CS #211 – Las tablas de Moisés (Naím)

Cartas

Esto es la reseña, no de un libro, sino de un artículo. Antes, hace un poco más de dos años—Carta Semanal #95 de doctorpolítico, del 15 de julio de 2004—nos hemos ocupado de conceptos del autor: Moisés Naím, ex estrella del IESA, ex Ministro de Fomento del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.

En aquella oportunidad comentábamos otro artículo de Naím, «El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional» (2001), el que procuraba negar que la irrupción de Chávez fuera «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza». Naím se oponía entonces a que «por la mayor parte, la situación de Venezuela [fuera] citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización».

La renuencia de Naím a aceptar tal interpretación es más que explicable: tal vez el más distinguido de los «IESA boy’s» de comienzos de los 90 que integraron el gabinete de Pérez, fue junto con otros destacados ejecutivos jóvenes responsable de las políticas que conformaron el «paquete» de este último. Tal «paquete» fue objeto de rapidísimo y masivo rechazo, a través de los terroríficos sucesos del 27 y el 28 de febrero de 1989: el cataclismo social que conocemos como «Caracazo», escenificado a sólo quince días de la toma de posesión del nuevo presidente, electo sobre una plataforma social-demócrata y súbitamente olvidado de su promesa electoral para revelarse como campeón local del «Consenso de Washington».

A pesar de tan temprana, clara y trágica advertencia, el gobierno de Pérez mantuvo tercamente el rumbo «ortodoxo» que había decidido, y ya para 1991 su «paquete» era objeto de generalizado rechazo, principalmente dentro de su propio partido. Este estado de cosas llevó a COPEI, el eterno competidor de Acción Democrática, a anunciar que propondría un ‘paquete alternativo’, que en máxima concreción se describía como «una economía con rostro humano». (¿?)

Al año siguiente Pérez fue blanco de dos intentos de golpe de Estado, el primero de ellos capitaneado por Hugo Chávez. Pero Naím evaluó todo el asunto al presentar a Chávez como un caso aislado. No había entonces, a su criterio, relación alguna entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No había descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, el año pasado se publicaba el libro El fin de la pobreza, del economista norteamericano Jeffrey Sachs. En él arremete Sachs contra el simplismo terapéutico del FMI, escribiendo en estos términos: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».

……

Ahora vuelve por sus fueros el profesor Naím (¿Naif?) con la publicación de El continente perdido, en Foreign Policy, la revista que él mismo dirige. De nuevo es la negación de la realidad, su «sensatez» (para usar término caro a Diego Bautista Urbaneja) el sello distintivo del artículo, que seguramente será alabado y tenido por brillante en círculos explicables.

El esquema del artículo es muy simple: el «continente perdido» es Latinoamérica que, como Atlántida, habría desaparecido del mapa geopolítico, y el camino que debe tomar es el de la calma y la cordura, abandonando la búsqueda de panaceas de efecto instantáneo. En el sumario que antecede al cuerpo del trabajo está dicho todo: «Durante décadas, el peso de América Latina en el mundo ha venido encogiéndose. No es una potencia económica, una amenaza a la seguridad o una bomba poblacional. Incluso sus tragedias palidecen en comparación con las de África. La región no surgirá hasta que cese su procura de fórmulas mágicas».

Resulta, por decir lo menos, curiosa esta recomendación en boca de quien fuera, justamente, paladín eximio de las fórmulas mágicas del Consenso de Washington, denunciadas ahora por Sachs y muchos otros economistas, incluyendo en éstos al Economista Jefe del Banco Mundial. Ya Naím ha olvidado, convenientemente, que él tuviera algo que ver con la «década perdida» de los noventa.

Por supuesto que añora esa década; a pesar de lavarse las manos impávidamente, escribe: «En los años 90 los políticos a lo largo de América Latina ganaban las elecciones prometiendo reformas económicas inspiradas en el ‘Consenso de Washington’ y lazos más estrechos con los Estados Unidos. El Área de Libre Comercio de las Américas ofrecía la esperanza de un mejor futuro económico para todos. Los Estados Unidos podían contar con sus vecinos del sur como aliados internacionales confiables». Ya no pueden, pobrecitos.

De hecho, el foco principal del reciente artículo de Naím está centrado sobre los Estados Unidos, donde vive. Nada menos que las líneas iniciales del trabajo son, insultantemente, las siguientes: «América Latina se ha acostumbrado a vivir en el patio trasero de los Estados Unidos. Durante décadas, ha sido una región donde el gobierno de los Estados Unidos se inmiscuía en política local, combatía comunistas y promovía sus intereses de negocio». Si alguna vez fue algo un eufemismo, es esa caracterización naimiana de la política de Estados Unidos como un mero inmiscuirse. Los Estados Unidos, según Naím, son un poco entrometidos.

