LEA #283

LEA

Varias veces se ha traído acá una observación de George Lakoff, experto en el empleo de “marcos lingüísticos”. El profesor describe la hábil expresión “alivio fiscal”, introducida por el gobierno de George W, Bush para camuflar su trato preferente a los grandes capitales, a los que favorece con rebajas impositivas. Al usar la palabra “alivio”, se sugiere que quien alivia es bueno y que quien se le opone es malo. Escribe Lakoff: “Pronto una buena cantidad de gente estaba usando la expresión ‘alivio fiscal’, y antes de darnos cuenta los demócratas comenzaron a usar la expresión ‘alivio fiscal’ y se dieron un tiro en el pie”. Se oponían a ventajas adicionales a los más grandes empresarios, pero al copiar la terminología del gobierno actual de los Estados Unidos, sin percatarse encarnaron a villanos desalmados que se oponían a un “alivio”.

Por estos lados se cae en trampas similares. Una notoria es la aceptación de los términos “Cuarta República” y “Quinta República”. Ramón Guillermo Aveledo, por ejemplo, en hábil y justa defensa de los gobiernos democráticos anteriores al de Chávez, tituló a su útil y más reciente libro “La 4ta. República” (Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder).

Esta semana se convocaba, en el sector de la caraqueña urbanización Sebucán, una asamblea de ciudadanos con el fin de organizar oposición al proyecto oficialista de reforma curricular. Pero al vocear la convocatoria desde vehículos con altavoces, o incitar a la asistencia con afiches pegados por toda la urbanización, declaraban que la iniciativa iba contra el “Proyecto de Currículum Bolivariano”. Esta peculiar construcción, con mayúsculas y todo, se hace eco de la terminología gubernamental y por eso mismo la consagra indebidamente. Es como darse un tiro en el pie.

No hay nada de bolivariano en el proyecto de currículo que vende Adán Chávez. No es ésta una república bolivariana, y mucho menos es bolivariana esta “revolución”, que es más bien involución, puesto que se trata de un retroceso.

A pesar de que la proclamen pasaportes, cédulas, billetes de banco, vallas y gigantografías, la república que Hugo Chávez preside no es bolivariana. Nos hemos dejado arrebatar el exacto significado del concepto bolivariano, y hemos permitido un uso adulterado del mismo por parte de un gobierno sin escrúpulos, que manipula a punta de propaganda mientras pretende el monopolio del adjetivo y ha convertido a Bolívar en marca y franquicia.

Cada vez que admitimos que a algún despacho “del poder popular” se le llame así, que se caricaturice la hazaña democrática venezolana como “Cuarta República”, que se etiquete cualquier cosa—las ejecutorias, por caso, de Barreto y Bernal—como bolivariana, reforzamos, sin proponérnoslo, la perniciosa coartada chavista.

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CS #283 – Puro teatro

Cartas

En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba La tienda roja. La cinta fantasea sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile (Peter Finch). Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, nos cuenta la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen (Sean Connery) que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán (Hardy Kruger) que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.

La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia (Claudia Cardinale) a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: “Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás”.

La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: “Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en la última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?” El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: “¡Yo pensaba en un plato de sopa y en una bañera calientes y en una cama en que dormir al abrigo del viento!”

Leigh H. Edwards escribió en 2005, para la edición de la cinta en DVD, una reseña que explica: “Como muchas otras películas de desastres antes que ella, La tienda roja inquiere qué impulsa a la gente a explorar parajes peligrosos y desolados. Y ofrece las racionalizaciones usuales: arrogancia, competencia, fama, dinero, ambición, alguna noción extraviada de pureza o belleza. Pero este filme tiene algo más en mente. Emplea la historia de la aventura para plantear filosóficamente unas pocas cuestiones, como ¿en qué consisten el liderazgo o el coraje?”

………

Quizás algún día haya una madrugada para una sinceridad ineludible de Hugo Chávez, cuando sea visitado por sus propios fantasmas y éstos le hagan toda clase de preguntas. Cuando nadie le esté viendo y no tenga sentido ya una teatralidad excesiva, cuando no precise guiarse por “la tendencia a hacer de nuestras vidas—define Edwards—grandes narrativas y actuar nuestras identidades”.

Hugo Chávez debe tener miles de razones en su alma, aunque sólo fuera porque es ocurrente y es incapaz de contenerse inventando centenares de decisiones, pero lo que es evidente es que su ocupación principal es hacer de su vida una narración épica, y que su liderazgo y su coraje son una actuación. De los muchos motivos aducibles para justificar el numeroso rosario de decisiones que ha caracterizado su largo gobierno, hay, como con Nobile, alguna razón preponderante, la que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. Ese motivo real, que algún día, si es que llega a viejo como Umberto Nobile, deberá Chávez reconocerse a sí mismo, podemos conocerlo nosotros mucho antes que él. Veamos.

………

¿Qué razones ha podido tener Chávez—pudiera preguntar, de actor a actor, Sean Connery—para lanzar la enésima “misión”, ésa que ha bautizado como “Misión 13 de abril”?

