FS #218 – Tolón, tolón

Fichero

LEA, por favor

La llegada de la recesión económica mundial, efecto acumulativo de diversos factores—entre los que puede anotarse no sólo la villana crisis hipotecaria, sino asimismo la burbuja de los precios del petróleo—ha suscitado drásticos cambios en la percepción humana, incluida en ella la de los líderes del mundo. Entre éstos destaca Nicolás Sarkozy quien, cuatro días antes del desplome bursátil del pasado 29 de septiembre, pero ya después de las caídas de Lehman Brothers, Merryll Lynch, AIG, etcétera, pronunció un memorable discurso en Tolón. (Agradezco a Gonzalo Pérez Petersen haber llamado mi atención a la pieza). De ese discurso se transcribe en esta Ficha Semanal #218 de doctorpolítico su primera mitad.

En opinión de Sarkozy, la crisis es la campana de muerte de un sistema económico propio del siglo XX pero inadecuado para el siglo XXI. Como apuntan igualmente otros estadistas y analistas, se hace evidente la necesidad de construir uno nuevo, el que tendrá que poner en su sitio a lo que él llama “capitalismo financiero”. De hecho, Sarkozy certifica: “En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización”. El mismo día que Sarkozy pronunciara su ya famoso discurso, se recordaba en la Carta Semanal #304 de doctorpolítico un dictamen publicado por el suscrito catorce años antes, referido a la crisis bancaria venezolana de 1994: “…es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa… la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando”. (4 de mayo de 1994).

Del mismo modo puede entenderse a la crisis de estos días como una gigantesca oportunidad: la de echar las bases organizativas de una polis planetaria, cuyo menester surge de la realidad de la globalización.

Pero esas bases no tienen nada que ver con el socialismo. A pesar de haber destacado el papel regulador y protector que el sector público debe cumplir ante los sistemas financieros, Sarkozy advirtió: “La crisis financiera que vivimos hoy… no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo. Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual. Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico”.

LEA

Tolón, tolón

Señoras y Señores Ministros,

Señoras y Señores Parlamentarios

Si he querido dirigirme esta tarde a los franceses es porque la situación de nuestro país lo exige.

Soy consciente de mi responsabilidad en estas circunstancias excepcionales.

Una crisis de confianza sin precedente desestabiliza la economía mundial. Las grandes instituciones financieras están amenazadas, millones de pequeños ahorristas en el mundo que depositaron sus ahorros en la bolsa ven cómo su patrimonio se descompone día tras día, millones de jubilados que han cotizado en fondos de pensiones temen por su jubilación, millones de hogares modestos viven momentos difíciles por el alza de los precios.

Como en todo el mundo, los franceses temen por sus ahorros, por su empleo y por su poder adquisitivo.

El miedo es sufrimiento.

El miedo impide emprender, el miedo impide implicarse.

Cuando se tiene miedo, no se tiene sueños; cuando se tiene miedo, uno no piensa en el futuro.

Hoy, el miedo es la principal amenaza para la economía.

Hay que vencer ese miedo. Es la labor más urgente. No se vencerá, no se restablecerá la confianza con mentiras, sino diciendo la verdad.

Los franceses quieren la verdad y estoy convencido de que están dispuestos a escucharla.

Si sienten que se les esconde algo, la duda crecerá.

Si están convencidos de que no se les oculta nada, hallarán en ellos mismos la fuerza para superar la crisis.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis no ha terminado, que sus consecuencias serán duraderas, que Francia está demasiado implicada en la economía mundial como para pensar siquiera un instante que pueda estar protegida contra los acontecimientos que, ni más ni menos, desequilibran el mundo.

Decir la verdad a los franceses es decirles que la crisis actual tendrá consecuencias en el crecimiento, en el desempleo, en el poder adquisitivo durante los próximos meses.

Decir la verdad a los franceses es decir, en primer lugar, la verdad sobre la crisis financiera.

Porque esta crisis, sin igual desde los años 30, marca el final de un mundo construido tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría.

Ese mundo fue impulsado por un gran sueño de libertad y de prosperidad.

La generación que venció al comunismo había soñado con un mundo donde la democracia y el mercado resolverían todos los problemas de la humanidad. Había soñado con una globalización feliz que acabaría con la pobreza y la guerra.

Este sueño ha empezado a hacerse realidad: las fronteras se han abierto, millones de hombres han escapado a la miseria, pero el sueño se ha quebrado con el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos, los nacionalismos, las reivindicaciones identitarias, el terrorismo, los dumpings, las deslocalizaciones, las derivas de las finanzas globales, los riesgos ecológicos, el agotamiento anunciado de los recursos naturales, las revueltas del hambre.

En el fondo, con el final del capitalismo financiero—que había impuesto su lógica a toda la economía y que había fomentado su perversión—muere una determinada idea de la globalización.

La idea de la omnipotencia del mercado que no debía ser alterado por ninguna regla, por ninguna intervención pública; esa idea de la omnipotencia del mercado era descabellada.

La idea de que los mercados siempre tienen razón es descabellada.

Durante varios decenios, se ha creado las condiciones que sometían la industria a la lógica de la rentabilidad financiera a corto plazo.

Se ha ocultado los riesgos crecientes que había que correr para obtener rendimientos cada vez más exorbitantes.

Se ha desarrollado sistemas de remuneración que incitaban a los operadores a correr cada vez más riesgos inconsiderados.

Se ha fingido creer que los riesgos desaparecían uniéndolos.

Se ha permitido que los bancos especulen en los mercados en vez de hacer su trabajo, que consiste en invertir el ahorro en desarrollo económico y analizar el riesgo del crédito.

Se ha financiado al especulador y no al emprendedor.

No se ha controlado las agencias de calificación y los fondos especulativos.

Se ha obligado a las empresas, a los bancos, a las aseguradoras a inscribir sus activos en las cuentas a precios del mercado que aumentan y se reducen en función de la especulación.