Pero como recordara recientemente (29 de mayo) Guillermo Ponce, ex diplomático mexicano de larga data, en divertida y eficaz charla en la universidad canadiense de McGill, «[l]a historia muestra que ha habido un rasgo de la política exterior de EEUU que pudiera ser llamado ‘dominación’, cuando no ‘expansionismo’. Los hacedores norteamericanos de políticas parecen incapaces de pensar fuera de los límites del nacionalismo. Están cerrados por la arrogante idea de que los Estados Unidos son el centro del universo, excepcionalmente virtuosos, admirables, superiores». Después de un somero y restringido inventario de agresivas intervenciones estadounidenses en el mundo y, en especial, en América Latina, Ponce concluyó citando las duras palabras del periodista norteamericano Howard Zinn, refiriéndose a su propio país: «Una honesta estimación de nosotros como nación nos prepararía contra la nueva andanada de mentiras que acompañará a la próxima proposición de infligir nuestro poder en alguna otra parte del mundo. Podría también inspirarnos para crear una historia diferente de nosotros mismos, arrancando nuestro país de los mentirosos y asesinos que lo gobiernan, y rechazando la arrogancia nacionalista, de modo que podamos unirnos al resto de la raza humana en la causa común de la paz y la justicia».

Este mero e «inocuo» inmiscuirse ha recibido un sonoro aviso de rechazo anteayer, en las elecciones parlamentarias y regionales de los Estados Unidos. La cadena CNN daba cuenta antenoche de un hallazgo de sus propias exit polls: mientras en 2004 sólo 52% del voto hispano fue a los demócratas, esta vez 73% de ese voto les favoreció.

Naím, pues, ha absorbido ya completamente la óptica norteamericana, incluyendo la usurpadora costumbre léxica de identificar a los Estados Unidos con América. Para Naím hay americanos propiamente dichos (los estadounidenses), de un lado, y del otro latinoamericanos. («A diferencia de los antiamericanos de otras partes, los latinoamericanos no están dispuestos a morir por sus odios geopolíticos». «De hecho, América es el principal mercado para el petróleo venezolano. Durante el período de Chávez, Venezuela se ha convertido en uno de los mercados de más rápido crecimiento en el mundo para productos americanos manufacturados». Etcétera).

Naturalmente que, como siempre, Naím dice cosas ciertas, aunque las más de ellas sean, justamente, de lo que él llamara «sabiduría convencional». Esto es, de lo que ya sabemos. El problema, sin embargo, es el de su tono y el de su despectivo punto de vista. Una burla altanera, un arrogante desprecio se cuela en el indicador que ofrece para medir nuestra escasa importancia: «América Latina no tiene, como África, hambrunas, genocidios, pandemias de SIDA, masivos fracasos estatales, o estrellas de rock que rutinariamente adopten sus tragedias. Bono, Bill Gates y Angelina Jolie se preocupan por Botswana, no por Brasil».

En cuanto a la más concreta de sus recetas, no otra cosa que desechar «fórmulas mágicas» y paciencia, mucha paciencia—Naím diagnostica en nosotros un «déficit de paciencia»—el emigrado profesor es al menos consistente. Ya cuando fuera coeditor, junto con Ramón Piñango, de «El caso Venezuela: Una ilusión de armonía» (IESA, 1985), recomendaba: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos. Poco después ingresaba al gabinete de Pérez, pertrechado, como más de uno entre sus colegas, de su adiestramiento superior.

El resonante y trágico fracaso de ese gabinete, uno de los catalizadores de la muy inconveniente asunción de Chávez al poder, era un eco de invidencias antiguas. Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

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FS #117 – Caos constructivo

Fichero

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A Luis Alejandro Aguilar

En un trabajo titulado «Los rasgos del próximo paradigma político», publicado en la revista referéndum, el suscrito explicaba en febrero de 1994 que «(e)xiste ahora… un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva…» Un poco más tarde, en mayo de ese mismo año, llevaba esta idea a un coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia—El Comunicador Necesario—y proponía: «Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología. Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época… Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine».

Aun antes, en trabajo completado en diciembre de 1990—Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela—anticipaba: «La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el ‘ruido rosado’ que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equipos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenómenos exhiben patrones de variación similares si se les considera en diferentes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhiben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda relación entre la geometría fractal y los comportamientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos. El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejores y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revolución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y poderoso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo».

La Ficha Semanal #117 de doctorpolítico corresponde a los primeros párrafos de la introducción al libro Chaos Theory in the Social Sciences, editado en 1996 por la Universidad de Michigan bajo la conducción de L. Douglas Kiel y Euel Elliott. El texto publicado aquí no hace sino remachar la misma esperanza: que la teoría del caos—en términos más generales la naciente ciencia de la complejidad—es el paradigma correcto para las ciencias sociales, que hasta ahora han vivido de préstamos de las ciencias naturales, en particular de la física de Newton. (Todavía algunos analistas venezolanos de lo político se refieren a fuerzas, vectores y «espacios políticos». De vez en cuando se discutía si había «espacio para una nueva fuerza política», en pleno discurrir mecanicista).

La explicación de Elliott y Kiel, no obstante, no es de muy feliz redacción. Es repetitiva y en ocasiones hasta perogrullesca. Por ejemplo, escriben: «El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales». (Algo así como George W. Bush, cuando dijo: «La mayoría de nuestras importaciones proviene del exterior»). Sirve aquélla, de todos modos, para vender machaconamente la tesis. Una introducción mucho más útil para el lego se encuentra en el libro de James Gleick, Chaos: The Making of a New Science, que Plaza & Janés ha traducido al castellano y sin duda es de adquisición recomendable.