Bueno, primero que nada, la razón de la elección de la etiqueta es obvia. La nueva misión del presidente misionero ha sido bautizada con la fecha del día en que Raúl Isaías Baduel repuso a Chávez en el poder. Comoquiera que el previsto currículum “bolivariano” exige que quienes estudien bachillerato reciban casi la mitad de un total de 160 contenidos en Ciencias Sociales sobre el gobierno de Hugo Chávez, allí constará que esta flamante misión, destinada al “combate contra la pobreza y la miseria” rememora uno de los más dramáticos episodios de la heroica gesta chavista.

A continuación cabe preguntarse cuál es, en la práctica, el verdadero sentido del nuevo engendro. La cosa fue presentada en reposición de uno de los papeles más aclamados en toda la carrera actoral del Presidente, el de Chávez autocrítico. Venía hablando, en plan arrepentido, de la “baja eficiencia”—¿a quién atribuirla?—de su propio gobierno “a la hora de atender los problemas más prácticos del pueblo venezolano”. Dicho esto, procedió a confundir los términos y ya no habló de eficiencia, sino de eficacia: “Debemos incrementar la eficacia”. ¿Cómo? Con la “Misión 13 de abril”, que operará “salas de batalla social, para identificar y financiar proyectos de los consejos comunales y movimientos populares para solucionar los problemas más urgentes”. Es decir, explicó, alimentación, salud, seguridad, materiales de construcción y suministro de agua y electricidad. ¿No es esto, precisamente, lo que debe hacer un gobierno normal? ¿Es que ya los mercales y pdvales no bastan para distribuir alimentos, CADAFE y la recién estatizada Electricidad de Caracas para distribuir electricidad y la policía nacional para garantizar la seguridad? ¿Es entonces la nueva misión un gobierno paralelo? (Nótese la terminología castrense: para “combatir” a la pobreza y la miseria serían necesarias “salas de batalla social”).

Pero el sentido no está completo sin reportar el contrabando añadido: la “segunda línea de acción” de la fresca misión es la de “fijar los valores socialistas” mediante la “creación de las comunas”. Te doy tu ladrillo y el cemento que ahora produciré para tu proyecto, pues ahora soy dueño de cementeras, mientras te adoctrino en el pensamiento de Carlos Marx y disuelvo tu identidad individual en una comuna.

¿Cuál es, podemos preguntar, la cama caliente de esta decisión, la que permita a Chávez dormir al abrigo del viento? Puede ser aducido el socialismo del siglo XXI, el interés por las necesidades populares, el celo zamorano, la reivindicación de los excluidos, el combate al imperio y el terrorismo mediático o alguna otra razón endógena y protagónica. Pero la verdad es que Chávez estaba representando un papel en el teatro abierto de la Avenida Urdaneta de Caracas, en fecha señalada—13 de abril—, ante miles de espectadores a los que se había regalado las entradas. Estaba actuando, y en ejercicio de su profesión dramática, del rol escogido para ese día, tenía que anunciar algo nuevo. Es uno de sus principales rasgos histriónicos su facilidad para la improvisación.

Ni siquiera es una razón de peso la próxima confrontación electoral. Chávez no necesitaba canales nuevos para hacer llegar, en soborno de votos, las ingentes cantidades de fondos a su disposición. (Que continúan creciendo ¡como si trabajara a su favor el complaciente genio de Aladino! La Cámara Petrolera de Venezuela reportaba ayer que la cesta de crudos venezolanos había alcanzado la cota de US$ 97,34 por barril, mientras el mercado mundial sigue asistiendo a un imparable encarecimiento del petróleo, que ya rebasa el precio de US$ 115 para el principal contrato de futuros en Nueva York. Y se estima que el nuevo Impuesto sobre Precios Extraordinarios del Mercado Internacional de Hidrocarburos—a la “ganancia súbita” de transnacionales en Venezuela—pudiera reportar hasta US$ 9.000 mil millones adicionales, por encima de ingresos muy mayores que recrecen ya para la mera operación de PDVSA. Quien creyera que Chávez iba a quedarse limpio en 2008 estaba muy equivocado). Los conductos ya establecidos para la masiva distribución de transferencias bastaban. La nueva misión es, básicamente, un gesto teatral.

………

Que la motivación última de anuncios como ése sea una vocación de actor, no significa que la misión que alude a la resurrección de Chávez no tenga utilidad política. Por supuesto que habrá un impacto electoral de mucha consideración, a pesar de un nuevo desarreglo que aumenta el estropicio institucional y el caos administrativo, sobre todo si el Presidente es perfectamente capaz de desempeñar o improvisar otros papeles.

Por ejemplo, el anuncio de la nueva misión sigue a los de la estatización de SIDOR y las empresas cementeras, pero sigue también a su nuevo rol de hombre discreto en el teatro de las FARC. Hace cuatro días se permitió sugerir a los guerrilleros que liberaran a todos los rehenes civiles que mantienen cautivos. (Los libretos que Chávez asume tienen notas marginales con citas de estudios de opinión. En dos platos, Chávez lee encuestas y saca las consecuencias políticas. Por esto promete que ahora guardará silencio pero seguirá trabajando por la liberación de los retenidos, y dice que “no tiene sentido” mantener a civiles como prisioneros de guerra. Esto no se le había ocurrido y tampoco se lo habían escrito en el libreto de diciembre y enero, cuando despotricaba contra el Presidente de Colombia y exigía para las FARC el status de beligerantes. Ya tiene nuevos parlamentos que pronunciar, así sean contradictorios de recientes actuaciones).