Se ha sometido a los bancos a reglas contables que no garantizan la gestión correcta de los riesgos y que, en caso de crisis, agravan la situación en vez de amortiguar el choque.

¡Es una locura y hoy pagamos por ello!

Este sistema donde el responsable de un desastre puede partir con un paracaídas dorado, donde un corredor de bolsa puede hacer perder 5.000 millones de euros a su banco sin que nadie se dé cuenta, donde se exige a las empresas rendimientos tres o cuatro veces más elevados que el crecimiento real de la economía, este sistema ha creado profundas desigualdades, ha desmoralizado a las clases medias y ha fomentado la especulación en los mercados inmobiliarios, de materias primeras y de productos agrícolas.

Pero este sistema—hay que decirlo porque es la verdad—no es la economía de mercado, no es el capitalismo.

La economía de mercado es el mercado regulado, el mercado al servicio del desarrollo, al servicio de la sociedad, al servicio de todos. No es la ley de la jungla, no son beneficios exorbitantes para unos y sacrificios para todos los demás. La economía de mercado es la competencia que reduce los precios, que elimina las rentas y que beneficia a todos los consumidores.

El capitalismo no es el corto plazo, es el largo plazo, la acumulación de capital, el crecimiento a largo plazo.

El capitalismo no es la primacía del especulador. Es la primacía del emprendedor, la recompensa del trabajo, del esfuerzo, de la iniciativa.

El capitalismo no es la disolución de la propiedad, la irresponsabilidad generalizada.

El capitalismo es la propiedad privada, la responsabilidad individual, el compromiso personal, es una ética, una moral, instituciones.

De hecho, el capitalismo ha posibilitado el extraordinario auge de la civilización occidental desde hace siete siglos.

La crisis financiera que vivimos hoy, mis queridos compatriotas, no es la crisis del capitalismo. Es la crisis de un sistema que se ha alejado de los valores más fundamentales del capitalismo, que ha traicionado al espíritu del capitalismo.

Quiero decirlo a los franceses: el anticapitalismo no ofrece ninguna solución a la crisis actual.

Reanudar el colectivismo que tantos desastres provocó en el pasado sería un error histórico.

Pero no hacer nada, no cambiar nada, conformarse con cargar al contribuyente todas las pérdidas y fingir que no ha pasado nada también sería un error histórico.

Mis queridos compatriotas, podemos salir reforzados de esta crisis. Podemos salir y podemos salir reforzados, si aceptamos cambiar nuestro modo de pensamiento y nuestros comportamientos.

Si hacemos el esfuerzo necesario para adaptarnos a las nuevas realidades que se imponen a nosotros. Si actuamos, en vez de padecer.

La crisis actual debe incitarnos a refundar el capitalismo en una ética del esfuerzo y del trabajo, a encontrar de nuevo un equilibrio entre la libertad necesaria y la regla, entre la responsabilidad colectiva y la responsabilidad individual.

Tenemos que alcanzar un nuevo equilibrio entre el Estado y el mercado, cuando en todo el mundo los poderes públicos se ven obligados a intervenir para salvar el sistema bancario del derrumbe.

Debe instaurarse una nueva relación entre la economía y la política mediante el desarrollo de nuevas reglamentaciones.

La autorregulación para resolver todos los problemas, se ha acabado.

El laissez-faire, se ha acabado.

El mercado que siempre tiene razón, se ha acabado.

Hay que aprender de la crisis para que no se reproduzca. Hemos estado al borde de la catástrofe, el mundo ha estado al borde de la catástrofe, no podemos correr el riesgo de empezar de nuevo.

Si queremos construir un sistema financiero viable, la moralización del capitalismo financiero es una prioridad.

No dudo en decir que los modos de remuneración de los dirigentes y de los operadores deben estar enmarcados. Ha habido demasiados abusos, demasiados escándalos.

O los profesionales se ponen de acuerdo sobre las prácticas aceptables o el Gobierno de la República resolverá el problema mediante la ley antes de fin del año.

Los dirigentes no deben tener el estatuto de mandatario social y beneficiar a la vez de las garantías de un contrato de trabajo.

No deben recibir acciones gratuitas.

Su remuneración debe fundarse en los resultados económicos reales de la empresas.

No deben poder optar por un paracaídas dorado cuando han cometido faltas o han puesto a su empresa en dificultad. Y si los dirigentes están interesados por el resultado—es algo positivo—los demás asalariados de la empresa, en particular los más modestos, también deben estarlo, puesto que ellos también participan en la riqueza de la empresa. Si los dirigentes tienen stock options, los demás asalariados también deben tenerlas o beneficiarse de un sistema de incentivos.

He aquí algunos principios sencillos basados en el sentido común y en la moral elemental en los que no cederé.

Los dirigentes perciben remuneraciones elevadas porque tienen grandes responsabilidades.

Pero no se puede querer un buen salario y no asumir las responsabilidades. Ambas cosas van unidas.

Es aún más cierto en el campo de las finanzas.

¿Cómo admitir que tantos operadores financieros salgan ganando, cuando durante años se han enriquecido conduciendo a todo el sistema financiero a la situación actual? Se ha de buscar responsabilidades y los responsables de este naufragio deben, al menos, ser sancionados financieramente.

La impunidad sería inmoral.

No podemos conformarnos con hacer pagar a los accionistas, a los clientes, a los asalariados, a los contribuyentes y exonerar a los principales responsables.

¿Quién podría aceptar algo que sería, ni más ni menos, una gran injusticia?

Además, hay que reglamentar los bancos para regular el sistema, ya que los bancos son el núcleo del sistema.

Hay que dejar de imponer a los bancos reglas de prudencia que incitan primero a la creatividad contable y no a gestionar con rigor los riesgos. En el futuro, habrá que controlar mucho mejor la forma en la que desempeñan su oficio, el modo de evaluación y de gestión de los riesgos, la eficacia de los controles internos, etcétera.