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Caos constructivo

Históricamente, las ciencias sociales han emulado los paradigmas tanto conceptuales como metodológicos de las ciencias naturales. Desde la revolución conductual, pasando por aplicaciones tales como la cibernética, hasta la predominante confianza en la certeza y estabilidad del paradigma newtoniano, las ciencias sociales han seguido la guía de las ciencias naturales. Esta tendencia continúa, a medida que los nuevos descubrimientos en las ciencias naturales han conducido a una reconsideración de la relevancia del paradigma newtoniano para todos los fenómenos naturales. Uno de estos descubrimientos, representado por el campo emergente de la teoría del caos, eleva cuestiones acerca de la aparente certeza, linealidad y predecibilidad que previamente fueron tenidos por esenciales a un universo newtoniano. El reconocimiento creciente de la incertidumbre, la no linealidad y la impredecibilidad del reino natural por los científicos naturales, ha acicateado el interés de los científicos sociales en estos nuevos descubrimientos. La teoría del caos representa el esfuerzo más reciente de los científicos sociales por incorporar teoría y método de las ciencias naturales. Más importante aún, la teoría del caos parece proveer un medio para entender y examinar muchas de las incertidumbres, no linealidades y aspectos impredecibles en la conducta de los sistemas sociales. (Krasner 1990).

La teoría del caos es el resultado de descubrimientos de los científicos naturales en el campo de la dinámica no lineal. La dinámica no lineal es el estudio de la evolución temporal de los sistemas no lineales. Los sistemas no lineales manifiestan un comportamiento dinámico tal que las relaciones entre las variables son inestables. Más aún, los cambios en estas relaciones están sujetos a realimentación positiva en la que los cambios se amplifican y rompen estructuras existentes y el comportamiento, y crean resultados inesperados en la generación de nuevas estructuras y nuevo comportamiento. Estos cambios pueden resultar en nuevas formas de equilibrio; formas novedosas de aumento de la complejidad; o aun una conducta temporal que parece azarosa y desprovista de orden, el estado de «caos» en el que la incertidumbre domina y la predecibilidad se rompe. A menudo se describe a los sistemas caóticos según tengan caos de baja dimensión o exhiban caos de alta dimensión. Los primeros exhiben propiedades que pueden permitir alguna predicción a corto plazo, mientras que los últimos exhiben tanta variación que impiden cualquier predicción. En todos los sistemas no lineales, sin embargo, la relación entre causa y efecto no parece proporcional y determinada, sino vaga y, en el mejor de los casos, difícil de discernir.

Estos descubrimientos han dado pie a una nueva matemática que contradice el previo compromiso científico con la predicción y la certeza. Los científicos naturales han aplicado ya esta matemática a numerosos campos de estudio. Una lista parcial y sucinta de los campos incluye la meteorología (Lorenz 1963), la biología de las poblaciones (May 1976), y la anatomía humana (West y Goldberger 1987). Estos estudios muestran consistentemente que la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre resultante son componentes esenciales en los procesos evolutivos de los sistemas naturales. Más aún, estos estudios han conferido precedencia a una mayor preocupación por la extensión y los retos de la comprensión de la complejidad inherente a los sistemas naturales.

De este modo el paradigma emergente del caos tiene profundas implicaciones para el antiguo punto de vista newtoniano dominante, de un universo mecanicista y predecible. Mientras que un universo newtoniano se fundaba en la estabilidad y el orden, la teoría del caos enseña que la inestabilidad y el desorden no sólo están ampliamente distribuidos en la naturaleza, sino que son esenciales a la evolución de la complejidad en el universo. Así, la teoría del caos, como la teoría de la relatividad y la teoría cuántica antes de ella, propina otro golpe al compromiso singular con el determinismo de un punto de vista newtoniano del reino natural.

Esta comprensión sugiere, asimismo, que los éxitos relativos en la adquisición de conocimiento por las ciencias naturales son el resultado de enfocarse sobre sistemas «simples» que funcionan de una manera ordenada y consistente. A medida que los científicos naturales han desplazado el foco de sus investigaciones hacia sistemas más complejos, la previa búsqueda de certidumbre ha cedido a una mayor apreciación de la incertidumbre y la enormidad del potencial generado por la incertidumbre del desorden y el desequilibrio.

Con el foco de la teoría del caos sobre la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre, la aplicación de esta teoría a las ciencias sociales era tal vez una eventualidad predecible. Como ha notado Jay W. Forrester (1987), «Vivimos en un mundo grandemente no lineal». El reino social es claramente no lineal, en el que la inestabilidad e impredecibilidad son inherentes, y donde causa y efecto son a menudo un laberinto desconcertante. El hecho obvio de que los sistemas sociales son sistemas históricos y temporales enfatiza igualmente el valor potencial de la teoría del caos para las ciencias sociales. Los sistemas sociales quedan tipificados por las relaciones cambiantes entre sus variables.

El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales. La teoría del caos se funda en la matemática de los sistemas no lineales. De esta manera los científicos sociales, en su esfuerzo por imitar el rigor matemático de las ciencias naturales, están aplicando cada vez más esta matemática a una variedad de fenómenos sociales. El análisis de series de tiempo es esencial a este esfuerzo, a medida que los investigadores luchan por examinar cómo ocurre el comportamiento no lineal y caótico y cómo cambia en el tiempo.