El motivo de esta última performance es transparente: su desempeño actoral en el drama—más bien la tragedia—de los cautivos de las FARC no recibió buena crítica, ni internacional ni doméstica. Había, por tanto, que corregir posturas y monólogos. Chávez se hace prudente, y el coro griego de las FARC lo ayuda a él (y también a Rafael Correa). Estos irregulares, que a las pocas horas de conocerse la muerte de Raúl Reyes emitieron un comunicado en el que decían que ella no tenía por qué afectar el proceso de intercambio “humanitario”, se contradicen ahora argumentando que Ingrid Betancourt no puede ser liberada porque de su liberación se ocupaba justamente Reyes, y que su presencia en Ecuador se debía a que planeaban entregarla a Correa.

En fin, uno puede perderse en el archipiélago de motivos que explicarían los centenares de decisiones de Hugo Chávez. En el fondo es uno el más poderoso, el que es la verdadera razón de su desempeño: Chávez es el actor de su propia epopeya. Hace de su vida una narrativa grandiosa, actuación de su identidad, y está adiestrando a Danny Glover—a quien la Asamblea Nacional acaba de aumentarle la mesada de US$ 18 millones en 50%—para que la lleve a la pantalla según su modelo.

Un hombre serio no toma centenares de decisiones; toma unas pocas y las cumple. Chávez ha tomado tantas que niega el concepto mismo de decisión. Si todo es prioritario nada es una prioridad. Si cada domingo se anuncia un nuevo megaplán, y si cada nuevo megaplán duplica la función de otros previos, es imposible que la “baja eficiencia”—que Chávez admite que caracteriza su gobierno—dé paso a una corrección que la mejore.

Pero es que Chávez no ejerce la Presidencia: la actúa. Chávez nos hace recordar, en su postiza y recargada actuación, la de un Rod Steiger de humos subidos, de cuya sobreactuada representación de Napoleón Bonaparte dijera la revista Time: “Es Rod Steiger representando a Rod Steiger representando a Napoleón”. LEA

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FS #190 – El peor explotador

Fichero

LEA, por favor

En esta época de estatizaciones a diestra y siniestra, predicadas sobre la coartada de supuestos “intereses estratégicos” del Estado venezolano, resulta interesante refrescar una experiencia que no debe ser olvidada jamás. Ésta es la del costosísimo experimento del comunismo soviético, que convirtió al antiguo imperio zarista, absolutista y desalmado, en una dominación todavía peor, en la que la miseria y la aquiescencia fueron impuestas con el empleo del terror sistemático, como resultado de los crímenes de un Estado asesino y torturador.

En julio de 1964 el Instituto para el Desarrollo Económico y Social se presentó en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, cuyas ponencias y deliberaciones tomaron cinco días completos y a las que asistieron distinguidísimos conferencistas nacionales y extranjeros. (La pléyade se componía de Eloy Anzola Montauban, Arístides Calvani, Roberto Álamo, Héctor Mujica, Simón Romero Lozano, Louis Lebret, Jorge Ahumada, Kenneth Boulding, Juan Pablo Terra, Jean Yves Calvez, Guy Lemonnier, Ronald Clapham, Ugo Papi, Georges Celestin, Alfred Sauvy, Félix Morlion y Frederick Harbison. Las sesiones tuvieron como escenario el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela). El tercer día fue dedicado al tema La gestión de la función económica: empresa privada y Estado, y fue en su tratamiento donde se examinara, desde diversos ángulos, las prescripciones del marxismo para la economía.

Guy Lemonnier desarrolló el tema El marxismo y el desarrollo económico, desde su perspectiva de político y líder sindical experimentado, que podía reivindicar radicalidades antiguas de cepa anarquista. De su extensa exposición, se recoge un fragmento de dura evaluación del marxismo práctico en esta Ficha Semanal #190 de doctorpolítico.

En una sección previa a la aquí reproducida, Lemonnier delata la admisión de realidades económicas a la que José Stalin se vio forzado. El conferencista citó de un opúsculo del sanguinario dictador georgiano (Los problemas de la economía y del socialismo en la Unión Soviética), publicado en 1952, y en el que Stalin afirmaba: “…los esquemas de la reproducción de Marx no se limitan en absoluto a repetir los rasgos específicos de la reproducción capitalista, que contienen también numerosas tesis fundamentales relacionadas con la reproducción, que siguen siendo válidas para todas las formaciones sociales, incluso, y muy particularmente, para la forma social socialista… ninguna de estas tesis fundamentales de la teoría de Marx de la reproducción es válida solamente para la formación capitalista, y ninguna sociedad socialista puede abstenerse de aplicarlas a la planificación de la economía nacional”. (Destacado de esta publicación). Entre tales tesis Stalin incluía “la división de la producción social en producción de bienes de consumo; la de la prioridad dada a la producción de los bienes de producción, y, por consiguiente, a la producción ampliada; la de la acumulación considerada como fuente única de la reproducción ampliada”.