¡Habrá que imponer a los bancos financiar el desarrollo económico y no la especulación!

La crisis que vivimos debe conducirnos a una reestructuración de gran amplitud de todo el sector bancario mundial. Teniendo en cuenta lo que acaba de ocurrir y la importancia de las implicaciones para el futuro de nuestra economía, es evidente que, en Francia, el Estado estará atento y desempeñará un papel activo.

Habrá que enfrentarse al problema de la complejidad de los productos de ahorro y de la opacidad de las transacciones para que cada uno pueda evaluar realmente los riesgos que corre.

Pero también habrá que plantearse preguntas polémicas como la de los paraísos fiscales, las condiciones en las que se realizan las ventas al descubierto que permiten especular vendiendo títulos que no se poseen o la cotización continua que permite comprar y vender en todo momento activos y que influye—como sabemos—en las aceleraciones del mercado y en la creación de burbujas especulativas.

Habrá que interrogarse sobre la obligación de contabilizar los activos al precio del mercado que tanto desestabilizan en caso de crisis.

Habrá que controlar a las agencias de calificación que—insisto en ello—han presentado fallas.

De ahora en adelante, ninguna institución financiera, ningún fondo deben poder escapar al control de una autoridad de regulación.

Pero la reorganización del sistema financiero no sería completa, si a la par no se previera acabar con el desorden monetario.

La moneda está en el centro de la crisis financiera y de las distorsiones que afectan a los intercambios mundiales.

Si no somos cuidadosos, el dumping monetario acabará por engendrar guerras comerciales extremadamente violentas y dará vía libre al peor proteccionismo.

Ya que el productor francés puede obtener todos los beneficios de productividad que quiera o que pueda, puede incluso competir con los salarios reducidos de los obreros chinos, pero no puede compensar la infravaloración de la moneda china.

Nuestra industria aeronáutica puede ser muy eficaz, pero no puede luchar contra la ventaja competitiva que la infravaloración crónica del dólar da a los constructores estadounidenses.

Por tanto, reitero hasta qué punto me parece necesario que los Jefes de Estado y de Gobierno de los principales países concernidos se reúnan antes a fin de año para extraer las lecciones de la crisis financiera y coordinar sus esfuerzos para restablecer la confianza. He realizado esta propuesta de pleno acuerdo con la Canciller alemana, la Sra. Merkel, con quien me he entrevistado y con quien comparto las mismas preocupaciones a propósito de la crisis financiera y sobre las lecciones que vamos a tener que extraer.

Estoy convencido de que el mal es profundo y de que hay que renovar todo el sistema financiero y monetario mundial, como en Bretton Woods después de la II Guerra Mundial.

Así, podremos crear herramientas para una regulación mundial que la globalización y la globalización de los intercambios hacen necesarias.

No se puede seguir gestionando la economía del siglo XXI con los instrumentos económicos del siglo XX.

Tampoco se puede concebir el mundo del mañana con las ideas de ayer.

Cuando los bancos centrales hacen todos los días la tesorería de los bancos y cuando el contribuyente estadounidense va a gastar un billón de dólares para evitar una quiebra generalizada, ¡me parece que la cuestión de la legitimidad de los poderes públicos para intervenir en el funcionamiento del sistema financiero ya no se plantea!

A veces, la autorregulación es insuficiente.

A veces, el mercado se equivoca.

A veces, la competencia es ineficaz o desleal.

Entonces, el Estado tiene que intervenir, imponer reglas, invertir, tomar participaciones, a condición de que sepa retirarse cuando su intervención ya no sea necesaria.

No habría nada peor que un Estado preso de los dogmas, preso de una doctrina rígida como una religión.

Imaginemos cómo estaría el mundo, si el Gobierno estadounidense no hubiese hecho nada frente a la crisis financiera, con el pretexto de respetar una supuesta ortodoxia en materia de competencia, de presupuesto o de moneda.

En estas circunstancias excepcionales en las que la necesidad de actuar se impone a todos, llamo a Europa a reflexionar sobre su capacidad para hacer frente a la urgencia, a concebir de nuevo sus reglas, sus principios, extrayendo lecciones de lo que ocurre en el mundo.

Europa debe dotarse de los medios necesarios para actuar cuando la situación lo exige y no condenarse a padecer.

Si Europa quiere preservar sus intereses, si quiere poder intervenir en la reorganización de la economía mundial, debe iniciar una reflexión colectiva sobre su doctrina de la competencia—a mi juicio, la competencia es sólo un medio y no un fin en sí—, sobre su capacidad para movilizar recursos para preparar el futuro, sobre los instrumentos de su política económica, sobre los objetivos asignados a la política monetaria.

Sé que es difícil porque Europa incluye 27 países, pero cuando el mundo cambia, Europa también debe cambiar. Debe ser capaz de transformar sus propios dogmas.

No puede estar condenada a la variable de ajuste de las demás políticas, por no disponer de medios para actuar. Y quiero hacer una pregunta seria: si lo ocurrido en Estados Unidos hubiese ocurrido en Europa, ¿con qué rapidez, con qué fuerza, con qué determinación se habría enfrentado Europa, con las instituciones y los principios actuales, a la crisis?

Para todos los europeos, es evidente que la mejor respuesta a la crisis debería ser europea.

En mi condición de Presidente de la Unión, propondré iniciativas en este sentido en el próximo Consejo Europeo del 15 de octubre.