Claramente, la brecha fundamental entre el éxito evidente de la adquisición de conocimiento en las ciencias naturales, versus los éxitos más bien mínimos en la comprensión de la dinámica del reino social, es la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre inherentes al comportamiento de los sistemas sociales. El «caos» aparente de los fenómenos sociales siempre ha sido un obstáculo a la adquisición de conocimiento en las ciencias sociales. Los científicos sociales han argumentado por largo tiempo que esta brecha relativa del conocimiento se debía a la complejidad relativa de los fenómenos examinados por las dos culturas científicas. Sin embargo, la teoría del caos nos enseña que en gran medida la «brecha» entre ambas ciencias ha podido ser en gran medida artificial. A medida que los científicos naturales investigan con más intensidad los fenómenos naturales complejos, también deben confrontar los retos que hace tiempo han servido para mantener a las ciencias sociales en la posición de un hijastro científico. La teoría del caos parece representar un medio promisorio para una convergencia de las ciencias que servirá para enriquecer la comprensión de los fenómenos tanto naturales como sociales.

L. Douglas Kiel – Euel Elliott

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LEA #210

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Tanto nadar para ahogarse en la orilla. En el día de ayer el embajador venezolano ante la Organización de las Naciones Unidas, el invertebrado Francisco Arias Cárdenas, anunció que había un acuerdo entre Guatemala y Venezuela para retirar sus respectivas candidaturas al Consejo de Seguridad del organismo. Ante el hecho, y aunque una vocera de la representación guatemalteca no pudo confirmar inicialmente la declaración de Arias, fue suspendida la que habría sido la cuadragésima octava votación para elegir al miembro latinoamericano del Consejo.

Nicolás Maduro se había reunido dos veces con Gert Rosenthal, el canciller guatemalteco, en predios de la delegación de Ecuador ante la ONU en Nueva York. (Que a su regreso procure Nicolás tener esta vez todos sus papeles de identificación a mano). Diego Cordovez, el embajador ecuatoriano, no sólo confirmó la declaración venezolana, sino que anunció que ambos competidores propondrán hoy a los 34 países del bloque de América Latina y el Caribe la candidatura de Panamá.

No tardaremos en escuchar a Chávez, Rangel, Maduro, Arias y Valero asegurando que la cosa fue un triunfo total: que Venezuela—mejor dicho, la revolución «bolivariana»— una vez más ha derrotado al imperialismo norteamericano, presidido por el diablo Bush, al impedir que su candidato «títere» se hiciera con el puesto.

La verdad es que Venezuela, salvo una ocasión en la que logró un empate de votos, perdió la elección en cuarenta y seis de cuarenta y siete votaciones. (98% de derrotas). La verdad es que, después de terquear cuarenta y siete veces, después del cabildeo planetario que el mismo Chávez llevó ilusamente a cabo, y el gasto de considerables sumas de dinero (sin contar los nuevos compromisos que adquirió), tuvo que retirarse con el rabo entre las piernas. Y la verdad es que el mismo Chávez enterró las escasas posibilidades del país por deslenguado y baladrón.

Si en Venezuela, todavía, cree poder engañar a los electores con una pieza publicitaria en la que se describe a sí mismo como amorosísimo presidente, en el exterior se le están poniendo las papas duras. Los más recientes asuntos en los que ha puesto interés han resultado, claramente, contrarios a sus épicos designios. Humala derrotado, López Obrador ídem, el apoyo de Chile inexistente, los aviones españoles cancelados, el Consejo de Seguridad lejanísimo, su pana Fidel caduco y más moribundo que la Constitución de 1961. Tal vez aún no esté contenido en nuestro país, pero internacionalmente le están reduciendo el espacio.

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CS #210 – Odres nuevos

Cartas

Un buen desayuno en una casa excepcionalmente bella. Ocho estupendas cabezas—y buenos dientes—entre ellas la de un afamadísimo encuestólogo. (Un historiador demasiado preclaro para decir otra cosa de él, pues se identificaría, dos ex ministros, un importante analista político, un abogado con experiencia en publicidad electoral y campañas, un hombre de finanzas internacionales, un politólogo de estudios en el exterior). El suscrito asistió, prácticamente, como observador y muy ocasional preguntón. El foco de la discusión: qué puede hacerse en las escasas semanas que quedan antes de la elección del próximo 3 de diciembre para potenciar las probabilidades de triunfo del candidato zuliano, Manuel Rosales. Lo que sigue de inmediato no proviene de quien escribe. Estos juicios, por tanto, no le son atribuibles en cuanto a paternidad, aunque los suscriba. Los ocho escapularios eran ajenos.