Es decir, Stalin hubiera podido comenzar en su época la aceptación de la lógica capitalista que ahora asume China, de no haber sido porque su patológica necesidad de poder absoluto y feroz requería el pretexto estatista. Traducido de la jerga stalinista, lo que allí se dice es que lo más natural es que las empresas arrojen ganancia.

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El peor explotador

Durante los primeros ocho o diez años de su reinado, los dirigentes comunistas en la URSS pensaban que, gracias a la plusvalía, la acumulación se realizaría en el sector nacionalizado de su economía, ya que durante todo un período, aquel llamado de la “Nueva Política Económica” (NEP, de 1921 a 1927), había dos sectores en la economía soviética: un sector privado y un sector nacional. Pero la experiencia demostró que, lejos de liberar una plusvalía, el sector nacionalizado más bien representaba un gasto para el Estado, absorbiendo lo que se deducía, por concepto de impuestos, de los beneficios de las empresas privadas. Era imposible, por lo tanto, lograr por este medio la acumulación de capital.

Fue entonces cuando se desarrolló dentro del partido comunista soviético una larga y apasionada discusión, mal estudiada, por lo general, en Occidente, y todavía peor estudiada en la Unión Soviética, donde nunca se habla de ella. Vale la pena que la consideremos, puesto que menciona muchos de los problemas que nos preocupan con respecto a los métodos de formación de los primeros capitales necesarios para el desarrollo económico.

Había, pues, necesidad de capitales, y según un episodio—al cual me referiré más adelante—, se pensó que Marx había escrito sobre la acumulación primitiva, lo que les sirvió de inspiración durante mucho tiempo. El teórico de la operación fue Preobrajenski, en una obra escrita en 1926, que lleva por título, si no me equivoco, “La Nueva Economía”. El fue quien inventó, según creo, la fórmula de la acumulación primitiva socialista, la cual horrorizó a los marxistas ortodoxos, ya que consideraban que la acumulación primitiva es anterior al capitalismo; el socialismo sigue al capitalismo y, por tanto, la idea de que pudiera existir una acumulación primitiva socialista les parecía una herejía contra la doctrina marxista.

Preobrajensky se refiere al último capítulo de “El Capital”. Descarta lo que decía Marx acerca del pillaje colonial, por impracticable; pero preconiza—ésta es la expresión que emplea—la explotación de los campesinos a beneficio del socialismo. Expresa esto con el lenguaje abstracto típico de los economistas marxistas. “Cuanto mayor sea el atraso económico de un país que está pasando a la organización socialista de la producción, tanto menor será la herencia que recibirá el proletariado en el momento de la revolución social como fondo de su acumulación socialista. Cuanto más pueda la acumulación socialista basarse proporcionalmente en la apropiación de una parte del producto suplementario de las formaciones económicas presocialistas, tanto menos pesará la acumulación sobre su propia base de producción, o sea, menos se alimentará del producto suplementario de los trabajadores de la industria socialista”.

No se tardó en ver, con la experiencia, todo lo de inhumano que se ocultaba detrás de este lenguaje abstracto. Efectivamente, desde el punto de vista social, desde el punto de vista humano. la industrialización soviética de los primeros planes quinquenales fue una especie de concentrado de todos los horrores y atrocidades que Marx había descrito para el período de acumulación primitiva y del capitalismo inicial.

Se comenzó por la colectivización de las tierras, que Marx había llamado expropiación de la población campesina. Las tierras fueron colectivizadas por medio de las peores violaciones; por una parte, porque el sistema de las haciendas colectivas facilitaba las deducciones masivas sobre la producción agrícola, cuya venta suministraría los capitales indispensables; y, por otra, porque el sector de la población rural, expulsada del campo, proporcionaría a la industria que se estaba desarrollando la mano de obra barata que precisaba. Esto es una transposición exacta del esquema que Marx trazó de la expropiación de los campesinos por los agricultores capitalistas, con la diferencia de que las violencias descritas por Marx nunca alcanzaron la magnitud de las que conoció el campesinado soviético. Por otra parte, la expropiación que los capitalistas habían llevado en su favor, por lo menos llenaba una función económica, asegurando un alto nivel de la producción agrícola, mientras que el sistema de “koljoses” ha hundido a la agricultura soviética en un marasmo continuo.

La lección fue clara, y, sin embargo, todos los comunistas que llegaron al poder en Europa Oriental y en China siguieron el mismo camino. Cuando Mao Tse Tung decreto la colectivización agraria (la segunda revolución agraria bajo el régimen comunista chino), habló en términos bastante parecidos a los de Preobrajenski. En ese decreto (1955), que tiene carácter de informe, decía: “La industrialización socialista no puede realizarse en forma aislada, sin nexos con la cooperación agrícola, es decir, con la colectivización de las tierras. Se necesita gran cantidad de fondos para llevar a cabo la industrialización del país, y la agricultura puede proporcionar una parte considerable de estos fondos”. Así, pues, el desarrollo económico en el modelo soviético se basa en una explotación masiva de los campesinos. Sabemos que esta explotación todavía persiste.