Nicolás Sarkozy

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LEA #308

LEA

No para la sangría de las bolsas en el mundo, y el precio del barril de petróleo sigue palo abajo. La causa de estas cosas es la misma: hemos entrado en una recesión económica mundial. En toda Asia, en Europa, en América del Sur y del Norte, los valores caen. Y tal como la ingente ayuda financiera a los mercados financieros y a las instituciones bancarias no logra restituir todavía la confianza, el globo de ensayo lanzado por la OPEP—un recorte anunciado de tres millones de barriles diarios en su producción—obtuvo una ligera mejoría de los precios del crudo para que al poco rato prosiguiera su declive. El West Texas Intermediate cerró ayer a US$ 66,75, o 5,43 dólares por debajo de la víspera; el Brent del Mar del Norte bajó su precio a US$ 63,96, nivel que no veía desde mayo del año pasado. Otra burbuja que explota y nos afecta de manera muy directa. El gobierno venezolano elaboró imprudentemente su presupuesto de 2009 según un estimado de US$60 por barril (casi el doble del estimado de 2008), y ya Chávez ha tenido que salir para opinar que si el precio no baja de US$ 55 podría capear el temporal; más bien, que el temporal sería para nosotros un simple aguacero fuerte.

Es de esperar una reformulación del presupuesto nacional, y habrá que ver si el presidente venezolano prefiere sacrificar a Cristina Kirchner o a Daniel Ortega que a nosotros, si le quedan ganas de comprarse—¿para qué?—el Banco de Venezuela.

Que el país entra en la recesión mundial con un nivel bastante alto de reservas internacionales es seguramente una cosa buena; que ellas sean suficientes para mantener el dispendio gubernamental es otra cosa muy distinta. Deberemos conformarnos con menos submarinos que los que habíamos encargado. ¡Qué se va a hacer!

Habrá que diferir sueños de mayor inversión en infraestructura, y Caracas tendrá que aguantar su espantoso tráfico, a punto de coagulación. Anzoátegui, estado al que CADAFE ya le ha anunciado racionamiento del suministro, pudiera verse en una dieta eléctrica más prolongada. Los pagos del gobierno, ya bastante atrasados, se harán más viscosos todavía. Los motores de la revolución sufrirán ahogo, y las protestas crecientes tendrán que ser manejadas estáticamente, desde un fortín. No será posible celebrar como se debe la próxima visita de la flota de guerra rusa, pues nos movemos hacia el déficit fiscal y la inflación seguramente superará, en términos bolivarianos fuertes, el 30% en año electoral.

Es ahora cuando la retórica revolucionaria se verá en problemas, cuando será exigido al máximo el verbo presidencial. Si la corrupción más grande que haya visto Venezuela había sido tolerada mientras había para todo el mundo, ahora será chispa que puede incendiar una sabana de indignación. Vamos a ver cómo es que hace el gobierno para apagar los múltiples incendios, en época de sequía de la hacienda.

LEA

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CS #308 – Mundo nuevo y bueno

Cartas

Arturo Schopenhauer (1788-1860), no cabe duda, fue un importante filósofo alemán. Fue también un destacado machista, práctico y teórico. En Parerga y Paralipómena, por ejemplo, escribió: “Las mujeres están directamente capacitadas para actuar como las enfermeras y maestras de nuestra niñez temprana por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y de cortas miras; en una palabra, son niños grandes toda su vida, una suerte de etapa intermedia entre el niño y el hombre maduro, que es el hombre en el estricto sentido de la palabra”. Más conocida, naturalmente, es su lapidaria y superficial sentencia: “La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”.

Esta postura machista, que desarrollaría extensamente en ensayos— uno de sus “Estudios sobre el pesimismo”, en los que trata temas tan aleccionadores como la vanidad de la existencia humana y el suicidio, se llama simplemente “Sobre las mujeres”—iba de la mano con otros prejuicios, algunos de los cuales llevan resonancia racista, o al menos una fuerte carga antiétnica. Así, por caso, escribió la siguiente lindeza: “En otros continentes hay monos; en Europa hay franceses; eso nos compensa”. Debe uno decir en su descargo, no obstante, que tan insultante evaluación no era etnocéntrica; pocas líneas más adelante dice cosas peores del pueblo alemán y reniega de su propio gentilicio.

El amargado caballero que era Schopenhauer fue, por supuesto, un personaje del siglo XIX, pero su cinismo o su racismo no son cosas que hayan desaparecido. Tan pronto como Colin Powell expresó su apoyo a la candidatura de Barack Obama surgieron “análisis” que explicaban su posición como el apoyo de un hombre negro a otro de su misma raza. Pero esa opinión, pobre intento de algunas almas WASP (White Anglo-Saxon Protestant) por moderar el considerable impacto del aval de Powell, no es en absoluto la prevaleciente. Alexandra Marks, blanca, anglosajona y protestante, periodista del equipo editorial en The Christian Science Monitor, escribió ayer desde Oxford, Mississippi (Surging Obama campaign suggests US racism on the wane): “El tema racial ha estado entreverado en la historia de los Estados Unidos desde sus inicios. Ha sacado a la luz lo mejor y lo peor de la nación, desde el coraje de los militantes de los derechos civiles hasta el terrorismo asesino del Ku Klux Klan… A medida que se acerca el día de las elecciones, el senador Obama amplía su ventaja sobre su rival, el senador John McCain, a dos dígitos. Encuestas recientes también muestran que el 91% de los estadounidenses dice sentirse cómodo con la idea de tener un presidente afroamericano”. Marks cita a William Winter, ex gobernador de Mississippi blanco, anglosajón y protestante, y que para colmo sirvió en la Segunda Guerra Mundial como soldado en Filipinas: “La elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos sería la más grande cosa para la reconciliación y la comprensión raciales que pudiera ocurrir en este país, y creo que significaría mucho para nosotros tenerlo como un líder en el mundo y ser capaces de señalarlo como Presidente de los Estados Unidos”.

Y lo que el negro Powell dijo del mulato Obama fue: “Creo que necesitamos una figura transformadora. Creo que necesitamos un presidente que sea un cambio generacional, y es por eso que estoy apoyando a Barack Obama”.