El experto en encuestas, para empezar, contestó una pregunta acerca de la ubicación actual del candidato en la preferencia de voto según sus propias mediciones de opinión. Veintiocho por ciento, fue lo primero que dijo. (Top of head. Más adelante diría resbalándose progresivamente o estirando las cifras: treinta, treinta y dos, y postularía que Rosales pudiera llegar, teóricamente hablando, a cuarenta y dos por ciento. El oponente, cincuenta por ciento). Un poco más avanzada la mañana debió contestar otra pregunta: ¿cuál es la proporción de electores que creen que Chávez ganará la elección? Su respuesta, sin dudar un segundo: sesenta y cinco por ciento de los consultados cree que Chávez ganará la elección. A lo mejor es por esto que, como lo pusiera un comensal, en el país no hay clima electoral digno del nombre. Él destacó que, salvo Globovisión, resteada a favor de Rosales, los demás medios de comunicación parecieran entender que no estamos en campaña.

Se mencionó el efecto que tendría sobre la propensión a votar por Chávez las enormes cantidades de circulante que el gobierno ha puesto en manos del público: hay una bonanza económica que reduce las ganas de cambiarla por un nuevo factor, únicamente probado en la tierra de Rosales. También volvió a escucharse la conseja de que los empresarios caraqueños han estado remisos a entregarle fondos; sólo los empresarios zulianos habrían dado la cara decididamente. Hace nada habrían halado las orejas a Álvarez Paz, quien cuidadoso de su constituency en el Zulia, su terruño, acaba, casi a última hora e inconsistentemente, de quebrar emocionadas lanzas por Rosales, después de toda su prédica en contrario de la participación electoral. (Y no hay quien hale las orejas de Henry Ramos Allup, emperrado en su abstencionismo metafísico).

A continuación hubo comentarios críticos a la campaña propiamente dicha. Tal vez la equivocación más particular de la misma haya sido, dijo alguien, la selección del lema básico: «Atrévete». Este eslogan, para empezar, invita a superar un obstáculo, sea éste el miedo o la desidia. Es una convocatoria al heroísmo. Alguno apuntó que tal vez era una proyección psicológica—mecanismo freudiano de defensa—pues el propio candidato se había atrevido a lanzarse en campaña, a pesar de tener pendiente sobre sí la espada de Damocles de un antejuicio de mérito, por aquello de su firma pública del decreto constituyente de Pedro Carmona. En todo caso, el lema mismo es toda una presunción diagnóstica: la gente tendría que atreverse a votar contra Chávez. No parece ser un mensaje positivo.

Finalmente, agotado el blanco queso rallado para las arepas, sobre la mesa se puso ideas que pudieran servir para dar nueva dirección a una campaña que como va parece perdida. Destacar la crucialidad de la elección, se dijo, sería muy importante. Llevar más claramente al elector que optaría por libertad o sujeción. Dejar de hablar de corrupción sin casos o pruebas concretas y resaltar el evidente militarismo del régimen. Explicar al país quién es Manuel Rosales, pues no se sabría quién es. Cambiar su tren de asesores—entre quienes destaca Diego Arria—por uno mejor. Ponerle música al asunto. No hay emoción ni entusiasmo en la campaña, que pareciera de cine mudo. La música puede galvanizar. Acompañar las marchas y caminatas del candidato con camiones cargados de tambores y barloventeñas danzantes, para reforzar la negritud de «Mi negra». Emplear eslóganes mejores, más poderosos y positivos. Centrarse totalmente en el reclamo de un debate entre los contendientes. Si Chávez no lo acepta—como hasta ahora—entonces lucirá cobarde, y si lo acepta entonces perdería, porque no podría apabullar a Rosales enseguida. (Si Cassius Clay no me noquea en el primer minuto de una pelea, entonces la he ganado).

Poco antes de levantar la mesa uno de los circunstantes advirtió con alarma que, pareciendo estancada la campaña de Rosales, muy bien—o muy mal—pudiera ocurrir que el esfuerzo se desinflara súbitamente en los últimos días, y entonces la derrota lo sería por paliza. Al final de todo, al lado de los carros para la salida, el encuestólogo sintetizó: «El problema es que Rosales no da». Es algo tarde para darnos cuenta de eso. (Aunque acá mismo se escribió el 4 de noviembre de 2004—Carta Semanal #111 de doctorpolítico—hace casi exactamente dos años, la siguiente evaluación: «…si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado … entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos»).

Y el suscrito votará por Rosales.

………

Si los notables venezolanos reunidos en el mañanero condumio reseñado tienen razón, entonces no hay nada que hacer. Chávez será reelecto, y no por fraude electoral, sino legítimamente. Esto es importante pensarlo con tiempo, porque puede apostarse con seguridad dinero grande a que no faltarán voces que jurarán, a pesar de lo que registran las encuestadoras serias, que Rosales ganó y su triunfo le fue escamoteado fraudulentamente. Los voceros de esta inexorable tesis son previsibles; no hace falta nombrarlos.

Un factor pudiera moderar la legitimidad del éxito de Chávez: una grande abstención, cercana a la del pasado 4 de diciembre de 2005. Si los vilipendiados «Ni-ni» se repliegan, hartos de Chávez y una vez más desencantados con lo que fue capaz de proponer la oposición; si a ellos se suma una proporción alta de chavistas que consideren que sus votos no son necesarios, tal vez entonces no pueda reivindicar Chávez que ha recibido un claro mandato para hacer lo que le venga en gana. (No podrá reivindicarlo, pero de todos modos tenderá a hacer lo que le venga en gana).