El desarrollo económico se basa también en una explotación intensa de las masas proletarias y, a este respecto. el modelo soviético se parece más a aquel que Marx había sacado del primer capitalismo que al esquema de la acumulación primitiva. Preobrajenski escribe en la obra citada más arriba una frase bastante terrible: “Hay que señalar aquí que la temible miseria de la guerra y de la revolución, la enorme disminución de las necesidades habituales dc la dase obrera, han sido y siguen siendo un factor de la acumulación socialista, por cuanto que después de un pasado tan reciente de miseria, la clase obrera consigue mas fácilmente limitar ella misma sus necesidades durante los años en que las tareas de la acumulación socialista figuran en primer plano”.

Es decir, que durante todo el período de la acumulación primitiva socialista. se especuló con las costumbres de la miseria, cundidas e inculcadas por la guerra y la revolución en las masas trabajadoras de Rusia, para hacer una deducción sobre el producto del trabajo y explotar vergonzosamente a estas masas obreras. Probablemente Preobrajenski, que era un buen hombre, no pensaba que las cosas llegarían al extremo a que llegaron, pero llegaron muy lejos. Ningún proletariado del mundo sufrió tanto durante el período de la industrialización como lo que sufrió el proletariado en Rusia, y éste no sufrió voluntariamente, por amor a la causa. Se hizo necesaria no sólo la coacción económica, sino también la coacción política y social. Hubo que recurrir a la fuerza física y al temor, lo mismo que hubo que recurrir al terror y a la fuerza física para romper la resistencia de los campesinos frente a la colectivización.

En su capítulo sobre los comienzos del capitalismo industrial, Marx escribe que la fuerza es un agente económico. Lo decía censurando los horrores de su aplicación con bastante razón. Pero los dirigentes soviéticos, en vez de tomarlo como tal censura, lo entendieron como un consejo. Se podría demostrar cómo se conseguían los capitales en la economía soviética, utilizando otras formas también inspiradas en el modelo de la acumulación primitiva. Después de la segunda guerra mundial, en las democracias populares y en China, se llevó a cabo el pillaje colonial, que había sido descartado por Preobrajenski por impracticable Las exacciones fiscales, la explotación de la deuda pública por medio de préstamos forzados son, entre otros, los procedimientos aludidos. Por cierto que estos préstamos forzados fueron suprimidos por Khrushchev hace algunos años, pero con la observación de que no serían reembolsados. No entraré en más detalles, pero sí quiero dar mi opinión. Hay asuntos en los que la mejor manera de ser objetivo no consiste en abstenerse de juzgar, sino en explicar cuál es el criterio con el que se juzga.

Ustedes no se sorprenderán si, en mi carácter de sindicalista, yo hablo, en primer término, de la miseria de los obreros. No estoy seguro, a pesar de lo que se dice a menudo, de que el modelo soviético, que se dice socialista. sea el más eficaz, sea aquel cuya aplicación permite el desarrollo económico más rápido. Diría que estoy seguro de lo contrario. Y, de todos modos, aun cuando fuese el medio más rápido para fabricar una gran cantidad de toneladas de acero, yo no lo aprobaría, porque para mí la dignidad y el bienestar de los hombres, considerados individualmente, son más importantes que montañas de hierro.

A más de un siglo de distancia, nos sentimos todavía afligidos o indignados por los sufrimientos de los obreros europeos de 1815 a 1850. Y todavía está vivo el remordimiento por estos hechos en la conciencia europea y en la conciencia universal. ¿Qué diremos, entonces, de los sufrimientos diez veces peores que ha soportado el proletariado ruso? Hoy en día, aquellos jóvenes de Rusia que tratan de liberarse del yugo intelectual y que por ciertas revelaciones leales por unos dirigentes actuales, comienzan por pensar en estas cosas, empiezan a decir a sus padres: “Ustedes nos han mentido y nos han permitido cometer actos vergonzosos”. Y a medida que se enteran de lo que se les ha ocultado; a medida que se dan cuenta de lo ocurrido en la Unión Soviética durante los treinta años anteriores, aquel mismo remordimiento que a veces nos mortifica cuando pensamos en Europa Occidental, fundando su nuevo poder industrial sobre el niños de ocho años, ese mismo remordimiento—digo—, embargará, a su vez, el ánimo de las jóvenes generaciones soviéticas. Y debemos temer que nos pidan cuentas a nosotros también, porque no dijimos nada, porque dejamos hacer, porque evocando pretextos de paz, muy legítimos sin duda, hemos fraternizado y buscado la conciliación. En ciertos períodos. y en los períodos más atroces del terror entre los años 1936 y 1938, muchos occidentales iban a las embajadas soviéticas a beber el vodka y comer el caviar de la fraternidad, mientras sucedían estos horrores.

Guy Lemonnier

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LEA #282

LEA

Leído el documento declarativo de “principios” (7 de los corrientes) de la agrupación política Un Nuevo Tiempo, es poco lo que pueda uno rechazar, tan genéricas e inocuas son sus proposiciones. ¿Quién se alzaría para expresar oposición, por caso, a la noción de que “este siglo debe ser de las democracias de avanzada con justicia social”? ¿Cómo puede uno oponerse a la formulación que dice: “Exigimos para todos los pueblos del mundo—sea cual fuere su cultura tradicional—su emancipación de toda forma de despotismo político y su derecho a reconstruir su destino sobre la base de la voluntad ciudadana libremente expresada”? Ni siquiera Hugo Chávez sale a proponer abiertamente las bondades del despotismo político.