………

Hace unos días, la cadena CNN presentaba un interesante capítulo de su serie “Destinos”, dedicado a mostrar al Paraguay como atractivo país para la visita turística. Al tiempo que mostraba hermosos parajes y significativos elementos de cultura, el programa entrevistaba a varios visitantes, la mayoría de otros países sudamericanos, aunque también de uno que otro europeo. Una pareja muy joven, procedente de Colombia, fue igualmente requerida por los periodistas, y sus respuestas sobresalieron nítidamente respecto de las de los restantes entrevistados, por más que ninguna de estas últimas dejó de ser atinada y positiva. El contenido concreto de las respuestas juveniles no tuvo nada fuera de lo común; la diferencia estuvo en el tono natural de sus observaciones. Cosas como la hermandad primordial de pueblos distintos, la importancia de la cultura autóctona, la igualdad de hombres y mujeres, no eran dichas como declaración solemne o programas políticos, sino con la misma naturalidad con que uno hablaría de la lluvia o una sopa cotidiana. No hacían el menor esfuerzo por convencer a nadie, puesto que daban su discurso por sentado, comme il faut, as a matter of fact. Ni siquiera estaban conscientes de su propia frescura: se trataba, simplemente, de la visión inmediata de la juventud. Cambio generacional, como el que Powell ha pedido.

El mundo va a ser mejor porque llegarán los jóvenes con esa perspectiva. Cuando vengan a ocuparse de la cosa pública no tendrán que ser convencidos de la importancia de preservar el planeta, porque serán ecólogos natos; no pasarán trabajo con la diversidad cultural del mundo, pues habrán nacido en la globalidad; no conocerán el prejuicio étnico, ya que las vallas publicitarias multirraciales de los colores unidos de Benetton serán historia remota, convertida por el tiempo en el modo estándar de la percepción. No serán locales.

Esto no es poesía, o deseo ingenuo. De un observador tan intenso y agudo como Kevin Kelly escuchamos esto (That We Will Embrace the Reality of Progress):

Soy optimista acerca de lo único que, por definición, podemos ser optimistas: el futuro. Cuando anoto lo positivo y lo negativo que hoy trabajan en el mundo, veo progreso. El mañana luce como que será mejor que hoy. No sólo en progreso para mí, sino para todo el mundo en el planeta tanto en conjunto como en promedio… Como dijera una vez el rabino Zalman Schacter-Shalomi: ‘Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho’. Inesperadamente, ‘no mucho’ es todo lo que necesitamos cuando tenemos el poder del interés compuesto en operación. El mundo sólo necesita ser 1% mejor (o incluso una décima de por ciento mejor) cada día para acumular civilización. En tanto creemos 1% más de lo que destruimos cada año, tendremos progreso. Este incremento neto es tan pequeño que es casi imperceptible, especialmente ante el 49% de muerte y destrucción que nos afronta. Sin embargo, este minúsculo, delgado y tímido diferencial genera progreso”.

No se trata, por tanto, de negar el mal social en el mundo. Allí está, pero está allí para superarlo, y en más de un caso es posible progresar en proporciones mayores que la medida por Kelly.

………

No se trata de negar que los venezolanos, en particular, confrontamos dificultades grandes. Pero a pesar de la fuerza del mal, de la patología de una voluntad de poder totalitario, una voluntad más grande va logrando progresos. Los resultados del 2 de diciembre de 2007 eran impensables cuando comenzaba ese año, como parecía improbabilísimo el grado de cohesión candidatural que las opciones no oficialistas han logrado para las inminentes elecciones estadales y municipales. Hay casos casi incomprensibles, como la conducta en Chacao de Leopoldo López, que quisiera controlar el poder de ese municipio por persona interpuesta, o la de Manuel Rosales, que aún pretende ser el líder nacional opositor mientras busca pegarse de un presupuesto municipal una vez que ya no puede seguir disponiendo del zuliano. Pero son los menos.

Es un progreso enorme que la oposición radical, la de los atajos insurreccionales, haya sido reducida a una mínima expresión. Y es una bendición que la inteligencia general de los venezolanos continúe, a pesar de la obscena y prolongada propaganda del gobierno, rechazando muy mayoritariamente el modelo político castrista y apoyando decididamente el régimen de propiedad privada. Es saludable que un político tan significativo como Teodoro Petkoff haya acogido la fórmula de “tanto mercado como sea posible, tanto gobierno como sea necesario”.

Como el año pasado, el pueblo rumia su próxima actuación electoral, mientras sube el tono y frecuencia de la protesta social. Por más que el Presidente de la República abandona sus obligaciones juradas, para dedicarse cada día a campañas electorales que no son suyas, crece el desengaño en sus propias filas. Hace poco se escribió acá: “El suscrito conoce de cerca partidarios suyos que ya lo desahucian, tan evidente es su agresiva enfermedad. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, empleando el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo que fuera Gonzalo Barrios”.

Todavía falta mucho trabajo, pero hay aprendizaje. Falta ir más allá del neurótico ritual cotidiano de Miguel Ángel Rodríguez y Leopoldo Castillo, que todos los días acusan valientemente, pero no refutan. Aún no se ha logrado establecer otro plano, superior, de discurso, desde el que sea posible decir que fue prudente la movilización de depósitos públicos venezolanos de bancos estadounidenses hacia bancos suizos y al mismo tiempo arropar y apagar el fuego destructor del verbo y la intención presidenciales.

Pero es que nuestras elecciones de noviembre no son sino una etapa más, y vendrán luego las de la Asamblea Nacional, para las que quedarán dos años enteros de preparación. No será fácil, pero no es imposible saldar el aprendizaje y los logros de este año para alcanzar una participación legislativa nacional que haga imposibles nuevas leyes habilitantes o viajecitos presidenciales de más de cinco días. Es posible una nueva mayoría en la Asamblea Nacional.

