electoral no bajará la presión, sólo la podría conducir por nuevas sendas.

El Proyecto también posibilita un peligroso manejo discrecional de las circunscripciones electorales que podrían acomodarse y reacomodarse en función de coyunturas políticas. Lo mismo vale para la adjudicación de cargos. Al no definirse el método se deja abierta la posibilidad de eventuales manejos interesados por vía normativa para cada elección. Colocando, entre otros males, al Poder Electoral en el centro de la diatriba política.

Establece también que los centros de votación podrán funcionar en cualquier dependencia pública abriéndose paso a un catastro electoral indeseable con centros de votación en alcaldías, gobernaciones, sedes de organismos gubernamentales. Funcionarios inescrupulosos tendrían el mandado hecho a la hora de amedrentar al elector.

Y así podríamos seguir desmadejándolo. Un proyecto que de no modificarse sustancialmente en segunda discusión podría colocar el juego electoral en un terreno pantanoso y, ojalá que no, intransitable.

Hay partidos con votos, con política que no están en la AN. Representan a un importante sector del pueblo. Ojalá sean escuchados. Especialmente ahora.

Tareas

Hay factores ontológicamente interesados en dividir cierto electorado entre abstencionistas y participacionistas. Es deber cívico y estratégico enfrentar esos factores. Quienes promueven la desestima del voto como camino terminan poniéndole alfombra roja a la violencia. En Venezuela toda violencia política ha fracasado. Eso lo aprendió el actual presidente en el 92 y algunos opositores en el 2002.

Un eventual cierre de Globovisión profundiza de tal manera el desequilibrio comunicacional y profundiza de tal manera la inequidad electoral que sería muy difícil hablar de elecciones justas. Un cierre de ese canal pondría al pluralismo comunicacional, y por ende la libertad de pensamiento base misma de la democracia, contra la pared.

Es indispensable aprovechar la coyuntura de discusión de la Ley Orgánica de Procesos Electorales para tratar de incidir en que esa Ley permita establecer clima y reglas electorales adecuados para el ejercicio libre y consciente del voto en condiciones de equidad y justicia electoral.

El Poder Electoral debe hacerse eco de estas realidades y alertar al gobierno sobre las implicaciones de lo que se discute en la Asamblea Nacional y lo que podría decidir CONATEL.

Todo gobierno democrático necesita medirse en las urnas y para medirse necesita contrincantes y electores que quieran ir a votar.

Vicente Díaz

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