En el campo opositor, en cambio, la desbandada es lo esperable, y ninguna oposición futura será posible a partir del crecimiento de ninguno de sus fragmentos. El candidato, para empezar, tendrá el destino que esperó a Salas Römer; no podrá erigirse como el líder indiscutido del antisocialismo. Petkoff ya no tendrá energía para intentar una epopeya de esas dimensiones. Julio Borges, a quien no se le ha acabado la sedición interna en su contra—dirigentes importantes de su tolda dicen desfachatadamente que «PJ» ya no quiere decir Primero Justicia, sino «Primero Julio»—dirige un partido que no ha podido prender en el alma nacional y que, en el mejor de los casos, pudiera movilizar algo así como 35 mil militantes. Súmate, muy disminuida desde su arrogante fracaso de las primarias, e identificada con intenciones políticas conservadoras, no tendrá éxito de completarse su metamorfosis en partido político. Los restantes micropartidos y manidos dirigentes tienen aún menos posibilidad de emerger como fuerza del tamaño necesario. Algunas figuras individuales, por supuesto, todavía tienen futuro. Hay mucha gente capaz e inteligente en las organizaciones enumeradas, además de bien intencionadas. Pero sólo prevalecerán si son capaces de hacer algo que Acción Democrática y COPEI nunca pudieron: repensarse radicalmente para crear algo totalmente nuevo.

Ése es el camino, entonces. Es de suprema y urgente importancia construir una nueva asociación política. El problema general de la política venezolana—recomponer su Estado elefantiásico para que sirva óptimamente a la sociedad, y la potencie para que ella se cree a sí misma, sana y lanzada al futuro—sigue sin resolver, como tampoco ha desaparecido el canceroso tumor del chavismo. Ninguna federación de enanos, sobre todo cuando son entre sí muy disímiles, podrá rendir el servicio requerido. Lo que se precisa es un nuevo diseño, a tono con el siglo XXI, alejado de las categorías jurásicas de las derechas e izquierdas del XIX, un código genético organizacional enteramente distinto del convencional.

Así escribíamos en febrero de 1985:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente.

No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

Es posible que ahora, veintiún años más tarde, especialmente después de la derrota de Salas Römer y la incomprensible postulación de Arias Cárdenas; después de Pedro Carmona, del paro suicida, del fracaso revocatorio y la pérdida de Rosales, podamos tener razón. Al cabo de tantos traspiés, ¿estaremos listos para preguntarnos, aunque sea sólo una vez como gente grande, si hemos venido haciendo algo equivocado? LEA

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FS #116 – Tragedia de abril

Fichero

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El 14 de junio de 2002 completó el suscrito un análisis de los acontecimientos de abril de ese mismo año, los que llevaron al fugaz derrocamiento y detención de Hugo Chávez Frías y al efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. La aventura de este último hizo un daño considerable a la oposición venezolana, al marcarla como golpista. No todos los partidos de oposición, sin embargo, ni la mayoría de los líderes participaron en la conjura y el desastre. Lo que es de lamentar es que ninguno produjo una clara condena de los hechos; muy pocas voces de la oposición—la de Teodoro Petkoff la excepción notable—se separaron nítidamente de la «carmonada», como la nombrara Rafael Poleo. (En el texto reproducido acá es justamente Poleo «el editor aludido». Poleo y su hija Patricia destacaron la actuación de «los factores reales de poder», expresión que luego se convirtió en el nombre de la columna publicada por la periodista en el periódico de su padre, El Nuevo País).

Como se sabe, en la tarde del día 12 de abril de 2002, Pedro Carmona Estanga se autojuramentó, cual Bonaparte coronado por sí mismo, como Presidente de la República que sustituía a Hugo Chávez Frías, detenido en Fuerte Tiuna primero, y luego en la base naval de Turiamo y la isla de La Orchila. El decreto que establecía al nuevo régimen fue leído en tono de arenga que alborozó a los presentes en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, que premiaban con ensordecedor aplauso cada artículo de aquél. Ese documento fue luego refrendado por algunas personalidades, entre las que las más notables fueron el cardenal José Ignacio Velasco, José Curiel «en representación de los partidos políticos», Manuel Rosales «en representación de los gobernadores de estado» y Rocío Guijarro «en representación de las organizaciones no gubernamentales». Luego firmarían el texto varias decenas de personas; por ejemplo, Américo Martín y Alberto Quirós Corradi. La Confederación de Trabajadores de Venezuela se negó a rubricar el acta.

Tras la concepción del monstruoso decreto se encontraba una tesis expuesta por primera vez en la asamblea de Fedecámaras celebrada en Margarita en julio de 2001, la que escogió a Carmona como su presidente. Allí argumentó Oswaldo Páez Pumar que la Constitución aprobada por referendo popular del 15 de diciembre de 1999 no era válida, por lo que la vigente sería la de 1961. Esta noción ofrecía fundamentación jurídica, aunque defectuosa y falaz, a la defenestración de la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia que el decreto produjo.