La necesidad de progreso nos convoca. Venezuela será mejor porque hemos venido aprendiendo. Aunque se logre menos de lo que se aspira—todavía puede trabajarse mejor la cosa—, el 24 de noviembre el país estrenará nuevo traje político, y éste será el de una reducción de la hegemonía regional oficialista. Si además se cuenta, como propone Ángel Oropeza, ya no sólo el número de gobernaciones o alcaldías arrancadas al chavismo, sino el total nacional de los votos que no le favorezcan, podrá presentarse un resultado positivo sólido, mucho mayor que el paciente 1% de progreso que Kevin Kelly estima suficiente para la humanidad entera.

………

Y ajenas elecciones de noviembre nos convendrán. El triunfo de Barack Obama luce indetenible, y así como en Venezuela andan de capa caída los golpistas y los magnicidas, no hay en estos momentos en los Estados Unidos una cábala tan capaz como la que asesinó a dos Kennedy y a Martin Luther King en cinco años apenas. Es más, un intento de eliminar criminalmente a Obama, en circunstancias tan críticas como las que viven los Estados Unidos, bien pudiera llevar a esta nación a una catástrofe mayor. En la pieza que Alexandra Marks escribió para The Christian Science Monitor, la periodista reporta la opinión de una voz aislada que cree que los Estados Unidos no están preparados para un presidente afroamericano. Y dice: “Pero cuando las encuestas continúan dando a Obama una sólida ventaja, otros están fuertemente en desacuerdo. Y están preocupados con lo que pudiera pasar si Obama no triunfa el 4 de noviembre. ‘Creo que habría un caos’, dice Jimmy Gray, un pastor vendedor de frutas en Georgia, que es negro. ‘Hay demasiada gente lista para un nuevo país y una nueva visión, y usted vería al 50 por ciento del pueblo, que apoya a Obama, rebelándose contra cualquier otro gobierno que se pusiera allí’.”

Desde este puesto de observación se anticipa que el triunfo de Barack Obama será contundente. Los vientos de cambio se han desatado en los Estados Unidos, como lo demuestra la cantidad de nuevos votantes que se han inscrito en número inusitado, como lo manifiesta la afluencia numerosa de votantes adelantados en los estados donde se permite la votación temprana. Associated Press reportaba ayer: “Números sin precedentes de votantes tempranos en Florida y otros estados del sur han obligado a los funcionarios electorales a añadir equipo, extender los horarios y distribuir agua y asientos para acomodar a la gente mientras espera durante horas en los sitios de votación”. Las encuestas, aun con una tendencia favorable a Obama que crece por horas, subestiman lo que ocurrirá en menos de dos semanas.

Un negro en la Casa Blanca. No es tiempo de Lo que el viento se llevó; es tiempo de lo que el viento trajo. Ahora le toca, por fin, a un negro. A un estadista que Carolina Keneddy cree que pudiera ser un presidente como su padre: un presidente de los Estados Unidos que dejará a Hugo Chávez sin su coartada favorita. Ya le veremos acomodando el discurso para decir que ahora la cosa es distinta.

………

El 17 de abril de este año moría en su patria, Martinica, un grande poeta negro: Aimé Césaire, que alguna vez habló “sobre las grietas de nuestros labios de Orinoco desesperado”. Esto prometió en vida:

“Yo reencontraré el secreto del gran diálogo, el secreto de las grandes combustiones. Diré tormenta, río, diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Me mojarán todas las lluvias, brillaré humedecido por todos los rocíos. Igual que la sangre arrebatada en la corriente lenta del ojo de las palabras, como caballos furiosos, como niños muy pequeños, como coágulos, cubrefuegos, como ruinas de templo, como joyas, correré lejos, lo suficientemente lejos como para desalentar a los mineros. El que no me entienda, tampoco entenderá el rugido del tigre. Soy el que canta con la voz aherrojada en el jadeo de los elementos. Es dulce ser nada más que un pedazo de madera, un corcho, una gotita de agua en las aguas torrenciales del comienzo y del fin. Es dulce abandonarse en el corazón destrozado de las cosas. La poesía nace con el exceso, la desmesura, con la búsqueda acuciada por lo vedado”.

Como los estadounidenses dentro de pocos días, hagamos diecinueve después poesía.

LEA

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FS #217 – Mercado político

Fichero

LEA, por favor

Es evidentísimo que la instauración del régimen chavista en Venezuela, desde 1999, constituye un proceso que en términos oncológicos es canceroso: agresivo, invasivo, maligno. Y puede tenérsele por tal porque su aparición en el teatro político venezolano no se debe a la inoculación de un virus dañino por la vía de un vector externo: un anofeles o un zancudo patas blancas. El chavismo estaba, en estado latente, dentro del cuerpo nacional.

Pero el muy preocupante cuadro clínico que el chavismo representa no es la única enfermedad del sistema político venezolano; antes de 1992, cuando se observara el signo precoz del chavoma por primera vez, ya el aparato político estaba aquejado por el grave síndrome de una insuficiencia política generalizada. Esta expresión cabe perfectamente; el médico habla de insuficiencia renal cuando el aparato urinario no filtra la sangre como debe, o de insuficiencia cardiaca cuando el corazón no bombea la sangre con la presión requerida. La función del aparato político es la de resolver problemas de carácter público; no otra cosa lo justifica. En consecuencia, cuando no lo hace es justo diagnosticarlo como insuficiente.

¿Desde cuándo estuvo presente en Venezuela este cuadro de insuficiencia política? Por lo que atañe a la intuición popular, los estudios de opinión comenzaron a detectar un desapego de los electores en relación con los partidos a comienzos de los ochenta (encuesta Gaither de agosto de 1984). Ya la campaña electoral de 1983 había sido muestra de la fatiga de los ciudadanos ante las ofertas tradicionales de los candidatos. (“El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia. De allí el éxito de la vaga promesa del ‘Pacto Social’ por Jaime Lusinchi, pues si abstracta e imprecisa, al menos tenía la virtud de ser formalmente una panacea”. Krisis, Memorias Prematuras, 1986).