La Declaración de Principios Ideológicos y Programáticos de Un Nuevo Tiempo no es, pues, otra cosa que un amasijo de lugares comunes, buenos para cualquier cosa en función de su inanidad y mediocridad. La redacción, por otra parte, no es muy cuidada. Al cierre mismo del documento, por ejemplo, se lee lo siguiente: “Un Nuevo Tiempo nació para que la Democracia Social en Venezuela nos conduzca a un país donde la libertad, la equidad económica y la justicia social, logre para nuestra patria un desarrollo sustentable, para que nuestros ciudadanos satisfagan sus necesidades materiales y se realicen espiritualmente, nacemos mirando hacia el futuro, dispuestos a luchar porque no se repitan los errores del pasado y se supere el desastre del presente”.

La insistencia de los partidos convencionales—Acción Democrática, COPEI y demás residuos atávicos, pero también el Partido Socialista Único de Venezuela, Primero Justicia y ahora Un Nuevo Tiempo—en declarar compromisos ideológicos, les ubica nítidamente en grupo ya periclitado. No es una ideología—una panacea llena de palabrería y a veces de prepotencia—lo que puede servir como solución a los grandes problemas públicos, que es preciso acometer, antes que con ideología, mediante metodología profesional.

Pero es todavía peor cuando estos obsoletos esfuerzos no son sino excusa más o menos vistosa para disfrazar un proyecto personalista. En los primeros dos párrafos de la declaración principista de Un Nuevo Tiempo se menciona por nombre y apellido a Manuel Rosales: “Un Nuevo Tiempo como movimiento político nace en el Estado Zulia, bajo la conducción de su líder y fundador Manuel Rosales… Al convertirse Manuel Rosales en el año 2006, en el candidato presidencial de la unidad opositora al continuismo autocrático, con propuestas y valores, que a pesar de lo corto de la campaña obtuvieron el apoyo de más de cuatro millones de venezolanos, motivó la decisión de miles de ciudadanos en todo el territorio nacional, de organizar este esfuerzo, estas propuestas y valores, en un gran movimiento político nacional, para lo cual se decidió designar y juramentar nuestra Comisión Organizadora Nacional el pasado 3 de Marzo de 2007”.

No puede negarse que Manuel Rosales es un operador político diligente, no exento de valentía—pedradas soportó en la campaña de 2006—pero no hizo en aquel momento otra cosa que usufructuar el mercado cautivo opositor, que igualmente habría votado en la misma magnitud por casi cualquier otro candidato y al que Rosales no añadió ni un solo voto. (Perdió las elecciones presidenciales hasta en el estado Zulia, y de hecho, proporcionalmente, levantó menos votos opositores que los del referendo revocatorio de 2004).

No tiene Rosales talla de estadista, y si pudiera todavía, con el tiempo y mucho estudio, crecer hasta ella, no tiene nada de moderno ni de democrático exaltar su figura justamente al comienzo de una declaración “de principios”. Ya está bueno de sujetar las organizaciones políticas a obligaciones personalistas.

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CS #282 – Dieta indigerible

Cartas

En 1954 Peter Drucker, gran gurú de la gerencia norteamericana, publicaba La práctica de la gerencia, libro en el que por vez primera predicaba la “gerencia por objetivos”, en contraposición a una “gerencia por crisis”, en la que los ejecutivos se desempeñaban prácticamente sólo como apagafuegos espasmódicos. La gerencia por objetivos introducía racionalidad y serenidad en la gestión empresarial, al proporcionar dirección clara al esfuerzo gerencial.

El estilo administrativo del gobierno de Chávez pareciera ser, más bien, el de una «gerencia por sobresaltos». Ya no es que responde a crisis que emerjan autónomamente en su contexto, sino que las crea él mismo. Casi cada semana de las 478 transcurridas desde que Chávez llegara a la Presidencia de la República, ha habido uno o dos incidentes sorprendentes, acompañados de la consiguiente tensión. No ha habido paz en la república en los últimos nueve años.

La condición descrita, que perturba de insidioso modo la psiquis de la nación—evidentemente neurotizada, como se manifiesta en una conducta social cada vez más agresiva—puede ser asimilada a la condición médica que se conoce como hemorragia por capas, característica de ciertas dolencias agudas del tracto digestivo. Ante ella, los médicos están seguros de que ocurrirán sucesivos episodios hemorrágicos, pero ignoran dónde se producirán.

Es así con este gobierno: un día la atención está puesta sobre los peligrosos roces con Colombia; al día siguiente, la implantación de una reforma curricular ideologizante conmueve a la nación; entonces se anuncia la estatización del sector cementero, luego de reventar las denuncias sobre el latifundismo de los Chávez en Barinas; al otro día las denuncias se reorientan para poner al ex Fiscal General en la mira, en espectáculo de un mitómano reconocido (Giovanny Vásquez); entonces unas decenas de encapuchados toman y paralizan a la parroquia 23 de enero (Chávez, que prefiere se tenga a las FARC por “beligerantes”, se refirió a esos revoltosos como “terroristas”); a esto se superpone la estatización de SIDOR, etcétera, etcétera, etcétera.