No está dicho, por supuesto, todo lo referente a lo acontecido por aquellos días. Hubo conspiración, sin duda. Un «Informe Ejecutivo ‘Senior’ de Inteligencia» del 6 de abril, producido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, conocido gracias a su «desclasificación» por efecto de la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act), registraba: «Las condiciones maduran para un intento de golpe. Facciones militares disidentes, incluyendo algunos oficiales molestos de alta graduación y un grupo de oficiales radicales jóvenes, están acelerando esfuerzos para organizar un golpe contra el presidente Chávez, posiblemente tan pronto como este mes… Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA». Más claro no canta un gallo. Los líderes del golpe llevaron a conciencia a una gran masa en camino hacia Miraflores o, lo que es lo mismo, hacia la muerte. Se requería muertos que legitimaran la acción, como todavía predica que es necesario, entre otros, el Sr. Robert Alonso.

La Ficha Semanal #116 de doctorpolítico reproduce las secciones finales de Análisis: Tragedia de abril, texto que acompañó una colección de fotografías de los acontecimientos en un disco compacto e intentaba una relación temprana de sus antecedentes y su evolución.

LEA

Tragedia de abril

LA JUSTIFICACIÓN AUSENTE

Cuando Daniel Romero, flamante y efímero Procurador General de Carmona Estanga, leyó la parte motiva del decreto de constitución del fugaz gobierno de este último, aludía incesantemente a la Constitución «de 1999». Uno no se refiere a la Constitución de ese modo, a menos que ésta ya no rija el curso del Estado. Uno dice la Constitución vigente o, simplemente, la Constitución a secas.

La noche misma del 12 de abril Teodoro Petkoff dejaba traslucir su crítica al deforme decreto en entrevista televisada, y aventuraba la opinión de que detrás del mismo estaría la mano redactora de Allan Brewer Carías. Francamente, costaba trabajo intenso de imaginación pensar que Brewer Carías, innegable conocedor de la disciplina constitucional, pudiera estar metido en el asunto. Al lunes siguiente Brewer ofreció la explicación de que Carmona habría preferido una opinión jurídica distinta a la suya (la de Daniel Romero) y por tanto sólo pudo ofrecer «correcciones de estilo». Es decir, al menos cohonestó la monstruosidad.

El 26 de julio de 2001 el abogado Oswaldo Páez Pumar había sostenido, en conferencia dictada ante la asamblea de Fedecámaras que eligió a Pedro Carmona Estanga como su presidente, la peregrina idea de que la Constitución vigente en Venezuela era la promulgada en el año de 1961. La estructura de su sofista argumento era la siguiente: el Artículo 250 de la Constitución del 61 establecía que ésta no perdería vigencia si dejaba de ser observada por acto de fuerza o era «derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone». Comoquiera que la Constituyente de 1999 no era medio previsto por la Constitución del 61, ésta, a tenor de su Artículo 250, no habría perdido su vigencia. Páez Pumar aseguraba, por otra parte, que «Randy» Brewer había acogido la validez de esta tesis.

El argumento es completamente falaz. La Constituyente de 1999 fue convocada por un poder supraconstitucional, el propio Poder Constituyente originario, el pueblo de Venezuela pronunciado favorablemente en referéndum. A muchos abogados conservadores no les agrada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 que dio pie al referéndum que aprobó la convocatoria de la Asamblea Constituyente, y ciertamente tal sentencia no deja de mostrar una redacción a veces defectuosa. Pero su argumentación de fondo es ontológicamente correcta: el Poder Constituyente es un poder supraconstitucional.

Pero es que hay más. Situados en el plano meramente lógico que elige Páez Pumar para desarrollar su argumento, hay que decir que la Constitución de 1961 ¡no dispone de absolutamente ningún medio para derogarla! Esto es, y en suma, el Artículo 250 de la Constitución de 1961 se refiere a algo que no existe.

En una rueda de prensa celebrada en Miraflores, con pocas horas de antelación a la trágica autojuramentación de Carmona Estanga, éste anunciaba la conformación de un «amplio Consejo Consultivo» de 35 miembros, y advertía, además, que la mayoría de los miembros de tal consejo estaba sentada alrededor de la mesa que presidía. Uno de los personajes sentados a la mesa era el abogado Oswaldo Páez Pumar. Había logrado vender su sofisma. Ese mismo día había distribuido un correo electrónico—»Una idea para ayudar a la transición»—en el que insistía sobre el punto.

Habiendo aceptado la tesis de Páez Pumar, Carmona Estanga había logrado la tranquilidad de espíritu con la que despachó de un plumazo, entre otras instituciones, a la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia. Claro, lo que debía existir, en toda lógica, era el Congreso bicameral y la Corte Suprema de Justicia definida en la Constitución «vigente» de 1961. Carmona estaba, simplemente, suprimiendo órganos viciados de nulidad de origen.

No hubo, no obstante, la presencia de ánimo como para explicar la teoría. Bastó que Daniel Romero, persona ligadísima a la dañina figura de Carlos Andrés Pérez, leyera el esperpento jurídico con voz de arenga. (Romero, por cierto, apareció como «representante del Ex Presidente Carlos Andrés Pérez» en una página alojada en Internet que recogía la declaración final, del 5 de mayo de 1999, de una reunión del Centro Carter, reproducida en los documentos anexos a este análisis. Dicha página pudo obtenerse hasta el día 15 de abril de este año. A partir de esa fecha la página había desaparecido: «Page not found. This page may have been removed…» etc. Alguien está borrando sus huellas).