Para febrero de 1985, mientras Lusinchi no había aún cumplido la mitad de su período, fue posible elaborar un documento que dibujaba lo que pudieran ser los rasgos de una organización política con un código genético distinto del de un partido tradicional. Una sección del mismo, reproducida en esta Ficha Semanal #217 de doctorpolítico, inventariaba la oferta del “mercado político” venezolano. La evaluación allí contenida acerca de las ofertas—el VII Plan de la Nación cuyo diseño fuera liderado por Luis Raúl Matos Azócar y Ana Julia Jatar, las proposiciones del Grupo Roraima, etcétera—continúa siendo en gran medida válida para describir las ofertas actuales. (Las no chavistas; el chavismo es caso aparte y mucho más grave).

Falta asistir a una verdadera transformación en el paradigma político prevaleciente, que sigue siendo el mismo de la política de poder: uno en el que la legitimación política tiene que ver menos con nuestra propia positividad que con la negatividad del contrario.

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Mercado político

Lo que se está ofreciendo al país en momentos de obvia crisis es insuficiente. El gobierno, por ejemplo, el que, dicho sea de paso, ha cumplido un primer año de casi máxima eficiencia dentro de los viejos marcos en los que opera, no ha hecho otra proposición substancial que la oferta del llamado “pacto social” y la adopción de un estilo de gobierno que ofrece un contraste favorable respecto de otros anteriores. Pero el “pacto social” no es otra cosa que un instrumento, una herramienta. Es una herramienta, para comenzar, que no tiene nada de nueva. Es el viejo instrumento del diálogo o del consenso, de la concertación o del acuerdo, con el viejo nombre que vuelve a estar de moda de “pacto social”. Y es una herramienta, por lo demás, que para algunos importantes analistas requiere un substrato de relativa prosperidad para ser manejada. Pero no hay en esa proposición instrumental del “pacto social” una visión del país, una concepción del Estado, mucho menos un programa.

Tampoco se puede llamar programa del gobierno a los lineamientos para un VII Plan “de la Nación” puesto que aún el gobierno no lo reconoce como su proposición, y sobre todo cuando hemos sido testigos de la forma como se separó de su cargo el campeón de ese documento. Sin embargo, la proposición está allí; ¿qué encontramos en ella?

Los primeros componentes de lo que habría sido el VII Plan “de la Nación” revelaron un intento por mejorar la metodología con la que se había venido arribando a los planes “de la Nación”, los que debieran ser el atado de las políticas más importantes y más a largo plazo de la gestión de gobierno. Nuevamente, pues, una preocupación por la herramienta que en este caso representó un intento más o menos serio por mejorar.

Luego puede encontrarse en los lineamientos del VII Plan un conjunto meramente enumerativo de los que se considera “los” problemas nacionales. No hay a su lado una enumeración de oportunidades que nos salve de otra de esas listas abrumantes y castradoras de nuestro lado calamitoso. No hay allí una verdadera trabazón diagnóstica de los problemas enumerados. Ni siquiera puede considerarse a esa lista, más aún, una taxonomía completa, pues más de un profundo problema ha quedado sin incluir. Como tal enumeración problemática, contribuye a la depresión de la psicología nacional sin postular al menos una verdadera explicación de esa problemática.

En cuanto a las soluciones se las ofrece de tres clases: primera, una lista de estados deseables (más democratización, mejor distribución de la riqueza, etcétera), lo que obviamente no es la solución sino el estado que se alcanzaría después de aplicar las soluciones que no se proponen; segunda, una fórmula procedimental de obtener las soluciones—otra vez—por consenso de “sectores representativos”; y, tercera, la “solución” del “sector económico de cooperación”. Se nos dice que por esto último debe entenderse la implantación—tampoco detallada en su aplicabilidad—de nuevas variantes de la propiedad de medios de producción. (En el mundo se están dando, con éxito, nuevas formas de asociación productiva de modo espontáneo, pero es difícil entender cómo podría manejarse un proceso así desde un centro gubernamental). Los lineamientos del VII Plan no son, en consecuencia, una solución suficiente o pertinente.

Otros actores—los partidos—proponen, básicamente, o un apoyo al gobierno o una oposición. Ambos se rigen por una regla de silencio y control por parte de pequeños círculos o “cogollos”, lo que hace aún menos probable en ellos la emergencia de proposiciones de refrescamiento. El “principal partido de la oposición” ha propuesto un programa compuesto del “objetivo” de oponerse “vigorosamente” al gobierno actual y el de recuperar el control del poder público en la próxima oportunidad electoral. Para más tarde se propone realizar un evento bajo la guisa de un “congreso ideológico”, pues vagamente barrunta que debe haber algo fundamentalmente malo en su forma de comprender lo político. Será un evento que difícilmente puede ofrecerle, a posteriori, una justificación para haberse opuesto que no sea la del mero deseo de recuperar el poder, que es la que hasta ahora han ofrecido. Recientemente, luego de volver a leer en la opinión pública un rechazo cada vez más generalizado a la gestión de los actores políticos tradicionales, ese partido ha desempolvado para proponer al gobierno una suerte de agenda de concertación, en la que efectivamente sólo puede hallarse otra enumeración incompleta de áreas en las que “deberían” ponerse de acuerdo, sin que, por supuesto, tal agenda haya sido acompañada de un conjunto equivalente de proposiciones concretas sobre el manejo de cada área. Ocasionalmente, es cierto, algún “equipo” de ese partido emite consideraciones y algunas proposiciones en torno a ciertas coyunturas particulares, en las que las diferencias que logra establecer respecto de las líneas gubernamentales son usualmente diferencias de grado.