Este proceso sin fin no ocurre sin contradicciones, las que a veces se suceden con ritmo interdiario. Poco después de que Chávez emitiese el ucase inapelable de la estatización del cemento, llega a leerse que la orden sólo se refiere a las empresas cementeras que antes eran de la nación y fueron privatizadas. (“Nosotros sólo vamos a nacionalizar lo que fue privatizado, las grandes cementeras que se llevaron casi regaladas, las plantas que fueron propiedad del Estado”, dijo Chávez a la gente de Cementos Catatumbo en Maracaibo, donde Estaban Pineda Belloso, el jeque omnímodo del diario Panorama, aliado del gobierno, tiene un interés importante. El reporte no proviene del “terrorismo mediático” de Globovisión, sino de la propia Agencia Bolivariana de Noticias). Pero es que prácticamente toda la industria nacional del cemento estuvo siempre en manos privadas. (Tan sólo Cementos Caribe estaba en manos de FOGADE cuando fue adquirida por Holcim, la cementera suiza, y originalmente era una empresa privada).

O dice Chávez con no poco orgullo el pasado domingo, cuando invita a la “burguesía nacional” al diálogo, que la Cámara de la Construcción está muy satisfecha con las perspectivas de su sector en el breve plazo, y entonces uno no entiende cómo es que se estatizará el cemento, y ahora la producción de acero, porque presuntamente no hay ni cemento ni acero en cantidades suficientes al mercado interno, pues los empresarios del acero y el cemento preferirían vender sus productos en el exterior. (Si esto fuera así, ¿cómo pueden los empresarios de la construcción anunciar alegres perspectivas?) O el gobernador del estado Bolívar, en celebración de la medida contra la argentina Ternium, accionista mayoritaria en SIDOR declara que “en Venezuela no hay peligro de que la inversión privada se vea afectada”. Bueno, Ternium ha sido afectada de inmediato; no sólo venía perdiendo diariamente 3 millones de dólares con la huelga que paralizó a SIDOR, sino que sus acciones experimentaron una marcada pérdida de valor con el mero anuncio del takeover gubernamental. (SIDOR es, al menos, la cuarta parte del negocio total de Ternium).

O cuando Ramón Cañizales, Vicepresidente Ejecutivo de la República, pretexta el arrebatón a Ternium porque esta empresa mantendría ante sus trabajadores “una actitud colonizadora, radical, inflexible, arrogante, irrespetuosa, antiética, inhumana”, y les somete a una semiesclavitud, acto seguido indica, sin el menor empacho por su propia contradicción, que pudiera ejecutarse “un esquema en el que no se descarta mantener a Ternium con un paquete minoritario de acciones”. Es decir, que el gobierno revolucionario de los pobres, adalid de los trabajadores, vería con buenos ojos que Ternium, presuntamente responsable de tan horribles cosas, continúe siendo su socia. (O cómplice, dado que habría delito de lesa humanidad hacia los obreros).

Debe reconocerse, al menos, que las indemnizaciones acordadas por el gobierno a los antiguos dueños de las empresas estatizadas—La Electricidad de Caracas, CANTV, las petroleras de la Faja del Orinoco (con la notoria excepción de Exxon-Mobil)—hasta ahora han parecido ser satisfactorias para los despojados. Es de esperar, pues, que Ternium reciba una compensación más o menos adecuada, si es que la estatización de SIDOR sigue adelante. (La empresa confía en que el gobierno argentino logre revertir la decisión, pero esto no sería fácil, sobre todo cuando los trabajadores la han recibido con beneplácito y Ramón Machuca, Presidente de SUTISS y pretendiente a la gobernación de Bolívar, tendría tanto que perder en una marcha atrás). Y no todos los analistas internacionales se asustan; Gianfranco Bertozzi, de Lehman Brothers, escribe hace poco en un informe: “Las adquisiciones gubernamentales de las industrias cementeras y del acero serán empleadas para insuflar nuevo aliento a la construcción en Venezuela”.

¿Será por esto que la Cámara de la Construcción, según Chávez, está tan optimista?

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Lo cierto es que ya los ejecutivos de publicidad de Venevisión—al admitir que sólo PDVSA ha colocado recientemente 40 millones de bolívares fuertes de inversión publicitaria en esa televisora—pueden predecir los picos de la publicidad gubernamental a corto plazo, anotando simplemente las boutades presidenciales y sus contradictorios efectos, pues cada vez debe hacerse un trabajo posterior de explicación y corrección de la opinión pública, labor a la que antaño debieron aplicarse con denuedo Luis Miquilena y José Vicente Rangel. (Por el lío con Exxon-Mobil, un día íbamos a suspender los envíos de petróleo a los Estados Unidos, y al día siguiente se explicó que no había planes de hacer tal cosa. Nueve batallones con apoyo blindado se despachó a la frontera con Colombia, para que a la reunión del Grupo de Río en República Dominicana el presidente Chávez llegara en actitud de pacífico cordero. Estatizaremos las cementeras, y veinticuatro horas más tarde se explica que la medida sólo pesaría sobre las empresas “privatizadas”).