LA TRAICIÓN

Pedro Carmona Estanga traicionó sin escrúpulo la confianza de la sociedad venezolana, que había visto en él a uno de sus líderes. Al presidir un acto arbitrario como el de su autoproclamación y el del monstruoso decreto «constituyente» del 12 de abril, echó por tierra el enorme esfuerzo, regado con sangre, de la sociedad civil que había logrado el milagro político de deponer al autócrata de Sabaneta.

Al asociarse con siniestros personajes, al dar posición prominente al asistente y representante del peor de los políticos de la «Cuarta República», Carlos Andrés Pérez, traicionó la voluntad de los venezolanos, que no queríamos la restauración de un pasado político vergonzante.

Al nombrar al contralmirante Molina Tamayo, oficial en situación de retiro, como Jefe de su Casa Militar, desconoció toda legitimidad castrense.

Al permitir que Isaac Pérez Recao, persona ligada a él por intereses económicos, llevara voz cantante durante las reuniones preparatorias de su golpe de Estado y en las horas de la madrugada del 12 de abril en Fuerte Tiuna, vició la pureza del movimiento cívico que derrocó a Chávez.

Al aceptar ser sucesor de Chávez, con la ceguera de pretender sustituir negro por blanco, al furibundo denunciador de oligarquías por uno de los más destilados representantes de éstas, hizo inviable la transición que necesitábamos y que nos había costado tres años de desasosiego y un año de despertar.

Al hacer todo esto, Pedro Carmona Estanga dejó mal herido al hermoso movimiento venezolano de 2002, que había adquirido fuerza invencible y que ahora, por su culpa y la de los demás conspiradores que manipularon su inocencia, está teñido de sospecha.

La sociedad civil venezolana no tiene nada que agradecer a Pedro Carmona Estanga. Por lo contrario, tiene mucho que reclamarle y cobrarle. Él no es nuestro líder. Menos ahora, que abandona la escena en procura de seguridad individual, mientras el resto de los venezolanos debe continuar sufriendo los despropósitos de Hugo Chávez.

Chávez ha significado el más crudo y acelerado de los aprendizajes políticos para los venezolanos. Pedro Carmona, esperemos, representa para nosotros la pérdida definitiva de la inocencia más desprevenida.

LAS SALIDAS

El gobierno de Hugo Chávez es más inviable que nunca. Sus mentiras son evidentes. Su ineptitud es obvia. Su torcida intención es completamente visible.

A pesar de esto, no deja de tener razón cuando observa que la oposición que ha generado no ha logrado resolver dos problemas cruciales.

En primer término, tal como decía Carlos Andrés Pérez en 1991, ante la general crítica a su «paquete» de la época, Chávez enrostra a la oposición la ausencia de un esquema alterno de gobierno. Mal que bien, obsoleto, ineficaz, destructivo, Chávez ha logrado articular un catecismo simplista que todavía inspira sólida fe en muchos venezolanos. ¿Dónde está el esquema que lo supere?

En segundo lugar, no hay contrafigura que le haga suficiente contrapeso. Cada cierto tiempo la superficial y urgida angustia por suplantarlo, pone su esperanza en algún protagonista momentáneo: Alfredo Peña, el coronel Soto, el general Lameda, por mencionar unos pocos nombres.

El problema es que proyecto y figura no son, no pueden ser en este momento, cosas separadas. El proyecto debe estar encarnado, como lo ha sido con Chávez, en una persona concreta.

Las élites de poder en Venezuela, eso que aquel aludido editor llama «los factores reales de poder», se han venido equivocando consistentemente al escoger al líder objeto de sus preferencias y receptor de sus recursos.

Son ellas las primeras llamadas a destilar, sin indebida y desesperada prisa, el aprendizaje que la tragedia de abril, a un costo enorme, nos ha proporcionado. Como Diógenes, que buscaba hombres a la luz de su linterna, debe escrutar entre las muchas figuras posibles, hasta dar con el líder indicado, para luego ofrecerle el apoyo que hará viable la aventura de curar a la sociedad venezolana.

Hay sitios donde no deberán buscar. No van a encontrar la figura competente, por ejemplo, en los viejos partidos, que todavía no han podido ofrecer demostración convincente de que han rectificado a fondo sus conductas, las verdaderas causas del chavismo. A lo mejor encontrarán al indicado en un joven como Arturo, que supo extraer la misteriosa espada de la piedra en la que se hallaba incrustada. Las élites de poder, los «factores reales de poder», debieran declararse abiertos a la sorpresa.

Por ahora hay un incipiente consenso sobre el expediente de una enmienda constitucional ad hoc que resuelva la urgencia de la salida de Chávez. Por ahora hay la posibilidad creciente de un enjuiciamiento de Hugo Chávez Frías.

Pero por ahora coexiste en paralelo, también, la fracasada y equivocadísima avenida de una nueva insurrección militar. Es de suprema importancia que tales élites, o algunos de sus miembros más diligentes y desesperados, puedan eludir la tentación de tan estúpida atractriz. La solución al autoritarismo no es otra que la democracia.

LEA

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