De otros lados ha surgido, en aprovechamiento de una “moda de la derecha” y ante la evidencia del preocupante desempeño económico, dos proposiciones cuya asociación no es todavía definitiva. Un grupo de jóvenes empresarios ha patrocinado la realización de un estudio acerca del reciente proceso económico nacional, estudio en el que se incluyen proposiciones de cambio en la política económica general hasta ahora seguida por los gobiernos venezolanos. El estudio es demasiado limitado y puntual como para que pueda considerársele una proposición global, pues no considera sino aspectos económicos e incurre en algunas apreciaciones inexactas, como cuando hace residir el mayor peso de la explicación de la problemática en el modelo de desarrollo aplicado por países que experimentaron un auge petrolero. Tiene sin embargo este estudio el inestimable valor de haber apuntado en la dirección correcta cuando sugiere que lo que es necesario cambiar son los “axiomas” en los que se ha sustentado la política económica.

Hasta cierto punto asociado a esa proposición ha resurgido un discurso liberal que propone una generación de relevo opuesta al Estado, el que es visto como la explicación última de casi todos los males. Acompañan a esta reedición del liberalismo seudoexplicaciones de nuestro “subdesarrollo” tan manidas como la de este tenor: “…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio”.  Son explicaciones que forman familia con las de una supuesta “huella perenne” o mala calidad del “material humano” nacional, en las que el pronombre “nosotros” de alguna manera deja de aplicarse al explicador de turno. (Los explicadores de esta clase no suelen concebirse como formando parte de ese “material humano”).

No es suficiente, sin embargo, destacar las obvias negatividades del “Estado” ni ofrecer la perogrullada de que debe venir un “relevo”, menos aún cuando lo que pareciera sugerirse es que el relevo simplemente debe darse de ciertos políticos por ciertos empresarios, o cuando se fundamentan los diagnósticos en semiverdades que no hacen otra cosa que denostar del grupo humano nacional. Además, el relevo que no obstante es necesario, no es un relevo de generación sino un relevo de competencia.

Otras voces menos poderosas han propuesto otras direcciones, y durante la campaña electoral pasada hubo algunos planteamientos más profundos respecto del problema de Estado y el problema de Gobierno. Unos, lamentablemente, han estado excesivamente asociados a una actitud de escándalo moralizante o no se han emancipado todavía de fundamentaciones invigentes. Otros fueron ofrecidos a comandos de campaña de actores políticos tradicionales, quienes los rechazaron al encontrar que iban en dirección distinta a la que le permite concebir su estructura de prejuicios y, muy principalmente, porque habrían requerido la descomposición de su red de aversiones y enemistades.

Esta es, a grandes rasgos, la oferta política nacional. Su caracterización más sencilla consiste en darse cuenta de que se trata de una oferta política cualitativamente insuficiente.

Esto se traduce, a la hora de evaluar los actores políticos, en una calificación de los actores políticos tradicionales como incompetentes.

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LEA #307

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El ministro Andrés Izarra, encargado del despacho “del poder popular” para la Comunicación e Información, ha puesto el grito en el cielo por ácidos comentarios del editor Rafael Poleo, aireados en el programa de Globovisión, Aló Ciudadano, que dirige el periodista Leopoldo Castillo. Poleo, con quien esta publicación ha estado en frecuente desacuerdo, comparó a Hugo Chávez con Benito Mussolini, y expresó su preocupación de que nuestro Presidente pudiera tener un fin parecido al del líder de los fascistas originales—no acepte imitaciones—, los italianos.

Castillo advirtió a Poleo que esa opinión pudiera ser entendida como incitación a delinquir, y es precisamente ésa la línea asumida por Izarra. Con esa interpretación clamó a CONATEL y a las instituciones de la justicia venezolana, para que se tomara cartas en el asunto, las que serían contrarias a Poleo, Castillo y Globovisión.

Con el propósito de denunciar al autor de esta nota por similar delito, se reproduce aquí texto publicado en el #16A (Extra) de esta carta, con fecha del 5 de diciembre de 2002, seis años antes del atrevimiento de Poleo. Iba como sigue:

“Es el enjambre, Presidente, lo que puede perfectamente matarle. No un asesino a sueldo, no un asalto militar. Ud. pudiera morir como Mussolini sin Petacci… Ojalá no. Pero si llegara a ser, en desagravio a Bolívar, que su cuerpo colgara de un poste, amoratado, herido de mordiscos y cuchillos, mojado de saliva ajena, desnudo y de cabeza de un árbol de la Plaza Bolívar, Ud. recordará otro árbol señero, al que nunca conoció frondoso, ante el que una vez juró su desatino”.

En la cita está claro que no se le desea tal fin al Presidente, y desde estas mismas líneas se ha declarado estúpidas las iniciativas de conspiración en torno a golpes de Estado o intentos de magnicidio, tan recientemente como hace tres semanas.

Pero hay que tener tupé para encontrar incitación al delito por opiniones como las emitidas por Poleo o el suscrito. Si Izarra fuese capaz de una mínima objetividad, debiera percatarse de que su jefe, en aplicación del criterio que ha esgrimido rayando en la histeria, sería culpable, en grado de continuidad muy pertinaz, de incitar al delito prácticamente cada vez que abre la boca. Y sus seguidores, de rango mayor o menor, repiten la peligrosa conducta. Entre los poco importantes, sin ir muy lejos, se cuenta la ciudadana Lina Ron, que comentando el más reciente artefacto explosivo lanzado a Globovisión, y aprobando de un todo la iniciativa de quienes se atribuyeron la autoría, declaró sin ambages que esa planta televisora era “objetivo militar”.

Hasta hoy, ni el ministro Izarra, ni el ministro El Aissami—que el día del atentado se atrevió a exigir a los periodistas cómo debía reportarse el hecho—han siquiera condenado las declaraciones de Ron (no precisamente Santa Teresa), y mucho menos han buscado que caiga sobre ella el peso de la ley por tan inequívoca incitación a delinquir. Probablemente esperan que la combativa chavista emita su aprobación de la bomba lacrimógena y los panfletos lanzados en el periódico que edita Poleo.

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