¿Tiene el gobierno cómo administrar eficientemente las responsabilidades que adquiere crecientemente, luego de que agita laboralmente para crear la coartada de las estatizaciones? Uno puede intervenir quirúrgicamente un cuerpo atlético, pero si al tiempo que se le trepana el cráneo se le reduce una fractura de consideración, y se le reseca un pulmón y también el bazo, y se le extirpa medio intestino delgado y todo el páncreas y se le hace un extenso injerto de piel, en cuanto se procure extirparle una espinilla en la espalda es muy probable que el paciente muera por shock. Es demasiado trauma para tan breve tiempo.

Desbocado en su afán de controlar prácticamente toda esfera de la vida nacional, especialmente en la economía, el gobierno no puede deglutir, no digamos digerir, todo lo que come. Su tren ejecutivo no es muy amplio, a juzgar por los frecuentes enroques de las mismas caras. Por otra parte, la capacidad profesional de sus colaboradores, con honrosas excepciones, pareciera definirse por su conocimiento de la jerga que Andrés Oppenheimer bautizara como “marxista-narcisista”. No hay en el gobierno capacidad gerencial para administrar su recrecido volumen, verdaderamente tumoral.

En lo que llevamos de gobierno chavista el Estado venezolano ha recibido ingresos que se acercan a la cifra de 700 mil millones de dólares (incluyendo en ella el endeudamiento), y la infraestructura nacional permanece prácticamente idéntica a la de 1999. Escribe Gregorio Sampsa: “Relación de las principales ‘grandes’ obras entregadas por el Gobierno: el Hospital Cardiológico Infantil, 80 millones de dólares; el ramal ferroviario Cúa-Caracas, 600 millones de dólares; el Puente sobre el río Orinoco, 360 millones de dólares; la Línea 4 del Metro de Caracas, 340 millones de dólares; el Metro de Valencia, 320 millones de dólares; el Metro de Maracaibo, 300 millones de dólares; la ampliación del Aeropuerto Simón Bolívar, 40 millones de dólares; el nuevo viaducto Caracas-La Guaira, 60 millones de dólares”. Comenta Sampsa: “El total de lo invertido en las ‘grandes’ y emblemáticas obras de este gobierno suma alrededor de 2.100 millones de dólares”, y compara esa magnitud con las de grandes proyectos de ingeniería internacionales, para informarnos que lo invertido en los nueve años de Chávez ni siquiera habría cubierto el gasto por movimiento de tierra del nuevo aeropuerto de Hong Kong. ¿En qué se han ido 698 mil millones de dólares no empleados en infraestructura? ¿Por qué es que PDVSA tiene que endeudarse para acometer el aumento de su potencial de producción?

En verdad, el gobierno—Chávez—fabrica ideas fantasiosas por minutos, y en su torpe y corrupta ejecución va dejando atrás una estela de gallineros verticales, núcleos endógenos y ejes Orinoco-Apure inconclusos. (De los proyectos reseñados por Sampsa, además, todos fueron concebidos y planificados por gobiernos anteriores, con las salvedades del Cardiológico Infantil y el viaducto de la Autopista Caracas-La Guaira, requerido este último porque el antiguo se derrumbó).

Ahora, pues, a la producción y venta de petróleo y gas, a su creciente papel agrícola-ganadero (32 fincas amanecieron hoy militarizadas en el Valle del Río Turbio), a la función docente, a la policía nacional, a su liderazgo antimperialista de alcance planetario, a la función pulpera de los mercales y pdvales, a la distribución de electricidad, al servicio de telefonía, y a todo el resto de la enorme carga que pesa sobre los hombros de un gobierno con veintitrés ministerios, quiere añadir también la producción de cemento y la de acero.

El desempeño gubernamental, aquejado de elefantiasis, ha sido terrible. No hay indicador casi que pueda exhibirse en progreso respecto de gobiernos anteriores, mientras la delincuencia prospera, así como la inflación y la devaluación de la moneda. Sobre todo, la corrupción ha alcanzado cotas hasta ahora desconocidas.

Si Hugo Chávez, que a juzgar por otras señales—no ha vuelto a insultar a Uribe Vélez, por ejemplo, o dice que seguirá procurando la liberación de rehenes en poder de las FARC pero en silencio, discretamente (¡a buena hora!), o indica que el gobierno no lleva prisa con lo del currículum “bolivariano”—pareciese encontrarse en fase reflexiva (ha leído encuestas y enfrenta próximas elecciones), incluyera en sus cavilaciones una evaluación de su propio gobierno, pudiera percatarse de que, por menos de la mitad de los desaguisados que ha protagonizado o permitido, él mismo se alzó contra Carlos Andrés Pérez en 1992.

En medio de su delirio, de su verborrea incesante, pudiera darse él mismo un respiro y entender lo difícil que es gobernar con buenos resultados. La soberbia lo llevó a pretender erigirse en juez de la democracia, en paladín justiciero que arreglaría lo que el gobierno de Pérez y los de sus predecesores habrían descompuesto, e intentó un golpe de Estado que por fortuna fracasó.

Si él fuese en estos días un teniente coronel activo, con mando sobre tropas y la misma ideología confusa y arrogante que había logrado absorber para 1992, con su misma disposición abusiva, ¿no tendría que alzarse hoy para deponerse a sí mismo?

LEA

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